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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 252 - ver ahora
Transcripción completa

No pienso seguir guardando esa dinamita

y, mucho menos, utilizarla. -¿Por qué?

Cada vez trabajamos más y en peores condiciones.

Parecemos monos de carga, en vez de personas.

Los patronos golpearon primero.

Nosotros tenemos que defendernos o terminaremos perdiéndolo todo.

-Tengo entendido que aún conserva un paquete de acciones

de Tejidos Silva, ¿no? -Algunas, pero no suficientes

para vetar un negocio. -No sea modesto.

Usted siempre ha sido un hombre de gran imaginación.

Estoy segura de que se le ocurrirá alguna brillante idea.

-¿Y por qué cree usted que yo querría ayudarla?

-Tengo acceso a ciertas informaciones

que usted podría lucrarse gracias a ellas.

-Me sabe mal, pero tendré que pedirte dinero.

-¿Para qué? -Para pagar la cuenta del mercado.

Antes de que dejen de fiarnos y nos señalen con el dedo.

-Acabas de empezar a trabajar. Diles que les pagarás

cuando cobres. -Me han despedido.

-¿Sabes lo que vamos a hacer? Tú te irás a Soria

y me esperarás allí. -¿Cómo?

-Sí. Así puedes ir arreglando la casa y poniéndola a tu gusto.

-Usted y mi hija formaban el mejor de los equipos.

Entierre lo personal y céntrese en los negocios.

-Jamás volveré a la Villa de París.

-Todo el mundo tiene su precio.

Le voy a dar un consejo. Jamás diga jamás.

Uno suele acabar arrepintiéndose.

-Quizás, don Luis puso el dinero en otra parte.

-Ahora la culpa es mía. Valiente desfachatez.

-La hemos contratado, señorita, porque nos inspiraba confianza

para trabajar en esta casa y con Elisa.

Pero, a raíz de esto, me temo que esta confianza

se ha perdido. Lo siento mucho, pero está usted despedida.

-No quiero que mi Antonio me vea morir.

Enrique, no va a morir.

Le mandaré al mejor lugar de España

para que siga un tratamiento y se recupere.

Esa tuberculosis no acabará con usted. Le doy mi palabra.

Si quieres que seamos felices, este no es el camino.

-Pues ya encontraremos la forma.

Porque yo no pienso moverme de tu lado

hasta que nuestro hijo nazca.

Y cuando lo haga, nos iremos de vuelta al pueblo.

Y no hay más que hablar.

(Sintonía)

Enrique.

¿Dónde te crees que vas?

-Menudo susto me has dado. -¿Susto?

Tenía que haberte dado con una silla en la cabeza.

Me tienes en un sinvivir desde ayer.

-No te pongas así, mujer. Puedo explicártelo.

-Como no me lo expliques todo, te mato.

¿Qué significa esa carta? ¿Y esa maleta, qué?

Dime que me estás abandonando y te juro por lo más sagrado...

-Que me matas. -Pues sí.

Anoche llegaste tardísimo. No has dormido en nuestra alcoba.

Y te vas esta mañana a escondidas, como un delincuente.

Muchas explicaciones necesito.

-Antonia, lo primero, no te acerques a mí.

-¿Te has vuelto majara?

-Antonia, estoy enfermo.

-¿Cómo enfermo? Tú estás mal de la cabeza.

-A ver.

Déjame hablar.

Aurora, apenas está amaneciendo.

-Me estaba desesperando en la cama,

dándole vueltas a la cabeza.

Y ha vuelto a aparecer ese dolor en el pecho.

-Ya sabes que son nervios. -Sí.

Pero esta vez están justificados.

No he pegado ojo en toda la noche. -Estás temblando.

Ya sirvo yo el café. Tú siéntate y tranquilízate.

-No sé si voy a poder. Es que de pensar que Clemente

descubra lo nuestro, se me revuelve todo.

-Entiendo tus temores. Pero eso no tiene por qué pasar.

-¿Es que no te das cuenta? Ha vuelto a por mí.

-Lo sé. Pero eso no significa que vaya a descubrirnos.

Seguiremos actuando como hasta ahora.

-Eso no servirá de nada. No va a permitir

que viva aquí ni un solo minutos más.

Eso puede ser el fin de lo nuestro. -Hablaré con él.

-Solo va a servir para que sospeche.

-No voy a dejar que te separe de mí,

ni que te lleve con él.

Así que tiene que haber otra solución.

-Yo solo veo una.

-¿Cuál? -Tenemos que huir de aquí

hoy mismo.

Si lo hacemos, cuando regrese, podemos estar muy lejos.

-¿Irnos?

-Yo sé que habíamos decidido esperar por tu hermana.

Pero entiéndelo. -¿Tú sabes lo que me pides?

Blanca podría morir en cualquier momento

y si yo no... -Lo sé, lo sé.

No estarías a su lado. Lo sé.

-Escúchame. No perdamos la cabeza.

Vamos a seguir con nuestro plan.

Tú te vas a Soria, como hablamos.

Y yo me quedo aquí hasta que Blanca se cure.

En cuanto pueda, me reúno contigo.

-Celia, eso ya no va a servir, estando aquí Clemente.

-¿Por qué? -Te puede utilizar

para llegar hasta a mí. Sabe lo unidas que estamos.

-Pero yo nunca le diría nada.

-Pero él va a intentar hacerte hablar.

Te puede seguir. Ir a la policía. Denunciarnos.

Se acabará por saber lo nuestro.

Eso puede ser nuestro fin. -¿Y qué hacemos?

-Huir. Tenemos que huir cuando antes.

Tú decides.

¿Qué crees que diría Blanca, si supiera todo esto?

-Está bien. Nos iremos hoy mismo.

Las dos. -Gracias, Celia. Gracias.

-Tú ve haciendo las maletas.

Yo iré a hablar con mis hermanas y a despedirme de Blanca.

En cuanto vuelva, cogemos el coche de línea.

-No te preocupes. Lo tendré todo listo.

Estamos haciendo lo correcto. ¿Me oyes?

-Lo sé. -Te compensaré

por el sacrificio que estás haciendo.

Te voy a hacer la mujer más feliz del mundo.

-Voy a vestirme.

Tengo tuberculosis, Antonia.

