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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1410 - ver ahora
Transcripción completa

Rodrigo Lluch es un empleado mío que ha desaparecido,

llevándose algo muy valioso.

¿Y ha pensado el señor

en cómo hacer salir al tal Rodrigo de su escondite?

Tengo un as en la manga que hará que regrese cuanto antes.

Su hermosa esposa.

Dígame si no le parece un reclamo más que poderoso.

-"Mi suegro es un desagradecido".

Y don Felipe se cree que merece más de lo que da.

Que por muchas razones que a mí me pongan por delante,

yo no puedo evitar sentir lástima por los señores.

He ido al centro con Fabiana.

Me ha enseñado unos lugares para que coja ideas

y ver qué hacemos con el negocio. -¿Y se le ha ocurrido algo?

Creo que tengo la solución.

¿Piensan quedarse por aquí?

-Mi hermana nos trata tan bien,

que seguiremos abusando de su hospitalidad.

-Me gustaría presentarles a la nueva cocinera.

Buenas tardes. ¿Cómo te llamas?

Luzdivina, señora.

Veo que Marcelo vuelve a acertar con su sabia elección.

Los que atentaron contra la vida de tu marido en Barcelona,

es muy posible que estén al tanto de tu paradero.

(Piano)

(Piano)

(SOLLOZA)

Son fascinantes los sonidos que sacas de ese instrumento.

Es un piano. Así suenan los pianos.

No, no así de bien.

Eso es porque no has escuchado a los verdaderos virtuosos,

los que van por el mundo dando conciertos.

A lo mejor mueven los dedos más deprisa,

a lo mejor conocen más partituras,

pero dudo que expresen sus sentimientos igual que tú.

No te hacía tan sensible a la música.

Ya sabes que yo no entiendo, pero...

cuando te escucho tocar, sé si estás triste o alegre,

desanimada o esperanzada.

(SONRÍE)

¿Y qué has notado ahora?

Tristeza.

Infelizmente, he notado tristeza.

"Infelizmente".

La conversación que acabamos de tener

no me deja sentir de otra forma.

Entonces, yo soy el culpable.

En parte, sí.

Valeria, no olvides que yo solo cumplo con mi obligación.

Debo protegerte, aunque eso a veces resulte incómodo para ti.

Empiezo a tener tantas dudas...

¿De qué?

De tus verdaderas intenciones.

De las del señor Quesada.

De si volveré a ver a mi esposo.

Espero que sí.

Debes confiar en don Aurelio.

Él quiere que los que atentaron contra tu marido

no se vuelvan contra ti.

No entiendo por qué.

¿Qué pueden querer de mí?

No lo sé.

Pero el señor Quesada se está gastando una fortuna en esconderlo

y en que a ti no te suceda nada.

Merece todo el respeto.

¿Sabes dónde está?

¿Tu esposo? No, no lo sé.

¿Seguro? -Claro que sí.

No me informan de todo eso.

Si lo supieras, ¿me lo dirías?

Valeria, no te obceques en averiguar eso.

No lo sé.

Si lo supiera...

Le debo lealtad al señor Quesada.

Y tú tendrías que pensar igual.

Él solo quiere tu bien.

(Sintonía de "Acacias 38")

Huele a quemado.

Don Ramón.

¡Don Ramón!

¿Qué pasa? Que huele a quemado.

Ya lo sé, he quemado la cena.

¿Otra vez? Otra vez.

Y no será la última.

No es fácil para alguien que no está acostumbrado a los fogones.

A este paso, voy a quemar todos los alimentos que lleguen.

Nos quedamos sin cena.

Podemos bajar a la calle.

El restaurante estará cerrado, pero Fabiana nos dará algo.

Sabe que no quiero bajar a la calle.

Pues no veo qué tiene de malo.

Llevo meses sin salir.

No pienso hacerlo ahora porque usted sea un inepto.

Pero sí pensaba hacerlo para dar el discursito de la plaza.

¿No vas a tocar más?

No.

Ahora no reflejaría tristeza,

solo ira.

Rodrigo está bien.

Es lo único que te puedo decir.

¿Lo sabes? -Lo sé.

Pero no sé nada más, créeme.

Tengo una forma de convencer a Aurelio para que traiga a Rodrigo.

Dime. -Si yo me hiciera pasar...

por loca, si le dijera que mi vida corre peligro...

Aurelio no se lo va a creer. -Sí, si tú me ayudas.

No pienso mentir a don Aurelio, y menos con eso. No insistas.

