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No recomendado para menores de 7 años Seis hermanas - Capítulo 251 - ver ahora
Transcripción completa

No he mirado cuánto dinero traías esta vez,

pero por lo que abulta el sobre no es demasiado.

Bueno, todo lo que he podido.

Con lo que llevamos sólo podemos ir a Lisboa.

Suena bonito.

¿Puedes comprar tú los billetes de tren?

Claro. -A Lisboa.

¿Ha cogido usted dinero del cuarto de don Luis?

Yo nunca cogería nada que no fuera mío.

Por favor, tienen que creerme.

Por supuesto que no la creemos.

Hablaré con Diana, para que ponga orden.

Sus días en esta casa están contados.

Los plazos del ejército son inamovibles.

Tenemos que acabar a tiempo. -Y se acabará.

Eso espero, porque si no no habrá fábrica ni trabajo.

Me queda claro, pero los trabajadores

necesitan descansar o no terminarán a tiempo

porque estarán agotados. Yo también estoy sobrecargada

con un montón de problemas familiares y me apaño.

Desde que el mundo es mundo las mujeres han tenido hijos,

han trabajado y han cuidado de sus maridos y de sus casas.

Y tú no vas a ser menos.

¿Entonces entiende que nos casemos tan deprisa?

Pues claro que sí, mujer. Lo importante es que esa

criatura nazca en el seno de una familia como Dios manda.

¿Le gustaría venir a trabajar conmigo aquí?

¿Aquí?

Sí, en la Villa de París.

Necesito unos brazos fuertes como los suyos.

Y sobre todo alguien que me sepa llevar

la contabilidad como es debido.

Le agradezco que pienso en mí para este trabajo.

Pero creo que lo único que conseguiría

es espantar a la clientela.

Soy abogado, por mucho que me esfuerce

no me imagino trabajando en una tienda.

Es una carta del Ministerio

de Instrucción Pública y de Bellas Artes.

Pero te han cambiado de destino.

¿No estás contenta? Es justo lo que querías.

Soria está muy lejos. Blanca está muy grave.

Celia, esta oportunidad es única.

No sé si debería irme.

Veo que ya has tomado la decisión.

No me ha quedado otro remedio.

Si le pasara algo a Blanca y yo estuviera tan lejos

no me lo perdonaría nunca.

Las llaves no te las doy.

Pero cuenta conmigo para esconder

lo que sea en el almacén.

(SE DESPEREZA)

Vaya, qué lujo.

Eso es que has hecho algo malo y quieres que te perdone.

Mira que eres desconfiada.

¿De verdad piensas que no puedo hacer nada bueno

sin tener una intención oculta?

Déjame adivinar, te reconcome los remordimientos

por haber nombrado a Miguel encargado de la fábrica

sin contar con mi aprobación.

Pues no, estás equivocada.

¿Seguro?

No tengo remordimientos de conciencia

porque al final me diste la razón.

¿Seguro que te di la razón?

No fue exactamente con esas palabras,

pero te diste cuenta de que con la prisa

que nos está metiendo Martorell necesitábamos un encargado.

Miguel es un buen trabajador,

conoce bien a todos los trabajadores de allí.

Se lleva bien con todo el mundo.

Menos mal que aceptó.

¿Entonces me has traído el desayuno porque...

eres así de encantador?

Eh... más o menos.

Es cierto que eres encantador.

Pero aún así creo que hay alguna razón oculta.

¿Cuál es?

¿No se te ocurre?

Porque quieres pedirme algo.

Eh... no.

Porque me ves muy flaca.

No.

Porque me quieres.

¿Ves como no era tan difícil?

Gracias.

Aunque...

ahora que lo dices, es cierto, estás un poco flacucha.

(PROTESTA)

Comprenderás que no me preocupe por mi peso

en una situación tan grave.

A veces me olvido de comer por pura preocupación.

Y tú comprenderás que yo me preocupe porque estés bien.

Ya, últimamente no te hago mucho caso.

Es que estoy desbordada.

Tranquila, no tengo esa sensación.

Es que tengo la impresión de que tengo que cumplir

con muchísimas obligaciones y que no llego a todas.

Está la fábrica, la casa, Elisa, visitar a Blanca,

escribir a la tía Adolfina, a Francisca y...

¿Si tantos quehaceres tienes por qué no me dejas ayudarte?

Sólo tienes que pedírmelo.

Eso estaría bien.

¿Por qué no te tomas el día libre?

Pero hoy debería ir a la fábrica, ¿no crees?

Bernardo y yo nos encargamos de todo.

Gracias.

Siempre que me ahogo está ahí tu mano

para sacarme a flote.

Suertuda tú que te casaste conmigo.

Empiezo a pensar que tienes razón.

¿Ah, sí?

Qué hambre.

(Puerta abriéndose)

No deberías cargar tanto peso.

Bueno, no es para tanto.

Ay, gracias. ¿De dónde vienes?

Pues del mercado. ¿Tan temprano?

Es que con las preocupaciones me desperté al amanecer

y no he podido volver a conciliar el sueño.

¿Y por qué no me has despertado?

Porque tú estás muy cansado y tienes que descansar.

Y tú también. Otra noche sin dormir bien.

Es que yo no puedo dejar de pensar en Blanca, Germán.

Si me pasara a mí lo que a ella...

No digas eso.

Lo importante es que estés con ella.

Eso es verdad, sí.

¿Todo esto has comprado?

Cosas que necesitamos. Con las visitas al hospital

teníamos la alacena casi vacía.

Me gustaría ir contigo a hacer la compra,

pero trabajando tanto no me da tiempo de llegar

a una hora decente.

Bueno, despreocúpate de eso.

La próxima vez en vez de hacerlo en un viaje

haré la compra en varias y así repartiré el peso.

¿Y por qué no le pides al mozo del mercado que te ayude?

Para eso está. Ah, pues es una muy buena idea,

para que me ayude con la compra y evitarme tu regañina.

Si le das propina te ayudará aunque no se lo pidas.

Y no te regaño, me preocupo por ti.

Pues preocúpate de pagarle al carnicero,

que dice que no le hemos liquidado la cuenta

de la semana pasada. Aún así me fió.

Pero como tú sueles pagar los viernes

yo no llevaba ese dinero encima.

Se me fue de la cabeza.

Qué metedura de pata la mía.

¿Se te olvidó o pasa algo?

No, se me olvidó.

Con tanto trajín entre la fábrica

y el trabajo nuevo se me olvidó pasar

por el mercado y pagar.

Bueno, pues soluciónalo cuanto antes.

Es que no me gustan nada estos malentendidos.

Sí, esta misma tarde pasaré.

Sí tú estás muy ocupado

me puedes dar el dinero y pago yo.

No, es mejor que te quedes en casa, ya lo hago yo.

El médico me dijo que me venía bien

que me diese el aire.

Si quieres salir a pasear es mejor que vayas al parque.

Seguro que será más agradable que ir al mercado.

Como quieras.

Deja eso. Pero si con una puedo, hombre.

Adela, tienes que descansar y estar tranquila.

Y no hacer las cosas que debería hacer tu marido.

Gracias, Germán.

Sí, espero.

Buenos días, quería hablar con el subsecretario,

¿don Jacinto Escalonilla?

¿Es usted?

Buenos días, soy Celia Silva,

maestra de la escuela pública de Arganzuela.

