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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 298 - ver ahora
Transcripción completa

Que tuve que ser fuerte para sobrevivir.

No me podía fiar de nadie. Yo también pasé por algo similar.

Por eso, me agrada usted, porque es sincera conmigo.

Voy a volver a ser fuerte y mostrarme como tal.

Ha llegado el momento de devolver el mal por el mal.

Acabaré con el problema de raíz.

Trato de protegerte, Humildad. Jamás me perdonaría

si te ocurriera algo. ¡No necesito tu protección!

Necesito tu amor.

Deja a Dios mi protección

y tú dame tu cariño.

-Si vuelvo a trabajar aquí es porque usted me necesita.

De ahí a que la perdone hay un gran trecho.

-No te atosigaré, Víctor. -Mejor.

Vamos a darle tiempo al tiempo.

-Déjeme servirla. Deje que la cuide por...

Por todo. Gracias, Fabiana.

Eres la persona más fiel que conozco.

Soy mucho más que eso, Cayetana, y lo sabe. Mucho más.

-El gobierno e incluso presionado para detener,

no considera anarquista a Casilda. -¿Es que tú no piensas lo mismo

sobre Casilda? Que si la vieras por la calle,

¿la saludarías con alharacas? ¿Es eso?

-Déjelo. -Sí, mira. Vamos a dejarlo.

Si no, me va a hervir la sangre. Me puedo arrepentir de decir

o de hacer algo.

-Ahora juntas volveremos a reír.

-Pero no te acostumbres.

No podré quedarme mucho más tiempo.

Doña Rosina no va a aceptarme. -Ni en broma digas que te irás.

Verás cómo consigo que todo vuelva a ser como antes.

-Pero como no ocurra pronto...

Nada de lo que hagamos será de utilidad

mientras Úrsula no confiese lo que sabe sobre Cayetana

y diga dónde están los cuerpos del doctor De la Serna y Manuela.

Debemos conseguir que hable como sea.

-Supongo que me ha llamado para responder a mi petición.

Pase y siéntese.

Tome asiento. No es menester quedarnos aquí de pie las dos.

Como guste la señora.

La veo muy alterada.

¿Quiere un licor? No.

Gracias. Me encuentro bien.

La botella solo contiene anís.

Yo también pensaba beber.

¿Qué quiere de mí?

Sí, vamos a dejarnos de chácharas.

Al meollo de la cuestión.

Tranquila, Úrsula.

Solo voy a buscar un maletín.

Espero que esto la reconforte.

La veo muy desasosegada.

¿De qué se trata?

Mírelo usted misma.

Es el dinero que me pidió.

Sí, puede contarlo si quiere.

No, no hace falta.

Sé que está todo.

Espero que guardes silencio.

Y que esta sea la última vez que la vea.

Descuide, así será.

Quiero que desaparezca de Acacias inmediatamente.

Ya nada me retiene aquí.

Señora.

Lamento acabar con usted así.

Es un honor haberle dedicado parte de mi vida.

A su persona.

No le ha salido mal tanta entrega.

A la postre ha triunfado.

Le deseo mucha suerte.

Puede irse.

Gracias, señora.

Has triunfado, sí.

Por ahora.

(Portazo)

-Ayer hablé con Tano por teléfono.

Qué gran ilusión le hizo hablar por él.

-Te diría más, que hablar por hablar

por teléfono es tontería. -Me dijo que estaba de perlas

con sus primos. -Me parece muy bien,

pero tantos días asueto no son buenos para su educación.

-Sí. Había pensado que quizá Teresa podría pasarse por allí

a darle unas clases y ponerle algunos deberes.

No veo ningún problema en ello.

Al final, no está lejos. Te lo agradezco.

Es usted bien dispuesta. -Chiflada anda media ciudad

con todo esto del eclipse. La gente solo inventa

artilugios para protegerse. -No creo que sea para tanto.

No ocurrirá nada de enjundia. Es un fenómeno natural

que se produce cada cierto tiempo. -Me entran calambres pensándolo.

Dicen que los animales se trastornan y la gente

te puede atacar como lobos. Muy mal augurio me da.

-¡Lolita, por favor! -¡Ah!

-Deberías ocuparte de tu trabajo.

Pase lo que pase con el eclipse, no afectará para tu paga,

pero si me arruinas el traje, lo deberás pagar.

Cuando puedas, lleva el contrato de los Hidalgo

con la empresa extractora al notario. Ellos no pueden.

-No me extraña. Aún sin servicio. Deben andar de cabeza.

A ver si encuentran pronto criada. La pobre Lolita no para un segundo.

-Pierda cuidado, señora. Una está hecha para bregar todo el día.

-A ver si podéis buscarle pronto otra criada. No pueden seguir así.

-Eso. Anda el altillo más revuelto que una cochinera

que el día de San Martín. Dile a las criadas

que no se asusten por lo del eclipse.

Les garantizo que no pasará nada de nada.

Ya, si no es por eso. Es por la Úrsula. Deja a su señora.

Creo que desde que la cogió la Policía, no le hizo mucha gracia

a la Cayetana. A doña Cayetana. Nos lo ha cascado la Fabiana,

así que debemos buscar criada para todos los señores de la casa.

Muy extraño me parece a mí que Úrsula se marche de esa forma

tan repentina. -Y que Cayetana lo consienta.

