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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1146 - ver ahora
Transcripción completa

-¿No le importa que insista con lo de la verbena?

-Hombre, viendo esta insistencia, me va a costar mucho decirle que no.

-(RÍE)

¡Pero bueno!

El dueño del café se quedó tan encantado,

que está dispuesto a buscarme un teatro para mi espectáculo.

Si quiere organizar sus tertulias en la pensión,

cuente con Rosina, que no quiero líos con los señores.

-Vamos a... -¡Y punto pelota!

Le ruego me perdone por haberle cogido la mano.

No pude evitarlo, me hacía tanta ilusión ir con usted a la verbena...

¿Podrá perdonarme?

-En ese caso, igual sí.

-Es un retrato suyo.

-Camino, hija, ¿lo has pintado tú?

-Con la ayuda de Maite.

-Ayer le vi hablando con ese tahúr,

y ya sé que no soy nadie para dar consejos, pero...

tenga cuidado, no son buenas compañías.

Hoy en día, en París, se están pintando cuadros muy...

bonitos y con muchos colores.

-¿Y decía usted que el tiempo se me iba a pasar volando?

Me la dio un hombre llamado Bonifacio.

Me ha detenido en medio de la calle.

Santiago, tenía un aspecto muy extraño.

-Me ha citado para darme un trabajo.

Le pregunté que si se enteraba de algo, me lo hiciera saber.

Confía en mí.

De momento, voy a permitir que sigas asistiendo a esas clases.

-¿Lo dice en serio? -Pero déjate de zarandajas.

-Descuide, madre.

Me gustaría tanto tener un hijo tuyo.

¿No es... demasiado pronto?

Solo quiero que sepas que tal deseo responde al amor

que siento por ti.

-Estaba visto y demostrado que don Alfonso era un canalla.

Lo que me sorprende es que tengas que hacerte cargo de ella,

y consolarla como si fuera tu hermana.

Ea. Aquí está el azúcar.

-"Tiene que enseñarme alguna de sus obras".

-¡No lo hagas!

-"Pero ¿qué diantres...?

-Ey, ey. -Santiago.

Santiago, estás... -¡Muchacho, pero ¿qué te ha pasado?!

-¡Santiago! -¡Muchacho!

-¡Santiago! ¡Santiago, responde, por favor!

(LLORA)

¿Qué te ha pasado, Santiago?

-Marcia, ayúdame a subirle a esta silla. Venga.

Venga, venga, arriba, muchacho.

¡Vamos, arriba!

Ahí está, ahí está.

Desabróchale y dale aire.

Voy a por algo para curarle las heridas.

-Sí. ¡Santiago, ¿qué te ha pasado?!

-Estoy bien, Marcia. -No, no lo estás.

¿Quién te ha hecho esto?

-No debes de preocuparte.

-Marcia, Marcia, pon esto por ahí.

Toma, paños. Pero ¿quién...?

¿Quién te ha hecho esto? ¡Este es el momento para decirlo!

Deberíamos de llamar a la policía. -No, no, no, no.

No haga eso. -Pero ¿por qué?

Ha sido solo una riña en el trabajo.

-Caramba, más que una riña,

parece que te han dado una paliza en toda regla, y encima con saña.

-Los mozos del mercado, que no se andan con tonterías.

He tenido un rifirrafe con uno de ellos,

y como no atendía a razones, nos hemos zurrado.

-Pues no sé cómo habrá quedao él, pero a ti te han zurrado bien.

-Ay, Servando, creo que deberíamos llevarlo a un hospital.

-Sí, tienes razón, esas heridas son muy profundas.

Deberíamos... -No, no, no.

-Pero ¡Santiago! -Que he dicho que no.

No quiero gastar el poco dinero que tenemos

en un matasanos del tres al cuarto.

Las heridas de las plantaciones eran mayores y aquí estoy,

vivito y coleando. -Casi vivito

y casi coleando, pero como tú lo veas.

-Las heridas se curan solas. -Bueno, pues...

Para la próxima vez, déjelo correr, es mi consejo, ¿eh?

-Por mucho que haya cambiado,

si alguien me golpea, respondo.

(Sintonía de "Acacias 38")

Te ruego que no vuelvas a hacer eso.

Seré yo quien decida cuándo mostrarte las obras.

-Lo lamento.

-Cada artista es dueño de sus obras y decide cuando mostrarlas.

-De acuerdo.

Sí, lo sé.

Reitero mis disculpas. No debí hacerlo.

-No debiste.

-Supongo que... me dejé llevar por el entusiasmo de la noticia

que vine a dar.

-Yo también estoy muy contenta de que tu madre te deje continuar

con las clases, pero...

te ruego que seas más prudente.

-Lo seré, se lo prometo.

-Muy bien.

Pues...

Puedes marcharte, tengo que seguir trabajando.

Nos vemos mañana en clase.

-Hasta mañana. -Hasta mañana.

(SUSPIRA)

Muy buenas. -Buenas.

