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Para todos los públicos Detrás del instante - Gervasio Sánchez - ver ahora
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Gervasio Sánchez es un fotoperiodista

que, desde mediados de los 80, documenta conflictos armados.

Su mirada se centra, por encima de todo,

en las víctimas que han sufrido las consecuencias de esa violencia.

Algunas de ellas, como Mónica Paola,

se cruzaron en su camino y se convirtieron

en mucho más que una imagen.

(Explosión)

(Disparos)

La historia de Mónica es la historia de un desastre más

de tantos que hay en el mundo, de una persona anónima.

Quería una historia nueva de un problema de aquel tiempo.

Y cuando vi a Mónica, me di cuenta

de que era la historia que quería hacer.

Mónica Paola es un ejemplo del fracaso de un estado

cuando se trata de proteger a sus víctimas.

La experiencia te permite, con muy pocos datos, elegir

hacia dónde quieres caminar.

¡Fuego!

(Disparos)

(Silbato)

En noviembre de 2016, el acuerdo de paz

entre el estado colombiano y la guerrilla de las FARC

ponía fin a un conflicto de más de medio siglo

que se ha cobrado millones de víctimas.

Actualmente, miles de minas antipersona

siguen enterradas en las zonas rurales,

aumentando a diario las cifras de muertos y heridos

por estos artefactos explosivos.

(Explosión)

Colombia, entre 2005 y 2008,

se convirtió en el país con más accidentes por minas del mundo.

Era un problema gravísimo en el país.

Mutilados civiles, especialmente,

que estaban regresando a una zona donde ya no había guerra

y acababan siendo víctimas de las minas.

Mónica, con 8 años, venía del colegio con su papá,

cuando le entraron ganas de orinar, se salió del camino.

Y al incorporarse,

su pie quedó bajo unos hierbajos y al dar un paso hacia delante,

tropezó, cayó al suelo, puso las manos

para no golpearse y activó una mina.

Salvó la vida, pero se quedó ciega y perdió una mano.

Su situación le obliga a acabar en una especie de centro

en Bucaramanga, Colombia.

En un centro llamado Jesús de Nazaret.

Vivía con otras personas mutiladas y las fotografías

que hice en 2005-2006, que publiqué en 2007,

están centradas en su vida cotidiana de aquel tiempo.

Iba al colegio.

Vivía en este centro Jesús de Nazaret.

Ahí comía...

Se lavaba, dormía.

Y era la vida cotidiana de ella junto a otros compañeros.

Cuando yo la conocí, estaba estudiando en la primaria.

Tenía un profesor de braille. Pero en realidad, era un profesor

que dedicaba muy poco tiempo a estar con ella.

Yo insistía mucho a las personas que dirigían ese centro

que la clave era que Mónica

pudiera tener un profesor más tiempo.

A veces, tienes que buscar símbolos.

Entonces, vi un interruptor.

Un interruptor es un lugar donde hay luz.

Y ella es ciega.

Y me parecía que con muy pocos datos,

con un interruptor y un retrato,

se pudiese mostrar esa especie de paralelismo

entre la luz, que tanto nos importa a todos,

y la falta de luz que ella sufre.

Aparte de ver una chica joven de ocho años,

amputada y ciega,

a mí lo que me afectó de otra manera

es que podría ser la foto de mi hija.

Y eso provoca una cercanía.

Desde entonces, la he ido viendo de manera no regular,

pero tampoco interrumpida, hablamos del paso de 12 años.

Ha pasado a ser de una niña a una mujer adulta.

El compromiso en Gervasio es con la vida.

Él tiene un compromiso con todas aquellas personas

de las que el fotógrafo se siente responsable.

La verdad es que es una historia que a mí me preocupa mucho.

Creo que su evolución es negativa.

Dejó de estudiar, cosa que fue un error por su parte.

Su historia también es una historia

en la que hay poca actividad.

Ella pasa las horas del día esperando.

Esperando que pase algo que nunca pasa.

Gervasio se siente también responsable de ofrecer

a la sociedad una visión diferente, complementaria.

Y es la del compromiso con la sociedad civil.

Mónica pertenece a un hogar totalmente desestructurado.

Tú puedes, quizá, evolucionar en una familia desestructurada

si te van bien las cosas.

Si se te cruza una mina en tu vida y te destroza,

es difícil que puedas sobrevivir.

Si, al mismo tiempo, el estado incumple sus obligaciones,

hace que todo esto se acabe convirtiendo en un problema.

Porque la vida de esa persona,

después de encontrarse con una mina, sigue.

Con todas las dificultades que eso implica de integridad física,

emocional, psíquica.

