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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1026 - ver ahora
Transcripción completa

Yo creo que debería irme.

Discúlpeme, no era mi intención importunarle con mis alabanzas.

No, no importa. Simplemente creo que...

deberíamos centrarnos en los negocios.

Por supuesto.

No tiene usted ninguna enfermedad mortal.

Ese medicucho pagará por este error que casi le cuesta la vida.

Servando se ha encaprichado de mi Marcelina.

-¿De dónde sacas eso?

-Mire que... Que no da lugar a duda.

Carmen nos ha dicho que tu padre ha tenido que salir de viaje.

-Me dejó esta carta para que se la entregara a usted.

No logro quitarme a Emilio de la cabeza.

Tienes que hacer un esfuerzo por olvidarlo,

y tienes que mirar al futuro.

Y el futuro tiene un nombre: Rafael.

Me explica que ha ido a buscar a un amigo

para pedirle consejo e información.

Me dice que no me deje presionar por don Alfredo

y que no firme nada hasta que él no regrese.

-"La escuché hablar en sueños".

-Ha debido confundir con palabras

algunos de los pocos sonidos que puede emitir mi pobre hermana.

Antoñito parece decidido a invertir

en contra del consejo de su padre y...

Y de Ramón no sabemos nada.

Hemos de ser sumamente cautos con este entrometido.

Tenemos que evitar que Camino vuelva a descubrirse.

¿Puedo hablar con Antoñito?

Tan solo quería recordarle que esta tarde hemos quedado.

Hemos quedado en efectuar la entrega del dinero.

Don Felipe se ha empeñado en encontrar al doctor Maduro.

Ese farsante ya debe estar fuera del país.

He logrado que me regale un abanico de su colección

doña Bellita del Campo.

-¡Ay, Servando!

No hay otro hombre como usted.

-"Don Ramón Palacios,"

espero que en este momento ya no sea ningún problema.

Creo que Rafael es un impostor.

Por eso quiero comprobar algunos datos.

¿Sucede algo?

-Hay un problema.

Ramón...

"es el hombre con el que pasaré el resto de mis días".

-"Y tenga por seguro que por muchos años".

Pensé que todos los presentes

éramos gente de palabra y de responsabilidad.

Y supongo que tendrá un buen motivo para defraudar las expectativas.

-Créame que lo siento en el alma.

Usted sabe que yo había decidido vender la patente de las cafeteras,

para poder entrar en el accionariado del Banco Americano.

-¿Y bien?

-El comprador se ha echado para atrás en el último momento.

-Aunque Antoñito se retire,

el resto estamos en disposición de cumplir con nuestra parte.

-No, no puede ser.

Es una cantidad muy pequeña.

Me costó que la aceptara el consejo, y ahora se reduce aún más.

-Nosotros hemos estado haciendo cuentas

para cubrir su parte entre todos.

Pero... es imposible.

-Nos estamos esforzando al máximo, se lo aseguro,

sacando dinero de debajo de las piedras.

-Nunca debí confiar en que esto saliera.

Los grandes negocios son para los grandes inversores.

-Si tuviéramos más tiempo, podríamos encontrar otro inversor

y cubrir el monto total.

-Hoy es el último día.

-Créanme que lo siento. No tengo perdón de Dios.

Esperen, no tomen una decisión precipitada.

Siempre hay una solución.

No veo cuál puede ser.

Alfredo, tú podrías cubrir la parte que falta.

Yo ya cubro una parte muy importante de la inversión.

El consejo no me deja asumir más capital.

No digo que lo hagas a tu nombre.

Podrías hacerle un préstamo a Antoñito Palacios.

Un préstamo personal.

Y él te lo devolvería

cuando encontrara a otro comprador para su patente.

Eso es una gran idea.

Así yo no arruinaría la inversión de mis vecinos.

-Sería un préstamo como el que hemos recibido Bellita y yo.

Por favor, Alfredo, sería tan triste para el barrio no conseguirlo...

Necesitaría garantías de que me va a devolver el dinero.

-Sí, por supuesto, las tendrá.

-Escrituras de propiedad, una firma ante el notario...

-Todo lo que quiera.

-Y que conste...

que lo hago porque me lo pide mi esposa.

Y no sé decirle que no.

-Alabado sea Dios.

-Gracias, don Alfredo, y...

gracias, doña Genoveva.

-¿Entonces podemos firmar?

-Mañana resolveremos los detalles con don Antoñito...

antes de comprobar todos los ingresos.

Aquí está el contrato.

Deben firmar en cada una de sus páginas

y al final, donde están sus nombres.

-No, si no le importa...

con esta pluma firmé los papeles de mi boda con Rosina.

Para mí fue un momento muy especial y muy bonito

y me gustaría proponer que todos firmemos con ella.

Qué bonito, don Liberto.

¿Quién quiere firmar el primero?

-¿Puedo ser yo?

-Adelante.

Entonces, ¿usted no anda enamorado de mi Marcelina?

-¡Pues claro que no! ¡Hombre, por Dios!

Yo guardo la ausencia de mi Paciencia.

-Y tú no andas enamoriscá del Servando.

-¡Claro que no!

¿Por quién me tomas?

-Nunca se sabe.

Yo tenía una oveja que se llamaba la Morena, que era muy negra.

Y andaba liado con un borrego, que le llamaba el Financiero,

porque lo pagué con un préstamo de la Caja Rural.

Y andaba la mar de enamorados.

Pero por la noche, la muy ladina,

se iba al fondo del rebaño a pasar la noche con otro borrego

que le llamaba el Carcelero,

porque era como un mastín que le pegaba bocados a las ovejas

cuando se iban del rebaño.

-Y al final, ¿con quién se quedó?

-Acabaron los tres en el matadero.

No, no, que no quería que me convirtiera el rebaño en una bacanal,

que las ovejas son muy dadas a descarriarse.

-Qué salvaje.

-Buenos pinchos morunos y buena caldereta que dieron.

El caso es que a ver, ¿a qué tanto regalo a mi esposa?

