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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1016 - ver ahora
Transcripción completa

Poco después de realizarlas,

mi hermano desapareció,

pero en esta ocasión había algo con lo que no contaba:

con que mi hermano me hubiera entregado los negativos

Y tú le descubriste su error extorsionándole con ellas.

Y no dejaré de hacerlo hasta que logre arruinarle la vida.

Voy a hacer que nuestro noviazgo salga a la luz.

-Don Ramón la ama.

-Pero no sé si a mí o a quien le recuerdo,

pero ¿por qué me tengo que parecer a su difunta esposa?

-Ahí está Cesáreo, Camino. ¿No quieres bailar con él?

Si te apetece, hazlo, es un buen hombre.

Cuando anochezca, le aguardo en el callejón.

Allí estaré.

-Acepte nuestras disculpas y... háblenos de una santa vez.

(NO PUEDE HABLAR)

-Creo que se ha quedao mudo de verdad.

-Me estoy muriendo.

-Si lo que buscas

es una copia de tu pobre esposa,

quizá sea mejor que no nos veamos más.

-"Ardo en deseos de poder"

gritar nuestro amor.

(Pasos)

Descuide.

Ese momento ya ha llegado.

Vas a entregarme los negativos y te vas a marchar de esta ciudad.

Me pides demasiado: renunciar a mi seguro de vida.

Suponía que esa sería tu respuesta.

Lo siento.

Yo también.

(TOSE)

¿Cómo has podido?

(TOSE)

No me has dejado otra opción.

Lo siento mucho, Marlene, de veras.

(TOSE)

Perdóname.

Perdóname.

Tenía que hacerlo, era lo mejor para todos,

también para ti.

(Sintonía de "Acacias 38")

Incorpórese un poco, aquí, muy bien.

¿Está cómoda? Sí, gracias.

-Señá Agustina, ya está to arreglao.

-¿Qué ha dicho? -¿Qué va a decir?

Que lo importante es que usted se mejore, que se ponga buena,

que a él no le preocupa tener la casa

menos recogía un par de días.

-Es buen hombre, don Felipe.

Si la cosa fuera para largo, Dios no lo quiera,

¿podrías encargarte de hacerle tú la limpieza?

Pues...

yo lo haría encantada, pero no creo que a mi señora

le vaya a hacer gracia.

Hace na estaba ayudando en casa de doña Genoveva,

así que estos días me va a sacar el cuajo.

En último término, yo sacaré un poco de tiempo del restaurante

y me encargaré de la limpieza de la casa de don Felipe

y de sus cosas también. ¿Tú podrás sustituirme aquí?

Estamos en las mismas, Úrsula.

Pero no se preocupen,

que ya me inventaré algo.

-No, no, de eso nada,

no quiero que por mí te pongas a malas con tu señora, no, ni hablar.

-Pero señá Agustina, ya ha escuchao uste a la Úrsula.

Ella tampoco pue quedarse aquí to el día.

No nos preocupemos, ya encontraremos una solución.

Lo primero es decirle a don Felipe

que busque a otra. -Hale,

usted animando. -No vamos a esconder la cabeza

como el avestruz.

-Pero señá Agustina, usted nos dijo que no era más que cansancio.

Pues entonces, descansa un par de días

y aluego, compuesta, a dejar la casa de don Felipe

como los chorros del oro. -Así será, sí, Casilda.

Dios te oiga, muchacha.

-Pues na, luego me paso a verla,

si mi señora o el tiempo no me lo impiden.

Buenas noches.

Buenas noches.

-Es una buena muchacha.

Muy dispuesta.

Agustina, ha de tener entereza.

Cuénteme,...

¿qué más le dijo el médico?

Nada más.

Lo que ya le he contado antes.

¿Fue claro con el tratamiento?

Tajante.

No existe tratamiento, no hay curación.

Y entonces, ¿cómo... evolucionará?

Deprisa, más deprisa de lo normal, incluso.

La sangre se me agua como caldo de pobres.

Pero...

Pero algo habrá para que tenga usted mejor vida,

para que no esté aquí postrada en una cama, desvalida.

Lo único que me aliviaría mis últimos días

sería irme a un sanatorio.

Al menos, no les causaría a ustedes extorsión,

pero cuestan un dineral.

Es admirable lo lúcida

y serena que está usted.

Puede que me arrepienta de decirlo,

pero ojalá me dure la lucidez y la serenidad.

No quiero que las compañeras noten nada

hasta el final.

Pero ¿por qué dice eso? Ya ha visto a Casilda,

todas se desvivirán por ayudarla, por consolarla.

No quiero consuelos,

ni compasiones,

ni tampoco que dejen ustedes de hacer vida normal

por atenderme.

Difícil será ocultarlo.

Si usted no dice nada, no tienen por qué enterarse.

Como usted diga.

Seguiremos diciendo

que es cansancio, vejez,

achaques,...

¿de acuerdo?

De acuerdo.

¿Le parece que recemos?

No estará de más.

Mi rosario está...

en la mesilla de noche.

Tenga.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Dios te salve, María, llena eres de gracia...

-Madre mía, la que está cayendo.

-Buena ronda entonces, ¿no? -Muy tranquila.

