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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1145 - ver ahora
Transcripción completa

Es todo una maniobra de Úrsula, es ella quien lo ha traído.

Desde que asesinó a Samuel, Cristóbal no ha vuelto por aquí.

Sabe que el comisario le detendría en cuanto le pusiera un ojo encima.

Sé cómo deshacernos de él, de Úrsula, de todo el embrollo.

¿Tú crees que yéndote lejos de Acacias olvidarías a don Felipe?

-No sé, pero al menos no le vería, ni hablaría con él,

y eso me ayudaría.

Nunca creí que se pondría de mi lado con tanta pasión y firmeza.

-Bella del Campo no deja una amiga en el reguero.

Creo que me sirvió mucho hablar con usted de...

lo de Valdeza. -Me alegro

y, como ya te dije, hay que seguir adelante.

No podemos dejar que estas desgracias nos hundan.

-"Le llaman el Bonifacio. -El Guantes".

Claro, Bonifacio el Guantes, de eso me sonaba.

Se relaciona con hampones y gente del bronce.

Lo siento, perdóname.

¿Vamos a seguir con esta conversación?

Bueno,... no sé, lo que tú quieras.

Me están esperando en casa.

Para mí es un placer inaugurar este salón de intelectualidad Servandié

donde se tratarán cosas de lo divino y humano,

y lo que está en medio, también.

Lo que Cinta espera, como debe ser, es una declaración protocolaria,

con su invitación a cenar y en los postres, ofrecimiento del anillo

en posición genuflexa. -Eso quiere decir de rodillas.

¿Bonifacio el Guantes? -Sí.

-Quiero hablar con usted.

-Preferiría que no cuentes nuestras conversaciones.

Entiendo que quieras compartir con tu gente lo que hablamos, pero...

obvia mis opiniones sobre política y la situación de la mujer.

-Ha hablado con mi madre. -Tú háblale solo de arte.

No quisiera perderte como alumna,

y menos como amiga.

No dejes sola a tu hermana con las clases.

Nunca la había visto tan centrada, es su vocación,

así que no dejes que tu madre la fastidie.

Aparta.

¿Qué estás tramando, me tomas por imbécil?

Te mataré.

Si has preparado algo, te mataré. Felipe, ¡ahora!

Cesáreo,... ¿se ha enterado usted?

Han trincado un malaje en casa de doña Genoveva.

-Eso me han dicho.

-¿Y a quién le ha tocado el gordo? -No han dicho el nombre.

-Las fuerzas del orden, siempre con su secretismo.

-Sí, pero debe ser alguien muy peligroso,

han necesitado varios guardias para detenerlo.

-A ver si nos enteramos de la identidad del susodicho.

Hasta más ver. -Espere, espere.

-Debe ser muy solitario hacer la ronda.

-Sí, un poco.

Las calles parecen otras desde que Úrsula se marchó, ¿verdad?

-No me fijo yo mucho en si hay un cuervo más o una urraca menos.

-Pero a su sirvienta le habrá afectado,

eran compañeras en el altillo.

-No creo que nuestra Arantxa tenga mucho que ver con esa mujer.

Pero influirá, ¿cómo no va a influir?

Ya veo que no se le escapa nada de lo que acontece.

(RÍE)

Me piro, que en el teatro no esperan.

-Con Dios. -Con Dios.

-Hola.

-¿Qué, se ha pensado lo de la verbena?

-He estao muy atareada.

-Ya, hace días que no la veía por aquí.

-Porque he estao muy atareada,

y bueno, y pensando en la verbena también.

-Me admira su entrega al trabajo. -Muchas gracias.

-Y también admiro

su porte y su gracia.

-Cállese, que me va a perturbar, Cesáreo.

-Ya me gustaría a mí. -No, pues lo consigue, créame.

Y eso yo solo se lo he permitido a algún que otro vasco, no crea,

lo que pasa es que tiene una planta,

que parece vasco, diría yo.

De Vizcaya, digo, de Vizcaya.

-¿No le importa que insista con lo de la verbena?

-Hombre, viendo esta insistencia, me va a costar mucho decirle que no.

-(RÍE)

-Pero ¿qué descaro es este, oiga? ¡Qué atrevimiento!

¿Qué se ha pensao, que soy una frescales o qué?

Lo que tengo que ver, de verdad.

-Qué dulzura. Parece una panchineta.

¡Puf!

Esperaba a otro, ¿verdad?

No esperaba a nadie.

Ni siquiera sé por qué estoy aquí.

No va a venir, Úrsula.

Está detenido.

No sé de qué me habla, don Felipe,

yo solo paseaba por las calles, de las que fui expulsada.

Se le acusa del asesinato de Samuel Alday.

He acudido al primer interrogatorio

que el comisario Méndez le ha practicado.

He de marcharme. Eh, eh, eh, eh.

Parecía un tipo duro,

pero se ha derrumbado en cuanto el comisario

le ha apretado las clavijas.

No ha tardado en cantar que usted le hizo venir

para acabar con doña Genoveva.

¿Ha perdido usted el oremus?

Sea lo que sea lo que le hayan dicho, no son más que calumnias.

Todo el mundo hace leña del árbol caído.

¡Basta de embustes!

Es usted una loca peligrosa,

pero Cristóbal nos lo contará todo sobre usted.

No voy a parar...

hasta verla entre rejas.

¡De por vida!

(Sintonía de "Acacias 38")

Escúcheme bien:

no pararé hasta librar al mundo de su ponzoñosa presencia.

