'Acacias 38', nombre del portal señorial donde se desarrollarán las historias, es una serie diaria y coral, ambientada en 1899, que cuenta lo que sucede en un edificio de la burguesía de finales del siglo XIX situado en un barrio lleno de situaciones variopintas.

Realizada por TVE en colaboración con Boomerang TV, ‘Acacias 38’, una idea original de Susana López Rubio, Aurora Guerra, Miquel Peidró y Josep Cister, es una ficción cercana, cálida, luminosa y romántica en la que los grandes protagonistas son los sentimientos universales: el amor, los celos, las pasiones, las venganzas y los odios.

La nueva serie diaria cuenta con un reparto coral formado por más de 20 personajes principales a los que darán vida Sheyla Fariña, Roger Berruezo, David Muro, Iago García, Arantxa Aranguren, Carlos Serrano-Clark, Sara Miquel, Inés Aldea, Marc Parejo, Sara Herranz, Sandra Marchena, Mariano Llorente, Alba Brunet, Marita Zafra, Anita del Rey, Juanma Navas, Cristina Abad, Inma Pérez-Quirós, Amparo Fernández, Raúl Cano, María Tasende, Miguel Diosdado, Aurora Sánchez y Andrea López.

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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 342 - ver ahora reproducir video 53.09 min
Transcripción completa

Me encontré a dos guardias recios

y uniformados. Y detrás a don Mauro.

Entraron el el salón, como un torbellino,

y se llevaron a doña Cayetana casi en volandas.

Pero

¿de qué se le acusa? ¿Qué dijeron?

Humildad, ¿qué hace aquí?

Teníamos que resolver unos asuntos del colegio

y le he dicho a doña Fabiana

que fuera a por usted para tratar de resolverlo sin molestarla.

Exijo saber de qué asesinato se me acusa.

Muy bien.

Del de doña Úrsula Dicenta.

¡Eso es mentira!

¡Todo es mentira!

Evitaremos que ese hombre se salga con la suya.

-¿Lo dice usted de verdad?

-He llamado a los mejores abogados de la ciudad.

Conseguiremos que Cayetana salga de ese antro a escape.

¿Hará eso por ella?

Haría eso... y mucho más.

Cayetana no está sola.

-Trini está viviendo en nuestra antigua casa,

en la casa de Clemente Heredia.

-¡No! ¡No puede ser! -Eso pensaba yo.

Por eso fui a nuestro antiguo piso, a su casa,

y lo pude comprobar con mis propios ojos, hija.

-María Luisa, hija, te voy a...

-¿Cómo ha podido hacernos eso?

¿Cómo ha podido traicionar a mi padre sabiendo

lo mucho que la quería? -¡Hija!

-¡No, No me llame "hija!, ni se le ocurra!

¡Jamás, ¿me oye?!

¡Jamás le perdonaré lo que nos ha hecho!

¡La odio!

-No vas a poder montar a caballo nunca más.

El médico dice que tienes una fisura en una vértebra.

Que es grave.

Y que cualquier movimiento brusco podría dejarte postrado

en una silla de ruedas.

-¡Yo no sé lo que le ha hecho a usted esa mujer, Fabiana!

Pero usted no era así.

Antes tenía corazón, humanidad.

Antes era buena.

¡Ahora ya no sé

quién es usted, Fabiana!

Yo no la reconozco.

No quiero que me entretengan con trabajo burocrático.

Derive los asuntos, que no tengan que ver con mis responsabilidades,

a otro compañero.

Tengo visita.

Vuelva luego, le daré más indicaciones.

Muchas ganas debías de tener de verme,

cuando llegas tan temprano a mi despacho.

Sobran ironías, Mauro.

Sabes los motivos que me traen aquí.

Sí. Cayetana, supongo.

Mejor cierro la puerta.

Creo que esa mujer lo escucha todo.

Incluso desde dentro de la celda.

No sé quién de los dos es peor,

si ella o tú.

Acercándote de nuevo a mí para maniobrar contra ella.

Me limito a hacer mi trabajo.

¿Te recuerdo que es mi obligación sacar de la calle

a los que es mejor que estén encerrados?

Tantas veces has tratado de implicarla,

y tantas veces se ha demostrado que es inocente,

que deberías desistir.

Mira, no te confundas, Teresa.

Inocente no ha sido nunca.

Incluso cuando no he podido demostrar nada, era culpable.

No debería darte explicaciones, pero lo voy a hacer.

Tengo pruebas de que Cayetana asesinó a Úrsula.

¿Pero no te das cuenta de que no tienes nada?

Los abogados sacarán a Cayetana de la cárcel,

como cada vez que tú has tratado de inculparla de algo.

Se demostrará que, lo único que tienes,

lo único que te mueve, es tu obsesión.

¿Obsesión?

Te recuerdo que fuiste tú quien me dijo

que en Úrsula estaba la clave para desenmascarar a Cayetana.

Eso era cuando creía que había algo de lo que desenmascararla.

Pero ahora me he dado cuenta de que todo está en tu cabeza.

Mira, aún recuerdo tus palabras.

Úrsula es la única que conoce el paradero

de los cuerpos de Germán y Manuela.

Eso es algo que nunca pudiste demostrar.

Te lo recuerdo yo a ti. Ya lo sé.

Y también sabes, mal que te pese, que el suicidio fue una pantomima.

Que los mataron.

Y que los cuerpos desaparecieron por interés de Cayetana.

Yo ya no sé nada.

He creído que lo sabía.

Pero lo único que hacía era seguir tus teorías.

También sabes que Úrsula conocía el paradero de los cuerpos

y que podía implicar, en su asesinato, a Cayetana.

Por eso la mató.

Pocas veces tenemos un móvil tan evidente, Teresa.

¡Te repito que ha llegado un momento en el que no me creo nada!

¡No sé nada y no sé qué parte de tus teorías

son simples invenciones!

Lo probaré.

Lo probaré, Teresa.

Pero no te preocupes,

no te echaré en cara tu falta de fe en mí.

No probarás nada.

Todo se repetirá otra vez.

Y Cayetana saldrá en libertad.

Te voy conociendo.

Distingo tu mirada, cuando de verdad crees algo,

y cuando solo lo quieres creer.

Piensa lo que quieras.

Deberías plantearte lo que de verdad opinas de Cayetana.

No puede haberte engañado.

A ti no.

Sabes más que nadie de ella.

Adiós, Mauro.

Señora, ya está preparado el cuarto de doña Leonor.

Por si vienen a la hora de las burras de la leche.

