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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 710 - ver ahora
Transcripción completa

A los buenos días, doña Susana.

Verá, es que he recibido estas telas y he pensado en usted.

Se las traigo como regalo.

Esto es auténtica seda china de alta calidad.

-Si piensa que va a sobornarme por unos trapos,

quite, que me voy a comisaría. -Antes, mire esta tela.

Mire.

"Por haber doblegado a la sastra".

-Y ahorrarnos la denuncia.

-Ha faltado poco.

Creí que no había nada que hacer.

-"He recibido esta nota hace una hora".

Quiere que nos encontremos. -Tengo que felicitarte.

Te has apuntado un tanto que no tenías fácil.

-Arturo Valverde nos apoyará, te lo aseguro.

-"Acéptalo".

Esta es la realidad.

-¡No me lo puedo creer!

¡Esto no puede ser! ¿Cómo has podido?

-¿Me lo dice una mujer casada?

¡Menuda desfachatez!

-Ahora lo entiendo.

¡Eres un cobarde!

Me has dado todo tipo de excusas para dejarme.

Pero la verdad es que tenías un lío.

-"Hablaré con Samuel".

Y volverás a casa, a tu casa.

-Pero yo no quiero volver con Samuel.

-Confía en mí.

Yo mediaré con tu esposo.

-"Me sorprende que llegaras hasta aquí".

-Era necesario.

Esta pantomima ha terminado de alejar a Blanca para siempre.

-Ha tenido que ser terrible para los dos.

-Una tortura.

Me siento partido por la mitad y Blanca no estará mejor.

Pero tenía que conseguir que me odiara.

-"¿Has podido acostarte con Diego?".

-¿Cómo te atreves a preguntar eso? -Contéstame.

¿Lo has hecho?

-Soy libre, no tengo que darte explicaciones.

No me vas a amilanar.

-Debemos hablar.

"No tiene sentido seguir con el tratamiento".

"No me siento con fuerzas".

-Hazlo por ella. -No, padre.

Esta batalla está perdida.

Pero tengo el consuelo

de haber tocado el amor pleno.

Ya está, todo ha terminado.

Carmen ha salido con Jaime.

En cuanto vuelva,

le digo que vaya a buscar tu maleta.

-Nunca pensé que llegaría el momento

de regresar a esta casa.

No puedo evitar sentirme fuera de lugar.

-No pienses en ello.

Este es tu hogar.

-No puedo sentirlo como tal.

-Esta es la familia a la que perteneces,

a la que jamás debiste abandonar.

Hija,... nunca debiste salir de esta casa.

Aquí estamos los que te queremos sinceramente.

-Se lo agradezco, madre.

-Y piensa una cosa.

Es donde mejor vas a poder criar al hijo que llevas en tu vientre.

-Lo sé.

Quizás él pueda ser feliz entre estas paredes.

-Todos podemos ser dichosos.

-No te esperaba tan pronto.

-Si te importuno, puedo marcharme.

-No, no es menester. Eres bien recibida.

-Será mejor que os deje solos.

Tenéis mucho de qué hablar.

-No, madre, no es necesario que se marche.

-Créeme,

es lo más oportuno.

Un matrimonio debe resolver sus cuitas

en la intimidad.

(Sintonía de "Acacias 38)"

Agradezco que fueras a casa de Leonor a mostrarme tu apoyo.

Pero ya soy mayorcita para saber

que una cosa es ser amable

y otra, que quieras volver a vivir conmigo.

-Puedes quedarte aquí todo el tiempo que precises.

No es que sea fácil tener que verte todos los días,

pero mi padre y Úrsula me lo han pedido

y no soy un monstruo.

-Supongo que ya te han llegado los rumores.

-¿Qué rumores?

-Los rumores de la relación de tu hermano con otra mujer.

-Te dije que Diego no era hombre de compromiso y que tuvieras cuidado.

-Me odio por no haberte hecho caso. -Ojalá lo hubieras hecho.

Te habrías ahorrado mucho sufrimiento.

Nadie conoce a mi hermano como yo.

-Estaba cegada,

enamorada de una ilusión.

Yo creía que le conocía.

Creía que había algo especial.

-No es necesario que me des explicaciones.

Además,

¿de qué sirve lamentarse por los errores?

Lo hecho hecho está.

Lo importante ahora es que te recuperes.

-Esta es tu casa. Siempre lo será.

Pero supongo que entenderás que, por mucho que los papeles

digan lo contrario, yo ya no puedo verte como una esposa.

Tan solo puedo ofrecerte mi amistad y mis cuidados.

Nunca te faltará de nada.

Ni a ti ni al niño que llevas en tu vientre.

Solo te pido que lo pienses.

