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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 997 - ver ahora
Transcripción completa

¡Alto! ¡Alto!

¡Alto o disparo! -¡Ayuda!

-¡Dios mío!

-¡Vamos!

No tenemos perdón de Dios.

-Nadie supondría que le iban a disparar.

-A otro perro con ese hueso. Genoveva le dijo a Agustina

que si no les dejaban ir, les matarían.

Y lo han "matao".

Lo voy a dejar ahí por si lo reclaman.

-Beba, Agustina, beba.

¿Mañana?

-Sí, mañana tu madre volverá a brillar y a dejar España embobada.

Quiere que compartas cartel con la Dama.

-Nunca. -Jamás.

-Muy bien dicho. Como se nota que me conoces mejor que ese malaje.

¿Compartir yo cartel?, antes muerta.

Esa bala terminará con su vida, es cuestión de horas.

-Lo siento.

Y también lo sienten los vecinos de Acacias.

-Querrían mostrarle su pena, pero no se atreven,...

porque saben que lo hicieron mal.

-No necesito ni su pena ni su compasión.

Han encontrado unos maletines por la ciudad

con bombas dentro.

No quiero, Canelita,...

no quiero actuar delante del público. No tengo cara.

-¿Por qué?

Si todo el mundo dice que usted es el mejor guitarrista de Bella.

-No te voy a decir que hiciera mal el papel, no,

pero es lo que era, un papel,

como un actor.

Yo nunca he sido guitarrista de vocación, lo mío era la juerga.

Don Ramón.

Gracias.

¿No ve que con datos más fiables podría protegerla a usted?

Identifíquelos, señora.

-Fueron unos asaltantes.

¿Y cuánto le queda?

Con suerte, días.

Juntando su público con las masas

que atraerá el nombre de Bella del Campo,

tendremos multitud.

Y multitud,

en este negocio, como sabe usted, significa parné.

Chist... Te quiero, mi amor.

(LLORA)

Adiós, Genoveva.

(LLORA)

Pulmones.

No lo entiendo.

¿Tan grave es?

Ni los propios médicos entendemos la enfermedad,

aunque la conocemos desde el principio de los tiempos,

lo llamamos cáncer.

Ah. ¿Y no tiene cura?

Quizá en el futuro, pero...

ahora miso sabemos poco más de lo que ya sabía Hipócrates

en el siglo VI a. C.. Fue en el que se refirió

a la dolencia como cartinus,

el mismo nombre por el que nos referimos ahora a ella.

No puede ser que no haya ninguna esperanza.

Ninguna, excepto un milagro.

En los años que llevo en mi profesión, no he asistido a uno.

Le digo lo mismo que ya le dije a Lucía

hace semanas cuando la examiné.

¿Y le dijo claramente que podía morir?

Ella me pidió que fuera sincero en darle el diagnóstico

y al hablarle de las opciones que se abrían ante ella.

¿Y su esposo también lo sabía?

No. Doña Lucía me informó que nadie fuera informado,

ni siquiera don Eduardo.

Yo no estaría hablando de esto si ella no me hubiera dado permiso.

¿Va a morir?

Desgraciadamente, sí.

El momento en que esto ocurrirá, está muy cercano.

Es tan cruel...

Usted ya lo sabe, la vida es un baño de lágrimas.

No se niegue a ver la verdad,

solo le servirá para no despedirse adecuadamente de ella.

Es lo mismo que le dije a su otro pariente.

¿A quién?

A don Felipe Alvarez-Hermoso,

la otra persona a quien doña Lucía me pidió que le desvelara la verdad.

¿Nadie más? Nadie.

¿Cuándo podré hablar con ella?

Ahora está en una sala de cuidados. Cuando se pueda,

se lo comunicaré. De momento, espere.

(LLORA)

(Sintonía de "Acacias 38")

¿No le ha gustado su plato?

¿Le traemos otra cosa? -No, gracias.

Está todo buenísimo,

solo que no tengo mucho apetito.

He querido forzarme antes de subir a comer a casa, pero...

no tengo ánimo.

-No está en la carta, pero si quiere que le hagamos

una tortilla a la francesa, se la hacemos.

Una tortilla siempre entra.

-Gracias. -¿Y un postre?

-La cuenta.

-Ahora mismo.

No sabía que eras tan obsesivo. -Yo podría habértelo dicho.

Tu sobrino, a veces es como el tonto del refrán,

la linde se acaba y el tonto sigue.

-A mí me queda claro que usted no tiene responsabilidad alguna

sobre lo ocurrido con don Samuel. Conozco sus opiniones.

Pero la que cuenta es la que llega desde mi conciencia.

Y puedo ser responsable de la muerte de un hombre.

Tenía que haberle ayudado.

-(RESOPLA)

-Pero, Liberto, no estamos seguros de que Samuel haya muerto.

-Poco puede esperarse de su estado.

-Cariño, nadie muere hasta que Dios no lo decide.

-Cierto. Dios solo tiene la última palabra.

¿Es don Felipe el que está pagando?

-Sí.

-Lo mismo sabe algo de Lucía, ¿le preguntamos?

-Don Felipe,

disculpe que le interrumpamos.

-No se preocupe.

Son ustedes bienvenidos.

-Queríamos preguntarle por Lucía.

-Sigue ingresada y con muy malas perspectivas.

-No entiendo.

