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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 867 - ver ahora
Transcripción completa

No está. -Lolita nos lo había dicho.

Cuando cerró la puerta, la casa estaba vacía.

Es mucha casualidad que también el padre Telmo

se haya desvanecido, ¿no?

¿Por qué hace usted esto? No tiene nada que temer.

Esto es un secuestro. ¿Me está secuestrando?

No. Solo quiero hablar, quiero que usted me escuche,

que sepa lo que tengo que decir,

y hasta ahora, no me lo ha permitido.

Yo quiero irme al campo a plantar coles

y a cuidar cabras con mi madre,

que una está cansada de tanto estiramiento en la ciudad.

-Lo único que te pido es que te lo pienses bien, Casilda,

ninguno de nosotros queremos perderte.

Entonces, ¿va de difuntos la cosa? -¿Es por Servando?

-Se nos muere. -Ay.

-Me ha "contao" don Ramón que lo ha "certificao" el médico.

-¿No han servido de nada las medicinas?

-De "na", Carmen. Se nos va.

"¿Ha pasado por aquí Lucía?". No hoy, no que yo sepa.

¿Está segura? Ni se le ocurra mentirnos.

¿No se han ido juntos?

Bueno, yo no los he visto.

¡Diga la verdad, bruja! ¡Cálmese, por favor!

"Jimeno Batán y Samuel" han llegado a un acuerdo.

Batán tendrá paciencia hasta que Samuel consiga el dinero.

¿No se imagina de dónde piensa sacar el dinero

y, por qué Batán se encuentra tan desacostumbradamente paciente?

Pagará a Batán con su herencia. Estos últimos días,

don Telmo recibió dos visitas;

una de un hombre bastante fornido,

con entradas en el pelo, que se hacía llamar Gutiérrez.

¿Y la otra visita?

La otra fue un alto cargo de la Orden del Cristo Yacente.

Puede que él sepa dónde se encuentra el padre.

-Solo quieren separarnos, ¿no lo ves?

Separarnos y quedarse con tu dinero, el dinero de tu padre.

-Madre, por favor, no me defraude.

-No, hija, jamás, nunca.

Ven aquí, ven.

-"Don Salustiano García Paredes va" a dar una conferencia en el Ateneo.

Va a estar aquí unos días. Puede ser la última oportunidad

de curar a Servando. Si no lo consigue él,

no lo conseguirá nadie.

-No puedo hacerle a mi hija lo que pretendemos, no puedo.

-¿Qué?

"¿Por qué ha roto el secreto de confesión?".

¿Por qué se expone usted a la excomunión?

Por otro pecado.

¿Qué pecado?

Porque siento algo que...

no debería sentir por usted.

Sé que soy un sacerdote,

el párroco de su iglesia,

y lo que siento es inadmisible,

pero no puedo seguir manteniéndolo en secreto.

Desde la primera vez que la vi en las Galerías Alday,

supe que su presencia iba a hacer tambalearse mi vida

y mis principios.

No es posible.

En la explosión,...

todo era confusión.

Cuando vi que usted iba a ser aplastada por los escombros

y tuve que cogerla en brazos y sacarla de allí,

tuve una iluminación:

mi vida nunca volvió a ser la misma.

Siempre le he agradecido que me salvara.

Hubo un momento en que...

mi piel y su piel se rozaron.

Sentí algo que no entendí,

sentí que esas pieles debieran estar siempre juntas.

Era la primera vez en mi existencia

que disfrutaba con algo así.

Y era superior a todo lo que había dirigido mi vida hasta entonces.

¿Superior al amor de Dios?

No,

eso no hay nada que lo iguale.

Superior a la idea de dedicarle mi paso por el mundo a mis creencias.

El descubrimiento de que hay que dedicárselo

al amor humano.

Me siento tan culpable.

No, no diga eso.

La felicidad del que ama,

consiste en lograr la felicidad del ser amado.

Desde entonces, he pasado tan gratos momentos

junto a usted:

respirando su olor,

perdiéndome en sus ojos,

enamorándome no solo de su belleza, sino también de su alma.

No sé qué decir.

Un hombre creyente,

un pecador, debe ser capaz de reconocer sus pecados.

El mío es el amor por usted.

Por él, he quebrantado el secreto de confesión,

uno de los deberes más firmes que adquiere un sacerdote.

Mi pecado es amarla.

Lo siento.

Lo siento, no puedo seguir escuchándole.

Discúlpeme.

Olvídelo si es capaz.

Piense que no tengo ningún interés en su herencia,

ni en el dinero de los marqueses

ni en su cesión a mi orden.

Ese fue un objetivo que abandoné

cuando me di cuenta de que mi amor por usted

estaba por encima de lo que sentía por mis compañeros de fe.

Al hablarle de todo esto,

solo quería advertirle de Samuel.

Se lo agradezco.

Yo ordenaré mis ideas...

y decidiré si debo seguir con mi vida seglar

tras esto, o por el contrario,

debo cambiar mi destino.

Deseo que tome la mejor decisión.

¿Quiere volver a Acacias hoy mismo?

No. Prefiero pasar aquí la noche, si es posible.

