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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 457 - ver ahora
Transcripción completa

¡Acabe ya con esto! ¿Es que no es capaz?

-¡Calle!

-¡Ah!

¡Ah!

Estoy cansado y tengo unos ahorros.

Es un buen policía,

puede hacer mucho por el departamento.

Ha llegado el momento de permitir que remen otros.

Voy a sugerir su nombre.

Pero yo no tengo nivel de comisario.

Será necesario un ascenso.

(GAYARRE) "Liberto me dijo que no me metiera en sus asuntos

que él lo quería acabar,"

pero no podía dejar que lo matara.

Y, sin embargo, apareciste tú,...

la más valiente de todos.

Creo que hoy has salvado dos vidas, la de Liberto...

y la mía.

"Voy a casarme con Fernando a no ser que...".

Pídemelo por favor.

No mientras sigas al lado de Cayetana.

Eso nunca nos dejará ser felices, Teresa.

Yo no voy a hipotecar mi vida.

Elige.

Está bien.

Es lo que tú has querido. (CONSUELO) "Es una lástima"

que nos hayamos conocido en estas circunstancias.

Podíamos habernos llevado muy bien.

-Lo dudo, considerando lo que le hace a Felipe.

-Defiendo a mi hija.

-Que no es una mujer fuerte como le gustan.

No se le ocultaría detrás.

-Mi hija es más fuerte de lo que supones.

Tiene el arrojo de los débiles, que un día se plantan

y dicen: "Ya está bien". "Vaya a verla".

-No.

No puedo dejar a mi suegra en mi casa haciendo y deshaciendo.

Seguro que allí me encontraría con la noticia de la nulidad.

Esa mujer es capaz de todo. (CONSUELO) "Espera, Felipe,"

este sobre es para ti.

Es del Tribunal Eclesiástico.

"Fabiana".

Qué bien que estés aquí.

-Espero que se haya recuperado.

No sabes los preocupados que estaban todos los vecinos.

Todos, tanto señores como criados, preguntaban por ti.

Puedes estar contenta de lo pendientes que hemos estado.

Casilda y Martín, acompañad a Fabiana

al altillo.

Seguro que necesita descansar.

Oh, sí, largas han sido las jornadas

que se ha echado tumbada en ese sanatorio.

-Sin contar que sus compañeras desean verla.

Venga, no perdamos más tiempo.

Que suba y repose.

Procurad que siga las recomendaciones del doctor.

Pierda usted cuidado, la vamos a cuidar como si fuera una reina.

-No le he dicho nada antes

por no entretenerla,

pero me alegro bien sinceramente de su recuperación.

-Que sigo yo, señora y señorita,

que si no les importaría que no bajara a la faena

en un par de días, no me encuentro muy católica.

Parece mentira que me preguntes eso, como si te lo fuera a negar.

Naturalmente que puede estar dos días reposando

y más, los que necesites.

Que no nos enteremos de que trabajas

sin estar del todo en tu ser. Les quedo muy agradecida.

Ya está contenta, ¿verdad?

-La carta estaba lacrada y yo no soy adivina.

Solo sé que es del Tribunal Eclesiástico.

-Y este tribunal, influido probablemente, ha suspendido

mis derechos conyugales mientras estudia

la solicitud de nulidad matrimonial. -No queda más que acatar.

Siempre has sido más que respetuoso con la justicia, tanto civil

como clerical. -¿Se ríe de mí?

¿No ha tenido suficiente con arruinarme la vida?

¿Cuánto dinero y cuántos favores le ha costado predisponer al tribunal

en contra mía? Todo vale para apartarme de mi esposa, ¿no?

-Si no fueras tan soberbio, podrías pensar

que es una resolución justa sin mediación por mi parte.

-¡A otro perro con ese hueso!

Desgraciadamente, nos conocemos.

Pero no cante victoria tan fácilmente,

esto no va a quedar así.

¿Y sabe por qué?

Porque mi esposa, Celia, está de mi parte.

-(RÍE)

¡Vivir para ver! Tú tienes nublo el entendimiento.

Andas fuera de la realidad.

¿Crees que Celia está de tu parte?

No la veo por aquí. ¡Tal vez la ciega soy yo!

Me cruzarías la cara

de buena gana, ¿verdad?

Pues nada cambiaría aunque lo hicieras.

¡Te ha abandonado!

Será mejor que te hagas a la idea cuanto antes.

-¡Eso está por ver!

Si ella no está aquí, es por su influencia.

¿De qué argumentos falaces se ha servido?

-Por si no tienes clara la cronología,

yo aparecí después de que Celia se marchara...

¡por decisión propia,

sin que yo mediara!

-Ella solo quería pasar un tiempo con nuestro hijo... y pensar.

Tenía dudas sobre nuestro matrimonio;

es cierto, no lo niego. Pero es una mujer cabal,

hubiese regresado de no haber sido por usted.

Y ahora ni siquiera la puedo localizar.

¡Usted está detrás de esta frialdad!

-No hay más ciego que el que no quiere ver.

No te quites méritos, Felipe.

Te has bastado tú solito para amargarla.

Ella te desprecia, y lo sabes. ¡Por déspota,

por infiel y por mal esposo!

-¡Cállese! -¡No me da la gana!

¡Estoy en mi casa!

No te mereces a mi hija.

Quizá no te la hayas merecido nunca. Y te diré más,

tampoco te mereces a esa joven e inteligente

que tienes como amante.

-¡No tengo! ¡Ese fue un momento de ofuscación!

¡Es usted la que está alejada de la realidad!