El relevo ha venido tan temprano,

que hasta me ha dado tiempo a quitarme el uniforme.

No disfrutaba de tanta paz en el barrio donde servía anteriormente.

-Era duro, ¿no?

-Como el pedernal.

El día que no tenía que enfrentarme a un maromo borracho

que le había zurrado a la parienta,

tenía que separar a los contendientes de una pelea,

o buscar a un chaval que se había pirao de casa.

-Sí, alzan mucho la mano los hombres por esta tierra.

-Sí, pero se acobardan a escape

cuando se tienen que enfrentar a la autoridad.

-Caballeros, la cuenta que me habían pedido.

-Yo también me voy, don Ramón, que tengo los pies como dos cojines.

A ver si hace usted por animar a don Ramón, que lo veo de capa caída.

Con Dios. -Con Dios.

(BOSTEZA)

-Pero ¿todavía no has acabado la infusión?

Date prisa, por favor te pido.

Si estoy que no me tengo, me está llamando la cama.

Lo has hecho muy bien antes.

Por esas cosas que me obligas a hacer,

llegadas a estas horas, ni las piernas me sujetan.

Tú y tus enjuagues acabáis agotando a cualquiera.

Qué exagerada eres, para una cosa que te pido.

Uy, una, dice. Una detrás de otra.

Y lo de hoy eran palabras mayores,

que se trataba de que servidora liara a una señora.

Pues cualquiera diría que lo haces día sí, día también.

Además, que Felicia no ha notado nada.

¿Cómo has conseguido que fuera al callejón?

Porque tuve suerte. Justo me preguntó por Emilio

y le dije que se había ido hacia allí.

Y allí estábamos. Bien acaramelaos, ¿no?

De eso se trataba, de que nos viera besándonos.

Ahora ya sabe que estamos liados, no hay vuelta atrás.

¿Y si Emilio se entera de que estás enredando a sus espaldas?

¿Y por qué se va a enterar? Tata, todo va a ir sobre ruedas.

Nadie va a tener tiempo para reflexiones.

Bueno, eso si doña Felicia traga y no se opone al noviazgo,

porque como las cosas se den mal, doña Felicia, y también su hijo,

empezarán a darle al caletre y saldrás trasquilada.

Pero eso no va a pasar, y si pasa, no tengo miedo.

Ha sido solo un enredo, como tú dices, con la mejor intención.

Hombre, ya sé que tú no eres mala, ahora, lianta...

Tata, deja de preocuparte, que no tienes por qué.

Le he dado un empujoncito,

que no se atrevía a contarle a su madre lo nuestro.

Me tendría que estar agradecido,

que gracias a mi arrojo, vamos a ser muy felices.

Igual tus padres no lo serán tanto.

Pondrán el grito en el cielo cuando Felicia suelte el pastel,

pero se les pasará, y se van a ir a la Argentina

sin tener que preocuparse por mí. Si tú lo dices.

Que sí, mujer, que sí.

A ver, tienen una mentalidad atrasada,

ellos se sienten responsables,

pero ahora, esa responsabilidad va a pasar a ser de mi novio.

Ah, visto así.

Y así lo verán.

Y mi madre podrá descansar y dejar de buscarme un diplomático.

-Arantxa, el viaje se ha adelantado,

y desde ya tienes que ir preparando el equipaje.

(Trueno)

Y esperemos que la tormenta se vaya bien lejos

y no nos pille embarcados. -Bueno, usted descuide, señora,

que estoy muy acostumbrada a hacer y deshacer maletas.

-Me duele dejarte.

Te imagino en esta casa sola,

tan solita. Sola, sola no me voy a quedar.

¿Qué quieres decir? -No.

Se refiere a mí, señora, a mí, que no me voy a despegar de ella,

como cola de pescao.

-Cuídamela, Arantxa. -Como oro en paño.

-Buenas noches. Buenas noches.

-A más ver.

No espere más, que Carmen no va a salir hasta que usted se vaya.

-Pero ¿no estaba limpiando?

-Hace rato que terminó ya, sí.

-Ya te has enterado de lo que ha pasado, ¿verdad?

-Ella misma me lo contó nada más reñir ustedes.

-¿Y crees que lleva razón?

-Desde luego, si usted está tratando de convertirla en doña Trini,

algo de razón lleva.

-Yo no trato de convertirla en nada.

-Usted sabrá, pero algo de eso hay,

y yo no le culpo, que doña Trini

ha dejao un hueco bien grande y bien difícil de llenar,

pero nadie se merece que se le trate de segundo plato.

-Es que eso me ofende.

Yo quiero a Carmen, la quiero como es.

-Y yo le creo,... pero...

Mire,... cuénteselo a la susodicha así,

como me lo está contando a mí. Carmen sabrá decirle

porqué piensa lo que piensa.

-Le he hecho mucho daño, ¿verdad? -Toma.

¿Es que a usted no le dolería que alguien quisiera borrarle

y poner en su lugar a otra persona que...?

-Eso no es así.

Está bien. Iré a hablar con ella.

-Muy bien.

La única forma que tie usted de camelársela, es hacerle ver

que la quiere por lo que es y no porque se parezca o no a...

su difunta esposa,

que Dios la tenga en su gloria.

