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Para todos los públicos Somos documentales - Alerta: basura espacial - ver ahora
Transcripción completa

El espacio,

un medio vasto y sin límites.

O eso parece.

Tres...

Dos...

Uno...

¡Despegue!

Para saciar nuestra sed de conocimiento,

vigilar el planeta

o comunicarnos,

hemos enviado miles de satélites en órbita alrededor de la Tierra.

Los satélites son absolutamente fundamentales en nuestro día a día.

Por eso están omnipresentes.

Pero cada nuevo lanzamiento de un satélite engendra residuos

que permanecen en las afueras de la Tierra.

Desde los inicios de la conquista del espacio,

estos residuos se han multiplicado

y su proliferación está hoy descontrolada.

Hacen peligrar todos nuestros satélites

y toda misión espacial del futuro.

La cantidad de residuos que creamos es mayor

de la que puede limpiar la atmósfera.

-Tarde o temprano, el espacio será un auténtico vertedero,

si no tenemos cuidado.

Para evitar que nuestros sueños espaciales se tornen en pesadillas,

tenemos que limpiar cuanto antes el espacio.

Es urgente.

ALERTA: BASURA ESPACIAL.

Desde finales de los años 50,

hemos lanzado miles de satélites al espacio.

Unos cohetes los lanzan en órbita, es decir,

en una trayectoria elíptica alrededor de la Tierra.

Y, así, pasan años girando sobre nuestras cabezas,

a gran velocidad,

desempeñando misiones precisas, como, por ejemplo,

fotografiar nuestro planeta

para establecer las previsiones meteorológicas,

transmitir señales telefónicas, de televisión o de radio

entre dos puntos de la Tierra.

O, también, espiar a otros países,

como es el caso de los satélites militares.

Se pilotan desde la Tierra

y están equipados con ordenadores, cámaras y captadores.

Para llevar a cabo su misión,

cuentan con carburante, baterías y paneles solares,

que les proporcionan la energía necesaria.

Cuando ésta se agota, dejan de funcionar,

si es que no se han averiado antes.

Así se convierten en basura espacial que gira a más de 30.000 km/h

alrededor de la Tierra.

A veces, impactan contra otros objetos,

generando multitud de pequeños fragmentos.

Hoy por hoy,

los desechos de un tamaño superior a un centímetro se cifran

en cerca de un millón.

La basura espacial amenaza con entrar en colisión,

tarde o temprano,

con todos nuestros satélites,

haciendo retroceder nuestra civilización 60 años,

a menos que hagamos algo al respecto.

Pero, ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

A finales de los años 50, la humanidad se da cuenta

de que su futuro en la Tierra pasa por el espacio.

En plena Guerra Fría,

la Unión Soviética se acaba de adelantar a los Estados Unidos,

lanzando el Sputnik, el primer satélite de la Historia.

Desde el Centro Nacional de Estudios Espaciales,

un experto en lanzadores espaciales, es decir, cohetes,

recuerda ese primer despegue.

El problema de la basura espacial comenzó

al mismo tiempo que el primer lanzamiento espacial,

el 4 de octubre de 1957,

con el Sputnik I.

Al cabo de veintiún días en el espacio,

el Sputnik I dejó de funcionar.

Era un objeto no funcional artificial,

lo que se conoce como basura espacial.

El Sputnik acabó su breve existencia desintegrándose en la atmósfera.

Su odisea espacial tuvo una repercusión planetaria.

Decididos a recuperar su retraso, los norteamericanos crearon entonces

su propia agencia espacial, la NASA.

El avance de los soviéticos era extremadamente importante

en los inicios de la astronáutica.

Los soviéticos acumulaban todas las primicias:

el primer lanzamiento de un satélite,

el primer hombre en el espacio...

y, claramente, subieron el listón a los americanos,

que multiplicaron el número de misiones,

para alcanzarlos.

Los americanos lanzaron, a continuación,

diecisiete misiones tripuladas consecutivas,

a las que llamaron Apolo.

En aquel entonces,

a la humanidad le preocupaba bien poco

la producción de basura espacial

y, lo que es peor, radiactiva.

De ahí que, entre 1967 y 1988, la Unión Soviética lanzase

satélites espías alimentados por reactores nucleares.

Pero varios de esos satélites se averiaron.

En septiembre de 1977,

unos radares norteamericanos observan una anomalía

en la trayectoria del satélite ruso Cosmos 954.

Es la primera alerta nuclear de la era espacial.

El 12 de enero de 1978

los norteamericanos contactan con las autoridades soviéticas

para preguntarles por el estado del satélite.

A los dos días,

los rusos confirman que han perdido el control del aparato.

El accidente provoca la dispersión del combustible radiactivo

en la atmósfera del hemisferio norte,

así como la caída de fragmentos del reactor nuclear en Canadá.

Un satélite soviético portador de una carga nuclear cae en América.

El incidente salta a los titulares.

En plena Guerra Fría,

la humanidad cobra conciencia, por primera vez,

de los peligros potenciales de la caída de basura espacial

en la Tierra.

Pero este no es el único problema.

El propio envío de satélites produce basura espacial.

Cada una de estas misiones dejaba algún residuo en órbita:

satélites fuera de servicio,

las partes superiores de los cohetes...

y eso es lo que ha dado lugar

a la situación en la que nos vemos hoy.