¿A quién se le ocurre defender a Huertas?

¡Está usted chiflada! -Soy objetiva

y capaz de ver lo bueno de las personas..

He hablado con Huertas, sí. Sin buscarlo,

no vayas a pensar que ando conspirando.

Si quieres saber la verdad,

me ha dado pena la pobre

por haberse dejado embaucar por un tipo como tú.

-¡Ella fue la embaucadora! -Por favor, Felipe.

Vas a terminar solo.

Completamente solo.

No me das miedo alguno, ¿eh?

Huertas, me has leído el pensamiento.

Me apetece muchísimo una sopa de ajo.

-Me alegro. -No entretengas a la muchacha.

Déjala que sirva,

que me rugen las entrañas.

-Y, pa'remate, un queso manchego,

para que la Fabiana se huelgue de haber vuelto.

-Que no es menester, mujer.

¿Para qué me voy a cambiar de cuarto?

A mí no me gusta la extorsión. -¿Qué extorsión?

Si he estado durmiendo sola en ese cuarto.

Echo en falta el acompañamiento.

Lo quiera o no, necesita de cuidados.

-Siéntese. Y no me diga que ha vuelto usted a discutir

por lo del cambio de cuchitril.

-Esa habitación es la más ventilada. -Y acompañada de la Lolita;

mejor compañía no se puede tener. La iba a tratar mejor

que a una marquesa. -Si no es cabezonería,

es que ya una tiene sus años, sus manías,

y tampoco quiero yo cargar a nadie. -(RÍE) Que no quiere

que le escuchen los ronquidos.

-Pruebe la sopa de ajo, es la llave del estómago.

-Por lo de los ronquidos, no se preocupe. Una, gracias a Dios,

duerme como un tronco de una encina añeja.

Se viene usted conmigo, no se hable más. ¡Hale, a cenar!

-Dejad que los señores coman faisán y no sepan

lo sabrosa que está la sopa de ajo.

Que vivan en su ignorancia.

-Sí que está buena, sí. Aunque...

algo más que ajo lleva.

-Lo que se le escape a usted...

Lleva hueso de pernil, me lo han dejado a buen precio.

-Eso se merece un tintorro de categoría.

Lo tenía apalancado

para una ocasión especial. Y qué mejor momento

que el regreso de la Fabiana sana y salva.

-Si es de Cabrahígo, me abstengo.

-En Cabrahígo somos más de aguardiente.

Los mozos bien que se lo toman

y se abrasan la garganta.

Este colorado es de La Rioja.

-Ah, si es así,

sirve hasta los bordes. -Oye, Lolita,

pero que Fabiana no lo cate, no vaya a ser

que le haga efecto con las pastillas.

-Un brindis, ¿no? Entre la clase trabajadora,

pocas ocasiones lo merecen tanto como el regreso

de una compañera. ¡Por Fabiana! ¡Por la vuelta al duro tajo!

-¡Por Fabiana! (TODOS) ¡Por Fabiana!

-(RECUERDA) "Largas han sido las jornadas

que se ha echado ahí tumbada

en la cama de ese sanatorio".

-"Sin contar con que sus compañeras están esperando verla".

"Venga, que suba y repose".

-Pues parece que el barrio

está más aquietado, ¿no? Hasta Úrsula parece más persona.

-Eso es porque doña Cayetana ha sanado

y quiere llevare bien con todos.

Incluso con la dichosa Úrsula. Por eso

las hemos visto rejuntadas a las dos.

-Perdonadme, estoy consumida y me duele mucho la azotea.

Me voy a echar.

-Pero si no ha comido nada.

Apenas se ha mojado los labios con la sopa.

-Si cree que necesita reposo, ¿quién lo va a saber mejor que ella?

-Ay...

-Hay que estar encima de Fabiana hasta que levante cabeza.

-Sí.

Algo debemos hacer para levantarle el ánimo.

Me retiro, necesito descansar.

-Lo harás cuando yo lo diga.

He terminado de cenar. Pero yo no.

Goza humillándome, ¿verdad?

-¿Quiere más repollo agrio, señor? -Gracias, Gayarre, está muy rico,

pero es suficiente. Felicite a la cocinera.

-De su parte, señor.

-Ahora ya podemos hablar.

No tengo nada que decir. Entonces, escucharás.

¿Alguno de sus sermones para domesticarme?

Muy bien expresado, para domesticarte,

como a las fieras y a las mulas. ¿Y qué piensa hacer?

¿Amenazarme con la reclusión

en el convento? No voy a discutir, querida.

Y no será necesario arrestarte en el convento porque vas a cambiar.

No de acuerdo con sus pretensiones. Sí.

Sí, Elvira, cambiarás.

Y a mi modo.

Para empezar, supervisaré y mediré todos tus pasos, tanto en casa

como en la calle.

Solo saldrás para ir a misa o a comprar

en mi compañía o en la de Gayarre

y en horas exclusivamente diurnas. ¿Ha terminado usted?

Sí. Escueto, ¿verdad?

No pongo el listón muy alto, pero seré absolutamente estricto.

Necesito descansar. Ya puedes retirarte.

Agradecida, padre, pero creo que me he desvelado.

Leeré un poco antes de ir a dormir.

Como gustes.

Gayarre, usted puede marcharse.

Dígale a la cocinera que recoja ella la mesa.

-Si no le importa, me quedaré.

Lo justo para instruir a la cocinera sobre el desayuno.

-Muchas gracias, Gayarre.

Nunca dejará de sorprenderme su puntillosidad en el trabajo.

