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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1164 - ver ahora
Transcripción completa

No dejaré de quererte

ni un solo instante de lo que me queda de vida.

Hasta siempre, amor mío.

Mi cuerpo me lo dice a gritos.

Me estoy muriendo, Margarita.

Me he acordado de tu juicio en Manaos.

Yo iba muy preparada para defenderte, ¿te recuerdas?

-Sí, claro,

Por favor,

cásate conmigo.

Está bien.

Cancelo mi debut.

Es... un paso que a lo mejor no tiene un paso atrás.

-He descubierto que Camino ve a la pintora a espaldas de su madre,

y esta cree que por fin se ha librado de tan nefasta influencia.

¿De verdad te sientes preparada para enfrentarte a él?

-Sí.

-Tú sé sincera y con la verdad por delante.

He venido a advertirte que tu puesto en la función está en peligro.

-Natural, es la segunda vez que me ausento sin avisar.

Es normal que el empresario quiera echarme.

Andrade va a ir a por usted.

No veo el por qué. El juicio no va bien.

La negrita hablará hoy y Felipe mañana,

y esto es un desfile de puñales.

Haga su trabajo y a Andrade no le pasará nada.

Ya te he dicho que ha sufrido mucho pensando que teníamos un affaire,

como lamento no haberme dado cuenta para evitar ese sufrimiento.

entre nosotros no hubo nada reprochable

y todo ha quedado aclarado.

-Señor,... tengo algo que decirle.

(Timbre)

Te lo dije. Vamos, escóndete.

Ya va.

Cesáreo.

Tenía ganas de terminar con este asunto

para poder enfrentarme a otros de igual importancia.

-¿A qué te refieres? -Sé que eres un impostor.

He tenido mucha paciencia contigo, Marcia, mucha.

Por tus coqueteos con el abogado, a veces por tu frialdad,

pero también por tus dudas sobre mí.

¿Qué quieres que diga, qué quieres que haga?

-Decirme la verdad. -¡Te la he dicho!

¡No puedo demostrar que yo soy yo! ¡Lo soy!

¿Qué más quieres? -Has cometido errores.

-¡¿Errores?!

En todo caso, olvidos.

-Hace tiempo, casi al principio,

no reconociste un guiso que te hice, el quiso que más te gustaba.

-La cárcel cambia, Marcia, son muchos años de rancho.

-¿Y la cicatriz de la espalda?

-Otra vez con la cicatriz.

Ya te lo dije:

son trucos de curandera. Hay una planta que se llama pita,

en América, agave, que es infalible para borrar cicatrices.

-Ayer también mentiste.

-¡¿Ayer, en qué?!

-Yo no pagué a ningún abogado en Manaos para que te defendiera.

Te pregunté: "¿Recuerdas su nombre?".

Dijste: "No". -¡Porque no lo recordaba!

¿Sabes, Marcia?

Fueron los peores días de mi vida,

mi cabeza no me obedecía, solo tenía pensamientos oscuros...

¡Cómo para acordarme del nombre de un abogado!

No recuerdo ni un detalle del juicio.

-Es que no hubo juicio.

A mi marido lo encarcelaron sin juicio.

-Yo soy tu marido.

-¡No, no, Santiago o como quiera que te llames!

¡Y por eso no volveré a acostarme contigo,

ni permitiré que me digas lo que puedo o no puedo hacer!

Y tampoco voy a permitir que vuelvas a amenazar a Felipe.

-Eres estúpida, muy estúpida.

Te hará sufrir, te abandonará cuando se canse.

¡Es un señorito, imbécil, primero te masticará

y, luego te escupirá como si fueras paloduz!

-¿Y tú,...

quién eres tú?

-Marcia, no lo empeores.

-Dime quién eres... o lárgate.

(Sintonía de "Acacias 38")

No sé dónde pueda estar. ¿Es urgente?

-Su madre la está buscando.

-Lo siento, no sé ni dónde está ni dónde localizarla.

-Unos vecinos me han dicho que la vieron muy cerca de aquí.

-Cerca de aquí no es aquí.

-No, no, claro. Era solo una posibilidad.

-No sé si sabe que ya no la doy clases.

-Algo he oído, pero eso no significa que dejen de verse.

Han hecho buenas migas y pueden tomar un café de cuando en cuando.

-Pues no, llevo días sin verla.

-Bueno, de todas formas, gracias.

-No hay de qué.

-¿Me avisará si tiene noticias de ella?

-Naturalmente. Pierda cuidado.

-Con Dios. -Con Dios.

Ya puedes salir.

-¡Qué pesado!

-Es tu madre quien te busca.

-O no y es cosa de ese correveidile.

-Vamos, vete.

-Dame un beso.

-Vete ya.

Estoy hablando en serio.

Ve al restaurante y tranquiliza a tu madre.

No vengas en unos días.

-Di que me echarás de menos.

Dilo o no me iré. -Adiós.

Vamos.

-Yo también a ti.

No me vengas con eso, que no tengo la oreja pa ruidos.

-No es lo que usted cree, pues. -¿Ah, no?

Estoy harto ya de que me vengáis con Esther pa arriba, abajo...

No he coronao a tu señora,

¿te puede entrar en la cabeza de una puñetera vez?

-No le iba a hablar de coronamientos.

-Te has referido a Esther, ¿o es que tratas de volverme majara?

-Que no, señor, que me he referido a Esther, pero no es eso.