Y ahí está la manta y el andador de don Felipe.

-No sé a qué viene esa manía de los hospitales

de dar la santa salva.

Parece que no quieran dejar dormir a los pobres enfermos.

-Señora, será para que entren los nuevos,

que hay mucho estragado y poco galeno para atenderlo.

-Eso será en los hospitales

de beneficencia, Casilda.

Mi yerno está en uno de pago.

Que nuestros buenos cuartos nos ha costado.

Y hablando de cuartos, ¿cómo van tus ahorros con Martín?

-Pues creciendo.

¿Le pongo más leche, señora? -Sí, un poquito más.

Eso está bien, que ahorréis

para que un día encontréis acomodo.

-¿Es que acaso nosotros le estorbamos?

-¿A mí? ¡No! Si casi ni noto

que estáis.

Lo digo por ti, Casilda.

Porque ya se sabe, el casado casa quiere.

Además, desde el principio quedamos en que aquí

solo estabais de manera provisional, Casilda.

-Ya lo sé yo, señora.

Pero hay unos precios

que más que alquilar parecen querer cobrarte en sangre fresca.

-No creo que estéis buscando un piso principal.

-¡Qué va, señora! Nosotros, con un cuchitrilín

nos conformamos.

-¡Deben de ser Pablo y Leonor! ¡Ve a abrir!

¡Pablo!

¡Por fin te han dado el alta! ¿Cómo te encuentras?

Se te ha echado mucho de menos en la casa.

Gracias, doña Rosina.

Estoy mucho mejor, ¿eh?

-Siéntate y descansa.

Casilda, lleva las cosas de Pablo a la habitación

y prepara una manzanilla, por favor.

¡Y un suizo, que me muero de hambre!

-Pues sí, al vuelo.

-Es una alegría de que hayas regresado sano y salvo.

-¡Pero échate esto por encima, no vayas a coger frío!

Pero cuenta, ¿qué te ha dicho el médico?

¿Ya estás bien del todo?

Pues no, doña Rosina.

Ni estoy bien ni voy a estarlo.

-No digas esas cosas,

podría haber sido peor de lo que ha sido.

Sí, es cierto.

Podría estar muerto y estoy vivo.

El resto qué importancia tiene, ¿eh?

-¿Pero qué te ha dicho el médico?

¿Cuál es el problema?

Doña Rosina, no voy a poder montar a caballo nunca más.

Mi espalda no podría resistirlo.

¡Qué desilusión!

¡Cuánto lo siento!

¿Podéis tener hijos?

-¡Madre!

Imagino que sí, doña Rosina. Sí.

Bueno, quizá Leonor tenga razón.

Podría haber sido peor. Al fin y al cabo estoy vivo.

Al mal tiempo, buena cara. ¿Eh?

Claro.

-Mira, Pablico,

te traigo los suizos y el vaso de leche.

Gracias.

Paciencia Infante.

-¿Infante? Es un apellido muy raro.

-No sé, es el suyo. -Será, pero no lo recuerdo.

El caso es que me gusta. "Infante".

Pero si parece de la aristocracia, verídicamente.

Oye, ¿y la ficha de nacimiento?

-8 de mayo de 1845.

¿Entonces cuántos años tengo?

-55. -¡Uh!

¿Sí? ¡Pues aparento menos!

Vamos, que me miro al espejo

y me veo más radiante que cuando era mocita.

No se te ocurra decir nada a Servando

de esto que te he preguntado.

-Descuide, que yo no le digo nada.

Ande, guárdese la cédula, no la pierda usted.

-No, no. Muchas gracias, Ferrerillo.

"Infante", "Infante"...

-Buenos días.

-Buenos días han de ser.

¿Cómo tan temprano entra tanta belleza por la puerta?

-Quería pedirte perdón

por mis formas de marcharme ayer.

No tienes la culpa de nada y no te lo mereces.

-Tú no tienes que pedirme perdón por nada,

que sé muy bien por lo que estás pasando.

Siéntate.

-Pero es que Trini...

De verdad, no la entiendo.

No sé cómo puede decir que es lo mejor para nosotros.

-¿Y si fuera verdad?

-¿Qué?

-Que doña Trini siempre ha sido una mujer sensata.

Arrojada, pero sensata.

Me cuesta creer que haga las cosas a tontas y a locas.

-¿La estás justificando? -No.

Estoy dándole el beneficio de la duda.

No sé que le pasa a Trini por la cabeza,

pero me gustaría entenderla.

-Mira, Víctor,

ese hombre, Clemente, es un facineroso

y nada bueno puede traer el trato con él.

Si te posicionas del lado de Clemente y de esa...

Mejor me voy a callar,

te estás posicionando en mi contra.

-¿Cómo me voy a posicionar en tu contra, María Luisa de mi vida?

Si tú eres lo que más quiero en este mundo.

"Per Christum Dominum nostrum".

"E nomini Patri, et Fili e Spiritu Sancti".

-Amén.

¿Quiere una taza de achicoria, Padre?

-No, estoy ayunando unos días

en la ermita del campo.

Un poco de agua será suficiente.

-No debería, tiene que cuidarse.

-Ningún sacrificio

que se hace con el corazón limpio,

y a favor de nuestro Señor, puede perjudicarnos.

¿Qué te pasa?

Te he encontrado ausente durante el rezo.

Intento despejar mi mente durante la oración, pero...

A veces, mi preocupación sale de dentro.

Doña Cayetana está en prisión.

-¿Mauro es el responsable? -Sí, claro.

La acusa de la muerte de su criada, de Úrsula.

-¡Oh!

No quiero indisponerte en contra de tu esposo,

pero espero que Cayetana sea inocente.

Sería un grave golpe para la reputación

del colegio y el Patronato.

-Pese a mi vinculación con el Patronato,

me debo a mi esposo.

Aunque, a veces, dude de sus verdaderas intenciones.

-¿Cómo así, hija?

-Sé que sus propósitos son honestos,

pero no estoy segura de que sean justos.

-Perdona, pero no te entiendo.

-Él mismo lo negaría,

pero para Mauro lo más importante no es la verdad de la justicia,

para él, lo realmente importante...

es el estar pendiente de la gente que quiere,

a la que considera suya.

-¿Y a quién crees que protege, en este caso?

-A Teresa Sierra.

-¿Crees que acusaría de asesinato

a Cayetana por proteger a Teresa?

Es demasiado grave.

No. No.

Mauro es un policía competente, no lo creo.

Esté en lo cierto,

o equivocado,

estoy seguro de que tiene motivos

para acusarla tan gravemente.