-Porque le estoy muy agradecido de cuando estuve afónico

que ella me tradujera. Por eso la he regalado el abanico,

que aparte de ser bonito, tiene su historia.

-¿Pensaste que era como la Morena?

-A ver, cuando te he visto abrazada a Servando,

la primera impresión me la ha traído a la mente.

-¿Y nos querías llevar al matadero?

-Bueno, a ver, todavía no había tomado ninguna decisión.

-¡Estás muy equivocado conmigo, Jacinto!

¡Prometí serte fiel hasta que la muerte nos separase!

-Si yo me acuerdo.

Lo que no sabía es si tú te acordabas.

-Huy...

¡Que sepas que no soy una casquivana!

¡Y que esto no se me va a olvidar!

-Pero Marcelina, compréndelo,

que se me había caído el corazón a los pies.

-No me imaginaba esto, Jacinto.

¡Qué disgusto!

¡Marcelina!

¡La pillo con otro y es ella la que se enfada!

-A mí no me metas en esto, que yo no sé nada.

-¡La culpa es suya por darle tanto regalo!

Voy a ver si me perdona. -Hala.

-¡Marcelina!

Ahí va.

"Etxeko biskotxak".

Con la receta de mi "muma".

Es que mi abuela era de la zona de Iparralde.

Ahora, los cursis lo llaman pastel vasco.

Que no quiero. Ay...

Pues el relleno es de mermelada de cerezas

y en la masa hay almendra molida.

Bueno, voy a probar un poquito, pero por darte el gusto.

Ya, ya sé. Y si quieres repetir, hay más, ¿eh?

Mi "amuma" lo hacía con cerezas de Itxassou.

Yo le he puesto crema pastelera, a ver qué tal queda.

¡Ahí va!

¿Qué te pasa?

No tengo guindillas para el pescado de tu padre.

Voy a bajar donde Lolita, a ver si está abierto.

-Niña.

¡Ay!

¿Ha hecho Arantxa pastel vasco con mermelada de cerezas?

Si quiere, hay en la fresquera.

Qué rico. Esta noche lo pruebo.

Dale la enhorabuena a tu padre,

que lo del Banco Americano ha salido bien.

Estaba cerrando el trato, ¿no?

Sí. Al final hubo un problema que casi se lleva todo por delante,

pero se arregló.

¿Entonces somos ricos?

Lo seremos, y volverás a la academia de Madame Olenka

a que te enseñen protocolo.

O no.

Todavía una mejor, más fina. En París.

Ah, escucha.

Me ha dado Jacinto esta carta para ti. Ten.

Y no olvides felicitar a tu padre, que está muy contento.

"Aquí está la prueba de lo que le dije".

"Un retrato del verdadero Rafael Bonaque recibiendo un premio

del Círculo de Empresarios de Barcelona".

"Ese hombre es un impostor".

(Se abre puerta)

¿Ande estabas?

Estaba preocupá.

La cena está preparada. ¿La sirvo?

-Vengo de casa de Alfredo y Genoveva.

-Antoñito,

no habrás firmado... -Sí, sí.

He entrado en el grupo de inversores del Banco Americano.

-¿Y lo que dijo tu padre?

-No es con dinero de mi padre, es mi dinero.

Don Alfredo me ha hecho un préstamo personal.

-Sin garantías.

-No, con garantías. Nadie deja dinero sin garantías, obviamente.

Se lo iré devolviendo con los beneficios.

Tú y yo nos vamos a hacer ricos. Ricos.

-Para, para, para.

Déjame.

No tenías derecho.

-Lolita, es la oportunidad de nuestra vida.

-¡Debiste escuchar a tu padre, hombre!

-¡Mi padre no está al tanto del mundo de los negocios!

¡Lleva diez años en la cárcel! ¡Todo le pilla a contrapié!

-Ya.

¿Y si lo perdemos todo?

-Lolita, entiendo tu miedo,

pero no vamos a perder todo.

No vamos a perder nada. Solo vamos a ganar.

¿Te fías más de mi padre que de mí o qué?

-Por supuesto.

-Pues tú eres mi mujer y me tienes que obedecer.

Nunca pensé que dirías eso.

Te recuerdo que he sido yo la que ha mantenido esta casa

durante mucho tiempo con la mantequería.

-Pues eso se va a acabar.

Ahora voy a ser yo el que traiga dinero a casa.

A espuertas. Te voy a comprar todo lo que quieras.

-¡Que no quiero que me compres nada, Antoñito! ¡Nada!

Solo quiero vivir en paz.

Mira,

te voy a decir una cosa.

como lo perdamos todo,

yo vuelvo a ser criada.

Me da igual.

Pero tú,

no sé qué va a ser de ti.

-Bueno, pero tú no me dejarías.

-No.

No te dejaría nunca.

Eres mi esposo.

Te quiero, aunque te equivoques.

Y aunque no esté de acuerdo contigo.

-No me equivoco.

Igual que no me equivoqué al casarme contigo.

¡Lo estás derramando todo!

Hoy hemos ganado.

Esos pobres desgraciados...

han invertido todos sus ahorros.

Hay que celebrar las victorias.

(Se cierra puerta)

¡Úrsula!

Pase.

Buenas noches, señor.

Saque una copa.

Vamos a brindar.

Yo no bebo nunca alcohol, señor.

La ocasión lo merece.

No queremos pensar que no se congratula por nuestros éxitos.

Por el Banco Americano...

y por la ruina de nuestros vecinos.

Beba.

He de ir al hospital a acompañar a Agustina.

No discuta mis órdenes.

Le agradezco mucho lo que está haciendo por mi esposa.

Genoveva me cuenta cada paso que da por ella.

Gracias, señor.

Mi disposición será aún mayor cuando pueda servir en esta casa.

No hay prisa, no queremos levantar sospechas.

Pero cuando llegue el momento, tendrá su recompensa.

He sido muy feliz en esta casa.

Creo que es el hogar donde más feliz he sido.

Volverá a serlo.

La ruina de los vecinos ya está en marcha,

y nos hemos quitado del medio a Ramón Palacios.

