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No recomendado para menores de 7 años
Transcripción completa

¡Que sepan que esta Judas estaba compinchá con su esposo

pa sacarnos los cuartos a tos! -¡¿Eso es cierto?!

Por supuesto que no. No sé de dónde ha podido sacar

Lolita semejante infamia.

Alguien le ha tenido que ir con ese cuento.

Tu propio esposo me lo ha contao.

¿Por qué motivo iba a hacer yo algo semejante?

¡Pa vengarte de to el barrio por el daño que le hicimos a Samuel!

¡Esta harpía solo ha vuelto pa fastidiarnos a tos!

Antoñito y yo le tuvimos que vender la mantequería a su esposo

pa pagar la deuda.

No sabes cómo he esperado que llegara este momento.

¿Se anima a dar un paseo?

Le garantizo que lo pasaremos fetén.

-Me veo obligada a declinar su invitación.

Arantxa le ha puesto lo de siempre: jamón dulce,

hierbas, mostaza.

¿Mostaza? Sí.

No puedo tomar mostaza.

Eso es justo lo que quería: poner sobre ti

el manto de la desconfianza.

No te comprendo, ¡¿por qué has hecho tal cosa?!

No quería ser el único que cargara con las culpas.

(CECEANDO) Siento haber echado a perder este momento.

Bueno, quedemos en que no ha sido culpa de nadie.

Espero no tener que demostrártelo.

¿Me estás amenazando? Tómatelo como quieras.

Voy a ser vilipendiada todo el tiempo que me quede.

Por eso quiero cambiar. Voy a hacer lo que usted me pidió.

Estoy dispuesta a cambiar mi declaración,

voy a contradecirme en la audiencia.

Ayer les escuché que pretenden volver a las andadas.

-No podemos permitirlo.

Ya me dirá usted cuándo será la próxima cita.

-Descuide, que cuando me entere me presento aquí para decírselo.

¿Le apetecería venir conmigo a una recepción en la Embajada de Brasil?

Nada me gustaría más.

-¿Y a usted no le parece la mar de raro que las mujeres

vayan en busca de Casilda a comprarle papeletas de la rifa?

-A estas alturas no me sorprende ya nada de nada.

No va hacer falta que me acompañes a la Embajada,

tengo que ir con otra persona, es una cuestión de negocios.

-Entiendo.

-Gracias por comprenderlo.

Que se escapa.

(Suena el silbato)

Don Felipe debe guardar los documentos importantes

en un cajón bajo llave.

Esos son los que debes conseguir.

Haz lo que tengas que hacer para que don Felipe

tome interés por ti.

Noto cómo los buenos sentimientos regresan a mi corazón,...

y eso es gracias a usted.

-Está muy bueno este caldo que nos ha preparao la señá Fabiana.

-A mí me está entonando mucho, que mi Jacinto

aún no ha vuelto de comisaría y me tiene mu preocupá.

-Es que las comisarías dan canguelo, prima.

Uno sabe cuándo entra, pero no cuándo va a salir.

-Ay, pero no me metas miedo.

Si solo ha ido a declarar por lo del ladrón pelirrojo.

-Es que pelirrojo tenía que ser.

No hay un pelirrojo que sea bueno.

¿Sabías que Judas también era pelirrojo?

-A mí lo que más me ha impresionao ha sido lo de Camino,

que se ha lanzao al cuello del ladrón

y ha estao a punto de detenerlo ella sola.

-Al final va a resultar que las clases que nos dio el sereno

sirvieron pa algo.

Pues, ¿sabes? Hoy he vendío un montón de papeletas.

-¿Ah, sí? -Sí.

Las señoras venían a buscarme pa comprarlas,

hasta una ha venido a casa pero cuando he bajao no estaba.

-Eso es que te ha cambiao la suerte, prima.

-Es posible, eso y que le he puesto una vela a san Cosme en la iglesia.

-Eso ha tenío que ser sin duda. Bueno, ¿y qué me dices del señor?

Ese que va a visitar a doña Rosina a menudo a su casa.

-No sé de quién me estás hablando.

-Anda, no te la hagas de nuevas,

que tú misma lo contaste en el altillo,

y mi Jacinto ya me ha contao que ha ido un par de veces

a visitar a tu seña a casa, ¿qué se traen entre manos?

-¿Qué se van a traer?

Es comprador de libros y está interesao en unos libros

que tiene don Liberto en la casa. -Hombre, prima,

pero cuéntame algo de más enjundia.

-Que era amigo de doña Rosina cuando ella era joven,

o séase, en el año de Mari Castaña.

No sé si fueron algo más,

el caso es que es la mar de amable con la señora

y se deshace en detalles con ella. -Anda.

-¿Quién es ese señor...

que es tan amable y se deshace en detalles con doña Rosina?

(Sintonía de "Acacias 38")

¿Qué ocurre?

Esto es una locura. Jamás tendría que haber pasado.

Ya,...

pero ha ocurrido,...

y los dos estábamos deseando que fuese así,

así que no trate de negarlo. No lo hago.

Ansiaba sus besos y caricias, pero es preciso

que nos resistamos a nuestros impulsos

por más poderosos que estos sean.

Si mi esposo se entera, nuestra vida podría correr peligro.

No temo a ese canalla.

Hace mal, yo sí.

