www.rtve.es /pages/rtve-player-app/2.17.1/js/
5287686
No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1037 - ver ahora
Transcripción completa

¡Eres un adúltero, un sinvergüenza, un mentiroso!

¡Eres un libidinoso!

¡Has traicionado mi confianza! ¡Que todo el mundo se entere!

He venido a hablar con usted. Sobre Cinta.

-¿Qué ha pasado? -La vi besarse con el guitarrista.

Yo amo a mi esposa.

La amo por encima de todas las cosas,

¡la amo hasta por encima de mí mismo!

Me siento un canalla por haberla traicionado.

Estaba pensando qué hará su esposo cuando se entere de todo esto.

No es asunto suyo.

¿Conoce usted a alguien llamado Valdeza?

-No, no me suena.

-¿Me va a decir dónde está la medalla?

-Jamás.

-Esto no va a acabar así.

Déjame pasar, por favor, deja que me explique.

-O te vas o te juro que te disparo.

-Rosina.

-¡Y tres! -Quieta, suelte eso, hombre.

Quería saber si ha hablado con sus padres

sobre la propuesta del empresario para ir de gira.

No he tenido ocasión. ¿Y a qué espera?

A que pase lo del Banco Americano.

¡Cagarruta!

¡Traidor! ¡Ceporro!

¿Te gusta Rafaelillo o...?

Es un muchacho estupendo, pero no sé.

¿No sabes si te gusta?

Lo que no sé es si me gusta tanto como Emilio,

que ese sí me gusta mucho.

-"El banco" se ha declarado en quiebra.

-Es cierto.

-Estamos en la ruina.

La mayor parte de lo que dice la prensa es cierto.

El Banco Americano no devolverá el dinero invertido,

no ahora que el Banco de España conoce sus malas prácticas.

-Trae un vaso de agua con azúcar para doña Susana.

El agua con azúcar le dará fuerzas.

-¿No vamos a hacer nada?

¡Es una infamia!

¡En cuanto me eche a la cara a Alfredo, no tendrá donde esconderse!

-¡Calla! ¡No seas tan impulsivo! ¿Qué te pasa?

Tú no pierdes nunca los papeles.

-Esto va a terminar como el rosario de la aurora.

-No debemos perder los nervios.

-¡Ay, Señor, ¿qué te hemos hecho, Señor?

¿Por qué nos has abandonado? -Los nervios ya están perdíos.

-Beba. Cálmese.

-¡Mi último cáliz, este va a ser mi último cáliz!

Emilio tiene razón. El culpable es Alfredo Bryce.

-No podría usted poner la mano en el fuego.

-La pongo, claro que la pongo.

¡Todo ha sido una maniobra para quedarse con nuestros cuartos!

-Me duele perder mis ahorros tanto como a usted,

pero acusarle sin pruebas es falso testimonio.

-Lo que usted diga, pero no voy a dar mi brazo a torcer.

¡El banquero y su esposa han urdido esto para limpiarnos!

-No diga eso, doña Susana.

Yo no sé de cuartos, pero doña Genoveva no ha hecho na malo.

-Genoveva ha estado protestando codo a codo con los vecinos.

Me niego a creer que se haya aprovechado de nuestra candidez.

-¿No dice uste na, don Ramón?

-¿No se puede hacer na?

-Al menos tenéis la mantequería.

-No sé si la mantequería dará mucho dinero ahora

que nuestros clientes están en bancarrota.

-La gente tendrá que comer igual.

Como usted, no lo tiene tan mal con el restaurante.

Pero ¿qué va a ser de esta pobre viuda?

-No se ponga en lo peor, sus hijos no le dejarán pasar hambre.

-Eso sí que sería darme la puntilla.

¿Causarles extorsión a mis hijos? ¡Antes muerta, muerta y enterrada!

-Pues que muera to el barrio.

-Diga algo, don Ramón, su silencio es lo que más me escama.

-Por los clavos de Cristo, don Ramón, denos una esperanza.

-Algo podremos hacer.

-Para serles sincero, no lo sé,

pero algo haremos.

De eso estoy aseguro.

(Sintonía de "Acacias 38")

(Se abre y cierra una puerta)

¿Has podido hablar con ella? ¿Quiere verme?

-"Ahí viene".

-Gracias, Casilda.

Sabía que no me dejarías en la estacada.

-No sea tan exagerao en su agradecimiento,

que no es a mí a quien tie ansia de ver.

-Desearía ver a mi amada esposa en persona, pero como no accederá,

me conformo con saber de ella a través de ti.

¿Cómo está? -Bien no.

-No seas parca en palabras.

Me imagino que no está bien, pero algo me podrás decir.

-Está más encendía que la mecha de un artillero.

-¿Me maldice? -A todas horas.

-¿Qué más?

-Ya sabe que la señora siempre se ha preocupao mucho por sus pintas,

pues anda desgreñá por los rincones.

-Veo que no se le ha pasado el arrebato.

-Todo lo contrario,

va a peor.

Me temo lo que pueda llegar a hacer.

Señor,

me duele mucho haberle puesto en este brete,

no tenía que haber dicho na.

-No te preocupes por eso, Casilda, solo dijiste lo que habías visto.

Yo soy el responsable.

-Doña Genoveva también tiene arte y parte.

-Que no, Casilda, que no.

Yo soy el único cabeza hueca de esta historia.

Me dejé llevar por...

Me dejé llevar.

Nuestra casa, bien lo sabes,

desde que comenzaron las preocupaciones por la inversión,

era muy angustiosa, me agobiaba dentro.

-Qué me va a contar, a mí no me llegaba la camisa al cuello.

De haber podido, la habría traicionao como uste,

menuda temporadita que nos dio la señora.

