Inés del alma mía La 1

Inés del alma mía

Miércoles a las 22:10 horas

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No recomendado para menores de 16 años Inés del alma mía - Capítulo 3: La muerte, menos temida, da más vida - Ver ahora
Transcripción completa

(El caballo relincha)

Señores,

ahora es época de perdonar,

de olvidarse de los pecados del prójimo

y de enmendar los propios.

Son tiempos para compartir...

y para conciliar nuestras diferencias.

Buena noche de Navidad a todos y que Dios os bendiga.

¡Feliz Navidad! -¡Feliz Navidad!

-Bueno,

señor De la Hoz,

¿cómo van los preparativos? para la conquista de Nueva Toledo?

-Querréis decir de Chile.

Bien.

Pronto tendré los navíos pertrechados

y listos para partir desde el Callao.

(RÍE)

¿De qué os reis?

Me río de vuestra audacia.

¿Sabéis?

El otro día tuve oportunidad de leer la cédula imperial,

esa que, según vos, por orden del emperador,

estáis autorizado a navegar hasta el estrecho de Magallanes,

pero en ningún lugar aparece que podáis desembarcar

y conquistar tierra firme. ¿Qué queréis decir?

Que ese papel no os autoriza a conquistar Chile,

solo a navegar y a explorar sus costas.

Os deseo suerte, De la Hoz.

Mientras vos invadís...

el reino de Neptuno,

yo conquistaré Chile.

¿Vos?

(RÍE)

Un simple hidalgo, conquistador de un reino. ¡Ja!

-¡Señores, basta!

Dije que había que "conciliar nuestras diferencias".

¿O es que no he hablado claro?

Santa María, bendita. ¡Gracias, señores!

(TOSE Y RESPIRA CON DIFICULTAD)

Escuchadme bien, Valdivia.

Mientras mi familia cabalgaba al lado de reyes,

¡la vuestra estaba compuesta por destripaterrones y ganapanes

que no sabían ni escribir su nombre!

Dios hace hombres, no linajes.

-Bien dicho, Valdivia, bien dicho.

Señor gobernador,

disculpad mi torpeza, no quise insinuar que vuesa merced...

(Explosión)

¡No! ¡Volved!

¡Volved!

¡Alarma!

¡Alarma a la guarnición!

¡Malnacidos!

¡Venid ahora!

¿Qué ha pasado, Gómez?

Pude verlos, señor.

Estaban junto a los calabozos.

Intentaban liberar a Almagro.

-Los seguidores de Almagro son un peligro.

O los ejecutamos a todos o nunca vamos a estar a salvo.

Vigilad la puerta.

-¡Vamos!

(Sintonía de "Inés del alma mía"9)

Lo sabían.

Sabían perfectamente que bajamos la guardia en Navidad.

-Me pregunto cómo pudieron saberlo.

¿Qué estáis insinuando?

Hacedlo, Valdivia, por lo que más queráis.

Y que sea esto lo que deje zanjado de una vez por todas

la cuestión de Chile.

Si así os place. -¡Basta ya!

¡Señores, basta ya!

¡Eso que ha ocurrido es la consecuencia de las disputas

y necias peleas entre hombres de bien!

¡No permitiré que vuelvan a producirse, no mientras yo viva!

¡Ya hemos tenido una guerra civil,

aprended de las lecciones que nos da la providencia!

¡Aquí y ahora mismo, señores,

arreglad vuestras diferencias,

si no queréis que os encierre con ese de ahí abajo!

¡Decidid!

Sea.

Me comprometo a aportar cincuenta caballos,

dos navíos y doscientos pares de coracinas.

Ahora ya sabemos lo que aporto yo. ¿Qué aportáis vos?

Hombres valientes,

que son lo único que se necesitan

para coronar cualquier empresa con éxito.

Que sean doscientos.

Que sean doscientos.

Muy bien.

Los vientos serán propicios en un par de meses,

espero que los hayáis reunido para entonces, o, de lo contrario,

seré yo solo el que parta para Chile.

Los tendré.

Procurad vos reunir esa flota de la que tanto habláis.

Sea entonces,

don Pedro de Valdivia partirá por tierra con sus hombres

y vos, De la Hoz,

por mar, para asistirle y abastecerle.

Ahora daos la mano.

Desistid de vuestro empeño, maese Valdivia.

Ya os lo dije en su momento.

Chile será mío, y ella también.

Hemos hecho un trato, señor De la Hoz.