Genoveva,... aquí estamos a salvo de miradas indiscretas,

y si por un casual, don Alfredo

nos descubre, no voy a permitir que le haga nada, se lo juro.

Necesito algo más que su palabra para sentirme segura.

Usted no le conoce como le conozco yo.

Discúlpeme, pero tengo que marcharme.

Genoveva.

No insista más, se lo ruego.

Habla ya, Casilda. De aquí no me pienso mover

hasta que me cuentes quién diantres es ese hombre que al parecer

visita a Rosina.

-Tampoco es que yo haya dicho tal cosa.

-¿Cómo que no?

Si he oído que le asegurabas a Marcelina

que se deshacía en detalles con ella.

-Ya, pero ya sabe cómo es servidora: exagerá de natural,

porque deshacerse, lo que es deshacerse,

tampoco es que se deshaga. -Casilda,

te lo advierto, mi paciencia tiene un límite

y tú ya lo has sobrepasado.

Así que déjate de rodeos y contéstame de una vez.

-Será mejor que lo hagas, que al final vas a ser tú

la que salga escaldá.

-Doña Susana,

ese hombre no es nadie, no es más que un librero

que quiere comprar unos libros de don Liberto, y ya está.

Y ahora subo al altillo porque se me está haciendo mu tarde.

-De eso nada, tú no te mueves hasta que no me cuentes la verdad.

Tú sí puedes irte, que nadie te ha dado vela en este entierro.

Perdone, pero creo que no soy yo la que sobra aquí,

que yo ya estaba de palique con Casilda cuando apareció usted.

-Lo que me faltaba por oír.

¿Acaso estás contradiciéndome?

-No, señora,

una tampoco ha dicho eso.

Será mejor que me marche.

-Tú lo has dicho, será mejor.

-Suerte,...

te va a hacer falta.

-¿Te crees que me chupo el dedo, Casilda?

-No, por Dios, doña Susana, usted ya tiene años como pa hacer eso.

-Entonces,...

¿por qué te empeñas en mentirme?

Por la forma en la que hablabas a Marcelina,

está más claro que el agua que estabas insinuando

que entre ese hombre y Rosina había algo más

que una venta de libros.

-Doña Susana, no quiero traicionar la confianza de mi señora.

-En este momento,...

debes temerme más a mí que a ella, te lo aseguro.

-Está bien. Le voy a contar todo lo que sé.

El comprador de libros se llama don Ignacio,

y conoce a Rosina desde que era joven.

-Eso está mucho mejor. ¿Y qué más?

-No hay nada más, se lo juro por estas que son cruces.

Bueno, sí,...

que es la mar de amable con la señora y que la ha invitao

a dar un paseo por la feria.

-¿Por la feria? ¿A una mujer casada?

-Ya, pero pierda cuidao, no se soliviante,

doña Rosina ha dicho que no, ha rechazao la invitación.

-(SUSPIRA)

Por fin, amor mío, temía que no acudieras a la cita.

¿Y dejar de verte? Eso nunca, si me paso el día

contando los segundos que faltan hasta nuestro próximo encuentro.

Dime, ¿qué tal va la inflamación?

Recuperado, ¿o es que acaso no ves que ya no ceceo?

Ya, ya me he dado cuenta.

Lo lamento, no sabía que se te iba a inflamar la lengua.

Descuida, a mí lo único que me importa es que no pudimos disfrutar

de nuestro último encuentro. No te preocupes,

ahora podemos estar juntos hasta que vuelvas al trabajo,

y prometo no darte nada que tenga mostaza.

Me alegra escucharlo. Lo que sí nos podemos tomar

son los bombones que no llegamos a probar el otro día. ¿Sí?

Lo mismo también te dan urticaria.

Ha sido mencionarlos y no paras de rascarte.

Ya, no entiendo por qué, pero...

me han empezado a picar las piernas.

Sí, y parece contagioso, porque a mí también me pican.

Deben ser los nervios de poder estar los dos juntos a solas.

Pues si es eso, más vale que nos vayamos acostumbrando

a tanta dicha, que nos vamos a dejar en carne viva.

Tal vez si dejamos de pensar en él, el picor desaparezca.

Sí, todo es probar.

Además, con la emoción se me ha olvidado preguntarte,

¿es verdad que intentaron robaros?

Las criadas se lo han dicho a Arantxa.

Y no te han mentido, pero por fortuna,

mi hermana supo defenderse gracias a los trucos de Cesáreo.

Olé tu hermana, es pequeña, pero matona.

Emilio, me temo que...

que cambiar de tema no acaba con los picores.

Ya. Bueno, probemos entonces a besarnos.

Sí.

No, Emilio, no puedo.

No sé lo que está sucediendo, a qué viene tal desazón.

No sé, no lo entiendo, quizá el banco tenga pulgas.

Por eso nos pica todo el cuerpo.

Rápido, busquemos otro lugar donde resguardarnos.

No, yo me voy a mi casa a bañarme que esto es insoportable.

Otra cita que se nos va al traste. ¿Por qué tendré tan mala suerte?

-¿El señor va a querer algo más de desayuno?

-Gracias, Marcia.

Por cierto,...

el bizcocho estaba riquísimo.

Marcia.

¿Te ocurre algo?

Esta mañana pareces algo seria.

¿Estás molesta porque al final fuera con otra persona a la Embajada?

-De ninguna manera.