En cuanto pueda, iré a casa de Cayetana a indagar.

Mauro lo tiene que saber.

-Yo me encargaré de avisarle.

Me está viniendo una idea al magín que no parece del todo baladí.

Espero que esta vez no andes como siempre, mareando la perdiz.

-Llevo esperando desde ayer para hablar.

No es el único caso que llevo.

Hasta ahora, no dijiste nada de enjundia.

Esta vez es distinto. Le quiero confesar toda la verdad.

¿Y a qué se debe ese cambio tan radical?

¿Por qué me fiaría de ti a estas alturas?

Tengo razones de peso.

Usted siempre me ha ayudado y yo se lo agradezco.

Antes de hablar, debo pedirle algo.

No te confundas, Martín.

No estás en condiciones de negociar.

No quiero pedirle nada para mí.

Antes de empezar a cantar, prometa que protegerán a Casilda.

De momento, está segura en el altillo de Acacias.

La protección de Pablo no basta si la cosa se tuerce.

No te quiero engañar. Haré lo que está en mi mano,

pero no puedo disponer de los medios de la Policía.

La labor no la puedo hacer oficialmente.

Esperaba ponerla a cargo de guardias.

Eso no lo puedo hacer, Martín. Cuanta más información me des

para atraparlos, menos peligro correrá la criada.

Sea.

Mientras ande el Calanda suelto, Casilda no podrá dormir tranquila.

Los anarquistas tienen unos pisos en las casas

junto al mercado de San Justo.

Eso no es mucha información.

Le juro por mi vida que es todo lo que sé.

Calanda no era amigo de charlas ni compadreo.

Bueno, supongo que me habrás dicho todo lo que sabes.

Al menos, hay un lugar para empezar a buscar.

¿Cree que me sacarán pronto de presidio?

No puedo asegurarte nada.

Si damos con los anarquistas por tu información,

tu suerte cambiaría. Esto es fetén.

Siempre van por esos andurriales. Eso espero.

De cogerlos, le diré a Peiró que fue por tu información.

Puede que así tengas posibilidades de salir libre de aquí.

Dios lo quiera.

De momento, pondré esas calles a vigilar.

Cuide de detener primero a Calanda. En caso de escaparse,

se la tiene jurada a Casilda y con Pablo no estará protegida.

No te apures. No perderé ni un segundo.

Daremos con ellos. Ahora vuelve a tu celda.

(Llaman a la puerta)

-A los buenos días, don Ginés. -Buenos días.

Buscaba a su esposo. -Adelante, por favor.

Está en el dormitorio terminando de arreglarse.

Imagino que en un tris estará listo.

Perdone que le pregunte.

Mi Ramón anda estos días más nervioso que un cangrejo

en un cubo y me barrunto que es por los negocios.

-Es posible. Ya sabe que en estos asuntos se anda con mucho tino

y los ojos abiertos como platos.

-Ya, imagino. Eso no me preocupa. Mi Ramón siempre fue espabilado

como el que más. Sí que me desasosiegan

los botes que da por la noche cuando duerme.

En uno se engancha al techo. ¿Seguro que no pasa nada malo?

-No, no, no. Claro que no, señora. Lo único que debe hacer

es preocuparse de dónde guardarán todo el dinero que están ganando.

Todo va viento en popa. Mire.

Aquí le traigo los beneficios que obtuvieron hasta ahora.

Es mucho dinero.

-Pues sí abulta eso, sí. -Puedo decirle que en muy poco

casi han duplicado su capital.

-Y yo que me alegro, pero bien sé que con los negocios de ley

no se gana tanto. ¿Seguro que no pasa nada

que yo no sepa? -¿Qué había de pasar? Nada.

Querida, tú no tienes por qué preocuparte

de estos asuntos.

El dinero que entra en esta casa es cuestión mía,

pero no te apures. Nada ha de faltarte.

-Sí, si yo solo preguntaba a don Ginés

por darle conversación. Esperaba. -Pues precisamente

aquí estoy yo para atenderle. Déjanos solos, por favor.

-Por supuesto.

Bueno, don Ginés. Yo marcho a escape.

No sabe la de cosas que tiene una por hacer.

-Un rato más y me hace contarlo todo. No haría mal papel su esposa

de policía. -Ande con cuidado con ella.

No debe saber en qué estoy metido.

Sigue pensando que aún estoy en el negocio de las basuras.

-Prometo ser como una tumba. Se ve que su esposa

es muy lista sonsacando.

-Siéntese, por favor.

-Aquí le traigo los pagos de varios clientes.

-Gracias a Dios que los deudores han entrado en razones.

-¿No entrarían tras medirle las costillas a don Norberto

con una vara? El resto de clientes

se han asustado y por eso ahora han aflojado la mosca.

-No me lo recuerde. No me siento nada orgulloso

de esa barbaridad. -No se arrepienta.

¿Le hubieran pagado por las buenas? La mano dura surtió efecto

y por eso ahora nos va de guinda.

¿No le impresiona haber ganado tanto en tan poco tiempo?

-No sé si merece la pena. No con esos medios.

-Déjese de melindres. Ahí hay una pequeña fortuna.

-Estoy convencido de dejar este negocio de los préstamos.

