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No recomendado para menores de 7 años Acacias, 38 - Capítulo 13 - Ver ahora
Transcripción completa

Bonita mañana para hacerse un traje.

-De entretiempo. -Buenos días, señora.

Trae el traje del señor Palacios.

-¿Qué traje?

-El que bajó ayer Fabiana.

-Se lo subiré a mi esposo, aunque no sabía nada del encargo.

-¿Iba a llevarlo a la verbena?

-No vamos a la verbena, qué más quisiera yo.

Mi Ramón que dice que no está para bailes.

-Qué raro, quería el traje limpio y planchado justo para eso.

Para que no sigas mintiendo, te diré que lo sé, que vas, pero sin mí.

-Me he citado allí con un socio.

-Y señora, que también lo sé.

-Te mentí para no agobiarte.

Sé que te intimidan estas citas.

-Es una verbena, no palacio.

¡Felipe!

-"Es una cliente, nada más".

Paseas con vestidos caros y criada gracias a ella, entre otros.

-Falso. -Se acabó.

He sido buen marido, constante, atento, cariñoso.

He estado a tu lado... -Y con otras.

Mira, si hay alguien que ha fallado en este matrimonio has sido tú.

"Buenas pelas te pagarán por tantas letras, créeme".

"Soy bien brujo".

Queríamos ver al señor... Rivero.

Para enseñarle unas cosas que tenemos escritas.

-Si se empeña.

"Siéntese".

En mi cabeza no cabe que una madre haga sufrir así a su hija.

Aunque no lo parezca, Cayetana no ha tenido una vida fácil.

A veces, le sale el diablo de dentro.

Que le salga con los demás, hasta conmigo, pase.

Pero no con Carlota.

Los niños entienden lo que ven.

No sé qué es el amor de madre.

Nunca lo he sabido.

Por eso no puedo darlo. Las madres aprenden.

"Voy a olvidar, voy a empezar de cero".

"Voy a intentar no volver a hablarte como lo he hecho hasta ahora".

Te lo demostraré.

Vamos a intentar que cambie el aire de esta casa.

Tú y yo.

Seréis una familia dichosa.

Los tres.

Temo quedarme sola.

No hay por qué.

"La verdad puede ser dura, pero eso no la hace mentira".

Baldada estoy. Llevo deslomándome desde el alba.

No veo el momento de meterme entre las sábanas.

Me parecerán de raso, como las de los señores.

Algunas no han debido de faenar tanto cuando aún tienen ganas

de mirar por la ventana en lugar de descansar.

Discúlpame, Casilda.

Estaba distraída. A la vista está.

A ver, con lo de tu nena. La mía y la que no es la mía.

Se me está haciendo cuesta arriba faenar en casa de los Serna.

¿Y qué esperabas?

Si tu señora haría temblar de miedo hasta a Satanás.

Pero pierde cuidado.

Tú tienes arrestos para eso y para mucho más.

Así es.

No ha nacido mujer capaz de doblegarme.

Entonces, ¿qué te tiene tan atribulada?

¿Además de tener una hija perdida?

Además.

Tus desvelos no son solo por tu señora, sino por alguien más.

¿Por qué dices eso?

Está claro.

Le has cogido mucho aprecio a Carlota, ¿no?

Debes estar sufriendo mucho

viendo cómo trata a ese angelito esa madre.

Pero debes apretar dientes y callar.

Eso es fácil de decir, pero no tanto de cumplir.

Con el paso de las jornadas, te acostumbrarás.

Y si algún día flojeas,

acuérdate de esa hijita con la que pronto te reunirás.

No te falta razón.

Por mi Inocencia que no he de venirme abajo.

Eres mujer sabia.

En cuestiones de faenar, mucho más que los doctores de España.

Y ahora, sigue disfrutando de mi saber.

Y presta oídos.

Que mañana te me vienes de jarana.

No tengo el cuerpo para ferias.

Inténtalo que has de entretenerte. Y lo más importante,

que así me verás bailar con el señorito Víctor.

Está bien.

Aunque olvidas una minucia.

Para ir, doña Cayetana debe darme la tarde libre.

Arrea, es cierto.

¿Ves como menos trabajoso resultaría ser la criada de Satanás?

A los buenos días.

-Usted.

Ha cogido querencia. ¿Qué desea?

-Tan solo saber si ya entregó mis escritos al señor Rivero.

A la vista está la respuesta.

Mucho le agradó el lugar donde dejó mis escritos que ni los ha movido.

-No pude, más tarde lo haré.

