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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1157 - ver ahora
Transcripción completa

-¡Vete a buscar un coche, un carruaje, lo que sea, pero ya!

Hijo, ayúdame con don Felipe.

Está inconsciente, pero aún tiene pulso.

-¿Ha sido un accidente?

-¡No lo sé, se ha dado a la fuga!

Se me ha presentado un productor de Hollywood, Edgar Golden.

Están buscando talentos.

-Ya se te han olvidado los disgustos

que ha traído el cine a esta casa.

-¿Y qué me estás diciendo, que no me presente?

Media vida me he tirado apoyándote.

¡Dándotelo todo! ¿Y ahora me vienes con eso?

¿Sabes qué? Que voy a hacer esa prueba.

La voy a hacer por mis santos lereles.

¿Ya has ido a la embajada?

-De allí vengo.

Me ha costado mucho rechazar el puesto,

pero prefiero complacer a Santiago y no buscarme problemas.

¿La idea de un atropello intencionado

no le parece inquietante?

-¿Adónde se dirigía Felipe?

-A los juzgados. -A declarar contra Andrade.

Demasiada casualidad, ¿no te parece?

Un sueño muy raro con la tía Anita.

-Es un mensaje.

La tía Anita era vidente. ¿No lo recuerdas?

Debería prohibirle el teatro.

¡Que dejara de verse con la actriz esa de tres al cuarto!

-Sinceramente, no sé que es peor,

si que José coquetee con esa actriz o que se marche a Hollywood.

Felipe sigue inconsciente. Le han evaluado

y ha sufrido un traumatismo cerebral grave.

Las contusiones son múltiples

y el golpe no hace presagiar nada bueno.

Lo más probable es que sufra secuelas

si consigue recuperar la consciencia.

¿Quién lo hizo y por qué?

¿Se le ocurre algo?

-Don Felipe tuvo una discusión con un inquilino de la pensión.

Santiago, el marido de Marcia.

-La que estuvo a punto de casarse con él.

-Amenazó de muerte a don Felipe delante de todos.

Cesáreo bebe los vientos por Arantxa.

¿Qué me dices? Sí, sí.

Ha venido a pedirme ayuda para regalarle algo.

Te amo tanto que no soporto la idea de perderte.

Felipe, despierta.

Debe ser muy difícil estar en un segundo plano.

Por su éxito.

Pero tiene que hacerle entender que ahora es usted

el que debe estar en primera fila.

-La vida entera me la he pasado a la sombra de mi mujer.

"No puede terminar con las clases así, de la noche a la mañana,

deje que sea yo la que decida.

-No insistas. -Diga la verdad.

Tiene miedo de que nos vean juntas, admítalo.

-No sabes el lío en el que podríamos meternos

si no dejamos de vernos hoy mismo".

Cuánto sufrimiento necesario.

(SUSPIRA)

Esta es la diferencia entre los que han nacido en una buena cuna

y los que han encontrado la riqueza a lo largo de su vida.

¿De qué me habla?

Solo los primeros son capaces de mantener sus sentimientos

bajo el velo de la educación.

Los segundos, como usted, parecen plañideras.

Ya que no tiene mesura,

tenga un poco de vergüenza. Ha sido usted.

Usted es la culpable de lo que le ha ocurrido.

Disimule un poco, le conviene.

No solo da una mala imagen,

sino que además, dice disparates.

¿Por qué lo ha hecho?

Le repito.

El dolor no controlado hace que las ideas se desmanden

y salgan de la cabeza sin tino.

Todo lo que dice es ridículo.

Yo no he hecho nada.

Usted ha organizado su atropello. (RÍE)

Organizado.

¿No prefiere decir que yo manejaba el vehículo?

¡Es una canalla!

Al parecer, ahora yo lo puedo todo.

Está claro que el amor ha cegado sus ojos

y nublado su entendimiento.

Yo de usted cerraría la boca

para no hundirse más en el descrédito.

Fue por eso que visitó a Andrade.

Ahora ya no sé por dónde van sus sospechas.

Enciende la espita de la locura y dispara a ciegas.

Miente, le visitó en su celda.

Vaya.

Lo sabe.

Muy bien.

¿Y qué?

Al parecer, hay una lección que no le han enseñado.

La vida nos pone pruebas.

Y hay que encararlas con mucho entendimiento.

No se muestre usted así de patética.

¿Qué le dijo Andrade? Oh.

¿Qué ganaría yo con revelárselo?

Si lo hiciera, sería como usted,

una pobre cría ingenua

que se deja engañar a la primera de cambio.

¿No se arrepiente de haberlo dejado todo de lado por amor?

Nunca.

Olvidó mi amistad.

Sus intereses, sus objetivos. ¿Y todo para qué?

¿Por quién?

¿Por un hombre que va a morir?

Felipe no va a morir.

No sea ingenua.

El amor no puede con todo.

Donde no llega la medicina tampoco llega el amor.

Lo que usted debería hacer es retomar su vida

mientras esté a tiempo y no todo sean ruinas.

Le amo con todas mis fuerzas.

Nadie merece ser amado así.

Le amo con las mismas fuerzas con las que le odio a usted.

Oh. Y no olvide la fuerza del odio.

No se atreverá a hacerme daño.