Necesito pensar alejada de todo aquello.

Buscaré la forma de prepararle una cama aquí mismo.

La más confortable en la que haya dormido

en todos los días de su vida.

(Sintonía de "Acacias 38")

No puedo, es mi hija.

Quiero irme con ella a la granja, pero no quiero estafarla,

quiero darle el amor y el cariño que siempre le negué.

-¿Te estás escuchando?

¿Vas a vivir en una granja,

vas a darle de comer a las gallinas,

a coger los huevos, vas a ordeñar vacas?

-Haré lo que haga falta para llevar una vida honrada.

-Tú no sabes lo que es la honradez. -Aprenderé.

-¿Y yo?

A lo mejor quieres que cultive tomates o que trasquile ovejas...

-¿Y por qué no? Una vida sosegada.

-Ni tú misma te crees esa quimera.

-Entonces tendrás que pensar qué haces con tu vida, pero lejos de mí.

-¿Estás rompiendo tu relación conmigo?

¿Eh?

¿Es eso?

¿Estás diciendo que me vaya y que tú te quedas con tu hija

y con su dinero?

-Solo quiero una vida tranquila.

-Estás muy equivocada, María, ese no era el plan.

No puedo creer tanto egoísmo por tu parte.

-Eres adicto al juego y me estás destrozando la vida.

Soy lo que soy. Soy tu hombre y, tú mi mujer.

Solo soy adicto a ti.

Soy adicto a ti

y tú eres adicta a mí,

por mucho que te pese.

-Pues... -Casilda es tu hija,

pero tú no has nacido para ser madre,

has nacido para ser mi mujer.

-Puedo hablar con Casilda.

Podemos irnos juntos.

-¿Y ser una familia feliz?

Eso es absurdo y lo sabes.

-Pues... Casilda se quedará aquí, tiene mucha gente que la quiere.

No tenemos derecho a arruinarle la vida.

-¿Qué te dieron a ti tus padres?

Mala vida, como a mí los míos.

Somos dos desgraciados que solo se tienen el uno al otro

y, estamos condenados a estar juntos.

Cojamos ese dinero y huyamos.

-Nos descubrirán.

Leonor, Liberto,

Rosina, todos están tras nuestra pista.

-Por eso tenemos que tomar la decisión ya,

en este momento, sin perder un segundo.

-Casilda es mi hija.

-María, tu tiempo de ser madre pasó hace muchos años,

no puedes recuperarlo.

Ahora serías un problema para esa chica.

Ella no te necesita,

en cambio, yo sí.

Eres lo único que me hace feliz.

La policía la está buscando por todas partes.

Ha tenido que salir de la ciudad.

-Pero ¿has hecho una denuncia? -No oficialmente.

Bastante ha salido Lucía en los diarios con lo de la herencia,

como para que todos empiecen a hablar de su desaparición.

-¿Y Entonces?

-Conozco a todo el mundo en la comisaría.

La están buscando igual que si hubiera denuncia, pero sin denuncia.

-Por eso dice don Ramón que hay que tener amigos hasta en el infierno.

Que no digo con esto que la comisaría sea el infierno.

Tome su tila, doña Celia.

-Gracias, Lolita.

Lolita, que relaja lo mismo con una cucharadita de azúcar.

(Llaman)

-No sé si es lo mismo, pero se la traigo. Y de paso abro.

-¿Ninguno de los vecinos sabía nada de ella?

-Ni de ella ni del padre Telmo.

-Que es un hombre de Iglesia, no pueden estar juntos.

-Es un hombre. Y ella una joven muy bonita.

-Buenas noches. -Buenas noches.

-¿Se sabe algo de Lucía? -Nada en absoluto.

-Cuando ha sonado la puerta,

he rezado para que fueran noticias suyas.

-Lamentablemente, yo no traigo ninguna.

Vengo por otro asunto,

se trata de Casilda.

-Si necesita un abogado, escoja a otro.

Tengo la cabeza ocupada con la desaparición de Lucía,

no sé si podría ayudarle.

-Se trata de un asunto que no puede esperar

y que solo usted conoce.

Queremos hacer la partición

de bienes de la herencia de don Maximiliano.

-¿Corre mucha prisa?

-Desgraciadamente sí.

Casilda nos ha pedido que le entreguemos su parte

para abandonar la ciudad con su madre.

-¿Perdón? -Lolita.

Vamos, recógelo.

-¿Casilda se va?

-Vámonos a la cocina. Dejemos hablar a los señores.

-¿Está segura Casilda de hacer algo así?

-Es su derecho y, así lo exige.

-Se lo encargaré a un colega de confianza.

-Se lo agradezco. Por mucho que lo hemos intentando,

no hemos conseguido que se lo piense.

Ah, y otro asunto delicado.

¿Mantiene contacto con el comisario? -Continuamente.

Y ahora, con el tema de la desaparición de Lucía, más aún.

-¿Podría ponerle en su conocimiento que don Higinio

ejerce la medicina de forma ilegal?

-Es una acusación muy grave, conlleva penas de cárcel.

¿Está seguro?

-Sí. Tengo pruebas que lo demuestran.