Yo le quería pedir perdón.

-¿A mí, perdón? ¿Por qué?

-Que la señora me mando seguirle,

y fueron estos ojitos los que le vieron con Esther.

Y lo que yo vi, parecía lo que parecía.

Yo le conté a la señora lo del abrazo con Esther.

-¡Por los clavos de Cristo, Arantxa, que llevas media vida con nosotros!

¿Cómo pudiste pensar que yo...?

¡Si sabes que bebo los vientos por Bellita!

-Que lo sé, señor, ya me duele a mí.

Usted me conoce y sabe que muchas veces soy muy malpensada.

Malpensada para sospechar que el carnicero te ha sisado con el peso

o que la chica de los vecinos mete el polvo debajo de nuestro felpudo,

¡pero no es lo mismo acusar a tu señor de esa infamia tan tremenda!

-Lleva usted toda la razón.

-¡Es pa encabritarse!

-Sí, es para encabritarse, ya lo sé.

Por eso se lo he confesado,

porque yo quiero pedirle perdón con toda la humildad posible.

-No sé si vale ya el perdón a estas alturas.

Imagínate, Dios no lo quiera,

que a Mari Belli le pasa algo,

y hubiera seguido pesando sobre mí esa falsa acusación.

¡¿De qué me vale tu arrepentimiento?!

O peor, ¿de qué le serviría a ella?

¿Están discutiendo?

Arantxa,

que es corta de vista y larga de lengua.

No sea usted bruto, padre.

¿Qué ha pasado, Arantxa?

-Fui yo quien le dio a tu madre la falsa alarma sobre Esther.

Una cuentista enredadora

en la mejor tradición de nuestro teatro clásico.

-Estoy muy arrepentida, señor.

-Pero no te importaba que yo quedara como un malandro

y que a mi matrimonio se lo llevara el viento.

¡Padre, deje de decir esas cosas!

¿No ve que Arantxa está tan arrepentida como usted o más?

-No, más no, cariño.

-A Arantxa le duele que ha jugado con fuego y se ha quemado.

En el pecao lleva la penitencia.

Suficiente.

Déjese de refranes y rencores.

¿Ya está todo aclarado? Pues no hay que darle más vueltas.

-No, todavía no me ha perdonado. -Si quieres pongo la otra mejilla

y le cuentas a mi mujer que me he liao con la acomodadora.

Mire que es usted tortuoso.

Arantxa, hizo lo que hizo por lealtad a su señora,

está sinceramente arrepentida, ¿no lo ve?

Perdónela y vayamos a ocuparnos de mi madre,

que es lo único que debería importarnos ahora.

¿Tengo que darle la bendición?

-La bendición solo la da el papa.

Hágalo por madre.

No he oído nada.

-Perdonada.

-Muchas gracias, señor.

Cuando la señora se recupere,

le voy a hacer esas alubias que tanto le gustan.

-Me voy. No tardaré.

Pásese luego a ver a madre.

¿Crees que hace falta que me lo digas?

Tengo un par de asuntos ineludibles.

Si pregunta, dile que voy a ponerle un telegrama al señor Golden

y a disculparme por haber faltado a la función.

De acuerdo.

(Se cierra la puerta)

Tarde hoy, ¿eh?

He visto la luz encendida y me ha extrañado.

-No hay nada extraño, varias cenas con sobremesa.

Que todas las noches sean así.

-¿Se sabe algo más de la enfermedad de Bellita?

-Sigue siendo un misterio, al menos para los profanos.

-Estará usted preocupada, ¿verdad?

Es futura consuegra.

Consuegra y amiga, imagínese.

Y mi Emilio, no hay más que verle para ver lo afectado que está.

-No es para menos. Pronto la llamará "madre".

-Lo siento por Cinta y por él,

no han podido gozar de su compromiso como Dios manda.

-En eso, perdone, Bellita tiene parte de culpa,

¿no recuerda las acusaciones y lamentos que profirió

en plena pedida de mano?

-Por favor, no haga usted leña del árbol caído.

-No hago leña, pero a cada uno lo suyo.

(Puerta)

-A las buenas. -Buenas, Fabiana.

No sabe lo bien que me viene que cierre hoy más tarde, doña Felicia.

-¿Y eso? ¿Algún antojo?

-Los antojos para las de Cabrahígo y allegados.

-Mío no, para unos huéspedes.

Vengo a reservar una mesa pa mañana al mediodía.

-Dígales que la pongo a su nombre. ¿Cuántos comensales son?

-Cuatro.

Un par de viajantes quieren convidar a sus clientes.

Trátemelos bien,

que son clientes de los que vuelven a menudo.

-Descuide, pondremos toda nuestra atención en ellos.

-Agradecía.

Doña Rosina, vio usted también al espantajo esta tarde, ¿verdad?

-Todavía tengo aquí el come-come.

-Y yo. Repeluznos me dieron al verla,

así es como me he imaginao yo a las ánimas del purgatorio.

¿Cree usted que se ha metío a un convento?

-De Úrsula... cualquier cosa es posible.

-Más vale que sea verdá. No sé cómo estará ahora la ley,

pero hasta hace poco, estaba penao con una buena tunda de palos

vestir hábitos sin haber profesado.

-¿Estoy oyendo que ahora Úrsula es monja?

-Con un hábito se ha paseado esta tarde por el barrio.

-Daba tiritera, ya le digo.

