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No recomendado para menores de 12 años
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Música

Voces de alarma y alboroto en la distancia

¡Santidad!

¡Apresuraos, por el amor de Dios!

Debemos partir hacia Orvieto cuanto antes.

¡Los imperiales no tardarán en entrar!

A todos los príncipes de la Cristiandad.

Yo, Clemente VII, sucesor de Pedro,

denuncio ante vuestras altezas los crímenes perpetrados

en la santísima Roma por Carlos, emperador del Sacro Imperio.

Que la Cristiandad entera escuche mi ruego de justicia y auxilio

en este momento de dolor e infortunio.

No permita el hombre que esta ofensa a Dios quede impune.

Corpus Christi.

Os aseguro que monseñor no pisará nunca más la corte.

Ojalá lo de Roma quedara saldado con el desdén de un obispo descarado.

Vos no sois culpable de los desmanes de un atajo de malhechores.

Malhechores o no, combatían por mí, el emperador. El Defensor de la fe

al que, hoy, la Cristiandad considera peor que a un hereje.

Los libelos contra vos corren por doquier.

- Debemos atajarlos con premura. - ¿Cómo?

Tenéis en el reino plumas capaces

de refutar tamaños infundios con buenas razones.

Hagámoslo. Todas las cortes europeas han de saber de vuestro pesar

- y de vuestra condena al saqueo. - ¿Bastará?

Las palabras dañinas con palabras más sabias se combaten.

No obstante, ayudaría también liberar a su santidad.

Vuestras tropas lo mantienen cercado en Orvieto.

¿Para que siga tramando contra mí?

Recuperaréis el favor de los nobles de Castilla.

- ¿Acaso lo he perdido? - No, mi señor.

Pero hay quienes se preguntan a qué rey sirven,

que se atreve a atentar contra la cabeza de la Iglesia.

La liga de mis enemigos es más débil con él aislado.

Démosle tiempo.

Que medite sobre sus actos.

Todos somos pecadores.

Su santidad no lo es menos que yo.

Escuchad: El que yaciera con la mujer de su hermano cometerá pecado.

¿Veis? Mis argumentos son justos.

¿Qué teólogo podría negarme la anulación?

Alteza, debéis leer esto.

Lo envía el santo padre.

Reclama vuestra ayuda para romper el cerco de las tropas imperiales.

Pronto olvidó que me negó la suya.

Ya le advertí que nos echaría en falta.

Sin embargo,

considero que os conviene socorrerlo.

¿Pretendéis que envíe mis tropas a Italia?

Imaginad el costo de semejante campaña.

Su santidad quedaría en deuda con vos.

¿No habría de satisfacerla?

Sois mi canciller, por san Jorge.

Encontrad la forma de librarme de Catalina sin arruinarme.

Entonces,

no vayáis solo.

Mi señor, escuchad a mi fiel Cromwell.

En Italia, aprendió todo cuanto ha de saberse

sobre nadar y guardar la ropa.

Estrechad los lazos con el rey de Francia

y marchad juntos contra los imperiales para liberar al papa.

Ese arrogante de Francisco querrá llevarse todo el mérito.

Yo lo evitaré. Confiad en mí.

Os aseguro que Inglaterra será la abanderada de tan sagrada misión.

Nadie habrá en la Cristiandad que os haga sombra.

¿Estáis seguro de que esa sabandija bastarda me concederá la bula

si le devuelvo la libertad?

No hallaréis argumentos teológicos más poderosos

para conseguir vuestros fines.

¿Podéis explicarme por qué no consigo hablar con mi esposo?

Numerosos asuntos de estado ocupan a su alteza.

¿Entre ellos se encuentra prohibir que me lleguen las cartas de mi hija?

¿No le basta con quitarme uno a uno mis privilegios?

¿A qué fin tanta crueldad?

Aveníos a razones y las aguas volverán a su cauce.

¿Cómo podría si, haciéndolo, privo a mi hija de su herencia?

¡La legitimidad de María jamás será moneda de cambio!

En ese caso, señora, disculpad. Otros asuntos me reclaman.

¡No cederé!

¡Enrique no se saldrá con la suya!

Procurad estar a resguardo cuando así lo entienda.

Un día, reverencia,

mi desgracia

será la vuestra.

En su infinita sabiduría, Dios está sometiendo al papa a una dura prueba.

Y, mientras, nos concede una oportunidad de oro.

La infamia de sus tropas convierte al emperador en un apestado.

Un apestado cuyas arcas están vacías.

Y Francia no desoirá la llamada de socorro de su santidad.

Para ello, invadiremos Italia.

Un nuevo ejército entrará por el norte y recuperará el Milanesado.

Una vez asegurada la posición en el ducado, avanzaremos hacia Orvieto.

Conviene que el sumo pontífice regrese a Roma

escoltado por tropas francesas.

¿Cómo impediréis que el emperador envíe refuerzos desde el sur?

Sitiando Nápoles por mar y tierra.

¿Por el mar?

- ¿Con qué armada? - Con la del almirante Andrea Doria.

Ese genovés vende caros sus servicios.

Y ya hemos perdido bastante en esta guerra.

Por Dios, madre. Olvidaos ya del traidor del borbón.

Encontraré los fondos necesarios.

No es prudente ir más allá de las propias fuerzas.

¿Ahora me exigís prudencia? Me forzasteis a atacar a Carlos

cuando mi ventaja sobre él era mucho más endeble.

¡Ahora tengo la ocasión de derrotarlo y, al mismo tiempo,

de alzarme como caudillo de la Cristiandad!

No lo niego. Tan importante sería el triunfo militar como el político.

Mis tratos con el turco han empañado mi gloria.

Esta victoria le devolvería su esplendor.

Haré lo imposible para lograrla.

Sosegaos, madre. No estamos solos en esta empresa.

Supongo que sois el cardenal Tavera, a quien debo presentar mis respetos.

No erráis. Espero que hayáis tenido una buena travesía.

Tediosa, pues el ansia de defenderme parecía alargar las jornadas.

He traído algunos presentes para el emperador.

Vos aguardaréis hasta que se os requiera.

Bienvenido sea el oro.

Pero su presencia aquí no podía ser menos oportuna.

¿Tenemos noticias del proceso contra él en Nueva España?