-Voy a verla ahora mismo. -Temple, don Ramón, temple

y deje que las aguas lleguen a su cauce.

Y que se tranquilice un poco. Además,

que no hace na que discutieron.

-Es que me come el ansia.

-Yo hablaré con ella, a ver si la aplaco una miaja.

(Se cierra la puerta)

No se detengan por nada.

Hasta que se deshagan del baúl, ni una palabra a nadie.

Esperen a que les lleguen noticias.

-Uy.

Dejen pasar, señoras, que el baúl pesa lo suyo.

Ya lo vemos.

-¿Se muda usted, Genoveva? No.

No, claro que no.

Con lo bien que estoy en el barrio.

Pues con los posibles de su esposo,

podría vivir usted en un palacete.

Alfredo lo ha insinuado alguna vez, pero ¿qué quieren que les diga?

Cada día les tengo más aprecio a ustedes,

a todos los vecinos, quiero decir.

Y que tiene usted prontos los recuerdos de don Samuel,

que en paz descanse.

No le voy a llevar la contraria.

Sí, en parte también es por la nostalgia.

Si conoceré yo a las viudas.

-Bueno, y si no se muda usted,

¿a qué se debe el traslado de semejante baúl?

Dentro debe caber dentro todo un ajuar.

Qué chispa tiene usted, doña Rosina.

Son solo cuatro cosas, vestidos que ya no me pongo,

zapatos rozados, fruslerías.

Fruslerías, dice,

si yo creo que dentro de ese baúl cabe el guardarropa.

No va usted desencaminada.

Los compromisos de Alfredo me han obligado a renovar el armario,

es estricto con las apariencias.

-Son otra clase.

Los círculos de don Alfredo no toleran el mal gusto

ni la dejadez en el vestir.

Si lo sabré yo, que... -Que eres viuda, sí.

-Viuda de sastre y sastra a la vez.

Sé cómo se las gastan porque durante muchos años

he vestido a la aristocracia.

Me he dado cuenta de su cambio de estilo,

está usted mucho más elegante y circunspecta.

Gracias, doña Susana, para mí es muy importante su opinión.

Supongo que se habrá dado cuenta del esfuerzo que he hecho

por agradar, a mi marido y a sus allegados, sino a ustedes

y a todos los vecinos.

Me alegra que la vida le haya hecho madurar.

A golpes.

La mayoría de las ocasiones es a golpes, la única manera

de corregir nuestros defectos y templar nuestros vicios.

-Pero no hablemos más del pasado,

que a algunas nos recuerda que ya es muy amplio.

Gracias, Rosina,

pero a mí no me importa que me recuerden quién fui.

Lo cierto es que en muchas ocasiones no supe estar

a la altura moral de ustedes. No es fácil.

Y eso me recuerda que quiero pedirles disculpas.

Les ruego me perdonen por mi comportamiento

durante el mercadillo, no debí ausentarme a media tarde.

No se preocupe, suponemos que fue causa mayor.

Para mí, desde luego lo fue.

Ver a todos los vecinos reunidos me trajo el recuerdo de Samuel.

Por eso no quise contraer yo segundas nupcias.

Solo se ama una vez. -Bueno, eso lo dirás tú, querida.

Para enmendar mi comportamiento,

me gustaría invitarles mañana a un ágape en mi casa.

Solo invitaré a los que mi marido no duda en llamar buenos amigos.

A saber.

A ustedes, como no podría ser de otra manera.

Si aceptan mi invitación, la extenderé al resto

de los vecinos eminentes. La aceptamos, claro que aceptamos.

-¿Puedes dejar de hablar por mí, Susana?

Esperaba una respuesta unánime, pero de las dos.

Les agradezco la prontitud en su respuesta.

Los canapés y el champán los encargaré al mejor restaurante,

y los franceses son muy puntillosos con los plazos.

-Ay, Rosina,

¿sabía que aceptarías o no lo sabía?

-Deben ser poderes de viuda, ¿verdad?

Con Dios, Genoveva. -Con Dios.

Con Dios.

-"Querida Carmen:

he estado pensando en lo que me dijiste,

tu temor que no te quisiera por ti misma, y yo quiero...".

(Se abre una puerta)

-Ya estamos aquí. -Hijos.

-Ahí va.

No se levante, suegro, que no somos de tanta ceremonia.

-¿Qué tal el viaje?

-Uh.

Nos ha salío to a pedir de boca.

Yo no había visto tanto campo junto desde que salí de Cabrahígo.

Venga campo, tos seguíos.

-Os va a parecer una ñoñería,

pero me alegro de que estéis de vuelta en casa.

-Yo me hubiera quedado unos más,

pero a su nuera le entraron las prisas por volver.

-No podía dejar por más tiempo la mantequería.

-¿Y por aquí qué? ¿Qué tal?

-Bien, sin novedad. -La carta, despistao,

que tienes menos memoria que un pez.

-Cierto, me la ha dado el portero.

-Vaya, según el matasellos, la echaron hace ya un montón de días.

-La dejaron en casa de otro vecino, que estaba de viaje,

y hasta que no ha vuelto el hombre,

no se ha dao cuenta que no era suya. -Es de París.

-Sí, sí, ya lo sé.