Al contrario que mi hija,

no debe usted cambiar nunca. Buenas noches.

-Buenas noches, señor.

Tengamos cuidado, Elvira.

Hoy no voy a comprometerte, te lo prometo.

Dame un beso y ve a descansar.

¿Hace cuánto no pasas por tu dormitorio?

No quería que te quedaras a solas

con tu padre. No puedes estar siempre en guardia.

Debo hacerlo, hasta que las cosas se calmen.

No me iré hasta se duerma y vendré antes de que se levante.

No permitiré que te maltrate, Elvira. No creo que el riesgo sea alto.

Lo has visto, parece que se lo ha pensado dos veces.

Tú le conoces mejor que yo,

pero no me acabo de creer ese cambio de actitud.

Démosle el beneficio de la duda.

Está arrepentido y sabe hasta dónde puede tensar la cuerda.

Creo que está haciendo un esfuerzo por comprenderme.

¿De un día para otro?

Está bien, está bien.

Ojalá pudiera tener tu optimismo.

(SUSPIRA)

(RECUERDA) "No te quites méritos, Felipe".

"Que te has bastado tú solito para amargarla".

"Ella te desprecia, y lo sabes".

(Puerta)

No me digas que mi queridísima suegra

ha decidido poner pies en polvorosa.

-Uy, no, señor, más quisiera usted.

-No te excedas. ¿A qué viene este trasiego de maletas?

-Siempre es mejor que venga gente a que se vaya, ¿no?

Menos cuando hay que comer

ternera fina, que... -Lolita, termina. ¿Quién viene?

-Estará al caer.

(Pasos)

-Celia...

Bienvenida a casa.

El corazón me va a estallar.

Perdóname.

Perdóname por todo el mal que te he hecho.

A partir de ahora, seré tu más atento servidor.

Como cuando nos casamos.

Todo irá bien entre nosotros.

Te lo prometo.

Tu regreso me ha hecho el hombre más feliz del mundo.

Yo haré de ti la felicidad en persona.

Pero no te separes de mí nunca más.

Nunca. ¿Me lo prometes?

¡Ah!

(RESPIRA AGITADO)

(LLORA)

¿Quieres dejar de darle a la zambomba? Llevas ya media hora

dale que dale. Si lo tienes más pulido

que un espejo.

¿Y usted qué? ¿A qué viene tanto cálculo

y tanto boceto?

-Estamos inventado.

-¿El qué? -Es secreto.

-Jefe, vamos a decirle algo.

O nunca nos vamos a hacer famosos.

-Bueno, está bien.

A ver, te voy a dar una pista.

Esto es un invento.

Tal invento que va a dejar boquiabierta a toda la parroquia

de Acacias. Qué digo parroquia, a España,

al mundo entero... y parte del extranjero.

-Eso no son pistas. Cualquier invento maravilla.

-No, este sobrecogerá. -Porque facilita en grado sumo

la vida de los usuarios.

-Templa, templa, Martín.

A ver si te van a escuchar,

nos copian el artilugio

y nos quiten las mieles del éxito y los miles de pesetas

por la patente. -No sé,

yo ya he escuchado que esto se estila en otras ciudades.

-¡Chis! ¡Ni mu! -Ya me enteraré,

en Acacias no hay secretos.

"Agur".

-Las clases subalternas nunca han entendido

de ciencia y tecnología. -¿Ha hecho ya el dibujo?

-Sí.

Ahí lo tienes.

Con este artilugio, vamos a subir desde el bajo hasta el altillo

en menos de lo que canta un gallo y sin sudar.

Me lo figuraba, un sistema de poleas, como en los pozos.

-No, pero mucho más mejorado por el menda lerenda.

Está inspirado en un artefacto del Ejército.

-¿Para subir tropas al fortín? -No, para bajar sacos

a la cocina. El principio es el mismo.

-Entenderá que no es lo mismo un saco que una persona.

-Más o menos es lo mismo. -No, si falla el invento

y se cae un saco, aquí paz y después gloria.

Pero como se nos caiga una persona ya nos podemos dar por encerrados.

-Si estás aquí para poner pegas, apaga y vámonos.

Aquí estamos para inventar. ¿No querías un dibujo?

Toma, tu dibujito.

Eso sí, si en vez de aportar, pones pegas,

se acabó esto. ¿Más preguntas? ¿O nos ponemos a trabajar

en el artilugio?

-No, a trabajar. -Venga.

Teresa, te presento al profesor Odón de Bueno, naturalista.

Profesor, Teresa Sierra,

mi prometida y presidenta de la junta del patronato.

-Un placer, señorita.

-El gusto es mío, profesor.

Fernando me ha hablado mucho de usted.

¿Es cierto que milita en las filas de la masonería?

Sí, cierto es.

Espero que eso no le moleste.

Solo buscamos el perfeccionamiento moral

de la humanidad y la libertad de expresión.

Si se trata de eso, no puedo estar en desacuerdo.

Es usted una jovencita inteligente.

Me he permitido traerle uno de mis libros.

"El tratado elemental de zoología". Un regalo

por haber accedido a hablar conmigo.

Y lo acepto gustosa, pero no como contrapartida.

Me servirá para volver a tomar contacto

con la ciencia, materia que tenía olvidada

como consecuencia de... algunos avatares.

-¿Por qué no nos sentamos hablar? -Perfecto.

Como ya te había comentado, querida,

el profesor necesita las instalaciones del colegio

para impartir sus clases.

Y yo estoy dispuesta a acogerle.

-Agradezco su confianza ciega.

Pero quiero que conozca todas mis circunstancias,

y solo entonces

tome una decisión.