Me metí en esto para dejar en buena posición

a mi hija y a mi esposa. -Seguro que las dejará

con el riñón bien cubierto. -Sí, pero entré por un buen motivo.

Nada me gustan los métodos que empleamos para que el negocio vaya.

Será mejor una retirada a tiempo. -Haga un poder, don Ramón.

Sería una tontería echarse atrás ahora que reencauzamos el negocio.

-¿Por qué tienes esto más oscuro que la cueva de un oso?

-Eh... Ay, ¿para qué era?

Por lo del Sol, Servando. Quiero proteger

a los que por aquí viven. Esta semana pasará algo

de mucha enjundia y será mejor que Dios nos coja confesados

con lo del eclipse. Ayúdame.

-Como te vea doña Rosina poniendo los manteles bordados,

sí que va a pasar algo de peligro. -Mejor será salvar la vida

que no el ajuar. No debe entrar ni un rayo de luz

de esa del demonio, esa que dicen que va a bajar ese día.

-No será para tanto. Desde que pasa todo esto, andas más atolondrada

que un pollo sin cabeza. -Ay.

Tú te vas a enterar de lo que es el llanto

y el crujir de dientes. Si esto no es el apocalipsis,

Servando, le faltará el canto de un duro.

-Tontada que te cuentan, tontada que te crees.

Eres más pánfila que un monaguillo novato.

-De eso nada. Con la negra suerte que nosotros tenemos,

si se abren las tierras, caeremos de cabeza al infierno.

-No te preocupes. Como vayas al infierno, te me devolverán.

-Oh. Servando. -¿Sí?

-Esto que te voy a decir es un secreto.

Mi familia tiene muy mala sombra.

Maldición que hay, maldición que nos cae encima.

No sé si te lo habré dicho ya alguna vez esto.

-De ayer a hoy siete veces. Sí es fetén que de la memoria

cada vez estás peor. -¿Ves? Entonces, el mal fario

empieza a funcionar. Yo no quiero que vaya a más.

Ni para mí ni para ti ni para ningún vecino de la casa.

-¿Qué hacéis? Ay. Dejáis esto como una covacha.

¿Cómo se os ocurre poner el mantel de mi ajuar en la ventana?

-Que es por la luz del demonio del eclipse, doña Rosina.

-Ya lo puedes estar quitando. Me dejáis la casa decente,

como os pedí. Da muy mala imagen.

-No se preocupe usted, doña Rosina. Lo hacemos en un tris.

-Pues venga, aire. Cuidado con romper el mantel.

Me lo bordaron las monjitas.

-¿No te decía yo que no te debías meter en berenjenales?

-Bueno, pues se me habrá olvidado.

Te traigo algo de comer. -Me viene de guinda.

Desde que me fui, he pasado más hambre que un maestro de escuela.

No se me pasa la gusa. Ha sido llegar aquí

y ponerte mucho más lozana. Me encuentro mejor.

Más fresca que una lechuga.

Con las friegas de la señora Fabiana,

los cuidados de Guadalupe y el cariño, me recupero a escape.

En ningún sitio iba a estar mejor que aquí

con las mías, que son mi familia,

Casilda, ayer te dije que te encontré buscando por pensiones.

En realidad, te mentí.

Te encontré gracias a la ayuda y preocupación de Martín.

¿Y cómo iba a ayudarme estando preso?

Ayer pensaba contarte, pero te vi tan alterada que vi mejor callar.

Pues hiciste bien. No quiero volver a saber nada de ese bebecharcos.

Mira, Casilda.

Si no llega a ser por Martín, no te hubiera encontrado nunca.

Estuvo con un preso, Antón se llamaba. Le puso en tu pista.

Cuando fui a ver a Martín a la cárcel, me lo contó todo.

No sabes por lo que está pasando.

No me parece de ley que fueras a verle.

Trataba de ayudarle a él y a ti.

Pues poca ayuda veo yo en eso.

¿Qué gano con que vayas a verle al presidio?

¿Eh? Al hombre que destrozó mi vida.

Casilda, mejor te explico.

No me vengas con cuentos chinos, Pablo.

La verdad del cante es que es un asesino.

Un falso y un embustero.

Se aprovechó de mí.

¿Y todo para qué? ¿Eh?

Pues para salirse con la suya.

Te equivocas. Martín es un... No quiero volver a oír ese nombre

en mi vida.

Dios.

(Portazo)

-Anda que frito me tienes.

Menuda zarabanda nos ha montado doña Rosina

y con toda la razón del mundo.

-Ya hablaremos cuando pase el desastre.

Si es que podemos seguir hablando.

-Cansado me tienes. Olvídate ya del eclipse.

Recoge todo esto antes de que vuelva doña Rosina

y nos saque otra vez los colores.

-Oh. ¿Qué hacen?

¿Acaso tienen un ágape los Hidalgo? -¿Qué? Aquí, que la señora

se ha empeñado en hacer mudanza y tapar ventanas

para que no entre la luz del eclipse.

-No me parece una idea tan peregrina.

Si no entra la claridad por esas ventanas,

nadie perderá el oremus cuando llegue la luz.

-Ea. Ya ves que no soy la única que lo piensa.

-Aquí todos los tontos se juntan.

-Pero bueno, deja de burlarte ya, recórcholis.