No me va a hacer temerla.

Solo es una vieja loca.

Felipe vivirá, usted no.

¿Me amenaza?

Auguro su fin.

Olvide toda esperanza de esperar a la muerte en su lecho.

Su final está cerca. Muy cerca.

Buenas noches.

Toma. -¿Qué es?

-Un regalo.

Para que me perdones.

-Son bombones con licor de guinda.

Tus favoritos.

-¿Crees que unos bombones son suficientes para que te perdone?

Santiago.

Te peleas con Felipe.

Te prohíbes coger un trabajo que es bueno para mí.

Para los dos.

Y pretendes arreglarlo con una caja de bombones.

-Sabes que no pretendo tu mal.

-A veces lo parece.

-Todo lo hago por amor hacia ti.

Hasta cuando me excedo.

Por eso te pido disculpas.

-Deberías haber empezado por ahí.

Yo valoro más tu arrepentimiento y tus disculpas

que una caja de bombones.

-No es fácil, Marcia.

Intento hacer las cosas bien, pero no es fácil.

Todo está resultado complicado para mí en este país.

-No, Santiago, no vuelvas con lo de Cuba.

No es el momento.

Hay muchas cosas a las que atender.

-¿Estás preocupada por el atropello de don Felipe?

-Claro que lo estoy.

Pero no importa si te parece bien o mal.

Yo a él no le deseo ningún mal.

-¿Te han dicho cómo está?

-Solo que está grave.

Creo que todavía no ha recobrado la consciencia.

-¿Y se sabe quién ha podido ser?

-No.

Pero solo espero que lo pague con creces.

Suegro, le traigo sobaos pasiegos, que sé que le encantan.

Ayer me los trajeron de Cantabria. Los mejores de España.

-Deja, estoy bien con los cacahuetes.

-¿Para desayunar también?

-Y para cenar, y para comer.

¿Sabes hasta cuándo va a durar el antojo de Cabrahígo?

-Lo que dure bueno será.

Así, cuanto más coma, más salud trae el niño al mundo.

-Si es por eso, bienvenido sea.

(Timbre)

A ver si es alguien con noticias de Felipe.

-Ya voy yo.

-Buenos días. -Buenos días, Liberto.

Tome asiento, por favor.

¿Cacahuetes?

-¿Cacahuetes a estas horas? No, gracias.

-¿Café y sobaos? -Lo prefiero, la verdad.

-¿Se sabe algo de Felipe?

-Vengo de casa de Genoveva y no había nadie.

Estará camino de la clínica.

Tal vez podríamos hacer una visita antes de que se haga tarde.

-Cuente conmigo.

En cuanto terminemos de desayunar, partimos para allá.

Así no nos encontramos con el trajín de las enfermeras.

-Eso, y se pasan por la mantequería a informar.

Seguro que viene mucha gente preguntando por él.

-Lo primero que hagamos.

-¿Ha leído el periódico? -No.

No lo he leído aún.

-Dan la noticia del atropello. Página 3.

No habla de las sospechas de la Policía.

Se limitan a dar la noticia.

-Es una lástima que la calle Acacias

aparezca en los periódicos por noticias desgraciadas.

-Y sin fotografía ni nada.

Como si Felipe fuera un pelanas. -Y menos mal.

Si el desenlace hubiera sido luctuoso, habría retrato.

Mejor así.

Que se hable de nosotros por cosas positivas.

A ver si el arte de Maite Zaldúa

nos da páginas de prensa escrita.

-¿Tan cotizada está? -Sí.

-Y tengo entendido que un socio del Ateneo

le ha hecho una oferta por un cuadro de ella.

-Ni atención le he prestado a esa oferta.

Puede que le hubiera sacado algún beneficio vendiéndolo.

Pero en el futuro será mayor. -Ojo, suegro.

Más vale pájaro en mano que ciento volando.

-No es solo por el dinero, me gusta mirar el cuadro.

¿Y usted tiene alguno?

-No, pero lo tengo en mente. También me gusta.

-Bueno, pues cuando quiera, estoy presto para marcharnos.

-Vamos.

-No se olviden de informar. -Descuida, hija.

-Lolita, muy buenos los sobaos.

Da gusto en esta casa, siempre lo mejor de lo mejor.

-Ea, y que dure.

-Vámonos.

(SUSPIRA)

Felipe, necesito que despiertes.

No sé qué sería de mi vida si te pierdo para siempre.

(LLORA) Cuando...

Cuando Samuel murió, me quedé vacía.

Solo podía pensar en la venganza,

en hacerle daño a los que le habían traicionado.

A todos los vecinos de Acacias

que le negaron la ayuda cuando más lo necesitaba.

He sido cruel.

He mentido.

He sido muchas veces despiadada.

Hasta que te conocí.

Felipe, te amo tanto.

Si no sales de esta, dedicaré mi vida a vengar tu atropello.

Sabré quién fue, quién conducía el coche,

quién lo ordenó y quién lo ideó y todos pagarán.

Lo juro.

Lo juro.

Genoveva.

Felipe.

¿Qué ha pasado?

Te atropellaron, estás en el hospital. ¿Lo recuerdas?

Sí.

Iré a buscar a un médico. Espera.