Cuide sus palabras.

¿Qué me está diciendo?

¿De qué supuestas barbaridades se me acusa?

Mi único delito ha sido ser fiel a mis señores.

¿Fiel? Ahora va a resultar ser una sirviente modelo.

Es lo que siempre he pretendido.

Primero, con doña Cayetana,

después con el padre Telmo y ahora, con doña Genoveva.

No creo que sus señores opinaran lo mismo.

Son ellos los que me han dejado y traicionado,

yo solo quería protegerlos, cuidarlos, pero no se dejaron.

No me creo nada de lo que está diciendo.

Son unos desagradecidos que solo me pagaron con desaires

y mentiras, la primera, doña Genoveva.

¡Basta de mentiras!

No se haga la víctima conmigo,

¡sé con qué clase de mujer estoy hablando!

Usted llegó a Acacias....

a las órdenes de doña Cayetana para hacerle la vida imposible

a Germán y a Manuela. Usted lo ha dicho:

a las órdenes de doña Cayetana. Yo no tuve nada que ver.

(RÍE)

¿Tampoco tuvo responsabilidad con la familia Alday?

Diego y Blanca se marcharon porque no la soportaban,

incluso su hija la repudió.

No nombre a mi hija,...

usted no sabe nada.

Sí, sí que lo sé, lo sé perfectamente.

Sé que nadie con corazón puede estar a su lado.

Si no, mire Telmo: se marchó con su hijo, lejos,

apartándose de usted.

Después le hizo creer a la pobre Agustina que estaba enferma,

empujándola a que tratara de quitarse la vida.

Y luego ha traído a Cristóbal para acabar con doña Genoveva.

No tienen pruebas, solo el testimonio de esos canallas.

¿"Canallas", dice?

Con su maldad no le llega ni a la suela de su zapato.

Tenga cuidado no se vaya a morder.

En vez de sangre, le corre bilis por las venas.

¿Quién se cree que es usted, don Felipe,

para darme clases de moralidad?

Usted,...

que engañó y humilló a su esposa

encamándose con todas las criadas que se pusieron a tiro.

Usted, que no se detuvo hasta que doña Celia

perdió completamente la razón... ¡Ni se le ocurra

pronunciar su nombre! Está bien,...

pronunciaré otros.

Después, se encaprichó de Marcia,

y ahora de doña Genoveva. Perdone, don Felipe,

pero su fidelidad y palabra

no tienen ningún valor.

Pégueme.

Golpéeme.

Eso es lo único que sabe hacer usted con las mujeres:

maltratarlas.

No.

No seré yo quien me manche las manos.

La justicia se ocupará de usted, pero le digo una cosa:

si intenta algo contra doña Genoveva,

¡le llevaré al verdugo!

Parece usted muy seguro de lograrlo.

Lo estoy, Úrsula, lo estoy.

Sé que tarde o temprano dará un paso en falso,

y yo estaré aquí para perseguirla.

Eso habrá que verlo.

(EXHALA)

Hoy te has levantado con mucho apetito, José.

-El éxito de las tablas me lo abre.

-No sé, algo me dice a mí que el fracaso

tampoco se lo hubiera quitao. -(RÍEN)

-No me dijiste qué te pareció mi actuación.

-Estuviste fantástico,

y sí que te lo dije, nada más terminar la función.

-Lo sé, pero no me canso de escucharlo.

-Lo que no me gusta mucho de esa obra es el argumento.

Eso de que tratara de amores fatales me da muy mal fario.

Es como mentar la soga en casa del ahorcado.

-Amor mío,... ¿acaso dudas de mí?

Yo no tengo ojos para otra mujer.

-Y así debe seguir siendo, si quieres conservarlos.

Pero no, es por la pobre Margarita.

-Estaba visto y demostrado que don Alfonso era un canalla.

No me sorprende que haya traicionado a su mujer como cuenta,

lo que me sorprende es que tengas que hacerte cargo de ella,

y consolarla como si fuera tu hermana.

-No dejo de sentirme culpable viendo que nos va tan bien

y pa ella todo son desdichas.

-Pero ella también tiene gran parte de culpa en esa desdicha.

Yo no comprendo por qué le guarda tantos miramientos, señora.

-Ya deberías comprenderlo, que te lo he explicado mil veces.

Y ya está, no hablemos más de ese tema,

que hay... cuitas de mayor interés.

Dinos, Arantxa,

ya que tienes tantas ganas de hablar,

¿has cerrado ya tu cita... con el sereno?

-¿Cómo, Arantxa?

¿Acaso estás en conversaciones con el bueno de Cesáreo?

-No es tan bueno como se esperaba, que ha resultado ser un fresco.

-Me sorprende eso que dices,

lo tengo por un hombre serio y formal.

-Ni una cosa ni la otra,

y ya, por favor.

-¿Se sabe qué pasó en casa de doña Genoveva?

¿A quién se llevó preso la policía? -No sé qué decirle,

porque la única que lo sabría es Agustina,

pero está tan afectada, que no se ha enterao de nada.

-Qué revuelto que está todo, que no ganamos para sobresaltos.

-Mirando la sonrisa de Cinta, no parece que todo sean malas noticias.

No se equivoca, tengo muy buenos motivos para sonreír.

Pues no te los guardes para ti sola.

Ayer, el dueño del café se quedó tan encantado

con mi prueba que opinó que su local se me quedaba pequeño.

-¿Y tú estás así de encantada porque te has quedao sin café?

