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(Música)

Hola, amigos, muy buenos días.

La semana pasada nos despedimos hasta dentro de tres semanas,

pero una vez que se han confirmado los horarios de transmisión

desde el Vaticano, tanto la misa de este Domingo de Ramos

como la próxima semana, Domingo de Pascua,

hemos tenido ocasión de estar juntos una vez más

y lo vamos a aprovechar

para compartir con ustedes una conversación

que creo es muy apropiada para este tiempo

que iniciamos de Semana Santa.

Es la entrevista que manteníamos

con el sacerdote Ramón Miranda Muñoz.

Hablábamos a propósito de su vida,

de su experiencia plasmada en un libro

que se llama "Me enamoré de un leproso",

con él nos quedamos.

Seguro que hay muchas personas que te conocen como Pachús,

bueno, yo al menos lo dejo ahí para que si alguien le conoce,

que le identifique y sí, es él, es Pachús, es Ramón.

Ramón yo hablaba al comienzo como de que en tu vida

de algún modo sí que has experimentado

una resurrección.

He sido muy exagerada, ¿o no?

Bueno, estoy experimentándola todavía.

Yo creo que no es exagerado porque el amor de Dios hace resurgir

lo que estaba muerto y yo,

hubo un momento en mi vida en el que sentía que estaba muerto,

muerto por varias circunstancias.

Me sentía muerto por la ira, muerto por la soberbia,

por la lujuria, por la pereza, por la envidia.

Cada uno de los pecados habían hecho mella en mi corazón

y habían hecho que me hubiera convertido

en la persona más egoísta del planeta.

Y sin embargo,

en esa vida el Señor se manifestaba

como alguien que también había entrado en la muerte.

Para mí, hacerme entrar en la vida,

en una vida que ya solo se puede llamar eterna.

Si te parece y yo creo que sí,

porque es lo que haces en este libro,

sí que estás, de algún modo,

abierto a contar cómo era esa vida que te llevó,

eso, a la soberbia, a la ira, a no estar bien, en definitiva,

contigo mismo y a no estar bien con Dios.

Al menos tú, aparentemente.

Dios ahí seguía esperándote como tú muy bien cuentas.

Y estamos hablando de una situación

que por desgracia les pasa a muchos jóvenes,

estamos hablando cuando tú eras más joven, lo sigues siendo,

pero te metiste en historias muy complicadas que te llevaron

incluso a la droga, a la violencia.

Y no estoy siendo exagerada, ¿no, Ramón?

No, desgraciadamente.

Pero aún así, también creo que es por gracia,

porque Dios también se encuentra.

Yo creo que Dios me hizo experimentar

que aún siendo la persona,

pues como dice el título más leproso de la tierra,

aún así Dios tenía una mirada sobre mí de conquista.

O sea,

a mí me impresiona cuando un chico se siente conquistado por una chica,

porque le sorprende sus ojos, su rostro,

le sorprende su belleza.

Pero enamorarse de la más fea del baile,

eso no la había visto jamás hasta que eso me sucedió a mí.

¿Te considerabas la fea del baile?

Uy, la fea.

Me consideraba la bestia, me consideraba un leproso.

Y sin embargo, Dios no había buscado a la más guapa.

Al revés, había buscado a la más fea.

¿Cómo era? ¿Qué pasó en esos momentos?

Cuéntanos un poco.

La historia es larga, la historia es dura,

pero ponnos en situación, Ramón.

Bueno, es fácil.

Yo creo que, por resumirlo de alguna manera,

sería que yo buscaba ser Dios,

y aunque Dios buscaba exactamente lo mismo,

le buscábamos de manera distinta,

porque él también buscaba que yo fuera Dios,

pero no de la manera en la que el mundo

o el demonio me habían vendido, que era Dios.

Dios me habían vendido que era algo grande, que pisaba,

que era algo que estaba por encima de los demás aplastando

y Dios no era eso, Dios era pequeño, siendo sublime,

se había hecho infinitamente humilde

precisamente para encontrarse con los que son pequeños.

Por eso es bellísimo en la Escritura cuando Jesús manifiesta

que solo los que son como niños entran en el Reino de los cielos,

porque en el cielo es el lugar de Dios y Dios no es algo grande.

Dios es un niño.

Sinceramente, es la imagen que verdaderamente pienso.