El profesor ha tenido algunos problemas, digamos,

con los poderes fácticos.

-Seamos claros. Con la Iglesia hemos topado.

Sí, verá, yo tengo ganada mi cátedra

en la Universidad de Barcelona; allí impartía mis clases.

Pero la Iglesia ha incluido este libro

en su índice de libros prohibidos

y he sido separado de mi cátedra.

¿Por qué motivo es pecaminoso su libro?

Porque defiendo la teoría de la evolución de Darwin.

Ya sabe, el hombre no es el rey del mundo

y somos animales, nada más.

También ha influido, como comentábamos,

que no haya ocultado mi pertenencia

a la masonería.

Si ya no es catedrático, ¿para qué necesita nuestras aulas?

La Iglesia puede prohibir mi libro,

pero no que yo siga ejerciendo mi derecho a la docencia.

Si me lo permite, reuniría a mis más prometedores alumnos.

A cambio, podría dar clases a sus muchachos.

No está usted obligado a hacer nada a cambio.

Pero permitirle dar clases en el colegio, compréndalo,

sería enfrentarnos a la Iglesia,

que ha sido parte activa en nuestro progreso.

Sí, sí, sí.

Lo comprendo perfectamente.

Pero tenía que intentarlo, ¿verdad?

Yo no he dicho que no, profesor.

Vamos a hacer una cosa.

Me leeré su libro.

Si me gusta, plantearé su caso en la junta del patronato.

Bueno, no puedo pedir más.

Solo con su interés por leer mi obra ya me satisface.

Espero que finalmente podamos trabajar juntos.

Estoy seguro de que nos llevaríamos bien.

-¿Le parece, profesor, si tomamos algo

y seguimos charlando de su obra?

-¿Le pregunta usted a un profesor si quiere tener un auditorio?

(RÍE) (RÍE)

(SUSPIRA)

-(SUSPIRA)

¿Quieres estarte quieta ya? -No, no puedo.

¿Tú a un tartamudo

le pides que no lo sea? Yo soy nerviosa, no lo puedo evitar.

¿Para qué nos habrá citado ese asesino?

-No es ningún asesino, todavía no ha matado a nadie.

-En las colonias, quizá se cuenten por docenas.

Y lo tiquismiquis que es

con ese de su maldito "lord"... -Hazle caso,

serénate y aguardemos acontecimientos.

-Se estarán preguntando ustedes el motivo de mi convocatoria.

-Espero que no sea retarnos a duelo a los tres.

No se bromea con esas cosas, señora.

-No era broma.

-Creo que es imprescindible

que conozcan mi situación anímica tras el duelo,

para que no se llamen a engaño.

Pensé que lo del duelo era agua pasada.

-No, si ya te digo... -Ese es uno de los aspectos

que quiero tratar.

Propongo que sentemos las bases de nuestra convivencia

y que sepan ustedes a qué atenerse. -Me parece acertado

que cada uno esté en su sitio

y que todos sepamos cómo comportarnos

con respecto a usted. -Exacto, señora.

Quiero dejar clara una cosa.

Que haya disparado al aire

perdonando la vida de mi ofensor, no significa

que me dé por satisfecho. -¿Y qué más quiere?

¿Nuestros higadillos?

-Mi hija dejó claro que su honor no estaba mancillado;

Liberto no era su pretendiente.

pero ¿y el mío? ¿Y mi honor, mi gran tesoro?

Ese no ha sido resarcido.

Él me insultó besando en público a la viuda de Hidalgo.

-¡No, no es cierto!

-Lo vi con mis propios ojos. -No...

Nos besamos, sí, pero yo... fui la que tomó la iniciativa.

No se puede culpar a Liberto. Yo soy la culpable del beso.

-No es cierto. -Sí, soy la culpable del beso

y de que se imaginara una relación conmigo.

Yo siempre he querido a Liberto, yo le besé.

¡Soy la "ofensera", señor Valverde! ¡Señor Arturo!

Bueno, como sea que haya que llamarle.

¡Haga usted de mí lo que quiera, lo que le venga en gana!

-Descuide,

no zanjaré con usted la cuestión de manera violenta.

-Ave María purísima.

-Pero sí quiero dejar clara una cosa.

Usted ya no es nada para mí,

solo mi casera.

-Porque hay contrato; si no, ni eso.

-He pensado en marcharme, pero estoy harto de traslados.

Permaneceré aquí al menos un tiempo. Compartiremos vergüenza,

señora y caballerete.

-Yo,...

con todo mi corazón, le pido disculpas

en nombre de estos dos calenturientos y obscenos,

pero de compartir vergüenza, nada.

Creo que deberíamos comprometernos a mantener en secreto

todo este asunto. Nadie sabrá que usted ha sido ofendido.

-Lo sabré yo, señora. -Pero cuando no las sabe

el prójimo, son menos vergüenzas.

La gente verá que entre ustedes

no hay más que una relación comercial

y que Liberto y Elvira han dejado de aparecer juntos.

Todo el mundo lo verá de lo más normal.

-La memoria del bulbo es eterna.

No me convence mucho su razonamiento,

doña Susana.

-¿Le parecería mejor a usted

que estos dos desaparecieran por un tiempo?

Seguro que el trago se le hace más liviano

si deja de verlos y de saber de ellos

durante una temporadita.

-Pero, a ver, Susana, ¿qué estás intentando proponer?

-Que os vayáis de viaje y que nos dejéis en paz

a todos.

-¿Pretende que viajemos juntos? ¿Usted?

