La modernidad miraba al futuro. Si la arquitectura modernista se asienta en la destrucción del tejido urbano tradicional mediante la ruptura producida por el nuevo edificio modernista en su entorno, la arquitectura postmoderna se asentó en un populismo estético en el que se difumina la antigua frontera entre la alta cultura y la cultura de masas. Hasta los años sesenta del pasado siglo, la modernidad imponía sus principios con el poder del hormigón, el acero y el vidrio. Se erigían construcciones no sólo con principios estéticos, sino también políticos y morales. El postmodernismo se reveló contra esa doctrina levantando edificios de consumo, jugando con la historia y deconstruyendo el tejido urbano más allá de los límites de la realidad... Pasado, presente, futuro... El temor al futuro. La postmodernidad jugó a vencerlo haciéndonos vivir en un pasado ficticio. En la actualidad, ya no sentimos miedo al futuro... sentimos terror al presente. Nos están arrebatando el confort y los pequeños privilegios que tanto costaron conseguir. Ya no hay una estética urbanística... salvo la degradación urbana.