De hecho, algunos que han tenido visiones sobre el cielo

siempre me han parecido muy hermosas,

las que han visto a Dios, también a Jesús y a María,

niños en el cielo.

De hecho,

a veces les digo a los niños de la parroquia:

"El cielo es un patio de recreo

y lo mejor de todo es que Jesús siempre se deja ganar,

así que siempre vas a ganar".

Y por eso yo tenía la concepción justo, totalmente contraria.

Que había que ser grande, la fama, el poder, el honor, el éxito.

Me habían vendido.

Y entonces yo estaba desesperado porque la gente me quisiera

y estaba dispuesto a pagar cualquier precio.

El precio del éxito me salió caro,

precisamente porque me metí en drogas, en delincuencia,

en todas esas cosas.

También movía la envidia frente a mis hermanos,

a los cuales veía revestidos de dones que yo no tenía.

Yo me consideraba bajito, gordito, feíto, tontito.

Todas las "itos" estaban en mi vida

y todas esas cosas que yo despreciaba de mí mismo

eran las que Dios manifestaba que más le gustaban.

Todas mis pobrezas, mis miserias, todo lo que en mí...

Y entonces yo, por eso fui cayendo en todas esas cosas.

Un poco, también por buscarme a mí mismo, por proyectarme

por, en el fondo, querer pretender que los demás me quisieran.

Pero claro, yo me iba poniendo un disfraz

aún cuando podía sentirme querido por alguien,

no era lo que se me quería a mí, se quería el disfraz.

Pero claro, yo llega un momento en la noche

que yo me quitaba el disfraz.

Entonces entraba en mí la desesperanza,

porque, ¿cómo podía yo sentirme feliz si la gente no me quería a mí

por lo que yo era,

sino por lo que yo pretendía ser o mostraba?

Pero no era quién era yo.

Era imposible que yo pudiera sentirme querido así.

Era imposible.

Por eso hubo uno que sí lo hizo posible,

que incluso lo que a mí me daba vergüenza manifestar; mis pecados,

mis miserias, todas mis pobrezas,

¿quién, por ejemplo, se puede enamorar de un lujurioso

o de un soberbio,

o de alguien que está lleno de ira?

¿Quién dice: "Qué maravilla,

fíjate, es un envidioso, cómo le quiero"?

¿Quién se puede enamorar de alguien así?

Pues el Señor, esa es mi respuesta.

El Señor que entró en esa muerte,

se manifestó él con todas mis culpas,

para que yo pudiera caer rendido en sus brazos, diciendo:

"Señor, yo también te quiero querer a ti".

Todavía no le quiero, pero estoy en ello.

Ahora veremos cómo fue ese encuentro,

además, es muy significativa esta imagen.

Después nos lo va a contar Ramón.

Pero, tú venías, como nos has contado,

de consumir drogas,

de vender droga.

Te habían echado, ya no sé, leyendo el libro

perdí la cuenta de cuántos colegios te habían echado,

de cuatro colegios

porque no se hacían contigo, vaya, en definitiva.

Habías entrado en el mundo de la delincuencia,

habías llegado incluso a injuriar a sacerdotes

y a la propia imagen de Cristo.

Eso es muy fuerte, claro.

Sin duda es uno de los capítulos que me encantaría cambiar

y cuando miro a Dios, él no lo cambiaría.

Eso es lo que más me sorprende,

que todo el desprecio que yo he podido manifestar a Dios,

él no lo quiere cambiar,

porque ahí me muestra aún más cómo me quiere,

para que no se me olvide

y para que pueda mostrar al mundo

que esa es la misión,

que Dios es capaz de querer a los últimos, a los más pobres,

a los más débiles.

Sin duda,

creo que muchas veces como que perdemos el tiempo

en hablarle a la gente de lo importante que es Dios.

Yo creo que hay que cambiar la mirada.

Y es decirle a la gente

lo importantes que son ellos para Dios.

Solo así puedes conquistar el corazón de un hombre.

Si todos nos miráramos solo un segundo

en el corazón de Cristo,

nos moriríamos de la ilusión.

Nos moriríamos.

Es que es alucinante cómo, siendo tan pobres,

Dios se haya fijado en nosotros.

"¿Qué tengo yo que ofrecer, Señor?",

le digo todos los días.

Y sin embargo, él siente que le ha caído el gordo.

Contigo. Nunca mejor dicho.

