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La forja de un rebelde - Capítulo 4 - ver ahora
Transcripción completa

(NARRA) Después de una corta estancia en Madrid,

aún con las secuelas del tifus que me valió el permiso,

volví a mi destino militar,

al ejército de África donde todavía que quedaba

casi un año para acabar el servicio.

Las aguas del Estrecho estaban tranquilas

bajo un cielo encapotado.

Yo en la cubierta del barco meditaba sobre mi propia vida.

Había llegado a un cruce de caminos.

Tenía 24 años y no disponía de bien alguno.

Hacía tiempo que mi madre había dejado de romper

el hielo del Manzanares con su pala de batir la ropa,

pero tenía que continuar trabajando para poder vivir.

En aquel momento, aún no sabía si mi destino sería

la línea de fuego cerca de Tetuán

o cualquier oficina lejos de la guerra, en Ceuta.

Después podía reengancharme. Quedarme en África

con las manos sucias para siempre

o volver a la vida civil en Madrid,

donde se contaban por miles

los empleados de oficina sin trabajo.

-Mi sargento, ¿ese perro es suyo?

No.

(EL PERRO CHILLA)

Eh. Eh.

-¿Le echo, mi sargento? No.

Ya le sacaré yo. Ven.

Máquinas de escribir.

-¿Es usted Barea? A sus órdenes, mi comandante.

-Está flaco de veras.

Tendrá que cuidarse.

Pase.

Usted ya tuvo responsabilidades con los números y salió adelante.

Conoce la manera de llevar las cuentas

y nuestros sistemas.

El comandante Castelo y el capitán Blanco

le tienen en gran estima.

El sargento Cárdenas ha ascendido a suboficial

y se queda de subayudante.

Sé que a usted le esperan en Tetuán,

pero allí está la guerra.

Lo que yo le ofrezco es el puesto de Cárdenas.

O sargento de mayoría aquí

o volver al frente.

Gracias, mi comandante.

-Bien.

Descansa unos días y ponte en contacto con Cárdenas

para que te vaya aleccionando.

Cuídate.

Aquí hay tiempo y tranquilidad.

-Usted no me pierda de vista y ya verá cómo todo sale bien.

Solo es complicado la primera vez.

El secretario de la subasta es el que ha de llevar

la voz cantante. -Comisario.

-La documentación de los doce animales

por el orden en el que van a salir.

Y no hay más.

Caballo llamado Fundador.

Tres años. Tordo.

Tuberculosis pulmonar.

Tasa: 55 pesetas.

-75. -80.

-100.

Revoltoso. Cuatro años.

Alazán lucero cordón corrido.

Tuberculosis pulmonar.

Tasa: 75 pesetas.

-80.

-95. -98.

-100.

¿No hay quién dé más?

-Doce, catorce y una quince.

Mil quinientas pesetas.

-Firme usted.

La documentación del animal.

Vaya usted a las cuadras y allí se lo darán.

-Fumen ustedes, señores.

Y salud.

-El siguiente.

-Todo está en orden.

Todo está comprobado.

Tuberculosis pulmonar, de acuerdo

con el certificado del coronel veterinario.

Visado por un inspector veterinario.

Nadie paga mil quinientas pesetas por un caballo tuberculoso.

-Las han pagado por un caballo sano, como lo están todos,

que es el que le hemos vendido.

Pero en el registro consta que está tuberculoso

y que el gitano ha pagado cien pesetas por él

para revenderlo en el único sitio donde compran

los caballos tuberculosos. En las plazas de toros.

¿Y ese dinero?

-Me habían dicho que eras un experto en estas cosas.

Tendrás que espabilarte si lo sabes.

El dinero se reparte respetando graduación.

A nosotros también nos toca. No hay que preocuparse.

-Se llama Sanchiz. El sargento Sanchiz.

Viene de Tetuán y pasará aquí la noche.

Anda.

Puedes usar esa cama.

¿Qué cuenta tu madre?

Cada día hay menos trabajo.

Mi hermano no duerme para llegar el primero

a los lugares donde ofrecen empleo

y cuando llega a las cinco de la mañana,

la cola de los que esperan da la vuelta a la manzana.

-Teníamos que dar las gracias a todas horas

por estar como estamos.

-Ya podéis darlas. Ya.

Allí arriba no hay trabajo.

Unos kilómetros al sur mueren como chinches.

Sí. Este es un buen lugar para vivir.

Hacemos nuestro servicio.

-Yo no digo nada contra vosotros.

Solo que aquí cerca hay mucha gente que muere,

que los medios de la muerte ya se han casado

casi todos con ella y que yo que la busco

desde hace años, no la encuentro.

Eso es lo que digo.

¿Quieres que te maten?

-Busco la muerte desde hace años.

Mañana vuelvo a por ella.

A lo mejor tengo suerte.

¿Eres de Madrid? -Sí.

Me cuenta mi madre que van a inaugurar

otro tramo del metro.

En menos de veinte minutos se podrá ir

de Atocha a Cuatro Caminos.

¿Qué te parece? -Eso está bien.

Cornetas.

Tú estuviste en Ben Karrich.

Sí. Allí estuve.

-¿No te gusta recordarlo? No.

-En una taberna llena de gente borracha y habladora,

un sargento escribía en una mesa tranquilamente.

Soy un buen fisonomista.

Y tú debes pasarte la vida escribiendo.

Lo suelo hacer.

-¿Cuánto te queda? Unos meses.

-¿Y luego?

¿Vas a seguir?

Tengo que pensarlo.

Ladridos.

Ladridos.

Ladridos.

Perdona. Hola.

Me gustaría acompañarte. ¿Puedo?

Creo que ya somos viejos amigos, ¿no?

-¿Qué placer le encuentras a pasarte

en esas piedras tantas horas?

Me distrae. Pienso.

-¿Y en el cuaderno ese? ¿Qué es lo que escribes?

Cosas sin importancia. Es una costumbre.

-¿El perro es tuyo? Él se ha empeñado en creérselo.

¿Terminaste el interrogatorio? -Sí.