Espera.

Quédate conmigo.

Aquí estoy, a tu lado para siempre.

Buenos días.

Solamente hay una razón

por la cual se hayan levantado esas tablas.

-Sí, que la última vez que se arreglaron se pusieron mal.

-Imposible, las puse yo.

-Lo de imposible es discutible, pero dígame su teoría.

-Mi teoría es que nos pilló un terremoto mientras dormíamos.

Bueno, mientras dormimos hay cosas que pasan

que no se pueden concebir. -Ya.

Un terremoto. Y no se ha caído nada.

-Sí se ha caído.

El gran arquitecto del universo

las ha colocado antes de que nos despertáramos.

-No es un arquitecto, es una criada.

-Es arquitecto, es criada.

Es de todo. La noche es el territorio de los misterios.

Es posible, incluso, hasta que nos visiten difuntos.

-¿Difuntos, dice?

¿Como en sueño?

-Para nosotros es un sueño.

Pero son eventos normales y nocturnos.

-¿Quiere decir que si nos visita un difunto en sueños,

por ejemplo, mi tía Anita, no es un sueño,

sino que ha salido de la tumba para decirme una cosa?

-Puede ser, pero también puede ser

que nos visiten por la noche

habitantes de otros planetas.

De Marte, por ejemplo.

Imagínate, puede haber en Marte otro Servando,

otro Jacinto, incluso otra tía que estuviera pendiente de ti.

-No diga eso y vamos a arreglar las tablas.

Ay.

Ah, por cierto.

He estado pensando en lo que le dije al comisario.

Creo que no hice bien. -Y yo también.

No creo que Santiago sea el culpable del atropello.

Esas tablas no van a quedar bien

si no les pasas un cepillo de madera.

-Ah. -Voy a por uno.

-A las buenas.

-Prima, prima.

¿Tú crees que por las noches nos visitan los difuntos?

-¡Qué cosas dices, me das escalofríos!

-He vuelto a soñar con mi tía Anita.

Me ha vuelto a dar ese mismo número.

-¿Qué puede ser?

-No sé, pero algo importante tiene que ser.

Si no, no vendría dos veces.

-¿Qué número es? -Lo tengo aquí apuntado.

Aquí.

24 421.

-El 24 de abril de 1921.

Es el día de tu muerte.

-¡Cállate, eso no puede ser, no digas eso!

-Bueno.

Son ocho años.

Disfrútalos, que después ya no hay pues.

-Que no, que tiene que ser otra cosa.

Algo bueno, si no, ¿a santo de qué iba a aparecerse

y venir a verme desde donde esté, que estará tan ricamente?

-Ocho años, primo.

Piensa qué vas a hacer con ese tiempo.

Que no.

¿Su marido todavía no ha hecho la prueba para los americanos?

-Creo que no, que está pensándoselo.

-¿Qué dudas puede tener?

Ese Golden debe de ser un magnate del cinematógrafo.

-Pues si le soy sincera, no lo sé.

Apenas he hablado con José en los últimos días.

-¿Y eso?

¿No me diga que ante una decisión tan importante

no ha corrido a consultarlo con usted?

-Lo estará madurando dentro de su cabeza.

-Mal asunto es cuando un hombre

no consulta las decisiones con su mujer.

Eso es que ya no está por encima de todo.

-Antes de dar una respuesta, seguro que lo hará.

-Seguro.

¿Y qué me dice del atropello de su vecino?

-De don Felipe, sí. Espero que se recupere.

-El mundo está lleno de gente mala.

Ni sé cómo dormimos los que somos decentes y honrados.

-Con un ojo abierto y el otro cerrado.

-Con la de gente por la que se tiene que preocupar usted.

Su marido, su hija.

-Buenos días, señoras. ¿Les preparo algo?

-No, ya Margarita ha preparado el té.

-Y aprovechando que ya está aquí, yo me voy a marchar,

que tengo un par de gestiones por hacer.

Luego la veo. -Será bienvenida.

-¡Jesús!

¿Esta mujer no tiene casa? Está todo el día aquí.

-Es una buena amiga.

¿Qué tal el mercado?

-Había unas truchas, vaya tamaño, parecían bonitos del norte.

He cogido para hacer con jamón, que a don José le pirran.

-Le cuidas mucho.

-Poco le agasajamos para lo que merece.

No lo vayan a cuidar mejor en otro sitio, ¿eh?

-¿Lo dices por el señor Golden?

-No, no me refiero al señor Golden.

Me refiero a la actriz esa.

La tal Esther Nadal, que parece muy interesada en el señor.

-¿Por qué lo dices?

-Señora, este no es asunto mío, no debería meterme yo.

Pero está usted todo el día con doña Margarita.

Que parece que está casada con ella.

Y a su marido, que vale más que las pesetas,

lo tiene suelto, como perro sin dueño.

-Margarita es una buena amiga.

-No es buena ni mirándola del revés.

-Un respeto.

-Perdóneme, señora.

Pero es que lo digo por usted,

que veo a don José muy desnortado.

-¿Por qué dices eso?

-Ayer ella le estaba acariciando la cara.

Bueno, no sé, así le estaba haciendo.

Él no hizo nada, nada hizo.