Pero efectivamente, es que le ha caído el gordo.

Al Señor le ha caído el gordo conmigo, pero digo:

"Señor, será al revés.

Seré yo el que he recibido un premio".

Y sin embargo, el afortunado es él.

¿Cómo fue ese encuentro con Jesucristo?

Porque yo creo que, no sé,

pero muy abierto no estabas tú ahí en ese momento.

Además, fue en un momento,

en una circunstancia en la que te acababan de expulsar

de otro colegio

que no era tu mejor momento ni para ir a una parroquia,

ni para encontrarte con Jesús ni nada por el estilo.

O quizás si lo estabas buscando, no sé, Ramón, cuéntanos.

Pues tal vez sí que era el mejor momento

porque cuando has perdido la esperanza en los hombres,

cuando has perdido la esperanza en la vida,

te encuentras que Dios se ha hecho vida

y hombre para llenar tu esperanza.

Y tal vez ese era mi punto, ese era mi momento.

En el momento en el que Dios se manifiesta

de una manera muy sencilla,

yo creo que mi encuentro con él fue en el Calvario.

Lo que pasa es que para entrar en ese momento

hace falta entrar en un confesionario.

Y en ese momento, yo me encontré con un sacerdote

que me mostró todo el amor de Cristo.

Yo le iba contando mi historia con más pelos y señales,

que te la cuento a ti,

porque no sé si entonces me vuelves a invitar.

Y el caso es que cuando estaba contándoselo,

claro, él me sonreía y yo decía: "Una de dos;

o este tío no se entera o no me hace caso".

"Que le estoy diciendo que me he drogado,

que he hecho tal cosa".

Y él sonreía, sonreía, sonreía

y yo decía: "Pero este tío, ¿de qué va?".

De hecho entraba en mí una rabia por dentro casi de estrangularle

y decirle: "Pero ¿me estás haciendo perder el tiempo?".

Y él respondió: "¿Y qué?".

O sea, después de dos horas de confesión,

después de dos horas de contarle todo,

la primera persona en mi vida a la que no le miento.

Y la respuesta es "y qué".

A mí eso, de verdad, me hundió.

Fue un poco como a Pablo,

que dice que le tiró del caballo,

bueno, no sabemos si era un caballo, pero que se derribó, se cayó.

Pues esa fue como...

Es que nunca me hubiera esperado una respuesta así

ante una vida como la que yo manifestaba.

Es como si a un terrorista le dicen: "No, el cielo es para ti".

"¿Cómo el cielo va a ser para mí?

Si para mí el único lugar es el infierno,

si es que no hay otro lugar". ¿Tú lo veías así, Ramón?

Efectivamente, porque yo mentí a todo el mundo,

pero era incapaz de mentirme a mí mismo.

Lo intenté durante muchos años,

pero también el demonio te quita el disfraz para que te hundas,

para que te desesperes,

para que veas que no hay posibilidad,

que no hay esperanza,

para que veas que es imposible

que alguien te ame.

Si te manifiestas tal y como eres,

es imposible que alguien te pueda querer.

Claro, si te pones el disfraz, fenomenal.

Te quieren por el interés. Efectivamente.

Bueno, todos por el interés no, porque estuvieron tus padres.

Claro. Cuéntanos esa historia

porque se habla mucho de San Agustín y Santa Mónica,

pero de Ramón y su madre yo creo que habría que hablar también.

¿Cómo se llama tu madre? Amelia y Ramón.

Amelia y Ramón, tus padres,

creo que había que hablar también de ellos, porque, hombre,

que tú llegas a esa casa expulsado de colegios,

que llegases después de haberte metido

en historias muy complicadas con la droga,

que te abrieran la puerta y te dieran un abrazo...

Es curioso lo que dices,

porque hace un tiempo hemos tenido

una presentación del libro en mi parroquia.

Y entonces, bueno, hicieron una presentación,

estaba el obispo, estaba mi párroco, muy majo, Antonio y tal.

Y luego yo di una intervención, Marta Moreno,

que es la que ha llevado un poco el libro a la luz, es la editora,

la "coeditora", como dice ella,

porque la que lleva la empresa es la Virgen.

Y entonces llega el momento del turno de preguntas

y la primera pregunta no fue a mí, fue a mi madre.

Y la segunda fue a mi madre.

Y si dejo, la tercera y la cuarta.