-Tal vez tenga usted razón,

pero aquí, en mi mente,

todo son dudas.

En fin...

¿Saldremos a dar un paseo? -Claro.

Para eso estás preparada

y has rezado el rosario sentada en el sofá.

¿Vamos?

"Deberías plantearte lo que de verdad opinas de Cayetana".

"No puede haberte engañado. A ti no".

Querida,

su problema es que no es capaz de entender

hasta dónde puede llegar doña Cayetana

para lograr sus propósitos.

También a don Germán y a Manuela les costó entenderlo.

De hecho, cuando lo hicieron,

ya era demasiado tarde.

¿Qué está insinuando, Úrsula?

Eso es algo que nunca pudiste demostrar.

Te lo recuerdo yo a ti.

Ya lo sé.

Y también sabes, mal que te pese,

que el suicidio fue una pantomima.

Que los mataron.

Y que los cuerpos desaparecieron por interés de Cayetana.

Yo ya no sé nada.

He creído que lo sabía,

pero lo único que hacía era seguir tus teorías.

También sabes que Úrsula conocía el paradero de los cuerpos,

y que podía implicar en su asesinato a Cayetana,

por eso la mató.

Pocas veces tenemos un móvil tan evidente, Teresa.

¿Qué teme doña Cayetana de lo que usted sabe?

¿Algo que pueda implicarla?

¡Sé tantos secretos de doña Cayetana, tantos...

Recuerdo asuntos

que ni ella, quizá, recuerde.

Es mucho lo que ella debe de temer.

¡Podría acabar con su prestigio!

De mi lealtad y de mi discreción depende.

¿Úrsula?

Ella es la llave para acabar con Cayetana.

La tiene una lealtad total, casi perruna.

Ya no.

"Esa es la novedad,

el clavo al que podemos agarrarnos".

Teresa.

¿Qué hace aquí?

Celia.

Siéntese conmigo.

Es un buen sitio para pensar.

El mejor del barrio, diría.

Ya vi que había salido de casa cuando ni habían cantado los gallos.

Es usted una mujer llena de contrariedades,

Teresa.

Quería hablar con Mauro.

Llegar a la comisaría antes que él

para preguntarle por Cayetana.

Antes de que empezara el día

y que no pudiera prepararse un discurso.

¿Y? ¿Sacó algo en claro?

Al contrario.

Me creó más dudas.

Salí de Acacias convencida de la inocencia de Cayetana,

pero regreso llena de incertidumbres.

¿De verdad cree que Cayetana

puede estar implicada en la muerte de Úrsula?

Quiero creer que no, pero...

los argumentos de Mauro no son nada disparatados.

Yo he sido una gran amiga de Cayetana.

Y, aunque me cueste admitirlo,

desgraciadamente, ahora mismo, creo que todo es posible.

No pondría la mano en el fuego por ella.

Yo tampoco.

Pro me gustaría hacerlo.

Habrá que esperar

y ver en qué termina todo esto.

¡Martín! ¡Martín! A ti te quería yo ver.

-Dígame usted. -Oye,

has hablado ya con el director de la película?

Es que estoy pensando

que puedo llegar a ser un gran actor dramático.

-No, no me ha dado tiempo, ¿eh?

Ya. -No, no.

Incluso estuve ensayando hasta... Tú escucha.

"Cuán gritan esos malditos,

pero mal rayo me parta

si al terminar esta carta, no pagan caros sus gritos".

¿Heroico, ¿eh?

De ave se me ha puesto,

verbigracia, la piel de gallina. -Sí.

Y a mí, se lo juro.

-Y esto no quita para que no pueda interpretar

otros papeles más íntimos, como de galán español.

Tú escucha.

"¿No es verdad, ángel de amor,

que en esta apartada orilla

más pura la luna brilla

y se respira mejor?".

-Me ha corrido un escalofrío por la espalda. ¡Sí!

-¡Bueno, no, no...!

Y eso que no hemos hablado de mi memoria prodigiosa.

Que, realmente, yo me veo más en el teatro.

Pero utilizaré el cinematógrafo como caballo de Troya

hasta poder llegar a los escenarios.

(Asiente) -Puede.

Pero, ya le digo, no he hablado con don Bernabé

y no he podido recomendarle.

-Ya, ya. Oye, pero...

Pero tú no... Pero tú no me dejes tirado.

Haz lo que te venga en gana.

Tenemos un pacto. Tú me consigues un papel de actor

y yo te echo una mano recomendándote

para que a Casilda se le vayan los celos.

-Ahora que ha sacado el tema,

no termino yo de ver el consejo que me dio.

-Anda, caramba, pues no falla.

Vamos a ver,

una cena romántica,

con las famosas castañas de Naveros del Río.

De primero, de segundo y de postre,

en diferentes formas y texturas.

Y después, una jota de Naveros del Río.

Bueno, cualquier mujer caería a tus pies.

Solo tienes que ver

a la Paciencia, que come de mi mano.

-Sí, don Servando, pero veo el plan como muy de naveros.

Y yo tengo un problema.

Es que no soy de Naveros,

y la Casilda tampoco. -Ya.

¿Qué más da? En Naveros del Río

sabemos de eso porque...

Naveros del Río

es como la humanidad,

pero más pequeña.

Hazme caso, mangurial.

-No voy a seguir sus consejos.

Es más,

simplemente seré sincero, hablaré con ella,

y le diré que es lo que más quiero en este mundo.

-Bueno, bueno, pero tú no me falles, ¿eh, Martín?

Tenemos un pacto.

Tú me ayudas a conseguir un papel como actor.

Porque los pactos

se cumplen.

-Sí, no se preocupe, que yo hablaré con él.

Aunque sea para que no me declame más el "Don Juan".

Con Dios. -Con Dios.

-¡Servando!

Ahí ha estado usted muy interesado, como siempre.

-¡Toma! Si la palabra de un hombre no es la palabra de un hombre,

tú me dirás. Es que no vale: "Ahora sí

y mañana no".

¿Quieres que te declame el "Don Juan Tenorio?

Vamos, te sube un chispazo

por aquí, por la espina que...

-Déjelo para otro momento,

que es que me voy al mercado.

-Ya. Bueno, pues tú te lo pierdes.

-¡Hale!

"¿Qué es la vida,

un frenesí".

"¿Qué es la vida, una ilusión".

"Una sombra, una ficción".

"Que cualquier..."

Muy buenas. -Adiós.

-"Que cualquier bien es pequeño,

porque todo en la vida es sueño

y los sueños, sueños son".