Que no, que lo que me hace tan feliz

es que está dispuesto a buscarme un teatro para mi espectáculo.

Si mis padres están de acuerdo. Como para no estarlo.

Qué menos que un teatro para albergar tantísimo arte.

-¡Ay, mi niña, que va a debutar a lo grande!

Mi chica, madre.

(RÍEN)

-Señá Fabiana, me ha contao mi primo

que ha visto cómo sacaban del principal a un hombre esposao.

-Y no te engañaba.

-Al parecer, don Felipe también está metío en el ajo.

¿Le ha contao algo Agustina?

-Por lo poco que me ha dicho, se trata de cuita de mucha enjundia.

Don Felipe le ha contao que hoy saldrá en todos los diarios.

-A lo mejor el detenío es un ladrón internacional de guante blanco.

-Yo no sé quién será,

pero sí te puedo asegurar

que no tardará mucho el periódico en hablar de mis tertulias.

Fíjate, hasta puede que le quitemos la primera plana a la detención esa.

Fíjate qué te digo, Casilda.

-Va a salir es en las esquelas como siga molestando a mi señora,

que está que se sube por las paredes con Servando.

-¿Se puede saber por qué doña Rosina está tan enfadá con Servando?

-Porque ha tenido la maravillosa ocurrencia de prohibirle

asistir a sus tertulias. -¿Yo?

-¿Y por qué? ¿Ha perdido el oremus?

Vamos, negarle el paso a toda una señora.

-Nunca he estao tan cuerdo,

que si ella es señora, yo soy empresario,

y que no le he negao el paso, sino que no la he invitao.

-Ah, hombre, entonces ya me quedo muchísimo más tranquila,

dónde va a parar.

Así que no le ha prohibido el paso, ¿no?

Le ha dicho que no puede entrar.

-Así es, claro, es que ella ni es música,

ni escritora ni intelectual, así que...

-Y mi prima y yo tampoco, y nos ha invitao.

-Pues lo mismo con Jacinto, y usted, Servando,

que ni es ni pintor, ni es escritor ni na de na.

-Usted deme tiempo, porque no me he puesto a ello,

que si no, la iba a dejar pasmá.

-Ya me deja pasmá todos los días con sus tontás.

Déjese de zarandajas.

Si quiere organizar sus tertulias en la pensión,

cuente con Rosina, que yo no quiero líos con los señores.

-Vamos a... -¡Y punto pelota!

-Parece que Felipe se está retrasando un poco.

-¿Por qué nos habrá convocado?

-Es de suponer que quiera darnos explicaciones de lo que ocurrió

en el principal.

-Yo pensaba que tras la marcha tan abrupta de Úrsula

viviríamos unos días tranquilos, pero me equivocaba.

-Ay, Liberto,

la tranquilidad en Acacias brilla por su ausencia.

Deberías haberte dado cuenta.

-Muy buenas. -Buenas.

-Menos mal, temía llegar tarde. -Pues ya ve que no.

Siéntese con nosotros. -Gracias.

-Doña Rosina, no me ha vuelto a hablar sobre su tertulia,

¿acaso ha decidido no organizarla? -Don Ramón,

quizá ese no sea un tema para conversar ahora.

-¿Por qué no?

Que todos se enteren del feo que me ha hecho Servando.

-¿Han visto la primera página de los periódicos?

-En todos hablan de la detención de ayer, supongo.

-Se trata de un delincuente muy peligroso: Cristóbal Cabrera.

-Entre sus muchos delitos se le acusa del asesinato de Samuel Alday.

-No entiendo qué hacía este hombre en casa de Genoveva.

-En un santiamén le van a responder a la pregunta, doña Rosina.

Buenas. -Buenas.

-Buenas. Buenas.

-Felipe, estábamos todos leyendo la noticia.

-¿Participaron ustedes en la detención de ese canalla?

Así es. Eso queríamos explicarles.

Fueron momentos de mucha tensión.

¿Y apareció por sorpresa en el principal o se le esperaba?

Le esperábamos, fue una operación coordinada con Méndez.

Supimos que Cristóbal estaba en la ciudad

y le organizamos una trampa. Le cité en mi casa.

-Eso sí que son redaños. A las buenas.

-Buenas. Pero ¿usted corrió peligro?

Sentí miedo, aunque sabía que la policía y Felipe

estaban muy cerca.

Tuvo que estar mucho rato con el mafioso, que sin duda iba armado.

Fue muy valiente.

-Y que lo diga, yo no me hubiera atrevido.

Hice lo que debía.

-Así que, por fin se le ha hecho justicia a Samuel Alday.

Ese era mi máximo deseo.

Y ahora, debo pedirles disculpas.

-¿Por qué, Genoveva?

Tras la muerte de Samuel, les culpé a ustedes de lo sucedido,

y aunque me avergüence, les odié con toda mi alma.

-No se apure, era de entender.

Poco después, me di cuenta de que estaba confundida,

que el único responsable era otro.

-Cristóbal Cabrera.

Así es.

Llegó a la vida de Samuel a través de mí misma.

-No se culpe, Genoveva,

que en momentos de máximo dolor, es lógico buscar culpables.

Lo importante es que Cristóbal pagará por la muerte de Samuel.

Arantxa, ¿queda alguna rosquilla de esas tan ricas?

-Si sigue comiendo entre horas,

no va a tener hambre para el almuerzo.

-Chiquilla, no comer por haber comido no tiene delito.

-Lo digo porque como le voy a preparar el marmitako

que tanto le gusta... -Ah...

