'Acacias 38', nombre del portal señorial donde se desarrollarán las historias, es una serie diaria y coral, ambientada en 1899, que cuenta lo que sucede en un edificio de la burguesía de finales del siglo XIX situado en un barrio lleno de situaciones variopintas.

Realizada por TVE en colaboración con Boomerang TV, ‘Acacias 38’, una idea original de Susana López Rubio, Aurora Guerra, Miquel Peidró y Josep Cister, es una ficción cercana, cálida, luminosa y romántica en la que los grandes protagonistas son los sentimientos universales: el amor, los celos, las pasiones, las venganzas y los odios.

La nueva serie diaria cuenta con un reparto coral formado por más de 20 personajes principales a los que darán vida Sheyla Fariña, Roger Berruezo, David Muro, Iago García, Arantxa Aranguren, Carlos Serrano-Clark, Sara Miquel, Inés Aldea, Marc Parejo, Sara Herranz, Sandra Marchena, Mariano Llorente, Alba Brunet, Marita Zafra, Anita del Rey, Juanma Navas, Cristina Abad, Inma Pérez-Quirós, Amparo Fernández, Raúl Cano, María Tasende, Miguel Diosdado, Aurora Sánchez y Andrea López.

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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 435 - ver ahora
Transcripción completa

¿En qué podemos ayudarla?

Usted en nada. He venido a ver a Mauro.

Enseguida sale, está terminando de vestirse.

Justo ahora le acabo de dejar la ropa limpia y planchada sobre la cama.

Teresa, ¿qué haces aquí?

¿Te molesta que venga a tu casa?

No. No, no, en absoluto, no.

¿To...? ¿Todo bien?

He venido a hablar contigo. "Has de ponerte a salvo"

y poner a salvo a Coque. Aquí corréis peligro.

-Lo sé,

pero separarme de ti me destroza.

"¿De verdad crees que Fernando sería capaz de encargar

hacerle daño a esa chica?

Está detrás de todo esto.

No tengo ninguna duda.

¿No has pensado que a lo mejor

ella está detrás de todo esto?

¿Quién, Sara?

Sí, ¿por qué te extraña tanto?

Porque no es más que una víctima. -"Doña Celia se ve"

con otro hombre. -¿Quién te ha contado ese embuste?

-De embuste nada, verdad verdadera.

Lo vi con mis propios ojos. -Mientes.

-Si tu padre supiera que has venido a visitarme...

¿Qué?

Pues que los dos tendríamos serios problemas.

Te amo, Simón Gayarre.

Te amo con todas mis fuerzas

y por todos los poros de mi piel.

-"Todos saben que tienes un amante. ¡Dime la verdad!".

-No tengo nada que decir. -Eres una embustera.

¡Jamás te creí capaz!

¡Me estás mintiendo, me engañas! -¡No lo hago!

¡Pero no porque no haya tenido la oportunidad!

¡Si no te he sido infiel, es porque no he querido!

¡Que te quede claro! -¿Entonces es cierto?

"Queda detenido". "¡Suéltenme!".

-Tiene razón, Mauro, es inocente.

No se saldrá con la suya, se lo aseguro.

¿Obstaculiza nuestra labor?

Si no se aparta, habré de detenerle a usted también.

¿Qué quiere?

¿Eh?

¿Dormir en el calabozo y que se le imputen cargos de obstrucción

a la justicia?

Se lo advierto por última vez,...

si no se aparta,

acompañará a su secretario a la celda.

Llévenselo de aquí.

Pierde cuidado, Zenón, no tardaré en hacerte justicia

y en sacarte de aquí.

-Gracias, señor.

Esto es de todo punto absurdo.

-Se arrepentirá de todo esto.

¿Ahora me amenaza? Tan solo

le estoy advirtiendo. Pagará por todo el daño

que le hace a Teresa. Por favor.

Los dos sabemos quién es el que trata de perjudicarla.

Quítese la careta, inspector, no disimule conmigo.

Estoy al tanto de todo.

¿Al tanto de qué?

De su pecaminosa relación con esa tal Sara.

De la crueldad

con la que la trata.

Veo que persiste en sus embustes. No es más que la verdad.

Apostaría que fue usted y no otro quien la maltrató de nuevo.

Y ahora,

intenta culparnos a mi secretario y a mí de sus heridas.

Y todo esto

para alejarme de Teresa. Lo que dice no tiene sentido.

¿De dónde ha sacado que entre nosotros haya algo?

De ella misma.

Fue Sara la que vino a buscarme. Me contó que estaban en relaciones,

que era hombre violento

y que no dudaba, bajo ningún motivo, en golpearla.

Pude ver el miedo en sus ojos.

¿Eso le dijo Sara?

Así es.

La tuve enfrente,

como le tengo usted ahora.

Elvira.

¿Qué haces aquí? Evitar tu ruina.

Tu padre te busca. ¿Te ha visto?

Sí.

He intentado mantener tu coartada, le dije que ibas la iglesia.

-Ve a casa, ve a casa antes de que sea tare.

Te lo agradezco, Liberto. -Ya habrá tiempo de eso.

Pongamos pies en polvorosa.

-"Así que la señorita"

no está en casa.

¿Está segura?

Si finalmente aparece, que no se mueva de aquí.

Voy al altillo a hablar con Gayarre. Debe volver ya.

Está claro que voy a necesitar ayuda para atar en corto a esa chica.

¿Qué hace ahí parada?