¿Qué ocurre?

-Su pronóstico es fatal.

A Lucía le quedan unos días de vida.

-Quizás horas.

-Ay.

Ay, Dios mío.

-Susana, Susana. -Tía, tía, siéntese.

Tenga. -Cuidado.

-Hora mismo traigo unas sales y un vaso de agua.

(LLORA)

Señor,...

sé que nada te puedo pedir.

Te prometí dedicar mi vida

como sacerdote...

y no cumplí la promesa.

Y desde entonces, todo ha sido sufrimiento.

Por eso me atrevo.

Salva a Lucía, por favor.

Y no te lo pido por mí,

lo hago por Mateo.

Ese niño necesita a su madre.

Ayúdala.

Don Telmo,...

¿ya le ha informado el doctor?

Sí.

¿Sabía usted de la gravedad de su dolencia?

Sí.

Pero Lucía me hizo jurar que no le diría nada.

Por eso su insistencia en que me llevara a Mateo lejos de la ciudad.

Eso era lo que doña Lucía quería.

No puedo concebir que vaya a morir.

Lo siento.

Le aseguro que me cambiaría por ella.

Son tantos aquellos a los que he visto marchar...

Quiero creer que estaré en un sitio mejor, pero...

¿Pero?

Pero ya no me queda nada, ni siquiera fe.

¿Qué va a hacer ahora?

No lo sé.

No puedo pensar con claridad.

Tengo que ver a Lucía.

El médico me ha dicho que la traerán cuando puedan.

¿Dónde está Mateo?

En casa.

No sabe nada, y está muy afectado por la muerte de su padre.

Su padre soy yo.

Tiene razón.

Por la muerte de don Eduardo.

Mateo le necesita, no tiene a nadie en el mundo.

(SUSPIRA) -Debería haberte un médico, tía.

No exageres.

Solo me ha impresionado saber de la enfermedad de lucía.

-Mejor haga caso, busque ayuda médica.

-Eso. En este barrio, ya no guardamos para sustos.

-No me mareéis, que estoy perfecta.

-Aunque esté perfecta, le vamos a traer una tila.

Emilio, hijo. -Voy, madre.

-Tenemos que intentar visitar a Lucía.

-Sí, antes de... -Rosina, por favor.

Pero es que es verdad, Liberto.

Si el diagnóstico es tan malo,

tendríamos que ir antes de que deje este mundo.

-¿Cree que nos dejarán ir a visitarla hoy mismo, don Felipe?

-Mejor pospóngalo para mañana.

Hoy no van a dejar que nadie la vea.

-¿Y de Samuel?

¿Le han dicho algo en el hospital? -He preguntado.

Es un caso que está llevando la policía.

Solo van a informar a los familiares.

-Entonces, la única que sabrá algo es Genoveva.

-Allí viene.

-Samuel Alday ha muerto.

-(SUSPIRA)

Don Samuel, muerto.

-Ay, no hace ni una hora que llegó la noticia.

Si es que no somos "na", señor.

-Y que lo digas, Fabiana.

No sé qué ha hecho este barrio

para merecer con tanta fuerza la cólera del destino.

-Ay, señor, en "toas" partes cuecen habas.

-Tiene razón, Fabiana.

Lo que ocurre es que a veces nos duele más

lo que tenemos más cerca.

¿Se sabe algo de Lucía?

-Pues también malas noticias.

Que lo que tiene es grave.

Lo que no sé es cuál es la enfermedad.

Yo solo lo sé por oídas.

-Dios mío.

-Vaya caras.

Veo que ya ha llegado la noticia.

-¿Sabes algo de Lucía?

-No.

Y tampoco me ha parecido apropiado ir a preguntarle a Felipe.

-Sí, lo mejor será que esperemos hasta mañana.

Las malas noticias tienen las piernas muy veloces

y, aunque intentes huir de ellas, siempre te alcanzan.

-Cierto.

¿Por qué no se viene a cenar esta noche con Lolita y conmigo?

Ha preparado ternera rellena, que sé que le apasiona.

-Me da vergüenza, hijo.

Como si en este barrio hubiera algo que celebrar.

-Podemos celebrar que estamos vivos, padre.

A lo mejor mañana ya es tarde.

-Ay, hágale caso a su hijo, don Ramón.

Tiene más razón que un santo.

-Anímese.

-Está bien, me has convencido.

Pero antes quiero consultaros una cosa a los dos.

¿Os parece oportuno seguir adelante con la misa de Celia y Trini?

-¿Y por qué no?

-Por qué las campanas de la iglesia

van a estar doblando a muerto cada día.

-Bueno, lo pensaremos tranquilamente.

-¿Y tú, Fabiana, qué opinas?

-Pues que eso no tiene respuesta ni preguntándoselo a la almohada.

Y yo... hablar por hablar, pues para eso mejor me callo.

Oye, ¿que andas comiendo eso? La cena está ya casi lista.

-Son los nervios, no puedo parar de comer.

-¿A que sí puedes? He hecho tortilla de bacalao.

-Me encanta.

-Ya lo sé yo.

Por eso la he "preparao".

A ver si tenemos la última cena en paz en esta casa, chica.

-Tata, tienes que ayudarme.

Bella del Campo y la Dama del Misterio

no pueden coincidir en el escenario.

-Ni la Virgen de Begoña puedo impedir eso, cariño.

