www.rtve.es /pages/rtve-player-app/2.17.1/js/
5355483
No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1061 - ver ahora
Transcripción completa

-¿Estás bien, Marcia?

-Deberíamos llamar a un médico. -No, no es necesario.

Solo preciso esto.

Medalla.

¿Y mi medalla? ¿Dónde está mi medalla?

-Está buscando algo.

-Mi medalla, ¿dónde está? -¿Será esto lo que busca?

-Mi medalla.

-Incluso he llegado a pensar

que la mano de Alfredo está detrás del ataque de mi criada.

Antes parecía que estabas dispuesto a cualquier cosa,

¿y ahora te llenas de temor porque han asustado a tu criada?

Una vez instalados en Palma de Mallorca yo buscaré cafés

donde cantar y tú podrás buscar alguna colocación.

Aunque nada pudiera desear más que irme contigo, no puedo.

-Está claro que la sorpresa no salió como yo esperaba

y Rosina se marcha hoy de Acacias como tenía planeado.

-Quiero que tenga seguro que independientemente de esto,

Emilio la ama,

que ese matrimonio con la hija

de Ledesma solo va a traer sufrimiento a todo el mundo.

-¿Puede decirnos qué pone en la nota?

Que yo por lo menos estoy con el corazón en un puño.

-Rosina me ofrece su casa mientras ella esté fuera.

-Servidor, que ha discutido con su santa,

y por eso quería ver a don José,

que el señor es el único que sabe qué hacer para calmar a las mujeres.

-Prométeme que cuidarás de Liberto.

-Cuidaré de Liberto hasta tu vuelta.

-Así que mi José es el único que sabe calmar a las mujeres.

¡Cuatro cosas me va a oír ese!

-Y pronto tendrás noticias mías.

-Espero que me las traiga en persona.

Cochero, arranque.

-Ledesma me pidió que le alquilase una vivienda en una calle cercana.

-¿Pero tenía pensado abandonar la pensión?

-Al parecer, no la considera adecuada para su hija.

Quieren instalarse en una casa hasta que tengan todo preparado

para la boda.

Nunca dejaré de enfrentarme a Alfredo,

¿y sabes por qué?

¿Por qué?

Porque ahora me mueve algo mucho más fuerte

que el deseo de justicia.

Sé que solo si acabamos con él, podremos vivir nuestro amor.

-¿No vas a saludar a tu prometido?

-¿Cómo está, Emilio?

-Bien, Angelines.

-Vamos dentro.

-Eso. Brindemos.

-Nuestro enemigo es muy peligroso,

ya no sé qué más hacer para estar juntos.

Descuida, mi amor, yo me encargaré de todo.

¿No estarás pensando en cometer alguna locura?

La única locura sería perderte,

y eso no lo voy a consentir,... cueste lo que cueste.

¿De qué estás hablando? ¿A qué te refieres?

Tú confía en mí.

Pero...

Alfredo es una persona... Felipe,

cállate y bésame.

(Sintonía de "Acacias 38")

-Prepárese, padre, porque si esa chica Lolita, quiere llamarla...

Fermina, como a su abuela,...

así que ya podemos rezar para que nazca varón.

-Lo cierto es que a mí me gustaría que fuera una niña,

una niña preciosa, ¿y a ti?

-A mí me da igual, mientras sea una criatura que nazca sana y salva.

-Eso es verdad, pero sabes que las niñas

siempre están más por los padres, no como tú,

que te fuiste a recorrer el mundo. -Ya, por los padres

y por los abuelos, ¿no?

-Eso también es cierto.

¿Sabes qué voy a hacer en cuanto nazca

y en cuanto empecemos a ver los dividendos de Seguros La Tizona?

-¿Qué?

-Voy a abrir un fondo para que nunca le falte de nada en esta vida.

-Lo que nunca le va a faltar es amor infinito, al fin y al cabo

es lo que usted siempre nos da y lo que siempre nos enseña a dar.

-Ay.

Disculpen la interrupción, a la vista está que estaban...

en un momento muy emotivo.

-Hablando de mi nieta. -O nieto.

-Ya sabe usted cómo se le ablanda a uno el corazón

cuando se va a convertir en abuelo.

-Si yo le contara.

En fin, les he visto y me he acercado porque quería contarles

algo referente a mi sobrino.

-Usted dirá. -No está bien.

Desde que empezaron los problemas con Rosina...

no levanta cabeza.

-Sí, es cierto que yo también le he encontrado muy alicaído y triste.

-Sí.

La verdad, lamento escucharlo. Yo, en el fondo,

esperaba que el matrimonio se iba a recomponer,

no sé, con lo mucho que se quieren.

-Yo también lo creía, y ahora solo el tiempo dirá si eso es posible.

-Bueno, lo último que hay que perder es la esperanza,

a veces la distancia y un poco de separación

es la mejor de las soluciones. -Desde luego,

pero ahora lo que más me preocupa es cómo levantarle el ánimo,

al menos hacer que siga hacia delante.

Ustedes son sus amigos.

-Por supuesto que lo somos.

-Podrían sacarle, distraerle,

hacer que no se quede encerrado en casa.

Temo que termine hundido...

en un pozo sin fondo.

-Cuente con nosotros.

-Sí, déjelo en nuestras manos.

-Se lo agradezco.

Y ahora les dejo con su conversación, gracias a los dos.

-Hijo, doña Susana tiene razón,...

no podemos consentir que Liberto

se venga abajo y caiga en un pozo de tristeza y amargura.

-No, ni hablar, eso no lo podemos permitir,

así que algo se nos tiene que ocurrir.

Aurelio.

-Espero que a esa criada estúpida le haya quedado claro

a quién debe obedecer.

Créame, señor, sabe perfectamente quién le envió ese asaltante

para que le diera su merecido.

No volverá a ocultarnos información.

Más le vale,

porque yo soy quien pago por su libertad y me debe lealtad.

Ahora le ha quedado claro, no volverá a traicionarnos.

Querida,...

