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El asesino dentro del círculo. La historia real

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Las víctimas del círculo

La primera en desaparecer fue Sonia Rubio, una estudiante de filología de 24 años, que la noche del sábado 1º de julio de 1995 se había ido de marcha por la zona de discotecas de Benicassim.

Su cadáver fue descubierto en noviembre de aquel año. Un conductor detuvo su vehículo en una cuneta, obligado por necesidades fisiológicas, y descubrió el cuerpo de Sonia entre la maleza: presentaba golpes y contusiones pero lo más macabro era que la habían asfixiado colocándole sus propias bragas en la boca, sujetándolas con una cinta adhesiva marrón de 18 mm. de ancho; una medida que no se vende en España.

En el mes de enero del siguiente año, un campesino que buscaba espárragos descubrió en una acequia el cadáver desnudo de una mujer con las muñecas y tobillos atados y un pantalón anudado al cuello, con el que había sido estrangulada. Tres días después, a 40 metros de la acequia, unos jóvenes hallaron otro cadáver de mujer, también estrangulada, con una malla rojiza alrededor del cuello. Y serían los propios investigadores que andaban desbrozando la maleza en los alrededores de la zona donde habían aparecido los dos cadáveres los que, dos días después, encontraron el de una tercera mujer, también estrangulada, con las manos anudadas a la espalda con sus propias bragas. Nadie había denunciado la desaparición de las tres infelices; eran yonquis y ejercían la prostitución en una zona denominada La Raya.

La desaparición de Sonia Rubio había pasado a un segundo término de prioridades y la Guardia Civil centraba toda su atención en la localización del asesino de las tres prostitutas, "el Jack el Destripador de Castellón" que decían los titulares de la prensa local. Fueron interrogados e investigados todos los personajes del entorno de la prostitución marginal de La Raya, macarras, clientes y las propias putas. Las sospechas se centraron en un individuo que solía acudir a bordo de un camión y al que, desde hacía unos meses, no se le había vuelto a ver por la zona. Los investigadores lo bautizaron como "el Camionero".

Y también un sábado, el 14 de septiembre de 1996, desapareció otra chica, Amelia Sandra García, de 25 años, que había sido vista por última vez en la zona de marcha de Benicassim. Sin duda su caso y el de Sonia Rubio estaban relacionados.

"El camionero", el error policial

Al siguiente mes de enero, 1997, un chulo de las putas de La Raya informó a la Guardia Civil que la noche anterior "el Camionero" había acudido de nuevo al lugar. Lo localizaron fácilmente: Claudio Alba, 50 años, vivía solo y conducía un camión de su propiedad. Negó cualquier relación con los tres crímenes pero dos declaraciones lo convirtieron en sospechoso. La de una prostituta de La Raya que dijo que creía haber visto por última vez a una de las asesinadas subiendo al camión de Claudio y, sobre todo, la de Esther, una chica de 16 años con cuya madre "el Camionero" había vivido una temporada. Esther declaró que, en ausencia de su madre, Claudio la había golpeado y violado. Y así Claudio Alba se fue de patitas a la cárcel mientras los investigadores hacían añicos su camión en busca de pruebas.

Pasaron unos meses sin que se produjeran nuevas desapariciones ni macabros hallazgos cuando Esther, la adolescente que había acusado al Camionero, se presentó con su madre a la Guardia Civil para confesar que sus acusaciones contra el hombre eran falsas. Y el juez puso en libertad a Claudio Alba que se encontró sin camión, con una horrenda imagen ante la sociedad y con la papeleta de tener que pleitear contra la Administración de Justicia en busca de, al menos, una indemnización económica. Una indemnización económica que nunca llegaría a percibir porque murió antes, en 2002, a causa de una infección en la sangre y tal vez también por los sufrimientos causados por el error policial.

El perfil del criminal

Y en este punto hace su aparición un personaje clave, Vicente Garrido, un joven profesor de Psicología Criminal de la Universidad de Valencia formado en la escuela del F.B.I. de Quantico (Virginia). Garrido, experto número uno de nuestro país en Psicopatía, relacionó inmediatamente los crímenes de Sonia y Amelia con los de las tres prostitutas. Y, basándose en la teoría de Canter, unió con un círculo los lugares donde se habían cometido los cinco crímenes y en el centro del mismo apareció la ciudad de Castellón, el lugar en el que debía vivir el asesino.

