'Acacias 38', nombre del portal señorial donde se desarrollarán las historias, es una serie diaria y coral, ambientada en 1899, que cuenta lo que sucede en un edificio de la burguesía de finales del siglo XIX situado en un barrio lleno de situaciones variopintas.

Realizada por TVE en colaboración con Boomerang TV, ‘Acacias 38’, una idea original de Susana López Rubio, Aurora Guerra, Miquel Peidró y Josep Cister, es una ficción cercana, cálida, luminosa y romántica en la que los grandes protagonistas son los sentimientos universales: el amor, los celos, las pasiones, las venganzas y los odios.

La nueva serie diaria cuenta con un reparto coral formado por más de 20 personajes principales a los que darán vida Sheyla Fariña, Roger Berruezo, David Muro, Iago García, Arantxa Aranguren, Carlos Serrano-Clark, Sara Miquel, Inés Aldea, Marc Parejo, Sara Herranz, Sandra Marchena, Mariano Llorente, Alba Brunet, Marita Zafra, Anita del Rey, Juanma Navas, Cristina Abad, Inma Pérez-Quirós, Amparo Fernández, Raúl Cano, María Tasende, Miguel Diosdado, Aurora Sánchez y Andrea López.

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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 307 - ver ahora reproducir video 58.14 min
Transcripción completa

Madre, aquí está Casilda.

Dígale que quiere que haga

y ella lo hará. -Encárgate tú de darle las órdenes

que consideres oportunas.

-Señora,...

yo quería darle a usted las gracias.

-Voy a arreglarme para salir.

"Lleva una insignia nueva".

Cofradía del Sagrado Corazón, la del padre Fructuoso.

Es usted muy observadora.

-"Hay una relación"

que debería recuperar.

Juliana y usted llevan muchos años esperando para ser felices.

No debe escatimar en esfuerzos. -Por mí no quedará.

"Es un listado"

con los huérfanos más avanzados

en sus estudios.

¿20?

No, no habrá tantas plazas.

Pido que se acepte esa lista de alumnos.

Tendremos tiempo de discutir este punto

con la atención y el esmero que merece.

-"Vamos a sacarte de aquí".

Tendrás un buen "abogao".

-Eso vale unos cuartos que no tenemos.

-He "calculao"... y vale el sueldo mío de un año.

Doña Leonor me lo va a adelantar.

Cuénteme que se trae con mi esposo.

Si no lo hace por las buenas, lo hará por las malas.

Voy a gritar y le voy a acusar de haberme agredido.

Todos me ayudarían, y mi esposo me creería.

Por favor, doña Trinidad...

-O canta... o empiezo. -Está bien.

-"Preparar la boda me da la vida".

Ese día quiero estar en paz con todos.

Claro, no entiendo cómo no podría ser así.

Con todos los que podrían tener algo en mi contra.

-"Señora, tiene una visita".

Humildad, ¿a qué debo el honor de su visita?

Disculpe que me haya presentado sin avisar.

Temí que, de no ser así, no me recibiera.

Tiene razón.

No me es grata su visita.

Creo que se equivoca.

Las dos podemos ser grandes amigas.

Ya.

Así que cree usted que podríamos llegar a ser amigas.

Soy una buena cristiana.

Estoy dispuesta a olvidar sus humillaciones.

No debería haberme engañado.

Le abrí las puertas al patronato.

Y usted no me contó su relación sentimental

con ese policía.

Las dos cometimos errores, pero nos une nuestra fe.

Perdonémonos como buenas creyentes.

Una buena relación no solo agradaría a Dios,

sino también a los hombres de buena voluntad.

¿Qué me quiere decir? La gestión del colegio

se vería favorecida por nuestra colaboración.

Me gustaría volver al patronato como asistente de Fructuoso.

Solo soy una pobre inválida,

pero quizá por eso demos ejemplo al mundo de la calidad

de su alma caritativa,

que hasta acoge a una impedida para auxiliar a los niños.

Está bien.

Está bien, de acuerdo.

Me puede la bondad.

Siempre he cojeado de esa gran debilidad.

No contravengamos al Señor y olvidemos el pasado.

Volverá al patronato.

Muchas gracias. No, a usted,

por no guardarme rencor.

En realidad, mi ira iba dirigida a San Emeterio.

Y ahora veo que usted no es como él.

Somos distintos, claro.

Pero no quiero que se lleve de nuevo a engaño,

voy a casarme con él.

Lo sé, me lo comentó el secretario Oliva.

Siento mucho que se vea confinada

a esa silla.

Es la voluntad de Dios.

No me quejo.

Ahora, si me disculpa, debo irme. Tengo mucho que preparar

para la boda. Me hago cargo.

Fabiana, acompaña a doña Humildad a la escalera

y que Servando la baje.

-Servando ya está esperando en el descansillo, señora.

Con Dios.

-Igualmente.

(SERVANDO) No se preocupe, Fabiana, yo me encargo.

-Señora, ha hecho usted muy bien

dándole otra oportunidad. Doña Humildad es una buena mujer.

Probablemente no merece mi confianza.

Pero a los enemigos, mejor tenerlos cerca.

Por favor, téngase, Trinidad, que me busca usted la ruina.

-Cante. ¿Qué se lleva mi esposo entre manos?

-Si traiciono a don Ramón y él se entera,

rompería nuestra asociación.

No sería bueno para ninguno, para usted tampoco,

ni para su familia.

-Explíquese bien.

¿Por qué no puedo saber a qué se dedica mi esposo?

-De contárselo a usted, yo estaría defraudando a don Ramón.

Rompería nuestra asociación

y quedaríamos fuera del mercado.

Eso supondría un bajón en nuestros ingresos.

Tanto su familia como yo resultaríamos perjudicados.

-¿Acaso son ilegales

los asuntos que se traen? -Por favor,

no padezca. Su marido, además de buena persona,

es más honrado que un juez.

-Entonces ¿a qué tanto misterio?

