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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1127 - ver ahora
Transcripción completa

¿Has dicho una mentira para probarme?

-Y tú has caído en mi trampa.

-No quería decepcionarte reconociendo mis olvidos.

Esa película es mía, devuélvamela. -Eso tendrá que decidirlo el juez.

El dictará si la película se estrena o no.

Yo de usted, me preocuparía más de buscar un buen abogado.

El rey me requiere para una misión en Francia.

-Usted es el único motivo por el que diría no al rey.

-Dejemos aquí la conversación. -¿Se va usted?

-Necesito pensar, entiéndame.

-Quería invitar a todos los criados a una barbacoa.

-Vaya, qué detalle. -Corran la voz de la invitación.

He ido a casa de mi tía para invitarla a comer y no había nadie.

He llamado y nadie me abrió la puerta.

-Qué raro, a estas horas está recogida.

Mi señora me ha dicho que don Felipe

guarda un retrato de Mateo.

Venía a que me lo enseñara.

Estas chuletas son de la Remigia, la nieta de Lucerita,

la oveja que te presenté cuando fuimos al pueblo.

-Estamos aviaos.

Dediqué mi vida por ellos y,...

a cambio, a cambio solo recibí desprecio y rechazo.

Ojalá os pudráis allá donde estéis.

¿Siguen sin tener noticias de ella?

-Ahora íbamos a reportar su desaparición.

Me voy, pero solo.

No irás a ninguna parte, y menos sin ella.

¿Cómo logrará que me quede?

Aquí puedes tenerlo todo.

¿Está segura de que quiere irse ya? Ya he probado lo que me ofreces.

¿Y no le ha gustado?

No lo necesito más.

Cuando lo quiera, ya sé dónde encontrarlo.

A lo mejor no espero por usted.

No es muy común que un hombre me diga que no.

Es más fácil que yo te rechace a ti.

Debo reconocer que es usted... deseable.

Yo decido, no tú.

¿Qué es esta pulsera, un talismán?

Son semillas de huairuro, no sé cómo se llaman en España.

Yo tampoco. Quizá sean peonias, pero no estoy segura.

Son semillas que tienen una hembra y un macho,

si no se juntan, la planta no crece.

Como nosotros, una hembra y un macho.

Crees que has ganado, pero estás muy lejos de hacerlo.

¿La quiere?

Protege del mal de ojo.

Le vendrá bien tenerla con usted. No creo en el mal de ojo.

Y no quiero nada tuyo.

Lo nuestro es un intercambio comercial,

tú me ayudas y, a cambio, yo te dejo gozar de mi cuerpo.

Eso tiene un nombre.

¿Crees que no lo sé?

¿Crees que es la primera vez que lo hago?

Me casé con un banquero al que le gustaban los hombres,

no fue por amor.

Vuelva a la cama.

El paso lo marco yo, no te confundas.

No te acerques a mí en la calle, que nadie sepa que nos conocemos.

¿Y si no estoy de acuerdo?

Más te vale estar a bien conmigo,

aunque solo sea por repetir lo que acabas de vivir.

(Sintonía de "Acacias 38")

Ay, Dios mío.

Liberto, ¿y si vamos nosotros a los hospitales a buscarla?

-Rosina, ¿cómo vamos a hacer eso?

-Ha quedado el comisario Méndez

en enviar a sus agentes a buscar a Susana,

eso será lo primero que hagan, ir a los hospitales.

-¿Y se fía usted de que cumpla su palabra?

-No nos queda más remedio, doña Rosina.

Si dejamos de confiar en la policía,

nos quedaría hacerlo en los malhechores.

Cariño, siéntate, yo mismo te prepararé una tila.

-Solo faltaba estar preocupada por Susana

y que tú provoques un incendio en la cocina.

Siéntate, que tú también pasas lo tuyo.

-Por favor.

Me siento culpable.

Cada minuto que pasa,

siento que...

la desaparición se debe a la noticia que le di a Susana.

-No sé. Todo esto es muy raro.

Mi tía es una mujer fuerte, no se arredra ante nada.

-Pues ya ves, esto se lo ha tomado a la tremenda.

¿Qué hacemos si la encuentran los hombres de Méndez en un hospital?

-Correr a verla, cariño, ¿qué vamos a hacer?

(Puerta)

-¿Qué pasa?

Me he encontrado a Casilda en la calle

y dice que estáis todos en vilo esperándome,

como si fuera una cría a la que vigilar.

-Ay...

¿Estás bien? -Como una rosa, ¿no me ves?

-¿Dónde se había metido, tía? Estábamos muy preocupados.

-Por ahí.

Armando, tengo que hablar con usted.

¿Nos dejáis solos?

-Sí.

-"Vamos a ir echando los visillos,"

y vamos cerrando, que va siendo hora.

(Puerta)

Vaya.

El que faltaba.

-A las buenas noches.

¿Puedo tomar un café antes de empezar la ronda?

-Sí. Pa usted siempre hay tiempo y una taza de café.

Siéntese y se lo preparo.

¿Quiere usted otro, Servando?

-No, que me desvelo,

pero un bizcocho y un vaso de leche sí que me comía.

-Y yo me apunto a lo del bizcocho, que con eso de que no he cenado...

-Yo también voy a tomar bizcocho.

Anda que... pensar que vas a cenar chuletas de cordero

y terminar comiendo

un trozo de bizcocho revenido... -Tiene buena pinta.