Entonces ¿no me vas a ayudar?

Sí. Pero sin mentir.

Yo también estoy deseoso de que vuelvas con tu esposo

y retomar mi vida sin mentiras.

Me vas a ayudar cuando encuentre la forma de hacerlo.

Claro.

Le advierto que estoy teniendo mucha paciencia con usted.

Todo son quejas: el trato, los ruidos...

Ya lo hemos hablado, no le pedí que viniera.

He venido porque le hace falta. ¡¿Para qué le necesito?!

¡Para llevar una vida normal!

¡¿Y quién le dice que yo quiero eso?!

(Puerta)

Voy a abrir.

Sea quien sea, dígale que no es bienvenido.

(SE QUEJA)

(EXHALA)

Perdonen que les moleste.

He hecho alubias y he hecho de más. Sé que le gustan, Felipe.

Será mejor que cualquier cosa quemada.

Lolita, ya te he dicho que no necesitamos tu ayuda.

No es por ayudar, es por no tirarlas.

He hecho muchas.

Te lo agradezco, Lolita.

Será lo único que cenemos esta noche.

Si quieres acompañarnos...

Mejor otro día. Dejo la cazuela en la cocina y marcho.

A más ver.

¡Y recoja esto!

-¿Cuántas veces te he dicho que no estés en la calle

en horas de faena, gandula?

La buscaba pa saber si pongo la mesa pa dos o pa cuatro

que no quiero dejar fuera a su hermana.

Para cuatro, volverán pronto de sus compras.

Eso sí que es vida, ir a comprar y volver a mesa puesta.

¿Qué tienes tú que decir?

En boca cerrá no entran moscas.

Aplícate el cuento. A poner la mesa.

Sí, señora.

Cada día está más respondona.

Tiene razón en lo que dice. Menuda vida se pega tu hermana.

Bastante tiene tu sobrina con aguantarla.

¿Te ha dicho Azucena cuándo se van?

No me ha dicho ni mu. -Pues deberían.

Venían para tres días y llevan una semana.

No la voy a echar, ¿no?

No lo había pensado, pero ahora que lo dices...

¿Qué haces aquí otra vez?

Señor, el patio huele a quemao.

¿Le has visto a Liberto cara de bombero?

Rosina, déjale hablar.

¿Huele a quemado de incendio?

No, huele a quemado de cena.

Ah, entonces no creo que sea nada grave.

Pero me preocupa por don Ramón y Felipe.

Son capaces de acabar con Acacias entero.

No sé por qué no se buscan una criada.

¿Y habrá alguna que quiera con ese mal genio que se traen?

No lo creo, muy muerta de hambre tiene que estar.

Bueno, déjate de incendios y de olores a quemado y ve a casa,

a ver si se te va a quemar la cena a ti.

Está bien, señora.

Espera, que no sé si subir a casa de Felipe.

¿Para qué, para que te griten?

Tienes razón. Don Jose estuvo con él y acabo harto,

dice que está insoportable. -Por eso.

Tú ya has hecho bastante por ellos.

Está bien, subiré mañana por si necesitan algo.

Habla con tu hermana.

Que sí, está bien.

Pero habla de verdad, que no quiero que se eternicen.

¿Ha estado todo al gusto de los señores?

Sí, perfecto.

Le comunicaré su enhorabuena a la nueva cocinera.

Marcelo, dígale que por las noches preferimos un postre más ligero.

Tiene usted razón, se lo diré.

Hemos de convertirla en una buena cocinera.

¿Es que no lo es?

Ha trabajado en un restaurante, pero nunca al servicio de unos señores,

no es lo mismo, no sabe componer menús equilibrados.

¿Y por qué la ha contratado?

Solo hay que probar sus platos para comprobar que tiene mano.

Podemos moldearla a nuestro gusto y hacer de ella una gran profesional.

Y luego se irá a cocinar al Palacio Real o a algún hotel de la ciudad.

No lo creo, doña Genoveva, un buen profesional, si se siente valorado,

es la persona más fiel a sus señores que puede haber.

Usted es buen ejemplo de ello. -Así es, señor.

Sabe que mi lealtad a la familia de los Quesada es inquebrantable.

Lo sé, lo sé.

Y por supuesto, a usted, doña Genoveva.

Desde el momento en que se casó con don Aurelio,

es una más de la familia a la que siempre serviré.

Puede contar conmigo siempre.

Bueno es saberlo.

Dígale a la cocinera lo de los postres.