¿qué te ocurre? No tienes buena cara.

¿Podemos hablar?

Por supuesto.

Yo siempre estoy aquí para escucharte.

Úrsula, ¿nos deja a solas?

Por favor, querida, Úrsula es una más de esta familia...

tan... insólita,...

¿no estarás dudando de su discreción?

No.

Bien, pues adelante.

He estado con Felipe.

He mantenido una relación bastante íntima con él,

nos hemos acostado.

Supongo que sabes que era conocedor de ella.

Sí,...

por eso he querido confesártelo, sacar las cartas

y ponerlas sobre la mesa.

Esto ha sucedido: sucumbí por necesidad,

yo también tengo mis deseos, igual que tú.

Lo sé,... pero eres mi esposa,...

y me haces quedar mal delante de ese hombre y de todo el barrio,

me haces quedar como un estúpido.

Por eso la relación ha terminado.

Entre Felipe y yo ya no hay nada.

Soy tu esposa, me toca aguantar y contener mis impulsos,

solo soy una mujer.

Espero que puedas perdonarme, he cometido un error.

Un error terrible.

Que espero me des la oportunidad de subsanar.

¿Me prometes... que no volverá a suceder?

Me he desviado del camino, pero ya he vuelto al redil.

Mi objetivo sigue siendo el mismo:

vengar la muerte de Samuel, y nunca más volveré a olvidarlo.

Bien.

Me alegra oírte decir eso.

Sellamos una alianza y es muy peligroso romperla,

no te conviene.

¿Me perdonas, entonces?

(ASIENTE)

Querida...

-¿Está segura de que no quiere un suizo?

-No, gracias, hoy tengo un agujero en el estómago.

-Pero ¿se encuentra usted mal?

-Es más bien un mal del alma, no del cuerpo.

-Esos son los que quitan el apetito, sin duda.

En eso le doy toda la razón.

-Buenos días, espero que hayan descansado.

-¿Que si hemos descansao? Yo he dormido como un gorrino.

-La vivienda que les busqué ¿es de su agrado?

-Nunca había visto un sitio tan bonito, doña Felicia,

en el pueblo no existen casas así.

-Tampoco le des tanto bombo, una casa como cualquier otra:

con su puerta, su suelo, nada más. -Me alegro que por lo menos

estén más a gusto.

-Doña Felicia, le traigo...

Perdón, ¿molesto? -No, Fabiana,

ya conoce a Copérnico Ledesma.

Ella es su hija Angelines,

la prometida de mi hijo. -Encantada de conocerla,

señora Fabiana.

-Yo soy Susana, viuda de Séler.

Bienvenida al barrio, hija, soy amiga de tu futura suegra

y una de las vecinas más antiguas y, por lo tanto, más influyentes

del barrio, esto para que...

de momento te quede claro.

-Emilio, ¿por qué no vas con Angelines a dar paseo?

Así le enseñas el barrio.

-No creo que sea el momento,

hay muchas cosas por hacer antes de las comidas.

-No te preocupes, Camino y yo nos ocupamos.

Anda, ve a dar un paseo con ella,

seguro que está deseando conocer la ciudad.

-Angelines, ¿te apetece dar un paseo?

-A ver qué hacéis, no tengamos que lamentar haberos dejao solitos.

-Anda,...

daos prisa, que parece que va a llover.

-Espero que lo del alquiler de este mes del piso esté ya abonao.

-No se preocupe por eso. -Me alegra

que nos vayamos entendiendo.

Salgo con vosotros,

voy al estanco a por tabaco y luego vuelvo a que me inviten a desayunar.

-Cualquiera diría que esos dos jóvenes no se conocen de nada.

-¿Emilio y Angelines? Lo que pasa es que son muy tímidos.

-¿Está usted segura que es eso?

¿Tiene claro que quiere casarse con esa muchacha?

Es que al señorito, ilusionao, ilusionao no se le ve.

-Y para ser honestos, a ella tampoco.

-Es que hace mucho tiempo que no se ven,

pero el roce hace el cariño, seguro que en unos días se les ha pasado

y vuelven a estar como la última vez que se vieron.

-Si tú lo dices...

-"¿Quiere más café?".

-No, gracias, Liberto.

Prosiga, por favor. -¿Qué les estaba contando?

-Decía que había pasado por aquí, Felipe, esta mañana.

-Ah, sí, bien temprano, quería saber cómo estaba y cómo marchaba todo

tras la ausencia de Rosina en la casa.

-¿Y bien? ¿Cómo está usted?

-He de reconocerle que no es fácil regresar aquí sin ella.

-Ya me lo imagino.

-Pero lo estoy intentando.

-Todos estamos preocupados por usted,

espero que esto le quede bastante claro.

Lo de Rosina ha sido un golpe muy duro, pero debe usted rehacerse,

seguir adelante.

La vida sigue y es muy larga.

-Nosotros queremos ayudarle a salir de este bache,

los amigos están para lo bueno y para los malos momentos.

-Sobre todo para estos últimos.

Sé muy bien lo que le digo porque yo me he pasado muchos años

en un pozo sin fondo y...

supe distinguir las verdaderas amistades.

Nosotros...

somos eso:

amigos de verdad, y vamos a estar con usted siempre que lo precise.

-Y siempre que lo desee.

-A cualquier hora y en cualquier momento.

-Gracias, amigos, pero estoy bien.

Cuénteme, don Ramón, ¿cómo van nuestras inversiones

en Seguros La Tizona?

-También quería aprovechar para ponerle al día de este asunto.

-¿Hay novedades? -Todavía no,

pero tenemos todas nuestras esperanzas

depositadas en ese negocio.

Mi padre tuvo muy buena intuición al invertir en él.

-Si hubiéramos hecho caso a tu padre desde el principio,

nada de esto hubiera pasado.

Y seguramente yo seguiría ahora mismo aquí con Rosina.

-No piense usted más en ello.

Y hablando de pensar, ¿ha pensado qué hará con las ganancias

cuando las tenga?

-Todavía no.

