Dirigido por: Davide Rinaldi

Desde tranquilas rivieras en Liguria, hasta refugios en el campo escondidos cerca de Caprarola, la antigua ciudad de Anagni, hasta los jardines de flores de Trieste, visite una Italia que nunca supo que existía.

Desde tranquilas rivieras en Liguria, hasta refugios en el campo escondidos cerca de Caprarola, la antigua ciudad de Anagni, hasta los jardines de flores de Trieste, visite una Italia que nunca supo que existía. Contempla la puesta de sol sobre las ciudades de piedra caliza dorada de Sicilia y descubre frescos renacentistas perdidos escondidos en hermosas catedrales.

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Para todos los públicos La Italia oculta - El desierto de Acona y Crete Senesi - ver ahora
Transcripción completa

Italia es un país surcado por líneas invisibles

que delimitan el pasado, el presente y el futuro.

Líneas que siguen las antiguas rutas y las huellas que dejaron

los peregrinos, conquistadores, aristócratas

y delincuentes italianos, a lo largo de los siglos.

Con facetas ocultas e intangibles, como la mano invisible del artista,

en regiones fascinantes, y a veces desconocidas,

que conforman la Italia que conocemos y amamos.

La Italia oculta.

El Desierto de Accona y Crete Senesi.

En esta maravillosa región,

las hileras de verdes colinas se unen en el lejano horizonte,

creando un extraordinario y fascinante paisaje

que, desde hace siglos, es famoso por su incomparable belleza.

Pero al seguir avanzando, a los pies de los Apeninos Toscanos,

esta reconfortante armonía comienza a desaparecer.

Los colores se diluyen, las líneas se rompen,

el silencio se extiende

y ante nosotros se alza una hilera de olas de arcilla seca.

Hemos llegado al Desierto de Accona.

Un lugar con paisajes áridos

muy semejantes a los de Oriente Medio,

que fue el primer hogar de los ermitaños de Italia.

El Desierto de Accona

fue el epicentro de la vida eremita durante la Baja Edad Media.

A Bernardo Tolomei le fascinó este extraordinario entorno natural.

Y tras construir primero una ermita, fundó un gran monasterio benedictino:

la Abadía de Monte Oliveto Maggiore.

Este es el corazón de Crete Senesi, cuyo nombre hace alusión

a “las arcillas de la provincia de Siena”

que formaron sus pálidas colinas y sus escarpados barrancos.

La abundancia de arcilla en esta región permitió a Siena,

en el siglo XIII,

convertirse en uno de los principales productores de ladrillos.

Por eso, cuando alguien visita Siena,

no tarda en descubrir que es una ciudad roja.

Los ermitaños fertilizaron lo que entonces era

una tierra desolada e inhóspita.

Y ésta pronto se convirtió

en un estratégico lugar de descanso para los peregrinos.

Comenzaron a brindar su “hospitalidad”,

en el sentido más amplio del término.

Aprovecharon que por esta región pasaba la “Vía Francígena”,

una famosa ruta de peregrinación europea.

Y decidieron fundar aquí una de las principales paradas.

Sabiendo que, ya fuesen viajeros o peregrinos,

todos los que transitaban por esta ruta

necesitaban un lugar en el que pernoctar.

Estamos en las inmediaciones

de Buonconvento, Asciano y Montalcino,

donde los pensadores italianos se codeaban

con los forasteros y artistas más distinguidos

en un lugar marcado por el poderoso influjo del Desierto de Accona.

Hace más de cuatro millones de años,

estas tierras estaban cubiertas por el mar,

lo que creó un subsuelo lleno de sedimentos

que siguen nutriendo los viñedos,

y proporcionando a sus vinos un sabor único.

Las tierras pertenecientes a Poggio alle Mura y Montalcino

son lo que queda de un lecho marino, de hace cuatro millones de años.

Los restos de los organismos de aquel período

quedaron sepultados bajo los sedimentos.

Y fueron descubiertos en esta zona en forma de fósiles.

Tras unas lluvias muy intensas,

tuvimos la suerte de toparnos con un valioso fragmento óseo,

que la tromba de agua había puesto al descubierto.

Al examinar el hueso,

descubrimos que era una vértebra de ballena.

Y más tarde encontramos

otros ocho metros y medio de su espina dorsal.

Si hubiéramos podido nadar en aquel mar primitivo,

nos habríamos topado con tiburones de 10 metros

¡y no habríamos vivido para contarlo!

El lecho seco de aquel mar primigenio

quedó cubierto por sal de roca, yeso y arcilla.

Pero los ermitaños consiguieron fertilizar este sustrato estéril.