Esa clínica es de las mejores de Europa.

-Como si es la mejor del mundo.

Allí no me van a poder curar, padre. -No,

pero te cuidarán y te sentirás mejor.

-No quiero cuidados. -Está en un enclave maravilloso.

Rodeado de naturaleza, de aire puro.

Es un remanso de paz.

-Como si es el paraíso.

Yo no me voy a encerrar en un sanatorio.

¿Lo entiende?

No tiene sentido, padre.

-¿Y qué vas a hacer?

-Me voy a ir con Huertas al yacimiento.

-¿Qué? -Sí, padre, ya lo ha oído.

-¿Seguro que eso es lo que quieres?

¿Pasar los últimos meses trabajando?

¿Y lejos de quien te quiere? -Quiero estar ocupado.

Así no pensaré en lo que me atormenta.

-Diego... -No, si me fuera a ese sanatorio,

no dejaría de pensar en todo lo que he perdido.

En Blanca, en...

En el niño.

Y en el futuro que teníamos por delante.

Y que...

Que no quiero que me vea cómo me apago poco a poco...

-¡Hijo!

Soy tu padre, yo me enfrento a lo que sea.

-No, padre.

No lo hará porque no dejaré que me vea morir.

¡Buf! Ningún padre debería ver algo así.

Debe asumir esta realidad.

-¿Qué realidad?

-Que esto es una despedida para siempre.

-Pero... te pido una cosa, eso sí.

Escríbeme.

Escríbeme y me cuentas cómo te vas encontrando, cómo te sientes.

-Se lo prometo.

Prométame usted algo también. -Claro, lo que quieras, hijo.

Que cuidará de Blanca.

Es la mujer más especial que he conocido nunca.

Y no se merece todo el sufrimiento que le he infringido.

-Cuenta con ello. Te lo prometo, hijo.

Cuidaré de ella como si fuera mi propia hija.

Carmen. ¡Carmen!

Ha llegado la hora, padre.

-Que Dios te bendiga, hijo.

Buenas noches. -Buenas noches.

-Gracias.

¿No me invitas a una copa?

-Si crees que ha cambiado en algo

la relación entre nosotros, estás muy equivocada.

-¿Y entonces por qué me citas a estas horas?

¿No es un poco tarde para que dos conocidos se reúnan?

-No quería que nadie te viera entrar en mi casa,

que tu visita confundiera a los vecinos.

-Arturo,

yo sé que todo esto ha afectado a nuestra relación.

Pero hay una cosa de la que sí estoy segura.

Y es que tú sabes que mi causa merece la pena. ¿Me equivoco?

Tú antepones tu patria a todo.

¿No habrías hecho lo mismo? ¿El rey no es lo más importante?

-Aún no sé si lo que cuentas es verdad.

-¿Qué necesitas para creerme?

¿Qué puedo hacer para que te alíes conmigo?

-Quiero conocer a tu superior, saber quién está detrás.

Si hay alguna verdad en lo que cuentas.

-No, Arturo.

Él no se entrevista con nadie.

Tiene que mantener su identidad

en secreto.

-¿Quieres o no quieres mi colaboración?

-Veré lo que puedo hacer, pero no te prometo nada.

-Espero tu respuesta.

Mientras, no tenemos nada que hablar.

Si me disculpas, como bien has dicho antes, es un poco tarde.

Dos rollos de seda china, tres cajas de puros.

Dos botellas de "whisky" escocés.

Una de champán francés. -¿Solo una?

Si trajimos siete cajas.

-Doña Rosina se lo bebe

como si fuera agua de grifo.

-Hemos de deshacernos de esto

y ver si sacamos unas pesetas.

-Yo me quedaría con la seda

para sobornar a la sastra estirada.

-De momento, hemos conseguido que no nos denuncie.

-Ya, pero esa no se conforma con cuatro trapitos.

Esa va a querer más y más para mantener la boca cerrada.

-¿Tú crees? -Estoy segura.

Incluso deberíamos traer más cosas para tenerla sobornada.

Esa sastra es una bruja. Con lo beata que es,

podríamos traer hasta un botafumeiro.

O un escapulario. Un crucifijo.

Ya sé, unas estampitas del Papa

traídas desde la mismísima Roma.

Esa cuelga el botafumeiro de la puerta de la sastrería

y se queda tan ancha. -Si se cree

que me va a sobornar con regalos,

lo tiene claro.

-¿Cuánto tiempo lleva usted ahí?

-El suficiente para oírle meter la pata hasta el fondo.

Doña Susana, no se lo tenga en cuenta,

es una bocazas sin maldad.

Le puede la chanza y el divertimento.

-¿Chanza?