Uno más de sus disparates y chaladuras.

Me marcho a decirle a los huéspedes

que mañana van a comer mejor que en casa el obispo.

-No le quepa a usted la menor duda.

-A más ver. -Con Dios.

No se ha explayado usted, Rosina.

-¿Por lo de Úrsula?

En otro momento, le habría sacado más punta que a un lapicero.

-No ando muy bien de ánimo.

-¿Su esposo?

-Habría puesto la mano en el fuego por él.

Pensé que después de lo de Genoveva,

no osaría a volver a engañarme, pero sí, ha vuelto a engallarse.

-¿Se ha enterado usted de algo más?

-Me he enterado de que tenía una botella de champán en el escritorio.

-¿Tenía ha dicho? -Parece que ya la ha descorchado.

-No es buena, se lo digo yo, esa mujer no es trigo limpio.

Ha caído simpática por extravagante,

pero no le deberíamos haber tolerado sus ideas extremas,

y el alarde de la independencia de las mujeres,

en fin, la bohemia esa que no se le caía de la boca.

-Pero es que, Genoveva no era bohemia,

y ahí la tuvimos también.

-¿Qué va a hacer usted?

-Confirmarlo. Lo primero de todo, confirmarlo.

Pero si me la está pegando... ¡Ay, si me la está pegando!

-Ay, Dios mío.

¡Es usted un incompetente!

-Soy abogado, no un matón.

-¿A diferencia de mí?

¿Es eso lo que trata de decir, picapleitos?

¿Qué no es un matón como yo?

-No puedo amenazar a un testigo en plena vista oral.

-No puede amenazar a un testigo,

pero tampoco sabe cómo neutralizar su declaración.

¿Para qué me sirve usted? -El juicio no ha terminado.

-Por desgracia.

Usted ha visto igual que yo el efecto que ha causado Marcia

con su aire inocente,

su disfraz de víctima, su historia truculenta.

Al tribunal solo le ha faltado hacer una colecta

para mostrarle su simpatía.

-Trataremos de desacreditar su testimonio.

Es extranjera, negra,

prácticamente una esclava en Brasil, inculta...

Hay muchas formas de desprestigiarla.

Su odio hacia usted es ciego, no basado en hechos concretos,

sino por envidia de su posición social.

-Ya.

¿Y a Felipe Álvarez-Hermoso? ¿Le va a poner betún

para desautorizarle? -Su amor por Marcia le ciega.

Trataré que eso lo vea el tribunal.

-Es un abogado reconocido, imbécil,

puede que hasta tenga relaciones con alguno de los jueces;

desde luego, las tiene con el maldito comisario.

-Contra eso, no podemos hacer nada.

-¡Untarles, cretino! ¡Todo el mundo tiene un precio!

Aprieta a Genoveva, se comprometió a ayudarme.

¿Has ido a verla como te dije?

-Me temo que trata de cortar amarras con usted, con nosotros.

-¿Le has apretado las tuercas, pisaverde?

¡Genoveva no puede desentenderse,

sabe que conozco hechos de su pasado que la hundirían socialmente!

-La he amenazado con eso. Parece muy segura en su negativa.

-¡Se lo habrás dicho con una reverencia!

¡No me extraña que no te tome en serio con tu aire de figurín!

No me pudriré en el penal mientras los demás os vais de rositas.

-Yo no he cometido ningún delito.

-¡Fuera de mi vista!

¡Largo!

¡Y dígale a Genoveva que no solo la destrozaré socialmente!

Si tengo que pasarme la vida en un basurero como este,...

ella no podrá contarlo.

¡Largo!

(Se abre la celda)

Andará renqueante, pero menudo es Felipe,

una vez obtenida la venia para su declaración,

ya no hay quién se lo impida: prestará su testimonio.

-¿Cuándo? -¡Hoy!

La vista se está desarrollando con retraso.

-Bueno, pues esperemos que ese proxeneta,

el tal Andrade, reciba su merecido.

No lo dudes, con la intervención de Felipe,

verá cómo el cielo cae sobre su cabeza.

Recibirá una condena larga, muy larga.

Por cierto, me han dicho que han visto a Úrsula por el barrio

vestida de monja. ¿Te crees eso?

Hay gente con mucha imaginación.

-En este caso, no es cuestión de imaginación,

yo la vi.

-¿De veras?

Debió ser un espectáculo espeluznante.

¿Qué puede pretender?

-Conociendo a Úrsula,

sus pretensiones quedan entre ella y el diablo.

Nada bueno, supongo. -Habrá que estar vigilantes.

-Yo siempre lo estoy.

(Puerta)

-Acaban de traer una nota para el señor.

-Ah. Es un contertulio del Ateneo

que está por Acacias y me invita a un café.

¿Te importa que dé por terminado el desayuno?

-No, no, baja y diviértete.

-Que me divierta, dice, no creo.

Me dará el tostón con la noticia de la derrota de nuestro ejército.

-Era una forma de hablar.

Mañana serás tú quien tenga que disculparme a mí.

-¿Y eso?

-Quiero hacer unas compras

y pasaré fuera buena parte del día.

-Ah.

Estupendo. Muy bien, cada uno a lo suyo.

Yo a aguantar pelmazos derrotistas y tú de tiendas por el centro.

A eso le llamo yo división del trabajo.

(Beso)

Hoy estaba mejor el café, Casilda.

Persiste, que nunca es tarde. -Muy amable, señor.

