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No recomendado para menores de 13 años 14 de Abril. La República - Capítulo 13 - Ver ahora
Transcripción completa

-¡Me estáis poniendo nervioso! ¿Qué pasa?

-La reforma de la que no habían hablado, que va a llegar.

-¿Expropiación de las tierras?

Nuestra finca está en los primeros puestos.

-La tierra, Antonio, para los que la trabajamos.

-¿No te das cuenta de que tiras tus mejores años

por una historia que no va a ningún sitio?

-¿No te das cuenta de que le quiero y me quiere?

-¡No!

-Devuélvemelo, dame eso, dame eso. -Es por tu bien.

Es algo entre tú y yo, ¿verdad?

-Suéltala, suéltala. ¡No!

-¡Hugo!

-La tierra se puede sembrar. Entonces, sembraremos.

Necesito convencer al gobierno de que no debe ser expropiada.

-Muchos compañeros han sufrido y muerto por culpa de esa mujer.

Ahora le toca pagar a ella.

Traicionas a los tuyos...

¿Cuánto vas a tardar en cambiar tu ropa por la chaqueta de cuero?

Siempre he sido un campesino, tú nunca serás de los míos.

Te vas a arrepentir, Jesús, lo lamentarás, lo lamentaréis todos.

-La tierra es nuestra, señorito.

-¿Un proveedor nuevo?

-El mercado se mueve y es mucho más barato.

-¿Eso no te da qué pensar?

-¿Fernando y tú...?

Fernando no sabe que somos hermanos, no se lo pude decir.

-¿Quién te dijo que es tu padre? ¡Mercedes!

-¿Quieres casarte conmigo?

-Sabías que jamás seguiría junto a Fernando

si estaba convencida de que era su hermano.

Pero eso no es verdad.

Estoy embarazada, Leocadia.

Espero un hijo de Fernando.

¿Qué ocurre?

-La tierra para los que la trabajan...

Pero si los que la trabajan no quieren hacerlo...

¿Qué sentido tiene reclamar la tierra?

Sátur, ¿puedes ir más deprisa?

Sargento...

Soy Mercedes León, la mujer de don Fernando de la Torre.

-Sin embargo, ya no queda otro camino,

porque ya no se trata de la tierra,

se trata de elegir el lado donde se quiere estar.

Llaman a la puerta. Adelante.

¡Fernando...! Tenemos que hablar.

Gracias.

Azaña va a someter la Ley a una votación y será aprobada.

¿Para eso has venido? ¿Para contarme lo que se sabe?

No, Alejandra, para decirte que estamos dispuestos

a asumir la ley y las bases que la Ley propone:

Jornadas de ocho horas, descanso dominical,

la contratación de los jornaleros del municipio.

¿Y sembrar? Por supuesto que queremos sembrar.

Son los sindicatos los que se aprovechan y se imponen.

Los jornaleros no siembran para forzar las expropiaciones,

piensan que así se harán con la propiedad.

Eso no tiene sentido. Es lo que está pasando.

Los propietarios estamos atados de pies y manos.

Esa no era la idea; lo que queríamos era modernizar el campo,

que hubiera garantías.

¿Y las nuestras? No sabes lo que es vivir por una tierra

y no poder hacer nada por ella. Yo me he criado en esas tierras,

mi padre y mi hermano las trabajan, ¿crees que no sé de lo que hablo?

Entonces, estamos en el mismo bando.

¿A qué has venido?

A hablar con Jesús.

Convéncele de que sembrar es lo mejor para todos.

¿Por qué tendría que hacerlo? Son los míos, es mi familia.

Sé que piensas lo mismo que yo.

Pensé que tampoco vendrías.

¿Quieres tomar algo? No, gracias.

Supongo que estos días se complicó, te estuve esperando

Lo sé. Sabes que no me importa...

Te esperaría una y mil veces.

Perdona, se me olvida que estamos en un sitio público.

Podríamos haber quedado donde siempre.

Esto se acabó.... Por eso he venido.

¿Qué has venido a decirme, Mercedes?

Hemos pasado un tiempo maravilloso, Jesús,

pero ese tiempo se ha terminado.

Por el bien de ambos, tengo que decir que no nos veamos.

¿Por el bien de ambos? Puede que no lo entiendas...

Pero es lo mejor que podemos hacer.

No, Mercedes, te equivocas.

Los dos sabíamos que este momento iba a llegar...

Más tarde o más temprano.

Sabíamos que iba a pasar.

Mercedes, yo te quiero.

No me lo pongas más difícil, por favor.

No ensucies lo que tuvimos con un despecho absurdo.

