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Coronavirus

Gabriel Heras, 'en primera línea' de la UCI: "Nunca se han hecho tantas cosas en medicina sin ningún tipo de evidencia"

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Portada de 'En primera línea', de Gabriel Heras (editorial Península). Serge Vo/Shutterstock

“Mucha gente ha muerto sola y eso ha sido lo peor de la pandemia casi seguro”. Gabriel Heras (43 años) es médico intensivista en la Comunidad de Madrid y creador hace seis años del Proyecto HU-CI, que busca humanizar los cuidados intensivos formando a profesionales sanitarios en la empatía hacia los pacientes y los familiares. Y entonces llegó la Covid-19la pesadilla perfecta para sus principios.

Heras ha “vomitado” su experiencia dentro de la UCI en un libro, En primera línea, que detalla la agonía de la avalancha de pacientes, sus duras condiciones “vestidos de astronautas”, su propio contagio y las críticas ante la inacción de la administración: “Hemos sido carne de cañón, nos hemos sentido abandonados”.

Optimista enfermizo afirma que "el coronavirus es un acelerador de humanidad" y quiere que el libro sirva para la “reflexión y transformación” de un sistema sanitario que la pandemia “ha puesto contra las cuerdas”.

P.: En el libro invitas a debatir sobre el futuro de la sanidad, ¿hemos aprendido algo de la pandemia?

R.: Hemos aprendido que humanizar la sanidad es algo absolutamente prioritario y los políticos no pueden ya mirar para otro lado. No solo basta con cargar de responsabilidad a los profesionales, hace falta también inversión para formar a esos profesionales en habilidades de humanización, comunicación, escucha, empatía, acompañamiento en el proceso de morir, compasión, etc.

Hacen falta recursos humanos, porque no se pude humanizar sin humanos. Antes de la pandemia, el 50% de los profesionales sanitarios dejaría la profesión si pudiera rebobinar su vida. El sistema es muy eficiente a la hora de curar enfermedades, pero el coste es muy alto: tener a tus trabajadores quemados. Mucha gente dejará ahora la profesión porque piensa que tiene que jugarse la vida y esto no le merece la pena

P.: ¿Y sobre el proceso de morir?

R.: La necesidad de mejorar el proceso de morir. La pandemia ha puesto en jaque nuestra propia humanidad. Mucha gente ha muerto sola y eso ha sido lo peor de la pandemia casi sin duda. Es algo que no quiere la población ni lo queremos los profesionales.

Se ha puesto de manifiesto que el trabajo de reflexión de seis años del Proyecto HU-CI era bueno y necesario y que la sanidad española no es la mejor del mundo y tiene margen de mejora, pero eso es interesante porque lo que me interesa es buscar soluciones.

Gabriel Heras, director del Proyeco HU-CI y autor de 'En primera línea' Sandra Lázaro

P.: Nunca se ha destacado tanto el trabajo de la UCI.

R.: Sí, por primera vez la gente habla de la UCI. Lo que hacemos es intentar devolver a las personas con enfermedades potencialmente mortales a su situación previa en el menor tiempo posible y sin ningún tipo de secuelas. Hay mil causas para que tu vida corra peligro, desde un apuñalamiento a una infección grave por coronavirus.

Mucha gente ha muerto sola y eso ha sido lo peor de la pandemia

La gente entiende que es un sitio donde vas a morir y eso es erróneo: en condiciones normales la gente sobrevive a la enfermedad crítica, la mortalidad es de un 10%  Pero no se trata de si la gente sobrevive sino de cómo sobrevive. En Proyecto HU-CI pensamos que hay margen de mejora en eso y que no puede ser aleatorio que te atienda un profesional que sepa comunicarse contigo en una situación emocional compleja, que entienda que estás sufriendo. Es una visión integral: respetar la dignidad de pacientes, familiar y profesionales. Todavía seguimos haciendo medicina de la Ilustración: todo para el paciente pero sin tener en cuenta la opinión del paciente. Los profesionales no tenemos la experiencia física o emocional de ser ingresados en cuidados intensivos, que es una de las cosas más traumáticas que hay.

P.: Pero hay una confusión: no todos los pacientes pueden entrar en la UCI.

R.: No es que hayamos tenido que tomar decisiones con el coronavirus: es nuestro día a día. Cada vez que valoramos decidimos si el paciente tiene el criterio o no para entrar en cuidados intensivos y eso no tiene nada que ver con la edad, sino con si el paciente tiene posibilidades de volver a una situación previa con garantías o no. Si no tiene posibilidades, no pongo a su disposición recursos de sustitución de fracasos orgánicos porque sería invadir su cuerpo con aparatos para que muera rodeado de máquinas y no de sus seres queridos. Aplicamos los principios de proporcionalidad y de la bioética: autonomía, justicia, beneficencia y no maleficencia.

P.: ¿La falta de camas, profesionales o respiradores hizo que pacientes que tenían condiciones de ser ingresados no pudieran ser ingresados?