-Y por la letra, tiene pinta de ser de María Luisa.

-No podías aguantarte que le has echao un ojo en la escalera.

-Que viene.

-Qué alegría, suegro, ¿quién viene, tos?

-No, no, no, no, solo Milagros,

que va a venir por las vacaciones.

-Qué maravilla, mi hermanita otra vez en casa.

-Mi cuñadilla.

Pues habrá que prepararlo to pa que se sienta bien recibía.

-Será difícil, porque llega esta tarde.

-¿Tan pronto? -María Luisa siempre deja las cosas

para el último momento. -No ha sido intencionado,

la carta se echó con su debido tiempo.

Lolita, tienes que preparar la habitación

y que no falte de nada: ni jabones, ni peines, ni...

-Tranquilo, suegro, tranquilo,

que ya verá como su hija va a estar bien recibía y muy a gusto.

Yo me pongo con la alcoba.

-Gracias, hija.

Antonio, yo no sé si ahora es el mejor momento.

-Pero ¿cómo que no? Si se moría de ganas

de ver a mi hermana y estar con ella bajo el mismo techo.

-La prueba es que le escribí a María Luisa diciéndole

viniera por vacaciones, pero... -Son los nervios por la sorpresa.

Seguro que en cuanto venga, se le cae la baba, como si lo viera.

-Voy a comprarle algo, porque sé que a las jovencitas

les hace ilusión alguna sorpresa.

-Pero dese prisa en escogerlo que está al caer.

-Sí, ya voy.

-Corra, padre. -Ya voy, hijo.

-Ay, mi hermanita.

-Buenos días nos dé Dios,

porque vaya nochecita nos ha dao con tanta lluvia.

-(AFÓNICO)

¿Qué? Sigue usted con la payasá de no hablar, ¿no?

O me da los buenos días en cristiano

o le anoto en mi lista de maleducaos y partimos peras.

-(AFÓNICO)

-Que no, que no le entiendo, que se pue tirar uste to el día

ahí moviendo los brazos, que no le entiendo.

-(AFÓNICO)

-Dice que tienes razones pa no hablar.

-Anda, mira qué bien le entiendes, Jacinto.

Claro, como mi primo se ha pasao media vida rodeao de ovejas

y esas tampoco tien conversación. -Algunas sí.

Me acuerdo de la Charlatana, era negra, pero lucera,

no callaba ni bajo el agua.

Era verme y ponerse a hablar por los codos.

Ahora, se le entendía to.

-(AFÓNICO)

-Dice que el médico le ha prohibío hablar.

-Anda la osa, y yo pensando que no hablaba porque estaba enfadao

con nosotras. -Al principio sí,

pero Marcelina y yo le pedimos disculpas

y se le ha pasao el enfado.

Y que luego fue a hablar y ya no le salía la voz.

-¿Y eso?

-El médico le ha dicho que tiene una raspadura en las cuerdas vocales.

No, no, raspadura no, una lesión

en las sogas vocales. Aquí.

Aquí.

Y que la raspadura y la lesión vienen

de tanto carraspear.

-(CARRASPEA)

-Amos, que usted se ha quedao mudo de tanta cabezonería.

-(AFÓNICO)

Que no le entiendo, y que no tengo tiempo pa perderlo

con tanta payasá.

Que si quiero ver gestos, me voy a la casa de fieras,

a la jaula de los chimpancés.

-(HACE UNA PEDORRETA)

-Bueno,... yo también marcho.

¿Qué pasa?

No, no le entiendo, es que hace mucho aire y no se oye na.

A mí no me grite, que no estoy sordo.

Ya me dirá usted lo que quiera cuando esté más tranquilito.

-(SE ENFADA)

¡Yepayaaaa! Qué chorro de voz.

Qué maravilla.

Hasta en la Sierra Morena

me escuchaban cuando estaba en el monte.

Qué envidia, ¿no?

-Emilio, hijo, conozco a Cinta y sé que es una buena persona,

una señorita amable y muy simpática.

Comprendo perfectamente que te guste un poco.

-No es solo un poco, madre.

-¿De verdad consideras necesario profundizar en tus sentimientos

hacia ella?

He dicho que lo comprendo, pero no puedes tener nada con ella.

Absolutamente nada.

No puedes seguir enamorándola y comportándote como un crío.

Y esto... no debería decírtelo yo.

¿Me has escuchado?

(ASIENTE)

Está bien.

-Nos vio ayer en el callejón.

-Yo no sé qué le privará a los franchutes, pero la Milagritos

es de esta tierra, así que no pue aborrecer lo que zampamos aquí.

He visto que había abierto usted y no me lo podía creer.

Un viaje cortito, ¿no? Corto, pero gordo,

como dicen que tie que ser el embutío en mi tierra.

Contenta se la ve, eso no se puede negar.

Es que viene a visitarnos una pariente de Francia.

Había oído que don Ramón tiene dos hijas viviendo allí.

Pues viene la pequeña.

La pobre criatura se ha criao sin padre,

a mi suegro le condenaron cuando ella era un renacuajo,

como quien dice.

Estará nervioso, el hombre.

El hombre y una servidora,

que me sube una cosa por aquí que parece que me ahoga, pero no.

