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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 571 - ver ahora
Transcripción completa

¿Ha perdido el oremus?

Las dos sabemos que no, Fabiana.

Eres la madre de esa que se hace llamar Cayetana.

¡No quiero escuchar barrabasadas!

Verdades como puños, Fabiana, bien lo sabes.

Déjeme marchar, se lo ruego. No.

Deja ya de mentir, Fabiana.

No sabe lo que dice.

Sí que lo sé.

¿Sabes por qué lo sé?

Porque yo estuve allí, Fabiana.

Yo era la niña que tú cuidabas de pequeña.

-"Algo te pasará cuando tienes esa cara de lechuga".

¿No fue bien la cita?

-Ni bien, ni mal, ni regular, no fue.

-¿Por qué?

-Pues porque no me presenté.

Que dejé al pobre compuesto y plantado.

Usted me recordó hace poco que la vida es muy corta

como para no luchar por ser feliz.

Si le tiene aprecio a esa chica

y cree que no es feliz en ese lugar,

debería hacer algo

para que se dé cuenta.

Y cuanto antes... -"Pues, a veces, una chica"

solo necesita que la insistan un poquito más.

Saber que por difíciles que sean las cosas, por muy feas

que se vayan a poner, porque se van a poner muy feas, Antoñito,

el chico solo tiene que tener

hechura y aguante por los dos.

-Dice que Vd. es Cayetana

y que ella es la hija de...

No puede ser. -Celia, escucha.

-Calla. ¡Me habéis engañado durante meses!

Teresa, la creí mi amiga.

No podía desvelarle mi identidad, era delicado.

Y peligroso. ¿Y ahora queréis soltar esa bomba

delante de todo el barrio?

Es necesario, Celia. -¿No me va a dejar que la ayude?

-Lo siento mucho, Simón,

pero yo no sé vivir de otra manera,

no sé vivir sin obedecer.

-¿Es imposible que Úrsula urdiera los crímenes?

Es posible que estuviera involucrada,

pero solo fue el brazo ejecutor.

Cayetana la usó y una vez que no le hizo falta,

se la quitó de encima,

cargándole de todos los crímenes. Por eso Cayetana debe pagar.

Acabo de contraer matrimonio

con uno de los hombres más ricos del país.

No puedo creer mi buena suerte.

-Quizá más que suerte,

habría que llamarlo dotes de manipulación

o malas artes, ¿no?

-Llámelo como quiera.

-Ahora, tras mi nombre,

hay uno de los apellidos con más poder de la ciudad.

Si Úrsula Dicenta

había podido hacer tantas cosas,

imagínese lo que es capaz de hacer ahora

doña Úrsula, señora de Alday.

Ah.

¿Qué te parece si nos tuteamos, querido?

-Sí, realmente resultaría chocante que no lo hiciéramos, ¿no?

Incluso más que este absurdo matrimonio.

Bueno, yo ya he cumplido con mi parte del trato, ahora le toca a us...

Ahora te toca a ti cumplir con la tuya.

Dame el sobre con el nombre de mi hija.

-Ya han llegado. Les estaba esperando.

Estaba ansioso por verles.

-¿Y a qué esa ansia?

Madre.

Madre.

-¿Ni siquiera va a responder

al saludo de su hija?

-¿Qué significa esto?

-Ya que su esposa ha perdido la locuacidad,

tendré que ser yo quien le responda.

Padre, le presento a Blanca,

la hija de Úrsula.

-Desconocía que tuviera una hija. -Nadie estaba al corriente.

Como ya ha podido comprobar, Úrsula guarda muy bien sus secretos.

-¿Cómo ha podido dar con ella?

-Yo también tengo mis habilidades. La seguí

y usted me condujo a ella, me llevó al sanatorio

donde la tenía presa. -Interna,

no presa.

-¿En un manicomio? -Sí.

Blanca lleva varios años sometida a las más crueles curas.

-Necesita esos cuidados. -No puede ser verdad.

-Me temo que sí.

-No lo comprendéis.

Necesita estar constantemente vigilada.

-No trate de engañarme.

Para no tener que cuidarla, la internó.

Una gran madre.

-Cuidado, Samuel,

no pienso tolerarle ni un insulto más.

Le exijo que me diga inmediatamente

cómo ha podido sacarla del sanatorio.

¿Acaso la ha secuestrado?

-En absoluto.

Salí con ella por la puerta principal,

sin necesidad de ocultarme.

-No es posible.

Los celadores deberían habérselo prohibido.

-Al parecer, ha olvidado usted

que, tras la boda con mi padre, Blanca es mi hermanastra.

Eso me da poder legal sobre ella.

Por eso pude sacarla del infierno al que la había condenado.

-Madre, yo... -¡Cállate!

No lo entiende, pero para mi desgracia,

Blanca no puede valerse por sí misma.

Está gravemente desequilibrada.

He gastado grandes sumas de dinero

intentando curarla.

-No me va a engañar Úrsula.

Tan solo pretendía ocultarla.

-No lo entiende.

Ella...

es peligrosa para sí misma y también para los demás.