Dificultades del trabajo. Dificultades de relación.

Es un trabajo de largo término

que nos ofrece una visión no diré más importante,

simplemente, una visión más escasa.

Y ese es un testimonio

al que no estamos acostumbrados.

Es difícil buscar cómo puedo narrar una historia de dolor

de una niña que ha evolucionado

y que hoy es una adulta, pero que sigue actuando como una niña.

Y la responsabilidad es del estado colombiano,

que no ha impedido que una niña

quede herida para siempre por una mina.

Lo mínimo que puede hacer el estado es protegerla.

Al no protegerla, fracasa.

Gervasio Sánchez nació en Córdoba.

Se formó en Cataluña y reside desde hace años en Zaragoza.

Sus inicios como fotoperiodista

vienen precedidos por una adolescencia

donde se combinan los deseos de viajar

con una prematura vida laboral.

Uno se pregunta porque llegas a obsesionarte con viajar.

Cuando era muy niño, coleccionaba sellos.

Me sabía todas las capitales,

mucho mejor que las tablas de multiplicar.

Y los sellos me llevaron a viajar con la mente.

Mi mala suerte quizá fue no tener infancia.

Y mi suerte fue poder trabajar desde los 11 años.

Mi abuelo era el cartero

de un pequeño pueblo de Tarragona, Hospitalet de l'infant.

Yo era su ayudante, su ayudante de facto.

Y a partir de los 15 años, empecé a trabajar

en un restaurante en la playa del Milagro, en Tarragona,

que me permitió ahorrar el dinero suficiente

para hacer los primeros viajes de mi vida.

Gervasio Sánchez trabajó sirviendo paellas

para financiarse sus proyectos

y esto es algo habitual en bastantes fotógrafos.

Al principio trabajaba porque necesitaba ayudar en mi casa.

Después trabajé para pagarme los estudios universitarios

en la Autónoma de Barcelona.

Y a partir de 1984,

empecé a viajar a Centroamérica.

El primer viaje fueron tres meses a El Salvador,

a Guatemala y a Nicaragua siendo periodista ya licenciado.

Y todo lo pagué con lo que había ahorrado

durante la época de verano.

Y hasta el año 1991,

en agosto, hasta el 28 de agosto del 91,

trabajé de camarero.

De hecho, justamente, acabé mi última temporada,

17 años trabajando de camarero.

Y me fui a la guerra de Croacia.

En abril de 1990, en Perú,

cuando ya publicaba sus fotografías

en numerosos medios de comunicación

y todavía financiaba sus viajes trabajando de camarero,

Gervasio Sánchez tendría una conversación con Gilles Peres,

fotógrafo de Magnum que marcaría su carrera.

En aquellos tiempos, llevábamos una carpeta

con nuestras mejores fotografías.

Y le pedí a Gilles si podía evaluar un poco mi trabajo.

Me miró las fotografías, las que había publicado,

las portadas de los diarios más conocido de España y el extranjero.

Y me fulminó. Me dijo que por ese camino no iba a ninguna parte.

Que eran imágenes del montón, que contaban lo de siempre.

Que no tenían personalidad.

Y me dio dos consejos: que buscara mi forma de contar las cosas

y me aconsejó que me pasara al blanco y negro.

Casi no pude dormir en toda la noche.

Al día siguiente no bajé a desayunar

por no coincidir con él.

Decidí pasarme todo el día en una huelga de brazos caídos.

En vez de hacer fotografías, miré cómo él fotografiaba.

Ese fotógrafo me hizo el favor de mi vida.

Que reflexionara mucho más y consiguiera

contar las cosas de otra manera.

Y empecé con el blanco y negro.

Durante los siguientes años,

primero hacía el color, lo que vendía.

Y cuando tenía tiempo, hacía blanco y negro.

Fue como empecé en Sarajevo.

(Disparos)

Gervasio Sánchez cubrió el cerco de Sarajevo,

el más prolongado de la historia moderna.

Un cerco del que nacería su primer libro,

repleto de imágenes del conflicto

que tuvo lugar en una sociedad que llevaba años en paz.

De repente, en el año 91, todo salta en mil pedazos.

Y empiezas a ver escenas que te recuerdan

la memoria de tu abuelo y la guerra civil española.

Cómo los ciudadanos nos convertimos en sanguinarios

cuando todo se desmorona.

Personas del montón, que no matarían ni a una mosca

en circunstancias normales, se convierten en violadores,

en repugnantes asesinos.

En gente que te puede matar al vecino por una idea estúpida.

Por un concepto.

8 de junio de 1992.