Su nombre y dirección están apuntados.

Si son del agrado del señor Rivero, contactará con usted. Puede irse.

Dispense, tengo otras personas que atender.

-Perdón. -¿Qué hace?

-Cambiar de opinión. Será mejor que se la entregue al señor Rivero.

-Ahora no puede atenderla. -Esperaré el tiempo que sea menester.

-El señor Rivero está muy ocupado.

Es posible que pase el día esperando sin que pueda atenderla.

-Gracias por preocuparse, pero no tengo nada mejor que hacer.

No se moleste en indicarme, ya sé dónde debo sentarme.

-Disculpe.

Son muchas las cosas que tenemos que arreglar.

Así que aviva,

que...

¿Por qué te has quedado ahí apalancado?

Con todo lo que tenemos que trajinar.

¿Por qué ha de ser?

Me quiero asegurar que no hay ninguna gachí antes de pasar.

-Vaya, hombre. ¿Ahora te dan miedo las mozas del altillo?

-¿Miedo? ¿A mí? Ninguno.

No ha nacido hembra que le haga retroceder ni una miaja al Servando.

Lo que ocurre es que uno es un caballero español

y no quiere pasar de improviso

y sorprender a alguna moza en paños menores.

-Pero ¿qué susodicha va a estar a estas horas en el altillo?

Están en sus quehaceres.

¿Aún no sabes que aquí la que más y la que menos se levanta al amanecer?

-Bien que lo sé, pero podría pasar que alguna tuviese el día libre.

-¿Día libre?

Iba a estar aquí el día libre en paños menores esperándote a ti.

Anda, pasa, pasa.

Y no digas enormidades.

-Pues si luego se cruza alguna buena moza en enaguas y me sorprende,

no digas que le eché una visual.

Mayormente, mirarla.

-No.

Si por un casual muy imprevisible fuese así,

tú cierras los ojos.

Ya te diré yo luego cuándo los puedes abrir.

Y ahora, al meollo, va.

-Lo primero que hay que saber es qué hay que arreglar.

Y cuando tenga una visión clara de todo, proceder al arreglo.

Venga, desembucha.

-Hay que reconocer que tienes un pico de oro.

Pues me han comentado que algo le pasa al armario.

Pero te digo que no recuerdo qué es.

-Y no te han engañado.

Este armario cierra muy mal.

Tiene vencida una bisagra que hay que cambiar. Más cosas.

-Me han comentado las mozas de un desaguisado en la ventana.

Aunque no sé cuál.

Si no supiera que eres mi marido,

creería que eres un arquitecto de tomo y lomo.

-Menos flores, alhelí.

Y pon oreja.

Ya sé lo que le pasa a la ventana y no es baladí.

-¿Qué sucede?

-Cierra mal y se cuela más aire que por el desfiladero de una montaña.

-Pues hay que arreglarla que las corrientes de aire son muy malas

y las mujeres se pueden resfriar.

-Y más si van en paños menores. -Qué perra con los paños menores.

¿Te has pensado que esto es la casa de Tócame Roque?

-Cada uno en su casa va cómodo.

¿No ves cómo voy yo cuando estamos solos?

-En calzones todo el rato.

Pero tú eres muy desastrado. -¿Desastrado?

Pues no te gustaba a ti poco verme las canillas cuando nos casamos.

Dime qué otro estropicio hay por ahí.

-Algo huele a chamusquina en el infiernillo.

-Para chasco, ¿y a qué va a oler? -Dicen que hace muchos humos.

-No hace falta ser ingeniero para saber lo que le pasa.

Si hace humos es que el tubo está atascado.

Y en vez de ir para afuera, va para adentro.

-Y ahora, ¿qué te pasa, calamidad?

-Le estaba dando yo al magín.

Y este altillo tiene más desperfectos que la carreta de Matusalén.

Y vendría más a cuenta comprar otro nuevo que arreglar todo esto.

-Pero qué exagerado.

-¿Exagerado?

Verás.

La bisagra del armario, la ventana, el infiernillo.

Y todavía queda por revisar las habitaciones.

Como no nos apuremos, nos va a dar todo el día.

-Ah, no, eso sí que no.

Esta tarde es la verbena y no me la perderé por tu culpa.

-¿Mi culpa? Ni que hubiera roto yo todo esto.

-Tu culpa si no lo arreglas a tiempo, así que arrea.

Coge el martillo y empieza a poner tornillos.

Hasta que haya más que en un almacén. A la de ya.

Bien limpias, Herminia.

Se ve que tienes costumbre.