(Se cierra la puerta)

-Señora,...

aunque el señor no se entere de la misa la media,

yo sí sé que está usted tramando algo.

-Y como si una no tuviera suficiente,

Dios me manda una criada metomentodo.

-No sé lo que se barrunta,

pero el señor sería incapaz de engañarla de nuevo.

-¡Metomentodo y defensora de cualquiera que lleve pantalones!

-De cualquiera no, pero de don Liberto sí,

que es un bendito y el hombre lo pasó muy mal.

-Nadie te ha pedido tu opinión.

-Ya, pero sí que me ha pedido que lo espíe.

-¡Te negaste, y eso te hace no hablar sobre este asunto!

-¡Si es que no hay asunto!

-¡Eso tengo que comprobarlo en persona, que el gato huye del agua!

-¿Adónde va?

-Tranquila, que no voy a matar a mi rival,

al menos, hasta que tenga pruebas del adulterio.

Voy a ver a Bellita. Con cierta aprensión, eso sí,

que como no está claro lo que padece,

puede resultar que sea contagioso, espero que no.

Estás de lo más elegante y garboso.

Un toque de distinción suele gustar a los jueces.

Entonces, trataremos de que sus excelencias no queden defraudados.

Déjame.

Lástima que no haya señoras entre los miembros del tribunal,

las tendrías en el bote.

¿Tienes tiempo para tomar un café?

Pues...

Sí, me da tiempo.

¿Te sientes con fuerzas?

Sí, no lo dudes.

Prométeme que no te alterarás al ver a Andrade.

No es la primera vez que me presento a una visa oral.

Pero eres novato en eso de ser atropellado.

No querría que tu salud se resintiera por un arrebato.

Puedes estar tranquila.

Me comportaré desapasionado

y ecuánime, como un testigo ejemplar.

¿No quieres que te acompañe?

De ninguna de las maneras.

Cuanto menos sepa de ti Andrade, mejor.

Es capaz de cualquier cosa por mantenerme callado.

Como prefieras.

No es necesario que me anuncie, muchas gracias.

Don Ramón.

Hoy es el gran día, amigo. Señora.

Siéntese, don Ramón. ¿Quiere tomar un café?

No, gracias, acabo de desayunar.

Solo venía para dar ánimos a Felipe.

Hoy reside en él nuestra esperanza de justicia.

Que no haya paz para los malvados. Que no la haya.

Pero usted cuídese, ándese con cien ojos.

Con elementos como Andrade,

la sorpresa puede saltar en cualquier momento.

No me asuste usted. No hay por qué preocuparse.

Mi testimonio pesará en la balanza de la justicia.

Don Ramón, dígale usted que me permita acompañarle a los juzgados.

Ya te he dicho que quiero ir solo.

A mí no me negará el privilegio de acompañarle a coger el coche.

Por favor, Felipe,

nos quedaremos más tranquilos.

De acuerdo. Si te vas a quedar más tranquila...

Es usted muy amable, don Ramón, y un hombre de recursos.

Vamos.

Con Dios. Con Dios.

Muchas gracias por venir, querida.

-Fabiana y Marcelina también querían pasarse, pero no se atrevían.

Les he dicho que podrán venir cuando se encuentre usted mejor.

-Espero que no tengan que posponer por mucho tiempo esa visita.

-Claro que no, a la vista está que va mejorando.

No hay más que verle la cara que tiene.

-Se le ve mucho más lozana.

Tiene mejor cara que la reina de las fiestas de Cabrahígo.

-Ojalá pudiera creerte, Lolita.

-No va tan desencaminada;

tendría que haberse visto la cara estos días.

-¿Ha dicho algo el médico sobre las fiebres?

-De origen desconocido.

-Entoavía.

-¿Ni siquiera se ha pronunciado sobre si son contagiosas o no?

-Si el doctor sospechara de ese tipo de infección,

¿no cree que le habría dicho a mi familia que tomara precauciones?

En cualquier caso, tengo menos temperatura

y eso debe de ser un buen síntoma.

-Pues claro que sí. Es usted fuerte como un roble.

-Terminarán averiguando el motivo de las fiebres, ya lo verá.

Incluso antes de lo que usted cree.

Hasta puede que asista al debut de Cinta.

-Ojalá. Nada me gustaría más.

-Se va a dejar las manos dando palmas,

que, además de Cabrahígo, soy un poco zahorí.

-¿Los zahorís no son los que adivinan dónde cavar

para conseguir agua?

-En mi pueblo, a los que adivinamos el destino nos llaman zahorís.

(Puerta)

-Ve a abrir, Arantxa.

Debe ser Margarita.

Muchas gracias a ustedes, de corazón.

Tenía tantas ganas de estar charlando

y riendo con ustedes...

-También nosotras la hemos echado de menos, sobre todo en la terraza.

-¡Y las anchoas de mi tienda,

que nadie les pega los meneos que les dan ustedes.

-Pronto estaremos dándole a las anchoas

y limpiándonos los churretes de aceite.

-(RÍEN)

-Su amiga, señora.

-Bellita, ¿está mejor?

Dígame que se encuentra mejor. -Tranquila,

eso es lo que les estaba diciendo a las señoras.

Las fiebres parecen que remiten.

¡Gracias al Señor! -Siéntese.

-Buenas.

-Buenas. -Buenas.

-¿A que no saben lo que estoy echando en falta?