Igualmente.

Verá, hace poco solicité un traslado

y me lo concedieron, me destinaron a Soria.

No, no, no, hasta ahí todo bien.

La cuestión es que por razones familiares me gustaría pedir

un aplazamiento para dicho traslado

y no sé a quién debería dirigirme

ni qué documentos debería solicitar.

Sí, perfecto. Apunto.

Sí, debería dirigirme a don Jacinto Escalonilla.

Sí, documento compulsado por la escuela

y por el ministerio.

Sí.

También aportar la fe bautismal

y el libro de familia.

¿Algo más?

Una carta escrita por mí misma

detallando el porqué del aplazamiento

y la fecha en la que quisiera incorporarme.

Sí, de acuerdo.

Sí, está bien, eso era todo.

Muchas gracias.

He hablado con el Ministerio de Instrucción Pública.

¿Para qué?

Para solicitar un aplazamiento del traslado.

¿Y te lo van a conceder? -Supongo que sí.

Aunque primero tengo que solicitarlo por escrito.

No tienes buena cara. ¿Has dormido bien?

Es que sé que me pasa algo pero no sé qué es.

¿Y no puedes ser un poco más concreta?

Aurora, tú eres enfermera.

Un dolor. -¿Un dolor qué? ¿Dónde?

Aquí, aquí, en el pecho, como una losa.

Es como si tuviera aquí una opresión

y me cuesta respirar.

¿Y te había pasado antes? -No.

Está bien, ¿y desde cuándo tienes este dolor?

De madrugada, pero luego me quedé dormida.

Y al levantarme se ha vuelto mucho más intenso.

¿Y es en el corazón? -No, no.

Y tampoco es muscular, ni de los pulmones.

Eso sabría reconocerlo.

¿Y por qué no me has dicho nada antes, mujer?

¡Te lo estoy diciendo ahora!

Está bien, Aurora, sólo me preocupo por ti.

Lo siento. Perdóname, pero es que no sé

lo que es esto y estoy muy nerviosa.

Yo sé que no te mereces que te hable así.

No, está bien, tranquila.

Tenemos que averiguar qué te ocurre.

¿Y si me está pasando algo a mí o al niño?

Ahora mismo vamos a ir al médico.

Ay...

Miguel, quiero hablar contigo.

¿En qué puedo ayudarle, señor Montaner?

Me temo que no son buenas noticias.

¿De qué se trata? -He estado revisando

las cuentas con Bernardo y a pesar del volumen

de trabajo que tenemos no podemos contratar

a más obreros para el pedido del ejército británico.

Pues eso no va a sentar muy bien a la plantilla.

Me hago cargo.

Hemos rebajado los costes para conseguir el pedido

y no podemos incrementar más los gastos.

Pero traslada a tus compañeros nuestro deseo de compensarles

económicamente en cuanto recibamos el pago.

Descuide, así lo haré. -Perfecto.

¿Qué quería el patrón,

seguir esquilmándonos para variar?

Eso ya lo hablaré luego con los otros.

Ahora lo que me importa no es lo que haya hecho él,

sino lo que has hecho tú.

¿Y qué he hecho yo si se puede saber?

Lo tuyo es alucinante,

encima tienes el cuajo de mostrarte indignada.

Sí, estoy muy indignada por el trato miserable

que se nos da en esta fábrica.

Y tú antes también lo estabas.

¿Se puede saber qué te ha pasado?

¿O te has pasado al otro bando?

No, no manipules la situación.

Vamos a hablar de lo que me has pedido que esconda.

Unas cajas con material del sindicato.

¿Sí, material para qué? ¿Para empezar una guerra?

¿Has estado metiendo las narices en esas cajas?

Había una abierta y he visto la dinamita dentro.

¡Pero que eso es una locura!

La locura es permanecer impasible.

¿Pero cómo me has podido pedir que guarde algo así?

Imagínate que hay un accidente. -No lo habrá.

Ya estoy yo muy pendiente.

Pero si tú lo que quieres es hundirme la vida.

Yo quiero mejorar tu vida y la de todos.

Y tú deberías ayudarme

en lugar de quejarte a cada paso.

Créeme que me estoy encargando de la parte difícil.

Mira, si me valorases un poco me habrías contado la verdad.

No me habrías dejado. -¡Y con razón!

¿Pero para qué quieres la dinamita?

Está visto que tú no necesitas saberlo.

Reme, os estáis pasando de la raya.

O me cuentas todo o hago que saquen esas cajas.

Tienes que prometerme que no vas a decir nada.

¿Pero cómo voy a hacer eso?

Reme, imagínate que hay algún muerto.

¿Quieres que termine en la cárcel?

No sé tú, Miguel, pero yo estoy harta de agachar la cabeza

cada vez que pisotean mis derechos.

Y yo también estoy harto. -Ya.

Pero esto es demasiado, ¿entiendes?

Claro, es mejor cruzarse de brazos

y trabajar hasta caer rendidos mientras los patronos

se llenan los bolsillos con el sudor de nuestra frente.

Hay otras maneras. Podemos protestar,

pero la violencia no es buena compañera.

Ya hemos protestado y hemos hecho huelga.

¿Y de qué nos ha servido? De nada.

La situación es complicada y la huelga no ha conseguido

mejorar nuestras condiciones.

Pero el señor Montaner me ha dicho

que nos compensará cuando se cobre.

Así que ahora te has convertido

en el perrito faldero de los jefes.

¿No te das cuenta que disponen de nuestras vidas?

Para eso me tienen a mí, para escucharos.

Reme, las cosas no son blancas o negras.

Hay que dar un paso más y lo sabes.

Todo lo que hemos hecho ha sido inútil.

A mí tampoco me gusta, Miguel, pero ha llegado el momento.

He hablado con los demás y están todos de acuerdo.

No hay marcha atrás.

Pues tendrá que haberla, porque no pienso seguir

guardando esa dinamita y mucho menos utilizarla.

¿Por qué? Nosotros no hemos empezado esta lucha.

Piénsalo por un momento.

Cada vez trabajamos más y en peores condiciones.

Y a la mínima queja amenazan con ponernos en la calle.

Bueno, a veces ha ocurrido. -¿Y los horarios?

Parecemos mulos de carga en vez de personas.

Por no hablar de las horas extra

que no se nos pagan. ¿Para qué?

¿Es que eso no va minando poco a poco nuestra salud?

Los patronos golpearon primero.

Nosotros tenemos que defendernos

o terminaremos perdiéndolo todo.

Las dos primeras sesiones me sentaron peor.

Esta no ha sido tan terrible, la verdad.

Así que estoy un poquito más animada.

Pues yo la veo muy pálida, señora.

La próxima vez que venga a verla le traeré un buen caldo

que seguro que le sentará bien. A mí me encantaría.

Sus caldos están para comerlos incluso sin hambre.

Echo tanto de menos la comida casera.

Podemos traerte algo más, no sólo caldo.

Sólo puedo comer lo que me preparan aquí.

Claro. Dice Cristóbal que tienen

que controlar todo lo que como.

Los médicos tienen que vigilar mi dieta.

Pues con lo delgada que está

o la vigilan mal, o la dieta es escasa.

Hacen lo que pueden, Rosalía.

A veces no puedo ni comer.

Ya verás como el tratamiento va a durar poco.

