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Para todos los públicos  tres14 - Es Ciencia - Ver ahora
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La ciencia está construida de preguntas,

hallazgos, evidencias.

Pero también de mitos y leyendas.

Nos han contado historias

de científicos locos e inspiraciones divinas

que los historiadores de la ciencia desmienten.

Qué es ciencia y qué no lo es.

¿Qué persiguieron en realidad Einstein o Newton?

¿Por qué pasan a la historia unos nombres y otros no?

¿Quién maneja los hilos de la ciencia?

El conocimiento es poder.

Quizá por eso la transmisión del conocimiento ha estado siempre

interferida por intereses, versiones y caprichos.

Son palabras

del físico estadounidense Richard Philips Feynman.

Pocos científicos hay más famosos que Albert Einstein.

Y tanto se ha hablado de él,

que ya es más un personaje que una persona.

Siempre se le muestra como en otro mundo.

Sus papeles, sus fórmulas y sus teorías abstractas,

Einstein parece no preocuparse por los problemas cotidianos.

Pero nada más lejos de la realidad.

Detrás de la teoría de la Relatividad se encuentra

la necesidad de resolver un problema muy mundano.

Einstein quería saber

cómo sincronizar relojes que estaban en diferentes sitios

para que marcaran la misma hora.

A principios del siglo XX

aparecieron los relojes públicos en las estaciones de ferrocarril,

y hacer que todos coincidieran no era fácil.

Cada día, de camino al trabajo en tren,

Einstein reflexionaba sobre estas cosas.

Y de ahí surgieron sus ideas sobre el espacio, el tiempo,

y la velocidad de la luz.

Seguramente por eso en sus escritos de relatividad

Einstein siempre pone ejemplos de trenes, relojes,

y pasajeros que se hacen preguntas.

Tenemos muchos tópicos sobre qué es ser un gran científico,

pero tal vez sean historias más inventadas que reales.

Es labor de los historiadores de la ciencia darles la vuelta.

Como Patricia Fara y Agustí Nieto, que estudian

y se preguntan por la importancia de la ciencia en nuestra sociedad

y cómo es nuestro acceso a ella.

José Pardo Tomás y José Ramón Bartoméu

hablarán de los mitos y leyendas en torno a los científicos

y sus hallazgos a lo largo de la historia.

A los cuatro les preguntamos:

Como término 'ciencia', probablemente desde el siglo XIX

pero como conocimiento sobre la naturaleza,

desde el origen de la humanidad.

La ciencia en realidad como tal solo existe desde el siglo XIX.

Todo lo demás es invención de la tradición.

No se puede decir ni un punto ni un momento exacto

en el cual aparece la ciencia.

A finales del siglo XVI, el abogado y político

Francis Bacon creó un slogan que hoy seguimos repitiendo:

Pocas frases definen mejor la sociedad en la que vivimos.

Y en el pasado esa fue la idea que puso en movimiento

las ganas de inventar y descubrir.

No era el conocimiento en sí mismo

lo que buscaban los investigadores y exploradores,

era el poder que conseguían con él.

Patricia Fara es profesora de historia y filosofía de la ciencia

de la universidad de Cambridge.

Además es autora del libro "Breve historia de la Ciencia"

donde resume 4.000 años de aventura científica

y se pregunta por qué la ciencia se ha convertido

en la columna vertebral del mundo moderno.

Para ella el momento crucial se produjo cuando el dinero

empezó a jugar un papel importante en la ciencia.

Y en el siglo XIX la idea caló hondo.

La ciencia se convirtió en una buena inversión.

No porque era una fuente de conocimiento objetiva y parcial

sino porque conseguía resultados concretos.

Fue la época de la revolución de la electricidad, por ejemplo.

Decenas de científicos e inventores

se lanzaron a intentar controlar la energía eléctrica

en forma de bombillas, telégrafos y motores.

Algunos como Thomas Edison mostraron que la ciencia

además de transformar la sociedad podía ayudar a ganar mucho dinero.

Pero inevitablemente,

el poder acaba mostrando su lado oscuro.

Fue en el núcleo del átomo

donde encontramos la otra cara del avance científico.

De hecho la energía nuclear es un sueño

es quizá lo más genial de la humanidad a principios de siglo

con la generación de Einstein, Marie Curie, Bohr,

Los grandes científicos de principios del XX

que son capaces de manipular el átomo en su intimidad,

pero en 1945 Hiroshima y Nagasaki

ese final dramático de la Segunda Guerra Mundial

y Fukushima en Japón, hay un problema,

hay como una especie de doble cara.

