Presentado por: Félix Rodríguez de la Fuente Dirigido por: Félix Rodríguez de la Fuente

Recuperamos a uno de los más importantes protagonistas de la historia de la televisión en nuestro país: Félix Rodríguez de la Fuente, legendario naturalista que falleció hace 32 años en Alaska, el 14 de marzo de 1980, mientras realizaba uno de sus documentales sobre fauna y naturaleza.

Más información en nuestro especial "30 años sin Félix".

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El hombre y la Tierra (Fauna ibérica) - El alcaudón - ver ahora
Transcripción completa

La lavandera no es fácil que sea atraída

(Sintonía de cabecera del programa)

(Gorjeos y trinos del pájaro)

Cualquier hombre de campo o naturalista sabe

que esto es la firma del alcaudón,

el mismo pájaro al que han oído cantar

en la secuencia que hemos dedicado a este imitador.

Este imitador es un cazador extraordinario.

Puede capturar desde un ratón,

que le supera, incluso, en peso,

hasta un pequeño insecto.

Es un ave de costumbres interesantísimas.

Esperamos enriquecer la serie ibérica

con un capítulo que dedicamos, por entero,

a su biología y sus asombrosas costumbres.

(Música de viento)

Como todas las aves diurnas,

los alcaudones reales son madrugadores.

Y nosotros vamos a aprovechar

el rato que pasa el alcaudón, cada día,

haciendo la toilette de su plumaje

para observar algunos detalles

que, después, nos van a explicar sus costumbres.

Para empezar,

comprobamos que sus patitas son frágiles,

parecidas a las de un gorrión o a las de un mirlo.

El pico, ganchudo en la punta, tampoco es curvo ni fuerte,

como el de un ave de presa.

El alcaudón, si ciertamente es robusto,

si ciertamente está dotado

de un aspecto que le permitirá actuar como depredador,

carece, sin embargo,

de las auténticas armas de las aves depredadoras:

garras fuertes y pico curvado.

Este simple detalle anatómico ha modificado, profundamente,

todas las pautas de su conducta de cazador.

(Música)

Efectivamente,

cuando el alcaudón captura una presa,

en este caso, un ratón, en el agua,

es capaz de pinzar su cuerpo con su fuerte y ganchudo pico,

pero no podría desgarrarle empleando sus patitas frágiles.

No podría sujetar su cuerpo,

como hacen los halcones o los gavilanes,

para despedazarle con el pico.

¿Qué hace entonces el alcaudón real?

Busca un espino donde haya púas,

lo suficientemente puntiagudas y fuertes,

como para sustituir con ellas las uñas que le faltan.

Evidentemente,

para emplear las púas de un espino es preciso conocer,

con todo detenimiento,

las pautas de conducta que permitirán al alcaudón real

clavar en la púa del espino su presa.

Con toda facilidad,

como si fuera una lección bien aprendida,

y tirando a favor de obra,

el alcaudón clava

en las aceradas púas del espino negro

la presa que acaba de capturar.

Pero el espino no solamente sirve de despensa

y de despedazadero al alcaudón,

también lo emplea como atalaya de caza.

Tan pronto como ha empalado a su presa,

se preocupa de una nueva víctima.

(Música de misterio)

Y de esta manera,

haciendo gala de un vigor y de una audacia,

inconcebible en ave tan menuda,

el alcaudón irá claveteando en su percha,

en su despensa,

ratones, topillos, musarañas y cualquier micromamífero

que acierte, en invierno, a pasar al alcance de su atalaya.

A todos les someterá al proceso delicado de colgarles,

perfectamente clavados por la piel del cuello,

precisamente, en una espina.

¿Por qué clava el alcaudón las presas con tanto detenimiento

y en tan adecuada dirección?

Los fotogramas de nuestra película se lo van a descubrir.

Quizá sean un tanto cruentos,

pero es un documento científico

que hemos de aceptar en toda su crudeza.

Perfectamente clavado el ratoncillo de campo,

en la dirección adecuada,

tirando de su cabeza,

el alcaudón puede llegar a desprendérsela.

Después, sus cualidades para tragar grandes pedazos

le irán permitiendo comerse sus presas,

que despedaza gracias a la ayuda de las púas de los espinos.

Pero no siempre los alcaudones son aves depredadoras y solitarias.

Los alcaudones,

al igual que todas las criaturas vivientes,

pasan una época muy importante de su vida

cuando tienen lugar las paradas nupciales,

la puesta de los huevos

y la cría de los pequeños.

Evidentemente, esto es en primavera.

Los alcaudones reales gustan de nidificar, sobre todo,

en nuestros últimos restos del bosque mediterráneo,

en los encinares,

en los alcornocales,

en los robledales de montaña también.