Fíjate, me estás recordando a una cosa que pasó hace muchos años

en un campeonato de levantamiento de piedra, de "harrijasoketa",

pues coincidieron Ignasi y Polentxi Gurrutxaga Larrañaga,

que eran hermanos de padre,

pero no de madre, ¿eh? Enemigos de siempre.

-¿Y qué pasó? -¿Qué pasó?

Que acabaron tirándose las piedras el uno al otro.

-Bueno, mal que mi madre y yo

solo nos podemos tirar las castañuelas.

-¿Se mataron? -No.

Gracias a Dios, no pasó nada, eran fuertes como bueyes,

pero tenían muy mal tío.

-Tata, no me estás ayudando nada.

Mi madre, donde pone el ojo, pone la bala, o la castañuela.

-Con la verdad por delante bien lejos se llega.

-Solo se me ocurre una idea.

-¿Cuál?

-Ya he decidido qué vestido usar.

Se va a enterar esa Dama del Misterio

de lo que es una mujer intrigante.

¿Qué os parece? -Bueno, le queda que ni pintado.

Guapísima.

-Y, así, de primera canción, no sé si cantar la de la edad...

(ENTONA)

O la del dolorcito.

Que la gente todavía se acuerda. -¡Hombre!

¡Como "pa" olvidarla!

(ACENTO ANDALUZ) "Un dolorsito continuo

tengo en el lao derecho;

son gorpes del corazón, que me están partiendo el pecho".

-¡Ole! Hasta tú, que eres vasca, sin gracia flamenca ninguna,

la borda. -Vaya.

Hombre, será porque la he escuchado unas 3000 veces.

Y las 3000 he aplaudido a rabiar.

¿Y qué irá a cantar la Dama del Misterio, chica?

-"Una vez estuve preso. A verme tú no venías".

"Yo comía de mis carnes y de mi sangre bebía".

-Esa la cantaba el gran Balmaseda.

¿Cómo sabes que la va a cantar la Dama?

-Ah, no, no lo sé. Lo imagino por lo que ponen en las revistas.

-Bueno, eso lo veremos.

Si no se me adelanta ella,

la canto yo. Así se queda sin repertorio.

(AMBAS RÍEN)

-Cinta, cariño mío, ¿no me has dicho que tenías que estudiar?

La cena está casi lista. Venga, hala, "pa" el cuarto.

-Sí, sí, me voy ya. -Anda.

(SUSPIRA)

No sé si mi marido estará a la altura con la guitarra.

Yo no lo veo ensayar.

-Señora, usted ya sabe que de esas cosas no entiendo.

No tengo oído, que me lo dice siempre.

-Nunca fue buen músico.

Le contraté porque era muy guapo y muy pinturero.

Las mujeres se quedaban muditas

cuando subía al escenario con su figura y su garbo.

A ver, yo no le digo que aún no esté juncoso y atractivo,

Pero, claro, el público

no le va a querer solo por su donosura.

Pues dígaselo, señora, que ensayé.

-Ay, si a mí me dicen que no sirvo para mi arte, me muero.

¿Cómo le digo yo...?

"Amor, dulzura, que, en vez de dedos,

parece que tienes chocos rebozados".

-Jesús.

-No sé cómo se lo iba a tomar.

Aquí tienen su café.

Buenos días. Qué madrugadora está usted hoy.

¿No quiere un café y un trozo de tarta

para empezar bien el día? -No.

Lo que necesito para empezar bien el día

es que salga el sol.

-De eso tiene todo el que quiera, hoy va a hacer calor.

-Lo de la tarta, otra vez será. -O no.

Que no hay quien se la quite de encima.

Está de moda estar delgada.

-Está de moda ser como usted, que no la hay más moderna.

-Ensaye los piropos, que cada vez me sorprenden menos.

-Con Dios.

-Buenos días, don Hipólito.

-Buenos días.

La Dama del Misterio en carne y hueso.

-Cuidado, que le van a oír.

(SUSPIRA) Una joven con tu arte no se lo debería ocultar al mundo.

Esta noche, entre Bellita del Campo y tú

va a venirse abajo el Cafetín del Duende.

-De eso mismo le quería hablar.

No voy a poder actuar.

-¿Qué? Eso es imposible.

-Mi querida abuelita ha fallecido esta noche.

-Lo siento,

y le mandaré la corona de flores más grande que se fabrica,

pero las entradas están vendidas y no podemos suspender.

-Don Hipólito, la gente

estará encantada de escuchar a Bella del Campo.

-La gente va a ver

cómo la savia nueva mezcla con el pasado.

No.

Es imposible suspender la actuación.

-¿No entiende el dolor por mi abuelita?

-Entiendo que las grandes artistas se sobreponen a las desgracias

y cantan delante de su público con una sonrisa esplendorosa.

Pues yo no voy a actuar.

Si no actúa usted,

no volverá a hacerlo nunca en su vida.

Me encargaré de acabar con su carrera

y de que nunca más vuelve a actuar ante el público.

Y le advierto, no es la primera vez que lo hago.

-Usted verá, pero le espero a su hora.

Buenos días.

-¿Va todo bien?

-Nada va bien.

Pero al mal tiempo, buena cara.

(LLORA)

-Disculpe, señora.

Voy a hacer café.

Supongo que los vecinos vendrán a ver a don Samuel.

Y también los criados.