Es que tú no sabes lo que es pensar

que una va a estar maldita el resto de su vida.

Es muy gorda la que me ha caído.

-Ay, pierda cuidado, Paciencia.

Ya verá que no le sucederá nada. He oído a don Felipe

que la ciudad prepara cachivaches para taparse

los ojos y el cuerpo del eclipse. -Ay. ¿Y quién sabe hacer eso?

-Yo con preparar la comida, de momento, tengo bastante.

Hala. A más ver.

-Tú no pases miedo.

Bien mío, ya se me ocurrió una forma de protegerte.

Vas a estar más segura que en algodones.

-¿Y cómo vas a hacer tú esa proeza?

-Tú confía en tu esposo, que eso pronto lo vas a ver.

-Da gusto verla planchar.

Vamos a echar de menos tanta diligencia.

Si precisa usted ayuda, cuente conmigo.

-No. Gracias por su auxilio.

Sé apañármelas yo sola con mi equipaje.

-Ya me he enterado de que se marcha usted de la casa.

¿Le ha pasado algo con su señora? No es fácil bregar con Cayetana.

-Doña Cayetana. Es una señora de la cabeza a los pies.

-Si usted lo dice...

Por muy buena que sea, es usted quien se va de Acacias.

-No sabe cómo me agrada perder de vista este antro.

-¿Y a dónde va a ir? Mire cómo le fue a Casilda y usted

ya no tiene su juventud. -Una no es una panoli

que no sabe que hay que ahorrar por lo que pueda venir.

De momento, pasaré unas noches en el hotel París.

-Olé, como si fuera una marquesa. Dormir una noche en ese hotel

cuesta lo que ganamos en un mes.

-Tengo dinero de sobra para instalarme allí unos días.

Después ya veré a dónde me dirijo.

-Pues me da a mí que eso de salir echando diablos tiene mucho que ver

con Fabiana. Me barrunto que ella está detrás

de que usted y su señora ya no se lleven tan bien

como antaño. -Se fija usted mucho.

-Me paso la vida en el quiosco.

Tengo tiempo de ver a los que van, los que vienen

y mucho de lo que hacen.

A Fabiana y a doña Cayetana se les ve siempre a punto

de partir un piñón. -Eso no es asunto mío.

Pero sí, tiene razón.

Fabiana pasará con doña Cayetana el resto de sus días.

-¿Y qué le ha hecho cambiar así?

¿Cómo tiene tanta devoción por una mujer que la trató siempre

peor que a un perro?

-Si yo le contara lo que sé,

se le pondrían los pelos blancos como la nieve.

-Cuente, cuente.

-Muy entretenidas las veo aquí de cháchara.

Y usted.

Ya le dije que se metiera en sus cosas.

Sobra tantas preguntas. -Solo estábamos charlando.

Matando el rato antes de marcharse. -Pues hablen ustedes del tiempo.

-¿Qué le iba a contar a esa?

-Lo que yo diga o deje de decir es asunto mío.

-Sé que le ha dado su palabra a la señora, pero dudo mucho

que sea capaz de guardar silencio.

-Puede que sí o puede que no.

A doña Cayetana no le queda otra que confiar.

Si me permite.

Iré a recoger el resto de mis cosas.

Una no es una mendiga que viaja con lo puesto.

(Llaman a la puerta)

¿Cómo se encuentra? ¿Más animada?

Últimamente, la noto decaída. Sí, mejor.

Haciendo de tripas corazón. Ya le dije que sería fuerte.

No sabe cuánto me alegro de verla así.

El otro día me quedé preocupada por usted.

Pierda cuidado. Ya le comenté de dejar la debilidad a un lado.

Vengo para poner al día los papeles del patronato.

Últimamente, los tengo olvidados. Ahora que tenemos los permisos

y pronto se acerca la obra del colegio,

debemos tener todos los documentos preparados.

¿Sería tan amable de pedirle a Úrsula que me haga una infusión?

Tengo para rato y me siento desfallecida.

Lo siento, pero no será posible. Úrsula ya no trabaja para mí.

¿Y eso? ¿Se ha ido? La he despedido.

Úrsula fue una mujer muy leal durante muchos años,

pero últimamente solo estaba pendiente de su propio beneficio.

¿No hay forma de reconciliarse? No.

Créame que lo mejor que me pasará es no volver a verla estando viva.

Lamento que haya tenido que pasar por otra desgracia y más así.

Si necesita cualquier cosa, no dude en pedírmelo.

No, descuide, pero tengo una terrible jaqueca.

Será mejor que me deje sola. ¿Y no prefiere que le prepare

un té? Quizá eso le alivie. No, es usted muy amable,

pero estaré mejor sola. No, eso sería una temeridad.

Imagine que le pase algo sin nadie para socorrerla.

De verdad, pierda cuidado. Lo único que debo hacer

es estar tranquila para quitarme este tormento de la cabeza.

Bueno. En tal caso, volveré en otro momento a por el papeleo.

Espero que se mejore lo antes posible.

De verdad que lamento pedirle que se vaya,

pero es el único remedio que tengo para este dolor.

Con Dios.

-Ojalá que sea más espabilada, Guadalupe.

La otra más torpe que un borrico y rompió una sopera

de mi Maximiliano y mía por nuestros esponsales.