¿A eso se reduce todo?

No, me niego a aceptarlo.

Acabas de decir que me quieres...

Si eso es cierto, haz lo que te pido.

Tú nunca me has querido.

Escribí aquí mis razones.

Puede que no te sirvan para nada, pero son las mías.

Adiós, Jesús.

-¿Necesita algo más el señorito? No, gracias.

-Si me permite, me gustaría darle la enhorabuena,

un niño traerá mucha alegría a esta casa.

Muchas gracias, muy amable por tu parte.

-¿Cómo ha ido todo? Podría haber ido mejor.

Los sindicatos están presionando mucho, prometen a los obreros

que si no trabajan las tierras serán suyas.

-¿Crees que conseguiremos a esos hombres?

Tarde o temprano conseguiremos un retén, tendrá consecuencias.

Conseguiremos un buen grupo y se enfrentarán a ellos.

-¡Pero no puede ser! Es exactamente lo que pasará.

-No podemos consentir un derramamiento de sangre.

Tampoco permitirnos un año sin cosechas.

Y menos ahora.

-¿Qué vamos a hacer? No parar hasta agotar posibilidades

No permitiré que nos quiten las tierras si aceptamos la Ley.

Hoy he estado hablando con Alejandra.

-¿Alejandra?

Le he pedido ayuda con Jesús.

Pero no sé si lo va a hacer.

Son los suyos...

Y la entiendo.

Al fin y al cabo, es su familia

-Y el niño, ¿está peor? -Ahí va.

-Falta una peseta.

Bueno, da igual una peseta no me sacará de pobre.

Pero no lo digas a nadie, que me arruinas el negocio.

-Gracias, señor. -Venga, vamos.

Vamos

-Si esto se supiese la imagen de Paco, el Rubio cambiaría.

-¿Por qué? Estoy haciendo negocios, ¿no?

Ventura está en Madrid, lo sé de buena tinta.

-¿Y qué? Es un hombre libre.

-Es un malnacido, te lo he dicho mil veces.

Te pasas de precavido, Paco.

-Va por ti, Amparo, se cree que has matado

a uno de sus compañeros y como se entere de lo tuyo y Encarna...

-Entre ella y yo no hay nada. -Si no lo ha habido, lo habrá.

-Y si fuera así, no sería de tu incumbencia.

-Amparo, tienes que irte de aquí, no quiero que te pase nada.

Por lo menos, hasta que se haya metido en otro lío y se olvide.

-¿Te has vuelto loco? -Sé por qué no te vas.

No te vas por ella.

-No me va a pasar nada, no te preocupes.

Timbre.

-¿Quién es? -Encarna, soy yo, Andrés.

-Andrés... -Hola.

-Pasa, pasa.

¿Ha pasado algo?

-Le Ley de Bases. -No será aprobada en el Congreso.

-No, no, no, no es eso, será aprobada...

Pero Azaña añadirá una base adicional de expropiaciones.

-¿Cuál? -Prometerá indemnizaciones

compensatorias a los propietarios. -¿Sí?

-Pero... no va a haber dinero suficiente para indemnizar...

¿Lo entiendes?

-Tantos meses de trabajo para nada.

-Así es el juego político.

Quería advertirte antes de que te enteraras de otra manera.

He hecho todo lo que he podido, todo esto, Encarna...

Todo esto está por encima de nosotros.

-La reforma agraria no será lo que habíamos soñado.

-Sí, habrá que hacer concesiones.

-¡Maldita política!

Bullicio.

-Antonio.

-¿Qué hacéis? -Azaña aprobará la Ley.

-Y nos darán las tierras si hacemos lo que tenemos que hacer.

-No sembrar, ¿eso es lo que se supone que hagamos?

-Si eso mismo. -¿Estáis locos?

¿Pensáis que los señores se quedarán quietos?

No tardarán ni dos días en contratar retenes nuevos.

-La ley nos ampara, los señores están obligados

a contratar a obreros del municipio.

-Pero da la casualidad de que no queréis sembrar.

Bueno, ¿a qué estamos jugando?

Esto no se trata de un conflicto entre los señores y vosotros.

¿Queríais sembrar? ¿Queríais garantías? La ley las da,

pero no, vosotros tenéis que ir a la contra. Dejadme.

-No, Antonio, tu hijo está de nuestro lado, ¿a qué viene esto?

-Esto nos va a traer problemas a todos?

Los señores contratarán obreros nuevos para el día 20, como antes.

-Nadie más que nosotros va a sembrar estas tierras.

-Pero ¿es que no lo entendéis? Los retenes no van a ir solos,

saben nuestras intenciones y pedirán ayuda a la Guardia Civil.