Mm... Me sabe a gloria bendita.

-A ver...

Tiene razón, cuando hay hambre, no hay pan duro.

Oiga, ¿será verdad que las chuletitas eran de Remigia?

-Yo no creo que nadie pueda identificar

unas chuletas de cordera al olerlas.

-Jacinto casi se ha criado con esos animalicos.

Lo mismo él sí que puede.

-Ahí tiene razón.

A no ser que él se esté pegando el atracón a chuletas

y no haya dicho nada. -Si iba a hacerles un altarcillo.

Alabadas sean las chuletas. -Qué herejía,

se entera el cura y lo excomulga.

-Y después de rezar por ellas, les iba a dar sepultura.

-Yo les daba santa sepultura pero en mis tripas la mar de bien.

¿Y Marcelina qué ha dicho de todo esto?

-Que si su Jacinto dice que eran chuletitas de la Remigia,

es que lo eran.

Y que las ovejas son también criaturas de Dios, como cualquiera.

-Son tal para cual los dos.

-¿Y si asaltamos el santuario y nos comemos las chuletas?

-No diga barbaridades, Servando.

-Y si Jacinto dice la verdad y las corderas tienen alma.

¿Se imagina que la Remigia nos persigue?

(BALA) Servando, me has devorado, no tendrás paz.

-¡Me da igual!

La Remigia, nos la comamos o no está muerta.

Y si me tiene que perseguir al más allá, que lo haga,

el mal ya está hecho.

-Pero su alma está en el cielo de los corderos,

y allí, hay buenos pastos y no entran los lobos.

-Déjense ya de tonterías,

que parecen niños chicos.

Termínese el bizcocho

y cada mochuelo a su olivo. Hala.

Susana, nos ha preocupado mucho a todos.

-Lo sé. Y pido disculpas,

son tantos años sin dar cuenta a nadie de mis actos.

-Entienda que no pretendo controlarla

si le pregunto dónde pasó la noche.

-En un lugar donde, aunque nadie lo sabe, ni siquiera Rosina,

me retiro de vez en cuando,

cuando tengo que pensar o meditar algo importante.

Es un convento de las mercedarias a las afueras de la ciudad.

-¿Un convento?

-He ayudado mucho a esas monjas,

y ellas también me han ayudado mucho

dándome paz cuando la necesito.

Pero vamos a lo importante.

He pensado mucho en lo que me contó,

el encargo de su majestad.

-¿Y bien?

-Un caballero español, y no dudo que usted lo sea,

no puede dar la espalda... al deber.

Y más cuando es...

una misión tan importante para la patria.

Entonces, cree que debo aceptar.

-Sin dudarlo,... le lleve donde le lleve.

-Implicaría separarnos.

-Es la patria la que nos lo exige.

Y no hay nada más importante que eso,

excepto Dios, claro.

-No esperaba otra cosa de usted, Susana.

-No tarde. Vaya.

Yo le estaré esperando.

-No puedo perder ni un instante, he retrasado mucho mi respuesta.

Espero que su majestad siga necesitándome.

-Vaya, no me gustaría ser un obstáculo

entre usted y la patria.

-¿Qué ha pasado?

-Se ha ido.

-¿Está bien, tía? -(ASIENTE)

Está todo perfectamente.

Aunque a veces es difícil hacer lo que una debe.

No he comido desde el desayuno. ¿Es posible cenar algo?

-Ahora mismo.

Casi me da miedo leer las noticias que vienen de Europa.

No me puedo creer que el viejo continente vaya a la guerra.

Espero que impere el sentido común y las potencias lleguen a un acuerdo.

-¿Y España?

-Dicen que tras la guerra de Marruecos, estamos desarmados,

tenemos 30 proyectiles por cañón.

Con eso no duramos ni un día en guerra.

Francia tiene 30 000 y están preocupados por la carestía.

-Entonces, solo nos queda ser neutrales.

O rendirnos en cuanto empiece el tiroteo.

Menos mal que el periódico trae noticias más gratas para el barrio.

¿Ha leído lo de la película?

-Según dice aquí, el juez ha aceptado las pruebas presentadas

por los Domínguez del Campo.

Así que, la película no se va a estrenar.

-De momento. -De momento,

pero es una victoria, y hay que felicitarles en cuanto les veamos.

-Creo que va a poder hacerlo de inmediato, sin más demora.

Don Jose, muchas felicidades.

-Mis parabienes.

-Muchas gracias. Precisamente he bajado

a por el diario y me he encontrado la noticia,

que me habían adelantado, pero no me lo habían confirmado.

-¿Un café?

-Perdónenme por no aceptar, pero es que quiero llevarle el diario

a Bellita, aunque conoce la decisión del juez, le pasa como a mí,

cuando lo vea negro sobre blanco, se tranquilizará.

Seguro que sí. Pónganos a los pies de su señora.

-Agradecido.

Supongo que Bellita querrá organizar una merienda esta tarde

para celebrar el triunfo.

Ni que decir tiene que ustedes y sus familias están invitados.

-Será un placer, pero creo que no podré,

aunque Carmen seguro que acudirá.

Y permítame que le diga una cosa, quiero que sepa,

que lo mejor de esa película infecta, era su actuación.

-Estoy de acuerdo en eso.

-Por Dios, no digan eso.