-Madre mía, vaya despliegue.

No hacía falta que se molestara, yo con un café me apaño.

-Muy gracioso. Es para Cinta,

para que arreglemos nuestros rifirrafes de estos días.

-Cuando una novia se enfada, lo mejor es invitarla a cenar.

-En las cenas tengo mucho trabajo.

Ahora no hay clientes y podemos hablar tranquilamente.

-Bien visto, claro.

Imagino que tienen mucho de lo que hablar.

-En realidad, de nada de enjundia,

simplemente, algunos malos entendidos absurdos

que se nos han hecho maraña. -Ya.

Y le volverá a hablar de la boda. -Sí.

De eso y de todo lo que sea necesario para hacerle ver

todo lo que siento por ella.

-Sus loables intenciones.

-Mis loables e inocentes intenciones.

-Seguro que sale bien.

(Puerta)

-Buenos días. Perdón por la interrupción.

-¿Es de Cinta? -No,

es de mi primo Sabino, que le manda recuerdos.

Claro que es de Cinta.

Agur. -Con Dios.

¿Qué, malas noticias?

-Dice que no podrá verme hoy,

que le ha surgido un asunto importante y ha de atenderlo.

¿Qué puede ser tan importante como para darme plantón?

¡Y no me lo dice en persona, me tengo que enterar por carta!

-No se ponga así, seguro que tiene una explicación.

Comités. Sí, de mujeres.

¿Y comités para qué?

Para hacerlo que mejor sabemos, ayudar a los demás.

Sobre todo a los hombres, a los soldados.

No suena mal.

Quiero que se organicen por regiones.

Habrá un comité encargado de atender a los soldados de esa zona.

Y la necesito.

¿A mí? Sí.

Hay un soldado, Orencio, que viene de Cabrahígo.

¿Orencio?

No me suena.

Aquí pone que se llama Orencio Berrueco.

Vive en la calle del Pozo número 4.

Ah, ese es el Abollado.

Pues Orencio, el Abollado,

ha perdido un brazo y su salud es muy débil.

Ay.

Pues no me diga más, doña Genoveva, cuente conmigo.

¿Podríamos contar con más paisanas suyas para organizar estos comités?

Como Orencio, hay otros muchachos en la región.

Déjeme unos días. Hablaré con Delia, la cartera,

no es enfermera, pero sabe de to.

Muchas gracias, Lolita. Gracias a usted por lo que hace.

Es pan de oro. Granito a granito,

lograremos hacer una red de atención a los heridos.

Lo que tenemos que hacer es una estatua en la plaza pa usted.

No exagere tampoco, mujer.

Me voy, que tengo a Marcia en la tienda.

Tiene suerte de tenerla,

es una muchacha muy apañada y bondadosa.

No tanto como usted, pero sí, sí que lo es.

Le acompaño a la puerta.

(SUSPIRA)

Deberíamos dar un paseo un día de estos,

que cuando nazca el bebé, no crea que pueda usted.

La verdad es que sí, que tenemos nuestra amistad descuidá.

Con Dios, Lolita. A más ver.

¡Ay!

Qué bien que estés aquí, tengo que contarte un montón de cosas.

Espero que buenas.

Buenas y más. Ven.

¿Ocurre algo?

No, no, estoy bien.

¿Has visto a alguien en la calle cuando has entrado en el portal?

¿A alguien? No entiendo.

¿Qué te ocurre?

¿Tienes miedo?

Cristóbal está en prisión.

Sí, pero no sus hombres.

¿Y si decide vengarse de mí a través de sus secuaces?

No he dejado de pensarlo.

Eh, no te pasará nada, te lo prometo.

Ya lo sé, pero toda esta situación me tiene nerviosa.

¿Te quedarás otra vez conmigo esta noche?

Tú fíjate, tenía una buena brecha el Santiago en la cara.

No sé quién le dio, pero el que le dio, tenía un buen derechazo.

Qué raro que no han venido estos, se están retrasando.

Ardo en deseos

de enseñarles las estampas que tiene este libro de París.

Me lo han traído hoy.

-Buenos días.

-Ya era hora. ¿Dónde os habíais metido?

-No se ponga exigente,

que venía a saludar y a decir que no puedo venir a la tertulia.

-¿Y eso?

-Porque me ha salido un pedido de flores que he de atender.

-¿Y no puedes hacerlo más tarde?

-Servando, le voy a decir una cosa que a lo mejor le sorprenda,

pero antes está el trabajo que sus tertulias.

Hala, adiós. -Con Dios.

Pues nada, esperaremos a la Casilda y al Cesáreo.

Cuando vengan, empezaremos. -Eso venía a decirle.

Es que... no van a venir.

-¿Y eso?

-Me han pedido que me disculpe, están atareaos.

-¿Por qué?

-A mí también me ha sentado regular,

que había preparado unos chistes de borregos para morirse de risa.

-Entonces, ¿estamos tú y yo solos?