Debe volver sin tardanza. -Nunca.

No permitiré que la lleve ahí de nuevo.

Me temo que su debilidad no es fruto de su locura,

sino del encierro al que ha sido sometida.

-Tenga cuidado,

niñato arrogante.

Le recuerdo que yo soy su madre

y que yo y solamente yo decido sobre ella.

-Úrsula, lo siento,

pero me parece que eso no es del todo cierto.

Desde el momento en que eres mi esposa

debes acatar mis mandatos.

-Te lo advierto, Jaime,

no me contradigas en esto.

-Es precisamente lo que voy a hacer.

Si Samuel cree

que tu hija está mejor aquí, es donde se va a quedar.

-No te incumben

estas cuitas. -De nuevo, te equivocas.

Me incumben.

Tu hija es ahora mi hijastra, forma parte de mi familia.

Es mi deber protegerla.

-Incluso de su propia madre.

-Úrsula, no insistas.

He dicho mi última palabra al respecto.

No van a poder contigo, Cayetana.

No van a vencerte.

Lola, mujer, que hay mucha faena como para empezarla mohína.

-Ay, Casilda,

que yo no sé si seré capaz de mirar al señorito.

-No te jeringa, pues algún día tendrá que ser el primero.

No vas a darle esquinazo todos los días.

Baja a casa de tus señores, si no quieres estar

de aptitas en la calle.

-Si lo sé, pero es que me tiemblan las canillas solo de pensarlo.

No tienes nada que temer.

Tú, cuando tengas delante al susodicho,

le dices la verdad, que no puede ser, aparte de que es imposible.

Y aquí paz y después gloria.

-Tú lo ves tan fácil...

¿Y si me enreda con su palabrería y esos ojos?

-¿Ojos?

Ojos tiene dos, como todo el mundo, Lola.

Lo que pasa es que tú eres muy blanda.

Con lo grandota que eres y eres más tonta que Abundio.

-Ay, Casilda,

es que a mí esto no me había pasado nunca.

El señorito... -Bebes los vientos por él.

(Puerta)

¿Quién es tan fino de llamar a la puerta del altillo?

-Soy yo, Antoñito,

quiero hablar con Lolita.

-Madre del amor hermoso, estoy perdida, Casilda. No le abras.

-¿Puedo pasar?

Pasar puede, que para eso tiene dos piernas,

otra cosa es que deba.

La Lolita no quiere verle, lo siento mucho.

-Lolita, te lo ruego, dime por qué no acudiste a nuestra cita.

-Más vale que te enfrentes a él, si no, se queda ahí para los restos.

-Déjeme tranquila, señorito.

No me ponga las cosas más difíciles, que nada tenemos que hablar.

Márchese, haga el favor.

Ay, Lolita...

Se ha ensombrecido tu semblante al leer esa misteriosa nota.

¿Acaso son malas noticias?

-De momento, solo desconcertantes.

La nota me la envía Cayetana.

Y, al parecer, no solo a mí,

sino a todos nuestros vecinos y amigos.

Nos cita esta misma tarde en su casa.

-¿Por qué motivo? -Eso no lo dice.

Nos ruega encarecidamente nuestra presencia.

¿Qué estará tramando ahora?

-Ten seguro que nada bueno.

Es curioso que reúna a todos

justo cuando Teresa iba a desvelar la verdad sobre su identidad.

-¿Crees que estará al tanto de sus intenciones?

-No lo sé.

De lo que estoy seguro es de que esa reunión

será la última que haga como Cayetana.

-Será un día que tardaremos en olvidar.

¿Te marchas ya?

-Sí. Debo ir a comisaría y a informar a los vecinos

sobre la reunión de Cayetana.

-Ojalá pronto pase todo esto y podamos...

disfrutar de nosotros sin más cavilaciones.

-Yo también lo espero.

Ya me dirás qué os cuenta Cayetana,

si es que al final de la tarde la seguimos llamando así.

¿Desea algo, señora?

-Sí, Simón. Preciso que escribas una nota de despedida

para doña Cayetana.

Qué aspecto más triste.

Veo que sigues afectado.

-No tengo motivo alguno para sentirme dichoso, señora.

-¿Y su tristeza tiene nombre? Adela, ¿verdad?

-No se equivoca usted.

Ahora que ha regresado al convento,

echo en falta sus consejos y su alegría.

-Ya le dije que así sería. -Sí.

Lo que no imaginaba es que su ausencia volvería a sumirme

en el dolor por la falta de mi Elvira.

-No es de extrañar.

Por lo que me contó,

tan solo las palabras de Adela aliviaban su pena.

-Sí, me ayudaba a sobrellevar mi luto.

Ahora vuelvo a sentirme de nuevo pues perdido y sin fuerzas.

-Simón,

por la estima que le profeso,

déjeme que le diga algo.

La pérdida de Elvira es inevitable,

nada se puede hacer contra la cruel parca.

-Lo sé, señora.

-Pero el caso de Adela es distinto.

No acepte sin más su marcha.

¿Por qué olvidar esa amistad tan bonita entre ustedes?