-No habrá siembra y si otros entran en nuestras tierras...

Los estaremos esperando.

-La tierra para el que la trabaja.

-Muy bien, gracias.

Si buscamos suplentes se nos echan encima los sindicatos

y si no sembramos perdemos la finca.

-¿Y si hablo con Alejandra?

-¿Alejandra?

Ella colocó la finca en ese listado, ¿qué puede hacer?

-Si supiera lo que le une a estas tierras es más de lo que la separa.

Si supiera la verdad. -¿Te has vuelto loca?

¡No puedes hacer eso! -Agustín, piénsalo.

-No hay nada que pensar, Alejandra no debe saber la verdad.

O será el fin de esta familia. ¿Has entendido?

No podemos contar la verdad.

No puedes hacerlo.

Llaman a la puerta.

-Adelante.

-Señorita, acaba de llegar una nueva carta para usted.

-Gracias, puedes retirarte. -Sí, señorita.

Llaman a la puerta.

-¿Qué pasa?

Pequeña, ¿qué es esto?

-Nada.

Ya no me quiere.

Nadie me quiere, se ha cansado de mí.

-Venga, venga, relájate, pequeña.

Pequeña...

Ludi. -Sí, señor.

-La señorita necesita la medicina.

-Ahora mismo. -Una cosa.

Estas cartas, ¿cómo llegan a casa?

-Las trae un chico. -¿Un chico?

-Sí, le he dado dulces y le he dicho que se vaya.

-¿He hecho mal? -No, bien, atiende a la señorita.

-Hugo...

Te has levantado, ¿te encuentras mejor?

-Isabel, necesito que hagas algo por mí.

-Por Dios, Andrés, dame buenas noticias y dime que tienes hombres.

Claro, claro que lo entiendo y me hago cargo,

pero la situación es muy delicada.

-¿Ya estás aquí? ¿Dónde has estado?

En casa de mi padre, ¿qué ocurre?

-Lleva todo el día así, tratando de conseguir jornaleros

para la siembra de la finca.

¿Y Fernando? -Lo mismo, aún no ha venido.

-Señora, se trata de la señorita Beatriz.

-¿Qué pasa? -Le cuesta mucho respirar.

-Santo Dios, solo nos faltaba esto.

-Claro que sé que pueden surgir altercados con los sindicatos,

pero nos encargaremos de la seguridad de los hombres,

la Guardia Civil está al tanto.

Esos jornaleros... ¿Cuándo aprenderán?

Jesús, espero que mis razones te ayuden a entender esta decisión.

Estoy esperando un hijo de Fernando,

debes aceptarlo como una señal y actuar en consecuencia.

Por esta misma razón, debes salir de mi vida para siempre...

Si me quieres...

Harás lo que te pido y no volverás a buscarme...

Nunca más.

(JADEA)

-Don Agustín, sé que tiene unas ideas muy rectas

con respecto a las relaciones, señor,

yo también las tenía, pero...

Pero la vida me ha llevado por otros caminos

y por eso tengo algo que decirle, señor;

le he pedido el divorcio a mi mujer.

-¡Rafael! -Ludi, por Dios.

-No puedes decirle eso al señor. -Ya se lo he dicho a mi mujer.

-¿En serio? -Y tanto.

-Ay... amor mío...

Rafael, no quieres contarle la verdad al señor.

-Escucha, quiero terminar con esto y para eso tengo que ir

con la verdad por delante, de otra forma

me pongo nervioso.

-Sí, pero no es el mejor momento. -¿Por qué dices eso?

-Porque los señores están alterados, es mejor esperar.

-¿Pero tú no decías...?

-Si nos queremos, no importa esperar un poco.

Mañana tendrá el café a primera hora. Señor.

-Rafael, su mujer le estará esperando en casa.

Música.

No irás a hacer eso, ¿no?

¿Qué quieres que haga?

Lo que dice tiene sentido, mi hermano y los jornaleros

se oponen a la Ley negándose a sembrar.

-No siembran para darles una lección.

Sí, pero dejan los campos baldíos y no hemos estado trabajando

todo este tiempo para acabar así.

-Ya... no lo haces por los campos, ni siquiera por la Ley...

Lo haces por él porque serías incapaz de negarle cualquier cosa.

Te equivocas. -Alejandra...

Todavía le quieres.

-Ponme un coñac.

-Qué sorpresa.

-¿Tú crees?

-¿A qué has venido?

-A tomarme una copa.

¿No me vas a servir? -Hasta que digas qué haces aquí.

-Me preguntaba si estaría Amparo.