Vaya a terminar la cena.

¿Dónde demonios estabas?

Liberto me ha dicho que me buscaba. Si hubieras estado

donde deberías...

-Al poco de verle a usted,

me la encontré en la calle charlando con una vecina.

Así es, padre. Liberto ha sido

tan amable de acompañarme.

-Lo que no debería es haberte dejado sola.

-Lo sé. No volverá a ocurrir. -Téngalo por seguro.

No voy a permitir que vuelvan a pasear a solas.

Alguien debe cuidar de tu reputación

ya que tú no pareces dispuesta a hacerlo.

Deberías haber venido directa a casa.

No exagere, padre,

como ya le ha dicho Liberto, me detuvo a saludar a una vecina.

No quiero excusas, Elvira,...

te meteré en cintura aunque sea lo último que haga.

Estás castigada a permanecer en tu cuarto hasta nuevo aviso.

¿Por qué? ¿Por ser educada y cortés?

Por atrevida e imprudente. No me repliques, Elvira.

A tu cuarto.

Vuelvo enseguida.

Te lo agradezco, Liberto.

Me has librado de una buena.

-Lo sé.

Pero no te acostumbres, será la última vez que lo haga.

No puedo seguir protegiéndote toda la vida

y menos de que te veas

con un hombre en su cuarto. ¿Qué puedo hacer?

Contarle la verdad a tu padre. Decirle que entre ambos

solo existe aprecio.

A mi padre no bastará para satisfacerle.

Y yo perderé la única excusa que tenía para salir a mis anchas.

Créeme que lo lamento,...

pero me pides demasiado, Elvira.

No encubriré que cometas un delito que puede manchar tu reputación.

Conociendo a tu padre, esto tendrá

un mal fin para los dos.

Bueno, para los tres.

Parece que les ha gustado el guiso. -¿Que si nos ha gustado?

Pero si esto está de toma pan y moja. -Yo, de hecho,

aún estoy chupándome los dedos.

Te has convertido en una cocinera maravillosa.

-Ya era hora.

Acuérdese de cuando tuvimos que dejar la casa y tuve que cocinar.

Casi le mato del hambre.

-Tampoco fue eso. -¿Cómo que no? Diga la verdad.

Incluso perdió peso.

-Ramón, llega a durar un poco más y te quedas hecho un figurín.

-Está bien, María Luisa,

reconozco que aún tengo pesadillas con tus sopas de ajo.

-(RÍE) Ya puedes olvidarlas,

que de seguro que de hacerlas ahora, le quedarían de rechupete.

-El mérito es suyo, Trini.

Tengo la mejor maestra. -No te ondula...

-Y yo, la alumna más agradecida.

-Víctor va a ser un hombre muy afortunado,

porque se lleva una auténtica joya.

-Si a los hombres se les conquista por el estómago,

el tuyo estará rendido siempre.

-Vais a ser muy dichosos. Lo presiento.

-Ojalá, padre, que viendo lo que hay alrededor,

un matrimonio feliz sería una bendición.

-¿Por qué dices eso, querida? -¿Es que no se han enterado

de la que han tenido los Álvarez Hermoso?

Eso ha sido la de San Quintín.

-Hija, no está bien escuchar las discusiones ajenas.

-Tendría que haber estado sorda

para no escucharlo.

Los gritos resonaban por todo el edificio.

-Para aumentar los chismorreos. -Así es.

Muy discretos no han sido. Ya estarán

en boca de todos.

Hay quienes dicen

que escucharon a Felipe

acusar a Celia de infidelidad. -Será posible...

Cree el ladrón que todos son de su condición.

-Van a acabar como el rosario de la aurora.

¿Sabían que tenían tantos problemas?

-No, no... Es la primera noticia.

que tengo. -Tampoco he escuchado nada.

-Esperemos que las aguas vuelvan a su cauce.

Sería una pena que siguieran siendo tan desdichados.

En fin, me voy a por el postre.

He preparado flan,

que sé que le gusta. -Me mimas demasiado, hija mía.

-Ay, Ramón.

Pintan bastos para Felipe y Celia.

-Malo es cuando no son capaces de guardar las formas.

Yo habría querido ayudar a Celia,

pero me ha dado con la puerta en las narices.

-Cuando las espadas están tan en alto,

nada pueden hacer los amigos.

-Solo...

resignarnos a ver cómo su vida se va al garete.

-Y también cruzar los dedos

para que al final la cordura triunfe entre ellos.

-(SUSPIRA)

¿Sara

Sara, sal.

Tenemos que hablar.

Sara.

Ni rastro.

"Te he dejado el guiso...

que te gustó la otra noche".

"Gracias de nuevo por todo".

"Te debo la vida".

"Sara".

Fue Sara la que vino a buscarme. Me contó que estaban en relaciones.

Que era hombre violento.

Y que no dudaba en golpearla.

Pude ver el miedo en sus ojos.

¿Cuál de los dos está mintiendo?

¿No quiere más café, señorita?

No, gracias, ya he terminado de desayunar.

Quía.

Más bien diría que ni ha "empezao".

Apenas ha "probao" usted los picatostes que le he traído.

Y así te lo agradezco,

pero no tengo ni tiempo ni cuerpo para más.

¿Adónde va a ir tan temprano con este frío?

Bueno, no tanto

como el de la semana pasada.

Abrigada sí se puede salir a la calle.

Más a gustito se está aquí al calorcito de la lumbre.