Eso son palabras mayores.

-(RÍE)

-No creo que una mísera rosquilla me quite el hambre.

(RÍEN)

Estoy más que satisfecho, Arantxa.

Me hace una ilusión tremenda pensar que mi niña y yo

actuaremos en dos teatros al mismo tiempo.

-Es la familia Domínguez, que son tos unos artistas

de tomo y lomo, me cachis en la mar.

(Llaman a la puerta)

-¿Esperas a alguien? -Qué va.

Será alguna criada que viene a pedirme algo.

Pase, pase, que está mi señor.

-Cesáreo, ¿sucede algo?

-Nada, don José, venía a informarles de que...

el hombre detenido era el asesino del señor Alday.

Los señores están reunidos en la terraza,

con don Felipe y doña Genoveva. Les están poniendo al día.

-Comprendo.

Y para que encajemos mejor la noticia,

has pensado traernos unas flores.

Es un detalle.

En fin,...

voy al restaurante, a ver qué me cuentan.

-Con Dios. -Con Dios.

-(CARRASPEA)

Las flores eran para usted, Arantxa.

-Suponía que no iban a ser para mi señor,

pero se las podría haber ahorrao, porque suyo no quiero yo nada.

-¿Ni siquiera para pedirle perdón?

Le ruego me perdone por haberle cogido la mano.

No pude evitarlo, me hacía tanta ilusión ir con usted a la verbena...

Es usted la mujer más garbosa y resalada de todo Acacias.

¿Podrá perdonarme?

-Bueno, pues...

en ese caso, igual sí, aunque sea solo para que no se marchiten

esas flores.

-Entonces, ¿irá conmigo a la verbena?

-Hombre,... no me disgustaría,...

pero... es que no sé si debo, Cesáreo.

-¿Y por qué no?

-Porque me da un poco de miedo que se vuelva a sobrepasar conmigo.

-Descuide, le juro que me comportaré como un caballero.

-Bueno,... en ese caso, quizá le dé una oportunidad.

Pero ojito, ¿eh?

"Kontuz", ¿eh? No haga que me arrepienta.

-No, no, le aseguro que no volverá a ocurrir.

Se lo juro.

"Kontuz".

-¿Qué más dicen los papeles de la detención del tal Cristóbal?

-Arrea, Marcelina, poco más puedo contarte,

que aquí solo vienen palabros de esos que no entiendo.

-En tal caso, déjele el periódico a mi Jacinto, que es más instruido.

-No, yo entiendo de ovejas, pero de lo que escriben los entendidos...

Gastan palabras muy complicás.

-Casilda, ven aquí, ven aquí.

Preguntémosle a ella, que seguro sabe algo más.

-Prima, ¿qué se sabe más del canalla ese de Cristóbal?

-Ah, no se habla de otra cosa en el mercao.

Al parecer, doña Genoveva y don Felipe

estaban conjuntaos con los guardias.

-Espero que el pescado que te han vendío en el mercao sea más fresco

que esa noticia, que eso ya lo sabíamos,

que me lo confirmó don Felipe.

-Qué valiente ha sido doña Genoveva al enfrentarse a ese hombre.

-Pa chasco que sí.

Al parecer, el tal Cristóbal es de esos que van armaos

y más malos que el tifus.

-Uh...

-Cesáreo, ¿qué?

Aquí estábamos dándole a la sinhueso.

Comentábamos lo que ha ocurrío en el principal.

-Estoy al tanto.

-Al tanto... y feliz, ¿eh?

¿A qué viene esa sonrisa de tonto? -A nada, simplemente

que me alegra saber que un criminal está entre rejas.

-Buenos días. -Buenos días.

-Marcia, Santiago, ¿se han enterao que don Felipe y doña Genoveva

han ayudao a detener a un asesino?

-Sí, algo había oído.

-Don Felipe ya había demostrao que tenía redaños

cuando rescató a Marcia,

pero ahora se ha comportao de la misma forma con Genoveva.

-Y...

Bueno, Santiago,

¿qué hace usted entoavía en la pensión a estas horas?

¿Hoy no tiene faena en el almacén? -Hoy no he tenido que ir,

no hay mucho trabajo estos días. Pero es algo temporal,

seguro que pronto habrá más faena.

-Seguro que sí, las cosas cambiarán a mejor.

-Santiago, ¿puedo hablar con usted un momento?

-Claro. -Venga.

Ayer le vi hablando con ese tahúr,

y ya sé que no soy nadie para dar consejos, pero...

tenga cuidado, no son buenas compañías.

-Le agradezco el interés, pero pierda cuidado.

Le pregunté si conocía algún almacén donde pedir trabajo.

Ya sabes lo que dicen: hay que tener amigos hasta en el infierno.

-(SONRÍE)

-Al parecer, doña Genoveva se citó a solas

con ese canalla en su casa.

-¿Y don Felipe y la policía?

-Escondidos, mientras ella trataba de arrebatarle el arma.

¿Has visto qué coraje?

-Doña Genoveva no es la única con agallas en este barrio,

que yo me enfrenté a aquel ladrón pelirrojo.

-Cierto, contigo tampoco hay quien se meta.

-Por cierto,

¿qué tal van las cosas con Cinta? ¿Mejoran un poco?

Ya veo que no. -Entre tú y yo,

Camino,

a veces no entiendo a mi novia: tan pronto me regaña como me da un beso.

Con ella nunca sé a qué atenerme. -Ten paciencia.

Y, por favor, intenta no meter la pata,

que nos conocemos.