-No lo escogimos nosotros, señora. -Pues por eso mismo.

Haga lo que le dije:

todo lo que esté en su mano para que vuelva.

No se quede de brazos cruzados lamentándose.

-¿Puedo pedirle permiso para ausentarme esta tarde?

Gracias.

Cayetana me cita esta misma tarde en su casa.

Dice que es de máxima importancia que acuda.

-Lo mismo pone en nuestra nota.

-¿Por qué motivo querrá vernos a todos?

-Quizá quiera explicarnos sobre la aparición de los cuerpos.

-Permítanme que lo dude,

pero Cayetana no arrojará luz sobre el asunto.

Lo único que ha hecho es entorpecer la investigación.

-Es un asunto complicado. -Don Ramón, está claro.

Cayetana está tras la muerte de Germán y mi hermana.

-Eso no está comprobado.

-¿No abrirán los ojos respecto a esa mujer?

A conducido la animadversión hacia Úrsula cuando ella es el demonio.

-No es eso. No es santo de mi devoción,

pero Úrsula es todavía peor.

Se ganó nuestro odio a pulso.

-Así es. Yo me arrepiento

de haberla llamado alguna vez mi amiga.

-Hoy podremos verla,

porque con lo de los cuerpos no sale de casa.

-Sí, sigue encerrada.

Es como si temiera asomarse a la calle.

Yo, dadas las circunstancias, creí conveniente no visitarla.

-Quizá sienta el cerco

y las conversaciones sobre ella. -¿Será verdad lo que cree Pablo?

¿Tendrá algo que ver en esos terribles crímenes?

-No lo duden ni un segundo. -El quiosco de Fabiana está cerrado,

y ya saben la adoración que tiene por su antigua señora.

-¿Qué estará pasando? -Sea como fuere,

pronto lo averiguaremos, esta tarde. -¿Y si en realidad

doña Cayetana nos ha citado para confesar

sus delitos? ¿Se imaginan? -No, María Luisa, aunque quisiera

que fuese así, no va a hacer tal cosa.

Está tramando algo para salvarse de nuevo.

Lo que tiene que ver con ella es veneno.

Disculpa, Servando. -Mi coronel.

¿Has visto al hijo de don Ramón?

-Sí, mi coronel. Hace un momentito ha bajado

por esas mismas escaleras. -¿Y sabes dónde iba?

-Según el susodicho,

iba a la sombrerería. Va hecho un pincel y no escatima en gastos.

-Desconocía que fuese tan manirroto.

-No, pues con sus negocios se lo puede permitir. Es un lince.

-Así lo espero.

-Bueno, sepa usted que es como un mago,

pero en vez de sacar conejos de la chistera,

lo que saca es parné.

-Parece que estás muy al corriente. -Bueno, somos...

somos casi socios.

-¿Tenéis negocios a medias? -Para ser más exactos, teníamos.

En el altillo le hemos dado todos nuestros ahorros

y en una semana ha duplicado lo puesto.

-Al parecer, no tiene muchos reparos a la hora de escoger a sus socios.

No te ofendas. -No, no me ofendo,

don Arturo. Pero sepa usted que el dinero de los sirvientes

vale igual que el de los señores, aunque sea menos numeroso.

Y sí tuvo reparos

don Antoñito y nos costó un horror convencerle para poder invertir,

pero no dejaré de agradecerle que cambiara de opinión.

-Y no es para menos

si el negocio ha sido tan provechoso. -Y no hemos sido los únicos,

muchos vecinos le han dado su parné.

Debería de animarse y verá como no exagero.

Don Antoñito hace verdadera magia.

-Yo no creo en la magia, Servando.

Y tu consejo llega tarde.

Ya le he dado dinero para que lo invierta en bolsa.

Aunque sigo esperando beneficios. -(CARRASPEA)

Disculpe, don Arturo, ¿hablaba de Antoñito?

-Así es, comentaba con Servando.

-No ha cumplido los plazos

que me prometió. -Tranquilo,

tendrá una buena razón para ello.

-Yo invertí en su negocio y me pagó en apenas unos días.

Es más, me pareció tan satisfactorio que reinvertí todo el dinero.

-Ha perdido las buenas costumbres. -La bolsa es así.

A veces, hay malas rachas. Estará esperando

una nueva subida para aumentar sus beneficios.

-Me gustaría seguir su consejo, pero no puedo evitarlo.

He invertido una suma considerable,

y no solo incumplió los plazos creo que me está evitando.

-De seguro que se equivoca, mi coronel,

don Antoñito es hombre de fiar.

Le diré que le anda buscando.

Verá usted como viene y le da la cara.

-Te lo agradezco, pero no es necesario.

Ya me encargo yo.

(MARÍA LUISA SUSPIRA)

Cuánto odio le guarda Pablo a Cayetana.

-Y no me extraña.

Si yo supiera que mató a mi hermana, no pararía hasta vengarla.

-Pero si tú no tienes hermanas.

-Bueno, pero sé lo que es amar con locura, ¿no?

Si alguien te pusiera

un dedo encima, pagaría con su vida.

