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Para todos los públicos Mujeres viajeras - Marga D'Andurain (Las  mil y una Marga) - ver ahora
Transcripción completa

Me encerraron en la prisión de Gedda,

en Arabia, el 21 de abril de 1933,

acusándome de haber asesinado a mi marido

y de ser una adúltera.

Durante dos meses,

mis compañeros de celda fueron cucarachas,

ratas, pulgas y arañas.

Mi único consuelo era pensar en la vida dorada

y aventurera que había llevado anteriormente,

en las noches transcurridas en las jaimas de los beduinos,

en las fiestas que había organizado en mi hotel,

¡el más lujoso de toda Siria!

Pero sobre todo, pensaba en Pierre, mi marido.

Esperaba el juicio con ansiedad.

La ley árabe castigaba el homicidio y el adulterio

con la muerte. Mi final podía estar muy cerca...

Nací el 29 de mayo de 1893, en Bayona,

en el País Vasco francés.

Mis padres eran conservadores y monárquicos.

La vida que me imponían era rigurosa y austera,

insoportable para un espíritu libre e inquieto como el mío.

Me encerraron, en España,

en el internado de las Ursulinas de Fuenterrabia,

famoso por su severidad.

Terminé los estudios con las más altas calificaciones

en todas las asignaturas, excepto en conducta.

En 1909, durante un verano en Biarritz,

conocí a Pierre D'Andurain,

un primo lejano mío que tenía 12 años más que yo;

me enamoré locamente de él y nos casamos.

Nos trasladamos a Argentina

con la intención de criar caballos,

pero enseguida comprendí que mi marido no tenía el don

de los negocios, y que me tenía que encargar yo de él

y de los dos hijos que teníamos.

Cuando se había casado con Pierre D'Andurain,

se había dado cuenta

de la fragilidad del carácter de él,

y él aceptó perfectamente ese rol de compañero,

criado, acompañante fiel,

que Marga le otorgó.

¿Cuál sería nuestro próximo destino?

Egipto ejercía en mí una fuerte fascinación y además,

se había convertido en la meca de la flor y nata europea.

Por eso, cuando mi padre murió y me dejó un discreto patrimonio,

me marché con mi familia rumbo a El Cairo.

Cuando Marga llega a Egipto

huyendo de Europa, del aburrimiento de Europa,

decide un poco abrazar todo ese exotismo oriental

del que tanto se habla y donde ya se ha dotado

a la ciudad de comodidades:

hay un barrio europeo, hay cafés y restaurantes,

hay hoteles que ofrecen cierto confort...

Siempre tuve un gran sentido de la estética y un cierto estilo.

Decidí abrir un instituto de belleza

que, en poco tiempo, tuvo un enorme éxito.

Las damas de la alta sociedad británica

y las nobles egipcias eran mis clientas asiduas.

¡Los negocios iban viento en popa!

Esto me permitió tener libre acceso

a los más exclusivos círculos británicos:

recepciones, cenas y fiestas.

Todo a ritmo de charlestón y fox-trot.

A finales del siglo XIX, conla llegada de los ingleses,

Egipto se convierte en el centro

de la alta sociedad, de la sociedad colonial.

Voces malignas empezaron a susurrar que,

en realidad, yo era una espía pagada por los ingleses.

Las mujeres viajeras en Oriente Medio

tenían una gran ventaja respecto a los hombres,

porque nadie sospechaba que fueran espías

de la misma manera que sospechaban de un hombre.

Y es que las mujeres no podían ser poderosas,

no estaban autorizadas, pero sí tenían acceso a zonas

que los hombres tenían vetadas.

Me hice amiga de la Baronesa Brault,

que me invitó a hacer un viaje por Siria

en su Buick descapotable.

Se vino con nosotros el mayor Sinclair,

que en breve se convirtió en mi amante;

Pierre y yo teníamos una relación muy abierta.

Que en ese momento que una francesa esté viajando

con un inglés, enseguida le otorga el título de espía,

trabajando para los ingleses.

Y a eso, realmente, no la va a abandonar nunca,

Marga siempre va a ser tildada de espía.

Llegamos a Palmira con la puesta de sol,

con una luz que inundaba las ruinas

que enseguida conquistaron mi corazón.

Pero no fue solo la belleza del lugar

la que me hechizó, sentía como si Palmira

fuera mi verdadera casa,

¡el lugar que desde hacía tiempo me esperaba! Sencillamente,

no habría podido vivir en ningún otro sitio.

Cuando Marga D'Andurain llega a Palmira

y ve aquellas columnas, antes de ser restaurado,

oye hablar sobre la reina Zenobia,

sobre las mujeres viajeras del XIX que han estado allí.

Ella decide que es su sitio.

Les pedí a Pierre y los niños que vinieran a Palmira,

tras terminar mi relación con Sinclair.