-No sé si usted sabe que yo soy muy aficionado al teatro

y, no hay semana que no vaya con mi esposa

a ver alguna representación.

Le aseguro que se sería usted un coloso de las tablas

en cuanto se presentara en alguna obra.

-Bueno, me voy antes de que me sonroje, don Ramón.

Qué cosas dice usted.

Con Dios. -Con Dios, amigo.

Buenos días.

Buenos días, Felipe.

Cuando me ha dicho Úrsula que habías venido, me he sorprendido.

Soy un maleducado, no te he dado tiempo ni a vestirte.

Si quieres me voy y vuelvo más tarde.

Déjate de formalidades y siéntate, ¿te sirvo un café?

Gracias.

Te quería mandar una nota,

pero después he pensado que es mejor verte en persona.

Haces bien. Me encanta que hayas venido.

Me recompongo, que no quiero que digas que te he recibido en cueros.

¿Y qué venías a decirme?

Quería invitarte a una comida con Ramón, Liberto y sus esposas.

¿Una comida de matrimonios? Es lo que parece.

¿Es mucho atrevimiento pedirte que vengas conmigo?

Es un halago y será un placer asistir.

¿Debo vestirme de alguna forma especial?

Te pongas lo que te pongas,

vas a ser la más bella de las mujeres presentes.

Sin desmerecer al resto, claro.

Gracias. Entonces puedo ir así, con bata y ropa de cama.

Sería cruel para el resto de las mujeres

y dejarías a la gente pasmada a tu paso.

Vine ayer para invitarte a la comida, pero no estabas.

Tuve que salir.

¿Todo bien?

Compromisos sociales sin importancia,

de esos que cuesta esquivar.

Me alegra saberlo. Me preocupé por las horas que eran.

Sí, me retrasé en exceso.

Tuve que cenar con una amiga y su marido, estaban de visita.

Ya sabes, empiezas a hablar y te dan las tantas.

Por supuesto. En fin, te dejaré,

supongo que debes arreglarte para la comida.

Estaré preparada para cuando vengas a recogerme.

Iré pensando en qué ropa te vas a poner.

Dejaré volar mi imaginación hasta la hora de volver.

Con Dios. Con Dios.

Si me hubieras dicho que venías tan temprano, habría madrugado.

-No sabía que iba a venir tan temprano, Rosina,

estaba desasosegada en casa. ¿Y mi sobrino?

-Otro. Bajó a comprar el periódico hace un rato.

Está muy preocupado por si los alemanes, los ingleses

y los franceses se lían a cañonazos.

-Qué manía de hacer guerras. Con lo bien que se vive en paz.

-¿Te recuerdo que tú querías que España reconquistara

Cuba y Filipinas?

-Es distinto,

aquello es nuestro por mandato divino.

Los cubanos son tan españoles como nosotros.

-¿Los morenitos también?

-También, que todos somos hijos de Dios.

-Hija, estás desconocida.

Cualquiera diría que te has enamorado y ves todo color de rosa.

-Buenos días, cariño.

Buenos días, tieta. ¿Cómo está?

-Muy preocupada.

Las noticias del extranjero y el no saber cuál es la misión

que Armando tiene que prestar a Alfonso XIII, no me dejan dormir.

A ver si se va a tener que meter en medio de las bombas.

-¿Qué dice el diario, habrá guerra?

-De momento, hoy no, ya veremos que dice el periódico mañana.

-Por culpa de todo esto, se ha tenido que marchar Armando,

malditos sean el káiser de Alemania,

el archiduque de Austria, el rey de Inglaterra y el zar de Rusia.

-Hija, Susana, estás hoy lo más de republicana.

-Según los entendidos, España no entrará en ninguna guerra.

-¿Y nuestros militares van a perder la ocasión de ser ascendidos?

No se lo cree nadie.

-Si todo vuelve a la normalidad, Armando volverá pronto.

-En ningún momento me dijo que volvería, ni que lo esperara.

Le dije: "Le estaré esperando",

y su respuesta fue:

"No puedo perder un instante en partir".

-No se le ocurriría nada mejor que decir.

-Bastante afectado estaría por partir,

no se lo tenga en cuenta.

-Si algo tiene Armando, es siempre la palabra exacta en los labios.

Si no lo dijo es porque tendría otros planes.

-Creo que le está viendo tres pies al gato.

-No seas insensible, Liberto. Tu tía necesita comprensión.

-Lo que necesito es comprender,

que a mi edad no voy a encontrar un compañero.

Me voy a dar un paseo al parque.

-Pues te acompaño.

-No, no, prefiero ir sola, tengo muchas cosas en las que pensar.

Pero vuelvo más tarde.

-Nunca pensé ver a mi tía así.

-Ni yo, esperemos que se le pase.

Por la hora que es, yo creo que hoy ni ha ido a misa.

-Eso sí que es grave. -Pues sí.

Y toda la culpa es tuya,

tantas ganas que tenías de que ella y Armando tuvieran un romance...

-¿Yo? ¿Era yo el que tenía ganas?

-¡Yo no era!

-¿Te lo recuerdo?

-¡No me lo recuerdes!

Pero aprovechando que no está Casilda,

si quieres, podemos ir a la habitación.

-Pues sí.

Está bien claro, de momento, la película no se estrena

y don Alfonso puede acabar en la cárcel.

No me fío ni un pelo.