-No hace falta que seas tan expresiva.

-Yo no me refiero a traicionarla de esa forma, quiero decir que,

si hubiera tenido otra casa en la que faenar, pues me hubiera marchao.

-No ha debido ser fácil vernos discutir a todas horas.

-¿Fácil?

Fácil es partirme un dedo con el almirez.

-Aun así, he sido un mentecato,

un imbécil de tomo y lomo.

-Dios.

-Rosina no se lo merecía.

Nadie ha sabido entenderme como ella,

nunca he sido tan feliz con nadie.

-Anda, Marcia, prepárele al señor algo para el ánimo.

-¿"Ánimo"?

-Sí, mujer, algo que le levante, ¿no ves que está muy triste?

-¿Un licor?

-No, no la vayamos a liar.

Eh, mejor una infusión, ¿eh?

-Gracias, pero lo único que necesito es volver al lado de mi esposa.

-Pues la manzanilla sería más rápido.

-Casilda, le he escrito una carta a Rosina.

¿Se la darás?

-Uste sabe que eso me puede costar un coscorrón.

-Te estaré eternamente agradecido.

-Está bien.

-¿Me tendrás al tanto de lo que pase?

-Si después de esto puedo volver a andar, cuente con ello.

-Don Liberto,

"yo le creo, está arrepentido".

-¿"Arrepentido"?

Me odio, Marcia,

me doy asco, me arrancaría el corazón con mis propias manos.

Es lo que merezco.

-"No diga eso".

# Y al pie de un árbol sin fruto,

# me puse a considerar.

# Qué pocos amigos tienes,

# qué pocos amigos tienes,

# el que no tiene pa dar.

# Al pie de un árbol sin frutos,

# me puse a considerar... #

-¡Bravo, bravo, Bella del Campo! -¡Viva, vida!

-No conozco a nadie que pueda cantar con tanto sentimiento.

-Bueno, siempre se me ha dao bien el quejío, sí.

-¿Bien? Le saca usted las lágrimas hasta a un brigada carlista.

-Sigues siendo la más grande.

-El cante es lo único que templa mis nervios.

Si no fuera por el cante y por todo lo que me quieres,

ya me habría vuelto loca de tantas calamidades que nos trae el destino.

-No diga usted eso, señora, que eso sí que trae mala suerte.

-Loca dicen que está doña Rosina. -Digo.

Y no es pa menos después de lo que le ha hecho el guarro de su marido.

-Eso y los dineros.

-No digo yo que no haya influido.

-¿Qué vamos a hacer nosotros, Jose?

Nos han dejado más limpios que la cuchara de un pobre.

-¿Que qué vamos a hacer?

Seguir cantando, que es para lo que hemos nacío.

-Así lo arreglan todo los jilgueros.

-Los pajaritos en general.

-Sí, pero no comen ustedes como tales.

¿No van a hacer nada después de lo que ha salido en los periódicos?

Perdonen que les diga,

pero tienen que tomar cartas en el asunto y con urgencia.

-Algo de razón sí que tiene.

-Más que un santo.

-Podríamos volver a Argentina.

Llegaríamos con una mano delante y otra detrás,

pero a eso estamos acostumbrados.

-¿Y de la deuda con don Alfredo qué?

-Venderíamos la casa.

-Sí, eso, y a vivir con una trainera de tejao.

-Aquí no hay traineras. -Pues por eso.

-Siempre podemos encontrar una casa más modesta.

-¡Ni lo sueñes!

¡Anda que no se iba a reír la Felicia de vernos ir cuesta abajo!

-Hablaré con Oswaldo, a ver si se le ocurre algo.

Quizá pueda meter prisa a los empresarios.

-Esa solución no llegará antes de que don Alfredo

nos reclame el pago del préstamo.

-No, por favor, eso no.

Lo único que se me viene a la cabeza es que te arranques otra vez.

-¡Virgen de Aránzazu, menudo remedio!

De hambre terminaremos quejándonos.

-Tú no tienes por qué quedarte.

Nosotros nos hemos metido en esta ruina.

-Por nuestro poco entendimiento.

-No nos gustaría arrastrarte al pozo.

-¿Y adónde voy yo, señora?

-Tampoco podríamos pagarte el jornal.

-Saldremos.

Puede que tengamos que inflarnos a sopas de ajo y gachas, pero...

-No.

Mírale. Pero saldremos.

Lo siento, tía, ni siquiera me había enterado.

Me lo imaginaba. -Por eso te lo he traído.

Es la quiebra, Liberto, la quiebra, la insolvencia, la desolación.

Estamos fritos, hijo.

-Jamás pensé que diría esto, y no espero que lo entienda,

pero mi aflicción ahora es otra.

-Pero las penas sin pan son más.

-Poco me importa el dinero.

Lejos de mi Rosina, qué más da lo demás.

-¡Ay, la juventud y el amor!

-¡He sido un mentecato, tía!

-Eso sí. -¡Un tarado!

-La lujuria, que la gobierna Satanás.

-Ni siquiera creo que fuera eso.

-Fue eso. -¡Bueno, para usted la perra gorda!

El caso es que no sé dónde tenía la cabeza.

Quiero a Rosina, la quiero de verdad.

También la quería en aquellos aciagos momentos.

Estoy tan arrepentido...

-El arrepentimiento es un paso, pero no te puedes quedar ahí.

-¿Y qué hago? He intentado acercarme y casi me pega dos tiros.

-No lo tienes fácil, no.

-Estoy esperando a que me conteste a una carta que le envié.

Cuento los minutos, tía, los minutos y hasta lo segundos.

No puedo vivir lejos de ella.

(Llaman a la puerta)

Puede que sea Rosina.