Han pasado tantas cosas últimamente, que no he tenido tiempo

de pensar en ello. -Debería aprovechar

y darle vueltas,

no sé, a lo mejor podría empezar un nuevo negocio.

-O hacer un viaje o algo agradable

que le despeje la cabeza.

-Sí, ambas ideas son buenas.

-Dedíquele un rato de sus pensamientos.

Por cierto, no quiero olvidarme de decirle que Carmen y yo

ya tenemos fijada una fecha para la boda, y espero que podamos

contar con su presencia.

-Por supuesto que sí, no me la perdería por nada del mundo.

-Yo ya he escrito a María Luisa para avisarla y Carmen ha hecho lo mismo

con su hijo Raúl, así que si nada ni nadie lo impide,

en breve volveré a ser un hombre casado.

-Y feliz.

He de decirle que Carmen es una mujer estupenda,

hacen una maravillosa pareja. -Gracias, amigo.

Y antes de marcharme,

quiero darle una cosa.

Tome este libro. En cuanto lo terminé,

pensé en usted.

Es de historia, y seguro que le va a entretener en sus ratos ociosos.

-Es usted muy amable, además, ahora mismo estoy sin lectura

y me va a venir muy bien sumergirme en estas páginas.

Yo también le voy a prestar uno que seguro será de su interés.

Lo tengo en el dormitorio.

-Bueno,... parece que está algo más tranquilo, ¿no?

-Se lo diremos a doña Susana para que no esté tan preocupada.

-Marcia.

¿Qué haces con eso? Es demasiado peso para ti.

-Estoy bien, señor, puedo con esto y con mucho más.

Voy a hacer un guiso de ajos buenísimo.

-No tienes que preocuparte por eso.

Ahora que Liberto no está en casa, cualquier cosa me basta.

No tienes que esmerarte tanto si no quieres.

-Es que sí que quiero.

-Disculpen que les moleste.

Solo quería saber cómo estás, Marcia.

-"Muito" bien, señor. Gracias a usted.

-Me alegra ver que no has perdido el colgante,

sé que significa mucho.

-Sí, así es.

-Con Dios.

-Con Dios.

Yo también me marcho, tengo asuntos que resolver.

¿Nos vemos luego?

-Sí, señor.

(Se abre y cierra una puerta)

-José Miguel de mi alma, ¿dónde estabas?

-He bajado a por unos tomates para el almuerzo,

ya sabes que me gusta escogerlos personalmente uno por uno.

-Sí, conozco tus tonterías.

-Ah, pues bien que te gusta mi pipirrana cuando la preparo.

-Tú das órdenes, quien la prepara es Arantxa.

-¿Qué te pasa?

¿A qué tanta ansiedad, ocurre algo?

-¿Tuviste una conversación con el portero?

-¿Con Jacinto? -Sí, con Jacinto,

ni que tuviéramos dos porteros.

-Yo tengo muchas conversaciones con él, mi Virgen de la Macarena.

-Tu nada. -¿Se puede saber qué te pasa?

-¿Tuviste una conversación en la que dijiste que tú sabías

cómo calmar a las mujeres?

-Ah, ¿esa conversación?

-Sí, esa conversación,

que no sabía yo que estaba casada con un don Juan, con un Casanova,

con un presumido.

-Nada de eso soy yo.

-Ah, ¿y de qué sabes tú tanto de las mujeres si se supone

que solo tienes ojos para mí?

-Claro, para ti y para nadie más.

-¿Y entonces por qué Jacinto dice eso?

-Te vas a reír cuando te lo cuente. -Lo dudo.

-Sí, sí.

Resulta que Jacinto...

tuvo un problemilla con su mujer

y yo le ayudé a escribir una canción

para que lo perdonara.

Y el pobre se cree que soy un experto.

(Pasos)

-Cinta.

Hija de mi vida. No puedes seguir

con esa cara.

¿Qué cara?

Esa cara de pena infinita.

No es pena.

-Entonces, ¿qué es?

Desgarro,...

infelicidad, infortunio,

no sé, fatalidad.

Pues llámalo como quieras, pero has de salir.

Ni hablar, madre.

No me quiero encontrar a Emilio con su prometida.

Me ha contado Arantxa que ya ha llegado

y que la ha visto con los Pasamar en el restaurante.

Le arranco la cabeza. -Cálmate.

¿Y qué piensas hacer, vivir aquí eternamente encerrá?

No suena tan mal.

No, pues ni hablar del peluquín.

Tú eres una Domínguez Del Campo y nosotras no nos escondemos

cuando un camarerucho de tres al cuarto nos da la espalda.

Nosotras salimos con la cara bien alta,

y demostramos a la gente cómo somos.

¿Cómo somos, madre?

-Unas diosas, eso es lo que sois.

¿Quieres que te acompañe a dar un paseo?

El aire fresco te vendrá bien. No, padre, no tengo ánimos,

pero se lo agradezco.

No sé qué vamos a hacer con la niña, no podemos seguir viéndola así

sin hacer nada. -No, claro que vamos a hacer,

¿qué te crees? Ya te dije que lo había pensado.

-Lo sé, lo que no sé es el qué.

¿A qué viene tanto misterio?

-A que no me da la gana aún de contártelo.

Ya te lo diré a su debido tiempo.

¿Acaso me cuentas tú que andas por el barrio dando consejos

de cómo calmar a las mujeres?

-¿Otra vez con eso, mi Mari Belli de mi vida?

-Mira, mi Mari Belli de mi vida ni mi niño muerto.

Y encima... te has olvidado las anchoas,...

mis anchoas, y eso que te dije que las compraras antes de subir.

-Pero pensaba hacerlo luego, para darme un paseo.

-Te has olvidado y punto, ¿y sabes por qué?

Porque no piensas en mí.

-Si yo solo tengo ojos para ti, pero si...

-Me llevo mis tomates, para hacer la pipirrana.

-¿Te apetece descansar? -Como a ti te apetezca.

