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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1053 - ver ahora
Transcripción completa

-No voy a decirle que no he vivido como consecuencia

de su recuerdo permanente.

A mi modo he llevado una vida, si no absolutamente feliz,

sí satisfactoria.

-Pero... a ver,...

usted me buscó, ¿acaso en algún momento trató de encontrarme?

-¿Qué habría ganado con ello? Siempre supe

que no tenía ninguna posibilidad.

-¿Por qué nunca se casó?

-A todas las mujeres las comparaba con usted,

y perdí...

-Es una locura. -Sí, quizá para usted soy un loco,

bien podría calificarme así, pero desde mi punto de vista

solo soy un hombre enamorado.

-Romántico. -Llámeme usted como quiera.

En todo caso soy de los que piensan que en la vida solo se ama una vez.

A mí me sucedió con 20 años.

Lo que jamás me imaginé es que volvería a encontrarla a usted

de nuevo.

(Sintonía de "Acacias 38")

-Ay, Ignacio, yo... no sé qué decirle.

Es que me ha sorprendido, me ha pillado desprevenida.

-Puedo imaginarlo, y siento mucho haberla puesto en esa tesitura.

-No, no tiene por qué disculparse, ha sido honesto, sincero,

¿qué más podría desear una?

Soy yo la que me siento en deuda con usted porque no puedo decirle nada.

-Ni yo lo esperaba, no diga usted nada, he esperado años,

puedo seguir esperando.

-Una última cosa:

¿cómo supo usted que los libros no eran míos, sino de Liberto?

-Buenas noches.

-Casilda, rápido, acerca una silla que podamos sentarla.

-Madre del amor hermoso, ¿qué ha pasao?

-Con cuidado. Con cuidado.

Escuché un golpe seco. Cuando me acerqué,

vi a Marcia desmayada en el suelo.

-¿Cómo que desmayada? ¿Y por qué? -No lo sé, no lo sé.

Apenas he podido hablar con ella. Suficiente ha sido poder reanimarla.

Toma.

-Muchacha, ¿cómo te encuentras? -Bien, "obrigada".

-Se quejaba de la cabeza.

Ha tenido que darse un golpe al caer.

-(SE QUEJA) -Sí, aquí tiene un chichón.

-(HABLA EN PORTUGUÉS)

-Pa mí que es un chichón más grande que el huevo de un tordo.

-Sí, creo que eso significa.

¿Te duele? -Un poco.

-Sangre no tiene, desde luego. -Pues venga, a la cama a descansar.

-Ahora te llevo un paño frío,

para que no te suba más el huevo.

-¿Puedes caminar? -Sí.

-¿Seguro?

-Discúlpeme, señor.

-No hay de qué, vamos, a reposar. -Siento...

las molestias. -No digas eso.

¿Cuántas veces te dije que reposaras?

-Ahí ha dao usted en el clavo, es más cabezota que una mula.

-Mañana seré mejor. -No,

mañana el médico dirá si estás mejor.

-No, señor, no hace falta médico, yo puedo sola.

-Nada, ahora te llevo el paño frío.

-"Boa noite". -Buenas noches.

Casilda,...

estate atenta por si necesitara cuidados,

hazme el favor. -Sí, con favor y sin favor, señor,

no se preocupe.

-Casilda,...

¿no habéis notado que lleva un par de días un poco...

no sé, ausente?

-Sí. Poco atenta, como floja.

De no ser porque sé que faena en la casa de usted,

diría que hasta desnutría.

Ayer decía que no tenía apetito,

se fue a trabajar en ayunas, ni siquiera se tomó un vaso leche.

-Ahora recuerdo que se quejaba de dolor de cabeza.

¿No sabes qué le puede estar pasando?

-No, no lo sé, solamente me dijo que...

se encontraba con mal cuerpo.

Eso puede ser normal, lo que no lo es,

es que me dijo que se lo merecía.

-¿Su malestar? -Sí.

Como si tuviera una culpa muy grande,

y eso sí que es peor, señor.

-Puede.

Casilda,... ¿ella sabía que tú y Agustina...

ibais a declarar a favor de Liberto?

-Sí, sí. Es más, ella nos vio discutir...

con la Úrsula sobre el asunto.

-Ya.

-"No, señor,... nadie habla de eso delante de mí".

-¿Estás segura?

Piensa que pueden mandar a un inocente a presidio.

-Segura, señor.

Si supiese, le diría.

He estado con dolores de cabeza y no he hablado mucho

con mis compañeras del altillo.

-¿Por qué me pregunta eso, señor?

¿Por qué pregunta si Marcia sabía lo del juicio?

-Por nada. Por nada, Casilda.

Cuida de ella.

-Claro que sí.

Le he cogío cariño.

-Yo también.

Gracias.

-No hay de qué.

-Madre mía, qué plantas más raras.

Pues a ver cómo las vendo yo ahora. ¿Esto hay que regarlo?

-Un café con churros...

y un vaso de agua de Seltz.

-Camino, hija, te has hecho muy rápido a atender las mesas.

-Hablando es más fácil. -¿Te pasa algo?

Dime algo, por favor,...

no tienes que disimular ya.

-Me preocupa que esté rondándonos ese hombre.

-Me temo que no solamente nos ronda. Algo me ha contado Emilio,...

creo que se ha instalado en la pensión.

-Lo siento, madre,...

más que nada por mi hermano, Emilio, no debería tener que pasar por esto.