-No la veo por aquí, ¿la ves?

-Sí, quizá en su camerino. -Puede ser...

Pero no le gusta que la molesten antes de actuar.

Creo que te vas a tomar esa copa en otro sitio.

¿Crees que vais a conseguir ese retén de hombres?

No me cabe la menor duda...

Mi padre o yo, solo es cuestión de tiempo.

Pero no creo que los jornaleros acepten una situación así como así.

Y menos con Jesús a la cabeza.

Sé que piensas que deberíamos hablar y solucionarlo...

Pero no creo que quiera cambiar de actitud.

Quizás es mejor que lo olvides.

Sin su apoyo, todo va a ser muy complicado.

Por eso he pedido ayuda a Alejandra.

¿A Alejandra?

No hizo nada cuando salieron los listados.

Sí, pero es la única que puede convencer a su hermano.

Música.

Llaman a la puerta. -Ya va.

Señora... -¿Puedo pasar, Antonio?

-Por supuesto, señora, adelante.

Siento no poder ofrecerle algo mejor, señora.

-Gracias, es más que suficiente.

Como comprenderás no he venido por el café.

-Me hago una idea, señora.

-Los jornaleros no quieren sembrar, Antonio,

y mi familia tiene que tomar medidas desesperadas.

Sé que estás al tanto. -Sí, señora.

-Aún así, he venido hasta aquí, porque...

Porque quiero saber si hay posibilidad de solucionar esto.

¡Alguna opción! Lo que sea.

Para que esto se solucione y los hombres siembren.

-Con todos mis respetos, señora.

Esos hombres, entre los que está mi hijo,

siempre han sido fieles a su trabajo y nunca han fallado.

Antes que ellos, sus padres, que también trabajaron

como jornaleros para ustedes.

-Lo sé, Antonio, pero ahora se niegan a sembrar

y Jesús está al frente.

-Ya es demasiado tarde, señora.

No van a cambiar de opinión.

Yo siempre estaré del lado de mis hijos.

Del lado de los míos.

-Antonio...

Tarde o temprano conseguiremos ese retén de hombres.

-Lo sé, señora. -¿Sabes qué puede significar?

-Sí.

Lo sabemos todos

-Perdone, busco a un hombre que creo trabaja aquí.

-Al fondo. -Gracias.

-Hola, ¿puedo ayudarla?

-Quería... que... Quería devolver estos libros.

-Puede hacerlo en el mostrador, con mis compañeras.

-Es que no los retiré yo.

Lo hizo alguien...

Muy querido para mí.

Usted sabe de quién estoy hablando, ¿verdad?

-Espere un momento, por favor.

María del Pilar. -¿Qué pasa?

-Hay una señora esperando.

-Buenas. -Busco a la señorita Ludigvina.

Me dijeron que trabajaba aquí. -Ludi, sí, claro.

Pero ¿usted quién es?

-La mujer de Rafael de Mesa, el pasante de don Agustín.

-¿Crees que este vestido le gustará a Rafael?

¿Pasa algo?

-Era una mañana la primera vez que la vi entrar y...

No podría expresarle, sin traicionar la verdad,

la impresión que me causó.

El tiempo quedó...

Suspendido como esas partículas de polvo que flotan

y solo se ven cuando los rayos de luz las delatan.

Estaba desconcertada y no sabía qué libros escoger,

así que...

Me permití empezar a recomendarle lecturas.

Poco a poco, sin descanso...

Beatriz leía todo lo que le aconsejaba.

Alguna vez hizo algún comentario sobre sus lecturas,

se notaba que estaba sola...

Que buscaba una emoción que no llegaba.

Yo conocía bien esa sensación.

-Entonces, comenzó a escribirle esas cartas.

-Sí, pero no lo hice por ella, lo hice por mí.

Solo escribí lo que sentía.

-Pero ¿por qué no se dio a conocer? -Por Dios, señora...

Míreme, ¿quién soy yo?

Y ella... ella es una niña.

-A la que ha roto el corazón al despedirse.

-¿Qué otra cosa podía hacer?

Fue la única forma que encontré para expresarme y se convirtió...

Poco a poco en una tortura.

Sabía que jamás la tendría. -Ahora menos que nunca.

-¿Por qué? ¿Qué pasa?

-Escúcheme, Ramón, esto es muy serio.

Beatriz le necesita.

De usted depende su futuro.

-Gracias, últimamente no como mucho.

El niño, que ya aprieta demasiado.

-Y... ¿para qué quería verme, señora?

-Rafael me ha pedido el divorcio porque tiene relación con usted.

Nosotros nos casamos muy jóvenes,

éramos de pueblos distintos y apalabraron nuestro compromiso.