Haga caso a la vieja Fabiana.

Es que tenía planeado ir a la comisaría a ver a Mauro.

¿"Pa" qué tantas urgencias?

Porque quiero ser la primera en felicitarle.

Quiero entregarle el reloj.

Y después, iremos a comer a un restaurante que está muy en boga.

Pues espero

que lo pase usted fetén. Yo también,

Fabiana. Que falta nos hace.

Cuánto trabajo te estamos dando.

Demasiadas veces preciso que me recuerdes mi dicha.

Cayetana.

¿Cómo es que te has levantado tan temprano?

Hace tiempo que estoy despierta, pero el cuarto se me hacía pequeño.

¿Has vuelto a dormir mal?

No, no, no, no temas.

He disfrutado de un sueño

digno de un angelito.

Ninguna pesadilla me ha torturado. Me alegra escucharlo.

Teresa, siento mucho cómo me comporté ayer

con Fernando.

Descuida, nada de culpa tienes.

Al verlo, mis temores se avivaron.

Si tú supieras, mis pesadillas son tan reales...

Bueno, no pienses más en ellas. Es que no puedo evitarlo.

Lo último que querría es que te ocurriera nada malo.

Te agradezco tu preocupación, pero no hay nada que temer. Créeme.

Te equivocas.

Teresa, tienes que ser cauta.

Tener cuidado con quien te relacionas.

Descuida, así lo haré. Yo soy la única

en quien puedes confiar.

La única que te quiere sin importarle nada más.

Ya sé que amas a Mauro,...

pero ve con cuidado, los hombres no son de fiar.

Lo digo por experiencia.

De quien puedes estar segura que no te va a traicionar, soy yo.

Claro, querida.

Lo tendré muy presente.

Ahora tengo que dejarte.

Debo arreglarme para salir.

Ya verá cómo esta tisana le asienta el cuerpo.

-Se lo agradezco, Rosina,

se está tomando usted muchas molestias con nosotros.

Por fortuna, pronto quedará liberada.

Gayarre se incorpora hoy al trabajo si no hay novedades.

-Vaya...

Pues muy contento le veo.

¿Estaba deseando perderme de vista?

-No, en absoluto.

Pero es de suponer que tendrá que atender su casa.

-Pues pierda cuidado, que me da tiempo para hacer todo.

Ayudarle es un placer.

Así he disfrutado de su compañía.

Bueno, de su compañía y de su conversación.

Le ruego me cuente más cosas de esa isla en la que estuvo destinado.

-Ya le he contado todo.

-Se equivoca, solo me ha hablado de su trabajo.

Muy interesante, por cierto, pero supongo que Cuba

será algo más que maniobras y cuarteles.

-Poco más fue, pero saciaré su curiosidad.

¿Qué quiere saber?

-Bueno, pues no sé...

¿Por qué no me habla de sus costumbres?

¿Qué bailan allí?

-Lo mismo que en España, es de suponer.

-¿Me está diciendo que no tienen en Cuba su propia música?

Dicen que los cubanos son muy exóticos y sensuales.

Diferente bailarán, digo yo.

-Bueno, también tienen el danzón y la rumba.

Sí, estaba muy en boga entre la gente vulgar.

La Habana estaba llena de bailes.

-Pues a lo mejor usted podría enseñarme a bailarlos.

-Ni mucho menos.

Jamás entré en esos antros.

Esa es música para gente indecente y marginal.

-Disculpe que les interrumpa.

-Gayarre.

No le había oído entrar.

-He estado hablando con la cocinera, señor.

Poniéndome al día.

-Pues yo creo

que quizá debería tardar en incorporarse, Gayarre.

Tiene mal color.

Sí, se nota que no anda muy cristiano.

-Descuide, solo es un poco de fiebre, nada más.

-Así se habla, Gayarre.

Unos pocos grados nunca son excusa para no cumplir.

En todos mis años de servicio, nunca me quedé en cama.

-Por cierto, la cocinera me ha hablado

de cómo ha organizado las labores de la casa.

Se lo agradezco mucho.

-No tiene la menor importancia.

Una está acostumbrada a mandar al servicio.

-Y ha dado buena prueba

de ello.

-¿La señorita Elvira está en casa? -Sí.

Y lo estará por mucho tiempo.

Está en su cuarto, castigada, sin salir y sin hablar con nadie.

-Es un poco duro. -No me queda más remedio

si no quiero que se eche a perder.

Bendita la hora en que ha regresado, Gayarre.

Así podrá vigilarla de nuevo.

A esa muchacha hay que atarla en corto.

-¿Necesita que me encargue hoy de algo en especial, señor?

Si no es así, le llevaré a arreglar un traje

a la sastrería. -Puedo ir yo

si quiere. -No. No es preciso que se moleste.

Es mi trabajo.

-Y sabe al dedillo cómo me gusta

llevar el vestuario. Buena idea, Gayarre. Vaya a la sastrería.

Por desgracia, María Luisa tenía razón:

he comprobado que lo sabe todo Acacias.

-En tal caso, poco se puede hacer ya.

-¡Celia, parece no importarte!

-Te puedo asegurar que no es así.

Pero ¡mucho más me afecta que mi marido haya perdido el juicio

y me acuse de engañarle con otro!

-¡Entonces es cierto! ¿Cree que le has coronado?

-Sí.

¡Y, por lo que me cuentas, ahora...,

gracias a su indiscreción, ya lo sabe todo Acacias!