Ese hombre tiene siete vidas.

A saber cuántas ha perdido ya.

El que anda al borde del abismo, suele haber estado ahí.

Le quedarán las suficientes para hacer el mal a mi familia.

No me gusta verte tan pesimista.

Es lo que me está enseñando la vida.

Tu padre estaba más contento que unas castañuelas.

Mi padre todo lo ve de dulce, como dice él.

El otro día me lo explicó,

que cuando has tenido el cuerno de un toro a un centímetro,

se relativiza todo.

Será cosa de hacerse torero.

Te mato.

-¡Cinta, enhorabuena! -¿Lo ves? Todos alegres menos tú.

Mira,

a la hora de comer no me puedo escapar,

porque hay comida de vecinos,

pero ¿qué te parece si después hacemos algo especial?

¿El qué? -Podíamos ir al cinematógrafo.

No. No pienso pisar una sala de cinematógrafo nunca más.

Pues a un café cantante.

En la Cueva del Cante Hondo hay una niña sevillana que baila,

que como dicen en tu familia: quita el sentío.

Emilio, que no, no quiero saber na ni de cante ni de baile,

ni de actuar ni na que tenga que ver con el arte.

-Pero si tú eres una artista.

Era una artista, ya no, eso se acabó.

No me voy a volver a subir a un escenario.

Lo mismo le echo cuento y aprendo francés.

¿Francés?

He ido al mercado, señora.

Si le parece bien, le prepararé pescado al horno para comer.

No voy a comer en casa.

Se quedará entonces para la cena.

Señora, ayer vino a buscarla don Felipe.

Lo sé.

No pude decirle dónde estaba usted, ni si volvería.

¿Y está esperando que se lo diga ahora?

Solo si le parece oportuno. No me lo parece.

No es quién para controlar lo que pasa en esta casa.

No quiero controlar, pero le pido respeto.

Pues la desprecio,

aunque no será la primera vez que se siente despreciada.

¿Ve lo que ha conseguido por enfrentarse a mí?

¡Sucia bastarda! ¡No!

(GRITA)

Es lo que has conseguido enfrentándote a mí.

-¡A la hoguera con ella!

¿Qué pasa?

¿Además de despreciable se ha vuelto vieja y boba?

Le di una oportunidad para demostrarme

que podía confiar en usted y la ha desaprovechado.

¡Solo una imbécil perdería esos papeles!

Podía haber destrozado al duque con ellos.

He perdido una oportunidad de oro.

¡Está vieja y boba!

¿Qué hace?

Úrsula, ¿qué está haciendo?

Cayetana, ¡no va a volver de ultratumba para insultarme!

¡Suelte eso ahora mismo!

Perdone, señora, no sé qué me ha ocurrido.

Fuera de mi vista.

¡Váyase unos días al altillo, no la quiero ver!

Discúlpeme, doña Genoveva. ¡Fuera!

Bienvenidos.

Pasen.

Espero que les guste la mesa que les he preparado.

-Está perfecta, doña Felicia, no se preocupe.

-Al final seremos seis. -¿Es que alguien no viene?

-No sabía si Felipe había confirmado y si venía acompañado.

-Creo que viene con doña Genoveva.

-¿Y eso? ¿Es que hay novedades?

Yo solo sé que viene con ella y para que no me acusen de cotilla,

prefiero esperar a ver qué ocurre.

Les traigo un aperitivo. -Gracias.

-No sé si deberíamos haber invitado a los Domínguez del Campo,

él es un hombre encantador.

-Para la próxima.

Hoy estaban con los preparativos para la celebración

de lo de la película.

-Eso decía el periódico y, cuando le vi a él, estaba feliz.

Esperemos que sea verdad y no una falsa alarma.

Buenas. -Buenas.

Le decía a Liberto que teníamos que hacer más comidas de estas.

-Y que lo diga, Rosina.

-Saben la novedad, ¿no?

-¿Se refiere a la acompañante de don Felipe?

Sí, nos lo ha dicho un pajarito.

-Vaya sorpresa. -Tendrán que darnos explicaciones.

-No seamos casamenteros,

que asistir en pareja a una comida con amigos no significa nada.

Miren, por allí vienen.

Esto de estar de ronda toda la noche va a acabar conmigo.

-El trabajo de sereno es muy esclavo.

Debería buscarse otro.

-Lo he pensado. De conductor de auto taxi.

Hay que pedir una licencia, los serenos tenemos más facilidades.

-Sería una pena pal barrio perderlo, pero si es lo mejor pa usted...

-No sé.

Tendría que comprarme un vehículo y no tengo dinero para eso.

-A las buenas.

-Buenas.

El periódico de la pensión y la revista

que me ha pedido pal huésped.

-Gracias, Marcelina.

¿Han visto pasar a don Felipe y Genoveva camino del restaurante?

-No, estábamos de charla.

-Pues se lo han perdío.

Los dos del brazo como si fueran esposos.

Y elegantes como pa una boda.

-¿Del brazo?

-Sí. Y se han cruzao con Marcia y Santiago,

que también iban del brazo.

Qué miradas,

parecía que se lanzaran cuchillos.

-Buah, mujer, exagera.

-Que no, que no, pa exageraciones estoy yo,

que tengo en casa al rey de las exageraciones.

-Sí. ¿Jacinto? -El mismo.

Anoche, hasta le dio la llorera por la Remigia.