Todavía no. Pero ese hombre se ha demostrado traidor a la Corona.

Majestad. Prometisteis justicia para todos vuestros súbditos.

¿Quien tanto os ha aportado no merece defenderse?

Que el brillo del oro no os impida ver el desacato.

Por mucho que la Corona precise estas riquezas.

¿Qué he de hacer, entonces, con ese Cortés?

(SUSPIRA) No escucharé sus razones

hasta que nuestros pesquisidores envíen sus informes.

Entonces, le concederé el derecho a explicarse.

Prometí justicia. Es cierto.

Por tanto, si es culpable, pagará por ello en el cadalso.

Majestad, temo no traer las mejores noticias.

Representantes de Francia e Inglaterra han entrado en Aragón.

Solicitan salvoconductos y escolta para llegar hasta aquí.

Conceded a los embajadores lo que piden.

Se trata del canciller de Inglaterra y del condestable de Francia.

(RESOPLA)

Tenéis una deuda conmigo y pienso cobrarla.

Yo no tengo la culpa de que seáis tan mal jugador de cartas.

¡Maldito Pizarro...!

¡Primo!

- Me alegro de veros sano y salvo. - Y yo de veros de una sola pieza.

No pocas fatigas he sufrido en esa tierra que llamamos el Perú,

pero todas quedan atrás. También he sabido de las vuestras.

No solamente hemos de luchar contra los elementos, sino contra...

nuestros enemigos, que están en todas partes y se cruzan en nuestro camino.

Su majestad no os recibirá por el momento.

¿Tiene mi soberano la menor idea

del viaje que he hecho para postrarme a sus pies?

Tendréis que esperar. Dad gracias.

No esperaba veros en esta compañía, reverencia.

¿Qué os trae ante mí?

Majestad, no contento con haber hecho preso a mi señor, el rey de Francia,

ahora, tenéis cautivo a su santidad, el papa.

Como representantes de los príncipes cristianos,

os exigimos su libertad.

Me sorprende que vuestro señor me haga reclamaciones

- cuando él no cumple lo pactado. - ¿Qué venís a buscar? Sed claros.

Mi señor, el rey Enrique, os advierte que empleará la fuerza

para liberar al sumo pontífice si es preciso.

Tampoco el rey de Francia tolerará por más tiempo este trato.

Ceded o no dudaremos en lanzar a nuestros ejércitos contra vos.

Vuestro señor no ha dejado de hacerme la guerra ¡ni un día, en seis años!

De modo que, ahora que me avisa, mejor me defenderé.

En cuanto a vos, reverencia, nunca me obligaréis a hacer por la fuerza

nada que yo no quiera hacer por mi propia voluntad.

¿Debo suponer que todo está dispuesto?

Las naves de Andrea Doria navegan ya hacia su destino.

Excelente. Buscábamos la guerra y ya la tenemos.

Nada nos retiene aquí, entonces.

Adelantaos. Todavía tengo un encargo de mi rey por cumplir.

¿Cuál es el estado de nuestras fuerzas?

Es el estado de nuestras arcas lo que debe preocuparnos, majestad.

Me obligan a emprender una guerra que no deseo y que no puedo costear.

Y con el turco a las puertas del Imperio.

No he procurado más que mantener la paz

entre los príncipes cristianos, a riesgo de parecer necio.

Mientras la ambición y la envidia no permiten

que Francisco vea quién es el verdadero enemigo.

En una ocasión, os rogué que no negociarais con Francia.

Pero, ahora, os sugiero todo lo contrario.

No volveré a sentarme con él. Su palabra nada vale.

Negociad con el papa, entonces.

Atraed al santo padre a vuestro lado.

Ofrecedle una salida honrosa que no vulnere ni su dignidad ni la vuestra.

De lograrlo, vuestros enemigos quedarían sin argumentos.

Mi señor, la reina tiene razón. ¿Qué podemos perder por intentarlo?

Disculpad si os importuno, pero buscaba la ocasión de hablar con vos.

Bastante os hemos escuchado. No sé qué más podríais añadir.

El asunto que me trae ante vos solo podría entenderlo una madre.

Hace mucho que mi señor no tiene noticias del delfín y de su hermano.

Solo él es culpable de la situación de sus hijos.

Apelo a vuestro corazón para que me autoricéis a verlos

y me sea posible transmitirles el amor de su padre, que no los olvida.

Os facilitaré esa entrevista.

Pero no estaréis solo.

Disculpad, majestad. Traigo lecturas que espero plazcan a la reina.

- ¿Qué lecturas? - Poemas.

Hoy, luce un hermoso sol.

Sí.

Y el viento trae olores de la sierra.

Ordenad que ensillen una montura para mí.

Esperad.

Ensillad otra para vos. Me acompañaréis.

Quiero hacer un donativo a los jerónimos.

Puerta

Ego te absolvo. In nomine Patris et Filii et Spiritus Sanctii.

Amén.

No es tarea fácil ganar la guerra sin estar en paz con Dios.

Os agradezco que hayáis requerido mi compañía, majestad.

Para mí, es un honor.

¿Cuándo entrasteis a servir a mi madre, la reina, en Tordesillas?

Un día de San Simón Apóstol, cuando cumplí 11 años.

Sé de vuestra lealtad.

Sois un hombre honrado. De no ser por vos,

la emperatriz habría abandonado Castilla sin yo poder impedirlo.

Solo procuré servir a ambos del mejor modo, majestad.

Habrá cambios en la casa de mi esposa para avenirse a los usos de Castilla.

Quiero que, a partir de ahora, seáis su caballerizo mayor.

- No sé cómo os lo podré agradecer. - No será preciso.

Despidámonos de este lugar de recogimiento.

Debemos volver a la corte.

¿Cómo que han olvidado su propia lengua?

¿Pensáis que el emperador ha conseguido atraerlos hacia sí?

Calculé mal el peligro al que los exponía.

Pero, si me equivoqué entonces, no lo haré ahora.

Le obligaré a devolverme a mis hijos, arrebatándole un bien muy preciado.

El papa tendrá que esperar. Lanzaré mis ejércitos contra Nápoles.

Eso no es lo acordado con Inglaterra.