¡Oh!

No puede ser.

¿Pero qué esperaba, San Emeterio?

¿Que qué esperaba?

¡Justicia!

La justicia tiene sus resortes.

Y doña Cayetana Sotelo Ruz

los maneja a su antojo.

Comisario, estamos hablando de una acusación de asesinato.

¡Ningún juez puede impedir la entrada

al domicilio de la acusada para buscar el arma homicida!

¿Ninguno?

Pues aquí tiene uno que lo ha hecho.

Sí.

Y es injusto.

Estoy de acuerdo.

Pero ahora hay que dejar de llorar sobre la leche derramada,

y pensar en estrategias alternativas.

No.

Tenemos que pedir al juez que revierta la orden,

que nos dé permiso.

Correcto. Lo haremos.

Y sus abogados

conseguirán que no vuelvan a autorizarnos la entrada.

Y ni se le ocurra entrar en esa casa por su cuenta y riesgo.

No se preocupe.

No voy a permitir que Cayetana quede libre por un error mío.

No voy a dar ni un paso en falso.

Me congratula oírle.

Un problema menos.

Esta tarde tenemos el careo entre la sospechosa y el testigo.

Así es.

Y más le vale prepararlo, tal y como ella está haciendo.

En este momento, está reunida con sus abogados.

Bosquejando sus mentiras.

Preparando su defensa.

Tiene el mismo derecho a hacerlo que cualquier otro acusado.

Al parecer, ella tiene más derechos que cualquier mortal.

Siempre ha sido así nuestro país.

Siempre han tenido más derechos los hidalgos

que los hijos del pueblo.

Esta vez no va a ser así, comisario.

Esta vez, Cayetana, va a pagar por todo el daño que ha hecho.

Y ni los jueces, ni los abogados,

ni sus conocidos lo van a impedir.

¡Qué caritativa está hoy!

-Hoy y casi a diario, aunque no me gusta nada dar óbolos.

-Ya. ¿No lo hará por el qué dirán, no?

-Lo hago porque es lo que tenemos que hacer los más desfavorecidos.

Pero más les valdría, a estos haraganes,

ponerse a trabajar, en vez de estar viviendo

a costa de las buenas señoras de este barrio.

-Tengo entendido que van a abrir fábricas nuevas

y se dará trabajo a todo el que lo necesite.

-A otro perro con ese hueso.

Estoy convencida que, dentro de cien años,

aún hay pordioseros en las puertas de las iglesias.

-¡Vaya!

¡Qué poca confianza tiene en el género humano, señora!

-Ninguna. Y en el género humano español menos.

Tan solo servimos para poner picas en Flandes.

Todo lo industrioso siempre lo hacen los ingleses.

-Porque no tienen alma, dicen.

-Sí, eso dicen.

Y a nosotros nos sobra.

-Pero tienen el alma unida, señora.

Aquí nos gusta pelear hasta entre Villa Arriba y Villa Abajo.

El caso es armar gresca.

-Pues sí, chuletas y pendencieros, así somos.

-Bueno, y algunas hermosas y orgullosas.

Tengo entendido que Pablo ya está en casa.

-Pues sí, le han dado el alta,

pero con una pésima noticia.

Creen que no volverá a montar a caballo.

-¡Menuda contrariedad!

Montar era su vida misma.

-Pues sí.

Lo que más le gustaba en el mundo al pobre muchacho.

Que también es estrechez de miras, vamos.

Anda que no hay cosas que un caballero pueda hacer.

-A usted también le gusta montar, ¿eh?, que yo la he visto.

Y no es fácil que se quede sin caballo.

Aguantó con coraje y habilidad.

-Y gracias a un salvador que me frenó el galope.

Sí.

Sí, me gusta mucho, es cierto,

pero volviendo a lo de Pablo,

puede hacer muchas otras cosas

que dejarse la vida galopando en suspensión.

Parece que se entienda mejor con los caballos

que con la humana gente.

-Bueno, con la pasión que tiene Pablo

es posible que pueda volver a montar,

en contra de lo que diga la ciencia.

Estoy pensando que quizá tendría que ir a visitarle.

-Sí, pero mejor espera a otro día.

Yo misma he salido de casa para dejarles un momento de paz.

-¿Y dónde va usted?

-A los jardines del Príncipe,

a ver si me encuentro con alguna amiga.

-Se ha encontrado conmigo. ¿No le sirvo?

-Tendrías que dejar de andar siempre a mi lado.

¿Qué va a pensar el vecindario?

-Pues que andamos de tertulia.

-A ver si alguien va a pensar lo que no es.

-¿Lo que no es?

Y cuénteme, ¿qué es lo que no es?

-Que me cortejas, mozalbete.

-Eso es lo que no es.

-Mira, mejor tú te vas para un lado y yo para el otro.

-Bien.

Me habría gustado acompañarla a su paseo,

pero si no es lo que usted desea no me queda otra que desistir.

Que pase usted una buena tarde.

"Que tengo todo lo que siempre he deseado".

Ramón, soy tan feliz que no puedo serlo más.

Es como que pienso: "Si soy un poco más feliz

me va a explotar el corazón o algo".

-Pues te equivocas.

Hay una cosa que no tienes.

-¿Qué cosa? -Una cosa

que te falta y que llevo mucho tiempo

queriéndote regalar.

-No se me ocurre nada que necesite y que no tenga ya.

¡Madre del amor hermoso!

¡Ramón, pero si son...!

-Perlas auténticas, escogidas especialmente

para ti.

-¡Ramón, son preciosas!

¡Son lo más bonito que he visto nunca!

-Una nimiedad, comparada con tu belleza.

-¡Calla, zalamero!

¿Ya?

¿Me quedan bien?

-¡Estás preciosa!

-Gracias.

Gracias por cumplir todos mis sueños.

"Eres... Eres mi hombretón y mi todo, Ramón Palacios".

(BESÁNDOLE)

-Deje, que ya entro yo a ver a doña Trini.

No se va a enfadar, se lo aseguro.

La criada de Clemente, no me dejaba entrar.

¡Habrase visto!

¡Como si no conociera ya a la perfección esta casa!

¿Cómo estás, Trini?

-Bien.

Bien.

Mira, hacemos una cosa.

¿Por qué no vas a casa, me esperas,

vas preparando un té, y luego bajo yo y charlamos un rato.

-No, no me marcho a ningún sitio,

que no me fio de que luego no vengas.

Trini, no entiendo qué estás haciendo aquí.

Y no me pienso ir sin una explicación.

¿Acaso no somos amigas?