Más que de hablar. -¿Cómo no voy a tenerla?

No levantaba un palmo del suelo cuando madre me puso a faenar.

-Es normal que los hijos ayuden al sustento de la familia.

Y más con tantas bocas que alimentar. 6 hermanos me dijisteis que erais.

-Ocho.

Y ni un año nos llevamos los unos de los otros.

-Hasta Dios se puede equivocar a la hora de repartir sus bendiciones.

Qué fácil le resulta concebir a quien no debería.

-En eso se equivoca. Madre tardó años en quedarse preñada de servidora.

-¿Y qué ocurrió para cambiar la situación?

-La visita de una curandera peritísima.

Fue verla y ya no parar.

-No la bendijo Dios, sino el demonio.

No es la primera vez que oigo hablar de estas curanderas.

Gran afición tenéis por las magias.

-Madre dice que nada de brujerías,

solo unas hierbas sanadoras para tomar.

Y a engendrar.

-Marcho ya al despacho.

Tengo mucha tarea, no sé si llegaré para acompañarte a la verbena.

-No hay necesidad.

Antes que a tu esposa, tienes asuntos más importantes que atender.

-Herminia,

déjenos solos.

-¿Muestras discreción cuando no te importa humillarme ante las vecinas?

-No he hecho tal cosa.

-¿Cómo llamas a exhibirte con esa cualquiera?

-Es trabajo. No deseo discutir más este asunto.

-Ni yo. No es agradable recordar

cómo tu esposo regala juguetes al hijo de otra.

-Lamento haberte herido, no era mi intención.

Lo que dije no tiene perdón.

No volverá a ocurrir.

-Así lo espero.

Y si vuelvo a ver a esa mujerzuela por el vecindario

con su hijo y tus regalos, no sé si me podré contener.

Estás avisado.

Tornillo.

-Tornillo.

-Martillo.

-Martillo.

-Destornillador.

-Destornillador.

¿Dónde habrá ido a parar ahora el destornillador?

-¿Irse? No se habrá ido, que lo habrás cogido tú.

-Qué cabeza tengo, no sé dónde dejo las cosas.

-Qué novedad. En un bolsillo. -¿Un bolsillo?

Ay, pues sí.

¿Cómo habrá ido a parar aquí? -No sé.

Habrá dado un salto con pirueta y se ha metido solo.

No te digo.

Hala, perfecto.

Mismamente, recién comprado.

-Tienes unas manos de pianista.

-Ay.

Lo que tú quieres es un beso. -Uh.

-Vamos a ver.

He arreglado la ventana,

desatascado el infiernillo

y ahora, el armario.

Por aquí hemos acabado. Vamos a las habitaciones.

-Quieto, que nos tenemos que ir.

-¿Adónde? No hemos acabado.

-Pues a la verbena, iluminado.

-Lo de la verbena no se te olvida.

-¿Cómo me voy a olvidar si es el acontecimiento del barrio?

No sé a qué hora empieza.

-Ya decía yo que era mucho que te acordaras de todo.

-Pues no. Malísima mollera la mía.

¿Y si ha empezado y nos lo estamos perdiendo?

-Empieza por la tarde.

Vamos a subsanar el desavío de las habitaciones.

-Para el carro. Las habitaciones, otro día.

Nos vamos abajo que tengo que hacer cosas y luego, arreglarme.

Para ir a la jarana.

-Que faltan muchas horas para que empiece la zarabanda.

-¿No te entra en la mollera que me haga ilusión ponerme guapa

para ir contigo del brazo al baile?

-Un milagro necesitas para estar guapa.

-Mira el gañán este, llamarme fea...

-Anda, tienes la memoria de un pez, pero el oído lo tienes de águila.

-Y encima me llama águila.

¿Crees que te has casado con un pajarraco?

-Vámonos, las habitaciones las hacemos mañana.

Así tienes tiempo para tus avíos.

-Fea y pajarraca, así de seguido.

Y se queda tan ancho. -No te he llamado pajarraca.

Y si por un capricho de la naturaleza fueras un águila,

serías un águila real.

No hay mujer más lozana y gallarda que la mía.

-¿De veras?

-De veras de la buena.

Tira para abajo, quiero presumir de mujer guapa.

¡Tiembla, Acacias!

¡Allá va la Paciencia pisando con garbo!

-Anda, vamos.

No olvides pedirle la tarde a tu señora para venir de fiesta.

Descuida, pero no tiene como costumbre doña Cayetana darme gusto.