-Pero bueno, ¿y este beso?

-Pues porque no puedo tener un novio

mejor que tú. -Olé.

No os separéis por mí.

-Pero no está bonito exhibir nuestra dicha estando tú de luto.

-Te equivocas, Víctor.

Que yo perdiera a mi Elvira

no significa que no pueda celebrar el amor

de los que aprecio. -Sabias palabras.

¿En qué podemos ayudarte? -Venía por el encargo de doña Celia.

-Sí. Lo tengo detrás de la barra.

-Por cierto, ¿qué tal en tu nueva ocupación?

-A las mil maravillas. Gracias por preguntar.

Estoy plenamente satisfecho de volver a trabajar

de mayordomo, ya lo echaba de menos.

-Me alegra escucharte decir eso. Doña Celia

es afortunada de tenerte. -Y el trabajo te va a ayudar

a distraerte.

-Nada puede impedirme que piense cada segundo del día

en mi desdichada Elvira.

-¿Entonces no hay consuelo para tu pena?

-Y uno de los pocos que había

me lo han arrebatado: la compañía de sor Adela.

Pero no me voy a resignar a no verla, me hace bien compartir mi duelo.

-Yo creo que poco puedes hacer al respecto. No está en tus manos.

-Quizá eso no sea así.

-¿Qué se te ha ocurrido?

-No os preocupéis, solo quiero ir al convento para verla.

Tengo la sensación de que necesita ayuda.

-¿Has perdido el oremus?

Que no puedes hacer tal cosa, Simón.

-Puedo y voy a hacerlo. -Se te olvida que Adela

es una monja de clausura. -Ningún mal

le hará hablar conmigo. -¿Por qué no recapacitas un poco?

Si lo que necesitas es compañía y consuelo, cuenta con nosotros.

-Ya lo hago, Víctor, y os lo agradezco, de verdad.

Pero estoy decidido a verla,

no solo por mí, sino también por ella.

-Yo no te entiendo, Simón. -Veo que sor Adela

apenas ha vivido estando encerrada. -Es la existencia

que ella ha elegido. -Quizá eso no sea del todo cierto.

Hay algo que me dice que quiere reconsiderarlo,

vamos, que lo daría todo por dejar atrás la clausura.

-El que tendría que reconsiderar su postura eres tú.

No es asunto de tu incumbencia, sus padres la metieron ahí.

-¿Y es eso justo?

Si, como he sospechado, ella desea abandonar sus votos,

yo debo brindarle mi apoyo. -Pero esa decisión es solo suya.

-Ahora sí que estamos de acuerdo,

por eso quiero ir a verla, para preguntárselo, nada más.

Bueno, da igual,

muchas gracias.

-Mucha suerte.

(Puerta abriéndose)

¿Dónde crees que vas? -Madre...

déjeme marchar a mi alcoba.

-Tu dormitorio no está aquí, sino en el sanatorio.

-Yo no quería disgustarla.

-Eso y no otra cosa has hecho desde que naciste.

¡Solo sabes entorpecer mi camino!

-No diga eso.

-Digo la pura verdad.

Debería haberte abandonado en el hospicio

nada más nacer.

¡Debería haberme olvidado de ti desde el primer momento!

Pero se terminó,

ya no vas a seguir arruinando mi vida.

¡Hoy mismo saldrás de esta casa

y de mi vida para siempre!

-Blanca no va a marcharse a ningún lado.

Ya escuchó a mi padre: es su voluntad que viva con nosotros.

-Eso está por ver.

-Nada tiene que decir al respecto, Úrsula.

Y tenga seguro que mientras su hija esté en esta casa,

no permitiré que la maltrate.

¿Está usted bien, Blanca?

No tiene nada que temer de su madre,

no permitiré que le haga daño.

Tampoco debe temerme a mí.

Le aseguro

que tan solo pretendo su bien.

He pedido que nos sirvan la comida.

¿Tiene apetito?

¡No, no me lleve! ¡No me lleve!

¡No me lleve! -¡Chist, chist, chist!

Tranquila. (BLANCA LLORA)

-No se asuste, por favor, se lo ruego.

Tan solo trato de ayudarla.

He de decirle que, desde el primer momento, su mirada me cautivó.

Lástima que siempre la esconda,

que resulte tan difícil de atrapar.

¿Sabe qué haremos?

Le diremos a una doncella que le ayude a darse un baño,

a peinarla

y a ponerse un suave vestido.

Así estará más cómoda.

Hay algo que me ronda desde el día en que nos conocimos,

algo que me gustaría preguntarla.

-¿El qué?

-¿Qué ocurrió cuando su madre la vistió con el comisario?

¿Por qué se vio obligada a mostrarle su existencia?

¿De qué hablaron en esa celda?

-Al fin me has servido para algo.

Péinate y aséate,

das asco.

-¿Por qué he debido mentir?

-¿Qué has dicho?

-Que el cinco de mayo no estuvo aquí.

-Perdone que insista,

¿pero qué ocurrió aquel día?

¿Qué le dijo su madre? -No.