Y por más que yo le decía que estaba en el cielo de las ovejas

y que pa ella habían terminao las calamidades del mundo, pues na.

-Es que, subir al cielo convertido en chuletas, para mí no lo quiero.

-No sea usted malo, hombre.

-Ni con las mañas de esposa conseguí alegrarlo,

y siempre me resultan.

-¿Mañas de esposa?

Mira, prefiero que no me cuentes eso, que seguro que es pecado.

-Lo mejor del mundo es estar encariñá con tu marido.

Pues ni con esas.

Cuando estábamos en lo mejor,

que creí que se había olvidao de la cordera, me suelta:

"Pobre Remigia, muerta y asada por los siglos de los siglos".

-Amén. -No sea blasfemo, hombre.

-Perdón. Pero es que no me lo puedo tomar en serio.

¿Cómo va a saber Jacinto que las chuletas eran de Remigia?

Con la de corderos que se comen en España cada día.

-Es que, pa él, la Remigia es como una hermana.

-Yo tampoco me lo creo, pero si él lo dice,... allá penas.

Y ahora,

a dejar la recepción libre, que tengo que fregar,

que a mí no va a venirme el fantasma la de Remigia a hacer la tarea.

Así que, venga, afuera.

Ay...

-Tener hijos es lo mejor del mundo.

Y dicen que tener nietos lo supera.

Pronto lo sabrá, don Ramón.

-Yo, desgraciadamente, no conozco apenas a las mías,

viviendo en Lisboa...

-Pero si Lisboa no está tan lejos,

puede ir usted cuando quiera. -Le he insistido mil veces.

-Es que yo lo de viajar...

Y más si es al extranjero, donde todo es peor que en España.

-¿A usted le gusta viajar?

Tuve que viajar mucho de joven, pasé mucho tiempo en Francia.

De hecho, allí conocí a Samuel.

Quizá algún día vuelva a París. ¿A ti te gustaría, Felipe?

Yo he viajado a Inglaterra para ver a mi hijo Tano.

Ahora vive en Viena, pronto tendré que visitarle.

-Malos tiempos para viajar a la capital del Imperio Austrohúngaro,

se avecina guerra.

-Me niego a que hablemos de la guerra,

con lo a gusto que estamos comiendo.

-Estoy totalmente de acuerdo con doña Rosina.

Eso es una locura que no debería estar ni permitida.

-Si de nosotros dependiese...

Yo digo una cosa, si de verdad hay guerra y España no entra,

las oportunidades de negocio van a ser increíbles.

Nuestro país podría dar un vuelco. Eso es verdad.

Nuestra industria debería surtir a Europa.

¿Y por qué no volvemos al tema de tener hijos?

¿Usted lo ha pensado, doña Genoveva?

¿Quién sabe? Quizá algún día.

-Cariño, tenemos cita con el médico.

-Sí, es verdad.

Todo está siendo tan ameno, que se me han pasado las horas volando.

-Nos tenemos que ir, que he de pasarme por casa de los Domínguez

para felicitar a doña Bellita por lo de la película.

-Cierto. Vámonos pues.

Pero antes

quiero un compromiso por parte de todos ustedes.

Estas comidas se tienen que repetir.

El nuestro lo tiene. Felipe y yo estaremos encantados.

-Y el nuestro.

-A más ver. Con Dios.

-Con Dios.

-¿Han comido bien?

Maravillosamente bien.

Si quieren un café, invita la casa.

No, gracias, mejor lo tomamos en casa, ¿verdad, Genoveva?

Como tú quieras.

Muchas gracias por todo. Siempre que quieran.

Ha sido una comida extraordinaria.

Con Dios. Con Dios.

Con Dios.

Pues eso, como le iba diciendo...

-Qué vestido más bonito, doña Bellita.

-Digo.

Seda salvaje, pero no sé por qué le llaman así,

ni que la hubiera domesticá.

-¿Ha usado ese vestido en alguna actuación?

-Una vez, en el Teatro Municipal de Río de Janeiro,

lo acababan de inaugurar.

Jose,... ¿en qué año fue la actuación

en Río de Janeiro? -¿La del Teatro Municipal?

-Sí, hijo.

-En 1909, hace cuatro años.

Tenían que haber visto el teatro,

casi se viene abajo de los aplausos.

Porque el teatro estaba recién hecho y aguantaba bien,

si es viejo, se cae el teatro.

-¿Y te acuerdas del vestido?

-No se me olvida, ese que llevas puesto.

Me acuerdo perfectamente de todas las veces que te he visto cantar,

reina mía.

Voy a saludar a los Palacios.

-Doña Bellita,

¿cómo hace pa tener a don Jose tan loco por sus huesos?

-Na raro. Aunque no te lo creas, quererlo más que a mi vida.

-Qué bonito.

-Es que, mi Jacinto, ende que murió Remigia, pues na.

Ni que me ponga yo a maullar como una gata.

-¿Una familiar, Remigia?

-Qué va, una oveja que nos íbamos a comer.

No le haga uste caso a Marcelina.

-¿Y hace mucho que no le hace caso a usted?

Desde ayer. Desde ayer, na.

-Bueno, no es mucho tiempo.

-Es la primera vez desde que nos casamos que na.

En un día entero.

-(SONRÍE)

-Perdone a Marcelina, que no es muy discreta.

Anda, ven conmigo, hija. Ven, ven.