No me atrevía a decírtelo y me siento culpable,

porque es muy contagiosa.

Y, a lo mejor, tú... -¿Pero cómo tuberculosis?

¿Estás seguro? -Sí.

Estuve con el doctor Loygorri.

Él me hizo ver lo insensato que he sido

por no haber acudido antes a él

y por haber seguido trabajando

durante todos estos días en el Ambigú.

Igual, he infectado a medio Madrid.

-Ya.

¿Por eso no me has dado ni un mal beso

en estas últimas semanas?

-Perdóname, Antonia. Estaba muy asustado.

-¿Y qué es eso de la carta?

¿No irás a tirarte de un puente?

Cuando va a matarse uno, no se lleva la maleta.

-En la carta te lo cuento todo.

Voy a un preventorio. Una especie de sanatorio

en el que me han prometido que me curaré.

¿No dices nada?

-¿Qué te voy a decir, Enrique?

Que estoy contenta y triste a la vez.

Estoy contenta porque no me abandonas.

Me había hecho yo mil historias en la cabeza

pensando que te ibas con otra.

Pero estoy muy triste.

Anda, ven aquí. No me digas que no te abrace,

porque no te pienso hacer caso. Ven aquí.

(LLORA)

Gracias.

-Miguel. -Tengo que entrar a darles

unas instrucciones a los obreros.

-Será un momento. Necesito que me aclares algo.

-¿Algún problema? -Eso me gustaría saber.

He comprobado el espacio que tenemos para almacenar

el pedido de los ingleses y he visto que en el almacén

hay unas cajas que no llevan identificación.

-¿Unas cajas sin identificación? Qué raro.

-Qué extraño. Unas cajas que aparecen y desaparecen.

Como la semana pasada. -Fue un error del transportista,

que ya está solucionado. -¿Y estas? ¿Sabes qué contienen?

-No sabría decirle. En cuanto tenga un minuto,

compruebo el inventario. -Ya lo he hecho yo.

Y no estaban registradas.

Qué extraño. ¿Sabes a qué se debe?

-Pues no sabría decir. -¿No?

Pues deberías. Es tu trabajo, ¿no?

Eres el encargado. -Sí, señora.

-¿Entonces? -Pues, igual, hay algún error

en el antiguo inventario. Lo comprobaré.

-Debiste hacerlo cuando te hiciste cargo del puesto.

Eres el responsable y debes tener

las mercancías y suministros controlados.

-Lo sé. Pero supuse que don Germán habría hecho bien su trabajo

y que no se dejaría material sin inventariar.

-Es fácil echarle la culpa a otro cuando ya no está.

-Doña Diana, ¿está usted insinuando que me lo estoy inventando?

-Lo único que digo, es que esa excusa te valdrá

solo una vez. Tienes que demostrar

que estás perfectamente capacitado para desempeñar el puesto

que ocupas. -Ya. Se trata de eso.

-¿Qué quieres decir? -Nunca me quiso como encargado.

Por eso puso a su cuñado.

Y como las cosas han salido mal, lo paga conmigo.

-No te sobrepases. -Solo intento hacerle ver

que me duele su falta de confianza.

Y más, después de lo que hice por la fábrica.

-Está en tu mano hacerme cambiar de opinión.

No cometas fallos y tendrás mi apoyo.

-Sí, señora. Así lo haré.

-Y ahora, soluciona lo de esas cajas.

Si no son necesarias, las quiero fuera del almacén.

Necesitamos todo el espacio. -No volverá a ocurrir.

Ha hecho muy bien. El Preventorio de Aguas de Busot

tiene muy buena fama. Va a volver recuperado. Ya verás.

Eso espero. Pero tiene que haberlo pasado muy mal.

Su hermano ya murió de tuberculosis hace muchos años.

-Enrique no se morirá. Hizo bien aceptando el consejo de Cristóbal.

-Qué sola me voy a quedar sin él.

Pero nos tienes a nosotros, que somos tu familia.

Y yo agradezco mucho el consuelo.

Fue todo tan rápido, que casi no me lo creo.

Menos mal que me dio tiempo de despedirme de él.

¿Tú no deberías darte prisa?

Déjele que se tome el café tranquilo, mujer.

¿No querrás que llegue tarde al trabajo?

Ah, el trabajo. Claro. Sí. En Tejidos Silva se podía permitir

alguna que otra licencia. Pero en esta nueva empresa no.

Hay que causar buena impresión y para eso, no se puede fallar.

Bueno, yo no me preocuparía tanto por eso.

¿Por qué? Pues porque...

-Porque hoy empiezo visitando una tienda que está aquí,

muy cerquita. -Por eso.

-Antonia, deja de darle conversación a Adela,

que al final será ella la que llegue tarde.

Es verdad. Me tengo que marchar.

Muchas gracias por el café. No hay de qué.

¿Se puede saber por qué le sigues ocultando

que te han despedido? -No se lo oculto.

-¿No? ¿Eso qué ha sido? Me parece que sigue creyendo

que trabajas. -Todavía no encontré

el momento oportuno para decírselo.

-Otro como Enrique. ¿Qué os pasa a los hombres?

Sois incapaces de enfrentaros a la verdad.

-Entiéndelo. -Sé lo que me vas a decir.

Que está embarazada, con lo de su hermana cómo se lo tomará.

Peor se lo tomará a fin de mes

cuando vea que no le llevas un sueldo.

-Eso no pasará si encuentro el trabajo.

-Como si fuera tan fácil. -¿Dudas?

-No te me pongas a la defensiva, que el único que metió la pata,

fuiste tú intentando tapar el sol con un dedo.

-Es asunto mío. -Te digo una cosa.

Las mentiras es más fácil arreglarlas cuando son pequeñas,

que cuando son grandes. No la dejes crecer.

Cuéntale la verdad, antes de que se entere por otros.

No te lo perdonará. -Tienes razón.

No me atosigues. Necesito tiempo.

-¿Para qué? Para arreglarlo a tu manera.

-¿Qué tiene de malo intentar proteger a mi esposa?

-Si quieres protegerla, trágate tu orgullo,

vete a Tejidos Silva y habla con tu cuñado.

Cuéntale lo que te pasa. -¿Y pedirle que me contrate

como encargado, después de haber dimitido?