No puedo.

-Bueno, cálmese. -No.

-Cálmese, no se ponga nerviosa.

Descuide, no es menester que me responda,

no pretendía importunarla.

Bueno, Martín, ¿para qué nos ha llamado?

Que tenemos faena, hombre. -Pues sí, no como otros.

-Templad, que esto llevará poco tiempo.

-Necesitamos vuestra ayuda para grabar el cilindro

de Servando para Paciencia. -No sé yo,

a mí estos cachivaches me dan reparo. -No tienes que temer, Casildilla.

Tú háblale normal y ya está.

-Y digo yo,

¿no tendría que hablar el Servando? -Algo diré,

pero, según estos, me voy por las ramas.

-Más que un mono, Servando. -Esto ya está.

Y solo queda un cilindro. Tiene que salir bien sí o sí.

Contadle a Paciencia los últimos acontecimientos

de Acacias para que esté al día.

-Buff, pero para eso necesitamos más de un cartucho de estos.

Si no sabe que han aparecido

muertos don Germán y Manuela. Y lo de la muerte de Tirso.

Bueno, y lo de la triste suerte de Elvira.

-Quieta "pará", que como le contemos estas desdichas, no viene.

-La verdad

es que da repelús solo oíros. -Mira, lo mejor es...

lo mejor es que digáis maravillas de un servidor.

Venga. -Se hará lo que se pueda.

-¿Estamos? -Venga.

-Sí.

"¿Me se escucha?".

-¿Pero quieres arrancar de una vez, que se acaba el cilindro?

-Paciencia, ¿cómo se encuentra por esos lares?

-Le mandamos un abrazo muy grande. Nos pide su marido

que le contemos las cosas que hace.

-Pero necesitaríamos 100 cilindros de estos, que no para quieto.

-"Pa" chasco que sí. Quiere montar un ascensor...

-¡Servandina elevadora!

-Eso.

Y también querer montar partidos de fútbol.

-Bueno, y acuérdate de cuando quiso ganar una fortuna

con el cuadro ese. -Bueno, y se puso también

el bisoñé de don Ramón,

que parecía tener una rata en la cabeza.

(LOLITA RÍE) -Si le hubiera visto...

Así que, ya ve usted, sigue con sus ocurrencias.

Bueno, y también lo tuvimos alojado en el altillo.

-Pero fue poco tiempo.

El muy truhán pretendía que le tuviéramos a cuerpo de rey.

-Ya sabe, como siempre, aprovechándose del prójimo.

Que se lo digan a mi Martincico,

que lo tiene desde que faena para él...

-"Eslomao". -Eso.

"Eslomao". -¡Bueno, parad ya, mastuerzas!

¿Eso es lo que vosotros pensáis

que es cuando se dice que habléis bien de uno?

-Bueno, Paciencia, a decir verdad,

pensamos que se mete en tanto embrollo

porque el "pobrecico" se siente muy solo.

-Sí que es verdad, que la echa de menos

a usted. -Pero no se preocupe, que nosotras

habremos de cuidarle y aguantarle carros y carretas.

-Si, en el fondo, al desgraciado, pues se le quiere mucho.

Que sin él, no seríamos nada.

-Ni nosotras ni nadie, Paciencia.

Servando es el alma de Acacias 38.

Doña Susana,

¿va usted a casa de doña Cayetana?

-Hacia allí voy. No dejo de preguntarme

qué puede querer contarnos. -Será algo de suma enjundia.

-Espero, después de molestar a medio vecindario,

así debería ser. -Pues pronto lo averiguaremos.

¿Puedo subir con usted? -Por supuesto.

-Así puedo comentarle unas cuitas que me preocupan.

-¿Qué te sucede, María Luisa?

-Antes Víctor y yo hemos estado hablando con Simón.

-Tu tono me alarma.

-Pues más lo van a hacer mis palabras.

Parece que... parece que Simón está decidido a acudir al convento

para ver a Adela.

-No puede ser verdad.

¿No habéis logrado hacerle cambiar de opinión?

-Ya sabe cómo es,

no suele dar su brazo a torcer.

A pesar de nuestra insistencia, no ha cedido.

Igual usted le hace entrar en razón.

-Al menos, debería intentarlo.

Debemos evitar que hagan algo de lo que se puedan arrepentir

el resto de sus días. no piensa con claridad.

-Bueno, es de entender.

Simón pasa por un momento muy difícil

y muy vulnerable. -No es excusa.

¿Qué pretende, cuestionar la vocación de una religiosa?

-Pues, al parecer, no quiere verla

presa en contra de su voluntad, como Elvira.

Dice que ha de cerciorarse

de que Adela quiere vivir esa vida de recogimiento

y sacrificio.

-Pues si no quiere vivirla, ya es tarde. Que es monja, por Dios.

Toca resignarse y apretar los dientes.

Su vida le pertenece a Dios y a nadie más.

Ay, no podía pensar que eso terminara así,

que Dios me perdone.

-Si usted no tiene culpa de nada, doña Susana.

-Te equivocas. Fui yo

quien procuró que pasaran tiempo juntos.