-No temas por eso, cariño,

sabíamos que Ledesma aparecería tarde o temprano.

-El caso es que no podemos tener un solo momento de respiro.

Perdí la voz por lo que pasó en Valdeza,

y justo ahora que la recupero, aparece...

Ledesma para recordarnos que aquello siempre nos perseguirá.

-Camino, mírame.

Todo se acaba olvidando, incluso lo malo.

Ledesma conseguirá lo que necesite y dejará de ser una preocupación

para todos nosotros.

Aceptemos las cosas tal y como vienen.

Buenos días.

¿Anda Emilio por ahí? -Ha madrugado usted mucho.

Sí, me apetecía salir, caminar por las calles y jardines.

Me chiflan las ciudades por la mañana.

Emilio todavía no ha llegado. ¿Y sabe cuándo lo hará?

Ni idea. Se sabe cuándo se va, pero nunca cuándo va a volver.

Ya. Camino, ¿tú sabes dónde está?

Creía que habías recuperado el habla.

Y lo he hecho. Me alegro mucho, de veras.

¿No te ha dicho dónde iba?

-A acompañar a Ledesma.

¿Y quién es Ledesma? ¿Qué van a hacer?

Lo digo solo por hacerme una idea de cuándo va a volver.

Quien es y lo que van a hacer se lo deberá explicar a usted Emilio.

De acuerdo. Con Dios.

No sé por qué tu hermano no ha roto con esa muchacha.

-Porque la quiere.

Está enamorado de ella y... no quiere hacerle daño.

-Cuanto más tarde en decirle la verdad, más daño le hará.

O coge el toro por los cuernos

o esto va a terminar como el rosario de la aurora.

(Llaman a la puerta)

Adelante.

Buenos días, señor. Buenos días.

He pensado que le iría bien un poco de café

y unas galletas de mantequilla.

Muchas gracias, me vendrá bien el café y la energía de las galletas.

¿Lleva usted muchas horas trabajando?

Unas cuantas, sí. Me he levantado pasadas las cuatro.

Debería usted haberme avisado. No,

no se preocupe, yo mismo me he preparado un té, pero....

con mi distracción habitual, no encontraba el azúcar.

Se esfuerza usted demasiado.

Tengo una cita entrada la mañana y no quería dejar algunos asuntos

sin resolver.

¿Muchos problemas? No.

No exactamente.

Muchas decisiones que tomar. Es lo único que exige el dinero:

decisión

y ser resolutivo.

La gente se piensa que los financieros, los capitalistas,

como con despecho nos llaman,

no trabajamos.

Los obreros lo piensan. Sí.

Es un falso concepto.

Agota mucho más una decisión que 100 paladas.

Bien lo sé yo, señor, que fui la esposa del conocido joyero

don Jaime Alday. Cierto,

joyero de palacio.

Le quitaba más el sueño el manejo del dinero que las propias joyas.

Supongo que su esposo estaría de acuerdo conmigo:

los pobres no tienen ni idea de lo que significa poseer

y acrecentar un patrimonio.

Es mucho más descansado ser un desposeído.

Yo que estado en lo más alto y en lo más bajo,

no podría haberlo dicho de manera más categórica,

pero quizá la felicidad, o la tranquilidad,

se encuentre en un término medio.

¿Usted cree?

Nada te falta, nada te sobra.

Equilibrio.

Puede que lleve razón.

No sé si mis razones sirven para el resto del mundo,

pero yo solo hablo por mí misma.

Es usted una mujer interesante, Úrsula.

Un día tenemos que sentarnos y que me cuente los negocios

del señor Alday... y de las relaciones

que hizo usted en esa época tan dichosa.

Habrá conocido...

apellidos que... podrían resultarnos interesantísimos.

Cuando usted desee, sabe que estoy

enteramente a su disposición.

Muchas gracias, Úrsula. Aunque...

si me lo permite ahora, soy yo la que necesita

hacerle un requerimiento.

Dinero.

Por mucho que me duela, don Alfredo.

¿Bien?

Dígame. Verá:

los individuos que nos proporcionaron a Marcia

piden un segundo pago.

Creí que ya habíamos pagado lo acordado inicialmente.

Así es, pero exigen renegociar la cantidad.

Eso es inasumible, además, no es justo.

Teníamos un contrato, bueno, una especie de contrato.

Lo sé, pero su posición es firme.

De justicia no hablamos,

desde luego que no se puede pedir peras al olmo.

Gentuza. Así es, pero...

creo que... Marcia nos está siendo de mucha utilidad.

Sí, sí, no tengo queja.

¿Y bien?

¿De cuánto estamos hablando?

Piden, señor,...

el triple de lo que se fijó inicialmente.

¡Pero esto es inaudito! Eso es una fortuna.

Así es, una barbaridad.

Entenderé perfectamente que no acepte.

Naturalmente que no lo acepto, no he nacido ayer.

Como desee el señor. Devolveré a Marcia...

al lugar de donde salió.

-Agustina, por el amor de Dios. ¿Se puede saber qué hace?

-Ya ve, señor,...

una, que es un rabo de lagartija y no puede estar sin hacer nada.

-Ande,... deje esto.

Suba al altillo y tómese su recuperación en serio.

-El doctor me ha mandado ejercicio.

-Bueno, pues... baje a los Jardines del Príncipe y camine.