-Una bromilla. -Pues a mí no me hace gracia.

Y una cosa les digo: no les he denunciado

porque, a pesar de que lo que hacen aquí no tiene nombre

y es vergonzoso, muchos de mis amigos

y familiares están implicados.

-Y tanto.

-Debería poner freno a la lengua de su esposa.

-Lo sé, doña Susana, lo sé. -Mis vecinos,

a los que quiero y aprecio,

dicen que, a pesar de todo, ustedes no son mala gente.

-Somos pan blanco, oro molido. -Pues por eso,

y porque no quiero que La Deliciosa se asocie a ningún delito,

no les voy a denunciar.

Por ahora.

-Muchas gracias, doña Susana, es usted muy generosa.

Haremos lo posible para convertir este lugar

en una taberna decente. -¿Taberna?

-Y la mejor de la ciudad.

-¡Por encima de mi cadáver!

-¿Perdone? -La Deliciosa siempre ha sido

una chocolatería y lo será hasta que yo me muera.

-Es que no sabemos llevar chocolaterías, sino tabernas.

Se lo juro, señora. Si es que somos

unos negados. -A mí eso me da igual.

Si no quieren que les denuncie a la comisaría,

procuren que esto vuelva a ser lo que era:

la mejor chocolatería de la ciudad.

¡Buenas noches!

Mi boca está sellada.

Nada voy a chismorrear sobre mi señor y la señora Silvia.

-Ya lo creo que va usted a confesar.

Son las normas del altillo.

Entre nosotros, no hay secretos.

-Seguro que ha sido la Silvia

la que le ha pegado con la puerta en las narices.

-Pues mal habría hecho.

¿Dónde va a encontrar un hombre con esa planta,

con tanta clase y fortuna?

Por no decir del coraje que hay que echarle para luchar

por España. -Como lo oiga Paciencia,

se nos va poner celosa. Parece su amado.

-Ojito, que él es muy macho, un macho español.

-Bueno.

-Oiga, pero, Agustina,

sáquenos de dudas.

¿Quién ha abandonado a quién?

-No lo voy a decir.

Soy criada discreta.

Que es como debe ser una criada. -¡Anda!

Si no podemos pegarle a la hebra, ¿qué nos queda?

-La decencia, el honor.

-El aburrimiento, vaya.

(Campanilla)

-Me voy, que el coronel me reclama.

-Ni hablar del peluquín. Usted no se mueve

hasta que no cuente qué pasó.

-¿Y por qué no le preguntan a Carmen

qué hace la señorita Blanca en su casa?

-¡Uf! ¿La señorita Blanca?

-Algunos la vieron llegar y nadie

la ha visto salir.

-¿Es cierto eso, Carmen?

¿Han vuelto a ser matrimonio

ella y don Samuel?

Venga, Celi,

cuéntame.

¿Tú sabes por qué Blanca ha regresado?

-¿Por qué iba yo a saberlo? -Hija,

no es secreto el aprecio que se tienen Diego y tu esposo.

Algo le habrá contado.

-Pues si lo ha hecho, nada me ha contado Felipe.

-Bueno, lo más normal es que regrese a su casa.

Después de lo que le dijo en mi salón,

es lo menos que podía hacer.

-Por no hablar de los rumores que circulan.

-¿Tú crees que eso es cierto?

¿Crees que Huertas ha tenido algo que ver?

-Ay, mira, por ahí viene Leonor. Ella nos lo aclarará.

Leonor. -Ay, señoras, me alegro de verlas.

Quería hablar con ustedes.

-Nosotras también contigo, pero tú primera.

-Me gustaría pedirles un favor.

Ustedes han disfrutado las fiestas en la chocolatería.

-Es una verdad más grande que el acueducto de Segovia.

-Es momento de devolverles el favor a Íñigo y a Flora

por todo lo que han hecho. -¿Devolvérselo?

-Sí. Doña Susana les ha amenazado con denunciarles

si La Deliciosa no vuelve a ser la mejor chocolatería de la ciudad.

-¿No me digas?

-Y ni Íñigo ni Flora saben hacer un café.

Así que imagínense un suizo. -¿Y qué podemos hacer nosotras?

-Enseñarles a preparar postres.

Ustedes saben preparar

al menos uno.

-Bueno, bueno, a mí la tarta de higo de Cabrahigo me sale

de requetechupetearse los dedos. -Pues eso.

¿Qué, nos ayudan a preparar por lo menos dos recetas?

-Es más cosa de criadas, pero si queda en la intimidad,

sí, cuenta conmigo.

-Y conmigo, aunque lo de la intimidad

me importa una higa. -Gracias, de verdad.

¿Las veo esta tarde?

-Por supuesto que sí.