Pero cuando a una mujer así

se le mete entre ceja y ceja un hombre...

-¿Es que es mejor que yo?

-No, señora, mejor que usted, para nada.

Pero ella le está haciendo caso y usted no.

Ándese con ojo, Bellita, por favor.

Que se lo van a robar.

¡Ah!

-Mira, Carmen, yo me voy a comer uno.

Solo uno y ya está, si lo dejo cuando quiera.

-¿Te ha dicho Lolita hasta cuándo dura el antojo?

-Mejor ni preguntes, Carmen.

-¿No será hasta el parto?

-Hay casos en los que ha durado hasta el parto.

Pero hay otros en los que va un poco más allá.

-¿Un poco más allá? -Ajá.

Hay un caso, un tal tío Hilario,

al que el antojo le duró hasta la primera comunión de su ahijado.

(RÍE)

¿Siete u ocho años?

-No, en Cabrahígo la comunión la hacen con 14 o 15.

-¿Qué? (ASIENTE)

-¿14 años comiendo cacahuetes?

Me muero.

-Peor, Hilario no comía cacahuetes. -¿Ah, no?

¿Y qué comía?

(ASIENTE)

-¡Ay, Dios! -Cacahuet6es.

Se puede decir que hemos tenido suerte con este maní.

-Desde luego.

-Buenas. (AMBOS) Buenas.

¡Los odio!

Los odio y los necesito a la vez.

¿Cuándo diablos se va a acabar esto?

-No te quejes, Ramón, que podría ser peor.

-Lo dice por lo del tío Hilario.

-Sí, se lo acabo de contar.

Bueno, ¿y qué, ha visto a Felipe?

-Buenas noticias, ha despertado.

-¿Eso quiere decir que está bien?

-Está mejor, pero todavía no está fuera de peligro.

-¿Y han podido hablar con él?

-No, de ninguna manera.

Los médicos lo tienen prohibido, está sedado.

Genoveva no se despega ni un momento de él.

-Hay que reconocer

que se está desviviendo por él.

-Lo que da muestra de que lo suyo es amor verdadero.

A ver si la Policía detiene a los causantes de ese accidente.

-Bueno, accidente. Una persona normal no se da a la fuga.

-Yo tampoco lo creo, era una forma de llamarlo.

-Intento de asesinato se parece más a la verdad.

-Cuando se dirigía a declarar contra Andrade.

Esto huele mal por todas partes.

-Y después de la amenaza del marido de Marcia, de Santiago.

Pero si se enteró todo el barrio.

-Yo, si fuera el inspector Méndez,

me ocuparía antes de Andrade que de Santiago.

Quedan pocos cacahuetes.

(ASIENTE)

-Voy a por más.

Cacahuetes.

-Ramón.

No me has dado ni un beso.

-¡Malditos cacahuetes!

Al marchar doña Felicia

me quedé a pasar la noche en el hospital

para que doña Genoveva pudiera descansar.

Pero esta mañana, al alba, me quiso relevar.

-A todos los que pensábamos que no tenía sentimientos

nos lo está restregando.

-Lo mismo pienso.

Enamorada hasta la médula está de mi señor.

-Don Ramón ha vuelto del hospital

para decirle a Lolita que Felipe se ha despertado.

-¿Está fuera de peligro?

-No, Agustina, pero es un paso.

-Para que luego digan que las oraciones no sirven para nada.

-Buenos días.

-Buenos días.

-Quiero ver a Santiago Becerra.

-No está, comisario, ha salido a trabajar de buena mañana.

-Yo soy su esposa.

-Lo sé, Marcia, la conozco de sobra.

Vamos a sentarnos a una mesa, si no le importa.

Su esposo y Felipe tuvieron una discusión en público

el día anterior al atropello.

No me lo puede negar.

Hay testigos que así lo han declarado.

-Sí, la pelea existió, pero no fue tan grave.

-¿Y quién me dice a mí que no se agravó después?

-Señor comisario, la discusión entre Felipe y Santiago

fue una simple pelea de celos.

Nada tan grave para lo que ocurrió después.

-A veces los celos nos llevan a las mayores catástrofes.

Como con su esposo.

Santiago Becerra, con antecedentes por comportamiento violento,

estancias en la cárcel y un pasado tortuoso.

-Pero eso fue hace mucho tiempo.

Ha cambiado, trabaja de sol a sol, paga sus facturas.

-No parece haber cambiado mucho en lo relativo a la violencia.

Hace dos semanas llegó al barrio

con la cara ensangrentada tras una pelea.

Es lo que me dicen los vecinos.

Los que me han hablado de la discusión y las amenazas.

-Por favor, señor comisario, no se deje engañar.

Hay más posibilidades de que el atropello tenga que ver

con el juicio contra Andrade que con una pelea de celos.

-Es posible.

Pero no podemos descartar nada.

Volveré a hablar con su esposo.

Y, posiblemente, con usted.

-Cuando quiera, no tenemos nada que esconder.

-Con Dios.

(SUSPIRA)

Lo más fácil es culpar a Santiago.

-Ay, tranquila, hija, tranquila, tranquila.

¿Te dijo si se acordaba de algo del atropello?

-¿Cómo quieres que lo sepa? No he podido hablar con Felipe.