-¿Qué más le dará a usted que me mueva por los jardines que por aquí?

La verdad es que Marcia está imposibilitada

y aquí hago más falta.

No voy a permitir que don Liberto y usted tengan que vivir en una casa

manga por hombro.

-Es usted tozuda.

-Desde bien chica.

-Agustina,... le agradezco que aceptara declarar.

-No hay de qué. -¿Se encuentra mejor?

-Casi bien del todo.

No podré bailar jotas todavía,

pero ya me sobra para tenerle la casa en condiciones.

-¿Sabe qué le agradecería más que la limpieza de la casa?

Que atendiera usted a Marcia.

-Hay que jorobarse la mala suerte que tiene usted con el servicio.

Primero me pongo mala yo y ahora, la muchacha.

-¿Cómo amaneció esta mañana? -Creo que mejor,

y mejor que se pondrá cuando se tome el remedio

que le ha mandado el doctor.

-¿Ya ha estado visitándola?

-A muy primera hora. Casilda ha ido a buscar el compuesto

a la botica.

Pierda usted cuidado,

que de esta sale.

-No sé yo si un tónico conseguirá curarla.

Creo que su mal es más bien... de alma que de cuerpo.

-Anda,... ¿y por qué dice usted esto?

-Pues no lo sé, llámele intuición o presentimiento.

-Lo que son las cosas.

Fíjese usted que esta mañana,... cuando he pasado a verla,...

me ha dado en la nariz que la pobre tenía un trastorno de melancolía.

Puede que eche de menos su tierra, su gente, qué sé yo.

-Sí, sí, es posible.

-¿Sabe usted

si dejó atrás familia o un amor?

En Brasil, quiero decir.

-Pues no lo sé,

no parece que le guste hablar de sí misma o de su pasado.

-Normal. Sobre todo si tiene esas penas.

Es muy mala, la memoria, dura y cruel.

-Hágame un favor, Agustina,...

deje la casa tal y como está, que bien nos podemos apañar unos días,

y suba a hacerle compañía a Marcia.

Si el caso es como creemos, la compañía le dará consuelo.

-Si usted lo dice, subiré a echarle un ojo,

pero luego bajo otra vez para ver si le hago falta.

-Está bien, está bien, es inútil discutir con usted.

(Llaman a la puerta)

-Señor,... tiene visita. -Doña Rosina, buenos días,

¿qué desea? -Hablar con usted.

-Esa por ahí, por ahí.

Ay, este mueble...

pos aquí.

-¿Aquí? -Sí.

Ahí está. Fabiana, muchas gracias.

Y se pue llevar los muebles que quiera que le sirvan pa la pensión.

-Gracias, Lolita. -Yo me estoy poniendo malo

solo del olor de los embutidos.

Ya podrías estirar la invitación a los embutidos y las legumbres,

que le íbamos a sacar buen provecho. -Pa no hablar del vino, ¿verdad?

-Con los embutidos ya verás el uso que le vamos a dar,

no vais a quedar decepcionaos. Ayuda a mi suegro

y Antoñito, anda, que les veo...

(RESOPLA)

-¿Estás bien? -Sí, sí, no se apure usted.

-Anda, quédate aquí fuera organizándolo todo,

que ya Jacinto y yo vamos sacando lo que quede dentro.

-Sí.

-Ay, Lolita, de verdad, qué pena me da.

-Pues... así es la vida. Mañana saldrá el sol otra vez.

-Me lo cuentan hace unos años y no me lo creo.

Una honrada comerciante, un pilar de la sociedad, expulsada y exiliada

de su propio barrio. Vamos, qué baje Dios y lo vea.

-Siempre ha habío ricos y pobres y, los pobres siempre salen perdiendo.

-Así es, qué le vamos a hacer.

-Bueno, voy a seguir sacando trastos.

-¿Qué está pasando? ¿Qué es toda esta algazara?

-¿No se ha enterado? A eso le llamo yo vivir en las nubes.

-El banquero, que no solo nos quiere arruinados, sino también bien lejos.

-¿Ha echado a Lolita de su tienda? ¿Definitivamente?

-No,... temporalmente, ¿no te digo?

Sí, para siempre. La ha puesto de patitas en la calle.

-Virgencita del Carmen, qué tiempo.

Ya no están seguros ni los comerciantes.

Y mi madre quería que me hiciera tendera pa tener una vida tranquila.

-Lolita, no te cargues tanto,

que luego lo vas a terminar lamentando.

Venga,... siéntate por ahí y descansa.

-Ay, no quiero ni pensar lo que tienes que estar pasando.

-Pues... por dentro me muero,...

pero no voy a permitir que ese usurero lo note.

Fui feliz el día que abrí la mantequería y voy a ser feliz

el día que la cierro, al menos aparentemente.

-Si supieras lo mala que me he puesto cuando me he enterao

del asunto. -Yo pensaba que era un arrechucho.

-No os preocupéis.

Amigos,... familia, vecinos, venirse tos p’acá, vamos.

Arrimaros. Ahí está.

Bueno,...

quiero que lean todos los carteles del Sueño de Cabrahígo, ¿qué pone?

"Conservas, embutíos, fiambres, champán, sidra,

chocolates selectos".

Pues eso es lo que quiero que nos comamos tos juntos

en amor y compañía, ea.

A comer.