El emperador cree que nos dirigimos a Orvieto.

La sorpresa será nuestra mejor baza.

No me opongo a conquistar Nápoles, bien lo sabéis, mas...

¿por qué no ganar antes el favor del papa?

- ¿De la Cristiandad entera? - Quiero ver a Carlos hundido.

¡Derrotado! ¡Quiero que vea sus dominios convertidos en cenizas!

¡Que lamente el día en que se propuso quitarme a mis hijos!

- (LUISA) Vuestros hijos... - ¡Todo lo demás tendrá que esperar!

Os invitaría a sentaros,

pero no tenemos asientos dignos que ofreceros.

El emperador lamenta profundamente vuestra situación.

Sobre todo, lo ocurrido en Roma.

No vi pesar alguno en sus soldados cuando incendiaban,

robaban y mataban todo aquello que se encontraban a su paso.

Su majestad sufre por las acciones de sus tropas.

Pero sabed que nada de eso fue ordenado por él.

¿Y los soldados que me mantienen sitiado tampoco obedecen sus órdenes?

Las tropas que hoy os asedian, mañana podrían escoltaros hasta Roma.

Solo tenéis que abandonar esa liga que se ha formado

para despojar al emperador de su poder.

- Un poder alcanzado legítimamente. - ¡Un poder inmenso!

¡Excesivo! Como la soberbia de vuestro señor.

Vos y nuestro señor estáis llamados al mismo fin.

Y debéis hacerlo de la mano.

(FERNANDO) ¿Qué decís?

Que esperaré aquí

la victoria de los franceses.

Mañana, me recibirá su majestad.

¿Aún no os ha concedido audiencia?

Pareciera que les complace verme esperando. Un día tras otro.

¿Hasta cuándo tendré que soportar esta humillación?

No seguiré llamando a esa puerta.

¡La emperatriz!

Dicen que es piadosa y de buen corazón.

Temo, majestad, que el santo padre esté cómodo siendo vuestra víctima,

a la espera de que lo libere vuestro enemigo.

Mantenerlo preso solo nos acarrea más odio.

Pero liberarlo por buena voluntad tampoco nos reportará ventaja alguna.

No, no parece que su santidad vaya a cambiar de bando por ello.

Confiad en vuestros hombres, mi señor.

Resistirán el ataque enemigo.

Majestad. Un segundo ejército enviado por el rey de Francia

ha entrado en Italia.

¿Seguís creyendo que nuestras tropas podrán resistir?

¿A dónde se dirigen?

Ni a Roma ni a Orvieto, según nuestros espías. Sino a Nápoles.

Comunicada como está por mar, será un milagro si no cae en manos francesas.

Majestad, sé de la importancia de Nápoles para la Corona de Aragón

y para vos mismo. Pero que ello no nos impida

ver la oportunidad que nos brinda el francés.

Ha declinado liberar al papa.

Imaginad la frustración de su santidad.

Hemos de aprovecharla en nuestro beneficio.

Si Francisco no lo libera, yo no lo mantendré preso ni un día más.

Majestad.

Tenéis buen gusto para las letras.

¿Decís que este...

Garcilaso es amigo vuestro?

¿Sucede algo?

He oído decir al joven Alba que los franceses pretenden tomar Nápoles.

¡Dios nos asista!

¿Os encontráis mal?

No debéis temer nada, señora.

Quisiera encargar una misa por nuestros soldados.

- ¿Podéis ocuparos? - (BORJA) Sí.

Hay un convento donde, en más de una ocasión, me he retirado.

Podría hacerlo allí, si os parece oportuno.

Os lo ruego.

Me gustaría estar presente en los oficios.

Dadles el aviso.

El papa ya es libre. ¿Y sabéis quién lo ha liberado?

¿Nuestras tropas? No.

¿Los franceses? ¡Tampoco!

¡Ha sido el propio Carlos!

Bien poco valen vuestros consejos.

Nada de lo que me proponéis acaba por favorecerme.

Saldré hacia Francia hoy, para que el rey me explique...

¡Vais a hacer lo que yo os ordene!

Conseguid que el papa me envíe un nuncio.

¿Con qué fin, señor?

Presidirá el juicio que voy a abrir contra Catalina.

Alteza, con el debido respeto, un juicio entraña riesgos.

Pues no podéis predecir el desenlace.

Quizá conviniera más llegar a un acuerdo con vuestra esposa, señor.

Esa española es terca como una mula. Jamás cederá.

- Creo que deberíais... - ¡No me volváis a decir

lo que debo o no debo hacer!

Demasiado tiempo y dinero he perdido por escucharos.

¡Habrá juicio!

Y el papa dará su bendición al veredicto, que no será otro

que la disolución de mi matrimonio.

Lograd que así sea

porque, de lo contrario, mal futuro os auguro.

¿Hoy tampoco habéis podido conciliar el sueño?

¿Cómo dormir cuando peligran mis reinos?

Si perdemos Nápoles, habremos perdido la guerra.

Nápoles y Sicilia son esenciales en la defensa contra el turco.

Bien lo sabía mi abuelo, que no cejó por conservarlas en manos aragonesas.

Sabéis que la victoria es una dama caprichosa.

Aunque parezca que hoy se entrega a Francisco,

puede que, mañana, esté con vos.

La victoria no basta.

Gane quien gane, pronto habrá otra guerra.

La lucha no cesará.

Pronto, tendré que partir de las Españas.

Si por mí fuera, nunca me separaría de vos.

Ni un día, ni una hora.

Soy esposa del césar.

Y sé lo que eso significa.

Alguien deberá asumir la regencia.

Quiero que seáis vos.

Confío en vuestra prudencia y buen juicio.

No estaréis sola. Hombres leales os acompañarán.

Si la tarea os causa algún temor, decidlo.

Mi único temor es no corresponder a vuestra confianza.

Pero juro

que, aquí, encontraréis siempre a vuestra servidora más leal.

Todo habremos de afrontarlo juntos.

Perdonad que os aborde así.

Tengo entendido que sois el caballerizo mayor de la reina.

Sí, así es. ¿Con quién hablo?

Hernán Cortés, gobernador de Nueva España.

He oído acerca de vos.

Entonces, habréis escuchado muchas injurias contra mí.