Solo sabemos que ha despertado.

Pero solo dejan estar a Genoveva.

-¿Y le habéis preguntado a ella? -No.

Simplemente queríamos saber si se encontraba bien,

si tenía dolores, esas cosas.

-Nada que pueda contarle a las vecinas cuando me pregunten.

-No, nada, Rosina, nada.

Siento no haber sido un gran espía.

Que el comisario Méndez descubra al agresor.

-Ya está en ello.

-Cuando venga, le pregunto y te informo.

¿De acuerdo?

(Puerta)

-Lo dudo, porque ni yendo al hospital consigues cotilleos.

¡Qué desastre!

Ah, Maite, pase, pase.

-¡Doña Maite, qué sorpresa, pase, siéntese!

-Gracias.

-¿Podemos ayudarle en algo?

-Lo que todo el mundo. Felipe, ¿o no?

-¿No me diga que también anda buscando cotilleos?

-No, en absoluto, solo vengo en busca de información.

Había quedado con don Felipe para revisar unos papeles.

Pero voy a tener que cambiar de colegiado.

-Me temo que sí, si le corre prisa.

-Me está costando llevar a cabo mis relaciones comerciales

con los clientes parisinos desde Acacias.

Y necesitaría acelerar las gestiones.

-¿No me diga que está pensando en marcharse?

-No podría quedarme para siempre, aunque quisiera.

-En el Ateneo podré conseguirle otro abogado que pueda ayudarle.

-Viniendo de usted seguro que es de confianza.

-Hoy mismo le hago la gestión. Quizá puedan reunirse esta tarde.

-Se lo agradezco en el alma.

-Una pena que haya decidido marcharse tan pronto.

Precisamente hemos recibido carta de doña Susana.

Ella y Armando siguen disfrutando del viaje.

-Espero que mi tía me mande pronto una carta.

Y así se lo cuento.

Y ahora, si me perdonan, debo marcharme.

-Voy a por mis cosas y le acompaño.

Quiero saber a quién ha interrogado el comisario.

Por supuesto, le espero.

-Doña Maite.

Me gustaría hablar con usted a solas.

-Claro, pásese por el estudio cuando quiera.

-Le pido que no le diga nada a mi esposa.

Se trata de un asunto del que no quiero que sepa nada.

-Muy bien, confíe en mi discreción.

-Pues ya estoy lista.

¿Vamos? -Sí, vamos.

La paliza que le estás pegando a la masa.

Para que luego suba.

Poco va a subir si la matas. No te va mejorando el humor.

Ni me va a mejorar.

Hay días que lo único que quiero es volverme a mi pueblo.

Sabes que esta familia no haría nada sin ti.

¡Ay!

No me ibais a echar de menos ni un minuto.

Pues me iría contigo a tu pueblo. Y me echaría un novio vasco.

Huy, kilos te faltan a ti.

Por lo menos tendrías que comer un par de buenas alubias

para enamorar a uno de mi pueblo.

Pues me las como.

(RÍE)

Por cierto, ya está el comisario por el barrio

haciendo preguntas a los vecinos por lo de don Felipe.

A ver si pillan ya a ese canalla.

Hay que ser cobarde para atropellar a una persona y darse a la fuga.

En mi tierra esas cosas no pasan. Allí, a lo hecho, pecho.

Bueno, y esto ya está.

A reposar hasta que doble el tamaño.

¿Te preparo algo de comer? No.

Solo quiero preguntarte.

Si es de tu padre y de tu madre, no me digas nada.

A ellos les preguntas, si quieres. No, es de Cesáreo.

Él y tú. ¿Él y yo?

Nada.

¿Nada, pero nada de nada?

¿Sabes lo que me hizo cuando estábamos bailando?

Plantarme un beso en mitad de la boca.

¿Y qué hiciste?

Darle un coscorrón, que es lo que hay que hacer.

Pero si un beso no es nada malo.

Te quiere de verdad. ¿Que me quiere?

Ya sé yo lo que quiere ese espabilado.

A la siguiente le voy a dar una

que le van a salir los dientes en fila y cantando una bilbainada.

A la siguiente vas a disfrutar del beso.

¡Ni hablar, descarada!

(Puerta)

Voy yo.

Tata.

Tiene visita.

¿Se puede saber qué quiere?

-Venía a pedirle perdón por lo del beso.

-Dé gracias a que no le di un sopapo y le mandé a Bilbao.

-Si todas allí son como usted, tampoco me importaría.

-Cuidado, que todavía se lo puedo dar.

-Le he traído un presente para hacerme perdonar.

Es una medalla de la Virgen de Aránzazu,

que sé que es muy devota.

-Es muy bonita. Es...

Muy bonita.

Pero esto no le da derecho a nada.

-Lo sé, yo solo quería decirle

que usted me gusta mucho.

-Pues respeto, Cesáreo.

¿Eh? Respeto.

Y nada de besos. -Ni uno.

-Por lo menos, hasta que yo le dé permiso.

Y ahora, si me deja trabajar, puede ir a la calle.

-¿Y eso cuándo va a ser?

-¿Lo de los besos? Pues será cuando tenga que ser.

Voy a meter un pan al horno.

Cuando lo saque del horno, le daré un trocito.