-Y la señá Rosina, que estará de camino.

-Claro, claro, claro, por eso no viene nadie.

Esa señora tiene una charla... que aburre a los muertos.

-No le digo que no,

que solo habla de cosas que nadie entiende ni interesan.

Dila que no venga.

-Quita, quita, que no la quiero tener otra vez con ella.

Creo que lo que mejor podemos decir es...

que se aplaza la tertulia, y mañana ya veremos.

-Ay, disculpad el retraso. ¿Dónde está todo el mundo?

-Pues nada, que...

al parecer estaban muy ocupados.

-Qué pena, quería hablar de música clásica.

-Sí, una pena. -Pena, pena.

-De hecho, quería empezar hablando de un concierto de cuerda

que he escuchado maravilloso.

-No, no, además, hubiera estado estupendísimo, ¿verdad?

Yo también he traído un libro con estampas parisinas,

que hubieran dado mucho juego, pero nada, al ser tan pocos,

pues esto se tendrá que cancelar.

-Que digo yo que ya que estamos aquí, podemos hablar un poco de eso.

-Oye...

Igual tienes razón, ¿eh?

-Pues claro que la tengo.

Siéntese. -Claro, claro.

Y háblenos de esas cuerdas,

que de eso yo entiendo mucho,

que gasto yo mucha cuerda para amarrar mis herramientas.

¿Las suyas qué son,... de esparto o de cáñamo?

-Ahí, ahí.

¿Y esta mesa tan bien dispuesta?

-Era para desayunar con Cinta.

Quería conversar con ella para arreglar las cosas.

-No es por inmiscuirme en vuestra relación, pero...

¿solos?

-Madre, aquí en el restaurante, a la vista de todo el mundo.

-Por eso.

Vais a dar pie a las habladurías.

¿Quieres que todo el barrio pegue la hebra sobre la decencia de tu novia?

-¿Qué más da?

No habido lugar, el desayuno no se ha producido,

me ha dado plantón.

-Recoge las copas, anda.

-Buenos días por la mañana. -Buenas.

-Anoche se dejaron la luz de la cocina encendida.

-Gracias, Cesáreo, debió de ser un descuido.

Lo tendremos en cuenta.

-Camino ha hecho un gran trabajo.

A ver si al final su hija de usted va a vivir de su arte.

-Lo dudo.

Los hombres y los afortunados terminan dedicándose a la pintura.

El lugar de la mujer en esta sociedad es otro.

-Es una pena, pero me temo que lleva usted la razón.

-Por cierto, ¿es cierto que Santiago tuvo anoche una pelea?

-¿Sí? No he oído nada.

-No debió de ser una tontería, cosa grave según cuentan.

-¿Y fue en el barrio?

-En el barrio no, creo que fue cerca del lugar donde trabaja.

-Menos mal.

Me enteraré a ver qué ha pasado.

Gracias, doña Felicia. Con Dios.

-Con Dios.

-Madre, ¿me permite que le dé un consejo?

-Tú dirás.

No debería ser tan anticuada con Camino,

algunas mujeres viven de la pintura.

-¿Qué mujeres?

-Maite, por ejemplo.

Y muchas de sus amigas.

Mire, Camino tiene mucho talento,

y sería una pena que lo desaprovechara.

¿Sería tan malo que se dedicara al arte?

(SUSPIRA) Yo es que era una virtuosa del piano, ¿verdad?

Cuando era pequeña, venía a mi casa

todos los días una profesora particular.

Me enseño todo lo que debía saber.

Beethoven, Mozart, Bach, Chopin...

Cómo sonaban sus sonatas en mis manos.

Qué pena no poder haber seguido practicando.

El mundo se ha perdido a una gran pianista, la mejor.

¿Qué opináis al respecto?

-Sí. -¡¿Me habéis escuchado?!

-¡Pero ¿este es el caso que prestáis a mi clase particular de piano?!

-A mí me gusta mucho... el piano.

En el pueblo teníamos una pianola en la casa del cura.

A pesar de que le faltaban teclas y que nadie lo sabía tocar,

hacíamos unas comparsas, bueno,

muy buenas, a base de zambomba y cencerros.

Usted se hubiera partido de risa. -(RÍE)

Con zambombas y cencerros.

Me parto con este tipo. -¡Panda de cenutrios!

-(AMBOS) No, no, no, no.

-No, no.

(RÍEN)

Os cuento, os cuento.

Mira, resulta que paseando que te pasea,

nos fuimos a sentar en un banco,

y de pronto, vemos que se acerca un hombre muy gordo, muy gordo

y muy feo, muy feo...

Con toda su osadía,

se acerca a una muchacha que estaba allí, muy bien parecida,

muy mona ella... (RÍE)

Estaba allí ella sola dando de comer a los patos,

y él va con todo su arrojo

y le suelta un requiebro de estos que quitan el hipo.

-(RÍE)

-¿Y sabes lo que le espetó Margarita?