No recuerdo cómo se llama.

Luzdivina, señora.

No se preocupe, que le comunicaré su queja.

Basta ya de hablar del servicio, Genoveva, es muy engorroso.

Vamos a dejarlo en manos de Marcelo.

¿Por qué no me sirves un digestivo, querida?

Voy a dejar también ese asunto en manos de Marcelo.

Si me disculpas, me voy a la alcoba, querido.

Buenas noches.

Yo se lo serviré, señor.

Está claro que un mayordomo es más leal que una esposa.

(Suenan las campanas en Acacias)

Buenos días. -Buenos días.

Pero ¿tú qué estás haciendo aquí?

Le dije que me quedaría todo el día. -Tienes que estudiar.

Cuando terminemos con la reforma, estudiaré.

Jornada doble hasta que termine el curso.

Pues eso. -Pero aquí hace falta ayuda.

Ya. Ya lo sé, hijo, ya. Y no sabes cuánto te lo agradezco.

Na, ni lo mencione.

Por cierto, esta tarde llegan los manteles y la vajilla que pedí ayer.

Espero que el cambio funcione, porque si no, estamos arruinados.

Claro que va a funcionar.

Los jóvenes lo veis todo tan fácil...

Usted es igual de joven que yo en espíritu.

Usted encárguese de cocinar lo que sabe y como sabe.

No se podrán resistir a sus encantos.

Qué zalamero eres.

¿Cree que le gustará el cambio a mi padre?

Espero que sí.

Si algún día llega, ¿no?

Claro que aparecerá algún día, hombre de poca fe.

Eh, venga, vamos a ver la fachada.

Algo tendremos que hacer para que se note que es nuevo.

Pues sí.

A ver...

¿Lo pintamos de otro color?

Vale, sí. Sí, sí. -A ver si pueden hacerlo.

Buenos días, familia. -Buenos días, Fabiana.

¿Qué, cómo va todo? -Bueno...

Con la reforma casi a punto.

¿Y cuándo nos dicen qué platos van a poner?

Es sorpresa hasta la inauguración.

Pero le aseguro que nadie lo hace tan bien como mi abuela.

Estoy deseando probarlo.

Muy buenas. -Buenos días.

Buenos días, señoras.

Me contaba doña Inma que están elaborando una nueva carta

para el local.

Falta le hacía.

Mi marido y yo estaremos como un clavo.

Seguro que nos sorprende.

Eso espero, doña Bellita.

Yo esperaré a ver si está buena la comida,

no me quiero llevar un chasco. -Pues usted se lo pierde.

A mi esposo y a mí nos gustan los restaurantes del centro,

no creo que nos vean por aquí.

¿Nos vamos?

Sí, anda, vámonos.

Con Dios. -Con Dios.

Con Dios. -Hasta luego.

Qué mujer más desagradable

esa que presume de ser la mujer de un médico.

Ni caso, doña Inma.

Ya conoce el refrán:

"No sirvas a quien sirvió ni pidas a quien pidió".

A más ver. -Hasta luego, Fabiana.

Espera. ¿Lo pintamos y ponemos otras letras?

¿A ti también te olió a quemado?

Claro. Lolita me dijo que habían quemado una tortilla,

que mira tú que es difícil quemar una tortilla.

Seguro que la tuvieron que dejar como carbón.

Figúrate tú, Maruxiña.

Esos no han preparado ni un té en su vida.

Son capaces de quemarnos el edificio entero.

Y yo estoy por ayudarles, porque, total, a mí me da igual, no me...

No, no, no, ni se te ocurra aparecer por allí, a no ser que te lo pidan.

No sea que termines tú dentro de la sartén con la tortilla.

Buenos días. ¿Me puedo calentar una achicoria antes de bajar?

Pues claro que sí, aquí no tienes que pedir permiso para nada,

esta es tu casa.

De hecho, espera, que yo he calentado achicoria.

Cojo unos vasos y tomamos las tres.

Hasta que no me sepa las reglas del altillo, tendré que preguntaros.

Son la mar de sencillas.

Tú no molestes a nadie y las cosas las dejas como te las encuentras.

Y si puedes ayudar a una compañera, lo haces,

que aquí todos estamos en la misma, un día por uno y un día por otra.

Creo que entonces me adaptaré pronto a este sitio.

Más deprisa que a la casa a la que voy a servir.

La casa de los Quesada.

No te arriendo yo la ganancia.

¿Son muy complicados?