Los bosnios intentan abrirse paso

en pleno cerco de Sarajevo. Los serbios bombardean la ciudad.

Y estos dos jóvenes de la defensa territorial

están llorando porque acaban de recibir la noticia

de que el hermano de uno de ellos acaba de morir.

Es muy raro ver a soldados llorando en las guerras.

Sueles ver a mujeres y niños.

Esta fotografía se tomó el julio de 1993.

En Sarajevo. Creo que era...

La 25 o 30 vez que entraba en esa biblioteca.

Yo entraba muy a menudo porque era un lugar que me gustaba visitar.

Y ese día...

había una luz muy especial.

Cuando me preguntan si esto es arte, fotoperiodismo.

Fotografía documental.

Suelo decir irónicamente que esto es un churro.

Salió por churro.

Me habían robado todas mis cámaras.

Había recuperado parte de mis cámaras y no pude medir la luz.

Pero vi que había una luz muy potente.

Cuando salí a la calle después de hacer las fotos,

intuí que las fotos que había hecho antes no eran buenas.

Salí corriendo, entré dentro de la biblioteca otra vez.

Y me encontré el haz de luz con la techumbre destrozada.

Me di cuenta de que la foto era muy potente.

Una fotografía icónica.

El trabajo de Gervasio Sánchez en Centroamérica,

los Balcanes y África es una denuncia

de los devastadores efectos de los conflictos en la población.

Y muestra empatía con todos los que sufren.

Todavía no me he sentido desencantado

por la única verdad de la guerra, que son las víctimas.

Hay que sentir el impacto del dolor de las víctimas.

Algo de ti tiene que morir en cada cobertura.

Si no, yo voy a ser incapaz de transmitir con decencia.

Siempre que tengo dudas, me alío con las víctimas.

Y quiero estar a su lado.

Quiero sentir su testimonio, quiero ser golpeado por su dolor.

Por eso, cuando vuelves de un conflicto,

no te interesa lo que te rodea.

Hay personas que van a la guerra por muchas razones.

La fama, la aventura.

Querer contarlo en la barra del bar de enfrente.

Algunos van a la guerra para luego ligar.

Y esta gente no tiene ni idea de lo que es sufrir.

No tienen ni idea de lo que es ser una víctima

desde que naces hasta que mueres.

Yo no quiero ser así.

No se me ha perdido nada en la guerra.

Para mí el momento más duro de una cobertura

es darle al cero en el ascensor de mi casa.

Los constantes viajes de Gervasio y su trabajo como fotógrafo

han marcado su vida familiar.

Los dramas de los que ha sido testigo en diferentes conflictos

condicionan, inevitablemente, su mundo más cercano.

Yo fui padre con 38 años.

Llevaba casi dos décadas trabajando en zonas de guerra.

Estaba harto de ver morir a niños.

Había visto combatir a niños soldados.

Había visto a niñas violadas.

Todo esto formaba parte de mi catálogo del horror.

Entonces, te planteas tener un hijo con tu pareja,

pactas un poco las condiciones.

Nació entre un viaje a Mozambique y un viaje a Bosnia.

Mi primer viaje tenía 21 años recién cumplidos.

Mi hijo, cuando cumplió 21 años, conocía 35 países.

Estuvimos en Sierra Leona y sus amigos eran niños soldados.

Estuvimos en Camboya y sus amigos eran víctimas de minas.

Y niños y niñas afectados por la polio.

Creo que si alguna vez tengo que sentirme orgulloso de algo

es de haber intentado que mi hijo

se haya topado con las contradicciones de este mundo.

Uno de los grandes proyectos documentales de Gervasio

es "Vidas minadas",

donde denuncia el drama de las minas antipersona.

Desde 1995, realiza un seguimiento a jóvenes víctimas.

Estaba en un momento de mi vida profesional en que necesitaba

encontrar otro tipo de historias.

Estaba harto de la guerra.

En Angola me di cuenta del impacto de las minas contra los civiles.

Sobre todo, después de las guerras, que es cuando se produce

el movimiento de la población que regresa a sus casas.

Es cuando se activan las minas que los combatientes

han dejado olvidadas.

Decidí que en cada uno de los países a los que iba a acudir

iba a buscar una historia personalizada.

Varias organizaciones humanitarias me ayudan a financiar el proyecto

y durante los siguientes dos años trabajo en ese proyecto.

Y me encuentro que en Camboya,

que es donde empiezo la primera historia, enero del 96,

un muchacho al que una mina mata a su mejor amigo

y a él lo hiere.

Dos meses después me lo encuentro en Sarajevo

en marzo del 96, tres meses después de acabar la guerra,

entre la vida y la muerte.