-¿Qué?

-Dice:

"Anda,...

deja en paz a la chiquilla,

¿no ves que prefiere dar de comer a los patos, que verte la cara a ti?".

(Puerta)

Tres horas, tres horas estuve riéndome.

Qué graciosa. -(RÍE)

(Pasos)

Muy buenos días, familia. Buenos días.

Vengo de la reunión con el dueño del café.

¿Le has dado la nota a Emilio

diciéndole que no podía ir a la cita?

Tal y como tú me pediste. Perfecto.

Vengo de hablar con este señor, y me ha dicho

que ha encontrado un teatro para mi vuelta a los escenarios.

Es dentro de un mes. ¿Dentro de un mes?

Sí, madre.

Tendría que ayudarme a ensayar cuanto antes.

¿Lo hacemos ahora?

Imposible, tengo que recoger a Margarita.

Bueno, puede cancelarlo.

¿Y que se quede mustia en su casa? Ni hablar.

Pero entre las dos te vamos a ayudar.

Margarita ha sido muy buena bailadora.

Te vamos a enseñar unos pasos que quitan el sentido.

Anda.

Padre, ¿puede hacerlo usted?

Yo no puedo ahora.

Tengo que repasar el texto, que el actor principal está con catarro.

El director nos ha pedido

más atención que nunca para ayudarle.

Pero me alegro mucho por ti.

Al menos te tengo a ti. ¿A que es una noticia maravillosa?

Maravillosa, maravillosa, como tú de maravillosa.

(OLFATEA) ¡Que se me quema el rodaballo pa la comida!

Pues vaya éxito que he tenido.

(SUSPIRA)

Lolita me ha dicho que va a ayudar a un paisano.

Y que intentará reunir a un grupo de mujeres de su pueblo para colaborar.

-Qué idea más buena tuvo doña Genoveva con los comités.

Sí, sin duda lo es.

Ante tan buenas noticias, ¿qué les parece si vamos a celebrarlo?

-Eso sería estupendo.

Iremos a algún restaurante del centro para cenar.

-¿Felipe?

Sí, sería estupendo.

-Anotado queda, ya concretaremos el día.

Y ahora, señores, si me disculpan...

Don Ramón.

-Con Dios, amigo. -Con Dios.

Don Felipe, ¿va todo bien?

¿Por?

Porque está usted serio, distraído...

¿Problemas en el trabajo?

No, no.

Se trata de Genoveva. Me tiene algo desconcertado.

Me ha manifestado su deseo de tener un hijo.

¿Tan pronto?

Lo mismo he pensado yo.

Si anunciaron su compromiso hace unas semanas.

Mire, Liberto, entre usted y yo,

si lo hice, fue por ella, para evitar las habladurías.

Parece que todo se está precipitando.

Sí, eso parece. Últimamente, les veo siempre juntos.

Ese es el asunto.

Entre la marcha de Úrsula y la detención de Cristóbal,

Genoveva anda algo desasosegada y me pide que duerma con ella.

Parece que todo es demasiado serio.

Y usted necesita sus tiempos. Y mi espacio.

¿Seguro que es por eso,

porque necesita su tiempo y su espacio o hay algo más?

A veces, pienso si...

la Genoveva que conocemos ahora

es de verdad la auténtica Genoveva.

¿No cree que haya podido cambiar?

Fue la misma mujer que llegó con Alfredo Bryce

con la intención de vengarse de todos.

A mí también me costó superar el odio que sentía hacía ella.

En mi caso, fue porque intentó separarme de Rosina.

Normal, fue un asunto muy grave.

Sí. Pero si he vuelto a confiar en ella,

ha sido por su compromiso con usted.

Si usted pudo perdonarla, yo también tendría que hacerlo,

y más aún, sabiendo lo que usted quiso a Marcia.

(EXHALA)

¿Por qué tuvo que torcerse todo?

Porque a veces, las cosas suceden sin más.

No hay que darle muchas vueltas, y tampoco es bueno mirar al pasado.

¿Le puedo ser sincero?

Por favor.

Marcia nunca ha formado parte de mi pasado,

Marcia es mi presente.

Por mucho que lo he intentado,

no puedo olvidarme de ella.

¿Sigue enamorado de Marcia?

Creo que el motivo por el que no me entrego del todo a Genoveva,

es por Marcia.

Sé que no debería ser así.

Es una mujer casada, y me lo repite todos los días,

pero mi corazón no me escucha,

él domina y manda.

No sé cómo olvidarme de esa mujer, le juro que no lo sé.

¿Y se quemó el rodaballo? -Casi.

Casi, pero no.

Al final, conseguí salvarlo, gracias a Dios.

Hola. No me hubiera gustado nada tener que tirarlo.

-Ya, ya, yo la entiendo, señá Arantxa.

A mí no me gusta tirar comida. En casa de mi señora,

no tiramos nada, ya pueda estar chamuscado, hecho carbón, nones,

mi señora prefiere comerse una patata carbonizada

a tirarla a la basura. -(RÍE)

-A las buenas. -Aupa.