Cinta besa el suelo que pisas, y eso es lo único que importa.

-¿Y ese paquete?

-Me lo acaba de entregar un mozo en la terraza.

-¿Quién se lo envía?

-Es extraño, no me ha dado explicaciones.

Y tampoco tiene remitente.

-Qué raro. ¿Está segura que es para usted?

-Sí, eso me ha asegurado.

No sé. ¿Qué contendrá?

-Solo hay un modo de saberlo, madre, ábralo.

-Ayúdame, hijo.

¿Qué es esto?

-Es un retrato suyo.

-Sí, eso ya lo veo, pero...

¿quién me lo ha podido enviar?

Camino, hija, ¿lo has pintado tú?

-¿Le gusta?

-¿Cómo no me va a gustar? Es maravilloso.

Nunca pensé que mi hija pudiera hacer algo tan bello.

-¿Lo has hecho en el estudio?

-Con la ayuda de Maite.

-Al final va a ser verdad que eres una artista.

-Nunca me habían hecho un regalo tan bonito.

-Madre, si con dos semanas de clase ha sido capaz de pintar esto,

¿qué hará cuando lleve más tiempo?

He sabido por Ramón que doña Genoveva tuvo la suficiente

sangre fría como para quitarle el arma al mafioso.

-Sí, estaba al tanto.

De no ser así, hubiera sido muy complicado detenerle.

-Es una mujer muy valiente,

y mire que yo estuve a su servicio y sabía que tenía arrestos,

pero no imaginé que fuesen tantos. -Ya.

Ay, Carmen, estamos pasando una racha tan mala en Acacias, ¿verdad?

-Sí. -Primero, descubrimos

lo que le hizo Úrsula a Agustina, y ahora aparece este criminal,

con varias muertes a sus espaldas.

-Rosina, no se apure, que su maligna carrera ya ha terminado.

Al fin va a pagar por el asesinato de don Samuel Alday.

-Ay, Dios mío.

-Con permiso, doña Rosina, Carmen.

-Buenas, Servando.

Rosina, yo marcho ya. A más ver.

-Con Dios, querida.

-Perdone que la moleste. Me ha abierto la puerta Casilda.

-Hay visitas que es mejor no dejar entrar.

¿Qué quieres? -Poca cosa, que...

venía a invitarla a una tertulia que...

he organizao esta tarde.

-Uy, ¿y ese cambio de parecer?

No decías que yo no era artista ni nada.

-Fue un malentendido. Yo no quise decir eso,

sino que usted no se dedica profesionalmente a la escritura

ni a la música. -Ya, ya.

Pues en este rato no he aprendido a componer ni a escribir un libro,

así que por esa regla de tres, sigo sin poder asistir.

-No, se equivoca, doña Rosina, sus conocimientos sobre estos temas

son enormes y...

su opinión daría brillo en la reunión.

-Pues... Servando, me voy a pensar tranquilamente si asisto o no.

Si no estoy rodeada de intelectuales a mi altura

no sé si es lugar para mí.

-Muy bien, doña Rosina. Gracias.

-Lo mejor que puede hacer es pagarme y asegurar mi silencio.

No voy a hacerlo.

A partir de ahora, tendrás que subsistir con tus propios medios.

Y no me molestes más.

¿Y si no lo hago?

Yo misma acabaré contigo.

Sabes que soy muy capaz.

No me pongas a prueba.

(Pasos)

-Buenos días. -Buenos días.

¿Cómo has vuelto tan pronto?

-Lolita me ha dado un rato para ir a comer,

y pensé que te gustaría que almorzáramos juntos.

-Has tenido muy buena idea.

-También me ha pagado el jornal. Toma.

-Lo guardaré con el resto de nuestros ahorros.

¿Qué tal tu día?

-Bien. Salvo por una cosa.

Esta nota, Santiago.

Me la dio un hombre llamado Bonifacio.

Me ha detenido en medio de la calle.

Santiago, tenía un aspecto muy extraño.

¿Cómo sabía que yo era tu esposa?

¿Qué dice la nota? -Nada.

No te preocupes.

-Pues tú sí que pareces hacerlo.

-No, me ha citado para darme un trabajo.

Le pregunté que si se enteraba de algo, me lo hiciera saber.

Confía en mí.

Es verdad que las cosas están un poco complicadas en el almacén,

pero la mala racha pasará.

Nos tenemos el uno al otro.

Todo irá bien.

-Es mejor que vaya a hacer algo de comer,

que tengo que volver al laboro.

Es maravilloso, estás hecha toda una artista.

De aquí, al Museo del Prado, ya lo verás.

Exagerada.

Si no fuera por Maite, no me hubiera salido tan bien.

Anda, no seas tan modesta.

Además, aquí para artista tú.

Mírate, actuando en un teatro, como una gran estrella.

-¿En un teatro? ¿De qué estáis hablando?

A ver, aún no están todos los cabos atados, pero pinta bien.

-Más que bien, diría yo.

El dueño del Café Sóller

me buscará un teatro para mi número.

Quiere ser el promotor de mi vuelta a los escenarios.

¿Has oído?

Va a ser tan famosa como su madre.

-Qué buena noticia. ¿Por qué no me lo habías contado?

A eso venía, pero me he encontrado con Camino antes.

Camino, ¿te importa dejarnos solos un segundo?

-Claro, hermanito, ya sé que en esta situación, tres son multitud.

¿Qué, me tienes que contar alguna novedad?