A ellos les serviré achicoria. -No.

No quiero a nadie en esta casa.

-¿Cómo?

-Lo que he dicho.

Seré la única que vele el cadáver de mi esposo.

No quiero abrazos hipócritas.

-Pero, señora, la tradición man...

-La tradición y la ley de Dios manda que el hombre ayude a su prójimo,

y a mi esposo nadie le ayudó.

Deje un cartel en la portería que agradezca las condolencias

pero que pida que nadie acuda a este hogar.

-Como usted mande.

-Quiero estar a solas con mi esposo.

El único hombre que me amó y el único hombre al que amé.

Pasar con él sus últimos momentos antes de recibir sepultura,

juntos y unidos,

como estuvimos en vida desde el primer día que nos conocimos.

-Avisaré al portero.

Me encargaré de que los vecinos conozcan su deseo.

Aunque quizás,

quieran venir de todas formas.

No abriré la puerta, tendrían que tirarla abajo.

-Yo misma les diré que no son bienvenidos.

Me quedaré cerca para cualquier deseo que usted tenga.

-Le he dicho que quiero estar sola.

Y eso la incluye.

La quiero fuera de esta casa.

-Así será.

¿Quiere que me vaya ya? -Lo antes posible.

-Con su permiso.

Samuel, mi amor.

Estoy aquí, estoy a tu lado ahora y siempre, te lo juro.

(LLORA)

(LLORA)

No.

Don Telmo.

Las señoras del barrio vienen a visitar a doña Lucía.

No sé si Úrsula les ha informado que está en la sala de cuidados.

Eso nos decía.

¿Se sabe algo nuevo?

Supongo que ya conocen el diagnóstico.

Nos han dicho que está grave.

Sí, así es. -Por eso queríamos venir.

Doña Rosina se ha quedado en casa con su esposo,

está muy afectado por la muerte de Samuel.

Parece que las malas noticias se sobreponen unas a otras

para poner a nuestros corazones en un continuo aprieto.

Pobre Samuel.

Parecía haber encontrado la dicha.

Como la habría encontrado Lucía... -Bueno,

no vamos a pensar que lo que digan los médicos es la ley de Dios.

No hay enfermedad que no se pueda vencer con la oración.

Sí, tiene usted razón.

Pero ya conoce el viejo refrán:

"A Dios rogando y con el mazo dando".

Buenas son las oraciones, pero sin medicamentos,...

tienen difícil hacer efecto.

¿Dónde quedó su fe de sacerdote?

En el pasado.

Hacía tantos años que no recuerdo esa etapa de mi vida...

Lo siento mucho por usted.

Propongo que todas recemos un rosario por la curación de Lucía.

Es una idea magnífica, doña Susana, pero...

tal vez sea mejor que lo hagan en la iglesia del barrio.

-Estoy de acuerdo.

-Y yo.

La iglesia a la que siempre acudió Lucía

y a la que si nuestras peticiones al Señor son escuchadas,

debe volver.

-Mejor aquí, así esperamos a que la traigan los médicos.

Le agradezco su intención,

pero aquí solo pueden estar los allegados más íntimos.

Pues no sé qué hace usted aquí.

No me consta que sea nada de ella.

Entiéndalo, doña Susana, son órdenes de los médicos.

-Vámonos.

-En la iglesia de los milagros se nos unirán más vecinas

que no han podido venir. Vamos.

No sé dónde está Casilda, la tendré que despedir.

-No digas eso.

-Ya sabes lo alterado que está el barrio con tantas malas noticias.

Cuando no son por las malas, son por las buenas, o por las regulares.

Cuando toco el timbre, Casilda nunca está.

-No se queje usted, doña Rosina.

Casilda forma parte de este barrio.

Yo ya la considero más como una amiga, que como parte del servicio.

-¿Sí? ¿No me diga que se está convirtiendo

en uno de esos radicales

que dicen que todos somos iguales sin importar la cuna?

-No es solo eso,

es también agradecer el sacrificio de esas mujeres

que siempre están con nosotros a las duras y a las maduras

y que siempre nos acompañan en nuestras penas

y en nuestras alegrías.

-Qué fácil es decir eso cuando somos nosotras las que lidiamos con ellas.

En fin, les dejo solos, queda en su casa.

-Rosina siempre será la misma. -No se crea, don Ramón.

Adora a Casilda. Es más, le considera tan hija como a Leonor.

Pero está criada en una época en la que eso no se podía decir.

-No podemos seguir separados por las clases sociales.

-Me temo que eso va a costar tiempo conseguirlo, don Ramón.

-Bueno, para todo viaje siempre hace falta dar el primer paso.

-Eso también es cierto.

Cuénteme, ¿a qué debo tan grata visita?

-Verá, venía a pedirle un consejo.

-Si está en mano, claro.

Sigo considerándole a usted una de las personas más clarividentes

que conozco, y dudo mucho que mi consejo esté a la altura.

-A mí no me cabe la menor duda.

Ya sabe que tenía pensado hacer una misa en homenaje a Celia y a Trini,

pero dado los últimos acontecimientos,

no sé si será muy oportuno.

-Categóricamente sí.

-Hay gente que no va a considerar digno que yo sea el convocante.

-Allá ellos.