Para que pruebe usted y vea que no ha probado pan mejor.

-Viniendo de sus manos, aunque sea duro.

-No me sea zalamero, Cesáreo.

Hala, kalera.

-¿Qué? -A la calle.

-Ah, claro. Con Dios.

(RÍE)

La última noticia sobre Felipe es la que trajo mi esposo.

Pero supongo que los médicos habrán dicho algo más.

-Ya es hora.

¿Cuándo releva Agustina a doña Genoveva?

-Supongo que por la noche.

Pero Genoveva no quiere separarse de Felipe ni un instante.

-El amor da fuerzas donde no las hay.

-Desde luego.

Menos mal que el comisario ya ha empezado a interrogar.

Es inquietante que haya habido

un atropello en esta calle.

Delante de nuestras narices. -Lo es.

La primera interrogada ha sido Marcia.

¿Significará eso que sospechan de su marido?

De Santiago.

-¿Usted cree?

¿Por celos?

-Los celos son el demonio.

Cosas peores han hecho.

-Rezaré por que no haya sido él.

Si ya es doloroso que le haya pasado a un vecino,

peor todavía que el culpable sea otro.

-Tiene toda la razón, Carmen.

-Buenas tardes.

-Buenas tardes.

-Aquí estamos, comentando las noticias del barrio.

-¿Se sabe algo de don Felipe?

-No.

Esperemos que la falta de noticias sean buenas noticias.

-Desde luego.

Doña Felicia, disculpe, pero tengo que hablar con usted.

-Sí, sí, yo ya me marchaba.

Me paso más tarde por aquí. -De acuerdo.

Con Dios. -Con Dios.

¿Pasa algo?

¿Ha pasado algo con Camino?

-No, todo lo contrario.

Su hija tiene un talento desmedido para la pintura.

De hecho, es una de las artistas con más futuro de este país.

-Celebro que me lo diga.

Supongo que sus clases estarán perfeccionando sus habilidades.

Pero bueno, ya sabe los planes que tengo para mi hija.

-No puede impedir que aproveche esta oportunidad.

Ahora que las clases han terminado,

es importante que siga con su formación.

Es fundamental que ingrese en una escuela de bellas artes.

-¿Ha dicho que han terminado las clases?

-Sí, bueno.

Poco más tenía que enseñarle.

-En ese caso, solo puedo agradecerle

todo lo que se ha preocupado por mi hija.

Camino hará lo que debe hacer,

buscará un buen marido y formará una familia.

Si quiere pintar o dibujar en sus ratos libres,

será asunto suyo.

Eso sí, yo le recomendaré

que aproveche sus habilidades para otras labores.

-Se arrepentirá.

-Es mi decisión.

Y es mi hija.

No va a ir a ninguna escuela de bellas artes.

Y este es un tema sobre el que no quiero discutir con usted.

-Muy bien.

Si usted quiere eso, así será.

Si me permite.

¡Hombre! ¿Ya te vas al ensayo?

Sí, pero antes quería preguntarte qué ha pasado con Cesáreo.

¿Y qué va a pasar? Nada, no ha pasado nada.

¿Te ha vuelto a besar? Que ni se le ocurra.

Pero me ha regalado una medalla. Mira.

De la Virgen de Aránzazu.

No es por desmerecer, que yo sé que le tienes mucha devoción,

pero así no llegas a ningún sitio.

¡Pero qué dices, sinsorga!

Lo que tienes que hacer es seducirlo, no asustarlo.

Te tiene que regalar flores, no medallas.

¿Seducirlo, dices?

¡Anda!

¡Fuera de aquí, que eres una desvergonzada!

¡Jesús!

Flores, dice.

Descarada de cría.

Si también me ha regalado flores, me ha regalado de todo.

Que cría, tiene unas cosas.

-¿Qué, hablando sola? -No.

Cosas de su hija.

Que dice que me tengo que dejar seducir, a mi edad.

-Cuando te conocí, eras más joven y tampoco te dejabas conquistar.

No le eches la culpa a la edad.

-A la decencia se la voy a echar.

Que ya me enseñó mi madre

que ser decente es lo mejor que se puede ser en esta vida.

-Espera.

-¿Qué?

-Voy a ir al teatro a ver la obra de mi esposo.

Y, de paso, ver qué se trae con esa actriz.

Esa tal Esther Nadal.

-Muy bien, señora, me parece muy bien.

Así ve usted con sus propios ojos.

-No quiero equivocarme como la otra vez

que le acusé de ser infiel.

Ahora, eso sí.

Como se esté dejando conquistar por esa robamaridos,

se van a enterar los dos.

-Señora, mesura, por favor, mesura.

No hay que dejarse llevar por las apariencias.

-No encuentro la corbata colorada.

La de los lunarillos blancos chiquiticos.

-En el armario está, estoy segura.

En la misma percha que el traje azul.

Con el traje con el que la suele llevar.

-Buscaré otra vez. -José.

Voy a ir a verte al teatro.

-¿Hoy? -Si no te parece mal.

-Pero ya has visto la obra, te vas a aburrir.

-Nunca me aburre verte.

A no ser que haya algo por lo que no quieres que vaya.

-No te entiendo.

-Algo que no quieres que vea.

