Presentado por: Alexandra Alévêque Dirigido por: Christophe Castagne | Jérôme Mignard | Stéphane Jacques | Mikaël Lefrançois | Alexandra Alévêque

Alexandra Alévêque, periodista, vivirá la vida en las ciudades más extremas del mundo. Cada episodio nos ofrece una reflexión sobre la increíble adaptabilidad de las personas y las soluciones que aportan.

Alexandra Alévêque, periodista, vivirá la vida en las ciudades más extremas del mundo. Durante varias semanas vive, come, se mueve, a -52 °C en la ciudad más fría del mundo, empapada hasta los huesos en la más húmeda o sin aliento a cada paso, en la ciudad más alta de nuestro planeta. Cada episodio nos ofrece una reflexión sobre la increíble adaptabilidad de las personas y las soluciones que aportan, tanto conductuales como organizativas. ¿Cómo son estas inusuales ciudades? ¿Cómo viven sus habitantes? ¿Qué tenemos que aprender de ellos?

Y es que mañana todos seremos urbanos ... El hombre, inexorablemente, quiere vivir en la ciudad. Dos tercios de la población mundial estarán hacinados en 2030, y esta cifra seguirá aumentando. El resultado está ahí: Ciudades que crecen, en cualquier lugar, de todos modos. Y hombres para vivir en ellos, adaptarse a ellos y encontrar la manera de convertirlos en su 'hogar, dulce hogar'.

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Para todos los públicos Bienvenidos a mi extraña ciudad - Manila - Ver ahora
Transcripción completa

¡Oh, París!, ¡la ciudad más hermosa del mundo!

Con sus parisinos, siempre agobiados,

con sus conciertos de cláxones,

con sus insoportables atascos

y su aire irrespirable

Pero eso no es nada en comparación con lo que me espera.

Muy pronto estaré viviendo en un lugar bastante peor que este.

Me muero de ganas

He decidido viajar a la ciudad que ostenta el récord mundial

de densidad de población.

Tras 15 horas de vuelo aterrizo en Manila,

la ciudad más poblada del mundo.

Encajonada en una isla, la falta de espacio

impulsa a la megalópolis a crecer a lo alto.

Esta capital vertical

acoge a 43 000 habitantes por kilómetro cuadrado,

es decir, el doble que París.

Pero ¿cómo pueden vivir 12 millones de personas

hacinadas como sardinas en lata en un espacio tan reducido?

Bienvenidos a mi extraña ciudad.

Aquí estoy, en Parañaque, en el sur de la ciudad.

En este barrio obrero se encuentra

uno de los 500 poblados chabolistas de Manila.

Me instalaré en esta casa.

Sí, esa misma.

¡Hola!

Viviré durante dos semanas en casa de una familia muy numerosa.

¿Será por aquí?

¡Hola!

Hola, ¿eres?

Sí, es aquí.

¡Es aquí!

Bienvenida.

¿Eres Rudy?

Sí.

Hola, yo soy Alex.

Hola.

¿Y tú eres Werley?

Werli.

Sí.

¿Werly?

Werly.

Yo me llamo Alex.

Alex.

Bienvenida a nuestra casa, Alexandra.

Enseñádmela, enseñádmela.

Y entonces descubro una casa

que no supera los 12 metros cuadrados de planta.

Contadme, ¿qué es esta estancia?

¿Qué es?

Esta habitación

Esta habitación

¿Qué es, el salón?

La cocina

Sí, esa es la cocina.

Sí.

Aquí es donde cocino.

Tú cocinas ahí.

Con mi fregadero, la nevera.

Vale, la nevera.

Y aquí lavamos la ropa.

¿Esta es la lavadora?

No, es la secadora.

Y ahí está el baño.

¿Ese es el baño?

Muy bien, el baño.

¿Y esta es la ducha?

Sí.

¿Hay que coger de ahí el agua?

Muy bien.

Ya lo había visto en otro sitio.

Es pequeño.

¡Sí, es pequeño!

Es una casa pequeña.

Sí que es pequeña.

¿Y este horno?,

¿qué tiene?

Si uno necesita un paraguas,

lo coge y luego mete el pollo en el horno.

No hay un centímetro sin aprovechar.

Uno saca el paraguas y en su lugar mete el pollo a 180.

Y listo.

Y luego

¡Anda, un piso de arriba!

¡Hay otro piso!

En el piso de arriba, doce metros cuadrados adicionales.