Palmira es una de las mecas viajeras

desde el siglo XIX.

Palmira encarna el romanticismo de los árabes,

encarna la...

majestuosidad del desierto, la libertad de los beduinos...

Enseguida encontré un hotel decrépito

y medio destruido,

que tenía una vista sobre las antiguas ruinas.

Quise comprarlo, pero era demasiado caro.

Para adquirirlo tuve que divorciarme de Pierre,

ya que mi padre me había dejado una herencia extra

que solo podía recibir si abandonaba a aquel marido

que a él nunca le gustó.

La separación fue solo un acto legal.

Compré el hotel y, en honor a la reina de Palmira,

lo llamé "Hotel Zenobia".

En poco tiempo se convirtió en el más lujoso

punto de encuentro de la inteligencia británica.

Entre mis huéspedes conté

hasta con la escritora Agatha Christie.

Trae desde alfombras orientales a jarrones chinos,

hace una mezcla muy ecléctica

y decide que se quiere quedar a vivir allí.

Y realmente el hotel era el único punto decente

de recalada de los viajeros.

Mi carácter inquieto siempre estaba en busca de cosas nuevas

y emociones diferentes...

A las afueras de Palmira se paraban con frecuencia las caravanas

de los beduinos que se dirigían a la Meca.

Me llamaban la atención y una tarde fui a visitarlos.

El jeque me acogió con una amabilidad exquisita.

Nos hicimos tan amigos, que con frecuencia pasaba la noche

en una de las tiendas de campaña reservada a las mujeres.

El jeque en persona venía a comprobar que estuviera arropada

durante las frías noches del desierto.

Los beduinos son pastores nómadas

que siguen los senderos tradicionales,

los recorridos de los pastos donde,

dependiendo de las estaciones,

los animales pueden encontrar alimento.

Fue precisamente en una de estas ocasiones

cuando escuché a un grupo de beduinos,

sentados alrededor del fuego,

hablar sobre sus peregrinajes a la Meca.

Me impresionaron sus descripciones de la Kaaba,

lugar sagrado por excelencia, adornada con la Piedra Negra

que el mismo Mahoma había clavado

en uno de los ángulos del edificio,

el que estaba orientado al Este.

Enloqueció con las ruinas de Abu Simbel,

enloqueció con Mesopotamia, con el Tigris, con el Éufrates,

enloqueció con las historias que había de Medina y la Meca

sobre la cultura árabe... Mientras desayunaba

leche de camello en la tienda beduina,

me di cuenta de que aquella vida tan sencilla

me daba una paz interior

que la vida civilizada nunca me había dado.

Marga D'Andurain...

es el prototipo...

de la viajera...

inconformista.

Inconformista.

Ella se aburría en un mismo sitio enseguida,

ella necesitaba siempre retos nuevos.

Tenía 40 años, era una mujer experta y sin prejuicios,

pero la profunda atracción que sentía por aquel lugar sagrado

no me daba tregua. Y fue en ese momento

cuando decidí ¡que iría a la Meca a toda costa!

Necesitaba un nuevo reto

y había oído hablar a los beduinos,

con los que ella pernoctaba, de Medina, de La Meca,

del desierto, de la Península Arábiga,

de El Nefud...

Ella en ese momento dice: "Bueno, ¿por qué no?

¿Por qué no voy a ser la primera mujer

en ir a La Meca?" Que era una locura.

Cuando le dije a Pierre lo que quería hacer,

me dijo que estaba loca.

Era muy peligroso.

A los europeos que iban a visitar la Meca a escondidas,

si los descubrían, los mataban.

Sobre todo era un viaje peligrosísimo.

Y además, ella se tenía que escapar,

porque la estaban vigilando tanto los soldados de la guarnición,

que estaban destacados, franceses, en Palmira...

Pero yo hice caso omiso. La decisión estaba tomada.

Lo primero que tenía que hacer era convertirme al Islam

y luego tendría que casarme con un árabe.

Ambas cosas eran indispensables para tener libre acceso a la Meca.

Pierre, siempre tan condescendiente conmigo,

estuvo de acuerdo.

Pedimos que viniera al Hotel Zenobia

a Soleiman el Dekmari,

un camellero beduino de índole pacífica y tranquila;

él sería mi marido-pasaporte.

Le explicamos la situación,

yo le pagaría generosamente para que se casara conmigo

y me acompañara a la Meca.

Soleiman aceptó todas las condiciones impuestas.

En mis estudios nunca he encontrado

a una mujer que haya ido a la Meca,

pero el hecho de que se vea obligada a casarse con un beduino

para poder entrar en la Meca lo confirma.

Nos marchamos el 9 de marzo de 1933,

nuestra primera etapa fue Damasco.