Antes de lo que crees vas a estar en casa.

Ay, tengo tantas ganas de volver a casa.

¿Cómo sigue todo por ahí?

Merceditas sigue igual de despistada, ¿verdad?

(RÍEN)

Echo de menos sus correteos y su parloteo también.

Últimamente está un poco emotiva,

a la mínima se nos echa a llorar.

Y no será por nada malo, ¿no?

No, al contrario, se nos casa con Raimundo.

¡Ay, qué alegría!

Ahora entiendo por qué está tan nerviosa.

¿Qué sucede, hija?

¿Cuál es la urgencia? ¿Qué pasa?

¿Es que no lo ve? -¿El qué?

Esto.

Me estás asustando, Carolina. ¿Seguro que estás bien?

No veo nada.

Ese es el problema, padre, que no hay nada.

No hay género.

Esto es lo poco que me queda.

Hasta he tenido que sacar

telas pasadas de moda para hacer bulto.

¿Y cómo ha podido suceder?

Entre atender este negocio y el suyo

me he despistado con los proveedores.

Y para un pedido que llegó, estaba equivocado.

Ahora apenas tengo nada que vender.

Pero esto no te ha pasado nunca antes, ¿no?

Llegaron los rollos de tela,

pero no comprobé si eran los correctos.

¿Y nunca lo haces? -Siempre lo compruebo.

Pero estaba sola en la tienda y si lo hacía

tenía que desatender a las clientas.

Bueno, ¿y cuando se fueron las señoras?

Estaba tan cansada que deje los rollos en el almacén

y eché el cierre sin más.

Ah, bueno, no te hagas de cruces.

Un error lo tiene cualquiera.

Sólo ahora me he dado cuenta de que el pedido estaba mal.

¿Pero has llamado a la fábrica?

Sí, se han disculpado y me han prometido que traerán

los rollos correctos en cuanto les sea posible,

pero tardarán en llegar.

Por unos pocos días

que se resienta el negocio no pasa nada.

Estoy desbordada, padre.

Nunca me había pasado algo así.

Es que es demasiado trabajo para ti sola.

Pensé que podía hacerlo sin ayuda, pero no puedo.

No me gusta verte nerviosa.

¿No tenías previsto hablar con Bernardo

para que te ayudara? Esa era una buena idea.

Sí, se lo pedí.

Le dije que él podría ayudarme con la contabilidad

para que yo atendiese mejor a las clientas.

Pero me dijo que no.

¿Y se puede saber por qué no?

Por su trabajo en la fábrica

y porque no se ve en una tienda,

que lo suyo son los despachos y los juzgados.

Pero yo creo que es por su lealtad a Tejidos Silva

y a su amigo Salvador.

Valiente estupidez.

Me ha dolido, padre, yo confiaba en él.

Nunca acabamos de conocer a la gente.

Pensé que no iba a fallar, pero a la hora de la verdad

me ha demostrado de qué lado está.

Anda, pero si no es él, será otro.

Intenta no afligirte, no me gusta verte así.

Al final todos los hombres acaban desentendiéndose de mí.

No.

No, todos no.

Yo no lo hago.

Y nunca lo haré.

Gracias, padre.

Creo que es la única persona a la que le importo de verdad.

Bueno, y ya veremos cómo solucionamos esto, ¿eh?

¿Y sabéis algo de Francisca?

Sí, sí, hemos recibido carta.

La pobre apenas tiene tiempo para pasear por Roma.

Está todo el día de clase en clase.

Casi no puede ver la luz del sol.

Cuando termine el tratamiento; si me dejan viajar, claro;

podríamos ir a verla. Sí.

Doña Rosalía, usted tendrá que venir con nosotras.

No digo que no me agrade la idea,

pero la casa necesita atenciones y no podemos

dejarla sólo en manos de Merceditas.

Sobre todo ahora que va a casarse.

La poca cabeza que tiene la tendrá en otra parte.

-Ya está con excusas otra vez. -No, no son excusas...

-Buenos días, Blanca.

-Buenos días. -Bueno, venía a hacerte una visita,

pero veo que ya tienes compañía. Y yo le agradezco su visita.

Es bonito ver que la familia se reúne,

aunque sea por motivos como este.

¿Familia dices?

Tengo mis dudas de que esta reunión merezca este calificativo.

¿Pero por qué dice eso?

Hicimos las paces, ¿recuerda?

No, pero no me refiero a ti, Blanca, querida,

tú estás siendo muy valiente y también muy generosa.

No, solamente digo que una verdadera familia

se desvive por favorecer a sus miembros

y no por perjudicarles.

¿Pero a qué se refiere?

Que te explique Diana lo que hizo en la fábrica de tejidos,

mejor dicho, lo que no ha hecho.

-Ya hablé con su hijo y, si quiere, se lo repito.

No es momento ni lugar para ventilar nuestras diferencias.

¿Alguien puede explicarme de qué se trata?

¿Cómo no? Yo misma.

Tu marido, Rodolfo, le pidió ayuda a Diana,

una ayuda imprescindible para mi hijo.

Y tu querida hermana, aun siendo de la familia, se la negó.

-Si tiene resquemor, podemos tratar ese asunto

en cualquier momento, no tengo ningún problema.

-Gracias por tu amable ofrecimiento

pero yo ya no tengo ganas de hablar.

Doña Dolores... No, Blanca, querida, perdóname,

esto no va contigo, no...

Vendré a verte en cualquier otro momento con más tranquilidad.

Adiós, familia. -Adiós.

-Ah... -Uf...

Parece mentira que en la alta sociedad

puedan darse esos... modales tan inconvenientes.

-Siento que hayas tenido que presenciar esto.

Por eso no te preocupes, si casi me ha resultado ameno.

Todos conocemos a doña Dolores.

Y, cuéntame, ¿a qué favor se refería?

Pues que para favorecer sus simpatías con los alemanes,

dejemos de vender a nuestros dos únicos clientes.

Ya ves, poca cosa.

Ah...

-Ah, doña Rosalía ya sabe que nos casamos en dos semanas.

-Pero no que estamos esperando un niño.

-Ah, no ha hecho falta.

A doña Rosalía no se le escapa una y en seguida ha sabido

cuál era la razón para precipitar la boda.

-¡Qué vergüenza! Pues espero que

no se lo haya dicho a las hermanas.

-Ah, no, no, tranquilo por eso. Me ha prometido

que no se lo contaría hasta que estemos casados.

-Pues mejor así. -Ajá.

-Me daría mucho reparo que unas damas tan finas

supieran nuestras intimidades.

-¿De qué intimidades hablas?

-Eh, de ninguna, Srta. Elisa, tonterías mías, ya me conoce.

(RÍE) Bueno, venía a felicitaros por vuestra boda,

me acabo de enterar. -Ay, muchas gracias.

(RÍEN) -Raimundo, ¿estás contento?

-Muchísimo, Srta. Elisa, muchísimo.

Y aunque no lo estuviera, con Merceditas delante no lo diría.

-¡Raimundo! -¿Qué? No te quejes, mujer,

pero lo menos sabes que te casas con un hombre sincero.

-¿Y qué tal vais con los preparativos?

-Pues bien, ya he avisado a mi familia.

-Se habrán llevado una alegría. -No se imagina usted cuánta.

-Y tú, Raimundo, ¿se lo has dicho a tus padres?

