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Para todos los públicos Detrás del instante - José Manuel Navia - ver ahora
Transcripción completa

José Manuel Navia es un fotógrafo documentalista

conocido por sus imágenes personales y evocadoras.

Su cámara ha inmortalizado miles de lugares y personas,

muchas de las cuales, le han dejado entrar en la intimidad de su casa

y han compartido con él su historia.

Juanita Martínez fue una de ellas.

Mi idea era era desarrollar un proyecto fotográfico

muy vinculado al problema tan grave, ¿no?

que tiene este país sobre la despoblación.

Quería estar con gente que viviera en estos pueblos

y de alguna manera ver cómo gestionaban esa soledad.

Juanita es de un pueblo, de Villar del Río,

tiene 100 habitantes escasos en invierno.

Me recibió en la cocina,

fuera debía haber como cuatro o cinco o seis grados bajo cero.

Esas maravillosas cocinas

donde recobras un poco el aliento y el alma

cuando hace tanto frío.

Y bueno, fue uno de esos momentos intensos y hermosos, ¿no?

que te regala la fotografía.

Subtitulado por Accesibilidad-TVE.

(TV) Manifestación en Madrid de la llamada "España vaciada",

a las zonas del país que sufren los efectos de la despoblación.

(TV) Es la primera vez que tantos colectivos, unos 90,

se unen para reclamar soluciones.

Hay pueblos que no tienen ni gente, ni médicos, ni nada de nada,

ni industria, algo, vivir, seguir existiendo.

Desde hace unos diez años más o menos

yo vengo trabajando en una comarca muy concreta de Soria,

que es conocida como Tierras Altas.

Entonces, cuando empiezas a trabajar en un territorio,

automáticamente empiezas a buscar contactos,

gente que te pueda ayudar, que te cuente cosas

y en Tierras Altas hay un cura fantástico

que se llama Antonio Arroyo, al que todos llamamos Toño,

que lleva allí 40 años dedicado no sólo a las almas,

sino sobre todo a los problemas de esa gente

y me habló de distintas personas y una de ellas era Juanita.

Y aparecí por allí una tarde de parte de Toño

y a partir de ahí me empezó a contar su vida,

me empezó a contar su historia.

Ella se casó con un hombre

que de muy joven había emigrado a Cuba

y había vivido mucho tiempo en Cuba.

Además no habían tenido hijos, él había fallecido ya

y ella de algún modo hablaba de él con una mezcla de amor y admiración.

Decía "es que él era distinto",

"no era como los otros hombres de aquí", "él me respetaba mucho",

"él me trataba de igual a igual".

Y además gestionaba su soledad de manera un tanto barroca,

con una casa llena de santos, de imágenes, de pequeños altares...

Tenía pequeñas fotos de carné de su marido

junto a una imagen de Cristo.

A mí toda esa iconografía,

toda esa imaginería me interesa siempre mucho.

En Navia hay muchas, muchas imágenes en las que no aparecen las personas,

pero que te están hablando,

te están explicando lo que era la vida antes.

Te están dando, óigame, la historia nuestra está aquí,

está en estas paredes que te hablan,

está en estos objetos que retrato con las paredes.

Fantástico, fantástico.

Juanita fue muy generosa, pasé la tarde,

merendé con ella, por supuesto, me hizo un café,

y hay un momento,

en el que cuando ella me empieza a hablar de su marido,

se levanta para ir a buscar alguna fotografía de él para...,

y yo voy con ella, le digo que si no le importa la acompaño

y entramos en su dormitorio,

que había sido compartido con esa otra persona tan querida.

Entonces me fascina, me quedo cerca de la puerta,

hay una iluminación muy pobre,

una iluminación por una bombilla típica

que a mí esa luz me suele funcionar muy bien, me gusta mucho.

No me importa tanto el retrato del rostro de Juanita

como la atmósfera que yo intento compartir con los demás,

la atmósfera que me encuentro en ese momento dentro de esa casa.

Hay una cosa que él explica, Navia,

que dice "es importante lo que yo te muestro,

pero tanto o más lo que tú ves".

Y es porque una cosa es ver y otra es mirar.

Estas fotos aparentemente más incorrectas o más movidas

me parece que precisamente pueden transmitir más veracidad,

más autenticidad.

Y muchas veces mi manera de trabajar

consiste más que en seguir mucho a la persona

o en quedarme quieto en un espacio amplio

y dejar que la persona se mueva, algo así como un escenario.