Disculpe, don Ramón, pero Felipe está en una reunión

y dijo que llegaría tarde.

-Dígale que necesito hablar con él. Buenas noches, doña Susana.

-Buenas, por decir algo.

-En fin, Liberto, tiempos estos duros que nos tocan vivir.

-A mí me lo va a contar.

-¿Cómo van las cosas con Rosina?

-Mal, ¿cómo van a ir?

-Que no le gane el desaliento.

Somos humanos, ¿no? Todos cometemos errores.

-A mí me lo va a contar.

-Pero siempre queda la esperanza, y en su caso, el amor.

Cuando hay amor, todos los escollos se superan.

Y entre Rosina y usted no es amor lo que falta.

-Gracias, amigo. -Vaya con Dios.

-¡No puedo más!

¡Estoy por liarme la manta y hacer una tontería!

-Vamos, vamos, que Dios aprieta pero no ahoga.

-A veces sí. -¡No blasfemes!

-Lo siento, tía, ya no sé lo que digo ni lo que hago.

-Hablaré con Rosina.

-¿De verdad hará eso por mí?

-La duda ofende.

-Dígale que me arrepiento mucho y que la quiero como el primer día.

No, no, que la quiero mucho más que el primer día.

-No te preocupes por lo que le diga o le deje de decir, que la conozco.

-Le agradezco lo que está haciendo por mí.

Es usted una buena mujer. Siento haberla defraudado.

-Y mucho.

Los votos del matrimonio son inquebrantables.

-Y, a pesar de todo, aquí sigue apoyándome.

-La familia es la familia.

Marcho.

(RESOPLA)

¿Mirando las estrellas?

Dando un paseo para hacer sueño.

Y eso no debe de ser fácil en su casa ahora.

Me he enterado que el banco está canino.

En quiebra, sí.

Dígales a sus padres que pueden contar conmigo para lo que sea.

Todo lo que tengo es suyo. Gracias, Boquerón.

Se lo digo de su parte.

Cinta...

No es buen momento, pero...

Bueno, el empresario espera su respuesta para lo de la gira.

Quiero hacerla, Rafael, y usted lo sabe, pero...

No es buen momento, ya.

¿Es un no definitivo?

No lo sé.

Siento que ahora mismo debo estar con mis padres.

No quiero apremiarla, pero...

me gustaría que fuera sincera conmigo.

Es lo que estoy intentando.

Solo me gustaría saber si sus dudas tienen que ver,

además de con sus padres,

con el beso que me, que nos dimos.

Perdone usted.

Ya hablaremos. Deme tiempo.

Todo el que usted necesite.

¿Me esperará?

Eternamente, si hace falta.

(EXHALA)

¿No se la ha devuelto? -Nones.

-Estará el Jacinto que trina.

-Ojalá trinara, pero lo único que está es mu apagao.

-¿Mucho, mucho? -Mucho.

Ayer ni me dio el beso de buenas noches.

-Sí que está mortecino, sí, que él suele tener más arrojo.

-Es como si con la medalla se le hubiese ido la bravura.

-Este Servando tiene la cara más dura que una piedra de amolar.

-¿Habló uste con él? -Sí, como te prometí.

Le di un buen tirón de orejas.

Y me prometió devolver esa medalla sin rechistar.

-Pues le ha toreao a uste y a mí.

¿Sabe lo que me dijo su socio?

Que no podía decirme dónde había ido a parar la medalla,

porque desvelaría el truco, y que eso no lo hace ningún buen mago.

-¿"Buen mago" dijo?

-Así mismito, como si no tuviera abuela.

-Oír para creer.

Descuida, que voy a darle otro repaso ahora mismo.

Ven.

Madrugando, ¿no, Servando?

-No se crea, que me ha costado salir hoy de la piltra.

Me han despertao dos ideas para unos trucos,

y ya se sabe cómo somos los artistas,

como tengamos una idea, no paramos hasta que damos con ella.

-Ah, ¿como una medalla, por ejemplo?

-Y dale con la medallita.

-¡Pues sí, y dale con la medallita,

que va a terminar con mi matrimonio!

-Pero, pero, pero...

Al final voy a tener yo la culpa de todos los males del universo.

-Ven.

Déjese de tontás y devuelva lo que no es suyo.

-¿Me está usted llamando ladrón? -¡Yo sí!

-Tú, que no tienes ni idea de magia,...

¡llamar mangante al gran Servandini!

Veamos lo que pasó.

Jacinto me dio su medalla, y yo,

gracias a mis artes mágicas,

la convertí en una bella figurita. Fin.

-Servando, esto ya está pasando de castaño oscuro.

Usted déjelo, que ya hablaré con Jacinto.

En vez de estar quejándose, debería estar ufano

al pensar que era propietario de una medalla que ha sido transmutada

gracias a mis artes mágicas. Va a pasar a la historia

de la magia su nombre.

-Miedo me da.

Puede que hasta la venda.

-¿Vender? ¿La medalla?

La medalla, claro, Marcelina,

que la figurita la tiene Agustina.

-¡Como venda la medalla de mi marío, aquí va a haber más que palabras!

No digo que te desentiendas,

pero sí que pienses un poco en ti, en nosotros.

-No me puedo quedar de brazos cruzados

mientras un miserable lleva a la ruina a mi hijo, a mis vecinos.

-Te encontré en un hospital, Ramón,

te intentaron asesinar.

-Comprendo tu aprensión, mi amor,

pero mi conciencia me impide callar ante tal injusticia.

-Lo sé,

conozco la firmeza de tus principios,

por algo me enamoré de ti, pero...

-Te prometo ser cauto, vigilar mis pasos,

guardarme las espaldas. Pero no me pidas más.

Te quiero.