-Huy, no temas por eso: nadie da crédito a la acusación.

Les basta con comentar

vuestra discusión.

-¡Estoy cansada, Trini!

¡No tengo fuerzas para luchar por acallar los rumores!

-Ya, Celia, yo lo sé, pero es que no puedes rendirte tan fácilmente, ¿eh?

-¿Y qué más puedo hacer?

He fingido que el nuestro era un matrimonio ideal.

¿Y todo para qué?

¿Para que en un arrebato me tache de mujer infiel?

-Quizá sea su culpabilidad por sus aventuras con Huertas

lo que le hace actuar de un modo tan irracional, no sé...

-Sea lo que sea, ya no puedo más.

Me duele mucho adónde ha llegado nuestro matrimonio, pero...

no puedo dejar de salir a la calle por el qué dirán.

-En eso tienes razón.

Es lo mejor que puedes hacer.

No tienes motivos para no ir con la cabeza bien alta.

-¡Ya está bien de disimulos y de esconderse!

¡Seguiré mi vida con naturalidad! ¡Felipe no me puede quitar esto!

¡Es más..., pienso salir

ahora mismo!

-Pero ¿adónde vas? ¿Te acompaño?

-No, Trini. Es mejor

que vaya yo sola. -Mira, Celia...,

me rehúyes demasiado. ¿Vas a un sitio al que no quieres que vaya?

-Muy curiosa te muestras, ¿no? -Es posible,

pero tú te empeñas en no satisfacer mi curiosidad.

No me has contado qué hiciste con las joyas.

-A lo mejor es que compartes las sospechas de Felipe.

-¡Celia, por favor, sabes que no!

Solo me preocupo como amiga tuya que soy.

Pues, si lo eres, déjame tranquila.

No preciso que me acompañen; menos aún

que me interroguen.

(SERVANDO) Martillo.

(GOLPEA LA PUERTA)

Destornillador.

-¡Hay que ver, Servando!

Mirándote, no sabe uno si estás arreglando una cerradura

o haciendo una operación a vida o muerte.

-Ya quisieran muchos cirujanos enfrentarse

con cerraduras así. Ahora le ruego

un poco de silencio, que viene lo más delicado.

-Ni a respirar me atrevo.

-Ajá.

Vale.

Ya está. ¡Solucionado! Ya está cambiada...

la última cerradura. Ya están cambiadas todas las de la casa.

-Gracias, eres todo un manitas.

-Es que en esto...

¡Esto es un arte! ¡Y o se tiene o no se tiene!

-Ya puedes aprender el oficio de Servando,

para algo lleva toda la vida.

-No se meta con el muchacho, que hace lo que puede.

Lo que sí le puedo asegurar es que bien voluntarioso es.

-No lo dudo, pero ya ha quedado visto que no hace falta solo la voluntad.

Como bien se dice, la experiencia es un grado.

-Tiene usted toda la razón, don Ramón.

Mucho hay que aprender de él. No sabe usted cuánto.

-¡Pero no aburras al señor con nuestras cuitas!

-Pero, Servando,

no se apure. Solo quería decirle a don Ramón lo que ha hecho usted.

-¡Cosas nuestras! Además, usted tendrá

muchas cosas que hacer, ¿no? Y no queremos...

No es menester robarle más tiempo. -Fíjese

si será modesto Servando...

que no quiere que diga que es el mejor portero y encargado que hay.

-¿En serio dices eso, muchacho? -Pues claro.

No solo lo ha hecho todo fetén,

sino que me ha enseñado mis labores con suma paciencia.

-Es digno de alabar resaltar las cualidades

de los compañeros y de los superiores en el trabajo.

-Sigue así y poco a poco irás aprendiendo el oficio

al lado de Servando. -Espero que así sea.

-Bueno, os dejo. Cuando terminéis de recoger,

cerradme la puerta.

-(RESOPLA)

No me mire usted así, que parece que ha visto un aparecido.

-No, no... Pe-peor sería, vamos...

¿Por-por qué no me has descubierto cuando has tenido ocasión?

-No quería crearle inconvenientes.

-Ya me los hubiera creado yo.

Pero... no solo no me delatas, sino que me alabas delante de los señores.

-¿No sabe por qué lo he hecho?

Pues muy fácil, Servando.

Porque somos compañeros.

-Ya, pero yo no me he comportado como tal.

-De todo lo que ha dicho don Ramón hay una verdad como un templo:

usted lleva aquí la intemerata, en la portería. Es su vida.

-Sí, eso sí.

-Por eso entiendo que saboteara

mi labor.

Porque se sintió atemorizado por mí y temió que le quitara el puesto.

Pero una cosa le voy a decir: eso no va a ocurrir.

El único portero de Acacias, 38 hoy, mañana y siempre... será usted.

-Muchacho, me dejas sin palabras. -Y, aunque me cueste

perdonarle la jugarreta...,

le estoy muy agradecido porque me dio trabajo cuando más lo necesitaba.

-Eso, que me dejas sin palabras...

-Pues entonces...

venga esa mano y olvidemos lo ocurrido.

-(CARRASPEA) Esto...

¡Esto hay que remojarlo! ¡Vamos a tomarnos unos chatos!

-Que no hace falta que invite. -No he dicho nada de invitar.

Los chatos los pagas tú, que para eso eres el nuevo. Venga.

Teresa, aguarde.

Fernando... Venía a buscarla.