Cuando se vino a Madrid, yo me vine detrás.

-Señora yo... -Yo no me opongo a lo suyo.

Siempre he sabido que los hombres tenían sus necesidades y...

Yo soy muy poca cosa.

-No diga eso.

-No tengo nada más en el mundo.

Y ahora... espero un hijo suyo.

Por eso, le pido, señora, que tenga compasión...

De mí y del niño.

Necesito que le diga a Rafael que no solicite el divorcio.

-Señora, no nos deje ahora.

Hágalo por nuestros hijos.

No permita que a nuestros maridos les pase algo.

-No voy a dejaros a vuestra suerte.

Nunca lo he hecho.

-Señorito Jesús, el señor Fernando no está en estos momentos.

Lo sé, no he venido por él, ¿está la señora Mercedes?

-Sí. ¿Quién es, María del Pilar?

Jesús.

-El señorito preguntaba por usted.

Gracias, puedes dejarnos solos.

¿Te has vuelto loco? ¿Qué haces aquí?

-¿Qué te ha dicho el médico?

-Más medicinas y más aerosoles.

Pero no servirán para nada. -¿Por qué dices eso?

-Porque lo sé.

-Escúchame, Beatriz.

Tú me has dado ánimos cuando me faltaban

y ha sido muy importante para mí.

-Solo hice lo que tenía que hacer. -No, hiciste más, pequeña.

Te lo dije una vez y te lo repito...

Si no confías en ti no podrás luchar.

Y ahora tienes que luchar.

-Voy a pedir que vuelvan a ingresarme en la clínica.

Será lo mejor para todos.

-¿Estás segura?

Te prometo que vas a ser feliz.

Aunque sea la última promesa que haga en mi vida.

Y no pararé hasta verla cumplida.

Pero vas a ser feliz, Beatriz, ya verás.

¿Y qué? ¿Le has encontrado?

-Sí, era él. -Gracias a Dios.

-Ya estoy aquí.

¿Te has preparado la tila? -Sí.

-Pues tómate otra y tranquilízate.

-¿Cómo puedes decirme eso?

¿Si estuvieras en mi lugar estarías tranquila?

-No estaría en tu lugar porque la sencilla razón

de que no me liaría con un casado.

-No estoy para que me digas que ya me lo dijiste.

-Bien, pero te lo dije, Ludi, te lo dije.

Esa mujer, por lo menos, está de ocho meses.

¿Rafael no te dijo nada?

-Yo no soy una mala persona, María del Pilar.

No soy de esas mujeres que van rompiendo familias.

¡No lo soy! -Pues claro que no, querida.

¿Crees que si lo fueras estarías así de disgustada?

-Pero ¿por qué? ¿Por qué tiene que pasarme a mí?

Creí que te quedó claro.

Ese hijo que esperas es mío, ¿no? Por supuesto que no.

Mercedes, no me mientas, la última vez que estuvimos juntos

en aquella casa ya tenías molestias.

Es de Fernando. ¿Cómo estás segura?

Porque lo estoy. Quieres estarlo.

Mercedes, esto la cambia todo. No cambia nada.

Al revés, esta es la razón por la que te pedí que no nos viéramos.

Jesús, te lo pido por favor.

Te lo suplico.

Tienes que marcharte y olvidarte de esto.

No puedes pretender esperar un hijo mío y me quede al margen.

¡No puedes hacer nada! ¿No lo ves?

Solo veo una cosa; esperas un hijo nuestro.

¡Es de Fernando! ¡No!

Ese niño no es un de la Torre y se lo explicaré.

No lo hagas, no puedes hacerme esto ni a mi ni a tu amigo Fernando.

Ya.

Jesús, ¿qué haces aquí?

He conseguido un retén de hombres, es vuestra última oportunidad.

Te pido que no hagas algo que no beneficie a ninguno.

Tengo que irme.

¿Estás segura de lo que haces? -Segura.

Nada ha salido como queríamos, demasiadas concesiones.

Pero hemos conseguido una parte y todavía queda mucho por hacer,

mucha gente depende de nosotros, Encarna.

-Tienes razón.

Pero mi camino ha llegado hasta aquí,

no puedo bajar la cabeza, mirar para otro lado,

aceptarlo y seguir trabajando como hasta ahora, pero no puedo.

Para bien o para mal no soy así.

Llaman a la puerta. -¿Se puede?

-Os dejo solos, voy a hablar con don Luis.

-Alejandra, quería...

Quería pedirte perdón por lo de ayer.

No debí reaccionar así, no sé qué me pasó.