Después viajo por diferentes países.

Y acabo encontrando a otra niña, como Sophia,

que con 11 años había perdido las dos piernas

y su hermana había muerto.

Ahí me doy cuenta de que hay que contar las cosas de otra manera.

Y me encuentro que soy capaz de narrar

"Historias de vida", que cuando lo presento en noviembre del 97,

tiene un gran impacto.

La recurrencia de Gervasio en tratar una y otra vez

el mismo tema, de profundizar en él, de volver sobre ellos,

una y otra vez, habla, sobre todo,

de una idea del periodismo que no es el corto y rápido,

pasar por encima y olvidar los temas.

Por tanto, centra su estrategia comunicativa

en unos cuantos temas que domina y que no deja escapar.

Yo llevaba unos años

interesado en la temática de las minas,

cómo afectaban a la población civil.

Llamé a Gervasio.

Y él estaba prácticamente finalizando

la edición de ese libro.

A la que nos sumamos desde la editorial.

Cinco años después, ves la evolución de esa persona,

cómo ha mejorado esa persona.

10 años después se hizo otro libro.

Y, si no me equivoco, en 2022,

serán los 25 años y publicaremos un libro sobre los 25 años.

Otro de los temas que Gervasio Sánchez ha tratado

en profundidad durante años es el de los desaparecidos,

que ha abordado en numerosos países,

incluida España, donde nunca antes había trabajado.

A partir de 1998,

empecé a construir este proyecto en el que estuve trabajando

prácticamente 13 años en 10 países del mundo.

Quería demostrar que es el mayor drama de una guerra.

Las guerras acaban, los muertos se han enterrado,

los heridos se curan, los puentes destruidos

se intentan reconstruir.

Pero ¿qué pasa con los desaparecidos?

Yo he conocido

miles de familiares de desaparecidos.

Y todos dicen: "Hubiera preferido encontrar a mi ser querido

en las circunstancias más terribles".

Incluso, decapitado.

Incluso, destrozado.

En las circunstancias más brutales

antes que vivir sin saber dónde se encuentran.

Un estado, como el español,

el salvadoreño, el chileno, que no hace justicia

con estos ciudadanos,

es un estado que consolida la impunidad,

la violencia y el olvido.

El libro "Desaparecidos"

tiene un segundo tomo, que son retratos de cientos de personas

que son las víctimas familiares de las víctimas mortales.

Y todas esas personas tienen nombres y apellidos.

Y creo que es muy importante insistir

en el nombre y los apellidos de cada una de las victimas.

Si no, todo queda en una nebulosa.

En todos los conflictos armados que ha cubierto,

Gervasio Sánchez ha sido consciente

del peligro que implica el ejercicio de su profesión.

Se lo recordaron siendo muy joven.

La primera vez que llegué a El Salvador, en 1984,

me enseñaron la lista

de periodistas amenazados de muerte.

Gervasio ha perdido muchos amigos, compañeros,

en distintos conflictos.

Y esa es una de las cosas que más le han afectado.

Miguel Gil trabajaba para una agencia de televisión.

Viajaba con un grupo de periodistas

que acompañaban a los soldados del gobierno de Sierra Leona.

Hubo una emboscada y murieron seis personas.

Cuatro soldados, Kurt Schork, de Reuters, y él.

A Miguel Gil lo conocimos en los Balcanes,

cuando llegó siendo un joven abogado a trabajar

después de dejar un prestigioso trabajo en Barcelona.

Cuando acabó la guerra de Bosnia,

nos encontramos en conflictos africanos y en Kosovo.

Quieras o no, las relaciones se establecen muy fuertemente.

Hay unos vínculos especiales cuando trabajas en zonas de conflicto.

Menos de 48 horas antes de que lo mataran,

cenamos juntos, hablamos de proyectos.

De qué íbamos a hacer con nuestras vidas.

Estuve a punto de ir con él la mañana que sufrió la emboscada.

Y al día siguiente es bien duro

encontrarte a uno de tus amigos en una morgue, muerto.

Esa fue una jornada, evidentemente,

la peor jornada de mi vida profesional.

Reporteros sin Fronteros ha pedido a la justicia internacional

que considere crímenes de guerra los ataques a periodistas

en zonas en conflicto.

Solo en Siria hay 40 periodistas secuestrados.

Entre ellos, tres españoles:

Marc Marginedes, Javier Espinosa y Ricardo García Vilanova.

La única vez en mi vida que me he planteado

no cubrir un conflicto ha sido con Siria.

Siria quizá sea el lugar

donde el periodista extranjero se ha convertido en un negocio.