Un dormitorio ocupado por diez personas

antes de que los tres hijos mayores abandonen el nido dentro de poco.

Vaya, vaya, vaya

Contadme.

Decidme.

¿Yo duermo aquí?

Me doy cuenta de que mis anfitriones me han cedido su cama.

Qué violento.

¡Pero si es enorme!

Sí, es grande.

Es una cama muy grande.

Está todo ordenado: los zapatos, la ropa

Gracias por acogerme en vuestra casa.

No, soy yo la que te da las gracias.

Has elegido quedarte en nuestra casa,

aunque somos muy pobres y nuestra casa, muy pequeña.

¡La maleta ocupará media habitación!

Ahí, un poco más.

No voy a sacar todo porque será imposible.

Lo dejaré todo en la maleta.

Será mucho mejor.

Y yo que me quejo porque en mi casa no dónde guardar

mis zapatos.

¡Vamos!

¡Vamos!

¡Te sigo!

Son las dos de la tarde y Rudy me sugiere que lo acompañe

a su trabajo.

Algo me dice que hoy será un día largo.

Yo vivía en el pueblo, en el sur.

Me marché de allí

porque la vida era muy dura.

Mis padres eran agricultores

y eran muy pobres.

Cultivaban arroz.

Por eso yo me vine a instalarme en Manila.

Al llegar aquí,

encontré trabajo como empleado doméstico.

Luego aprobé el carné de conducir y me convertí en chófer.

¡Alexandra!

¿Sí?

Yo me tengo que ir a trabajar.

Tengo que subirme a mi jeepney

Ahora lo verás, es muy típico de Filipinas.

¡En marcha!

Descubro los jeepney,

que son un ejemplo del arte de la reutilización

al estilo filipino.

Rudy me cuenta que originalmente eran jeeps

abandonados por el ejército estadounidense

al término de la segunda guerra mundial.

Mejorados y decorados a voluntad,

se han convertido en el transporte urbano

barato de cabecera.

Por ahora no nos podemos quejar,

pero en las horas punta

hay muchos atascos.

Normalmente este trayecto se hace en una hora,

pero por la mañana y por la noche hacen falta hasta dos horas y media.

Rudy me parece muy optimista:

yo no creo que la cosa vaya sobre ruedas.

Ahora entiendo por qué Manila sale elegida todos los años

como la ciudad con más atascos del mundo.

Para entretener a los pasajeros en los atascos,

Rudy tiene un arma infalible.

Rudy, ¿de dónde sacaste la idea de montar un karaoke en tu jeepney?

El año pasado hicieron obras en esta carretera

y los atascos eran interminables.

Entonces se me ocurrió poner un karaoke para llevar mejor

la espera.

A la gente le encantó y todo el mundo se lanzaba a cantar.

¡Bravo!

¡Así se hace!

¡Bravo!

¡Bravo!

Alexandra.

Dime.

Ahora te toca cantar a ti.

¿Voy yo?

Aprovecho este momento para subrayar que siempre he detestado el karaoke.

¡Hola a todo el mundo!

¿Te la sabes?

Dos micrófonos.

¡Bravo!

Cuéntame, ¿cuánto tiempos pasas en atascos?

Tardo al menos una hora y media en llegar al trabajo.

El tráfico en Manila es terrible.

Me pregunto si algún día le encontrarán una solución.

Pero es genial contar con un karaoke.

Me parece divertido.

Nos ayuda a olvidarnos de los atascos

y hace que no nos estresemos tanto.

¡Adiós!

¡Qué bien canta!

Canta genial, y yo fatal.

El karaoke es toda una institución para los filipinos.

¡Tu voz y la mía no tienen nada que ver!

¡Y se les da de maravilla!

Hay que reconocerlo: mis compañeros de jeepney

me dan mil vueltas cantando.

Es hora de dar un descanso a mi pobre voz.

Rudy, como todas las noches, seguirá conduciendo

hasta medianoche.

Regreso a casa de mis anfitriones.

Es mi primera noche aquí.

El cepillado de dientes

¡Apenas sale agua!

Tiene lugar en el fregadero de la cocina.

No sale mucha agua.

Delante de las mujeres de la familia,

que no pueden contener la risa.

Os hace gracia, ¿eh?

Creo que a esto le llaman «intimidad».

Pues creo que me voy a acostar, porque he tenido un día muy largo.

¿Y tú dónde duermes?

Aquí.

¿Aquí?, ¿con el peque?

Sí.

Y Denis, ¿tú dónde duermes?

Aquí.