-Pero antes queríamos preguntarte una cosa.

Nosotras sabemos que Blanca y tú sois íntimas

y nos preguntábamos si tú sabrías

por qué Blanca ha vuelto a Samuel.

-¿Por qué han roto Diego y ella

después de lo que han pasado?

-Señoras, a mí no me gusta hablar de personas ajenas.

-Sí, lo sabemos. Pero estamos preocupados por ellos.

-Pues me temo que el problema tiene nombre y apellidos:

Huertas López.

Gracias, Agustina, puede retirarse.

-¿No tiene apetito?

Es Silvia Reyes, ¿no?

Su problema con ella le preocupa.

Entiendo, no quiere hablar de ello.

-No se moleste, pero aún no estoy preparado.

-En absoluto. Pero me tiene aquí para lo que quiera.

¿Qué le quita el apetito?

-¿Ha leído usted este artículo de opinión que se publicó ayer?

Lo estuve comentando con don Ramón y con don Liberto.

-¿Y qué cree?

-Hay sectores contrarios al rey que empiezan a adquirir mucha fuerza.

-¿Cree que puede terminar en un acto violento contra Alfonso XIII?

-Son temas peliagudos.

-Y solo se me ocurre comentarlos con amigos de máxima confianza.

-Le pido la máxima discreción.

Estuve hablando con el marqués de Viana sobre ello.

-¿Y?

-Al parecer, los movimientos anarquistas, los problemas obreros

y las aspiraciones carlistas generan un caldo de cultivo peligroso.

Mas tranquilo, la Casa Real está al tanto.

-¿Qué quiere decir?

-Supe que el rey ha decidido tomar precauciones.

Hay una serie de hombres trabajando de forma anónima a su servicio.

-¿Haciendo qué?

-Estas operaciones se mantienen en secreto, pero tranquilo,

se han infiltrado.

Si alguien quiere atentar, ellos le detendrán.

No nos ayudará a menos que te conozca.

-Esperaba más de ti.

Debiste disuadirlo.

-Lo he intentado. Pero es muy testarudo.

-Y tus armas de mujer ya no son tan efectivas con él.

-Algo de eso también hay. ¿Para qué engañarnos?

-Te molesta en lo personal. -No, te equivocas.

Solo me molesta porque nos afecta.

Sobre todo porque estamos a punto

de dar caza a Zavala. -En eso te doy la razón.

Hay mucha gente planeando un ataque contra el rey.

Pero nadie tiene la formación, los recursos

y las posibilidades de éxito

del general Zavala. -Es un hombre muy peligroso.

¿Qué le digo al coronel?

-Dile que sí, me entrevistaré con él.

Pero habrá que seguir el protocolo.

¿Quiere que hablemos? De acuerdo.

Según nuestras reglas.

-Iré a visitarle y le diré tu respuesta.

Entonces ¿es cierto? ¡No me lo puedo creer!

-Desgraciadamente, sí.

-Habíamos escuchado rumores, pero nos negamos a creerlos.

Así que Huertas no ha cambiado ni una pizca.

-Eso parece.

Sigue siendo el mismo mal bicho entrometido.

-Bueno, alguna culpa tendrá también Diego.

Nadie le ha obligado.

-¿Y Blanca cómo está segura de que es cierto?

-Porque los vio juntos.

-¿Cómo que juntos?

¿A Huertas y a Diego?

-Sí, en paños menores en casa de Diego.

Y lo más doloroso es

que no pretendían esconderlo.

-¡Madre del amor hermoso!

Por eso la señorita Blanca ha regresado a la casa.

Ahora lo entiendo todo. Intentamos sonsacar a Carmen,

pero no quiso soltar prenda.

-Buenos días. ¿Qué, tomando el fresco?

-Pues sí,

pero nos íbamos. Así que hola y adiós.

-¿Qué les sucede?

-No te hagas la mosquita muerta.

¿No vas a cambiar? -¿Perdona?

-No perdono. ¿No aprendiste después de lo de doña Celia?

Buenos días, Huertas.

Hala, ahí te quedas.

-Tenía yo razón.

En este barrio, criados y señores son todos iguales.

Te ponen la marca como a las brujas.

Si por ellos fuera te echaban a la hoguera.

-No lo creo, aún hay gente con buen corazón.

-¿Ah, sí? Pues ya lo ha visto y comprobado en sus carnes.

-Solo he visto a alguien que no sabe lo que ha pasado.

Pero me da igual, yo sé qué he hecho.

Y por quién. -¿Por quién?

Por usted, ¿por quién si no?

-Por Diego y por Blanca,

por ayudar a dos buenas personas.

Ahora le va a tocar a usted cuidar a Blanca.