-No, aún no. -¿Y a qué esperas?

La boda es dentro de dos semanas. -Sí, pero...

Es que he estado tan ocupado alegrándome que, mire,

me he despistado. -Pues todos vuestros invitados

deberían saberlo pronto, y más si viven fuera.

-¿No habéis pensado en eso? -Ah, sí, claro.

Pero no seremos muchos, señorita, la familia más directa, ya sabe:

Los padres, los tíos y los primos. -Y los amigos.

Ya sabes lo importantes que son para mí

los amigos de toda la vida.

-Sí, el Ovellas, el Pachorras y el... ¡Terruños!

-El Foulcellas, el Pachico

y el Terruños lo has dicho bien, mira.

-Bueno, tú ya me has entendido

Sabes que tus amigos son un poco cabestros, ¿no?

¿Vas a encargarte tú de mantenerlos a raya?

-Yo les digo que sean buenos chicos y que se comporten y ya está.

-Bueno, pues que vengan, total, tres más.

-¿De verdad?

-Que sí, hombre. ¡No me mires con esa cara

que la Srta. Elisa pensará que soy un ogro!

-Merceditas, ya sé cómo eres. -Ya que vienen,

los quiero en nuestra mesa.

-¿En nuestra mesa? -Sí.

-¿Con nosotros y nuestros padres?

-Claro. Ya sabes que para mí son como hermanos.

-Está bien.

-¿Sí?

-Sí, Raimundo, así la mesa estará más animada.

-Hacemos una matanza y nos ponemos hasta arriba

de frebas y filloas con sangre. -¿Una matanza para una boda?

-Bueno, a nuestra familia le gusta mucho

la carne de matanza. -Merceditas, ¿estás segura

de que todo esto te parece bien? -Sí, me parece bien, me encanta.

-Ah, pues a mí también. (RÍE)

-Y me marcho, me marcho que me tengo que marchar.

-Merceditas, ¿de verdad que te parece bien

que se haga una matanza el día de tu boda?

-Claro que no, se lo he dicho para que se calle y contentarle.

-¿Y eso? -A veces hay que decirle al otro

lo que quiere escuchar,

así se pierde menos tiempo y hay menos riñas.

Y luego que apechugue con lo que se encuentre.

-Ah...

Pues no es mala idea.

Pues, al parecer, la radiación elimina las partes enfermas,

pero también afecta a las sanas.

O sea, que la cosa está en ver quién se muere antes,

si Blanca o la dichosa enfermedad.

Es una manera un poco ruda de decirlo, Antonia,

pero sí, supongo. Ay, tiene usted razón, discúlpeme.

Vamos a hablar de cosas más alegres.

Espero que haya traído usted buen apetito.

Las desgracias siempre me cierran el estómago,

pero haré un esfuerzo por probar ese lacón con grelos.

Ya le digo yo que no se arrepentirá.

Aunque si quieres vuelvo en otro momento,

al ganar el concurso tendrás mucha clientela que atender.

No, tonterías. Entonces probaré.

¿De quién es obra? Ah, pues no se lo va a creer.

¿Qué? De alguien a quien usted

conoce muy bien, ha estado cocinando para ustedes

durante mucho tiempo. ¿Quién?

Nuestra tapa era las patatas revolconas,

receta de mi suegra, como bien sabe,

porque nos ayudó a elegirlas. Sí.

Pero se terminaron justo el día en que el juez del concurso

pasó por aquí. Bueno, vaya por Dios.

¡Qué mala pata! Raimundo se traía de almuerzo

un lacón con grelos que le preparó Merceditas.

No se le ocurrió otra cosa para salir del paso

que ofrecérselo al juez y le gustó tanto que hemos ganado.

(RÍEN) Ella es muy buena cocinera.

¡Ya le digo! El día que quiera dejar de servir

ponerse frente a los fogones de un restaurante, me avisa.

Claro, ¿y ahora cómo hacéis?

Estamos muy contentos por haber ganado el concurso,

pero por otra no nos está saliendo nada barato,

porque es tanta la gente que viene y piden la dichosa tapa

que no nos ha quedado otra que encargar lacón con grelos

en un restaurante que hay dos calles más abajo.

¿Qué me dices? ¡Qué gracia! Sí, gracia...

Risas las que deben echarse ellos a nuestra costa,

que les pagamos la comida y, además, le pagamos un poco más

para que nos guarden el secreto. Bueno...

(RÍE) En cualquier caso, estoy deseando probar esa tapa,

muchas gracias por invitarme a comer.

Estoy muy sola últimamente en casa. Ya lo sé.

No iba a consentir que comiera usted sola.

Con los horarios de Germán no hay manera de coincidir.

Sí, la verdad es que nos vemos poco,

pero no me puedo quejar.

He encontrado trabajo muy rápido y las condiciones no son malas.

Está contento. Eso le ha contado a usted, ¿no?

¿A ti te ha contado otra cosa? No, no, no, qué va.

No me ha dado demasiados detalles, tampoco...

¿Hay algo que debería saber, Antonia?

No, no, de verdad, no se preocupe, no.

¿Y por qué estás tan turbada entonces?

Porque he recibido carta de mi Gabriel

y estoy todavía un poco impresionada.

Ay, espero que esté bien, Antonia. Sí, sí.

¿Se la leo? ¡Sí, claro!

(LEE) Queridos padres,

perdonen la falta de noticias,

no me ha resultado fácil hacerme con papel y pluma

para poder escribir.

No solo por estar dando tumbos por el mundo,

sino porque he padecido unas fiebres tropicales.

Fiebres tropicales mi pobre niño, y su madre a miles de kilómetros.

Pero si ha escrito la carta es que está bien.

Eso espero. (LEE) Pero, lo importante,

lo logré coger el barco

con rumbo a Filipinas el día acordado.

Aún no he llegado, estoy en la India,

algo más cerca del destino.

Es un lugar fascinante,

otro día les contaré más sobre sus gentes.

Ay, Antonia, tu hijo está conociendo

unos países que solo puedo imaginar.

Sí, verdad. Una experiencia muy bonita.

Sí. (LEE) Cuando llegue a Filipinas

les volveré a escribir.

Espero poder contarles que encontré lo que buscaba

y así toda esta aventura habrá tenido sentido.

Gracias, padres, por quererme y apoyarme siempre.

(RÍEN) Mi niño...

Cómo le echo de menos. ¿Y qué está buscando?

Pues nada, ¿qué sé yo?

No, ahí decía "todavía no encontré lo que buscaba".

Bueno, es una manera de hablar, pues...

Estará buscando tranquilidad de espíritu, el sentido de la vida,

cosas de jóvenes. Lo que debería buscar es aventura.

Eso, usted lo ha dicho, mi Gabriel busca aventura.

(RÍEN)

-Gracias por recibirme, don Ricardo.

-Adelante. Su visita siempre es una exquisita sorpresa.

-Es usted muy amable.

Como no soy amiga de perder el tiempo,

le expondré el motivo de mi visita.

-Ah, no defrauda usted nunca.

-Supongo que estará al tanto de que Tejidos Silva

está fabricando telas para los uniformes

de los Ejércitos francés e inglés. -Algo he oído.

-Pues bien...

-Puede retirarse. Lo sirvo yo, gracias.