Es como una sensación de que podemos ser muy poderosos

a la hora de desarrollar una nueva tecnología, pero

tiene sus limitaciones, tiene su precio.

Tiene como su cara oscura.

Agustí Nieto es historiador de la ciencia

en la universidad autónoma de Barcelona

Sus investigaciones se centran en entender por qué actualmente

hay una distancia tan grande entre expertos y profanos

entre los que saben y los que no.

Porque en la historia las cosas no siempre fueron así.

En los teatros anatómicos

donde se mostraban las maravillas del cuerpo humano

el público en general estaba invitado a participar.

Las galerías de curiosidades traídas de mundos exóticos

estaban abiertas a todo el mundo.

Y las demostraciones públicas de la electricidad

eran una atracción para expertos y profanos.

Pero ya en el siglo XX algo cambió.

Y no es difícil encontrar el poder en ese cambio.

Hay autores que hablan de un cierto pesimismo posmoderno

un cierto malestar, una cierta desconfianza

en ese experto científico indiscutible.

Y aquí hay muchos argumentos.

Las crisis medioambientales que se han producido, por ejemplo.

Todo el tema de la energía nuclear.

El mismo resultado

de lo que significó el nazismo en la Segunda Guerra Mundial.

Debemos recordar que Alemania era la gran potencia científica

y tecnológica de occidente y del mundo

desde finales del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial.

Las mejores mentes de la ciencia del siglo XX

desarrollaron tecnologías

que sirvieron para los campos de concentración.

Y ahora parece que ya ha pasado, ha pasado más de medio siglo.

pero estos acontecimientos han tenido un impacto

en la percepción pública de la ciencia

en la segunda mitad del siglo XX.

Desde entonces la imagen de los científicos

se ha intentado mejorar de muchas maneras.

A veces mostrando una visión simplista y reducida

de que la ciencia siempre significa un avance, un logro,

un progreso para la sociedad,

pero recuperar las biografías de los científicos nos permite ver

que las cosas son mucho más complicadas de lo que parecen.

Y que cada uno tiene sus luces y sus sombras.

Por ejemplo, Fritz Haber es un químico alemán

que obtuvo el premio Nobel por una síntesis del amoníaco,

una síntesis industrial del amoníaco.

Es un gas,

un compuesto que es muy útil para fabricar fertilizantes.

Pero al mismo tiempo, Fritz Haber estuvo implicado en la fabricación

de armas químicas en la Primera Guerra Mundial.

La misma persona es capaz de obtener un premio Nobel,

por un progreso industrial muy importante,

y al mismo tiempo, participar en primera fila

como un acto de servicio en una situación de guerra,

en la cual él es reclutado por el ejército alemán

para fabricar gases letales

que luego fueron lanzados en las trincheras

de la Primera Guerra Mundial.

Y es la misma persona.

Eso nos indica la complejidad de cada uno de esos individuos.

Hay quienes se escudan diciendo

que los descubrimientos científicos no son buenos ni malos.

Lo mismo se dice de la televisión.

Que todo depende de cómo se use.

Esa idea un poco ingenua del profesor de ciencias

creando conocimiento aislado en su laboratorio,

desprovisto de cualquier responsabilidad ética y moral

sobre la sociedad.

Y después de eso, ¡eureka, ya lo he descubierto!

Ahí os lo dejo y después vosotros ya lo aplicaréis como queráis.

Esto, diríamos que es ingenuo.

Un científico es un ser humano como cualquier otro

y está en esa continua negociación y discusión con los demás.

Con diferentes públicos,

todos ellos con sus propios intereses.

Hoy hay muchos más ejemplos

de que la ciencia y el poder siguen yendo de la mano.

La crisis energética y el cambio climático,

las patentes de genes y su manipulación.

La medicina y los laboratorios farmacéuticos.

No se puede pensar en estos temas sin hablar de la industria,

los gobiernos, el dinero y el poder.

El conocimiento es poder.

Y ese conocimiento

se transfiere a través de historias presentes y pasadas.

En unos minutos hablamos de la historia de la ciencia,

de certezas, mitos y leyendas y héroes científicos.

La ciencia está llena de robos de patentes.

James Watt no es el inventor de la máquina de vapor

sino Heron de Alejandría.

En el año 62,

él construyó el Aeolípilo, la primera máquina de vapor funcional.

Aunque en aquella época nadie le dio una utilidad práctica al invento.