-Hay muchas personas que le consideran a usted,

pese a las evidencias en contra,

el responsable de la muerte de Celia,

y yo, por mi parte, puedo ser el responsable indirecto

de la muerte de Samuel, pero como dice la Biblia:

"Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra".

-Uno más de los consejos de la Biblia que nunca seguimos.

-Todo aquel que no quiera asistir a esa misa, no estará a la altura

de Dios ni de la iglesia.

Yo,... por mi parte, acudiré para limpiar mis pecados.

-No sé cómo puede considerarse responsable de la muerte de Samuel.

-Si le hubiera prestado el dinero cuando me lo pidió desesperado...

-Liberto,

Samuel murió por sus decisiones, no por las de otros.

No se puede sentir responsable de lo que usted no fue más que un testigo.

-Es imposible pensar eso cuando se trata de la muerte de un amigo.

Lucía.

Ya me ocupo yo, gracias.

Pensé que no iba a volver a verte.

No, no digas eso.

¿Cómo estás?

Mal. Mal, estoy mal.

¿No te ha informado el médico?

Sí, pero... lo he estado pensando, iremos a otro médico,

al mejor hospital del mundo.

Seguro que hay algo más que se pueda hacer.

No, Telmo, no hay nada. Sí.

Ayúdame.

Lucía...

no nos podemos rendir. Telmo, la batalla está perdida.

No. Asumámoslo.

Ahora lo único que quiero es descansar

y estar el tiempo que me queda contigo y con Mateo.

Buscaremos soluciones, lucharemos,

pero por favor... no te vayas.

Solo voy a pedirte una cosa: no me hagas sentir que tú y Mateo

no vais a salir adelante, porque no podría morir en paz.

Sécate las lágrimas

y sonríe.

Por favor.

Que aunque yo me muera, estamos unidos.

No te mueras.

Telmo, he estado pensando mucho,

quiero que enseñes muchas cosas a Mateo.

Quiero que sea una buena persona,...

que respete a los demás,...

sobre todo a las mujeres.

Quiero que me recuerde con alegría,

aunque muchas veces no haya sabido protegerle de Eduardo.

Sin ti estoy vacío.

No sabré hacerlo. No, Telmo,

tú eres la mejor persona que conozco,

nadie mejor que tú para educarle.

Estoy tan cansada, Telmo.

-¿Fabiana?

¡Fabiana!

Tiene que bajar a la pensión a preparar habitaciones,

que tenemos huéspedes nuevos. -Ya va, ya va, que he "subío"

a por sábanas, nada más. -Bueno.

¿Qué hace eso ahí?

-¿El qué? -Eso, ese maletín bomba.

-¿Maletín bomba?

Pero ¿de dónde ha "sacao" esa idea tan peregrina?

-La ciudad está repleta de ellos, lo...

lo pone en los periódicos. -¿Está seguro?

-Segurísimo, como que estoy ahora mismo yo aquí.

Hay que avisar a la policía. -A ver.

-¡No, no, no, no, no! No, no, no haga eso.

-Servando, pero si esto parece un maletín normal y corriente.

-Que no, que no, no lo toque. ¿Se ha vuelto usted loca?

¡No lo toque! ¡Dios!

-Pero si esto no hace nada, hombre.

-Que no, ¿qué quiere, que explote? No, hay que avisar a los vecinos,

vaciar el edificio y avisar a la policía si puede hacerse cargo.

-Ay, Servando, esto es un maletín normal

y corriente.

-Fabiana, no vuelva a tocarlo, que somos muy jóvenes para morir.

-Ay, a las buenas. -¡No entre, Jacinto!

-¿Qué pasa? Mire, es que no sé quién lo ha "dejao" en el medio,

al final se perderá. -¡No, no, no!

A ver, con tranquilidad. Tranquilo, tranquilo,

baje muy despacio,

muy despacio, despacio,

a ver si va a explotar.

-Pero ¿cómo va a explotar esto? Menuda "bobá", explotar esto.

Ay. El cencerro de mi oveja Lucera.

Mi favorito.

-¿Una bomba? -Si yo ya sabía que era un cencerro,

que... -Mire, mire.

(Sonido de cencerro)

Mejor que una orquesta.

Voy a enseñárselo a la Marcelina.

¡Yepayaaa!

(RÍE)

-¿Cencerro? ¿Cencerro? Usted sí que es un cencerro.

(RÍE)

-Ay, Dios.

-Ya le he dicho a Pastrana que no voy a actuar.

-¿Y? ¿Cómo se lo ha "tomao"?

-Fatal.

Me ha dicho que no voy a volver a subir a un escenario.

-Por la Virgen de Arantxasu.

-Creo que lo ha dicho por amenazarme, no creo que lo cumpla.

-¿Y si lo cumple?

-Ay, no me hagas tener más dudas de las que ya tengo.

-Chist.

-¿Sabéis qué? La Dama del Misterio esa no va a cantar esta tarde.

-Uy. -No se atreve a medirse conmigo.

Hace bien, la iba a dejar a la altura del betún.

-Pues es una pena, esa muchacha es la nueva sensación

de la canción española y mucha gente quiere verla.

-Como si no me bastara yo y me sobrase para llenar un cafetín.

-Diga que sí, que la Dama del Misterio tiene que aprender mucho.

¿Y sabe ya qué canción va a cantar?

-Canto sola, así que tendré que cantar unas cuantas, de canciones.

Depende de las que se sepa tu padre.