¿En el suelo?, ¿directamente en el suelo?

Sí.

Pobrecito.

No te preocupes, es así todas las noches.

¡Mi madre!

Buenas noches, pequeños.

Es decir que compartiré la habitación con Werly,

sus hijos Marie Rose y Denis y su nieta, Bridaine

¡Buenas noches!

Rudy se unirá más tarde.

Hasta mañana.

Que durmáis bien.

Así no hay quien duerma.

Son las cinco, Manila se despereza y yo retorcería el cuello

a todos los gallos del barrio.

Mis vecinos de cuarto están más acostumbrados que yo

al ruido de la ciudad que nunca duerme.

En el piso de abajo, Werly ya está manos a la obra.

Un cafecito.

Nos estamos preparando un cafecito.

Yo quiero uno.

Yo aún no estoy despierta del todo.

¡Pero quién viene por aquí!

¡Y con los mejores bollitos del mundo!

¡Buenos días, Rudy!

Buenos días.

¿Qué tal has amanecido?

Bien, bien.

¡Vaya pintaza tienen!

Pan de sal.

Me encanta mojarlo en el café.

¿Te gusta mojar en el café?

A mí también.

Está riquísimo.

Estos panecillos locales, denominados «pan de sal»,

están deliciosos.

El problema es saber cuándo parar.

Se parece a un típico bollo francés que se llama brioche.

En francés, «brioche»

¡Genial!

Werly y Rudy llegaron a este barrio hace 35 años.

Y como seis millones de manileños, invadieron un trozo de terreno

para construir en él su pequeña morada.

Es ilegal y precaria, pero está aceptada.

Por falta de espacio, aquí se construye en altura,

y con cada nueva generación se construye una planta más.

A pesar de lo que pueda parecer, todo está muy organizado.

Hay agua corriente y electricidad, y contadores a la vista

para alimentar a todo el barrio.

Debe de haber algún colegio cerca, porque hay muchos niños pequeños

de uniforme, muy lindos.

Son muchísimos.

¡Buenos días!

¿Adónde vais?, ¿al colegio?

¿Dónde está?

¿En serio?

¿Me enseñáis vuestro cole?

¿Vamos?

¡Venga!

Que no, que en Manila no hay apenas gente.

¡Es una leyenda urbana!

Venga, al cole.

Vamos, ¡en marcha!, ¡al colegio!

Venga, vamos.

¡A clase!

Hola, caballero.

Buenas tardes.

Buenas tardes.

Una pregunta: veo que ahora, a mediodía, muchos niños

entran y otros salen.

Porque como tenemos muchos estudiantes

hemos tenido que organizar turnos.

¿Cuántos tienen?

Cuatro mil.

Sí, cuatro mil.

¿Cuatro mil?

¿En este edificio?

Sí.

Dos mil por la mañana y dos mil por la tarde.

Por eso hay varios turnos.

¿Podría entrar a visitar el colegio?

¡Genial!

Por increíble que parezca, este colegio se organiza

como una fábrica, con dos turnos de ocho horas.

Los estudiantes van a clase por la mañana o por la tarde.

A pesar de esta ingeniosa organización, hay demasiados alumnos

en las 56 aulas del centro.

Le mostraré una de las aulas.

Esta es de quinto curso.

Buenas tardes, señora profesora.

Buenas tardes.

¡Buenas tardes, señorita!

¿Cuántos alumnos tiene?

Tengo 53, pero hoy solo 50 porque faltan tres.

¡Cincuenta y tres!

Son muchísimos.

¿No es muy difícil dar clase a tanta gente?

Sí, es muy difícil.

Cuando estoy delante de la clase no puedo verlos a todos

al mismo tiempo.

Además luego algunos hablan y otros se desconcentran,

y el resultado es que tengo que interrumpir la clase.

Por eso la disciplina es clave.

Sin disciplina no aprenderían correctamente.

Hay tantos alumnos que no cabrían en el patio,

así que se quedan en las aulas durante el recreo

y la hora de la comida.

Con el objetivo de poner solución a esta masificación, hace diez años

se puso en marcha un programa de construcción escolar.

Mientras tanto, el número de matrículas no para de aumentar

cada año en el colegio San Antonio.

La masificación es un problema muy grave.

De hecho tenemos un efecto dominó: cuanto más aumenta la población,

más se acumulan los problemas.

Sí, demasiados bebés.

Sí, demasiados bebés, que significa demasiados estudiantes en las aulas.