Sin embargo, necesito pediros algo.

Permitid que esta carta llegue a manos de la emperatriz.

Entiendo vuestras dudas.

Pero os aseguro que, al concederme esa merced,

ayudáis a un hombre que solo busca justicia.

Debéis devolver esta carta.

Mi señora, lo siento.

Fue la aflicción de ese hombre lo que me hizo aceptar su recado.

No os dejéis seducir por sus palabras.

Ese hombre está bajo sospecha y a la espera de que un tribunal lo juzgue.

Os ruego que me perdonéis.

Francisco,

vuestro corazón es bondadoso, pero debéis ser más cauto

y no dejar que otros os utilicen para sus fines.

Más aún si, con ello, pretenden comprometerme a mí.

(EL SACERDOTE ORA EN LATÍN)

¡Alto ahí! No deis un paso más.

Majestad.

Solo la desesperación me obliga a semejante impertinencia.

Dejadme solo deciros unas palabras.

Envainad la espada.

Nos ha estado siguiendo, majestad.

No temáis,

confiad en mí.

- Sé quién sois. - Sabréis, entonces,

que he venido a Castilla a postrarme ante vuestro esposo,

mi señor.

Pero ¿cómo puedo defenderme si se me niega la merced de verlo?

Este crucifijo

me ha acompañado durante largas noches de zozobra

y también cuando veía a los míos,

a los nuestros,

caer a manos de nuestros enemigos.

Juro, por esta cruz, que todo cuanto he hecho lo he hecho por mi rey.

Incluso mis errores.

Apelo a vuestra piedad, para pediros ayuda

y clemencia.

¿Es cierto lo que me han contado? ¿Cortés os abordó en una salida?

- Así es. - ¡Os juro que lo ha de pagar!

No ha lugar. Pues ni sus palabras ni sus actos me ofendieron.

Yo soy el culpable.

No puse el celo debido y permití que ese hombre llegara hasta su majestad.

Se ha visto comprometida por mi torpeza.

¡Dejadnos solos!

No culpéis a Francisco.

La devoción por su reina inspiró su gesto.

Yo di la palabra a Cortés, pues vino a mí en busca de justicia.

¿Disteis la palabra a un enemigo de la Corona?

¿A un presunto criminal, a pesar de que yo le he negado audiencia?

¿Isabel? ¿Qué tenéis?

(SE QUEJA)

- (GRITA) - ¡Avisad a un físico!

(GRITA MÁS FUERTE)

Si sufre algún mal, nunca podré perdonármelo.

No debí recriminarle su falta de ese modo.

Hermano mío,

tenéis una nueva hija.

¿Está sana?

Miradla.

Se llamará María, como mi hermana.

Doy gracias al cielo por que estéis bien.

De lo contrario, hubiera muerto de remordimientos y culpa.

No sufráis así por mi causa.

¿Podréis perdonarme?

Podré, por un único motivo.

Porque os amo por encima de todas las cosas.

No os merezco.

Majestad...

¿Un juicio? ¿Cómo se atreve? ¡Enrique ha ido demasiado lejos!

Con Inglaterra en el bando enemigo, poco podemos hacer por vuestra tía.

Todo está en manos del papa.

¡No ha de caer en la tentación de complacer a Enrique!

He tenido noticia de que el rey de Inglaterra,

nuestro hermano en la fe, pretende someter a juicio

la validez de su matrimonio con mi muy amada tía.

Que la libertad que os devolví frene vuestra mano

para que jamás rubrique semejante felonía,

porque, al igual que os la di, os la puedo quitar de nuevo.

Iréis a Inglaterra, pero no emitáis dictamen alguno

hasta saber de qué lado se pone Dios, Nuestro Señor.

Así lo haré, santidad.

La mera comparecencia ante un tribunal

constituye una humillación que reina alguna debería soportar.

Vos, tan amada por los ingleses, merecéis sortear este trance indigno.

Aún estáis a tiempo. Dad la razón al rey.

Reconoced que yacisteis con su hermano de casados.

¿Y después?

Pedid el ingreso en un convento.

Lo haré con gusto,

si Enrique hace lo mismo.

Así, los dos limpiaremos nuestras almas del mismo pecado.

Aunque no lo creáis,

solo intento buscar una solución digna para la reina de Inglaterra.

Y aseguraros con ello el éxito ante mi esposo.

¿Estaríais aquí

si tuvierais la certeza de que el juicio se resolverá a su favor?

Contrariar la voluntad de un rey es arriesgado, señora.

Podríais acabar en el cadalso.

No digáis que no lo he intentado.

Os enviaré a alguien para que os represente en la causa.

Ahorraos la farsa.

Yo misma me defenderé.

¿Vos? ¿Qué sabéis vos de leyes?

Tampoco sabía guerrear

y me puse al frente de los ejércitos que dieron muerte a Jacobo de Escocia

mientras mi esposo batallaba en Francia.

Alboroto

Mi querida Ana,

preferiría que no asistierais.

Curiosa mujer esa Bolena. De día, una perra impaciente

y, de noche, una novicia pudorosa.

Al menos, con su alteza.

¡Catalina, reina de Inglaterra!

¡Compareced ante este tribunal!

Señor,

acudo ante vos,

pues sois la justicia en este reino.

Durante 20 años,

he sido, para vos, una mujer leal.

He amado todo lo que vos habéis amado,

tuviera o no motivo,

fueran amigos o enemigos.

Levantaos.

Aquí, no somos ni rey ni reina,

sino esposo y esposa.

Entonces, ¿por qué lo que Dios ha unido ha de separarlo el hombre?

¿Acaso nada de cuanto hemos compartido os importa ya?

¿Cuándo dejé de ser la esposa

que supo ganarse el amor de vuestro pueblo?

¿No son esas vuestras propias palabras, tantas veces repetidas?

Dentro y fuera de Inglaterra, se conoce

que soy hombre que habla más de la cuenta.

Pongo a Dios por testigo de que,

cuando me tuvisteis por primera vez, yo era verdadera doncella.

Apelo a vuestra conciencia, para que digáis si es verdad

- o no. - Señora,

deberíais tomar asiento y esperar a que el tribunal os pregunte.

En nombre de la caridad,

evitadme esta humillación.