-Claro que lo somos, Celia.

-Pues a mí no vas a engañarme.

Podrás engañar a quien quieras, hasta a tu esposo,

pero no a mí. Yo sé que tú amas a Ramón.

¿Qué estás haciendo aquí, Trini?

¿Eh?

-Pues lo mejor para todos.

Celia, créeme.

-No, no te creo.

No creo que mi amiga Trini esté a gusto viviendo con el hombre

que ha destrozado a su esposo.

-Celia.

¡Por favor, Celia!

Que lo va a escuchar la criada de Clemente

y me vas a meter en problemas. -¿Y por qué no me lo dices?

-Ya te lo he dicho.

Estoy haciendo lo que es mejor para todos.

Así que, te pediría, por favor, que te marcharas

y me dejaras tranquila. -¿Pero por qué, Trini?

¿Por qué? -Celia, porque no quiero problemas.

¿Eh? Mira,

en unos días todo volverá a la normalidad.

Y me entenderéis.

Pero mientras tanto,

márchate y déjame tranquila.

Por favor, Celia.

-Está bien, me voy.

Pero que conste que no te entiendo, Trini.

A mí me parecen preciosos.

-Y a mí.

No podía yo figurarme que dibujara usted tan bien.

-Solo figurines.

De tanto hacerlos me salen de memoria.

Pero te aseguro que si intento dibujar un árbol

me sale una farola.

-¡Embustero! Dibujas de maravilla.

¿O te tengo que recordar el dibujo del barco que hiciste en Niza?

-Eso era un divertimento.

Lo que se me da bien son los vestidos y los trajes.

-¿Y va a presentar estos modelos para buscar trabajo?

-Conozco a algunos de los mejores sastres de la ciudad,

y saben que tengo buen oficio.

Tendré que trabajar para los demás

hasta que abra mi sastrería.

-Se van a rifar el contratarte.

Tu madre se va a arrepentir de haberte dejado marchar.

-No me ha dejado,

me ha obligado a hacerlo.

Pero lo voy a vivir como si fuese una liberación.

Así podré hacer mis propios diseños

sin que ella se queje.

Mirad.

Estos figurines los hice para un concurso en París.

Y ella me lo impidió.

-Yo no me imagino trabajando con otra

que no sea mi madre.

-Y haces bien, Víctor.

Tú tuviste más suerte en el reparto de madres.

Como la tuya no hay ninguna.

-¡Anda, que vaya dos!

¡Comparando madres!

-Espero que cuando usted encuentre trabajo

se casen ustedes.

¿No?

-Eso espero.

Pero vamos por partes, primero hay que encontrar trabajo.

No quiero ser un mantenido.

-Además, que no hay ninguna prisa.

Con todo lo que hemos dado ya de hablar.

Un poco más no importa.

-Una boda sencilla,

con poca gente.

-Bueno, lo importante es que sea pronto.

No puede seguir usted mucho más tiempo en la pensión.

-Hasta la boda no queda otro remedio, hijo.

una cosa es que no nos importe lo que hablen de nosotros

y otra dar carnaza.

En el barrio ya sabemos cómo son.

-Si la peor es doña Susana, con perdón.

Y nos da igual lo que diga.

-Pero las cosas hay que hacerlas bien, con sentido

y con orden. Primero trabajo,

después boda...

Y luego me iré a vivir con mi esposa.

Pero bueno...

Voy a empezar ya y antes llegaremos a ello.

El primero en verlo será Santos.

Para mí es el mejor sastre de la ciudad.

Espero tener suerte y que tenga un hueco

en su sastrería.

-Tendrás mucha suerte, ya lo verás.

-Luego te cuento si hay novedades.

Víctor.

-¡Ay!

-Me encanta verla tan feliz, madre.

-Y que dure, hijo. Que dure.

-Nueve y...

Muy bien.

Un poquito más.

Ya está. Y diez.

Hemos acabado. Muy bien.

No, no. Vamos a hacer diez más.

Pero si hemos terminado la tabla que nos dio el médico.

Mejor paramos ya.

El médico dijo que me convenía hacer ejercicio.

Pero tampoco creo que sea bueno excederse.

A ver si te vas a hacer daño.

Vamos a hacerlas. ¡Venga!

-¿Interrumpo?

-Saluda a tu madre, Pablo.

Hola, madre.

Estamos haciendo los ejercicios que nos dio el médico.

-Pablo, estás sudado. A ver si vas a coger frío.

Anda, vete a ponerte algo.

Voy a cubrirme, sí.

-¡Ay!

-¿Cómo va mi hijo?

-Obsesionado con la recuperación.

-Que no haga locuras.

Me extraña verle con tanta presencia ce ánimo.

-Bueno, mejor eso que ver cómo se abandona.

-No estoy segura.

Para él, la noticia de no poder montar más a caballo

ha tenido que ser un mazazo.

-Y lo ha sido.

-Pues muy animoso le veo, y conozco a mi hijo.

¿No estará negándose a ver la realidad?

-¿Usted cree?

-Esta mañana me dijo algo que me hizo pensar

que estaba valorando las cosas

en su justa medida.

Me habló de que podía haber perdido la vida.

Y que eso, al lado de no poder montar

pues tampoco era tan grave.

-Y así es.

Y me lo creería en otro que no fuera mi hijo.

Por favor,

ándate con ojo con él.

No quiero que nos llevemos un disgusto.

-Descuide, que yo no le pierdo ripio.

Madre, ¿quiere una limonada?

Le he pedido a Casilda que traiga.

-No, solo he subido un momento a saludar.

Debo volver al quiosco.

Más tarde os veo.

Adiós, madre.

-¿Qué? ¿Seguimos con los ejercicios?

-No. No, Pablo, ya está bien.

Mejor seguimos mañana, que no es bueno excederse.

Y tu espalda no está par muchas aventuras.

Mis abogados han presionado

para que el juez no autorice el registro domiciliario.

Pero ¿qué problema hay?

¿Qué podrían encontrar aquí?

Nunca se sabe lo que unos sabuesos podrían encontrar.

Son capaces de inventarse cualquier prueba.

Si alguien viene, sin un papel del juez,

no debe entrar, digan lo que digan, ¿entendido?

-¡Por encima d mi cadáver han de pasar!

-Tampoco hace falta ponerse tan dramáticos.

Basta con prohibirles el paso

y avisar a un vecino para que sea testigo

de que entran sin autorización.

Sin permiso, encontraran lo que encontraran,

carecería de valor.

-¿Cuándo va a sacar a mi señora del calabozo?

