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La huella del crimen - El crimen de Perpignan - ver ahora
Transcripción completa

(La historia de un país, es también la historia de sus crímenes).

(De aquellos crímenes que dejaron huella).

Estoy subido en lo alto de esta escalera

poniendo flores en el nicho del idiota de mi padre,

pero nada tiene que ver con el amor filial ni estupideces por el estilo.

Todo esto no es más que una coartada, mi coartada.

Hace unas horas han asesinado a mi mujer en Perpignan

y no era conveniente que yo estuviera allí.

Por eso me vine ayer a Barcelona

para dar una alegría a mi madre.

Todo está bien planeado, el sitio, la hora, mi cómplice

y todo con algo que solo los verdaderos profesionales conocen,

la audacia.

Saluda a tu mujer de mi parte. Sí, madre.

Ay, qué pena que vivamos tan lejos, en el extranjero,

nos vemos tan poco. Madre, madre...

Tenga, el dinero de la pensión.

Bueno, adiós madre y cuídese.

Vamos, vamos, madre, no se ponga así.

La llamo en cuanto llegue para que esté tranquila.

Bien, llegó la hora del regreso.

No quiero pasar de los 140.

Aunque una multa no me vendría nada mal.

Esto es ser audaz.

La caja de cerillas del restaurante, la factura del hotel,

la florista, en fin...

¿Cómo estarán los niños?

Supongo que llorando la muerte de su madre.

Pero no había otra solución, teníamos que matarla

y lo hemos hecho por amor, por nuestro amor.

No sé cómo será el amor de los demás, pero de una cosa estoy seguro

más apasionado y más intenso que el nuestro no puede haber otro.

Qué rápido ha sucedido todo.

Pensar que hace unos meses como quien dice la conocí.

Al principio no le vi nada especial,

una más de la fábrica para divertirme,

para olvidarme de mi maldita mujer.

Habla en francés

¡Romero!

Albacete. Yo también soy español.

¿No lo sabía? No, ¿de qué parte?

De Barcelona.

Hace 12 años que trabajo en Francia.

¿Le gusta Perpignan? Sí, mucho, estoy muy bien aquí.

Albacete, es curioso.

Me resulta tan raro hablar español aquí.

A mí también, yo solo lo hablo en mi casa, con mis padres.

No ha trabajado nunca ¿verdad? No.

¿Por qué quiere hacerlo ahora? Es usted muy joven.

Porque...

¿Por qué quiere ganar dinero? ¿Para independizarse?

No, lo necesito.

Bueno, mis padres lo necesitan.

¿No le van bien las cosas a sus padres?Ahora no.

¿Desde cuándo están en Francia? Desde el 62.

¿De dónde vinieron, de España?

No, mi padre salió de ahí después de la guerra,

vivíamos en Argel, yo nací allí.

Y en el 62, con la independencia argelina

tuvieron que abandonarlo todo, ¿no es eso?

Sí, mi padre tenía una tienda de tejidos,

el gobierno prometió unas indemnizaciones,

pero han pasado casi 10 años y no acaban de llegar.

Muy bien Yvette, ponte en pie.

Tú también puedes tutearme, es lógico entre nosotros.

Voy a serte sincero, sois muchas candidatas y muy pocas plazas

y algunas chicas vienen recomendadas de muy arriba.

Sin embargo yo soy el jefe de personal

y también mi opinión debe contar en algo.

Te lo prometo, Yvette, si está en mis manos

tendrás una plaza.

No parecía una conquista fácil.

Ni siquiera se había dignado a darme las gracias por el puesto de trabajo

pero como decía aquel, no sabía si el hotel era frío

o me estaba volviendo viejo.

Me ponía cachondo.

Era la primera chica que le sentaba bien la bata.

Llaman a la puerta

Buenos días, Sr. Muñoz. Monic.

Hola, buenas tardes. Hola.

¿Esperabas a alguien? Había quedado con un amigo, pero...

¿Quieres que te lleve a algún sitio? No, déjelo.

Vamos, ¿dónde vas? A casa.

Velmant Biset.

Tenía la ficha.

Anda, sube, te acerco, me coge de camino.

Quisiera agradecerle lo que ha hecho por mí.

Esperaba que hubieras venido a mi despacho a decírmelo.

No pensé que fuera... Es igual, no te preocupes.

Pero me has tratado de usted y habíamos quedado en tutearnos,

¿no te acuerdas? Es verdad, tiene razón.

Schsss... Tienes razón.