Yo sé perfectamente cuál es mi lugar, solo soy una criada.

-Buenos días.

Marcia, ¿puedes servirme el desayuno, por favor?

¿Le ocurre algo a Marcia?

Todos los días me recibe con una amplia sonrisa

y hoy parece algo tirante. -A mí también me lo ha parecido.

-¿Qué, revisando los documentos para la audiencia de hoy?

-Así es. Apenas quedan unas horas para la vista con el juez y...

hay que repasar la declaración.

-Esperemos que sirva de algo.

-De eso no tenga ninguna duda.

-Parece confiado y de buen humor. ¿Hay algo que deba saber?

-Liberto,...

lo único que le puedo decir de momento es que es posible

que hoy salga exonerado de todos los cargos.

-Ojalá esté en lo cierto.

-"Yo también he disfrutado mucho con usted".

Hace mucho tiempo que no estaba...

tan a gusto con una mujer.

Es usted una persona muy especial.

Sin duda podría hacer dichoso a cualquier hombre.

La muerte de Samuel me sumió en un pozo de rencor,

sentí odio por todo el mundo y...

eso no es algo de lo que me sienta orgullosa,

pero ese rencor está desapareciendo

y noto cómo los buenos sentimientos

regresan a mi corazón.

Y eso es gracias a usted.

Por fin te dignas a aparecer.

¿Se puede saber dónde has pasado la noche?

En el mismo hotel donde dormí la noche anterior.

Después de nuestra última pelea comprenderás que no me sienta

muy cómoda en tu presencia.

Francamente, querida, que estés cómoda o no me importa un bledo.

Y mírame cuando te hablo.

¿Satisfecho?

Lo estaré cuando te comportes como es debido.

Llegamos a estas calles como socios...

y así seguiremos.

No tolero la traición, deberías saberlo ya.

Descuida, sé perfectamente qué clase de hombre eres,

me lo has demostrado con creces, y tampoco olvido

que compartimos propósitos.

Entonces,...

demuéstralo de una vez por todas.

Hoy es un día muy importante para nuestros intereses,

espero que estés a la altura delante del juez.

Haré lo que debo,

no lo dudes ni un instante.

Buenos días, señora.

¿Necesita algo? No.

Discúlpeme, ¿me permite que le dé un consejo?

Sé que ha pasado dos noches durmiendo fuera de casa

y también he podido apreciar la tirantez con su esposo.

Úrsula, lamento decírselo, pero tales cuitas no le conciernen.

Lo sé,...

pero me preocupo por usted,...

y por eso

me permito recomendarle que cambie de actitud.

Don Alfredo es el único que puede protegerle de los demás,

como usted merece. Se equivoca, Úrsula,

quizá no sea de los demás de los que deba tener cuidado.

Puede que no haya sido buena idea unir mi destino

a alguien con quien nada tengo que ver.

Debe mantener la cabeza fría,...

no se deje llevar por cantos de sirenas.

-Una tila calentita para usted, pa que así temple los nervios.

-Arde,

trae un poco de agua. -Sí.

(Llaman a la puerta)

Ve a abrir, ve a abrir.

-Buenas. -Buenas.

-Ay, Felicia, ya me he enterado de lo del robo.

Están todos bien, ¿verdad?

-Afortunadamente no llegó ni a robo,

se quedó en intento. -Entonces el caco

se fue sin su botín. -Así es,

y todo gracias a la pericia de mi niña y al apoyo del sereno.

-¿Su niña impidió el hurto?

-Lo que oye, Camino aprendió muy bien las lecciones de defensa

que Cesáreo fue tan amable de impartirle.

-Su niña es una caja de sorpresas.

-Lo malo es que el ratero logró escapar del sereno.

-Espero que se le hayan pasado las ganas de volver por estas calles.

Ah, ¿le apetece un té o un café?

Se lo trae Casilda. -Se lo agradezco,

pero tengo que marchar enseguida. Solo quería interesarme por usted,

como hace unos días que no la veo.

-Le agradezco mucho su interés,

pero no tengo ni ánimos de salir a la calle.

-Comprendo, sé que están aguardando la vista contra su esposo.

-Estará a punto de celebrarse, estoy nerviosa.

-Seguro que se hace justicia.

Alfredo y Genoveva son dos seres abyectos que han hecho mucho mal

a todos, no pueden salirse con la suya.

-Felicia, ¿sabe dónde se mete Susana?

-La verdad es que hoy no la he visto.

-Es raro que no haya venido a verme en un día tan señalado, ¿no?

-Ya.

-Casilda, ¿qué te pasa que tiemblas como un flan?

¿Se te ha olvidado cómo portar una bandeja?

-No, no, es que pesa una barbaridad.

-Pero si solo llevas una jarra y un vasito.

-Discúlpeme, no puedo entretenerme más.

Espero que el día acabe con las mejores noticias.

-Gracias por su visita. -Con Dios.

-Casilda, estás muy nerviosa, ¿qué te pasa?

¿No sabrás tú por qué no ha venido Susana a visitarme?

-¿Yo? Pero qué tonterías dice, señora.

¿Qué tonterías está diciendo?

¿Cómo voy a saber yo lo que tie en la cabeza doña Susana?

-Pues observo que solo mencionártela ya te pones a temblar como un flan.

-No, serán los...

los temblores que tenía usted, que se me han contagiao.