Ay, pobre Servando, ¿qué le estarán haciendo?

-Tranquila, Fabiana, que no le están haciendo nada.

-Mucho tardan "pa" no ser "na".

Solo le auscultan, le escuchan

con unos aparatos el ruido de los pulmones.

-¿Y eso no le dolerá?

-Lo mismo que escucharle hablar, ni se entera.

-Menudos especialistas entonces, "pa" escuchar valemos "tos".

Por ahí vienen.

-Doctor, quedo a la espera de sus noticias.

Gracias por habernos concedido el privilegio de su consulta.

-¿Qué han dicho, don Ramón?

-No me ha dado buenas noticias, Fabiana.

El doctor García Paredes es una eminencia

y ha estado observando el estado

de sus pulmones.

Dice que la enfermedad está muy avanzada

y que poco se puede hacer con los remedios tradicionales.

-¿Se muere entonces?

-No me ha dado muchas esperanzas.

Una fórmula magistral,

experimental, que hay que suministrar a Servando.

No me promete nada,

pero mejor eso que darse por vencido.

-¿Es un remedio muy caro? -No deben preocuparse por eso,

yo me hago cargo de los gastos.

-Es usted un santo, don Ramón, un santo.

-No me hagas eso, que me avergüenza.

Otra cosa, va a venir una enfermera

con instrumental

para liberar las vías respiratorias de Servando y evitar la asfixia.

Ayúdenla en lo que se pueda. -Lo que usted mande.

Dios mío, la de vueltas y lo dura que puede ser la vida:

Servando enfermo, Casilda a punto de marcharse,

y doña Lucía desaparecida.

-¿Tenéis alguna novedad?

-Ni de ella ni del padre Telmo.

-Voy a hablar con don Felipe,

acabo de tener una noticia con la que pueda ayudar.

Con Dios.

-Con Dios. -Con Dios.

Carmen. -Ay.

Samuel. Iba a su casa a verle.

He salido esta mañana

para ver si descubría algo, pero nada.

¿Algún avance por su parte, don Felipe?

Ninguno.

He ido al hotel en el que se hospedaba el prior Espineira.

Dejó el establecimiento hace dos días.

¿Para regresar a Salamanca? No han sabido informarme.

Intentaré conseguir un número de teléfono en Salamanca

donde podamos encontrarle. Buena idea,

a veces nos olvidamos de que existe el teléfono.

¿Hablará con el comisario?

Ya lo hice ayer.

Voy a ver a mi esposa. Me preocupa su salud, anoche no pegó ojo.

Teme que esto no tenga que ver

con el padre Telmo y que las noticias publicadas en el periódico

sobre Lucía,

hayan puesto a algún desalmado tras ella.

No nos pongamos en lo peor.

Buenos días.

¿Se sabe algo de doña Lucía?

-Nada, no encontramos al prior ni al cochero que la llevó.

-A veces vienen cocheros a la sastrería para hacerse su uniforme,

si me dan su descripción, tal vez pueda ayudar.

-No le he visto. Solo sabemos lo que Úrsula nos dijo:

es un hombre fornido, y con entradas en el pelo.

-¿Alto? No sabemos. Se llama Gutiérrez.

El nombre no lo sé, pero hay un cochero de descripción similar

a la que me dan en la Plaza de Calderón.

No sé si será el mismo.

-Gracias. Lo comprobaremos.

-Espero haber sido de ayuda.

Si necesitan algo más, estoy en la sastrería.

Con Dios. -Voy a la Plaza de Calderón.

Y yo a buscar el número del prior en Salamanca.

-Buenos días. -Discúlpenos, vamos con prisa.

-Quizá pueda servirles de ayuda y les ahorre tiempo.

La casualidad ha hecho que me acabe de enterar por un doctor

que ha venido a ver a Servando,

de la nueva dirección del prior Espineira.

Es una noticia formidable, díganos.

Calle de los Naranjos, 15.

El edificio pertenece a la Iglesia.

Voy para allá. -Gracias, don Ramón.

-Me agrada haber sido de ayuda. Vaya, vaya deprisa.

¿Lucía?

Celia, me da igual que no hayas dormido.

Ahora te vas a sentar y vas a desayunar.

-No me entra ni un pedazo de pan. No he dormido y no dejo de llorar

pensando que a Lucía podría haberle pasar algo.

-Bueno...

Te vas a comer al menos un suizo.

No hace falta que cuando aparezca Lucía te pongas enferma.

¿Nos vamos a pasar el día como en una noria, de una prima a otra?

-¿Y si no aparece?

-No digas insensateces, claro que va a aparecer.

Venga.

-¿No te das cuenta de lo raro que es todo?

-¿A qué te refieres?

-Era el día de la procesión.

Era la primera vez que Samuel y ella iban a aparecer juntos

después de la anulación de su matrimonio con Blanca.

-No le des más vueltas, Celia. -Es que se las tengo que dar.

Ella estaba orgullosa por haber restaurado la imagen de la virgen,

estaba contenta con Samuel, feliz con la vida.

Por nada del mundo habría querido desaparecer.