¿Por qué no puedo saber

en qué prosperan ustedes? -Estaría encantado de contárselo,

pero es lo que trato de decirle desde el principio,

si don Ramón no quiere que usted lo sepa, sus motivos tendrá.

Ahora bien, le aseguro que todo lo está haciendo por usted

y por su hija.

Confórmese con eso.

No quiera saber más, o lo estropeará todo.

-Mire, don Ginés, estoy harta de tanta mentira.

Mentiras que comenzaron cuando apareció usted.

-Si no le cuento más,

es para protegerla.

Déjeme que le dé un consejo,

deje de indagar a espaldas de don Ramón

y dé gracias por el marido que tiene. -No puedo soportar

que me oculte nada. -Eso es un asunto

de su intimidad. Ya le he dicho todo lo que podía.

Nuestro futuro está en sus manos.

Si sigue usted removiendo, si sigue indagando,

será suya la responsabilidad.

(SUSPIRA)

Cariño... Doña Celia,

¿no estaba Humildad con usted?

¿Sabe dónde ha ido? -En casa no estaba.

No sabría decirle por dónde anda.

Gracias.

-Teresa, está pálida. ¿Se encuentra bien?

No es nada, no se preocupe.

Hoy he tenido una reunión del patronato

y estoy muy cansada.

No querríamos entristecerla más,

pero, si necesita desahogarse, nosotros estamos más que dispuestos.

a escucharla. Si creen que mi estado de ánimo

tiene que ver con Mauro, se equivocan.

Es el patronato, me abruma con tanta responsabilidad.

-Pensaba que todo iba según lo previsto.

Y hasta ahora así ha sido.

Hoy hemos estado seleccionando a los alumnos para el primer curso,

y hemos tenido nuestros más y nuestros menos.

Para Cayetana no parece estar clara la necesidad de admitir a huérfanos

como alumnos. -¿Se niega?

No claramente, pero no se muestra entusiasta.

-Créame, Cayetana no quiere pobres en su colegio.

Pero lo prometió. No sea ingenua.

Cayetana solo quiere los hijos de las buenas familias,

alumnos que le proporcionen relaciones con lo más alto.

Trampolines, apoyos...

Perdonen, no han visto salir a Humildad, ¿no?

No, lo siento.

No aparece. Y es imposible, yo mismo la acompañé

y se quedó con Servando. -No habrá ido lejos.

No, sin ayuda, no podría.

Gracias, Servando. Ya me encargo yo.

-A mandar, don Mauro. -Gracias.

¿Dónde te has metido? Estaba alarmado.

Vengo de casa de Cayetana. ¿Qué?

¿Te has vuelto loca?

(Llaman a la puerta)

¿Me abre usted?

¿No está el servicio? Me he encargado

de que estuviéramos solos.

¿Solos? ¿A estas horas?

Pero en su carta decía...

Chis. ¿Qué más da lo que dijera en la carta?

Eh..., ¿no vamos a discutir lo de los alumnos admitidos?

Yo creo, como opina Teresa, que deberíamos hacer más hueco

para los que provengan del orfanato.

¿Puede dejar de pensar en el orden del día?

No me parece misericordioso dejarlos fuera.

Por el contrario, es nuestro católico deber

Aún no está decidido.

Lo decidiremos.

Ya sabe que lo más importante para mí es ese colegio.

Pero podemos hablar de eso después.

¿Después de qué?

Venga conmigo.

No sé si deberíamos seguir adelante. Chis...

No me tiente, por favor.

No podré resistirme mucho.

Soy un hombre casado y temeroso de Dios.

Y es mi obligación discutir el asunto que me ha traído hasta aquí.

Como decía usted en su... Secretario,

mi carne es más débil que la suya.

Le siento en mi piel,

en mi boca... Cayetana...

Es usted muy duro conmigo,

aun sabiendo lo que me gusta salirme con la mía.

Aunque así sea, no puedo renunciar a mi deber de amparar

a esos alumnos sin suficiente capacidad económica. En las listas

deberían aparecer por lo menos... Chis...

¿He hablado yo de listas?

No...

Si alivia esta desazón que me quema toda,

hablaremos de listas y de alumnos.

(Puerta)

(Pasos)

No apruebo que hayas ido a ver

a Cayetana a mis espaldas. No me he escondido.

Sabía que no me lo permitirías.

¿Y ves? Nada ha pasado. El ogro no me ha comido.

¿Qué le has dicho

para que te dejase entrar? La verdad.

Con la verdad se llega a todas partes.

Le he ofrecido toda mi amistad,

olvidar el pasado y volver a llevarnos bien.

¿Después de lo que te hizo, de cómo te humilló?

¿Para qué?

¿Qué ganas con su amistad, si es que te la ofrece?

No pienso en términos de ganar o perder,

sino en alcanzar la paz. Quería volver al patronato.

¿Para qué necesitas el patronato con tanto afán?

(SUSPIRA) ¿Me has mirado bien, Mauro?

Desde que los médicos me dijeron que no había solución,

no he parado de darle vueltas.

Quiero morir con la conciencia limpia,

estando en paz, sin pecado. Tu alma es limpia de por sí.

Nunca has hecho nada malo. Odiar a Cayetana es un pecado.

No quería morir odiando.

Además, el tiempo que me quede, poco o mucho,

quiero gastarlo haciendo el bien,

todo el bien que pueda.

En el patronato, claro. Sí, ayudando a los niños.

Quiero que se me recuerde por eso. Y tienes todo el derecho del mundo.

Pero ¿con Cayetana? Esa mujer no conoce el bien.

Mira, yo no quiero juzgar,

pero, en todo caso, cuanto más malvada es,

más necesita a su lado a alguien como yo.

Por otra parte, en el patronato también está Teresa, mi única amiga.

Querría estar con ella todo el tiempo que me queda.

Amor, no te enfades.

Eras tan feliz con nuestra boda.

El matrimonio es el sacramento más importante.