Es preciso que hablemos.

Ya le dije que era mejor solo vernos en las juntas.

Es importante.

Es que tengo prisa y no es mera excusa.

Descuide, no me andaré con rodeos.

Vengo a advertirle sobre Mauro.

Le agradezco que sea tan directo, pero no así su insistencia.

Ya está todo hablado sobre eso.

Se equivoca. Sepa que ayer estuve en comisaría con mi secretario.

Quería aclarar los rumores que le acusaban.

Y actuó usted de forma correcta.

Pero no fui correspondido.

El inspector no solo se negó a escucharme,

sino que detuvo a Zenón sin avalar sus terribles acusaciones.

Yo nada sé de procedimientos oficiales.

Pero sí sabrá que yo no soy capaz de cometer

esas barrabasadas de las que me acusa.

Escúcheme, Teresa. Desde que tuvimos el último enfrentamiento,

cada vez estoy más convencido de que Mauro trata de separarnos.

¡Mauro sería incapaz de algo así!

No lo comprende.

Trata de tapar todo lo que ha hecho la tal Sara: su relación...,

su maltrato.

¿Mauro?

Me acusa de ordenar a Zenón golpearla con saña.

Pero ¡ni yo sería capaz de dar esa orden ni él de cumplirla!

Es simplemente demencial.

Hace muchos años que conozco a Zenón

y es una persona formal y decente. Desde que está a mi servicio,

ni me ha causado problemas ni se ha metido en litigios.

Me duele su silencio.

¿Acaso cree en las acusaciones de Mauro?

No.

Sé que usted sería incapaz de tal indecencia.

Nunca ordenaría maltratar a una inocente.

Pero también sé que Mauro nunca perpetraría tal atrocidad.

Le conozco bien.

Quizá no tanto como cree.

Solo espero que este embrollo se aclare. Será lo mejor para todos.

No, Teresa. Puede hacer algo más que aguardar.

¿El qué?

Hablar con Sara. Ella sabrá aclararle

todo lo que está ocurriendo.

(Se abre la puerta)

(Pasos)

(Se cierra la puerta)

Feliz cumpleaños, Mauro.

Sigue descansando.

Te aguarda

un presente que no esperabas.

(CIERRA LA PUERTA CON LLAVE)

Gracias, Parejo. Este es el informe que precisaba.

Déjame solo.

(PAREJO CIERRA LA PUERTA)

(Puerta)

¿Quién es ahora? ¡He dicho que no se me moleste!

Lo siento.

Teresa...

Perdón, no sabía que era usted. Pase.

Tengo la cabeza en mil cosas y he olvidado mis buenos modales.

Pierda cuidado, no tiene importancia.

¿En qué puedo ayudarla?

Pues venía en busca de Mauro.

Lo lamento, no está.

¿Ha salido?

No ha entrado. No ha pisado la comisaría en todo el día.

¡Qué extraño! No, no tanto.

Estará en la calle, tras alguna pista.

¿Quiere que le dé algún recado?

No, no. Tan solo quería verle. Hoy es su cumpleaños.

(SUSPIRA) ¡Es cierto!

Si le ve, por favor, felicítelo de mi parte.

Así lo haré.

Marcho ya.

(AMBOS) Con Dios.

Disculpe, ¿puedo preguntarle algo?

Por supuesto.

¿Sabe algo del hombre que anoche detuvo Mauro?

Zenón se llama. Es el secretario de Fernando.

Sí, estoy al tanto del caso.

Ha sido puesto en libertad.

¿Tan pronto?

Sí.

Anoche Mauro dio la orden.

Gracias.

Si ve a Mauro por aquí, dígale que le busco.

Ahora iré al colegio y luego a su casa.

A más ver.

A más ver.

Pero ¡qué vergüenza!

Así que Felipe y Celia ya han perdido hasta las formas.

-Eso no sé, pero la voz...

¡Los gritos se oían en todo el edificio!

-Ya te dije yo que nuestra amiga

no estaba bien.

En esa casa está por venir una desgracia.

-¡Ay, mujer, no digas eso!

-Desgraciadamente, es la pura verdad. Y no es de extrañar,

que ese matrimonio nunca ha sido un paseo por el campo.

-Han tenido sus más y sus menos. -Más menos que más.

Cuando adoptaron al pillastre de Tano,

parecieron arreglarse,

pero no fue más que un espejismo.

-Pues tienes razón.

Ha sido marcharse al extranjero y en poco tiempo han vuelto a sus fueros.

-Es de suponer que, después de lo de anoche, Celia ya se deje

de disimulos y de actuar como si nada pasase.

-¡Pues sí! ¡No confiar en sus amigas! ¡Si solo nos preocupamos por ella!

-¡A ver si se da cuenta de una vez de que su matrimonio hace aguas!

-Si no es que está ya hundido

del todo, querida. ¡Pobre desdichada!

¡Ay, se me ha ido el santo

al cielo! -¿Marchas a alguna parte?

-¡A la iglesia! Toca el rosario de difuntos

e iré a rezarle a mi Maximiliano.

-Termino de arreglar estas telas y voy contigo.

También quería ir. -Deprisa, no se nos haga tarde.

-Pues, si me ayudas a doblar, acabamos antes. Venga.

-Tú lo haces tan bien que no quiero estropeártelo.

Te espero fuera: quizá alguna vecina no sabe lo de Celia.

-Estás en todo, querida.