Será eso, sí.

-Es que es muy raro que Susana no haya venido a verme.

El que sí me ha mostrado su estima es Ignacio,

él me ha brindado su apoyo, claramente.

He sido tan poco atenta con él,

pero aún estoy a tiempo de solucionarlo, ¿verdad?

Le voy a mandar recado para que venga a visitarme

y meriendo con él y así me distraigo de lo mal que lo estoy pasando.

-Ahora mismito vengo de la mantequería, de hablar con Lolita.

La muchacha tie el corazón en un puño.

Puede que de aquí a na, el malaje de don Alfredo

les reclame la mantequería y la ponga de patitas en la calle.

-Pobrecita.

Con lo que ha luchado ella por ese negocio.

Ese hombre no tiene ni corazón ni decencia.

-Que se lo digan a don Liberto, que ahora mismo

ya estará declarando ante el juez por toda su falacia.

Quiera Dios que don Felipe demuestre su inocencia.

-Como le digo, señora,

vaya al 38 y pregunte por ella.

Ya verá como la atiende encantá. -Muy bien, muchas gracias.

-Con Dios.

-Marcelina, Marcelina, ven.

¿Dónde mandabas a esa señora?

-Na, que...

que... me preguntaba por una dirección.

-¿Y la venta de boletos? ¿Qué tal marcha?

-Pues entre mal y muy mal, señá Agustina.

Desde ayer que no vendo ninguno.

-Pues es extraño, sí, porque antes te las quitaban de las manos.

-Pa que vea usted, señá Fabiana, así de caprichosos son los negocios.

-Di que sí, que Casilda al principio

no vendía casi nada, y ahora no para.

-¿No me diga?

Ay, pos me alegro un montón por ella.

Bueno, la dejo, que tengo faena. Con Dios.

-Ya sé que está usted de servicio,...

pero tómese un licor de parte de la casa,

sirva como agradecimiento por haberse enfrentado al ladrón.

-Fue Camino quien plantó cara al delincuente,

yo intenté atraparle, pero sin éxito.

-No sea modesto, fue gracias a usted y sus lecciones

que Camino supo defenderse. -Tuve una buena alumna,

a las pruebas me remito.

-Enseguida les atiendo.

Cesáreo,...

se ha portado de maravilla con mi hija,

gracias a usted ha adquirido seguridad y destreza,

por no hablar de que la ayudado a integrarse en estas calles.

De verdad, le estaré por siempre agradecida.

-Quite, la muchacha lo merece.

-Aquí le encuentro.

Ya me han contao lo sucedido anoche con el ladronzuelo ese.

-No me diga que viene usted también a felicitarme.

-No, más bien venía a preguntarle...

¿cómo fue usted tan torpe que le dejó escapar?

-Ya me extrañaba a mí. -Es que si llego a ser yo

quien se da de cara con ese maleante,

primero que está entre rejas, y luego le hubiera soltao un gancho

que me enseñó Tito Lazcano...

-La próxima vez que vaya tras un ladrón

me pasaré antes por la pensión para darle aviso.

-No, y hará muy bien, porque estarán mucho más seguras estas calles.

-Mientras no creo que tarden en dar con el ladrón de anoche.

La policía está tras sus pasos, y con la descripción que le dimos,

no creo que tarden en atraparle.

-Espero que así sea, por su bien,

porque imagínese que vuelve

y se las hace pagar. Vamos a ver,...

que esa gente tiene muy mala baba... y es muy vengativa.

-Señora Bryce, ¿podría relatarnos el comportamiento del acusado

el día de autos?

-Con la venia de su señoría,...

¿de verdad cree necesario hacer pasar a mi esposa

por el martirio de exponer unos hechos tan humillantes?

-Dada la gravedad de la acusación,

debo saber qué sucedió aquel día para decidir si se va o no

a juicio.

-Señoría,... ya lo tiene relatado en la denuncia.

-No es fundamental

que la señora Bryce entre en detalles que puedan atentar

contra su honor, pero aun así debemos escucharlo.

Su abogado debería habérselo advertido.

Proceda con su testimonio, se lo ruego.

Recuerdo que aquel día estaba con don Liberto en casa,

charlando amigablemente.

Su comportamiento fue exquisito.

No fue hasta el momento en que le acompañé a la puerta

para despedirle que se abalanzó sobre mí.

Señor Juez, eso es mentira. -Letrado,

recuérdele a su cliente que permanezca en silencio,

si no es así, me veré obligado a acusarle de desacato.

-Disculpe, Señoría.

¿Podría hacerle una pregunta a la testigo?

-Proceda.

-¿Usted invitó a mi defendido a entrar en su casa

o fue él quien lo hizo por la fuerza?

No, no. Le invité.

Ya le digo que hasta el momento en que me atacó

fue de lo más correcto conmigo.

¿Podría contarnos el motivo de tal invitación?

Estaba enfadado con su esposa y pensé que algo de conversación

le haría bien.

Veo que se preocupa por sus vecinos.

Solo le ofreció eso:

conversación. ¿No bebieron nada?

Sí, le ofrecí algún licor, soy buena anfitriona.

No lo dudo.

Entonces estuvieron bebiendo y conversando en el salón.

Y escuchamos también algo de música.

Y en este tiempo,

¿no adivinó las secretas intenciones de su invitado?