-¿Quién, yo? -A ver.

-Yo,... hombre...

Saberme, saberme, saberme...

No sé yo si después de tantos años seré capaz de estar a la altura,

cariño mío.

-José Miguel, eso no puede ser, que es mi vuelta.

-No es que yo sepa mucho de esto, pero tengo oído

que en esos cafetines tienen guitarristas en nómina.

-Sí, los del Cafetín del Duende, que son los acompañantes

de la Dama del Misterio, son muy buenos, ¿eh?

-¿Y tú cómo lo sabes? -Lo imagino,

solo lo imagino.

-Si no te importa, cariño mío,

a mí me gustaría que te acompañaran ellos,

así puedo disfrutar yo otra vez de tu voz,

sin ocupaciones ni nada de nada, que necesito las dos manos

para aplaudirte a rabiar.

-Ay, mi José Miguel de mi alma, pero ¿merezco yo esta dicha del cielo?

¿Acaso a la Virgen María la quiso tanto su Jose?

Lo que quiero decir

es que me gustaría que me acompañaras,

pero que verte entre el público también me va a gustar.

-Hala, "arreglao". ¿Hay que invitar a alguien del barrio?

-No sé yo. El barrio está últimamente que...

Don Eduardo y don Samuel, muertos;

y doña Lucía, en las últimas, la pobrecita.

-Pero la gente

se pirra por verme actuar. -La próxima vez.

-Bueno, de acuerdo.

Hoy en familia, nosotros solos.

-Yo no podré ir, porque tengo mucho que estudiar.

-Tú vienes, digo, y no se hable más.

-Calle ya. -Se ha "equivocao", Servando,

no era un maletín bomba, era un maletín cencerro.

-Y a punto ha "estao" mi socio de obligar a todos los vecinos

a salir huyendo del barrio.

-(RÍEN) -Pies "pa" que os quiero.

Habría "estao" gracioso, la verdad.

-La próxima vez no digo nada y que explote.

-El cencerro bomba.

-(RÍE)

-Yo no debería hacer chanza con este asunto,

acuérdense que a mi Martincico lo mataron unos anarquistas.

-Pues sí que es verdad, hija.

Ay, hace ya tanto tiempo, que hasta se me había "olvidao".

-Y a mí también, sí.

-Pues yo me acuerdo de él "toas" las noches.

Han "pasao" ya 10 años desde que murió.

Cómo pasa el tiempo. -Perdón por haberme mofado,

no era mi intención.

-Ah, no, no se preocupe,

"señá" Agustina,

si de estar aquí mi Martincico, también se habría reído.

-Sí. Yo...

Yo lo que no entiendo es cómo ha aparecido el maletín en el altillo

cuando antes estaba en la pensión.

-Lo traje yo, es que me lo dejé allí.

Fui a recogerlo, pero no estaban ustedes, así que lo cogí.

-Pues de la pensión no se coge nada sin permiso.

-"Tie" razón, usted perdone.

-Bueno,...

resuelto el asunto del cencerro bomba,

brindemos, ¿no? -Venga.

-Salud. -Venga, salud.

-Salud. -Salud, salud.

-Vaya, les veo muy contentos y felices.

-¿Y por qué no íbamos a estarlo, Carmen?

Pensábamos que todo esto iba a explotar

y estamos "tos" sanos y salvos.

-¿Porque hay un muerto de cuerpo presente?

-Es verdad. Perdone...

que lo habíamos olvidado.

-Tampoco nos han dejado ir a velarlo.

-¿Sigue la señora Genoveva sin querer que nadie entre en la casa?

-Dice que quiere velarlo sola.

Esa mujer se va a volver loca de dolor.

-Carmen.

¿Está usted segura de que a su señora no le pasa nada más?

-¿No es bastante que se le haya muerto el marido?

-Que lo maten sin saber por qué.

¿Y si era a ella a quien querían darle matarile?

-He sido muy clara, no quiero visitas.

¿Es que mi criada no ha puesto un cartel en la portería?

-Sí, sí lo ha puesto, y disculpe mi insistencia, pero no me gustaría

desaprovechar la oportunidad de despedirme de Samuel.

-Esta despedida de Samuel es para mí.

-Por favor.

-Pase. No se eternice.

-Lo siento mucho, amigo.

-¿No es muy tarde para decir eso?

-Puede ser,...

pero lo cierto es que estoy profundamente afectado

por su muerte,... al igual que muchos vecinos del barrio.

-No voy a decir que no les considere responsables, mentiría.

-En nombre de todos ellos, le pido disculpas.

-Pedidas están, que no aceptadas,

y ahora, si me disculpa, déjeme a solas con mi marido.

-Le aseguro que me arrepiento cada minuto

de no haberle prestado el dinero a Samuel.

-Esa decisión ya no tiene vuelta atrás.

-Si necesita algo...

-Quedarme sola y en paz.

-Como quiera.

-Lo que no me queda claro es por qué ha hecho que le envíen el cencerro.

-Para recordar viejos tiempos.

Es el que llevaba mi oveja favorita, mire.

-Pare ya.

-Es escucharlo y se me alegra el alma.

-No irás a ponerlo en el portal "pa" que la gente llame.

-¿No tienen ellos una campanilla en la recepción de la pensión?

-Sí, pero no compares el "ting"

de un timbre con el "tolón tolón" de un cencerro, hombre.