Ahora puedes preguntar tú, si quieres.

¿Cómo te llamas?

-María Jesús. O Chuchi.

Como te venga mejor. Chuchi.

¿Te importa que te acompañe?

-No. Me gusta.

¿Te parece muy descarado que te lo diga?

No. Me gusta.

-¡Vamos! ¡Vamos! -Regimiento de artillería.

Regimiento de África.

¡Ingenieros, aquí!

Vamos, ingenieros. -¡Intendencia, rápido aquí!

Muy bien. ¿Cómo te llamas?

Patricio Moreno. Muy bien.

Venga. ¿Ingeniero también? Venga, ahí detrás. Muy bien.

Ingenieros, venga.

-Regimiento de salta. Vamos.

Vamos.

Ingenieros. ¿Tú eres ingeniero?

¡Eh! ¿Tú eres ingeniero? Ven aquí.

Muy bien. Ahí. Vamos a ver. ¿Tú cómo te llamas?

Tú, muchacho.

¿A qué regimiento te han destinado?

A ver, ¿eres de infantería, de caballería?

-No lo sé. A mí me dijeron que iba para artillero.

Artillero.

¡Artilleros! Aquí tenéis otro.

-¡No me toque! ¡Me cago en Dios!

-No te asustes, muchacho. Aquí nadie te va a hacer daño.

¿Cómo te llamas? -Juan.

(HABLA EN GALLEGO)

-Bien, Juan. Gallego, ¿no?

¿De dónde? -¡No me toques!

¡Que yo machaco al primer sargento que me toque!

-Ya te he dicho, muchacho, que aquí nadie te va a pegar.

(HABLA EN GALLEGO)

No me toque. ¡No me toque!

-Pues a ti nadie te pondrá la mano encima.

Y si alguien se atreve,

vienes y me lo dices a mí.

Yo soy el coronel de tu regimiento.

A ver.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis,

siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince...

-Yo los tengo todos. ¿Te falta a ti alguno?

A mí me parece que me falta uno.

¿Antonio Iglesias Rey?

Quietos aquí.

¿Cómo te llamas?

-El Conejo. ¿Cómo que el Conejo?

-Sí, señor. A cada uno nos llaman algo.

Y yo, como caí en una casa en la que la abuela

había tenido veinte chicos y le decían la Coneja,

a todos nos dicen los Conejos.

Aquí nadie te va a llamar el Conejo.

Aquí eres Antonio Iglesias Rey.

Cuando pasen lista y digan: Antonio Iglesias;

tú contestas: Presente. ¿Estamos?

-Presente.

Bullicio.

¿Por qué no comes?

-Yo no como rancho. ¿Por qué?

-Porque es una porquería.

Mira, aquí hay que comer aunque no le guste a uno.

Así que coges tu plato, te vas al caldero

a que te sirvan y lo pruebas.

Y si no te gusta, no comes, pero tienes que coger tu ración.

Vamos.

¿Qué es lo que creías que era el rancho?

-Es muy largo de contar, mi sargento.

Yo soy pilongo, mi sargento. ¿Pilongo has dicho?

-Pilongo, mi sargento.

Me echaron a la inclusa, ya sabe usted.

Cuando tenía cinco años, me recogieron

los que ahora son como mis padres, de pilongo.

Que quiere decir que me recogieron a cambio de un tanto al mes.

Una peseta diaria. Para la manutención.

Y fueron ellos, los que ahora son como mis padres,

los que me contaron la suerte que había tenido

de haber caído en una casa como aquella,

porque así me libraba del rancho de la inclusa.

Y yo al oír hablar del rancho...

Claro. ¿Y en el pueblo qué comes?

-En verano tenemos lechugas y cebollas.

En otoño estamos mejor,

porque vareamos la bellota para los marranos

y nos dejan comer todas las que queremos.

Lo peor suele ser el invierno.

Un cacho de pan untado con ajo y, con suerte, una cebolla.

Ya.

¿Y no tenéis ningún extraordinario?

-Bueno, para decirlo todo,

ponemos trampas.

A veces cae algún conejo. Pero si la Guardia Civil

le coge a uno, paliza segura.

Al hijo de la tía Curra lo desgraciaron para toda la vida.

Lo llevaron a Béjar y el médico contó

que le habían roto las costillas.

Y que los cachos de una de ellas se le habían pegado mal.

Así que ya nunca volvió a andar derecho.

¡Firmes! ¡Ar!

¡Oblicuo izquierda! ¡Ar!

¡Carguen! ¡Ar!

¡Apunten! ¡Ar!

Música de piano.

Risas.

Risas.

Risas.

-No sabes qué hacer, ¿verdad?

¿De qué hablas?

-Sí. No sabes si quedarte aquí,

ir al frente, volver a Madrid.

Quererme a mí. Contarme lo que te pasa

o no hacerlo por miedo a que yo no te entienda.

Para, para, para.

¿Estás bien conmigo?

-En mi vida he estado mejor. Pues mañana seguiré aquí.

Y tú solo quieres cubrir el día siguiente.

Solo eso. ¿No es así?

-Sí. Entonces, ¿a qué viene

tanta pregunta?

-Porque a veces contar una cosa alivia.

Sobre todo si te atormenta y no te deja dormir.

¿Duermo mal? -No duermes.

Pues será eso.

Esa pobre gente a la que enseñamos a manejar el fusil.

Carne de cañón que van ciegos a que los maten.

Y yo trampeando en esta ciudad.

Con miedo o pereza de volver a mi vida, a mi gente.

Son muchas cosas que convierten la cabeza en un volcán.

-¿No te puedo ayudar? Nadie puede ayudar a nadie.

-Tú a mí sí. Te soluciono el día siguiente.

Ya lo sé.

-Pero si alguna vez no puedes, no te preocupes.

Me lo dices.

Yo no quiere ser alguien que te haga sentir mal.

-¡Vamos, a formar! -¡Barea!

-¡Firmes! ¡Ar!

¡Descanso! ¡Ar!