Normalmente, todos construimos en nuestro hogar pequeños escenarios

y ella había creado como un micromundo

en el que ella vivía, no sé si la palabra es feliz.

Desde luego transmitía la sensación de vivir en paz consigo misma.

Y ahí vivió pues, mucho tiempo,

hasta que finalmente por la edad sus sobrinas,

porque no habían tenido hijos,

la tuvieron que llevar a una residencia

de una población cercana ya en La Rioja.

Y ahí ha terminado sus días.

Lo que nos ocurre a los fotógrafos constantemente

y sobre todo cuando vas teniendo cierta edad como es mi caso,

es que casi siempre cuando vuelves lo que fotografiaste ya no está.

La fotografía tiene ese componente, ¿no?

Es un poco nostálgica en ese sentido porque lo que fotografiamos

desde el momento en que ha sido fotografiado,

ya es pasado.

Trabajamos con el presente

pero lo convertimos instantáneamente en pasado.

La fotografía de Juanita y otras tomadas no solo en su pueblo,

sino en otros pueblos de esta comarca de Tierras Altas,

como la foto de la bota abandonada y cubierta por la nieve

porque ya se perdió el tejado

o la fotografía de una bandera y un viejo encerado

de una escuela rural, también hecha jirones y abandonada,

las tres forman parte dentro de este discurso

que comentábamos antes ligado un poco al olvido, a la memoria.

Y él dice, y si me permites lo quiero leer, el mismo Navia dice

"de la crisis demográfica vamos a hablar,

una radiografía geopoética".

¡Una radiografía geopoética!, dice, dice José Manuel,

"y visual de un mundo que agoniza".

Pero a la vez dice "esa España interior", la suya,

"esa España interior que se resiste a desaparecer".

El problema de la España vacía es que no está vacía,

si estuviera vacía no habría ningún problema.

El problema de la España vacía es que ahí vive gente,

es poca gente, en muchos casos es gente mayor,

pero están ahí y como están ahí y son personas,

las personas no se pueden reducir a cifras

porque esa es la mayor ignominia que se puede cometer.

Medio siglo antes

de que José Manuel Navia se adentrara

en el pequeño mundo de Juanita,

el interior de una lata de dulce de membrillo

le crearía sus primeros vínculos con la fotografía.

Ahí era donde su abuela Ana guardaba las imágenes de la familia.

Un pequeño tesoro que despertaba su curiosidad

y que todavía conserva.

Mi abuela es una mujer pre-televisión.

Es de esas mujeres para las que contar historias

formaba parte de su actividad cotidiana.

Entonces las latas de membrillo eran, como su propio nombre indica,

unas cajas de hoja de lata y ¿para qué lo usaban las familias?

pues para guardar uno de sus bienes más preciados

que eran las fotografías.

Una diversión era sacar la lata de membrillo

y yo empezar a preguntar a mi abuela

"¿y quién era este, y quién era éste?"

"Y éste era tu abuelo y esta era tu tía

y este era tu bisabuelo."

Todo aquello para un crío era fascinante.

Probablemente el interés por todas estas cosas

a las que he dedicado mi vida y la sigo dedicando

nacieron, cómo no, en esa época.

Entonces, bueno, toda esa riqueza que yo pude vivir en la niñez

acabó con la entrada de la televisión en mi casa.

Es decir, la televisión calló a mi abuela, la mandó callar.

Ya la frase era "no, mamá calla que no oímos".

Y mi abuela no quería oír lo que decían en la televisión,

nos quería contar ella cosas.

Para mí, lo que de verdad tiene que ver con la fotografía

es la literatura

y la literatura era lo que hacía mi abuela.

Pero no obstante, la culpable real de mi interés por la fotografía

es mi madre,

que en un momento determinado de mi vida

decide regalarme un curso de fotografía por correspondencia.

¿A mí qué me atraía de la fotografía en ese momento?

como a cualquier chaval de 12 años que era la edad que yo tenía,

los cachivaches, los archiperres del laboratorio,

es decir, la ampliadora, las cubetas...

Cuando tú has visto revelar una fotografía tradicional

y has presenciado por primera vez

ese fenómeno mágico de coger una cartulina,

meterla en un líquido con luz roja

y que ahí empiece a salir la imagen, eso es droga dura.

O sea tú quedas ahí atrapado para el resto de tu vida.

Al llegar a la mayoría de edad,

José Manuel Navia empezó a trabajar como fotógrafo

en la editorial SM de libros de enseñanza.