Me pareció apreciar cierta atracción en su mirada,

pero en ningún momento pensé que yo pudiera...

Entonces,...

de improviso le atacó.

Fue algo repentino.

Mientras charlábamos en el diván se...

me echó encima tapándome la boca para que no gritara.

Disculpe un momento.

Acaba de decir... en el diván.

Sí, ahí nos encontrábamos.

Señoría,...

recordará que hace escasos minutos, la señora Bryce

aseguraba que el ataque fue en la entrada de su casa,

mientras se despedía de él.

Ahora, sin embargo, parece que el ataque fue en el salón.

-Señoría, no ha lugar a la pregunta.

-Prosiga, letrado.

-¿En qué quedamos, señora? ¿Fue en el salón...

o en la entrada de su casa?

Tales contradicciones solo pueden tener una explicación:

que todo sea una invención sin fundamento.

Señoría,...

debería considerar desestimar la denuncia

sin más consideraciones.

-Señoría,...

todavía falta escuchar...

a nuestro testigo.

Hay una persona que ratificará... las palabras de mi esposa,

demostrando que el error cometido ha sido motivado por los nervios.

-Está bien, que pase el testigo.

-Querida amiga, qué alegría verla.

¿Desea usted algo? -Gracias, Felicia.

Hágame el favor de ponerme una tisana, que estoy de los nervios.

En este momento, mi sobrino debe estar ante el juez.

-Lo sé, estuve visitando a Rosina.

Ella también estaba muy afectada. -Eso habría que verlo.

-¿Por qué dice usted eso?

-Por nada, son cosas mías.

-Me ha dicho que estaba extrañada por no haber ido a visitarla.

-Que espere sentada, así no se cansa.

-Arantxa, haz el favor, ve a comprarle el diario al señor.

-No, ya se lo he comprao antes.

-Se lo compras de nuevo, que seguro que ya lo ha leído.

¿A qué esperas? Acompáñala tú, Cinta.

Muchas gracias, señora, pero no es menester.

Todavía puedo cargar yo sola con un diario.

¿Usted adónde va? A saludar a doña Susana.

Si está con doña Felicia. ¿Y qué, hija?

¿Acaso esa mujer me va a impedir ser educada con las amigas?

Venga, anda, a por el diario.

-Me vas a perdonar, pero tu madre, cada día más rara.

-Arrea, ¿ande van con tamaña urgencia?

-Fíjese, que parece que a mi señora le ha entrado el capricho

de comprar el diario dos veces en el mismo día.

-Con semejantes clientes, Marcelina no tendrá queja.

-Querrá comprobar que sigue poniendo lo mismo,

que las noticias no cambian en unas horas.

-No. -(RÍEN)

¿Qué está pasando aquí?

¿Qué guardan?

¿De quién puede tratarse?

-Ahora mismo lo descubriremos.

Pero la sorpresa no me hace presagiar nada bueno.

Úrsula. -Pero ¿qué hace esta mujer aquí?

-Señor juez, la testigo.

-¿Nombre?

Úrsula Dicenta.

¿Le une alguna relación con los implicados en el caso?

Sí, señoría,

soy el ama de llaves del matrimonio Bryce.

¿Qué tiene que decirnos sobre los hechos que estamos tratando?

Señoría, aquel día,...

doña Genoveva no estaba a solas con don Liberto,

yo me encontraba en la casa.

Decidí irme al altillo donde tengo mi cuarto, cuando...

de repente oí ruidos en el salón.

¿Qué clase de ruidos?

Algún que otro golpe y...

a mi señora rogando que la soltara.

¿Y qué hizo usted?

Volví sobre mis pasos

y fue entonces

cuando pude ver al acusado tratando de forzar

a mi señora. -¡Miente!

-No se lo repito más, permanezca en silencio y siéntese.

-Liberto, por favor.

-Prosiga.

Fue horrible ver a mi señora yacer asustada

con la fuerza bruta de ese hombre.

Tenía que haber intervenido, haberla ayudado, pero...

tuve miedo de lo que me pudiera hacer...

Es que estaba fuera de sí.

Señoría, fui una cobarde.

(LLORANDO) Una cobarde... Lo siento, señora.

Muy bien.

Puede retirarse la testigo.

Señores, no preciso escuchar más.

Las diligencias previas han terminado.

Se admite la denuncia. El acusado irá a juicio.

Les he hecho una pregunta, contesten de una vez.

¿Qué tramaban las dos?

Tan solo conversábamos amigablemente.

Y le repito que no me creo ni una sola palabra.

Ahora se ven a escondidas.

A escondidas no, que bien que nos has visto.

-Por desgracia.

-¿Sucede algo?

Sí que sucede algo, Emilio.

Parece que acabo de descubrir

por qué nuestros encuentros acaban mal.

-¿Encuentros, qué encuentros? No sé de qué habla esta muchacha.

Aseguraría que lo sabe de sobra.

Nuestras madres han encontrado algo que las une,

evitar que estemos juntos.

-Qué tontunas dices. Tontunas ninguna.

¿Dígame qué es lo que contiene el bote ese que le enseñaba Felicia?

-Eso parece escaramujo, la planta que produce picores.

-Qué pica. Nosotras no sabemos nada de escaramujo ni de mostaza.

-No me lo puedo creer. ¿Es cierto?

-¿Cuándo aprenderás que en boca cerrá no entran moscas?