Durante todos estos años de carrera espacial,

no solo se han puesto en órbita satélites.

Rüdiger Jehn, un ingeniero de la Agencia Espacial Europea,

ha analizado el proceso de creación de los desechos por las lanzaderas.

Cuando lanzamos un satélite,

la primera fase del cohete tan solo sirve

para darle la energía necesaria para despegar

hasta unos diez kilómetros de altitud.

Luego, cae al océano.

La última fase es la que propulsa el satélite hasta alcanzar la órbita,

pero, al permanecer en ella, se convierte también en basura.

Así pues, las plantas superiores de los cohetes,

con sus ojivas y sus depósitos,

se abandonan, por sistema, en órbita.

Pero, ¿qué es de todos esos desechos procedentes de cohetes y satélites?

¿Vuelven a caer todos en la Tierra?

Esta investigadora se ha especializado

en el análisis del historial y el destino de la basura espacial

y colabora desde su estudio con la Agencia Espacial Europea.

Antes, mandábamos objetos al espacio con esa idea

de que el día en que dejaran de funcionar

se quedarían allí;

que, si estaban a baja altitud,

volverían a descender lentamente a la Tierra.

A bajas altitudes,

estos desechos se desplazan a velocidades de vértigo,

más de 30.000 km/h

pero se ven progresivamente frenados por la atmósfera terrestre,

que hace las veces de una especie de incinerador de basura.

Esta combustión se explica por el calor nacido de la fricción

entre las moléculas del aire y el objeto espacial,

que termina pulverizándose.

Durante el día, residuos pasan desapercibidos.

Por la noche, pueden parecer estrellas fugaces.

El problema es

que algunos de esos desechos no arden por completo.

En 1997, el depósito principal de la segunda planta

del lanzador Delta II se estrelló cerca de Georgetown,

en Texas.

En 2001, la tercera planta del lanzador Delta II hizo lo propio

a 240 km de Riad, la capital de Arabia Saudí.

En 2011,

una ojiva del lanzador Soyuz, en Martinica,

y, por último, en 2013,

dos depósitos de la tercera planta de un lanzador militar,

en el jardín de un electricista de Texas.

Milagrosamente,

este juego de la ruleta rusa no se ha saldado aún

con ninguna víctima,

pero en septiembre de 2016, cerca de la isla de Java,

por poco no se produjo un drama,

cuando la segunda planta de un cohete Falcon IX,

de la sociedad Space X,

se estrelló contra una granja.

Así que los galos tenían razón: 'El cielo se nos puede caer encima'.

Como la basura espacial es

una amenaza para todos los terrícolas,

es obligatorio efectuar un inventario

y una evaluación de riesgos.

Hoy tenemos cerca de 20.000 objetos en órbita, en el espacio.

Tan solo una ínfima parte ha reentrado en la atmósfera,

pero la mayoría de estos objetos sigue flotando en el espacio,

a falta de una fuerza que los haga descender.

Y allí permanecerán por un tiempo indefinido.

Como cada lanzamiento está catalogado,

es fácil saber lo que está dando vueltas sobre nuestras cabezas.

El conjunto de esos satélites y desechos representa, más o menos,

una masa de 7.500 toneladas;

lo que pesa la Torre Eiffel, por ejemplo.

A la escala del espacio,

una Torre Eiffel pulverizada no es más que una nube

de ínfimas motas de polvo.

Por eso, para poder representar esos desechos,

tenemos que agrandarlos.

En realidad, su tamaño es mucho más pequeño.

El extrarradio de nuestro planeta es una mezcla de satélites en activo,

en medio de un gran vertedero.

Pero es un extrarradio organizado.

Para la actividad de los satélites que gravitan alrededor de la Tierra

se utilizan tres órbitas diferentes.

La más alejada de la Tierra es la llamada Órbita Alta,

o Geoestacionaria.

Es muy fina, y se encuentra a 36.000 km de nosotros.

Los satélites que se encuentran en ella permanecen en todo momento

encima del mismo punto del Ecuador

y son los que posibilitan nuestras telecomunicaciones,

es decir, las conexiones telefónicas e informáticas

y la difusión de la televisión.

En esta órbita, los satélites están separados

por intervalos de cerca de 75 km, de media.

Al haber plazas limitadas,

hay que adelantarse al fin de la vida de los satélites.

Cuentan con una reserva de carburante

que les permitirá desorbitar, es decir, abandonar su órbita.

Desde aquí, se dirige hacia una órbita cementerio,

ligeramente más alta, es decir, más alejada aún de la Tierra.

Así, por lo menos, no molestará a nadie.

Hay que evitar mandarla más abajo,

a la llamada Zona de Órbitas Medias.

Situada entre 36.000 y 2.000 km de altitud,

esta vasta zona está ocupada por los satélites de radionavegación

como los GPS.

Si uno de ellos se avería, se coloca en una órbita intermedia,

a una altura en la que no haya ningún otro satélite orbitando.

Por último, la zona más cercana a la Tierra se llama, lógicamente,

Zona de Órbitas Bajas,

y está situada entre 2.000 y 300 km de altitud.

Es aquí donde más basura han depositado

los 60 años de aventura espacial.

La única forma de deshacerse de la basura en esta zona es

enviándola a la atmósfera terrestre para que se desintegre.