Doña Bellita. -¿Qué tal?

-Le pido perdón en nombre de mi esposo,

que no ha podido venir, tenía una reunión de trabajo.

-Qué pena, con lo agradable que es.

-Ya nos hemos enterao de que no se va a estrenar la película.

-Una alegría, hija.

Pero bueno, para alegría la del hijo que esperáis, ¿cómo va?

-Muy felices, doña Bellita.

Estamos deseando verle la carita.

-Después os vais a cansar, que crecen y solo dan disgustos.

-No lo dirá por su Cinta,

que cada día está más guapa.

Hace cuatro días era un mico y, mírenla,

con novio formal y to.

(Golpes en la copa)

-Dejen que les diga unas palabras.

Estamos muy agradecidos a todos por estar aquí,

y más, para celebrar el final de la pesadilla de la película

de ese sinvergüenza.

Solo quiero decirles

que el juez ha ordenado destruir las copias

para que no se pueda difamar a Bellita del Campo,

la mayor artista que ha dado este país.

-Ole. -Muchas gracias.

Gracias, gracias. -Ah, ah, ah.

Y el juez ha pedido algo a cambio,

una foto dedicada de mi señora.

-(RÍEN) -Y que la va a tener.

Una foto y dos abanicos, uno para su esposa

y otro para su señora madre. -Anda ahí.

(Aplausos)

-Doña Bellita, ¿y no nos va a dedicar a nosotros una canción?

-Eso, Fabiana, muy bien dicho.

-Venga, don Jose, saque la guitarra.

-¿Yo? -Que sí, hombre.

Vamos, padre. Tome. -Pero...

"Ozú".

Ay...

Ea.

Vamos allá. -Digo.

(Suena la guitarra)

Ole.

(Ruido de moneda)

La he metido, pero no en el sitio.

(SE QUEJA)

A las buenas, Servando.

¿No has ido a la merienda en casa de don Jose y doña Bellita?

-No me han invitao.

Venía a ver a Marcia, ¿está en su cuarto?

-Pues no, en su cuarto no está, ha salido.

Al marido hace tiempo que no le veo.

-Parece que cada vez se llevan mejor, ¿no?

-A mí no me metas en líos,

que yo no sé lo que pasa detrás de esa puerta.

Ella es mayorcita para saber lo que hace.

-Servando, un café.

(SUSPIRA)

-Primo,

¿sigues mohíno por la Remigia?

-La pobre, hecha chuletas.

-Jacinto,

las ovejas están para eso, para...

darnos chuletas para comer

y para dar lana y rellenar colchones.

Deberías estar orgulloso de ella.

-Tenga corazón, que no era una oveja cualquiera,

era la mejor de las ovejas, porque Dios la hizo mi compañera.

-Sí, ya.

Pero Servando tiene razón.

Chuletas y lana, primo.

-¿Tú también, bruta?

Mejor será no hablar con gente sin sentimientos.

-Caray, pues sí que le ha pegado fuerte a este.

-Está como para invitarlo a comer queso

de oveja. -¿Quieres el café?

Sí.

¡Ole!

-¡Bravo! -¡Bravo!

-¡Ole la guapa!

-¿No aprovechas que tu padre está con la guitarra para cantar?

Te he dicho que lo del cante se ha acabado.

Pues a mí me encanta cómo lo haces.

A solas y al oído te canto lo que quieras.

-No la había visto, madre. -Acabo de llegar.

Qué pena no haber visto la actuación de Bellita.

-Ya le he dicho que ha sido maravillosa.

Qué arte. Si le piden un bis, se lanza.

-¿Quieres cantar, Cinta?

Aprovecha que tengo la guitarra, que sabes que esto no es fácil.

Deje, que madre ya ha dejado buen sabor de boca.

Voy a por unos pasteles. Pero...

-No quiere saber nada ni de cantar ni de bailar.

-Pero vaya familia de artistas, toca mejor de lo que había dicho.

-Anda.

-Y actúa, que era lo mejor de la película.

¿No ha pensado en dedicarse al teatro?

-Mire,... yo fui torero malo...

Sí, malo, malo.

Guitarrista vamos a dejarlo en regular.

¿Quieren que sea un actor malo también?

-De eso na, que todos le hemos visto en pantalla.

-Mi padre ha dicho que él pagaría por ir al teatro a verle.

-Voy a ver a mi esposa antes de que me convenzan,

que en el teatro solo me tirarían tomates.

-Pues nada, de esa mujer, de Margarita, no hemos sabido nada.

La policía detuvo a su esposo, a Alfonso Carchano.

-Ni hemos sabido ni volveremos a saber.

-Dios lo quiera.

-Enemigo que huye, puente de plata.

Muchas gracias por el aviso.

-Un placer. -Ya preguntaré.

-Nos vemos.

-¿Me vas a hacer esperar todo el día?

Qué placer verla, doña Genoveva.

¿Me echa tanto de menos que está deseando encontrarse conmigo?

Aquí tienes.

Yo la he encontrado.

Se la debería quedar. Por lo que pude ver, le dio suerte.

Hoy iba muy bien acompañada.

No te metas en mis asuntos.

Debo reconocer que hacen ustedes muy buena pareja.

¿Le hace caso el abogado? Si no, ya sabe dónde me tiene.

Te lo repito, no te metas en mis asuntos.