-Ese acuerdo comercial perjudica seriamente

a mi hijo Rodolfo y a su carrera en la política.

-¿Por qué? -Mi hijo le debe lealtad

a los alemanes que, supongo que sabe,

son dueños del Banco Trasatlántico.

-Seguro que Tejidos Silva intenta hacer negocios

de manera honesta sin ánimo de perjudicar a nadie.

-Sin duda, pero a los alemanes les parece indigno

que mi familia política haga tratos comerciales

con sus posibles enemigos.

Le pedimos ayuda a su sobrina Diana pero ella se negó.

-No sé qué puedo hacer yo en este asunto, señora.

(SUSPIRA) Tengo entendido que aún conserva

un paquete de acciones de Tejidos Silva, ¿no?

-Algunas, pero no suficientes para vetar un negocio

ni para tratar ningún tipo de negociación.

La responsabilidad de las decisiones

solo las toma Diana como directora de la fábrica

y Salvador Montaner como propietario.

-No sea modesto, siempre ha sido un hombre de gran imaginación.

Seguro que se le ocurrirá una brillante idea.

-¿Y por qué cree usted que yo querría ayudarla?

Ya sabe que no soy lo que se dice un buen samaritano.

-Ni yo pretendo que lo sea. -Y si hay alguna deuda que saldar

sería la de su hijo conmigo por traer esa máquina para Blanca,

no al revés. -Don Ricardo, si le pido algo

de semejante envergadura es porque puedo compensarle.

-Ah, estoy cansado de agradecimientos,

buenas palabras y promesas.

-Rodolfo me está asegurando que hará algo por mí

y el tiempo pasa y no hace nada.

-Yo sí puedo hacerlo, don Ricardo.

-¿Y qué va a hacer?

-Tengo acceso a ciertas informaciones

que usted podría lucrarse gracias a ellas.

-Ah, ¿y qué tipo de informaciones son esas?

-Nuestros amigos los alemanes creen que Europa

es un campo lleno de hojarasca; a la primera chispa, arderá.

-¿Habla de guerra? -Así es.

Y, como comprenderá, ellos están en conocimiento

de todos los tratos comerciales y los pactos secretos

entre las diferentes naciones. -Ya...

¿Y a través de ellos usted podría...?

-Creo que me ha entendido.

Estoy segura de que un hombre de negocios

con tantos conocimientos y relaciones como usted,

podrá sacar un gran provecho de esas informaciones.

El tráfico de opio es una insignificancia

al lado del beneficio que podría obtener

gracias a tráfico de ciertos materiales

en tiempos de guerra.

Amigo mío, usted decide si quiere ayudarnos o no.

-No me lo puedo creer.

Es que no me puedo creer que todo tenga un origen nervioso.

-El médico te ha tenido en observación

y dice que todo va bien.

-Ah, por un momento pensé que le pasaba algo al niño

o que yo tenía algo grave.

-Sabes que no, ambos temores son infundados.

Todo está en tu cabeza.

-Sí, pero eso no me alivia.

En psiquiatría se supone que es una especie de histeria.

Es que no me di cuenta que sufría una crisis nerviosa.

-Dicen que uno no es buen médico de sí mismo.

-Bueno, espero que sabiendo que son solo los nervios,

sepa llevarlo mejor.

-¿Qué crees que te ocurre?

-Bueno, cuando tienes una emoción fuerte reprimida

toda esa angustia se convierte en un problema físico,

aunque a tu cuerpo no le pase nada.

-¿Como tu dolor en el pecho?

-Sí.

-¿Y qué emoción reprimida es esa?

-Celia, yo sé que has pedido el aplazamiento

porque necesita estar cerca de tu hermana,

pero es que cada día que pasamos aquí

para mí es alejarnos de nuestra libertad definitiva.

-Aurora, serán solo unas semanas.

Piensa que, Dios no lo quiera, Blanca nos deja,

yo no lo perdonaría estando tan lejos.

-Si lo entiendo y es normal,

¿pero qué pasa si vuelve Clemente? -Eso no va a pasar.

-Mi hermano, después de mi visita, le iba a escribir.

¿Quién sabe lo que harás después de leer esa carta?

-Pues esperará hasta que nazca el niño,

que es en lo que quedamos.

Aurora, tienes que estar tranquila.

Todo esto ha aparecido por culpa de los nervios,

no puedes dejar que te controlen.

Todo va a estar bien.

Y tú y yo pronto seremos libres.

-Es que no sé si voy a poder, Celia, no duermo bien,

veo a Clemente por todas partes, es que me voy a volver loca.

-No es justo que te haga vivir en esta tensión.

En una tensión que te pone enferma.

-Lo intentaré, pero...

-No. ¿Sabes lo que vamos a hacer?

Tú te irás a Soria

y me esperarás allí. -¿Cómo?

-Sí, así puedes ir arreglando la casa,

poniéndola a tu gusto.

-¿Y no te pareceré una egoísta?

-Lo mismo podrías pensar tú de mí.

Pero así salimos ganando las dos.

Yo puedo estar con Blanca un tiempo y...

Y tú estarás lejos.

Y tranquila.

-Sí, pero hay un problema.

Que te voy a echar mucho de menos.

-Yo también.

¿Pero que son unas semanas comparadas

con el resto de nuestras vidas?

-No puedo vivir sin ti.

-No tendrás que hacerlo.

(RÍE)

-A ver, Carlos, ¿pero tú de verdad quieres anular la boda?

Piensa que eso es algo que no tiene vuelta atrás.

No creo que sea horrible vivir con sus padres.

-Se nota que no eres tú la que los aguanta.

-Pero... -No soporto a mis suegros,

ni ellos a mí. El padre de Sofía me trata

con una displicencia como si fuera su mayordomo.

Odio la forma tan déspota que tiene de tratar a todos.

-Ay, con lo bueno y cariñoso que es mi padre con Carlos

y lo mucho que le quiere. Pues imagínate mi planchazo.

Yo me pensaba que Carlos lo apreciaba,

pero cuando le dije lo de vivir con ellos

se puso muy furioso. -Pues te sorprenderá,

pero yo sé que esa no es la razón.

-¿Cómo dices? -Bueno, que te ha dicho eso

porque siente pudor de decirte la verdad.

-¿De qué hablas? -Ah...

Que cuando se enteró de tus planes

para vivir con tus padres, él...

Él me confesó que siente un ataque de celos.

-¿Celos por qué? -Porque, al vivir con ellos,

teme que... Que no le des tanto cariño.

-¿Por qué Sofía piensa que no le prestaré atención?

-Debes tener en cuenta algo,

cuando tú te pases todo el día en la notaría,

ella estará sola en su casa. -Ya, bueno, pero...

-Sin embargo, si sus padres viven con ella,

Sofía estará más atendida y notará menos tu ausencia.

Las horas se pasan muy despacio cuando... cuando una vive sola.

-Pues en eso yo tampoco había caído.

-Claro, es que hay que pensar más, Carlos.

-¿Y todo esto te lo ha dicho Sofía?

-¿Quién me lo va a decir? Si le preocupaba no sé

por qué no me lo dijo a mí directamente.

-Ya sabes, a los hombres les cuesta mucho

hablar de sus sentimientos. -Ay, sí, a él especialmente.

Es como si le diera alergia abrir su corazón.

Mira, recuerdo que cuando vino de África

no quería contarnos nada de lo que pasó allí.