Hay diferentes zonas en la Tierra

en las que se puede hacer ingresar un objeto

sin correr, casi, ningún peligro,

porque las poblaciones están muy alejadas.

Por ejemplo, hay una zona en el sur del Pacífico

que es muy muy extensa

y en la que solemos dejar caer los objetos de mayor tamaño.

Así pues, gracias a su combustible,

se puede controlar el destino

de un satélite que está llegando al final de su vida útil,

entre las órbitas bajas, medias o altas,

siempre que esté operativo.

Por mucho combustible que le quede en la bodega

puede volverse incontrolable.

Uno de los problemas a los que nos enfrentamos

con los satélites

es que sufren averías y no sabemos el porqué.

Funcionan lunes, martes y miércoles, pero llega el jueves... y ¡pam!

Estropeados. Sin previo aviso.

Los operadores de satélites evitan pronunciarse sobre sus averías

por una cuestión de imagen pública,

pero la mayoría de esas averías proviene

de una fuerza de la naturaleza que desafía subrepticiamente

todas nuestras medidas de protección.

Cuando analizamos el origen de esos fallos,

por ejemplo, pueden estar ligados a una erupción solar.

En efecto, en el transcurso de una tormenta solar,

el astro rey libera cantidades importantes de enegía,

proyectando en el espacio partículas cargadas eléctricamente.

El campo electromagnético de la Tierra actúa

como si de un escudo se tratara,

protegiéndonos de esas partículas,

visibles durante las auroras boreales.

Pero los satélites son

los más expuestos a sufrir de pleno el impacto de estas partículas,

ya que se forman arcos eléctricos

que desbaratan sus sistemas de navegación.

Por mucho que se les proteja con una fina capa de oro,

se calcula que todos los años se avería una decena de satélites

por culpa de las manchas solares

y así es como se convierten en basura espacial.

El espacio es un vacío infinito salpicado con alguna porquería,

algún que otro desecho que flota en el espacio,

lo que, por desgracia, presenta dos grandes inconvenientes.

En primer lugar, cuando se depositan, van para largo.

Un objeto situado a una altitud de mil kilómetros, por ejemplo,

puede durar entre mil y dos mil años.

En segundo lugar, dado que están en órbita,

se desplazan a una velocidad orbital del orden de 30.000 km/h.

Es decir, la probabilidad de choque con un objeto,

a lo largo de ese periodo, es bastante alta.

Hasta 2007,

los desechos de gran tamaño se cifraban en unos doce mil,

pero desde entonces se han producido dos acontecimientos

que han agravado la situación.

El primero involucró al Cosmos 2251, un satélite ruso en órbita baja,

que se averió repentinamente.

Dejó de responder a las comunicaciones del centro de control

y los rusos no lograron desorbitarlo hacia la Tierra.

A la misma altura, en una trayectoria perpendicular,

un vehículo americano recién estrenado,

el Iridium 133, prosigue su órbita.

(Música de tensión)

El impacto genera desechos en todas las direcciones.

Cerca de mil fragmentos de más de diez centímetros de diámetro

vuelan por los aires,

además de un sinnúmero de fragmentos aún más pequeños.

Suponen una amenaza directa

para todos los aparatos en órbita baja de la Tierra.

Esta colisión demuestra

que un objeto incontrolado en órbita baja es un peligro

para todos los satélites en activo.

Se produjo otro acontecimiento digno de La guerra de las galaxias

cuando China decidió voluntariamente destruir el Fengyun 1C,

un satélite meteorológico fuera de servicio,

sirviéndose de un misil balístico dotado de una carga explosiva

y una cabeza buscadora.

(Música de tensión)

Las autoridades chinas realizaron una demostración de fuerza

sin preocuparse de las múltiples consecuencias de su acto.

Todo el mundo sabe

que el accidente chino fue una prueba para demostrar

que era posible planear una colisión.

Fue un acto intencionado

y sigue siendo la principal causa del problema actual.

A raíz de esos dos incidentes en 2010,

son más de diecisiete mil los desechos de gran tamaño

que giran alrededor de la Tierra.

Algunos de ellos no provienen de satélites,

sino de cohetes.

En el depósito de los cohetes que suelen usarse

para poner en órbita un satélite,

hay oxígeno e hidrógeno líquido.

Alguno recordará haber oído en el colegio

que cuando esos dos gases se mezclan, estallan.

Ahora bien, para poner en órbita un satélite,

sólo se emplea parte del carburante; siempre hay que guardar reserva.

El problema es

que cuando estos residuos de carburante

se empiezan a mezclar entre sí,

atomizan las últimas fases.

Y lo que es peor, como si de una pandemia se tratase,

estos desechos se propagan, cual virus,

y amenazan con crear, a su vez, nuevos desechos.

Este fenómeno responde, incluso,

a un nombre que parece una enfermedad:

el síndrome de Kessler,

en honor al consultor de la NASA que lo ha descrito, analizado

y cuantificado.

Actualmente, hay suficientes objetos en órbita alrededor de la Tierra

como para que, cada diez años,

dos objetos de gran tamaño entren en colisión

y se desintegren por completo con el impacto.

Don Kessler ya había concebido ese escenario en 1978.

Desde entonces, ha quedado demostrado en numerosas ocasiones.

Es lo que ocurrió con el Kosmos y el Iridium en 2009.