Deberíamos estar jubilosos.

Y lo estoy.

Lo estoy.

(SUSPIRA)

Adelante, estáis en vuestra casa.

-¿Está seguro de que no le molesta que acudamos a estas horas?

-Sentaos, y no insistáis con las justificaciones.

No deber ser un asunto baladí lo que os trae aquí.

Veamos, ¿de qué se trata esa urgencia?

-Queremos que defienda a Martín.

Sabemos que ya rechazó el caso,

pero las circunstancias han cambiado.

Reconsidere su postura. Es el único

que puede salvar a ese desdichado. -Un momento, tranquilidad.

Leonor, ¿eres consciente de que estarías defendiendo

a quien muchos creen el asesino

de tu padre? -Lo sé, y no me importa.

Tengo la conciencia muy tranquila.

Sé que no lo mató ni tuvo nada que ver.

Créame,

me ha costado mucho ver con claridad y perdonar a Casilda,

pero ahora sé que Martín no es más que otra cabeza de turco.

-Muchos te acusarían de mala hija

y de traicionar la memoria de tu padre.

-La vida de Martín vale mucho más que esas habladurías. Además,

no solo está en juego la vida de Martín.

Si le ajusticiaran,

también destrozaría la vida de Casilda.

¿Acepta usted el caso?

Piense en Maximiliano.

No le gustaría que pagaran justos por pecadores.

-Nos superaba a todos en rectitud

y en afán de justicia. -¿No es eso suficiente

para que le defienda?

Si se niega, nada ni nadie le evitará subir al cadalso.

-Leonor, ¿has pensado en tu madre?

¿Crees que aceptaría mi defensa?

Tengo que pensar en mí y en mi familia.

Tu madre es una de mis mejores clientes.

Le llevo prácticamente todo:

el oro, la finca... Si se indispusiera conmigo...

No tema. Doña Rosina sabe que no encontraría mejor gestor.

Y no podría permitirse el lujo de prescindir de usted.

No estoy tan seguro.

Por otro lado, ¿habéis pensado en mis honorarios?

Casilda no podría hacerse cargo de la minuta.

Ya lo hablé con ella.

-Está solucionado. Vuelve a trabajar,

le pagará con un adelanto.

-El gobierno nos atacaría con uñas y dientes.

Eso significa que el proceso se alargaría

y que el monto de mis emolumentos subirían.

-Nosotros nos haríamos cargo de la diferencia.

El dinero no será un obstáculo.

-No sé, debo pensarlo mejor.

-En cualquier caso,

lo que sí le pedimos, decida lo que decida,

es que mantenga esta reunión en secreto.

No queremos que Casilda se tomara a mal nuestra injerencia.

Ni que albergue falsas esperanzas.

Tampoco sería bueno que mi madre

se enterara demasiado pronto. (SUSPIRA)

-(SUSPIRA) -¿Eso es un sí?

-No. Todavía no he tomado una decisión.

-Pues hágalo rápido, por favor.

En cualquier momento ajusticiarán a Martín.

-(SUSPIRA)

El señor tiene visita.

-¿Quién es? No espero a nadie.

-Ha dicho que lo presentara

como el señor Durán. -Hágalo pasar.

-Muy buenos días, señor Palacios.

Muchas gracias por recibirme sin haberle avisado antes.

Eso dice mucho de usted y de su "savoir-faire",

como se dice en francés.

-Siéntese, por favor. -Gracias.

¿Quieres usted un café?

-Gracias, pero ya he desayunado. Eso sí,

de donde yo vengo

se acompaña el desayuno con algo más... fuerte.

Siempre que sea posible, claro. -Lo es, descuide.

Fabiana, yo mismo serviré al señor, puedes retirarte.

¿Coñac?

¿Anís?

-Eh...

Un sol y sombra. Que dicen que las mezclas

suelen dar buenos frutos.

Por eso es más caro... (RÍE)

(CARRASPEA) Por cierto, ¿cómo está su graciosa y campechana señora,

la buena de doña Trini?

-Muy bien, gracias por preguntar.

Pero le agradecería

que no utilizara con ella tantos calificativos.

Con doña Trinidad es suficiente, no tenemos tanto trato con usted.

-No se ofenda, no ha sido mi ánimo.

Es solo que, aunque charlé con ella no más de un minuto,

me resultó harto simpática.

Le ruego le transmita mis saludos. -Así lo haré.

-¡Mmmm!

Excelente mejunje. Es hombre de buen beber.

-Si no le importa, tengo muchas cosas que hacer.

¿A qué se debe su sorprendente

y madrugadora visita? -Sí, claro, tampoco yo

puedo malgastar mi tiempo.

Iré al grano. (CARRASPEA)

Quiero que me haga un préstamo.

Usted mismo me dijo,

en esta misma casa, durante el ágape,

que era cliente de Clemente.

Siendo tal caso,

lo siento, no puedo ayudarle. -No tengo por qué negarlo,

el señor Clemente ha sido mi prestamista hasta ahora.

Pero acudo a usted porque me gustaría cambiar.

-¿Y pueden saberse las razones de ese cambio?

-Oh... Estoy muy agobiado, don Ramón.

Créame, muy muy agobiado.

Necesito su dinero

para pagar los intereses de los préstamos

que tengo con Clemente. Me ha llevado a la ruina.

-Lo siento, no puedo hacer nada por usted.

-¿No me va a ayudar? ¿Me va a negar unas pesetas?

-No sería un mal negocio para usted.

-Ni siquiera quiero saber la cantidad

que solicitaría.

Mi forma de trabajar es muy franca y abierta. Clemente y yo

cada uno tiene sus clientes. Y no es leal

irnos arañándonos prestatarios. -No me haga esto, por favor.

Se lo ruego.

Yo... no soy de rogar.

Pero lo necesito, me... me urge.

Le prometo que don Clemente no se enteraría.

Bueno, ni Clemente ni nadie. -Lo siento, pero no quiero problemas.