(Se cierra una puerta)

-(CARRASPEA)

Disculpen. La puerta estaba abierta.

-No tiene por qué disculparse.

-Le dejo que hable tranquilo con Ramón.

-Gracias.

Don Liberto me dijo que estuvo anoche en casa buscándome.

-Así es. Le supongo enterado de las últimas noticias.

-Como no podía ser de otro modo.

Como esperábamos, la quiebra se ha hecho pública.

-Y el Banco de España no va a intervenir

porque se ha probado la mala praxis del Americano.

-La junta directiva sabía que la debacle era inminente

y, se abstuvo de llamar a sus inversionistas.

-Con lo que se demuestra lo que siempre sospechamos:

que el señor Bryce labró a conciencia la ruina de los vecinos.

-Desde nuestro punto de vista, no cabe duda,

pero el señor Bryce alegará que no conocía la situación

y que ha sido una víctima más, otro engañado por sus socios.

-Podría alegarlo si el dinero hubiera sido realmente invertido,

si pudiera contabilizarse.

-Todo parece indicar que así es.

Su hijo Antoñito y Liberto fueron a firmar la documentación.

-Algo me dice que no es así.

-¿Su instinto de comerciante?

-Llámelo instinto de comerciante o corazonada

o como quiera,

pero no puedo dejar de pensar que el señor Bryce

se hizo con el dinero de nuestros vecinos antes de la quiebra,

precisamente, para poder después afirmar

que se había perdido con el resto del capital.

-¿Qué sugiere usted?

-Que husmeemos en ese dinero,

que busquemos los apuntes contables del banco,

que podamos demostrar que no ha ido a parar

a los bolsillos del sospechoso señor Bryce.

-¿Cree que ese hombre jamás entregó el dinero al Americano?

-De momento, solo lo sospecho.

Pero le creo capaz de eso y mucho más.

-¿Y esa solemne firma a la que acudió Liberto y Antoñito?

-Podía haber sido un montaje, un paripé, era su banco.

-¿Cómo podemos demostrarlo?

-Solo hay un modo,

denunciando al señor Bryce

y dejando que la policía lo investigue.

-Eso son palabras mayores.

Don Alfredo es un hombre muy poderoso,

y con contactos... -Si la denuncia

es admitida a trámite, la justicia estará de nuestro lado.

-No me ha dejado terminar.

Alfredo Bryce es un hombre muy peligroso.

-Lo sé,

y por eso tenemos que hacerle entender al comisario Méndez,

que lleve la investigación con toda la discreción posible.

Abre, Casilda.

¿Quieres abrir de una vez? Sé que estás ahí.

Doña Susana, márchese, tengo órdenes.

No puedo abrir ni aunque se tratara del mismísimo obispo.

-No soy el obispo, soy su amiga.

-¡El obispo manda más!

-No en este caso.

Una buena cristiana como yo sabe cuándo relegar a la jerarquía.

Y no te preocupes,

a tu señora le vendrá bien mi visita.

-Dios la escuche. -¡La que está escuchando soy yo!

¿Quién anda ahí? ¡Como sea el perro de Liberto le meto...

un tiro!

-Soy yo.

-¿No te han dicho en la puerta que no recibo?

¿Qué quieres? -Hablar de Liberto.

-¿Del perro ese de tu sobrino?

-Procuremos evitar esos calificativos.

En mi casa se llaman a las cosas por su nombre.

Márchate.

-Solo pretendo hablar. ¡Susana, te vas

o te pego un tiro, te lo juro. -¡Doña Susana,

que hoy está cargao el trabuco!

-¡El trabuco está de más, como ayer!

¡Se acabó, se acabó! ¡Ya está bien, hombre!

Me vas a escuchar,

porque es la única forma de salir del agujero en el que te has metido.

-(LLORA)

-Venga, ven.

Hala, llora.

(SE QUEJA)

Gracias, hija. (SUSPIRA)

Sé muy bien que este no es mi sitio.

Pero es el primer día que salgo a la calle,

y no puedo más.

Echaba tanto de menos...

pasear por las calles,

las veredas del parque...

Ya me imagino.

Yo, a tu edad, no paraba en casa.

Si quieres y tanto te gusta,

podemos pasear juntas mientras me recupero.

Aunque el barrio...

no pase por sus mejores momentos.

Por cierto,

¿se sabe algo de doña Genoveva?

Dicen que desde ayer...

no asoma el morro.

¡Oh! (RÍE)

¡Mucho mejor, hija!

Gracias a mis compañeras,

que me han cuidado...

como si fuera de la familia real.

Con dolores, claro.

Pero débil todavía, para volver a la faena.

Algún día tendré que hacerlo.

No puedo vivir de la sopa boba.

-Hola, Camino. ¿Cómo estás?

La muchacha dice que no solo la considera a usted inteligente,

sino buena...

y con un corazón de oro.

-(RÍE)

Se agradece, hija.

La verdad es que cada día está menos retraída

y si hace entender mejor.

Se ve que su compañía

le ha hecho mucho bien.

-Yo no he hecho nada, solo le he dado confianza.

El resto lo ha hecho ella.

-Ya puede usted estar orgulloso, ya.

Ve, muchacha, sí.

Que no diga tu madre que te entretenemos.

Agustina, ¿le suena a usted el nombre de Valdeza?

-Jamás lo he oído mentar.

¿Quién es?

-No, nada, son cosas que oye uno por esas calles de Dios.

Con Dios.

¿Quieren algo más las señoras?

-Sí, que dejes de gimotear. ¡Que menuda ayuda eres!

-Perdón, doña Susana. ¡Es que me da tanta pena!

-Pues te la aguantas.

Hala, a la cocina. Si quiere algo Rosina, ya te llamaremos.

