Presentado por: Alexandra Alévêque Dirigido por: Christophe Castagne | Jérôme Mignard | Stéphane Jacques | Mikaël Lefrançois | Alexandra Alévêque

Alexandra Alévêque, periodista, vivirá la vida en las ciudades más extremas del mundo. Cada episodio nos ofrece una reflexión sobre la increíble adaptabilidad de las personas y las soluciones que aportan.

Alexandra Alévêque, periodista, vivirá la vida en las ciudades más extremas del mundo. Durante varias semanas vive, come, se mueve, a -52 °C en la ciudad más fría del mundo, empapada hasta los huesos en la más húmeda o sin aliento a cada paso, en la ciudad más alta de nuestro planeta. Cada episodio nos ofrece una reflexión sobre la increíble adaptabilidad de las personas y las soluciones que aportan, tanto conductuales como organizativas. ¿Cómo son estas inusuales ciudades? ¿Cómo viven sus habitantes? ¿Qué tenemos que aprender de ellos?

Y es que mañana todos seremos urbanos ... El hombre, inexorablemente, quiere vivir en la ciudad. Dos tercios de la población mundial estarán hacinados en 2030, y esta cifra seguirá aumentando. El resultado está ahí: Ciudades que crecen, en cualquier lugar, de todos modos. Y hombres para vivir en ellos, adaptarse a ellos y encontrar la manera de convertirlos en su 'hogar, dulce hogar'.

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Para todos los públicos Bienvenidos a mi extraña ciudad - Episodio 2: Longyearbyen - ver ahora
Transcripción completa

Subtitulado por Accesibilidad-TVE.

Pronto estas nubes dejarán al descubierto

un mundo totalmente desconocido para mí,

un mundo a medio camino entre el paraíso y el infierno.

Me dirijo hacia el norte, hacia el Océano Antártico

y el archipiélago noruego de Svalbard.

Mi objetivo es llegar a Longyearbyen,

la ciudad más septentrional del Planeta,

a tan solo 1000 kilómetros del Polo Norte.

En pocas horas se abrirá ante mí una ciudad de extremos

cuyo ritmo lo marcan las noches polares y el sol de medianoche.

¿Cómo consiguen vivir en mitad del Ártico

los habitantes de Longyearbyen, rodeados de hielo frío y hielo?

Las tierras salvajes de Svalbard son tan hostiles

que en ellas hay más osos polares que personas.

Así que, con un poco de suerte,

conseguiré hacer realidad uno de mis sueños de niña:

ver, por fin, en carne y hueso, al amo y señor del casquete polar.

BIENVENIDOS A MI EXTRAÑA CIUDAD.

(MEGAFONÍA) Bienvenidos al aeropuerto de Longyearbyen.

La temperatura exterior es de menos 25 grados.

Lo bueno de los viajes

es que siempre hay alguna que otra sorpresa.

Y en cuanto piso tierra firme, me llevo la primera.

¡Increíble! Menos 25 grados, y es de noche,

y eso que acaba de empezar la tarde.

Es alucinante. No hay nada de luz.

¡Bienvenidos a Longyearbyen! ¡Increíble!

Se me había olvidado un pequeño detalle:

estamos a finales del invierno y Longyearbyen pronto saldrá

de cuatro largos meses de noche polar.

¡Fijaos!

Pero ¿qué ciudad es esta?

Es de noche a primera hora de la tarde

y te encuentras un oso polar, disecado.

Ahora que lo veo a tamaño real

he de decir que me parece menos amable,

ya no diría que es un peluche.

¡Pero me apetece ver uno!

Mi familia de acogida ya me había avisado:

"iremos a buscarte con un coche amarillo.

Imposible que te equivoques".

Creo que es él.

Hola, ¿eres Per Anders? Sí, soy yo, ¿qué tal?

Bien, gracias. ¿Qué tal ha ido el vuelo?

¡Genial! Estaba al calorcito. Pero esto es otro cantar.

Sí, aquí hace frío. ¡Sí! ¡Madre mía!

¿Qué temperatura hacía en París? En París creo que hacía 10 .

¿Positivos o negativos? Positivo, por supuesto.

Dime, ¿cuándo se terminará la noche polar?

La celebración del final de la noche polar es el 8 de marzo,

que es el día que el sol vuelve a brillar en Longyearbyen.

Muy bien. Entonces en una semana. Sí.

Hay otra cosa que me despierta mucho la curiosidad:

tengo muchas ganas de ver un oso. ¿Crees que veré alguno?

Sí, puede ser. ¿Sí?

¿Por qué no?

Depende de adónde vayas, pero igual tienes suerte.

Es algo peligroso, ¿no? Sí.

¿Sí? Pueden ser peligrosos.

Algunos son curiosos;

otros, se enfadan y otros tienen hambre.

Tienes que estar preparada para todo.

¿Hemos llegado? Sí, ya estamos.

¿Dónde vives?, ¿en este edificio? Sí.