Dele usted cariño y protéjala del sufrimiento que está por venir.

Solo espero que lo que he hecho sirva de algo algún día.

¿No puedes estarte quieta?

-Es que vamos a tener que echar el cierre.

Y esa mujer puritana se saldrá con la suya.

-Eso no va a pasar.

-Sí, ya me dirás tú cómo convertimos

La Deliciosa en la mejor chocolatería.

¿Estamos esperando a que baje Dios?

-¡Huy!

¿Aún no ha venido nadie? -No, ni un alma.

-Doña Celia y doña Trini

me aseguraron que vendrían. Querían enseñarle

sus mejores postres.

-Pues o se han reído de usted o de nosotros.

-Nadie en este barrio está por la labor de ayudarnos.

No nos tienen cariño alguno.

-Tendríamos que ignorar a la sastra

y hacer lo único que sabemos hacer, de taberneros.

-¿Quieres tenerla cada día aporreando la puerta?

¿Y que llame a la policía?

¿Y que nos cierren?

-Solo quiero vivir honradamente, tampoco pido tanto.

-Que sí, Casilda, hazme caso.

Lo único que necesitan es una buena tarta de higo.

-Que yo nunca he dicho que esa tarta esté mala.

Si yo misma me he hinchado a comerla.

-Hombre. -Pero podríamos empezar

con algo más sencillo. -Ahí tiene razón.

Algo tan sencillo como mi pastel de canela.

-Anda. -Pero es que yo no me refería a eso.

Quería decir buñuelos de mi pueblo. -Haya paz, señoras.

Lo primero es hacer el café rico. Así que, caballero,

venga conmigo, que va a aprender a hacer café

aunque no salgamos ni de amanecida.

-¿Y a esta qué le pasa?

-Que todavía no se cree que ustedes vayan a ayudarles.

-¿Piensa que vamos a dejar que La Deliciosa se venga abajo?

Nada, todos manos a la obra.

-¿Está bien? -Sí.

Por España.

Por España. -Por España.

-¿Cuándo partirá usted hacia Berlín?

-Mañana a primera hora, ya lo tengo todo listo.

¡Fermina!

Deje esto en el despacho, junto al equipaje.

Se le pararía el corazón si supiera cuánto dinero lleva.

Por fin hemos conseguido reunir la suma que necesitábamos.

-¿Y cómo piensan llevar el armamento hasta Marruecos?

-De eso se encarga mi contacto alemán.

No se apure. Las armas no pisarán la Península. Llegarán

en barco hasta Melilla.

-¿Qué le sucede, coronel?

-¿Perdone?

-Si no le conociera, pensaría que desconfía usted

de nuestras verdaderas intenciones.

-Pero por suerte me conoce.

Solo sentía curiosidad.

Me gustaría ver a nuestros compañeros

cuando vean llegar el cargamento.

Por no hablar de la sorpresa

que se llevará el ejército francés.

-Los franceses se creen superiores a España.

-Hasta hoy. Todo eso va a cambiar.

-¡Por el renacer de la gloria de España!

¿Acaso pensaba marcharse sin despedirse?

-Solo me voy unos días al yacimiento con Huertas

para aclarar lo que sucede y ultimar las negociaciones.

-¿Me cree estúpido?

-¿Perdone?

-Dígame que no quiere contarme la verdad, pero no mienta.

Celia me ha contado todos los chismorreos

que corren por el barrio como la pólvora.

-¿Chismorreos?

-Todo el mundo sabe que Blanca

les descubrió a Huertas y a usted en paños menores y yaciendo.

Por mi culpa, todo el mundo odia Huertas

en este barrio.

Y, gracias a usted, mucho más.

-Lo lamento por ella.

-¿Lamenta que se sienta pena por Blanca, no se quiera saber de usted

y se aplauda a Samuel? -Sí.

-Le da igual. -¿Qué quiere que haga?

Que opinen lo que quieran.

-Diego, he hablado con Huertas.

Sé lo que hay entre ustedes.

-¿Qué sabe?

-¿Has podido acostarte con Diego?

-¿Cómo te atreves a preguntar eso? -Contéstame.

¿Lo has hecho?

-Soy libre, no tengo que darte explicaciones.

No me vas a amilanar.

-Debemos hablar.

Adelante.

-¿Por qué hablas de Diego y de mí delante de don Liberto y don Ramón?

¿Sabes qué has hecho?

-Sí. -¿Sabes lo que tardarán en ir

con la copla a sus mujeres?

-Ya lo deben estar hablando.

-¿Y por qué lo has hecho? -Decías que te daba igual.

Llevas a gala ser una mujer libre.

-Así es, y lo sigo diciendo.

-Huertas, te conozco.