Ahora somos socios.

Por eso, solo os mataré cuando lleguemos a Chile.

Que tenga buena noche de Navidad.

(Ladridos)

Estoy harto de tener que venir a tu casa por las noches

como si fuera un ladrón.

Eres hombre casado. ¿Qué quieres?

Dime, Pedro, ¿qué te ocurre?

Por fin tengo permiso para conquistar Chile.

¿Y eso es lo que te inquieta?

Pero debo de hacerlo con ese miserable de De La Hoz.

Y solo tengo dos meses para reunir los hombres

y los bagajes para la expedición.

Todos querrán colaborar con Pedro de Valdivia,

"el héroe de Salinas".

Aunque lo consiga, Chile es solo un espacio en blanco en los mapas.

Solo un hombre ha estado allí y ha vuelto para contarlo.

¿Y cuál es el problema?

Que ese hombre es el peor enemigo de mi señor.

(Risas)

"La muerte...".

"La muerte menos temida, da más vida".

¿Sabes lo que quiere decir?

Que no se puede vivir con miedo.

Eso es.

Entonces,...

haz honor...

a la divisa de tu familia.

¿Queríais verme, mi señor don Pedro de Valdivia?

Necesito vuestra ayuda.

Conocer exactamente la ruta que os llevó hasta Chile

por la cordillera andina hasta Copiapó.

Hacedlo así solo si queréis morir.

En esas sierras, hace tanto frío,

que mis hombres se congelaban al caminar.

Perdí la mitad de mis indios y de mis negros, y todo el bagaje.

¿Pero entonces?

Entonces...

por aquí, Valdivia.

Desde Arequipa

a Tarapacá,

y de ahí, por el camino cercano a la costa, hasta Chile.

¿Por el desierto?

Imposible. Sería un suicidio.

Habría que atravesar más de 200 leguas por ese infierno

sin agua ni comida.

No. No, Valdivia.

A mi regreso, los exploradores encontraron pozos ocultos

de agua por los indios.

¿Cómo son los indios de Chile?

¿Son tan hostiles como cuentan?

Hostiles es poco decir.

Los Mapuche, nunca conseguí doblegarlos.

Solo queda pues una cosa,

que me proporcionéis la situación de los pozos y aldeas

para poder atravesar el desierto.

No será tan fácil, maese de campo Valdivia.

¿Qué queréis?

Para mí, nada,...

pero quiero la libertad para mis hombres y para mi hijo.

Para mi hijo Diego.

Pero eso no depende de mí.

Solo Pizarro puede tomar esa decisión y jamás accederá.

Pues entonces,

mi señor maese de campo, don Pedro de Valdivia,

solo me resta desearos la mejor de las suertes,

porque la vais a necesitar.

(El gallo cacarea)

Ese viejo sifilítico...

Déjame un rato a solas con él

y le saco a golpes todo lo que tú quieras.

No. No serviría de nada.

Le conozco, es igual que yo.

Moriría antes de dar su brazo a torcer.

¿Qué ocurre? ¿Quién va a morir?

Almagro tiene información imprescindible sobre Chile,

y digamos que, pide algo a cambio,

algo imposible, y Aguirre se ha ofrecido a conversar con él.

Los hombres solo usáis la fuerza para solucionar los problemas, ¿eh?

¿Y qué sugerís, que le cante una canción de amor?

No, más sencillo que eso.

¿Qué os cuesta darle a Almagro lo que pide?

Imposible.

Liberar a esos hombres no depende de mí, sino de Pizarro.

Y entonces, de vuelta con los golpes.

Y eso no es lo peor.

Si los hombres de Almagro son liberados

y algo le sucediera a Pizarro,

yo sería el responsable.

Ese hombre solo piensa en el oro.

Recuerda que le tuviste que devolver tu mina

y tu hacienda para que te dejara ir a Chile.

Cierto, pero es mucho más que eso,

es el hombre al que he jurado fidelidad.

Entonces, ahí tienes la solución.

¿Os habéis vuelto loco, Valdivia?

¿Me estáis pidiendo que libere a los hombres de Almagro sin más?

¡No!

Os jurarán fidelidad, como su nuevo señor.

Nunca podrán intentar nada contra vos y contra los vuestros.

¿Esas ratas... ?

¿Esas ratas... ?

Colguémoslos de la plaza de Armas

y hagamos...

un banquete...

mientras se desangran. -Va.

Muchos de ellos son compañeros de armas de nuestros soldados, señor.