Lo ocurrido en Monte Oliveto es una hermosa demostración

de lo que el esfuerzo humano es capaz de lograr.

Construir un monasterio en un lugar tan inhóspito,

y fertilizar gran parte de aquellas tierras baldías,

fue una impresionante proeza.

Una hazaña realizada por los monjes de Monte Oliveto,

que observaban la regla benedictina: hay que rezar, pero también trabajar.

Y trabajar muy duro.

Monte Oliveto está circundado por un gran bosque de cipreses.

Pero aunque lo parezca, no es un bosque natural.

Los monjes que se instalaron allí pasaron décadas, y más décadas,

plantando cipreses.

Porque sabían que era la única manera

de compactar y estabilizar el terreno,

para evitar que un corrimiento de tierra

pudiera hacerlo desaparecer.

Como muestran los surcos de esos barrancos,

todos los años, durante el invierno,

las lluvias desprenden grandes masas de tierra,

que terminan cayendo al valle,

lo que hace necesario restaurar los canales,

y volver a excavar los drenajes.

Si no lo hiciéramos, las tierras cultivables disminuirían,

y dejarían de ser viables.

Y la zona de Monte Oliveto volvería a ser lo que fue en el pasado:

un desierto.

El desierto fue transformado en un acogedor oasis

de belleza, arte y cultura.

Cuando un territorio alcanza una prosperidad económica

potente y sostenida,

sus logros arquitectónicos, y su actividad artística,

también florecen.

Y eso es lo que ocurrió en Monte Oliveto,

donde se establecieron grandes artistas

de la talla de El Sodoma, y Luca Signorelli.

Aquel nuevo núcleo territorial se convirtió

en un centro educativo y cultural muy importante.

De no haber sido así,

un pintor como Signorelli nunca se habría mudado a Monte Oliveto.

Los artistas viajaban de una corte a otra,

de un Estado a otro Estado, y de encargo en encargo.

Durante su estancia en Monte Oliveto,

Luca Signorelli decoró la abadía con extraordinarios frescos

con la colaboración de Giovanni Antonio Bazzi,

el ingenioso y excéntrico artista conocido como “El Sodoma”.

El Sodoma era un artista muy refinado.

Trabajó en Roma con Rafael,

y aceptó encargos de papas y aristócratas.

Una de sus cualidades

era la capacidad de adaptar obras del siglo XIII a su propio estilo,

algo que hacía incorporando a cada escena

anécdotas e historias muy interesantes,

que pintaba de manera concisa,

pero prestando suma atención a los detalles.

Durante los años que pasó en Monte Oliveto,

el Sodoma incluyó en sus obras

diversas muestras de su “sarcasmo artístico”.

Representó sin manos a algunos monjes que no le habían pagado.

Y también retrató a artistas y mecenas de su época,

como Rafael, Leonardo, Miguel Ángel, Signorelli,

Lorenzo el Magnífico, y Botticelli.

Los relatos sobre el esplendor de este acogedor monasterio

han llegado hasta nuestros días,

gracias a que sus monjes supieron sacar partido

de la situación estratégica de la abadía.

La Vía Francígena atraviesa Monte Oliveto,

y siempre tuvo una gran importancia religiosa.

Era la principal ruta de los peregrinos

que llegaban del norte de Europa, principalmente de Francia,

lo que le otorgó su característico nombre.

Estos se dirigían a Roma

para visitar las tumbas de San Pedro y San Pablo.

Y siguieron haciéndolo durante los siglos XVII y XVIII.

Los peregrinos viajaban a Roma

por esta especie de “autovías culturales”.

Las abadías funcionaban

como las estaciones de servicio y los hoteles de carretera.

Eran los establecimientos

donde los fieles descansaban y pasaban la noche.

Y por supuesto, el arte siempre los acompañaba.

La ruta hacia Siena está llena de huellas invisibles

de caminantes, comerciantes y aventureros.

Y de artistas como Goethe, que en una ocasión escribió:

“La conciencia de Europa nació en las rutas de peregrinación”.

Para hacernos una idea del tipo de ruta que era la Vía Francígena,

debemos conocer el que, en el lenguaje de entonces,

era “el hospital” por excelencia.

En la Edad Media no estaba tan marcada la distinción

entre los términos “hostal”,

en el que hoy se hospedan los viajeros,

y “hospital”, donde se trata a los enfermos.

Y el hospital de Santa Maria della Scala, en Siena,

era la parada más importante para los caminantes.