Te secuestro bien para pedir un rescate

o para utilizarte para mi lucha ideológica.

Para mostrarte como un trofeo. Para degollarte públicamente

y demostrar mi poder.

Y como además, en el caso de Javier Espinosa

y de Ricardo García Vilanova ejercí

de portavoz de las familias,

siento todavía más lo que han significado esos secuestros.

Les secuestradores de una treintena de periodistas,

18 extranjeros,

hacen que la cobertura de Siria sea cada día mas imposible.

Durante los secuestros de los periodistas

europeos, especialmente, los españoles,

hubo momentos en los que yo me temí

que el desenlace iba a ser el peor posible.

Gervasio Sánchez ha sido galardonado con numerosos premios.

Entre ellos, el Premio Nacional de Fotografía en 2009.

A pesar de todos estos reconocimientos,

a menudo, de organismos oficiales,

él no ha dejado de criticar los intereses económicos

que hay detrás de los grandes conflictos

y la hipocresía de muchos políticos.

No es posible que los periodistas nos convirtamos

en comodines de los poderes políticos

y económicos, que es en lo que nos hemos convertido

la mayor parte de los periodistas y la mayoría de los medios.

Por mucho que queramos contar películas.

Hemos dejado de hacer nuestro trabajo hace muchas décadas.

Me pone de los nervios que me llamen periodista comprometido.

Periodista activista.

Periodista incómodo, incluso.

Yo soy periodista, a secas.

Para mí el periodismo es compromiso.

Y cuando tengo la posibilidad de decir lo que considero

conveniente en los minutos que me dejan hablar, lo digo.

Y dedico mucho tiempo a pensar qué voy a decir y cómo.

Porque lo que me pide el cuerpo muchas veces

es no hacer discursos educados.

Lo que me pide el cuerpo es llamarles lo que piensas de ellos.

Lo que me pide el cuerpo es llamarles hijos de puta.

Ladrones.

Negociantes de la muerte.

Inversores de la muerte.

Eso es lo que son.

España, un país en plena crisis durante la última década,

en lo único que hemos avanzado es en tema de armas,

hasta el punto de convertirnos en una de las potencias.

Su pasión, espíritu crítico y denuncia constante

han influenciado a muchos jóvenes fotógrafos.

Algunos han pasado por el seminario de fotografía de Albarracín,

que Gervasio Sánchez dirige desde 2001.

Toda la gente que se acerca a Albarracín

a recibir las enseñanzas que él organiza,

tiene confianza en él plenamente.

Porque lo que les llama la atención

es esa claridad, esa valentía

y ese conocimiento de lo que está haciendo.

El poder, en un lugar como Belchite,

mostrar imágenes

de las guerras balcánicas

entre las ruinas de nuestra guerra civil

es algo muy emocionante.

Aunque las guerras estén muy alejadas,

forman parte de nuestra memoria.

Aunque las guerras estén a miles de kilómetros,

tenemos una responsabilidad en esas guerras,

directa o indirectamente.

Aunque las guerras estén muy lejos,

hay que tener cuidado para evitar que se produzcan cerca.

Muchas fotografías de Gervasio son como un puñetazo.

Por eso son necesarias.

Porque nos recuerdan barbaries

que pueden ocurrir, además, en cualquier sitio.

La fotografía de Gervasio es honesta.

Es profundamente honesta.

El tipo de fotografía que hace tiene una razón de ser.

Y es abordar la realidad, estar allí, enseñarlo,

y que aquello actúe y transforme a la sociedad.

Mi forma de sentir, vivir el periodismo,

24 horas al día,

me ha hecho mejor persona.

Me ha hecho más solidario.

Más autocrítico.

Más crítico con los poderosos.

Entonces, estoy vivo,

mis mejores amigos están muertos,

ejerciendo el periodismo con mayúsculas.

Un oficio muy pisoteado cada día.

Que es más necesario, aunque cada vez tiene menos influencia.

60 años es una edad ya razonablemente importante

para pasar revista después de casi cuatro décadas de trabajo.

Y no me puedo sentir defraudado conmigo mismo.

Me siento, incluso, satisfecho conmigo mismo.

He tenido la suerte de poder contarlo.

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Detrás del instante - Gervasio Sánchez

04 mar 2020

Gervasio Sánchez lleva cuatro décadas cubriendo conflictos armados y hablando de historias como la de la pequeña Mónica Paola, una niña colombiana de ocho años a la que una mina antipersona dejó ciega y le mutiló una mano. Desde el primer día que la fotografió supo que sus vidas correrían paralelas.

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