¡Firmes! ¡Ar!

¡Por la izquierda en columna! ¡Ar!

Tambores.

-Barea, ¿quién diablos es

esa muchacha que llevas contigo a todas partes?

La conocí aquí en Ceuta, mi comandante. Y me gusta.

-Pues eso tiene que terminarse.

No creo, mi comandante, que cometa ninguna falta

viviendo con una mujer con la que me encuentro bien.

A mí no me gustan los burdeles, mi comandante.

-Mira, Barea.

Voy a hablar como si fueras mi hijo.

Esto es Ceuta, donde tú, como sargento de mayoría

de la comandancia de ingenieros, eres casi un personaje.

Y sin casi. Un buen partido para un montón de niñas casaderas

que suspiran por un novio como tú.

Pero yo no pienso casarme... -No me interrumpas.

Los papás y las mamás de estas niñas

están detrás de ti tanto como lo puedan estar sus hijas.

Detrás de ti y detrás de todos los sargento solteros

y sin compromiso.

Conocen más sobre antigüedades, ascensos, reenganches

y destinos que tú y que yo.

Pero lo que también saben

es que Ceuta está infectada de putas

y que un hombre tiene derecho a divertirse.

Y, hasta si me apuras, a tener

amiguitas fija en un burdel. No les importa.

Lo que sí les importa y no lo van a tolerar,

es que alguien ande con la querida del bracete

a la luz del día por donde andan las personas decentes.

¿Las personas decentes, mi comandante?

-Las personas decentes.

Lo que se dice las personas decentes.

Así que se ha acabado esa vida de casado,

yendo a comer y a dormir a casa como un padre de familia.

Lo siento, mi comandante.

Le ruego que designe un sustituto y que me envíe

a una compañía en el campo.

Así si bajo a Ceuta de permiso, podré irme con quien quiera.

-No te sulfures, que no es para tanto.

No hay por qué hacer un dramón por tan poca cosa.

Si te digo que esto se ha terminado,

no quiero decir que dejes a la chica.

Puedes seguir durmiendo con ella, si es tu gusto.

Pero lo que no vas a hacer, es llevártela de paseo

por la calle Real como si fuera la legítima.

Pero, mi comandante... -No hay peros que valgan.

Si te conviene así, y te conviene, hazme caso, lo tomas.

Si no, no olvides que esto es una plaza militar

y puede ocurrir que las autoridades estimen

que la presencia de la muchacha no resulta grata.

Le pagan un billete a Algeciras y asunto concluido.

¿Estamos?

Y ahora, me vas a hacer el favor...

de pasar esto a máquina.

Tantas copias como puedas.

Es algo muy confidencial.

Será mejor que lo hagas por las tardes, cuando estés solo.

Camaradas, compatriotas,

una vez más, nuestra patria se desangra

por unas heridas sin que se reponga en ello.

No podemos cerrar los ojos a la marcha

de los acontecimientos que se están dando en el país.

Nosotros, los militares, tenemos el deber de servir

a la nación y el país no puede ir más lejos

en este camino desastroso.

Estamos en manos de los revolucionarios.

¿Cómo si no el Parlamento se atrevería a atacar

al Jefe Supremo del Estado, al Rey?

¿O cómo podría haber partes de la nación

que pretenden declararse independientes?

Es nuestra obligación salir pues al paso

de los acontecimientos que terminen esta epidemia

de una vez por todas

y encaucen nuestra patria.

Entonces, ¿las juntas están dirigidas

por el Gobierno, mi comandante?

-Eso es lo que al Gobierno le gustaría.

Pero las juntas militares son independientes.

Por eso son los cimientos de la nación.

Ya veo, muchacho, que no te enteras

de lo que está pasando a tu alrededor.

España ya estuvo una vez al borde del desastre, en 1917,

durante la Gran Guerra.

Los franceses y los ingleses, que nunca nos han querido bien,

no estaban de acuerdo con nuestra neutralidad

y trataron de arrastrarnos a su guerra,

en complicidad con todos los enemigos de la nación.

Los socialistas, los anarquistas, los republicanos y los masones.

Los socialistas y los anarquistas organizaron una huelga general,

de la que tendrá recuerdo puesto que ya eras un muchacho.

Claro que me acuerdo, mi comandante.

Pero la huelga general estalló por la subida de los precios.

Y porque el pueblo protestaba para que no se mandase fuera

lo que necesitábamos aquí.

Los obreros pedían o que bajase el pan

o que subiesen los salarios. -Ese era el pretexto.

Pero lo que en realidad querían, era hacer la revolución.

Igual que en Rusia.

Pero no habían contado con el huésped.

Un gran patriota llamó a todos los oficiales

que aún tenían sentido del honor

y después le habló clarito al Gobierno.

O se rompe con esa canalla o sacamos las tropas a la calle.

No hubo necesidad, claro,

porque entendieron enseguida que iba en serio.

Pero las juntas militares han seguido funcionando.

Y ahora vuelven a funcionar.

-Estamos al borde de la revolución.

La plebe se las ha manejado para hacer responsable al Rey

de todo lo que sucede aquí, en Marruecos.

Es el primer paso para la proclamación

de la república, para que después abandonemos todo esto,

que tanta sangre está costando,

como si aquí no hubiera pasado nada.

Entonces...

En general Picasso, que está elaborando un informe

sobre las responsabilidades en las derrotas de esta guerra,

que, según dicen, enciende el pelo,

¿se ha puesto en combinación con toda esa gente que dice usted?

-El general es un infeliz que no ve más allá

de sus narices y que se traga

esos chismorreos que le hacen llegar.

Pero no importa.

Todos esos trucos no les van a servir de nada,

porque para eso estamos nosotros:

las juntas militares.

Los cimientos de la patria. Ya te lo he dicho.

Y si es necesario un pronunciamiento,

habrá pronunciamiento.

Las personas decentes me van a enviar

a la primera línea de fuego.

Así se me quitaría un cargo de conciencia.

-No te queda mucho tiempo. Sí, si me reengancho.

Me lo piden todos los días.