Yo casi no los conozco.

Doña Genoveva tiene un genio endemoniado,

y don Aurelio,...

más de lo mismo.

Yo tengo que tratar con don Marcelo,

el mayordomo.

Es muy formal, pero muy amable.

Yo nunca he conocido a un mayordomo.

Como se ponga de moda contratar mayordomos,

las criadas terminaremos en la calle.

Seguro que un mayordomo cobra más que tres criadas juntas.

A mí me pagan tarde y mal.

Pero bueno, si a ti te va bien con el mayordomo...

De momento, de maravilla.

Y a los señores solo les he saludado, no sé nada de ellos.

Bueno, quita, que de lo señores no quiero saber nada más.

Maruxiña, ni que tuvieras queja de los tuyos, si son pan de Dios.

No, si de los señores y de don Ignacio no me quejo,

pero Alodia...

(HABLA EN GALLEGO)

En cristiano.

Ah, digo que es insoportable.

Como ha cambiado.

Yo todavía la recuerdo ahí, sentadita,

escuchando, casi sin ánimo para hablar.

¿Fue criada?

Claro. Hasta que se casó con el sobrino de sus señores.

Un médico, no con cualquier pelagatos.

(IMITA A ALODIA) Es que mi marido es médico, ¿sabes?

Y yo soy la marquesa del Trasero Peladiño y claro....

(RÍEN) -Trasero Pelado.

La verdad es que admiro tu predisposición.

Si yo tuviera que dar clases de música a Alodia,

me encerraría en casa y no saldría.

Qué exagerado.

Si parece que va oliendo pies con la nariz arrugada.

Un poco estirada sí que es, pero tiene sus motivos.

¿A que no sabes qué era antes de ser la esposa del médico?

No.

La criada de los Domínguez del Campo.

No somos los únicos con secretos en el barrio.

Acabáramos.

Trata de que todo el mundo se olvide de que fue una criada

y quiere ser una gran señora. -(ASIENTE)

Y no sabe que una gran señora tiene que ser sencilla y respetuosa.

A lo mejor aprende.

Enséñale las corcheas y las semicorcheas,

lo demás que lo aprenda en la calle.

Buenos días.

Vengo viéndoles desde el quiosco y vengo encantado.

¿Y eso?

Son ustedes la imagen de la felicidad.

Muchas gracias. -Un matrimonio joven,

elegante, atractivo y enamorado, eso salta a la vista.

Me congratula que se note, porque bebo los vientos por mi esposa.

¿Ah, sí? Pues disfrútelo, que eso no dura para siempre.

No nos diga eso. -No,

no me malinterprete, yo adoro a mi esposa, pero...

he visto a matrimonios fracasar con los años.

Pero ese no va a ser su caso, claro.

Hablando de su esposa, no la hemos visto.

Está con su hermana, ha venido de visita.

¿Y hasta cuándo se queda? -Eso me gustaría saber.

No sea gruñón, Liberto.

Seguro que Rosina está encantada con la visita de su hermana.

Y más, si llevaban tanto tiempo sin verse.

No se crea,

con algunas personas es mejor no reencontrase nunca.

En fin, no les entretengo, imagino que iban de paseo.

Sí, vamos a que nos dé el aire y a tomar un chocolate después.

¿Nos acompaña? -No.

Un matrimonio joven necesita su espacio e intimidad.

Con Dios. -Con Dios.

Con Dios.

¿Te ocurre algo? -No, una mota en el ojo.

¿Te has acordado de tu marido con las palabras de don Liberto?

Te aseguro que no.

Y me acuerdo siempre de él, no ahora más que en otro momento.

Déjame ver.

Y esto es lo que se utiliza para escribir las canciones.

Mira, las notas se ponen encima de las rayitas estas.

No sé si te has dado cuenta de que llevo toda la vida

dedicándome a la música.

Pero a cantar, no a tocar instrumentos.

Pero sé perfectamente cómo se leen esas rayitas que tú dices.

Pa tu conocimiento, se llaman pentagramas.

¿Penta qué? -Pentagramas. Pero bueno,...

eso ya te lo explicará tu profesora.

Buenas.

¿En esta casa no se toma el aperitivo?

Lo está preparando Maruxiña.

Don Jose, ¿usted sabe lo que es un "pentagramo"?

¿Un qué? No, ni idea.

Pentagrama, Alodia. Pentagrama.

Ah, eso sí. Yo he sido guitarrista, criatura.

No era el mejor, pero hasta ahí llego.