Allí, en la época

en que el zorzal está alimentando profusamente a sus pequeños

y aprovecha también las visitas al nido

para limpiar las heces fecales

que hubieran contaminado su pequeña casa,

cuando el jilguero, presunta presa del alcaudón,

está también regurgitando las semillas

con las que saca adelante a su prolífica nidada,

andan ya los alcaudones encelados.

Están también los mirlos,

tan abundantes en muchos de nuestros encinares,

limpiando el campo de lombrices y otros gusanos,

con los cuales alimentan a sus crías.

La música nupcial del alcaudón puede ser

el canto monótono de la abubilla.

Andan las abubillas cantando por todos los rincones del bosque,

del sotobosque, de los sotos, de las paredes,

cuando los alcaudones comunes se entregan a la parada nupcial.

Un regalo del macho para la hembra.

Un obsequio que,

como en todas las especies vivientes,

es un obsequio de amor:

“Te quiero y te espero en el nido”.

En el nido que está situado, generalmente,

en la horquilla bien protegida por el ramaje,

en este caso, de una encina.

Está ya la hembra en el nido,

adonde ha sido llevada por los obsequios

y las paradas nupciales del macho.

Y, en el nido, también es regalada y alimentada por su consorte.

Amigos míos, aquí, en el alcaudón común,

que es un primo carnal del real,

descubrimos matices que ya no son tan belicosos,

ya no son tan solitarios y crueles como los del alcaudón en invierno,

cuando se dedica únicamente a cazar y a defender su territorio.

Aquí tenemos al real, que, desde un quejigo quemado,

está montando, como siempre, la guardia,

para dedicarse a sus cacerías.

Muy cerca tiene el nido.

Los pequeños alcaudones reales, con las grandes cabezas grisáceas,

son una verdadera delicia.

Son unos bebés orníticos que no presagian en nada

que el día de mañana serán unos feroces matadores de ratones,

lagartijas, pajarillos y pequeños vertebrados, en general.

Incluso, los alcaudones adultos se tornan insectívoros

durante la primavera y el verano.

Prefieren las menudas presas, los invertebrados,

a sus grandes trofeos del invierno.

En ese aspecto, podríamos afirmar

que los alcaudones reales y los comunes son

sumamente beneficiosos para la agricultura

y las técnicas forestales,

dado su insectivorismo.

Son, sobre todo, los saltamontes, las langostas,

los insectos de tamaño mediano o grande,

los que más atraen a los alcaudones.

Evidentemente, en esta época,

trabajan, sobre todo, para alimentar a sus pequeños,

que les esperan en los nidos con un apetito voraz;

hasta tal punto,

que tienen que turnarse constantemente el macho y la hembra,

ambos excelentes padres,

para alimentar a la prole

y para limpiar las heces fecales del nido.

(Notas muy agudas de piano)

Entre las presas invertebradas del alcaudón real

hay algunas que ponen espanto en el corazón demuchos pájaros,

y, en macrofotografía, incluso, en el corazón de los espectadores.

Aquí, la mantis religiosa,

un aspecto de habitante de otra galaxia.

La mantis, armada de tales pintas,

con tal agilidad en sus movimientos,

que rechaza el ataque de los pequeños pájaros insectívoros.

No así del alcaudón, que, tan pronto como descubre una mantis,

sea cual sea su tamaño,

la capturará rápidamente,

empleando para ello la certera y acerada pinza de su pico.

(Diferentes sonidos del sotobosque)

Cuando los alcaudones capturan grandes insectos,

mientras sus polluelos les esperan en el nido próximo,

han de despedazarles concienzudamente,

en este caso, sin emplear espinas,

puesto que la contextura de la presa les permite emplear,

como se ve muy bien,

su garra,

con la cual manejan las menudas presas,

con tanta agilidad como las aves rapaces las grandes.

Podríamos decir, por consiguiente,

que el alcaudón debió ser el origen insectívoro

y está perfectamente concebido como máquina depredadora

para sujetar y engullir insectos.

Entretanto,

los polluelos del alcaudón común,

o de cabeza roja, como se le conoce en Francia,

más tiernos que los del real,

esperan, también pacientemente, la llegada de sus progenitores,

que cazan, al igual que sus más grandes primos,

sobre todo, saltamontes, chicharras, langostas, libélulas...

grandes insectos.

Incluso mantis religiosas también.

Cada uno de los progenitores, con una presa en el pico.

Y los pequeños, en el nido, siempre hambrientos,

esperando ser cebados.

Con cada ceba, siempre el transporte de las heces fecales.