Un trabajo en el que estuvo una década

y que le permitió aprender todos los aspectos técnicos del oficio.

Pero luego, sobre todo me enseñó otra cosa, me enseñó a ser persona,

me hizo adulto, me enseñó a viajar.

Yo ya me pasaba semanas fuera de casa

con un coche recorriendo España para fotografiar, qué sé yo,

ermitas románicas del Pirineo...

Entonces yo quería ser un gran reportero internacional

y estaba hasta las narices de hacer fotos de cristos

y de santos y de arquitectura para la editorial,

pero con el tiempo me he dado cuenta que fue un regalo maravilloso.

Para mis padres fue un poco frustración

porque ser fotógrafo en esa época en España, en un barrio,

era un oficio.

Era un oficio no mucho más allá del de mi padre que era panadero.

El sueño de la familia era, hombre,

era la ocasión de tener ahí un abogado, un médico, un ingeniero,

alguien que saque a la familia de pobre y que sea alguien, ¿no?

Encima luego decido estudiar filosofía

que es una cosa que tuve que explicar en casa lo que era,

claro, dice "pero vamos a ver, tenemos solo uno

y nos ha tenido que salir así de raro".

Sin embargo, volviendo al personaje de mi abuela,

eso a mi abuela le daba igual.

Cuando necesitaba una modelo para hacer prácticas

ahí estaba ella

y si su nieto hubiera dicho que iba a ser albañil,

habría sido el mejor albañil del mundo.

Ahí descubrí lo que era el verdadero cariño.

Otra mujer clave en la vida de Navia es su pareja, Carmen Martín.

Pintora de profesión y editora de las imágenes de su marido

forma, junto a Marta Martín, responsable de producción,

el equipo de trabajo de Navia.

Carmen tiene mucho que ver

con el paso del blanco y negro al color

que desde 1983, ha marcado la obra del fotógrafo castellano.

El tema del color ha sido un tema fundamental a lo largo de mi vida,

yo creo que lo ha sido por dos motivos,

por un lado, por un interés personal que no voy a negar

y por otro lado, por precisamente, por compartir mi vida

con una persona como Carmen Martín

que en su faceta de pintora es una obsesa del color,

su trabajo es un trabajo muy cercano a la abstracción

y muy obsesionado en la investigación del color.

Es verdad, que yo pertenezco a una generación

muy de blanco y negro,

toda nuestra formación ha sido en blanco y negro.

Entonces, yo tenía que trabajar en color

pero lo que yo mejor hacía y la fotografía que más me gustaba

era en blanco y negro.

Entonces, hay un momento en que digo, bueno, vamos a ver,

la única manera de lograr hacer algo que valga la pena en color

es dejar de hacer blanco y negro.

En el fondo el juego era, me gustaría saber cómo sería en color

esa gran fotografía que yo conozco en blanco y negro,

¿se podrá hacer en color?

Y eso es lo que me llevó a probar.

Lo que hay que intentar es que el color se convierta en luz.

Que la fotografía no tenga colores

como si fuera una pintura ahí con colorcitos,

sino que sea la luz la que esté dando una tonalidad a la fotografía,

una tonalidad cromática

que termina siendo una tonalidad psicológica o una tonalidad afectiva.

Cuando yo observo las imágenes de Navia,

estoy viendo, por ejemplo, parte de la obra de Johannes Vermeer,

este pintor holandés del siglo XVII.

Esa luz que entra de izquierda a derecha en las imágenes,

esa tonalidad, esa sensibilidad, todo esto está en la obra de Navia.

Por ejemplo, una escena tiene que ver

con el tema de la emigración de Marruecos a España.

Y es una mujer y un hombre que están en una casa de Algeciras

y la luz entra justo por la izquierda,

esa luz de Vermeer trasladada siglos después

y en esa luz la mujer mira a cámara,

la luz que tiene esa mujer es extraordinaria

y el hombre en cambio, se tapa la cara.

Hablando del color, el azul de Marruecos,

el azul de Marruecos de Navia,

el azul de Marruecos de Navia es de piel de gallina,

es de piel de gallina.

Navia era consciente que necesitaba salir de la editorial

para hacer el tipo de fotografía que él quería.

En 1987, obtuvo el prestigioso premio Fotopress

por un trabajo en El Salvador,

tras el terremoto de octubre de 1986.

A raíz de aquel galardón entró a trabajar en la agencia Cover

Y entré en la agencia y estuve cinco años con ellos, del 87 al 92,

que fueron cinco años maravillosos.