Pensamos que se van a producir colisiones

y, por tanto, nuevas emisiones de chatarra,

cada cinco años,

entres objetos o fragmentos de gran tamaño.

Don Kessler también predijo

que las colisiones serían cada vez más corrientes,

como una partida de bolos interminable,

en la que, una vez derribados,

los bolos se convierten, a su vez, en proyectiles.

Cuando un objeto choca con un satélite

asistimos a la creación de multitud de partículas.

Las de menor tamaño son especialmente numerosas.

Se mantienen en órbita y se desplazan a toda velocidad,

por lo que pueden causar daños en una nave espacial,

dando lugar a centenares de nuevos fragmentos

que, a su vez, podrán chocar con otro satélite

y crear nuevos fragmentos.

Y así sucesivamente.

De esta manera,

asistimos a un fenómeno de colisiones en cascada.

Esta última predicción también resultó ser exacta,

pues, en 1996, una esquirla, procedente del cohete Ariane,

lanzado diez años atrás,

se interpuso en la ruta del satélite militar francés Cerisse

e impactó contra él.

Su mástil de estabilización fue seccionado por la colisión,

por lo que el Cerisse quedó fuera de servicio.

Así es como se propaga esta pandemia,

a partir de satélites averiados o piezas de cohetes espaciales

que generan verdaderas nubes de residuos,

algunos más pequeños que una tuerca,

lanzados a más de 30.000 km/h

y que pueden pulverizar satélites en perfecto estado de funcionamiento,

lo que, a su vez, crea nuevos desechos.

Su proliferación puede hacer peligrar

todas y cada una de nuestras actividades terrestres.

Y es que, aunque a menudo lo olvidemos,

hay una miríada de satélites que ya forman parte integrante

de nuestra vida cotidiana.

Nos hemos acostumbrado a buscar en el móvil

cómo llegar a los sitios,

a preguntarle cuánto tiempo tardaremos

y cuál es la mejor ruta.

Y cuando viajamos al extranjero y sacamos dinero,

usamos los satélites de telecomunicaciones

para que un banco americano se ponga en contacto con un banco europeo,

por ejemplo.

¿Sabremos vivir sin smartphones?

¿Sin tarjetas de crédito?

¿Y sin sistemas de geolocalización?

Hoy no viviríamos mucho tiempo sin satélites.

Sin embargo, la proliferación de la basura espacial amenaza

con poner en peligro la viabilidad

de todos estos servicios vía satélite

cuyos usos no cesan de diversificarse.

¿La consecuencia?

Que con cada nuevo lanzamiento,

las agencias espaciales corren riesgos cada vez mayores.

En particular, la Agencia Espacial Europea.

Si hubiera que esperar a que se diera una situación de riesgo cero,

nunca lanzaríamos satélites.

A riesgo de sorprenderos, os diré

que, cuando procedemos a un lanzamiento,

sabemos que los riesgos de una colisión son posibles.

De lo contrario, no lanzaríamos nunca nada al espacio.

Hoy es un riesgo asumido y hasta cuantificado.

-La probabilidad de perder un satélite es de un cinco por ciento.

Uno de los factores es el riesgo de chocar con la chatarra espacial.

El resto de factores es sencillo:

hay materiales delicados que se pueden romper,

provocando la pérdida del satélite.

Pero la probabilidad de perder un satélite puede alcanzar,

fácilmente, un diez por ciento o un veinte por ciento,

con el aumento de la basura espacial.

La Agencia Espacial Europea prevé que en el año 2038

el riesgo de colisión ascenderá al veinte por ciento.

Dicho de otro modo,

uno de cada cinco cohetes podría no concluir su misión.

Es una proporción colosal.

Pero ¿qué se puede hacer para atravesar

lo que se ha convertido ya en un verdadero campo de minas?

¿Cómo detectar la basura que flota sobre nuestras cabezas?

Ya en 1957, los americanos crean una red de monitoreo del espacio,

para prever dónde y cuándo entrarán los residuos en la atmósfera.

Para ello establecen un catálogo

de todos los objetos espaciales en órbita.

De esta manera, son capaces de identificar

qué país es responsable de un desecho

que va a efectuar su entrada en la atmósfera

y, sobre todo, de avisar a su agencia espacial, la NASA,

en el caso de que dicha basura pueda interferir con sus satélites.

Con el paso de los años,

este sistema se ha informatizado y sofisticado

ante la multiplicación de objetos artificiales en órbita.

Pero, en Europa, este servicio de vigilancia espacial

no se implantó hasta cuarenta años más tarde.

Fue impulsado por Francia, en 1996,

después de que su satélite militar Cerise fuese destruido

por unos fragmentos procedentes del cohete Ariane.

En plena emergencia,

el Ministerio de Defensa creó un sistema,

al que bautizó como “GRAVES”.

El sistema GRAVES, o Gran Red Adaptada a la Vigilancia Espacial,

es nuestro captador principal,

y nos permite detectar objetos que transitan a altitudes

de entre cuatrocientos y mil kilómetros,

y con una superficie suficiente

como para ser detectada por nuestros radares;

en este caso,

las dimensiones de una lavadora grande.

Para detectar los satélites en órbita

a altitudes de hasta mil kilómetros encima del territorio francés,

incluso en tiempo nublado,

el sistema emplea un radar especial,

asociado a un dispositivo calculador en tiempo real,

que rastrea y predice la trayectoria de millares de satélites.

