Radiografía de la cibermendicidad en España
- Parados con la cara tatuada. Show business sin apenas business
- Soledades abolladas en los márgenes del ciberespacio
- Oscuridad, gotelé y habitaciones amuebladas por alguien fallecido en los 90
- Nos adentramos en la darkweb de las redes sociales
Un chaval de unos 30 años se desploma en plena calle después de inhalar medio bote de Cloretilo, un anestésico local en forma de spray. Está haciendo streaming. Los viewers pasan de 100 a 300 en cuestión de minutos. Los comentarios, entre jajas, se disparan: “El experto…”, “Penalti y expulsión”, “Esto empieza a dar asco”.
Su nombre es Serres. No es traveler ni foodie. Su movida es drogarse delante de una cámara hasta perder el conocimiento: benzos, ketamina, cloretilo, porros, incluso crack... Lo hace a cambio de Bizums, PayPals o las propias recompensas que ofrecen plataformas como TikTok o Twitch. También retransmite surrealistas encontronazos con policías, caseros o farmacéuticas; los clásicos enemigos del hustler intergeneracional. “Parece que se para el tiempo; se para la vida, los pájaros empiezan a cantar…”, comenta en un directo tras aplicarse el spray directamente en la garganta. Mientras, de reojo, controla el avance del otro subidón: el de las cifras.
“Creo que desde que nacieron los realities, luego acentuado con los documentales amarillistas, se hizo un espectáculo de la miseria humana”, apunta Rodrigo Taramona, experto en hábitos de consumo en redes sociales. “Como si las personas fueran Sims o NPCs a los que vemos entretenernos drogándose, tragando Tide Pods o esnifando caleña”. Esta suerte de auto-explotación de una vida en descomposición, que evoca el espíritu de la beat generation, también nos recuerda hasta qué punto el capitalismo de plataformas es capaz de mercantilizar nuestra existencia.
La fórmula del reality-show “Gran Hermano”, tal y como apuntaba José A. Zamora en su artículo La Web 2.0 y la mercantilización de la intimidad (2014), “se ha convertido en un referente universal no sólo por su difusión planetaria, sino porque contamina y amenaza con imponer su matriz a toda la industria cultural”.
“Desde que nacieron los realities, luego acentuado con los documentales amarillistas, se hizo un espectáculo de la miseria humana”
“Creo que es el fruto de incentivos mal alineados”, señala Taramona. “Las plataformas te prometen monetización si atraes espectadores. De la manera en que lo hagas, salvo algunas reglas incompletas, no importa”.
Es como si Serres estuviera atrapado en un agujero del que solo puede salir cavando hacia abajo; como si solo pudiera arrojar algo de luz desde el móvil. Evidentemente, este homeless politoxicómano no es ejemplo de nada, pero es innegable que, en su caso, Twitch supone una cárcel que le reconcilia con el mundo; que le convierte en alguien importante en posesión de algo que muchos streamers fingen y otros tantos anhelan: autenticidad. Autenticidad, a pesar de todo.
"Cada vez recibimos más pacientes adultos con problemas de ansiedad e incluso depresión con relación a las redes sociales, especialmente en los creadores de contenido”, apunta Miguel Ángel Rivera, psicólogo especializado en redes sociales. “Es fundamental que tengan momentos durante el día en el que no puedan acceder a las redes y se dediquen otro tipo de actividades donde haya una interacción social real”.
La historia de Serres se revela tan fascinante como su personalidad. Empezó streameando sus colocones mientras su pareja se prostituía en la habitación de al lado. Pero como en los círculos del Infierno de Dante, cuando crees que no, siempre hay un estrato inferior en el agujero de la degradación de Serres. Así, tras varios reveses del destino, terminó viviendo en una tienda de campaña con vistas a una carretera comarcal. Siempre colocado. Siempre amenazando a todo el mundo. Siempre solo y rodeado de gente sin cara y sin voz que le animan a darle una última chuflada. Tras meses de esfuerzo, ya podemos decir que lo ha conseguido: Serres vive de Twitch. Pero, ¿a qué precio?