-A mí me da igual, pero igual tú no estás acostumbrada

y prefieres sentarte un rato. -Lo que tú prefieras.

-Bueno, venga, vamos a sentarnos.

¿Qué te ha parecido el parque?

-Es bonito.

-¿Y el barrio, qué te parece, te estás gustando?

-Es bonito.

-Antoñito.

-Emilio.

¿Qué tal? Imagino que ella será...

-Sí, Angelines, mi prometida.

-Bienvenida al barrio, Angelines. ¿Qué, le gusta?

-Sí, es bonito.

-Han tenido suerte, hoy está animado,

si han pasado por el parque, habrán visto al barquillero.

-Don Emilio,...

¿no nos presenta?

-Sí, claro, ella es Angelines, la hija de don Copérnico Ledesma,

y mi prometida.

-Enhorabuena a los dos por el compromiso.

-Angelines, se llama como mi tía abuela,

lo que pasa que la pobre ya murió cuando yo era chica.

Se atragantó con el chorizo, con las tripillas.

-Es que las tripillas del chorizo son muy traicioneras.

-Bueno, será mejor que siga enseñándole la ciudad,

que hemos parado a descansar unos minutos.

Con Dios. -Con Dios.

-Hay que ver lo poco que pega esa pareja.

-Bueno, los enamorados a veces son como el agua y el aceite.

El amor es así, ¿no?

-Por primera vez en mucho tiempo he visto a Genoveva de nuestra parte.

¿Usted cree?

¿Usted no? ¿No le han parecido sinceras sus palabras?

No sé,...

no acabo de creerme este súbito arrepentimiento.

Cree que nos está engañando. No lo sé,

esa es la cuestión, no tengo certeza.

Conozco bien a doña Genoveva y...

hay algo que me hace dudar, pero no sé exactamente el qué.

(Se abre una puerta)

Entiendo.

Su sensibilidad femenina le hace ver cosas que yo no puedo ver.

Este... salmón está exquisito.

¿Qué le ha puesto?

Eneldo y un poco de limón, señor.

Yo también tomaré algo antes de comer,

para abrir boca. Lamento no poder acompañarte,

querida, pero tengo una reunión que atender.

Volveré para la comida.

Querida...

Señora,...

tengo algo que comentarle.

(Se cierra una puerta)

He tenido una conversación muy interesante con don Alfredo.

¿Al hilo de qué? Al hilo de usted.

¿De mí? Sí.

Don Alfredo no acaba de fiarse de usted,

no cree que su arrepentimiento sea sincero,

y para ser franca, yo tampoco. ¿Por qué me lo cuenta?

Estoy de su lado, señora. Y hace bien.

Como le dije, lo más inteligente es estar al lado del adversario

más fuerte, y ese soy yo.

Lo sé, señora. Úrsula,

usted cree que el amor nos hace débiles, pero no a mí,

a mí me da fuerza, poder,

energía para seguir.

¿Habla usted...

del amor que siente por don Felipe?

Sí.

Ahora mismo es lo único que me impulsa a seguir,

y ni Alfredo ni nadie podrán detenerme.

Tenga cuidado, señora,...

la maldad de don Alfredo es inconmensurable.

Sea como sea,...

poco le queda.

Si de verdad está de mi lado, necesito que haga algo por mí.

-Primo, yo estoy muy preocupada por mi señor.

-No es para menos,

no sé qué haría si Marcelina me abandonara cogiéndose los bártulos.

¿Qué le has hecho al cesto pa desgarrarlo de esta manera?

-Llenarlo de viandas.

A ver si te crees que me he liao a mamporrazos con él.

-Parece que lo has llevao a la guerra.

-Pos lo he llevao al mercao.

De verdad que yo no sé qué hacer cuando está el señor tan triste

como últimamente.

-Pensaba que habías dicho que lo habías visto más animao.

-Sí, pero porque tenía visita.

Hoy ha venido el suegro y el marío de la Lola,

y le ha dao contentura al hombre, pero cuando se han ido

ha vuelto a lo mismo, a estar alicaío, bajuno, hecho carbón.

-Vaya faena.

Pobre hombre.

-Yo no sé qué hacer, de verdad.

-¿Y qué quieres hacer tú, cantarle una jota?

-Hombre, pos lo haría si con eso las cosas se apañaran,

pero me da a mí que ni con esas.

Además, que yo tampoco quiero propasarme

en la confianza con el señor,

yo siempre he estao mucho más cerca de doña Rosina,

no de él.

-No tie na que ver, mujer.

Tu señá siempre ha sío... como una madre para ti.

-Y más salá que las castañuelas.

Hasta incluso a lo último, cuando estaba tan hundida pegando voces

por la casa, la llenaba de alegría.

No como don Liberto, que está... tan...

-Tan callao.

-Tan silencioso, tan tristón, como sin vida.

(Suena un timbre)

-Dale tiempo al hombre pa que se le cure el corazón roto.

Oye, no he visto a la Marcia, ¿ya ha vuelto a la faena?

-Un poco, no del todo. Esta mañana se ha bajao

a casa de don Felipe, pero porque ella ha querío,

porque el señor le ha dicho que podía quedarse descansando

una semana más.

-Eso hubiera sío lo suyo. -Ya,

y yo lo hubiera preferío. Cuando la he ayudao a vestirse,

le he visto el moratón que tenía en el cuerpo.

Menuda avería le hizo el desgraciao.

-Es una chica... fuerte y resistente.

En cuanto la vi lo supe.

Me pasaba lo mismo con los borricos, cuando los veía,

sabía cuál iba a ser robusto y cuál

iba a aflojar.

Bueno. Pos esto ya está.

Aquí tienes.

-Qué bien ha quedao, muchas gracias, primo.

He quedao a luego con la Marcelina pa ir a la plaza de aquí al lao,

que ponen un mercadillo

unos de Ávila y quiero llenarlo

de quesos y de salchichón.

-Mi Marcelina.

-¿Todavía seguís regañaos? -Sí.

Y no sabes lo mucho que me entristece eso.