El sistema GRAVES ha permitido detectar, en particular,

una treintena de satélites espías de China y Estados Unidos

que no estaban inventariados hasta la fecha.

A día de hoy,

las relaciones internacionales en el espacio son

una extensión de las relaciones internacionales

tal y como se dan en la Tierra,

es decir, una mezcla de colaboración y de rivalidad,

cuando no de enfrentamientos, más o menos abiertos.

Francia ha decidido

mantener secreta la información sobre esos satélites espías,

pero, a cambio, le ha solicitado a los americanos

un acceso permanente a su catálogo de desechos espaciales.

Es un catálogo mucho más extenso que el de Francia,

ya que los americanos detectan objetos de diez centímetros.

Abordamos el problema de los objetos pequeños

a través de la cooperación franco-estadounidense,

que nos permite recabar información, incluso a nivel confidencial,

de defensa.

Esta vigilancia permanente del espacio es, por tanto, eficaz:

permite a los satélites civiles y militares evitar,

en la medida de lo posible,

la colisión con desechos espaciales.

En el caso de presentarse una amenaza,

los operadores pueden desviar levemente

los satélites de su órbita.

Estas maniobras son cada vez más frecuentes.

Es el caso, en particular,

del mayor satélite de todos los tiempos,

la Estación Espacial Internacional,

un satélite habitado y amenazado, año tras año,

por la basura espacial.

(Música ska)

Para esquivar un desecho espacial

cuya trayectoria está bien identificada,

se desvía la estación de su trayectoria.

En 2012 evitó un fragmento del satélite americano Iridium 33,

surgido de la colisión, tres años atrás,

con el ruso Kosmos 2251.

Y, en 2014, la Estación hubo de sortear esta basura

hasta en cinco ocasiones,

una amenaza real que ya se ha vuelto rutinaria,

y para la que los astronautas están, hoy, bien preparados.

La Estación Espacial Internacional se encuentra en el eje de colisión

de una ínfima parte de estos desechos espaciales.

Me acaba de saltar una alarma en el reloj,

para indicarme

que tenemos que situar la Estación Espacial Internacional

en una trayectoria más alta,

arrancando los reactores durante treinta y siete segundos.

Es el único momento

en el que se puede notar y medir una aceleración a bordo.

Esto quiere decir que, de repente,

ya no estamos en estado de ingravidez,

y los reactores de la Estación Espacial nos empujan

hacia atrás.

Vale, esto va a empezar ya.

Esto empieza ya.

-Vamos allá.

Voy a hacer rebotar estas pelotas.

En ocasiones, los datos balísticos del objeto no son precisos.

En tales casos, se acabó el recreo.

Se les pide a los astronautas

que evacúen urgentemente la Estación

y se refugien en el módulo de abastecimiento,

que puede separarse de la Estación,

para devolverlos a la Tierra.

Pero esta evacuación no es viable en todos los casos.

¿Qué hacer con los numerosos desechos

que escapan a la vigilancia terrestre,

ya que su tamaño es inferior a diez centímetros?

Hoy hay ya varios millones.

Son tan pequeños que ni los pueden detectar los radares.

Por ello, tanto en la Estación Espacial Internacional

como en los satélites,

hay que concebir escudos antidesechos.

En Friburgo, Alemania,

el equipo del Instituto Fraunhofer pone a prueba

los materiales de blindaje,

con un cañón de laboratorio, el Space Gun o cañón espacial.

El Space Gun propulsa unas diminutas canicas de metal

sobre diferentes materiales de blindaje.

Estas cámaras blindadas reproducen las condiciones espaciales:

están llenas de gases ligeros

y aceleran las canicas

a la velocidad de un desecho espacial, es decir,

a más de treinta mil kilómetros por hora.

En estas condiciones, la física de las colisiones es

muy diferente de la que conocemos en la Tierra,

por ejemplo, cuando se produce un accidente de tráfico.

Cuando un coche entra en colisión con un muro, o con otro coche,

a una velocidad de cincuenta kilómetros por hora,

se deforma, y se crean miles de partículas

a partir de la fragmentación de la materia.

Pero más allá de once mil kilómetros por hora,

o sea, en hipervelocidad,

las colisiones producen extraños fenómenos físicos

y hay que tenerlos en cuenta.

En los impactos en hipervelocidad el objeto se fragmenta, se vaporiza

y se ioniza.

En cuanto al objeto impactado,

no resiste a la fuerte sobrepresión creada por la onda expansiva.

En hipervelocidad,

una canica de un milímetro posee más energía

que una bola de petanca propulsada a cien kilómetros por hora.

Unas puertas blindadas protegen el laboratorio,

y una cámara capaz de filmar a más de un millón de imágenes por segundo

captura el momento del impacto.

Por seguridad, está terminantemente prohibido

quedarse en la habitación durante un disparo.

A continuación, se analizan los resultados de las pruebas

con diferentes componentes de los satélites.

Para la Estación Espacial Internacional,

se han hecho pruebas con diferentes blindajes.

También hemos probado distintos componentes,

como los paneles solares o los depósitos de carburante

situados en el interior de los satélites.

Gracias a sus imágenes a cámara ultralenta,

el equipo del Space Gun ha sido capaz no solo de entender,

sino de modelizar el desarrollo de estas colisiones.