Alexander Graham Bell tampoco es el inventor del teléfono,

sino el florentino Antonio Meucci.

En 1860, él presentó un prototipo de un aparato eléctrico

al que llamó teletrófono.

Mientras hacía los trámites para obtener la patente cayó enfermo

no pudo acabar de registrarlo y Bell se le adelantó.

La ciencia siempre se ha inspirado en la naturaleza.

Hemos diseñado aeronaves fijándonos en cómo se deslizan las serpientes.

En la caída de las semillas de arce

y en el vuelo de las aves.

Hemos copiado el movimiento de las orugas

para crear robots de rescate.

Y hemos imitado la seda de la araña

para fabricar hilos de sutura más resistentes.

Las nuevas telas autolimpiables se inspiran en la flor de loto

y las curvas del tren bala japonés en el pico del martín pescador.

Nuestra red de aire acondicionado es además idéntica a los túneles

y pasadizos que excavan las termitas en sus nidos.

Las mujeres científicas fueron ignoradas

hasta el éxito de Marie Curie.

Pocos saben que Ana Byron, hija del poeta romántico lord Byron,

fue en el siglo XIX una pionera de los ordenadores.

La física Lisa Meitner descubrió la fisión nuclear

e inauguró la era atómica,

pero el Nobel se lo llevó su colaborador Otto Hahn.

Lo mismo le sucedió a Rosalind Franklin,

ella obtuvo los datos

que demostraban la estructura de doble hélice del ADN

pero Watson y Crick se llevaron la gloria.

La antropóloga Mary Leakey tampoco gozó de prestigio

a pesar de descubrir las huellas del Laetoli,

el primer testimonio de homínidos que caminaban erguidos.

Los científicos más famosos de los últimos 200 años

son por este orden:

Bertrand Russell.

Charles Darwin.

Y Albert Einstein.

Para medir su fama

un grupo de investigadores ha contabilizado el número de veces

que aparece el nombre del científico en todos los libros publicados

entre los años 1800 y 2000.

En total han analizado cinco millones de libros,

escaneados por Google books, y han elaborado un ranking

que influye en los 4.200 científicos.

El primer español en la lista es Severo Ochoa

que aparece en el puesto 659.

Perros y científicos han tenido una relación íntima

a lo largo de la historia.

Laika, una perrita, fue el primer ser vivo que orbitó la Tierra.

Iván Pavlov estudió la conducta y el aprendizaje animal con perros.

Y los canes le dieron al argentino

Bernardo Houssay el premio Nobel de medicina.

En ellos descubrió el papel de las hormonas cerebrales

en el control de los niveles de azúcar en la sangre.

El cirujano V.N. Shamoz experimentó en perros

si la sangre de los muertos se podía trasfundir a los vivos.

De haber funcionado,

su ensayo habría resuelto el problema de la falta de sangre.

Cuenta la leyenda

que un día del siglo III a.C.

Arquímedes armó un jaleo

en las calles de Siracusa.

Saltó de la bañera

y corrió desnudo gritando:

¡Eureka, eureka!

Eureka significa lo he encontrado.

Y aún hoy se usa esta expresión

para los momentos de inspiración genial.

La historia es del todo inverosímil

y nadie la puede confirmar.

Pero con ella

Arquímedes pasó a convertirse

en un héroe de la ciencia casi mitológico.

Hoy seguimos pensando que los grandes descubrimientos

se consiguen como le pasó a Arquímedes,

de forma instantánea.

Pero en realidad

hay pocos flashes de genialidad.

En la ciencia

lo que abunda es el trabajo constante

metódico y lento.

Cada descubrimiento requiere años de trabajo.

Es lo que nos muestra

la historia de la ciencia.

La ciencia parece haber conquistado el mundo moderno.

Está presente en la tecnología que nos rodea

y en la manera de entender el mundo en que vivimos.

Hoy, los hombres y mujeres que en el pasado intentaron

y desentrañaron las leyes de la naturaleza

se nos presentan como héroes.

También Cristóbal Colón era un héroe.

Hasta que algunos historiadores nos contaron el lado menos glorioso

y más vergonzoso de sus conquistas.

Kepler, Galileo, Newton,

son ahora mucho más célebres de lo que fueron en su día.

Sus biografías no están manchadas de sangre.

Pero sí están plagadas de mitos y leyendas que ensalzan sus figuras.

Hay una especie de autoimagen

que han construido los propios científicos

y la propia gente que ha hecho ciencia

sobre su pasado.

Que tiene poco que ver con la historia.