Debo ser el tramposo de cuentas más hábil

que ha tenido el heroico ejército de África.

-Yo no te pido que te quedes. Tú no pides nada.

Únicamente, un día más.

¿Cuántos van ya? -Setenta y dos.

¿Y a ti qué te gustaría? -¿Con toda sinceridad?

Que te quedaras. Que sigas haciendo lo que haces.

Y que un día me dijeras que no puedes vivir sin mí.

Pero nada de eso vas a hacer.

Quién sabe.

-Barea.

Sabía que estaba por aquí.

Contento de verle, mi capitán.

-Barea es un hombre preparado.

Un buen contable y un buen ingeniero.

Gracias, mi capitán. -¿Qué va a hacer, Barea?

Aún no lo he decidido, mi capitán. -¿Su salud?

Me cuido, mi capitán.

-Yo vuelvo al frente. Allí estamos.

Levantando parapetos bajo la música de las balas.

Como siempre. Que haya suerte.

A sus órdenes, mi capitán.

(NARRA) Durante el tiempo que duró mi estancia en Ceuta,

apenas escribí a mi madre.

Como si no me atreviera a hablarle

de aquella tranquilidad tan distinta

a la brutal experiencia anterior.

Podría haberle contado mi relación con Chuchi.

La conspiración en la que estaban embarcados

los altos mandos y mi actitud indiferente

hacia la guerra, que aunque estaba cercana,

no perturbaba en absoluto nuestro cómodo vivir.

Podría haberle contado todo esto,

pero preferí ocultarlo.

En aquellos días caminaba por la vida

con tapones en los oídos y anchas antiojeras,

que me preservaban del amargo espectáculo

que se desarrollaba a mi alrededor.

Hasta le empecé a encontrar sentido a la posibilidad

de reengancharme en el servicio militar

y continuar en él de por vida.

Pero nuevos acontecimientos me sacudieron,

sacándome de aquella larga noche que estaba viviendo.

Se cierra el pestillo.

Motores de vehículos.

-Sargento Barea. Dime.

-Hay una persona en el hospital

que lleva días preguntando por usted.

¿En el hospital? ¿Por qué no me lo has dicho?

-Lo siento, mi sargento. Se me olvidó.

Me he acordado ahora que he visto llegar a estos.

-La bala me atravesó la rodilla.

Pero fue por la gangrena

por lo que tuvieron que cortarme la pierna.

La otra tampoco anda bien. No vaya usted a creer.

No la siento.

Es como si no fuera mía.

Me mandan al pueblo, mi sargento.

Como inválido.

Le haré compañía a Eligio, el hijo de la tía Curra.

A mí también me han desgraciado para toda la vida.

Bullicio.

En este cementerio,

donde reposa mi madre.

-¿Y tu libreta?

Esta noche no hay libreta ni escritura.

No hay nada.

¿Cuándo has vuelto? -Acabo de llegar.

Se te sigue resistiendo la muerte.

-Otra vez estuve en primera línea.

Otra vez la busqué. Y aquí me tienes.

No hay una bala perdida para mí, pero lo intentaré de nuevo.

Te morirás cuando te llegue la hora.

Y eso no hay quien lo cambie, por mucho que te empeñes.

Aunque pongan en el puente

cañones y artillería.

¿De quién habla? -De Franco.

Después de cada batalla, es casi obligado.

¿Por qué?

-Porque todos le odian, aunque le obedecen.

Muchos oficiales se han ganado

un tiro por la espalda en un ataque.

A Franco se la tienen jurada docena de legionarios,

pero ninguno se atreverá nunca a dispararle

por miedo a que pueda volver la cabeza cuando está apuntando.

El tercio es algo así como estar en un presidio.

Los más chulos son los amos de la cárcel.

Y algo de esto le pasa a nuestro hombre.

Necesita la guerra. Esta es su guerra.

Tiene que compensar una academia militar mediocre y lo sabe.

Le echa más valor que nadie.

No es religioso ni bebe

ni se le conoce mujer alguna.

Solo piensa en los ascensos. En subir.

Discusión.

¿Les ves? Hablan de él. Seguro.

Siempre hablan de él.

Con odio.

Igual que los presos odian al matón del presidio.

Pero le temen, le obedecen y le respetan.

¿Y tú?

¿Por qué quieres morir?

-Por más borracho que estés, soy incapaz de contarlo.

Tenía una mujer.

La vida con ella era buena.

La mejor que nadie ha tenido.

Un día me dice que le duele el pecho.

Esperábamos el primer hijo.

La operaron.

La volvieron a operar.

Y entre médicos y boticas

y en beber...

que solo borracho tenía valor bastante para fingir ante ella,

se nos fue la última peseta.

Murió en un jergón con una manta cuartelera

y la enterraron de caridad.

Creí que no podría sufrirlo y me enganché en el tercio

para que me pegaran un tiro.

Y aquí me tienes.

Me toca pagar, Barea.

Me toca pagar.

Y de vivir para recodarla cada día.

Y para maldecir mi suerte.

-Me voy a casa, mi sargento.

En cuanto me acomode a las muletas.

La cosa va para adelante.

¿Quería algo, mi sargento?

Verte.

Ya me voy.

-Ha venido el médico.

Dice que tienes fiebre reumática. Que es grave.

Que no vas a poder hacer esfuerzos en tu vida ni nada.

Que estoy acabado.

-Algo así.

¿Y tú qué dices?

-Yo intento cuidarte, pero...

yo...

no sé qué hacer.

Ven.

¿Cuántos días llevo así?

-Te encontraron en la playa hace dos noches.

El comandante te ha dado permiso.

Ha dicho que... Me voy, Chuchi.

Quiero olvidar todo esto lo antes posible.

Olvidarlo todo, menos a ti.

Piensa si te gustaría venir conmigo.

-¿Tú no quieres que yo vaya?

No estoy seguro.

-Estoy bien contigo. Y tú conmigo, ¿no?

¿Sabes? He leído tus cuadernos

y entiendo lo que dicen, pero no veo más allá.