Paralelamente, los reales, más grandes, más grisáceos,

distintos, sobre todo, en el color de la cabeza,

van sacando adelante también a su prole

y limpiando cuidadosamente

todos los restos que caen en el nido.

(Chillidos de los polluelos)

La biología reproductora de los alcaudones tiene

de unos 15 a 20 días en la incubación,

según sean comunes o reales,

y unos 20 días de estancia de los polluelos en el nido.

Los comunes son más precoces en todo.

Son migradores, vienen del África

y pasan entre nosotros la primavera y el verano.

Los reales son sedentarios,

permanecen aquí todo el tiempo

e incluso se incrementa nuestra población

con los alcaudones migradores.

(Música de misterio)

Hay una presa favorita del alcaudón

que puede poner el terror también en el corazón del hombre:

el alacrán.

Algunos grandes ejemplares de nuestros bosques extremeños

pondrían en peligro, incluso, la vida de un ser humano.

Pocos pájaros se atreven con ellos,

pero el alcaudón es un guerrero con el corazón de león.

(Música de misterio)

Y, además, posee una técnica perfecta.

Lo primero que hace cuando cae sobre su presa es

quebrar su cola,

con objeto de que no pueda manejar el terrible dardo venenoso

que inyecta el tóxico procedente de la ampolla caudal.

Mientras los pequeños del alcaudón real,

soñando quizá con belicosas acciones de caza,

van abandonando el nido,

precoces, con la cola corta,

con las alitas todavía sin crecer,

está el poderoso cazador despedazando, para alimentarles,

el gran alacrán que acaba de capturar.

Matices que creo que pueden hacer simpática

la personalidad del alcaudón,

destructor de tantos animales llamados 'dañinos'.

Pero la época en que los pequeños alcaudones reales, y los comunes,

abandonan el nido,

hay otros peligrosos depredadores por el bosque.

Hay cazadores que esperan

a los polluelos que acaban de dejar la casa solariega.

Quizá, los más peligrosos para los polluelos,

los grandes ofidios.

La culebra scalaris, o de escalera,

que puede superar el metro cincuenta de longitud,

que puede capturar incluso pequeños conejos,

ratas de grandes dimensiones.

¿Cómo se va a atrever un alcaudón,

del tamaño casi casi de un gorrión,

a enfrentarse con una gran culebra de escalera?

Conociendo como conocemos al alcaudón,

no nos atreveríamos a ponerlo en duda.

Está siempre en la atalaya vigilando,

en este caso, el más pequeño, el alcaudón común o de cabeza roja,

y tan pronto como descubre a la culebra,

empleando sus increíbles facultades para volar como un helicóptero,

sobre el terreno,

haciendo picados terribles

con la pinza de su pico sobre la culebra,

la va a expulsar de su territorio.

(Graznidos muy ruidosos y regulares del alcaudón)

Extraordinaria exhibición de vuelo,

de amor materno

y de valor sin tasa.

Vamos, poco a poco, conociendo más a este pájaro asombroso,

poco más grande que un gorrión,

que se llama alcaudón.

(Notas agudas y graves, alternas, de piano)

Veinte días después de abandonar el nido,

andan los alcaudones reales,

vestidos ya perfectamente de plumaje muy parecido a los adultos,

excepto en la ceja blanca,

llamando infatigablemente a sus padres.

Sus padres cada vez se ocupan menos de ellos,

no tendrán más remedio que comenzar a actuar por sí mismos.

Afortunadamente, su conducta depredadora es innata.

Tan pronto como un joven alcaudón ve un alacrán, se lanza sobre él.

Pero con tan mala fortuna

que no ha quebrado la pinza del invertebrado

antes de darle el primer picotazo.

Y el alacrán, mientras lo contempla su hermano desde la rama,

ha inyectado su veneno en la cabeza del alcaudón.

El veneno de un alacrán puede causar grandes molestias, inflamaciones,

dolor de cabeza, mareo y vómitos, incluso, a un ser humano.

El veneno del primer alacrán atacado por un joven alcaudón

puede causarle, incluso, la muerte.

La naturaleza es así:

para que unos aprendan, otros fallan.

No han querido nuestras cámaras

recoger la agonía y la muerte del joven alcaudón.

Es posible, incluso,

que se haya repuesto del terrible veneno del alacrán.

En cualquier caso,

andarán los jóvenes alcaudones, en el estío,

buscando los aguaderos y las fuentes

en esa época en que los pájaros se caen, de puro calor,

de los árboles.

Son inteligentes, adaptables

y, lo mismo que soportan los fríos del invierno,

saben adaptarse a los calores del verano.