Y hablando de bebés, debería visitar el hospital José Fabella

Se le conoce como «La fábrica de bebés».

¡La fábrica de bebés!

Porque de alguna manera producen bebés.

¡«Producen»!, ¡vaya término!

Ya me ha picado la curiosidad,

así que me dirijo al centro de la ciudad para visitar

esa singular maternidad.

Aprovecho el trayecto para explorar la otra cara de Manila,

la de las tarjetas postales,

con sus turistas paseando por el barrio histórico

de los colonos españoles,

sus golfistas jugando a la sombra de los rascacielos,

su puerto deportivo y sus yates millonarios.

Un poco más allá, cruzo el barrio financiero de Makati.

Pues hay gente, sí.

Me veis o no me veis?

¿Me veis?

Debe de ser la hora de la salida de las oficinas.

Buenos días, damas y caballeros.

Y por fin, al pie de estos edificios,

encuentro el hospital que rompe récords y que resulta ser

también el único en Manila totalmente gratuito.

Este es el pasillo de admisión de las madres y de sus bebés,

justo después de dar a luz.

Es la sala número cuatro.

¡Ay, mi madre!

April es enfermera y trabaja aquí desde hace nueve años.

¡Bienvenida!

Es cierto, ¡es una fábrica de bebés!

Yo creía que era una broma, pero lo decían en serio.

Y eso que estamos en temporada baja, digamos.

En temporada alta hay incluso muchos más.

¿Qué?, ¿hay una temporada alta?

Sí, claro.

Increíble.

En este momento, en esta cama hay cuatro madres

con sus cuatro bebés, pero en temporada alta

tenemos que aumentar el número a seis madres y seis bebés.

Aquí, en esta pequeña cama.

Los niños nacidos en temporada alta fueron concebidos en invierno.

Normal: cuando hace 25 grados en lugar de los 35 del verano

uno busca el calor de una manera u otra.

¡Señora Escuardo!

Número 514.

El orden de cuidados se administra por turnos.

A cada madre le corresponde un número y así se evitan errores.

Te presentaré a una madre que tiene 33 años.

¡Treinta y tres años!

Sí, y tiene ocho hijos.

¿Cuántos?

Ocho.

¡Hola a todas!

Buenos días.

¡Es una monada!

¿Es niño o niña?

Niño.

¿Por qué tiene usted tantos hijos?

Porque quería otro niño.

Ahora tengo dos niños, el último y este,

que es el noveno.

Los siete primeros hijos fueron niñas.

¿Por qué las mujeres tienen tantos hijos?

Aquí empezamos a tener hijos muy jóvenes.

Algunas tienen el primero a los trece años, y a los 15

ya tienen dos o tres, y por eso a los 30 algunas tienen ocho.

La otra razón es que hacer el amor se ha convertido en un hobby:

estas mujeres no tienen trabajo, así que tienen mucho tiempo libre

para bueno, ya me entiende.

Lo cierto es que la religión católica,

que ejerce una gran influencia en Filipinas, no aboga especialmente

por el uso de la contracepción.

La pobreza y la falta de educación hacen el resto.

En cuanto al aborto, es totalmente ilegal

y está castigado con penas de prisión incondicional.

Lo vamos a llevar a fototerapia.

¡Fototerapia!

Ahora entiendo las gafitas que les ponéis.

¿Está enfermo?

Sí.

Tiene una pequeña ictericia, pero nada grave.

¡Qué me estás contando!

¿Y cuánto tiempo están ahí?

Tres bebés en una cabina de bronceado.

Vaya imagen.

Tres bebés en la incubadora.

Hasta las incubadoras están masificadas en esta ciudad.

«Hipermasificadas».

Ay, mis cositas

¡Mis bichitos!

En casa de los Ávila, las jornadas siempre empiezan antes del amanecer.

Lo previsto: la sinfonía de gallos y los ruidos de los coches

me han vuelto a despertar a las seis, y es una constante

desde que llegué, hace una semana ya.

Ella sigue durmiendo.

Son las seis y diez.

Duerme.

¡Buenos días!

Buenos días, Denis.

Buenos días.

¿Vas a trabajar?

Sí.

En esta casa, cuando uno no sabe dónde meterse,

se sienta en la escalera.

Y es algo que suele pasar.

Y hoy no hay queja.

Ha llegado a haber mucha más gente.

Perdón.

Aúpa.

¿Qué tal esta mañana, Rudy?

Bien, bien.

Gracias.

Bien.

Bien.

Buenos días.