¡Genial!

Hola. ¡Pero bueno! Mi nueva familia.

Hola. Hola.

Soy Alex.

Per Milian. Per Milian, muy bien.

¡Hola! Emma.

Emma. Hola.

Elitta. Hola.

Hola. Yo, Trine, encantada.

¿Cómo lo pronuncio?, ¿Trina? Sí.

¿Trina? Sí, Trina

¡Vaya!, tienes una habitación preciosa. ¡Me encanta!

¿Qué veo? ¿Es un oso? Un oso polar.

¡Un oso polar! ¡Me encanta! ¡Un osito polar!

Pues ahí lo dejo, para que me persiga.

¿Y voy a dormir aquí, en tu habitación?

Sí.

¿Me prestas tu habitación? Es preciosa.

Este es para Trina. ¡Gracias!

Como la inmensa mayoría de los habitantes de Svalbard,

Per-Anders y Trine llegaron a Longyearbyen por trabajo,

sin saber cuánto tiempo se quedarían aquí.

La familia acaba de pasar

su tercera noche polar consecutiva en Longyearbyen,

es decir, tres días completos sin ver la luz.

¡Qué chulo!

¿Te reconoces, Per-Anders? Sí, claro.

¿Y no os volvéis un poco locos

viviendo tres meses seguidos de noche?

Llegamos aquí un mes de enero,

y la noche polar empieza en noviembre.

Es decir, que el primer año tuvimos una noche polar muy corta.

El invierno siguiente

pasamos unas semanas de vacaciones en Australia,

y se hizo mucho más llevadero.

Este año es la primera vez que pasamos aquí toda la noche polar.

Toda la noche polar, sí.

¿Y os parece muy duro? No, no especialmente.

¿Y es un lugar tranquilo para los niños?

Es un lugar fantástico para ellos.

¿Un lugar seguro? Sí, muy seguro.

Con la excepción de los osos. Sí.

Sí.

Primera noche aquí en Longyearbyen.

Ya lo tengo todo ordenado, aquí lo podéis ver.

Jerséis de lana, más jerséis de lana,

forros polares, calcetines.

Feos, pero calentitos.

Abriré solo un par de segundos, porque hace un frío que pela.

Estas son las vistas.

Con la barbacoa, para cuando hace calor,

la mesita y la montaña a lo lejos,

que acierto a ver un poco, gracias a la luna.

Madre mía, todavía es muy de noche pero ya es por la mañana.

Habrá que salir de noche.

Anoche, la nieve, el viento.

Percibo el frío.

Se ve que hace frío.

En el desayuno en casa de Trine y Per-Anders,

la noche polar impone un ritual un pelín particular.

Mientras que los padres tienen derecho a una taza de café

y yo a mi tostada con mermelada,

los pequeños ingieren una dosis espectacular de vitaminas,

claves para el crecimiento de los huesos.

Las hay para todas las edades y en todas las formas,

incluyendo aceite de pescado.

Es fundamental que nadie se salte la dosis.

¿Y te gusta, Per-Milian? No.

¿No?

Hay mucha gente en Svalbard que tiene carencia de vitaminas.

¿Por qué? Porque no nos beneficiamos del sol.

Entiendo.

Y cuando hace sol,

está demasiado alto y apenas nos beneficia,

así que las tomamos todo el año.

¿Todo el año? ¿Todos los días? Sí.

Para complementar las vitaminas,

la familia recibe una sesión de luminoterapia.

La luz azul garantiza, entre otras cuestiones, el buen humor,

aunque no necesariamente por la mañana.

La utilizamos por la mañana, para recibir luz fresca,

por llamarlo de alguna manera.

Esto ayuda a sobrellevar la noche polar.

¿Es eficaz?

Sí, ayuda. Pero pronto la quitaremos, en cuanto veamos el sol.

Es la fantástica sorpresa de mi primera mañana

en Longyearbyen.

Ya hay suficiente luz para admirar

el espectacular relieve que rodea la ciudad.

Los 2 500 habitantes de la ciudad más al norte del mundo,

viven atrapados entre montañas.

Cualquiera diría que nos encontramos en una estación de los Alpes.

He quedado con Per-Anders

en una tienda a la que viene prácticamente todo el mundo.

El tipo de tienda a la que yo nunca entraría.

¿Son escopetas de caza? Y para protegerse.

¡Y para protegerse! De los osos polares.

¿De los osos?,¡Dios mío!

Cuando salimos de la ciudad, cogemos una escopeta.

¿Sabes que eso a mí me suena muy raro?

Suena raro, sí.

Sí, porque cuando yo salgo de mi casa no cojo una escopeta.

¡Espero que no!

¡No la necesito! Pero en la ciudad no hay osos, ¿verdad?

Puede haberlos, pero en la ciudad nadie debería llevar una escopeta.

Por aquí hay que llevarla descargada.

En la ciudad no tienen donde esconderse o cómo huir.