-Solo espero que los señores se lo prohíban.

Y hablando de señores, me voy a preparar la cena de esta noche

al mío. -Yo también me marcho con usted.

"Aluego" venimos a recoger, "señá" Fabiana.

-Pues hala, se levanta la sesión.

-Quédese, Carmen, haga el favor, que le quiero consultar una receta.

-No hay receta que valga, ¿no? -"Pa" chasco que no,

era una excusa.

¿Qué sabe usted de la misa que está preparando don Ramón?

-Que creo que no voy a ir.

Eso es lo único que tengo que saber, ¿qué pinto yo ahí?

-No sé, es usted la que "tie" que decidir,

pero aunque solo sea por apoyar a don Ramón.

-No, Fabiana.

Él nunca va a olvidar a su esposa, por mucha misa que haga.

Tendría que haber visto a mi señora.

Se le veía el sufrimiento, nunca olvidará a don Samuel,

igual que don Ramón a doña Trini. -Normal.

-Ya, pero yo no quiero estar ahí para verlo.

-Es su decisión.

-Sí, y ya está tomada.

Me he quedado dormida.

Sí. Dos horas.

Y parecía que soñabas con algo agradable.

Sonreías.

Lo sé.

Nunca me acuerdo de mis sueños,...

a lo mejor soñaba contigo, o con una casita frente al mar.

Como la que queríamos tener.

Como la que tienes que comprar para llevar a Mateo.

Le prometiste que iríais los dos a hacer navegar los barcos

frente al mar. No puedes decepcionarle.

No lo haré.

(TOSE)

Telmo.

¿Qué?

¿Estás preparado para tener un hijo?

¿Y qué tengo que hacer?

¿Quererlo? Te aseguro entonces

que no hay nadie más preparado que yo.

Gracias.

No podría haber escogido mejor padre para mi hijo.

¿Y Úrsula?

Está fuera. Dile que entre, por favor.

Úrsula, por favor, pase.

Señora.

¿Quería verme?

Vaya a avisar a Mateo,...

necesito hablar con él.

Siento que queda poco tiempo y...

tengo aún muchas cosas que decirle.

Ahora mismo, señora.

-Vaya, ya está todo recogido.

No parece que nadie entrara aquí a robar ayer.

-Esta mañana lo he "arreglao" "to".

Pobre Samuel.

-Su mujer...

no ha permitido que nadie fuera a visitar el velatorio.

-Ya he visto la nota que ha "dejao" en la portería.

¿Qué va a ser ahora de ella?

-No lo sé, espero que hable con los vecinos del barrio

antes de tomar una decisión,...

quizá mañana, si acude a la misa en honor a Celia y Trini.

-Lo dudo bastante, ella no las conoció.

¿Ha "confirmao" mucha gente su asistencia?

-Sí,...

pero todavía no la persona que más quería que lo hiciera.

-Felipe.

-Me haría tanta ilusión que acudiera.

Sería como el enterramiento del hacha de guerra entre ambos,

un alivio para todos.

-Don Ramón,...

me ha "dao" don Felipe una nota para usted, tenga.

-Gracias, Jacinto. -No, deje,

es un placer hacerle un favor sin que me dé usted nada a cambio.

-¿Y una rodajita del chorizo de Cabrahígo?

-Bueno, eso sí.

(RÍEN)

(SE RELAME)

Con Dios.

(Se cierra la puerta)

-¿La respuesta que esperaba?

-Es la que esperaba,... pero no lo que esperaba.

No va a venir.

-Vaya.

Pues lo siento. ¿Le dice la causa?

-No. No dice nada.

-Al menos le ha "contestao", algo es algo.

-Adiós, Lolita.

-Ay.

-¿Ve usted, don Hipólito?

Parece ser que no estaba tan olvidada como algunos decían.

Es mi Virgen, que me acompaña. -¿Olvidada? Ni mucho menos.

Las grandes artistas nunca pasan de moda.

Soy el primero que quiere ver su actuación, suerte.

-Muchas gracias.

-No se preocupe, que va a salir todo de rechupete, ya lo verá.

-Tu madre puede con todo. -No lo dude.

Arantxa, creo que voy a ir al baño.

-Sí, yo te acompaño, te acompaño un momentito.

-Sí, ahora venimos.

-Señor Domínguez, un éxito, va a ser un éxito,

aunque no haya venido la impresentable

de la Dama del Misterio.

-Se habrá asustado,...

que Bella del Campo es mucha Bella del Campo

para tan poca Dama del Misterio. -Le dejo, que va a empezar.

Quiero presentarla como merece.

-¿Adónde vais con los abanicos? -La moda, padre.

Hay que ver.

-Espero que no tenga nada que ver con la Dama del Misterio.

-Ay. -Padre, pero ¿qué dice?

-El Cafetín del Duende

tiene el honor de presentar

a la inolvidable, la inconfundible,

la gran Bella del Campo.

(Aplausos)

(Silbidos)

-¡Guapa!

¡Bravo!

-Bravo.

¡Viva la madre que te parió!

-Arantxa, que eres vasca. -Bueno, ¿y qué?

-Cuando quieras, maestro.

-(TOCA LA GUITARRA)

-# Morada,...

# déjame pasar que voy,

# al cielo que es mi morada.

# Si quieres saber quién soy,

# soy el lucero del alba

# por donde quiera que voy.

# Si quieres saber quién soy, soy el lucero del alba

# por donde quiera que voy. #

Vámonos, maestro. Ole.