Si no queréis otorgarme favor tan pequeño,

cúmplase vuestra voluntad.

Que yo encomiendo mi causa a Dios.

¡Deteneos!

Si abandonáis esta sala, seréis declarada en rebeldía.

¡Haced lo que os plazca!

No permaneceré delante de un tribunal

cuya autoridad no reconozco.

La armada de ese genovés va a lograr vencernos sin presentar batalla.

El hambre y las epidemias se encargan de ello.

Varios barones napolitanos se han cambiado de bando.

Ahora, luchan junto a Francia.

- Necesitamos enviar más tropas. - Ningún noble castellano

dará ni un maravedí más, si no es para defender nuestras fronteras.

Vuestra negativa nos llevará al desastre.

Sí. ¡Un desastre cuya única causa es la enemistad enconada de dos reyes!

- ¡Fernando! Detened vuestra lengua. - ¡No!

Hablad.

Mi señor, siempre hemos atendido vuestra llamada.

Quienes os aclamaron como emperador no pueden soportar más la carga.

Estos reinos se desangran por vuestra inquina.

- Y no cesará hasta que uno muera. - ¡No permita Dios que sea cierto!

Nadie podría reclamar tal victoria.

Pues la Cristiandad entera estaría derrotada.

Tiene razón.

Es hora de que Francisco y yo resolvamos diferencias cara a cara.

- ¿Un duelo? - No hay otro modo

- de poner fin a esta sangría. - Desistid. Os lo ruego.

- Pensad en mí y en vuestros hijos. - Es lo único que hago.

Antes de partir, Felipe será jurado como mi heredero.

La sucesión en las Españas quedará asegurada.

¿Habéis perdido el juicio?

¡Sois el emperador!

Vuestra misión es lograr la paz entre los reinos cristianos, ¡no inmolaros!

La paz es imposible con Francisco.

Dios me ayudará, pues la razón está de mi lado.

Os juro que volveré, porque vos y mis hijos me estaréis esperando.

Vuestro sacrificio será inútil. Mi dolor, eterno.

La guerra ya dura demasiado.

Un duelo acabaría con ella de una vez por todas.

No puedo creer que habléis en serio.

Cada día que pasa, la deuda con Doria aumenta.

- Vuestra vida vale más. - ¿Y qué otra opción tengo, madre?

Negarme sería un deshonor. No permitiré que me humille otra vez.

Si es vuestro honor lo que os preocupa,

os garantizo que quedará intacto.

Dejádmelo a mí.

Hallaré la solución.

Alteza.

Disculpad mi sorpresa, pero pensaba que comparecería ante el rey.

Lo lamento, pero no podrá recibiros.

No se encuentra en la corte.

Entiendo.

Aunque debo insistir. Mi señor, el emperador, desea transmitirle...

Lo que vuestro señor pretende es un despropósito. Y vos lo sabéis.

Si no hay rey al que desafiar, no habrá duelo.

El honor de ambos quedará a salvo, pues ninguno habrá rehusado.

Esto ha llegado demasiado lejos y debemos ponerle fin.

Daré cuenta a mi señor

de la imposibilidad de cumplir mi cometido.

Decidle también que Francia está dispuesta a negociar la paz.

Así se lo haré saber.

Pero desconozco cuál será su respuesta.

Confío en la sensatez de su majestad

y en la de los que le rodean.

Una ausencia muy oportuna la del rey de Francia.

Debimos imaginar que era un cobarde.

En cuanto a la negociación, ¿consideráis la oferta sincera?

Lo parecía. Quizás no sea una trampa,

sino una señal de que nuestro enemigo no es tan fuerte como creíamos.

Mejor negociar ahora, cuando aún no hay nada decidido,

que aceptar las condiciones del vencedor.

Juré que jamás volvería a sentarme frente a quien no conoce el honor.

Y lo cumpliré.

Pero tenéis razón.

Negociaremos.

Al menos, ganaremos tiempo para reorganizar nuestros ejércitos.

¿Y quién os representará ante Francia?

Mi tía Margarita.

Alteza.

¡Maldita sea!

Doria amenaza con levantar el cerco sobre Nápoles si no le pago.

De haber aceptado el duelo, no tendríamos este problema.

¡Dejad de lamentaros! Dijisteis que encontraríais fondos. ¡Hacedlo!

- Lo he intentado todo. - Levantar el cerco

sería perder Nápoles y, con ella, todas nuestras aspiraciones en Italia.

Algo más habréis de intentar.

Más vale que Carlos se avenga a negociar cuanto antes.

O lo que hemos ganado lo perderemos en un instante.

¡Jamás! Acudid a vuestros aliados.

¡Explicadles la situación! ¡Forzadlos a contribuir!

Y rápido.

El rey ha sido muy generoso en otorgaros derechos

sobre la conquista de Nueva Castilla de por vida.

Gracias a vos, reverencia. No lo olvidaré, amigo mío.

Ahora, confío en que mi primo restañe su honor

- y obtenga tantos favores como yo. - Si queréis conservar el favor real,

os recomiendo guardar las distancias con vuestro familiar.

Ha venido un informe de Nueva España con pruebas de sus desafueros.

- ¿De qué se le acusa? - De quedarse dinero de la Corona,

matar a sus enemigos y no hacer cumplir la ley, entre otros delitos.

Si Hernán Cortés ha gobernado mal o bien, nadie puede saberlo.

Sin embargo, pensad en lo que ha proporcionado a la Corona:

oro y un imperio.

Ha llegado un informe contra vos. No tardarán en apresaros.

¡Hijos de mil putas! Quieren asegurarse ver mi cabeza en una pica.

¡Rápido! Venid conmigo.

En Sanlúcar, tengo un barco listo para partir hacia Nueva Castilla.

Cuando os echen en falta, estaréis muy lejos.

No he conquistado territorios ni sometido un imperio

para acabar malviviendo como un proscrito.

¿De qué os servirá tanta gloria si perdéis la vida?

Moriré con dignidad. Si quieren apresarme, aquí me encontrarán.

Desde vuestra visita a los hijos de Francisco, habéis enmudecido.

No perdáis a quien haya de sosteneros la mano en momentos difíciles.

Pues, solo así, evitaréis la amargura de la soledad.