-O eso, o vuelves a trabajar en la Villa de París. Tú mismo.

¿O es que tienes otro plan

que yo no sepa? -No.

-Pues entonces. Date prisa, antes de que se entere Adela.

¿O quieres que le vayan con el cuento

de que te ha visto buscando trabajo por ahí? ¿Eh?

Buenos días, hijo. ¿No pensabas desayunar conmigo?

-No me apetece desayunar nada.

-¿Puedo saber qué te tiene tan molesto esta mañana?

-Seguro que puede hacerse una idea.

-No sé de qué me culpas esta vez,

pero no me gusta nada ese tono que estás utilizando.

-¿Ah, sí? Pues a mí no me gusta las cosas que hace.

¿Cómo se le ocurre insistir ante Diana

para que anule el contrato de los ingleses

y hacerlo delante de Blanca?

-Porque es lo que más le conviene

a nuestra familia. No sé qué le ves de extraño.

-Ya lo hice yo, pero en privado.

¿No se da cuenta de que no son formas?

-Tampoco lo son abordar a Diana en mitad de la calle.

Coincidimos en nuestra visita en el hospital a Blanca

y utilicé ese momento para intentar hacerla entrar en razón.

-Y lo dice así, tan tranquila.

-¿Y por qué habría de alterarme?

-Madre, usted solo piensa en su conveniencia.

Si no, no se le habría ocurrido

hacer esa escena y delante de mi mujer.

-Tu mujer. ¿Esa que apenas te tiene en consideración?

-Esa que está muy enferma, madre.

¿De verdad no siente ni un poco de consideración por ella?

-Que yo hable y le pida ayuda a Diana,

no le va a quitar la vida a Blanca. ¿No te parece?

-Cristóbal dijo que Blanca necesita tranquilidad a su alrededor.

-Y nosotros necesitamos que Tejidos Silva

deje de hacer tratos y venderle uniformes

a los ingleses y a los franceses.

¿O es que ya has olvidado quién saldó tu deuda con la justicia?

-No, madre. No lo he olvidado. ¿Cómo lo voy a olvidar?

-Rodolfo, todavía queda pendiente una cuenta con los alemanes

y no tienes más remedio que pagarla.

-Nuestra relación con ellos es lo suficientemente importante

como para que un simple negocio de telas lo arruine.

-Pero podría enturbiarla. Si tú no vas a hacer nada,

lo haré yo. -Madre, no quiero hablar de esto.

Déjeme hacer a mí. Y no se meta. ¿Me ha oído?

Te lo digo de verdad, Merceditas. Yo aquí estoy incómodo.

-Tranquilízate, hombre. Ni que estuvieras cometiendo

un delito por estar sentado en el Continental.

-Es que he estado trabajando aquí hasta hace poco.

No es agradable volver al sitio del que te echaron. Es humillante.

-Pero tú lo haces por mí, ¿verdad?

Y por estos bollitos de canela. ¡Huy!

-Come más despacio, que te vas a atragantar.

-No sabes las ganas que tenía de hincarles el diente.

Me he pasado toda la noche soñando con ellos.

-Y yo voy a tener pesadillas. Como sigas a ese ritmo,

me voy a gastar la paga de la semana entera.

-Y qué mejor empleo darle que en alimentar a tu hijo.

-No creo yo que el niño tenga un paladar tan delicado.

Venga, mujer. ¿Por qué no nos vamos para casa

y te tomas un trocito de ese bizcocho

que ha preparado doña Rosalía? -Me vas a comprar el bizcocho

con los bollitos de canela del Continental.

-Pero tú antes bien que te conformabas con ese bizcocho.

-¿Así es cómo vas a apoyarme durante mi embarazo?

Que yo sepa, esto no me lo he hecho yo sola.

-Mujer, tampoco te pongas así. Lo único que digo,

es que vayas acostumbrando al crío a unos antojos menos caros.

-Los antojos no los controlo yo. Los controla la criatura.

Y eso es más culpa tuya que mía.

-Merceditas. -Doña Rosalía.

-¿Pero qué hacéis aquí? -Pues ya ve.

Comiendo unos bollitos de canela.

Pruebe uno. Están de vicio.

-Déjate de zarandajas y vuelve a casa ahora mismo,

que no es tu día libre. -Lo sé, lo sé.

Pero es que mi cuerpo va por un lado y mi mente por el otro

con esto de los antojos. Deme media horita.

-Aunque tú lo llames "media horita",

esa media horita no deja de durar media hora.

-¡Doña Rosalía! -Vamos, levántate y vuelve a casa.

Te recuerdo que tienes que planchar el vestido de la señorita

y arreglarle el pelo y muchas cosas más.

-Menudo genio. -Pues si no te gusta mi genio,

imagínate el de la señorita Elisa

cuando no encuentre las cosas a su gusto.

-Por favor, ¿me cobra el bollo?

-Me voy a llevar uno para el camino.

No, no. Mejor, me voy a llevar dos.

No quiero que el niño me salga con un antojo

en forma de bollo de canela. -Tome.

Y los otros los devuelve, que están sin tocar.

Vamos.

Si alguien se acerca al almacén, me avisáis y no le dejáis entrar.

Le decís que estamos organizándolo. ¿De acuerdo? Venga.

Don Germán, buenos días. -Buenas días.

-¿Se olvidó algo? ¿Necesita que le ayude?

-No. Gracias. ¿Te importa? -Disculpe.

Siento ser yo quien se lo recuerde,

pero ya sabe cuál es la política de la empresa.

No puede entrar nadie ajeno a la fábrica,

salvo que tenga una cita con el señor Montaner o Angulo.

-No tengo ninguna cita con ellos. -No puedo hacer excepciones.

No puede entrar, por mucho que haya trabajado aquí.

-Lo entiendo. ¿Puedes decirle a Salvador

que estoy aquí? Me gustaría hablar con él.

-¿Algún problema? -Es un asunto privado.

¿Se lo puedes decir? -Me gustaría, pero no está.

-¿Y sabes cuándo volverá? -La verdad es que no.

Pero si quiere dejarle algún recado.

-Volveré en otro momento. -Germán.

-Salvador, ¿podemos hablar un momento?

-Sí, por supuesto. Miguel, ¿no tenéis nada que hacer?