Lo he intentao casi to, pero no me perdona.

Mira que es tozuda.

-Ya, pero ha sío así siempre, así la compraste.

-Sí, pero es que...

-¿Qué? -Pues que...

si ella supiera...

lo mucho que la quiero y que la echo de menos,

no solo de presencia, que a eso se acostumbra uno,...

echo de menos a Marcelina de verdad.

Que me hable, me cuente sus cosas,

su sonrisa, que lo inunda to,

su olor cerca de mí,

y cuando no está es como si...

tuviera el estómago vacío.

A veces tarda en volver, me da por pensar:

¿Y si le ha pasao algo?

O... ¿y si se ha dao cuenta de que...

no la merezco y... me ha abandonao?

Entonces, prima,...

se me clava una angustia en el estómago que es como...

cuando tienes hambre y te crujen las tripas,

pero lo que tienes es un nudo.

Pos peor, prima, mucho peor, que...

yo sin ella no soy na.

Prima, sin ella soy na de na.

-Ay.

-Marcelina.

¡Yepayaaa!

(RÍE)

-¿Me pues dejar a mí, que parece que estés machacando nueces?

-Que no, Lolita, que lo hago yo.

-Es que yo tengo costumbre, que lo hago desde siempre.

-Ya, pero ahora es distinto.

-¿Qué es distinto?

-Que no puedes hacer esfuerzos ni actividades peligrosas.

-Uy, sí que puedo, estoy perfectamente.

-Lolita,... estás embarazada.

-Ya, pero eso no significa que sea inútil o que esté enferma.

-Eso significa que soy tu marido y no voy a dejar que te pase nada,

ni a ti ni a la criatura,

-Ya, pero es que... -Pero es que nada, Lolita.

¡Cagüen!

-¿Qué te ha pasao? Pero si te has rebanao el dedo.

Ven, anda, ven.

¿por qué no me haces caso?

Eres más cabezón que mi tío Manolín, que tenía una enfermedad mortal,

él lo decía, y se murió na más que pa tener razón.

-Para, para, para, para. -Vale, hay que cortarlo.

Buenas tardes. Úrsula, viene en mal momento.

Ya lo veo, ya. ¿Qué quiere?

Les traigo un regalo de parte de mi señora.

¿Un regalo? -¡Ah, que duele!

Sí, por su embarazo.

Ah, pos no me parece bien. Dígale que gracias, pero que no.

¿Que no qué? -Que no queremos el regalo, Úrsula.

¿Están seguros?

¿Eso quieren que transmita a doña Genoveva?

Con Dios.

Pero ¿qué le pasa a esta mujer, por qué no me deja en paz?

-Porque no está acostumbrada a recibir un no por respuesta,

se tiene que salir con la suya, le estás haciendo daño.

-Hay que apretar, pa que pare.

-¡Sorpresa! -¡Sorpresa!

(Gritos)

-¡No puede ser!

-Ay, Liberto,...

no me sentía así desde...

no recuerdo cuándo, la verdad.

-Jamás la había visto más guapa.

Me gusta verla sonreír.

-Hace mucho que no tenía razones para hacerlo.

-Señor,

su tía ha venido a visitarlo. -Hazla pasar.

-Ya he pasado sin tu permiso, ¿te crees que lo necesito?

-No la esperaba, tía.

-Ya lo sé, si no vengo yo a verte, a ti no se te ocurre invitarme.

-No estaba animoso para recibir a nadie.

-Pues si no estás animoso,

te animas, es cuestión de voluntad,

y de proponérselo.

Trae el té.

Dime, ¿cómo estás, cómo te encuentras?

-Bien. Supongo.

-¿Supones?

-Estoy bien.

-Me habían dicho que algo mejor.

-¿Quién, don Ramón?

Poco a poco voy superando los días y las horas.

-Cuando menos te des cuenta volverás a ser el hombre que eras:

feliz y sonriente.

-Claro que sí, no se preocupe.

-Sí que me preocupo, sí.

Liberto, las penas hay que sacarlas,

plantarles cara,

hablar de ellas sin tapujos, porque si no,

no se superan nunca.

-Cada uno supera las cosas a su manera.

-Pues tienes que salir de este encierro,

dejar de esconderte.

-Yo no me estoy escondiendo de nadie.

¿Y por qué no has puesto un pie en la calle desde que se fue Rosina?

-Porque no me apetecía.

-Pues tienes que salir, entretenerte, distraerte.

-Y lo haré, tía, pero ya le he dicho que poco a poco

y a mi ritmo.

-¿Y si me vengo unos días aquí?

-Pero...

¿a vivir, se refiere?

-A pasar una temporada,

para que no te sientas tan solo.

-Tía, yo se lo agradezco, sé que lo hace

con toda su buena intención, pero no es necesario.

-Sabes que no te estoy pidiendo permiso, ¿verdad?

Que si creo conveniente venirme aquí

porque te veo mal, lo voy a hacer.

-Tía, le prometo que estoy bien.

Y para demostrárselo, ¿qué le parece si me arreglo un poco

y salimos a dar un paseo o tomar una limonada?

-¿Te apetece?

Hasta podemos atravesar el parque y llegar hasta el centro.

-Claro que sí. Lo que usted desee.

-Hala.

-Anda, dime otra vez eso que has dicho sobre mí.

-Te lo digo esta noche.

En la cama.

-¿Y me harás el rugido del amor?

-Te haré lo que tú quieras, cordera mía.

-Buenas tardes.

Marcelina, hágame el favor, un buen ramo de claveles colorados

como la sangre. -Voy como una saeta.

-¿Pa su señora esposa de usted, don José?

-Así es, y to por tu culpa.

-¿He hecho algo malo?

-¿Por qué le dijiste eso sobre mí?

-¿Qué le dije? -Que yo te había contado

que sabía calmar a las mujeres.

¿No sabes que eso ella se lo guarda? -Pos no la conozco tanto.