Garrido trazó también el perfil del criminal: un hombre joven, soltero, que probablemente vivía con los padres, con un trabajo estable y perfectamente integrado en su ambiente laboral y familiar. Estaba claro que tenía una activa vida social y que frecuentaba discotecas y ambientes de marcha.

El domingo 15 de febrero de 1998, a primeras horas de la mañana, se presentó en una comisaría de Benicassim una muchacha de 19 años, Lidia, que denunció que unas horas antes (precisamente un sábado por la noche) un desconocido la había intentado secuestrar. Se dirigía andando a su casa, en una urbanización, cuando un coche se detuvo a su lado y un hombre la invitó a subir. Como se negara, el tipo salió del vehículo, la agarró y trató de meterla a la fuerza en su interior. La resistencia y los gritos de Lidia alertaron a un vecino que salió a la calle a defenderla, lo que provocó la huida del agresor. Pero tuvieron tiempo de anotar la matrícula del coche.

El vehículo pertenecía a Joaquín Ferrándiz Ventura, 35 años, soltero, que vivía en Castellón con su madre y trabajaba como agente de una importante compañía de seguros. Un tío simpático y educado, de buen aspecto, que tenía éxito con las mujeres y solía salir casi todos los fines de semana con un grupo de amigos por las zonas de marcha. Presentaba un perfil idéntico al trazado por el psicólogo criminalista Vicente Garrido.

Y cuando los investigadores tuvieron acceso a sus antecedentes no les cupo la menor duda de que Ferrándiz era el asesino de las cinco mujeres: había sufrido condena por una violación. En 1989, una chica de 18 años de Castellón que circulaba de noche en moto fue derribada por un vehículo cuyo conductor, con la excusa de llevarla a un hospital, la subió a su coche y la trasladó a un descampado donde la ató, la golpeó y la violó. La muchacha identificó a Ferrándiz en una rueda de reconocimiento y fue condenado a 14 años de cárcel, aunque siempre quedó la duda de la veracidad de la declaración de la chica. Por su buena conducta cumplió solamente 6 años y salió en libertad en 1995, precisamente unos meses antes del asesinato de Sonia Rubio.

Cautela ante un hombre aparentemente intachable

Pero los investigadores decidieron no precipitarse y, a partir de aquel momento, se convirtieron en la sombra de Ferrándiz durante las veinticuatro horas del día. Su vida era tan normal, tan encantador su comportamiento y tan cordial su relación con los amigos y las chicas, que llegaron a dudar de que estuvieran siguiendo al verdadero depredador. Hasta que llegó el verano (1998) y el psicópata volvió a actuar.

Otro sábado por la noche. Ferrándiz deambulaba por el parking de una discoteca bajo la mirada de sus seguidores cuando una hermosa muchacha de 21 años, Silvia, aparcó su vehículo y entró en el local. Ferrándiz se dirigió al coche de la chica y le quitó el aire a una de las ruedas. Luego esperó a que la chica saliera y la siguió en su vehículo.

El coche de Silvia derrapó en la primera curva y Ferrándiz, solícito, bajó a auxiliarla. La hizo subir a su coche y la propuso llevarla a urgencias. Probablemente se dio cuenta de que le seguían y, en vez de dirigirse a un descampado, la llevó a un centro médico donde la dejó y se marchó a dormir a casa de su madre.

En vista del fracaso los investigadores tuvieron sus más y sus menos con el juez que no veía motivo para detener al sospechoso. Pero los seguidores habían visto como manipulaba la rueda del coche de Silvia y les parecía motivo suficiente para proceder a su detención. Finalmente el juez les concedió una orden de registro y en la habitación del psicópata encontraron un rollo de cinta adhesiva marrón de 18 mm., idéntica a la que se había usado en el crimen de Sonia Rubio.

Un tribunal condenó a Joaquín Ferrándiz a 69 años de cárcel y en la actualidad cumple la pena en la prisión de Castellón donde es considerado un preso modelo.