-Tiene usted miedo, lo noto.

Lo huelo.

He nacido rodeado de miedos y sé reconocerlo a distancia.

Está achantado.

-No siga, podría ofenderme.

-No es cuestión de miedo,

es de territorios. A cada cual, el suyo.

Y ahora..., si no es molestia...

-Gracias por escucharme, caballero.

¿Y mi rosario?

¿Dónde está mi rosario? -¡De verdad...! De verdad, es que...

Es que hace falta ser animal

para quedarse uno viendo al sol fijamente

como si fuera una candela.

Ves menos que un gato de escayola. -Si la Virgen se ha escogido a mí

para presentarse al mundo, ¿quién soy yo para quejarme?

-Es más cabezota que la porra de don Rodrigo.

¿Vas a seguir adorando a tu Virgen aunque te quedes ciega?

-No está en mi mano decirle no a la madre del Señor.

Bueno, pues sin rosario ni nada, pero voy a mi puesto

bajo el árbol. -No... ¿Y no te apetecería

quedarte hoy aquí?

He preparado una tila, para tomárnosla los dos.

Aunque sea un ratito.

-(RÍE) -¿Quieres?

Bueno...

Un ratito, para descansar...

-Ahí está. -y darte gusto.

-Una tilita, ahí.

Ay, qué calentita.

Ahí.

Mmmm

No, no, pero bebe, bebe un poco más, cariño. Me bebes

como un pajarito. Ahí está. -(RÍE)

Oye, ¿pues sabes que me está sentando de guinda, Servando?

Oh, qué paz. -Bebe un poquito.

Ahí. -Mmmm.

Mucha paz, ¿eh? Pero...

yo creo que será la Virgen más que la tila.

(RÍE) -Sí.

Ay, qué... qué...

Te he hecho caso; en lo de ceder

ante los deseos de mi hija y mi yerno.

Casilda ya está en casa.

Escalofríos me entran cada vez que me cruzo con ella.

-Ay, Señor, qué cuajo y qué paciencia hay que tener con los hijos.

Nosotras, mayores ya, tenemos que ceder, no me desdigo,

pero la verdad es que pinchan

y pinchan hasta hacernos llegar al límite de nuestro vigor y flema.

-Sigues enfadada con Leandro. -Prefiero no hablar de eso.

Pruébate este, que te resaltará el cabello y los ojos.

La verdad es que hoy no veo bien con nada.

-Buenos días.

Ha madrugado hoy, doña Rosina.

-Es que me ahogaba en casa.

-¿Y eso? ¿Es que no ha leído el periódico?

El Gobierno va a aplicar mano dura a los anarquistas

con causas pendientes. El verdugo va a tener mucho trabajo.

-¡Sí! Por fin, el Gobierno se inclina hacia la justicia.

El tal Martín debe estar ya en capilla.

-No me hago a la idea de que se mozo sea un asesino.

Cuando trabajaba aquí, en la sastrería,

era bien educado y un mozo muy leal.

-¡Por favor, engaña! ¡No sea usted ingenuo!

-Pensar que metiste en mi propia casa

a un ser de esa calaña... -Madre,

soy humano, todos cometemos errores.

Y todo error tiene enmienda,

siempre que se le dé tiempo suficiente.

-Los errores, mejor enterrarlos.

En las casas decentes se entierran bien hondo,

y no se hablan de ellos jamás.

-Usted me ha dado una tremenda alegría.

¡Mi Maximiliano va a encontrar justicia!

-Y bien que se la merecía. -Sí.

Sí, ya sé, voy a celebrar esa limpia de anarquistas.

Sí, voy a organizar un ágape

en casa, mañana,

en memoria y desagravio de mi difunto esposo,

que en paz descanse.

Voy a organizarlo.

(RONCA)

Chis... -¿Empezamos?

-Cuando quieras. Venga.

Chis.

(VOZ PROFUNDA) Paciencia.

Paciencia.

Escucha, Paciencia.

¡Paciencia,

no seas desobediente y holgazana!

Escucha, Paciencia.

-Eh, pero ¿quién me llama?

-Soy yo Paciencia,

tu señora. Escúchame, tengo algo que decirte.

-Oh, lo que usted diga, señora Virgen.

-No, pero escúchala...

Escucha a la Virgen sentada. Sentada la vas a escuchar mejor.

-Qué poco saber de apariciones.

¿Cómo voy a escucharla repanchingada?

Tendré que ponerme de rodillas. -Pues arrodíllate.

Pero no...

no te acerques a ella. Si te acercas a la Virgen,

se esfuma.

-Señora, dígame usted.

-A partir de hoy, dejaré de aparecerme sobre ese árbol.

Estoy muy feliz y ufana con tu adoración.

Has hecho una gran labor.

Me has dado voz para que los vecinos,

a veces sordos a mis súplicas, me escucharan.

-En eso lleva usted razón, que algunos son duros de mollera.

-Pero les has hecho ver claro,

y has cumplido tu misión.

Yo siempre viviré en ti.

Siempre dentro de ti.

Y mis bendiciones

estarán contigo allá donde tú vayas.

-(SUSPIRA)

-Aquí hemos terminado.

Me iré por otros barrios y barriadas, pero aquí

ya no me apareceré más, ni en el árbol

ni en ningún otro sitio. -Oh...

Esa voz, Servando... -No, pero baja.

Escucha a la Virgen, mujer.

Que porque haya venido a nuestra casa,

no la vas a tratar como si fuera una visita más.

Baja, baja la cabeza, que estoy seguro

de que termina enseguida.

-Siempre estaré en tu corazón.

Pero no me busques en otro sitio.

¿Comprendido?

-Comprendido,

señora Virgen.

¿Podría rezar antes usted por última vez el rosario?

-Sea, sea.

-Bien. Pues búscalo, Servando,

que no sé dónde está.

(Llaman)

¿Está usted muy ocupado?

Nunca falta faena.