Si hasta usé mi influencia para que Adela saliera del convento.

Queriendo paliar el dolor de Simón

he podido traicionar aquello en lo que creo.

-Bueno, no sea tan dura consigo misma, doña Susana.

Como bien ha dicho,

nadie podía suponer lo que acontecería.

-Si esa excusa no me vale a mí, tampoco le valdrá a nuestro Señor.

-Pierda cuidado, no nos pongamos

en lo peor. Simón no hará que Adela ponga en duda su vocación.

Esperemos que sea

una mujer sensata y sepa que su lugar está en el convento.

-Dios te oiga, hija.

Bueno, vamos, vamos.

Ramón, ¿todavía estás así? ¡Venga, date prisa!

No voy a llegar a casa de Cayetana y ardo en deseos de saber.

-Templa esos nervios, mujer.

En un santiamén tu curiosidad se verá satisfecha.

¿Y María Luisa? -Dijo que iba directamente

a casa de Cayetana. Está con Víctor.

Ay, a esos dos no los separamos ni con agua caliente.

-Me alegro de eso. Víctor es un buen muchacho

y el futuro de María Luisa está garantizado a su lado.

Ojalá pudiera decir lo mismo

de mi otro hijo. -Bueno,

de momento, se queda un tiempo más.

-¿Pero haciendo el qué? Porque no tiene

ni oficio ni beneficio. -Ramón, está buscando su camino.

-Para eso

tendrá que empezar a andar. Llevo algún tiempo preguntándole

si emprenderá algún negocio, pero me responde con evasivas.

Dice que estudia posibilidades de inversión y que no se decide.

-Bueno, Ramón, dale tiempo.

-¿Pero cuánto va a necesitar? He invertido mucho dinero

en mi hijo para ahora verle... -Como vaca sin cencerro.

-Iba a decir perdido, pero también se puede expresar de ese modo.

-No te preocupes tanto.

¿Acaso tú sabías a su edad lo que querías de la vida?

-Por supuesto que lo sabía. -Ah.

-No solo lo sabía, sino que luchaba.

¿De dónde ha salido todo mi capital?

De mi esfuerzo y de mi tesón.

-Es hora de que Antoñito se deje de vacilaciones

y trabaje duro por lo que decida hacer, que nadie regala nada.

-Me da a mí

que Antoñito tiene la mente en otras cuitas.

Pero no te preocupes, se centrará.

-¿Y por qué aseguras eso? ¿Hay algo que tú sepas

que yo ignoro? -No, no, no, no.

Era solo por decir.

Bueno, venga,

date prisa, que no llegamos a casa de Cayetana. No me entero

de la misa a la media. Vamos. -Vamos.

(Puerta)

-¡Ay!

-Buenas tardes.

-Adelante, don Arturo, por favor.

-¿Se disponían a salir?

-Así es. Pero, por lo visto, es más difícil de lo que parece.

-¿Deseaba usted algo, coronel? -Pues sí.

Tengo que hablar con usted sobre su hijo Antoñito.

Teresa, ¿seguro que estás preparada para lo que te propones?

Si no estás segura, estás a tiempo de cambiar de opinión.

No, Mauro, tengo que hacerlo de una vez por todas.

He de desenmascarar a esa usurpadora,

que todo el mundo sepa que soy la auténtica Cayetana y no ella.

Ese va a ser su fin.

Así lo espero.

Llevo tanto tiempo ocultándome,

que no puedo evitar que me tiemble todo el cuerpo

al ver llegar el momento de no callar más.

Tranquila, mi amor, yo voy a estar contigo en todo momento.

Mauro, antes que nada, tenemos que encontrar a alguien

a quien contarle toda la verdad. Y mira a tu alrededor.

Es la hora de la merienda

y no hay ningún conocido por estas calles.

Sí, no hay nadie en La Deliciosa.

Ni siquiera Víctor está en la chocolatería

y la sastrería está cerrada tan pronto.

¿Dónde está todo el mundo?

¿Qué está ocurriendo aquí?

Sor Blanca, retome la lectura en las virtudes del recogimiento.

Disculpe, madre, ¿podemos hablar?

Será solo un momento. -Marchad a vuestras celdas.

Luego continuaremos.

¿Se puede saber quién es y qué hace aquí?

-Me llamo Simón Gayarre, trabajo en la sastrería Selér.

-Muy bien, ya se ha presentado. Solo nos queda saber

el motivo de su presencia.

-En la sastrería coincidí con una religiosa: sor Adela.

Me gustaría poder hablar con ella.

-¿Pero cómo es posible tal atrevimiento?

Le recuerdo que se encuentra en un convento.

Las religiosas no pueden verse con nadie,

y menos con un hombre. -Le aseguro

que es importante para el negocio

que hable con ella.

-El recogimiento y la oración

son los caminos que debe transitar sor Adela.

Es lo mejor para ella.

-Tan solo quiero hablarle de trabajo. Además, si se preocupa tanto

por el bien de sor Adela, déjela hablar conmigo.

Tiene derecho a tomar sus propias decisiones.