R.: Probablemente en algunos hospitales concretos de Madrid, Cataluña o Castilla-La Mancha hayan tenido que tomar esa decisión porque no han tenido recursos. Durante una guardia no tuve que tomar esa decisión porque tres pacientes murieron y eso hizo que tuviera huecos. Pero si no, hubiera tenido que decidir a quién ingreso. Y eso es muy jodido. Se hablaba mucho de respiradores o equipos de protección individual pero el problema era también no tener profesionales de medicina y enfermería intensivista. Venían a ayudarnos profesionales de otras especialidades y estábamos encantados, pero al final tenías que hacer tu trabajo y estar pendiente de que otros no cometieran errores.

No se trata de si la gente sobrevive sino de cómo sobrevive

P.: Tu hospital fue el primero en ingresar un paciente con coronavirus en UCI y de los primeros en alcanzar el límite de su capacidad. En el libro mencionas que había un desfase entre lo que veías en el hospital y las declaraciones del Gobierno.

R.: Totalmente, era surrealista. Pensábamos: ¡qué vengan aquí! Con 5.000 casos pululando, se anuncia el cierre del país un sábado, pero no se pone en marcha hasta el lunes, ¿por qué no cuanto antes? Entiendo que es difícil tomar decisiones cuando te enfrentas a algo que no existía. Si la gestión hubiese estado basada en la humildad se habría dicho: no tenemos ni idea, pero vamos a coger a la gente más lista que tengamos y la vamos a poner a pensar, y también que los que están a pie de cama nos informen de lo que es prioritario. Nos hemos sentido abandonados. Desde el Proyecto hemos intentado aportar soluciones y no hemos tenido respuesta ni de la Consejería de Sanidad de Madrid ni del Ministerio de Sanidad. Es doloroso. El 28 de marzo las sociedades científicas reclamaron profesionales y no recibieron respuesta del Gobierno. No sabemos qué hubiera pasado, pero sí sabemos lo que ha pasado por hacer las cosas de esta manera.

Personal médico en el Hospital de La Paz de Madrid. REUTERS/Sergio Perez

P: Lo que describes en el libro es un fracaso solidario: grandes hospitales que en un primer momento no quieren coger pacientes de otros hospitales, comunidades autónomas que no se ayudan entre sí, y falta de decisiones del mando único.

R.: Así nos ha ido. Ha habido una gestión basada en la improvisación, egoísmo y la resolución de problemas según iban apareciendo. Sin ninguna estrategia. De lo micro a lo macro, ese egoísmo ha ido creciendo. Cuando llega el virus a nuestro hospital nadie nos hizo caso. A la semana hay casos en todas partes y todo el mundo quiere mascarillas y EPIs, para proteger a su gente. La Comunidad de Madrid, Cataluña, Castilla-La Mancha y Castilla León estaban muy mal y mientras tanto Extremadura, Galicia, Canarias o Baleares no tenían problemas y se preparaban para lo que pudiera venir. Si la estrategia hubiese sido contener Madrid y Cataluña y tener apoyos desde fuera…

Yo mismo hice un llamamiento el 20 de marzo y jefes de servicio de UCI de hospitales de otras comunidades me dijeron que nos iban a enviar a gente. Y cuando hablaron con la Consejerías de Sanidad de su autonomía se lo denegaron. ¿Por qué? No querían que luego se lo reprochara nadie. Ha sido una gestión basada en el egoísmo y no el bien común. A Japón, que es un ejemplo de cultura cooperativa, le ha ido mejor.

P.: En cuanto al traslado de pacientes, la Consejería de Sanidad de Madrid no lo solicitó, según el Ministerio de Sanidad.

R.: Es un ejemplo claro. Se tarda más tiempo en trasladar desde Torrejón a La Paz que a Guadalajara. Yo estaba muy esperanzado con el mando único, pensé que era el fin de los reinos de Taifas y se iba a dirigir el tráfico de pacientes y profesionales. No se ha ejercido el mando único. Uno tiene la sensación de que tener las competencias transferidas hace que cada CC.AA. haga lo que quiera.

P.: Para alguien tan comprometido con la humanización de las UCI, la larga y solitaria estancia de pacientes con coronavirus era la pesadilla perfecta.

R: Sí. Estoy contento porque llevo seis años luchando por esto y me han hecho siempre un caso relativo. El coronavirus ha puesto de manifiesto que humanizar es prioritario porque el sistema hace aguas. Hay que cambiar el modelo de gestión centrándolo en la dignidad de las personas.

No he vivido una situación tan dura como el resto de los hospitales de España, donde les han prohibido la entrada a familiares. Tomamos la decisión de que familiares protegidos entraran dos veces al día aunque el paciente estuviera en coma inducido. Cuando haces algo que va en contra de tu vocación te genera distrés moral. El coronavirus no te tiene que restar tu humanidad y hacerte tomar decisiones desde el miedo, sino desde la ciencia. Si yo no me he infectado en un mes porque he llevado traje, se puede enseñar a las familias a ponérselo: pacientes de 70 días en UCI han tenido a sus familiares entrando todos los días y no se han contagiado.