-No quiero que te aburras y después me lo eches en cara.

-¿Y no es distinto cada día el teatro?

-Sí, es verdad, cada función es como un estreno.

Bueno, pues arréglate.

Me pongo la corbata y nos vamos, que no puedo llegar tarde.

-Ya estoy preparada.

-Muy bien, dame un minuto.

No quiere que vaya.

Y eso es porque hay algo.

-Señora, yo no he visto nada de eso.

No he visto nada de lo que está diciendo.

-No me fío.

-Ea, ahí estaba.

Donde dijiste, en la percha del traje azul.

Muchas gracias.

Bueno, reina mora.

-El caso es que no me encuentro muy bien.

-¿Estás mala?

¿Eh? Niña, llamamos a un médico.

-No, no, es solo que necesito descansar.

Vete tú al teatro.

-Pero...

¿Estás segura?

-Completamente.

-No sé.

Bueno.

Cuídate.

No entiendo nada, señora.

¿No iba a acompañarle al teatro?

-Tienes que hacer algo por mí.

-¡Ay, ama! -Siéntate.

-Ay.

¡Prima, prima, prima!

-¿Qué pasa?

-Ya lo hemos averiguado. -¿El qué?

-Lo del número de vuestra tía.

-Decidme, ¿qué es?

-El número que va a ganar el gordo de la lotería.

El 24 421.

-Madre del amor hermoso. ¿Y para cuándo es el sorteo?

-Para dentro de unos días.

El problema es encontrar el número.

-Puede estar en cualquier lugar de España.

-Claro. ¿Y entonces, cómo vamos a encontrarlo?

-Habrá que ir a todos los vendedores a preguntarles.

-Lo mejor es que te vuelvas a acostar un ratito.

Y si aparece la tía Anita, le preguntas a ella.

-¿Qué estás diciendo?

¿Cómo va a saber una difunda dónde encontrar ese número?

La lotería la venden en muchos sitios.

-Lo mismo que sabe qué número va a tocar antes de que lo hagan.

¿No era vidente?

-A Dios rogando y con el mazo dando.

Lo mejor es que vayamos vendedor por vendedor.

Si no lo encontramos, se lo pregunto a la tía.

-YO no os voy a poder ayudar.

Tengo la muela mal y voy al dentista a ver si me la quita.

-Con lo que duele eso. -No, prima.

Lo que duele es saber el número del gordo y no encontrarlo.

Así que va, a buscarlo.

-Sí, voy a subir la compra, bajo y te acompaño, primo.

-Ya estás tardando. -Está bien.

-Busca hasta debajo de las piedras.

-No te preocupes, lo vamos a encontrar.

Esta oportunidad no se nos va a escapar.

-Voy al dentista.

¡Ay!

"Auguro su fin.

Olvide toda esperanza de esperar a la muerte en su lecho.

Su final está cerca, muy cerca".

Señor.

Tú lo sabes porque todo lo ves.

Porque estás con nosotros hasta en los momentos

en los que más indignos somos de ti.

Tú sabes que todo lo he hecho por mis hijos.

Por evitarles sufrimiento.

Hasta cuando ellos no lo entendieran así.

Solo quise su bien.

Mi gran dolor es que ellos no lo entendieran así.

Ni Blanca.

Ni Olga.

Ni Genoveva ni Cayetana.

Tampoco el padre Telmo.

Perdóname, Señor.

(Puerta)

Adelante.

Me dicen que necesita usted de confesión.

Así es, tome asiento, padre.

Ave María purísima.

Sin pecado concebida.

Padre, no es fácil para mí...

confesar mis pecados.

Si venía más de un día entero,

podría llenar varios tomos de mil páginas.

No sé por dónde empezar.

Por culpa de mis pecados,

he caído en un pozo de honda devastación.

Nuestro Señor todo nos lo perdona.

No estoy tan segura, padre.

Tengo la impresión

de que el Señor me está haciendo probar en vida

el infierno que me espera tras mi muerte.

Padre.

Yo todo lo he tenido.

Y todo lo he perdido.

He tenido hijos y estoy sola.

He sido fiel a mis señoras.

Y nadie me quiere cerca.

Aquí me tiene ahora, en este convento,

viviendo prácticamente de la caridad.

No digo que no me lo merezca.

He pecado contra todos los mandamientos, padre.

¿Contra todos?

Contra todos.

Hasta he quitado la vida a mis semejantes.

Pero todo lo hice por amor a Dios.

Buenas tardes. Voy a preparar las mesas para la cena.

-Camino, quiero hablar contigo.

Ha venido Maite Zaldúa.

Me ha dicho que han terminado las clases.

-Sí.

Lo que usted quería, ¿no?

-¿Y por qué no me lo has dicho antes?

-Para no decirle que me ha vencido.

Que ha puesto tantos inconvenientes,

ha metido tantos palos en las ruedas que lo ha logrado.

Maite no vuelve a darme clase, usted gana.

Yo no pintaré, pondré manteles, serviré mesas,

barreré el restaurante, todo, menos hacer lo que quiero.

Ah, y lo de echarme novio y formar una familia

ya lo veo más dudoso.

A lo mejor tienen que cargar con una solterona.

-¡Camino, cállate ya! -¡Qué pasa!