Veteranos de guerra en Pavía.

-¿Y qué?

¿Cómo creéis que reaccionarían nuestros hombres

al ver colgando de una soga a sus parientes

y hermanos?

¿Qué insinuáis, Valdivia,

que se está tramando una rebelión entre las tropas?

Y si así fuese,

¿quién sería el cabecilla?

¿Tal vez vos?

Mi señor, Francisco.

Castigar es privilegio de reyes,

pero solo el perdón está al alcance de los dioses.

¡Chantiquei!

¿Empanaditas?

¡Chantiquei!

(Cacareo)

¿Mirabais algo, señora?

¡Adúltera!

¡Barragana!

-¡Fuera!

¡Fuera!

-¡Fuera de aquí!

-¡Fuera! -¡Fuera!

-¡Corre, corre! -¡Fuera!

-Ay, mamita, mamita. -¡Fuera de aquí!

-¡Fuera!

-¡Fuera!

-¡Fuera! -¡Fuera!

-¡Largo!

(Suenan las campanas)

¿A qué venís, marques de Pizarro?

¿A acabar con vuestros remordimientos

o a matarme de una vez?

-¿Por qué han tenido que acabar así las cosas, Diego?

-Tú las has acabado así, Francisco.

Juntos pudimos ser reyes,

más poderosos que el mismísimo emperador Carlos.

¡Más aún!

¡Pudimos ser dioses!

-Fuimos como hermanos.

-Sí.

Es cierto,...

como hermanos.

-Me salvaste la vida.

-Todos cometemos errores, Francisco.

Yo espero enmendar los míos.

-¿Por qué me odias tanto?

-¿Y tú me lo preguntas?

Juntos conquistamos esta tierra, Francisco.

Cuando no eras nada, solo yo aposté por ti.

Yo.

Y ahora te rodeas de toda esa chusma que te lame las botas como perros.

Y en cambio, a mí,

a mí que arriesgué todo por ti,

mi dinero, mi vida,

la vida de mis hombres...

A mí,

que hasta di un ojo luchando por ti,

y me relegas y me conviertes en un paria.

-¿Lo arriesgaste todo?

Sí, ya lo creo, pero solo por el oro,

igual que los demás.

¡No te finjas mártir conmigo, Diego!

¡Me traicionaste!

¡Incluso te aliaste con los indios para destruirme!

¿Tú me hablas de traición, Francisco?

¿Cómo te atreves?

Cuando regresé de Chile, me lo habías robado todo.

¡El Cuzco me pertenece por derecho!

-Mi hermano...

dice que debería quemarte en una hoguera como castigo a tu rebeldía.

Otros me piden que te despelleje vivo

y arrastre tus despojos por todo Cuzco.

Solo Valdivia me pide que respete tu vida.

Me lo pensaré.

¡Soldados, cambio de guardia!

(Suenan las campanas)

Sois libres.

¡Se os perdona la vida!

Podréis reengancharos al ejército del marqués si así lo deseáis.

Pero antes habéis de jurar fidelidad al señor marqués.

¡Tú primero!

-¿Y ser un perro fiel de Pizarro, igual que vosotros?

Jamás.

Entonces, moriréis.

¡Don Benito!

¡Hacedlo!

-Mi señor, jamás. -Y cuidad de mi hijo.

-Mi señor, jamás juraré fidelidad a otro que no seáis vos.

-Oídme todos.

¡Hacedlo!

Yo os lo mando.

-¡De rodillas!

-Yo, don Benito,

juro fidelidad al Gobernador del Perú.

Si a mi señor de Almagro le ocurre algo...

Ahora tenéis otro señor,

no lo olvidéis.

-¡Largaos de aquí, perro! ¡Sois libre!

¡Siguiente!

Yo, Diego de Almagro,

juro fidelidad al señor gobernador.

Almagro cumplirá su promesa.

Solo queda conseguir los hombres y pertrechos.

Y todo gracias a ti,

Inés Suárez de Plasencia.

¿Qué ha pasado? ¿Quién te ha hecho esto?

Hubo un momento en que pensé que no volvería a verte.

La forma en que me miraban, llenos de odio...

¿Qué les he hecho yo, salvo amarte?

¡Cobardes!

Solo me consuela saber que pronto nos iremos de aquí

y que podremos vivir en paz, sin escondernos,

sin fingir que no nos amamos!

Lo mejor será que vayas a Ciudad de los Reyes,

allí estarás a salvo.