-La chica es bien dispuesta. -A ver si es verdad.

Te veo menos tiro que un cazador bizco.

¿A esta qué le pasa? ¿Fiebre? La veo temblar.

-Madre, no la reprenda. Ni que Guadalupe fuera culpable

de nada. Solo trata de ayudarla. -La de ayer dijo que era hacendosa.

No sé, lo mismo me engañó.

O le entraron todos los calambres al verse en esta casa.

-¡Pamplinas! ¿Te pongo nerviosa? ¿Te asusto?

-Son muy jovencillas y se amilanan con nada.

Ya sabe usted que le busco lo más selecto del barrio,

que para eso somos consuegras. Le aseguro que esta chica

es mucho mejor que la de ayer. Es muy limpia.

Está sana y es educada. No puede pedirse más.

-A ver, enséñame los dientes. Bueno, sí. Parece de buena salud.

Y es callada. Mejor. Para hablar, me basto y me sobro.

La voy a poner a prueba. Dos semanas. Sin cobrar. ¿Bien?

Quiero ver cómo te bandeas en la casa. Primero, los dormitorios.

Después la compra y la comida y...

-Espero que esta nos dure más. La anterior nos duró un suspiro.

-No lo tiene fácil la chiquilla. -Mi madre está hecha a Casilda.

Cualquiera que le propongamos no le parecerá adecuada.

-Es una pena teniéndola tan a mano.

Si doña Rosina fuera de otra forma, esto tenía fácil arreglo.

-Ven. Siéntate aquí a mi vera.

Cambia ese gesto. Más que a visitar a tu novia,

vienes a un velatorio.

-Es que resulta que he vuelto por La deliciosa.

-Ah.

-Le dije a mi madre que necesito tiempo para hacerme

a todos los cambios que hubo. -Debéis tener paciencia los dos.

-¿Qué haría yo sin ti en momentos de dudas como estos?

Dímelo.

(TOSE TRINI)

Bueno, tampoco hace falta separaros tan rápido, tortolitos.

Todos hemos tenido vuestra edad. -Qué cosas dice, Trini.

-¿Y tú qué, Víctor? ¿Todo bien?

-Poco a poco, doña Trini. Ya sabe usted que la zarabanda

que tengo con mi madre es de las buenas.

-Ya te digo. Bueno. Zamora tampoco se tomó en una hora.

-En fin, debo volver a la chocolatería. ¿Me acompañas?

-No, ve tú primero. Salgo en un instante,

que debo terminar una tarea en casa.

-Doña Trini. -Víctor.

-¿Ha sabido usted algo del mal genio que se gasta ahora mi padre?

Nunca ha sido tan arisco. -No.

Ando más perdida que una almeja en un botijo.

Me barrunto que todo tiene que ver con esos negocios con el tal Ginés.

-No me diga que mi padre se está arruinando.

-No, no, no, María Luisa. Nada de eso.

Ginés vino con una cartera con los beneficios.

No cabía ni un billete más, vamos. Ni aplastándolos con prensa.

-Pues si todo está bien, entonces, ¿de qué se preocupa?

-No lo sé, María Luisa. Conmigo se cierra en banda.

-Bueno, está bien. Intentaré indagar con mi padre

y le contaré todo lo que descubra. -¿Qué haréis? ¿Espiarme las dos?

Trini, no me parece de recibo que estés agobiando a la chica.

Lo que debes hacer es ocuparte de tus cosas y dejarme los negocios

porque no sabes nada de estos asuntos de hombres.

-Ramón, me vas a perdonar, pero no te reconozco.

Hace no tanto querías introducir a María Luisa en finanzas. ¿Ahora?

¿Qué ha cambiado? -Nada. Y por eso, lo mejor

es que cada uno esté en su sitio. Vosotros en labores del hogar

y yo con los negocios y punto redondo.

No os olvidéis quién es el hombre de la casa.

(Portazo)

-Madre, le traigo unas viandas para que pueda merendar.

-No deberías haberte molestado. No tengo apetito ninguno.

-Madre, ¿qué le ocurre? ¿Anda mal de salud?

Últimamente, la veo un poco mohína y bastante rara.

-Me encuentro fuerte como un roble. Pierde cuidado.

Tienes madre para rato.

-Bueno. Entonces, cuénteme que es lo que la desasosiega.

-Ay, Dios mío, hijo. No seas atorrante

y déjame respirar en paz.

-Venga, madre. Vamos. -Aparta.

Voy a merendar con las vecinas.

-¿No me había dicho que no tenía apetito?

-Me ha entrado de repente.

-¿Les apetece un chocolate, señoras? Y unos picatostes.

-¿No huele un poco raro por aquí?

-Están cambiando las cristaleras del piso de arriba.

-Es plomo quemado lo que huele. Estarán soldando.

-Lo que me faltaba. El día que llevo y ahora esto. Menudo problema

con las criadas. No encuentro una que tenga las luces

de un pollino. -No es fácil encontrar una

de la que te puedas fiar. Anda que no he penado yo

hasta dar con Lolita. -Las tengo a prueba.

Por más empeño, no me gustan. -Mientras las pruebas sean gratis,

puede pasar por tu casa a servir media España.

-Oye, no me crees mala fama. A partir de ahora,

voy a ser la mar de generosa.