Esas tenemos, ¿no?

Pues les ha salido el tiro por la culata.

Que lo oiga todo el mundo,

Emilio y yo estamos enamorados, y nadie nos va a poder separar.

-Jesús, María y José. -Ay, Dios mío.

-Ay, ama.

-Bueno, tendrán poca vergüenza.

En este barrio ya no existe el pudor,

ni el decoro ni nada.

-(LLORA) -Desde luego...

-Qué vergüenza.

-Ay, qué asco.

-Anda.

-(RÍE)

-Arrea, ¿has visto a la niña de Los Domínguez?

¿Qué haces, desgraciao?

Que una no va besuqueándose así y por la calle.

-Mujer, que es para celebrar el amor que nos invade.

-De un sopapo te voy a quitar las ganas de celebrarlo.

Que una es muy decente, Jacinto.

(SUSPIRA)

¿Ha regresado ya Felipe?

¿Qué noticias hay del juzgado?

-No lo sé, señora.

Solo sé que don Felipe no ha regresado todavía a casa.

-¿Y para averiguar eso has tardado tanto?

-Es que... si viera usted las palabrejas que dice Marcia...

Lo que me ha costao entender que su señor no estaba en la casa.

-Quiera Dios que su retraso no sea mala señal.

(Llaman)

¡Ve a abrir, a ver si es Felipe que ha regresado!

-Ya podría haber llegao antes, que así me ahorra el paseíto.

-Ah, Ignacio, es usted.

-No parece entusiasmada de verme.

¿Leí mal su nota y no era hoy cuando me citó para tomar el té?

-Sí era hoy, no se equivoca.

Discúlpeme, es que aguardábamos una importante noticia.

-Si lo prefiere, puedo volver en otro momento.

-No, es usted bienvenido. Su compañía hará que me distraiga.

-Le he traído estas flores ...

y unas pastas. -Qué amable.

Casilda, por favor, ponlas en remojo.

Las flores, a ver si vas a poner en remojo las pastas.

Siéntese, enseguida nos sirven el té.

-Me ha alegrado mucho recibir su nota.

Estoy encantado de volver a verla.

-Sí, sí. Que menos que invitarle a merendar.

Aunque esté pasando por momentos difíciles,

pues tengo que atenderle como se merece.

Bueno, tenemos mucho, tenemos que ponernos al día.

-Tiene razón. Apenas sabemos nada de nuestras vidas.

¿A qué se dedica su hija allí en Portugal?

-Es una famosa escritora. Leonor Hidalgo, ¿no la conoce?

-(NIEGA) -Pues que sepa que...

ella ha heredado su talento y creatividad de mí, claro.

-Y su porte y belleza.

-(RÍE)

Sí. (RÍE)

El té, el té.

¿Cuánto hemos juntado? -Cállate, Jacinto,

me vas a hacer perder la cuenta de nuevo.

-Están tardando una eternidad.

-No seas impaciente, no ves que había mucho monís.

-Ya hemos terminao.

Agárrense, porque hemos recaudao la friolera de 200 pesetas.

-O 40 duros, si lo preferís más redondo.

-¡Yepaya! -Hala.

Menudo dineral. Servidora nunca había visto tantas pesetas juntas.

-Y tardarás en verlas.

-Hemos logrado reunir mucho más dinero del que pensábamos.

-El esfuerzo que hemos hecho ha merecido la pena.

Ahora, sentémonos, que tenemos que decidir

qué día sortearemos la cesta.

-Lástima que no esté la Casilda pa celebrarlo.

Estaba atareá en casa de su señá.

Y tiene visita.

-Es una pena que no se haya podido escapar.

Es la que más papeletas ha vendío.

-Mi prima, otra cosa no, pero pesá, es un rato largo.

-Buenas.

-Carmen, llega a tiempo de celebrar con nosotros.

Hemos vendido una barbaridad de papeletas.

-¿Sí? Cuánto me alegro.

No puedo entretenerme. Vengo a ver si tienen noticias de don Liberto.

Ramón está muy inquieto preguntándose qué habrá sucedido.

-No es el único que se lo pregunta, Carmen, que tampoco sabemos na,

y estamos muy preocupaos. -Ningún juez

podría creer a Liberto capaz de semejante fechoría,

con la cara de bueno que gasta.

-Me temo que la justicia es algo más severa.

-Y me da a mí que a este paso, además de ciega va a ser tonta.

-¿Por qué dices eso, Jacinto?

-No quería comentar nada pa no disgustarla, pero...

si don Liberto y Felipe no han vuelto del juzgado,

pues doña Genoveva y el malnacío de su marido sí lo han hecho.

-¿Le han comentado algo? -No ha hecho falta.

El banquero parecía más contento que un niño con zapatos nuevos.

Me da que le ha ido bien a él y mal a don Liberto.

-Qué poco dura la alegría en la casa del pobre.

Con lo contentos que estábamos con el asunto de la lotería.

-Ea, no nos vengamos abajo hasta saber en seguro

que se han salido con la suya. -Marcelina tiene razón.

Hablemos de cuitas más agradables.

¿Y qué me dicen del pedazo de beso

que se han arreado la hija de la artista y el Emilio?

-¿Qué me dice, se han besado?

-En plena calle y a la vista de todo aquel que pasaba.