-He venido a enseñarle mis bordados.

Aprovecho para practicar

cuando Lolita no me necesita en la mantequería.

A ver qué les parece.

-Pues qué bien rápido aprendes, ¿eh?

Cada día te quedan mejor.

-Marcia, desde luego que son preciosos.

Te traeré retales para que sigas practicando.

-Gracia, Casilda.

-Marcia, ¿qué tal está tu esposo?

¿Es verdad que se ha metido en una pelea?

-Ay, Arantxa.

Estuvo trabajando en el mercado de San Ramón

y se peleó con un mozo de allí.

-Pero ¿quedó muy mal?

-Parecía aparatoso, pero al final no era para tanto.

Esta mañana ha vuelto al almacén a ver si había trabajo.

-Bueno, entonces no ha pasao na.

-Supongo.

-Y entonces, ¿esa cara por qué, pues?

-Me da miedo que Santiago se vuelva a meter en problemas.

-¿Vuelva? ¿Qué pasa, era así en el pasado?

Si todos dicen que tu marido es un bendito.

-Ahora, antes no lo era tanto.

-¿Y cómo era?

-Era un hombre violento.

-Sí, pero tú misma lo dijiste, ha cambiao.

-Eso espero.

No me gustaría que sacase a la bestia que lleva dentro.

-Que no, mujer, confía. Oye, la gente cambia.

-Pa chasco que sí.

No tienes que alarmarte por una pelea.

-Qué va. Mira, Koldo, un chico de mi pueblo,

se lió a mamporros con su primo.

Empezaron en Guetaria y acabaron en Mundaca, ¿eh?

-¿Y eso está muy lejos?

-Para darse mamporros de esos a manta, te lo aseguro.

Marcia, que no, confía, seguro que el marido ha cambiao.

Y tú, a lo tuyo, a tus bordaos.

Como sigas así, hasta vender vas a poder hacer.

Que sí, Emilio, me lo acaba de contar Servando en la mantequería.

Santiago llegó con la cara hecha un cuadro.

Alguien le dio una buena paliza.

-Lo sé, estoy al tanto.

-Todavía no ha hablado con Cinta, ¿no?

-No. No he sabido nada de ella desde que Arantxa me dio su nota.

-Pues mire.

Pongan la oreja, que lo que les voy a contar es bueno.

El dueño del café ha conseguido que un teatro se interese por mí.

Voy a hacer allí mi debut. ¿En serio?

Eso es maravilloso, enhorabuena.

Van a estar su padre y usted a la vez en dos teatros distintos.

No había pensado en eso, es verdad.

¿Y tú qué, no te alegras?

-Me alegro por ti, Cinta, te mereces esta oportunidad.

Pero ahora... tengo mucho trabajo, así que...

¿A qué ha venido eso?

¿Qué le sucede a Emilio?

-Le había preparado un desayuno especial

para que pudieran estar solos.

Le ha sentado muy mal que usted no le hiciera caso.

Lo que me faltaba ahora,

que Emilio se coja la cesta de las chufas.

(SUSPIRA)

(Pasos)

Buenos días.

-Saca tus pinceles y ponte con este bodegón que te estoy preparando.

El ejercicio de hoy consiste en que pintes este bodegón

en tonos cálidos.

-¿Ha empezado usted hace mucho?

-Sí.

-Es bonito este bodegón. -Sí, muy bonito.

-Me he retrasado un poco, lo siento.

Lo siento, ¿de acuerdo?

Siento lo que sucedió ayer.

No...

No debí forzar la situación, fue una torpeza insistir tanto

en ver sus cuadros.

-Está bien, Camino.

No pasa nada.

Todos tenemos derecho a equivocarnos alguna vez.

Y si no lo hiciste con mala fe, no tengo nada que reprocharte.

-Le aseguro que no fue a mala fe, fue sin querer.

-Muy bien, pues entonces, asunto olvidado.

-¿De veras?

-No le des más vueltas.

-A decir verdad, era bien bonita la figura que estaba moldeando.

¿Me enseñará a trabajar con arcilla?

-Todavía es pronto para eso, es un ejercicio difícil.

-Lo que usted diga.

Para mí no hay nada más importante

que estar aquí en este estudio con usted.

¿Cree que doña Rosina saldrá a atendernos?

-Saldrá, no nos va a tener de plantón toda la tarde.

-Después del mosqueo de esta mañana, no me extrañaría.

-Ya verás como sale. Le diremos que desconvocamos las tertulias.

-¿Está seguro de hacer eso?

-Sí. Mientras que venga ella a las tertulias, no vendrá nadie más.

Es que, tiene una charla, que aburre a cualquiera.

-Eso es verdad. Pero los pasteles están de muerte.

Merece la pena aguantar la chapa por probar uno de cabello de ángel.