Pasa, pasa.

Solo hay un baño y yo no lo necesito imperiosamente para trabajar,

así que me tomo un café mientras espero mi turno.

Dime, Werly, y perdona mi curiosidad, pero ¿cómo conseguís tú y Rudy

tener un poco de intimidad aquí?

Es complicado porque no tenemos una habitación propia.

En alguna ocasión vamos a un hotel, para estar juntos,

para estar a solas, para tener un poco de intimidad.

En privado.

Bueno, ya me entiendes.

¿Me estás diciendo que tienes que pagar para ir a un hotel

a hacer el amor con tu marido?

Sí, pero el problema es que no siempre

nos lo podemos permitir.

En ese caso esperamos a que se haga de noche, a que los niños se acuesten

y se duerman.

Luego vamos a la cama y apagamos la luz.

Pero claro, nuestros hijos están al lado.

Imagínate qué vergüenza si nos pillan.

Así que nos andamos con cuidado e intentamos hacerlo rápido.

¡Ay, ay, ay!

Y después de una conversación un tanto subida de tono,

a Werly no se le ha ocurrido otra que sugerirme ir a la iglesia.

¡Amén!

El viernes es uno de los tres días de oración de Filipinas.

¿Y eso qué es?

¿Cogemos esto?, ¿nos llevamos esto?

¿Nos lo quedamos para ir a la misa?

Sí.

A ver.

¡Hola, chófer!

Pues allá voy,

montada en una carretilla,

un carro construido con a saber qué piezas,

empujada por un joven por unas vías de tren.

Primera vez en la vida que me subo a algo así.

Vamos en carretilla porque es mucho más barato que el tren.

Además, para coger el tren tienes que hacer cola mucho rato

en una taquilla para comprar el billete.

Y luego otra vez a guardar cola para subirte al tren.

Es algo habitual, y la culpa la tiene la masificación de Manila.

En los trenes no cabe un alfiler.

Y eso no es todo: yendo así no pillas ningún atasco

y al final vas más rápido.

¡Bájense!

¡Viene un tren!

¡Joder!

¿Hay que bajar?

Ay mi madre.

Rápido.

Aquí pasa de todo.

Dios mío.

¡Dios mío!

¿Y volvemos?

¿No vendrá otro?

Ay, ay, ay.

Este medio de transporte es alucinante.

¡Pues bien!

A quien se lo cuentes

Qué miedo he pasado.

Aquí hay que tener cuidado.

A veces los pasajeros esperan en la carretilla

mientras hablan por teléfono

o escuchan música con los auriculares.

No escuchan que se acerca el tren y se los lleva por delante.

Sinceramente me alegro de llegar a mi destino y de una sola pieza.

¿Ya hemos llegado?

Bien.

¡Vaya viajecito!

Gracias.

¡Uy, que viene otro tren!

Increíble.

¡Gracias!

¡Adiós!

¡Adiós!

¡Madre mía!

¡Otro tren!

¡Yo no me subo a eso a la vuelta!

¡Una y no más!

El barrio histórico de la ciudad discurre en paralelo al río.

Rudy y Werly me llevan a la Basílica de Quiapo o del Nazareno Negro,

construida por los colonos españoles en el siglo XVII.

El 95% de los filipinos son católicos, así que no es extraño

que los fieles se amontonen en este lugar.

¡Qué de gente!

Sí, ya veo el altar, allí al fondo.

¡Qué trajín de gente!

No vamos a conseguir entrar ahí.

Si llegas y hay mucha gente, como hoy, es imposible entrar.

Yo lo que hago es acercarme a una pantalla gigante

que ponen fuera.

Miro y escucho la misa desde fuera.

Pantallas gigantes en el atrio de una iglesia.

Desde el entierro de Johnny Hallyday no había visto nada parecido.

Me cuesta imaginar cómo alguien puede recogerse en medio

de este tumulto.

No me molesta especialmente toda esta gente.

Estoy acostumbrada a rezar en medio de la multitud.

En Filipinas es algo totalmente normal.

¿Qué está pasando?

Es la bendición.

Es verdad, ¡con el agua!

Bendice a todo el mundo.

¿Ya, Rudy?

¿Ya te ha bendecido?

Yo también debería empezar a notarlo.

Los días con mayor afluencia, como el viernes, la primera misa

se celebra a las cuatro de la mañana.

Y a partir de entonces las misas se suceden ininterrumpidamente

hora tras hora, y así hasta las diez de la noche.