-Seguro que aparece, ya lo verás.

Todo quedará en un susto y en un malentendido.

-Dios te oiga, Trini, Dios te oiga.

(Pasos)

-Buenos días, señora.

Doña Celia, disculpe la molestia.

Me acabo de encontrar con don Felipe y me ha pedido

que le diga que se ha ido a la Plaza de Calderón

a buscar al cochero. -Ojalá lo encuentre.

¿Ha aparecido el prior Espineira?

-No, pero don Ramón se ha enterado de su nueva dirección.

Don Samuel ha ido en su busca. -Gracias, Carmen.

-Si necesitan algo, pueden contar conmigo.

-Muchas gracias.

-Con su permiso. -Con Dios.

Celi, ¿por qué buscan al prior ese?

-Úrsula nos dijo que había visitado al padre Telmo

antes de que este desapareciera. -¿Y te fías de la urraca?

-No tiene por qué mentirnos.

El padre Telmo

le ha salvado la vida dándole cobijo y jornal.

-Eso sí es verdad. Espero que por lo menos

sea de ley con la única persona que se ha atrevido a ayudarla.

Pero olvidémonos de Úrsula.

Ahora hay que pensar en que... Que seguro que Lucía está bien.

-Sí. Eso es lo que quiero.

¿Dónde andará, y por qué?

Celia, no sé si lo has pensado, pero...

es mucha casualidad que Lucía y Telmo desaparezcan a la vez.

Lo mismo tienen algún tipo de relación que no conocemos.

(TARAREA)

Lucía.

Estaba preocupado, pensé que se había marchado.

No podía dormir, salí a dar un paseo al alba.

No se ve a nadie, solo naturaleza.

Es maravilloso.

Dan ganas de quedarse aquí para siempre.

¿No le gustaría? Para siempre es mucho tiempo.

Para siempre. Sin vecinos, sin convencionalismos,

sin tener que vestirse de gala,

bañándose en el río...

¿No le apetece bañarse en el río? ¿Ahora?

Se mojarían las ropas.

¿Y sin ellas, tal como Dios nos trajo al mundo?

No se asuste, padre,

que lo decía de chanza. Menos mal, no sería capaz.

Yo tampoco.

Pero...

disfrute. ¿Por qué no se libera de la culpa?

No es la culpa, es la responsabilidad.

Hice la promesa de renunciar a muchas cosas.

Al amor.

Al amor mundano, así es.

Ojalá nunca lo hubiera sentido.

Ojalá nunca me lo hubiera confesado.

Siento si al hacerlo la he incomodado,

pero era mi única manera de convencerla de que Samuel

no busca su bien. ¿Y cómo sé qué busca usted?

¿Cómo sé que no se trata de un acto de fidelidad

a la Orden del Cristo Yacente? No piense eso.

Le aseguro que he sido completamente sincero con usted.

No sé qué pensar.

Hace unas horas pensaba que amaba

a Samuel y que mi futuro estaba junto a él.

Y ahora...

¿Ahora?

Ahora nada.

Voy a descansar, llevo muchas horas andando.

¿Cómo está Servando? -Parece que duerme tranquilo.

¿Qué dijo el médico ese que vino con don Ramón?

-Que la enfermedad estaba muy mal

y los pulmones en las últimas.

Que solo podía darle una medicina nueva

y mandar a una enfermera "pa" que le abriera la respiración.

-No me he enterado de si eso es bueno o malo.

-Yo creo que es malo,

pero don Ramón salió "esperanzao".

Pobre Servando, que no es más

que un niño grande.

¿Qué será de este edificio sin él?

-No diga eso, Fabiana,

que Servando no se ha rendido todavía.

-Aquí en el altillo somos como una familia, bien lo sabe.

Pese a las dificultades,

hemos "aprendío" a ser felices,

y ahora,... "to" se desmorona:

Servando, Casilda...

Pa mí, es como si me quitaran los dos brazos,

y no sé qué hacer "pa" que se queden aquí conmigo.

Fabiana, Dios aprieta, pero no ahoga.

Ya verá cómo todo se acaba arreglando.

-Que no, Agustina, que los finales felices son "pa" las novelas

de doña Leonor, que "pa" los pobres solo hay sufrimientos.

-Que se va, que la Casilda se va.

Que hasta anda preparando la manera de cómo hacerlo.

Don Liberto se lo ha dicho a don Felipe.

-Ya nos temíamos que lo iba a hacer.

-Pues sí, ha "tomao" la decisión y se va.

Ha pedido su parte y, andan los abogaos viendo qué le toca.

-Va a cometer el peor error de su vida.

-Y no quiere verlo, por mucho que se lo digamos.

-Nadie aprende en cabeza ajena.

-Pues les digo una cosa,

voy a pensar

la manera de ayudarla y evitar que se vaya.

Lo voy a hacer, aunque sea una locura.

Perfecto, pueden ir subiéndolo todo al altillo.

Mi firma será suficiente, soy el hijo del señor Palacios.

Gracias.

-¡Por el amor de Dios! ¿Qué le van a hacer a Servando?

-Sinceramente, no lo sé, doña Susana.

