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Donde dije digo, digo Diego

  • Nos visitan el actor Juan Diego y el escritor Juan José Millás
  • Presentan una nueva representación de La lengua madre
  • Se trata de un monólogo interpretado por el primero y escrito por el segundo
Entrevista: Juan Diego y Juan José Millás
ARANTXA VELA

Márcalo en la agenda

La lengua madre

Dónde: Teatro Español (Madrid).

Fecha: Del 17 de septiembre al 10 de noviembre.

Horario: Martes a sábados a las 20,30 h. A partir del 1 de octubre, también domingos a las 19,30 h.

Entrada: De 16,50 a 22 euros.

“Estamos hechos y desechos por las palabras” dijo Juan José Millás hablando de la realidad en la que vivimos los seres humanos. Nombres, verbos y adjetivos nos resultan tan familiares que nos sorprende que no sean aquello que representan. Y con los conceptos nos es algo más fácil concebir que esos sonidos que invocamos cada vez que tenemos una idea, no sean la idea en sí. Lo que ya se nos pone más cuesta arriba es intentar vislumbrar cómo las estructuras gramaticales, los usos y costumbres de un idioma, afectan a nuestra personalidad y a nuestra manera de ordenar el mundo.

Hace ya unos años, bastantes, conocí a un tipo que hablaba con naturalidad alemán, español y francés. Había pasado su infancia en Austria, su adolescencia en Francia y, siendo aún muy joven, viajó y se quedó a vivir en España. Y hablando de hablar me decía que él notaba como le cambiaba el carácter según el idioma que le venía a la cabeza.

Siempre se podía pensar que a cada lengua se asociaba una época de su vida y que regresaba al carácter que tenía entonces. Fue la primera explicación que se me ocurrió. Un amigo común, presente en la conversación, bilingüe y austriaco, comentó que él sospechaba que la supuesta frialdad del carácter alemán (y/o austriaco) podía deberse a que eran más dados que los españoles a crear conceptos, incluso de la cosa más tonta. Me puso un ejemplo. Si un vaso se cae y se rompe, un español habla del vaso en concreto que se cae en un momento concreto de una mesa en concreto, mientras que un alemán se refiere enseguida al “rompimiento del vaso”.

También añadió, amable, que él comprendía que interrumpiéramos continuamente a nuestros interlocutores porque era fácil adivinar cómo íbamos a acabar las frases. Ellos, en cambio, tenían que esperar a que el otro acabara, porque colocan el verbo principal al final de la frase.

El lenguaje tiene estructuras que ordenan quienes somos. Pone nombre a lo que sentimos para que podamos manejarlo. Sustituimos la amalgama amorfa de sensaciones por símbolos que actúan en nuestra cabeza en lugar de las cosas. Y confundimos eso con la realidad, de tal forma que, si ponemos el verbo al final, pareceremos más respetuosos que si construimos la frase colocándolo cerca del sujeto. Y hablando de sujetar, es posible creer que aquel hombre dominador de tres idiomas andaba dominado por los tres, porque las estructuras de cada lengua le habían ayudado a fijar, en su cuerpo y para siempre, una personalidad.

Juan José Millás en su texto, La lengua madre, intenta avisarnos del peligro de saltarse a la torera las normas del lenguaje. El lenguaje es un acuerdo entre todos para entendernos. Si no respetamos las reglas, sea (como él expone en su obra) para beneficio económico de algunos o sea para mayor gloria de la propia personalidad que necesita significarse con una mal entendida originalidad, lo que estamos haciendo es aislarnos. Si rompemos con aquello que nos comunica, nos encerramos en nosotros mismos.

El psicoanálisis dice que esta falta de respeto a las reglas del lenguaje es síntoma de psicosis. Entendiendo que los psicóticos no son sólo los Norman Bates de este mundo (es decir, asesinos como el protagonista de Psicosis de Hitchcock) sino aquellos que, arrastrados por sus emociones, no conciben más verdad que ésta, anulando así la existencia de todos aquellos que no las tienen, o sea, los otros. De esta manera acaban negando la necesidad de acordar símbolos comunes para lograr el entendimiento. ¿Entenderse? ¿Con quién? ¿No somos todos lo mismo?

Pues no, no lo somos y por eso son tan importantes para la convivencia esas leyes que hemos conquistado tener que aspiran a igualarnos, no las personalidades, sino los derechos y obligaciones. Está claro que hay que luchar por mejorarlas, que las cosas no salen bien a la primera, ni a la segunda, pero si no hacemos esas propuestas dentro de un marco legal, invocamos la ley del más fuerte y, que yo sepa, por definición, el más fuerte, sólo es uno.

Millás inventó una situación casi de ciencia ficción como punto de partida de este monólogo que protagoniza Juan Diego. Alguien quiere alterar el orden alfabético porque sí, ya que porque sí es el orden alfabético. ¿Qué sostiene y ha sostenido siempre esa ordenación arbitraria? El acuerdo, el acuerdo entre todos y que todos ya nos lo sabemos. ¿A qué responde esta voluntad de cambio, esta transgresión de la ley? ¿Quién y por qué aspira a cambiar un porque sí, aceptado por todos, por uno de su invención?

Siempre el que rompe algo siente ser superior al que lo ha construido, como un niño envidioso que destroza el juguete ajeno. Y aquí es donde no está de más recordar esa frase que dice que cualquiera puede destruir un puente pero no todo el mundo sabe construirlo.