Que no le falte de na a nadie. Y bueno, como...

no hay jardín sin flores, tampoco hay barrio sin usurero

que sangre a la gente,

y nosotros tenemos al nuestro,

bueno, mejor dicho, dos:

los Bryce.

Así que, alcen sus copas, y yo solo quiero decir que mal rayo les parta.

Ea. -Que sirva el dinero para botica.

-Por Lolita. -(TODOS) Por Lolita.

Señora,...

tengo buenas noticias.

-"Es que no lo hubiera imaginado nunca".

Usted es abogado, por el amor de Dios, abogado.

Su trabajo es mediar entre la gente,

pacificar, no ir con cuentos de uno a otro.

-Se está excediendo.

Yo no he ido con ningún cuento a nadie, tan solo he dicho la verdad.

-Mire, don Felipe, mis problemas con mi esposo son solo asunto mío.

Si yo decido contarlos a un tercero,

como a don Ignacio, no es asunto de usted.

No he dicho nada que sea mentira, ni que pudiera ofenderla.

Tan solo he dicho la verdad: que usted es una mujer casada,

a ojos de Dios y de los hombres.

-¡Pero ¿quién se cree que es?! ¿Mi párroco, mi confesor?

¿Cree que necesito que alguien me recuerde mi estado civil?

-Doña Rosina, por favor, tranquilícese.

-Por otro lado, sepa usted que aunque

no he iniciado ningún trámite, lo que me hizo Liberto

es motivo suficiente para la ruptura.

-No estoy muy seguro que un juez lo viera así.

Y, por lo contrario, completamente seguro que sería desestimado

por un tribunal eclesiástico. -Vaya con el ecuánime abogado.

Veo que le gusta la ley del embudo:

el marido puede hacer lo que le venga en gana,

¿y la esposa no puede hablar con otro hombre?

-Yo no he dicho eso.

-Pero ha tratado de ahuyentar a don Ignacio.

¿Quién le ha dado derecho para meterse en mi vida?

-Doña Rosina,... ¿ha pensado en su marido?

-¡Pero ¿a usted qué le importa?! -Estoy hablando de buena fe.

Liberto no sabe nada de don Ignacio, o eso creo.

¿Ha pensado lo mucho que le va a afectar?

¿Ha pensado lo mucho que le va a doler?

-Con Dios.

¿Qué hora es, Arantxa?

¿Para qué quieres saberlo?

Curiosidad. Ya, curiosidad,

te conozco yo a ti muy bien. A ver, a tus padres

les puedes engañar, pero yo soy lista como un aguililla.

¿Qué te pasa?

Estoy un poco confundida.

¿Por Emilio?

¿Qué te ha hecho? Nada en realidad.

¿Pero?

Anoche bajé, nos vimos, y él estaba como... distante.

Distraído. Sí, como si estuviera preocupado,

como si mi presencia no fuera de su agrado.

No. Estaría loco.

No lo descarto. Ese,

en la vida se ha visto en otra. Bueno, ¿y qué pasó?

Nada, me vine a casa sin darle más importancia.

Sería cansancio, un mal día, no sé, esas cosas.

Tú siempre disculpando al "mutil". Tata, no le insultes.

¿Qué insultar? "Mutil" es chico.

El caso es que esta mañana me he levantado con mi mejor cara

y me he plantado en el restaurante, y no estaba.

Ni estaba ni se le esperaba.

Bueno, pero eso raro no es.

No. Le dije a la madre que volvería,

volví y seguía sin estar allí,

así que le dije que le diera un recado cuando regresara.

Y hasta ahora. Hasta ahora.

¿Es raro o no, tata?

Con lo enamorado que dice que está de mí.

A ver, hemos tenido nuestros más y menos, por su indecisión.

¿Crees que se habrá echado para atrás, que ha vuelto a las andadas?

Hombre, hasta ahí no puedo alcanzar, Cinta,

porque en cuestión de amores nada cierto se puede saber,

pero una cosa te digo:

cuando vuelva tu madre, ya puedes mostrar rostro de alegría

y no decir lo que te agobia, porque como se lo cuentes...

Pondrá el grito en el cielo y acusará a Emilio hasta de la gripe.

Que si camarero, hijo de una mesonera, que si no me merece...

Ahí lleva un poco de razón tu madre. Tata, no empieces tú también.

No empieces tú, que viene.

(Puerta)

-Jesús. -Señora.

-¿No habéis estado mirando por la ventana?

No. -¿Por la ventana? ¿Qué sucede?

-Lolita y su familia,

que han desocupado la mantequería de viandas y mobiliario.

El Bryce, que va a ejecutar el desahucio.

Traigo el corazón en un puño.

¿Y Lolita cómo está?

Ella y su familia tratan de mantener el tipo,

hasta han dao un pequeño refrigerio,

pero se les nota que están consumidos por dentro.

Ya me hago cargo.

Ha de sentirse como me sentí yo cuando me dijeron que no actuaría.

Pobre Lolita, esa mantequería era su vida y su futuro.

No es lo mismo.

¡Maldito Bryce y la madre que lo parió!

Ahora, si ha ejecutado el contrato con Lolita,

que, al fin y al cabo tiene el respaldo de un suegro negociante,

¿qué no hará con nosotros?

-No lo voy a consentir. -Ea.

¿Y cómo piensas evitarlo?

-Don Ramón está buscando alternativas.

Está convencido de que el negocio de los seguros prosperará.

Y yo confío en él.