Pero eso ocurre en otras muchas,

no solo disciplinas, sino sociedades y naciones.

Todas las naciones se inventan buena parte de su historia.

Isaac Newton es una de las figuras míticas

que los historiadores de la ciencia han analizado con más profundidad.

A sus ojos, el padre de la física moderna,

muestra una imagen mucho más compleja,

que la del genio que descubrió la teoría de la Gravitación,

tras ver caer una manzana del árbol.

Cuando escribió los principios matemáticos de filosofía natural

estaba muy convencido de que eso era un libro,

entre otras cosas, de teología.

Si ahora preguntamos a un estudiante de ingeniería

que está ahí con sus problemas de mecánica newtoniana,

si está estudiando teología, nos mirará con una cara

de una sorpresa considerable, ¿no?

La obra de Newton en física es comparable a su obra

en el terreno de la alquimia.

Escribió una gran cantidad de tratados alquímicos

y se interesó por muchas investigaciones que procedían

de épocas remotas del pasado de la alquimia.

También tiene una obra teológica muy importante, ¿no?

Quiero decir que estas categorías que utilizamos ahora

entre ciencia, magia, ciencia y no ciencia

nos la traspasamos al pasado son muy difíciles de utilizar.

Lo que es ciencia para Newton

no es exactamente ciencia para nosotros.

Newton pensaba que el plomo se podía transformar en oro.

Pero su fascinación por la alquimia y la magia se guardó en secreto.

Fue en el siglo XIX

cuando la ciencia empezaba a parecerse a lo que es hoy.

Y trataba de alejarse del misticismo y la espiritualidad del pasado.

En ese momento se creó la imagen del Newton solitario

precursor de la razón más fría.

Se presentó a Newton como el primero de los científicos,

cuando en realidad fue el último de los magos.

Sí, es otro de los mitos y otra de las grandes paradojas.

Los historiadores de la ciencia descubrieron hace mucho tiempo

que la magia, los tratados de magia y las investigaciones relacionadas

con lo que en la época se llamaba magia natural

hayan sido muy importantes en la revolución científica.

José Ramón Bartoméu es doctor en química e historiador de la ciencia

en la universidad de Valencia.

Trabaja rastreando la evolución de la química a lo largo del tiempo.

Pero claro, lo que hoy entendemos por química poco tiene que ver

con lo que significaba en el pasado.

Cuando hablamos del pasado

inevitablemente utilizamos las palabras del presente,

tenemos que referirnos al siglo XVIII hablando con palabras de hoy.

Y a menudo, cuando viajamos al pasado esas palabras no existen.

La palabra 'químico' con un significado parecido al nuestro

surgiría a lo largo del siglo XVIII, se iría consolidando,

pero con un significado que no es exactamente el que existe ahora,

ni siquiera en el XIX sería exactamente igual.

Ni siguiera la palabra 'científico' existía hace 200 años.

Nombres como Michael Faraday

con sus descubrimientos sobre la electricidad,

o Charles Darwin que dio con las claves de la evolución de la vida,

no se llamaban a sí mismos científicos.

Uno era un experimentador y el otro un naturalista.

Pero en el siglo XIX se les puso bajo el mismo paraguas

que a los químicos y astrónomos, el paraguas de la ciencia.

Los que nos dedicamos a hacer historia de la ciencia

de épocas anteriores al siglo XIX o a finales del siglo XVIII,

se nos dice que hacemos historia de la ciencia antes de la ciencia,

es decir, que nos inventamos el objeto de estudio,

puesto que no había ciencia.

Ciencia como la entendemos ahora,

como fenómeno social como es ahora, eso es un nacimiento en el siglo XIX.

José Pardo Tomás es historiador de la ciencia

en el instituto Milá y Fontanals

del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Para él, el siglo XIX no sólo es el momento

en que empezó a existir la ciencia tal y como hoy la conocemos,

sino que fue entonces cuando se empezaron a fraguar

los grandes mitos sobre los científicos.

Mitos que hoy en día todavía persisten.

El del genio y el de la ocurrencia.

El de ¡eureka!

Como la historia de la ciencia como una serie de 'eurekas'

asociadas a descubrimientos casuales

o a mentes geniales o a tipos extraordinarios.

Tipos normalmente varones,

normalmente blancos,

normalmente europeos,

si son mediterráneos tienen que ser antiguos,

Y desde luego, del norte del Mediterráneo.

Si alguno comete el error de haber nacido en Alejandría

es porque Alejandría era entonces de los griegos.