¿Ciudad de los Reyes?

¿Quién dijo nada de ir a Ciudad de los Reyes? No.

No, ni se te ocurra.

Nos vamos juntos a Chile o no vas a ninguna parte.

No. Es muy peligroso.

Es mejor que me esperes allí.

Yo pensaba que me amabas.

Y por eso lo hago.

No podrías soportarlo.

Ni los hombres de Almagro, curtidos veteranos,

pudieron hacerlo.

Volveré a por ti en cuanto pueda.

El último hombre que amé en mi vida me abandonó,

para ir a descubrir un Nuevo Mundo.

Y jamás volví a verle con vida, y no me volverá a pasar.

No.

¡No contigo! ¡Vete!

Si dejo de amarte, no sufriré cuando te pierda.

¡Inés, por Dios, sed razonable, no seas niña!

Solo quiero lo mejor para ti. ¡Que te vayas a Chile!

Ah, y procura salir con cuidado,

no vaya a ser que alguien te vea y tu reputación quede manchada,

señor maese de campo, don Pedro de Valdivia.

(LENGUA INDÍGENA)

¿Por qué siempre me enamoro de ilusos soñadores

que me dejan fuera de sus sueños?

Me temo que nuestro querido Valdivia

tiene problemas más urgentes de los que ocuparse,

que de esta pequeña pelea de enamorados.

¿Qué queréis decir, señora?

Nadie le ayudará en su empresa. Nadie.

Ni los usureros.

Saben que no hay oro ni riquezas en Chile.

Y adiós a su sueño de crear un nuevo reino.

No os preocupéis.

Ayudaré a Valdivia en su expedición a Chile.

Pero con una sola condición.

Yo también iré.

¿A Chile?

¿Por qué? Si vos sois una princesa.

¿Qué necesidad tenéis de ir allí?

Vos no sois la única persona en esta ciudad que tiene un secreto.

Señoras...

Qué agradable sorpresa, señor De la Hoz.

Os presentaré, ella es Inés...

No, no, el señor De la Hoz y yo ya nos conocemos.

Espléndido.

Con permiso. No, no os vayáis. Sentaos, Inés.

El señor De la Hoz me salvó de ser sacrificada en un templo

por los partidarios de Atahualpa. Favor que me hacéis, princesa.

Princesa, solo he venido a daros cuenta de mi inminente partida

hacia la conquista de Chile. ¡Ah!

Tengo entendido no sois el único,

esas tierras tienen más de un pretendiente.

Eso parece, sí.

Pero, al final,

solo uno de ellos logrará doblegar esas tierras salvajes.

Por las buenas o por las malas,

Chile me pertenece.

¡Contádmelo todo! Iré por un chocolate.

Eh, eh.

Soldados.

Hermanos.

Prestadme atención.

Y os digo hermanos porque me habéis acompañado siempre.

Ya fuera en Pavía, en Roma,

en las selvas de Venezuela o contra el rebelde Almagro.

Durante todos estos años

hemos buscado una empresa digna de nuestro valor.

¡Y, ahora, por fin,

Chile nos llama desde el sur

y nos promete el honor y gloria que merecemos.

¿Qué me decís?

Señora, doña Inés,

vengo a pediros perdón de corazón por todo lo ocurrido.

Estoy dispuesto a olvidarlo si vos también lo estáis.

¿Que vos estáis dispuesto a olvidarlo todo?

No puedo creerlo. Sí.

A olvidarlo todo, a dejarlo atrás.

Si vos olvidáis también a ese bruto de Pedro de Valdivia.

No es merecedor.

No es digno de vos.

¿Y vos si lo sois?

¿Qué sois vos para Pedro de Valdivia?

Pensadlo.

Nada.

Se aprovechará de vos y os dejará en la estacada

tan pronto deje de necesitaros.

Hacedme caso, por favor.

Yo sé de lo que hablo. Solo lo hago por vuestro bien.

¿Por mi bien? Sí.

Venid conmigo a la conquista de Chile.

Juntos somos indestructibles.

Os haré mi reina.

Os haré mi emperatriz.

¡Ah!

¡Ah!

Eh...

Don Sancho de la Hoz, cuidad esa calentura, tiene mala pinta.

Señora... Nos vemos.

Valdivia,...

tú me conoces desde Roma y Pavía.

¿Puedo hablar?

Habla libremente, amigo Jerónimo.

Pizarro nos ha dado una cédula para explorar el Chaco.