Me limité a cumplir con lo que te prometí como hago siempre,

yo soy hombre de palabra.

Sólo será una copa.

Mi madre me espera para que la ayude a preparar la cena.

¿La cena? Si todavía es muy pronto.

En mi casa siempre cenamos muy pronto.

Por favor.

Hablan francés

Duérmete, duérmete...

Pero bueno, ¿qué hacéis levantados a estas horas?

Venga, a la cama, rápido. Jo.

Ni jo, ni jo. ¿Qué se dice? Buenas noches.

Buenas noches.

¿Dónde está mamá? Durmiendo a la nena.

Hola.

¿Qué hacían los niños levantados a estas horas?

Les hacía ilusión... Eh...

Les hacía ilusión ver la tele y les he dejado un rato.

¿Les hacía ilusión?

¡A las 9 quiero verles en la cama!

¡Ni programas ni leches, en la cama!

No grites, por favor, que vas a despertar a la nena.

Con el trabajo que me ha costado dormirla.

¿Trabajo? ¿Pero qué coño sabrás tú lo que es el trabajo?

Vivir del cuento, eso es lo que has hecho toda tu vida.

No grites, por favor.

Pero bueno, hombre, ni siquiera voy a tener un poco de diversión.

Ponlo más alto.

¡Que lo pongas más alto, te digo!

Estás tonta o qué.

¿Hay hielo, cariño?

Suena una sirena

¡A comenzar!

¿Por qué no fuiste anoche?

Me vino a buscar un amigo y no pude.

Me diste un plantón de dos horas.

Dos horas y eso a mí no se me hace. ¿Te enteras?

No se me hace.

Me gustas.

Quiero dártelo a entender por las buenas.

Pero contigo parece que por las buenas no hay nada que hacer.

Déjeme, señor, por favor.

Ya saldrás, pero antes tienes que pagar.

Sí, favor con favor se paga.

Sólo quiero que seas un poco cariñosa conmigo, muy poco,

pero un poquito cariñosa. Suélteme.

Me tienes loco, cabrona. Suélteme, por favor.

Te voy a dar tanto gusto que te vas a enterar.

¡No me toque!

Qué rodillazo, llevé las pelotas untadas de pomada casi dos semanas,

quería trabajo y yo se lo di, pero también se lo quité.

Que le diera trabajo ese mierda de novio que tenía.

Aquella misma mañana la muy estrecha recibía la carta de despido.

El motivo era claro.

Era mi primer fracaso desde que me nombraron jefe de personal.

Pero más o menos al mes del despido...

Hablan francés

Ni es la hora adecuada,

ni este el lugar más apropiado para tratar un tema tan...

intimo.

La espero a las 8,30 en esta dirección.

Ah y considere arreglado lo de su trabajo.

Lo ve, cuando hay buena voluntad todo tiene arreglo.

Las 8 y media, sí señor, a eso le llamo yo puntualidad.

Bien, bien, bien.

¿Qué va a hacer? Unas fotos de recuerdo.

Toma.

No me gustan las fotos. A mí sí.

Tiéndete, con la muñeca.

Hija, sonríe un poco.

Venga, sonríe.

Así es como te gusta, eh.

Así es como lo haces con tu novio, eh, a oscuras, cabrona.

Ven aquí.

Te vas a enterar de quien es Antonio Muñoz.

No fue como con las demás, no, con Yvette no fue así.

Me gustaba en la cama y fuera de la cama.

Por eso la obligué a dejar a su novio, para verla todos los días,

pero aún esas horas me parecían pocas.

Sin darme cuenta me fui enamorando como un gilipollas adolescente.

Y así otro día y otro.

Que había que picar piedra, pues la picaba,

pero lo hacía porque tenía el convencimiento

de que algún día me saldrían bien las cosas.

Y así erre que erre hasta que entré en la fábrica de muñecas.

Empecé de muy abajo, de recadero,

pero poco a poco fui subiendo hasta llegar a jefe de personal

y a mis 34 años te digo que mi vida no ha hecho más que empezar.

Que tengo más ambiciones.

¿Sabes lo que decían mis amigos de Barcelona

cuando les hablaba de venirme a Francia?

¿Qué te decían?

Pues que estaba loco. ¿Loco?

Sí, eso decían.

Loco.

Que a quién se le ocurría venir a Francia sin papeles,

sin contrato de trabajo, sin nada. Desde luego.

Con una mano delante y otra detrás.

Aunque la verdad que sí que cometí una locura, traerme a Lucía.

Yo acababa de terminar la mili, 23 añitos.