¿Cómo se encuentra Humildad?

Bueno, de su enfermedad, sin novedades.

¿Quiere usted saber la última?

Cuando la vimos salir de Acacias 38, venía de casa de Cayetana.

¿Se atrevió a acudir a una cita con esa pérfida?

Peor, se presentó sin haber sido citada.

¿Sus razones? Que quiere...

o que necesita morir con el alma limpia

y sin rencor en las entrañas. Fue humillada.

Moriría en paz con Dios sin acercarse de nuevo

a Cayetana. Se complace en la sumisión,

todo lo contrario a mí.

Lo sé, amigo.

Pero hablemos de Teresa.

Ayer le noté algo tenso cuando nos la encontramos.

¿Ha pasado algo más entre ustedes?

Amigo, le conozco bien.

Quizá otros no lo noten, pero yo sé que sufre por ella.

¿No quiere hablar del asunto? No hay nada que contar.

Quizá le vendría bien hablarlo conmigo.

Dejar de tratar a Teresa

significaría no trabajar juntos en la persecución de Cayetana.

¡No puedo soportarlo! ¡Por favor!

Quizá yo le pueda ayudar. No, soy yo el que no da más

de sí. Pensé que iba a poder con todo;

con Humildad, con la boda,

con este trato distante, pero eficaz con Teresa,

y no puedo.

Me supera. Así no avanzará.

Para enfrentarse a Cayetana,

necesito una mente fría y calculadora.

Sí, pero solo pienso en la vida que ya no voy a vivir,

en la vida que habría vivido con Teresa.

Pienso que he de renunciar a ella para siempre y...,

y algo se me rompe dentro. Lo siento, amigo.

En eso no voy a poder ayudarle. Son decisiones muy íntimas.

Y dolorosas.

Mire que mi vida fue una lucha diaria por sobrevivir.

Y por Dios que fue dura,

pero nunca había sufrido tanto como ahora.

Maldita sea. Deje que el asunto cuaje.

Los hombres nos adaptamos a todo,

a vivir en las más crueles condiciones.

Y usted lo va a hacer. Gracias, Felipe.

Y ahora cambiemos de tema.

No puedo seguir dándole vueltas.

En realidad... venía para hablarle sobre Martín.

Ay, Trini, si lo vieras.

Hasta ha crecido y todo estos días, aunque no te lo creas.

-Sí, a esa edad, con buena alimentación,

un poco de aire campestre y una pizca de alegría

se estiran como el caucho de Brasil.

-El problema es que nos pide unos días más de asueto.

Ha hecho buenas migas con sus primos,

pero no podemos dejar que esas vacaciones

se eternicen. -¿Y qué dice Felipe?

-Hemos acordado que permanezca unos días más ahí.

Pero como última prórroga. -Claro.

-Trini..., ¿y a ti qué te pasa?

Parece que hayas perdido la alegría.

¿Siguen tus problemas

con Ramón?

-¡Vaya, vaya, vaya! El día de hoy empieza con un regalo

caído del cielo.

La bella doña Trini en compañía de un bellezón

que alumbra todo el parque.

Los amigos me llaman Durán.

-Celia, te presento...,

eso, a Durán, un "caballero" que anda de negocios

con Ramón. -Ah, encantada.

Y le agradezco a Dios esos negocios con el señor Palacios.

Porque, de otro modo,

no las hubiera conocido a ustedes.

-Déjese de coba, don Durán, que empalaga.

-No hay quien se la dé a usted, es usted de las mías; se dice

lo que se piensa. -Sí.

Aunque no soy de las suyas.

-Sin embargo, no se negará usted a hacer un favor...

-Depende. -Me dirigía hacia su casa

para hablar con su marido,

pero antes no me vendría mal

tener una charla con usted.

¿Le importa, carita de ángel?

-Ah, no, no claro.

No me importa. Les dejo hablar.

Pero le rogaría que, en adelante,

se refiera a mí como doña Celia, esposa de Álvarez Hermoso.

-Es usted también dura de pelar,

como su amiga Trini. Dios las cría y ellas se juntan.

¡Me gustan ustedes, las dos!

¡Me privan!

Lástima que don Ramón

convocara ese ágape solo para caballeros.

Nos hubiéramos divertido

doña Celia, usted y yo. -¿Qué pasa?

¿Es que usted no escucha bien?

Le dije que se deje de cobas

y que me diga qué quiere de mí. -Qué mujer,

de las mías, lo que yo le diga. -Hable ahora

o me largo y hasta nunca. -No, espere, espere.

Espere.

Ya sé que soy un bocazas,

pero también sé que usted me comprende.

Desde que la vi, supe que también usted, como yo,

ha estado en el lado malo de la barricada.

-Y... no lo oculto,

que una fue manicura antes que fraile.

-Siendo así, me gustaría apelar

a su buena voluntad.

Su marido, con toda su integridad,

no es un hombre de fácil acceso.

¿Podría usted

mediar por mí?

-¿Mediar? ¿Y qué quiere decir usted con mediar?

Mire, yo en los negocios de mi marido

ni me meto, ni sé ni debo.

-No se haga de menos, la rama de negocio de su marido

es de las más sencillas

de entender y de aprender.

Simplemente tendría que hablar usted con él

y convencerle de que me preste dinero.

-¿Cómo? ¿Me está pidiendo que le ayude a pegarle un sablazo

a mi propio marido?

-No, de sablazo nada.

Sus buenos dineros se lleva en intereses.

Si bien debo decir que no los pone tan altos

como otros de su oficio.

-¿Oficio? ¿Qué quiere decir usted con oficio?

-Llámelo oficio o afición.

Su marido es prestamista.

Y de los más solicitados, he de decir.

-¿Cómo? No, no, se equivoca usted, le han informado mal.

Mi esposo regenta un negocio

de recogida de basuras y desechos. -Claro. (RÍE)

Olvide mi demanda entonces.

He debido de meter la pata.