Por algo, estaré forrada de oro.

(RÍE) -Eso es bien cierto.

La fama de una persona no siempre se corresponde con la realidad.

Anda que no hay viudas con fama de mosquitas muertas

y luego no son más que busconas.

-Fíjese que estoy totalmente de acuerdo con usted.

También hay madres que se jactan de cuidar a sus críos con mimo,

cuando en realidad les someten a sus caprichos a cualquier edad.

-No me venga con remilgos que lo único decente

que puede hacer una buena mujer es ir con la verdad por delante.

Sobre todo, a los hijos.

Hay secretos que no se les pueden ocultar.

-¿De qué secretos habla, Susana? -Ay, no lo sé.

Era un ejemplo. Seguro que hay algunas

que esconden cosas de enjundia.

-Juliana, ¿puede traernos tres chocolates?

Estoy a punto de desfallecer. -Por supuesto.

Enseguida se los traerán.

-¿Pero qué está pasando?

-Sobre todo, echa mucho salfumán.

Es que a la señora le gusta que todo huela a limpio.

¿Sabes? Tú échale hasta a las camas y los sillones.

Que todo quede desinfectado.

Que te digo yo que la señora es muy cuidadosa

para unas cosas, pero para otras muy descuidada.

Fíjate que tiene una cubertería de plata ahí tirada

en unos cajones que vale un potosí.

Pues no sabe cuántos cubiertos tiene.

Bueno, venga. A la faena. Basta de conversación. Hala.

Vamos.

Lolita, ¿dice algo más del eclipse?

¿Dice si se nos va a caer el cielo sobre nuestras cabezas?

Aquí no pone nada de eso ni de otras cosas.

Déjese de miedos, que está más asustada que un cachorro

un día de tormenta. -Oh, como para no estarlo.

No os reiréis tanto cuando oigáis

las trompetas del juicio final.

-Aquí no pone nada de esas músicas. Quede tranquila.

Hala, a seguir con la faena. -Vale.

-Mira lo que he encontrado para protegerte del eclipse.

-¿Dónde vas con tanto trasto? ¿Quieres que doña Rosina

nos avergüence otra vez? -Con lo que encontré,

haré unos cascos especiales para el día del eclipse.

Vamos a poder pasear por la calle más panchos que un domingo

un día de feria. -¿Con unas telas y unos palos

me vas a proteger del eclipse? -Mira, son bien tupidas.

-Sí. Valiente ingeniero estás hecho tú.

-Bueno, siempre tuve buena mano para eso y mucha maña. Quita.

-Será mejor resignarse, Servando, y que sea lo que Dios quiera.

Y si lo de la maldición es cierto, habrá que vivir con ella.

-Bastante maldición tenemos los pobres trabajando de sol a sol.

Confía en mí, que si esta idea me sale, ya pueden caer maldiciones

o chuzos de punta, que andarás bien tranquila.

-Pues verídicamente, serán mejor tus inventos que salir a la calle

con la testa despejada.

Tú, al menos, sueles llevar gorra.

-Oiga. -¿Qué?

-¿Y usted cree que eso funciona bien?

-La verdad es que no. Habrá que hacerlo por si acaso.

Si a Paciencia le caen maldiciones, me caen a mí,

que ya es difícil aguantarla sin memoria, pues aguantarla gafe,

eso no lo aguanta nadie. -¿Y no me podría hacer a mí

un casco de estos? Por si acaso.

-Si sobra tela, sí. -Vale.

(Llaman a la puerta)

-¿Me ha mandado llamar la señora? -Así es.

Me he enterado de que se marcha de Acacias. Quería desearle suerte.

-Es usted muy amable. Le agradezco doblemente

porque sé que es usted una buena persona

y lo dice de corazón.

-¿Lo tiene todo listo para su partida?

-Prácticamente, pero todavía me queda decidir mi destino.

-Pase al salón. Le pido a Lolita que nos sirva algo.

-No, no quiero molestarla. No. Voy a entretenerla.

-No es molestia. Además había pensado

hacerle una carta de recomendación.

Tengo unos amigos que puede que necesiten una institutriz.

Solo sería un minuto. -Como usted quiera.

-Úrsula, pase un segundo, por favor.

-¿Qué es esta encerrona?

(LLORA)

(VOZ) -"No me venga con remilgos, que lo único decente

que puede hacer una buena mujer es ir con la verdad por delante".

Sobre todo, a los hijos.

Hay secretos que no se les pueden ocultar.

-¿Qué le pasa, madre? ¿A qué vienen esas lágrimas?

-No es nada, Víctor. Tranquilo.

-No. Dígame qué le sucede.

-Por favor, no.

Créeme que no puedo decírtelo. -¿Otra vez con mentiras?

¿Cuándo se va a enterar de que me puede decir la verdad?

-¡Por el amor de Dios, Víctor! No insistas más.

Es mejor que no sepas la causa de mi desazón.

-Usted nunca confiará en mí. -Hijo.

Al igual que tú me pediste tiempo para tragar con todo esto,

creo que estoy en mi derecho de pedirte que no me preguntes más.

Cierra tú el negocio, por favor. Hoy no puedo con mi alma.

¿Está segura de que no quiere? -No, gracias.

Me gustaría brindar por su despedida.