-Hemos dicho que por muy bien que se recuperara doña Bellita,

que no íbamos a beber.

-¿Ni siquiera champán? ¡Es el alma de las celebraciones!

-Debemos tener una botella en la fresquera, ¿verdad?

-No, no te molestes,

el champán a veces indispone.

-Sea como sea, creo que deberíamos esperar un poco para descorchar.

Cuando Bellita se ponga bien del todo,

mi establecimiento estará abierto para celebrarlo.

-De todos modos,

me refería a los adornos navideños. -Ah.

-¿No creen ustedes

que podríamos entre todas decorar esta casa para las fiestas?

-Claro, sí. -¡Qué buena idea!

-Son ustedes muy amables.

Sí que me darían vida los acebos y espumillones.

-¡Y el belén! -Ese lo armo yo.

-(RÍEN)

Se dice "isla desierta", Casilda, no "isla vacía".

Ni que hubiera estudiao en la "Sobona".

Es que, de verdad...

-Buenas, prima. Una pregunta.

¿Tú que comprarías pa tener un rebaño grande?

¿Churras o merinas?

Cuando nos toque la lotería, claro.

-Yo entiendo más de vacas y de cencerros.

Como trabajo con doña Rosina...

-También me hacen tilín las ojaladas con sus ojos bien negros.

Dan una lana que te quita el frío,

aunque tu mujer tenga los pies como un témpano.

-Cómprate las tres razas, vas a tener parné de sobra.

-La verdad es que sí. También podría meter murcianas,

son negras, pero muy listas. ¿En qué te vas a gastar los cuartos?

-Mira.

-Arrea. Menudo cerro más escarpado.

Bueno, ni la cabra granaina treparía ahí con desahogo.

-No son cerros. Se llaman pirámides

y están en Egipto,

más desierto que los Monegros.

-¿Y te las vas a comprar?

-Voy a ir a visitarlas.

Lo de comprar me lo pienso cuando esté allí.

Don Liberto dice que va gente del mundo entero a contemplarlas.

-Hay gente pa to. (RÍE)

-Vaya, me alegro de que estéis aquí, así tenéis más caldeado el ambiente.

Fuera hace un frío, que corta el forro.

-¿Quiere uste un caldito? -Mal no me vendrá.

¿En qué andabais?

-Gastándonos el dinero de la lotería.

-No sé cómo confiáis tanto en los sueños.

-Será porque siempre hemos confiado a lo que decían los curas

y los señores, y nunca han acertao nunca.

-Se sabe que los sueños no son fáciles de interpretar.

-Lo difícil de interpretar es la jota, por no hablar del fandango.

-Lo que quiero decir es que los sueños pueden querer decir algo,

y en realidad, significan otra.

-La tía Anita era antigua, Cesáreo,

pero de pueblo,

te soltaba to a la cara sin encomendarse a Dios

ni al diablo.

-Pero hablaba de números,

y los números pueden querer decir cualquier cosa.

-Menos cuando se habla de perras, que dos y dos son cuatro.

-Escuchadme un ejemplo.

La tía Anita os recomendó el 24 421,

¿estáis seguros de que queréis comprar ese?

A lo mejor quiso decir dos décimos del 4421,

es un decir.

-No.

No, no, la tía no era tan retorcida.

Siempre venía de frente.

-Espera, prima, no estoy tan seguro.

Una vez me enredó pa birlarme un lechal,

y precisamente, en Navidades.

-Bueno, ya nos apañaremos,

no es cuestión de que el barrio entero meta baza en los sueños.

Tan parlanchín que está uste,

cuéntenos, ¿lo de Arantxa va pa'lante o se queda en un veremos?

-A esa pregunta tan indiscreta, no voy a contestar.

Lo que quiero decir es que no os fieis ni de vuestra tía

y, sobre todo, que no hagáis el cuento de la lechera,

que luego vendrá el crujir de dientes.

Con Dios. Y gracias por el caldo.

Don Jose, ¿qué han dicho los médicos?

-Ni una palabra, aunque Bellita ha salido de la cama

y con ánimo para recibir a las vecinas.

Ahí la he dejado, bien acompañada.

¿Ha preguntado por mí un tal míster Golden?

-¿El del telegrama?

-Ha debido llegar a la ciudad hace unas horas y le cité aquí.

-¿Ha arreglado también lo del teatro?

Les he pedido que me sustituyan mientras mi mujer sigue enferma.

No les ha hecho mucha gracia,

pero yo fui de frente,

no puedo hacer una buena función en estas condiciones.

-Doña Bella se va a sentir culpable.

-¿Estás loco? Ni siquiera se lo he dicho.

Tiene que pensar en su recuperación y nada más.

-"My dear Jose."

-¡My "día", míster Golden!

-"Hi. How are you?"

-¿Nos sentamos? -Yeah.

-Tráenos un par de chocolates,

que aquí don Golden vea lo espeso que lo hacemos.

-Muy bien.

-¿Cómo está, míster?

-Yo bien. Bueno,

eso depende de usted,...

de si me va a decir que sí.

-Lo siento mucho, pero no voy a poder darle a usted satisfacción.

Mi mujer anda pachuchilla.

-"Pachu...".

-Pachuchilla. Está enferma.

-"She is sick." -No quiero dejarla aquí.

Fíjese que hasta he suspendido mis actuaciones en el teatro,

y eso que está a la vuelta de la esquina, como quien dice.