Para el duodécimo día aquí, mi amiga Werly y yo

nos hemos planificado una mañana de chicas.

Venga, Werly.

Deja de cocinar.

Hoy toca mañana de chicas.

Ven aquí conmigo.

Hora de ponerse guapa.

¿Te sueles echar cremas?

No.

¿Nunca?

Yo me lavo con jabón y luego me echo polvos de talco de bebé.

Vale.

¿Solamente talco?, ¿nada más?

No.

No te puedes echar polvos sin echarte crema antes.

¡Ay, mi madre!

Venga.

Te echo un poco en un dedo.

Y te lo esparces por todas partes.

Por el cuello también.

Es importante que no te olvides del cuello.

Gracias a esta crema serás la más guapa del barrio.

Y por los ojos también.

No te olvides de estas arruguitas.

Es lo que hay, ¡las tenemos!

¿Qué le pides?

¿Sabes qué?

Te regalo estas dos cremas.

Esta es para la cara y esta otra para las manos, los muslos

Para lo que quieras.

Vale.

¿Entendido, señora?

Entendido.

Gracias, Alexandra.

Muchas gracias.

Un placer.

Vamos.

Igual a mi vuelta debería lanzarme al mundo de la estética.

¿Un triciclo?

¿Me siento aquí?

¡Agárrense bien, como suelen decir!

Va, ¡en marcha!

Werly me hace subir a un triciclo,

una especie de sidecar muy utilizado aquí.

Algo inestable, pero tiene a su favor que es perfecto

para zigzaguear entre los coches.

¿Qué necesitamos, Werly?

Dime.

Necesitamos carne para la cena de esta noche.

Muy bien.

Vale, vale.

Dame cerdo y pollo para adobar.

¿Nos llevamos también unos plátanos?

Sí.

Hemos terminado la compra y Werly me tiene preparada una sorpresa

muy típica.

Ya verás.

Es un huevo especial.

¿Esto?

Sí.

Lo llamamos balut

¿Balut?

¿Lo pruebo?

Sí, ¡pruébalo!

¿Lo pruebo?

Sí, adelante.

Pues un balut, por favor.

Un balut es un huevo fecundado de pato y cocido al vapor.

¿Y ahora qué hago?

Bébetelo.

¿Que me lo beba?

¿Me bebo el líquido del huevo?

Sí.

Va, ¡sin pensar!

¿Está bueno?

¿A ti te gusta?

No.

Pero creo que a ti te gustará.

El balut es un plato de pobres, una delicia llena de proteínas

por el equivalente a 30 céntimos de euro.

Por ahora va bien.

Es un poco vomitivo.

Da repelús.

Ahí se ve la cría, se ve el embrión del pato.

¿Por qué me haces esto?

Esto va a crujir, ¡seguro!

Me tira para atrás, la verdad.

Sabe a yema, pero están las patas, se las veo.

Mejor no miro.

Le echaré más sal.

Werly, le voy a echar mucha sal, porque si no, no trago la pastilla.

Madre mía.

El caso es que la cría de pato está a medio hacer.

Mira, se ve perfectamente.

Luego vas a comer tú callos.

No puedo, ¡paso!

No.

Que vomito, ¡que vomito!

Me vienen arcadas.

Perdona, Werly, pero, ¿por qué comer algo así?

Aquí lo come todo el mundo.

Es bueno para la salud, para reforzar los huesos y las rodillas.

Te da mucha energía.

¡Pero yo no lo necesito!

¡Energía!

Yo ya tengo energía, no necesito comerme un bebé de pato.

Sí, pero es bueno para las rodillas.

Pero yo no tengo problema de rodillas.

Mis rodillas están perfectas, mi energía, mi energía sexual

Estate tranquila.

Totalmente.

Me acabo de comer la mitad de uno.

¿Eso llega?

¿Sí?

Lo siento, señorita.

Lo siento.

¿Volvemos a casa?

Claro.

Venga.

Hasta luego.

Muchas gracias.

Y para digerir mi balut,

qué mejor que hacer un poco de ejercicio.

El deporte rey en Manila es el baloncesto.

El problema es el de siempre: la ausencia de espacio,

así que a falta de una cancha en toda regla, los filipinos

han optado por una solución intermedia: jugar en la calle.

Denis y Marie Rose, dos de los hijos de Werly, me han invitado a jugar

con sus amigos.

Os confieso que juego fatal al baloncesto.

Son fuertes, ¡son fuertes!

Vale.

Boto, boto

En la calle bota bien.