Al oírte hablar de Fernando no me controlé, lo siento.

Roberto...

No me puedo casar contigo.

Tenías razón...

Todavía le quiero.

Mamá.

He hablado con los Sánchez Tirado y los Utrillas,

he conseguido el retén de jornaleros que necesitamos.

-¿Se lo has dicho a tu padre? No, iba a comunicárselo ahora.

-Será mejor que aún no le cuentes nada.

¿Por qué?

-Fernando, siento que esto se nos va de las manos...

Y no puedo permitirlo.

No puedo permitir que mis tierras queden empañadas de sangre.

Mamá, sin jornaleros no habrá siembra y no puedo hacer más.

-Sí podemos, todavía podemos apelar a la familia.

¿La familia? ¿De qué estás hablando?

-Estoy hablando de algo que he arrastrado media vida,

que prometí a tu padre que jamás desvelaría.

Lo que te voy a contar ha permanecido oculto

durante años por el bien de esta familia,

por tu futuro y el de Beatriz.

Si te lo cuento es porque no queda otra salida.

Por Dios, dime de una vez lo que me quieras decir.

-Este era mi hermano Fernando, llevas su nombre en su honor,

murió hace años, sin esposa, sin hijos.

La herencia que le hubiera correspondido a él

y a sus herederos, pasó a mí directamente

y conmigo a vosotros.

Lo sé ¿y?

-Lo que no sabes es que había una heredera.

Fernando tuvo una hija,

una campesina de la finca.

Una heredera legítima de las tierras.

Alguien que tendría tantos derechos como yo misma sobre ellas,

alguien por la que siempre me he preocupado,

alguien a quien he tratado como a una hija,

alguien a quien conoces muy bien.

Roberto, me has asustado. -Tenemos que hablar.

No le des más vueltas, te lo he explicado.

-¿Que me has explicado? No, no me has explicado nada.

¿Qué crees? ¿Que dejaré que me apaleen como a un perro?

¿Que voy a agachar la cabeza frente al señorito?

No digas tonterías, vete a casa.

-No me vas a dejar como si tal cosa.

Suéltame. -No, no soy cualquiera.

Puede que no lo hayas visto, no soy cualquiera.

-Nadie dice lo contrario, me haces daño.

Has oído a la señorita, suéltala.

-Vaya, vaya, el que faltaba, sí señor.

¿Ni siquiera tienes la decencia de terminar conmigo para citarte?

Deberías cuidar tus modales.

-Sé quien merece modales y quien no.

-¿Ocurre algo, señores? No ocurre nada.

El señor ya se iba. -Muy bien.

Vete... vete...

¿Estás bien? Sí.

¿Qué haces aquí? Lo sé todo, Alejandra.

(RADIO) El jefe del gobierno ha presentado un proyecto

que, después de modificado por la comisión correspondiente,

ha sido llevado a Cortes por el ministro de Agricultura

don Marcelino Domingo.

Queda, de esta forma, aprobada la Ley de Bases de la Reforma

Agraria, la verdadera constitución del campo español.

Música.

(ENCARNA) Sé que he jugado y he perdido,

que todas mis esperanzas, mis esfuerzos y renuncias

solo han servido para que la herida sea más grande.

Duele y es demasiado triste,

pero ahora sé que seguir aquí es imposible.

Caigo para que todo siga con la seguridad de que siempre

actué en conciencia y con valor.

La república y todo lo que implica sigue adelante

y para ello son necesarios sacrificios

y en ese camino no soy más que una simple pieza.

¿Por qué no me lo contaste? No fui capaz,

es demasiado sucio, ¿no te das cuenta?

No es sucio, Alejandra, no es lo que tú piensas;

tú no eres hija de mi padre, no eres una de la Torre.

Eres hija de María González y de mi tío Fernando.

¿Cómo?

¿Una Osuna? Sí, Alejandra.

Pero no puede ser, Mercedes me dijo que era hija de...

¿Mercedes? ¿Qué tiene que ver Mercedes en todo esto?

Fue ella quien me lo contó todo.

-Te lo agradezco...

Fernando ha sido incapaz de conseguir esos jornaleros.

Lo sé... Pero puedes estar tranquilo,

ya tienes esos hombres que necesitabas.

-Gracias a ti.

Agustín...

Siempre deberías contar conmigo para cuestiones familiares.

¿Por qué no fuiste capaz? ¿Por qué cargar con eso tu sola?

No quería hacerte daño. ¿Por qué, Alejandra?

Porque te quiero, Fernando.

Desde el principio, desde siempre,

no fue suficiente con saber que estaba prohibido,

porque casi muero cuando te casaste,

no hay nada que pueda hacer para no quererte. Nada.