-Después del incidente no va a traer más pasteles, ya verás.

-¿Usted cree? -Seguro.

Yo había montado las tertulias

para confraternizar con los intelectuales,

pero como sean todos igual que doña Rosina,

mejor que nos disparemos en un pie y acabemos con todo.

-Eso es verdad.

Pero desconvocar las tertulias, no sé.

Mis chistes daban mucho juego.

-Que sí, que gustaban, pero para eso no hace falta una tertulia,

para eso quedamos en la pensión y nos tomamos unos vinos.

-También. -Claro.

-Chist.

-¿Qué queréis? No tengo tiempo.

-Doña Rosina, verá, después del incidente de esta mañana,

he pensado... -No te preocupes por eso,

no voy a asistir más a tus tertulias.

-¿Eh?

¿Cómo que no va a asistir más, por qué?

-Porque no estáis a la altura de mis conversaciones.

No tenéis nivel para apreciar mi amena conversación.

-Ah, pues, ya que hemos hablado y nos ha quedado claro, nos vamos.

-No, si apreciamos su conversación,

si fuera una conversación,

pero lo suyo es un monólogo, muy señora mía.

-Si son conversaciones o monólogos da igual,

lo que está claro es que lo que hago yo es echar margaritas a los cerdos.

-¿Sí? ¿Me quiere buscar? ¡Pues me va a encontrar!

-Haya paz, hagan el favor.

Mire, doña Rosina,

a mí me da igual que nos eche margaritas o azucenas,

lo que realmente me gustaría

es que siguiera trayendo esos pasteles tan buenos.

¿Le queda alguna bandeja como los de esta mañana?

-Vamos.

-(CARRASPEA)

Lolita lo está organizando en Cabrahígo.

Me preguntaba si usted me podría ayudar a organizar

un comité en Santander.

¿En Santander?

Usted es de allí, ¿no? Conocerá a mucha gente.

Hace mucho que no vivo allí,

no tengo relación con las antiguas amistades.

Entiendo.

Lo siento, pero no sabría a quién acudir.

No se preocupe.

Parece que su relación con don Felipe va viento en popa.

Así es, cada vez pasamos más tiempo juntos.

Le ha hecho mucho bien a ese hombre.

Quién le ha visto y quién le ve.

Los dos estamos muy felices de habernos encontrado.

Le ha costado olvidar a esa muchacha brasileña,

pero lo ha conseguido y puede mirar al futuro gracias a usted.

Así lo espero.

Si me disculpa, tengo que marcharme.

Lamento no poder ayudarle con lo del comité,

pero si necesita cualquier otra cosa, no dude en decírmelo.

Gracias, doña Felicia. Le acompaño a la puerta.

De acuerdo.

Con Dios. Con Dios.

(Puerta)

Agustina, ¿es usted?

Ramón ha colgado un cuadro de los que le compró a usted.

-Eso es que le gusta. -Muchísimo.

-¿Y a usted?

-¿A mí?

-Sí, es su esposo, vive con él, ve el cuadro, ¿le gusta?

-He de reconocerle que no lo entiendo, pero me parece muy bonito.

-No ha de entenderlo. -¿Ah, no?

-No, ha de sentirlo.

Es un cuadro expresionista,

se supone que al mirarlo, expresa sensaciones.

-Vaya, pues pensaré en ello cuando lo mire.

Por ahí viene doña Felicia.

-Buenas. -Buenas. ¿Me esperaban?

-Doña Maite sí, yo la acompañaba hasta que viniese usted.

-Le dije que no pasaba nada por estar un rato sola,

pero ella insistió amablemente.

-¿En qué puedo ayudarla? -Quiero hablar de su hija.

-Será mejor que las deje a solas. -No, Carmen, quédese.

¿Ha ocurrido algo?

-Camino no sabe que estoy aquí, así que, agradecería discreción.

-¿Ha hecho algo que le haya molestado?

-No, en absoluto, los tiros no van por ahí.

-La escucho.

-Su hija tiene mucho talento, más del que yo imaginaba.

-¿Y?

-Tiene ganas de aprender e interés por el arte,

y eso no es lo habitual en una muchacha tan joven.

-¿Adónde quiere llegar?

-Debería usted enviarla a la universidad.

-A la universidad.

Eso es cosa de hombres.

-Eso no es cierto. Hace años que aceptan a mujeres.

Si fuese usted,

me plantearía intentar el acceso a la Real Academia de Bellas Artes.

-A Dios gracias que no lo es.

Mi hija recibe las clases que ha de recibir,

las suyas.

Y así está bien.

-Yo solo estaré unos meses, ¿qué hará después?

-Supongo que aguantarse.

Dejará las clases y aquí paz y después gloria.

-Eso sería una pérdida terrible.

Camino tiene talento natural,...

y se lo digo yo, que solo le he dado unas clases.

Imagínese lo que podría aprender en una institución especializada.

-No me lo voy a imaginar porque no va a ocurrir nunca.