Pacientes de 70 días en UCI han tenido a sus familiares entrando todos los días y no se han contagiado

P.: ¿Ha sido el alto número de contagios de sanitarios el mayor fracaso?

R: Los intensivistas somos obsesos del trabajo y del control. Si la gente que más se preocupa por la seguridad cae enferma es que el sistema no funciona. España tiene el dudoso honor de tener 50.000 profesionales infectados. ¿Somos más tontos que los chinos? No, algo no habremos hecho bien. Durante el primer mes trabajamos bien porque teníamos los equipos y no hubo infectados. Cuando el Ministerio cambió las recomendaciones y dijo que el traje podía usarse todo el día y que no hacía falta usar una mascarilla por paciente se equivocó. En nuestro hospital, de nueve intensivistas caímos cinco.

Profesionales de UCI con equipos de protección inidividual.

Profesionales de UCI con equipos de protección inidividual. REUTERS SP/KTS

P.: ¿No hubo suficientes pruebas?

Para mí, el día que Fernando Simón dijo que se hacían pruebas a todos los sanitarios dejó de ser médico y pasó a ser político. Al día siguiente reculó, pero a medias. Pensé que iba a dimitir. A Simón se le ha venerado y es un tío muy respetado por su trayectoria de epidemiólogo, pero la realidad es que ese día mintió. Era falso que se nos hicieran pruebas a todos. La directora de Salud Pública de la Comunidad de Madrid dimitió porque le dijeron que tenía que firmar un informe favorable al cambio de fase y no estaba de acuerdo. Simón dijo lo que le dijeron que tenía que decir.

P.: Otro tema sensible para vosotros y los pacientes ha sido la medicación que había que administrar.

R.: Ha sido muy llamativo. Cada hospital tenía su criterio. No se ha visto eso nunca en medicina: más o menos todo el mundo hace lo mismo para todo. Pero no se sabía nada. Decían que los chinos ponían tal fármaco y lo poníamos, después que los italianos decían que ese fármaco no, pues lo quitábamos. Es el peligro de la gestión del miedo: se han usado fármacos que jamás se usarían en otro contexto. Uno tiene la sensación de decir: aquí la industria farmacéutica ha tenido mucho negocio. Por ejemplo, el Tocilizumab, un fármaco para pacientes con enfermedades reumatológicas que vale 1.000 euros la dosis. Había que poner dos dosis, a veces tres. Usar ese fármaco en miles de pacientes, cuando no tenemos evidencia de que sea útil, significa mucho dinero. Al tiempo sale un estudio que dice que ese fármaco no sirve. Ahora la hidroxicloroquina es perjudicial. Pues la hemos puesto a cubos. Tengo 43 años y nunca se habían hecho tantas cosas en medicina sin ningún tipo de evidencia. Ni científica ni experimental. En las grandes revistas científicas como The New England se han publicado artículos basados en muy pocos pacientes. Si esos artículos hubieran sido promovidos por la industria farmacéutica sería el crimen perfecto.

Se han usado fármacos que jamás se usarían en otro contexto

P: ¿Qué le dirías a quien no respete ahora la distancia social y las medidas de seguridad?

R.: La gente está hasta los huevos porque nosotros mismos lo estamos, pero toda esa gente que se salta sistemáticamente las normas me gustaría que hablara con un familiar que se ha muerto o con un paciente de cuidados intensivos. Es como al principio, cuando nos mandábamos memes de lo que pasaba en China: o te toca muy de cerca o parece que no va contigo.

P.: Los psicólogos señalan que para la salud mental de los sanitarios es importante sentir el reconocimiento de la sociedad. ¿Lo sientes así?

R.: Los aplausos han sido muy comentados por los profesionales con opiniones para todos los gustos. Para mí, era mi momento del día. Tengo una terraza, vivo en el campo y salía con mi cerveza y disfrutaba. También te digo que he echado de menos manifestaciones de duelo porque no entendía que algunos medios celebrasen que hubiera 300 muertos por mucho que el día anterior hubiera habido 800. Ha habido una brutal falta de respeto a las familias de los muertos.

Humanizar la sanidad es algo absolutamente prioritario y los políticos no pueden ya mirar para otro lado

P.: ¿Qué esperas de la política respecto a la sanidad?

R.: Si ahora no se invierte en sanidad, apaga y vámonos. ¿Debería salir de nuestros impuestos? Sí, pero la sociedad civil quiere ayudar. La moraleja es aprender de lo que ha pasado para que la siguiente no sea un desastre. La gestión del altruismo es fundamental. El egoísmo no ha funcionado, vamos a probar otra cosa.

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