Y ahí entendí que una cosa es la fotografía

y otra cosa es el periodismo.

Entonces lo que yo aprendí en Cover,

era esa otra faceta que es construir historias

para ser contadas en los medios de comunicación

que es algo distinto de los libros.

Yo enseguida me fui más al ámbito del reportaje,

al trabajo para los magacines de fin de semana.

En el período de la agencia, digamos que hay para mí,

dos viajes muy importantes y muy iniciáticos,

uno es en 1991 a Marruecos y otro es en 1992 a Guatemala.

Pero en concreto en Marruecos,

para mí es un viaje que me cambia muchas cosas,

de hecho, vuelvo enseguida,

en noviembre estoy otra vez en Marruecos

y desde entonces hasta ahora habré viajado mínimo 20 o 25 veces.

¿Por qué ese viaje es importante?

Primero, porque es conocer un territorio

que va a empezar a definir mis intereses fotográficos,

que tienen siempre que ver con mis raíces.

Como dice Caro Baroja, Marruecos al final es un remedo,

es un espejo de la península ibérica, un poco más pobre.

Por otra parte, ese viaje, ese primer viaje a Marruecos

también me supone todo un cambio desde el punto de vista técnico.

Yo hasta ese momento, primero en la editorial

y luego en el período en el que trabajé en la agencia Cover,

donde también sueles trabajar con muchas cámaras,

con teleobjetivos,

yo sentía que toda esa parafernalia que rodea a la fotografía

para mí era un freno.

En el fondo mi sueño era llegar a poder convertir la cámara

en una agenda, en una libreta de notas,

que la cámara fuera como es la libreta para el escritor

algo que saca para tomar unos apuntes

pero que no interfiere en su relación con el mundo.

Parece una tontería,

pero eso hizo que mi bolsa se redujera mucho de tamaño

para llevar encima de manera natural,

porque yo tenía la sensación y el tiempo me lo va confirmando

que si yo tenía esa relación un poco natural,

un poco orgánica con mi equipo,

también la iba a tener con las personas.

Al año siguiente, cuando viajo a Guatemala en el año 92,

me fui a hacer un poco el mundo de la Guatemala indígena

y ya sí, seguí poniendo en práctica esa manera de trabajar

que tanto me había gustado y que había iniciado en Marruecos.

Fue la gozada de decir,

puedo quitarme todo esto de encima y trabajar mejor.

En 1992, Navia deja la agencia Cover

e inicia su colaboración con la agencia francesa Vu,

relación que todavía mantiene.

Por aquel entonces empieza a trabajar

con los suplementos dominicales de La Vanguardia y El País.

En este último estuvo de editor gráfico en 1995.

Cargo que dejaría un año después.

Había algo de ser editor que me atraía mucho,

que era el trabajar con la fotografía de los mejores fotógrafos.

Pero luego había toda una parte de trabajo de mesa,

que me frenaba mucho, que no, no me atraía.

Pero lo que realmente me hizo dejar ese trabajo de editor

era que no podía fotografiar

y yo llegaba cada noche a casa y soñaba con fotografiar,

era horroroso.

Durante un año, prácticamente no tomé una sola fotografía

y dije, o sea, aquí está fallando algo

no hemos llegado hasta aquí para esto.

En el año 97, la editorial National Geographic

hace un acuerdo con una editorial española en Barcelona

y se empieza a editar la revista aquí

y además deciden hacer una colección de libros sobre toda España,

de libros hecha por fotógrafos de National Geographic

pero deciden poner algunos fotógrafos españoles.

Y la verdad es que fue muy gozoso y todo corrió muy bien.

Y he seguido manteniendo una relación muy estrecha

con la edición española.

(Música)

Ahora en el mundo de hoy, en 2019,

todo es..., se hace a una velocidad absoluta.

Navia es todo lo contrario de esa avalancha de imágenes

tomadas sin sentido, tomadas de una manera banal,

de una manera inconsciente diríamos, ¿no?

Su ritmo de trabajo,

es un ritmo de trabajo en el cual la pausa tiene enorme sentido.

Tiene algo, digamos, muy espiritual en el sentido de...

en sentido zen,

en el sentido de una fotografía de mucha espera,

de mucha observación, de mucho presente.

Tiene una conversación larga con la luz y él espera.

A veces en la profesión hemos comentado

parece que Navia contrata las luces

que contrata las nubes, las luces y sombras.

En ese hablar con la luz

sí que es verdad que él hace la foto cuando él consigue

que la conversación con la luz sea espléndida.