Sé que mi hija tiene talento para el arte,

cosa que me agrada,

porque la música y la pintura

son complementos muy buenos en educación,

pero ya está, hasta ahí.

-¿Complementos? -Eso he dicho, complementos.

-¿Va a interrumpir la carrera artística de su hija?

-No ha empezado ninguna carrera artística.

-Camino tiene futuro. -Sí.

Su futuro es estar en el restaurante

hasta encontrar a un hombre con el que casarse.

Es incompatible.

-Puede hacer las dos cosas, todo eso y estudiar, muchas mujeres lo hacen.

-Mujeres que buscan su felicidad en lugares que no corresponden.

Mi hija no será una de ellas.

-Estudiar no es malo.

-No, simplemente, es inútil para una señorita de bien.

-¿Usted opina lo mismo, doña Carmen?

-Yo pienso que la educación de un hijo es un tema complejo.

-Y es algo que solo atañe a los padres, en este caso, a mí.

Le agradezco la preocupación por mi hija,

pero su futuro ya está decidido,

Camino seguirá en el restaurante hasta que se case con un hombre.

Y esa es mi última palabra.

(Puerta)

¿Agustina?

Tenga cuidado, no se vaya a morder.

En vez de sangre, le corre bilis por las venas.

¿Quién se cree que es usted, don Felipe...

para darme clases de moralidad?

Usted, que engañó y humilló a su esposa

encamándose con todas las criadas que se le pusieran a tiro.

Usted, que no se detuvo hasta que doña Celia perdió...

¡Ni se le ocurra pronunciar su nombre!

Está bien,...

pero enunciaré otros.

Después, se encapricho de Marcia,

y ahora de doña Genoveva. Perdone, don Felipe,

pero su fidelidad y su palabra no tienen ningún valor.

Pégueme.

Golpéeme.

Eso es lo único que sabe hacer usted con las mujeres,

maltratarlas.

No seré yo quién me manché las manos.

La justicia se ocupará de usted.

Pero le digo una cosa,

¡si intenta algo contra doña Genoveva,

le llevaré al verdugo!

Parece usted muy seguro de lograrlo.

Lo estoy, Úrsula, lo estoy.

Sé que tarde o temprano dará un paso en falso,

y yo estará aquí para perseguirla.

¡Maldito adúltero,

no podrás conmigo!

Nadie, nadie podrá conmigo.

Nadie va a poder con Úrsula Dicenta.

Nadie nunca ha podido,...

ni siquiera la maldita doña Cayetana.

"Úrsula".

¿Quién me ha llamado?

"Úrsula". ¿Quién ha dicho mi nombre?

¿Es usted?

¿Ha vuelto?

Doña Cayetana.

Sabía que era usted eterna.

Sabía que no había muerto en aquel incendio.

El fuego se combate con fuego.

Estaba convencida de que volvería,

que no iba a dejarme sola.

¡Doña Cayetana, doña Cayetana!

Tranquila, Úrsula,...

tranquila.

Nadie te hará daño.

Nadie.

¿Ya marcha, padre? Sí. A hacer la función,

no quiero llegar tarde. ¿Qué te pasa?

Nada.

Tu cara dice que todo.

Es que, por un lado, estoy nerviosa por mi debut,

me gustaría que madre me ayudara a ensayar,

y por otro lado, Emilio está enfadado conmigo.

A lo primero, te diré que no has de estar nerviosa,

lo harás estupendamente, porque tienes talento a raudales.

¿Y a lo segundo?

Qué pareja no regaña a veces, ¿eh?

-Qué bien encontraros aquí. Oye,...

te imaginaba camino del teatro. -Esa era mi intención.

Otra, ¿y a ti qué te pasa?

-Que estoy molida. Creo que he caminado durante horas.

¿Y eso por qué?

Margarita sigue deprimida

y me la he llevado de café en café para entretenerla.

-Señora, menos mal que no ha marchado.

Han traído esta nota para usted.

Es del director de la obra

y propietario del teatro, qué extraño.

Anda, se ha cancelado la función de esta noche.

-¿Y explica el motivo?

-(NIEGA) Pero nos convocan a todo el elenco a una reunión urgente.

¿Qué habrá pasado?

-Será una tontá, no te preocupes.

Ya sabes cómo son los directores, unos intensos y unos exageraos.

-¿Tú crees?

-Estoy segura.

¿Qué haces aquí?

-Fabiana ha salido

y me ha pedido que me encargue de la recepción.

¿Y tú? ¿Ya has terminado por hoy?

¿Cómo estás, Santiago?

¿Te duelen las heridas? -No.

Solo son unos rasguños. -No lo parecían.

-Las heridas en la cara sangran mucho, pero luego cicatrizan rápido.

No has de preocuparte por nada. -Me preocupo.

-La pelea fue algo fortuito, no volverá a repetirse.

-¿Estás seguro de eso? -Segurísimo.

-¿Y cómo lo sé?