-Obligación de buena vecina.

(ROSINA CIERRA LA PUERTA)

-(SUSPIRA)

-¿Puedo pasar?

-¡Ay! ¡No te había oído entrar!

¡Qué susto me has dado!

-Lo siento, no era mi intención.

Mi señor quiere que le arregle un traje.

-Ah... Voy al taller un segundo y traigo un metro...

y te tomo nota.

-¿Qué has guardado?

1901...

(RESOPLA)

(Ruido)

-A ver...

Veamos ese traje.

¡Ay!

(Campanada)

¿¡Dónde diantres está este hombre!?

(Campanada)

-¡Susana!

¡Al fin sales! ¿Aún así? ¡Vamos a llegar tarde a misa!

Qué, ¿buscas a alguien?

-A Simón, el mayordomo de tu coronel.

¡Después de entretenerme, me ha dejado con la palabra en la boca!

-¡Qué raro, con lo educado que es!

-Pues conmigo

se ha despedido a la francesa.

(SUSANA SE RÍE)

-Qué, ¿vais a misa?

-A eso íbamos ahora, pero antes cuéntanos, Celia.

¿Cómo te encuentras?

-Bien. ¡Tranquilas!

Por mí no lleguéis tarde.

-Pierde cuidado: al Señor no le importará

que nos perdamos el principio.

-Primero debemos preocuparnos por aquellos que estimamos.

-Sí, sabemos que tuviste la de Dios es Cristo con Felipe.

-Ha sido la comidilla de todo Acacias.

-Mejor harían mis vecinos en preocuparse de sus asuntos.

Tus vecinos, como nosotras,

se preocupan por ti, querida.

-¿Felipe tuvo el descaro de acusarte de tener amantes?

-¡Debería darle vergüenza!

¡Qué barbaridad! ¡Nadie podría creérselo!

-Os agradezco la preocupación,

pero, como bien dices, es algo que no merece ningún crédito.

Olvidémoslo.

No os entretengo más.

-Pero ¡Celia, aguarda...! ¡Celia, un respiro!

-Persiste en su error de no confiar en nosotras. Ahora salgo, no tardo.

(ABRE LA PUERTA DE LA SASTRERÍA)

(Se cierra la puerta de la sastrería)

-¿Qué haces aquí? ¡Te hacía ya lejos!

-Ya ves que no.

-¿Qué ha ocurrido?

-"Aquí están las rosquillas"

para tu señora, Lolita.

-¡Ñam, ñam! ¡Agradecida! (SE RÍE)

-Mujer, no tengas tanta prisa.

Charlemos un rato.

-¿Sobre qué? -¿Quieres un chocolate? Te invito.

-Algo me dice que ese chocolate me va a salir caro.

-Templa, que solo queremos interesarnos por tus señores.

-Precisamente eso se temía una.

(VÍCTOR) ¿Están ya mejor?

-¿Y cómo va a saberlo una servidora? (MARÍA LUISA) Mujer,

no es por chismorrear. Nuestra preocupación es sincera.

Los tenemos en muy alta estima. -Eso.

-Si lo sé, señorita, pero de verdad que una no sabe de la misa la media.

Mejor pregúnteles a ellos.

A más ver.

(SUSPIRA)

-¡Arrea, Lolita, casi me arrollas!

-Ay...

Perdona, que no te he visto.

-¡Ya se supone, faltaría

que me hubieses empujado aposta!

¿Qué te pasa, que andas tan ofuscada?

-¡"Na de na"!

-¡No me digas más!

¿A que todos te preguntan por tus señores?

-¡Sí! ¡No puedo dar un paso sin que se me acerquen!

-Normal. Menuda bronca tuvieron ayer. Yo misma oí los gritos.

-Tú y al parecer toda la ciudad.

-Tenías razón:

Felipe cree que Celia le es infiel.

¿De dónde habrá sacado semejante idea?

-Ni lo sé ni me importa.

¡Y no me tires de la lengua, que no voy a decir ni mu! En boca cerrada...

-¡Si estás entre amigas!

-Lo sé. Pero para esas cuitas es mejor mantenerse al margen,

que así no me salpican, que al final pagan

justos por pecadores.

-Tienes más razón que un santo.

Lo mejor es ser prudente. Y creo que seguiré tu ejemplo:

le he estado dando a la mollera y lo mejor es que no hable con Celia.

Cuanto menos intervenga una, mejor que mejor.

No me has contestado. ¿Por qué no habéis huido?

Nos ha sido imposible.

La Policía tiene controlados caminos y estaciones.

(RESOPLA) -¿Y dónde os habéis escondido?

-Hemos vuelto al almacén.

-¿Bromeas?

¿Al mismo donde casi os apresan?

-Es el lugar más seguro para escondernos:

la Policía lo registró y no volverá a mirar ahí.

-Ni ellos ni nadie.

Aun así, si seguís aquí, no tardarán en deteneros.

-Lo sé.

Por eso he venido.

-¿Necesitas mi ayuda?

-Sí...

No te lo pediría si no fuera indispensable.

No quiero que te sigas arriesgando.

-Ya sabes que lo hago gustosa.

Puedes contar con mi ayuda para lo que sea menester.

-Aguarda a escuchar lo que debo pedirte.

Verás que resulta muy comprometido.

Entendería que te negaras a hacerlo.

-Ya, pero, aunque lo entendieras, no me lo perdonaría.

-Créeme cuando te digo que me lo he pensado mucho.