Ya lo creo. Es como el perro del hortelano, ni come ni deja comer.

Ay. Casilda, ¿qué tienes, mujer?

Descuida, Manuela, no ha sido nada.

Poco te ha faltado para dar con los huesos en el suelo.

Pierde cuidado. Un vaporcillo nada más.

Por falta de sueño, me figuro.

Precisas algo más que reposo. Has perdido la color.

Es que... anoche cené poco.

Y aún no me he echado nada al buche. Mal hecho.

No se puede faenar en ayunas.

Voy a prepararte algo de desayunar.

Aguarda, Manuela.

¿Dónde guardáis las viandas? Ayer no hice avío de compra.

Ni en mucho tiempo.

¿Qué cenaste anoche?

Las sobras de la sopa de los señores.

Últimamente, poco más hay. Ya lo veo.

Los dineros los gastan los señores en los específicos para don Maximiliano.

Pero, te lo ruego,

no te vayas de la lengua en el altillo.

Que hay mucha malicia.

Pronto ha de arreglarse la situación. Pierde cuidado.

Aunque no puedes seguir así.

Has de alimentarte en condiciones.

Así lo haré.

Y ahora, vete a faenar.

No enfades a tu señora, que si no no ha de darte la tarde libre.

Ay.

Estoy muy agradecido por su visita, vecinos.

-No hay de qué, don Maximiliano.

Ya nos avisó Germán que no debía fatigarse,

pero ansiábamos ver cómo estaba.

-Todo el barrio nos ha mostrado gran aprecio.

-No había de ser de otra forma, en gran estima les tenemos.

-No han de inquietarse.

Tan solo sufrí un ajuste momentáneo, poco más que un achaque.

-¿Provocado por un disgusto?

-Qué dislate, querida Susana. ¿Qué nos podría haber disgustado?

-Disculpe, Rosina, olvidaba que la fortuna les sonreía.

-Lo que le pasa a usted es que deseaba que le colmasen de mimos.

Confiese.

-No anda desencaminado.

-No sea usted truhán, abandone ya la farsa y mejórese.

-Lo mejor es el descanso y la buena alimentación, ¿verdad?

-Así es.

Iba a mandar ahora a Casilda al mercado a por una buena merluza.

-Cómo son ustedes, siempre comprando lo mejor de lo mejor.

Van a dejar sin pescado a todo el vecindario.

Puerta

-Casilda, ve a abrir.

¡Casilda! ¿Dónde se habrá metido?

-Estará cocinando manjares sin descanso.

-Lástima que no tenga energía, se perderá la verbena.

-Maximiliano, mira quién ha venido a verte.

Qué agradable sorpresa.

-Don Maximiliano. -Gracias, querida.

-Si vengo en mal momento,... -De ninguna manera.

Voy a por una silla para que te sientes.

-No es menester, ya marchábamos. -¿Cómo? ¿Tan pronto?

-Así es. Hemos de atender la sastrería.

Y si tres son multitud, cuatro con más razón.

Vamos, Leandro.

-Don Maximiliano, mejórese.

Juliana.

-Juliana, por favor. -Sí.

¿Y bien?

¿Cómo estoy?

Radiante.

Sonríes.

¿Cómo no he de hacerlo?

Hace tanto que no escucho un piropo de tus labios.

Veamos si saben hacer algo más que alabar.

Qué oportuna eres, muchacha.

Disculpen los señores. ¿Dónde vas?

Haz lo que tengas que hacer.

¿Qué te parece este collar? ¿Demasiado llamativo?

No, te queda bien. ¿Solo bien?

Habré de deshacerme de él.

Está lejos de cumplir su objetivo.

Quería decir que estás preciosa. Eso ya está mejor.

Manuela carraspea

¿Aún estás aquí?

Disculpen. Deseaba pedirles permiso.

¿Podría tomarme libre la tarde?

No te corresponde.

Lo sé, por eso se lo solicito.

¿Acaso pensabas ir a la verbena?

Nosotros también teníamos pensado acudir.

Y Carlota debe quedarse al cuidado de alguien.

Lo comprendo, señora.

Aguarda, no he terminado.

Nos llevaremos a Carlota a la feria. Tienes permiso para salir.

Agradecida, señora.

No hay de qué.

Voy a buscar a Carlota.

Manuela,...

Disculpe.

He de continuar con mi tarea.

Tararea

Pero, querida, qué elegante vienes. No pareces tú.

-Supongo que he de tomarlo como un halago.

-Te ruego me disculpes, la sorpresa habla por mí.

-Pues te tengo reservada otra.