Su labor permite concebir estructuras que sean,

a la vez, ligeras y resistentes a un impacto hiperveloz.

Acaban de demostrar que doblando o triplicando las placas aislantes,

se pueden proteger los componentes de un satélite

impactado por un objeto de un tamaño inferior a diez centímetros.

La primera placa fragmenta la esquirla,

mientras que la segunda disipa su energía

y protege por completo la tercera.

Gracias a estos experimentos,

es posible concebir satélites resistentes

a las esquirlas más pequeñas.

Sin embargo, a día de hoy,

seguimos sin saber bien cómo proteger a los astronautas

en sus expediciones extravehiculares.

Permanecen expuestos a las pequeñas esquirlas,

invisibles tanto para los radares como para el ojo humano,

ya que son tan rápidas que ni se pueden ver venir.

El mínimo impacto desgarraría la escafandra de los astronautas

y los abocaría a una muerte súbita.

Ante ese peligro cierto,

la NASA ha desarrollado activamente robots

para desempeñar, de manera segura,

las operaciones de mantenimiento extravehiculares,

en sustitución de los astronautas.

Sin embargo, ni los robots,

ni los blindajes testados en laboratorio podrían resistir

al impacto de los fragmentos de talla superior a un centímetro.

Evidentemente, cuantos menos haya, mejor para todos.

Tal y como ha ocurrido con las armas nucleares en la Tierra,

los países han tratado, naturalmente,

de fijar una serie de reglas

de no proliferación de los desechos de gran tamaño.

En el espacio, esas reglas responden a principios de buena praxis.

Por ejemplo, se pide a los operadores

que vacíen todo el carburante a bordo de sus vehículos espaciales.

Hoy, todos los lanzadores están equipados con desagües,

cuyo buen funcionamiento se verifica en tierra,

antes de cada lanzamiento.

Se impone una duración máxima de veinticinco años en órbita

para los satélites.

Y, por último,

en el caso de los satélites en órbita baja

que no arden del todo al entrar en la atmósfera,

se exige que el impacto se produzca en los océanos.

Por desgracia, esas reglas no siempre son observadas,

a falta de un organismo regulador,

con autoridad para sancionar a los infractores.

Y, mientras tanto, la basura se multiplica.

La cantidad de residuos que engendramos es mayor

de la que puede limpiar la atmósfera.

Es lo que se conoce como un entorno inviable.

Pocas soluciones quedan por contemplar,

más allá de limpiar las órbitas alrededor de la Tierra.

Tenemos que rescatar algunos de los objetos que vamos dejando en órbita.

En base al principio contaminador-pagador,

se supone que cada país ha de financiar

la eliminación de sus desechos espaciales.

Frente a esta emergencia, desde 2013,

los ingenieros aeronáuticos desempeñan un nuevo oficio:

el de basureros del espacio.

La idea es desarrollar sistemas robotizados

capaces de tratar los desechos de mayor tamaño,

o sea, de destruirlos, a la larga,

en el único incinerador que conocemos para estos objetos:

la atmósfera terrestre.

Pero es una tarea difícil,

puesto que los desechos espaciales se comportan como asteroides,

y responden a la influencia de la gravedad

dando vueltas sobre sí mismos.

En todo el mundo, hay laboratorios rivalizando en ingenio

para desarrollar robots-satélites capaces de capturar los desechos

y desorbitarlos.

Es el caso del proyecto Remove Debris,

eliminar los Residuos,

del Centro Espacial de Surrey, Inglaterra.

En una misión, tenemos que lidiar

con los llamados “desechos no cooperativos”,

que pueden estar rotando sobre sí mismos.

Aunque los ingenieros aeronáuticos utilicen términos técnicos,

sus proyectos parecen, en ocasiones, juegos de niños.

Una de las tecnologías desarrolladas por nuestro proyecto es un arpón.

¿Un arpón capaz de enganchar la basura

y arrastrarla hasta la atmósfera?

Pues sí, ¡va en serio!

En el marco de nuestro proyecto de limpieza de desechos,

actualmente estamos probando

el mecanismo de impacto del arpón en una diana.

El equipo aún está en un estadio muy experimental.

Están probando el arpón en miniatura con una diana inmóvil.

Primer intento.

Tres... dos... uno... ¡Fuego!

Fallido.

El arpón no ha salido de su funda por un problema del electroimán.

Segundo intento.

Espero que el arpón alcance la diana, tal y como está previsto.

-Tres... dos... uno... ¡Fuego!

Vuelve a fallar.

Si el arpón no penetra exactamente en el corazón de la diana,

no la puede capturar.

Según los científicos,

la recolección de basura será más fácil en el espacio

que en la Tierra.

Con suerte, debido a la ingravidez que reina en el espacio,

la alineación debería ser mejor que en la Tierra.

El método de ensayo y error es un proceso largo.

Sin embargo, poco a poco,

el equipo está perfeccionando el sistema.

Las primeras pruebas a escala, es decir, en el espacio,

tendrán lugar de aquí a 2020.

Pero el arpón no es

la única herramienta contemplada por los ingenieros aeronáuticos.

Sudáfrica, una joven nación espacial,

que creó su agencia en 2010,

está en busca de sus propias soluciones de limpieza,

con la idea de comercializarlas posteriormente.