Me pasa a menudo, por mi carácter.

-(RÍE)

-Encantado de saludarla.

-(SUSPIRA)

Para mí no cabe duda.

Martín se confesó culpable sin serlo,

solo para exculpar a Casilda.

Pero a la jerarquía le viene de perilla

tener un chivo expiatorio.

Pero quedó demostrado que formó parte del grupo

que puso la bomba en la parroquia. Nunca negó esos vínculos.

Pero no tuvo que ver en ese atentado.

De hecho, parte del problema

es que se negara a participar en ello.

Por otro lado, se mostró colaborador

con usted. Sin su ayuda,

jamás habríamos detenido a los culpables.

Luego no es un peligroso revolucionario.

Ni sería de justicia aplicarle las nuevas medidas del Gobierno.

¿Darle garrote? No, desde luego. Yo mismo testificaría a su favor.

Me alegra escuchar eso.

Perdone la curiosidad, pero ¿en qué le atañe a usted

la suerte o la desgracia

de Martín? Ahora voy a serle sincero.

Pablo y Leonor, en nombre de Casilda,

me han propuesto defender a Martín

ante los tribunales.

¿Sabe a lo que se arriesga usted? (SUSPIRA) Lo sé, amigo.

Lo sé.

Por eso soy un mar de dudas.

Todavía no he aceptado el caso.

Rosina no se lo perdonaría jamás. Ni mucha gente.

No sería un buen negocio para mí.

Bueno, quizá no tan desastroso.

¿De verdad le ve alguna virtud a la coyuntura?

Si usted ganara el caso, su reputación aumentaría.

Y no poco.

Tal vez.

Pero no termino de decidirme.

¿Qué, Servando?

¿Ha estado bien mi actuación o no? -De rechupete.

Como si hubieras sido "Virgen" toda la vida.

-¿Eso es un chiste? En Cabrahigo no admitimos chirigotas

con el himeneo. -No, no.

¿Cómo se te ocurre? Ha sido una actuación

de 10 minutos de aplauso, incluido el gallinero.

-Esperemos que deje de ir a buscarme a ese árbol.

-No te va a buscar a ti, a la que busca es a la Virgen.

-Ah, sí, es que una se mete en el papel y...

-Ahí quería llegar yo. Has estado estupenda,

muy bien, pero debo decirte esto,

deberías haberte ahorrado la floritura esa de que estarías...,

vamos, tú no, que la Virgen estaría dentro de Paciencia.

-Ah, sí, cuando le he dicho: "Yo siempre viviré en ti".

"Siempre dentro de ti".

¿Qué le molesta? Lo hubiera dicho cualquier Virgen,

por lo menos las de mi pueblo.

Es que a lo mejor se le ocurre que no la toque,

ni que me arrime a ella,

ni que la acaricie ni que la cubra en el lecho conyugal.

Como la Virgen va a estar dentro

y lo ve todo... -Mire que es desagradecido.

Aquí voy a estar yo

esperándole a que me pida otro favor, coñe.

Llega el crítico y le chafa.

Qué fácil es criticar al creador, ¿eh, leches?

-No te pongas así, solo defendía mi vida conyugal.

Comprende que esté alterado.

También he perdido el chanchullo

del agua bendita. -¡Es que te...!

-¿A que estás con Lolita, Servando? (RÍE)

-Con la misma que viste y calza, Uy, hija.

Es que no te veo.

Te he oído,

y me alegro mucho de que estés aquí.

Así puedo contarlo. ¿Sabes que la Virgen,

la propia Virgen, ha estado en mi casa

apareciéndoseme? -¡Oh, vaya!

Qué suerte. Muchos no pueden decir eso.

-Hombre, claro que no.

¡Uy, qué golpe! -Ay, Paciencia, deje, que le guío.

Quieres sentarse, ¿verdad? -Si viera una silla.

-Aquí, aquí.

-Ah. -Eso es, así.

Si quiere levantarse, pídanoslo,

de lo contrario, se esmorra. -Muy bien

-Ha ido muy deprisa esa ceguera. -Ay...

-¿Y mi rosario?

No acabo de encontrar el rosario.

-Sí, sí...

Claro, claro, aquí.

Este. -Ah...

Gracias.

-Si es que no ve tres en un burro. -No parece, no.

-Lo que faltaba. ¿Es que no va a terminar esto nunca?

¿Qué la rechifla a Paciencia?

O ve lo que nadie ve, o no ve lo que tiene delante

de sus narices.

(SUSPIRA)

Mire este raso. Pocas veces habrá visto mayor calidad

y pureza. Y es que, como usted busca, está hecho única

y exclusivamente para vestir novias.

-Me parece divino, lleva usted razón.

¿Y este tafetán?

-Maravilloso también.

No hay más que verlo.

-Ah, sí,

pero no es un blanco tan puro, tiende más al marfil.

-Para gustos, los colores.

Aunque últimamente se ven novias vestidas de marfil,

incluso de un tono hueso más fuerte. -Ay...

-Y cautivan. -Es que es difícil decidirse.

Yo, como todas, quiero ser la novia más bonita de la ciudad.

-Y lo será.

Confíe en mí.

-Ya.

Me imagino que no es fácil, pero tiene mi permiso para hablar

con total libertad de los obstáculos

que pueda suponer mi condición.

-Es usted muy comprensiva. Gracias.

La verdad es que nunca he cortado un traje

para una contrayente en su situación, pero...,

eso sí, hablando con confianza de todo,

vamos a lograr que su elegancia sea como la que más.

(RÍE) Con mucho volante

incluso podríamos cubrir la silla entera.

-Como si fuera una novia bajita.

-Bueno..., podríamos valorarlo, sí.

-Ay, solo elegir tejido ya es difícil.

No me imagino lo que será decidirse por el corte del vestido.

Buenos días, Teresa.

Qué gusto verla.

¿Cómo se encuentra usted?

Haciéndome a mi nueva situación

con resignación. No es tan difícil

si sabes que formas parte del plan de Dios.