¿Se sabe ya algo de eso en el barrio?

Nada he escuchado.

Yo creo que noticia del accidente no ha llegado todavía.

Va a ser una sorpresa para todos.

La siguiente será Agustina.

Después caerá la ignominia

sobre todos los que se negaron a prestarle ayuda a Samuel.

Sueño con verlos abandonar el barrio.

Sus cuatro trapos y los cachivaches subidos a un carro,

camino de un barrio a las afueras,

donde todavía puedan pagarse un techo.

No habrá peor castigo que ese. Peor que la muerte.

No son nada sin sus pertenencias.

No vayas tan deprisa, Genoveva.

Las cosas van bien,

pero aún falta mucho para la culminación de tu venganza.

Llegará, todo está planeado.

La estocada final de mi venganza causará muchas lágrimas en Acacias.

A los buenos días. -Buenos días.

-El primer comercio abierto cada mañana en todo el barrio es el tuyo.

-A ver,

algunas criadas vienen de amanecidas para dejar el potaje en el puchero.

-A fuego lento, como se debe hacer.

-Y usted, Carmen, ¿qué hace aquí?

¿A qué viene tanto madrugón?

-Pues que la que lleva años

acostumbrada a levantarse con el gallo,

no se aviene a quedarse en la cama.

-Ahí se nota quién es una señora.

Doña Rosina y doña Susana seguro que nunca han visto el alba.

-Tampoco se crean que yo pretendo ser una señora.

Hacer feliz a Ramón y... Y nada más.

-Ay...

No sé yo si la suerte que tienen los Palacios con nosotras la merecen.

-Pues claro que sí. Que aunque tenga sus cosas,

no hay hombre que salga bueno de una sola pieza.

-Fabiana, ya nos contará usted qué experiencia tiene con los hombres

para poder generalizar.

-Más de la que os creéis y menos de la que me hubiera gustado a mí.

-Menos mal que están las amigas para darle a una momentos de alegría.

Bueno, las amigas y el cartero,

que ha venido una carta de Milagritos.

-¿Sí? ¿Y qué dice?

-Pues que echa de menos a la gente de Acacias.

Y manda recuerdos para usted, Carmen.

-Qué niña más rica.

A pesar de haberse criado en París, tiene cosas de aquí, de la tierra.

-Su madre era de Cabrahígo, eso marca.

-¡Huy, Cabrahígo! ¡Palabras mayores!

A veces hasta siente una pena de no haber nacido en esa tierra.

-Hija predilecta la nombraríamos, Fabiana.

¿Se sabe algo de la Agustina?

-Sí, que menudo sinvergüenza el médico que la atendió.

-Ese ha debido fugarse de España.

Y a ver ahora quién le echa un galgo.

A América se habrá marchado.

-¿Por qué habrá hecho eso?

Sus razones tendría, pero nadie hace el mal así porque sí.

-Nos enteraremos, que na se oculta para siempre.

Y yo me voy a trabajar, que nuestra buena charla hemos tenido.

Buen día.

-Con Dios. -Lo mismo pa usted.

Carmen, no sabe nada de mi suegro, ¿no?

-No.

Y ya empiezo a preocuparme.

-Al menos él tiene sentido común. No como su hijo.

-¿Ha ocurrido algo, Lolita?

-Pues sí.

Que Antoñito no ha atendido la carta que le mandó su padre

y ha invertido en el Banco Americano.

-Por lo poco que sé, sería una cantidad pequeña, ¿no?

-Eso me gustaría a mí.

Pero no, don Alfredo le ha hecho un préstamo importante.

-Bueno, si don Alfredo se lo ha prestado

es que tiene la seguridad de que lo va a recuperar.

-Ay... ¿Y si algo sale mal, Carmen?

Antoñito ha puesto en garantía todo lo que tenemos.

Que nos quedaríamos en la rúe, con una mano delante y otra detrás.

-Todos los vecinos han empeñado hasta lo que no tenían

por entrar en el banco.

Todo saldrá bien.

-Usted sabe como yo que don Ramón es un lince para los negocios.

Y si desconfiaba...

es por algo.

Nos han pasado cosas en la vida, ¿eh?

Pero yo no había sentido tantas hormigas en la tripa como anoche.

-Seguro que Ramón regresa pronto

y todo vuelve a su sitio, ya lo verás.

-Dios la oiga.

Yo no...

No me hago a estar así, mano sobre mano.

Dime en qué te puedo ayudar.

-Sacarle brillo a las manzanas para que entren por el ojo.

Coja ese trapo que está limpio.

-De oro van a parecer.

¡Don Felipe!

¿Viene del quiosco?

-Sí.

-Y...

¿cómo estaba la fiera?

-¿Marcelina? -Sí.

-Pues tenía cara de malhumor.

-Una vez... tuve una oveja llamada la Caprichosa.

Qué buen nombre tenía.

Cuando tenía agua no quería beber.

Cuando no tenía agua,

balaba de sed.

Cuando todas se paraban a pastar,

ella salía corriendo.

Y cuando otras tiraban a andar, pues ella se paraba a pastar.

-Una oveja tozuda.

-Con eso y todo...

era más fácil de contentar que una esposa. Se lo digo yo.

-Jacinto, no me puedes comparar.

Una esposa tiene criterio y raciocinio.

Si Marcelina se ha enfadado sus razones tendrá.

-No le digo yo que no, pero tampoco que sí.

¿Le puedo hacer una pregunta?

-Claro.

-¿Doña Celia se enfadaba mucho con usted?

-Mucho. Y casi siempre con razón.

-¿Qué hacía usted para que le perdonara?

-Pues cariño, sinceridad y paciencia.

Y, de vez en cuando, un pequeño detalle.

No tiene por qué ser un regalo caro. Unas flores, por ejemplo.

-Ah. -A Celia le encantaban.

-Pero es que Marcelina tiene un quiosco de flores.

Me las da de comer con una poca sal.

-Ya.

Ya, pues...

no sé, unos bombones. Eh...

Llevarle el desayuno a la cama, un cinematógrafo.