Y reza al Señor, verás como alegra tu corazón.

¡Vaya melindres!

Y tú,

¿cómo estás? ¿Estás mejor?

-Nunca estaré mejor.

-Me decepcionas.

Hasta la salvajada de lo de la escopeta

está más en tu ser.

Pero llorar así, como una madalena...

¿Dónde está tu orgullo?

-¡Pregúntale a tu sobrino!

La culpa es suya.

Me ha destrozado la vida.

Y no lo digo por lo de la infidelidad.

Lo peor no es que sea un asqueroso.

Lo peor es que ha dejado de quererme.

-¡No digas simplezas, mujer!

-No es ninguna simpleza, es la verdad.

Conozco muy bien a Liberto.

Si siguiera queriéndome,

no se hubiese ido con una pelandusca.

-Comprendo tu furia, Rosina.

Y tu tristeza también, si cabe.

¿Crees que no estoy yo quejosa con él?

Me ha decepcionado, como a ti.

Pero de ahí a no quererte...

Te adora, lo sé.

-¿Te lo ha dicho?

-Me lo ha dicho.

Pero no me hacía falta.

Tú también lo sabes.

Y no solo te quiere.

Te necesita.

Igual que tú le necesitas a él. Os necesitáis los dos.

Sobre todo, en estos momentos.

-¿En qué momentos?

-Ah, claro.

Tú no sabes nada.

-¡Susana, no te hagas la interesante!

¡Contesta en qué momentos!

¿Qué busca? ¡Contesta!

-¡La escopeta!

-Se la ha llevado Casilda.

-Pues mejor para lo que te voy a decir.

El Banco Americano ha quebrado, y nosotras con él.

No tenemos ni un céntimo, y creo que no lo tendremos nunca.

-¿Y creías que te iba a disparar por eso?

¿Qué me importa a mí el dinero

si no tengo amor?

-Venga...

Emilio.

¿Qué tal?

¿Un poco más animado que ayer?

-No se crea.

-Permítame que insista.

He estado dándole vueltas a la conversación que tuvimos,

y creo que no debería hacerse de menos respecto al Boquerón.

-Ya se lo dije.

Cinta es una artista,

es normal que se prende de los que poseen algún talento.

No me hago de menos.

No se puede luchar contra las leyes de la atracción.

-Puede ser que Cinta se vea atraída por el talento, sí.

Y también puede ser que el Boquerón haya sabido ganársela.

-¡Pues lo está usted arreglando!

-Déjeme terminar. Todo eso es cierto,

pero tampoco puede rendirse sin presentar batalla.

-Está bien.

Analice usted el cuadro al completo.

¿Qué es doña Bellita?

Cantante y bailaora.

¿Qué es don José?

Guitarrista.

Blanco y en botella: Cinta no hace más que lo que ha visto en casa.

-Bueno, sí, pero usted tiene que tener seguridad,

aplomo, confianza en sí mismo.

A lo mejor debería...

explorar sus habilidades artísticas.

-¿Qué pretende, que me compre una guitarra?

-Pues a lo mejor, no lo sé.

Es tan sensible como el Boquerón, o incluso más.

Quizás tiene que explorar, practicar algún talento y exhibirse.

No tiene nada que perder.

-Que no, Antoñito. Que cada uno es lo que es.

¿Que me rindo? Pues sí.

Zapatero a tus zapatos.

Pues usted dirá lo que quiera, Jacinto, pero yo,

en vez de dar la matraca tanto con la medallita,

me vería muy agradecido sabiendo que he participado

en una de las más grandes proezas de la historia de la magia.

-No me malinterprete, que yo aprecio su arte,

que es mucho,

pero es que le tenía mucho aprecio a mi medallita.

-¿La que te regaló tu tío el pastor?

-Sí, porque me la regaló para que me protegiera del lobo...

-Bueno, déjate, déjate,

que ahora has sido llamado a la urbe.

Ahora eres parte de esta ciudad.

Ahora no estás rodeado de lobos.

Estás rodeado de amigos.

Y esa medalla, ahora mismo,

pues es pana, es un falso ídolo.

-Aun así, yo...

como que me siento desnudo sin mi medallita.

Que será una manía, pero...

-Tú tienes derecho a tener tus manías, claro que sí.

Que estaba yo pensando,

que por qué no le pides a Agustina

la figurita en la que convertí tu medalla.

Así podrías aplicar en ella todas tus supersticiones rurales.

Sí, sí. Aparte, en vez de del lobo,

de lo que te protegería sería de los tranvías.

A esto tú dale vueltas.

Piénsalo, piénsalo.

Piénsalo, dale vueltas. Esto...

Esto es una cosa que tienes que meditar.

Ahí estamos.

¿Eh? Dale, ahí, ahí.

Lobos, tranvía, ¿eh?

-Servando.

No la habrá vendido, ¿verdad?

-Oiga, que yo no soy ningún ladrón.

Yo soy un mago.

Yo soy un hidromante.

Yo soy un Merlín.

-Pues sea usted honrado y devuélvasela.

¿No ve lo mustio que anda? -¡Y dale!

¿Cómo le tengo que decir que ya no está?

¡Que la medallita ha pasado a otro universo!

¡Que ahora, ese universo, lo ocupa la figurita!

De verdad, es que la magia...

-Usted no tiene solución.

-¡Bueno, pues no le busque más!

¿Sabe lo que me ha pasado hoy?

-¿Debería?

-No se enoje usted, que ahora mismo se lo digo.

Es que me ha comunicado un paisano

que se acercan las fechas del campeonato de canicas de Naveros.

-Y ¿qué quiere que haga?

¿Abro la boca de un pasmo y pregunto?

-No, no. Lo que pasa es que es un campeonato que es por equipos.