-Sí. Sacad las telas teñidas

al patio a que se oreen. Ahora entro yo.

-Tú dirás. -¿Podemos hablar en tu despacho?

Me gustaría hablarlo en privado. -Está bien.

-Señora, cuando tenga un momento,

me gustaría comentarle cómo he organizado el trabajo.

Creo que ahorraremos mucho tiempo.

-¿Esa no es tarea del encargado?

-Sí. Ese es mi puesto ahora.

-Ya tenéis encargado. -Lo necesitábamos con urgencia.

-Cuando se marchó, el señor Montaner confió en mí

para el puesto. Espero no decepcionarle.

-No tienes de qué preocuparte. ¿Vamos?

-No. Será mejor que le atiendas. Parece importante.

-¿No quería hablar conmigo? -Sí, pero no corre prisa.

Ya hablaremos en otro momento. -¿Por qué no venís Adela y tu

a comer a casa un día de estos? -Sí, claro.

Hoy o mañana. Hablamos. -Hablamos.

Nada. Aquí tampoco. -¿Estás seguro?

-Sí. Revisé un par de veces los albaranes.

No hay ninguna caja de más.

-¿No será un descuido al identificarlos?

-No. -Si comparas los albaranes

con el inventario, puedes ver si hay sin registrar.

-Lo hice. Las cajas de los inventarios

son las mismas que los albaranes. No hay de más.

-¿Y si hay error en el inventario?

-Hubiéramos echado algo en falta. Y no es el caso.

-Miguel tuvo una idea brillante para optimizar trabajo.

¿A qué vienen esas caras? -En el almacén hay unas cajas

sin identificar. Y no figuran en inventario.

-Es cometido de Miguel. ¿Qué explicación dio?

-Como la última vez, vaguedades.

Me dijo que lo investigaría. Pero no me fío.

Lo estamos investigando. -No sé qué tienen esas cajas,

pero no deberían estar.

-Es como si nunca hubiesen entrado.

-De forma oficial. -De algún lado habrán salido.

Démosle tiempo a Miguel para que lo averigüe.

-La semana pasada pasó algo parecido

y sus explicaciones no me convencieron.

-Sé que no te fías de él, pero hace buen trabajo.

Además, los obreros confían en él. -Reconócelo.

Esto es algo muy extraño.

-Sí. Lo es.

Acabemos con esto de una vez.

Abramos las cajas para ver qué contienen.

No quiero más sorpresas, como en el pasado.

-No, por favor. -Miguel ayudó a tu tío

a esconder el opio en la fábrica.

¿Y si han vuelto a las andadas? -¿Después de lo que pasó?

No lo creo. Miguel ya pagó caro su error.

-Eso es cierto. Estuvo a punto de morir en la cárcel.

-Tienes razón. Hay que abrirlas.

Nosotros nos encargamos. Diana, será mejor

que vayas a descansar. -¿Me apartas?

-No te pongas a la defensiva. Me preocupo por ti.

Ayer estuviste hasta muy tarde en el hospital

y hoy te levantaste muy pronto.

-Es mi responsabilidad. No puedo fallar.

-Diana, no vas a fallar. Aquí estamos para apoyarnos

los unos a los otros cuando sea necesario.

¿No te fías en que seamos capaces de abrir

y revisar cajas? -Ya sabes que sí.

-Además, Miguel y tú habéis discutido esta semana

y creo que tu presencia haría tensa la situación.

-Sí. Eso es cierto. -¿Entonces?

-Está bien. Me iré a casa.

Pero si averiguáis algo, me llamáis. ¿Entendido?

-A sus órdenes, jefa. -Menos guasa.

Espero que sea algo muy importante lo que me tienes que decir.

-Siéntate. Necesito hablarte.

-¿Qué ocurre? -¿Qué haces con un pañuelo?

-Cuando me mandaste la nota, me estaba peinando.

¿Qué querías? -¿Tanto rato te lleva peinarte?

-Para lucir espléndida un día como hoy, sí.

-¿Y qué pasa hoy? -Se casan Carlos y Sofía.

Es el acontecimiento más importante del año.

Al menos, de primavera. -Ya será menos.

-Se casan en los Jerónimos. Luego, lo celebran en el casino.

Y van a acudir más de 300 invitados,

los más importantes de la ciudad.

-Yo nunca podré darte nada parecido.

-Soy consciente.

¿No me crees? -Me cuesta creer

que vas a renunciar a estos lujos por mí.

-No me he vuelto idiota. Me gusta el dinero.

No te lo voy a negar. Pero con él,

no puedo conseguir lo más valioso

que tengo en mi vida. Y ese eres tú.

Si tengo que elegir entre una cosa y la otra, te elijo a ti.

Cuidado.

No podemos dar rienda suelta a nuestros sentimientos

hasta que no estemos lejos. -De eso quería hablarte.

-¿Has cogido los billetes? -El dinero que me diste no llega.

-¿Cómo? -Como te lo digo.

He estado en Atocha y casi me han cerrado

la ventanilla en las narices.

Necesito un poco más. -Si te lo di todo.

-¿Qué pasa con el resto de tu herencia?

Seguro que hay más. Sois ricos. -No es tan fácil como parece.

-¿Por qué? Se supone que es tuya, que puedes disponer de ella.

-No. Porque soy menor de edad

y mis hermanas controlan cada centavo.

-Lo tienes fácil. Ponles la misma excusa que les diste

la primera vez y diles que necesitas más.

-Es que no puedo hacer eso. -¿Por qué?

-No me dejaron tocar ni un real. -¿Pero, entonces,

de dónde ha salido todo el dinero que me has dado?

-Es que no quería contártelo, pero lo he robado.

-No... No me lo puedo creer.

-Es que sabía que ibas a reaccionar así.

Seguro que piensas que soy lo peor.

Pero vi dónde lo guardaba don Luis y se lo quité.

Estás decepcionado, ¿no? -Te admiro.

-¿Qué? -Nunca creí que fueras capaz

de buscarte la vida de esta manera.

-¿De verdad te parece bien? -Eres valiente

y estás dispuesta a todo por nosotros.

Ahora sí que estoy seguro

de que nos va a ir muy bien en Lisboa.

-Eso si conseguimos el dinero que nos falta.

-Solo tienes que robarle más a tu cuñado.