Ella no puede dormir más tiempo allí.

Tranquila, Fabiana,

que el duque de Somoza hace lo que puede.

Gracias, señor.

Es que estoy muy nerviosa

y tengo muchas ganas de ver a doña Cayetana.

Si pudiera ir allí y llevarle ropa limpia...

-Cuando se la pueda ir a ver, ya se lo diré.

Aunque entiendo que ella preferiría la visita

de doña Teresa, o incluso la de la señora de Álvarez Hermoso.

-Claro, señor.

Perdone. -No pasa nada.

Ahora déjenos solos, Fabiana.

-Como mande, señor.

¿Cuál es la situación real?

¿Cree que doña Cayetana saldrá pronto de la cárcel?

-Mis abogados no dejan de intentarlo.

Están impidiendo que el policía ese,

San Emeterio, logre montar el caso.

Quizá no haya ni juicio.

Entonces, doña Cayetana, no podrá demostrar su inocencia.

La mejor batalla es la que no se libra.

Ya lo dice el refranero:

"Mejor un mal acuerdo que un buen juicio".

Déjelo en mis manos, Teresa.

¡Rosina! ¿Me buscabas? -¡No!

-¡Ah! Como mirabas para adentro.

A no ser que buscaras a mi sobrino,

porque a mi hijo no le vas a encontrar.

-¿A tu sobrino? ¡Qué ideas!

No, quería decir que no te buscaba,

pero si ahora estás libre,

¿que mejor momento para charlar un rato, eh?

-Pues ando como loca de trabajo,

porque ahora, sin mi hijo, figúrate.

Pero para las amigas siempre hay un momento.

Y más con lo revuelto que está el barrio.

-¿Revuelto? ¡Cuenta, cuenta!

-¿Sabes lo de Trini, no? -Sí.

-Ya se veía, que lo de esa iba a acabar

como el rosario de la aurora.

-Sí, que se ha separado del pobre Ramón.

¡Con lo que bebía los vientos por ella!

-¡Mira! Ya veo que no sabes de la misa la media.

¿Sabes dónde vive esa ahora? -¿Dónde?

-En su antigua casa. Pero ahora con don Clemente.

-¡Ah! ¿Qué estás diciendo?

¿Que ahora es la querida del otro?

-¿Quién sabe qué hace ahí?

El caso es ser inquilina de Acacias, lo demás le da igual.

¿Qué tendrá el 38, que atrae a tanta pillavispas.

-¡Ay, Señor! Con razón entraba y salía tanto del portal.

Y yo pensando que venía a visitar a Celia.

-¡Menuda pieza!

Con media como esa te haces dos vestidos

y te sobra para un chal.

-Precisamente, ahí viene Celia. Algo debe de saber.

-Buenas tardes, señoras.

¡Cuánto tiempo

sin verlas de plática por el barrio!

-Pues aquí estamos,

hablando de las noticias.

Bueno, más bien de la noticia.

-Tú debes saber algo más de lo de Trini.

¿Es verdad que ahora es la amante de Clemente?

-Pues claro que no.

Y eso no debería ni de comentarse.

Qué vergüenza que se esté diciendo eso.

-¿Vergüenza dar que hablar así, no?

-No me voy a quedar ni para desmentirlo.

Pero os ruego que no vayáis contando eso por ahí.

Porque no es verdad, y vosotras, sus amigas, las que menos.

-¿Amigas de Trini?

¿De cuándo?

-Pues si no lo sois no será porque no se portara bien,

que hay mucha mala idea por ahí.

A mas ver, señoras.

-¡Hombre! ¡Cuánto de bueno esta mañana!

-Víctor,

necesito hablar contigo. Estoy muy preocupada.

-Claro.

¿Nos sentamos?

Buenas tardes, doña Guadalupe. -Buenas, Martín.

¿Que no vienes de casa? -No,

vengo de hacer unas gestiones.

¿Porque necesita algo de donde los Hidalgo?

-No, solo saber cómo andaba mi hijo.

-¡Ah! -Saber si le habías visto.

-No, ahora iré a verle.

Verá, Guadalupe, me he parado porque quería preguntarle algo.

¿Qué flores cree

que podría regalarle a Casilda?

-¿Celebráis algo? -No.

Es para ver si se le pasa la tontada de los celos.

Pues tengo unos ramos de margaritas

baratas, bonitas y sencillas, como ella.

-¡Ah!

Pues traiga, que las ha vendido.

-No, vendido no.

Estas son regalo de la casa, que son para una buena obra.

-Muchas gracias, Guadalupe.

Ya le diré si han dado resultado.

-¡Martín!

¿Para quién son esas flores? ¿Para alguna actriz?

-¿Qué actriz ni qué nada, Casilda? ¡Son para ti!

-¿Y para mí, por qué? ¡Ni que fuera mi santo!

-Pero mira que eres difícil, ¿eh?

Para ti porque te quiero.

-¿A mí?

Yo no soy tan carnosa como Enriqueta.

-Para mí no la hay más guapa que tú.

Ni con unos ojos más grandes, como dos luceros.

Y te diré más, canija.

Si quieres me dejo el cinematógrafo.

Que prefiero pasarlas canutas por ser pobre

a que mi Casildilla esté sufriendo.

-¿Tú dejarías el cinematógrafo por mí?

-Sin dudarlo ni un momento.

-¿Y en qué vas a trabajar?

(SONRÍE) -Pues no sé, en cualquier cosa.

Lo que quiero es que mi mujer

sea feliz.

Que por eso vivo y me desvivo.

-¡Qué bien suena eso!

-Anda, ven aquí. Dame un beso.

-¿Aquí? ¿En mitad

de en medio de Acadias?

-Aquí, en mitad de en medio de Acacias.

Déjela ahí. Ya me ocupo yo de ella.

¿No me va a quitar los grilletes? No, mejor no.

¿Me tiene miedo?

Más que a un nublado.

Hace bien.

Se va a arrepentir de todo eso.

Los abogados del duque de Somoza

me van a sacar de aquí. Entonces, iré a por usted.

Le recomiendo que no gaste energía, Cayetana.

Que se relaje.

El careo no es conmigo, si no con un testigo.

Dicen que podría haber llegado a ser un buen policía.

Yo lo dudo.

No sabe escoger a sus enemigos.

¿Se tiene usted por mi enemiga?

Soy quien va a acabar con usted.

Por amiga no me tengo.

Bueno, en ese caso no le importará que me encargue del papeleo.

Siempre convendrá que esté al día,

antes de que usted acabe conmigo.