¡Estás de broma! No, no es ninguna broma.

Avisados estamos. ¡Hasta luego!

Los osos polares no son ninguna broma en Longyearbyen.

Per-Anders y Trine me lo demostrarán ahora mismo.

¡Madre mía! ¿Es un oso polar? Sí.

¿Delante de la tienda? Sí.

¿En pleno centro?, ¿aquí al lado? Sí.

¡No fastidies! ¡Pero si esta mañana he caminado por aquí!

¡Ya!

¿Y no había ningún oso? ¡Pues no!

¿Pasó por la noche o por la mañana? La mañana del día de Navidad.

A esa hora todos los vecinos estaban durmiendo.

De haber sido un día normal, habría gente por aquí.

Al cabo de un rato salimos y pudimos comprobar

por dónde se había paseado. ¿Sí?

Cruzó este puentecito.

Recorrió toda la ciudad.

¿Los niños se acercaron para ver las huellas?

Sí. Al parecer incluso estuvo mirando qué había dentro de los escaparates.

Dejó en la ventana la huella de la trufa.

Pero, ¿por qué vino?

A veces cruzan montañas para ir de un fiordo a otro,

ya que cazan en los casquetes polares, y este bajó por el valle.

Y como hay una ciudad en medio, pues la cruza.

Sí. Resulta que estábamos en su camino.

Longyearbyen está construido en un territorio

en el que los osos imponen su ley,

la ley del carnívoro terrestre más grande del Planeta.

Más de 300 osos campan a sus anchas por la única isla de Spitzberg,

y cruzarse con uno de ellos es una experiencia muy arriesgada.

So pena de multa,

está oficialmente prohibido salir de la ciudad sin ir armado,

y puestos a moverse con una escopeta,

qué menos que saber utilizarla.

¡Tengo que imaginar que allí abajo hay un oso polar!

Sí. Allí, en el fondo.

Y tengo que protegerte.

¡Qué poco me gusta!

¡No me gusta!

Con el fin de no perder la práctica,

Per-Anders y Trine entrenan unas 10 veces al año.

En caso de un encuentro no deseado,

nada de disparar inmediatamente al animal,

ya que los osos están protegidos.

Primero hay que espantarlos con la ayuda de un lanzabengalas.

¿Y en serio es eficaz contra los osos polares?

Sí, puede funcionar.

A algunos les asusta. Entiendo.

Pero a otros les resbala por completo,

y en ese caso hay que usar la escopeta.

¡Ay! ¡Vale!

No me gusta, ¡no me gusta!

Llevo apenas cinco días en Longyearbyen,

y la buena noticia es que el sol se apresura en salir.

El cambio de la noche polar al sol de medianoche es tan radical,

que desde que he llegado he ganado ya tres horas de día,

es decir, 40 minutos cada 24 horas.

Esperando que sus rayos alcancen Longyearbean,

el sol se burla de mí y prefiere iluminar la otra cara del fiordo.

Aquí vemos que Longyearbyen está totalmente en sombra,

y la ciudad no saldrá oficialmente de la noche polar

hasta que el sol, que está oculto tras esta montaña,

asome por encima de ella.

Eso marcará el fin de la noche polar.

Pero por ahora, todo está en sombra.

Es cuestión de días

que el sol apunte sus rayos directamente sobre la ciudad.

Mientras tanto,

Longyearbyen continúa en modo congelador:

el termómetro marca menos 22 grados esta mañana.

Vamos allá. ¿No cierras con llave? No.

Pero, ¿nunca la cierras? Solo cuando nos vamos de vacaciones.

¡Dejas la puerta abierta! Sí.

¿No hay ladrones en Longyearbyen? No.

No hay ladrones. ¡Vaya ciudad!

Hipersegura, sin ladrones.

¡Vamos allá!

Esta mañana iré a la compra con Trine,

que me ha preparado una sorpresa:

para bajar a la ciudad, nada de coger el coche.

¡Qué chulo!

Trine me lleva montada en su spark, un trineo típicamente noruego.

Parezco Luis de Funes acompañado por Bourvil en una de sus correrías.

En apenas tres minutos llegamos a Svalbardbuttiken.

El único supermercado de la ciudad

también me tiene reservadas unas cuantas sorpresas.

Dios mío, ¿y esto? “Prohibidas las armas”.

No está permitido entrar con armas.

¡No habrás traído tu escopeta! No, claro.

Entonces adelante. ¡Adelante!

Esta ciudad es de locos, ¡no deja de sorprenderme!

¡Y otro oso polar! Sí, están por todas partes.

¡Por todas partes! Madre mía.

Me esperaba austeridad

en el supermercado más septentrional del Planeta.

Todo lo contrario: ¡no falta de nada!

Hay incluso frutas exóticas.

¡De todo!

Para la casa, maquillaje, perfumes.

¿Aquí todo es más caro que en el Continente?

Sí, un poco más.

¿Mucho más? Tampoco mucho más, solo un poco.