-A ver qué se me ocurre.

-Muy bien.

Suerte, Jacinto. -Gracias, don Felipe.

Con Dios. -Con Dios.

-Buenos días, don Felipe. -Liberto.

-Me pareció que hablaba con alguien. -Sí, con Jacinto.

Le ha hecho algo a Marcelina y estaba enfadada con él.

Le he recomendado paciencia. -¡Uh!

Esa es la clave para que un matrimonio llegue a buen puerto.

Paciencia, cariño y respeto.

Pero sobre todo respeto,

que al final, las mujeres son más inteligentes que los hombres.

-Qué duda cabe de eso.

En fin, cambiando de tema,

he recibido noticias del Colegio de Médicos sobre el doctor Maduro,

el que diagnosticó a Agustina.

-¿Y?

-No hay ningún doctor colegiado con ese nombre.

-¿Un médico falso?

-Más falso que los duros de madera.

-¿Por qué ha hecho eso a Agustina?

Se me viene a la cabeza el doctor Baeza. ¿Le recuerda?

-Sí, pero ese, al menos, era un estafador.

No sé cuáles son las intenciones de este, que es casi un asesino.

-Casi, sí. Por lo menos Agustina sigue viva.

-Voy a investigar.

Hablaré con la policía y haré que den con ese hombre.

Aunque sé que no tengo muchas posibilidades.

-No lo deje, don Felipe.

Y si necesita mi ayuda, ya sabe donde estoy.

Me bajo, que tengo que ir al Banco Americano a formalizar la inversión.

Que tenga un buen día. -Lo mismo le digo.

Empezar el día encontrándome con usted es un sueño.

No vamos a jugar y le voy a preguntar directamente.

¿Quién es usted?

¿Quién soy?

Ya lo sabe, Rafael Bonaque.

Si hay algo que me molesta es que me tomen por estúpida.

Y creo que se me nota que no soy una pajuata.

¿Quién es este?

Tiene que tratarse de un error.

O me dice la verdad o me largo ahora mismo,

y le juro que no me vuelve a ver.

Me importa bien poco lo que tenga que decir.

Espere, espere, espere.

Siéntese, se lo contaré todo.

Por favor.

De prisa.

Y si hay algo que no me crea, no tendrá otra oportunidad.

Mi verdadero nombre es Rafael.

En eso no he mentido.

Pero no Bonaque, claro.

Todo el mundo me conoce como Rafael el Boquerón.

¿Todo el mundo?

¿Quién es todo el mundo? El mundo del flamenco.

Soy guitarrista, y si me permite que le diga,

muy bueno por cierto.

Un día fue al cafetín del Duende

para ver a una mujer de la que me habían hablado.

La Dama del Misterio.

No puedo negar que me quedé fascinado.

No entiendo por qué no se presentó.

Muchos músicos lo hacían.

Esperaban al final y me saludaban.

No solo me quedé impresionado por su arte, siendo muchísimo.

Sino también por sus ojos,

por su boca, por su figura, por su voz...

Soy una señorita.

¡Espere!

Perdone, no quería faltarle al respeto.

Perdóneme.

Me enamoré locamente de usted.

Y me enteré que era hija de la gran Bella del Campo.

¿Conocía a mi madre?

Su madre, Cinta, es un mito.

Una leyenda, una diosa.

Solo he conocido a una persona capaz de hacerle sombra: usted.

Pero me dijeron que sus padres

querían comprometerla con un diplomático.

Yo toco bien la guitarra.

Pero no soy embajador.

Aunque por usted lo sería.

Mi padre tocaba la guitarra.

Le hubiera recibido encantada en mi casa.

Cinta, no tengo un real.

He tenido que pedir prestado para ir a clases de baile.

En el fondo, sabía que me descubriría, pero ¿sabe qué?

Que no me arrepiento, porque estar a su lado es una bendición.

Solo espero que me perdone, y...

Y se enamore de mí como yo lo estoy de usted.

Después de tantas mentiras,

imposible.

Coja su ramo y váyase.

Perdón, perdón. -Que yo quería...

-¿Qué?

-¿Qué haces? ¡Que me descalabras!

-Espera. -¡Primo, que te centres!

¡Ay! Perdón, perdón.

¡Ay, de verdad!

¡Anda!

-Ya está. -¿Ya?

-Que quería darte las gracias por ayudarme a pintar la habitación.

Bueno, a ti y a Servando también se las tengo que dar.

Que se ha portado muy bien dándonos la pintura que le sobró

de la reforma de la pensión.

-Espera, que mi ayuda no es voluntaria, que me has chantajeado.

Y seguro que a Servando le has hecho lo mismo.

-¿Qué dices?

No exageres.

Yo, lo único que te he dicho es que si no me ayudabas,

le contaría a la Marcelina algunas cosas de tu juventud.

-Pues eso, chantaje.

Además, sabiendo cómo están las cosas con mi señora esposa.

Bueno,

al menos me darás una achicoria antes de empezar.

-A ti parece que te ha hecho la boca un fraile.

-Eh, no blasfemes y la achicoria.

-Hemos tenido una idea muy buena.

La señá Agustina se va a poner muy contenta

cuando vea que nos hemos acordado de ella.

Y que le hemos pintado la habitación.

-Para hoy mismo estará, y por la noche que se oree.

-¿Te has enterado tú de lo del médico?

Que se ha fugado.

Maldito impostor.

-Lo importante es que no pille a otro incauto.

Y por lo demás, bien está lo que bien acaba.

Eso y que la señá Agustina vuelva al altillo.

-Y ¿dónde mejor la vamos a cuidar que aquí?

La vamos a dejar más joven y más fuerte que antes de que...

Pues antes de que...

Lo que ya sabes, primo.

¿Quieres azúcar?

-Sí, dos cucharás.

-¿Las cosas con Marcelina no han mejorado?

-Uf... -Perdón.

-Qué va. La Marcelina es mu rencorosa

y cabezona.

Me recuerda a un carnero que se llamaba Colifloro.

Ni olvido ni perdono.