“Le han llegado a donar 1000 euros”, me cuenta Juanniko Bananna, youtuber especializado en personajes del ciberespacio más underground. El caso de Serres es paradigmático, ya que se trata del primer cibermendigo de la darkweb que ha conquistado el mainstream haciendo IRL. Aunque, como bien apunta Juanniko, tiene una de las comunidades más tóxicas de Twitch: “Son pillaos que están viendo a otro pillao drogándose y al borde del suicidio”.
La darkweb, narcopiso de bolsillo
Algunos de esos pillaos han seguido la estela de Serres. Otros, ya lo hacían antes. Pero nadie ha alcanzado su éxito. Palancuela, por ejemplo, viaja por Europa sin un duro y pide dinero a sus seguidores para poder afrontar las innumerables multas que acumula por colarse en trenes. Racho hace algo parecido. Ninu, un trapero al que hemos visto meterse cocaína con su padre en un vagón del ave, utilizaba sus redes para vender todo tipo de drogas: “Yo he llegado a tener 800 botes de toseína y 1000 cajas de trankimazin en mi casa”, reconoce a este medio mientras se enciende un porro enorme. “Los promocionaba en mi Instagram, me colocaba en mis directos y luego hacía envíos a toda Europa”.
Ninu me muestra un blíster de oxicodona 80mg como si se tratara de un diamante en bruto. Y en cierto modo, lo es. Este fármaco, causante de la epidemia de los opiáceos que hoy asola a los Estados Unidos, es prácticamente imposible de conseguir en España: “Tienes que hacerlo a través de alguien que haya tenido una vida muy dura… Heroinómanos muy chungos, gente con cáncer terminal, cosas así…”, comenta con los ojos entreabiertos y la voz cada vez más quebrada.
Papi Flow, Dunki, Cleo, Pepinaco, La Tóxica… La lista de la farándula basurienta -término empleado por el propio Serres- es interminable. “Esto nació durante la pandemia de manera muy orgánica”, me cuenta Ninu mientras suelta una bocanada de humo.
Por otro lado, como sucedió en los inicios del trap en España (2014-2015), han aparecido varias cuentas de memes que se hacen eco de los highlights de estos directos. Archivo Basuriento, BDN o Dunkinianos son algunos de las más relevantes. Funcionan como escaparates circenses cyberpunk que se alimentan exclusivamente de la degradación por cuenta ajena. Y como si se tratara del propio Cloretilo, tras unos días de consumo, a uno le atenaza la ingrata pero adictiva sensación de querer volver a ese narcopiso de bolsillo en el que se ha convertido TikTok. Durante una cena con amigos. Después de una entrevista de trabajo. Minutos antes de conocer a tu sobrina… El algoritmo nos empuja al simulacro de una doble vida llena de demonios.
La mayoría se drogan, se insultan, se amenazan y se delatan entre ellos. Hay tramas y subtramas. Chantajes. Mentiras. Denuncias. Mecánicas involuntariamente heredadas de la peor telebasura para mantener enganchada a una audiencia que pide sangre y escupe calderilla envenenada. Show business sin apenas business. Oscuridad, gotelé y habitaciones amuebladas por alguien fallecido en los 90. Macarras que ni siquiera lo fueron en el instituto. Parados con la cara tatuada. Soledades abolladas en los márgenes del ciberespacio. Una mano sucia rompiendo la cuarta pantalla de nuestros teléfonos para ver si pilla algo. Eso es la darkweb en España.
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Eduardo Naudín, más conocido como GREY TRASH, es videoartista, creador de memes y colaborador del programa Gen Playz. Es autor del libro ‘Me debes dinero’ y creador del podcast ‘Mundo Gris’ en Subterfuge Radio.