Todo ese tipo de cosas nos deberían hacer sospechar.

Antes del siglo XIX ninguno de estos mitos se conocía.

Tampoco existía el científico profesional,

y el conocimiento estaba en manos de la Iglesia,

que tenía sus propios mitos y su propia tradición.

Hacer historia, en cierto modo, es ir deshaciendo esas tradiciones

o al menos ir mostrando que esas tradiciones se han construido

por intereses que no son, o que tienen poco que ver

con lo que realmente sucedió en el pasado.

Hablar con historiadores da una perspectiva muy distinta

de cómo y por qué la ciencia se ha convertido en un elemento

tan crucial de la sociedad actual.

Parece natural pensar que la verdad siempre triunfa,

pero la historia nos muestra que no es así.

Un hecho científico no depende sólo de la naturaleza,

sino de dónde y cuando se investigue.

Los intereses comerciales y políticos influyen tanto

como los experimentos y las inspiraciones de los científicos

Ahora que la ciencia domina el mundo

ahora que nuestro futuro depende

de los avances científicos en energía, alimentación,

comunicaciones, agua, en todo, ahora es importante recordar.

Es interpretar el pasado, pero también entender muy bien

o entender mejor cómo funciona el presente.

Si hacemos historia de la ciencia es para entender también

cómo funciona esto, la ciencia actual, en el presente actual.

Para eso nos sirve la historia,

nos da una distancia que nos permite ver que algunos problemas actuales

han sido ya discutidos en otras épocas.

Cada vez que vamos al pasado nos damos cuenta de que las percepciones

de lo positivo o lo negativo, lo bueno o lo malo en el pasado

son mucho más sutiles de lo que podemos pensar.

Distanciarse el útil.

Hay cosas de nuestro planeta que sólo se han descubierto

cuando lo hemos observado desde el espacio.

Y la mirada histórica produce los mismos efectos.

A veces sólo vemos si nos distanciamos mucho en el tiempo.

¿La ciencia de hoy puede ser la superstición del mañana?

Quien sabe, quizá sí.

Sin duda alguna.

La ciencia de hoy fue la superstición del ayer en muchas cosas.

Podíamos hacer historia de la superstición

en vez de historia de la ciencia y haríamos lo mismo que hacemos ahora

Muy probablemente, los científicos del futuro

considerarán la ciencia de hoy como una superstición

pero los historiadores, no.

Estamos en el año de la química.

La web quimica2011.es reúne todas sus actividades

incluye una exposición virtual que explica por ejemplo,

qué es una molécula.

El científico John Harrison descubrió un método

que permitió a los marineros determinar la longitud exacta

de su posición en el mar.

"Longitud" es un libro que narra la historia

de este descubrimiento que tantas vidas salvó.

Durante siglos hemos buscado respuestas a las grandes preguntas

sobre nuestra existencia.

La serie en inglés de la BBC "The Story of Science"

lo intenta recreando famosos experimentos

y siguiendo las huellas de ilustres científicos.

La necesidad de sincronizar relojes situados en lugares diferentes

por ejemplo, en estaciones de tren, sirve de excusa al autor de

"Relojes de Einstein, mapas de Poincaré" para escribir

sobre la teoría de la Relatividad.

tres14 - Es Ciencia

03 jul 2011

Tenemos muchos tópicos sobre qué es ser un gran científico. Es labor de los historiadores de la Ciencia darles la vuelta. Pocos científicos hay más famosos que Albert Einstein. Y tanto se ha hablado de él que ya es más un personaje que una persona. Siempre se le muestra como en otro mundo. Con sus papeles, sus fórmulas y sus teorías abstractas, Einstein parece no preocuparse por los problemas cotidianos. Pero detrás de la teoría de la relatividad se encuentra la necesidad de resolver un problema muy mundano. Albert  Einstein quería saber cómo sincronizar relojes que estaban en diferentes sitios para que marcaran la misma hora. A principios de siglo aparecieron los relojes públicos en las estaciones de ferrocarril. Y hacer que todos coincidieran no era fácil. Y de ahí surgieron sus ideas sobre el espacio, el tiempo y la velocidad de la luz.

Patricia Fara y Agustí Nieto estudian y se preguntan por la importancia de la Ciencia en nuestra sociedad y cómo es nuestro acceso a ella. José Pardo Tomás y José Ramón Bertomeu hablarán de los mitos y leyendas en torno a los científicos y sus hallazgos.

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  1. Javier

    Lo del final es claramente rolling shutter :P

    26 jul 2011