-¿Adela? ¿Adela tomando decisiones?

Ella es incapaz de hacer eso.

No es más que una chiquilla soñadora y fantasiosas

que solo necesita poner orden en su vida.

Muchos sudores me ha costado convertirla en la religiosa que es.

Que Dios me perdone, nunca debí dejarla

salir fuera del convento. -Le aseguro...

-No insista más. Nunca le permitiré verla.

-Está bien.

Déjeme entonces que le pida un favor.

Hágale llegar esta carta.

-Lo lamento, pero tampoco puedo

darle capricho a eso.

-Ningún mal le hará leerla, tiene mi palabra.

No me moveré de aquí hasta que la coja.

Se lo agradezco.

¿Tengo su palabra de que se la hará llegar?

-Caballero, soy religiosa y no acostumbro a jurar.

Le he dicho que así lo haré.

Y ahora, si me disculpa,

márchese del convento, nada más tiene que hacer aquí.

Mauro, ya te digo que algo sucede. No es normal

no ver a ningún vecino. Si es así, pronto saldremos

de dudas, por ahí viene Felipe.

Por fin alguien conocido.

Amigo, nunca me alegré tanto de verle.

Lo mismo digo. Llevo intentando verles todo el día. ¿Sucede algo?

Como ya sabe,

Teresa iba a revelar su identidad a los vecinos.

Pero no encuentro a nadie. ¿Sabe qué pasa? ¿Dónde están todos?

No ven a nadie porque Cayetana los ha mandado a llamar.

Ha mandado una nota pidiendo

que acudan a su casa. Ahora mismo estarán con ella.

No lo puedo creer. ¿Cómo no nos ha advertido?

De sobra sabe que Cayetana no da puntada

sin hilo. Algo se propone. ¿Qué más sabe?

Nada más, solo lo que me dijo Celia.

Les han citado sin ninguna explicación.

Descuida, Mauro,

en el fondo, es una buena noticia.

¿Cómo dices?

Nos hace un favor reuniéndolos a todos en el mismo lugar.

Y yo voy a aprovecharlo. Subamos nosotros

a casa de Cayetana.

Hoy todos los vecinos sabrán la verdad de una vez.

Ramón, tómate la tisana, a ver si se te asienta el cuerpo,

que vamos a tener un disgusto. -¿Te parece poco

con el que nos hemos llevado ya? -Tampoco es nada irreparable.

Espera a que venga Antoñito y hablas con él.

-Ya me conozco

de sobra sus explicaciones.

(Puerta abriéndose)

Al menos, no tendremos que esperar mucho para escucharle.

-Ramón, templa, que te temo.

-Es él quien tiene que hacerlo y no tú.

-¿Aún están aquí? Les hacía en casa

de doña Cayetana. -Sí.

Digamos que he recibido una visita

de lo más instructiva e inesperada.

-¿Y de quién? -De don Arturo.

Veo que con solo mentarte al coronel se te ha cambiado el color.

-Se lo puedo explicar. -Eso lo dudo más.

Don Arturo quería hablarme sobre el dinero ese

que habéis invertido en bolsa. ¿Acaso me lo vas a negar?

Lo suponía.

Como tampoco me negarás que no es el único vecino

a quien has convertido en inversor. -¿Qué quería

don Arturo? -Pues muy sencillo:

quería saber si yo estaba al corriente de tus negocios

y de que si llegase el caso, yo respondería del dinero

que confió en ti. -¿Y usted

qué le ha respondido? -Me he visto obligado a fingir

que estaba al tanto de todo

por no quedar como el imbécil que tú me consideras.

-Padre, no diga eso. -Antoñito, hijo,

dime por una vez la verdad.

¿Qué hay detrás de esas supuestas inversiones?

Este es otro de tus enredos, ¿verdad?

Pablo, Pablo, templa, pronto nos marcharemos de aquí.

-Eso espero, porque no aguanto ni un segundo más

sin que me hierva la sangre. -Quizá no deberías haber venido.

-Tengo que saber qué nueva mentira nos contará ahora.

-Pues no parece que tarde mucho en hacerlo.

Queridos, os agradezco mucho

que hayáis acudido a mi llamada.

Respóndenos a nuestra consideración

diciéndonos sin más tardanza cuál es el motivo

de la reunión, que nos tienes

con el corazón en un puño con tanto misterio.

-Hemos abandonado nuestros quehaceres

para pode venir. Descuidad, no os entretendré

en demasía.

No os hubiera molestado si lo que tengo que deciros

no fuera de suma enjundia.

(Puerta)

Esperemos unos segundos,

parece que viene alguien más. -Trini y mi padre.

Es raro que se hayan retrasado tanto.

-Lo lamento, señora, no he podido impedirles entrar.

-¿Qué estáis haciendo aquí?

-Teresa va a impedir que Cayetana se salga con la suya.

Descuida, Fabiana, no tiene importancia.

De hecho, me alegro que estén aquí.

Lo que diré también es de su interés.

Teresa también tiene qué contarles. No lo dudo,

pero será después de que yo hable.