-En EE. UU. hay muy buenos médicos.

Estaríamos encantados de recibir

a una estrella de la canción española.

-Gracias, pero mi mujer está en buenas manos.

Además,...

no llevaría bien que la atendieran en inglés,

por muy buenos que sean sus médicos.

-"Well..."

"All right."

Como usted quiera.

Pero sepa que estoy a su entera disposición, yo y mi productora.

-Agradecido, míster Golden.

-Por la película, no se pre, pre...

-¿Precipite? -Precipite. No se precipite.

No tenemos toda la vida,

pero, si unos meses hasta que su mujer se ponga bien.

"Look."

Con cualquier cosa,

usted me... llama

o me escribe a esta dirección.

Voy a cuadrar unos asuntos a Italia.

Y, bueno, luego vuelvo,

y podemos hablar y ver qué solución.

-Ojalá pudiera entonces decirle que sí.

Eso significaría que mi mujer está sanada.

-Claro.

Bien.

-Los chocolates. -A ver...

No sufra usted más, Felipe ya tiene que estar al caer.

El hombre a quien su testimonio va a condenar no tiene escrúpulos;

podría intentar cualquier cosa.

Ya procurará el comisario Méndez de que nada ocurra.

Dios le escuche, don Ramón.

Ahí lo tiene, vivito y coleando.

Felipe.

¿Cómo ha ido?

No he podido contenerla en casa.

No hay cosa que me exaspere más que aguardar noticias

y más si pueden ser malas. No es el caso.

¿De veras?

Yo he quedado muy satisfecho con mi declaración

y me atrevería a asegurar que el tribunal también.

Has tardado mucho. Han sido muchas preguntas.

Y complicadas.

Pero he respondido a todas con seguridad.

La veracidad ni se pone en duda.

Que le hayan asaeteado a preguntas es buen síntoma,

el tribunal está dispuesto a llegar al fondo del asunto.

Esa impresión me ha dado, sí. -Buenos días.

Le veo cara de satisfacción.

Y no se confunde usted.

¿Cree que Andrade dará con sus huesos en la cárcel?

No he podido hacerme una idea por mí mismo,

pero un colega que está siguiendo el juicio desde el principio,

me ha dicho que el tribunal se está decantando a favor de la acusación.

-No veo el día en que podamos brindar

por una condena tan merecida. -Quien a hierro mata a hierro muere.

Andrade tenía secuestradas a esas mujeres

y ahora acabará él encerrado.

Querida, ¿no dices nada?

Me alegro, claro.

Esos delincuentes tan poderosos suelen escapar

a la acción de la justicia.

Estoy feliz de que no vaya a ser así en esta ocasión.

Todos tenemos las mismas esperanzas.

¿Subimos a casa a brindar por nuestros jueces?

Por supuesto. Vamos.

Estimado señor Palacios...

Oh...

Querida Lolita...

¿Considera...

a los Domínguez como...?

Señor

don Felipe Álvarez-Hermoso,

letrado...

(Puerta)

¿Para qué nos manda recado si luego va a hacernos esperar?

-Ten una miaja de paciencia. Servando es un hombre de palabra.

-Eso ya no lo sé.

Lo que sé es que es más barato que un sacamuelas.

-Lástima que te haya dao ese tormento antes del sorteo;

si hubiera sido después,

te hubiera llevao al mejor cirujano de la ciudad.

Dicen que los mejores, te sacan la muela sin que te enteres,

con la maña y el tiento de un carterista.

-Y con más beneficio pa su bolsillo, eso seguro.

Pero háblame de otra cosa, a ver si se me olvida esta pena.

-Ah, dice Fabiana que han pescao a la Úrsula

paseando por el barrio y vestía de monja.

-De "pescar" na; a esa no la pillas en un renuncio tan fácil.

Si la han visto con los hábitos es porque ella ha querido.

Algo estará cocinando en su cabeza,

que Úrsula no da puntada sin hilo.

-Oye...,

¿tú crees que debo fiarme de mi tía Anita?

-Jacinto, te he dicho que me hables de cosas,

pero no de la misma cosa con la que me estás machacando día y noche.

-Si hablo de mi tía es porque estás en un ay

y no se te puede meter un tiento.

-El tiento te lo voy a meter yo si no me haces olvidar estos dolores.

-¿Y si mi tía no hablaba de lotería?

No, no, ¿y si hablaba, un decir,

del número de ovejas que hay que tener pa ser uno señorito?

-¡Y dale! Déjame de números y ovejas.

¿Dónde se habrá metío Servando?

Que me arranque esta muela de una puñetera vez,

a ver si me vuelve la alegría de vivir.

-¡Se acabó tu penar, Marcelina!

-Eso decía uste cuando lo intentó con la puerta.

-No fue mi culpa, ni tampoco del método.

Las raíces de tus muelas están más arraigadas

que la muñeira de un gallego. -¿Qué tienen que ver los gallegos

con la dentadura de mi mujer?

Luego te lo explico, que esto urge.

-¿No trae herramientas?

¿Me la va a quitar a mano?

-Ay, mujer de poca fe.

De verdad. (RÍE)

¡Gañán!

¡Arrímate pa'quí!

Y tú mientras, quítate ese pañuelo

que no lo vas a necesitar ni te va a hacer falta nunca más.

Ahí, ahí.

Aquí, aquí.

Y contén los nervios mientras voy preparando esto,

no vaya a ser que tires antes de la cuenta

y hagamos un pan con unas tortas.