-¿Yo rencorosa?

¡Qué valor!

Es que no tienes perdón de Dios.

¿No dejas solos, Casilda?

-Sí, si yo ya me iba, porque tengo que ir a...

A por brochas adonde el Servando.

¿Has decidido perdonarme? -¡Huy!

To lo contrario.

Cuanto más tiempo pasa, más enfadada contigo estoy.

-¿Y eso? Se supone que los enfados se pasan.

-Pues este no.

Porque me siento y pienso: "Lo voy a perdonar".

Pero luego me acuerdo de la falta de confianza

y me enciendo más y más.

-Ya te he explicado lo que ha pasado y te he pedido perdón.

Y es de buenos cristianos perdonar.

-¡Pues ea, soy mala cristiana!

Debe de ser que me quedé así del golpe en la cabeza.

-Dime al menos qué puedo hacer para que te olvides de la afrenta.

-Na, dejarme tranquila.

Me voy a venir a vivir unos días al altillo.

A ver si no viéndote, me da la nostalgia

y tengo ganas de verte.

Así que no andes rondando por aquí.

-¿Me voy? -Eso.

Pero es que sin ti...

soy como un rebaño sin pastor.

Como una becerra sin cencerro.

-Pues es lo que hay.

Me vuelvo al quiosco.

Buenos días.

-Buenos días. ¿Quiere un café?

-No, gracias.

Solo voy a esperar a Rosina. Hemos quedado en vernos aquí.

Llevo días que no veo a don Ramón.

-Ha tenido que salir de viaje de manera repentina.

-¿Algún problema?

-No.

Asuntos de negocios.

Es una pena que don Ramón no haya invertido en el Banco Americano.

Se arrepentirá.

-Eso son asuntos suyos en los que yo no me meto.

Sus motivos tendría.

-Menos mal que Antoñito sí lo ha hecho,

aunque estuvo todo a punto de echarse por tierra.

Si no es porque Alfredo decide concederle un préstamo personal

se ve fuera.

-Buenas.

¿Nos tomamos un café antes de ir de compras?

-No, vámonos ya.

(CARRASPEA) Le estaba diciendo a Carmen...

lo difícil que lo tuvo Antoñito

para entrar en lo del Banco Americano.

-Por los pelos. Solo pudo en el último momento.

Qué pena que don Ramón no entre en este negocio tan bueno.

Se va a quedar fuera de los beneficios.

-Una faena para ti, Carmen.

Imagínate la boda que podías tener. Por todo lo alto.

-Bueno, igualmente... será algo pequeño.

Casi en la intimidad. Que ya no somos niños.

-¿Ya hay fecha?

-Si no hay fecha ni de pedida, ¿no?

¿Es que hay algún problema?

-No.

En cuanto regrese Ramón de viaje ya lo cerraremos.

-Hazme caso, Carmen. Átale en corto, sácale una fecha.

Así es más difícil que se arrepienta.

-Sí, que los hombres se resisten y luego no hay quien los pille.

Con Dios.

-Con Dios.

# Al pie de un árbol sin frutos

# me puse a considerar

# qué pocos amigos tiene.

# Qué pocos amigos tiene...

# el que no tiene pa dar. #

¿Qué hace, que vuelve a ser pescadera?

Mira, ¿has visto qué mojama?

Cuando trabajaba en la pescadería con tu abuela,

no nos llegaba nunca una tan buena.

Es una vergüenza que haya aquí mejor pescado

que en las lonjas de pescadores.

Será porque aquí la venden más cara. ¡Digo!

Como que me ha costado una fortuna.

A tu padre le encanta.

Se la voy a preparar con un poco de aceite de oliva

y unas almendritas.

Eso y una copita de manzanilla y se puede acabar el mundo.

Mi padre es de Almería, le gustan las migas.

Pero es es para los días de lluvia. Hoy hace un día radiante.

Madre,

me gustaría hablar con usted.

¿Y no puede ser luego?

Es sobre Rafael Bonaque. Ah, ya lo harás.

Ahora que volveremos a ser ricos y a dar fiestas,

conocerás a varios pretendientes.

Rafael no está mal,

pero yo sigo ilusionada con casarte con un diplomático.

Madre... Y bueno, escucha.

Que me voy a tomar el aperitivo con tu padre

y luego a comer con los vecinos.

No me apetece nada ver a esa Felicia.

Pero qué le vamos a hacer. Será solo un rato.

Escucha, luego te veo.

(Puerta)

Venga, Camino, ve terminando.

Que van a venir los vecinos a comer.

La verdad es que no me apetece ver a Bellita, pero qué se le va a hacer.

Solo será un rato.

(SUSPIRA)

A ver si empezamos a recibir los beneficios del Banco Americano.

Me gustaría ampliar el local y poner más mesas.

Ah, y contratar un chef francés.

Así tendríamos un público más refinado.

No sé por qué tienen tanta fama los cocineros franceses,

si aquí, en España, los hay maravillosos,

pero... es así.

Si quieres aparecer en las revistas, tienes que contratar

a un Jean-Marie, a un Pierre o a un Pascal.

Un Paco no les sirve.

Y tú, hija, ¿quieres algún regalo?

Camino, hija, ¿estás sorda? Te he hecho una pregunta.

Que si quieres algún regalo cuando recibamos los beneficios.

¿Nada?

Ay, hija, qué sosa eres.

Anda, ve a la bodega a subir el vino. Ya termino yo aquí.

Buenos días, doña Felicia.

-Buenas. -¿Cómo va?

-Ya ve, trabajando. Como siempre.

-Vengo del ayuntamiento, de una reunión,

sobre el robo en los locales.

-Sí, y ¿alguna novedad?

-Lo que dicen los periódicos,

que no paran y que no saben de quién se trata.

Se me ha ocurrido una idea. -Dígame.

-Yo fui campeón de lucha leonesa en mi juventud

y quizá podría enseñarles unas mañas a Camino.

-¿Quiere que Camino detenga a los ladrones?

-No, quiero que se defienda si lo necesita.