-Ya que te has decidido, no aguardes: dime qué precisas de mí.

Te aseguro que no os quedaréis sin mi ayuda, te lo juro.

-Necesito que me ayudes a conseguir las cédulas falsas.

(LOLITA) ¡Ay!

(CASILDA) ¡Ay! (SUSPIRA)

¡Qué tonterías dices! ¡Si doña Celia es una santa!

¿Cómo iba a hacer tal cosa?

-¡Casilda! ¿Puedes dejar ya el tema, que me tienes "mareá"?

-¡Cómo estamos! ¡No se te puede decir "na"!

-¡Es que una ya está harta de que sea siempre lo mismo!

¡Que si mi señor ha dicho esto o lo otro, que si dicen,

que si dejan de decir...!

-¿Y qué esperabas, mastuerza?

-Tus señores están en boca de "tos". -¡Ya!

Pero ¡no en la mía!

Me he subido para descansar de cotilleos,

y ahora me vienes tú con el cuento.

-Lola, no son cotilleos, ¿eh?

Que una se preocupa por los que la rodean.

¡Hay buena intención!

-¡De eso está lleno el infierno!

-¡Oye, templa ya, Lola!

¡Y, si ese es tu capricho, ya no diré esta boca es mía!

-¡Mejor que mejor!

(Puerta)

-¡Huy! ¡Arrea, Simón! Pero ¡qué modos te gastas,

hombre, que nos has "asustao"!

-Lo lamento, lo lamento.

-¿Qué te pasa? Has perdido la color.

-Sí, tienes cara de espanto.

-No.

-¡No te habrá subido la fiebre!

¡Que estos resfriados son muy traicioneros!

(Se abre una puerta)

(Se cierra una puerta)

¿Y a este qué tripa se le ha roto?

Algo le ha tenido que pasar para venir así.

-¡Arrea, Lola!

Así que ahora ya no está tan mal preocuparse por los demás, ¿eh?

(SUSPIRA)

(SUSPIRA)

(Puerta)

(Puerta)

Mauro, ¿estás ahí?

Soy yo, Teresa. Abre.

(LLAMA A LA PUERTA)

Teresa, aguarda. (RESOPLA)

Ahora te abro.

(RESOPLA)

Voy, cariño.

¡Hombre, por fin te encuentro!

¿Dónde estabas?

¿Y ese aspecto? Parece que te acabas de levantar.

¿Qué hora es?

¿Ni siquiera sabes eso?

¿Estás borracho?

Estoy mareado.

¿Qué te ocurre?

Te he estado esperando en la comisaría.

Espero que al menos seas capaz de recordar

que hoy es tu cumpleaños.

Sí... Sí, sí, claro...

Déjame que te prepare una tisana.

Eso te despejará.

Porque es obvio que te acabas de levantar.

Mira lo que te he traído.

Al parecer, te resultará

de gran utilidad, ya que no sabes ni en qué momento vives.

¿Eso qué es?

¡Pues qué va a ser! Tu regalo de cumpleaños.

(SIMÓN SOLLOZA)

1900...

(SUSURRA) ¡Te encontré!

¡Feliz cumpleaños, amor mío!

¿Por qué estás tan extraño?

No pareces tú. ¿Qué te pasa?

¿Ni siquiera me contestas?

No sé qué contestar.

(Pasos)

¡Huy!

Disculpe, Teresa, es que...

no sabía que estaba en casa.

Mauro, no te vi levantarte.

¡Haberme despertado!

¡Cariño, no entiendo nada!

La que no entiende nada soy yo.

¡Qué vergüenza que me haya descubierto así,

en paños menores! Deje que me tape.

Mauro, ¿qué hace esta mujer en tu casa?

¡No lo sé, Teresa! ¡Te lo prometo! ¡Ni sabía que estuviera ahí dentro!

¡Hombre, Mauro! ¿Cómo que no lo sabes?

Hace un rato no parecías tener dudas.

¡Me voy! ¡Teresa...,

te prometo..., te prometo que no sé

qué pasa! ¡Solo sé que me va a estallar la cabeza!

¡No, señorita, no se vaya!

Hablen lo que tengan que hablar;

yo espero a Mauro en el cuarto. ¿Vienes luego, cariño?

¿"Cariño"?

¡Sara, vete de aquí! ¡Fuera! ¡Y vístete!

¿Para qué?

Te espero en la cama.

¡Esto es absurdo, ridículo! ¡Teresa, escúchame!

Tú sabes que yo te amo más que a nada.

Ha de haber una explicación. ¡La hay, que eres un canalla!

¡Estoy siendo víctima de una celada!

¡Me duele la cabeza! ¡Y no recuerdo nada!

¡Pues dímelo cuando lo sepas! ¡O mejor no!

¡Mejor desaparece de mi vida, no quiero verte más!

No dejaré que te vayas.

¡Sal de mi camino!

¡Y toma tu regalo!

(ABRE LA PUERTA)

(DA UN PORTAZO)

Bueno... Pues, si donde roza

es en el suelo...,

habrá que rebajar el suelo.

-No diga insensateces, Servando.

El objeto móvil está en la puerta, el suelo está en su sitio.

Lo que roza es la puerta. Hay que asegurarla en las bisagras.

-¡Mira, de toda la vida se ha hecho...

que, si se roza algo, se lija para rebajarlo, que para algo

se inventó la lija!