-¿Le va a sacar la muela tirando con un carro?

-Yo no, el mozo, que para eso va a cobrar un pellizco.

Vamos a ver, esto va a ser lo definitivo,

el sistema más fiable

y diría yo, fíjate, que el más higiénico,

porque nada de meter pinzas en la boca, ni tenazas ni alicates, no.

Un buen hilo bramante agarra la muela y, a otra cosa, mariposa.

(RÍE)

-¿A ti te parece bien, Marcelina?

-A mí como si me quiere atar un cohete de feria

y prender la pólvora.

Lo que sea con tal de librarme de estos dolores.

Mira, eso del cohete de la feria no se me había ocurrido.

Lástima que se me ha ocurrido esta idea que es mucho mejor,

y no vamos a tener tiempo

ni ocasión de experimentar con otras cosas que tiren.

A ver. Abre la boca.

Ah, ah, ah.

-Ah.

-Ahí, ahí.

Ahí. Ahí va.

¿Eh?

Ahí estamos.

¡Mozo!

A la una, a las dos...

¡Arrea!

¡Ahí, ahí, ahí , ahí, tensa!

¡Tensa, tensa! -(GRITA)

-Nada, lo que yo decía.

Tienes la raíces de las muelas más profundas,

que los cimientos del Vaticano.

Ea.

-Le diré a tu hermano que no vaya a ver a su suegra a la hora

en la que tenemos que preparar las mesas para las cenas.

-No le dé más cargas, que ya lleva lo suyo.

-No has dicho nada del pretendiente que nos ha presentado Rosina.

-Apenas hemos hablado con él unos minutos.

-Parecía muy dispuesto y rumboso.

-¿"Rumboso"?

Solo fue un aperitivo, y ni siquiera le he dejado pagar.

-Por eso he dicho que "parecía".

A mí, si te digo la verdad,

me ha entrado por el ojito derecho, me ha gustado, vamos.

-¿Quiere que yo le diga la verdad?

-Antes de hablar,

recuerda que su familia está muy bien posicionada.

-Será por eso que se muestra tan vanidoso.

-No era vanidad, tan solo realismo.

¿No pretenderías que nos ocultara que es rico de casa?

-Se supone que me estaba conociendo, no comprando,

y no ha hecho otra cosa que hablar de sí mismo y de sus propiedades.

Ni se ha interesado por mis gustos o aficiones.

Él, él, él.

-Quizá no tenía la suficiente confianza como para preguntar.

Seguro que en el próximo encuentro se interesa más por lo tuyo.

No había más que verle para saber que estaba fascinado contigo.

-No habrá un próximo encuentro.

-Camino, no puedes desaprovechar las oportunidades.

La belleza dura lo que un pestañeo,

y antes de que esta desaparezca,

las mujeres debemos asegurarnos el futuro al lado de un hombre.

-Se lo voy a decir de la forma más amable que sé:

no imagino mi futuro aguantando a nadie por dinero o comodidades.

No comprometeré ese futuro con alguien

con quien no tenga intereses comunes,

que no sea capaz de hablar de otra cosa que no sean sus caballos.

-Estaba haciendo inventario, que es lo habitual.

Creía que era su obligación darte a conocer cómo sería tu vida con él.

-Un aburrimiento. -¿Quién te has creído que eres?

-Una mujer que pretende decidir por sí misma.

-¡No eres tú la que habla, eso no puede salir de tu caletre,

son esas ideas que te han metido con calzador!

-¿Con calzador?

No, esas ideas han entrado con la suavidad que da la razón.

Además, da igual de dónde vengan, ahora son mías

y me ofende al decirme que no tengo mi propia personalidad.

-¿Personalidad, hija? Cómo os engañan a las jóvenes.

¿Crees que los hombres quieren eso en sus mujeres?

Lo que ellos necesitan es atención y cariño.

-Y sumisión.

-Mejor que rebeldía, que eso solo te hará más infeliz.

Vuelvo para las cenas.

-Camino, no estás siendo sincera.

Me dijiste que estabas dispuesta a encontrar un novio,

pero veo que no es el caso.

Les encuentras defectos

antes de conocerles.

-Imagínese si llegara a conocerles.

Margarita está en el dormitorio con tu madre, ¿y tu padre?

Ha ido a por naranjas; el médico ha dicho

que a veces funcionan para algunas enfermedades.

¿Está triste?

¿Mi padre? Sí,

por haber tenido que renunciar a la película

y ceder su puesto al suplente en la función.

Contento no estará,

pero eso no es lo que me preocupa,

si mi padre ha tomado esa decisión es porque mi madre está peor.

No puedes pensar eso,

no tienes motivos médicos para pensarlo.

Deberías centrarte en los últimos ensayos

y dejarlo todo dispuesto para un triunfo sonado.

No soy capaz de concentrarme en los ensayos.

Quizá deba hacer como mi padre y retrasar el debut.

No, eso sí que no.

Tu madre ahora necesita una alegría,

y solo puede venir de verte actuando.

-¿Me echas una mano, Cinta?

Escurre estas compresas y empápalas con agua limpia.

Le han ido muy bien, la fiebre le ha bajado.

Mi padre y las vecinas dicen que esta mañana estaba mejor.

Antes de echar las campanas al vuelo,

esperemos a ver cómo pasa la noche.