He decidido ir a la fiesta.

-Acompañada de Fabiana.

-Y de ti.

-Ya te dije que no era necesario.

-No es por obligación, sino por placer.

¿Dónde va a estar una mejor que en la verbena con su esposo?

-No t falta razón.

Pero no podré prestarte la atención que mereces.

Debo atender a los Villaronga.

-Tus compromisos son los míos.

-Ellos son muy estirados y a ti estas situaciones te incomodan.

-Incómoda estaría sola en casa.

Pierde cuidado, estaré bien.

Así, mientras tú hablas con tus socios de negocios importantes,

yo conversaré con su esposa. Ramón.

Como una señora he de comportarme.

Sabré estar a la altura.

-De eso estoy seguro.

Enhebra, mujer.

No puede haber mayor orgullo para un hombre

que pasear junto a ti.

-Señora.

Que Dios nos coja confesados.

Disculpe.

No le oí entrar. ¿Deseaba algo?

Sí.

Borrar de tu rostro esa mirada.

Perdone.

¿Le he incomodado en algo?

¿No he mirado de forma correcta al señor?

Añoro esos tiempos en los que me tuteabas

y me llamabas con salero "médico".

No es de recibo tutear al amo.

Lo sé.

Pero eso no evita que escuchar tal tratamiento de ti

me duela en lo más profundo.

Se qué te resulta difícil adaptarte a esta situación.

¿Y cómo lo sabes?

Porque siento lo mismo cada vez que tengo que mantener distancia

y tratarte como a una criada.

Y eso mismamente soy.

Supongo que, con el tiempo, hemos de acostumbrarnos.

Sigo convencido de que era lo mejor que podíamos hacer.

Necesitabas una ocupación y yo...

Tenías una familia a la que atender.

No te falta razón.

De seguro solo necesitamos tiempo, médico.

Y ahora,

he de terminar mi labor si deseo marchar.

No te entretengo más.

Espera, Manuela.

Toma.

Para

que te diviertas esta tarde.

No te ofendas y cógelo. Es solo una atención.

Ya.

Una atención con el servicio.

Para molestarle tanto tratarme como sierva, se maneja con mucha soltura.

Yo... Guarde el dinero.

Para divertirme no preciso caridad,

solo el jornal que gano con mi sudor.

Y ahora,

si me disculpa... el señor.

Menudo aguachirle.

De seguro el agua de fregar es más sustanciosa.

-¿Has visto a la señorita Leonor? -No.

Debió salir temprano y no ha vuelto.

-¿Dónde estará esta muchacha? -Vaya usted a saber.

Quizá haya ido a la verbena.

-Me extraña, nunca fue dada a esos festejos.

¿Qué cocinas?

¿Sopa de ajos otra vez?

-De ajo, que solo me quedaba un diente.

Y no lleva casi ni pimentón.

No le digo más.

-Dios se apiade de nosotros. ¿Dónde iremos a parar?

Puerta

¿Aún no estás lista para la verbena?

Terminando la sopa subía a cambiarme.

¿Qué haces tú tan ociosa?

¿Te ha dado la tarde libre tu señora? Tú lo has dicho.

Es más, no tuvo inconveniente.

¿Ves como eres brava? Acabarás domando a semejante basilisco.

¿Cómo estás? ¿Te has vuelto a marear?

Calla, mujer.

Mis mareos me los guardo para cuando baile con el señorito Víctor

y me tenga entre sus brazos. Poco vas a bailar tan débil.

Anda.

Manuela, ¿de dónde has sacado estas frutas?

De mi apellido. Un manzano da manzanas.

Ay, Manuela, a ver si te vas a meter en un lío.

Como se entere Cayetana que andas robándole,...

No llames robar a lo que es justo.

A ellos les sobra y tú debes alimentarte.

Agradecida quedo.

Luego me las como.

Nones. De aquí no he de moverme hasta que no te las vea engullir.

Pronto hemos de retornar a casa, no soporto este bullicio.

-Como usted mande, señora.

Señora, ¿está usted bien?

Disculpe, ¿desea algo?

Mucho me temo que no tengo el placer de conocerla.

-Yo a usted sí y le aseguro que no es ningún placer.

-Señora, no me gusta su tono.

No le he dado pie para faltarme.

-Discúlpeme.

Quizá, mi marido la trata con más pleitesía.

Se encuentra ante la esposa de don Felipe Álvarez-Hermoso,

su abogado.

-Ya veo.

Así que es usted Celia.

-¿Ve como sí me conoce?