Tendré tierras y esclavos. Podré ser señor.

¿Para qué ir a Chile? -¡Alderete lleva razón!

¿Qué es lo que tuvimos luchando con Pescara en Europa?

¡Nada!

¿Qué nos espera en ese Chile del que tanto hablas?

¿Qué quieres decir? ¡Fácil!

¿Cuánto nos pagaras por ir contigo? -Vale...

-¿No es suficiente el honor de luchar a las órdenes de Pedro?

-Quédate tú con el honor y la gloria.

¡En Chile haréis fortuna como nunca nadie ha hecho en el Nuevo Mundo!

-¡No!

¡Nos engañan, camaradas! ¡No hay oro en Chile!

-¿Y quién dijo tales mentiras?

No debéis hacer caso. -¡No! ¡No lo son tales!

¡Todos hemos oído historias de los que fueron allí con Almagro!

-¡Es cierto!

No encontraron oro, solo tribus salvajes y caníbales.

No iremos a Chile.

-Monroy y yo hemos tardado casi dos años en organizar la expedición

al Chaco.

-Sois unos perros. Iréis dónde se os ordene.

"Perros..." (LADRA) Sigue ladrando...

-Eh, eh.

¿Qué queréis vos, Gómez?

Solo ir con vos a Chile.

¿Es que no sabes que no hay oro?

No lo hago por el oro.

-Ay, Valdivia.

Ibas para Julio César y te has quedado en un patán.

Chile es tuyo,...

pero nunca olvides nuestro acuerdo.

La mitad de lo que encuentres me pertenece.

¡Ocho! ¡Solo somos ocho!

Contándote a ti, a mí y a Gómez.

Parece que tenemos otro voluntario.

Buenos días tengáis, señor don Pedro de Valdivia,

sé que preparáis una expedición al sur, y quería acompañaros.

Tú también vienes a burlarte de mí,

como mis queridos oficiales y soldados, mis hermanos.

Yo nunca te abandonaría.

"Nadie se alistará en la expedición de Valdivia".

"Llevabais razón".

Y nadie, en todas las Indias,

le prestará el dinero para caballos y pertrechos.

Hace solo unos meses lo aclamaban como a un héroe, y ahora,

lo rehúyen como si fuera un mendigo.

(El caballo relincha)

Señor don Pedro de Valdivia, qué inmenso honor.

¿Qué os trae por aquí? ¡Ya sé! Vino. Tengo el mejor.

¡Traed vino para nuestro maese de campo y su amigo, perros!

No es el vino lo que nos trae a vuestra casa, señor Martínez.

Partimos a conquistar nuevos territorios para el emperador.

Necesitamos caballos, pólvora, pertrechos,

porteadores yanaconas.

Por supuesto, lo que sea para nuestro maese de campo.

¿Y adónde me dices que vais?

¿A Nueva Granada?

¿Al Chaco?

A Chile.

(RÍE) ¿A Chile?

-¿De qué os reís, perro?

¿Es que acaso se os ha olvidado con quién estáis hablando?

-Disculpad, no es por vos, es por Chile.

Es demasiado arriesgado.

Todo el mundo recuerda cómo volvió Almagro con sus hombres.

Parecían esqueletos,

sin un triste peso en el bolsillo.

Nadie en Cuzco os fiará dinero para vuestra expedición.

Os firmaré un pagaré.

¿Y si os cedo una tercera parte de todo el oro

y las riquezas que encontremos?

Una tercera parte de nada es... ¿nada?

Solo les importa una cosa y saben que en Chile no la hay.

Debemos convencerlos. Debe haber alguna manera.

¿Cómo?

No hay nada que le guste más a un viracocha que el oro.

Recordad como fueron todos en masa a unas selvas inmundas,

solo porque alguien les habló de una ciudad perdida hecha de oro.

Lo sé.

La leyenda de un Dorado que no existía

fue lo que hizo a mi marido venir a Perú.

Tal vez pudiera conseguir algo, un préstamo.

Conozco a un... Esperad.

¿Decís que todos quieren oro?

Pues tendrán su oro.

Gracias.

-Gonzalo.

Martínez.

Decidme una cosa. ¿A qué ha venido la bella dama?

-A comprar aceite como para un ejército.

Aceite, ¿para qué?

-No me lo dijo.

Por mí, que se vaya al infierno.

-¿Por qué lo decís?

-Pagó por adelantado...

en polvo de oro, el más puro que he visto nunca.