Él sabe encontrar esos momentos

en que la luz tiene esa calidad especial

que él está esperando para su foto.

Me pasó una historia muy bonita trabajando en Argelia

con un muchacho que me acompañaba por la medina de Argel

que es un sitio un poco complicado para moverse

y estuvimos subidos en una azotea, él no entendía nada, horas y horas.

Me decía, pero, ¿por qué no puedes hacer la foto?

Y yo le decía verás.

Bueno, pues yo le tuve al pobre hombre allí esperando

y al final, gracias a Dios, sale el sol, baña la bahía de Argel,

y yo le dije mira, mira, observa ahora

y el chaval, teníais que verle su cara,

es como si hubiera visto a Dios.

Me dijo, a partir de ahora,

no voy a saber mirar las cosas como antes.

Me pareció tan hermoso,

había entendido algo que muchos fotógrafos no entienden,

después de 60 años de trabajo.

Y después Navia tiene una cosa que a mí me interesa mucho

que es que él retrata lo que tiene cerca.

Lo que ocurre es que tal vez tengo un sentido un poco extenso

de esa realidad cercana.

Y no distingue entre España, Portugal.

Es iberista, en un sentido que le interesa el espacio gráfico

de la península ibérica.

Pero claro, eso me ha terminado llevando,

por un lado,

necesariamente al norte de África y al mundo mediterráneo,

por otro lado,

de mano de los portugueses a dar casi la vuelta al mundo

porque los portugueses no pararon quietos.

Digamos que el núcleo de todo mi trabajo estaría

en torno a España y Portugal.

Porque además, tengo pánico a lo exótico,

yo creo que el gran peligro de la fotografía durante mucho tiempo

ha sido lo exótico.

Yo sé que esto que voy a decir,

puede chocar a muchas personas que les gusta la fotografía

pero si a mí ahora mismo me ofrecen ir a hacer el gran reportaje

no sé qué sitio de la India o a China o a las islas Seychelles,

o al cabo Norte

y me ofrecen los mismos medios para irme a trabajar

con tiempo y con calma

a una zona concreta del norte de la provincia de Palencia,

yo sin dudar, elijo el norte de la provincia de Palencia,

no tengo ninguna duda.

(Música)

Para mí la literatura y la fotografía

son dos medios de expresión absolutamente hermanos.

Si hay dos medios que obsesivamente trabajan con el tiempo

son la literatura y la fotografía.

Tiene primero, una formación cultural muy amplia,

porque claro esto no es gratuito,

se alimenta de muchísimas referencias,

y no solo literarias, son literarias, son fotográficas,

son del mundo del arte,

él, tiene un bagaje cultural muy amplio, y lo combina.

Si hay dos, tres, cuatro, cinco nombres indiscutibles

en la historia de la literatura universal

resulta que a nosotros nos ha tocado uno,

que es nada menos que Cervantes, ¿no?

Cervantes es uno de esos brujos inexplicables.

Curiosamente, la primera vez que yo hice un trabajo sobre El Quijote,

sobre los territorios de El Quijote aquí en La Mancha

donde ahora estamos,

fue por un encargo, cómo no, de una revista japonesa.

Y fue la edición japonesa de la revista Newsweek.

Con aquel primer encargo de El Quijote

reenganché yo con otra raíz mía de la infancia

que yo durante años pasé todas las vacaciones

de Semana Santa y de verano

en una casa de una población de La Mancha

de la provincia de Albacete.

Todos esos recuerdos que uno tiene olvidados

vuelven a surgir y empieza una fascinación con La Mancha.

La Mancha como territorio literario es el gran hallazgo de Cervantes.

Es una genialidad,

porque es un territorio en el que nadie se fijaría,

porque La Mancha no tiene nada, pero en ese no tener nada aparente,

tiene todo.

Es el éxtasis del cielo y la tierra sin nada

y en ese no haber nada tienes tú que poner algo

y no digamos si te importa la luz,

en la llanura la luz se produce en estado puro,

con una pureza inigualable.

Ese es el mundo de Cervantes,

ese es el territorio que eligió Cervantes para El Quijote,

que me llevó a hacer distintos trabajos,

no solo sobre El Quijote

sino un poco recorriendo los lugares de la vida de Cervantes

que es lo que me volvió a llevar una vez más por el Mediterráneo.

Navia es una persona que caminando está recordando todo lo que ha leído

y la figura en este caso, por ejemplo, de Miguel de Cervantes,

él va con Miguel de Cervantes

como si Miguel de Cervantes estuviera junto a él.