Antes de ahogarme, baja, y luego vuelve a subir otra vez.

Anda que no vamos a disfrutar con la enanilla.

A mí me encantan los críos,

siempre quise tener al menos uno con Samuel.

Quédese con los recuerdos bonitos.

Venía a invitarles a un ágape que doy en casa.

Como el otro día tuve que ausentarme durante el mercadillo,

quiero desagraviar a las vecinas.

A mí no me desagravia usted na.

Pero vendrá, ¿verdad?

Se lo pido por favor. Ahí estaremos, mi Antoñito y yo

como un solo hombre. ¿Y qué le pasó en el mercadillo?

Tuve... unos días malos,

la nostalgia, ya sabe. Pero ahora estoy mucho mejor,

estoy contenta de haber vuelto a Acacias

y de haber hecho las amigas que he hecho.

Buenas amigas como usted.

Pues diga que sí, que nos pue faltar de to, menos las amigas.

-Buenos días.

Lolita, Agustina está en cama

y si me puedes dar la compra que se lleva ella.

-Eso está hecho.

Me sé la compra de las vecinas de memoria.

Lamento lo de su criada. Transmítale mis mejores deseos.

Me alegro de haberle visto.

Con Dios.

Con Dios, Lolita. -A más ver.

¿Es grave lo de Agustina?

-No. No.

Constipado y algo de cansancio.

Precisamente, venía a hablarte sobre Genoveva.

-Perdone que le traiga los papeles tan tarde.

Se me ha ido el santo al cielo. -No te apures, déjalo ahí dentro.

-Gracias por tomárselo así de bien.

Hace un rato vino el Servando a reclamármelos

y estaba hecho un basilisco.

-¿Qué te ha dicho?

-No lo sé, ¿no ve que no habla?

No dice ni esta boca es mía, pero no para de hacer aspavientos.

-Menudo apaño tengo yo con ese socio.

No solo no puede hablar con los clientes,

sino que terminará espantándomelos.

-Tenga compasión, que está enfermo.

-Lo suyo, ni es enfermedad ni es na.

Cuando no tiene una cosa, tiene otra,

el caso es no dar un palo al agua.

Enferma y de verdad, la que está es Agustina.

Encamá la tenemos.

-Cuando suba a verla, me avisa.

Le llevaré unas flores.

-Ella te lo agradecerá, hija. -Con Dios.

-Con Dios.

-Ya están hechas las camas, ¿manda usted otra cosa?

-Ay, Dios mío,

unos tanto trabajar y otros tan poco.

Ande, descanse una miaja, mujer.

¿Sabe ya que Lolita y don Antoñito han vuelto?

Dicen que se les veía la mar de bien.

-Sí, ya lo había oído.

-Pues don Ramón también estaba bien triste.

Aquí mismo, al hombre se lo llevaban los demonios.

-Fabiana,... que ni siquiera ha venido a hablar conmigo.

-La estaba esperando, Carmen, pero fui yo quien le dije

que usted no saldría hasta que él se marchara.

-Pero ¿por qué hizo usted eso?

-Porque yo quería hablar con usted primero,

que las cosas puede que no sean del todo como usted las ve.

¿Se ha preguntao

que puede que lo único que usted tenga sea solo canguelo?

O sea, a ver,...

como usted cree que no puede estar a la altura de doña Trini,

se inventa eso de que don Ramón quie cambiarla.

-No soy yo la que quiere ser más alegre,

ni tener más chispa.

No soy yo la que se ha comprado unos vestidos llamativos,

como si fuera Trini.

-Ay, Dios mío,

pero si no digo que no tenga usted razón,

pero dele usted un par de vueltas más.

Si don Ramón dijo to eso, es pa que encajara con las doñas, no más.

-Le daré un par de vueltas, como usted dice.

-Muy bien.

Bueno, y ahora me voy a limpiar los cristales de las habitaciones.

-¿Se supone que tengo que saber quién es?

-¿No es el hombre que viste por la calle cuando asesinaron a Samuel?

-Uy.

Pues no lo recuerdo, y eso es mu grave, don Felipe.

No vayan a acusar a un hombre inocente

por culpa de mi falta de memoria. -No, no, claro, eso.

Pensaba que lo habías visto y que no se te despintaba ninguna cara.

-Pues ya ve, alguna se me despinta.

Lo que sí le puedo decir es que doña Genoveva

ha pasao unos días mu malos.

¿Pue ser que tenga que ver con el andoba?

-Es posible, no sé.

¿Qué te ha dicho?

-Bueno, lo de siempre, ella siempre le está dando vueltas al pasado,

a los viejos tiempos, como quien dice.

No se ha estirao mucho, pero... -Porque he llegado yo, ¿no?

-Da igual, porque siempre está con la misma cantinela.

El otro día me contó sobre la gente que se queda atrás y to eso.

-¿Una amiga?

¿Qué amiga?

-Pos una con la que eran uña y carne, como hermanas.

Se conocieron en Bilbao y pasaron mucho tiempo juntas.

-¿No te ha dicho el nombre de esa mujer?

-Sí que me lo diría, pero...

Espere, sí.

Ma...

Mamen, no. Ma...