-Pues ahora es lo mismo,

solo que en lugar de con marroquíes es con tus padres.

-Ay, si llego a saber que sentiría celos

de la presencia de mis padres... -¡Ah!

O que estaba tan necesitado de cariño.

-No se lo hubiera dicho, lo hubiera planteado de otra forma.

-Los hombres son muy complicados, ¿verdad?

-Ay, y que lo digas. No hay quien los entienda.

-Es que tienes razón. Me he precipitado.

He metido la pata hasta el fondo.

-Bueno, todo el mundo se puede equivocar.

Igual no tanto como tú, pero sí, la gente se equivoca.

-Debería haber hablado con ella de este tema

para conocer sus verdaderos motivos.

Pero no, tomé una decisión precipitada.

-Evidentemente.

(SUSPIRAN)

-Me iba a casar con una mujer maravillosa,

con mi mejor amiga, y lo he estropeado todo.

Soy un idiota. -Bueno, tengo la solución.

-¿Tú crees que lo podremos solucionar?

-Ah...

-Ay...

(AMBOS) Lo siento. -No, Sofía, lo siento yo.

-No, yo lo siento más... -Ahora mismo hago cualquier cosa...

-Bueno, no nos peleemos.

-Es que debería haberte escuchado. -Y yo.

No tendría que haber pensado tanto en mí misma.

-No, nada de eso, tú eres fantástica.

Nuestro amor está a prueba de cualquier cosa,

hasta de tus padres. -No hablemos de eso.

Lo importante es que nos queremos y...

Todo lo demás da igual.

-¿Todavía te quieres casar conmigo? -Más que nunca.

(LLAMA A LA PUERTA) Buenas tardes.

Blanca sigue estable y no tiene fiebre.

Gracias, Marina. ¿Te importaría dejarnos solos?

Parece que lo de echarme

se está convirtiendo en un hábito. Mi amor.

¿Cómo estás, preciosa?

Pues cuanto abro los ojos y lo primero que veo,

es tu sonrisa, pues me encuentro mucho mejor.

Y ahora, dime cómo te sientes cuando yo no estoy.

Estoy muy cansada.

¿Te arde el pecho? ¿Sientes algún dolor localizado?

¿Mareos o alucinaciones?

Me escuecen mucho las quemaduras. A ver que te vea.

Y estoy cansada.

Antes han estado aquí Diana y Rosalía

y me ha costado un poco hablar, la verdad.

Bueno, pues limítate a escuchar, Blanca.

¿Y qué tal has dormido?

A ratos. ¿Has podido comer?

No tengo hambre, Cristóbal. No tengo hambre.

Escucha, mi amor. El cansancio extremo,

la falta de apetito, el sueño irregular,

las quemaduras en el pecho,

todo eso es fruto de la radioterapia.

¿Y cuántas sesiones me quedan?

Dime, por favor, que no me quedan muchas. Por favor.

Depende de tu evolución, mi vida.

Estamos a la espera para analizar los resultados.

Voy lo más rápido que puedo.

¿Y cuándo me voy a recuperar?

Pues mira. Seguramente, más tarde de lo que a ti te gustaría,

pero más pronto de lo que esperas.

No me hagas pensar, por favor.

Dime que no lo sabes y ya está.

Mi amor, sea lo que sea, antes o después,

esto se va a acabar. Y lo estás haciendo muy bien.

Si yo no hago nada. ¿Cómo que no?

No.

Solo estoy quieta y aguanto, aguanto y aguanto.

Pero aguantar no es nada fácil.

Nos estás dando una lección a todos.

Ya estoy harta de dar lecciones. Me quiero volver a casa.

Volverás. Quiero estar contigo en casa.

No quiero estar aquí. Blanca.

Volverás a casa. Pronto.

Porque eres fuerte. Y porque tienes

a un ángel de la guarda aquí.

Que se llama Cristóbal y que me cuida siempre.

Te quiero. Y yo.

Buenas noches, Luis. -Buenas noches, Diana.

Me gustaría hablar un momento contigo.

-¿Y no puedes esperar a mañana? Estoy muy fatigada del hospital.

-No te molestaría en un momento tan delicado,

si no se tratara de algo urgente. -Está bien.

-¿Qué ocurre? -La institutriz roba dinero.

-¿Beatriz? Pero eso no puede ser. -A mí también me ha sorprendido.

-¿Estás seguro? -¿No te parece extraño

que un día me pida un adelanto y al día siguiente,

desaparezca dinero de mi cajón? -Con todos los respetos

y perdonen que me inmiscuya, don Luis, eso no es una prueba.

No deja de ser una coincidencia desafortunada.

-Doña Rosalía tiene razón. Quizás haya relación

entre esos dos hechos y quizás no.

-He registrado a fondo el cuarto de Beatriz

y todas sus pertenencias y no he encontrado nada.

Es una muchacha muy educada y trabajadora.

No es ninguna ladrona.

-Doña Rosalía, vaya a buscar a la señorita Beatriz

y dile que venga aquí, a hablar conmigo. Vaya.

Ahora saldremos de dudas.

Me sabe mal, pero voy a tener que pedirte dinero.

-¿Dinero tú? ¿Con ese trabajo tan fantástico que tienes?

-¿Por qué me tomas el pelo?

-¿Por qué le constaste a tu mujer

que tienes un trabajo buenísimo y con buen sueldo?

-He exagerado un poco para que no se preocupara.

Suficiente tiene con su embarazo y con la enfermedad de Blanca.

-No debería fantasear tanto.

¿Y para qué quieres el dinero?

-No se lo digas a ella. Para pagar la cuenta del mercado,

antes de que dejen de fiarnos y nos señalen con el dedo.

-¿Tan grave es la cosa? Acabas de empezar a trabajar.

Diles que les pagarás en cuanto cobres tu sueldo.

-Es que no voy a poder pagar.

-¿Cómo no vas a poder pagar?

¿Ya te has gastado el sueldo? -Me han despedido.

-¿Ya? ¡Madre del amor hermoso!

¿Pero por qué? ¿Qué ha pasado?

-El encargado se enteró...

(BAJA LA VOZ) El encargado se enteró

de que no quiero ir a la Villa de París,

porque no quiero ver a Carolina. Me ha despedido.

-No me extraña. Yo me dejaría cortar un dedo,

con tal de no volverme a cruzar con esa mujer.

-Al menos, tú me entiendes.

-Ya es mala pata que esa bruja siga perjudicándote,

incluso cuando no se lo propone.

-Bueno, ¿me dejas el dinero?

Gracias. Te lo devolveré

cuando encuentre trabajo. Espero que sea pronto.

-Por eso, ni te preocupes.

-Gracias por ayudarme.

-Si no te ayudo yo, ¿quién te va a ayudar?

-Espere, don Germán. -Sí, don Ricardo.

-No he podido evitar oír lo de su despido.

Lo siento. Créame que lo siento. -Gracias. Es usted muy amable.

-Usted busca trabajo y yo puedo ofrecérselo.

-¿Trabajo? ¿De qué? -Un trabajo que usted

podría desempeñar a la perfección.

Ayudar a mi hija con la gestión de la Villa de París.

-¿Está usted de broma? -No. En absoluto.

-¿Lo está diciendo en serio? -¿Por qué no lo considera?