No sé lo que te preocupa ni adónde quieres llegar.

Después de todos estos meses,

todavía sigues siendo un misterio para mí.

Y cuando te veo pensando ratos y ratos, yo...

yo me doy cuenta de que nunca te voy a llegar a entender.

Me quedo.

Estoy bien.

Y tú... me dejas

recuerdos suficientes como para aguantar mucho.

Para aguantar mucho tiempo.

También te digo una cosa,

que si decides quedarte aquí yo...

yo voy a estar siempre a tu lado.

Si tú quieres.

-No hace falta que te des prisa. Cuídate.

El capitán médico me ha dicho que no estás lo bastante fuerte.

Tómate el tiempo que quieras.

A estas alturas, me cuesta prescindir de ti,

pero lo importante es que te recuperes.

¿Te pasa algo?

Mi comandante.

He pensado muy seriamente en licenciarme.

Me quedaré aquí hasta que encuentre un sargento de mayoría.

-No hará falta, muchacho.

Nos haremos a la idea de que te ha llegado la licencia

y santas pascuas.

Gracias, mi comandante.

-Creo que debo advertirte algo.

El capitán Blanco está en Ceuta.

El capitán Blanco ha sido juzgado y condenado

por sus propios compañeros.

Un caso de cobardía y de falta de espíritu militar,

como ha habido muy pocos en esta guerra.

Anda por ahí pidiendo ayuda a todo el mundo.

Te caerá encima, supongo.

No me preocupa, mi comandante.

-En cuanto a lo demás,

que tengas suerte, Barea.

Llaman a la puerta.

Adelante.

Mi capitán. -Se acabó eso de mi capitán, Barea.

Solo soy un pobre diablo

que no tiene cuajo para pegarse un tiro y acabar de una vez.

Ya me lo han contado.

Pero eso le puede pasar a cualquier, mi capitán.

-Tuve miedo, Barea.

Las balas me volvieron loco

y ya no pude contenerme.

A punta de pistola quise que los camilleros

echaran a un herido abajo y me llevasen a mí.

Hubo quien trató de pegarme un tiro.

Lástima que no lo consiguieran.

Ni el equipaje me dejaron recoger

mis amables compañeros del tribunal de honor.

Y aún debo estarles agradecido.

Si me llevan a un consejo de guerra,

ni Dios me salva del paredón.

Pero no lo estoy, Barea.

Me han dejado vivo para cebarse conmigo.

No me han dejado ni la querida,

que se quedó de puta en Chauen.

Y ahí los tienes, guardando cola todas las noches

para acostarse con ella.

¿Qué piensa hacer? -No lo sé.

Tengo un pasaje gratis hasta Algeciras.

Quieren perderme de vista.

Hágame el favor, mi capitán.

Tengo ropa de paisano que puede servirle.

Váyase a Algeciras y coja el primer tren.

Rehaga su vida donde no le conozcan.

-Oye, muchacho.

Pídeme un bocado, como si fuera para ti.

No he comido nada desde ayer.

Disparo.

¡Guardias! ¡Guardias!

Ladridos.

Sirena del barco.

-Mi sargento.

Manzanares.

Licenciado.

No te conviene fumar, Manzanares. Y no paras.

-Para lo que le queda a uno de vida...

Otros están peor.

Estás aquí y te has ganado una cruz con una pensión.

Ha sido un tiro de suerte.

(TOSE)

-Un tiro de suerte.

No puedo acostarme,

porque en cuanto me acuesto, me ahogo.

Y en un par de años, como mucho, me entierran.

La pensión magnífica.

Treinta reales al mes para el resto de mi vida.

Podré comprar un par de panecillos

y guardar la perra chica en la hucha, para mi vejez.

Y eso contando con que me paguen,

porque conozco muchos veteranos de la Guerra de Cuba

que todavía no han visto un céntimo.

Si me hubieran declarado inválido...

Porque soy un inválido, mi sargento.

Me podría mantener, pero así tendré que volver a robar carteras,

si es que todavía no se me han olvidado las mañas,

después de tanto tiempo sin ejercer.

No me dejan otra salida, mi sargento.

Silbato del tren.

Tómate un café. -No, mi sargento.

Aquí nos despedimos.

Lo más seguro es que nunca nos volvamos a encontrar.

Suerte.

Silbato del tren

Bullicio.

-Un café.

-Quédate aquí. Que no salga nadie.

Señores, vayan preparando la documentación.

-Su documentación, por favor.

-¿Cuánto tiempo lleva este aquí? -Media hora, como poco.

-Vete. ¿Pasa algo?

¿De permiso, mi sargento? Licenciado.

-Enhorabuena. Usted puede contarlo.

Yo tengo un hermano allí.

Estamos buscando a un sinvergüenza

que acaba de robar una cartera, aquí mismo,

a la salida de la estación, con mil duros.

No es de los habituales, por eso tenemos que registrar.

No, mi sargento. El uniforme le deja

fuera de toda duda.

Buenos días.

Camarero, dígame lo que le debo.

-Está usted invitado.

De parte de su colega de la esquina.

(TOSE)

(NARRA) En el año 1923,

el metro de Madrid seguía ampliándose.

Las nuevas líneas llegaban hasta Vallecas.

Y cuando cada mañana salía a buscar trabajo,

lo hacía acompañado de mi madre,

que iba camino de la pequeña frutería

en la que trabajaba desde que dejó el río.

La Guerra de Marruecos continuaba.

El teniente coronel Franco ascendía, tras la muerte

del general Valenzuela en Tizzi Assa,

a la jefatura del Tercio.

Y los gobiernos se sucedían en Madrid,

sin que a nadie le importara nada.

Está llegando. Te dejo.

Deséame suerte. Tarde o temprano tendrás trabajo.

Tu hermano me preocupa.

Y toda esa gente que no encuentra nada.

Pero tú no. Ojalá aciertes.

Comemos en la misma frutería. Pasa a buscarme, si quieres.

Sí, abuela. Eso haré.

Música de orquesta.