Pero dicen que el médico que le va a tratar

es una eminencia mundial, esperemos que él sí lo sepa.

-Creo que deberíamos rezar más por su curación

y usar menos aparatos.

-Diga que sí, a Dios rogando y con el mazo dando.

Usted rece, mientras tanto, esperemos que el doctor

don Salustiano García Paredes sea capaz de curar a Servando.

-¿Y cómo es que un doctor tan eminente ha accedido a venir

a tratar a un portero?

-No ha sido nada fácil.

Mi padre ha recurrido a sus amistades del Ateneo.

-Todos sabemos en el barrio que cuando don Ramón se empeña en algo,

lo consigue.

-Tuvo que apelar al orgullo profesional del doctor.

Decirle que el caso de Servando fue rechazado

por muchos médicos, y le retó a que él sí fuera capaz de lograrlo.

-Don Ramón tenía que haber sido presidente

del consejo de ministros de España. Mejor nos iría.

Qué hombre más válido y más inteligente.

Al final, ¿el galeno accedió a venir?

-Sí, pero supongo que también influyó

que el doctor va a cobrar sus emolumentos.

-¿Tantos ahorros tenía Servando bajo el colchón?

-Me temo que no, va a ser mi padre

quien corra con todos los gastos. -Es un santo don Ramón.

Rezaremos

por el doctor y por Servando. Y también por tu padre.

Tal vez el señor nos escuche

y se apiade de uno de ellos.

Voy a la sastrería.

Con Dios. -Con Dios, doña Susana.

-¿A qué viene tanto trajín?

Son una enfermera y un celador que han venido a tratar a Servando.

A ver si entre todos le salvamos la vida.

-¿Salvarle la vida? ¿Qué me dice? -Así es. ¿No lo sabía?

Casi todos los médicos han rechazado el caso de Servando.

Seguramente sea la última oportunidad,

ojalá no la desperdiciemos.

-No sabía que estuviese tan mal.

¿Es aquella dolencia de los pulmones?

-Esa misma.

-Dios mío, esperemos que se salve.

¿Se sabe algo de doña Lucía? ¿Ha aparecido?

-Creo que no.

Vi salir al señor Alday en un carruaje. Quizá iba en su búsqueda.

En fin, ya han terminado de cargar. Voy para dentro.

Cesáreo.

"¿Está usted seguro de que no cambiará todo?".

¿Qué ella seguirá confiándole su dinero?

No le quepa duda.

Será cuestión de días, pronto podré saldar la deuda con usted.

Si usted gana, ganamos los dos,

pero si pierde, puede darse por muerto.

"Veo que también se ha informado sobre mí".

No es el único al que no le gusta dejar las cosas al azar.

Una vez haya heredado y sea ya su esposa,

nos repartiremos el dinero a partes iguales.

Es una brillante idea, aunque innecesaria.

¿Cómo dice?

¿Por qué iba a compartir nada con usted?

Ya me ha dado lo que necesito.

(SE AHOGA)

"El obispado me ha concedido la nulidad matrimonial".

Blanca envió una misiva confirmando la versión de los hechos,

y no ha habido problema.

Señorita Lucía Alvarado,

¿me permite cortejarla formalmente?

Hemos tenido un donativo extraordinario

de un nuevo feligrés.

¿Lo conozco?

Se llama Jimeno Batán.

No, no lo conozco.

Seguro que sí.

Sé que muchos de los empresarios de la ciudad

tienen tratos con él.

Yo no soy uno de ellos.

Bueno, será como dice.

Si conociera al señor Batán,

seguro que se acordaría de él.

No voy a dejar que me la arrebates. Lucía es mía.

Don Felipe, disculpe, ¿ha averiguado algo?

-Nada, no sé dónde puede estar Lucía.

-Qué disgusto más grande se va a llevar Celia.

Está muy preocupada y tiene malos presentimientos.

-Desgraciadamente, empiezo a temer que tenga razón.

-No, por favor, no caiga usted en la desesperanza.

Tiene que llegar a casa con una sonrisa

y con palabras de aliento, Celia lo necesita.

-Lo intentaré.

Espero que Samuel tenga más suerte que yo

y encuentre al prior,

es la única forma de saber dónde está el padre Telmo.

-Me va a perdonar el atrevimiento, pero...

¿usted cree que se hayan podido marchar juntos?

-No lo sé, pero han desaparecido a la vez.

Quizás ambas ausencias estén relacionadas.

Ha sido una suerte que don Ramón

nos diera la dirección del prior. -Otra cosa no,

pero mi esposo tiene siempre los ojos bien abiertos.

-Así es, un hombre muy despierto... y muy especial.

En fin, voy a ver a Celia. -Dele recuerdos de mi parte.

-Con Dios. -Con Dios.

-¡Don Felipe!

-Dígame. Le advierto que voy con prisa.

-Es un segundo.

He sabido que están buscando a un cochero de los que paran

por la Plaza de Calderón. -Así es.

-He sabido por la descripción, que responde al nombre de Gutiérrez.

-¿Le conoce?

-Sí, es un hombre bebedor y pendenciero.