-Pues te lo digo yo,

que sí que la conozco. No sabes tú lo rencorosa que es,

me has metido en un buen lío,...

aunque con este ramo espero solucionarlo.

-¿Ve como sabe calmar a las mujeres? Ni una mentira dije.

Perdón, don José,

lo hice sin mala intención. ¿Me disculpa?

-Veremos.

Veremos si funciona lo del ramo.

Quizá sí.

-Ah, ¿qué puede que no funcione?

-Cualquier cosa podría pasar.

-No sabía que se lo iba a tomar tan a la tremenda.

Pos sí que tiene genio, sí. -Ni te lo imaginas.

-Aquí tiene, don José.

-Muchas gracias, Marcelina.

Con Dios. -Con Dios.

¡Ah!

¿De verdad has hecho eso que dice don José?

-No quería meterle en un lío, lo hice sin mala intención.

-Buena o mala la has liao, Jacinto.

Con lo que yo admiro a doña Bellita y tú haces que riña con su esposo.

Anda...

-No te enfades, cordera mía, dame un beso.

-Ni besito ni besita, hala, arreando,

a la faena. -Pero ¿y el rugido del amor?

-Pero ¿qué rugido ni qué rugido, Jacinto?

-(RUGE) -Chist.

¡Aire!

(Llaman a la puerta)

-¡Marcia! Pero ¿qué haces ahí, mujer?

Pasa, pasa, no te quedes fuera.

-Te traigo una sorpresa.

Es un dulce de mi país.

-Pero qué pintaza, ¿y es para mí?

-Se llama ambrosía, y espero que te guste.

-Pues enseguida lo sabremos, ¿te parece si hago un chocolate

y nos lo tomamos mano a mano? Anda, coge los platos

y las cucharas, que están ahí.

No tenías que haberte molestao.

-Yo te quería agradecer todo lo bien que te portas conmigo.

-¿Y cómo me voy a portar, mujer?

Lo que me sorprende es lo rápido que te has recuperao,

que estás ya trajinando de arriba pa abajo.

Eres más dura que un pedernal.

-Bueno, una aprende a fuerza de golpes.

-Anda, mujer,...

tranquila que todo eso ha pasao,

aunque don Felipe tenía razón,

no tenías que haberte incorporao tan rápidamente a la faena.

-¿Y qué hago si no "traballo"? -Descansar.

-Yo no sé descansar.

-¿Cómo están las cosas con tu señor?

-Bueno, ya sabes...

-Me ha dao la impresión de que estáis...

distanciaos.

Ay, muchacha, si yo ya te lo dije.

-Ya, ya lo sé, Casilda.

-No tenías que haberte hecho ilusiones,

aunque ¿qué estoy diciendo yo de ilusiones?

La vida no tendría ningún sentido sin ilusión, no merecería la pena.

Me acuerdo yo cuando conocí a mi Martín.

Me enamoré de él...

y to lo demás dejó de importarme.

-El amor mueve el mundo, Casilda.

Sin amor, la vida no tiene sentido.

-¿Y entonces,...

vas a olvidarte de don Felipe o qué? Porque...

ya no me entero, Marcia.

-¡Casilda, el chocolate! -Ay, Dios mío, que se ha quemao.

Nosotras hablando de amor

y el chocolate quemándose. De verdad, estoy boba, ¿eh?

Se ha echao a perder.

-Mari Belli.

-No está.

Traigo un jarrón por si las moscas, porque ya veo que en cuanto las vea

las va a querer poner en agua. -No entiendo, ¿dónde ha ido?

-Ahora le cuento, porque como tiene la costumbre de darme explicaciones

de dónde va o dónde deja de ir.

-O sea, que no te ha dicho nada.

-Salió hace rato largo sin dar mucha explicación, la verdad.

-¿Mucha? O sea, que alguna sí te dio.

-A ver, me dijo que iba a arreglar algo de Cinta, pero no me dijo qué.

-Hablando de Cinta, ¿dónde está?

-Ahí está, en el cuarto, no ha salío en to el día.

-¿Desde que la dejé esta mañana? -Ahí está,

tumbada en la cama, boca arriba, mirando el techo.

-Voy a verla,

esto está pasando de castaño oscuro.

-Buenas tardes a todos. -Hombre.

Ya está aquí mi sultana. -Ni te me acerques,

José Miguel Domínguez Chinarro.

¿Y ese ramo? Ah, ya sé,...

para una de esas señoras de las que tanto sabes, ¿no?

-No, para mi Bella.

-Una de las señoras que sabes cómo calmar y tratar, ¿no?

-(CARRASPEA)

Tú sabes perfectamente...

que esos claveles colorados son pa ti,

colorados como el amor que siento por ti.

-Tu amor.

-Pero ¿por qué te pones así, por qué te lo tomas así?

Si ya te lo he dicho, ha sido un malentendido.

-No lo ha sido, pero no quiero seguir hablando de ello.

¿Quieres... o no quieres saber dónde he ido?

-Sí quiero.

-A una academia de canto lírico.

-¿Canto?

Pero si tú no necesitas clases de canto.

-Ya lo sé.

Es para tu hija, la he apuntado. -¿Cómo?

-¿A que es una buena idea? -Sí, buenísima,...

pero,...

sin ánimo de ser aguafiestas, ¿se puede saber con qué dinero

vamos a pagar esas clases? -¿Te crees que no lo he pensado?

-Sí, no lo dudo ni un segundo,

pero es que... -¿Qué?

-¿Me dices cómo vamos a pagarlo?

-He empeñado uno de mis collares.

-Pero si ya habíamos empañado todos los collares de...

Ay, amá.

¿No me diga que ha empeñao el...?

-Sí, ese.

Mi hija es lo más importante ahora mismo,

y creo que lo mejor para ella es sacarla de casa.

¿Y cómo la convencemos para salir de casa?

-Con la zanahoria delante del burro, ¿no?

-Eres brillante, mi sirena.

-Espera, que no he terminado.

De esta manera, saldrá de casa y, de paso, se educará la voz.

-Hay una cosa que no entiendo:

-¿El qué?