-No es necesario. Su hermano y yo siempre estamos a su lado.

-Solo serán unos trucos.

-¿Unos trucos para enfrentarse a unos desalmados?

Mejor déjela tranquila.

-Mire, Felicia, yo...

quiero ayudar a Camino lo que no pude ayudar a mi hermana.

Es una chica joven y con miedos.

Y solo necesita armas para poder defenderse.

-Está bien, ya le diré algo.

Si me disculpa, tengo mucho trabajo.

Debo preparar el restaurante para una celebración.

-Con Dios.

-Con Dios.

"¿Qué hace aquí?".

¿No me va a dejar entrar?

Es mejor que nadie me vea en el descansillo.

Claro, no recordaba que era incapaz

de enfrentarse a su madre para verme.

La he visto con Rafael en la pérgola.

Con ese impostor.

¿Me espía?

Ha sido casual.

La vi cuando se negaba a recoger su ramo de flores.

Eso quiere decir que... recibió usted mi sobre.

No tiene derecho a mandarme nada, ni a espiarme.

De hecho, no tiene derecho a nada.

Lo hice por usted, para protegerla de un hombre que miente.

¡Lo que me faltaba ya!

Lo último que necesito es que alguien que no es capaz

de tomar decisiones me proteja.

No sabe con qué intención ha mentido

ni por qué se acerca a usted.

Por mucho daño que me hiciera

no sería ni la mitad del que me causa

el que no enfrenta a su madre y que me desprecia por ello.

¡Cinta, por favor! ¿Qué es lo que quiere?

¿Dejarme e impedir que otros estén conmigo?

¿Ser como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer?

No quiero que un impostor pueda acercarse a usted.

Fuera.

¿Es que no va a entrar en razones?

Sí, voy a entrar perfectamente. ¡Fuera!

¡Venga!

¡Niña! ¿Y ese portazo?

Arantxa, que se le ha olvidado el capazo.

¡Ojú, la vasca, por un capazo! ¡Qué moños tiene!

¿Qué le parece, Agustina?

-Una preciosidad.

-Pa que usted no pase frío.

-¿Y dice que lo han hecho las criadas del altillo?

-Pues sí, entre todas. Unas más y otras menos.

Por ejemplo, Carmen, que tiene mejor mano, ha hecho más.

Y la Casilda, que por cada puntada que daba

tenía que deshacer tres mal dadas, pues ha hecho menos.

-Dígales que se lo agradezco a todas por igual.

¿Ve como lo que usted decía no era verdad?

-Ay... ¿Y qué decía?

Decía que llevaba tanto tiempo aquí encerrada,

que las compañeras del altillo se habrían olvidado de ella.

Huy, Agustina...

¡Pa nada! ¡No!

Que no había vez que nos sentáramos que no apareciera su nombre.

Ni Rosario que se rece que no pidiéramos por su mejoría.

-Ya pronto podré estar allí.

No sabe las ganas que tengo, Fabiana.

-Y nosotras también.

Esta tarde van a pintar su habitación entre Jacinto y Casilda,

para que esté reluciente a su llegada.

-No me merezco tanto cariño.

Claro que se lo merece.

Se merece eso y mucho más.

Y ahora, tómese la pastilla.

Ha dicho el médico que no se la puede olvidar ni un solo día.

Eso, eso.

Tenga.

Nunca podré agradecer...

todo lo que hacen por mí.

A las demás criadas,

a usted, Fabiana...

y sobre todo a usted, Úrsula.

No se separa ni un minuto de mi lado.

Encima de que ha estado usted enferma por mi culpa.

Por culpa de ese maldito doctor Maduro.

¿Qué culpa va a tener usted, Úrsula?

Yo la llevé a ese médico.

Si hubiera sabido que era un impostor.

¿Y cómo lo iba a saber?

Bastante hizo con procurar ayuda.

La engañó a usted, a mí

y a cualquiera

que hubiera ido a su consulta.

-El único culpable es ese canalla.

Úrsula, usted solo obró de buena fe.

Ahora solo hay que pensar en la cantidad de años

que tiene usted por delante.

(RÍE) -No sé dónde voy a trabajar...

al salir de aquí.

-Está claro, en casa de don Felipe. ¿Dónde si no, mujer?

-No tengo condiciones de llevar una casa.

Y mucho menos una en la que no hay una señora.

No debería usted trabajar todavía.

Los patronos piden más de lo que dan.

Don Felipe ha demostrado que se merece lo mejor.

Una criada que esté en plenitud.

Voy a renunciar.

-Ay...

Ande,

déjese de quijotás y recupérese.

Y ya, cuando vuelva al barrio, habrá tiempo de pensar en eso.

Gracias. Por cierto, los canapés de salmón buenísimos.

-Estoy pensando en contratar a un chef francés.

Van a ver ustedes lo que son canapés buenos.

-Todo francés, todo francés.

Como si lo español no estuviera bueno.

Pues no fueron ellos los que conquistaron América,

que tuvimos que ir nosotros.

-Y las cosas ricas que tiene España. No, gracias.

Yo, hoy, le he preparado a Jose una mojama de atún con almendras,

que no hay francés que la mejore.

-Me encanta el atún.

-Se lo tengo que preparar con trufa, doña Rosina.

Dicen que no lo hay mejor que el nuestro.

-Pero si dicen que la trufa es carísima.

-Pues a eso me apunto.

Ahora hay que pensar cosas en las que gastarse todo el dinero

que vamos a ganar con el Banco Americano.

-Ay... Dios la oiga, doña Susana.

A ver si ganamos los duros a espuertas.

Yo, si puedo, le pongo a mi Jose

el jamón de la sierra de Aracena día sí y día también.

-¿Alguien quiere un aperitivo de aguacate?

-Agua... ¿Eso qué es?

-Es una fruta tropical que se cultiva en la zona de Málaga.

Con un poco de limón está exquisito.

-"Bocato di cardinale". No se lo pierdan.

¿Cómo dices que se llama? -Aguacate.

Lo dejo por aquí, que veo que ha tenido éxito.

Madre, ¿puede venir un momento?