Cuánta paz y sosiego.

Que no habría alcanzado de no tener a Mauro a mi lado.

Sabe usted que vamos a casarnos, ¿verdad?

Sí, alguien me lo ha comentado. Mi más sincera enhorabuena.

-Precisamente, en la difícil tesitura

de elegir tejido para el enlace

nos encontrábamos. -Si supiera

lo difícil que es. Dan ganas de olvidarse de la boda.

No diga usted eso.

No, si bromeaba. (RÍE)

Ay, no sé qué sería de mí sin Mauro.

Moriría, sin duda alguna.

Les deseo toda la felicidad posible.

¿Me deja atender un momento,

que lo suyo va para largo?

-Sí, claro, faltaría más.

¿Qué deseaba? Venía a recoger

esos tocados. Ah, sí.

Pero no tengo prisa.

Volveré en otro momento. -Teresa, por favor.

Quizá es demasiado...

Si no puede..., dígamelo y no habrá pasado nada,

pero ¿le importaría ayudarme a elegir la tela que me vestirá

camino del altar? -Vendría bien una tercera opinión.

Llegamos largo rato sin decidirnos. -Por favor.

Sí, claro.

No es que tenga experiencia en bodas,

pero si solo se trata de opinar... Yo era partidaria

del raso, sin embargo, doña Humildad se inclinaba más por el tafetán.

Vaya, no va a ser tan fácil como preveía.

A mí me cautiva este encaje.

-¿Sí? No se crea, también a mí me llama el encaje así.

Si no cierro los ojos y señalo uno de estos rollos al azar,

es porque quiero que Mauro esté orgulloso

cuando me reciba en el altar. Es natural.

-¿Entonces?

-Pues, la verdad...

Me decido por el encaje.

Me siento más tranquila sabiendo que Teresa está de mi lado.

-Bueno, pues deberé ir a hablar

con el proveedor de inmediato.

Este encaje en concreto no es de las piezas habituales.

Igual hay que pedirlo a talleres. Vuelvo enseguida.

Quédate aquí un momento atendiendo. Vuelvo enseguida.

-Muchísimas gracias.

Que Dios se lo pague.

¡Leandro! ¿Qué?

¿Dándose un paseíto antes del laboro?

-Así es, estirando las piernas un rato.

Te veo muy risueño y ufano.

-Motivos no me faltan.

Resulta que don Ramón, mi futuro suegro,

nos ha invitado a cenar. Vamos,

a mí me huele a cenita familiar.

-Eso parece, sí. -Así que bendice

nuestra relación. De ahí a la boda hay un paso.

-Sí, pero ¿no crees que vas demasiado deprisa?

-Estoy deseando levantarle el velo y darle un beso.

Soy de los que ya sabe el traje que se pondrá en el bautizo

de su primer retoño.

-Siempre has sido más rápido que una bala.

-Que dure, don Leandro.

A mí nunca me había llegado una mujer tan hondo.

Nunca me había llegado una mujer.

He tenido mis escarceos,

pero siempre he querido a María Luisa. Si es amor verdadero,

se sabe. Es como uno de esos ciclones que arrasan las islas;

que pueden con todo, que arrasan.

Que los tienes que mirar aunque no quieras.

Que te llevan en volandas

de todas todas. -Cuánta razón tienes, hijo.

Más razón que un santo.

Casilda, ¿qué tal estás en casa con doña Rosina?

-Bien. -Conociendo a doña Rosina,

no es mala respuesta.

¿Qué tal, Martín? -Aguantando.

Supongo que ya sabrá que quieren apiolar a todos

los presos anarquistas. -Eso lo decidirán los tribunales.

-Ya, pero, cuando el Gobierno quiere, puede ser muy injusto.

Aunque, bueno,

no me voy a venir abajo.

Voy a subir a dejar el capazo y salgo a buscarle un abogado.

¿Puede darme usted las señas de alguno?

-No hace falta que busques más.

Estás delante del letrado que buscabas.

-¿Usted?

¿Me está diciendo, de verdad de la buena,

que va a defender a Martín? ¿Está bromeando?

La semana pasada me dijo que no. -¿Crees que bromearía

con la vida de un hombre?

Simplemente, lo he pensado mejor.

La justicia bien vale los contratiempos de mi decisión.

-"Pos" no sé qué decirle.

-¡Ay! ¡Perdóneme!

¡Disculpe! Es que lo he hecho sin pensar.

Que lo mismo me da por reír que por llorar, soy así.

-Sí, déjalo anda. Déjalo.

-Por las perras, no se preocupe, que tendrá el dinero.

-Sí, no lo dudo, pero ahora eso no importa.

-Arrea, "pos" antes sí que la tenía.

-Iré a comisaría para hablar con él y preparar su defensa.

-Yo también iré a verle.

Lo va a hacer usted requetebién, que vale usted un imperio.

-Gracias por la confianza. Si me disculpas, mi esposa me espera.

-"Lo que hubiera disfrutado Maximiliano"

con este asunto del oro; con lo que le gustaba jugar...

Leonor, dile a la criada que mañana tendremos un ágape

en memoria de mi marido asesinado.

Que lo disponga todo sin reparar en gastos.

-Ya la he "escuchao", doña Rosina.

¿Le parece a usted que prepare

unas tartaletas de cangrejo, las que tanto le gustaban

a don Maximiliano? Que en paz descanse.

-Dile a la sirvienta

que haga lo que considere conveniente,

siempre que todo quede a mi gusto.

-Nunca me va a perdonar, olvídense.

Tienes que darle tiempo.

Un día se levantará y te tratará todo lo bien

o lo mal que te trataba antes.

Dios te oiga, Pablo.

Vivo con el miedo de encontrármela en los pasillos.

Pero, bueno, te voy a creer, ¿eh?

Quizá hoy es el día de la buena suerte.

-¿Por qué dices eso? -Porque don Felipe

va a defender a mi Martín.