No, Cinta, solo...

quería pedirte disculpas por lo mal que lo he hecho estos últimos días.

Me precipité hablando de matrimonio y lo hice todo torpemente.

(SUSPIRA)

¿He dicho algo malo?

Pues sí, claro que has dicho algo malo.

Has cambiado de idea. ¿Ya no te quieres casar conmigo?

¿Piensas que no tenemos futuro juntos?

Espera, yo no he dicho eso.

Creo. Mira, cuando te aclares,

me avisas. Pero... ¿qué he dicho?

-Lamento haber trasladado aquí la tertulia,

pero Fabiana está fumigando y no quiero que se intoxique nadie.

-Si aquí se está tan ricamente,

aunque Marcelina no va a venir, está mu atareada

y no le da la gana. -Vaya, hombre.

-Yo, mientras esto no dure mucho... -No te preocupes,

que se te va a pasar el tiempo volando.

Quería que también diéramos la bienvenida a Cesáreo,

que ha insistido en unirse a nosotros.

Ya sé que el sereno no es un alma sensible,

pero previendo que venga doña Rosina,

haremos por hoy la vista gorda.

-¿Y Arantxa sabe usted si vendrá?

-Lo dudo mucho.

Dijo que tenía mucha faena.

Ella es más lista que nosotros como para dejarse liar por Servando.

-Vamos a comenzar.

¿Qué tema tratamos hoy para solaz de nuestro espíritu e intelecto?

-Empiezo yo, que me he preparao unas chanzas desternillantes.

¿Qué le dice

un borrego blanco a uno negro?

-Muy buena pregunta, sí señor, muy buena.

-Pues prepárense. Le dice...

-Un momento. Agustina,

llega a tiempo para unirse a nosotros.

-Me van a disculpar, pero tengo que prepararle la cena a don Felipe.

-Espere, ¿estaba usted al tanto de lo que su señor

y doña Genoveva se proponían hacer para detener a ese asesino?

-Nones,

y doy gracias de que así fuera.

Habría sufrido lo que no está escrito, y bastante mal

ya lo estoy pasando estos días.

-Uy, uy. -Señora...

Si me disculpan,...

No quiero llegar tarde.

-¿Así que este es tu grupo de intelectuales, Servando?

-Sí, y ya verá qué temas

más agudos tratamos. -Y para muestra un botón:

¿Qué le dice un borrego blanco a un borrego negro?

-¡Déjate de borregadas! ¡Una tertulia no es lugar para eso!

Sentémonos.

Venga.

¿Qué me decís...

de las últimas corrientes pictóricas de moda en París?

-Pues entre poco y nada.

-Me lo imaginaba. Dejadme entonces que os ilustre.

Hoy en día,

en París, se están pintando cuadros muy...

bonitos y con muchos colores.

Pueden ser colores suaves...

-¿Y decía usted que el tiempo se me iba a pasar volando?

-...o menos suaves.

Porque si un día estás melancólico,

pintas suave.

Que un día estás más alegre,

entonces, tú pintas más fuerte.

Entonces, de ahí sale...

-Ah... -...la intensidad.

Aquí tiene lo del café, Felicia. -Gracias.

-Me tiene asombrado la pericia de su hija.

Le ha hecho a usted un gran retrato. -Gracias.

Yo también lo pienso.

-Yo no soy muy entendido en pintura,

pero me recuerda a la escuela impresionista española,

como el valenciano Joaquín Sorolla. -¿Usted cree?

-Verdaderamente, Camino tiene muy buena mano.

Con Dios. -Con Dios.

-Vengo acalorada de limpiar los hornos.

-Camino, por favor, siéntate, tenemos que hablar.

-¿Sucede algo?

-A todo el mundo le gusta el retrato que me has hecho.

Parece que las clases de pintura te están siendo de utilidad.

-No tenga duda, madre.

Estos días he aprendido más de pintura que en toda mi vida.

¿Por qué lo dice?

-No comulgo con las ideas de esa maestra.

-Lo sé, me ha quedado extremadamente claro.

-Pero no puedo permitir que desperdicies el talento

por una desavenencia.

-¿Qué trata de decirme, madre?

-Verde y con asas.

De momento voy a permitir que sigas asistiendo a esas clases.

-¿Lo dice en serio? -Aguarda antes de alegrarte.

A cambio, quiero que aprendas toda la técnica que sea posible,

pero que te dejes de zarandajas y de discursos incendiarios.

-Descuide, madre, así lo haré.

Gracias.

-Cómo no, también debemos hablar del impresionismo.

El impresionismo es un tipo de pintura que, como su nombre indica,

te impresiona. -Qué impresionante.

-¿Hay alguna manera de que deje de hablar esta mujer?

-No, Servando, puede pasarse así horas y horas.

Yo creo que don Liberto es así de fogoso, solamente

por tenerla callaíca un rato.

-También, cómo no, no podemos olvidar el cubismo.

¿Queréis que os hable del cubismo?

-¿Serviría de algo negarse? -No,

qué cosas tienes.

-Les dejo, tengo que seguir con mi ronda.

-Déjeme que le acompañe, por si surge

algún asesino armado y necesita ayuda.

-De ninguna manera.

No me perdonaría jamás que usted resultara herido.

-De verdad se lo digo, que muchas veces uno prefiere un tiro que...

otras cosas.

-Casilda, ¿te estás durmiendo? -No, ja... jamás, señora, jamás.

Me acabo de acordar que tengo mucha...

plancha. Cesáreo, ¿me espera?

Marcho con usted.