-¡La puerta roza porque no está bien sujeta! ¡Se cambian las bisagras!

Ayer leí una historia muy interesante.

"La leyenda

del hilo rojo".

¿La conoce? No.

Ni idea.

Es una leyenda oriental.

Dice que cada persona nace con un hilo rojo imaginario atado al dedo.

Ese hilo la une

a otra persona. Solo a una en el mundo.

La que debe ser su pareja.

Hay que casarse con quien esté al otro lado del hilo.

Te casarás

con quien te ordene. Lo demás son pamplinas.

(MARTÍN) "Yo..."

no estoy bautizado.

-¿Cómo?

-Pues eso, que mi madre lo fue dejando, lo fue dejando...

para cuando tuviera un año o tuviera dos..., y así hasta hoy.

-¡Vamos a ver, Martín, que a ti y a mí nos casó un cura!

-¡Ya! Pero me iban a dar garrote: no estaba yo como para pedir papeles.

¡Nos casó sin más!

-¿Y la comunión?

-Nones.

Ni comunión, ni confirmación..., ni nada.

De hecho..., ni me he confesado nunca.

-¡Ay, entonces...!

¡Entonces, tú y yo no estamos casados de verdad, Martín!

Estamos viviendo en pecado.

¡Esto es, que yo soy soltera y me encamo contigo día sí y día también!

¡Ay, madre mía!

-"Estará al tanto de los rumores sobre mi esposa".

-Usted lo ha dicho: rumores.

¡Habladurías sin más, como para hacerles caso!

-¿Y qué hago cuando me lleguen directamente?

-Descuide, que nadie tendrá la desvergüenza de decírselos a la cara.

¡No les haga caso, no sea usted impulsivo, Felipe!

-No le negaré las ganas que tengo de acabar con esta situación.

-Pues, si le vale mi consejo, temple.

No tome decisiones drásticas, y persevere.

¿O acaso Celia no lo merece?

-"El hombre con quien debes casarte se llama Liberto".

Tiene buena posición económica y es sobrino

de doña Susana. Ya le conoces.

Si quieres pensar que os une un hilo rojo, allá tú.

No, padre. ¿No, qué?

¿Que no hay hilo rojo?

No me casaré con él.

-"Si me va a acompañar"

a escoger un regalo para Víctor, tendremos que bajar ya.

-Antes, cuando me has dicho lo del regalo, no he caído, pero ahora...

No puede ser que llevéis un año de novios.

-No, son 10 meses. Es nuestro aniversario de 10 meses.

-¡Ya, hija, pero se hacen regalos por un año, no por 10 meses!

-Ya lo sé. Lo hago para que se acuerde después.

Si le recuerdo que cumplimos 10 meses,

a poco que piense, verá que en dos meses hacemos un año.

-¿Y?

-Pensará en el regalo que me va a hacer.

(LOLITA) "¡Huy!".

¡Vaya rosas bonitas!

-Ponlas en un jarrón con agua. Que se conserven así de hermosas.

-No les devolverás la belleza que tenían en la naturaleza.

Tan solo...

engañarlas y maquillar la realidad.

-En Cabrahígo, cada flor significa una cosa. Como un mensaje.

-¿Y qué significan las rosas?

-Quien regala rosas quiere enamorar.

(FELIPE) Pues como aquí.

-El coronel y tú estáis a partir un piñón.

-Me ha regalado un broche... para estrenar con él en la ópera.

-O sea, ¿que también te ha invitado a la ópera?

(RÍE) ¡Qué galante, Rosina!

¡No me extrañaría que sonaran campanas de boda!

-Bueno...

(LIBERTO) ¿De boda, Rosina?

-¡Normal que se plantee!

Entre dos viudos, la cosa más natural...

-¡Eso es mucho correr!

¡Y nada más lejos de mi ánimo!

No creo que en esa casa se celebren bodas próximamente,

según me dijo Arturo.

Liberto...,

¿es cierto lo que me contó Arturo, que Elvira y tú habéis roto?

-"Me manda Cruz".

-Mala recomendación: "tie" a la poli tras él.

Si lo pillan, le dan matarile.

-Cruz necesita unas cédulas falsas.

-¿De qué lo conoce?

Mal tiene que estar él para pedírselo a usted y loco yo para fiarme.

-(SUSPIRA) Me dijo que hablara con usted.

Pero puedo pagarle. ¡Fíese de mí, por favor!

-¡Celi!

"(LLORA)"

Todo culpa de Mauro, como siempre.

¡Le odio! Ya lo sé.

¿Qué te ha hecho ahora?

Era su cumpleaños...

He ido a su casa a llevarle su regalo y...

Vale... ¡Ha sido horrible!

Ya está, ya está. Estoy aquí, contigo.

Yo te protegeré de él, ¿eh?

Vamos, sosiégate.

¡Chist! (SARA) "Me marcho".

Veo que no me quieres, que me has engañado.

¿Dónde te crees que vas? ¡Déjame marchar!

¿Marchar? ¿Marchar después de esto?

¿Tras arruinarme la vida? ¡No me pegues!

¡No me hagas nada! ¡No tengo la culpa!

¡Lo has hecho tú! ¡No te vas

sin contarme lo que ha pasado!

¡Y no me obligues a sacártelo, porque nada me detendrá!

No me vas a engañar

con lloriqueos. ¡Vas a hablar me cueste lo que me cueste!

Acacias 38 - Capítulo 435

18 ene 2017

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