Quizás antes sí, pero ahora eres otra mujer.

-¿Otra mujer?

-Bondadosa y humana.

Ni de lejos harías por romper un matrimonio.

-Quizá me haya enamorado de Diego.

¿Acaso no es eso lícito?

-Sé cómo miras a Diego.

Le tienes cariño, pero el mismo que tienes a Blanca.

-No le amas.

Diego es tu amigo, pero no tu amante.

Sé cómo miras a un amante.

-¿Qué quieres, Felipe?

-Quiero la verdad.

-Está bien, te diré la verdad. Pero ha de quedar entre vosotros.

¿Me lo prometes? -Te lo prometo.

-Todo ha sido una mascarada.

-¿Por qué?

-Diego quería separarse. Y me pidió ayuda.

Me utilizó para hacerle creer

que no la quería. -Pero no es justo para ti.

La peor parada eres tú.

-Lo sé, pero no me importa, todo lo contrario.

Lo he hecho por ayudar a Diego y a Blanca.

Sé que he hecho lo correcto. -Pero ¿por qué?

¿Por qué lo más correcto era romper su relación?

-Eso es algo que tendrás que preguntarle a él.

Así que dígame por qué.

¿Por qué romper de forma tan cruel es mejor?

¿No le importa que sufra?

-Claro que me importa. -Dígame

la verdad. ¿Por qué quiere que Blanca le odie?

¿Sabéis lo de la chocolatería?

Dicen que todos los vecinos han bajado a enseñarles

a los chocolateros recetas de tartas y pasteles.

Realmente nunca dejarán de sorprenderme los vecinos de Acacias.

(Pasos)

Sirve la cena, Carmen. -No.

¿Os importaría dejarnos un momento a solas?

La Deliciosa sí volverá a ser la mejor chocolatería de la ciudad.

-Ya te lo decía yo.

Lo que pasa es que tú eres así de desconfiada.

-Quieto parado, Servando. Que ya ha comido un montón.

Que le va a sentar mal. -Nada.

¿Tú no sabes que tengo un estómago a prueba de bombas?

-Además que sí. Con la chocolatada

todos caímos malos menos él,

que ni se inmutó.

-Esto es un manjar de dioses. Debería ser pecado.

-¿Pecado, señorita?

Pecado será lo que haga después de terminarse ese trozo de tarta.

No es por nada.

Pero es que los pasteles de Lolita

hacen que a una le entre calenturita.

-Prueben, es receta de mi madre.

-Gracias.

¡Mmm!

"Bocatto di cardinale".

¿No es así? -¿Y por qué no pestiños?

Bien buenos los hacía mi abuela. -¡Eso es muy vulgar, Liberto!

Pero si te hace ilusión, ve a hacer

tus pestiños.

A la cocina con Trini.

(CARRASPEA)

¿Significa todo esto que ya no va a haber más champán francés?

-Veo que todo el mundo está ayudando

a los Cervera.

¿No es cierto?

Y por lo que veo, están aprendiendo a las mil maravillas.

Todos son productos tradicionales y típicos de La Deliciosa.

-Ya le dijimos que queremos darle contentura,

mi muy señora mía.

-Sin embargo, hay algo que falla todavía.

El chocolate. ¿Qué es una chocolatería

sin chocolate? -Le juro

que no haré ese mejunje del demonio. No hay manera de que salga.

-La Deliciosa sirve el mejor chocolate de la ciudad

como hecho siempre.

-Pues ya me dirá cómo.

Los dueños tenían una receta a la que ni me acerco.

-No se preocupe.

Aprenderán a hacer el chocolate

como Dios y los Ferrero mandan.

-¡Ah, la receta del chocolate de La Deliciosa!

-La receta original, Celia.

-¡Gracias, señora! Es usted beatilla,

pero más buena que el pan. Por fin un chocolate comestible.

-Y mañana lo celebraremos.

Fiesta de inauguración de la nueva Deliciosa.

¡La mejor chocolatería de la ciudad!

-¡Ahí estamos, muy bien!

-Será mejor que nos pongamos en marcha.

-Calla,

mira quién ha venido.

-¿Qué hace mi tía?

-Tenía la receta del chocolate. -¿Qué le ocurre?

Pensaba que estaba usted contenta.

-Sí, me alegro mucho por ustedes, de veras.

Es solo que no paro de pensar en mi amiga Blanca.

-Con el apoyo de su familia y de una amiga como usted, saldrá adelante.

Ya lo verá. El tiempo todo locura.

¿Por qué no me ayuda a preparar el chocolate?

Claro.

-Celia. -¿Qué?

-¿Has tenido noticias del coronel Valverde?

Es la segunda vez que tengo que ir al escusado.