¿Por qué habláis así?

No os preocupéis por mí.

Decidme: ¿habéis tenido algún desencuentro con ese joven?

¿Francisco de Borja?

No. Hace días que no sé de él y me extraña.

Lo vi marchar.

Y parecía mirar lo de su alrededor como si no fuera a verlo nunca más.

¿Tan mala señora he sido para que desaparezcáis sin dar explicación?

Nunca soñé con servir a nadie más virtuoso que vos.

Pero...

os puse en evidencia y traicioné la confianza del emperador.

Hablar con Cortés fue mi decisión

¿Por qué os provoca tanta congoja algo que no os compete?

Majestad...

No me obliguéis a decir lo que jamás debería ser oído.

Mi devoción por vos

va mucho más allá de la lealtad.

Solo Dios y la que sea vuestra esposa

merecen la devoción que me profesáis.

No la malgastéis con un imposible.

¿Cómo tapar el sol con un dedo?

Dirigiendo la vista hacia otro lado.

Pronto asumiré la regencia

y me habéis demostrado que no tendré mejor servidor que vos.

¿Pensáis abandonarme en semejante trance?

Mi vida está en vuestras manos.

Haced con ella lo que os plazca.

No es el proceso contra vuestra esposa lo que me ha traído hasta vos.

Todo continúa según lo previsto.

¿Entonces?

El rey de Francia ruega que le enviéis dinero

para pagar a su almirante en la bahía de Nápoles.

(RÍE) ¿Falta a su palabra y, encima, me pide dinero?

Debe estar loco.

O desesperado.

Ya lo ha intentado con su santidad y con algunos banqueros alemanes

poco afines al emperador.

Todos le han negado el crédito.

La misma respuesta recibirá de Inglaterra.

Si Francia no gana la guerra en Italia,

vos perdéis a un aliado.

Mejor servirán esos dineros a mi causa

en manos de obispos dispuestos a apoyarme

que en las de Francisco.

- ¿Estáis seguro? - A ciencia cierta. Al rey de Francia

no le queda puerta a la que llamar para recaudar lo que debe a Doria.

¡Dios se pone de nuestro lado! Teníamos la guerra casi perdida,

pero la esperanza se abre paso ante nuestros ojos.

Que carguen el oro que trajo Cortés en uno de los barcos más veloces.

Hacédselo llegar a Doria, junto a la propuesta de unirse a nuestras filas.

Buen tino demuestra el emperador eligiendo a su embajadora.

Vuestra fama os precede.

Mi único anhelo es alcanzar la paz, alteza. Como el vuestro.

Sobre nuestros hombros recae el deber de resolver

lo que las espadas no han logrado en tanto tiempo.

Sea.

Informadme de inmediato si llegan noticias desde Nápoles.

Alboroto

¡El juicio dura ya semanas!

¿A qué espera ese nuncio para emitir su veredicto?

Paciencia, alteza. Sabíamos que llevaría tiempo.

¡El papa debía enviar alguien proclive a nuestra causa!

- ¡No veo que ese cardenal lo sea! - ¡Sosegaos!

Todo discurre según vuestros deseos.

Los testimonios presentados a favor de la nulidad son abrumadores.

¿Entonces, por qué no se ha pronunciado aún?

Estoy seguro de que la carta de adhesión de los obispos ingleses

inclinará la balanza a favor vuestro. ¡Confiad en mí!

¡Basta ya de palabrería!

¡Traedme la firma de ese purpurado hoy mismo! ¡No quiero esperar más!

Lo que vuestro hijo acordó en España es lo primero que ha de respetar.

No nos empeñemos en recomponer un tratado roto y miremos hacia delante.

Solo alcanzaremos la paz con nuevos términos.

No creo que sea voluntad del emperador

mantener retenidos a dos tiernos infantes, como si fueran criminales.

Sirva como acto de concordia entre nuestros señores

que recuperen la libertad y regresen a su patria.

A cambio de una generosa compensación, claro está.

Y que la misma concordia haga posible que vuestro hijo

renuncie a sus derechos sobre el Milanesado.

Es mi hijo el que exige la devolución del ducado a su legítimo dueño.

Así, no llegaremos a un entendimiento.

Tomemos un descanso para meditar en qué podemos ceder,

pues ambas habremos de hacerlo.

El almirante Doria nos ha traicionado.

Ha levantado el cerco a Nápoles y combate al lado del emperador.

Todo está perdido.

La archiduquesa aún no lo sabe.

Utilizaremos eso a nuestro favor.

Ahí vienen, tía.

Y su rostro no presagia nada bueno.

No dilatemos más este sinsentido,

pues estamos aquí para llegar a un acuerdo.

Francia renuncia a sus derechos sobre el Milanesado

si vuestro sobrino hace lo propio con la Borgoña.

Un trato muy generoso, teniendo en cuenta el discurrir de la contienda.

Aceptad y la guerra habrá acabado.

La Borgoña es la herencia de mi hermano Felipe a su hijo.

Siempre ha soñado con recuperarla. No. Debo pensarlo.

Pensad también en cuántas vidas se pierden en el campo de batalla,

mientras somos incapaces de cerrar un trato.

Vuestro hijo no asoló los campos de Italia para conformarse con migajas.

A no ser que la marcha de la guerra ya no le sea favorable.

¿Sabéis lo que estáis haciendo?

Decídmelo vos.

¿O esperamos a que llegue el correo del emperador?

¿Ya ha acabado la sesión de hoy?

¿Por qué tan pronto?

(CROMWELL) Roma reclama la presencia del nuncio.

¿Sin veredicto? ¡No es posible!

Ha partido nada más leer esto.

Francia ha perdido la guerra.

Regresad de inmediato.

¡Yo he sido el primer engañado por el nuncio apostólico!

Siempre tuve la certeza...

A mis súbditos no les gusta el trato que recibe mi esposa.

Y os culpan a vos.

El emperador ha colmado el reino de libelos contra mí.

Solo por cumplir la misión que me encomendasteis.

Muy mal lo habéis hecho, entonces.

Es hora de que sirváis bien a vuestro señor.

Y que paguéis en su nombre.

Alteza...

He sacrificado mi vida por servir a Inglaterra y a vos.

Y habéis obtenido grandes beneficios por ello.