Tenían que haber visto a doña Susana,

casi se cae al suelo del susto.

-Bueno, bueno,

las madres de las parejas tampoco parecían muy satisfechas.

-Yo pensaba que los dos jóvenes estaban de uñas.

-Pues si eso no es llevarse bien,

no me quiero imaginar lo que hubiese pasao si se llevan bien.

El escándalo hubiese sido de órdago.

-Yo creía que Cinta tenía un novio guitarrista,

ese con el que se iba a ir de gira.

-Pues al parecer, parece que ha cambiao de afectos.

-Pues creo que ya sabemos por qué no se fueron juntos de gira.

Pobre Boquerón, se ha quedao bien frito.

-(RÍEN)

-(CARRASPEA)

-Jesús, ahora de repente qué silencio.

No, no, no, tampoco no tienen que andar disimulando.

Es evidente de qué hablaban antes de entrar yo, de mi señorita Cinta.

-Arantxa, lo lamentamos.

Tan solo comentábamos sin maldad alguna...

-No, si no tiene usted que disculparse.

Si me he quedado yo más planchada que un rodaballo

con la que ha montao mi señorita.

-¿Usted también?

-Yepaye.

-Yepaye, yepaye.

Permítame que le felicite por su actuación en el juicio.

Úrsula, ha estado usted soberbia.

Gracias, señor. Solo he cumplido con mi deber.

Ojalá todos los hicieran con tanta diligencia.

¿Dónde está Genoveva?

Sigue en su cuarto, señor.

No ha salido desde que regresamos de los juzgados.

Para mi desdicha, mi esposa es una mujer débil y testaruda.

Llévele algo de comer, debe tener hambre.

No ha probado bocado.

No tengo apetito.

Úrsula, déjenos a solas, por favor.

¿Qué te sucede?

¿No estás satisfecha con lo ocurrido?

¿Debería estarlo? Por supuesto.

¿O te tengo que recordar que fuiste tú

quien tendió la trampa a don Liberto?

Si hay alguien que tendría que estar ofendido, soy yo,

no tú.

¿Tú, por qué motivo?

Para empezar, por tu comportamiento en el juicio.

No comprendo. Creo que lo haces perfectamente.

¿Crees que soy idiota?

¿Qué me iba a dejar engañar por una treta

tan burda? Está claro como el agua.

Has pactado con don Felipe.

Esa ridícula argucia

de incurrir

en una contradicción para exculpar a don Liberto.

Te equivocas.

Fueron los nervios los que me traicionaron.

Te conozco perfectamente, Genoveva,

y sé que te puedes manejar en una situación como esa.

Estoy harto de tus tejemanejes. Alfredo, escúchame.

No, escúchame tú.

Te dije que tuvieses mucho cuidado.

No vuelvas a engañarme. No lo he hecho.

¡Cállate de una vez!

No vuelvas a jugármela.

Si me juegas una vez más,

atente a las consecuencias.

Lamento no haberla podido informar antes.

-Descuide, yo siento mucho más que las noticias sean tan malas.

No me puedo creer que Úrsula haya testificado en su contra.

-Su testimonio ha inclinado la balanza.

-Cómo habrá sido capaz de decir semejantes falacias.

Es fácil de adivinar.

La mano de Alfredo está tras su testimonio.

-¿Cómo está Liberto?

-Pues se lo puede imaginar.

Deshecho.

Ha salido a pasear porque necesitaba asimilarlo todo.

Todavía no ha regresado.

-¿Hay algo que yo pueda hacer? -De momento nada.

Ni siquiera sé los pasos que debo seguir.

Me veo obligado a replantear la defensa.

-Encontrará la manera. Liberto no puede estar mejor representado.

-Marcharé, quizá Liberto haya regresado.

-Sí, vaya. Le agradezco que haya venido a informarme.

-Con Dios.

-Con Dios.

(Se cierra una puerta)

(Llaman)

Debe haberse olvidado algo.

Voy.

Susana, no te esperaba.

¿Te has enterado de lo que ha sucedido en la audiencia?

-Aún no me puedo creer tamaña injusticia.

Mi sobrino puede terminar en la cárcel cuando no ha hecho nada.

Malditos sean Genoveva y Alfredo.

-Me hierve la sangre al pensarlo. ¡No puedo estar más disgustada!

-Ya.

¿Seguro que es así, Rosina?

-Por supuesto.

¿Lo dudas?

-Tengo mis motivos.

Si estás tan preocupada, ¿qué haces recibiendo visitas

de un pretendiente?

¿Es que ya estás buscando sustituto para mi sobrino?

¿Qué justicia tenemos,

que un inocente puede ser acusado de semejante barbarie?

-Diga que sí. Solo hay que conocer a don Liberto

pa saber que es incapaz de hacer algo así.

-Esperemos que en el juicio se aclare todo.

-Ojalá. Pero el mal rato y el susto en el cuerpo no se lo quita nadie.

Mejor será que pase pa dentro, que Marcelina ya me tendrá la cena.

-Qué envidia me da, Jacinto, yo apenas comencé con mi ronda.

Entre a cenar, que donde comen dos, comen tres.

-Te lo agradezco, pero debo cumplir con mis obligaciones.

-Como quiera. Vaya con cuidao.

-Así lo haré. -Con Dios.

-¡Cesáreo, cuidado!

¡No te muevas, canalla!