Voy a ir a verla. Ya le llevo yo las compresas nuevas.

Ahora acudo yo, después de colar el té.

El médico ha dicho que tome solo caldos.

¿Y qué otra cosa es un té? Un caldo de hierbas.

Tranquila, que mal no le va a hacer.

Amor, ¿vienes?

Dice Cinta que no... -¿Qué?

-Que no le prepare usted el té...

o la infusión o lo que sea.

Al menos, que no se lo prepare para Bellita.

A las buenas. -A las buenas.

Marcia, ¿mucha faena?

-Nos ha tocado limpiar el almacén.

¿Se me nota mucho el cansancio?

-¿Y qué? Nosotras hemos nacío para eso.

Cuanto más se note, más orgullo.

¿Quieres un vaso de agua? -Sí, por favor.

Don Ramón ha venido a la mantequería

y nos ha contado que Felipe ha declarado y que está optimista.

-Bueno, él lo sabrá mejor que nadie.

-Ojalá lleve razón. Si Andrade saliera de la cárcel,

vendría a por los que hemos declarado contra él.

Pero...

no es por mí por quien más temo.

-Ya sé por quién temes tú.

Pero ¿qué?

Deja ya de pensar en eso. Si ha ido bien, ha ido bien.

Descansa un rato, que en seguida prepararemos la cena.

Y yo ahora, voy a ver,

que un huésped se ha quejado de no sé qué de su lámpara.

-Con Dios.

-Buenas tardes.

Marcia.

¡Mira, ven!

¿Qué te parece? Lo que te dije.

-¿Qué es? -¿Qué va a ser?

¡Nuestros pasajes! ¡Nos vamos a Cuba!

Aunque el diablo se vista de santa, diablo se queda.

Me ha enviado usted recado para que viniera a verle.

¿Podemos ir al grano?

¡Qué huraña, hermana!

¿No siente usted compasión por un pobre perseguido por la justicia?

Tengo entendido que heredaremos el reino de los cielos.

¿Tiene algo para mí o solo quiere repasar las bienaventuranzas?

Tengo algo para usted, hermana.

Solo trataba de conocerla en su nueva vocación.

¿No necesitaba usted saber sobre Santiago Becerra?

¿A cambio de qué? No le será muy gravoso.

Mi único objetivo ahora es terminar con Genoveva,

bajarla de su pedestal

y que por una maldita vez pague por sus actos.

Parece que también usted tiene una nueva vocación.

Lo que redundará en su beneficio.

Se va a sorprender usted con el tal Santiago.

¿De dónde has sacado el dinero?

-¿Qué más da eso ahora?

Lo importante es que vamos a hacer lo que querías:

dejar estas calles

y emprender una nueva vida lejos de aquí.

Si me voy contigo, tengo derecho a saber cómo ganas el dinero.

Déjate de preguntas, por favor.

-Imagina, sueña.

Cuba nos aguarda.

Marcia,

te he demostrado lo enamorado que estoy de ti.

¡Estoy loco por ti, lo sabes!

Y siempre te he tratado bien,

a pesar de tu indiferencia y tus desplantes.

¿No merezco tu confianza?

Dime quién eres y podremos hablar de futuro.

Un momento.

Ha estado usted hablando de él en pasado todo el tiempo.

Sí.

Pero se está refiriendo a Santiago Becerra,

el marido de esa negra.

Eso ya es más difícil de afirmar.

Me refiero a Santiago Becerra, sí,

al que se casó allá en Brasil con Marcia.

Pero hablo en pasado porque ese hombre...

está muerto.

Dime cómo has llegado hasta mí.

¿Cuál es tu nombre?

¡Dímelo de una vez!

-"La tal Margarita se podría haber quedado ricamente en su casa".

¿Todavía desconfías de ella? No me gusta ni un pelo.

Otra vez la he pillado en la cocina trajinando sola.

Anda por la casa como si fuese suya.

La próxima vez le cae la del pulpo.

Cesáreo, por favor, no dé tantos rodeos, me tiene en ascuas.

¿Qué está pasando?

-Es sobre doña Maite.

¿Cómo puedo asegurar que Santiago Becerra está muerto?

Porque es la verdad.

Lleva criando malvas desde hace un par de años.

Yo mismo ordené su muerte.

¿Doña Genoveva sabe la verdad?

¿Sabe que ese hombre es un impostor?

Ella no está al tanto.

(Descorcha la botella)

¿Qué haces tú aquí?

-¡Dios santo, y yo que me resistía a creerlo!

Hala. Eh.

-Eh. -Ahí, ahí.

-(CESÁREO CHASCA LA LENGUA) -No se despegan.

En una semanas seremos marido y mujer.

Deberíamos anunciárselo a los más allegados.

¿Tendremos tiempo de prepararlo todo?

No tenemos otro remedio si no queremos que se note mi estado.

Tan solo he venido a decirle que deje en paz a mi hija.

-A Camino, ¿por qué?

-No trate de negarlo.

Le traigo una información que le concierne íntimamente.

(SUSPIRA)

¿Qué dice el informe?

Señor, por favor, que tenemos el corazón en un puño.

-Según el informe,...

la paciente ha estado ingiriendo... veneno...

durante varias semanas.

-¿Veneno?

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Acacias 38 - Capítulo 1164

20 dic 2019

La serie, ambientada a principios del siglo XX, está situada en una calle, Acacias, y nos muestra el devenir de sus habitantes.

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