(NARRA) Las empresas despedían diariamente a cientos de personas.

La gente sin trabajo había asaltado la calle.

El caos aumentaba y nadie era capaz de detenerlo.

Pasaron muchos días y mi madre seguía repitiendo

lo mismo. Encontrarás lo que buscas.

Tú sí lo encontrarás.

Sabes mecánica, idiomas.

Cosas que todos esos infelices ignoran.

¿Me ves a mí que me ponga a cavilar por tu porvenir?

No es eso, madre.

¿Qué te preocupa, entonces?

La política. Puede ser.

Tengo la sensación de que va a ocurrir cualquier cosa.

Cualquier cosa terrible. Vendrá un general.

Porque siempre hay un general a mano

para protestar contra esto o aquello.

Pero ninguno de ellos arregló jamás el país.

El que venga ahora tampoco lo hará.

Trae.

Ten.

Salgo un momento.

Lo que hagas, déjamelo encima de la mesa.

Estará frío.

Me gusta frío.

¿Qué hay? Oye, una copa.

-Para repartir.

A ver si somos capaces de cambiar todo esto.

La falta que nos hace la república

y cuánta tarda en venir, Arturo. Por ella.

-Lo que necesitamos aquí no es una república, jovencito.

Es un tío con cojones que os enseñe disciplina.

-¿A quién? -A ti y a toda esa gentuza.

-Es lo que hace falta. Sí, señor.

-No tengo nada contra ellos, siempre que el hombre

que tenga cojones, sea un socialista.

Un verdadero socialista. Es lo que necesitamos.

Una revolución y un Lenin.

-Mire, usted simplemente es un chalado.

Bueno, no un chalado. Un chiquillo en pañales.

Venga.

-La desgracia de este momento es que no tenemos otro Espartero.

Un general tan grande como él, que agarre por el pescuezo

a todos los políticos y barra las calles con ellos.

Una docena de fusilamientos

y se quedaba el país como la seda.

Y en cuanto a los socialistas,

un tiro en la nuca a Prieto, Besteiro y compañía.

¡Eso es lo que hace falta aquí!

-¡Usted es un cabrón y un hijo de puta!

¡Por favor, señores!

-¡Anarquistas! Sí, señor, eso es lo que son.

Unos anarquistas y yo soy una persona decente.

Insisto. Lo que hace falta aquí

es un hombre como Espartero.

Un tío con cojones, que meta en cintura

a todos el mundo. ¡Viva España!

-Tranquilo. Tranquilo.

(NARRA) La política crispaba y enloquecía a la gente

de toda clase y condición.

La sangría de Marruecos continuaba.

Y las noticias acerca de ella llegaban a la capital

como un eco absurdo y falto de sentido.

-¿Barea? ¡Barea!

Me alegro mucho de verte.

Anda, vamos a tomar algo.

¿De vacaciones en Madrid, mi comandante?

-Sigues siendo un inocente. Vacaciones...

Bullicio.

-Aquí tienen. -¿Qué haces ahora?

Busco trabajo, mi comandante.

-Tú lo has querido así. Tenías una vida regalada.

Y hubieras terminado siendo mi hombre de confianza.

Sabes muy bien a qué he venido.

¿Cómo van las cosas?

-Unos meses y todo cambiará de arriba a abajo.

Vamos a acabar de una vez con este estado de cosas.

Y toda esa canalla se va a enterar

de que existe una patria.

No hay otra solución.

O tomamos las riendas los verdaderos españoles,

o esto termina en una revolución, como en Rusia.

Y las vamos a tomar.

¿Y qué tal en Marruecos?

-¿Cómo quieres que vayan las cosas,

si no nos dejan arreglarla a nosotros?

Ahora les ha dado por enviar paisanos a negociar

con Abd el-Krim.

¿Qué saben ellos de Marruecos y de los moros?

Ese granuja quiere una república independiente.

Y los socialistas de la Casa del Pueblo lo apoyan.

Lo que hay que hacer, es fusilar

a unos cuantos cientos y arrasar el Rif.

Pero ya vendrá. Y antes de lo que la gente cree.

(TOCAN MÚSICA)

(NARRA) Yo había seguido buscando trabajo.

Y un día mis conocimientos de idioma

y la afición a los estudios de ingeniería

me proporcionaron uno inmejorable

en una de las oficinas de patentes más importantes de España,

como jefe de una de sus agencias.

Tendría un sueldo de 500 pesetas y una comisión.

Momentáneamente, me alejaba de aquella situación

que mantenía a la gente sumida en la más profunda desesperanza.

El mismo día que me surgió la posibilidad de trabajar,

conocía a Aurelia.

Hoy he tenido suerte.

Encontré trabajo después de pasarme meses buscándolo.

Un buen trabajo.

Luego te he conocido a ti.

Eso es tener suerte.

He estado viniendo a esta plaza todos los días

durante dos semanas, buscándote.

Por eso hoy no podía dejarte escapar.

-Yo no vivo ahí. Ya lo sé.

-Vive mi amiga.

Es la dueña del negocio de flores y yo, cuando puedo,

le ayudo a hacer los ramos y a repartirlos.

¿Y te ha dicho que me he tirado mañanas enteras

escuchando música y mirando al balcón?

-Sí.

Entonces, ¿tengo un poco de derecho a pedirte algo?

-¿Qué?

Que me acompañes a celebrar mi suerte.

-¿Adónde? Por ahí. No lo sé.

-Antes debo repartir esto.

(NARRA) El general Picasso había terminado su informe

sobre el desastre de Melilla dos años antes.

Estaba en manos del Parlamento,

pero ningún gobierno se atrevía a plantear

la cuestión ante las Cortes,

a pesar de que la oposición pedía con insistencia

que se abriera un debate público.

Todos esperábamos que pasara algo, algo grande.

Una insurrección militar.

Un levantamiento de los socialistas o de los anarquistas.

Algo que no acaba de ocurrir

y que creaba una situación angustiosa.

Así llegó la noche del 12 de septiembre de 1923.

Gritos en la calle.