Yo siempre jugaba con el Chepa.

Bueno, éramos los más famosos de Naveros.

Éramos la conmoción de las mozas.

-Claro, de eso hace

mucho tiempo, ¿verdad? -Sí.

Y eso que nunca ganamos, ¿eh?

Por el Chepa, no por mí. Se lo imaginará.

El caso es que he estado pensando

en que este año, a lo mejor me apunto a la competición.

-Allá usted.

Pero mejor será que juegue a las canicas

y que no siga cambiando el orden del universo.

Ayyy... ¿Qué hago con usted, Servando?

¿Qué hago?

¡Huy!

El que tuvo, retuvo.

¿Qué haremos cuando don Alfredo venga a reclamar sus derechos?

-Pues no lo sé. Ya veremos.

-¡Vaya!

Eso me deja más angustiada todavía.

-Que no, que lo vamos a resolver.

Algo se me ocurrirá. Confía en mí.

-No sé... Mira dónde ha ido a parar la confianza de doña Rosina.

-¿Qué crees, que me voy a dejar seducir por otra mujer o qué?

-Fíate tú de la Virgen y no corras.

Porque todos seáis iguales.

No está claro que fuera Genoveva la que llevaba la voz cantante.

-No, ahí te equivocas.

Don Liberto es un trozo de pan. Seguro que fue ella quien lo sedujo.

-Ya...

Una mujer no da el primera paso

si antes no ha visto un interés en el hombre.

-No siempre, Lolita.

Créeme, no siempre.

-Pues en todo caso, el barrio solo la acusa a ella.

Cuando saber, saber, no sabemos nada. Es injusto.

-No, no es injusto, Lolita. Es como es, punto.

-¡Ea! Pues para mí no.

No la dejaré en la estacada.

Iré a visitarla.

-Cómo te gusta meterte en líos, ¿eh? -Lío ninguno.

Ella tiene que sentirse muy sola en esa casa.

No la acusan de lo de Liberto,

también la acusan de estar conchabada con su marido.

-Porque quizás también es culpable de eso.

-No, ese hombre es la piel del diablo,

pero ella no.

-Me da igual. Lo mejor es... que no te dejes ver junto a ella.

-Ya, la ley del embudo, ¿no? Felipe sí puede cobijar a Liberto,

pero yo no puedo consolar a Genoveva.

-Pero es que ella es una adúltera. -¿Y él no?

Antoñito, si los dos están casados, los dos reparten cuernos.

Y los dos tienen derecho a tener un hombro de un amigo para llorar.

¡Anda que no tiene que estar ella arrepentida!

Iré a verla, te pongas como te pongas.

Siempre se ha dicho que era usted una eminencia.

-No exagere.

Me limité a no invertir.

-Pues por eso.

-Entiendo que ustedes lo hicieran. Parecía un negocio redondo.

-Parecía. Ahí está la clave, en parecía.

¡Anda que no se debe estar riendo de nosotros ese estafador!

-Le advierto que no hable así de don Alfredo, podría demandarla.

-Pues como no se lleve los cuatro cirios que me quedan en casa...

Estafador, ladrón y ventajista.

Y se lo diré así a quien me lo pregunte.

Ese hombre nos llevó como corderos al matadero.

-Descuide, señora, que si es verdad lo que dice, todo saldrá a la luz.

-Dios le oiga. Bueno, Dios y algún juez.

-Gracias por venir, tía.

¿La ha visto?

-Estaré en el despacho.

¿Ha conseguido hablar con ella?

-No ha sido fácil. -Ya me imagino.

-Ha vuelto a sacar la escopeta.

-¡Qué animal!

Que es adorable, una mujer como pocas he conocido,

pero un poco brusca también.

¿Le ha dado alguna esperanza?

-No te digo que vaya a ser fácil, pero si lo juegas bien,

puede que tengas alguna oportunidad.

-¿Qué es lo que tengo que hacer?

-Pues según manifiesta, no le duele tanto tu alma corrupta y rijosa...

como que le hayas dejado de querer.

-Pero si yo no he dejado de quererla, tía.

-Pues tendrás que convencerla.

-¿Y cómo? Si ni siquiera me permite hablar con ella.

Sigo esperando que me conteste la carta.

-Pues tendrás que ingeniártelas.

Volver a intentarlo, supongo.

-¿No me dice que sigue aferrada al mosquetón?

-Hijo mío, el que algo quiere...

Tú vuelve, y convéncela de que esa mujer te confundió.

De que te enredó, de que te envolvió

con su lujuria y su imputicia.

-No, tía, no. La verdad que no.

Genoveva no es la única culpable de todo esto.

Yo también tengo mi parte y no voy a negarlo ahora.

Además, ella tiene ahora una situación muy comprometida.

-Su situación no es cosa tuya ahora, Liberto.

Más bien lo será de su esposo, ¿no?

-Es que eso es lo que temo.

Ya conoce cómo es la gente de este barrio.

Seguro que le van con el cuento a don Alfredo, para fastidiar.

-En todo, lo tendrán que arreglar entre ellos.

-"Arreglar" dice, claro.

A saber lo que es capaz un hombre tan pagado de sí mismo.

Es capaz de cualquier cosa, tía.

Es capaz de lo más terrible.

-¡Liberto, vamos a ver!

¡Tú verás lo que haces!

Pero si de verdad quieres a Rosina,

haz el favor de centrarte en ella.

En el altillo abundan los lamentos.

Arancha, por ejemplo,

con todo lo recia es, no deja de suspirar.

Por lo visto, los Domínguez,

tienen la voluntad paralizada.

¿Y eso?

No saben si marchar o quedarse.

Si dar carta blanca a su hija

para que se envilezca en un tablao...

o prohibirla el baile.