Debe estar satisfecha,

mi marido se dedica a sus asuntos en cuerpo y alma.

Debe considerarla una clienta especial.

-Se lo advierto,

un escándalo público no ha de beneficiarnos a ninguna.

-Pierda cuidado, no es esa mi intención.

Solo deseaba presentarme.

Ese juguete se lo regaló mi marido,

¿no es cierto?

-Señora, ni tiempo ni ganas tengo de seguir con tan absurda conversación.

No le oculto que entre su Felipe y yo hay una relación,

¿cómo llamarla?, más allá de lo profesional.

-¿Ni siquiera tiene la vergüenza de negarlo?

-La vergüenza, como otras cosas, la perdí hace tiempo.

Ningún beneficio me traía.

Su Felipe me divierte, y yo a él.

Pero no hemos de tardar en aburrirnos el uno del otro

y encontrar otro compañero de juegos.

-Es usted una vulgar mujerzuela.

-Prefiero considerarme una mujer práctica.

Y usted debería hacer lo mismo.

¿O irá persiguiendo a las damas con las que se entienda su marido?

Le advierto que temo sean numerosas.

¿Puedo darle un consejo, amiga? -No soy su amiga

ni deseo nada suyo. -Aun así, se lo daré.

Pague a su marido con la misma moneda y no le exija lo que no le pueda dar.

Solo existe un amor sincero e incondicional,

el que nos procesan nuestros hijos.

No lo busque en los hombres, nunca lo encontrará.

Oh.

Disculpe, olvidaba que no podía concebir.

Lo lamento, ese amor del que le hablo nunca podrá conocer.

¿Desea algo más?

Señorita, ¿hasta cuándo piensa persistir?

-La respuesta es sencilla: hasta que me reciba el señor Rivero.

-Hágame caso, nada bueno sacará de esto.

-Eso habrá de verse. Aunque se empeñe, hablaré con él.

Por lo que parece, va a ser antes de lo que pensaba.

Señor Rivero.

-¿Sí? -¿Puedo hablar con usted?

-Claro. Pídale cita a mi secretaria. -Eso he intentado sin éxito alguno.

-Lo lamento, soy un hombre ocupado.

-Atenderme solo le llevará unos minutos.

Soy Leonor, lectora habitual de su periódico y admiro sus ensayos.

-Me complace saberlo.

Aparte de alabar su buen gusto, ¿qué más puedo hacer por usted?

-He escrito algunos relatos y agradecería su opinión.

Quizá sean de su agrado y desee publicarlos.

-Usted... Déjeselos a mi secretaria, mañana sin falta los leeré.

-¿No podría leer unas pocas líneas?

-Es usted insistente, señorita.

-Disculpe.

Preciso su ayuda.

-Está bien.

Quiere mi ayuda y mi consejo, pues aquí lo tiene.

Deje de perder el tiempo y molestar

y dedíquese a hacer punto de cruz.

Mucho más futuro tendrá.

Como mujer, puede que juntase algunas palabras con cierto sentido,

pero poco más.

En mi opinión, hay tres cosas a las que las mujeres no deben acercarse:

a un caballo, a una chequera

y a una pluma.

-No juzgue sin leer.

Tenga, son buenos.

¡Ah!

¿Lo eran?

Hágame caso,

no juegue a juegos que le quedan grandes.

Una machorra no atrae un buen esposo.

A casita

y a callar.

-Señorita, yo...

-Llora

Organillo

Qué gusto da verte vestido así, Servando.

Pareces un señor.

-Ya. Aunque la mona se vista de seda...

-¿Mona? ¿Qué mona? ¿Acaso han traído fieras a la verbena?

¿Sí? Pues vamos.

-No veo a Víctor.

Hasta calambres me entran de los nervios.

Templa ese ánimo.

Es un baile, no tu casamiento. Quién sabe.

Se empieza bailando un pasodoble y se termina en el altar.

Y quién te dice a ti que no saldremos de esta verbena

con un buen mozo por novio. Mucho lo dudo, Casilda.

Todos los mozos serán para ti. Con uno me conformo.

Mira, al fin lo veo.

Ay, Manuela, madre mía.

Mira que fijarse un señorito en mí. No tiembles.

Es él quien debe estar nervioso por bailar con semejante ángel.

Manuela.

Manuela, que me ha sonreído.

Qué recuerdos, Servando.

Te acuerdas de nuestros primeros bailes, ¿no?

-Pues no porque nunca he bailado.

Qué fábulas te traes, mujer. -Huy.