Usted y mi hija formaban el mejor de los equipos.

Entierre lo personal y céntrese en los negocios.

-Jamás volveré a la Villa de París.

-Todo el mundo tiene su precio.

Y le voy a dar un consejo.

Jamás diga jamás.

Uno suele acabar arrepintiéndose.

Créame. No me gusta nada tener que preguntarle esto,

pero no me queda más remedio. -Le aseguro que yo no he robado

ningún dinero. Lo juro por Dios. -Qué va a decir.

-Don Luis, nunca hice eso y jamás lo haría.

-Es la mejor táctica de un mentiroso.

Negarlo hasta la saciedad. Hasta que alguien crea

en su palabra, aunque solo sea por empecinamiento.

-Jamás haría algo que le pudiera perjudicar, señor.

Ni a usted ni a su familia.

-Se puede hacer daño con la mejor intención.

Pero el daño, sigue siendo daño.

-¿A qué te refieres? -¿Eh? No. A nada. Da igual.

Esa mujer me pidió un adelanto

hace poco. ¿O no? -Sí.

-¿No le llega con lo que le pagamos?

-Sí. Y estoy muy contenta

con el trabajo en esta casa y con los progresos de Elisa.

El dinero era para ayudar a una amiga.

-¿Se lo diste? -Por supuesto que no.

Está claro que lo ha cogido.

-No. -Puede ser un motivo suficiente.

Aunque, también, pudo haber cogido el dinero

con la idea de luego devolverlo.

En ese caso, yo sería comprensiva. -Pues yo no.

-Pero yo sí.

Beatriz, dígame la verdad y la perdonaré.

-Insisto en que yo no he hecho nada.

-A mí no me convence. -¿Tiene algo más que decir?

-No sé. Quizás, don Luis puso el dinero en otra parte.

-Ahora la culpa es mía. Valiente desfachatez.

-No. Pero si yo no he sido, alguna explicación habrá.

No se me ocurre nadie en esta casa

que pudiera hacer algo así. -Eso mismo pienso yo.

Y lamentándolo mucho, usted es la persona

que menos conozco en esta casa. -No, no. Pero yo...

-La hemos contratado, señorita, porque nos inspiraba confianza

para trabajar en esta casa y con Elisa.

Pero, a raíz de esto, me temo que esa confianza se ha perdido.

-Pero si yo no he hecho nada. -Lo siento mucho,

pero está usted despedida. -¿Qué?

-Puede recoger sus cosas.

Gracias. Enrique.

¿Qué hace aquí a estas horas?

Emilia, puede retirarse. Gracias.

Me dijeron que le encontraría aquí. Pase, pase.

Debería haber venido otro día, pero no me atrevía.

Además, sé cómo está doña Blanca

y lo preocupados que están todos por ella.

Ya. Bueno, cuénteme. ¿Qué le ocurre?

No hace falta que mire nada, doctor. Sé lo que tengo.

¿Tuberculosis? Vi morir a mi hermano pequeño

cuando yo tenía 15 años.

Escúcheme. Las cosas han cambiado mucho.

Ahora no todo el mundo que tiene tuberculosis, acaba muriendo.

(SUSPIRA) No sé qué hacer.

No le he dicho nada a nadie. ¿A nadie?

Pero debería haberlo hecho. Usted saber que es

una enfermedad muy contagiosa.

He intentado no coincidir con Antonia y...

Enrique, ha estado en el café trabajando.

Ha puesto en peligro a sus clientes.

Lleva usted razón. He sido un inconsciente.

Pero me daba miedo admitir que estaba enfermo.

Está bien. Bueno, cuénteme. ¿Tiene fiebre?

¿Siente dolores en el pecho? A todas horas.

¿Desde hace cuánto? Una semana.

Quizás, más.

No quiero que mi Antonia me vea morir.

Bastante ha sufrido ya con todo lo que ha pasado con nuestro hijo.

No es justo para ella que se quede sola en esta vida.

Enrique, no va a morir.

Mucha gente que tiene tuberculosis, acaba superándolo.

Ah. No sé si creerle. Debería. Creo que me lo merezco.

Ya le salvé la vida una vez. Lo recuerdo perfectamente.

A causa de una pulmonía. Bueno.

Yo también lo recuerdo. ¿Cómo podría olvidarlo?

Por eso, he venido a verle a usted,

porque es un gran médico. Y por su discreción.

No quiero que nadie se entere... (TOSE)

Enrique, le voy a mandar al mejor lugar de España

para que siga un tratamiento y pueda recuperarse.

Al cementerio voy a ir en poco tiempo.

Es importante que crea en su curación.

Y si no se lo cree, échele un vistazo a eso.

Rosario Gómez Hernández, natural de Alcalá de Henares.

58 años. Diagnóstico: tuberculosis.

¿Cuánto murió? No murió

Ingresó en el Preventorio de Aguas del Busot.

En un preventorio. Así es.

No sé ni lo que es. Yo se lo voy a explicar con calma.

Pero quédese tranquilo. Esa tuberculosis

no va a acabar con usted. Le doy mi palabra.

¿Ya te encuentras mejor?

-El dolor del pecho ha desaparecido.

Ahora solo tengo los de siempre.

La acidez en el estómago, las piernas pesadas y los mareos.

-¿Pero nada de dolores en el pecho

ni falta de aliento? -No.

Ha sido pensar que mañana mismo estaré en nuestra nueva casa

y, no sé, como si alguien me hubiera quitado

un peso enorme de repente.

-Me alegra que nuestra nueva casa te alivie.

Aunque te echaré mucho de menos. -Y yo a ti.

Pero es que estoy segura de que si te vinieras conmigo,

ese dolor te aparecería a ti por abandonar a tu hermana.

-Verdad.

-Ay, me tienes que dar la dirección

de la nueva casa. -Qué cabeza la mía.

Pensaba que lo había hecho. -No.

Espero que esté cerca de la escuela.

-Sería lo más práctico. Sobre todo, en invierno.

El invierno en Soria no perdona.

(Llaman a la puerta)

-¿Esperamos a alguien? -No.

Pero, quizás, sea alguien de mi familia.

-¿Noticias sobre Blanca?

-No. Espero que todo vaya bien.

Clemente. ¿Qué hace aquí?

-Buenas noches, señorita Celia.

Discúlpeme por presentarme aquí a estas horas,

pero las circunstancias así lo demandan.

¿Puedo ver a Aurora? -Claro. Pase.

-Clemente, ¿qué haces aquí?

-He venido para estar contigo hasta que des a luz.

-No me lo puedo creer. -¿Es que no te alegras de verme?

-Clemente, habíamos quedado en que yo me quedaría aquí

en Madrid hasta que diese a luz.

Y que el niño, tú y yo nos reuniríamos entonces.

-Lo sé. Pero es antinatural.

-¿Y eso quién lo dice? -Pues la gente del pueblo,

mi familia, tu hermano.

Me han hecho ver que es absurdo que estemos separados

en un momento tan importante para ti. Pero también para mí.

-Clemente, si habían tomado una decisión

y estaban los dos de acuerdo, ¿no le parece

un poquito desafortunado presentarse aquí

e imponerle una situación que Aurora no quiere?

-Celia, ha sido usted muy amable y muy buena con mi Aurora.

Pero este asunto nos concierne solo a ella y a mí.