Claro, a la gente en el fondo le interesa eso, porque detrás,

como tú bien dices,

de esta historia estaba la oración y la penitencia de mi madre.

De hecho, ahí es donde está la clave para enamorar un alma.

¿De qué se sirvió Cristo para enamorar la mía?

De la oración de una madre que no desesperó y que fue fiel,

fiel cada día a la oración.

Hace, creo que lo cuento también en el libro,

hace tiempo escuché en Radio María

una anécdota que me pareció divertidísima

en un programa en el que todo el mundo llama

para pedir cosas y tal.

Llama a una mujer y dice: "Yo no llamo para pedir algo,

llamo para dar gracias", dice: "¿Cómo?", dice: "Sí,

llamo para dar gracias por la conversión de mis dos hijos".

Y la locutora le dice: "Oye, cuéntanos más detalles.

Es muy interesante".

Y le dice: "No, si es que todavía no ha sucedido".

Dice: "¿Cómo?", "Sí, pero como sé que Jesús me lo va a conceder,

¿para qué pedir? Yo ya doy gracias".

Pues esa es con la fe

con la que todos los días mi madre pedía este milagro

porque se había fiado de Jesús,

que dice en el Evangelio que si pedimos con fe

se nos concederá.

Y ella todos los días rezaba, hacía penitencia, ayunos,

tantas cosas.

De hecho, ojalá pudiera mostrar en esta televisión

las rodillas de mi madre

para que se vieran hasta los callos

de lo que cuesta un alma y el alma de un hijo.

Mi madre incluso llegó a decir

que no entre yo en el cielo si no entra él.

Y pues así.

Así de maravilloso es el amor de Dios,

que se sirve de personas concretas, sencillas,

para manifestar toda la omnipotencia de Dios.

Dios no manifiesta su omnipotencia a través de un milagro,

sino a través de una madre que reza.

Ese es el milagro que es capaz de mover

el corazón de la persona más soberbia del planeta

para que caiga rendido en los brazos del Dios que más le quiere.

Fíjate, no hace mucho tiempo hablábamos aquí,

precisamente con dos madres que hacen la oración

y una de ellas es la responsable a nivel nacional

de la oración de las madres.

Una de las cosas que decían, hay un momento en que a los hijos

ya no les puedes decir mucho, ya les has dicho todo

y por uno les entra y por otro sale,

al que se le queda siempre es a Dios.

Y eso lo habéis experimentado en tu familia, ¿verdad?

¿Cómo era tu relación cuando...?

¿Te planteabas la presencia de Dios en tu vida

en esos años tan complicados que además fueron muchos?

Porque tú empezaste muy jovencito a tener problemas,

por lo que ahora quizá ahora llamaríamos "bullying".

Sin duda.

Y claro que me planteaba la presencia de Dios.

De hecho, yo de pequeño era superamigo suyo.

O sea, y Jesús era un tío fantástico al que yo quería querer.

Y de hecho, yo creo que de pequeño le quería de verdad.

Lo que pasa es que te falla.

Tú te has hecho un esquema de lo que Dios tiene que ser.

Y Dios tiene que cumplir una lista de deseos,

casi como para los Reyes Magos, efectivamente.

Pero es que Dios quiere hacer algo más importante

que cumplir tu lista de deseos, que es hacerte feliz.

Y en esa felicidad entra la cruz

y la cruz no te interesa.

Mi cruz no me interesaba,

porque aún cuando la cruz manifestaba en mi vida

que Dios me quería,

porque me hacía más humilde, me humillaba,

me hacía más pequeño

y no hay mejor tamaño para ir al cielo

y en el fondo para salir del amor a uno mismo,

el amor propio

y entrar en la realidad del amor hacia el otro.

¿Cómo podemos amar al otro

si no es saliendo de nosotros mismos?

Y esa es la puerta que hay que pasar,

la puerta de la cruz.

Y por eso yo no quería un Dios con cruz.

Igual que cuando están en el Evangelio dicen:

"Bájate de la cruz, bájate". Yo era ese

que decía: "Bájate de la cruz, no me des cruz, no quiero cruz,

no quiero un Jesús con cruz".

Y sin embargo,

con el tiempo me di cuenta de que la cruz era el mayor tesoro

que Dios te puede dar,

que en el sufrimiento

está verdaderamente el secreto de la felicidad.