-¿Qué negocio, si no tenemos dinero?

-Pero tenemos fe. Algo se nos ocurrirá.

-Fe sí, pero lo que tú esperas es un milagro.

-Puede, pero hasta los milagros ocurren a veces.

-Bueno, me voy, que he quedao con Susana.

-Arantxa, a ver si comemos pronto, que estoy que me muero de hambre.

-Pues ya podía haber bajao al refrigerio con la señora.

-Quita, quita, quita.

¿Cómo ha conseguido que Alfredo le entregue este dinero?

Y en metálico.

Y en metálico.

¿Cómo?

Le dije que le podía conseguir lo que necesitara

por alta que fuera la suma, pero que no quería preguntas.

¿Fue así o no?

Descuide, soy una mujer de palabra.

Respetaré el trato.

Le quedo eternamente agradecida.

No olvide jamás todo lo que me debe.

Le acabo de decir que soy una mujer de honor,

y ahora le digo también que soy una mujer agradecida.

Le juro por la memoria de mi primer marido,

por la memoria de Samuel,

que nunca olvidaré ninguno de los favores que me ha hecho usted.

Me presentaré a reclamárselos. Algún día.

La estaré esperando.

Agradecida.

Mire lo que le digo,

no pienso a dar mi brazo a torcer,

el cartel de Servando daba la impresión

de que éramos unos pelagatos, y es así como nos consideran.

-Lo hicieron con su mejor intención.

-En este caso, la intención no basta.

Somos señores y nos deben un respeto, no intención, respeto.

-Tampoco es que yo quiera convencerla a usted.

Me limito a transmitirle lo que me contó mi criada.

-¿Que el servicio se ha tomado a mal que no quiera aceptar su calderilla?

Noticias frescas.

Aunque tampoco sé cómo se pueden considerar despreciados,

ni que no estuvieran acostumbrados.

-Nadie se acostumbra a eso, doña Susana,

y lo digo yo que lo he vivido.

-Ese tiempo quedó atrás, doña Bella.

Ahora usted es una señora de rompe y rasga,

un orgullo nacional, el orgullo nuestro, de todos.

-¿Usted cree?

-Y tanto.

Y no trate de parecerse a ellos, que no engañaría a nadie.

-¿Paseando, señoras? -Estirando las piernas, sí.

Y calmando un poco los nervios,

que el desalojo de Lolita me ha dejado inquieta.

-¿Y a quién no? ¿Y usted, tía?

-A quién no, como tú dices,

aunque me encorajina casi más el asunto de los criados.

¿Te parece bien que se hayan sentido tan superiores moralmente

como para reunir dinero para nosotros?

-¡Ay, déjelo ya, por lo que más quiera,

que tampoco es para empezar una guerra civil!

-Doña Bella tiene razón, está empezando usted a obsesionarse.

-Me marcho, que mi marido me estará esperando en casa.

Con Dios, doña Susana. A más ver, don Liberto.

-Buenas tardes, señora. -A más ver.

Yo también debería irme a casa. -¿Tiene un momento?

Me gustaría hablar con usted. -Claro.

-Verá,

he visto a Rosina con un caballero,

parecían departir en términos muy amigables.

Dígame por favor lo que sabe.

-No sé gran cosa, y te adelanto que no me gusta nada.

Ese... caballero fue novio de Rosina en su juventud.

-¿Antes que Maximiliano?

-Eso espero, si no sería otra cosa.

El caso es que se han encontrado

y al parecer, y según ella me dijo, tú lo enviaste a la casa.

-¿Yo? -Es un comprador de libros.

Ella ha aceptado que le visite, pero,... y de esto estoy segura,

después de que tú salieras de casa.

-Ya.

Tampoco sé de qué te sorprendes,

conoces a Rosina tan bien como yo,

y sabes que nunca ha sabido estar sola.

¿Qué hace una mujer templada cuando enviuda?

Agacha la cabeza y se resigna para el resto de sus días.

Pero Rosina no.

Ella nunca ha sido así.

Ni cuando enviudó.

-¿Cómo de seria es esa relación? ¿Piensan en el futuro, hacen planes?

-No lo sé. Si te digo la verdad, prefiero no saberlo.

Sea como sea,

no me parece mal cómo termine esa relación,

me parece peor cómo ha empezado.

Ahora tengo que marcharme.

No le pongas muchas mientes al asunto,

que te consumirá, y al fin y al cabo, ella no se las pone.

A más ver.

-"A las buenas".

-Buenas.

A mí me habría dao mucho apuro.

-Porque a ti los Bryce no te han quitao una mantequería.

Me lo hacen a mí,

y no sé si me hubiera conformao con decir cuatro cosas en alto.

Me los hubiera comío por los pies.

-De todas maneras,

Lolita le ha echao mucho valor.

Y no parecía estar tan rabiosa, no,

no es una cosa que le haya salido del temperamento,

lo tenía bien pensao.

-El temperamento lo tiene,

pero ha sabío pensárselo bien y darle a don Alfredo

ande más le duele.

Anda que no se hubiese reído el vampiro si Lolita hubiese llorado.

-Si hubiera justicia,

Lolita recuperaría su mantequería

y al vampiro se le iban a caer los colmillos

pa que no pudiera morder más.

-Eso, que con lo generosa que ha sío la Lolita, se lo merecería.