-Juntos, separados o en grupo, allá vosotros con vuestros pecados.

Veros por el barrio aireando vuestro amor libidinoso

y pueril, a partes iguales,

me asquea. -No es amor pueril,

es amor verdadero.

-Con una mujer que podría ser tu santa madre.

Es antinatura, hombre. -No quiero seguir presenciando

este desnudo impúdico de sus sentimientos.

Les ruego moderación. -¡Habló!

El que saca sus armas a pasear por un "quítame ya esas pajas".

No es buen momento, tengo asuntos pendientes.

Mi hija y mi yerno podrían volver.

-Yo tampoco creo que debamos escondernos,

pero delego mi decisión en Rosina.

-No creo que sus hijos aparezcan de inmediato.

Se habrán escondido lejos para que no den con ellos.

Creo que es buena idea

que desaparezcan ustedes.

-Y ese deseo es una orden, Rosina.

A no ser que queráis que a don Arturo se le alce la ceja

de nuevo y se ponga a repartir pistolas.

Rosina...

Cayetana, ¿estás en casa?

Perdón, voy a mi cuarto. No, Teresa, por favor.

Saluda a nuestra invitada.

Lo siento,

pero prefiero retirarme.

Estás equivocada con respecto a Úrsula.

Ahora hablábamos de eso. ¿Y qué decíais?

Úrsula ha venido a interesarse por mi salud

y también por la de Fabiana.

Pero, además, ha venido a disculparse

por su anterior comportamiento en el patronato. Siéntate.

Explíqueselo, Úrsula.

Nada hay que explicar.

Sé lo que doña Úrsula ha hecho y deshecho

estos últimos tiempos. Por eso no cansaré sus oídos

con más relatos. Me limitaré a pedirle disculpas

por todo lo acontecido

mientras doña Cayetana estaba enferma.

¿Lo ves, Teresa?

Mis errores no fueron por mala fe,

todo lo contrario, pero los cometí

y lo reconozco.

No debí enfrentarme a usted,

puesto que representaba la voluntad de doña Cayetana.

Me equivoqué.

¿Y qué piensa hacer usted con sus votos

La señorita Teresa puede contar con ellos

y disponer de ellos como si fueran suyos.

¿De veras?

Precisamente, tenía intención de presentar a la junta

una propuesta novedosa.

Me gustaría conocer desde este momento

cuál es su intención.

Plantéala y lo comprobarás. Se trata de un profesor,

un antiguo catedrático.

Desea nuestras aulas para ejercer la docencia.

Odón de Bueno se llama.

Solicitaré a la junta que le permitamos

dar clases en nuestro colegio. Siempre ha estado abierto

a todo aquel que quiera extender la cultura y el conocimiento.

Algo tan simple no creo que dé lugar a una negativa

por parte de Úrsula. Dejemos que hable ella.

Prestar una tribuna a don Odón

podría indisponernos con la Iglesia. He oído hablar de ese profesor.

Al parecer, cree que Dios no intervino en nuestra creación

y que el hombre proviene del mono.

(RÍE) No, no...

no estoy muy de acuerdo, sinceramente.

Ya la has oído, Cayetana. No siempre utilizará sus votos

a nuestro favor. Sin embargo,

sea.

Votaré a favor

de prestar nuestro colegio a ese profesor.

Eso es.

Así me gusta, que haya concordia entre las tres.

Si me disculpa, tengo asuntos que atender.

Ha sido un placer, doña Cayetana.

Una merienda muy apetitosa. Gracias, Úrsula.

No, no hace falta que me acompañe. Conozco el camino.

No me gusta esa mujer. Y mucho menos ver cómo estás

a partir un piñón con ella. Hay que ver más allá

de nuestros gustos y fobias.

Representa varias familias

dentro del patronato. Sus votos son imprescindibles.

Aun así, es una mujer intrigante. No se puede contar con su lealtad

y coherencia. Yo me encargaré

de atarla en corto.

Esa será mi labor dentro del patronato,

conseguir los votos necesarios

para que tú te puedas dedicar a educar a los niños...

y a tus planes de boda.

¿Te ha molestado la referencia a la boda?

No, claro que no.

Pues no lo parece. Ni que hubiera mentado el cadalso.

Son imaginaciones tuyas. Ya.

Yo, por si acaso, voy a darte mi opinión,

por si te es de utilidad.

Espero que esa actitud tuya sobre el próximo enlace

no tenga que ver con los anteriores sentimientos que tenías

por el inspector San Emeterio.

Ya sabes que ese policía no te conviene.

Porque lo sabes, ¿verdad?

¿Quién nos diría que íbamos a terminar así?

¿Cómo?

Que somos patéticos, Mauro.

Aquí, bebiendo para olvidar nuestras penas.

Dos cataplasmas sin remedio.

Las mujeres, amigo. Ni con ellas ni sin ellas.

Lo de "con ellas" deberíamos probarlo algún día.

Ahora, que si es por beber,

bebamos como si fuera el último día. Alce su copa.

¿Un brindis?

Brindo...

Brindo...

Lo siento, proponga usted el brindis, porque no...

Da igual. ¿Para qué brindar?

El futuro es negro y esquivo

sin ellas.

Bebamos entonces con la única intención de no pensar.

Sea.

Víctor,

otra ronda, por favor. Por supuesto.

Bebían whisky, ¿verdad?

Tiene usted razón.

En lo del futuro, digo.

El mío sin Teresa es como un erial.

Todo lo que hacía, todo lo que pensaba...

Mi vida entera estaba dedicada a ayudarla, a protegerla.