Eso sí,

para comer... tienen a duras penas.

Pobres, con lo que les gusta.

Y Casilda cuenta y no para.

Doña Rosina no sabe si tirarse por la ventana...

o echarse en el lecho a llorar.

Eso sí, amenaza con matar a su marido de un escopetazo.

Pobre Rosina.

No es plato de gusto que te quiten a un ejemplar como Liberto.

¿Le he dicho que es uno de los hombres

que mejor me ha besado?

Es usted perversa.

(Puerta)

¿Espera usted visita?

No, al contrario.

Pensé que todos me habían retirado la palabra.

Vaya a abrir.

Buenas tardes, Lolita.

Buenas tardes.

Espero no molestar.

Y yo que usted no venga con reproches.

No le voy a decir que me gusta lo que ha hecho.

Pero yo no soy nadie para juzgarla.

En ese caso, bienvenida.

Siento si he estado brusca.

No he tenido ninguna visita y me temía lo peor.

Pues no tema usted.

Yo solo quiero que se desahogue si lo necesita.

Y no sabe cuánto...

Supongo que echarán pestes sobre mí.

Pero le aseguro que todo ha sido más limpio

que lo que cualquier chismosa se puede imaginar.

Ni don Liberto ni yo pensamos que esto fuera a ocurrir jamás.

Ya me imagino, ya.

Y más siendo los dos casados.

Casados, sí.

Bueno,

yo quiero a mi esposo, pero...

es más un compañero que un amante. Ya me entiende.

No, no se crea que entiendo yo mucho de eso.

Digamos que yo sigo en edad de merecer.

Ya le digo que no lo planeamos.

Durante las protestas,

nos fuimos cogiendo cariño,

fue creciendo...

¿Se ha enamorado usted?

He estado muy cerca, y puede que aún lo esté...

un poco.

No he hecho otra cosa que seguir mis sentimientos.

Ya, contra eso no se puede luchar.

Me duele por Rosina. No quería hacerle daño.

Pobre mujer.

Don Liberto también lo está pasando mal.

Ya, me lo imagino. Es un hombre muy sensible.

¿Cree usted que debería asumir la culpa y pedirle perdón?

Uf...

Pues no sé qué decirle a eso.

Yo...

Yo mejor lo dejaría correr.

Es que el horno no está mu pa bollos.

Eso es muy fácil decirlo, pero...

yo sufro todos los días. Ese...

Ese dolor en las entrañas, el estómago encogido.

La culpa.

No soporto hacerle daño a los demás.

Mujer, también tiene que pensar en sí misma.

Su marido no se lo pondrá fácil cuando se entere.

No me hable de eso.

Estoy tan arrepentida...

Alfredo es un hombre muy estricto.

Le tengo pánico.

No sé lo que puede llegar a hacerme.

Tranquila.

Tranquila.

Échelo to.

Pues mi padre me ha pedido que lo deje todo en sus manos.

Y cuando me dice eso es que tiene un plan de acción en mente.

-Me alegra escucharlo.

-Liberto, le quería preguntar,

y perdone que lo haga con tanta confianza.

Pero ya que usted la conoce,

¿no cree que doña Genoveva puede ser cómplice de don Alfredo?

-¿Cómplice?

Yo, más bien, diría que víctima.

-Pero... ¿realmente está seguro de eso?

-Sí.

No ha sido solo el deseo lo que me ha llevado a Genoveva.

Yo soy culpable, lo reconozco.

Pero he visto en ella mucha desdicha.

Es una mujer muy falta de amor.

-Ya.

Pero ¿no cree que puede tener falsas intenciones?

-En absoluto.

Genoveva es muy sincera.

No quiere a su marido, por lo tanto, no pueden ser cómplices.

-La verdad es que me tranquiliza escucharlo.

Lolita la considera una buena amiga.

De hecho, en contra de mi voluntad, se ha ido a visitarla.

-Me alegra saber que Genoveva no está sola.

Traigo un recado pa uste, señor.

-Yo les dejo a solas con sus asuntos.

Liberto, espero que se arregle todo con su esposa.

-Gracias, Antoñito. Gracias.

-Casilda.

-Contéstame. Dios quiera que se haya ablandado.

-Que el Señor me perdone.

Perdón, señor.

Dice la señora que ahí tiene usted, confeti, para sus juergas.

Perdón.

-¿Qué quiere que haga, Casilda?

Que lo diga.

No pasa nada. Yo voy a obedecer,

pero tiene que entender que no puedo retroceder en el tiempo.

-¿Qué quiere que le diga, señor?

La señora no dice una palabra.

Se pasa horas enteras sin hablar.

-Casilda, tienes que ayudarme.

¡Vas a ayudarme?

-Mientras la señora no me pegue un tiro...

-Eso no va a ocurrir.

Vas a hacer lo que yo te pida.

Dependo de ti.

-¿Qué quiere que haga?

¿Qué miras con tanto interés?

Parece que estás viendo pasar a los cabezudos de mi pueblo.

Nada, miraba a ver si venía mi guitarrista.

Me ha mandado una nota avisándome de que venía.

¿Cómo estás tan segura de que va a venir por el restaurante?

¡No estaba mirando al restaurante! ¡Ay!

(Puerta)

Ahí está, debe ser Rafael.

Acuérdate de que no tenemos nada para merendar, ni una anchoa.

Que sí.

El guitarra.

Hay novedades recientes.

Hombre, las novedades suelen ser recientes.

Arancha, trae algo de merendar.

No, no se preocupen.

He comido más bien tarde.

-Bueno, pues yo, a la cocina me voy.

¿Qué nuevas son esas?

¿Sabes quién es Úrsula López?

¡Toma, claro!