Uno de sus proyectos consiste en elaborar un pequeño satélite

capaz de desplegar unas pinzas-tentáculo

con las que capturar los desechos.

Y de ahí el nombre del proyecto: “Medusa”.

Medusa acorralará el desecho para atraerlo hasta el lugar deseado,

una órbita cementerio o una altitud menor,

desde donde se podrá enviar a la atmósfera terrestre

para ser carbonizado.

Otra de las ventajas de los satélites Medusa es

que se pueden lanzar, directamente,

desde la Estación Espacial Internacional.

Medusa es muy ligero: pesa unos ciento cincuenta gramos.

Está concebido para acoplarse a un CubeSat de su mismo tamaño.

El CubeSat es el estándar de los satélites miniatura y polivalentes.

Desarrollados por una universidad de California,

actualmente se lanzan por decenas,

lo que ha hecho caer en picado su precio.

Todo un chollo para los investigadores,

que, de otra manera,

no podrían llevar a cabo sus experimentos en el espacio.

Acoplados a los CubeSat, con su reconocida solvencia,

los Medusa podrán desempeñar su trabajo de limpieza

durante veinticinco años.

Por el momento, se barajan muchas soluciones,

por ejemplo, los arpones.

Pero muchas son de un solo uso,

o sea, que si fallan, se acabó lo que se daba.

La particularidad de Medusa es que permite varios intentos,

se puede usar las veces que haga falta,

hasta alcanzar un objetivo de pequeño tamaño.

Pero el proyecto Medusa se centra únicamente

en los residuos espaciales de menor tamaño.

Para los objetos de mayor tamaño, como los satélites averiados,

se precisan herramientas más costosas,

lo que plantea la cuestión

de la financiación de estas operaciones de limpieza.

Por desgracia,

ninguna de esas soluciones se está materializando,

por una sencilla razón:

que nadie está dispuesto a dejarse un dineral

para deshacerse de un escombro espacial de gran tamaño.

Cuanto más grande es un desecho, más problemático,

ya que su fragmentación generará un número proporcional de desechos.

El más imponente de todos es el satélite de observación Envisat,

lanzado en el año 2002 por la Agencia Espacial Europea.

Un despojo del tamaño de un autobús.

El origen del desecho es la codicia de su operador.

Hoy, Rüdiger Jehn se distancia de sus predecesores.

Querían rentabilizar al máximo el combustible

y usar hasta la última gota para las operaciones,

pero no se preocuparon de desorbitarlo.

Ese fue el problema.

En su día, era el mayor satélite de observación jamás construido.

Al cabo de cinco años de actividad,

tras dar más de cincuenta mil vueltas alrededor de la Tierra,

tendría que haber sido desorbitado,

dado que había concluido su misión,

pero los operadores decidieron prolongar su vida útil.

El problema es que el 8 de abril de 2012,

o sea, diez años después de su lanzamiento,

la Agencia Espacial Europea perdió todo control sobre el Envisat.

Desde entonces, se ha convertido en una bomba de relojería,

que se cruza a diario con la ruta de numerosos satélites.

Es un caso tan crítico

que la propia Agencia Espacial Europea está financiando hoy,

de manera urgente, un ambicioso programa

para tratar de extraer al Envisat de su órbita.

Creemos que la red puede ser una buena opción,

ya que obtendríamos una conexión fiable por cable,

y nos permitiría remolcar el Envisat tras capturarlo en la red.

Para poner a prueba esta red espacial,

los ingenieros utilizan un avión

capaz de recrear las condiciones de gravedad cero

que reinan en el espacio.

En la cúspide de su vuelo parabólico es decir, en forma de campana,

libera durante unos segundos a sus tripulantes y su cargamento

de la gravedad terrestre.

Es una oportunidad para poner a prueba

una versión en miniatura de la red,

que les permitirá capturar este satélite de ocho toneladas.

Los experimentos han probado

que el hecho de añadir una masa a las esquinas de la red permite

cercar el cuerpo del satélite sin engancharse a su frágil panel solar.

Ya solo quedaría por diseñar

un satélite-tractor adaptado a la pesca en aguas profundas

y capaz de llevar su presa a buen puerto.

El Envisat pesa ocho toneladas, así que es probable

que sea más pesado que el satélite que lo remolcará.

A la hora de desplazar un objeto más pesado que uno mismo

es más fácil tirar que empujar,

porque se logra una estabilidad mayor.

Pero, por crucial que sea para la seguridad espacial,

este proyecto se encuentra también en fase teórica.

Y por una sencilla razón.

Hemos hecho estudios, y calculamos

que desorbitarlo nos costaría cerca de quinientos millones de euros.

Por razones tanto tecnológicas como económicas,

ningún robot basurero ha visto aún la luz.

¿Cómo se podría desbloquear la situación?

Para que sea viable,

la operación de limpieza ha de ser gratuita,

es decir, ir de acompañante en otra misión.

Por eso, lo más prometedor por el momento es

lo que se conoce como “space tugs”.

El “space tug” es el remolcador del espacio.

En realidad, es una verdadera navaja suiza espacial.

El lunes llena el depósito de un satélite,

el martes, repara otro,

el miércoles, supervisa otro,

el jueves, hace un poco de bricolaje

y el viernes vuelve a la Tierra.

Y mientras desciende a la Tierra, por el camino,

aprovecha para capturar un desecho y desorbitarlo.