Muchas noches he tenido que llevarle a casa

para que no siguiera de farra. -¿Y sabe dónde puede estar?

En la plaza no estaba.

-Durmiendo la mona, seguro. -Necesito hablar con él.

-Iré a su casa a sacarle de la cama, si es que sigue allí.

-Dígale que puede ganarse una propina si viene a hablar conmigo.

-Si oye hablar de dinero, se le pasa la resaca seguro.

Espero que pueda verlo esta tarde.

-Gracias.

Vaya cuanto antes.

¿No quiere usted comer nada?

No tengo apetito. ¿No ha comido usted?

Sí, un trozo de queso que está riquísimo.

Yo lo probé al volver de mi paseo, sí que estaba rico.

Y comí también un trozo de chorizo.

No me extraña que no tenga hambre. Se puso las botas en el desayuno.

Debe ser el contacto con la naturaleza,

que me cambia los hábitos. Es maravilloso estar aquí.

¿Ha ido a ver el río? Sí.

No sé si lo ha seguido, pero más allá hay un meandro

y una zona de remansos,

cubierta de arboledas.

Es uno de los lugares más bellos que he visto nunca.

Va a tener que llevarme.

En algún momento deberíamos regresar a Acacias.

No vamos a pensar en eso ahora,

vamos solo a sacarle provecho a estas horas de paz.

¿Le parece si vamos a sentarnos a la orilla del río?

Seguro que el paseo me abrirá el apetito.

No sé si debemos.

El diablo esconde su mano tras los lugares más bellos de la tierra.

No me venga con pamplinas

del diablo y, seamos felices mientras que podemos.

Todo el mundo estará buscándola:

don Felipe, doña Celia,

Samuel...

Mi prima y su esposo lo entenderán.

Con respecto a Samuel, todavía no me he comprometido a nada con él.

No soy su esposa ni nada por el estilo.

Padre, necesitaré unos días

para aclararme.

Y, para eso, necesitaré paz y tranquilidad.

No puedo estar más de acuerdo.

Y qué mejor lugar que este para conseguirla.

Vamos a dar ese paseo hasta el remanso del río.

Don Felipe está ocupado con la desaparición de la señorita Lucía

y no podrá encargarse,

pero ha llamado a un amigo para que se encargue

de la partición de la herencia. Esta tarde vendrá.

-¿Tan presto?

-Fuiste tú la que pidió que se hiciera así, ¿no?

Pronto tendrás respuesta de lo que te corresponde.

-¿Se puede?

-Si vienes a decirme lo tonta que soy

y lo mala bruja que es mi madre, entonces no.

-Yo creo que eso ya lo sabes.

Y que decirlo más, sería como llover sobre "mojao",

que no vale "pa" "na".

Venía a preguntarte cómo estás y si te puedo ayudar en algo.

-Pues estoy divinamente, ¿no me ves?

-Pues no lo parece,

"pa" qué te voy mentir. ¿Y si lo ves, "pa" qué preguntas?

No estoy bien, Lola. Estoy fatal,

estoy peor que mal.

Yo lo único que quiero es ser la Casildilla de siempre, la criada.

-¿Y no haber sabido nunca quién era tu madre?

-Ni mi madre, ni mi padre, ni "naide".

Al único que echaba de menos era a mi Martín.

Por lo demás, era feliz.

-¿Y te quieres ir más lejos?

Si no eres feliz con tu nueva vida,

¿cómo te vas a ir lejos de tus amigas

y a un pueblo que ni sabes dónde está?

-No puedo hacer otra cosa.

¿Crees que no me gustaría volver al altillo,

tener amigas, cuidar de Servando...?

El pobre está muy malamente.

-Hazlo.

-No puedo, Lola.

-Pues "na",

vete al pueblo ese.

¿No te das cuenta de que tú sola te estás metiendo en la boca del lobo?

Si tu problema ahora es que tienes dinero,

tíralo a la basura y sé la Casilda que quieres ser.

No dejes que el dinero no te deje ser feliz.

¿Estás seguro de que Cesáreo encontrará al cochero?

-Él parecía muy convencido.

Me dijo que lo conocía.

-Ojalá nos ayude.

Esta mañana todavía tenía la esperanza

de que llamarían a la puerta y sería ella.

Ya no.

-No perdamos la calma.

No hay noticias que digan que Lucía está mal,

así que no nos las inventemos. Ven.

-Tienes razón.

¿Has podido ayudar a Rosina y Liberto en la herencia de Casilda?

-No tengo la cabeza para eso.

Se lo pediré a un colega, Luis Rubín,

es un buen abogado. Confío en él como en mí mismo.

-Creo que Casilda se está equivocando.

-Yo también, pero supongo que han hecho todo lo posible.

-Pero saber que Higinio Baeza, al que considerábamos un gran doctor,

sea un sinvergüenza y no poder hacer nada...

Da hasta pena dejar a esa chica en sus manos.

-María es su madre,

supongo que no querrá nada malo para ella.

-No lo sé, yo ya no me fío de nadie.

Por eso tengo miedo por Lucía.

(Llaman)

-Voy yo, tal vez sea Cesáreo.