Se llama Úrsula Falcón Quintero.

Cantante y empresaria de zarzuela, opereta y variedades.

Pos quiere contar conmigo para su cuadro flamenco.

Y...

¿se va usted con ella?

Es una gran oportunidad para mí.

¿Y nuestra gira?

Por eso he venido corriendo como las cucarachas del camerino.

No quiero meterle a usted prisa,

pero si no se decide,

terminaré perdiendo las dos cosas.

¿Y si le digo que sí?

Pues me dará un alegrón muy grande.

El más grande.

Perdería usted la oportunidad con la López.

Por delante de usted... no hay nadie.

Ni por encima. Vamos, que por ningún lado.

Yo me voy con usted donde me diga.

Y detrás de los dos, el diluvio.

Sí, mi Boquerón.

Entonces, ¿sí?

No lo sé.

¿Cuándo lo va a saber, mi alma? Mañana.

Mañana a lo más tardar, se lo prometo.

Un viaje muy placentero.

Por el balneario en sí, pero también por haberme quitado del medio,

mientras los periodistas perseguían

al consejo de administración del banco.

¿Te ha visto alguien al llegar?

¿Alguien?

Muchos.

¡Y qué miradas! ¡Por el amor de Dios!

Pensaba que me iban a lanzar huevos, como al simple.

No le harán nada, descuide.

Los conozco bien.

Le deben a usted dinero,

y se pensarán muy mucho mostrar su desprecio.

Hay otro motivo para que te miren tanto.

¿Ha sucedido algo que yo no sepa?

Te conté que estaba tratando de seducir a Liberto.

¿Verdad?

Sí, hablamos de ello.

Casilda nos descubrió juntos.

No pasaron ni dos minutos hasta que se enteró el barrio entero.

¿Cómo puedes ser tan estúpida?

¿Has permitido que Casilda descubriera tu infidelidad?

No lo he permitido, lo he propiciado.

¿Propiciado?

Pues tendrás que explicármelo.

-"Me preocupa la mantequería".

-Habrá que volver a estudiar los contratos.

-Los he leído mil veces y no hay nada que hacer.

-Anoche, regresó al barrio don Alfredo.

-¿Le ha hecho algo a Genoveva?

-No se sabe.

-Se ve que es lo que le da empuje, la medalla.

Señá Fabiana, ayúdame a recuperarla, por favor.

-Verás como se nos ocurre algo para ablandar la mollera de Servando.

Alfredo Bryce ha resultado ser

una auténtica pesadilla para el barrio.

-He hablado con el comisario, y hay sospechas que podrían hacer

que ese hombre acabara en la cárcel.

-Solo decirle que sé lo ocurrido,

y que le prohíbo que vuelva a acercarse a mi esposa.

Se arrepentirá de haber mancillado mi nombre y el honor de mi hogar.

-Estaba hablando con mi hijo

de las sospechas que hay en contra de Bryce.

-Traigo malas noticias.

Va a ser imposible probarlas.

El estudio de la lengua de signos le está viniendo muy bien.

-Es una pena que tenga poco contacto con la gente

por su dificultad para comunicarse.

¿Nunca ha tenido una amiga, una chica de su edad?

Ese hombre es demasiado rico

como para cometer una estafa tan nimia como esta.

Seguro que hay otras causas.

Y eso que usted señala, Felipe,

el interés para que cayeran todos los vecinos, resulta muy extraño.

-Tiene que haber alguna casusa.

Y tiene que ser distinta de las económicas.

Soy tan infeliz, Lolita.

Ya no solo porque Alfredo me haya golpeado, sino porque...

ni siquiera estoy segura de si sus intenciones

eran lícitas al casarse conmigo

o solo era un paso más en su plan.

¿Qué plan?

Nada.

Rafael y yo somos novios.

  • A mi lista
  • A mis favoritos
  • Capítulo 1037

Acacias 38 - Capítulo 1037

19 jun 2019

Cinta está hecha un lío y pide tiempo a Rafael para aclararse. El guitarrista, respetuoso, se lo da junto con una noticia: Úrsula López le quiere en sus actuaciones.
Liberto está desolado por su infidelidad con Genoveva. Susana media por él con Rosina y le confirma que todavía tiene posibilidades de recuperarla. Liberto traza un plan con Casilda para conseguir volver con su esposa.
Ramón pone en marcha un plan con Felipe para demostrar que Alfredo ha cometido fraude y deciden acudir a Méndez.
Genoveva se hace la víctima ante Lolita y consigue manipularla para que le apoye. Cuando Alfredo regresa Genoveva le revela que Casilda le encontró con Liberto, enfureciendo al banquero que reacciona amenazante.

ver más sobre "Acacias 38 - Capítulo 1037" ver menos sobre "Acacias 38 - Capítulo 1037"
Programas completos (1059)
Clips

Los últimos 3.569 programas de Acacias 38

  • Ver Miniaturas Ver Miniaturas
  • Ver Listado Ver Listado
Buscar por:
Por fechas
Por tipo
Todos los vídeos y audios

Añadir comentario ↓

  1. Mabi

    Convencerlo de invertir.... Eso quise escribir, disculpas....

    20 jun 2019
  2. Mabi

    Antoñito ya que " está taaaaannn preocupado " en hacer de Celestino de Emilio y Cinta, podría hacer lo mismo con Rosina y Liberto y contarle a éste que Genoveva intentó seducirlo a él también, para convencerlo de invir...pero claro...se destaparia la olla ante Lolita aunque no le vendría mal darse cuenta de quien es Genoveva y sus verdaderas intenciones...

    20 jun 2019
  3. Freilyn

    vuelve el perro arrepentido... ajajajaja!!!!

    19 jun 2019