-¿Por qué cante lírico?

-Porque lo digo yo. -Ah, mira,...

razón suficiente pa callarme la boca.

Si es lo que tú quieres, eso será.

-Veo que nos vamos entendiendo.

-Sí, perfectamente.

¿A que cojo los claveles y los tiro por la ventana?

-¿Por qué cierras tan pronto?

-Ay, quiero llegar pronto a casa pa ver cómo tiene Antoñito el dedo,

que hace un rato se ha pegao un tajo, se ha rebanao el dedo.

-Pero ¿y cómo ha sío?

-Intentando abrir una caja, que ni tiene maña, ni sabe,

ni lo hace nunca, que esas cosas siempre las hago yo.

-¿Y pa que se empeña tanto?

-Porque no quiere que haga esfuerzos.

-Ah, claro, por el embarazo.

-Desde que sabe que estoy embarazá,

me controla hasta cuando voy al baño.

-Qué romántico.

-Y qué cansino. -¿Qué dices, loca?

Eso es porque es muy amable.

-Y pesao, Casilda.

-Lo que tú digas. -Mañana te cuento.

-Casilda,... contigo quería yo hablar.

-¿Por qué, he hecho algo malo?

-No, pero lo vas hacer.

-¿Perdón?

-Quiero que espíes a Liberto.

-¿Qué es lo que ha dicho, doña Susana?

-¿Estás sorda? Que lo espíes.

Que no le pierdas de vista ni a sol ni a sombra,

quiero saber si está bien, si empieza a animarse.

-Yo le veo mejor.

-Eso es lo que dicen los Palacios, y yo, si te soy sincera,

lo he visto mejor hoy,

pero es muy raro que ese disgusto

por la marcha de Rosina se le pase tan pronto.

-Es que él es un hombre entero y sensato.

-Es un hombre enamorado,

y no se puede bajar la guardia.

Si ves que vuelve al pozo,

si vuelve a hundirse, vienes y me lo cuentas.

-Ya, doña Susana, pero espiarlo es algo mu feo.

-Lo que es muy feo es que me desobedezcas.

¿Qué quieres?

¿Que termine por hacer algo malo?

-¿Algo malo?

-La tristeza es algo muy serio, Casilda.

¿Qué quieres, que termine haciendo una barbaridad?

-Doña Susana, ¿cree usted que don Liberto...?

-Nunca se sabe.

¿Y si no hiciéramos nada y pasara?

-yo no me lo perdonaría jamás en la vida.

-Entonces ¿cuento contigo o no?

-Sí, sí, yo le voy a espiar hasta cuando esté en el excusao.

-Tampoco te pases. Y otra cosa:

no le dejes solo mucho tiempo.

Si ves que está en el comedor, triste, haces como que limpias.

Si está en su habitación, te inventas lo que sea para que salga.

-¿Y si no quiere?

-Me llamas, yo iré todo el rato y en cuanto pueda, pero, Casilda,...

en nuestra mano está que mi sobrino salga de esta, ¿estamos?

-Señor.

Ya es tarde, me voy a dormir al altillo, si le parece.

¿Necesita alguna cosa más de mí?

-Necesito que dejes de hablarme de usted.

¿Cómo te encuentras?

-"Muito" mejor, no... has de preocuparte por mí.

-No sé si eso voy a poder evitarlo.

Si te ocurriera algo,...

no sé lo que haría.

-Te he echado de menos.

-Y yo.

Dime,...

¿qué significa esta medallita para ti?

El otro día, cuando creías que la habías perdido,

te angustiaste mucho.

No parece que tenga mucho valor.

-Para mí sí,... valor emocional.

-Forma parte de tu pasado.

Marcia,...

cuéntamelo.

¿Por qué no quieres hablarme de ti?

De lo que te ha traído hasta aquí.

Veo el dolor en tus ojos,...

tu vulnerabilidad.

-Yo tuve un tiempo difícil.

Me quedé "órfao" "muito" joven.

-¿"Órfao"? -Sí,

sin... padres, sin nadie que cuidara de mí.

Comencé a trabajar en una... ¿Cómo se dice?

¿"Exploraçao"? -Explotación.

¿De qué?

-Una explotación de caucho.

Y... Felipe, yo prefiero olvidar.

-Olvídalo.

Aquí estás a salvo.

Yo te voy a proteger,...

y cuidaré de ti.

Nadie volverá a hacerte daño.

Nadie puede saber lo que hay entre nosotros.

-Dicen que doña Victoria es una de las mejores maestras de canto

de la ciudad, y tu madre quiere que sepas cantar de todo:

canción lírica, española.

Mi madre quiere que me olvide de Emilio.

Sí, bueno.

Y eso no lo va a conseguir ni las clases de canto ni los desayunos.

¿Seguros?

Sí, como el resto

de los vecinos de Acacias.

No conozco los detalles,

pero don Ramón les ha hecho invertir a todos en una compañía

que se llama... La Tizona.

-Cuéntanos en qué te podemos ayudar. -Mi Jacinto le pidió consejo

a don José y le dijo que lo hacía porque él

si sabe tratar a las mujeres. Y entonces doña Bellita se enteró

y se ha enfadao con su marido.

-¿Y eso por qué?

-Porque es como decir que don José va requebrando por ahí

a unas y a otras. Celos, vamos.

"También decirte que eres la única persona de este barrio

a la que he considerado mi amiga".

Pos bien que me la intentaste pegar con mi Antoñito, víbora.

"Sé que he cometido muchos errores

y no me he merecido tu amistad, pero quiero que me perdones".

-En Cinta, ¿no? A ver, deja de darle vueltas.

Sabes que tienes un compromiso y que te casarás con Angelines.

-Por mi culpa.

-Camino, deja de decir eso.

El único culpable es aquel señorito que te forzó.

-No sé si iría, no se me olvida, que aún sigo enojá.

-Morena, por favor,

que yo no he hecho nada tan grave como para que no me perdones.