¿Por qué? Supongo que por la lejanía.

¿Por la distancia? Sí.

Claro. ¿Por el coste del transporte? Sí.

Supongo que eso afecta a todo, porque en Svalbard no hay nada.

Sí. Esto viene en barco.

Y la fruta se transporta en avión, por eso es más cara.

Por supuesto.

¿Cuánto por la pizza? Perdón... ¿En serio?

Los precios me sorprenden,

por ejemplo los 12 euros de una pizza congelada

o los tres euros de un litro de leche.

Pero, claro, Noruega es un país muy rico

pero también uno de los más caros del mundo.

Necesitamos maíz. Vale.

Los habitantes de Svalbard son afortunados,

ya que la mayor parte de los productos importados

se benefician de un IVA

que prácticamente compensa el precio del transporte.

Me imagino que aquí tenéis unos salarios muy altos.

Perdona la pregunta,

pero entre los niños y todo esto, ¿ganáis más aquí?

Sí, tenemos un sistema impositivo especial.

¿Sobre vuestros ingresos?

Sí. El salario está sujeto a unos impuestos, obviamente,

pero son más bajos que en el Continente.

¿Porque estamos en Svalbard? Sí.

¿Por qué?

Supongo que es para que a la gente le apetezca venir aquí a vivir.

¡Ah!

Fresas españolas en el Polo Norte. ¡Vaya viajecito se han pegado!

150 euros, ¡supercaro! Sí, y solo para una comida.

Para una comida.

¡Gracias! ¡De nada!

Con el fin de disfrutar de esta calidad de vida,

Longyearbyen apostó hace mucho

por la principal fuente de riqueza de Svalbard: el carbón.

Como si fuera una mancha gigantesca sobre un vestido inmaculado,

la mina sigue siendo en la actualidad

la primera fuente de ingresos de la ciudad.

Mientras el preciado combustible

espera su momento para ser exportado a Europa,

lo que me llama poderosamente la atención

es la gran historia de Svalbard, la historia de un territorio

tan poco acogedor para la especie humana

que aquí nunca se ha instalado una población autóctona.

Longyearbyen fue creada de la nada a partir de una mina de carbón.

A principios del pasado siglo,

un estadounidense apellidado Longyear,

descubrió aquí el mineral.

Esta estatua es un homenaje a los mineros,

símbolo de la ciudad blanca con un rostro ennegrecido.

A pesar de su declive,

la mina sigue profundamente enraizada

en el legado cultural de la ciudad.

(CANTAN)

Per-Anders me ha invitado esta tarde a los ensayos de un coro de mineros,

que hoy celebra un día de puertas abiertas.

El coro de hombres de Longyearbyen prepara las festividades

del paso de la noche polar al sol de medianoche,

una tradición típicamente noruega.

(CANTAN)

¿Cómo vivís el regreso del sol,

no estáis un poco hartos de la noche polar?

Al final del sol de medianoche, cuando empieza a oscurecerse,

es una bendición, es agradable.

Pero al cabo de un rato empiezas a cansarte también de eso.

Entonces el sol empieza a salir y te apetece sentirlo en la cara.

Es un momento milagroso volver a sentir el sol en la cara.

¿Qué preferís, la noche polar o la luz?

¿Salir de tomarte algo a las dos de la mañana

y ver que el sol está en lo alto?

No, no es lo mío.

Cuando vuelve a oscurecerse puedo usar otra vez las velas

y es una sensación muy agradable y además los turistas desaparecen.

Esta mañana en Longyearbyen será tarea imposible

encontrar en la calle a algún turista.

Solo saldrán los más valientes y aventureros.

Sin embargo, hoy es el gran día, porque hoy es 8 de marzo

y el 8 de marzo es la fiesta del sol en Longyearbyen.

Aunque el clima tampoco es que acompañe mucho.

Sería agradable poder ver el sol, pero será difícil.

¡Mira la nieve!

A la izquierda. Está algo gris.

Más cubierto, imposible.

A la derecha tiene mejor pinta. Sí, hoy soplará algo el viento.

Tengo que encontrar a Per-Anders, ¿dónde estará?

Bienvenidos a la fiesta del sol.

¡Venga, un poco de entusiasmo, Longyearbyen!

¡Madre mía, peque! Dios mío, ¡pero qué valiente eres!

Hace un tiempo horrible, pero aquí seguimos, como si nada.

Hay una clara diferencia entre ellos y yo.

Ay mi madre, ¿cómo que la fiesta del sol?,

¡más bien parece la fiesta de la nieve!

¡Por fin te encuentro! Es horrible, ¿no?

Hace bastante viento.

¡Bastante, dice! ¿Y a qué hora se supone que sale el sol?

A las doce y cuarenta.

A las doce y cuarenta. Faltan unos minutos.

(CANTAN)

«Sul» significa «sol». “Kon igjen”

¿Ven? Sí, “ven”.

Muy bien.