Durante esta época, se alimentan, sobre todo, de lagartijas,

pequeñas ranas y sapos,

insectos...

y luego volverán a llegar el otoño y el invierno.

Desaparecerán los insectos,

se aletargarán los reptiles,

no quedarán ya más que animales de sangre caliente:

ratones y pajarillos.

Se van entonces muchos alcaudones

a sus viejos territorios de caza invernales: las cárcavas,

las estepas arbustivas, las alcarrias, los páramos.

Aquí tenemos al gran cazador gris en lo alto de una atalaya,

mirando lo que le interesa ver,

los muchos pajarillos que aprovechan

el microclima favorable de la cárcava

para pasar el invierno.

Entre ellos, gente tan simpática, tan animosa y tan ejecutiva

como los herrerillos,

que andan rebuscando siempre entre las oquedades de la corteza

para buscar insectos.

No son herrerillos los que cantan en este momento;

es el alcaudón, que está imitándoles desde lejos.

Está tratando de atraerles hacía su atalaya.

(Trinos del alcaudón)

Hay otros pájaros,

también de la familia de los herrerillos páridos,

como los carboneros.

Bonitos, eficientes, insectívoros,

que también buscan y rebuscan entre el ramaje

para alimentarse durante el invierno.

También son presunta presa del alcaudón.

Y el alcaudón les llama desde lejos.

El buen apetito del carbonero

parece que le libra de cambiar de percha

y de dirigirse hacia los pagos del alcaudón.

(Ruido de picoteo y trinos de pájaro)

¿Por qué imitan los alcaudones a los pájaros

para atraerles hacia sus lugares?

Porque han de capturar tras un vuelo muy corto,

de corto alcance.

La lavandera no es fácil que sea atraída

bajo el reseco espino

o el arbolillo donde suele actuar el alcaudón.

Anda a la vera de los ríos.

Más fáciles como presas son los escribanos montesinos,

que invernan también en muchas de nuestras cárcavas,

alimentándose con las semillas de las gramíneas salvajes,

de los cardos, tan abundantes en las laderas,

en los abrigaños

y en las solanas de las cárcavas, de las hoces, de las vallejadas.

El alcaudón también les imita.

Pero parece que esta vez va a ser el bonito jilguero

quien se va a dejar atraer por el canto del alcaudón.

Repite perfectamente nuestro imitador

lo que llaman los ornitólogos “la voz de contacto”;

algo así como decir: “Aquí no pasa nada, amigos.

No hay enemigos a la vista.

Podéis seguir tranquilamente comiendo semillas de cardo,

que todo es tranquilidad”.

(Gorjeos del alcaudón)

Y así, lentamente, minuto a minuto,

atrayendo y tranquilizando a los jilgueros,

el alcaudón va a cambiar de lugar.

Se va a colocar en un cardo, cual si fuera otro jilguero.

Y, amigos míos,

cuando los jilgueros han sido engañados,

seguramente el más torpe de la bandada ha caído

bajo el pico de acero del imitador.

Que llevará a cabo después todo su conocido ritual.

Esta vez, va a empalar al jilguerillo

en el corvo pincho de un rosal silvestre,

y allí, evidentemente,

se dedicará a engullirlo, contando con la ayuda inocente de la planta.

Pero no todo son presas para el alcaudón;

hay también presuntos cazadores del alcaudón:

el gavilán.

Ornítofago estricto.

Inverna en los mismos parajes

donde lo hacen los alcaudones y los pájaros.

Y mientras, como siempre,

los alcaudones se dedican a la caza y captura de ratones y de pajarillos

y les engullen infatigablemente

para aguantar las rudas y frías jornadas del invierno,

los gavilanes tratan de localizarles.

Y cuando un gavilán localiza a un alcaudón

a menos de cincuenta metros de distancia,

la suerte del alcaudón está echada.

Quizá la naturaleza emplea este método

para que no haya demasiados alcaudones

y demasiados pocos pajarillos y ratones.

(Graznidos de pájaro)

(Sintonía del programa)

El hombre y la Tierra (Fauna ibérica) - El alcaudón

26:36 08 ago 2020

Uno de los más terribles piratas del bosque mediterráneo, es un pajarillo poco más grande que un gorrión. Capaz de capturar, con su ganchudo pico, ratones, pájaros y otros pequeños vertebrados, se lanza como un ciclón, incluso, contra los alacranes y no vacila en atacar a las serpientes.

Uno de los más terribles piratas del bosque mediterráneo, es un pajarillo poco más grande que un gorrión. Capaz de capturar, con su ganchudo pico, ratones, pájaros y otros pequeños vertebrados, se lanza como un ciclón, incluso, contra los alacranes y no vacila en atacar a las serpientes.

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