-Ahí llevas razón,

que no todo el mundo hubiera ofrecío el género que sobraba.

-Pero qué sobrar ni qué sobrar.

Si ya casi no le quedaba manduca pa vender.

Lo ha ido gastando en los últimos días.

Lo que pasa es que ella se fue a comprar,

para invitarnos al almuerzo.

Lo ha comprao to aposta.

-Tiene un corazón que no le cabe en el pecho.

-Sí.

Hasta me ha dado este plato

con embutido pa Marcia, pa que se lo subiera al altillo.

-Anda, pues llévaselo a la habitación.

-Si está en la cama,

que esta muchacha es tan cumplía y tan trabajadora,

que lo mismo se ha pirao pa atender a su señor.

Voy a ver.

-Espera un momento, espera.

Vamos a sentarnos.

Que yo, primero, quiero que hablemos antes lo del dinero.

-¿El de la rifa? -Sí, el de la rifa.

Ya veis que voy siempre con la limosnera

porque no quiero dejarla por ahí.

-Y bien que hace,

no vaya a ser que nos lo birlen el parné con lo que nos costó ganarlo.

-Me gustaría que decidiéramos qué hacer con el dinero

de una puñetera vez.

-Habría que hablar con tos los que vendimos números.

-¿Tenéis idea de lo que quieren hacer los demás?

-Mi Jacinto y yo sí que lo sabemos.

-Tú dirás.

-Mi Jacinto y yo creemos que después de lo que dijo doña Susana,

no deberíamos darles a los señores ni una perra.

-¿Y qué queréis hacer Jacinto y tú?

-Él dice que podríamos pagar la señal pa luego ir ahorrando

y comprar una tierra en su pueblo. Luego levantaríamos una casa,

poco a poco.

Sería como la casa de tos nosotros.

Pa cuando nos vayan echando de nuestros laboros.

-¿Jacinto ha escuchao el cuento de la lechera?

-No sé.

-Yo sí. -¿Sí?

-Sí.

-¿Tú crees que por mucho que nos afanáramos

íbamos a juntar cuartos suficientes pa comprar una tierra?

-Pequeña. Apenas una fanega o dos.

-Ya te digo.

Y después de pagar la tierra construirnos una casa. Estás chalá.

-Pues ya me dirás tú qué hacemos con ese parné.

-Sí que te lo voy a decir, que me lo has puesto como a Felipe II.

Hemos sacao mucho parné, ¿verdad?

Y hemos faenao mucho pa conseguirlo.

Pues entonces tendríamos que gastarlo en una fiesta para todos.

-Ah.

Si al final no se decide lo de comprar la tierra,

a mí no me parece mal dar una fiesta por to lo alto.

-Hombre, por to lo alto o por mediana estatura,

hasta donde alcance.

-Vendimos las papeletas diciendo que era para hacer un donativo.

-¿A los señores? Eso no es un donativo ni Cristo que lo fundó.

Los donativos se hacen a los que lo necesitan.

-Te recuerdo que los señores lo necesitan.

-No he visto a ninguno que se haya quedao en la calle.

-La Lolita.

-Lolita se ha quedao sin sus rentas, pero no en la rúa.

-Dejadlo ya.

Lo pedimos para donárselo a los señores

y tú estabas de acuerdo.

-Pero son unos desagradecíos.

-No todos.

Y no me parece bien gastárnoslo en una francachela pa nosotros.

-Pues no se me ocurre otra cosa. -Pues a mí sí.

Marcelina, ¿tú qué has dicho antes?

Que el dinero es pa los necesitaos, ¿verdad?

-Sí.

-Pues yo propongo eso, que sea pa el que más lo necesite.

Podríamos hablar con el señor cura

y que él racione y reparta en la parroquia.

¿Os parece?

-Bueno. -Bueno.

¿Y bien?

Los vecinos necesitan dinero

para invertir en el proyecto de don Ramón.

Aquí lo tiene.

-Buenos días. -Buenos días.

-¿Y ese dinero?

-Es de doña Genoveva.

Si no he entendido mal,

es para que los vecinos inviertan en los seguros.

-¿Qué quiere a cambio?

Absolutamente nada.

Quiero ayudarles a salir de esta crisis.

Si me permiten, será mejor dejar esto a un lado.

Hay asuntos más urgentes.

Si está usted preocupado por el juicio, también tengo noticias:

mantendré mi versión, por mucho que Alfredo rabie.

Me escama que quiera arriesgarse tanto.

Entiendo.

Pero es mi deber ayudarles, es lo que tengo que hacer.

Hay algo que me gustaría pedirles. Ya.

Intuía que quería algo a cambio.

No, se equivoca.

Querría que llevaran este asunto con discreción.

No puede llegar a oídos de Alfredo.

Solo deben saberlo ustedes y don Ramón.

-Cuente con ello.

Don Liberto tampoco se lo va a decir a nadie.

Gracias.

-No le va a resultar fácil que cambie mi opinión sobre usted.

Nadie es del todo bueno o del todo malo.

Ni blanco ni negro.

He cometido errores,

me he dejado llevar por la ambición de Alfredo,

pero no soy una mala persona.

Cuando el amor me roza, saca lo mejor de mí.

Hay personas que tienen ese poder.

Hacerme, si no buena, sí mejor.

En fin, vaya con confianza al juicio, Liberto,...

tiene un buen abogado y mejor amigo.

Con Dios.

-Le acompaño a la puerta.