Pero no habrá más.

Fuera de mi vista.

Marchaos.

No quiero volver a veros nunca más.

Habéis ganado.

- ¿Es lo que queríais oír? - Vos habéis perdido, reverencia.

Pero nada he ganado yo. Enrique no cejará en sus pretensiones.

¿Y las vuestras? ¿Cuáles son? ¿Eh?

- (WOLSEY) ¿El martirio acaso? - Morir como he vivido.

Nada más.

Acordaos de mí en vuestra hora postrera.

Pues, como os dije, mi desgracia

ha sido la vuestra.

Firmad con honor lo que vuestro ejército

no ha sabido defender en la batalla.

A vos, nada se os puede reprochar.

¿Qué honor encontráis en renunciar a los derechos de mi hijo

sobre el Milanesado, Flandes y Artois a cambio de conservar la Borgoña?

¿Cuándo recuperará Francia a sus rehenes?

Cuando vuestro hijo reclame que su legítima esposa,

hermana del emperador, se reúna con él.

Os prometo que intentaré contribuir, con todas mis fuerzas,

a que la paz entre Francisco y vos sea duradera.

¿Os aflige mi marcha?

Siempre os protegeré.

Y haré lo que esté en mi mano para que vuestra hija os acompañe.

Ahora que estoy por separarme de mis hijos,

sé lo que se siente al verse lejos de ellos.

Solo espero que, algún día, podáis perdonarme el dolor que os causé.

Altezas.

Lamento que vuestra estancia se haya prolongado más de lo deseado.

Espero que, algún día, volvamos a encontrarnos como amigos.

¡Jamás tendréis mi amistad!

Pues habréis de pagar cara vuestra afrenta. Os lo juro.

Solo es un niño.

¿Habéis despedido ya a vuestra hermana?

Aunque haya sido forzado, Francisco va a cumplir, por fin, su compromiso.

(SUSPIRA)

Sin embargo, os veo inquieto.

¿Cuál es la causa, mi señor?

Cortés.

Sigue esperando audiencia.

Y no sé hacia dónde inclinar mi juicio.

Parece que tampoco puedo confiar en los hombres que envié para juzgarlo.

- Y, a pesar de eso... - ¿Qué os hace dudar?

El Nuevo Mundo debe ser administrado por funcionarios leales,

no por hombres como él.

Su arrogancia y su ambición acaban rebelándolos contra mí.

Pero esos mismos defectos son los que los impulsan

a conquistar nuevos horizontes.

Necesitáis hombres con ese talante. Igual que necesitáis el oro.

No lo olvidéis cuando decidáis su destino.

Señor Cortés,

muchos, antes que vos,

pensaron que el oro compra el derecho a burlar las leyes.

Bien lo sé, majestad.

Pues más de uno ya pagó el castigo que por ello merecía.

Pero, si me consideráis un traidor...

cortadme la cabeza.

Pero impartid justicia vos mismo,

porque solo a vos debo mi desgracia o mi ventura.

Antes, os otorgo el derecho a defenderos.

Alzaos y empezad.

Pero os lo advierto: es vuestra única oportunidad.

En mis cartas, siempre os he referido el porqué de mi proceder.

La vida allí es muy distinta a como la imagináis.

¡Vos erais la ley! ¡Mi ley!

¡Y habéis obrado contra la Corona, desobedeciendo mis mandatos!

Sabéis cuán difícil es gobernar.

¿Acaso no habéis tomado decisiones que os repugnaban, por el Imperio?

Yo hube de hacerlo en Nueva España.

Y he luchado contra el peor enemigo de la ley.

El más cruel: la codicia...

¡que arrebata a todo hombre que cruza la mar océana!

He oído suficiente.

No puedo condenaros,

pues no sé hasta qué punto sois culpable de cuanto se os acusa.

Pero os vigilaré en lo sucesivo. No os quepa duda.

Conservaréis el cargo de capitán general.

Y, como compensación a vuestros agravios,

os nombro marqués del valle de Oaxaca.

¿Y quién impartirá justicia en Nueva España?

¿Me restituís como gobernador?

No tentéis más a la suerte. Bastante habéis tenido.

En tal caso, ruego me dispenséis de otras obligaciones en Castilla.

Permaneceré aquí un tiempo antes de volver a Nueva España.

He de ordenar mis negocios

y contraer matrimonio, si Dios quiere.

Os deseo, entonces, que halléis a una esposa paciente, que os soporte

y con bastante seso para domeñar vuestras veleidades.

Carlos y Francisco han firmado la paz.

La liga contra el emperador está muerta.

Solo nos queda negociar.

El papa acepta coronarme.

Y os lo debo a vos.

A pesar de nuestras diferencias,

me habéis guiado con paso firme todos estos años.

- Como un padre a su hijo. - Vuestro honor es el mío.

Mi recompensa será ver, sobre vuestra cabeza, la corona imperial.

Sois el nuevo Carlomagno, dispuesto a llevar a la Cristiandad

a la edad de oro. Ese es vuestro destino.

Y así lo refrendará vuestra coronación en Italia.

Juro que no ahorraré en esfuerzos para ser digno de tal destino.

Ahora más que nunca, debéis recordar las palabras de Marco Aurelio:

Todo lo que escuchamos es una opinión, no un hecho.

Todo lo que vemos es una perspectiva, no es la verdad.

Prepararé nuestra partida, mi señor.

¡No os mováis! Os lo ruego.

Quiero guardar vuestra imagen en mi memoria,

para que me acompañe allá donde vaya.

(SUSPIRA)

Detesto todo lo que nos separa.

Hasta la tela que cubre nuestros cuerpos.

¿Cómo podré vivir sin vos? ¡Decid! No sé si podré soportarlo.

Si vos os derrumbáis, yo no podré seguir adelante.

Entonces, id

y cumplid con vuestra misión.

Pero volved pronto,

que el aroma que hoy me dejáis

perdure en mi cuerpo hasta entonces.

(SUSPIRA)

Cuidad de mi bien más preciado.

Isabel...

¡Caballeros!

Hoy, abandonamos nuestro hogar por una noble causa.

Que nadie ose interponerse en nuestro camino.

Probemos al mundo que el emperador nada quiere que no sea suyo.