-Porque te doy mi palabra.

Marcia,

te prometí que iba a centrarme en trabajar

y conseguir el dinero necesario para asegurar un futuro para los dos.

-Lo prometiste, sí. -Y eso es lo que voy a hacer.

Anda,

ve a descansar, yo me ocupo de la recepción.

-Pero ¿te encuentras con fuerzas?

-Santiago, ¿está usted solo?

-No veo a nadie más.

-Me alegro, porque venía a hablar con usted.

-¿Qué puedo hacer por usted, Cesáreo?

-He oído que tuvo usted una pelea.

-Bueno, me crucé unas palabras con un mozo del mercado de San Román,

nada de enjundia.

-Parece que fueron más que unas palabras,

pero eso no me preocupa.

-¿Qué le preocupa, entonces?

-Si de verdad fueron con un mozo del mercado de San Román.

-¿Cree que miento?

-Le vi con Bonifacio el Guantes.

-¿Y?

-Es un mal bicho.

Manténgase alejado de él y, sobre todo, de sus partidas.

-¿Qué insinúa?

-Yo no insinúo nada,

solo le doy un consejo, de amigo a amigo.

Ese tal Bonifacio y sus amigos pueden ser muy peligrosos.

-¿Y a mí qué más me da?

-No era mi intención ofenderle.

-¿Quién se cree que es usted para meterse en mi vida?

-Si le hablo así, es porque me preocupo por usted

y por Marcia.

-Pues no se preocupe tanto, ni de uno ni de otro.

Mi esposa es asunto mío.

-Le he preguntado si estaba solo antes de abordarle el asunto,

de hecho, no le he dicho a nadie que le vi con Bonifacio,

pero si viene con esas, ¡quizá lo haga!

-¿Me está amenazando? ¡¿Es eso?!

-¿Qué está pasando aquí?

Vengo de la reunión del teatro,

que el nuevo protagonista, el nuevo don Álvaro voy a ser yo.

¿Te conté que eché de menos un retrato?

¿Ha entrado alguien?

No sé. Estoy nerviosa. Quizá Agustina lo cambió de sitio.

¿Qué hacen por la calle tan temprano?

-Ay, yo es que vengo del mercao.

-¿Sin capazo?

¿Qué hace vestido de domingo?

-He pensado en Cuba.

Allí hay grandes plantaciones de azúcar.

Conozco el trabajo y sé cómo funcionan este tipo de ingenios.

-Cuba está muy lejos.

-Tengo un viejo amigo en Pinar del Río,

él nos ayudaría a instalarnos.

Y tengo experiencia como capataz, ya lo sabes.

-Esto son asuntos de hombres. -De eso nada.

Los asuntos de la actualidad son tanto de hombres como de mujeres.

¿Y si tomamos un té moruno?

Mire, lo he comprado de camino, yo se lo preparo.

No habrá subido buscando a alguien, ¿no?

-No, ¿yo, a quién? -Ah, pues no sé.

Usted sabrá de quién no se separa ni a sol ni sombra.

-Mi madre no desea mi mal,

me quiere con locura y solo quiere protegerme.

-Con la excusa del cariño, te pone ataduras

para que seas tan ingenua como ella.

Si no te las quitas, lo logrará.

No sé si te quieres casar conmigo de verdad o...

quieres que ceda a tus pretensiones amorosas.

Si no estás segura,

tendrás que pensar si queremos seguir juntos o no.

Quería preguntarle

si había cambiado de sitio un marco con un retrato.

No, señora.

Aquí somos todas mujeres y somos iguales.

Si me invitáis al altillo,

yo voy y os cuento historias de París.

-Yo me apunto.

Lleva rondando toda la mañana. Lo voy a tener que denunciar.

-Seguro que busca a alguien, a un deudor.

-¿Sabe usted quién es?

-Me temo que sí, pero no podría afirmarlo.

¿Qué quieres? Espero que sea importante.

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Acacias 38 - Capítulo 1146

25 nov 2019

Santiago no da importancia a sus heridas, asegura que se ha peleado por un asunto de trabajo. Pero Marcia no termina de creerle... Y Cesáreo, que sabe de sus tratos con el tahúr, menos.
Camino y Maite se retiran antes de que sus labios se toquen. La maestra pide a Felicia que permita a Camino ir a la Universidad, pero ¿lo hace por Camino o por tenerla lejos?
Nuevo desencuentro entre Cinta y Emilio cuando ella no acude a una cita. Y Jose queda intranquilo tras recibir una nota urgente del teatro ¿qué habrá pasado?
Los criados abandonan el salón de Servando por culpa de Rosina, que aburrida decide dejar de acudir a las citas. Servando, escarmentado, cierra las tertulias.
Felipe plantea a Liberto sus dudas de si Genoveva es la indicada para hacer planes de futuro.
Úrsula continúa desaparecida del barrio, o no tanto... La criada se cuela en casa de Genoveva y roba una foto ¿con qué intención?

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