Y luego dice: «El sol es nuestro mejor amigo».

¡Nuestro mejor amigo!

¡Que empieza! ¡Qué maravilla!

¿Ves el sol? Significa el fin de la noche polar.

Es muy emocionante. Me encanta.

A ver, ha salido el sol pero sigue haciendo frío.

¡Muchísimo!

Pero,¡ahí está el sol reflejado en mi gélido rostro!

¡Precioso!

Ahora entiendo por qué ha venido todo el mundo.

Es algo único.

Es mi primer fin de semana en Longyearbyen,

y ya que ha salido el sol,

queda descartado quedarme en la ciudad.

Per-Anders ha alquilado una cabaña en plena naturaleza,

a condición de que yo vaya conduciendo un vehículo

de lo más intimidatorio.

A ver, que es mi primera vez conduciendo algo así.

Usar una moto de nieve es lo más normal aquí.

Mientras conduces tienes que vigilar bien la dirección...,

Vale. ...para no caerte.

No, ¡es lo último que quiero! Yo tampoco te lo deseo.

Estos son los frenos.

Y aquí el acelerador. ¿Es muy sensible?

Sí, un poco. Así que ten cuidado. ¿Y puedo ir rápido? ¿Sí? ¡Ay, madre!

¿Y cuánto se tarda en llegar a la casa?

Tampoco mucho.

¿Qué significa «tampoco mucho»?

Está justo al otro lado del valle, donde está el sol.

¿Dónde está el sol, justo enfrente? Sí, en la falda de la montaña.

La cabaña de fin de semana se ve desde la casa,

y no es ninguna broma desde el punto de vista logístico,

ya que en la casa hay tres niños.

Por suerte, la familia ya está acostumbrada.

Las armas bien a mano y las chicas protegidas en su trineo.

¿Vais bien?

Estoy lista para mi primera salida en moto de nieve.

¡Pobres, están totalmente aisladas! ¡Gracias, mami!

Ay, Dios. Que voy, que voy.

Deporte mecánico, velocidad y frío polar

son los ingredientes de un viaje letal.

¡Madre mía, que me la doy! ¡Que me la doy!

Por suerte, mi pequeño calvario mecánico dura poco.

Incluso yendo a paso de tortuga

necesitamos casi 25 minutos para llegar a la cabaña.

Y admito que el trayecto ha valido la pena.

Es magnífico.

Lo decimos mucho en francés: «C’est magnifique»

Sí.

Es verdaderamente extraordinario.

¿Sabes? Para mí es un sueño.

Ver este tipo de paisajes es un sueño hecho realidad.

Para mí también.

Sí, pero tú estarás acostumbrado. Sí, pero no me canso de verlo.

¿En serio, no te cansas del paisaje? No.

¿Qué es eso?, ¿niebla?

Sí, es lo que llamamos «humo del mar ártico».

¡Humo del mar ártico! ¿Y por qué?

Porque el agua está más caliente que la atmósfera,

y por eso se produce la niebla.

O sea, como en Londres.

¿Sabes?, me quedaría horas aquí contemplando el paisaje,

pero es que hace mucho frío.

¿Tienes frío?

Y los niños ya están dentro, ¿no? Sí.

Sí. Vamos. Enséñame la cabaña.

¡Tengo los pies congeladitos! ¡Genial! ¡Bien!

Con una temperatura de menos veinticinco grados

me espero un té bien caliente, pero de repente me veo envuelta

en una actividad surrealista en la terraza.

¡Hora de las salchichas!

¡De los perritos calientes! ¿De los perritos calientes?

Cada uno prepara el suyo.

¿Sí? Sí.

Vale, cada uno se prepara su perrito.

La salchicha más septentrional del mundo, ¡aquí la tenéis!

Está bien, una vida genial.

Per-Anders, Trine y sus hijos

me inician en una tradición muy noruega,

el frilutsliv o «el arte de vivir al aire libre».

Frilutsliv. Perfecto.

¿Sí? ¿Con buen acento o todavía no? ¡Decente!

¡Decente! Frilutsliv.

Parece que está hecha. Sí.

Con un buen chorro de kétchup, perfecto.

Veamos. ¡Eso es!

Creo que es el mejor perrito caliente de mi vida.

El más loco, seguro.

Es verdaderamente increíble.

Trine, ¿a qué hora llegan los osos polares?

Porque estoy lista. ¿Estás lista?

Pues en cualquier momento, cuando menos te lo esperes.

Vale, pero... Ahora no, porque estás preparada.

Entonces mejor que no lo piense.

Si vienen por allí, genial.

No me lo puedo ni imaginar.

Estoy vigilando. Echando un ojo. Claro. ¡Nunca se sabe!

A ver, ¿cuánto tarda la luz del sol en llegar a la Tierra?

Ocho segundos.

¿Ocho segundos? -Sí.

No. Ocho minutos.

¿Qué es la nieve? -¡Es agua! La nieve es agua.