Y guarde silencio.

No me desconcentre.

Que va, doña Celia,

no tengo idea de porqué doña Trini se está comportando así.

Le aseguro que María Luisa está n un sinvivir.

-No me extraña. Pobre chica.

Trini es mi amiga, y lo va a seguir siendo.

Pero es que no la entiendo, Víctor.

-Yo no creo que quiera hacer nada en contra de don Ramón.

Recuerdo la época de doña Lourdes, lo que sufría por él.

Doña Trini se cortaría una mano, antes de hacer sufir a su marido.

-Pues ahora no lo parece.

-Por eso. Tiene que haber un motivo oculto.

A mí esto me huele a celada.

-Y yo lo comparto, Víctor.

Pero si me oculta su verdadera estrategia

me hace dudar por momentos.

-Me temo que no lo sabremos hasta que Trini levante las cartas.

Y espero que tenga una buena jugada.

Que por lo menos pueda compensar todo el daño que está haciendo.

A mí no me hace ninguna gracia ver la congoja de María Luisa

a cuenta de todo esto. -No.

Y esperemos que no sea una victoria pírrica, la de Trini,

en la que se pierde por librarla sea muy superior a lo que se gane.

Bueno.

Ya solo nos queda esperar

a que ella diga algo.

Tiene al barrio acharado,

y es lo que a ella le faltaba.

Muchas gracias por escucharme,

Víctor.

-Ya sabe que en mí tiene un amigo, doña Celia.

Siéntese.

Buenas tardes, doña Cayetana. ¡Bueno, por fin apareció el jefe!

Por favor, ¿le puede decir a su subordinado

que me quite los grilletes?

No me sentía seguro a solas con ella.

¿Ese es el testigo que han inventado?

Me imaginaba algo mejor.

¿Quién va a creer a un ratero de semejante porte?

Por favor, doña Cayetana,

muestre respeto por el testigo.

A ver, enano de feria,

sea lo que sea que te han pagado, yo te doy el triple.

Y solo te pido que digas la pura verdad.

La acusada está intentando coaccionar al testigo.

¡Basta ya de monsergas!

¡Siéntense los dos!

¿Reconoce a doña Cayetana Sotelo Ruz

como la mujer que asesinó a la víctima?

-Sí,

es ella.

Esto es una comedia absurda.

-Hable cuando se le demande.

¿Dónde estaba el día de los hechos?

En mi casa. Ese día había un eclipse

y andaban todos mirando al cielo como botarates,

pero yo estaba en mi casa.

¿Sola?

Sí.

Estaba preocupada por la ausencia de mi ama de llaves.

Úrsula estaba al servicio de mi familia durante mi infancia,

y volvió tras la muerte de mi hija.

Le debo mucho a esa mujer. Entrañable, señora,

pero no es la versión que nosotros tenemos.

Don Francisco Castro.

¿podría contarnos su versión?

¡Don Francisco Castro!

¡Pero cuánto se ha abaratado el "don"!

¿Don Francisco llamáis a este arrastracueros?

-Fue, en verdad, el día del eclipse.

De repente, se hizo de noche.

Yo iba a prisa para casa,

para verlo todo con mi esposa, pero no llegaba a tiempo

y paré junto al puente que llaman "De las cadenas".

No recuerdo ahora cuál es el nombre.

Y me fije, entonces, en una mujer,

la que luego he sabido que se llamaba Úrsula.

No recuerdo el apellido.

-Eso no importa. Vaya al grano. ¿Por qué llamó su atención?

-Porque iba vestida de negro y parecía una mujer severa.

Y me recordó a una de mi pueblo, a la que llaman "La parca".

Siga.

Y entonces apareció ella.

Me fijé porque es una mujer muy guapa,

de eso no cabe duda.

Y vestida con lujo, de postín.

¡Miente! -¡Silencio!

-Y se acercó a ella por detrás.

Llevaba algo en la mano,

pero no pude verlo desde allí. Una piedra o algo así.

¿Qué ocurrió? La atacó por detrás.

Fue todo muy deprisa. Creo queyo solo lo vi.

La golpeó y la tiró al río.

¡Eso es mentira! ¡Todo esto es mentira!

-San Emeterio,

haga que se lleven a la acusada al calabozo.

¡Guardias! Comisario, no puede creer

esta comedieta.

Nada de lo que dice este hombre es cierto. ¡Es todo mentira!

¡Es una comedia! ¡Cállese!

Llévesela.

Esto es increíble. No me lo puedo creer.

Me las vas a pagar.

¡Imbécil!

Gracias por su testimonio.

Puede marcharse.

Le llamaremos para el juicio.

-Lo... Lo que precisen. A mandar.

-Felipe.

Si busca a San Emeterio puede esperarle aquí.

Subirá en unos minutos.

-Gracias, comisario.

¿No me presenta a su nuevo amigo?

Paco, "el ratón", ya se marchaba.

Hemos tenido el gusto

de contar con su presencia en comisaría otra vez.

-Sí.

-¿Otra vez?

Sí. Es un habitual en el calabozo.

Debe de ser que se siente cómodo

entre nosotros.

(LLAMAN A LA PUERTA)

(SONIDO DE PASOS)

Tiene visita, señora.

-Está bien.

Hazle pasar.

Y déjanos solos, por favor.

¿Se puede saber

qué estás haciendo aquí? ¡Vete! -Fíjese que,

que por mucho que me lo habían dicho, no podía creer que estuviera aquí.

-Bueno, pues ya lo has comprobado.

Ahora lárgate, no tienes nada más que hacer en esta casa.

-No la entiendo, y quiero entenderla.

Sé que si está aquí es por algo.

-Sí, porque he roto

con mi esposo y no tengo donde ir. ¿Satisfecho?

-Pues no, no la creo.

Sé que tiene que haber algún motivo oculto.

Pero lo hablaré con Clemente.

Le diré que le está engañando usted.

Voy a hacer lo que sea,

con tal de que salga de aquí y deje de humillar a los suyos.

-¿Y qué le vas a decir?

Víctor, tú no sabes nada.

-Me lo inventaré.

O me dice usted la verdad.

Esto no lo hago por usted, lo hago por María Luisa.

¿Usted sabe cómo lo está pasando?

-María Luisa no tiene nada que ver con todo esto.

-Quiero la verdad o se lo digo a todo quisqui.

Usted verá.

-Está bien.

¡Demonios, Víctor! ¡Me vas a meter en un buen lío

como vayas con todas las alarmas a Clemente!

¡Es crucial que no digas nada!