Pues no pretendemos someter a nuestros hermanos en la fe,

sino unirnos a ellos en la lucha contra el infiel.

¡Partamos hacia Italia!

Que todo aquel que quiera compartir el honor y la gloria

se una a nosotros.

¡Por las Españas!

- ¡Por las Españas! - ¡Por las Españas!

Apoyaos en mí, majestad.

No permitiré que se siembre la insurrección entre los vasallos.

¡Avisad al físico!

Necesito un nuevo aliado cerca del rey de Inglaterra.

Y, aun así, pretendéis unirme al enemigo de los reformadores.

Para Lutero, sería un honor

que aceptarais que os dedicase este volumen.

¿Qué mejor prueba para todos del acercamiento que procuramos?

Con Cortés, aquí se ha dejado hacer.

Ya es hora de que alguien ponga coto a los excesos de los encomenderos.

¿Pretendéis que guíe los actos del hombre más poderoso de la tierra?

Solo la unidad de los príncipes cristianos acabará con el infiel.

¡Basta!

El emperador y el archiduque no están en los mejores términos.

¡Un concilio para discutir esta sarta de herejías!

Habéis dado refugio a un indio huido.

Un delito muy grave en estas tierras. Más os vale confesar.

El físico ha visitado a nuestra tía. No ha dado buenas nuevas.

Si alguna vez cometéis traición contra vuestro linaje,

desterrad la piedad de vuestro corazón.

Carlos, su traición no se ha probado. No deis lugar a una tragedia.

Acabaremos con Barbarroja en Argel.

Vuestro hermano está a punto de alzarse contra el emperador.

Dadme fuerzas, Señor, pues he de tomar la más terrible decisión.

No necesitamos al turco, sino a su armada.

Si aceptaseis ser nuestro soberano, nada se os podría reprochar.

El momento que tanto temía ha llegado.

Recemos a Dios para que proteja al emperador en su batalla.

(GRITA DESESPERADA)

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Carlos, Rey Emperador - Capítulo 10

09 nov 2015

El saqueo de Roma por las tropas imperiales provoca un enorme desprestigio a Carlos. A pesar de ello, el emperador decide mantener al Papa aislado y sitiado, con vistas a debilitar y provocar la división de la liga que Francia, Roma e Inglaterra han urdido contra él. La rivalidad entre Carlos y Francisco llega a tal obcecación que se plantean dirimirla en un duelo personal.

En Inglaterra, Enrique está dispuesto a disolver su matrimonio con la tía del emperador por el medio que sea. La caída en desgracia de Wolsey depende de que lo logre, o no. Por ello, Catalina se ve obligada a comparecer en juicio para que un enviado de Roma dilucide si su matrimonio es válido. Pero este tiene orden de no hacer nada hasta que se conozca si Carlos ha vencido a Francisco o viceversa.

Hernán Cortés se presenta en la corte para afrontar las acusaciones que pesan sobre él. Lo hace respaldado por un cargamento de oro y riquezas. Pero Carlos se niega a recibirlo. Cortés manipula a Borja para llegar hasta la emperatriz y que esta medie ante el emperador, causando un conflicto en la pareja.

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  1. Adriana

    Estamos en Julio 2019 y yo esperando verla aquí en Estados Unidos por medio de Amazon Prime. Dice que no está disponible. Espero la pueda ver próximamente. Isabel fue una excelente producción.

    18 jul 2019
  2. Carolina Romero

    ojalá se dignen a responder por qué no podemos ver los capítulos en América. es una lastima, por más que sepamos ustedes tergiversan la historia, por ej con cortez, y la conquista, es excelente la producción !

    06 jun 2016
  3. Jesús Jiménez

    Espero en verdad que los de rtve lean estos comentarios porque percibo que han bloqueado los capítulos para que no se puedan ver en todo el continente americano. Espero y sea una falla técnica que se solucione pronto, porque si es una decisión de los directivos del canal, entonces como dicen en España "que mala leche"

    09 feb 2016
  4. Eugenia Banda

    ¿Alguien de rtve leera estos comentarios? hace un buen tiempo ya que no se pueden ver las series. Vivo en Chile y las veia super bien. Por favor arreglen el sistema de reproduccion o proporcionen mayor informacion

    05 feb 2016
  5. Rosy

    Me encantan las series históricas! Pero desafortunadamente no puedo ver esta serie x internet. Los capítulos no logran verse. Me encuentro viviendo en EU. Alguien sabe si hay alguna restricción? Yo pude ver sin problema la serie de Isabel. Muchas gracias

    01 feb 2016
  6. Ana Ximenes

    Não consigo baixar os videos e assistir aos capítulos.

    28 ene 2016
  7. César Morales

    Una excelente producción, no exactamente histórica pero cumple el objetivo para la cual fue hecha; entretener e interesar al espectador a conocer la historia. Recuerden que la serie se titula Carlos,..... por lo tanto no exijan que desarrolle mas detalladamente aspectos como la conquista de México. César Morales

    02 dic 2015
  8. Charo

    Me gusta mucho la serie.....la interpretación de Álvaro .......genial y por supuesto la historia de amor.......fantástica ....os felicito.....buen trabajo

    30 nov 2015
  9. SanAlice

    En éstas series históricas se permiten ciertslicencias para completar la idea que tiene el escritor o guinistas, pero en el caso de la conquista en lo que ahora es México, están verdaderamente perdidos, da risa .......pero me pregunto ...Caramba......vosotros teneis el archivo de las indias en Sevilla y muy a la mano se podrían documentar mejor....pero bueno.....creo que no es lección de historia es una serie interesante, con excelentes escenarios y UNICAMENTE para entretener......con buenos actores y no hay que buscarle mas......

    27 nov 2015
  10. Vanessa

    Ya me encantaba la historia pero estas series historicas hacen q aprendas y leas mas sobre detalles q desconocias. La serie fantasticamente hecha, el reparto inmejorable lastima q no cuenten con mas presupuesto para haberla hecho mas extensa y poder explicar las cosas mucho mejor, sin prisa, como en Isabel... felicidades a todos los q hacen Carlos rey emperador y animo a TVE a q invierta en este tipo de series con maravilloso elenco de actores

    12 nov 2015