Total, ya sabes dónde lo guarda.

-No creo que sea buena idea.

-¿Pues ahora te vas a andar con remilgos?

Además, querías vengarte de él y de la institutriz.

Qué mejor manera que quitarles

el dinero. -No se trata de eso.

Es por otra cosa. -Entonces, ¿qué es?

-Que don Luis se ha enterado

de que le han robado. -Y sospecha de ti.

-No. Sospecha de la institutriz y la han echado.

-Entonces, eso hace más perfecta tu venganza.

-La han echado hoy. -¿Y ya se ha ido?

-Aún no. ¿Por qué? -Aprovecha antes de que se vaya.

Así, si se dan cuenta, pensarán que ha sido ella.

-Eso es una buena idea. -No sé qué te hace más ilusión,

si deshacerte de ella o que nos fuguemos juntos.

-Eso no lo sabrás hasta que lo celebremos en Lisboa.

Don Ricardo. -Adelante.

-Espero no interrumpir nada importante.

-Siempre es bienvenido. Aunque me extrañó

el anuncio de su visita.

-Después de nuestra conservación de ayer, es lógico.

-A veces, somos demasiado vehementes.

Más vehementes de lo que deberíamos.

Pero, bueno, siempre hay tiempo para rectificar. ¿Una copa?

Imagino que está aquí porque se ha pensado con calma

la propuesta que le hice. -Así es.

-¿Y bien? -Acepto su oferta.

Trabajaré para la Villa de París. Brindo por ella.

-Pero si acepto, es porque no me queda más remedio.

Necesito trabajar y es la única oportunidad.

-Sus razones no me importan, mientras haga bien su trabajo.

Dejemos que Carolina ponga el entusiasmo que a usted le falta.

-Antes, tengo que aclarar un par de cosas.

-Está bien. Adelante. -Trabajaré para la Villa de París,

pero no con Carolina.

-Eso lo veo un poco complicado. -Usted verá.

O es así, o no es de ninguna manera.

-¿De qué manera pueden trabajar juntos sin verse?

-Llevaré las cuentas y proveedores,

como hice siempre, pero desde aquí.

Solo iré a la Villa de París cuando Carolina no esté.

-Bien. Lo arreglaré para que así sea.

-Y solo trataré con usted. -De acuerdo.

-Hay otra cosa. -Germán, no tiente la suerte.

Por favor, mi paciencia tiene un límite.

-No quiero que Adela sepa nada. Es mi última condición.

-Puedo garantizarle que de mi boca no saldrá

ni una sola palabra. Puede estar tranquilo.

-Entonces, por mí, trato hecho.

-Bienvenido a la Villa de París.

Cómo echo de menos a Francisca.

Todas la echamos de menos.

Pero está en esa escuela maravillosa cumpliendo su sueño.

Perdonad, pero no había manera de separar

a esta niña del espejo. -La boda de Carlos y Sofía

es en unas horas. Si no paráis de interrumpirme,

no tendré tiempo para prepararme. No protestes y siéntate.

Si Celia vino desde Arganzuela,

tendrá algo importante que decir. Lo es.

Solo será un momento. Os lo prometo.

No me llevará mucho tiempo. -Entonces, dilo ya.

-Es que me cuesta mucho deciros,

que me voy a Soria con Aurora.

¿A Soria? ¿Tan lejos?

-Sí. Pedí un traslado al Ministerio y allí me mandan.

-¿Pero no ibas a pedir un aplazamiento?

-Sí. Iba a pedirlo, pero no podrá ser.

-Bueno, ¿y cuándo te vas?

-Esta noche.

Lo siento. -Me da mucha pena que te vayas,

pero si vas a estar más feliz.

-¿Y te vas con Aurora? -Sí.

Vamos a ver. Entiendo que queráis marcharos,

pero el Ministerio no puede obligarte a irte

de un día para otro, sin darte tiempo.

La idea de irme inmediatamente no es del Ministerio, sino mía.

¿Y eso por qué? ¿Es que no te importa

el estado de Blanca? ¿Piensas dejarla en estos momentos?

No soy una egoísta que solo vela por sus intereses.

Es lo que parece. Si no busca su felicidad,

¿quién lo hará? Hay que tomar

caminos difíciles para conseguir lo que queremos.

Lo difícil es quedarse apoyando a vuestra hermana.

¿O creéis que para mí es sencillo esperando un niño?

Por favor, no discutáis. -Hay una razón de peso

por la que debo irme inmediatamente.

¿Y qué es más importante que el estado de salud de Blanca?

Clemente ha encontrado a Aurora y quiere llevársela con él.

Eso no lo sabía.

Hasta ahora, ha sido muy razonable

en sus intentos por recuperarla.

Pero su hermano y los vecinos han malmetido

y ya no atiende a razones.

-¿Y Aurora? -Está muy asustada.

Sabe que si vuelve al pueblo y tiene al niño allí,

eso le atará a él de por vida.

Por eso, debemos fugarnos inmediatamente.

Adela, te prometo que si hubiera otra opción, no lo haría.

Pero tú luchaste mucho por estar con Germán

y ahora eres feliz. Déjamelo serlo a mí.

¿Pero tanto la quieres?

No concibo mi vida sin ella.

Pero también os quiero mucho a vosotras.

Y me dolería muchísimo irme sin vuestra bendición.

-Adela, tú harías lo mismo.

-Todas lo haríamos.

Tenéis razón. Pero te voy a echar mucho de menos.

Y yo a vosotras.

-Siempre vas a tener todo nuestro apoyo.

-Celia, yo estoy de acuerdo.

Si quieres buscar tu felicidad, hazlo.

A veces, hay que tomar caminos difíciles, pero vale la pena.

-Espero que Blanca sea tan comprensiva como vosotras.

-Lo hará. Ella sabe mejor que nadie lo importante

que es vivir cada minuto de la vida al máximo.

-Esto es solo otra piedra en el camino, ¿verdad?

Sé que volveremos a estar aquí las seis juntas,

hablando de esto y de otras muchas cosas.

-Las Silva siempre estaremos juntas.

Aunque estemos a kilómetros de distancia.

En cuanto termines, engrasa las juntas.

No podemos permitirnos

la más mínima variación en la traza.

-Miguel, ¿tienes un momento? -Sí, dígame.