¿Y ahora para qué seguir...

si no hay un rumbo?

Te entiendo perfectamente.

Para mí, Celia era como una brújula.

Para qué seguir, ¿eh?

Luchar, ¿para qué?

Nada tiene sentido si ella no está conmigo.

Bueno, amigo, aún no ha perdido la esperanza del todo.

Celia podría volver si su suegra no considera la nulidad

de su matrimonio. Verá...

Ayer recibí una carta del Tribunal Eclesiástico.

Suspenden todos mis derechos sobre mi esposa.

Da igual,

¿para qué hablar?

Tendremos que buscar algo para seguir con nuestras vidas.

Del Valle me ha propuesto para un ascenso para comisario.

Vaya, es una buena noticia.

Aún no he aceptado.

¿Y a qué espera? Es lo mejor que le podría pasar.

Usted es un policía vocacional.

Ese ascenso le ayudará a saciar su afán de justicia,

por no hablar de que le ayudará

a olvidarse de Teresa. Ahí puede que lleve razón.

Con total seguridad, amigo.

Alcemos nuestras copas.

¿No decía

que no tenía nada por qué brincar?

Por el flamante comisario.

No me pregunte por qué,

pero ese no es el gesto de la María Luisa

que yo me estaba esperando.

A ver, ¿qué he hecho mal ahora? -No seas tonto, no has hecho nada,

que yo sepa, pero si me ves un poco huraña,

es porque no me hace gracia ver a don Felipe bebiendo a trochimoche,

como si se hubiese olvidado de doña Celia.

-Pero qué bobita eres.

Eres la más bonita del barrio, pero qué poquito nos conocéis.

-Más de lo que tú te crees. -No en este caso.

Resulta que Felipe y San Emeterio están ahogando sus penas.

Se sienten culpables y solos, por eso empinan el codo

que da gusto.

Víctor, dime que tú y yo nos vamos a pasar por una situación igual.

Dímelo. -Elvira, todavía no soy adivino.

Pero voy a hacer todo lo que esté en mi mano

para no separarnos nunca.

¿Quieres una prueba?

¿Seguro? -(RÍE)

Para ti,

maría Luisa de mi vida.

-Eres el novio más rumboso.

-Pensaba entregártelo con solemnidad.

Ya que estás aquí, ¿para qué nos vamos a esperar?

-Tiene un buqué maravilloso.

-Me alegro de que te guste.

Así también me ayudas a tener un poco de valor

para pedirte perdón.

-No, si ya sabía yo que algo habías hecho.

-Pero nada malo.

Si te has sentido algo abandonada, no ha sido por nada

que debiera ocultarte. Ha sido una cuestión de honor.

-¿Ese es el secreto que no podías contarme?

-Exacto. Debes saber que no ha sido por algo inconfesable.

Ha sido por ayudar a un amigo, pero este amigo ya respira tranquilo.

Al final todo ha acabado bien.

¿Me perdonas mi mutismo durante estos últimos días?

-¡Claro que te perdono!

Te has gastado el dinero para nada. -Bien gastado está,

me he llevado este beso

de refilón.

-Buenos días. ¿Cómo estás, María Luisa?

-Bien. -¿Te importa dejarme a solas

con Víctor?

Debo hablar con él. -Ay, esos secretitos.

Quedaos, quedaos a solas, que a mí no me importa.

Yo voy a poner las flores en agua. -Muy bien.

Gracias.

-Por fin te dejas ver.

He estado ayudando a don Felipe a publicar el indulto de Pablo

en la prensa extranjera. Amén de que mi relación con mi tía

y el coronel es un tanto hostil

como para andar tomando cafés. -Cierto es.

Pero ¿es de eso

de lo que querías hablarme? -No.

El asunto que me trae es otro.

Quería agradecerte que me acompañaras en tan duro trago como es un duelo.

-Yo solo agradezco que el coronel disparara al aire.

A mí me temblaba hasta el alma, amigo.

Cuéntame, ¿cuáles van a ser tus planes ahora?

-Mi meta ahora es afianzar mi relación con Rosina.

Pero quiero hacerlo bien, no quiero molestar a nadie.

-Son molestar al coronel. -Por respeto al coronel

y por respeto también a doña Rosina. No quiero esconderme más.

Quiero que se sepa que amo a esa mujer,

que vamos en serio.

-Me parece bien. No es moco de pavo

enamorarse de una viuda entrada en años.

Vas a escuchar muchos improperios. Pero ¿sabes qué te digo?

Hay que darle una oportunidad al amor.

-Me gustaría poder gritarlo

a los cuatro vientos -¡Ole!

-Y a mí el mío por María Luisa. Ya tendremos tiempo

de gritar. -Habrá que brindar, ¿no?

-Te voy a poner una copita

que se te van a caer los palos del sombrero.

Profesor, le agradezco que haya acudido tan presto.

Acudiría aunque me llamara desde las mismísimas antípodas.

Nunca le pediría tanto.

¿Nos sentamos?

Les agradezco que hayan acudido con tanta premura.

Tengo buenas noticias.

¿Podré dar clases en el colegio?

He hablado con una persona de mucha influencia

en el patronato. Me ha garantizado su apoyo.

Profesor, tiene esa tribuna

que tanto deseaba. -¿Úrsula le ha prometido su apoyo

para que un libre pensador imparta doctrina allí?

Así es. Digamos que no es santo de su devoción,

pero que transige.

Jamás lo hubiera dicho, pero bienvenida sea la noticia.

Tengo un ruego para usted. Diga, si está en mi mano...