Luego nos fuimos a vivir a Haifa,

me convertí al Islam y nos casamos.

Como estábamos solos, tuvimos que buscar

a los testigos entre la gente de la calle.

Al final encontramos más de los que necesitábamos.

Poco después de la ceremonia, Soleiman, aunque había prometido

no pretender ningún tipo de relación conyugal,

empezó a ser insistente.

Yo, temiendo que la situación se hiciera insostenible,

me fui a una farmacia y compré estricnina.

Le dije al farmacéutico

que mi viejo perro estaba muy enfermo

y no quería verlo sufrir.

Llegamos a Suez en tren

y desde allí nos marchamos directos a Gedda

en un pequeño barco con bandera italiana: el Dandolo.

Las condiciones eran atroces: el calor, la falta de intimidad,

la suciedad...

Se comía y se dormía en el suelo, pero fue allí,

en aquel lugar tremendo,

donde conocí verdaderamente el significado del Islam.

Un viejo peregrino, delgadísimo y alto como una sombra,

fue quien me lo dio a conocer. Me leyó el texto del Corán,

me contó los episodios de la vida del profeta Mahoma,

me recitó la Sura del Trono,

me habló de Alá y de su inmensa grandeza.

La ropa que llevaba no era la de una mujer musulmana.

El viejo peregrino me lo indicó

y me dio un trozo de tela de algodón,

que yo, gracias a un par de tijeras y a mi habilidad,

transformé en un vestido que me tapaba

de los pies a la cabeza, como rezaban las costumbres.

Marga es una mujer poco preparada...

que vive el viaje un poco a ciegas,

tal y como vive toda su vida. No es simplemente alocada,

se sale de las normas, es irregular, una aventurera.

Cuando llegamos a Gedda, nos paramos en un control

y nos interrogaron

unos funcionarios del rey de Arabia, Ibn Saud.

El encargado era el doctor Yehia, un médico.

Soleiman les dijo que era su mujer,

que me había convertido al Islam

y que íbamos a visitar a sus padres.

Como sabían que teníamos intenciones

de peregrinar hasta la Meca, el doctor Yehia me pidió

que le acompañara a una habitación privada.

Yo, pensando que me iba a hacer un reconocimiento,

me quité la ropa. ¡Ocurrió una tragedia!

Bajo ningún concepto una mujer musulmana

podía quedarse desnuda ante un hombre

que no fuera su marido.

También me dijo

que se necesitaban dos años de preparación en el Islam

para entrar en la Meca,

excepto si se obtenía un permiso especial

otorgado por el rey Ibn Saud.

Es un episodio en la vida de Marga D'Andurain

realmente rocambolesco. Cuando desembarcan allí

y empiezan a verle los papeles a ella

y ven que no habla árabe,

que no tiene ni idea de las normas islámicas y...

En fin, se dan cuenta que es una farsante.

Como mi marido iba a proseguir el viaje solo

y yo tenía que quedarme allí, esperando a que volviera el rey,

me mandaron a un harén.

Lo dirigía Sat Kabir,

una mujer enorme, suegra del gobernador de Gedda.

El harén fue una desilusión: una gran habitación

con una alfombra sobre una pequeña tarima y nada más.

El harén en sí es una familia que nace en una cultura...

totalmente distinta a la nuestra

y que implica la presencia de un hombre con más mujeres.

Pero en el harén no solo está el hombre con las mujeres,

también están los hijos, los padres. Es una gran familia.

Las mujeres árabes se reían de mi piel blanca

y de mis pequeños ojos. La vida allí era muy aburrida,

así que aproveché para enseñar a mis compañeras a bailar vals,

fandango, charlestón, ¡y también a saltar a la cuerda!

Hacíamos tanto ruido, que un día la Policía

vino a llamar a la puerta del palacio.

Durante mi estancia en el harén me hice amiga de Sat Kabir,

que me dejaba salir cuando quería

para comprar telas con las que confeccionaba vestidos.

También me hice amiga del cónsul francés,

Roger Maigret, y de su hijo,

de alguna manera tenía que distraerme.

Al final me expulsaron del harén por mi mala conducta.

Me fui a vivir a un palacio maravilloso

que el cónsul puso a mi disposición.

Si hay algún aspecto interesante de su experiencia,

es esta visión, digamos, acerca del Oriente libre,

en el sentido de un mundo...

todavía bastante libre...

en los desplazamientos,

en el vivir en contacto con la naturaleza.

A ella realmente le fascinan

estos recorridos por Oriente Medio.

Soleiman volvió antes de lo previsto.

Le habían hablado de mi comportamiento

y se presentó reclamándome que le concediera

lo que le correspondía como marido.

¡Aquella vez tuve miedo de verdad!

Para intentar aplacarlo, le di un vaso de agua.