Gracias, Felipe.

¿Falta mucho pa que venga el señor cura?

-No creo que tarde,

si sabe lo que les conviene a los más necesitados de la parroquia.

-De todas formas, pienso que hay mucho pellizco pa darlo así como así

y sin saber a quién.

-No sea usted rácano.

-No digo que no haya que donarlo,

solo que no hay que donarlo todo.

Podríamos hacer mitad y mitad.

-Mitad y mitad, ¿cómo?

-La mitad pa los pobres

y la otra mitad pa nosotros, que no somos ricos.

-¿Si no le llamo "rácano", cómo le llamo?

-No pierdas el tiempo, Jacinto.

De Servando no se puede hacer carrera.

-Mire, por allí viene el cura.

Ay, madre. A mí esto no me está pasando.

-¿Qué pasa?

-La limosnera, que la he llevado aquí pa no perderla,

y ahora no sé dónde la he puesto. ¿Dónde está mi limosnera?

¡Maldita sea mi estampa! -Pero búsquesela...

-Ya, ya. Ay, casi me muero.

Ya está. ya, mira.

-¿Y el dinero dónde está? -No lo sé, Servando.

No puede ser.

-¡Está rajá, la han rajao pa llevárselo!

-Pero ¿quién? -No sé.

Pero ¿dónde, cuándo, en qué momento?

Buenos días, padre. -Buenos días. Con Dios.

¡¿Dónde está el dinero?! -Se le habrá caído en la pensión.

¿Por qué me tiene que pasar esto a mí?

¡La culpa es mía por hacerme cargo del dinero!

-Vamos a ver si está en la pensión, Fabiana.

Señora, han traído esta nota pa usted.

-Qué raro.

Ramón Palacios me cita en el restaurante para dentro de un rato.

¿Sabes si ha ocurrido algo en el barrio que requiera tanta urgencia?

-Ocurrir han ocurrío muchas cosas,

y algunas ya no tienen remedio, así que, será otro asunto.

(Llaman)

-¿Esperamos a alguien?

-Yo no. Quizá usté sí.

-Menos pitorreo. Ve a abrir.

Señora, don Liberto.

-Ya lo veo, Casilda. -Hola, Rosina.

-Hola.

Mañana es el juicio. ¿Estás animado?

-No pierdo el temple, pero no he venido a hablar de eso.

¿Podrías dejarnos solos, Casilda?

-Ni que fuera la primera vez que lo hago.

-¿Puedo? -Sí, sí.

-No me preguntes cómo,

pero me he enterado que estás viéndote con alguien, un caballero.

-Un amigo. -Da igual,

Rosina, no voy a seguir indagando.

Pero visto que tu decisión de no perdonarme es firme

y que entre el juicio y el dinero

no puedo darte un futuro muy halagüeño,

quiero que sepas que eres libre.

-¿Y ya está? ¿Así de fácil?

No, das dificultades vendrán cuando queramos hacerlo oficial,

pero no te preocupes.

Instruiré a don Felipe

para que se esmere en los aspectos legales.

Reclamaremos la anulación.

-Son celos.

¡¿Se te ha nublado la mente solo por celos?!

-No es solo por ese hombre que te visita,

pero tampoco sería justo que yo entrara en prisión

y tú siguieras atada a mí, tan condenada como yo.

¿Entiendes?

Bien, eso era todo lo que te tenía que decir.

Hablaremos después del juicio. Con Dios.

(Llaman)

Ya va.

Fabiana, ¿qué le pasa? -Que tengo un disgusto muy grande.

Que unos ladrones nos han quitado el dinero. Me va a dar algo.

-¿Qué me dice? -La limosnera ha aparecido rasgá

y no tengo ni idea de dónde se habrá metido el dinero.

¿Has visto un fajo de billetes cuando has desmontao la mantequería?

-No, mujer. Yo qué voy a ver.

Ya lo siento. Siéntese.

Tranquila, que seguro que aparece. -Dios te oiga.

Que si no... Bueno, ¿y tú cómo estás?

Te he visto doloría de los riñones.

Alguna náusea me da.

-¿Y Antoñito qué?

-Mi Antoñito, ahí va.

-¡Qué tontos son los hombres! ¡Mira que no darse cuenta!

Tienes que decírselo.

-Ya se lo he dicho, Fabiana, prefiero voy a esperar.

-Necesitas cuidaos. -Qué voy a necesitar.

Ni que fuera una flor de estufa, una señorita criá entre algodones.

Yo me cuidaré sola.

-No lo dudo, ¿cómo voy a dudar eso de ti?

Luego te reprochará que no te has dejao mimar.

-Ya me apañaré.

Por ahora me conformo con que no diga na de na, a nadie de nadie.

-Yo soy una tumba.

-"El caballero miró a los ojos a la doncella".

"Unos ojos brillantes y amables,

unos ojos limpios,

unos ojos glaucos".

-¿Qué quiere decir "glaucos"?

-Ahí me has pillado. No lo sé.

(RÍEN)

Es increíble que a pesar de tu cansancio,

de tu desgana,

todavía te sigue interesando aprender.

Me gusta aprender.

Y el español voy a aprenderlo bien, cuanto antes.

¿Se puede?

-Pase, señor.

-¿Cómo te encuentras?

-Mejor, señor.

Ha comido un poco y parece más descansada,

pero no la veo yo bien del todo.