Y me ha dicho que el parné no importa.

¿Habían ustedes oído hablar a un abogado así?

-"Había pensado comprarle un detalle a María Luisa".

Nada caro, algo que le indique que pienso en ella,

aunque no esté con ella, esté donde esté.

Es un bonito detalle.

Sobre todo que ella sepa que jamás te la puedes quitar de la cabeza.

-El amor es eso, ¿no? Una infección que se te mete en la mollera

y que te obliga a pensar todo el rato en ella.

Ahora, esa infección nos da fuerzas para vivir.

Si usted supiera las fuerzas que me da al despertarme, que digo:

"En unos minutos

voy a ver a mi María Luisa". -Te sentirás el hombre

más afortunado del mundo. -Me lee el pensamiento.

(RÍE)

¿Don Leandro?

-¡Juliana!

Te quiero, Juliana.

Siempre te he querido.

Y no me importa si me escucha todo el mundo,

al contrario, me gustaría tener la voz más alta

para decir y proclamar mi amor. Te he querido,

te quiero y te querré hasta el final de mis días.

Ave María Purísima. -Sin pecado concebida.

Adelante, hijo mío.

-Padre, me acuso de pecar con una mujer.

Pero lo peor no es eso.

Lo peor es que no sé si podré garantizar

al final de esta confesión el propósito de enmienda.

-Debe hacerlo.

-¿Y cree que no lo hago?

Una y mil veces me he dicho a mí mismo que no lo haría.

Pero es inútil.

No puedo resistirme a sus encantos,

su forma de hablar,

la finura de sus manos.

las promesas que cuenta, su sonrisa...

-(CARRASPEA) -Perdone, padre.

Perdone. Por mucho que dijera, no sería capaz de transmitir

hasta qué punto me tiene esclavizado esa mujer.

(SUSPIRA)

Me he castigado.

He apretado mi cilicio.

He orado horas de rodillas.

Mas, al término,

vuelve la ansiedad por verla,

por palparla.

-¿Está usted casado?

-Así es.

Y quiero mucho a mi esposa.

Me maldigo por el daño que le hago,

por el daño que he causado a mi matrimonio

y, por tanto, a Dios.

Pero todo resulta inútil contra el veneno de esa hembra.

-Y piense también en la reputación de esa mujer.

-También lo he hecho, padre.

La vergüenza, el deshonor, el baldón que caería sobre ella.

Pero no resulta,

nada funciona contra su embrujo.

No puedo reprimirme,

aunque sepa que nuestra relación terminaría con ella socialmente.

Estoy perdido, padre.

Estoy perdido.

Ay, lo siento, ¿es muy tarde ya?

No, solo me estaba cambiando para cenar.

Puedo esperar a mañana,

si no le viene bien ahora. No hay problema, si somos amigas.

¿Desde cuándo los horarios se interponen entre dos amigas?

Pase, hablemos mientras me cambio.

¿Y bien? Aunque no creo que me sorprenda.

Quiere hablar usted de las plazas para los niños huérfanos

en el colegio, ¿no es cierto? Quería asegurar

que esas plazas gratuitas o becadas existirán.

Es usted tozuda como pocas.

Le dije que admitiría a tantos como pudiera.

Comprenderá usted que es un compromiso

bastante ambiguo.

Lo que me gustaría saber es ese número de plazas.

No es lo mismo intentarlo que hacerlo.

Podría enfadarme por el aire de desconfianza

que noto en su hablar,

pero entiendo que sus razones son justas y compasivas.

Ha crecido sin el amor de unos padres y...

le toca muy hondo el pesar de los desarropados.

Confíe en mí, esos niños tendrán plaza.

Gracias.

"Lleva una insignia nueva". "Cofradía del Sagrado Corazón".

"La del padre Fructuoso".

"Es usted muy observadora".

Está usted pálida. ¿Se encuentra bien?

Una cosa son los culpables del atentado

y otra cosa muy distinta es el desgraciado de Martín.

-Eso nunca lo entendería Rosina. -Sí, lo sé.

-Pero cada vez estoy más convencido de que es inocente.

Tengo buenas noticias.

Felipe va a ser tu abogado. Casilda me ha pedido

que intente librarte del garrote. -¿Su adelanto

da para su minuta? -No le voy a cobrar

como si fuera una marquesa. Debe tenerte mucha estima,

a pocos he visto hacer

los sacrificios que hace ella por ti. -"Brindo por mi difunto esposo".

Su asesino va a ser ejecutado.

-Esperemos que no paguen justos por pecadores.

-En este caso no hay confusión posible.

Ese abanto se va a retorcer

en el garrote como se merece.

Cómo me gustaría ver su cara

en ese momento. -"Leandro, tu madre".

-Vaya.

Sospecho que vamos a tener una buena función de teatro.

Lo de dar la nota, viene de familia, ¿no?

"Yo le debo un dinero a Clemente"

y no puedo devolvérselo.

Por eso usted me lo va a prestar. -¿Qué pasa si no lo hago?

-Que le diré a Clemente que me ofreció el préstamo

a sabiendas de que soy cliente suyo.

-"Iré a la sastrería"

a probar el talle del traje. Ahí no te puedo ayudar.

No te preocupes, tendré muy buena ayuda; Teresa.

Va a ayudarme en tan importante elección.

¿Qué pasa?

"Teresa..., ¿no la ves alicaída

estos días? La veo como siempre.

Me da que es un tema de amores.

¿No crees que se pueda tratar de algo así?

No lo sé. No me cuenta nada de sus desengaños amorosos.

¿Y por qué das por supuesto

que se trata de un desengaño amoroso?

"Esta insignia".

De la Cofradía del Sagrado Corazón. Gracias.

¿No quiere saber dónde lo he encontrado?

En cualquier lado.

Estaba en casa de doña Cayetana.

Y no estaba en la estancia principal.

Acacias 38 - Capítulo 307

24 jun 2016

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