-¿De dónde lo sacó?

Cuando le pregunté, solo me dijo que a donde pensaba ir

habría más.

Lo que hay que oír.

¡Tanto vino en tan poco tiempo!

¿Está segura, señora?

Es como para alimentar un ejército.

Llevadlo todo al palacio de la princesa Cecilia.

Y recordad, partimos en cuatro días.

Señora, os ofrezco una copa de vino.

Y decidme, por curiosidad,

¿adónde pensáis ir con tanto vino?

A Chile.

No hay nada en Chile, o al menos, eso dicen, ¿verdad?

¡Eso es lo que Valdivia quiere que crea todo el mundo!

Almagro estuvo allí y lo vio.

¡Vio minas de oro! ¡Montones!

Sancho de la Hoz y Valdivia no quieren que nadie se entere

y así no tener que repartir con más socios.

Solo estaba pensando que, tal vez, os gustaría hacer un trato.

¿Es que queréis emborracharme?

No, no. Por cierto, que no.

Sinceramente, hermano, yo no te entiendo.

¿No te parecía extraño esa insistencia de Valdivia

en salvar la vida de Almagro y de sus hombres?

-Don Pedro sabe lo que hace. Nunca me ha defraudado.

-Te recuerdo que Valdivia intentó firmar la paz con los de Almagro,

mientras yo me tiraba ocho meses en una mazmorra

a manos de ese cabrón.

-Quiso evitar la guerra y eso te salvó la vida.

-¿Por qué le consientes tanto a Valdivia, hermano?

-Es un hombre audaz, inteligente.

Nadie como él conoce la milicia de la guerra.

Sin él no hubiéramos vencido en Salinas.

-Aquí hay diez mil hombres más valientes que él.

¿Valdivia invicto? -¡Viva Pizarro!

-¡Viva!

-Hasta que le derrotan como a todos.

-Valdivia es el hombre más fiel que he conocido nunca.

Se cortaría el cuello antes de permitir que me ocurriera algo malo.

La lealtad, Hernando.

Una virtud que en estos tiempos que corren,

parece haberse convertido en un horrible pecado,

o en un bien escaso que vale más que el oro.

Ahora, al final, la paz reina...

en todo el Perú, gracias también a Valdivia.

(Disparo)

(Gritos)

(SE QUEJA)

-Hermano, ven aquí.

-¡Nos atacan! -¡A la guardia!

¡Han intentado matar al marqués de Pizarro!

¿Estás bien? -Sí.

¿Qué ha sucedido?

-Lo que te advertí, hermano, los perros no tienen palabra.

Jamás hubiera tenido que haceros caso.

¡Jamás!

¡Vete!

Señor, Almagro está protegido por la corona.

No podemos ejecutarle.

-Almagro nació villano, y ha de morir como un villano.

¿Por qué, Valdivia?

¿Por qué siempre le defendéis?

¿Qué hubiera pasado si vos o nosotros

hubiéramos sido los perdedores? ¿Qué hubiera pasado?

Almagro ostenta los títulos de adelantado

y gobernador de nueva Toledo.

¿Qué explicación se le dará a el emperador?

¡Ha intentado matar al marqués de Pizarro!

-¡Traedme más vino!

Qué ironía, ¿eh?

Esto que un día fue tu palacio,

puede convertirse en tu osario.

-Reclamo mi derecho a defender mi causa ante un tribunal,

como adelantado del emperador que soy.

-Tenéis derecho...

a morir colgado como el perro traidor que sois.

-No...

-Diego de Almagro, por favor,

no me avergoncéis.

Morir con la dignidad del hombre castellano que sois.

-Hernando,

mátame por la espada, te lo suplico.

No me dejes morir en un patíbulo con la soga al cuello

mientras todo el mundo me ve.

-Lleváoslo.

-Hernando... ¡Hernando, no!

-¡Vamos! -¡No!

¡Hernando!

¡Hernando!

¡Hernando!

-(RÍE)

Hernando Pizarro,

perro bastardo, te veré en el infierno.

¡Ah!

(SE AHOGA)

-Conquistador de Chile...

Colgarle ahí fuera para que lo vea todo el mundo.

Perros.

¡Cobardes malnacidos! -Quieto.

Esto no quedará así, te lo juro. Pero no ahora.

-¡Déjame!

No hicisteis nada por evitarlo.

¿Y tú te llamabas amigo de mi padre?

Cobarde. -No es el momento, ¿me oyes?