Como usted quiera, doña Genoveva. ¿Sabe qué pasa?

Que después de verla desnuda,

al verle con ese abogado me he puesto celoso.

No me enerve y tengamos la fiesta en paz.

Fiesta, eso quiero, que cuando uno la ha vivido, cuesta pasar sin ella.

Está usted muy seria.

Yo también me pondré serio.

¿Se da cuenta de lo caro que es todo en esta ciudad,

de lo difícil que es ganarse la vida?

Ni una peseta, olvídate de conseguir ni una peseta.

Anoche escogiste otra forma de pago.

Está bien, solo quiero que no lo olvide.

Aunque creo que se quedó con ganas de repetir.

¿Su abogado no le da lo mismo que yo?

Eres un patán.

Ten cuidado no vayas a perderlo todo.

(Puerta)

Agustina, ¿me puede ayudar con los gemelos?

No logro ponerlos bien.

A ver, déjeme.

Los voy a dejar de usar, siempre se engancha el cierre.

Sería una pena, son tan bonitos...

Mañana me los deja y se los llevo a Servando,

a ver si les puede cambiar el tornillo,

que él se da maña con estas cosas.

Gracias, Agustina.

¿Qué tal fue la comida en el restaurante?

Muy agradable. Se come muy bien en el restaurante de los Pasamar.

Les vi que subieron a tomarse un digestivo.

Así es, Genoveva me acompañó.

Eso me imaginé.

Esto ya está.

¿Va a salir? Sí.

Tengo que ir a ver a unos clientes. ¿Puedo salir con usted?

Claro, por supuesto.

(Puerta)

Vamos a ver a Bellita y le pedimos disculpas

por no haber ido a su casa. -¿Crees que es necesario?

-Se ha arreglado lo de la película, habrá que darle la enhorabuena.

-Ya se sabes cómo son las artistas,

a saber si lo que decía la tal Margarita era verdad.

-No digas eso.

-¿Tú estabas allí para verlo? No. Pues eso. A saber.

-Buenas tardes. ¿De paseo?

-Sí, ya de vuelta. Vamos a casa de doña Bellita.

-Vengo de allí, están felices y encantados.

-No me extraña.

-Don Armando ha liquidado su cuenta del restaurante.

Al parecer, va a pasar fuera una larga temporada.

-Sí. Obligaciones.

-Una pena, un hombre tan correcto.

¿Dónde viaja?

-A mil sitios, de un lado para otro.

-Le echará usted de menos, con lo íntimos que se habían vuelto.

-Los hombres se van, vuelven, ya se sabe.

Y más los diplomáticos. Por cierto,

¿no le ha parecido que estaban muy afectuosos Genoveva y Felipe

en la comida? -Se fueron juntos.

Creo que está naciendo un amor. -Pues yo me que alegro.

Si nos disculpa, se nos ha hecho tarde. Con Dios.

-Con Dios.

Soy una idiota.

Armando ha ido a despedirse de Felicia y no de mí.

-Ha ido a saldar la cuenta.

-¿Cuántas cuentas tendrá que saldar ese hombre?

Un don Juan es lo que es.

No quiero volver a saber de él. Nunca más en la vida.

Susana, no seas cabezota. Susana...

Susana... -(LLORANDO) Yepa ya...

Yepa ya.

(LEE) "Nosotros estamos bien".

"Así pasamos los días, junto el mar".

"Mateo es un chaval despierto y curioso".

"Ha olvidado todo lo ocurrido en Acacias".

"Nunca pregunta, y confío que siga así,

porque... porque es mejor para él".

"Así pues, esta carta será la última que reciba de mí".

"De Mateo depende que en el futuro

quiera saber sobre su pasado

y decida ponerse en contacto con usted".

"Atentamente,... Telmo".

Nada,... no dice nada sobre mí.

Ni un saludo, ni preguntar cómo estoy.

¡Desagradecido!

Úrsula.

¿Qué hace en mi casa?

¡Fuera de aquí!

Úrsula, esta no es su casa.

(LLORANDO) Ay, Dios mío. Perdón, perdón.

Oh, Dios mío.

Gracias por invitarnos.

-Una pena que casi no quedara de nada.

-Otra vez será, no se preocupen.

(Puerta)

Menos mal que Rosina y Susana se han marchado, ya no las aguantaba.

No diga eso, han sido muy amables en venir.

Que hubieran venido con el resto,

que hay que atenderlas como si fueran marquesas.

-Ya casi no quedaban pasteles.

-Y mira que había.

-Creo que la gente se lo ha pasado muy bien.

Y usted ha cantado maravillosamente.

-Gracias. Aunque he fallado una nota del estribillo.

Lo ha hecho muy bien, madre, se veía que disfrutaba.

Pues podías haberme acompañado en una canción.

Que no, que lo de ser artista para mí se ha acabado.

No le voy a llegar a la suela de los zapatos.

No digas bobadas.

-Déjelo, que todavía se enfada con usted.

-Bueno, voy a bajar las bandejas al restaurante.

Cinta, si me acompañas, podemos ir un rato al parque.

Vamos.

-Pero no volváis muy tarde, ¿eh?

Y no os metáis por las zonas oscuras, que luego pasa lo que pasa.

Qué pesada es usted, madre.

-Con Dios. -Con Dios.

¿Sí? ¿Operadora?

Por favor, póngame con el despacho de abogados

de don Juan Ignacio Toscano.