-Sí, sí. Con Dios.

-Pues parece que nos hemos quedado solos. ¡Servando!

A ver,

hablemos del cubismo.

-¡Uy! Uy, el cubismo.

El cubismo es algo

que siempre nos ha perdido, ¿verdad?

-Diga que sí.

Yo veo un cubo y es ponerme a fregar.

-Digo yo que podríamos hacer una pausa, para así,

asimilar mejor su discurso.

Y podríamos contar

unos chistes, por ejemplo, y así...

Por cierto, Jacinto, cuéntanos ese

que has empezado, el del borrego negro y blanco.

-Pues que...

No me acuerdo. Me he quedado en blanco.

-Pues razón de más para que prosiga.

Como os decía,

el cubismo es una sucesión de cubos.

(Se abre una puerta)

Te estaba esperando inquieta.

Si llego a saber de este recibimiento,

hubiera venido antes. ¿Cómo te ha ido en comisaría?

Bien, bien.

El comisario Méndez está tomando declaración a Cristóbal.

Tiene pruebas suficientes contra él.

Podemos estar satisfechos.

Lo estoy. No puedo ser más dichosa, Felipe.

Al fin han apresado al asesino de Samuel

y Úrsula ha desaparecido de nuestras vidas.

Ojalá te hubiese hecho caso antes y la hubiese echado

hace mucho tiempo,...

pero no podía evitar sentir compasión por ella.

No deberías ser tan bondadosa.

Aun así, nunca sientas lástima por ella.

Anoche estuve cara a cara con Úrsula,

vi el demonio en sus ojos, es una mujer muy peligrosa.

Eso ya nos lo ha demostrado sobradamente.

¿Volverá a intentar algo contra nosotros?

No si es inteligente.

Le advertí que no se acercara a ti

si no quería pagarlo con creces.

Has vuelto a protegerme otra vez.

Gracias a ti, mis dificultades se están solucionando de golpe.

No. Yo solo te he ayudado,...

eres tú la que con tu valentía te has defendido.

Pocas se hubieran atrevido a quedarse a solas con Cristóbal.

Tu valor es admirable. No creas.

Por dentro temblaba, asustada.

He de confesarte que... no eres la única que ha pasado miedo.

Cuando estabas aquí con ese hombre,

coqueteando con él para retenerle,

despertaron mis celos.

(SONRÍE)

No.

Nunca sientas celos de otro hombre,

mi alma y mi cuerpo solo tienen un dueño: tú.

¿Y tú? ¿Puedes asegurarme lo mismo?

¿Siempre me amarás?

Te voy a ser sincero:

durante muchos años viví atormentado por la muerte de Celia.

Fue Marcia la que me ayudó a salir del bache en el que estaba...,

pero eso forma parte del pasado,...

mi futuro es a tu lado.

Te amo.

No quiero engaños ni mentiras entre nosotros.

Dejamos atrás los fantasmas del pasado.

Así será, Felipe.

Siento tanto amor por ti, que no quisiera

que este muriera con nosotros.

Me gustaría tanto tener un hijo tuyo.

¿Un hijo?

¿No es... demasiado pronto?

Descuida, no quiero asustarte ni meterme prisa.

Solo quiero que sepas que tal deseo responde al amor

que siento por ti.

-Disculpe que me haya presentado sin avisar.

-No se preocupe, Margarita, siempre es un placer verla.

Tome asiento, por favor. -Gracias.

Estaba en mi casa sola...

y al ver unos retratos de Alfonso...

me ha caído toda la tristeza de golpe.

Precisaba una voz amiga. -Y aquí la tienes, ya lo sabes,

siempre que la precises.

-Es usted tan buena conmigo.

-No, Margarita, solo estoy haciendo lo que haría cualquier amiga,

que para eso estamos, para ayudarnos.

Y ahora,... tome un poco de té,

que aunque no está tan delicioso como ese té moruno

que usted siempre me sirve, le reconfortará el espíritu.

Y una vez merendemos,...

saldremos a dar un paseo por los Jardines del Príncipe,

que eso la distraerá.

-Bueno, yo no quisiera molestarla. Seguro que tendría otros planes.

-Se equivoca, querida,

estaba aquí sola y aburrida cuando usted ha venido.

Mi José está haciendo su función,

y Cinta, está ensayando, tiene la oportunidad

de actuar en un teatro.

-Disculpe que sienta una sana envidia.

Qué bien le van las cosas a su familia.

Mientras tanto, yo...

soy una pobre desgraciada, solitaria, sin nadie.

-No, no, no, no diga eso que no es cierto.

Además, yo nunca la dejaré sola.

Tome un poquito de té.

Uy, disculpe, que no le he puesto azúcar.

Voy a la cocina a buscarlo, que Arantxa ha salido

a hacer unos recados. Aguarde un suspiro.

-Sí.

-Ea. Aquí está el azúcar.

Ahora sí.

-Gracias. -Sírvase.

-Sí.

No sabe lo bien que me hace su compañía.

Creo que ya me siento mejor.

-¿Se puede? -Camino, qué sorpresa.

Pasa, claro.

-No podía esperarme a mañana para contárselo.

Mi madre ha quedado tan encantada, que me permite seguir viniendo.

-Eso es una grandísima noticia. -Sí, pero aún hay más.

Todo el mundo que lo ha visto ha dicho lo mismo.

-Te dije que era una gran obra.

-No podría haberlo hecho sin su ayuda.

-No te quites mérito.

Yo solamente te he enseñado la técnica, nada más.