# Provincia...

# con el fandango orgullosa,

# está Huelva con su provincia

# lo mismo que está una rosa

# cuando recibe caricias

# de una mujer cariñosa. #

Ole.

# Lo mismo que está una rosa cuando recibe caricias

# de una mujer cariñosa. #

(Aplausos)

-¡Bravo! -¡Vamos!

-¡Eres la más grande! -¡Bravo!

-La mejor. -¡Guapa!

-Que salga la Dama del Misterio.

Esa sí que tiene arte. -¿Cómo?

-Padre, padre.

Ya está, ya está.

-¡Guapa!

(Música francesa)

Tu música favorita.

Tu bebida favorita.

Tu vestido favorito.

Mi amor, voy a bailar para ti como te gustaba,

pero antes quiero hacer un brindis.

Por el hombre más maravilloso del mundo.

Por el amor que nunca olvidaré.

(LLORA)

Madre, ¿va a morir?

Vamos, Mateo, ¿cómo le preguntas eso?

Claro que no. No, Telmo,...

a Mateo hay que decirle la verdad.

Hijo mío,...

estoy muy enferma...

y creo que me voy a marchar pronto.

¿Al cielo?

Sí,...

pero encontraré una estrella desde la que se te vea bien

y así podré estar contigo.

Así que ya sabes lo que tienes que hacer por las noches:

mirar al cielo y hablar conmigo.

Las estrellas están muy lejos, no podrás escucharme.

Sí.

Sí, tú háblame y yo te escucharé.

Tu padre sabrá en qué estrella estoy.

¿Mi padre?

Hijo,...

hay una cosa que no te he contado antes porque era un secreto,

pero ya no lo es.

¿Quieres saberla?

Sí.

Telmo es tu padre.

¿Mi padre?

Padre.

Hijo mío.

Estoy segura que no va a darte ningún quebradero de cabeza

cuando yo falte. Le criaremos los dos juntos.

Los dos sabemos que eso no va a pasar.

Mi tiempo se termina,... no lo malgastemos en disimulos.

-Esos vienen a por don Samuel.

Dicen que doña Genoveva quiere ir sola al cementerio.

-Don Ramón.

Hemos visto que estaba dentro y hemos pasado a verle.

-¿Qué puedo hacer por ustedes? -"Ya salen, ya salen".

-Dios mío.

-Lo entera que está la señora.

Ni que fuera de mármol,

ni una lagrimica ha "soltao".

-No te engañes, la procesión la lleva por dentro.

De eso no te quepa ni la menor duda.

-"Dejó a todos los asistentes con la boca abierta".

-Bueno, no a todos.

Por lo menos había uno que quería ver a la Dama del Misterio.

Y bien que se le escuchó en toda la sala.

-Ese era un borracho.

-Sea lo que sea,

me amargó una noche que podía haber sido memorable.

-Este documento recoge lo que me pediste.

Solo tienes que firmarlo.

-No permitiré que limpien sus conciencias tan fácilmente.

Te prometo que pagarán por lo que hicieron.

-"He ido a hablar con Hipólito" y después de rogarle,

le he convencido para que me deje actuar.

-Pues no me parece buena noticia.

-No, buena no, es buenísima.

-¿Ha visto usted al comisario Méndez?

No. ¿Por qué tendría que verle?

-"He decidido pedirle" a don Hipólito que me presente

a la Dama del Misterio cuanto antes. -(LAS DOS) ¿Eh?

"Usted y su hijo" son toda mi familia.

Y por eso te pido...

que cuides de ellos.

Haré lo que sea menester para protegerlos.

Tengo que pedirte una cosa más.

-Celia y Trini estarán siempre en la memoria de todos.

Especialmente, aquellos que tuvimos la suerte

de poder convivir con ellas,...

las recordaremos siempre. -De eso puede estar seguro.

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Acacias 38 - Capítulo 997

23 abr 2019

Telmo se niega a creer que Lucía se esté muriendo, justo en el momento en el que los dos iban a ser felices junto a su hijo Mateo. Felipe cuenta a los vecinos la gravedad de la enfermedad de Lucía y las señoras van a visitarla al hospital y se sorprenden cuando encuentran allí a Telmo.
Genoveva regresa al barrio y se derrumba en brazos de Camino, todos entienden que Samuel ha muerto. La viuda se encierra en la casa y no permite que nadie vele el cadáver de Samuel.
Ramón se plantea suspender la misa por Trini y Celia tras las últimas tragedias del barrio, pero Liberto le convence, ya es hora de que aclare que él nada tuvo que ver con la muerte de Celia. Carmen no quiere ir a la misa, su relación con Ramón sigue siendo extraña.
Lucía es llevada a la habitación y se reencuentra con Telmo. Los dos deciden contarle a Mateo quién es su verdadero padre.
Bellita prepara su actuación en el Cafetín. Cinta se da cuenta que no tiene más salida que renunciar a actuar, pero Hipólito no se lo pone fácil, promete hundir su incipiente carrera.

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  1. HTLM

    Ojala Carmela

    24 abr 2019
  2. carmela

    Creo que Genoveva será la próxima Cayetana, pero ella con sed de venganza, arremeterá contra todosssss..

    24 abr 2019