Llaman a la puerta.

¿Qué pasa? -Está todo el mundo en la calle.

Un militar se ha levantado contra el gobierno.

¿Quién se lo ha contado? -Es de lo único que se habla.

Estaba en el café y subí pensando

que a usted le gustaría saberlo.

Llame a la redacción de "El liberal"

y pregunte por Cabanillas.

-No logro comunicar.

Vamos abajo. Deprisa. Nos enteraremos de todo.

-Parece que el general Primo quiere colaborar

con todo el mundo, incluido los socialistas.

Ha invitado a Largo Caballero y a otros compañeros más

a que le sometan el problema obrero.

Y los pistoleros de Barcelona ya no están tan flamencos.

Ha dicho que se pegan cuatro tiros al primero que se desmande.

¿Y Marruecos? -No sé muy bien

lo que piensa de Marruecos. Solo lo que dice la prensa.

¿A ti te gusta?

-Si te digo la verdad, sí.

Tiene cojones y buen humor.

-Brutalmente asesinado. -¡Coño!

-Gracias, señor. Violencia, robo y asesinato

en el tren Madrid-Sevilla. Gracias, señor.

Gracias. Atraco y asesinato

en el tren de Andalucía.

-¿Arturo Barea? Sí.

-Soy el padre de Aurelia.

Le he estado buscando.

Pregunté en la oficina y en varios lugares.

¿Qué ocurre? -No, nada.

Yo quería decirle algo con respecto a mi hija.

Me urge mucho hacerlo.

Dígalo.

-¿Usted quiere a Aurelia?

Estoy empezando a quererla.

Puede ser. Esas cosas... -Solo quiero confiarle mi parecer.

Ya sé que usted no me ha preguntado,

pero yo se lo digo.

No le haga perder el tiempo a Aurelia.

Si decide casarse con ella, hágalo.

Tendrá mi aprobación.

Pero si no es esa su intención, déjela tranquila, que sea libre.

Eso es lo que le quería decir.

Conozco a Aurelia hace unos meses

y hemos salido juntos... -Unos cuantos días. Ya lo sé.

Le dije lo que tenía que decirle.

-El compuesto. Aquí radica el quid.

Porque cuando a consecuencia de una mala combustión

se produce un exceso de anhídrido carbónico,

el compuesto, al tener contacto con ese exceso, se dilata.

Y al hacerlo, comprime el aire del interior del tubo,

el cual presiona el mecanismo de la sirena.

Y ya tenemos la alarma en funcionamiento.

Teóricamente, es impecable.

Lástima que no disponga de los mil duros

que costaría el fabricar un prototipo,

porque, entonces, usted podría comprobar

que también lo es en la práctica.

Ya.

¿Por qué no trata de conseguir un crédito y lo intenta?

-Me conocen en todos los bancos de Madrid, señor mío.

Y en ninguno quieren verme.

Me tienen por un chiflado iluso

y ni siquiera me escuchan.

No saben, ni quieren saberlo, que con mi invento

se podrían salvar docenas de vidas humanas todos los inviernos.

-De modos que ese chalado pretende haber inventado

una alarma que funciona cuando la combustión del brasero

no es la correcta.

Eso es. Una alarma que acabaría

con las intoxicaciones.

Su sirena despertaría

hasta el que se haya quedado como un tronco.

Técnicamente, parece irreprochable.

El anhídrido carbónico dilata la mezcla aquí alojada.

Esto es química y, teóricamente, así debe ser.

Al dilatarse la mezcla, presiona el aire y lo comprime.

Accionada por la presión, esta válvula se abre

y deja pasar el aire y hace funcionar la sirena.

Así de simple.

-¿Y en la práctica? Un prototipo costaría mil duros.

Y esa es una cantidad que ese desdichado

no ha visto en toda su vida.

-¿Y si lo intentáramos nosotros?

Hablaré con él. Se llevará una alegría.

-No me ha entendido usted, Barea.

Ese chalado puede esperar.

Digo, intentarlo nosotros.

No sé adónde quiere usted llegar.

-Voy a ser sincero con usted, Barea.

Muy sincero.

A usted le falta ambición.

No, no, no. No me interrumpa.

Como jefe, uno sueña con alguien como usted a sus órdenes

para dormir tranquilo todas las noches.

Usted se conforma con lo que gana, que no es poco.

Pero que sí lo es cuando los dos sabemos

que con solo mover un dedo,

podría multiplicar sus ingresos por diez.

Usted se conforma con un pasar que no es el que corresponde

ni a su trabajo ni a su inteligencia,

que la tiene, Barea. Y grande.

Y usted lo sabe tan bien como yo.

¿Y a qué le llamo yo un pasar?

Pues a que siga usted viviendo en una buhardilla de Lavapiés

y no en un piso céntrico y decente,

donde pueda usted ordenar sus libros y... ¡qué diablos!,

vivir como se merece.

A que continúe asistiendo a una tertulia

en una taberna de mala muerte,

codeándose con muertos de hambre que no están a su altura

ni nunca lo van a estar. Ya acabo, Barea.

Y podrá usted desahogarse.

¿Pero no ha pensado nunca que esa vida que usted sigue

puede obedecer a que en el fondo de sí mismo

necesita sentirse superior?

Pasodoble "El gato montés".

(NARRA) Mi relación con Aurelia continuaba a pesar de su padre

y de los consejos que todos se encontraban

con la obligación de darme.

Puede ser que esa actitud contraria me acercara más a ella.

Un día le dije que nos íbamos a casar y me casé.

Al cabo de unos pocos meses

había fracasado completamente en mi matrimonio.

Traté de no exigir de mi mujer más de lo que ella podía dar.

Tratamos de entendernos,

de convivir, pero no lo logramos.

Fuimos deshaciéndonos poco a poco.

No había solución.

Llegamos al vacío absoluto.

Yo volví a mis lugares habituales,

tratando de incorporarme de nuevo a la sociedad.

No quería convertirme en un solitario aburrido.

-Usted deme una buena mesa de nogal macizo

y no esas porquerías de pino sin labrar.