Algo que vemos reflejado

en la hermosa Sala de la Peregrinación,

donde, en una serie de preciosos frescos,

aparecen algunos viajeros

mientras son atendidos, desvestidos, alimentados, y también aseados,

ya que la falta de higiene era un gran problema,

que solo en algunos sitios, como los hospitales,

se intentaba combatir.

En una de sus pinturas más simbólicas,

aparece un peregrino con el rostro de Cristo y la concha en su tocado.

La escena transcurre en el interior de la iglesia

que existía en el hospital.

Y recrea el contexto social de la época,

ya que vemos a los peregrinos entrando al hospital.

Y también a los menesterosos,

y a las madres indigentes con sus hijos,

que reciben el pan de manos de un sacerdote.

Una costumbre que era un símbolo

del hospital de Santa Maria della Scala.

Desde un punto de vista arquitectónico,

el hospital tuvo un desarrollo único en su género.

La idea original era construir un solo edificio

en la Piazza del Duomo.

Pero, aunque parezca increíble, continuó expandiéndose colina abajo.

El hospital fue creciendo de manera continua,

incorporando muchos de los edificios circundantes.

Lo que hoy se conoce como “la Calle Interna”, o “la Vía Curva”,

ya existía mucho antes de pasar a formar parte del hospital.

Pero, tras integrarse en la estructura del complejo

de Santa Maria della Scala,

pasó a convertirse en la columna vertebral

de la expansión de un hospital, que no dejaba de crecer.

Se convirtió en uno de los hospitales más importantes de la Edad Media.

Y durante los siglos XIII y XIV incorporó nuevas estructuras,

y extraordinarias obras de arte,

que han sido preservadas a través de los siglos.

El Hospital de Santa Maria della Scala

fue erigido frente a la catedral gótica de Siena,

cuya deslumbrante belleza se convirtió

en un símbolo del poder económico de la ciudad,

durante los siglos XIII y XIV.

La prosperidad de la economía

acelera la propagación de la cultura y el conocimiento.

Siempre es así.

La Universidad, los viajes de los obispos.

Todo partió desde el centro de Siena hacia la Toscana,

el resto de Italia, e incluso Europa.

Fue la circulación del conocimiento

lo que permitió la difusión del gótico.

Un estilo arquitectónico que tuvo su origen en Francia.

La “Maestà” de Duccio di Buoninsegna,

que fue colocada en la catedral de Siena,

fue pintada por un motivo muy concreto.

Siena había vencido en la batalla de Montaperti,

y deseaba agradecérselo a la Virgen.

Y la pintura fue la forma de darle las gracias.

Es una pieza inmensa, que tuvo un coste elevadísimo,

3000 florines de oro.

Los artistas fueron los artífices de este tipo de comunicación.

Los poderosos los necesitaban,

ya que en sus retratos ensalzaban su importancia y autoridad.

Pero también los consideraban una especie de esclavos.

Los artistas trabajaban para ganarse la vida.

No pintaban un cuadro para satisfacer su pasión artística e individual,

sino porque alguien se lo había encargado.

El arte y el poder siempre han ido de la mano.

Y en el siglo XIV,

Duccio di Buoninsegna, Simone Martini y Ambrogio Lorenzetti

fueron los encargados de transmitir la visión de los ricos y poderosos.

Poniendo el foco, de forma expresa,

en el equilibrio de poder entre la Iglesia y el pueblo.

La justicia y el bien de la ciudad

“debían prevalecer sobre los intereses individuales”.

Un lema que inspiró

uno de los primeros conjuntos de frescos seculares

jamás realizados, pintado por Ambrogio Lorenzetti.

Fue terminado en 1340.

Y presidía la sala de reuniones del llamado “Gobierno de los Nueve”,

para indicarles el camino correcto.

Esta parte elogia

el Conocimiento Divino, la Justicia y el Consenso.

Y proclama que las virtudes teologales, Fe, Esperanza y Caridad,

son esenciales para mantener la paz en Siena.

En cambio, en la Alegoría del Mal Gobierno,

es la Tiranía quien manda,

acompañada por la crueldad, la traición, el fraude y la división

y los vicios alados de la codicia, la arrogancia y la vanidad,

que conducen a la guerra.

Los frescos narrativos se convierten en un nuevo estilo pictórico,

que recrea cómo es la vida en Siena a principios del siglo XIV.

De una forma descriptiva y muy respetuosa,

sus imágenes muestran la vida cotidiana,

las casas y calles, y los distintos oficios.

De esta manera, el pintor Ambrogio Lorenzetti retrata

las actividades cotidianas de aquella época

y el contexto cultural y moral de aquel período específico.