Yo probablemente no habría viajado si no hubiera leído,

a mí no es tanto la pura curiosidad la que me empuja a viajar,

es la curiosidad por ver cómo es el mundo

del que me hablan los escritores.

Y a partir de ahí,

pues él ha trabajado siempre con escritores

y con los escritores que le han gustado,

con aquellos con los que se ha establecido una buena relación.

Las manos de una mujer mayor que me muestran las fotografías

son las manos de la joven que aparece en la fotografía antigua

y el que le está dando ese beso tan sorprendente

por lo apasionado para la época, es su marido, es el doctor Comesaña,

y ella es Chonchiña

y además, son los protagonistas reales,

la historia real sobre la que el escritor gallego

y buen amigo, Manolo Rivas noveló una de sus obras más conocidas

luego llevada al cine que es El lápiz del carpintero.

Ese beso tan apasionado se explica

porque la fotografía está tomada en México,

es el momento, en el que ambos se reencuentran

en el exilio mexicano.

Para mí, fue muy emotivo que Chonchiña,

entonces vivía todavía, ya ha fallecido,

me recibiera en su casa y me contara todas estas historias

que yo había leído en la novela de El lápiz del carpintero

y ella me contó la versión real.

Al final lo único que intentamos es eso

que la realidad que hemos conocido

fermente de alguna manera en nuestras manos

y dé lugar a algo que pueda no sé...

que pueda emocionar mínimamente a los demás.

Tiene una manera de mirar inconfundible

y además que hace escuela, que hace escuela en fotógrafos

pero que hace escuela incluso en los que miramos sus fotografías.

Yo con la fotografía intento canalizar todo aquello

que no sería capaz de explicar con palabras.

Hay una imagen una fotografía, que la tengo yo en mi casa

que la miro cada día, miro, no veo, miro cada día,

que es un autorretrato.

En esa fotografía del autorretrato

está uno de sus momentos dulces de la vida

que es cuando él desayuna con su café con leche,

con su pastel envuelto con ese papel que él deja sobre la mesa,

con su libreta de bloc y con su pluma estilográfica.

Hay no está la cámara fotográfica,

porque en realidad su cámara fotográfica

como él explica muchas veces, es su bloc de notas.

Es un autorretrato en el que él no sale,

que eso me parece maravilloso, pero sale su vida.

Gran parte de las fotos de Navia son fotografías

que en realidad no representan nada muy significativo

en cuanto al contenido de los elementos que hay en la foto,

lo que es significativo es la atención que él presta

a la combinación de un conjunto de hechos a veces insignificantes.

Y esto repetido sucesivamente, construye un mundo.

La paciencia, el control del tiempo, de la luz

y un amplio bagaje intelectual

explican la obra de José Manuel Navia,

cuyas fotografías describió el escritor paraguayo Roa Bastos

como austeras y despojadas.

¿Cuál es el trabajo del fotógrafo?

Elegir lo que fotografía, quitar.

El fotógrafo no crea sus fotografías poniendo palabras

o poniendo colores como hace el escritor

o como hace el pintor,

el fotógrafo hace sus fotografías mirando al mundo

y decidiendo qué quiere y qué no quiere, es decir, eligiendo.

Todo es coherente en la obra de Navia.

Y es coherente, porque él vive austeramente,

él retrata austeramente.

Hay dos normas de oro,

una que menos es más y eso siempre es así

y dos, que todo lo que no suma, resta.

Podemos decir que gente como Navia,

igual que Cartier Bresson, igual que otros muchos fotógrafos,

muchísimos en la historia de la fotografía,

lo que han hecho básicamente

no ha sido ayudar a formar fotógrafos,

ha sido a ayudar a formar personas que saben mirar mejor.

Si yo ahora tuviera mi propia lata de membrillo,

¿qué habría en ella?

Buah, no sé lo que habría en ella,

pero me conformaría con que lo que hubiera en ella

fuese capaz de transmitir una mínima parte de la emoción

que me transmitió a mí lo que había en la lata original.

Subtitulación realizada por: Rosa M. Romero Ayuso.

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Detrás del instante - José Manuel Navia

12 feb 2020

José Manuel Navia es un fotógrafo documentalista conocido por sus imágenes personales y evocadoras. Su cámara ha inmortalizado miles de lugares y personas, muchas de las cuales le han dejado entrar en la intimidad de su casa y han compartido con él su historia.

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