¿De qué está hecho el vidrio? -De arena.

Sí.

Alexandra, igual te sabes esta:

¿cuál es el desierto más grande del Planeta?

¿Quizá el Sáhara? Sí.

¡Sí! ¡Y he estado allí! ¡Sí!

Con las auroras boreales ejerciendo de ángeles de la guarda,

mi noche en la cabaña es una metáfora

de los paisajes del fiordo de Longyearbyen:

una especie de ensoñación que parece no tener fin.

Pero como para todos los afortunados propietarios de una cabaña,

la salida del sol se encarga de ponernos los pies en la tierra.

Y la realidad de Per-Anders en Svalbard

pasa por su trabajo en el aeropuerto de Longyearbyen.

¡Menuda vista!

¿Dónde está el aeropuerto, allí al fondo?

Sí. ¿Al lado de la ciudad?

Sí. Muy cerca. Llego en menos de cinco minutos.

Qué trabajo más cómodo.

Sí. Es uno de los trayectos más largos que hago,

pero aun así está cerca.

Muy bien. No sabes lo contenta que estoy de ir vestida

como un trabajador del aeropuerto. Sí. Ya te pueden contratar.

¿Y ahora adónde vamos? Vamos a la pista.

¡Sí! ¡Estoy feliz!

Per-Anders tiene un trabajo esencial para la seguridad de los aviones:

está a cargo del mantenimiento de los equipos electrónicos,

su especialidad.

Su misión del día es inspeccionar minuciosamente la pista.

¿Puedes explicarme qué buscas?

Busco un sensor de temperatura que nos avisa

cuando la pista se vuelve resbaladiza.

Eso nos sirve para saber si tenemos que echar sal,

productos químicos o arena a la pista.

¿Y por qué buscas eso ahora? Porque no está funcionando.

A ver si podemos solucionar el problema.

¿Y no sabes dónde está?

Sí. Está en esta zona, pero no solemos buscarlo.

Es algo que no hacemos muy a menudo. Claro.

Así que tendremos que buscar hasta que lo encontremos.

Pues vamos allá. Lo encontraremos.

A buscar.

¿Gano algo si lo encuentro?

Espero que no aterrice ningún avión.

Buscamos algo parecido a esto, pero cuadrado.

Creo que está por este lado. ¿Serán unos 40 centímetros?

Qué va, así de grande. ¿Así?

¿Y puede que esté debajo de la nieve?

Sí. ¿Sí? ¡Qué locura!

No lo encuentro. No encuentro la aguja en el pajar.

No encuentro el cubito en el congelador.

¡Qué ganas de un café ahora!

Hace un frío que pela.

Me lloran los ojos y me gotea la nariz.

¡Muy bien!

Y mientras seguimos buscando el maldito sensor,

se acerca un avión.

Hay que despejar la pista a toda prisa.

No hay ninguna necesidad de correr el menor riesgo

en un aeropuerto reconocido

como uno de los más delicados del Mundo para los pilotos.

Por suerte,

los aviones de Longyearbyen tienen su propio ángel de la guarda,

Ine-Theresa, la meteoróloga de la torre de control.

Muy bien. Ya está en tierra. Sí.

Cuénteme,

¿les cuesta mucho a los pilotos aterrizar en este aeropuerto?

Este aeropuerto está muy cerca de la montaña

y, a la vez, muy cerca del mar.

Cuando llega el viento del sur, la montaña crea turbulencias,

y como el mar está tan cerca,

las nubes del fiordo pueden cubrir la pista en cuestión de minutos.

Mañana también hará buen tiempo,

pero la temperatura bajará un poco más.

No, no diga eso. Menos 25.

¿Menos 25? Sí. Pero hará menos viento.

¡Ah!

Ine-Theresa es la única persona en Noruega

que escruta el cielo directamente desde la torre de control.

De un vistazo puede garantizar a los pilotos

una información ultraprecisa y en tiempo real.

Aterrizar y despegar puede convertirse

en una verdadera pesadilla en Longyearbyen.

Los pilotos no solo están sometidos al viento y a la escarcha,

sino también a los caprichos de la niebla marina,

y a las ráfagas de nieve que, si bien realzan el paisaje,

en ocasiones caen sin avisar.

Si cae una buena nevada en la pista y apenas hay visibilidad,

el avión no puede aterrizar,

pero mientras los pilotos dan una vuelta por el aire,

de repente veo un hueco entre dos cortinas de agua

y entonces pueden aterrizar.

Es una información clave

porque aquí no tenemos ningún aeropuerto

al que desviar los aviones.

Es el único aeropuerto en el que pueden aterrizar,

y si no es posible,

tienen que retroceder a la isla principal.

A una hora y media de Noruega en avión,

el aeropuerto constituye un vínculo vital con el Continente:

correo, envíos urgentes, mercancías perecederas.

Todo esto se transporta por avión, junto con los turistas,

que llegan en masa con el regreso del sol.