Era un nombre raro, no era ni una virgen ni una santa ni na de eso,

era como más... Marlene.

Marlene, eso es, la Marlene de mis pecaos.

-Gracias, Lolita.

De todas maneras, aunque le hubieras reconocido

no podríamos estar seguros

de que el hombre que viste por la calle fuera el asesino de Samuel.

-No, solo le vi pasar,

pero tenía mu mala pinta, que conste.

-Nuestros tribunales no suelen condenar el mal aspecto.

Con Dios.

-Mal.

Mal.

Mal... y mal. Jesús, no has dao ni una hoy.

¿A quién le interesa cuánto es la raíz cuadrada de 12,

si con eso no me puedo camelar ni a un diplomático?

No te creas, que entre esos ricachones también hay gente rara.

Dejamos las raíces cuadradas

y empezamos con los "zenbaki lehen". ¿Con qué?

Con los números primos. Anda, tata, déjate, déjate.

Tú estás despistada por el camarerillo ese, como si lo viera.

Ni siquiera me ha mandado una nota.

Antes he bajado al restaurante y no estaba,

y quiero saber qué le ha dicho su madre.

La he visto muy seria cuando he bajao a comprar el pan,

no parece que estuviera muy ilusionada con vuestra relación.

No sé yo si fue tan buena idea como tú pensabas que se encontrase

de sopetón con vuestro beso. Sí, tú ponme más nerviosa.

Tragará, tata,

ya lo verás, que tengo yo mucha intuición.

-(TARAREA)

-(TARAREA) -¡Qué arte!

-La reentré a Buenos Aires va tan suave,

que me está dando hasta susto.

¿Os podéis creer que Osvaldo ya está eligiendo a los músicos

que acompañarán a la sin par? Ole mi padre,

me alegro. ¿Cuándo es la primera actuación?

En dos semanicas, enseguida. -Ay, ay, ay.

-Y por si fuera poco la alegría, no tendré que tocar la guitarra.

Qué bien.

(Llaman a la puerta)

-Voy. -Si la visita viene contra mí,

dile que le diga Arantxa que yo no estoy,

porque no he venido. Váyase tranquilo,

que ya nos encargamos nosotras sea quien sea.

(TARAREA)

Ha venido un propio con esto, es para ti.

¿De Emilio?

Sí. Que me quiere ver en el callejón esta tarde.

Dichoso callejón,

pero ¿tú no has visto lo contento que está tu padre?

Acabarás dándoles un disgusto.

Tata, me tienes que peinar, que no puedo bajar con estos pelos.

Pues a lo peor te peino yo y te lo alborota doña Felicia,

de un tirón. De eso nada.

Que Emilio me quiera ver en el callejón es muy buen señal,

la mejor.

O sea, que los números primos dejamos igual pa mañana, ¿no?

Vagoneta.

Ay, amá.

Está quedando más brillante que nunca.

Enseguida le coge usted el tranquillo a cualquier tarea.

Es amor propio.

Cuando hago algo, sea lo que sea, me gusta hacerlo bien.

Buenas tardes. -Buenas.

-Úrsula,... quería verla. Doña Felicia.

Fabiana, ¿ocurre algo en el altillo?

Trae usted cara de susto.

Lo que pasa en el altillo bien lo sabe usted ya, Úrsula.

Por eso quería hablar con usted. Pa mí que Agustina va a peor.

-Lo siento, Úrsula, ni siquiera le había preguntado

por su amiga. ¿Qué tiene?

Achaques. Los años, que no perdonan,

o al menos eso dice el doctor.

Pues mire que me extraña, porque los médicos no suelen hablar así.

Te colocan dos palabros, se lucen y eso sí, pero no dicen "achaque"

y, hala, ya está.

Además, que Agustina no tiene muchos más años que yo,

tampoco está pa enfermar todavía.

-Eso no se puede saber, cada cuerpo es un mundo. Disculpen.

-Bueno, de toas maneras, puede que también nos esté mintiendo.

Ay, Úrsula.

Usted estuvo con ella en la visita al médico.

Fabiana,...

puede que sea un haragán ese doctor, pero eso fue lo que dijo,

que no teníamos por qué preocuparnos,

que descansando sanaría.

Si lo dijo delante de usted, me quedo más tranquila, la verdad.

¿Me tendrá usted al tanto de cómo vaya la pobre?

Descuide,...

paso mi tiempo libre a su cabecera,

será usted la primera en enterarse.

Agradecida. A más ver. Con Dios.

Me maravilla usted, Úrsula.

Pasa aquí una jornada agotadora y todavía tiene fuerza

para asistir a una enferma.

Es una amiga, qué menos.

No tengo ni qué decirle que si necesitara de algunas horas

para descansar o acompañar a Agustina al médico,

puede contar con ellas.

Es usted muy comprensiva.

Ande, váyase. No, no, prefiero

terminar esto. Lo que usted diga,

pero abrevie y vaya a acompañar a Agustina.

Lo haré.

-Sí, torero.

Que si usted hubiera tenido la oportunidad, hubiera sido un torero

muy de provecho. A ver.

Con una... cuadrilla a sus órdenes.

-(SE ENFADA)

Sí.

Gallardo, gallardo, entiendo lo de gallardo, pero ¿gallardo qué?