-Perdone el retraso, don Felipe.

Este es el cochero que le dije, Guti.

Se pone en la Plaza de Calderón. Por lo que parece,

ayer pasó una noche movidita.

-¿Está seguro de que es él?

No veo a mi prima subiéndose a un carruaje con este hombre.

-Estando así, no creo que nos pueda ayudar.

-No se preocupe, que yo sé cómo tratar con estos beodos.

Guti, estos señores te quieren hacer unas preguntas.

-Señor,

¿usted llevó ayer a una mujer llamada Lucía?

-No.

-Guti, si quieres una propina,

despierta.

Le vas a dar una propina y va a ir a bebérsela.

-Cuente con eso, doña Celia.

-A ver, Guti, escúcheme, ¿ha visto a esta mujer?

-(NIEGA)

-¿Seguro que no la llevó ayer?

-Sí. Además, tengo el carruaje roto

y no trabajo hace una semana.

-Perdonen,

pensé de verdad que era él. -Lléveselo, por favor.

-Y dele esto por las molestias.

-Vamos, que te llevo a casa.

Muchas gracias, don Luis. Le agradezco que haya venido

y redactado el acuerdo con tanta premura.

Hablaré de los honorarios con don Felipe.

Que tenga un buen día.

-¿Y Leonor y doña Rosina no van a leer el contrato?

-Ellas no querían estar presentes en este sinsentido absurdo.

Ellas refrendarán el acuerdo al que lleguemos.

-Pero yo no quiero hacer "na" con lo que ellas no estén a gusto.

-Ellas no están a gusto con nada de esto.

No les parece bien que quieras marchar al pueblo

ni el modo en que quieres hacerlo,

pero de eso ya hemos hablado,

así que sigamos.

-¿Está usted "enfadao" conmigo?

-Eso ahora no importa.

Vamos a mirar el contrato.

No queda demostrado

que Casilda Escolano sea hija de Maximiliano Hidalgo,

por lo cual, no se trata de una herencia, sino de una cesión.

-Exigimos lo que correspondería por ley a una hija de don Maximiliano.

-Así se recoge según la valoración que se ha efectuado.

Así han decidido que se haga Rosina y Leonor,

sin tener obligación de hacerlo.

-¿Y el apellido? ¿Podrá usar mi hija el apellido Hidalgo?

-Por nosotros, que use el que le dé la gana.

-¿Qué pasa con el piso alquilado a don Higinio?

-Ha entrado en la valoración de bienes.

Si Casilda lo quiere, podemos deducir

su precio de la cantidad de dinero

que va a cobrar en efectivo. -No. Queremos que siga como está

y, que los futuros alquileres vayan a mi hija, era el piso de su padre.

-¿No tiene usted bastante?

-Eso es asunto nuestro. Queremos que la renta de este piso

se consigne en el contrato, y si no, no firmamos.

-Es Casilda quien tiene que firmar, no usted.

No debería decir: "No firmamos",

debería decir: "No autorizo a mi hija a firmar".

Así, Casilda será consciente de a quién está prestando oídos.

-Don Liberto,

yo me conformo con lo que me toque,

no quiero pedir nada más.

-Hija, es mejor que hagas lo que yo te digo.

-Casilda, tú eliges.

Tú verás si quieres ser una esclava

en manos de esta mujer

o prefieres seguir siendo una mujer libre.

-O se incluye el destino de esta renta

en el contrato o no hay acuerdo. No firmes.

-En ese caso, no hay acuerdo.

Tengo que consultarlo con Rosina y Leonor.

-Usted tiene poderes. Podría incluirlo en el contrato.

-Acabo de dejarle muy claro...

que no voy a hacer nada sin consultarlo antes con ellas.

Así que les ruego que si es su última decisión, se retiren.

(RÍEN)

Lo que más rabia me da es que ha visto usted

mi verdadera personalidad, soy un pato mareado.

Tenía que haberse visto la cara cuando resbalé y me caí al agua.

Cara de preocupación, por si usted se había hecho daño.

¡Mentiroso! Cara de chanza.

Está bien. No me diga que no fue cómico.

Yo diciéndole: "Lucía, cuidado, que se va a caer".

Y usted: "No sea agorero, que no me caigo".

Y acto seguido, resbalón y al agua.

Por un momento pensé

que tenía que salvarla. Menos mal que apenas

cubría un par de palmos.

¿Tiene hambre ahora?

Me comería una vaca entera.

Cortaré un poco de pan, de queso y chorizo.

Perdón.

No se preocupe, es que no quiero coger frío.

Espero que no le importe verme así.

No estoy acostumbrado.

Piense que es solo ropa lo que ve,

igual que la que llevamos por fuera.

Tiene razón.

Tenga.

No es una comida muy sofisticada.

Me sabe a gloria.

Haga el favor de no ponerse en medio.

Dígale que se marche, prior.

Padre, haga el favor de dejarnos solos al señor Alday y a mí.

¿A qué viene esta entrada tan intempestiva?

¿Dónde están Lucía y Telmo? Me encantaría saberlo.

Si es que están juntos.