He leído algunos capítulos

de su tratado... y estoy francamente impresionada.

Es una interpretación de la naturaleza muy bien fundada

a la par que novedosa.

Me gustaría asistir a sus clases.

¡Cuente con ello!

Soy yo el halagado.

Espero verla en la primera fila durante todo el curso.

¿Cuándo empezamos?

Lo antes posible, déjeme que haga algunos arreglos.

En sus manos quedo.

Espero volver a verla pronto.

Así será.

-Le acompañaré a la salida. -Por cierto, que no se lo he dicho.

Lamento que no se decidiera usted a comprar los terrenos.

Sus administradores me lo han comentado.

-Problemas de última hora, profesor. -Nada, tan amigos.

¿Qué era eso de los terrenos? No tiene importancia,

una operación fallida.

No me vengas con evasivas. ¿Tienes negocios con De Bueno?

No, tanto como negocios no.

Además, la operación no se ha realizado.

¿No puedes ser más explícito?

Había empezado a negociar con el profesor

la compra de unos terrenos de su familia.

¿Vas a entrar ahora en el negocio inmobiliario?

Quería construir una casa, sí, pero no para especular.

Mi sueño era que viviéramos en ella tú y yo.

Fernando, yo... No, no digas nada.

No es necesario.

Tenemos que discutir

acerca de nuestro futuro y aclararnos.

Por eso he cancelado la compra.

No te sientas presionada.

Gracias.

¿Quién da la vez? -¿Cómo?

¿Ves a alguien más? A ver si vas a ser

como mi tío Emeterio, que preguntaba por preguntar

hasta que el cartero le cortó la lengua.

-Era por hablar. -¿Sí?

Eso lo hacía mi tía Matilde, que... -Para, cuéntame cómo está tu patrón.

-Pues está, sin más.

-Me temo que no muy bien. Acabo de verlo empinando el codo.

Parece que bebe con desesperación.

-Te duele, ¿verdad?

Al final has terminado queriéndole.

-Sé que no está bien y que es un imposible,

pero, sí, le quiero.

Aunque prometo no hacer nada. -Calla, ¿qué me prometes?

Sé que ir en contra de lo que te sale de los higadillos...

pues no se puede pelear. La vida es así, Huertas.

Habéis acabado sufriendo todos.

Tú, don Felipe, doña Celia...

-De saberlo, habría salido de aquí a escape.

-Tampoco tienes tú toda la falta.

El diablo reparte la culpa como quiere.

Satanás ha dispuesto que estén separados.

-En eso no tiene que ver solo el diablo.

Su suegra también pone de su parte.

-Eso dice don Felipe. Y lo entiendo, no digo que no.

Consuelo solo defiende a su hija.

-Seas madre o no, cuanto menos se meta una, mejor.

-A mí me cae muy bien la buena mujer.

Pero algo de razón llevas. Es muy bruta.

Y no debería empeñarse tanto

en echar a don Felipe de la casa. -¿Quiere dejarle sin techo?

-Como lo oyes. Terminaría con el pobre hombre.

Si tuviera que irse, no cabría posibilidad

de volver con doña Celia. ¡Hala, adiós Felipe!

Doña Celia para don Felipe es que es la vida, Huertas.

Y sé lo que me digo. -Mujer, que le quiera, sí,

pero de ahí a que se muera

por su ausencia... -Hazme caso que sí.

Te lo voy a contar desde el principio.

Cuando llegué, don Felipe estaba amarrado

a una silla de ruedas.

Cojo. Vamos, incapaz.

Aparte de lisiado, tenía una desesperación

que no le dejaba ni coger aire.

-¿Cómo se recuperó? -Ahí iba yo, obrera.

Mientras que don Felipe estaba así,

doña Celia estaba recluida en una casa de reposo.

El pobre hombre se dejó la pelleja para curarse lo antes posible

y poder estar con ella. Han pasado lo indecible.

Por eso no se resigna a su pérdida.

-Lo que daría por ser esa esposa y sacarle de esos infiernos.

-No, si al final

acabaré cogiéndote querencia.

-¡No me cargues con todo el peso,

que no soy lelo!

-Suelte, prefiero llevarlo solo a andar discutiendo.

-Eso no será la cesta para ir al mercado,

a no ser que quiera dar pitanza a todo el barrio.

Si cabe una persona.

-¿A ti quién te ha dicho eso, mucama?

-Es un decir, ingeniero. -Bueno,

pues calladita estás más guapa.

¡Arrea arriba,

subalterno, que nos espera la gloria!

-A ver si inventan algo ya o lo dejan estar,

que le van a volver a una majareta.

(Puerta)

No hace falta que entres.

Quédate ahí.

-Pero ¿de qué hablas? ¿Te has vuelto loca?

Encima de que Liberto y yo vamos a hacer tu santa voluntad

y nos vamos a ir de viaje. -No...

No sabía que eras tú. Y no estoy loca.

Aunque no me extrañaría que entre todos

me volvierais.

-¿Esperabas a alguien? -Tampoco.

-Dime, ¿qué se te ofrece?

-La verdad es que venía a disculparme,

pero me lo estás poniendo muy difícil.

-Acabemos de una vez, es tarde y me voy a casa.

-Perdóname; por el mal trago

que te he hecho pasar con el duelo y las demás circunstancias.

Si para eso es requisito

que yo me disculpe a mi vez, no pienso.

No me arrepiento de nada de lo que te dije.

Y, desde luego,

no olvidaré nunca que has puesto en peligro de muerte a mi sobrino.

-Nos queremos. -Pamplinas.