¿Es que quieres que nos maten? -¡Venganza!

Venganza, don Benito.

¡Te juro que no pararé hasta verte muerto don Pizarro!

¡Te lo Juro!

¡Dios maldiga a vuestra estirpe!

-Mate a todos los rebeldes.

¡Por favor!

¡Por favor! -¡No!

-Déjame a mí. -¡Piedad!

-¡Misericordia!

¡Misericordia!

-No hay misericordia posible para un perro traidor.

¡Ah!

-(LLORA)

¡Ah, ah!

Por Perú. -Por Perú.

Señores,...

vengo a hablaros del capitán don Pedro de Valdivia.

Busco hombres valientes que amen la libertad.

Hombres que quieran encontrar un nuevo mundo y mejor.

¿Y dónde está ese nuevo mundo vuestro, esa tierra de promisión?

Chile.

(Risas)

¡Eh!

¿Chile?

Chile.

-¡Más vino!

-No hay nada en Chile.

Ni oro ni riquezas, nada, solo muerte y dolor.

No volveremos allí,

y menos, con Valdivia.

¡Ese hombre os salvó la vida! ¡A todos!

Sí, y por eso quiero conservarla el mayor tiempo posible.

(Risas)

¿Y vos?

¿Por qué queréis ir a esa tierra baldía y despreciable?

¿Es que no lo entendéis?

Por eso quiero ir a Chile, porque es pobre.

El oro corrompe y envicia.

Nos ha dividido. Ha provocado una guerra.

El oro...

ha sido nuestra perdición y nuestro amo.

Me habéis decepcionado, señor.

No sois tan diferente a Pizarro como creéis.

(Disparo)

¡Quietos todos!

-¿Qué pasa? -No os mováis.

-¿Qué ocurre?

-¡Todos quietos!

-¡Ah! -¡Soltadme!

-¡Prendedlo!

¡Inés!

Escuchad,...

todo Cuzco cree en una conspiración de los hombres de Almagro.

Sus seguidores están siendo ejecutados,

y sus propiedades confiscadas.

-Como usted ordenó.

(Ladridos)

Aún os quiero encomendar un trabajo más,

matar a Valdivia.

Con todo lo que está ocurriendo,

todo el mundo pensará que es una víctima más de...

la venganza de... los partidarios de Almagro en esta triste noche.

Tomad, esto es vuestro

Y sed muy cautos.

(Ladridos)

¿Vos?

Un "gracias" hubiera estado bien.

¿Intentáis matar a Pizarro y ahora me salváis la vida?

Os equivocáis.

Ni yo ni mis hombres tuvimos nada que ver.

¿Cómo puedo saberlo?

Porque no hubiera fallado.

¿Qué hacíais aquí?

He venido a enrolarme en vuestro ejército.

Iré con vos a Chile

y mis hombres,... con los que queden vivos también.

Gracias, pero ya nadie irá a Chile.

Almagro conocía la forma de atravesar el desierto

y la situación de los pozos y aldeas para proveernos.

Una vez muerto, mis planes mueren también.

No os preocupéis por eso.

Yo también conozco la situación de esos pozos.

Podréis ir a Chile.

¿Y a qué se debe el inesperado

cambio de actitud?

Digamos que a vuestro ángel de la guarda.

¿Qué es esto?

¿De verdad este es todo vuestro ejército, señor Valdivia?

Si no me falla la memoria, acordamos doscientos hombres,

y aquí, apenas veo... una veintena,

la mayoría de ellos, delincuentes renegados.

-Cortés tomó México con trescientos hombres,

y mi hermano, Perú con cien.

¿Y vosotros pretendéis conquistar Chile

con diecisiete?

(RÍE)

¡Suerte!

-Me temo que llevan razón, don Pedro.

En estas condiciones,

será don Sancho de la Hoz...

¡Ya somos dieciocho!

-En ese caso, señora, vayan a conquistar el mundo entero.

¿Qué haces aquí?

No se puede vivir con miedo, ¿Recordáis?

-Perdonad mi atrevimiento, señora,

pero por estas latitudes es bien sabido

que las únicas mujeres que acompañan a los soldados

en la batalla

son las putas

y las indias.

Y, por vuestro aspecto, yo juraría que no sois ninguna india.

(RÍE)

Cierto, señor marqués.

Es una mujer,

pero tiene más valor y sabe más de honor y de lealtad,

que algunos de los hombres que están en esta habitación.