Mire, Espineira, lo sé todo,

sé que su orden está detrás de la herencia de los marqueses,

que el padre Telmo sigue sus órdenes para obligar a Lucía...

Ni usted mismo sería capaz de creerse esa sarta de mentiras.

No juegue... o acudiré a la policía.

¿Y qué cree que van a encontrar ellos contra mí?

Tengo documentos que le incriminan.

Para ser un hombre tan cercano a Dios, no le creía tan ingenuo.

Muy bien.

Mostremos las cartas.

¿Por qué piensa que yo sé dónde están Telmo y Lucía?

Sé por un cochero, que les llevó a una ermita abandonada

perteneciente a su orden. Sabe usted más que yo.

Pero es un borracho que no consigue encontrarla.

¿Y cómo puedo ayudarle?

Usted tiene que saber dónde está esa ermita.

Un momento.

Ermita abandonada, solo puede ser esta.

Va a coger frío.

Le daré una manta.

(TOSE)

Le daré un vaso de agua.

Es todo tan cruel...

¿A qué se refiere?

A todo,

a lo difícil que es aprovechar las oportunidades y...

satisfacer los deseos.

A que no sé qué hemos hecho

para que Dios nos castigue. No culpe a Dios,

él no es responsable ni de nuestros errores

ni de nuestras tentaciones.

¿Eso soy para usted, una tentación?

Usted es para mí mucho más que una tentación,

es la razón de mi vida.

¿Lucía? ¿Lucía?

¿Tiene todo lo necesario para el tratamiento?

-(ASIENTE)

-Bueno, Servando,

ahora, lo único que tienes que hacer es tomarte la nueva medicina

sin dejarte ni una sola toma.

-Me da coraje hacerle gastar tanto dinero en todo esto

que... tiene muy malas trazas.

-Vaya cara de funeral traes. ¿Qué te pasa, pequeñaja?

-Más o menos,...

he "venío" a despedirme de todas vosotras.

Mañana me marcho con mi madre.

-"Lo que cuenta"

cuando ves acercarse a la parca,

es mirar para atrás

y saber que has hecho lo que quieres

y no deberle a nadie nada.

-Servando se merece ver la obra montada.

No puede perderse el estreno.

-Eso le animaría mucho, tal y como tiene los ánimos.

-¿Crees que los de la función querrán montar una representación?

-Supongo que sí. Es de esperar que estarían encantados con la idea.

-Entonces tenemos mucho por hacer.

-¿Son los documentos de mi herencia? -Efectivamente.

Esperemos que esté todo bien y que los firmes.

-He hablado con Rosina y con Leonor sobre la parte del alquiler

de Acacias que reclamabas, han aceptado dártela.

Está todo tal y como pediste.

-Si no sabes escribir, puedes poner una marca.

-"Si esto va a curar a Servando," manos a la obra.

-Un momento, un momento.

Si vamos a retomar la obra,

es muy importante que dejemos a un lado las rencillas

que han ido surgiendo. Entre el elenco, especialmente.

-Cuente con eso desde ya.

-Pelillos a la mar.

-"Si yo no actúo,"

la obra no se puede representar. -No lo creo,

porque he visto los ensayos

y se puede representar perfectamente sin tu participación.

-¿Esa es tu última palabra?

-No. Mi última palabra es que de ninguna de las maneras

vas a actuar en esa obra.

-"Vamos a abrir una botella y brindar"

por nuestro futuro.

(Llaman a la puerta)

-¿Quién puede ser?

-Esos modos no me gustan nada.

Mira quién es, pero no abras.

-¿Quién es?

-Abran a la policía.

-¿Cómo es posible que nadie encuentre a mi prima?

-Lolita, hazme un favor,

ve a casa de los Alday y mira si ha vuelto Samuel.

-Voy a escape.

-¿Es necesario que Lolita vaya? -Nada cuesta que se asome.

-No creo que Samuel nos esté ocultando información.

-Puedo esperarme cualquier cosa de él.

-¿Qué le ocurre a la señorita Lucía? Es por saber si puedo ayudar.

La mejor ayuda que puedes prestarnos es callando

y no haciendo preguntas incómodas.

Como mande el señor.

Puedes retirarte. Yo me encargaré

de que la señorita cene algo.

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  • Capítulo 867

Acacias 38 - Capítulo 867

11 oct 2018

Lucía pide tiempo a Telmo para procesar su declaración. Higinio convence a María para que sigan adelante con su plan. Liberto pide la partición de bienes para darle su parte de la herencia a Casilda. Las criadas se enteran de que su compañera está planeando marcharse con su madre. Casilda confiesa que prefería seguir siendo criada y que nada hubiera cambiado. María se niega a que Casilda firme los papeles, exige que incluyan la renta del piso de Higinio. Ramón pone al servicio de Servando todos los recursos sanitarios. Siguen buscando a Lucía. Samuel trata de encontrar al prior Espineira y Felipe al cochero. Celia tiene miedo por lo que le haya podido pasar a su prima. Cuando encuentra al prior, Samuel le presiona para que le diga dónde está Telmo. En la ermita, Telmo y Lucía están a punto de besarse cuando Lucía se desmaya.

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