Lo que tienes es... una calentura

impropia de tus años. -¡Y dale con los años!

Si tú decidiste enterrarte en vida con la muerte de tu esposo,

con tu pan te lo comas, pero yo me siento joven y libre

de amar a quien quiera. -Eres una insensata.

Serás el hazmerreír del barrio

otra vez. -¡Me importa un ardite!

Pero no pleiteemos, Susana.

Mira, quiero que sigamos siendo amigas.

¿Hay alguna posibilidad?

-Sea.

Pero siempre que Liberto y tú os comportéis como Dios manda.

-Te lo prometo, y no porque tú me lo pidas,

sino porque no quiero

que le pase nada por mi culpa.

Yo le quiero bien.

Sí, te guste oírlo o no.

-Hala, ya que está todo dicho,

hasta mañana. Que ha sido un día largo.

-Créeme, quiero a Liberto.

Le adoro. -Que sí, que sí,

que con vuestro pan os lo comáis.

No me lo restriegues más, que me escuece.

Ya hablaremos, ¿eh? Hala.

(SUSPIRA) Dios mío.

(Puerta)

Adelante.

No hace falta que entres.

Quédate ahí.

-No entiendo, ha sido usted la que me ha hecho llamar.

Creí que querría decirme algo.

Algo importante.

(RESOPLA)

¿Qué hace aquí? ¿Cómo ha entrado?

Ociosas preguntas. Sabe que me conozco la casa

al dedillo. No intente atemorizarme,

porque no me impresiona, y mucho menos la temo.

Pues dejemos de hablar de ello

y centrémonos en nuestra supervivencia.

Está absolutamente siniestra esta noche.

Nuestra supervivencia no está en duda.

Ah, ¿no?

¿Acaso se ha parado a pensar en los flecos sueltos?

(SUSPIRA) No sé de qué habla.

Nuestro entendimiento se basa en que yo sé mucho de usted

y usted mucho de mí.

Eso garantiza el equilibrio.

Pero ese equilibrio será inestable

si permitimos que una tercera persona,

que lo sabe todo, o casi, de nosotras

siga pululando por el barrio.

Se refiere a Fabiana. Aleluya.

Veo que no ha perdido sus reflejos.

Perfecto.

Fabiana sabe lo suficiente de nosotras dos

como para dar al traste con nuestros planes

e incluso llevarnos ante la justicia. Tiene miedo

de que hable sobre lo que pasó en el hospital.

Y usted de que hable de su verdadera relación.

Pero no se me amilane,

que tengo el remedio.

¿Se acuerda cuando me pidió una prueba de lealtad

que implicaba a sor Ascensión?

Sí, ya se lo agradecí a usted.

Pero no suficiente.

Necesito sentirme segura en Acacias.

No puedo permitir que nadie sepa mis secretos,

nuestros secretos.

Quiero que haga... que Fabiana... deje de ser un peligro.

¿Qué diablos quiere que haga?

¡Venga, Martín, tira de la cuerda!

¡Por las barbas de San Cucufato!

Pero ¡si funciona! -Este invento

va fetén. -¡Rico, me voy a hacer!

Lo van a poner todas las casas de más de dos plantas.

-Debemos llegar a un acuerdo. -¿Qué pretendes?

-Mi petición es muy sencilla.

Algo que no podrá negarme.

-Te escucho. Antes de marcharme de mi casa,

quiero hablar con mi esposa.

Es lo único que pido. -"Me he enterado de que el embajador"

necesita un mayordomo docto en idiomas.

-¿Quiere que me ponga a su servicio? -Solo por unos días.

El embajador recibirá visitas importantes

y necesita personal cualificado.

Me gustaría hacerle ese favor. -No puedo dejar sola

a la señorita Elvira. -¿Cómo dice?

Últimamente, noto mucha distancia entre nosotras.

¿Por qué no me dices qué es lo que te atormenta?

¿Cuáles son las cuitas que tienes conmigo?

Debo terminar de preparar la cena. Ya hablaremos en otro momento.

A fin de cuentas, es un asunto baladí.

No, tiene que ser ahora. ¿Por qué no me dices

lo que está en tu mente? Y no mientas.

-"Me angustia este paripé".

-Yo también estoy cansado de esconderme.

Ya hemos pasado por esto

y no quiero repetir. -¿Y qué podemos hacer?

No sería mala idea que hiciéramos lo acordado:

escaparnos unos días al campo.

Se acabó el arroz, Cayetana.

¿No es a eso a lo que has venido?

Y tú y yo lo sabemos.

-"Eso es la garantía"

de que nadie le pondrá trabas en sus investigaciones.

Sé muy bien la gran oportunidad que se abre.

Prométame... que no va a permitir que esa despreciable asesina escape

sin que su perversidad

sea castigada.

No se lo prometo, se lo juro.

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  • Capítulo 457

Acacias 38 - Capítulo 457

17 feb 2017

Felipe se entera de que el Tribunal Eclesiástico ha suspendido temporalmente sus derechos sobre Celia. Además, Consuelo deja a Felipe en la estacada: el juez ha determinado que debe abandonar la casa. Simón no se despega de Elvira y la protege de su padre. El mayordomo no se acaba de creer la reacción de Arturo, quien se muestra más suave. Susana le da dinero a Simón para que se marche, pero él no acepta. Úrsula se muestra dispuesta a apoyar a Teresa en la Junta y aprueba la propuesta de Odón de Buen, el profesor recién llegado. Teresa no está conforme y cuestiona a Cayetana por su relación con Úrsula, pero Cayetana argumenta que es lo que les conviene.

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