Para que esto salga bien, no puede saberlo nadie. ¿Estamos?

Estoy aquí para recuperar todo lo que es de Ramón.

-Ya.

¿Y por qué tengo que creerle yo?

-Porque es verdad.

Tengo que demostrar la relación que hay

entre Clemente y Venancio Ruíz.

Cuando lo logre, se verá que Venancio

solo es un nombre de paja de Clemente,

y que todo esto ha sido una estafa.

-¿Y cómo piensa hacerlo? -Estoy a punto.

He conseguido un documento en el que da el poder Venancio

para que actúe en su nombre.

Tan solo me queda unir unos flecos más.

¡Felipe! No me habían dicho que me esperaba.

Acabo de llegar.

Al parecer, acompañaba a Cayetana.

En el calabozo la he dejado.

El lugar del que nunca debe salir.

No estoy tan seguro de que sea culpable.

¿Lo es?

Un testigo ha declarado en contra de ella.

Un testigo que, presuntamente, tiene relación con usted.

Y que a veces actúa como su confidente.

¿Qué insinúa?

No insinúo, amigo,

tan solo pregunto.

¿De verdad es culpable?

Lo es.

Aunque el testigo sea amañado.

¡Mauro, no me puedo creer que haya manipulado pruebas.

Felipe, esa mujer es dañina.

Hay que usar cualquier método para encerrarla.

No es buena enemiga para usar pruebas falsas.

¡Mauro, se juega usted el cuello! Nada va a fallar.

Tengo el cadáver, tengo un móvil,

tengo el testigo.

Voy a llevar a Cayetana, en volandas, al garrote.

¡Fabiana, ven un momento!

-Sea amable con ella, que si no no soltará prenda.

Por lo menos, pídeselo "por favor".

-Descuida, que sé cómo tratar al servicio.

Cuanto más dura te pones mejor obedecen.

¿No ves cómo las trata Cayetana?

-Fabiana, queríamos plantearte unas cuestiones.

Nos preguntábamos, con mucha preocupación, por supuesto,

cómo se encuentra tu señora.

-¿Un poquito más?

No, ya no puedo más. Ya estoy roto.

Bueno, pues descansa un rato y luego sigues.

Lo dijo el facultativo.

Ya. Es que es muy fácil decirlo desde fuera.

Pero es que ni tú ni el médico

sabéis lo que duele, y cada día más.

-¿Sabe usted algo de ella, Fabiana?

-Solo sé que ha sido detenida

por un malentendido. Que pronto se aclarará

y que volverá a campar por sus respetos.

¿No lo cree así?

Yo...

Se me escapa el funcionamiento de la justicia y sus porqués.

-Hija,

qué desanimada te encuentro. Es que, ¿está peor Pablo?

-Estoy pensando que, quizá, estemos los dos muy solos aquí,

y necesite algo de alegría.

-Tal vez lleve razón.

Si a los ejercicios, tan aburridos,

los sumas los días que se ha pasado, el pobre, en el hospital,

lleva sin tratar con gente demasiado tiempo.

-Creo que voy a hablar con nuestros amigos.

Y les voy a decir que vengan aquí, a tomar algo,

y así socializamos.

Seguro que Pablo necesita algo de charla,

que no sea la mía.

Sí, eso haré.

-¿Se puede saber por qué me ha hecho usted callar?

Que yo sepa, no estaba diciendo, ni haciendo, nada insolente.

-Porque eres un frescales y un mentiroso,

que podría ser tu madre. Joven, pero tu madre.

-A Dios gracias no lo es, señora mía.

Y puede llamarme "frescales, tarambana" o "calavera".

No conseguirá que deje de admirarla.

-¿Sabe por qué no tiene usted un plan de reflote preparado?

Porque su cabeza no está centrada en multiplicar su capital.

¿Me equivoco?

-Si está usted pensando

en que sigo obsesionado con Trini, olvídelo.

No quiero seguir pensando en ella.

Tengo otras obligaciones.

Trini ya no es nada para mí.

-Trini nos ha tenido engañados a todos, a mí la primera.

Pero ahora ya se está viendo su verdadero rostro.

Solo quería a mi padre por el dinero,

y en cuanto ha visto que venían las vacas flacas

ya habéis visto por donde ha salido.

-Perdóneme, señorita, pero yo creo que doña Trini

es una buena mujer.

-Buena Para vivir como una cualquiera,

pero no para mi familia, que es de bien.

Y no quiero seguir ensuciándome la boca hablando de esa tarasca.

-¿Sabes que Leandro anda buscando trabajo?

-Él sabe muy bien las condiciones que tiene que cumplir,

si quiere trabajar conmigo.

-No lo dudo, pero no busca trabajo en tu sastrería,

anda ofreciéndose a las mejores casas del ramo.

-¿De veras se está ofreciendo a la competencia?

-Y a la más excelente y destacada.

-Mauro ha preparado un caso en contra de Cayetana

que, es muy probable, no se sostenga ante el juez.

Si el juez considera que Mauro se ha excedido,

él pagará las consecuencias,

y Teresa también.

¿Quiénes estaban en Acacias el día del eclipse?

-Todos los criados, eso seguro.

Porque, al fin y al cabo, era una diversión

y una forma de dejar la faena.

¿Y estaba doña Cayetana con esos señores?

¡Quiá! Me recordaría. La dueña no estaba, fijo.

Imagina que me muero.

¿Cómo te sentirías si te dijeran que no pasa nada,

que ya encontrarás a otro?

Es que no quiero a otro.

Te quiero a ti.

Pues eso mismo me pasa a mí con mi sueño de montar,

que no quiero otro.

Quedaré en libertad en cuanto un juez

ponga un ojo en mi expediente.

Eso ya lo veremos.

Pronto saldremos de dudas, señora.

Y pronto, todo el mundo comprobará

que se ha vuelto a exceder conmigo, agente.

Esta va a ser la última vez que la persiga.

No tendrá usted ocasión de cometer más delitos.

-La noto a usted desanimada.

¿Es la detención de Cayetana

lo que la está afectando?

No es plato de buen gusto.

Le tengo mucho aprecio y agradecimiento.

Sí.

Ayer noté su incomodidad cuando Juliana opinó

que algo de cierto debería haber en esa persecución

de la justicia.

Estoy confundida, lo reconozco.

Entonces no cree que doña Cayetana sea inocente.

¡No, por Dios, eso sería terrible!

Pero sí que hay algo raro en la marcha de Úrsula.

Demasiado precipitada,

extraña.

Acacias 38 - Capítulo 342

26 ago 2016

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