Muchas confianzas se toma usted en casa de los Álvarez Hermoso.

Sí. Felipe y yo somos amigos desde hace mucho tiempo.

No estamos aquí para que le cuente mi historia.

Quiero desearle que le vaya bien y brindo por su futuro.

Y yo se lo agradezco.

Antes de que ser marche, querría pedirle una cosa.

Le pido que no sea egoísta.

Me barrunto que no se va con las manos vacías.

Usted se ha asegurado su futuro.

Le pido que haga lo mismo por las gentes del barrio.

Pónganos a salvo de las garras de Cayetana.

No, no puedo hacer nada por ustedes.

¿Cuánto le ha pagado por su silencio?

Seguro que la cantidad es buena.

¿Por un momento ha pensado que dejará que se marche sin más?

Debe contarme todo lo que sabe.

Luego puede desaparecer para siempre.

No voy a hacer tal cosa.

Piénselo bien. Mientras Cayetana esté libre,

usted corre peligro. La conoce mejor que yo.

¿Cree que habrá dejado algún cabo suelto?

He de irme. No puedo seguir en esta casa.

Camino del peral, ocho de la tarde. Allí la esperaré.

Le prometo que no tendrá que testificar.

Me basta con saber dónde están los cadáveres de Germán y Manuela.

¿Qué? ¿Estás más sosegada?

Antes estabas nerviosa como rabo de lagartija.

-Si vienes a charlar, has pinchado a un hueso.

Tengo las mismas ganas de cháchara que un sacamuelas retirado.

¿Se puede saber qué haces? Déjame pasar.

Seré muy pequeñita, pero como saque mi genio,

te enterarás de lo que vale un peine.

Me vas a escuchar lo quieras o no.

Pues va a ser que no me sale de las pestañas.

Así que no y humo.

Mira, Casilda, más dura tienes la cabeza que una piedra.

Me escucharás solo para agradecerme que te sacara

de la pensión junto con Leonor, que bien que se expuso.

Sea.

Te escucharé por ella.

No es baladí el favor que me hicisteis.

Pero eso sí, te advierto algo.

Todo lo que me digas sobre Martín me entrará por un oído y me saldrá.

Me da igual con tal de que me escuches.

Mira, Casilda. Te he dado un tiempo.

Si no lo hacemos por las buenas, lo haremos por las malas.

Martín es una víctima igual que tú.

Está pagando por algo que él no hizo.

Intentó convencer a los anarquistas

para no poner la bomba.

Poco empeño pondría. O le hicieron el mismo caso

que al pito del sereno. Además podría haberlos denunciado

a la Policía. Probablemente, sí.

Les tenía miedo. Estaba convencido

de que les quitó de la mollera el atentado.

Cuando vio que lo habían engañado, trató de evitarlo.

Ya era muy tarde. Casilda. Martín no tiene culpa de nada.

Y si le dijo a la Policía que él era el culpable, era para sacarte

del brete en el que te encontrabas tú.

Algo de nobleza le quedaría en el cuerpo.

Martín es un buen hombre.

Se ha estado preocupando todo este tiempo por ti

estando como está, a un paso del garrote.

Si no hubiera sido por él, yo no te podría haber encontrado.

Ese hombre sufre cada día que pasa y no puede verte.

Es sincero y te quiere de verdad.

Por mucha pena que me dé, yo no puedo volver a verle.

Créeme que se merece tu consuelo. Es presa de la desesperación

y hasta intentó quitarse la vida.

¿Por qué me cuentas esto? ¿Es que acaso no sabes el daño

que me hace recordar a ese hombre? Quiero que sepas

que no te ha engañado ni usado. Es víctima de las circunstancias.

Ya está.

Mira, Casilda.

Mira en tu corazón y pregúntate qué sientes por Martín.

Creo que se merece una oportunidad.

Deberías ir a verle y que le dejes que se explique.

¿No vas a decir nada?

¿Has terminado?

Sí.

Pues adiós.

Vete, Pablo. Haz el favor de dejarme sola.

-¿Qué le ocurre, señora? La casa está oscura

como en un velatorio.

Corresponde a mi estado de ánimo. Mire.

Le he traído un aceitito perfumado que tanto le pirraban para friegas.

Ya verá cómo se anima.

No debe dejarse abatir de ese modo.

Por muy grande que sea el dilema, siempre hay solución.

Estoy derrotada.

Más que nunca.

Pierda cuidado.

Yo estoy aquí para ayudarla en todo lo que sea menester.

Y yo te lo agradezco, Fabiana.

No las tengo todas conmigo.

Me da miedo lo que pueda hacer Úrsula.

Así se la lleven los diablos a esa endriaga hasta el infierno.

Si cuenta todo lo que sabe sobre mí, estoy perdida.

Mi vida está en sus manos.

No pase pena, que ella no hará nada.

¿De qué va a servirle ir contando por ahí que somos madre e hija?

No es eso lo que me inquieta.

Es algo mucho más gordo lo que sabe sobre mí.

¿Y qué es eso tan terrible que puede contar esa malnacida?

Es tan amarga la verdad que cuesta un mundo echarla de la boca.

Niña, confíe en mí.

Puede contarme todo lo que quiera.

Yo siempre la entenderé y la defenderé.

Ay.

-Camino del peral, ocho de la tarde.