La moraleja de la obra de Lorenzetti es muy visible

en “Los efectos de un buen Gobierno”,

que retrata a gente trabajadora en plena celebración.

La ciudad transmite una imagen rica y ornamentada,

propia de una urbe con una alta calidad de vida

que también existe fuera de las murallas.

Lorenzetti tuvo una idea brillante.

Fue el primero en mostrar lo que ocurría

“más allá de las murallas ocres de la ciudad”.

Retrató la vida de los campesinos.

En la imagen vemos como labraban unos campos fértiles y productivos,

en los que aparecen cerdos con rayas blancas,

lo que indica que eran de Siena.

Y al alejarse, el paisaje se va volviendo más árido,

hasta llegar al desierto de Accona.

El desierto de Accona está muy bien recreado en este cuadro,

lo que nos permite observar

cómo “el paisaje” empieza a adquirir una mayor importancia,

hasta convertirse en “casi el protagonista”

de la pintura de esa época.

Lorenzetti era un ferviente admirador

de la belleza del desierto de Accona.

Y en sus cuadros retrató

los horizontes místicos de sus colinas arcillosas,

sus iglesias parroquiales,

y sus hermosos senderos, hoy olvidados.

Que nos conducen a la iglesia románica

de Santa Águeda, en Asciano, que sigue oficiando misas.

O a la pequeña iglesia de San Hipólito,

que fue utilizada como parador hasta el siglo XVII,

proporcionando sustento

a los viajeros cansados que buscaban cobijo

y socorriendo a los necesitados.

La Vía Francígena, la antigua ruta de peregrinación,

terminó convirtiéndose en una ruta elitista conocida como “Gran Tour”.

El “Gran Tour” era un recorrido que solo estaba al alcance

de los futuros miembros de las nuevas clases dominantes europeas,

de países poderosos del norte de Europa,

como Inglaterra, Francia y Alemania.

El “Gran Tour” era, en la práctica, “un gran Tour” por toda Italia.

Este rito iniciático,

destinado a los amantes más pudientes

de la cultura y la belleza,

formó a las grandes mentes de la época.

Todo “Gran Tour”

pasaba por el desierto de Accona y Crete Senesi.

El visitante llegaba hasta la abadía de Monte Oliveto

a pie, a caballo,

y, a finales del siglo XIX, también en velocípedo.

Muchos viajeros americanos y europeos,

muy cultos e inteligentes,

visitaron Monte Oliveto, y pernoctaron allí.

Y al volver asus países,

relataron y plasmaron sus impresiones de su paso por la abadía,

permitiéndonos ver Monte Oliveto bajo una nueva luz.

Aquellos diarios, bocetos y anotaciones,

crearon las primeras guías de viaje.

Y al enriquecer la imagen de Italia, ayudaron a fomentar la idea

de que, algún día, podría ser un país unificado,

que hablara el mismo idioma.

Una Italia unida

que la mirada y la imaginación de los viajeros ayudaron a construir.

Los viajeros vieron las cosas de una forma extraordinaria.

Cada visitante describió el paisaje que había visto

de una forma diferente.

Y los que llegaron después se fijaron en muchos otros aspectos,

que sus predecesores no habían percibido.

Y aportaron miles de visiones diferentes.

Lo que nos hizo descubrir a los italianos

que algunos de nuestros tesoros fueron invisibles para nosotros

hasta que los atentos viajeros que pasaron por aquí

nos transmitieron sus múltiples y gratas impresiones.

Subtitulación realizada por Carmen Sevilla Machuca.

La Italia oculta - El desierto de Acona y Crete Senesi

26:04 12 may 2021

En esta región, las hileras de verdes colinas se unen en horizonte creando un fascinante paisaje que, desde hace siglos, es famoso por su belleza. Pero al pie de los Apeninos toscanos, esta armonía desaparece a favor de una hilera de olas de arcilla seca en el desierto de Acona. Es el corazón de Crete Senesi, un lugar con paisajes áridos, epicentro de la vida eremita en la Baja Edad Media, cuyo nombre hace alusión a las arcillas de Siena.

Contenido disponible hasta el 30 de noviembre de 2023.

En esta región, las hileras de verdes colinas se unen en horizonte creando un fascinante paisaje que, desde hace siglos, es famoso por su belleza. Pero al pie de los Apeninos toscanos, esta armonía desaparece a favor de una hilera de olas de arcilla seca en el desierto de Acona. Es el corazón de Crete Senesi, un lugar con paisajes áridos, epicentro de la vida eremita en la Baja Edad Media, cuyo nombre hace alusión a las arcillas de Siena.

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