Luego, acompañando de sacerdote a personas que han sufrido mucho,

incluso me estoy acordando ahora de una niña

que cuento con cáncer en el libro.

Ella, sin duda me ha enseñado

que el sufrimiento no es una maldición.

Al revés, el sufrimiento

es la puerta pequeñita por la que vamos entrando

en el cielo.

Y sin duda no hay nada más maravilloso que hacernos como niños.

El sufrimiento nos hace humildes, nos humilla,

nos achica y Dios estaba manifestándome eso,

pero yo no quería entrar en sufrimiento.

Por eso di de lado a Dios y en principio hubo un momento

en el que no creía.

Ateo, ateo, ateo yo creo que no te puedes hacer nunca.

De hecho, ese fue mi gran problema.

Como al final de mi vida era casi totalmente ateo,

ya quería quitarme la vida

porque no entendía una vida a la que no pudiera existir Dios,

la que mis anhelos y mis deseos

no pudieran ser cumplidos en plenitud.

Porque mi corazón estaba hecho,

no para las cosas temporales o caducas,

sino para las cosas eternas.

Y por eso mi corazón no terminaba de saciarse jamás

hasta que entraba en la realidad de Dios.

Ese leproso, ¿quién es el leproso? ¿Jesucristo o tú?

Está hecho así a posta.

Porque el libro se llama "Me enamoré de un leproso",

no sé si Dios se enamoró de ti o tú de Dios.

Está hecho a posta para que se vea que no...

No terminas de saber si es Ramón o si es Jesús,

pero lo que sí es verdad es que un poco los dos.

O sea, yo por supuesto que entré ese día

con lepra en el confesionario,

pero me encontré con un Jesús leproso.

Por eso son las dos cosas

y por eso se ha querido plasmar también esa imagen.

Y esta imagen es la que te interpela.

Es como me imagino al Señor.

Al Señor me lo imagino bello

porque se ha hecho repugnante.

Y no repugnante en el sentido de desprecio,

sino en el sentido de que ha querido desnudarse,

enseñarme que su cuerpo y el mío son exactamente iguales,

que al hacerse hombre asume absolutamente

todo lo que hay en el hombre, incluso su culpa y su pecado,

para cargarla y para manifestar que él no me da de lado.

Donde nadie me aceptaría,

donde todo el mundo me rechazaría, donde nadie querría entrar,

han entrado él y la Virgen.

Y abre la puerta a la resurrección.

Por eso comenzábamos también el programa un poco de este modo

porque tú has vuelto a nacer para la vida,

después de toda esa experiencia.

Tú y tantas personas, estoy pensando también

en tantas personas que nos pueden estar viendo,

o madres de personas, de jóvenes,

de chicos, de chicas que ahora puedan estar viendo

y decir: "Es que queda la esperanza".

No es la última palabra.

De hecho, Jesús se lo dice a Nicodemo:

"El que no entre otra vez en un nuevo nacimiento,

no entrará en la vida eterna".

Y Nicodemo se sorprende

porque no entiende ese nuevo nacimiento.

Yo creo el nacimiento es todos los días,

desde que me levanto hasta que me acuesto,

no solo por despertar,

sino especialmente cada vez que voy a la Eucaristía,

cada vez que perdonan mis pecados,

cada vez que le veo presente en los niños, en los pobres,

en los últimos.

Cada vez que veo cualquier cosa de mi ministerio,

estoy entrando otra vez más en la vida.

Y todos los días son un poquito menos hacia la vida eterna,

que verdaderamente es la vida con mayúsculas.

Cada vez que estoy con Jesús

y sobre todo cada vez que celebro la misa

y sobre todo cada vez que le comulgo,

ahí sí verdaderamente me siento como Lázaro y siento que resucito.

Pues así nos vamos a despedir.

Les deseamos que tengan una muy buena Semana Santa

y la próxima semana, el próximo domingo,

domingo de Pascua, Domingo de Resurrección,

si Dios quiere, aquí nos encontraremos de nuevo

en "Últimas preguntas". Hasta entonces.

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Últimas Preguntas - Domingo de Ramos

28 mar 2021

Este domingo, en el inicio de la Semana Santa, hablamos con el autor del libro 'Me enamoré de un leproso', Ramón Miranda, en el que narra su encuentro con Jesús tras una infancia y adolescencia muy complicadas.

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