Me temo que nos hemos excedido con la bebida.

-Los licores del general hacen que uno pierda la voluntad.

Con permiso. -Sí, vaya.

Me has vuelto a engañar, Silvia Reyes.

-No soy una ladrona.

Trabajo para la Casa Real.

Alfonso, el que será

Alfonso XIII, está a punto de ser adulto y será coronado rey.

Pero muchos españoles quieren impedirlo.

Hay algunos que incluso planean un atentado

contra la vida de nuestro rey. El general Zavala es uno de ellos.

El dinero que recauda

para la Asociación está destinado a este fin.

(ARTURO) Atentarán contra el rey, créeme.

Puedes ayudar a evitarlo.

-Hay sectores contrarios al rey con mucha fuerza.

-¿Cree que puede terminar en un acto violento contra Alfonso XIII?

-Los movimientos anarquistas, los problemas obreros

y las aspiraciones carlistas generan un caldo de cultivo peligroso.

Mas tranquilo, la Casa Real está al tanto.

-¿Qué quiere decir?

-Hay hombres trabajando de forma anónima a su servicio.

-Ya me extrañaba que tardara usted tanto.

¿Qué estaba haciendo ahí dentro?

-Buscando unos puros.

No hay velada que se precie sin unos buenos Habanos.

Espero que no le moleste que me haya tomado la libertad

de entrar a buscarlos.

-No hay unos puros iguales en cien kilómetros a la redonda.

-Vamos a por lumbre pues. -Usted primero.

No le creo.

-¿Por qué no se contenta con mi explicación?

¿Por qué no se conforma sabiendo

que lo he hecho por el bien de Blanca?

-Sé que no es cierto.

Nunca será bueno para Blanca algo que la mantenga alejada.

Así que no pienso moverme de aquí hasta que me cuente la verdad.

¿Por qué quiere que Blanca le odie?

¿Por qué quiere

que se mantenga alejada?

-La muerte, Felipe.

Voy a morir.

Y va a ser pronto.

-Vamos a ver, Blanca, lo que yo quiero decirte...

-¿Está orgulloso de sí mismo?

Debe estarlo,

porque los ha engañado a todos.

Le ha hecho creer a sus hijos que es bondadoso.

A mí también me engañó cuando le conocí antes de accidente.

Pero es una patraña, usted no es una buena persona.

-Quiero que te quede esto claro... -¡No!

¡Ahora me va a dejar hablar a mí!

Para eso le he pedido a Samuel y a Úrsula que se fueran.

Usted es un hombre ruin.

-Yo no tengo esa opinión de ti, mira.

Al revés, te tengo gran estima.

Y a pesar de todo lo que ha pasado,

lo que me gustaría es que nos llevásemos bien.

-Jamás.

Jamás le voy a perdonar.

Diego me ha engañado por su culpa. Si no le hubiera hecho elegir

entre usted y yo, nada habría pasado.

¿Cómo ha sido tan miserable como para chantajearle?

¿No se da cuenta?

Ha destrozado dos vidas, ha separado a dos personas

que se aman.

Tengo el corazón roto como una porcelana china.

Y si conozco un poco a Diego, él debe estar igual.

¿Le hace feliz hacerle tanto daño

a dos personas cuyo único pecado ha sido amarse?

-Tú ahora no lo puedes entender.

-Yo le amaba, don Jaime.

Le amo.

-Algún día, Blanca, algún día...

te darás cuenta de que esto era lo mejor.

-¿Lo mejor para quién? -Para ti.

-Jamás. ¿Me oye?

Jamás voy a pensar que estar separada de Diego

sea lo mejor para mí.

Nunca.

Y nada ni nadie me va a hacer cambiar de opinión.

¿Por qué razón iba a ser mejor este infierno

que estar al lado del hombre de mi vida?

Tarta de higos, de canela, de manzana con nueces,

caprichitos, suizos, buñuelos...

Hay una gran variedad.

-Ya le dije que no la íbamos a defraudar.

-Borre esa sonrisa.

Alabo la cantidad, no la calidad.

-"¿Vendrán usted"

y la señorita Reyes a la inauguración?

-Me temo que no podré acudir a ese evento.

Tengo asuntos profesionales que atender.

-Ah, es una pena. Es un placer contar con su presencia

y la de su encantadora acompañante.

Y qué chismosa es la gente, se comenta

que han roto relaciones.

-¿Eso se dice? -Sí.

-Y también se dice que es usted

el responsable del fin.

¿Es así?

-"Todos estos dulces"

piden a gritos ser comidos.

-No habría salido sin su ayuda. -No.

No diga esas cosas. Si yo apenas sé cocinar.