¿Además de obedecer, tengo que callar?

-Lo hago todo por tu bien.

-Pues se lo ruego, deje de pensar en mi bien,

porque no sé si podré resistirlo, madre.

Me ha entusiasmado. Y don José, qué gran actor.

No me extraña que lo llamen de los Estados Unidos.

-Sí, pero no es seguro que vaya a hacer la prueba

con el hombre ese, con el Mister Golden.

-Si la hace, se lo llevan.

No creo que haya americano que valga como él.

Por cierto, muchas gracias por las entradas del teatro.

-De nada, hombre.

Pero lo que sí le pediría, Cesáreo, por favor,

es un poco de discreción.

Me gustaría que esta salida quedara entre nosotros.

No creo que el resto de los criados anden al tanto.

-¿No me diga que se avergüenza?

-No, hombre, por favor, no.

Pero cuanto menos sepan, menos murmuran.

Que no sabe lo que les gusta darle a la sin hueso.

¿Busca a alguien? -No.

No, pero me parece extraño que no haya llegado don José.

Teniendo en cuenta que venían en coche.

-Habrán aprovechado para tomar algo.

Es normal entre actores. -Pues sí, va a ser eso.

-Si le apetece, le invito a una limonada.

Mejor otro día porque ahora sí que tengo que ir a casa.

-Bueno, como quiera.

Con Dios. -Hasta mañana, Cesáreo.

(JOSÉ SUSPIRA)

-¿Entonces, qué?

¿Se ha decidido?

-Sí.

No puedo desperdiciar esta oportunidad.

Haré la prueba.

-Le veo protagonizando películas por medio mundo.

-Qué vértigo.

Aunque no sé si daré el nivel.

-¿Por qué dice eso? Pues claro que sí.

Es el mejor actor de España.

No, de Europa, es el mejor actor de Europa entera.

-Y dicen que en mi tierra somos exagerados.

-No, lo que pasa es que le falta apoyo.

Y confianza.

Tranquilo. Venga, deme un abrazo.

Ay, ama.

Ay, ama.

¡Pero será sinvergüenza mi patrono!

Ay, Jesús.

Vengo deslomado.

-Santiago.

Estaba nerviosa, te esperaba hace horas.

-Perdona, no he podido avisarte antes.

Deja que beba un poco de agua.

Todo el día descargando cajas y cuando por fin terminamos,

ha venido el de la finca vecina para que le ayudáramos.

Toma.

-¿Y esto?

-No es mucho, pero nos han pagado en mano.

Guárdalo para cuando nos haga falta.

-Santiago.

Vino el comisario Méndez a hablar conmigo.

Me preguntó por tu pelea con Felipe.

-¿Piensan que lo he atropellado yo?

Tienen sospechas. Te preguntarán.

-Yo no fui.

¿Me crees?

Sí.

-Necesito una coartada para que me crean.

Tienes que ayudarme.

Tienes que decir que estábamos juntos cuando el atropello.

-Pero eso no es cierto. -¿No me vas a ayudar?

Es mejor decir la verdad. Si no, lo descubrirán.

(Puerta)

¿Quién crees que puede ser?

(Puerta)

-Abre tú.

-Santiago Becerra.

Necesito hablar con usted.

Déjenles que se despidan.

Va a pasar mucho tiempo antes de que puedan volver a verse.

Mi esposo dice que todo lo que le ha pasado a Felipe

no tiene nada que ver Santiago.

-Un accidente no ha sido.

-Ramón cree que todo lo que está pasando

se debe a César Andrade.

Si no están liados, les faltan suspiros.

-Ese abrazo a mí no me pareció de compañeros.

-¿Cómo?

¿También se abrazaron?

Es una identidad falsa.

¿Quién es esa mujer y por qué vino a verle?

-Ya se lo he dicho, vino a rezar.

Qué mundo este.

Que hasta las beatas utilizan nombres falsos.

¿Sigues disgustada con nuestra madre?

No deberías.

Está muy dolida por lo que pasó y pienso que no se lo merece.

-Esa es tu opinión.

Me niego a pensar que mi José es un hombre como los demás.

Él siempre ha sido especial.

Diferente a todos.

Tan cariñoso, tan amable, tan gentil.

-Lo más probable es que lo siga siendo.

Pero con otra.

Podríamos aprovechar para subir a casa de tus padres

y formalizásemos nuestro compromiso con ellos.

Estos días está muy alicaída.

Parece que pones excusas todo el tiempo.

Es como si no quisieras seguir con lo nuestro.

¡De eso nada, que he encontrado el boleto!

Me he recorrido la ciudad de arriba abajo dos veces, pero aquí está.

Comisario, quiero contarle algo.

-Ya le hemos tomado declaración. ¿Qué ocurre ahora?

-Es algo que no le dije antes.

¿Qué quiere de mí?

-Que hablemos de mi hija.

Camino está mal.

Está muy mal.

Como hace tiempo que no estaba.

Quería saber si ha pasado algo en sus clases que yo no sepa.

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Acacias 38 - Capítulo 1157

11 dic 2019

La serie, ambientada a principios del siglo XX, está situada en una calle, Acacias, y nos muestra el devenir de sus habitantes.

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