No te imaginas cuántas veces he soñado con que digas esto.

Te quiero.

Te quiero más que a mi propia vida.

¿Llegaste a pensar que don Agustín era tu padre?

¿Cómo no me dijiste nada?

Sabías lo que había ocurrido entre nosotros.

Me daba mucha vergüenza.

Pero, entonces...

Si tu padre era el hermano de doña Leocadia...

Eso lo cambia todo.

Eres una Osuna, Alejandra, la finca te pertenece,

tanto o más que a los señores.

Muchas cosas cambiarán.

Pero otras no cambiarán, Jesús.

Escúchame.

Aunque se haya aprobado la Ley de Bases,

esas tierras no serán expropiadas.

Tenemos que hacer algo.

Tenemos que hacerlo antes de que sea demasiado tarde.

-Qué raro, Fernando se retrasa.

¿Avisaría de que llegaría a cenar? No me dijo nada.

¿Cómo sigue Beatriz?

-Está tranquila.

Lo que me preocupa es su ánimo.

Qué astuta has sido, cómo nos has engañado, a mí el primero.

Todos lo sabíais, todos sabíais lo mío con Alejandra,

pero os callasteis y le hicisteis creer una mentira para taparlo

y para que yo me casara contigo. -Fernando...

¿Cómo has podido hacerme esto? Yo creía en ti.

Fernando... No, es demasiado tarde.

¿No te das cuenta? No se construye nada sobre una mentira.

Pero yo te quiero. Voy a pedir el divorcio.

-Hijo... Se acabó, papá.

Esta pantomima se ha acabado.

-Fernando, espera, Fernando.

Sátur, ¿puedes ir más deprisa?

-El hermano de doña Leocadia.

¿Por qué no me lo dijo, padre?

-Era algo complicado...

Cuando nos entregaron a la niña tú eras muy pequeño.

Después fue pasando el tiempo y... y todo se asentó.

¿Cómo querías que te dijera la verdad?

Pasé años defendiéndola de rumores, años jurando que era mi hermana.

-Escúchame, Jesús, por mucho que haya pasado...

Tu hermana es y seguirá siendo una Prado.

Pero no lo es.

-Hijo...

¿Tú qué sientes?

¿Qué sientes ahí dentro?

Porque...

Si piensas que tu hermana, no es tu hermana,

no tengo más que decir.

¿Qué sientes, hijo?

Que es mi hermana.

-Alejandra daría la vida por nosotros, por estas tierras.

¿Qué más quieres saber?

Perdón, padre. -Por favor, no me pidas perdón.

Ahora nos toca estar donde nos toca estar.

Si tengo que defender a mi hermana...

No dude de que lo haré.

Sargento...

Mercedes León, la mujer de don Fernando de la Torre.

Estoy al tanto de las indicaciones que le dio mi suegro,

él mismo me ha pedido que os llame.

Todo sería más efectivo si supieran quien sirve a los jornaleros

de contacto con los sindicatos.

Debe ser su primer objetivo.

Escuchad.

La Ley de Bases de la Reforma ha sido aprobada.

(TODOS GRITAN)

Azaña ha prometido indemnizaciones si se hacen las expropiaciones.

-¿Qué más nos da?

Nos da, porque no hay dinero para las indemnizaciones,

así que las tierras no se expropiarán.

No habrá ningún reparto, por mucho que nos hayan dicho

y lo sé de buena tinta por mi hermana.

Las tierras no se repartirán entre nosotros.

Y si no sembramos nuestros puestos serán ocupados por esos hombres

que estamos esperando.

-¿Y qué quieren? ¿Que agachemos la cabeza?

El propietario de estas tierras se ha comprometido a respetar la ley:

Nuevos derechos y nuevas condiciones.

Seguridad en el trabajo, lo que buscábamos siempre.

-¿Por qué antes no lo creíamos y ahora sí debemos?

-Fuiste el primero en enfrentarte a él.

¿Por qué has cambiado de idea? -¿Por cuánto te han comprado?

-Ahora esto no depende solo del señorito Fernando;

mi hija Alejandra es una Osuna.

-Adelante, por favor.

-¿Es Ramón Expósito? -Sí, señor.

-¿Es consciente a lo que viene? -Sí, señor.

-Espero que sus intenciones sean buenas.

Si le hace daño, tendrá un enemigo para siempre.

-No se preocupe, señor, le doy mi palabra.

-Ramón.

Bienvenido. -Señora, gracias.

-Te estamos esperando, por aquí.

Llaman a la puerta. -Adelante.