Vamos.

¡Sí!

¡Bravo, Alex!

¡Bravo, Alex!

Mis amigos y yo quedamos aquí todas las tardes.

¿Y qué hacéis con los coches?

Cuando pasan no podéis jugar.

Cuando pasa uno, dejamos de jugar.

Paráis de jugar y luego seguís.

Paran, dejan pasar los coches y luego siguen.

Con el baloncesto pasa como con todo en vuestra vida:

os las tenéis que arreglar.

Siempre lo mismo.

Si queréis jugar al baloncesto, vais a la calle,

pintáis las líneas en el suelo

y a jugar.

Sí, el campo llega hasta ahí.

¿Ves las líneas?

Sí, una cancha en toda regla.

¡Sí!

En Manila hay miles de terrenos clandestinos como este.

No creo que ayuden a resolver los problemas de tráfico,

pero está claro que no molestan a nadie.

Werly ha reunido esta noche a toda la familia para cenar.

A falta de espacio en casa,

hemos ocupado una plaza de aparcamiento en la calle.

Algo me dice que voy a probar alguna que otra especialidad más.

¿Qué es?

Pollo adobado.

Y esto es una brocheta de cerdo.

Vale.

Es sencillo.

El cerdo es sencillo.

Y esto son intestinos de pollo.

Intestinos de pollo.

¿Te gustaría probarlo?

Se ve claramente que son intestinos.

Lo voy a probar.

Muy bien.

¿A ti te gusta?

¿Qué te parece?

Está bueno.

No tiene un aspecto muy agradable.

Es verdad.

Pero ¿a que está rico?

Sí, está muy rico.

Rudy, esto me gusta mucho.

Será complicado que todos os reunáis en vuestra casa.

Sí, es verdad.

Es raro que consigamos cenar todos juntos,

porque todos trabajamos.

Pero es importante cenar en familia.

Aunque sea una cena sencilla, lo fundamental es que estemos juntos.

Buenos días, señora.

¡Buenos días!

Gracias, pero hoy no voy a comprar una cama.

Gracias.

No está mal, ¿no?

Ruido de motos, de coches, de gallos cantando,

y así día y noche.

Aunque entre las dos y las cuatro los gallos dan una tregua.

Pero nada más.

Bien, bien.

Un poco de paz.

Esta mañana, Rudy me lleva a un lugar increíble,

un lugar que resume los problemas vinculados a la alta densidad

de población en Manila.

Lo que no termino de entender es por qué entramos

en un cementerio.

En las calles, el ambiente no es precisamente de recogimiento.

Unos lavan los platos,

otros se cortan el pelo en las tumbas

mientras esperan a que seque la colada.

Hay jóvenes por todas partes,

jugando y saltando en medio de los muertos.

¿Aquí?

¡Hola!

Hola.

¿Son tus amigos?

Te presento a Alexandra, la francesa de la que te había hablado.

Hola.

Cuénteme, ¿por qué cocinan en un cementerio?

Porque aquí vive mucha gente, y decidí montar este negocio

para sacarme algo de dinero.

Trabaja aquí, pero ¿dónde vive?

Justo enfrente, ahí.

¿Ahí?

Pero si es una sepultura.

¿Me la enseña?

Sí.

¡Es una tumba!

Esta es mi tiendecita.

Esta sí que es una sorpresa mayúscula, Rudy.

Unos ultramarinos en un mausoleo.

Y le presento a mi padre.

¿Es su padre?

¿Está ahí?

Sí.

Y también mi hermano, mi abuela, mis tíos y mi hijo.

¿Y por qué ha decidido vivir aquí?

Porque soy pobre y no tengo medios para comprarme una casa en la ciudad.

Por eso me instalé.

Además, así veo a mi padre todos los días.

¿Puedo entrar?

Sí.

Enséñeme.

Parece muy amplio.

Esta es la habitación en la que duerme mi hija.

Con su marido y su bebé.

¿Puedo pasar?

Sí.

En casa de Elisabete hay todo lo necesario:

una habitación para su nieta, una cocina bien equipada

Y en el piso de arriba, un salón para ver la tele

por las tardes,

otra habitación

y un baño con agua corriente.

Y todo construido sobre el mausoleo de su padre.

Parece un lugar tranquilo.

Sí, muy tranquilo.

Por la noche no se oye nada.

Hay gente que dice que se oyen fantasmas,

pero yo no creo en esas cosas.

Yo no podría vivir aquí.

Tendría mucho miedo.