Habla, si ese es tu deseo.

Nada de lo que vayas a decir valdrá una vez que me hayan escuchado.

Quería contaros que hace poco supe algo

que me hizo cambiar absolutamente la forma de ver mi vida.

Es algo que seguramente

os resultará difícil de creer, como me resultó a mí misma,

pero que me he alegrado de descubrir,

de saber la verdad sobre mí misma.

No me voy a andar con más rodeos.

Creo que ha llegado el momento de que todos sepáis

que no soy Cayetana Sotelo Ruz.

Solo soy

la hija de una criada.

¡Maldita! Cayetana,

¿has perdido el oremus?

-¿Qué clase de broma es esta? No, Rosina,

no es ninguna broma, es verdad.

Siendo yo niña, mi madre decidió suplantar mi identidad

por la de otra persona.

Y no la culpo,

lo hizo para darme una mejor vida,

un mejor futuro.

Aunque así renunciaba a mi infancia.

Fabiana,

acércate.

Ella es esa mujer.

Fabiana es mi madre.

Si hubieras tenido esto,

quizá lo habrías utilizado para acabar con tu sufrimiento.

Está muy afilado, no...

no es un simple abrecartas.

Yo no te hubiera culpado.

Seguramente, en tu lugar, yo habría hecho lo mismo.

Cogerlo,

llevarlo a la muñeca,

cortar las venas,

solo eso,

un gesto fácil.

-"¿No te das cuenta"

de que es una monja?

Esa ha sido su libre elección y has de respetarla.

-¿Recuerda cuando el coronel envió a Elvira al convento?

¿Se puede hablar de elección?

No, no se puede. Y con Adela pasa lo mismo.

Un padre que coarta a su hija.

Ni Elvira quería escoger ese camino

ni Adela lo ha hecho. No hable de libre elección, son secuestros.

-"Debo reconocer"

que me sentí orgullosa cuando me tomaste la mano ante todos.

Si no fuera

por esa Teresa...

Teresa está dominada por Mauro.

Se me parte el corazón al verla así.

Tanto como la he apreciado...

Que os crié juntas, leñe.

Esas acusaciones que lanza contra ti

la revuelven a una.

¿No creerás que son verdad?

Yo bajaré como cualquier día, ni una sonrisa de sorna.

Nadie sabe cuándo la vida le da a una un revés.

-Eso mismo.

A nosotros nos da lo mismo

que Cayetana sea la hija de una marquesa

o de la señora Fabiana, sigue siendo señora.

-A nosotros sí, pero a ella no le va a dar lo mismo.

Caerse desde el pedestal hace mucho daño.

-Ya, pero es que nosotros no sabemos lo que es estar arriba.

¿O usted sí lo sabe?

"Con devoción y afecto, Simón".

-Parece que Simón, como no pudo salvar a Elvira,

ahora quiere salvar a sor Adela.

No ve que ella no necesita a nadie que la salve,

tiene a Dios consigo.

-Pero Simón está muy triste.

Yo ya no sé qué hacer para animarle.

Pensé que cuando se pusiera a trabajar,

estaría distraído, pero...

sigue sufriendo cada día.

-¿No irá al convento?

Ya sé que no logró ver a Adela.

-Lo haré a última hora, cuando caiga la noche.

No me resigno a permitir que siga encerrada si no lo desea.

-¿No cometerá una locura?

-No, no, no. Tan solo quiero decirle de viva voz lo que pienso.

Simón, tenga mucho cuidado.

En nuestro país caben pocas libertades con la iglesia.

-¿No has leído el periódico? -No. ¿Qué dice?

-Ahí lo tienes.

Coge aire.

-"Fuertes caídas en la bolsa".

Justo ahora que necesitaba dinero.

Si es que se me pone todo en contra.

-"Samuel me ha dicho"

que pones nerviosa a Blanca,

que tu intención era que perdiera los nervios.

-¿Y por qué iba yo a pretender tal cosa?

Si Blanca pierde los nervios,

es porque su salud mental es muy frágil.

-No juegues conmigo, Úrsula.

No lo voy a consentir en esta casa.

Voy a proteger a esa joven.

  • Capítulo 571

Acacias 38 - Capítulo 571

01 ago 2017

Úrsula intenta que su hija regrese al sanatorio. Pero Jaime se impone: si es su hijastra tiene potestad sobre ella, y se quedará en su casa. Antoñito intenta hablar con Lolita para saber qué ocurrió para que le plantara. Pero la criada no da respuesta. Arturo empieza a apretar a Antoñito y decide hablarlo con Ramón, que se sorprende de que su hijo esté manejando dinero a sus espaldas y se enfrenta a él. Celia anima a Simón a no rendirse y hablar con Adela; pero Víctor y María Luisa ponen las cosas en su sitio: ella es monja y su sitio es el convento. El mayordomo aun así decide hablar con ella. Samuel protege a Blanca del acoso de Úrsula. Cayetana cita a todos los vecinos en su casa para revelar que ella es Anita, hija de Fabiana, y que la verdadera impostora es Teresa.

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