-Hola, cariño, ¿cómo estás? -Bien.

-Beatriz, quiero presentarte a alguien.

Me ha acompañado solo con la intención de verte.

Se llama Ramón Expósito.

-Usted... -Sí.

Hola, Beatriz.

-Creo que tiene bastantes cosas que explicarte.

-Todos sabíais de los rumores que corrían por ahí.

Alejandra es la heredera de estas tierras,

tanto o más que los señores.

-Ella garantizará lo que no garantizaron los señores.

Claxon. Ella también ha luchado.

Jesús.

Escuchad, hemos venido para garantizar que la ley se cumpla.

-Derecho al trabajo.

Por supuesto que tendréis derecho al trabajo.

Siempre y cuando cumpláis con vuestra parte; sembrar.

-Somos trabajadores, no queremos lo que no nos corresponde,

solo lo que nos ganamos con nuestro sudor.

Aunque no sembréis no os van a dar estas tierras, estas tierras

tienen dueña y no van a ser expropiadas.

-Eso habrá que verlo.

La reforma velará por vuestras garantías, ¿vais a ir en contra?

Esta ley persigue vuestros bienestar y vuestro futuro,

nuestro futuro. Estamos a favor de la ley,

a favor del trabajo. A favor de la siembra.

-No queremos nada que no sea nuestro.

¿Crees que aceptarán?

Quieren trabajar, son honrados.

Gracias, gracias por ponerte a mi lado.

Fernando, tengo que decirte algo.

-¡Eh, viene el camión con los jornaleros!

-¡Y la guardia civil!

Tranquilízate, yo me encargo. Tranquilos, no pasará nada.

-¿Qué pasa? -Registradlo todo.

¿El señor Francisco Rubiales? -Soy yo.

-Tengo una orden de detención. -¿De qué se me acusa?

-Intento de homicidio, vendía medicinas adulteradas,

también hay cargos por contrabando y comercio ilegal,

contra el local y su socia, Amparo Romero. ¿Sabe dónde está?

Timbre.

-¿Puedo pasar? -Claro, pasa, pasa.

-Al final has tomado una decisión. -Creo que este no es mi sitio.

Esto se me hace demasiado grande.

-Escúchame, Encarna.

Puede que las cosas no salieron como pensabas,

pero si te marchas perderás una gran oportunidad.

-¿Una oportunidad de qué?

-De demostrarte que luchar por lo que crees merece la pena.

-¿Qué pasa con mi vida? -Tu vida también está aquí.

Si tú quieres.

-¿A qué has venido, Amparo?

-A pedirte que no te marches.

Necesito que me des una oportunidad

para demostrarte que las cosas pueden ser de otra manera.

-¿Hasta dónde eres capaz de llegar, Amparo?

-Ventura.

-Ahora, tu socio está siendo detenido, tu local requisado

y tú estás en búsqueda y captura por la policía.

¿Quién pierde o gana?

Sargento, pueden retirarse, estamos llegando a un acuerdo.

Siguiendo las bases de la nueva Ley serán los jornaleros

de este municipio los que trabajen esta tierra

y se hará de acuerdo con la Ley;

respetando las jornadas y peonadas pactadas.

¡Esta tierra la trabajarán los de siempre!

Disparos.

No te podías callar, ¿verdad?

-No me siento orgullosa de nada de lo que ha pasado.

¡Hice lo que tenía que hacer!

¿Destrozas una familia y piensas que hiciste lo que debías?

Curiosa forma de verlo.

-En última instancia he tratado de poner orden.

¡Desde luego no soy la responsable!

¿Y yo sí?

-Quien siembra vientos, debe estar preparado para recoger tempestades.

¡Si piensa que le será fácil deshacerse de mí está equivocado!

¡Porque jamás aceptaré el divorcio, ¿has entendido bien? Jamás!

¡Defenderé el futuro de mi hijo contra quien sea!

Relinchos.

Todo sería más efectivo si supieran quién sirve a los jornaleros

de contacto a los sindicatos.

Debe ser su primer objetivo.

Disparo.

Algún día me casaré contigo.

Ya me iba. Mercedes...

¿Fernando?

¿No te acuerdas de mí? ¡Alejandra...!

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14 de Abril. La República - Capítulo 13

18 abr 2011

Quien siembra vientos... Septiembre de 1932. La finca perteneciente a la familia de Leocadia, los Osuna, se enfrenta a una verdadera cuenta atrás. Una de las  disposiciones de la nueva ley obliga a los propietarios a sembrar. Y esta vez Agustín no se opone. Sin embargo, ahora son los jornaleros los que se niegan a hacerlo.

 

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