¿Y ella? ¿Cuántos años tenía?

No había cumplido aún los 16, la menor de 7 hermanos,

no veas el follón que armaron en su casa.

Pero yo siempre he sido así, es mi carácter.

Pero fue una locura.

Estaba enamorado de ella, era guapa, limpia.

Es lo que yo digo, para que un hombre triunfe,

necesita siempre una mujer al lado.

Uy, qué tarde es. ¿Qué hora es?

Más de las cinco.

Qué rápido ha pasado el tiempo.

No pienso acompañarte a casa. No me importa.

¿Me das un beso? No.

Ivette.

¿Qué pasa, es que tiene que enterarse todo el mundo?

Estás tonta o qué.

¡Ivette!

Te espero donde todos los días.

Claxon

¿Dónde quieres que vayamos?

¿Cómo que dónde quiero que vayamos?

Si no quieres ir al hotel, me lo dices.

¿Qué hacemos?

No sé, me da igual.

Siento que te hayas molestado.

Trataba de decirte que no me avergüenzo de ti,

que no me importa que nos vean juntos.

Ivette, escúchame, no volveremos a acostarnos hasta que tú me lo pidas.

Te juro que a partir de ahora te respetaré.

Voy a sacrificarme por ti.

Mira,

te he traído un regalo.

Ábrela.

Toma, para que te compres lo que quieras.

Pero usted salió más tarde.

Hombre sí, yo salí en el 38...

En el 39, papá.

Sí, eso es en el 39. Enero de 1939.

Y a parar a un campo de concentración.

¿Un poco más, don Antonio? No, gracias.

Luego vino la guerra mundial y Argelia y... en fin, la vida.

Usted no ha vuelto a España ¿verdad? No, nunca, ni lo haré.

No volveré a pisar España mientras siga vivo el fascismo,

mientras ese general siga mandando.

Está usted muy bien, don Ramón por la edad que me dice que tiene.

Esto es lo único que tengo bien, la cabeza,

pero el cuerpo, un desastre. Venga, papá.

Sí, hija.

Mire, el corazón una cafetera,

las piernas...

Ramón, Ramón...

¡Ramón!

Deja ya de dar el parte médico, ¿tomamos el café?

Como si yo me sacara las enfermedades de la nada.

Hace dos años me operaron de la próstata.

Como le decía... Sí, la próstata.

Hace dos días me encontré con el doctor Giron...

Yiro, papá.

Eso, como se diga y me dijo...

Ramón, cariño, ¿me ayudas?

Perdone un momento, voy a ayudar a mi señora.

Luego le cuento.

Pero qué quieres, no me dejas en paz, estaba hablando.

Ha sido un día maravilloso.

Yo también lo he pasado muy bien.

Muy bien.

¿De verdad? De verdad.

Bueno, te dejo.

Ivette.

¿Qué? Te quiero.

Lleno.

Nos seguimos viendo todas la tardes y yo la respeté,

como los minutos que pasaba sin ella se me hacían eternos,

la nombré mi secretaria.

Muchas gracias en nombre de todos, Antonio.

¿Vamos a bailar? Vamos.

Es tu mujer. Sí.

¿La sigues queriendo?

No, es un error que tendré que pagar toda la vida.

¿Quieres que vayamos al hotel?

Sonido de la puerta

¿Qué hace esto aquí?

¿A qué te dedicas ahora?

¿A las jovencitas?

Para ya, Lucía.

¡Para ya que te veo venir!

¿No te da vergüenza ir mostrando públicamente a tus muñequitas?

No, no me da vergüenza.

¿Por qué no nos separamos de una vez?

Por mí encantado, siempre que seas tú la que abandone el hogar.

¿Para qué? Para quedarte con los niños ¿verdad?

Pero si tú no los quieres.

Lo único que te interesa

es el dinero que da el gobierno por ellos todos los meses.

Pero si ya no nos quieres, Antonio, no te hacemos ninguna falta.

Por favor, vete ya. Vete ya.

Yo de esta casa no me voy ¿te enteras?

Me ha costado mucho conseguirla

y no te la voy a regalar a ti por tu cara bonita.

¡Pues yo tampoco me voy, ¿me oyes?!

¡Antes muerta que me quites a mis hijos!

¡Basta ya, Lucía, basta ya!

Que luego me coge lo que me coge, ¿te enteras?

Ajo y agua, a joderse y aguantarse.

Si no quieres el divorcio en estas condiciones,

Sra. de Muñoz para los restos, ¿te enteras?