-Diana me ha dicho que hay unas cajas en el almacén

que no están en el inventario.

-Sí. Debió haber algún error al apuntarlas

o el repartidor se equivocó y dejó de más.

Ya lo comprobaré. -No. Prefiero hacerlo yo.

Bernardo, coge unos operarios y ve a buscar las cajas.

-Puedo ir yo, si quieren.

-Mejor no. -¿Hay algún inconveniente

en que vaya yo? -No. Pero con todo el trabajo

que hay acumulado, no me pueden parar obreros

por algo sin importancia.

-Lo que tiene importancia o no, lo decido yo.

-Por supuesto, señor Montaner. Quiero decir,

que no hay motivo para que usted pierda el tiempo

por unas cajas sin identificar. Yo puedo ocuparme.

-Lo sabemos, pero queremos saber qué contienen.

-¿Y qué van a contener?

Pues hilos, tintes. Lo normal en nuestro trabajo.

-Entonces, no habrá inconveniente en que las veamos, ¿no?

-¿Dudan de que pueda ocuparme del asunto?

-En absoluto. Pero no entiendo por qué pones tantas pegas.

Parece como si no quisieras que viésemos esas cajas.

-Quedé con doña Diana en que yo me encargaría

personalmente de averiguar qué ocurrió.

-Y lo vas a hacer. Pero antes, veamos esas cajas.

-Carlos, Santiago, acompañadme.

(Llaman a la puerta)

¿Ya te has dejado las llaves?

Pues todavía no lo tengo todo listo.

-¿Qué es lo que no tienes listo?

-El almuerzo.

¿Pero qué quieres, Clemente? Tengo prisa.

-Soy tu marido. ¿No me vas a dejar entrar?

-Es que Celia no está.

Y yo estaba a punto de irme a trabajar.

No quiero llegar tarde. -¿A trabajar?

-Al dispensario.

-Pues espero que termines de arreglarte.

Así te acompaño para que no vayas sola.

-No, no. No te molestes. No hace falta.

-No es ninguna molestia. Lo hago encantado.

-Pero tengo que pasar a visitar

a una paciente para hacerle curas.

-Puedo esperar en la puerta a que acabes.

-Pero es que no sé lo que voy a tardar.

A lo mejor tengo que llamar al médico para que acuda.

¿Te vas a arriesgar a pasar tanto tiempo en la calle?

-Está bien. Iré a buscarte cuando acabes el turno.

No me gusta que vayas sola cuando está oscureciendo.

-Hasta ahora, me las he apañado muy bien.

-Pero eso se va a acabar. Te lo dije ayer.

No permitiré que pongas en riesgo a mi hijo.

A partir de ahora, harás lo que yo diga. ¿Estamos?

-Está bien. Está bien, Clemente.

Pero ahora tienes que marcharte.

Tengo que terminar de arreglarme.

-Está claro que te incomoda mi presencia aquí.

Pero más te vale que te vayas acostumbrando. Nos vemos luego.

-¿Qué pasa?

-Mucha ropa es esta para ir al dispensario.

¿No te parece? -No es mía.

Es de Celia. Es ropa que ya no usa.

Me ha pedido que la deje en la parroquia de camino.

-¿Y esta maleta?

-Ah... -¿También es de Celia?

Porque, que yo recuerde, este es tu ajuar.

Y esta es tu ropa.

-Estaba pensando en pasar unos días en Madrid con mi hermano.

-¿Me tomas por imbécil?

-Clemente, por favor, no te enfades.

Te lo puedo explicar no te enfades

-Vas a hacerlo ahora mismo

o no respondo.

-Bueno, pues aquí están las cajas. -Miguel, ábrelas.

-Señor Montaner, si les quitamos el precinto y no son para nosotros

podemos tener problemas con los proveedores para devolverlas.

¿No sería mejor esperar un poco? -Me da igual. Hazlo.

-Muy bien, como ustedes quieran. Luego no vengan con reclamaciones.

Eh, por favor.

-Eh, Miguel, trae, déjame a mí.

-¿Qué contiene? -Hilos.

-Hilos, lo que yo les había dicho.

-¿Y en las otras? -Ábrelas.

-Hilos.

Hilos y más hilos.

-¿Se quedan conformes ya? -No.

Porque no sé el propósito ni el origen de esta mercancía.

-Yo lo averiguaré y se lo haré...

-No quiero más cajas sin registrar en ningún sitio, ¿vale?

-La próxima vez ten más cuidado

a la hora de recibir y almacenar mercancía.

-No se preocupen, esto no volverá a ocurrir.

-Vamos.

-Venga, no os quedéis parados, a trabajar.

¿Y lo que había dentro?

En las cajas donde estaban esos hilos.

La moví cuando me dijeron que Diana estaba preguntando.

-Que sea la última vez que me pones en una situación así,

se acabó esconder dinamita en la fábrica.

-Tranquilo. Lo tengo controlado, ¿no lo has visto?

-No, he visto que casi me pillan.

No quiero volver a arriesgarme, ¿entendido?

Ah...

-¿Tienes suficiente o quieres que te diga dónde hay más?

-Estaba buscando unos pendientes de Francisca.

(RÍE) -Claro.

Y así, de repente, sin saber cómo,

han aparecido estos billetes en tu mano, ¿no?

-Me haces daño. -Más debería haberte por ladrona.

¿Te falta algo en esta casa para que me robes mi dinero?

-Si supieras mis razones, lo entenderías.

-Ninguna razón justifica este acto.

Y lo peor es que un inocente está pagando por tu culpa

y tú no has dicho nada. ¿No tienes vergüenza?

-Ay, Luis, lo siento muchísimo, yo...

Yo no lo volveré a hacer. -Claro que no volverás a hacerlo.

Y no te creas que derramando cuatro lágrimas te vas a librar,

no, no, no. Asumirás las consecuencias.

-¿Qué me vas a hacer? -Pues me lo voy a pensar.

Pero de momento estás castigada sin salir de esta casa.

-Está bien, lo asumiré, desde mañana estaré encerrada aquí

hasta que me salgan canas. -No.

Creo que no me has entendido.

No puedes salir desde este mismo instante.

-Luis, en media hora es la boda de Carlos y Sofía.