Y deme un aprendiz que haya echado dos años

en aprender a lijar y barnizar.

Y tiempo. Deme tiempo.

Y eso es arte. Arte puro.

Las máquinas hacen lo mismo.

Pero sierran, lijan y barnizan, pero sin hacerlo de verdad.

Chapuceando. Engañando.

-Pero, don Paco, eso es progreso.

Usted que habla de socialismo y de progreso social...

-¿Qué tendrá que ver el socialismo con las máquinas, muchacho?

Cóbrate también lo de ellos. -¿No te unes?

Me tomo la copa y me voy. Tengo un poco de prisa.

-Siempre la prisa.

-Te dejaremos de ver muy pronto.

¿Por qué estás tan seguro?

-Porque ya eres un burgués.

Vistes, calzas, gastas dinero...

Te has vendido por el plato de lentejas.

Ahora no te falta más que engordar,

comprarte una sortija con un diamante

e ir a misa a los jesuitas.

Ya hemos visto muchos como tú.

Campanas.

Buenas noches.

Bullicio.

-¿Qué tal, don Arturo? Muy bien.

-Tenemos una buena juerga en el reservado.

¿Sabe usted quién está? Pues no.

-Don Miguelito. ¿Don Miguelito?

-El mismísimo general Primo de Rivera.

Ahí le tiene usted, con la Caoba y unos cantaores.

Por eso está aquí la secreta.

Toma, Andrés.

¿Le gustaría verle de cerca? Hombre...

-Venga. Yo le paso.

Venga. Si es la mar de campechano. Venga, venga.

¿Da usted su permiso, mi general? -Adelante.

-Aquí le traigo a un viejo amigo que quería conocerle, mi general.

-Que pase. Que pase.

Tome usted algo. ¿Le gusta la manzanilla?

Sí, mi general. Me aficioné a ella en Ceuta.

-Ha estado usted en Ceuta. Sí, mi general. De sargento.

-¿Y hace mucho que se licenció? Poco más de un año, mi general.

-¿Qué opina usted de Marruecos?

Es muy difícil.

Yo no me quejo. A mí no me fue mal.

Otros lo han pasado peor que yo.

-No es eso lo que yo le he preguntado.

¿Debemos abandonarlo o no?

Eso es demasiado, mi general.

-Aún así, quiero saber qué es lo que piensa usted.

Dígalo. Dígalo con toda franqueza.

Pues, la verdad, mi general,

he visto mucha miseria

y muchas cosas peores que la miseria.

Marruecos no es más que un matadero

y hay que abandonarlo.

-El general Primo de Rivera cree lo mismo, muchacho.

Y si puede, lo hará.

Y podrá aunque el Diablo se empeñe en lo contrario.

¿Manda vuecencia alguna otra cosa, mi general?

-Nada, muchacho. Muchas gracias.

(TOCA LA GUITARRA)

Yo os digo que de los generales nunca sale nada bueno.

Si al menos terminara la guerra...

¿Cómo va a querer un general terminar guerras?

-Creo que puede ser decente y pensar así.

Que hay que acabar con la sangría de Marruecos,

pero no tiene idea de lo que es gobernar un país.

Dará monopolios y hará favores a sus amigos.

Pero nada nuevo. Nada que nos lleve hacia adelante.

¿Qué piensas? ¿De eso?

Lo normal.

Lo que pensaría cualquiera de mi condición.

-¿Cuál es tu condición?

¿También tú? -¿También yo, qué?

Nada, nada.

Arturo. Dime, madre.

No te va muy bien, ¿verdad? Gano dinero.

Me refiero a tu casa. A tu mujer.

No. No vamos bien.

La culpa es mía, supongo.

Intenta arreglarlo.

Lo intentaré. Estate tranquila.

Bullicio.

Eh.

-De Marruecos se dice que nos vamos de veras.

-Pues sí, señor. Nos vamos.

Y los militares se buscarán la vida por otro lado.

-Ya me parecía a mí que lo mejor era callarme.

Manolo. -Hable. Hable usted.

Que oigamos lo que tiene que decir. Lo mismo.

-Lo que se ha hecho con nosotros, ha sido una canallada.

No hay derecho a abandonar Marruecos.

-La solución la tiene don Miguel Primo de Rivera.

-Han dejado que maten a miles de los nuestros.

Nada más que porque los políticos

creen que sería muy cómodo abandonarlo.

Pero el Ejército tiene su honor.

-Yo lo que creo, es que es cuestión de intereses.

Todos, menos la vida de nuestros hijos.

Porque los hijos de los que se benefician

de la guerra, esos no conocen África ni en el mapa.

-¡Eso es subversión y hablar por hablar!

¿Así que cree que hay que entregar

lo que costó tanta sangre de buenos españoles?

-Lo que yo digo es que es cuestión de intereses.

-Primo de Rivera hará lo que quiera,

pero él no es el Ejército.

No representa al Ejército. Por lo menos, a todos el Ejército.

-¿Qué quiere usted decir?

-¿Qué es eso de limpiarnos el culo con los tratados?

El Ejército de verdad. ¡Eso!

-Usted es un golpista. -¡Y usted un idiota!

-¡Señoritos de mierda! ¡Viva la república!

(GRITAN A LA VEZ) ¡Viva! ¡Viva la república!

-¡Policía! ¡Policía!

¡Policía!

Silbatos.

-¡Venceremos a todos! ¡Venceremos!

  • Capítulo 4

La forja de un rebelde - Capítulo 4

06 jul 2017

Año 1922. Arturo vuelve a Marruecos. Es destinado a unas oficinas de Ceuta, donde conoce los recursos de los mandos para desviar a sus bolsillos el dinero de la administración. Conoce a Chuchín, empleada en uno de los hoteles de la ciudad, y es llamado al orden, no porque conviva con ella, sino porque no lo oculta. Decide no seguir en el Ejército y volver a Madrid.

Histórico de emisiones:
20/04/1990
25/02/2009
05/08/2012
24/08/2014

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