Señora de Muñoz para los restos.

Lo malo es que ella estaba dispuesta a aguantar,

era yo el que estaba jodido.

Yo hacía prácticamente mi vida en el pequeño refugio del garaje.

Ivette y yo dejamos de ir al hotel.

Con al excusa de que era mi secretaria,

empezó a venir a casa.

A veces se presentaba de improviso o me despertaba por teléfono.

Teléfono Decía que tenía ganas de verme.

Sí.

Sí, yo también.

Ven pronto, te espero.

¿Cómo se llama esto en español? Paquete.

Se llama paquete.

Pues me gusta tu paquete.

Si quieres hacerte la mártir, allá tú.

Por mí como si te quedas toda la vida en la cama

y no te levantas más.

Para llevar a los niños al colegio me basto yo solo.

Y no te hagas ilusiones,

va a seguir viniendo por aquí siempre que le de la gana.

Es guapa, joven...

y muy buena secretaria.

Mírate al espejo, Lucía.

Estás fea, sucia,

la casa llena de polvo.

Con lo limpia que eras.

No me provoques más Lucía,

no me provoques o la tenemos.

¡Llorona!

Sí, eso es lo que eres, una llorona.

No.

Es un poco tarde, ¿nos vamos?

Cariño, ¿pero tú estás seguro de que no estás enfermo?,

tienes muy mala cara.

Si no estás bien no deberías ir a Lyon,

son muchos kilómetros.

No tengo más remedio, no puedo aplazar el viaje,

esta noche no faltes.

Descuida, no faltaré.

Toma, por si llego tarde, es la llave del garaje.

Procura que no te vea esa pécora, estoy harto de que me de la lata.

Buenas noches, hijo.

Que descanses.

Antonio, ¿dónde vas?

A orinar.

Espera que voy contigo.

Mamá, mamá, ¿qué te pasa?

Pablo hay que llamar a los vecinos, venga, corre, vamos, venga.

Antonio.

¿Qué pasa?

Tu mujer ha intentado suicidarse.

Schssss... a dormir.

Buenas noches.

Están viendo una película en el cine

Tuve que ganarme su confianza.

Me pasé horas hablándole de la necesidad de eliminar a Lucía,

hasta que se convenció de que no había otra solución.

Tuve que endurecer a Ivette,

tuve que hacer desaparecer sus prejuicios.

La inicié en la lectura criminal,

novelas, revistas de sucesos, películas,

pero sobre todo palabras, palabras...

Palabras.

Hablamos mucho de crímenes y de las razones que los provocan.

Yo le decía.

Nadie nace criminal, Ivette.

Pero a veces si lo que se desea está prohibido

no hay más remedio que saltarse las leyes si se quiere conseguir.

Aumenté la prima del seguro de vida que teníamos suscrito Lucía y yo.

La imbécil llorona firmó sin rechistar,

como una oveja a la que llevan al matadero.

Ivette insistía en que si hacíamos aquello que íbamos a hacer

era por amor, no por dinero, yo le decía que sí,

pero en el fondo sabía que el pico que íbamos a pillar

por librarnos de la imbécil llorona

nos permitiría iniciar con buen pie nuestra vida en común.

Era como matar dos pájaros de un tiro.

Pero nos faltaba la escopeta.

Los elementos esenciales de un asesinato bien planeado son tres.

Lo primero es la ayuda, hace falta más de uno.

Estábamos de acuerdo en matarla, pero no sabíamos cómo.

En segundo lugar, el tiempo,

el lugar y el procedimiento

deben ser conocidos de antemano por vosotros, los asesinos.

Y lo tercero es la audacia. Sí, la audacia.

De esto se olvidan todos los asesinos principiantes.

En una de las novelas que he leído cogían a la víctima,

la adormecían con cloroformo

y la metían en una bañera llena de agua caliente

y después le cortaban las venas. No. Demasiada sangre.

Los niños, comprendes.

Ver a su madre allí, todo lleno de sangre,

no quiero que sufran por mi culpa.

Pero lo del cloroformo me parece una buena idea.

Sí, eso está bien.

Se la duerme, se la lleva hasta las escaleras y basta con un empujón.

¿Y tú crees que con la simple caída será suficiente?

Si no se le golpea la cabeza contra el suelo hasta el final,

sin necesidad de mucha sangre.

Parecerá un accidente.

O quizá un suicidio. Ella siempre toma somníferos.

Aunque lo más normal es que crean que se ha caído medio dormida,

al tratar de ir a la cocina, yo qué sé.