Sin avión,

Longyearbyen únicamente puede contar con el transporte marítimo,

sometido a las caprichosas inclemencias climáticas,

a veces imposibles.

No cabe duda de que luchar contra los ataques del Ártico

se cobra un costoso peaje, en primer lugar, medioambiental.

En proporción a su número de habitantes,

Longyearbyen tiene una de las huellas de carbono

más destacadas del Planeta.

Una paradoja sorprendente teniendo en cuenta

que el Ártico al completo

está en primera línea del cambio climático.

La conferencia sobre el clima de París,

estableció el objetivo de intentar limitar

el calentamiento global a un grado y medio,

pero aquí, en Svalbard,

la temperatura media ya ha aumentado cinco o incluso seis grados.

Espen es director de escuela y militante ecologista.

Lleva 10 años viviendo en Longyearbyen

y recuerda la avalancha que tuvo lugar en 2015

y que arrasó la cuarta parte de la ciudad.

¿Y había gente dentro?

Sí, en 10 de las 11 casas había gente dentro.

La mayoría tuvo tiempo para salir, pero fallecieron dos personas.

Claro, nos preguntamos: «¿Por qué hemos construido aquí»,

pero hace 40 años aquí no se corría peligro.

La ciudad, que antes vivía despreocupada,

vive ahora protegida por barreras antiavalanchas,

pero nada ni nadie se salva del calentamiento global,

ni tan siquiera el edificio más icónico de Longyearbyen.

Horadado en la montaña,

a pocos kilómetros del centro de la ciudad,

el llamado Granero de la humanidad tiene por objetivo

conservar un stock estratégico de semillas agrícolas.

¿Podemos entrar? No.

¿No? ¿Está cerrado? El acceso está muy restringido.

Para entrar tienes que ser al menos el primer ministro.

Pues no lo soy. Ni yo.

La idea era construir este edificio en el permafrost,

para que mantuviera de manera natural el almacén de semillas.

La idea no funcionó por culpa del cambio climático.

En primer lugar, resulta que no hacía suficiente frío,

y en segundo lugar,

el permafrost se fundió y el edificio se volvió inestable.

Acaban de reparar los desperfectos

por el mismo precio que su construcción.

Y ahora utilizan electricidad para conservar la temperatura fría,

como si fuera un congelador.

Qué curioso. Bueno, más que curioso es absurdo.

Sí, es absurdo.

¿Y si lo absurdo fuera la presencia en sí del hombre en Svalbard?

Noruega ha tenido que desplegar medios considerables

para el estudio del clima.

¿Qué sentido tiene desafiar este territorio

tan rudo como frágil?

Pero como a mí no hay contradicción que me detenga,

me dejo embarcar en una aventura que, hasta el momento,

me parecía inimaginable.

Per-Anders me ha convencido para participar en una caza de focas,

por supuesto debidamente reglamentada.

La caza de focas es mi última oportunidad

de ver un oso polar,

ya que la foca es la presa predilecta

del amo y señor del casquete polar.

Aquí estamos, a unos 70 kilómetros de Longyearbyen,

y hay una cosa que no admite dudas: por aquí campan osos.

¿Qué crees que ha pasado aquí?

Un oso polar ha intentado entrar.

Ha utilizado sus zarpas

y ha desgarrado las planchas de madera.

Ha destrozado todo con las zarpas.

¡Mira lo que ha hecho!

¡Ha destrozado la cabaña!

¿Había alguien dentro? No, no creo.

Pero no estás seguro. Supongo que se habría corrido la voz.

Prueba un poco más a la izquierda.

Bueno, así está bien.

Un disparo ajustado.

Si lo he entendido bien

están haciendo pruebas de tiro para ver si está todo en orden.

Está claro que no se nos cruzará ninguna foca.

Bueno, lo mío no es la caza, no.

Pero el paisaje es bonito.

El casquete polar es magnífico, pero es ante todo inmenso.

Por eso la caza de la foca no es en absoluto una cuestión menor.

Mis compañeros de aventuras

han tenido que equiparse hasta los dientes

porque hay que adentrarse hasta el corazón del fiordo,

que tiene unas dimensiones de decenas de kilómetros.

No deja de ser algo inquietante,

porque bajo el hielo se encuentra el mar.

Huelga decir que hay que tomar medidas.

¿Has llegado al agua? No. El hielo es muy grueso.

Medirá unos 30 o 40 centímetros. Vale.

Y 30 centímetros es lo mínimo

para que caminemos por encima con seguridad.

Vale. Entonces podemos seguir con la moto o a pie.

Sí.

Vía libre. O eso parece,

porque al cabo de una hora hay que rendirse a la evidencia:

imposible continuar la caza

puesto que la noche avanza a pasos agigantados.

¡Salud, amigo! Gracias por estas vistas.

¿Te gustan las vistas? Es una vista maravillosa.

¿Y el té? También.

¿Sabes? Estoy muy contenta porque no hay focas.