¿Qué quiere usted mi uniforme? ¡Será envidioso, Servando!

Mire,... déjelo,...

que hoy usted, además de mudo, está más espeso

que las gachas de almorta. Sí, usted.

Que no... Olvídeme, de verdad.

¿Yo, que tengo la cabeza más dura que un arao?

(RÍE) Mire, Servando, olvídeme.

Espero que su mutismo sea transitorio,

porque no sé cómo se iba a ganar la vida.

Sí. En mi vida he visto un incompetente tan grande como usted

para hacerse entender.

Oiga, un respeto, que aquí el único incompetente es usted.

¿No te digo, el sigiloso? Vaya a dar la tabarra a otro sitio,

que yo soy un hombre muy ocupado.

-(GRUÑE COMO UN CERDO) -Acabáramos,

sí, en eso le doy la razón,

ahora entiendo por qué le gustan las bellotas.

Mire, Servando, me abro, que empieza mi ronda.

-(AHOGA UN GRITO)

¿Qué, a que no ha sido para tanto?

Seguro que tu madre habrá puesto el grito en el cielo,

pero se habrá percatado de que no es tan terrible

emparentar con una familia de artistas.

Además, que los Domínguez no es que seamos unos cómicos

muertos de hambre montados en un carromato.

Que hasta las testas coronadas han acudido al teatro

a ver a Bella del Campo.

Estoy deseando contárselo a mis padres, Emilio.

Ya verás.

En cuanto se hagan a la idea, se van a marchar

mucho más tranquilos a Argentina

sabiendo que me quedo en buenas manos.

En tus manos.

Por fin vamos a poder pasear por la calle,

decirnos tonterías,

cogernos de la mano en cualquier sitio,

querernos sin tener que escondernos.

Y no sé,... sonreírnos el uno al otro...

sin tener que dar explicaciones o mentir.

¿Qué te pasa?

Emilio.

Estás temblando.

No podemos seguir viéndonos.

-El tren de Milagros debe estar llegando a la estación.

¿Y tú ya has hecho la cena? Qué efectividad, ¿no?

-Bueno, aún está hirviendo, le queda su buena media hora.

-Ya. ¿Y tú qué, te incomoda la llegada de Milagros?

-No.

-Entonces, ¿qué te pasa?

-Felipe me ha enseñao un retrato de... un malencarao

que anda por el barrio

y quería saber si fue el que vimos cuando liquidaron a Samuel.

-¿Y era él? -No lo sé,...

pero se le parecía mucho.

Antonio, tengo miedo. Por Genoveva, por nosotros, por tos.

-Yo no me voy a separar de ti.

Además, que si lo sabe Felipe, también lo sabrá la policía.

Seguro que el comisario y sus hombres nos protegen.

-Amor, ya han matao.

-Bueno, pues precisamente por eso, no creo que se arriesguen

a hacerlo otra vez.

Tú no hables de esto con nadie,

ni siquiera con Genoveva.

-Estamos haciendo buenas migas.

-Ya, pero no eres su guardaespaldas.

Además, a parte de la policía, también cuenta con el amparo

de don Alfredo,...

que imagino que en parte se casaría con él por eso.

-Pobrecita, tener que casarse por eso.

Bueno, menos mal que ha conocío el amor con el Alday.

(Se abre una puerta)

-La niña.

La niña ya debe estar aquí, porque he visto un coche en el portal

y venía cargado de maletas en todo lo alto.

-Padre, ¿y no se le ha ocurrido acercarse y preguntar?

-Pues no.

-Tranquilícese, que Milagros estará deseando conocerle.

-Es una lindeza, suegro,

y no puede ser de otra manera, viniendo de doña Trini y usted.

(Suena el timbre)

-Es ella.

Tiene que ser ella. -Suegro, no hay que azorarse.

La va a impresionar usted.

Vamos.

-Ay, mi pequeña.

Qué ganas de verte. Hola.

Pasa. Dame eso.

-Soy Milagros, padre.

¿Que no da su consentimiento? Por decirlo de un modo suave.

En realidad, me ha prohibido que te siga...

que la siga viendo a usted.

A "usted".

¿Quién se ha creído esa señora que es?

Mi madre, ni más ni menos.

Emilio, pues tienes que,...

tiene que apechugar y dar la cara,

tiene que enfrentarse a ella. No servirá de nada.

Además,... ¿por qué organizó nuestro encuentro de ayer?

¿Eh?

Mi madre se descompuso al ver nuestro beso.

Yo no organicé nada, nos pilló y nos pilló, ya está.

No estaba seguro, pero no hay más que verla para saber que miente.

¿Qué más da, Emilio?

Si lo organicé es porque somos novios y porque a todo el mundo,

incluida a su mamá, debería darle igual que nos besáramos.

Simplemente, trataba de que viera lo nuestro como un hecho consumado.

Ya. Pues lo que ha conseguido es que ahora mi madre

la tenga por una intrigante y una enredadora.

Lo hice con toda mi buena intención.

Voy a hablar con ella. No, Cinta, no servirá de nada.

Seguiremos cada uno por nuestro camino.

Eres igual que tu madre.

-Tenía muchas ganas de conocerle.

-Y yo a ti también, hija mía.