-Me parece perfecto, así no tocarás lo que no es tuyo.

-Es la boda de mis mejores amigos, no puedo faltar.

-¿Por qué no? ¿Pretendías robarles las arras?

-Yo no soy una ladrona. Hice esto por una buena causa.

Luis, por favor, tienes que creerme.

Pensaba devolvértelo. -Eso díselo a tus hermanas

cuando te pregunten,

porque a mí no me la das.

-¡No, no! ¡Abre aquí!

¡Abre ahora mismo!

¡Luis, como se enteren mis hermanas...!

¡Ah...!

(LLORA)

-Sí, has oído bien, Germán volverá a la Villa de París.

-Es usted el mejor padre del mundo.

-Él se ocupa de la parte comercial y administrativa,

así tú podrás centrarte en atender a los clientes

y en descansar un poco, ¿no?

-¿Entonces Germán y yo no trabajaremos juntos?

-Lo siento, es la condición que ha puesto Germán

para aceptar el trabajo.

-¿Y quién es él para imponer nada?

Tendrá que aceptar lo que digamos. -Cálmate, es mejor así

para evitar roces y males mayores. -Escúchame,

vuestras desavenencias son muy recientes.

Cuando pase el tiempo y vea que has cambiado

y que vuestra relación puede ser más fluida, volverá.

-Ah... Tiene razón.

Lo mejor es ir poco a poco.

Lo importante es que haya vuelto. -Bueno, ya he cumplido

dándote la noticia, ahora tengo que irme.

Tengo que atender mis negocios. -Nos vemos en casa.

Ay...

(TOCA EL TIMBRE)

-Bernardo, no le esperaba. -Ya, es que he salido de la fábrica

y me he dicho: "Voy a ser aventurero

y me voy a llevar a Carolina a cenar".

Ya que no es como partir en busca de las fuentes del Nilo,

pero para mí es bastante. -¿Así? ¿Sin avisar ni nada?

-Sí, ya sé que no es lo correcto, pero me apetecía verla.

¿Qué me dice? ¿Le apetece cenar en la Plaza Mayor?

-Me encantaría, pero he quedado con mi padre.

-Ah, claro, lo entiendo.

No se preocupe, supongo que son los riesgos

de avisar con tan poca antelación.

¿Y qué le parece si lo sustituimos por un paseo?

-Lo siento, pero no creo que sea lo más apropiado.

-¿Apropiado? ¿Por qué?

-Si la gente nos ve paseando juntos,

puede pensar que entre nosotros hay algo que no hay.

Y en estos momentos no me puedo permitir

tener un desliz así. Entiéndalo.

-Pues no, francamente, no lo entiendo.

No sé qué ha podido pasar de ayer a hoy para que me rechace.

-Espero que no se haya hecho ilusiones.

Entre nosotros solo hay amistad.

-¿Y qué pasa con todo lo que me ha dicho estos días o...?

Bueno, con el beso.

-Un momento de debilidad.

Y, quizá por eso,

lo mejor será que no nos volvamos a ver.

-Claro.

Ahora sí que lo entiendo.

Si me disculpa...

-Yo sé que no hemos empezado con buen pie, pero...

Nunca hubiera imaginado que esto acabaría así.

-Le juro que yo no robé ese dinero.

-Y yo la creo.

Pero entienda a doña Diana, ¿si no fuera usted quién?

-Porque yo tampoco, ni Raimundo.

Y doña Rosalía ya ni hablar.

-Sí, pero que lo entienda no lo hace más justo.

Merceditas... -Ah...

-Beatriz...

-Siento haber tardado tanto en hacer la maleta,

no esperaba tener que irme así. -Olvídese de eso.

Quiero hablar con usted sobre el dinero.

-Yo les dejo a solas, me voy a buscar

unos bollos de canela al Continental que,

con tanta tensión, se me ha abierto el apetito.

-¿Y qué quiere de mí?

¿Que le devuelva algo que no tengo?

-Lo que quiero es que no se vaya de esta casa.

Acabo de descubrir que no fue usted

quien me robó el dinero. -Eso ya se lo dije yo.

-Y yo no la creí, por eso quiero disculparme.

Me siento muy abochornado por haberla acusado de algo

cuando la culpable era otra persona.

-¿Quién? -Elisa.

-Ah, no puedo creerlo, ella es vaga y caprichosa,

¿pero ladrona? -Acabo de sorprenderla

intentado hacerlo de nuevo hace un rato.

Pero no quiero hablar de ella.

No es ella quien me importa,

sino usted.

¿Cree que podrá perdonarme?

-No es fácil.

Me ha hecho mucho daño. -Lo sé, lo sé.

Por eso estoy dispuesto a resarcirla.

Hablaré con mis cuñadas para explicarles lo sucedido

y que la vuelvan a admitir. -Se lo agradezco,

pero yo no estoy segura de querer seguir trabajando en esta casa.

-No, por favor, por favor, no, no, no se marche.

¿Qué debo hacer para que me perdone?

-Acepto sus disculpas,

pero no se trata de eso,

sino de confianza.

-Tiene todo el derecho a sentirse decepcionada,

pero le aseguro que no volverá a suceder.

Deme una oportunidad y le demostraré que confío en usted.

-No veo cómo. -Ah...

-No es por ese robo, don Luis, han pasado muchas cosas

y yo no sé qué pensar de...

-¿Y ahora?

¿Ya sabe qué pensar?

¿Estás bien?

No sé si podré soportarlo mucho más tiempo.

Será mejor que no hables, ¿eh?

Yo quiero hablar.

No tengo muchas oportunidades de verte.

Vives tan lejos.

¿Y qué es lo que querías contarme?

No es el mejor momento. Ya te lo contaré más tarde,

cuando estés más descansada. No me hagas insistirte, por favor,

que no tengo fuerzas. Así que cuéntamelo.

Está bien.

Pero tienes que prometerme que no te vas a alterar.

Que no. Ni a ponerte triste.

¿Me lo prometes? Sí.

Me mandan a dar clases a Soria.

¿Tan lejos?

Seguro que se han enterado de la buena labor

que está haciendo en Arganzuela

y la premian con un destino importante.

Es una buena noticia, ¿no?

Sí, sí, supongo que sí.

Dime al menos que no vas a estar sola, ¿eh?