El talento es tuyo.

El talento no se puede enseñar,

y tú tienes de sobra. -¿Se burla de mí?

-No, en absoluto. Jamás haría algo así.

Además, estoy convencida que algún día me superarás.

Quizá... me conozcan

como la maestra de la gran Camino.

-No diga tontunas, su obra contradice su palabra.

Nunca alcanzaré tal pericia.

Mire ese torso.

Es lo más hermoso y delicado que he visto nunca.

Se lo ruego, tiene que enseñarme alguna de sus obras.

Hasta ahora, lo único que he visto han sido algunas ilustraciones y...

ese torso,...

pero nunca alguno de los cuadros que tiene tapados.

Deben ser maravillosos.

-Temo defraudarte.

-Estoy segura de que nunca lo hará.

-No, Camino, todavía es muy pronto, debes seguir aprendiendo

de los grandes maestros.

-Es de usted de quien debo aprender.

-No, no lo hagas.

-Servando.

-Si vienes a preguntarme por tu marido, ahórrate saliva,

no le he visto.

-Sé que tardará, ha salido a buscar ocupación,

y no es a él a quien busco, sino a usted.

-Arrea, muchacha, ¿y eso por qué?

-Quería darle algo.

-¿Y esto, es para mí?

-Ábralo.

-Qué pañuelo más bonito.

-He bordado en él sus iniciales, Fabiana me enseñó.

El primer pañuelo fue para Santiago, y el segundo para usted.

-La última persona que me bordó un pañuelo fue mi difunta Paciencia,

pero lo extravié, quizá...

por la rabia al enterarme de que me había engañao.

Pero eso es otra historia.

Te lo agradezco, no te tenías que haber molestao.

-Soy yo la que les está agradecida.

A usted y a Fabiana,

por cómo se han portado conmigo y con Santiago.

Que este presente sea una pequeña muestra.

-Pero, ¿qué diantres...? -Santiago, Santiago.

Santiago, estás... -¡Muchacho, pero ¿qué te ha pasado?!

-¡Santiago! -¡Muchacho!

-¡Santiago! ¡Santiago, responde, por favor!

(LLORA)

-Estoy muy contenta de que tu madre te deje continuar con las clases,

pero...

te ruego que en un futuro seas más prudente.

-Lo seré, se lo prometo.

-Y le volverá a hablar de la boda. -Sí,

de eso y de todo lo que sea necesario para hacerle ver

todo lo que siento por ella.

Vengo de hablar con este señor.

Ha encontrado un teatro para mi vuelta.

Es dentro de un mes. ¿Dentro de un mes?

Sí, madre.

Tendría que ayudarme a ensayar, y hemos de hacerlo cuanto antes.

¿Lo hacemos ahora?

Uy, imposible, tengo que recoger a Margarita.

-Parece que su relación con don Felipe va viento en popa.

Así es, cada vez pasamos más tiempo juntos.

Le ha hecho mucho bien a ese hombre.

Los dos estamos muy felices de habernos encontrado.

A veces pienso si...

la Genoveva que conocemos ahora

es de verdad la auténtica Genoveva.

¿No cree que haya podido cambiar?

Fue la misma mujer que llegó con Alfredo Bryce

con la intención de vengarse de todos.

Me da miedo que Santiago se vuelva a meter en problemas.

-¿"Vuelva"? ¿Qué pasa? ¿Era así en el pasado o qué?

Si dicen que tu marido es un bendito, chica.

-Ahora, antes no lo era tanto. -¿Y cómo era?

-Era un hombre violento.

¿Cómo que no va a asistir más? ¿Por qué?

-Porque no estáis a la altura de mis conversaciones.

No tenéis nivel suficiente para apreciar mi conversación.

-Apreciamos su conversación,

si fuera una conversación,

¡pero lo suyo es un monólogo, muy señora mía!

-Va a interrumpir la carrera artística de su hija.

-No ha empezado ninguna carrera artística.

-Camino tiene futuro. -Su futuro

es estar en el restaurante,

hasta que encuentre un hombre con el que casarse.

Han cancelado la función.

-¿Explica el motivo?

-No, pero convoca a todo el elenco a una reunión.

"¿Qué te ocurre?".

"¿Tienes miedo?".

"Cristóbal está en prisión".

"Sí, pero no sus hombres".

"¿Y si Cristóbal decide vengarse a través de sus secuaces?".

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Acacias 38 - Capítulo 1145

22 nov 2019

Úrsula oculta tener nada que ver con Cristóbal y arremete contra Felipe. Él le jura que la perseguirá hasta meterla en la cárcel.
Cinta cuenta a su familia que ha recibido una oferta para actuar en un teatro, mientras siguen sus problemas con Emilio.
Felicia recibe el cuadro por sorpresa y se asombra tanto del talento que tiene su hija que le permite seguir con las clases. La euforia de Camino casi provoca que se bese con Maite.
Servando invita a Rosina a su tertulia, tras una reprimenda de Fabiana por dejar fuera a la señora. Pero los criados van escapando al no aguantar el discurso aburrido de Rosina.
Felipe y Genoveva quedan como héroes ante los señores. La cercanía entre los dos es más evidente que nunca y Genoveva le propone a Felipe ser padres.
Cesáreo consigue que Arantxa le perdone y acepte ir con él a la verbena.
Margarita espolvorea unos misteriosos polvos sobre la bebida de Bellita ¿Con qué intención?
Santiago llega malherido a la pensión. Marcia teme por él.

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