Ha sido un viaje muy largo, debes estar muy cansada.

-Un poco.

-Qué bobo soy, ni siquiera te he ofrecido tomar algo, ¿qué quieres?

-Me bebería un vaso de agua.

-Muy bien.

-¿Usted quiere tomar algo? -(NIEGA)

Padre.

Tranquilícese. -Y digo yo,

¿no te apetece tomar algo más recio que el agua?

La cena se está haciendo, pero te puedo poner entre dos panes

un trozo de panceta.

De Cabrahígo. Cuando estaban allí,

se llevaron pan con guarrete a las Indias, y lo bien que les fue.

¿Te apetece?

-Bueno.

-Usted tiene que comportarse como lo que es, como un padre cariñoso.

¿No le ha comprado ese regalo? Pues déselo.

-Es verdad, el regalo, voy a dárselo.

Mira, hija.

He traído esto para ti.

Te describí en la juguetería

y me dijeron que te iba a encantar.

-Qué buena idea, suegro, una caja sorpresa.

-(GRITA)

-(GIMOTEA)

-Peque. -Oye.

Tranquila, pequeña, que solo es un juguete.

-Vente, vente conmigo a la cocina

y hablamos tú y yo. Vente, vente.

Anda, que estos hombres... qué patosos son.

Anda que gustarles los sustos. Ven.

Vamos a la cocina, ven.

(Ruido de llaves)

Ha sido un viaje espantoso. Al trayecto, me refiero.

Por el contrario,...

la junta de accionistas...

no podría haber ido mejor. Ha salido todo según mis planes.

Me alegro.

¿Dónde están esos negativos?

Yo he cumplido con nuestro acuerdo,

Marlene no te seguirá chantajeando.

¿Has cogido solo los negativos...

o has hecho lo que debías con ella? ¿Tú qué crees?

Que hacemos muy buena pareja.

Aunque...

al principio tuve mis dudas...

siempre, desde que te conocí,

he sabido que estarías a la altura de mis exigencias,...

pero ahora...

puedo decirte que has ido más allá,...

creo que has nacido para este tipo de...

negocios.

Me alegro de no haberte defraudado.

Pero, por desgracia, la vida me ha enseñado

a no dar nada por hecho.

Quiero asegurarme que Marlene no volverá a aparecer.

No aparecerá. ¿Es que no te fías de mí?

Genoveva.

No es nada personal,...

Solo... es una forma,...

mi forma de hacer negocios.

¿Dónde está el cuerpo de Marlene? Quiero verlo.

Me acabas de decir que soy la socia perfecta, ¿y sabes por qué?

Porque tengo tanto odio en mi interior,

que haría lo que sea para conseguirlo.

Por tu bien,...

no me defraudes, Genoveva.

-Que no sé nada de mi hija.

No conozco sus temores, sus gustos, lo que le divierte,

lo que odia, no la conozco.

-Pa eso está aquí,... pa enmendar ese error.

-"¿Ha roto relaciones contigo?".

En cuanto su madre se ha enterado de que estábamos juntos.

No tiene arrestos para contradecir a su madre.

Es un cobarde.

-¿Se encuentra bien?

No tiene precisamente buena cara.

-No he podido pegar ojo en toda la noche

pensando en lo que usted me dijo. -¿Quién, yo?

-Sí, en lo de hablar con don Ramón.

-Tendría que haberlo hecho, Carmen, pero ahora ya mejor

espérese unos días a que marche la niña.

-¿Qué niña?

-Haz un poder por cambiar esa cara o la gente se dará cuenta.

¿Adónde vas? -A tomar el aire.

-Venía a ver a Agustina. Quería saber si necesita algo.

Yo me ocupo de ella y no le falta de nada.

¿Puedo verla?

Acaba de dormirse y sería mejor no despertarla.

-"¿Qué te pasa?".

¿Me puedo ir con ustedes a la Argentina?

-Sé que el médico le había dicho que solo eran achaques,

pero cualquiera diría que miente. -¿El médico... o yo?

-Interrogué a Úrsula. -¿Y?

-Y me contó la verdad.

-En el Banco Americano estamos pensando

hacer una ampliación de capital y van a salir oportunidades

muy ventajosas. -¿Cómo de ventajosas?

-Si acuden al ágape que está organizando mi esposa,...

les contaré todo con más detalle.

Buenos días, caballeros. -Buenos días.

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Acacias 38 - Capítulo 1016

21 may 2019

Genoveva y Marlén se despiden para siempre. La señora, tras conseguir los negativos en los que Alfredo aparece besando a un hombre, sabe que su amiga no volverá a intervenir en su vida y la de su marido.
Agustina pacta con Úrsula mantener su enfermedad en secreto, no quiere preocupar al resto de criadas.
Ramón y Carmen siguen peleados porque la criada está convencida de que él pretende transformarla en una nueva Trini. El Palacios recibe una carta Milagros; viene a verle. Pero su alegría se evapora cuando descubre que no conoce en nada a su hija.
Cinta había organizado el plan para que Felicia descubriera su relación con Emilio, la hostelera le dice a su hijo que no puede estar con Cinta, el muchacho corta con la joven Domínguez que acaba rota de dolor.

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