-Gracias, Agustina.

¿Podrías dejarnos a solas? -Claro, señor.

Marcia, luego vengo a verte.

-Le acompaño.

¿Sabes a qué se debe tu enfermedad?

-¿"O senhor" cree que miento? -No, no, no.

Me explicaré mejor.

El médico ha dicho que no hay motivo para tu atonía.

Y, como te creo, quiero indagar.

-"Nao sei o qué eu tenho".

-Te iré preguntando hasta dar con ello, ¿de acuerdo?

He hablado con Casilda, y me dice que tú sabías que ella y Agustina

podrían declarar que Úrsula mintió en la vista,

que estaba en el altillo en el momento de la supuesta agresión.

¿Es verdad?

-Sí, lo sabía.

-¿Por qué no me lo dijiste en su momento?

-No me acordaba.

Mañana volveré a trabajar, no se preocupe.

-¿Es todo lo que tienes que decirme?

Emilio.

¿No pensabas venir a buscarme?

¿No te han dicho que he ido a buscarte?

Sí. Es que, he tenido mucho trabajo.

Lo siento.

Ni siquiera puedo quedarme a charlar,

tengo que ir a ver a un hombre.

¿El tal Ledesma?

¿Qué sabes tú de él?

Tu madre me dijo que te preguntara, que tendrías que explicármelo tú.

Sí, bueno, es... era un amigo de mi padre.

Mi madre le detesta, por eso no quiere hablar de él.

Pero yo, en nombre de la memoria de mi padre,

me veo en la obligación de ayudarle mientras esté en la ciudad.

¿Seguro que es eso? -Emilio.

Te estaba esperando.

-Señorita, tengo que irme. Vamos.

¿No me vas a presentar a tu amigo? Tengo que irme. Con Dios.

-¿Quién es la moza? -Nadie, una clienta del restaurante.

Les ruego que esperemos hasta que estemos todos.

-Aquí tiene don Ramón. -Gracias.

-¿Nos puede decir cuanto antes el motivo de la convocatoria?

-Ni siquiera me lo ha querido decir a mí al reservar la mesa.

-No se impacienten, señoras.

Pronto quedará todo aclarado.

-Ay.

Perdón, perdón por el retraso, disculpas a todos.

-Bien, ya estamos todos reunidos, podemos empezar.

-Gracias a Dios.

Como siempre, hemos tenido que esperar por Rosina.

-Ya es suficiente, señoras.

Lo que voy a contarles, acabará con todas sus amarguras.

-Siéntate aquí, reina mora. -Gracias.

-Les ruego un poco de atención,

lo que tengo que decirles es de suma importancia.

No jugaré más con sus nervios, así que, allá va.

Tenemos el dinero.

Hemos conseguido el dinero para invertir en Seguros La Tizona.

-(SUSURRAN)

-¿Cómo ha sucedido ese milagro?

-¡Es muchísimo dinero hasta para un milagro!

-He sido yo.

Don Ramón ha conseguido el dinero por mí y por mis relaciones.

-No deberíamos mentir, Felipe.

-Don Ramón, por favor.

-Ya sabe usted los inconvenientes que nos causaron

las mentiras del señor Bryce,

no creo que sea lícito volver a mentir a los inversores.

-¡Diga la verdad de una vez, por Dios!

-Lo siento, pero Liberto y yo hemos dado nuestra palabra

de no desvelar el origen del dinero.

-Yo creo que,

según las circunstancias

y tratándose de nuestros vecinos y amigos,

deberíamos considerarnos exonerados

de ese compromiso de silencio, ¿no le parece?

-Está bien.

-El dinero que nos puede salvar a todos,

ese dinero que es nuestra esperanza, tal vez la única,

ha sido donado por doña Genoveva.

-¿Qué? -¿Esa?

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Acacias 38 - Capítulo 1053

11 jul 2019

Ignacio se declara a Rosina, y Liberto es testigo. Más tarde confesará a Rosina que es libre de hacer su vida.
Cinta está confusa por la actitud distante de Emilio, que delante de Ledesma miente sobre su relación con la joven ¿Qué está pasando?
Felipe se preocupa por Marcia, que sigue enferma en el altillo. La química entre los dos es evidente… Pero ¿por quién se decantará el abogado? ¿Por la señora Genoveva o su criada Marcia?
Genoveva entrega a Felipe una gran suma de dinero para que inviertan en seguros La Tizona. Ramón anuncia a los vecinos que ya tienen el capital necesario para la inversión.

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  1. Marilu

    Conducta clásica de muchos hombres, Felipe procede con algunas mujeres (Huertas, Genoveva, etc ) como no lo hacía con su esposa; me refiero a que con Celia no se lo veía tan apasionado y " CÁLIDO ", si se me permite la expresión y con sus " amores " ocasionales en cambio da rienda suelta a ......... .........!!.- Yo también creí notar un interés especial por Marcia, que iba mas allá de tratar bien a una criada; quizás la actitud provocadora y lasciva de Genoveva ( en la que no veo nada de sinceridad, solo premeditación y porque no, mucho tiempo sin pareja ) lo haya hecho cambiar de partner

    pasado viernes
  2. Felipe

    A mi me gustan todas

    pasado viernes
  3. Belén

    No era que a Felipe le gustaba Marcia? La actriz que interpreta a Rosina no sabe otra cosa que soplar y gritar?

    pasado jueves