-El gran seductor. -Eso lo dicen los demás, pero yo no,

yo solo tengo ojos para mi Mari Belli de mi alma.

-¿Y por qué lo dicen?

-Digo... por mi gracia torera.

-Genoveva me ha escrito una carta. -¿Para qué?

-Que antes nos llevábamos bien, luego no, y...

que si quiero que volvamos a ser amigas.

-Pos dile que sí.

-¿Tú crees?

-Sí, hombre. Pa enemistarte siempre hay tiempo,

pero te digo una cosa: ándate con cuidaito con ella.

¡Harta!

Harta me tiene con sus consejos interesados,

harta de que trate de medrar con mi esposo.

¿Quién le dio el dinero para la inversión de Ramón Palacios?

¿De dónde lo sacó?

Recuerde la promesa que me hizo.

Nada de preguntas.

Yo tampoco le pregunto a usted por qué se traiciona a sí misma

ayudando a los vecinos que tanto desea hundir.

No me cuestione. No lo hago, señora.

Y no lo haga...

o me encargaré de que todos sepan cómo llevó a Agustina

hasta la desesperación para que quisiera quitarse la vida.

Usted estaba de acuerdo.

Será su palabra contra la mía,

y usted no goza de mucha simpatía en este barrio.

-Doña Susana, yo no valgo pa la vida de espía.

-Chist.

¿Has estado al tanto de mi sobrino?

-Sí.

Siempre y cuando he podido, no se me ha escapao,

porque este hombre es más escurridizo que una anguila.

-¿Qué ha hecho?

Lolita, por favor, ¿no has recibido mi carta?

La he recibío,

pero ya me llevao bastantes decepciones con usted

como pa tener más.

-¿Vives aquí hace mucho?

-Ni recuerdo el día que llegué aquí.

-Entonces conoces a Emilio hace mucho.

-Ende que llegó con la madre y con la hermana.

-Y... ¿tú sabes si ha tenido otras novias

antes que yo?

(Pasos)

Señora,...

sé que va a enfadarse conmigo, pero creo que es mi obligación

decírselo.

Olvídese de don Felipe. Fuera.

¡Fuera de aquí!

No puedo.

No puedo olvidarlo.

-¿Querías decirme algo?

-Me he dado cuenta que andabas con amoríos con otra moza

antes que yo.

No hace falta que me digas que no,...

porque soy de pueblo, pero no soy tonta.

-Nunca he pensado que lo fueras.

Felipe, no me dejes, por favor.

Todo va a cambiar.

Estamos en medio de la calle.

¿Qué es lo que va a cambiar?

Te juro que todo lo que nos impide estar juntos va a desaparecer.

  • A mi lista
  • A mis favoritos
  • Capítulo 1061

Acacias 38 - Capítulo 1061

24 jul 2019

Susana, preocupada por Liberto, pide ayuda a los Palacios y a Casilda para que le vigilen y levanten el ánimo de su sobrino.
Los Domínguez, al saber que Angelines está en la ciudad, intentan animar a Cinta llevándola a clases de canto. Emilio, como alma en pena, pasea con Angelines, ante las miradas de extrañeza de los vecinos.
Genoveva cambia de estrategia con Alfredo y le pide perdón; a partir de ahora acatará las decisiones de su marido. Úrsula sigue jugando a dos bandas con sus señores.
Felipe y Marcia comienzan una relación secreta.

ver más sobre "Acacias 38 - Capítulo 1061" ver menos sobre "Acacias 38 - Capítulo 1061"
Programas completos (1079)
Clips

Los últimos 3.614 programas de Acacias 38

  • Ver Miniaturas Ver Miniaturas
  • Ver Listado Ver Listado
Buscar por:
Por fechas
Por tipo
Todos los vídeos y audios

Añadir comentario ↓

  1. Nubia Moreno Oicatá

    Totalmente con Felisa * ese bueno para nada * de Antoñito en mi país a esos hombres se les dice * que no sacan ni una gata a mear*.

    25 jul 2019
  2. Felisa

    PERDÓN por la reiteración de mi comentario, fue involuntaria, vayase a saber que pasó con el envío

    24 jul 2019
  3. Felisa

    ¿ Que le pasa a " Felipillo " ? tras diez años de " abstinencia " se le despertó la líbido ?.- No entiendo aún a que está " jugando " con Genoveva o cual es su estrategia.; y lo mismo los guionistas que están mas perdidos que " Turco en la neblina" .-- Ya estoy compadeciendo al tontuelo de Emilio, parece que la tal Angelines NO es para nada una INOCENTE CAMPESINA.- ¿Y el inutil de Antoñito ?, no solo no es capaz ni voluntarioso de ganarse la vida TRABAJANDO sino que además es incapaz de abrir una caja sin lastimarse sus deditos !!!!!!

    24 jul 2019
  4. Saro

    No me gustó que, en su momento, un hombre enamorado e inteligente como Liberto, se dejara embaucar por Genoveva, a pesar de que no estuviera pasando por los mejores momentos en su matrimonio. Ver a Rosina sufriendo, por una situación tan impensable que se diera con el Amor de su vida, no ha sido justo. Liberto no actuó, respecto a su esposa, con nobleza, lealtad ni decoro. Ambos han sufrido mucho pero, hemos podido ver, que todos se han preocupado más por él que por ella. La situación de deterioro en que los guionistas habían ido poniendo a la pareja, nos hacía presagiar que algo grave estaba a punto de suceder. Este trance por el que han hecho pasar a la pareja nos ha servido para comprobar, una vez más, el extraordinario talento y recursos que poseen estos dos actores y que, tanto en la "comedia" como en el "drama", su trabajo es increíble. Nunca había visto a dos seres amándose tanto y tan destrozados, desesperados y atormentados por estar alejados. Sólo espero que Liberto y Rosina vuelvan a estar unidos y felices como al comienzo de su relación. JORGE y SANDRA, mi más sincera felicitación a ambos, por ese soberbio trabajo que realizáis cada día. Un abrazo

    24 jul 2019