Si a alguien tiene que darle las gracias, es a los vecinos.

-No nos hubiesen ayudado si usted no se lo hubiese pedido.

Ha sido la única que ha permanecido a nuestro lado.

Nunca nadie se había comportado con semejante generosidad conmigo.

Creí que esa arriesgada transfusión había terminado con su mal.

-Yo también, pero no fue así.

Estoy condenado sin remedio.

Hubiese preferido no tener que contarle nada.

Me parte ver la tristeza que provoco

en los ojos de la gente que estimo. -Algo habrá

que hacer. -Está hecho.

Alejarme de los que amo, ahorrarles sufrimiento.

-Amigo, la alegría y el sufrimiento son partes de nuestra vida.

Es imposible amar, tener familia o amigos

sin enfrentarse a alguna pena.

Debería reconsiderar su decisión.

Contarle la verdad. -"¿Qué hago para que estés mejor?".

-Nada.

Ya debería haberse dado cuenta.

¡Aguarde!

Sí hay algo que puede hacer por mí.

Hágame el favor de guardar este colgante.

Nunca más lo llevaré puesto.

-"¿Por qué no me dices qué es lo que te pasa?".

¿De dónde venías?

De ver al general Zavala.

-No insistas con tus preguntas.

Dejé claro que no compartiré información contigo.

No hasta verme con tu superior.

-Eso está solucionado. Ha accedido a entrevistarse contigo.

-¿Cuándo?

-Mañana te recogeré. -"Les mantendré informados"

de lo que vaya sucediendo. -Se lo agradezco.

Y ahora, si me disculpa, mi esposa me espera

en la chocolatería.

-Perdone que se lo diga,

pero yo tampoco entiendo sus decisiones.

-Ya.

Es difícil hacerlo.

Quiero que sepa, Liberto, que lo que he hecho

era por el bien de Blanca y por el niño que espera.

-Eso espero. Tampoco temo por ellos.

Estoy seguro de que Samuel será un buen padre y esposo.

-Lo sé. -"Puedes quitarle la venda".

Bienvenido. Disculpe la incomodidad

a la que le hemos sometido. -Usted,

le conozco del Ateneo.

El combate en el que pensé que estaba defendiendo a Silvia.

-Yo tampoco le he olvidado.

Aún me duele el puñetazo que me propinó.

-La de tretas que han usado para engañarme.

-Nos vimos obligados.

Nadie está obligado a dejar de lado su honor.

Antes de hablar de lo que sé o dejo de saber,

quiero imponer una condición.

-Si está en mi mano concedérsela...

-No quiero tener nada que ver con esta.

-Arturo...

¿Desean algo más?

-No, puedes retirarte.

(HUERTAS) "Buenas noches".

-Buenas. ¿Tiene los billetes? -Sí, lo tengo todo. ¿Y usted?

-Sí. -Pues marchemos.

-No nos demoremos más.

Leonor, no la había visto.

-Para mi desgracia y su vergüenza, yo sí lo he hecho.

¿Era menester citarse

delante de la casa de Blanca y exhibirse?

¿O disfrutan torturándola?

-Descuide, ya nos marchamos,

ya nunca más tendrá que vernos. -Así lo espero.

-Aguarde.

¿Ha ido a ver a Blanca?

Ya te dije que mi estrategia

daría sus frutos.

Todo ha salido a pedir de boca.

Diego está lejos y Blanca ha vuelto a casa.

No pareces muy satisfecho.

¿Acaso no es lo que querías?

¿Qué más precisas para ser dichoso?

(HUERTAS) "No es preciso que persista en su determinación".

Los dos sabemos qué desea con todas sus fuerzas.

Olvide este viaje.

Suba a esa casa en busca de Blanca y cuéntele toda la verdad.

-No.

Ya es tarde para eso. -¡Ay, no diga eso!

Blanca lo entenderá. Le ama demasiado

para no hacerlo.

Pero si muere lejos de estas calles,

Blanca nunca sabrá lo que sucedió.

Pensará que fue engañada, que no la amaba.

-Si queremos que funcione, debemos

hablarnos claro.

-Creo que te he sido sincera.

Sabes lo que siento por Diego.

-Lo sé.

Pero hay algo que nunca hemos hablado.

Algo que nunca me he atrevido a preguntarte porque me atormenta.

-¿El qué?

-Blanca,...

¿quién es el padre del niño que esperas?

¿Diego o yo?

Acacias 38 - Capítulo 710

28 feb 2018

Diego se despide de su padre y prepara su viaje rumbo a las minas. Felipe, quien sabe gracias a Huertas que su amigo oculta algo, le fuerza a que le confiese por qué se marcha. Samuel acepta que Blanca regrese a casa.

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