Maldito cuchitril.

No te echaré de menos.

-Sosiéguese.

Yo estaré aquí para protegerla de cualquier cosa que la amenace.

Y ahora dígame que es eso que puede contar Úrsula.

Necesito saberlo para poder ayudarla.

Yo nunca traicionaré a mi hija. Nunca.

Lo sé.

Por eso, voy a poner mi vida en tus manos.

Hable sin miedo.

El miedo que me abre las entrañas

es porque Úrsula puede acusarme de la muerte

de Germán y de Manuela. ¿Y por qué iba a hacer tal cosa?

Nadie la creería.

Sabe dónde están enterrados los cadáveres.

Esos infelices se quitaron la vida.

¿Qué tuvo que ver con la muerte de esos pobres desgraciados?

Es muy largo lo que debo contar, madre.

-¿No te da no sé qué lo del eclipse de esta tarde?

-Me da es que todos andan como locos con ese tema.

-¿Y usted qué opina, doña Juliana? -¿Qué opino de qué?

-De lo del eclipse. -Es acontecimiento histórico.

Un fenómeno de la naturaleza que pocas veces observaremos.

-Usted siempre aprovechando cualquier cosa para darle

contentura al cuerpo. -¿Perdone?

-Trini, te conozco. Algo barruntas.

¿Es Ramón?

Sigue raro, ¿no?

Trini, me temo que quizá Ramón esté pasando

una fase de esas. -¿Una fase de esas?

¿Qué quieres decir? -A veces, algunos hombres

necesitan distraerse. Airear el magín.

-Celia, ¿dices que Ramón tiene un amorío?

¿Cómo está Casilda? -Aburrida, triste y desganada.

Hecha una compasión, Pablo. Parece un alma en pena.

Yo creo que es por verse encerrada. Será porque piensa en Martín.

¿Tú crees? Me da que sí. No entra en razón

la muy cabezona, por mucho que le diga que Martín es inocente.

-Para chasco que un asesino no parece.

¿Por qué no hablas con ella? A ver si te hace más caso.

-Hija, ¿has cogido algún cubierto de la cubertería

que me regaló tu padre? -¿Para qué cogería

unos cubiertos de la cubertería?

Madre, madre, no se adelante, que ya la estoy viendo.

Asegúrese primero de que la... -¡Chica! Ven al salón.

-Madre, aguarde. No se sofoque. Espere un momento.

-¿Dónde los has metido, ladrona?

-Olvide a don Norberto y las calamidades de días atrás

y piense en el futuro y en las cosas buenas

que le esperan. -¿Qué futuro? ¿Qué cosas buenas?

-¿Está de chanza? ¿No sabe que fue invitado

a una cena muy importante? Todo el mundo en la ciudad

quiere conocerle. -¿Y eso por qué?

-Su nombre y su reputación corren por la ciudad

como un reguero de pólvora.

-¡No quiero que haya más mentiras entre nosotros! Ni una más.

Demasiado daño nos hicieron ya, ¿no cree usted?

¿Qué ocurre con doña Susana? -¡No ocurre nada!

-Miente. -¡Ay, Víctor! ¡Suéltame!

-Madre, cuéntemelo. Dígame algo. -¿Qué quieres que diga?

-¡La verdad! -Doña Susana sabe quién eres.

-¿Ha visto usted a la Úrsula? Miré en su cuarto

y no están allí sus cachivaches. -Lejos de aquí debe estar ya.

-¿Qué? -Ayer dijo que era la última noche

que pasaba en el altillo. Habrá marchado al alba.

-¿Para dónde cree usted que ha ido? ¿Le dijo algo o insinuó donde iría?

-Algo me habló del hotel París, pero le digo yo que era embuste.

Úrsula tiene dinero suficiente para ir al hotel que quiera

y pasarse ahí años. -¿Sabe usted dónde cae ese lugar?

Pasado el puente de los lamentos.

Tal vez debería ir y hablar con ella.

No. Yo iré.

¿No piensas contarme que ocurrió en tu encuentro con Úrsula?

Es mejor que no sepas nada. Al menos, de momento.

¿Te has citado con ella en algún lugar?

¿Te ha dicho dónde están los cuerpos de Manuela y Germán?

No, pero lo hará.

Entonces, iré a la calle Acacias y me llevaré presa a Cayetana

con mis propias manos.

"Camino del peral, ocho de la tarde.

Allí la esperaré.

Piénselo bien. Mientras Cayetana esté libre,

usted corre peligro".

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  • Capítulo 298

Acacias 38 - Capítulo 298

13 jun 2016

Cayetana acepta el chantaje de Úrsula y le da dinero a cambio de su silencio. Mauro cita a Úrsula para que confiese lo que sabe de Cayetana antes de marcharse. Martín confiesa a Mauro dónde puede localizar a Calanda. Pablo obliga a Casilda a escuchar la verdad de Martín: fue utilizado como ella. Víctor descubre a Juliana llorando después de una disputa con Susana y se preocupa.

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  1. antonia

    que locura, con estos guionistas todo es posible. Fabiana era la unica que estaba convencida que german y manuela se habian fugado y hoy habla de suicidio y cadaveres con tanta logica...como explica que los cuerpos han desaparecido. Que me he perdido?,??

    13 jun 2016