No se olvide de dejarme dinero para luego,

que vienen del mercado a cobrar la factura.

-Vas a tener que dar largas y decir que pagaremos el mes que viene.

-Pero si teníamos el dinero apartado. Yo mismo se lo di en un sobre.

-Al final, lo metí en el banco americano.

Ya sabes, más inversión, más beneficios.

-Dios mío, madre, ¿en este barrio se han vuelto todos locos o qué?

-No seas aguafiestas, y ve a atender a los señores.

Eso sí, ofréceles una copita de vino.

El champán es más caro, y me da que no van a pagar.

Bienvenidos. ¿Una copa de vino?

-Claro, hoy es día de celebración.

-Gracias a usted.

Si no llega a ser por su préstamo, me quedo fuera del negocio.

-Espero que sea todo de su gusto.

-Todo, sí. Ahora solo falta esperar

a que el dinero crezca como la masa del pan.

-Las cosas no salen de un día para otro.

Esto lleva mucho trabajo.

-Ah... Me imagino.

-Nosotros confiamos en usted con los ojos cerrados.

-Por don Alfredo.

Lo mejor que ha pasado en este barrio.

Carmen, ya le he dado la toquilla a Agustina.

-¿Sí? ¿Y qué, le ha ha gustado? -Mucho.

Hasta se emocionó un poco.

Me dijo que tenía muchas ganas de verlas a todas.

-Esa mujer se lo merece todo.

-Parece ser que ya la mandan para casa.

¿Han pintado ya la habitación?

-¿Acaso no lo huele?

-Pues sí, ahora que lo dice...

Habrán dejado las ventanas abiertas para que se oré, ¿no?

-Sí, de par en par. Mañana ya se podrá entrar.

Y por la noche hasta se podrá dormir.

-¿Quiere usted un poco?

-No, gracias. Ya me he tomado una,

aprovechando que estaba aquí, tranquila.

-Carmen, de aquí a na ya no coserá usted más.

Mandará sus cosas a la modista o a la criada.

-Ninguna me lo va a dejar como yo quiero.

-Pero las señoras no cosen. -¡Au!

-Yo no tengo tan claro que vaya a ser señora.

¡Qué disparate! La esposa de don Ramón es una señora.

O acaso está pensando usted en no casarse con él.

-Eso nunca. Me muero de ganas, Fabiana, pero...

las vecinas nunca me van a aceptar.

¿Sabe lo que ha hecho hoy doña Susana?

Se sentó en la mesa de al lado en la terraza.

Y me hablaba desde allí, para no tener que compartir mesa conmigo.

-Pues ella se lo pierden,

porque es usted más simpática que todas juntas sin esforzarse.

-Sí, vamos, tan simpática como una fregona, que es como me ven.

-Ay, Carmen...

Usted no estaba en Acacias cuando llegó doña Trini.

Y perdone que se la miente.

Al principio, era igual con ella.

La trataban... como a una más del altillo.

Hasta que murió.

Y ya sabe usted,

no la había más respetada que ella.

-Pero en mi caso no va a ser así.

Yo sí soy de verdad del altillo.

-¿Y Lolita?

Lolita era una más del altillo antes de su casamiento.

-A Lolita tampoco la tratan como a una más.

-Pero casi.

Y a usted la van a acabar invitando a sus fiestas

y sentándola a su mesa.

Que para eso va a ser usted la esposa de don Ramón,

que tiene más clase que toda ellas juntas.

-Dios la oiga.

-Usted manténgase en su sitio, sin moverse ni un ápice.

Que ya serán ellas las que se muevan para acercarse.

Y si no me cree, al tiempo, que es muy sabio.

En cuanto anuncie la fecha de la boda, todo cambiará.

-Tengo yo más ganas que nadie.

Fabiana,

estoy preocupada por el viaje de Ramón.

-¿Sigue sin noticias?

-Ninguna. -Vaya...

-Hola, buenas.

¿Hay tila?

-Sí. ¿Es que estás alterada, Lolita?

-Pa no estarlo, Fabiana.

Antoñito está en la celebración de lo del Banco Americano.

No se debería haber metido sin el consentimiento de su padre.

Y esta carta.

Que ha llegado para mi suegro.

Del Ministerio de Hacienda.

-¿Es de su contacto allí?

-Equilicuá. Ese señor le iba a decir

si la decisión era buena o un desatino.

Yo tengo muchas ganas de abrirla.

¿Qué hacemos?

-Creo que es mejor esperar a que él vuelva.

-Ay...

-"He oído decir que Agustina"

va a recibir el alta.

Qué suerte ha tenido esa mujer,

con la afrenta que le ha hecho a Dios.

-Dios le ha perdonado, doña Susana.

¿Quiénes somos nosotras para condenarla?

-Eso sí.

-Dios la ha perdonado o ha premiado a Felipe,

por lo bien que se ha portado con ella.

-Bien visto.

-Lo que no entiendo es por qué Felipe no ha invertido

en el Banco Americano. Se le veía muy dispuesto.

-Felipe, desde que perdió a Celia, no da pie con bola.

-De eso hace ya diez años.

Como para acordarse, doña Susana.

-Ay, Felicia, cómo se nota que usted no conoció a Celia.

-Eso es verdad.

Era mujer de una fuerza increíble.

Bueno, como yo.

El mejor champán de nuestra bodega. Especial para los inversores.

No lo probará el que no haya metido dinero en el Banco Americano.

-Yo no bebo, pero haré una excepción.

-Muy bien, Susana. El brindis de los millonarios.

-Emilio, ¿ha posibilidad de que haya

algún canapé más de esos de la fruta verde?

-¿De aguacate?

Sirvo unas copas y me encargo, doña Rosina.

Espero que estén gozando de la fiesta.

-No he disfrutado más en mi vida.

-Les traigo el champán para el brindis, el mejor de la bodega.

-Este champán solo puede ser una maravilla.

En el nuevo Siglo XX tienen una bodega espectacular.

-Acepto la copa con una condición.

Que no vuelvan a brindar por mí.