Organillo

¿Me concede este baile, María Luisa bella,

princesa de las hermosas? -Sea.

Herminia, por Dios, ayúdame a quitarme esto.

Llora

-Temple, señora.

-¡Qué humillación!

Hasta esa cualquiera ha de ser más que yo.

Y no es de extrañar pues no soy más que media mujer.

Con el vientre seco, incapaz de procrear.

Más me valdría la muerte que continuar con esta tortura.

Y esto no ha hecho más que empezar.

¿Cuánto tardará mi Felipe en dejarme por una mujer que le dé un heredero?

-El señor la estima.

-No mucho más ha de durar.

Alguna de sus amantes terminará por quedar encinta.

Sin hijos nunca hallaré dicha.

Aguarda, Herminia.

¿Es cierto eso que me contabas de que tu madre no fue capaz de concebir

hasta que no visitó a esa curandera? -Así me lo contó ella.

Y luego, un zagal tras otro.

-¿Tú podrías dar con esa hechicera?

-Eso, a saber. -Has de intentarlo, te lo ruego.

-La señora no ha de rogar, es mi deber complacerla.

-Suspira

Y aún has de hacerlo en una cosa más.

Nadie debe saberlo.

-¿Ni siquiera el señor?

-Ante todo el señor.

Organillo

Buen bailarín estás hecho.

-Lo habré adquirido de soñar bailando contigo, terroncito de azúcar.

-Muy rumboso estás.

Yo creo que tanta maña no se adquiere de los sueños,

sino de los cabarés donde pasas las noches.

-Yo solo tengo ojos para ti, te lo he dicho un millón de veces.

-Viendo cómo te mira la chacha esa, no parece fácil de creer.

La infeliz se había hecho ilusiones. -Infundadas, mi vida.

¿Cómo habría de bailar con una criada pudiendo hacerlo

con este pedacito de terciopelo del que está bordado la bóveda celeste?

No te tortures más. Anda y que les ondulen.

-Tanto acicalarse para nada.

Mira que eres mema, Casilda. ¿Qué señorito se fijaría en ti?

Cualquiera que tenga ojos.

Eres mucho más bonita que esa pajarraca.

-Pobre criatura, compuesta y sin baile se queda.

¿No se te rompe el corazón?

¿Dónde vas?

-Casilda.

¿Quieres bailar?

-¿Con usted?

-No va a ser con el príncipe de Asturias. Claro, conmigo.

Decídete que mi Paciencia tiene un límite.

Anda, ve. Así aprovechas las clases de baile de Rita.

-Sí.

Ya sabía yo que mi Servando era un gran bailarín.

Y oro molido.

¿Hicimos bien en dejar a Carlota con la niñera de los Gómez?

Ya la viste, tan feliz se quedó con los saltimbanquis.

En un rato vamos a por ella.

A nuestro alrededor va dando botes como si tuviera muelles en los pies.

¿Cuánto hace que no bailamos?

Ni siquiera recuerdo la última vez.

¿No es el momento de recuperar los tiempos perdidos?

Demasiado calientes están los ánimos en este país

para pensar en nuevas inversiones. -¿Alguna vez han estado templados?

No es tiempo este para cobardías.

-Es la modista más exclusiva de la ciudad.

-Será un placer acompañarla a su taller.

-Mira, Benito.

-No me digas más.

Te has encaprichado. Ahora te lo compro.

-No ha de conseguirla con dinero, sino con su esfuerzo.

Es el premio al que consiga golpeando que suene la campana.

-Ay, por favor.

-Todo sea por agradarte.

¿Ha visto, Ramón?

A qué empresas nos van a obligar.

Este martillo pesa un quintal.

No es tarea fácil levantarlo. -Permítame.

-Así no se golpea. -Ni siquiera se plantee tal dislate.

-Este es un logro solo posible para un sansón.

-¿De verdad quiere esa muñeca? -Sí.

-Permíteme, esposo. -¿Qué pretendes?

-Hacerle un favor a una amiga.

Gracias.

¡Aaah!

¡Toma ya! ¡Así se pega una buena tarascada!

-Muchas gracias.

Desde ahora tiene mi aprecio.

Arrea. ¿Qué haces aquí tan sola en lugar de estar en la verbena?

¿Qué tienes, Leonor?

Llora

¿Y estos papelajos? Mis escritos.

¿Por qué están hechos trizas? Déjame sola, hazme el favor.

No sin antes saber la verdad. Vete de una vez.

Márchate. Vete.

Vete.

¿Qué ha ocurrido?