Un accidente.

El seguro pagará doble. Antonio.

¿Cuándo vas a hacerlo?

Yo no puedo hacerlo, tengo que estar muy lejos cuando esto ocurra,

será mi coartada.

¿Quién va a hacerlo entonces?

¿Yo?

Mata a mi mujer,

y me casaré contigo.

Por ti soy capaz de cualquier cosa.

Pero tienes que demostrarme que no va a sufrir.

De acuerdo.

Y se lo demostré, vaya si se lo demostré.

La demostración fuimos a hacerla a Barcelona.

Era más fácil obtener el cloroformo en España

y así no dejábamos pistas en Perpignan.

¿Ese palacio?

Eso es un castillo.

Ves, ahí empieza el Paralelo.

Está el Barón Rojo, el Apolo. ¿Y qué son?

Son bares de putas que hay aquí.

¿Y esa estatua? Eso es Colón.

¿Y todos estos barcos adónde van? Supongo que a América.

¿Me vas a llevar ahí? Por supuesto.

¿Sabes la dosis que hay que usar?

No, pero para empezar probaremos con muy poco.

Bueno.

¿Has sentido dolor?

¿Has notado algo?

Mira, amor mío, mira lo que te he hecho.

Y no has notado nada.

¿Lo ves? Nada, nada, no has notado nada.

Nada.

Buenas noches, hijos. Buenas noches, papá.

¿Dónde está la niña? Está acostada.

¿No ha comido nada? Es que tiene un poquito de fiebre.

Tengo que irme a Barcelona.

He hablado con mi madre desde la oficina, quiero ir a verla,

no es nada grave, pero prefiero hablar con ella personalmente.

¿Y te vas sin tomar nada? Sí.

Mañana mismo estoy de vuelta.

Adiós.

¿Nos traerás un regalo, papi? Claro que sí, uno para cada uno.

¡Yupi!

Ah,...

dejaré cerrada la puerta del garaje.

Adiós, niños. Adiós, papá.

¿Recuerdas todos los detalles, mi amor?

A las 3 es la hora perfecta.

Todos llevarán un buen rato dormidos.

Sobre todo no te precipites.

Y quítate las horquillas, no vayas a romper la maldita media.

¿Estás seguro de que saldrá bien? Por supuesto.

¿Y si falla algo, y si me cogen?

No puede fallar, te lo digo yo que soy alguien, ¿no?

Sé muy bien lo que hago.

No se hable más.

Adiós, mi amor.

Te quiero. Yo también.

Antonio...

No pongas más pegas o te parto la cara, ¿me oyes?

Si haces una tontería o se te ocurre nombrarme,

mira, no sé, ¡no sé lo que te haría!

Cuida bien que todo parezca un accidente.

Toma, para la espera.

Gracias.

Adiós. Adiós.

No habrán pasado ni 24 horas desde que abandoné mi casa

y ya todo ha terminado.

¿Dónde estarán los niños?

Espero que no haya sido demasiado desagradable para ellos,

son mis hijos y les quiero.

Lucía.

Tengo que controlarme, no puedo cometer un error.

Todo tiene que cogerme por sorpresa.

Pero yo esperaba que aquí pasara algo y no hay nadie.

Todo está tan silencioso como un cementerio.

Lucía.

¿Antonio Muñoz? Sí.

Cristóbal.

Se marchó a Barcelona a ver a su madre,

esa era la coartada.

Yo no me moví de mi escondite, fumaba y fumaba impaciente,

esperando, hasta las tres de la mañana.

No, no...

no por favor, no.

¡Aaaah!

No, no.

¡Socorro!

¡Aaaaaaaaaah!

Fue horrible, no tenía cabello,

mis dedos resbalaban sin hallar carne ni pelos

y tampoco encontré piel ni manos de persona.

Quería quitarme aquello de mi cara que me mareaba.

Aquella botella que me quemaba los labios.

Ivette.

Ivette.

Antonio.

Te quiero.

Hija de puta.

¿Por qué me has delatado, cabrona? ¡Como te coja, te mato!

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La huella del crimen - El crimen de Perpignan

04 ago 2017

Antonio Muñoz, emigrante español, jefe de personal de una fábrica de muñecas en Perpignan, se enamoró apasionadamente de una muchacha de diecinueve años, Ivette, obrera de dicha fábrica. La pareja preparó minuciosamente el asesinato de la mujer de Antonio y madre de sus tres hijos.

Histórico de emisiones:
10/07/2012

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