Estoy... encantado de haber podido ayudar a mis vecinos.

Pero no he hecho nada especial.

Lo que hubiera hecho cualquiera de ustedes por los demás.

-Diga usted que sí. Pues pensemos en otro brindis.

-Lo tengo pensado.

-Adelante, don Alfredo.

-Por... doña Bellita del Campo.

-¡Digo!

-Porque tengamos el placer de escucharla cantar

para todos nosotros.

-¡Digo! Eso está hecho.

-Por doña Bellita.

(TODOS) Por doña Bellita del Campo.

# Morada.

# Déjame pasar que voy

# al cielo que es mi morada.

# Si quiere saber quien soy,

# soy el lucero del alba

# por dondequiera que voy.

-¡Olé ahí!

-# Si quiere saber quien soy, # yo soy Bellita del Campo

# por dondequiera que voy.

(TODOS) ¡Ole!

-¡Ole!

-¿Y no vamos a brindar por nuestro éxito?

-El éxito se consigue trabajando. Esto no es más que una fiesta.

-Pues yo voy a proponer un último brindis.

Por Genoveva, es ella quien nos ha unido a todos.

"(TODOS) Por Genoveva".

Disfrutad.

Disfrutad mientras podáis.

(Se cierra puerta)

Por fin me he podido escapar.

¿Siguen de fiesta?

Bebiendo como cosacos rusos.

No sé quién va a pagar tanto exceso.

Cuando llegué al barrio, me consideraban

una corista sin control. Y ahora, fíjate en ellos.

Eres más vil de lo que nunca llegué a imaginar.

¿Y eso te disgusta?

No, sabes que no.

Es el rasgo de tu carácter que más me atrae.

¿Todo bien en el banco?

Todo a la perfección.

El dinero de esos vacuos está en mi poder.

Cuando lo pierdan todo, alguno de ellos seguirán debiéndome

hasta los calzones que tapan sus vergüenzas.

Permíteles quedárselos.

Solo faltaba que nos deleitaran con sus desnudos.

(RÍE)

Reconoce que tendría su gracia.

¿Hasta cuándo tendremos que esperar la debacle?

Nada.

Menos de 24 horas.

Mañana, a estas horas, las acciones del banco habrán caído en picado.

Y el terror...

se adueñará de Acacias.

Bien.

Te dejo.

Voy a acabar de ultimar los detalles.

Samuel, mi amor, esto es por ti.

Mañana tu muerte será vengada.

Felicidades. Son ustedes ahora poco menos que banqueros.

-No, nos conformamos con ser inversores.

Que los banqueros tienen mucho trabajo.

A mí... el banquero este no termina de entrarme por el buen ojo.

-Eso es un dinero seguro, chiquilla.

Es como llegar a la ventanilla del banco y recogerlo.

Me ha dejado una carta escrita, diciendo que ni se me ocurriese

mover un céntimo antes de que regresara.

-¿Cómo?

¿Su padre la he aconsejado no invertir?

He discutido con Emilio.

¡No habrá tenido los santos pelendengues de volver aquí! ¿No?

Motivos tenía.

Me quería avisar sobre Rafael.

Hace ya casi dos días que no sabemos nada.

-Mi suegro sabe cuidarse, Carmen. No se angustie.

-Eso intento.

"Ha llegado una carta para tu padre. -¿Quién lo remite?

-No estoy segura, pero creo que es a quien llamó.

-¿Para qué? -Para lo del Banco Americano".

¿Y me quiere?

-Puede que en el fondo, pero a primer golpe de vista

está más encrispada que un erizo.

¿Cómo se le ocurre pensar que estaba con Servando?

Rosina, es de la mina.

-¿Es algo malo?

-La veta da síntomas de agotamiento.

Los ingenieros recomiendan que exploremos nuevas vetas.

-¡Pues que exploren!

-Cuesta mucho dinero la prospección.

-Pues se lo enviamos.

Como esto no salga bien, que Dios nos pille confesados.

Vamos a hacer de su Camino una luchadora experta.

-¡Ay, sí! ¡Yo también quiero aprender a dar guantazos!

Ayer estuve en el despacho de abogados.

Y por casualidad escuché una conversación de dos clientes

que me tiene alerta. -¿Sobre el Banco Americano?

-Hay rumores de que tiene problemas de solvencia.

Sin ir más lejos, Rosina y yo nos hemos comprado media ciudad.

Rosina, siempre con mi asesoría, se ha dejado en vestidos...

lo que no gana en un trimestre un honrado comerciante.

¡En la calle, la gente está gritando como poses!

Algo ha pasado con el Banco Americano.

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Acacias 38 - Capítulo 1026

04 jun 2019

Jacinto aclara lo sucedido entre su esposa y Servando. Marcelina se enfada con su marido por haber dudado de ella, decide marcharse unos días al altillo.
Cinta descubre gracias a Emilio que Rafael es un impostor, pero le pide que no se meta en su vida; la joven encara al industrial textil catalán que se revela como un guitarrista profundamente enamorado de ella.
Carmen se siente ignorada por las señoras y comparte con Lolita y Fabiana su preocupación por no encajar en ese mundo. De repente llega una misiva urgente para Ramón que ninguna se atreve a abrir.
Agustina será pronto dada de alta, pero no cree que pueda seguir trabajando en casa de Felipe, tiene que guardar reposo.
Antoñito no ha conseguido el dinero para invertir en el banco, y se endeuda con Alfredo. La deuda contraída suscita la preocupación de Lolita y Carmen.
Los vecinos celebran que pronto serán millonarios mientras que Alfredo y Genoveva celebran su victoria.

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  1. Paco garrido

    No oímos el sonido no podemos activar el altavoz

    13 jun 2019
  2. María

    Tanta avaricia!!! Se merecen un buen susto.

    10 jun 2019
  3. Jesus Mendoza

    muchas gracias por poner la transcripcion

    05 jun 2019
  4. Francesca

    Imagino que estos buitres, se salvarán Pero como me gustaría verla a Susana de lavandera, jajaja.

    04 jun 2019