¿Quién se atrevió a herirte así?

Esta mañana, he ido a la redacción del periódico.

No me he movido hasta ver al director.

¿Y rechazó tus escritos?

Ni siquiera los miró, los rompió delante de mí.

Me llamó hombruna y que debía ser mujer de mi casa.

Fue horrible. Se va a enterar.

Del bofetón que le daré le arrancaré las muelas.

No, Pablo, déjalo.

Te lo ruego. Ningún bien he de lograr con tu venganza.

¿No te das cuenta?

No es mi fracaso lo que más lamento.

Entonces, ¿qué?

Ya no sé cómo he de conseguir dinero para ayudar a mi padre.

No, Pablo, déjame. Debo intentar recomponer mis escritos.

Ahora no.

Organillo

Termina la música

Vamos, no nos perdamos el comienzo de la función.

Luego, seguimos con nuestro baile.

-No siento los pies. -Mejor, así baila más ligero.

¿Y Manuela y Paciencia?

Qué buena idea ha sido venir a la verbena.

Anda, prenda, sé un caballero y tráeme un agua de cebada.

-Estimado público, la función va a comenzar.

Van a ser testigos de las tribulaciones de la bella Rosita,

su enamorado el príncipe Vicente

y el malvado y viejo dragón.

Si es de su agrado, me veré pagado con sus aplausos y la voluntad.

Aplausos

¿No parece nuestra historia? Tú, la bella Rosita.

-Y tú, el malvado dragón.

-Hace tiempo que amaneció y ese muchacho aún no ha regresado.

-Ya se lo había dicho yo.

Resultó ser un mentiroso y un impostor.

-Aquí estoy, majestad. -¡Si lo has conseguido, muchacho!

Qué alegría.

-No era tan fiero el dragón como parecía.

-Oh, oh. Ha descubierto la traición. -¿Qué dice?

-Que qué majete era el león.

Digo el dragón. -Majestad,

al dragón le llevó allí alguien que es un traidor y un mentiroso.

-Yo creo que no, que no me confundo.

Conque era amor lo que sentía por mi hija, ¿no?

Que se quede quieto. -Pero, majestad, no me apunte.

Que no me apunte. ¡Ay!

Disparo

-¿Un disparo? -¡Aaah!

Disparos

Huy, huy. Pero ¿qué está pasando?

No lo sé, pero nada bueno.

Dicen que los anarquistas han acribillado a balazos

a un diputado que vive aquí al lado. -Santa María, qué horror.

¿Dónde vas, muchacha? ¿Se te ha secado el entendimiento?

Casilda.

¡Carlota, Carlota!

Aparta, burgués.

Déjame terminar el trabajo si no quieres correr la misma suerte.

¿No me has oído?

¡Aparta que lo remate!

Tú lo has querido.

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Acacias, 38 - Capítulo 13

29 abr 2015

Al ver que Víctor no baila con Casilda en la verbena, Servando sí que lo hace para animarla. Manuela ve a Germán y Cayetana felices, traga. Leonor decide entregarle sus escritos al director de la revista ella misma, pero recibe la negativa a sus escritos y su desprecio. Pablo intenta ayudarla en lo que pueda. Herminia le habla a Celia de una curandera que ayudó a su madre a tener hijos y ella le manda buscarla. Celia habla con la viuda Losada-Abelló. Los vecinos visitan a Maximiliano, que quiere quitarle importancia a su infarto. Trini, quien se ha preparado a conciencia para acudir junto a su marido a la verbena, acaba haciendo de las suyas y triunfando. Suena un disparo en la verbena. Germán se interpone entre el agresor y la víctima.

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  1. MMC

    La serie está genial, yo, alargaría más los capítulos y mandaría la siguiente serie a otro horario. El tipo de público que ve este tipo de audiovisual es idéntico, y las dos, seguidas, se hace pesado por el cambio de argumento, mientras que si es la misma, ya estás enganchado en esa franja horaria. Por otra parte, es importante que el capítulo tenga enjundia, cuando se queda con poco contenido, llega a aburrir. Os recomiendo no extralimitarse en los capítulos, que tenga un principio y un final, sin perjuicio de que si se quiere, se haga otra temporada en la que los personajes se vayan resolviendo, y dando protagonismo a otros, podría ser de nueva generación, o de nueva aparición, que coexistan con lo cotidiano de los anteriores. Un saludo a Producción, a realización, y a los creativos, sin eludir el resto de los integrantes de cada equipo de vestuario, ambientación.... etc

    30 abr 2015