Contenta por ellas. Sí, contenta por ellas y por mí.

¿Y los osos polares? Igual están durmiendo.

Sí, estarán durmiendo. O están en otro sitio.

Sí, ¡no me quieren ver!

No, es que habrán ido a cazar focas y las han cazado antes que nosotros.

¡Claro, las focas y los osos están juntos!

Y los osos están contentos.

Algo positivo de Svalbard

es que la naturaleza suele aparecer allí donde no se la espera.

A salvo de los cazadores,

las focas pueden holgazanear con total seguridad

en sus gélidas terrazas.

Y en pleno centro de la ciudad,

unos renos salvajes buscan sustento sin que nadie los moleste.

Bueno, ¡casi nadie!

Hola. Intento acercarme.

¡Hola! Ven, ven aquí, chiquitín. Acércate.

Madre mía, hay una montaña de nieve.

¡Que me caigo!

A ver, con los renos tiro la toalla, y con los osos ya ni os cuento.

Creo que me quedaré con la opción de oso disecado,

que es mucho menos peligroso.

Hasta hay una piel de oso.

Me he informado: cuesta doce mil euros.

Me lo estoy pensando,

pero creo que al final terminaré dando mi brazo a torcer

porque en un salón quedaría bien.

¡Yo la ligo, yo la ligo!

Es mi último día en Longyearbyen y tengo que admitirlo:

estoy a punto de morir de sobredosis de osos polares.

¡Ven aquí!, ¡ven aquí!

Y empiezo a creer que el oso de Svalbard

es una leyenda inventada

para hacer soñar a los niños y sacer dinero a los turistas.

El fiasco de este viaje: 15 días en Longyearbyen,

no paran de hablarme de osos polares

y me cuentan que están por todas partes,

pero yo no he visto ninguno.

Sin embargo sé de un niño que se alegrará mucho

de recibir este osito polar.

¡Qué cuco es!

Para consolarme por los osos perdidos

en las inmensidades de Svalbard,

Per-Anders, Trine y los niños,

me han preparado una última sorpresa.

A pocos minutos de Longyearbyen descubriré un glaciar

como nunca me habría imaginado.

Per-Anders abre la vía hacia un mundo

totalmente inimaginable desde la superficie.

Madre mía, ¡qué locura!

¡Increíble!

Durante varios cientos de metros, un túnel del tamaño de una persona

se abre paso en las profundidades del glaciar.

¡Cuánto me alegro! Menuda sorpresa.

Está claro que no se han quedado conmigo.

Avanzamos con total seguridad por el lecho de un torrente

que se despertará en cuestión de meses,

cuando lleguen los días de sol.

En verano, el glaciar se derrite

y el agua corre por aquí como si fuera un río subterráneo.

La cueva cambia todos los años, el año que viene será distinta.

¿Cambia su forma? Sí.

¡Increíble!

A lo largo del invierno,

las piedras y la arena permanecen aprisionadas

bajo una coraza de cristal, pero en cuestión de meses

la roca quedará de nuevo liberada por el torrente

y la gruta dejará de parecer una atracción infantil.

¡El escondite perfecto!

¡El tobogán de la muerte!

Diecisiete días después de mi llegada,

Per-Anders, Trine y los niños,

me regalan este inolvidable regalo de despedida.

Ha llegado la hora de que me marche de Svalbard,

un territorio entre el paraíso y el infierno

que me ha hipnotizado por completo.

Es simplemente genial.

Me he enamorado de Svalbard a pesar de no haber visto ningún oso.

Sí. Es que no hace falta ver un oso para enamorarse de Svalbard.

No. No. Quizá vuelva por aquí. Claro. ¡Tennos al tanto!

Sí.

Para que todos salgamos sonrientes tenemos que decir:

Feliz Año, liz-liz”. ¡Feliz año, liz-liz!

¡Sí! ¡Mira! ¡Mira qué guapa sales!

Alexandra, ¿ya has experimentado la oscuridad, la verdadera oscuridad?

Eso no. Otra vez la noche polar, no.

Si dan mal tiempo para la fiesta del sol, se dice: “Mierda”.

¿Y puedes decir eso en la tele? Sí, hombre.

¡Creerá que soy una pesada! Creo yo. ¿Soy una pesada?

¿Contentos de haber conocido a una francesa?

Espero que no haya cazadores por aquí

y que no me tomen por un reno.

No te queda otra que ir abrigado hasta las cejas.

Si no, te quedas sin nariz. Y no quiero dejarme aquí la nariz.

Curioso, ¡si aplaudes con guantes no haces ruido! ¡Qué chulo!

¿Crees que vas a ver un oso? No. Ya te puedes ir olvidando.

Subtitulación realizada por Carmen Sevilla Machuca.

Bienvenidos a mi extraña ciudad - Episodio 2: Longyearbyen

52:27 24 mar 2021

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Contenido disponible hasta el 14 de diciembre de 2023.

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