¿Desea el señor que le sirva la cena?

-No, gracias, Marcia. Esperaré a que regrese Liberto.

No creo que tarde en llegar.

¿Ocurre algo?

-He sabido que la audiencia ha ido mal.

Lo siento... mucho.

-Gracias.

La verdad es que la cosa se ha complicado.

Pero no pienso rendirme.

Está en juego la libertad de mi amigo.

Lucharé para que se haga justicia.

(Llaman)

ve a abrir.

Señor, tiene visita.

Genoveva, ¿qué le trae por aquí?

¿Tiene un momento?

¿Qué tiene en el labio?

¿Le ha golpeado?

Marcia,...

has terminado por hoy, puedes irte.

-No he preparao... -Marcia,...

puedes irte.

Pase.

Ha sido su esposo, ¿verdad?

Su esposo le ha golpeado.

(LLORA)

Ha descubierto que tenemos un pacto, no sé cómo, pero lo sabe.

¿Quién se lo ha dicho?

No lo sé.

Sabía que queríamos incurrir en una contradicción

para invalidar mi testimonio y que Liberto se librara del juicio.

No entiendo cómo ha podido enterarse.

¡Voy a hacer como que no he oído lo que acabas de decir!

¡Yo no tengo la culpa de lo ocurrido aunque intentes convencerme!

¡Yo no tengo la culpa

de que tu sobrino haya tenido un escarceo con Genoveva!

¡No tengo la culpa de que ella le haya acusado de violación!

¡No tengo la culpa de que Úrsula haya testificado en su contra!

¡No tengo la culpa de nada, de nada!

¿Qué ocurre, Marcia?

-Misiva para el señor.

-Gracias.

Es una carta de don Liberto.

Aún estoy impactado, no solo por el asalto de ese maleante,

sino por... haberla oído hablar.

Le dije que la había oído hablar.

¡¿Cómo se te ha ocurrido besar a ese chico delante de todos?!

¡¿Por qué?!

¿Quién empezó? Usted y doña Felicia actuando a nuestras espaldas

intentando fastidiar nuestras citas.

¡Llegó a aliarse con su enemiga para fastidiarme a mí, a su hija!

Conociendo a Susana, usted sabrá el motivo de la discusión, supongo.

-Don Ignacio es su amigo, ¿no?

-¿No tengo derecho a que un amigo me visite después de mi separación?

Es un amigo de la infancia.

-Así es esta sociedad.

-No dejaré de frecuentar a don Ignacio, aunque ella lo quiera.

Si quieren pegar la hebra, que lo hagan.

Ojalá se hubiera cruzado antes en mi vida.

Ojalá le hubiera conocido entonces como le conozco ahora.

Qué buen momento para recuperar la voz.

-Lo he pensado, y creo que no fue casualidad.

-¿Qué quiere decir?

-Camino tendría alguna especie de bloqueo, y cuando vio al ladrón,

algo se destapó.

-¿Puede ser eso, Camino?

¿Tuviste un bloqueo de pequeña? -Diles la verdad, hija.

¿Por qué no has pasado la noche en casa?

¿Dónde has estado?

En el mismo hotel donde he pernoctado otras veces.

¿Y eso por qué?

No te vayas todavía.

Quiero hablar contigo.

¿Úrsula ha testificao en contra de mi señor?

Era el testigo secreto de don Alfredo.

Úrsula aseguró haber visto la violación con sus propios ojos.

Le traigo este poemario que llevo días queriendo regalarle.

-¿Un regalo para mí?

-"Poemas de amor". De Garcilaso de la Vega.

Ocurre que usted ha mentido cuando le ha dicho al juez

que don Liberto violó a doña Genoveva.

¡Usted no vio na de nada! -Usted estaba aquí conmigo.

No pudo ver lo que pasó.

Fue Casilda quien bajó a casa de doña Genoveva a por el ungüento.

"Colecta económico financiera

para ayudar a los señores que se han arruinado".

(Aplausos)

-Un momento.

Esto es una desfachatez.

-¿Cómo?

¿Pasó la noche en ese hotel?

¿A qué esa pregunta?

No debería usted mentir a don Alfredo,

eso sería un terrible error.

Todos hablan del beso que te diste.

-La culpa es suya y de doña Bellita.

Si no se hubiesen entrometido, nada de esto hubiese salido a la luz.

-El pasado sigue estando ahí. Tarde o temprano te pasará factura.

Sabes que tu relación con Cinta es imposible.

-Ya han fijado la fecha para el desahucio.

-¿Cuándo?

-Dos días.

Acacias 38 - Capítulo 1050

08 jul 2019

Rosina invita a Ignacio a merendar en su casa y pasan una tarde agradable. Más tarde recibe una mala noticia, Liberto irá a juicio.
El ladrón del restaurante intenta apuñalar a Cesáreo por la espalda. El sereno consigue salvar sus vidas gracias a un grito de Camino.
Felicia y Bellita sabotean otra cita de los jóvenes. Cinta se entera de los planes de sus madres y en plena calle, besa apasionadamente a Emilio, dejando claro a todo el barrio su relación.
Genoveva modifica su declaración en el juicio, pero Úrsula asegura que vio a Liberto forzar a la señora Bryce, chafando los planes de Felipe. En casa, Alfredo golpea a Genoveva “nadie traiciona a Alfredo Bryce”.

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