¿Sí? Buenas tardes, soy Bellita del Campo.

Verá, señor Toscano, quiero hablarle de algo que me preocupa mucho,

quiero hablarle de Margarita, la esposa de Alfonso Carchano.

Marcia, has doblado y desdoblado como tres veces esa camisa.

-Ay, no me he dado cuenta, Casilda.

-¿Estás bien, te ocurre algo?

-Nada.

-Marcia, no me mientas.

-Nada, de verdad.

-¿Por qué me miras así, he dicho algo inconveniente?

-Es difícil de explicar.

Es como... como si a veces no me parecieras tú.

Como si fueras otra persona.

-¿Qué tonterías estás diciendo?

-Le he puesto el ingrediente secreto.

-¿Ah, sí?

¿Cuál era?

-Antes lo sabías bien.

Ají dulce y... cilantro.

Me sorprende que no lo recuerdes.

-Sí, me acuerdo. Es un sabor muy especial.

-Santiago,... no está la cicatriz.

-¿Cuál de ellas?

-La de la espalda.

-Búscala bien, era muy pequeña.

-No está.

-¿Has dicho una mentira para probarme?

-Y tú has caído en mi trampa.

-¿Qué trampa, Marcia?

¿Qué te he ocultado que no recuerdo bien mi pasado?

¿Ese abogado no le da lo mismo que yo?

Eres un patán.

Ten cuidado, no vayas a perderlo todo.

(RESPIRA CON DIFICULTAD)

-¡¿Qué te pasa, qué te ocurre?!

-Medicina. -¿El qué?

Que te quedas sin aire.

Madre mía.

No puedes separarte de ese cacharro que te dio el médico.

-Lo llevo conmigo cada vez que salgo.

-Marcia, tendrás que contarme en qué estabas pensando,

porque tenía que ser muy malo pa ponerte como te has puesto.

-Casilda,...

creo que Santiago no es mi esposo.

Tengo que ir a la portería del 38, mi Jacinto, que me tiene loca.

-¿Sigue disgustado por la borrega?

-Más que si hubiésemos hecho chuletas con su mismísima madre.

No sé qué hacer.

Susana, Casilda solo pretendía ser amable.

-Por mí, se puede meter su amabilidad donde le quepa.

-Pues sí que está cambiada, tía.

Estos días parecía más sosegada.

-Claro. Es que las personas no siempre estamos igual.

Me puedes decir lo que te plazca, Casilda,

pero estoy perdiendo la confianza en Santiago.

Lo creas o no, se trata de otra persona.

Quiero que me ponga en contacto con Margarita.

Quiero hablar con ella.

-Señora, mi labor empieza y termina en los juzgados,

lo que me solicita no corresponde a mi competencia.

Hay personas que se dedican a eso.

-No quiero que el asunto trascienda,

y como usted se ha encargado del caso, ¿pa qué desparramarlo más?

Me gustaría echarme a la cara a don Armando,

no me gusta su comportamiento con mi tía,

es poco propio de un diplomático.

-Estaría muy bien que te encararas con él

y le pidieras una explicación.

Hizo que se tragara el anzuelo hasta el fondo.

-Se la di con queso a todos, hasta Bellita, hasta mi esposa.

Es la primera vez que engaño a Bellita

y la pobre se queda en la inopia.

-Ay, amá.

¿Qué está diciendo el señor? ¿En qué ha engañado a Bellita?

-Tendremos que tener paciencia con ella. Y no comentéis nada.

Si Susana se entera de que lo sabéis, se lleva un disgusto.

-Que no, no se preocupe por nosotras,

tendremos la boca cerrá.

No voy asentarme con usted a tomar un café

como si fuéramos uña y carne. La desprecio,

igual que desprecio a todos los vecinos de Acacias.

¿Estás buscando una excusa para apartarte de mí?

-No sé de qué me hablas. -¿Seguro que no?

Vi cómo os mirabais el abogado y tú en la iglesia

y en la terraza del restaurante.

¿Tienes los redaños de negarlo?

-Yo también puedo hacerte una pregunta parecida.

Ayer... te vi hablando con Genoveva.

Parecía que teníais mucha confianza.

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Acacias 38 - Capítulo 1127

28 oct 2019

Genoveva, tras hacer el amor con Santiago, marca las distancias: su relación es sexual, sin amor. Ajeno a este encuentro, Felipe acompaña orgulloso a Genoveva en la comida de parejas, y a ninguno de los comensales les queda ninguna duda, los dos están hechos el uno para el otro.
Los Domínguez por fin respiran tranquilos tras la detención de Carnacho... Aunque Bellita no logra quitarse a Margarita, la mujer del productor, de la cabeza. Mientras, Emilio no encuentra la forma de devolverle a Cinta las ganas de actuar porque sigue culpándose de casi haber terminado con la carrera de su madre.
Por fin regresa Susana al barrio. Se fue para pensar su futuro con Armando... Y la sastra le pide que acepte el encargo del rey, aunque ello implique separarse.
Úrsula cada vez da más muestras de locura: amenaza a Genoveva al confundirla con Cayetana y se mete a escondidas en casa de Felipe para robar las cartas de Telmo.
Marcia es testigo de un extraño encuentro entre Santiago y Genoveva. Y comparte por fin sus dudas con Casilda... Sospecha que Santiago no es su marido.

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