Por desgracia,

según los propios ingenieros de Airbus

que están desarrollando los “space tugs”,

aún quedan incógnitas tecnológicas por resolver.

Lo que no aún sabemos hacer es organizar citas espaciales

con un objetivo que no estaba previsto, es decir,

con un satélite fuera de servicio o un desecho espacial.

Una cita espacial es un encuentro organizado y controlado

entre dos objetos espaciales.

Hay que desarrollar nuevas tecnologías autónomas

que puedan arreglárselas sin apoyo terrestre.

Estarán basadas en unos sensores de visión,

que escanearán el entorno

y analizarán el contenido de las imágenes que habrán recopilado;

y el análisis de esos datos les permitirá

detectar las partes de los objetos que nos interesan,

recogerlas y manipularlas.

Este remolcador espacial no es más que un proyecto, de momento,

pero, de conseguir importantes inversiones,

se podría convertir

en el primer servicio de limpieza eficaz en órbita,

allá por el año 2025.

Aparte de la Agencia Espacial Europea y el Envisat,

estos remolcadores ya tienen unos nuevos clientes

que no van a tardar en revolucionar el acceso a Internet.

Son unas “start-ups” cuya ambición es

mandar miles de satélites en órbita baja,

que trabajarán en conjunto

para llevar la banda ancha a toda la Tierra.

Estos proyectos, conocidos como “megaconstelaciones”,

se hacen realidad en 2017 con el proyecto One Web.

Un emprendedor visionario ha convencido

a los gigantes americanos de Internet,

y hasta a los europeos de Airbus,

de que inviertan masivamente

en la fabricación en serie de miles de satélites.

Su objetivo:

garantizar el acceso a Internet de las regiones más pobres.

One Web ha diseñado, construido y se dispone a lanzar

una constelación de satélites para colmar la brecha digital,

dando acceso a la banda ancha

a los cuatro mil millones de personas que no tienen Internet a día de hoy

o, lo que es lo mismo, a la mitad del planeta.

La primera constelación constará de ochocientos ochenta y dos satélites.

Son casi tantos como el número total de satélites en activo

actualmente en órbita.

Lo peor está por venir y suscita la inquietud

de los especialistas en basura espacial.

Hay cantidad de nuevos proyectos de megaconstelación anunciados.

Está One Web, que va a lanzar mil satélites.

Están los proyectos de Boeing, el de Space X...

Hay muchas ideas, y, de materializarse todas,

nos vamos a encontrar

con una cantidad fenomenal de desechos en órbita.

La cosa se puede complicar.

Sin embargo, los promotores de estos proyectos faraónicos

aseguran que están tomando todas las precauciones necesarias.

Tenemos que estar muy pendientes de varias cosas,

y crear un marco normativo

para que la desorbitación y las operaciones efectuadas

sean compatibles con el uso sostenible del espacio

por parte de la humanidad.

-Nunca se puede estar seguro de que todo saldrá según lo previsto,

de que no vamos a convertir el espacio en un vertedero.

No es fácil poner tantos satélites en órbita y operarlos sin problemas.

Ya se sabe:

vaya donde vaya el ser humano, siempre va dejando desechos a su paso.

Para evitar una pandemia espacial de basura,

hay que crear, con toda urgencia,

una instancia reguladora internacional.

Pero hay esperanza: ya la reclama

la mayor parte de los actores implicados en la aventura espacial.

Nos preocupa que no haya un organismo regulador a nivel global.

Hoy hay ciertos grupos o países

que han planteado diferentes marcos reguladores,

pero no hay propuestas concretas,

en definitiva,

nada que tenga visos de llegar a ser una realidad.

-La solución tiene que venir de las Naciones Unidas

o de un organismo que legisle y que obligue a la gente

a reducir la cantidad de desechos espaciales

y a cargar con el coste de su limpieza.

Mientras siga sin aplicarse en el espacio

el principio contaminador-pagador,

la basura espacial no dejará de dar quebraderos de cabeza

a los operadores de satélites

y a todos los terrícolas.

(Música ska)

Somos documentales - Alerta: basura espacial

58:25 10 jun 2021

Miles de desechos espaciales se acumulan en la órbita terrestre. Su proliferación amenaza el funcionamiento de los satélites, esenciales en el campo de las telecomunicaciones, y todas las futuras misiones espaciales. Veinte mil objetos y un millón de escombros de más de 1 cm giran alrededor del planeta. Hay una necesidad urgente de limpiar el espacio. Ingenieros de todo el mundo compiten para desarrollar robots-satélites capaces de capturar los desechos y desorbitarlos. Algunos proyectos son: remolcadores, redes, arpones, pinzas-tentáculos.

Contenido disponible hasta el 17 de junio de 2021.

Miles de desechos espaciales se acumulan en la órbita terrestre. Su proliferación amenaza el funcionamiento de los satélites, esenciales en el campo de las telecomunicaciones, y todas las futuras misiones espaciales. Veinte mil objetos y un millón de escombros de más de 1 cm giran alrededor del planeta. Hay una necesidad urgente de limpiar el espacio. Ingenieros de todo el mundo compiten para desarrollar robots-satélites capaces de capturar los desechos y desorbitarlos. Algunos proyectos son: remolcadores, redes, arpones, pinzas-tentáculos.

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