Y arriba de todo, la terraza.

¡Una terraza como una catedral!

¡Qué vistas!

¡Menudas vistas!

La vista de las tumbas.

La masificación ha provocado la subida del precio

de los alojamientos y eso marginaliza

a los más desfavorecidos.

Los que contaban con un panteón familiar

han empezado a instalarse aquí.

Elisabete lleva 40 años viviendo aquí.

Es el refugio en el que espera la llegada de tiempos mejores.

Vive rodeada de los muertos.

De los de su familia, vale,

¡pero también de muchos otros a los que no conoce!

Yo no miro a los muertos de los demás.

Me dan un poco igual.

Pero sí, por supuesto que me gustaría vivir en otro sitio.

¿Quién no querría irse de aquí?

Pero es imposible, no dispongo de los medios.

Y no sé qué planes tiene Dios para mí.

Mientras, ahorro y espero.

Elisabete espera como esperan las otras seis mil personas

que viven aquí rodeadas de un millón de muertos.

Y mientras esperan, los habitantes de este cementerio

han creado una ciudad con todos sus servicios:

aquí es posible encontrar tiendas,

restaurantes

e incluso una escuela maternal en un mausoleo.

Y en cuestión de ocio hay todo lo necesario: karaoke,

sesiones de bingo

e incluso un rapero que anima las tardes.

Y todo en medio de cortejos fúnebres.

Está claro que la resignación de los filipinos

no deja de sorprenderme.

Esta noche hay una fiesta delante de casa de Rudy.

Los habitantes del barrio se han reunido para la feria anual,

y claro, eso supone mucha gente.

Además es mi última noche y Rudy me ha homenajeado.

Damas y caballeros: desde que he llegado aquí

he comido adobo, he comido balut,

o sea, embrión de pato,

y también intestinos de pollo,

y ahora es su turno de probar el queso francés.

La venganza es un plato que se sirve frío.

Eso es salchichón.

Prueba eso, así nos reímos un poco.

¿Está rico o no?

Esto es brie y ya os digo que no es cualquier cosa.

El mejor queso del mundo.

Rudy se lo come todo.

Prueba un trocito.

¿No te gusta el brie?

¿No te gusta?

No, no le gusta.

¡Está delicioso!

Los he probado todos y mi favorito es este.

Al principio lo más raro es el olor, pero luego, cuando lo pruebas,

está riquísimo.

Venga, los siguientes.

Probad este.

A ver qué os parece.

¿Está rico?

¡Les encanta el queso!

Son valientes.

Los filipinos son ante todo curiosos y no son aprensivos.

Tras el viaje y 15 días en la nevera,

el sabor de mis quesos se había vuelto bastante rústico.

Increíble.

En cinco minutos han arramplado con el queso y con el salchichón.

No ha quedado nada.

Perfecto.

¡Bravo!

Bravo a todo el mundo.

¡Gracias!

Me gustaría dar las gracias a todo el mundo,

a todos los vecinos del barrio.

Me habéis acogido muy bien,

siempre me habéis dado

los buenos días y las buenas tardes

y me habéis preguntado qué tal.

Os doy las gracias de corazón.

Ha sido un viaje maravilloso y, si estáis de acuerdo,

propondré a todos mis amigos franceses que vengan a visitaros

y se queden en vuestra casa y en vuestro barrio.

¿Vale?

Gracias a todos.

¡Gracias!

El día a día de Manila es de locos.

La gente vive hacinada en la ciudad, pero eso no hace mella en absoluto

en el optimismo de los filipinos.

Espero sinceramente que surjan soluciones

que mejoren sus condiciones de vida.

Mientras, aquí he aprendido que pasar un tiempo en casa

de otras personas

vale tanto como pasar mucho tiempo en casa de uno.

Pero por piedad,

sin gallos.

¿Es el comité de bienvenida?

No sé bien qué pensar.

Me hace gracia.

Es un detallazo.

Ten cuidado.

Haciéndome la manicura en un cementerio filipino.

Creo que es lo más incongruente que he hecho hasta ahora en mi vida.

¡Un Jesusito!

Bienvenidos a mi extraña ciudad - Manila

52:30 31 mar 2021

Alexandra vuela a Manila, la capital de Filipinas, que ostenta el récord mundial de densidad de población. La mayoría de los habitantes vive por debajo del umbral de pobreza, lo que genera serias dificultades para encontrar vivienda.

Contenido disponible en España hasta el 14 de diciembre de 2023.

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