Luego él salió a buscar una habitación

donde finalmente podríamos consumar el matrimonio.

No volvió nunca más, murió de un extraño ataque;

pero antes de expirar, le dijo a quien le socorrió

que había sido yo quien le había envenenado.

Cuando la Policía vino a detenerme,

me encontró en compañía del hijo del cónsul;

además de homicidio, me acusaron de adulterio.

Me llevaron a la cárcel. En aquella celda lúgubre,

siempre oscura y llena de ratas e insectos,

por primera vez creí que me volvería loca.

Me tuvieron allí 63 días a la espera del juicio.

Mis noches estaban llenas de pesadillas:

en una me cortaban la cabeza con una cimitarra,

en otra la muchedumbre me lapidaba...

Tenía miedo de morir,

la ley árabe era despiadada tanto con las mujeres adúlteras,

como con las que teñían sus manos con la sangre del homicidio.

El día del juicio llegué al aula y pretendí,

ante el estupor general, defenderme sola.

Declaré que no había matado a mi marido

y que no había cometido adulterio. No sé cómo, pero me creyeron.

"¡Baria!", dijeron. "Baria"... ¡Libre!

Gracias a un funcionario francés con mucha influencia

en ese momento allí, es liberada y puede irse para contarlo.

A partir de ahí, ella entra en un bucle,

porque se queda sin un sueño que perseguir, ¿no?

El cónsul, que se había volcado para que me absolvieran,

me dio una mala noticia:

tenía que dejar Arabia y volver a Francia,

porque me habían quitado el pasaporte.

En el camino de vuelta paré en Palmira,

solo para saludar a mi marido, Pierre, y a mis hijos,

que se tenían que quedar allí administrando el hotel.

Estaba desesperada.

De vuelta en París me dispuse a recuperar el pasaporte,

y llamé a la puerta de todos mis conocidos.

Y así fue como en noviembre de 1936,

a bordo de un velero, volví a Palmira y me reuní con Pierre,

con quien me volví a casar el 5 de diciembre de 1936.

Vivíamos de nuevo en el Hotel Zenobia y era feliz.

Hice muchos amigos en Palmira,

pero los rumores de que era una espía inglesa

pronto se hicieron de dominio público.

Ella nunca confesó que fuera espía,

ella era una mujer atraída por la excentricidad.

La Nochebuena de aquel mismo año sufrí un atentado.

Me salvé milagrosamente,

pero quien murió en mi lugar fue Pierre.

Después del incidente, algo se rompió dentro de mí,

de repente ya nada tenía sentido.

Pierre era el único hombre que me había amado de verdad.

Con su muerte una parte de mí se apagó,

perdí el brillo en la mirada para siempre.

Cuando el marido muere, se acaba una época de vida.

Ella se da cuenta que él ha sido realmente su amigo más fiel,

su compañero irreductible

ante todo lo que a ella le ha propuesto,

esos cambios de vida tan estrafalarios.

La única persona que le ha amado de verdad, ¿no?

Lo que sucedió en los años sucesivos,

prefiero no recordarlo. Estalló la segunda guerra mundial,

Europa se convirtió en un infierno

y para sobrevivir hice cosas muy discutibles.

Contrabandista de opio, falsificadora de perlas,

contrabandista de oro,

acusada de ser espía británico,

trabajando para los británicos; emprendedora, valiente,

desinhibida,

locuaz.

Tenía una conversación que arrollaba a la gente.

Era amena, era parlanchina,

siempre tenía cosas interesantes que contar.

Una tarde de 1948, en Tánger,

me despedí por última vez de mi hijo Jacques

y me embarqué a bordo del Djelian,

un velero que me llevaría al Congo para comprar oro.

Dentro de mí sentí

que había llegado a un punto sin retorno.

Al día siguiente, el 5 de noviembre, me asesinaron,

o al menos así dijeron, antes de arrojar mi cuerpo al mar.

Acusaron a un marinero de mi muerte,

pero nunca encontraron mi cuerpo.

La muerte de Marga D'Andurain fue un poco como su vida.

Vivió con misterio y murió con misterio,

es como si ella lo hubiera preparado así.

De mí se dice que fui espía, adúltera, una asesina

y que en realidad no morí en aquellas circunstancias,

que todo había sido un simple montaje.

Me llevé conmigo a la tumba las respuestas a los misterios

que habían rodeado toda mi vida,

pero ¿existe alguna persona que no tenga secretos?

¿La verdad? Que cada uno decida según le convenga.

Mujeres viajeras - Marga D'Andurain (Las mil y una Marga)

24 mar 2018

Serie de biografías de mujeres viajeras del siglo XIX. Marga D'Andurain, Las mil y una Marga.

Contenido disponible hasta el 13 de diciembre de 2025.

Histórico de emisiones:
13/03/2016

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