
Restos de bombas en una chatarrería. Aún quedan muchas esparcidas por todo el territorio vietnamitaEN PORTADA
Estábamos rodando en una zona rural a las afueras de Hanoi. Llevábamos toda la mañana con una de las familias afectadas por el herbicida que lanzaron los estadounidenses durante la guerra. Ya habíamos visto las huellas del Agente Naranja: malformaciones, tumores, pobreza. Teníamos material suficiente pero Cruz Roja insistió en que pasáramos a saludar a otra familia. Entramos en la casa de adobe y allí nadie podía saludar: había una mujer acostada en una cama y dos niñas con la mirada perdida. No tardamos mucho tiempo en ver la cadena. Una de las niñas estaba atada a la pata de la cama, la cadena sujeta a su pie con un candado. Se la quitaron enseguida, pero no se movió. La niña pasa sus días atada porque temen que salga a la calle y se haga daño, tiene una enfermedad mental. Demoledor. No tiene más opciones su familia: en este rincón del mundo no hay dinero ni recursos para enfrentarse a lo que les hizo la guerra de Vietnam.
Como esa niña, la mayoría de los protagonistas de La guerra inacabada no participaron en el conflicto: o eran demasiado mayores, o demasiado pequeños, o ni siquiera habían nacido. Pero se consideran a sí mismos víctimas de la guerra.
Todavía existen dos bandos, ahora enfrentados en los tribunales. Hace unos meses Vietnam perdió el último recurso en la Corte Suprema norteamericana: sus ciudadanos no tienen derecho a indemnizaciones, ha dicho el juez, porque las empresas acusadas, que fabricaron los herbicidas, trabajaban para el Pentágono. Los soldados estadounidenses sí las están cobrando.
No es la única consecuencia de la guerra que sigue dictando vidas en Vietnam 35 años después de que las tropas americanas abandonaran Saigón. Han muerto 40 mil personas desde entonces (casi tantas como soldados estadounidenses caídos durante la guerra) por las bombas que ordenó lanzar el Gobierno de Washington...Y que no estallaron. Estallan ahora. Hace solo unas semanas, en un colegio.
Chuck Searcy se siente responsable. Es veterano de la guerra y lleva 20 años limpiando la tierra en Vietnam. Aprovecha el rodaje de En Portada para convencer a unos cuantos niños con los que se cruza de lo importante que es avisar a los mayores si encuentran una bombi, una bomba de racimo. Un tercio de las víctimas de los explosivos son menores. Habla tan claro que dan ganas de darle a él todos los minutos del reportaje. Insiste en lo que hizo mal su país, pero no se olvida de la responsabilidad del Gobierno vietnamita.
Se necesita mucho dinero para cerrar las heridas de una guerra y Vietnam sigue siendo un país pobre, aunque se haya convertido en fábrica y destino turístico de Occidente. A simple vista, Indochina no sangra. Pero puedes cruzarte con la señora LA y ver más allá. Le llamamos la abuelita. Hace 45 años que perdió a su hermano pequeño en la guerra y desde entonces llora porque nunca recuperó sus restos. Ha dejado su pena en manos de una médium que le ha puesto en contacto, dice, con el espíritu de su hermano. Cientos de miles de vietnamitas buscan a sus desaparecidos en combate todavía hoy, y la espiritualidad es una respuesta barata. En un pequeño cementerio vietnamita, bajo un sol abrasador, la abuelita se convirtió para nosotros en el rostro del dolor, de la sinrazón y del absurdo de todas las guerras. Porque hoy están naciendo personas que tendrán su vida. O las vidas de los otros protagonistas de La guerra inacabada. Por eso, hay que contarlas.

Cuéntame cómo pasó finaliza la temporada 14 con un capítulo trepidante.


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