-Clemente, Celia tiene razón.

Por mucho que te presentes aquí, yo no voy a cambiar de opinión.

Te dije que me iba a quedar aquí hasta que diese a luz

y es lo que pienso hacer. -Aurora, soy tu marido.

Ese bebé que va a nacer, es nuestro hijo.

Y somos una familia. -Pues si quieres que seamos

una familia, lo primero que deberías hacer,

es respetar mi deseo. ¿No lo entiendes?

-No. Eres tú la que tiene que entender

que yo no puedo permanecer apartado como si fuera un extraño,

mientras mi primogénito viene al mundo.

-Clemente, no pienso estar contigo hasta que nazca el niño.

-Pues vas a tener que hacerlo, porque pienso quedarme aquí.

-¿Cómo que...? Esta no es tu casa.

-Pues me iré a un hotel y vendré a verte cada día.

¿O es que vas a impedirle eso

al padre de tu hijo? -Clemente, por favor.

Sé razonable. Si quieres que seamos felices,

este no es el camino. -Pues ya encontraremos la forma.

Porque yo no pienso moverme de tu lado,

hasta que nuestro hijo nazca.

Y cuando lo haga, no iremos de vuelta al pueblo.

Y no hay más que hablar.

Comprobé el espacio que tenemos

para almacenar el pedido de los ingleses

y he visto que en el almacén hay unas cajas

que no lleva identificación. -¿Unas cajas sin identificación?

Qué raro. -Qué extraño. Unas cajas

que aparecen y desaparecen. Como la semana pasada.

-Eso fue un error del transportista.

-¿Y estas? ¿No sabes qué contienen? -No sabría decirle.

En cuanto tenga un minuto,

compruebo el inventario. -Ya lo he hecho yo.

-Enrique.

¿Dónde te crees que vas?

-Rodolfo, todavía queda pendiente una cuenta con los alemanes

y no tienes más remedio que pagarla.

-Nuestra relación con ellos es lo suficientemente importante

como para que un simple negocio de telas lo arruine.

-Pero podría enturbiarla. Si no vas a hacer nada, lo haré yo.

-Madre, no quiero seguir hablando de esto.

Déjeme hacer a mí. Y no se meta. ¿Me ha oído?

-¿A qué vienen esas caras? -Hay unas cajas

sin identificar y no figuran en el inventario.

-Es cometido de Miguel. ¿Qué explicación dio?

-Como la última vez, vaguedades.

Dijo que lo investigaría, pero no me fio.

Lo investigamos Bernardo y yo.

-No sé qué tienen esas cajas, pero no deberían estar.

-Es como si nunca hubiesen entrado.

-Al menos, de forma oficial. -De algún lado habrán salido.

-¿Es que no te das cuenta? Ha vuelto a por mí.

-No voy a dejar que te separen de mí. Ni que te lleve con él.

-Tenemos que huir de aquí hoy mismo.

Si lo hacemos, cuando regrese, podemos estar muy lejos.

-¿Irnos? -Sé que habíamos decidido esperar

por tu hermana, pero entiéndelo. -¿Sabes lo que me pides?

Blanca podría morir en cualquier momento

y si yo no puedo... -Lo sé.

No estarías a su lado. Lo sé.

-¿Se puede saber por qué le ocultas a Adela

que te han despedido? -No se lo oculto.

-¿Ah, no? -Entiéndelo, Antonia.

-Sé lo que vas a decir. Que está embarazada,

con lo de su hermana, que cómo se lo tomará.

Peor se lo tomará a fin de mes, cuando no le lleves un sueldo.

-Eso no pasará, si encuentro el trabajo antes.

-Las mentiras es más fácil arreglarlas

cuando son pequeñas, que cuando son grandes.

No la dejes crecer. Cuéntale la verdad,

antes de que se entere por otros. No te lo perdonará.

-¿Has cogido los billetes?

-El dinero que diste no me llega. -¿Cómo?

-Como te lo digo. Necesito un poco más.

-Si te lo di todo. -¿Qué pasa con el resto

de tu herencia? Seguro que hay más dinero. Sois ricos.

-No quería contártelo, pero lo he robado.

-¿Puedes decirle a Salvador que estoy aquí?

-¿Hay algún problema? -Es un asunto privado.

¿Se lo puedes decir, por favor? -El señor Montaner no está.

-¿Y sabes cuándo volverá? -La verdad, que no.

Pero si quiere dejarle algún recado.

-Volveré en otro momento. -Germán.

-Salvador. ¿Podemos hablar? -Sí. Por supuesto.

-¿Qué le parece si lo sustituimos por un paseo?

-Lo siento, pero no creo que sea lo más apropiado.

-¿Apropiado? ¿Por qué? -Si la gente nos vea paseando,

puede pensar que entre nosotros hay algo que no hay.

Y, en este momento, no me puedo permitir tener

un desliz así. Entiéndalo.

-Pues no. Francamente, no lo entiendo.

-Diana me ha dicho que hay unas cajas en el almacén

que no están en el inventario. -Sí.

Debió haber algún error al apuntarlas

o el repartidor se equivocó y dejó de más.

Ya lo comprobaré.

-No. Prefiero hacerlo yo mismo. Bernardo, coge a unos operarios

y ve a buscar las cajas. -Puedo ir yo, si quieren.

-Mejor, no. -¿Hay algún inconveniente

en que vaya yo? -No. Pero con todo el trabajo

que hay, no me pueden parar a dos o tres obreros

por algo sin importancia.

-Lo que tiene importancia o no, lo decido yo.

(Llaman a la puerta)

-¿Ya te has dejado las llaves?

Pues todavía no lo tengo todo listo.

-¿Qué es lo que no tienes listo?

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Seis hermanas - Capítulo 251

25 abr 2016

Celia decide aplazar su traslado hasta que mejore Blanca, muy debilitada por la radioterapia y Aurora teme que Clemente vuelva para llevársela. Miguel se niega a ocultar en la fábrica la dinamita. Germán le oculta a Adela su despido y Beatriz se ve obligada a abandonar la casa acusada del robo.

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  1. maria

    Los diálogos entre Celia y Aurora ya resultan insoportables de tan reiterativos. El guionista debería tener un poco más de creatividad y terminarla con las cien mismas palabras dichas en cada capítulo sólo con diferencia de ordenamiento. Por suerte puedo saltear esas escenas porque parece dirigidas a personas subnormales.

    27 jun 2017
  2. edgardo

    Tampoco puedo verlo desde el 251...

    08 oct 2016
  3. Rosa Torregrosa

    Hola! me gustaría comentarles que hay detalles que se tendrían que cuidar un poco más. Por ejemplo cuando aparece la imagen del patio de Arganzuela, siempre sale las dos mismas prendas tendidas. Episodio tras episodio. Les podría apuntar algo más, pero en este momento no puedo. Mi intención es aportar como espectador fiel de la serie, mi pequeña colaboración. Un saludo

    28 abr 2016
  4. Aydhe Loyo Illescas

    Estupenda novela....gracias x compartirla....todos excelentes actores y la historia muy buena.....ansío todos los días verla.....Saludos desde México!!!

    26 abr 2016
  5. Delia García

    No puedo ver del capítulo 251 en adelante por favor pongan aquí como abrir estos capítulos . Estoy súper interesada en ver todos los capítulos . Gracias

    26 abr 2016