No, no voy a estar sola.

Además, pensaré mucho en ti

y te llamaré todos los días.

Te lo prometo. Quizá sea la última vez

que te veo, Celia.

¿Por qué dices eso?

Yo no me he ido todavía. Ah...

De hecho, estaba pensando en pasar la noche aquí.

Es una buena idea.

Así Adela puede irse a casa a descansar.

Podríamos hablar de nuestras cosas toda la noche,

como cuando éramos pequeñas.

Sería muy bonito.

Pero no quiero que te preocupes por mí, de verdad.

Porque, además, estoy segura

de que vas a tener que preparar muchas cosas antes del viaje.

Eso puede esperar.

¿Seguro?

Por una noche no pasará nada.

Solo necesito hacer una llamada primero.

Puedes usar mi despacho, Celia.

Allí tienes un teléfono. Muchas gracias, Cristóbal.

Marina, por favor.

¿Necesitas algo? Acompaña a Celia a mi despacho.

Enseguida vuelvo.

Por fin solos. Sí.

(Suena el teléfono)

(Suena el teléfono)

(Suena el teléfono)

(Suena el teléfono)

(Suena el teléfono)

Te quiero mucho. ¿Me oyes?

No sé si creérmelo.

¿Por qué dices eso?

Ah...

No quiero que se te olvide.

¿Me oyes? Nunca. Y que te quede muy claro.

No se me va a olvidar porque vas a seguir diciéndomelo.

Y yo a ti, ¿eh?

Perdón.

Ah... (CARRASPEA) No pasa nada.

¿Has hecho la llamada? No han contestado

y es muy extraño, porque a estas horas

siempre está en casa.

Bueno, si quieres usa... Blanca, Blanca.

¡Blanca! ¡Blanca!

¡Blanca! ¿Qué ocurre?

Cristóbal, ¿por qué no contesta?

-Le está dando un infarto. Ayúdame, Marina, hay que tumbarla.

Quita... Quita la almohada.

Blanca, por Dios...

¡Blanca!

¡Deprisa!

Tómale el puso, Marina. Sí.

Ah...

(DOLORIDA) ¡Ah...!

Como comprenderás, estoy muy enfadado contigo

por el robo y por acusar a un inocente

con la que espero que te disculpes hoy mismo.

No tienes ningún decoro y lo que has hecho

es completamente deshonesto.

-Si quiere, me quedo con usted hasta que llegue don Salvador.

(LLORA) Gracias.

-Desde que ha regresado del hospital

se ha encerrado usted en su cuarto.

-Es que no quiero salir.

(LLORA) Solo quiero llorar.

A ver si esta pena se me va con las lágrimas.

-Si yo tuviera el remedio para que ese dolor pasase pronto...

-Clemente estuvo aquí.

-¿Cuándo?

-Anoche.

Se presentó de improviso.

Descubrió las maletas y...

No tuve más remedio que decirle que me iba.

Dice que voy a volver con él a Cáceres mañana mismo.

-Le dijimos que en tu estado no viajarías.

-Sí, pero no atiende a razones y menos ahora

que se ha dado cuenta de que quería huir.

-No podrías haber hecho nada.

No eres médico, Cristóbal se pasa todo el día con ella.

Él puede ayudarla, no tú.

-Bernardo, ¿se puede saber qué te ocurre?

-Eh, nada, es que no he pasado buena noche.

-Es... Bernardo, no te veo así desde lo de...

Desde lo de Petra. No me digas que ha sido por Carolina.

-No, no, no. -Bernardo, que nos conocemos.

-Son tiempos difíciles para Europa, ¿no cree?

La tensión entre franceses y alemanes aumenta,

los Balcanes son un polvorín, Turquía coquetea con medio mundo

y los ingleses... (RÍE)

Los ingleses nunca se sabe.

-Con la de telas que encargaron para uniformes

parece que están dispuestos para entrar en combate.

-Los uniformes caquis.

Oí de ellos. -Según el representante

del Ejército británico, ese es el futuro.

Dentro de poco todos usarán esos tonos.

-Un hombre inteligente el general Miller.

-¿Miller? No.

-Tratan con un tal Smith.

-¿Dónde está Aurora? -Sigue en la casa de socorro.

-¿Entonces para qué me ha hecho venir hasta aquí?

Estoy harto de sus jueguecitos.

Hoy me la llevaré de vuelta a Cáceres.

-De eso quería hablarle.

Pase y siéntese, por favor.

-¿Qué os ocurre?

¿Es por Blanca? -Sí, madre, es por Blanca.

-¡Dios santo! ¿Ya ha fallecido?

¡Madre, por favor! ¿Por qué no me dijiste

de quedar donde siempre?

-Es que don Luis me ha castigado sin salir de casa.

-¿Y eso? -Es que...

Me sorprendió robando su dinero.

-¿Cómo?

No debí insistirte con lo del dinero,

es culpa mía, lo siento.

-Lo hice porque quise.

Y ahora lo he estropeado todo.

Cuando mis hermanas se enteren, me pondrán un castigo peor.

Tenemos que irnos ya a Lisboa, no podemos retrasarlo más.

-¿Pero cómo? El problema sigue siendo el mismo.

No tenemos dinero para comprar los billetes.

-Pues yo no puedo conseguir más.

-Ahora me encargaré yo.

-Cuénteme, por favor.

Sé quién es el contacto de Tejidos Silva en Londres,

la persona con la que ha llegado a un acuerdo

para elaborar las telas para los uniformes del Ejército inglés.

-¿Y puede decirme cómo va a utilizar esa información?

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Seis Hermanas - Capítulo 252

26 abr 2016

Las hermanas Silva son el alma de las principales fiestas de la alta sociedad madrileña de la época, en el Madrid de 1920.

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  1. Maria

    Yo los veo de t res y no pierdo la trama. Es ideal para coger el sueño¿¿

    10 abr 2018
  2. nuria

    aguas de basot dice Adela... Aguas de Busot!!!!

    18 oct 2016
  3. Edgar Abood

    Porque no terminan esta serie. Se ha vuelto monotona y aburrida. La grabo y la veo a velocidad, porque ya sus capitulos con dialogos largos son de poco contenido. No creo que me siente enfrente del televisor y me aguante el capitulo completo.

    27 abr 2016