¡Ya está bien!

¡Esto es ridículo!

Señor marqués,

os lo pido, os lo ruego, reivindico mi derecho sobre Chile.

¡Está en la cédula imperial!

Señor marqués,...

No he dicho que venga sola.

-Princesa Cecilia,

¿a qué debo este honor?

Señor marqués, vengo a dar fe de los doscientos yanaconas,

así como de todos los pertrechos y caballos necesarios

para la expedición a Chile de don Pedro de Valdivia.

Están todos esperándoos en la plaza de Armas

listos para la partida,

tal y como lo ordenó.

-(SUSURRA AL OÍDO)

"Mi queridísimo don Pedro de Valdivia,

podéis partir a la conquista de Chile

con mi bendición y la del emperador.

Id con Dios.

¡Caballeros, esto está muy mudo

para la gloria que nos espera!

¡Tambor!

# Todos los buenos soldados

# que asentaren... # Allá vamos,

Inés del alma mía, ¡a la conquista de Chile!

# Si salieren con victoria... #

(SOPLA UN CUERNO)

-(SOPLA UN CUERNO)

-(SOPLA UN CUERNO)

(SUSURRA AL OÍDO)

(LENGUA INDÍGENA)

!Quien no pueda continuar quedará atrás!

Si le ayudamos, retrasará nuestra marcha

y menguará nuestras provisiones, hay que seguir.

Cecilia.

No debemos detenernos por nada ni por nadie,

por encima de todo está la expedición.

¿Nunca me abandonarías? Nunca.

¿Ni aunque fuera un estorbo como ese indio?

Llegaron noticas de vuestra marcha al sur

y decidimos ir en vuestra busca.

Rodrigo de Quiroga.

Si no es por Quiroga, estaríamos muertos.

Esto es una broma, una mujer vestida de hombre.

En España os harían quemar por vestir así.

Pero gracias a Dios, no estamos en España.

Las órdenes son estrictas, si alguien no puede seguir...

Me gustaría contar con vuestra discreción en este asunto.

Solo si, yo a cambio, puedo contar con vuestra amistad.

Nadie me arrebatará lo que es mío.

Nadie.

¿Qué ocurre?

Una nube de polvo se aproxima a menos de una legua.

¿Indios? Podría ser.

-¡Atención!

¡Formación de defensa!

¡El oro! ¿Dónde está el oro?

¡Hasta los muertos son miserables aquí!

¿Qué están diciendo?

Dicen que no saldremos vivos de aquí.

(LENGUA INDÍGENA)

(LENGUA INDÍGENA)

Perdonadme, pero me parece una locura.

Llevará al menos dos meses atravesar el desierto.

-La fortuna sonríe a los audaces. -Está envenenada.

Nos morimos.

Si damos la vuelta, podremos salir de este infierno.

-¿Quién está por volver a Cuzco?

No podemos regresar, estamos a mitad de camino, sería un suicidio.

Escuchadme todos bien, es ella la que manda en esta expedición,

y no Valdivia, y estáis dispuestos a obedecerla.

Yo decidiré quién merece un premio o un castigo.

¡Si yo solo estaba...! ¡Inés!

¡Necesito hasta el último de mis hombres en esta expedición!

¡¿Quieres provocar un motín?!

No vuelvas a decirme qué he de hacer.

Si tengo que elegir entre mis hombres o los delirios de un loco,

no dudéis que lo haré.

Señores soldados, al otro lado de ese cerro,

está Chile y el Jardín del Edén.

Pero para llegar hasta allí,

¡tendremos que atravesar el infierno!

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Inés del alma mía - Capítulo 3: La muerte, menos temida, da más vida

21 oct 2020

Avanzan los meses y la Navidad llega a Cuzco. Sin embargo, parece que no habrá tiempo para la paz y el recogimiento, ya que un sector almagrista está conspirando para alzarse contra el régimen de Pizarro y amenaza con hacer saltar todo por los aires.

Valdivia y De la Hoz se disputan el derecho de conquista sobre Chile y se desafían para ver quién será capaz de llegar allí primero. A solas con Inés, Valdivia confiesa que no sabe cómo reunirá todos los hombres y víveres necesarios para la expedición. Además, el Maese de Campo tiene dudas sobre la palabra de Almagro, quien ha prometido revelarle una ruta segura para llegar al país a cambio de que libere a todos sus soldados presos. Pero por suerte para él, Inés quizá tenga la clave para solucionar todos sus problemas.

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