Bueno, aquí les dejo unos berberechos mientras corto jamón.

Te has retrasado.

Disculpe, es que estuve con la nueva cocinera de los Quesada.

¿Cocinera?

-Sí, Luzdivina. Una chica más linda...

Anda, niña: mayordomo, criada, cocinera...

No se cuidan mal los Quesada. -Se creen grandes señores.

Pues yo no voy a ser menos. Se lo voy a decir a Ignacio.

Si esos indianos tienen todo eso, voy a contratar lo mismo.

Y no solo eso, también un ama de llaves.

¿No le valdrá un llavero?

No seas ignorante, Maruja.

Maruxiña.

Un ama de llaves es la que dirige las labores domésticas.

No voy a estar yo pendiente de si las sábanas están limpias o sucias.

Yo, que soy la esposa de un torero, tampoco me ocupo de eso.

Ya lo hago yo, y no tengo que llevar más llave que la de la puerta.

Hablando de amas de llaves, Alodia,

eso lo haces cuando tengas tu casa, que aquí no cabe más gente.

No veo el momento de que tengas un ejército de servidores,

pero en tu propia casa. -Y no porque queramos que te vayas.

Y esta casa es pequeña, no cabe ni un piano para que practique.

Toque la gaita, que se guarda en cualquier sitio.

Una gaita, qué vulgar.

De vulgar nada, ¿eh?

Yo escucho la gaita y me acuerdo de mi pueblo.

Me emociono mucho, sobre todo, si la toca mi primo Santiago,

que tiene un pulmón...

Empieza a tocar hoy y acaba mañana.

Qué maravilla, Maruxiña.

Pero no le invites pa que venga a demostrarlo.

Vale.

-Ya basta de charla, que estamos esperando el jamón.

Arreando.

Una gaita dice.

¿Pa eso se usa el "pentateuco"?

No, Alodia, hija, eso se toca de oído.

Lo primero que han montado es una tasca.

A ver qué es lo próximo. -(RÍE)

Sí, desde luego, los Sacristán se han equivocado al montar la tasca.

Acacias no es un lugar de tabernas.

-Te voy a ser sincera:

el barrio no es tan elegante como esperaba.

-¿Y qué te esperabas?

Es uno de los mejores barrios de toda la ciudad.

-No tanto.

Es verdad que hay gente con clase, como doña Genoveva y su marido,

que tienen hasta mayordomo.

-Y cocinera, me lo ha dicho Casilda.

-Lo normal, como teníamos nosotras de pequeñas.

¿Te acuerdas de la señora Aurelia? -Como para olvidarlo.

Ay, qué bien cocinaba. Tenía malas pulgas, ¿eh?

-Pues lo que te estaba diciendo, que al lado de Genoveva y su marido

están esos dos tan raros.

Don Felipe y don Ramón.

-Don Ramón, Hortensia, es todo un señor.

-Que se casó con su criada. Y es el suegro de la mantequera...

-El amor es así, no se fijan si eres criado o señor.

-El amor tiene que venir de alguien de tu clase social.

Todo lo demás es simple vicio.

-Vamos a dejarlo, porque eres capaz de criticarme

por haberme casado con un hombre más joven.

-¿No lo he hecho ya? -Cientos de veces.

Prefiero cambiar de tema. Por cierto, ¿cuán...?

Volvamos al tema del restaurante.

A ver con qué reforma nos sorprenden.

-El tiempo lo dirá.

-Sí, hablando de tiempo,

¿cuánto tiempo os vais a quedar tu hija y tú en mi casa?

-Rosina, lo dices como si te molestáramos.

-No, estoy encantada, encantada. Lo digo por organizarme, por saberlo.

-Ah, pues...

(Puerta)

Mira.

-Nada.

Empiezo a preocuparme. No ha llegado carta de mi novio.

-Hay que ver qué impacientes sois los enamorados.

(RÍE) Ya te llegará la carta.

-Yo encuentro esa impaciencia normal,

la muchacha está ilusionada, Hortensia.

Le echas mucho de menos.

-No imagina cuánto, tía.

-A tu edad, no es bueno estar separados.

Me imagino que estarás deseando volver a tu casa para verle.

Claro, que no te queda mucho, ¿no?

-Cuanto más os echéis de menos, mejor.

Con más ganas os veréis después.

-Yo creo que la niña ya tiene bastantes ganas, Hortensia.

Yo creo que es mejor no estirarlo.

A esas edades, el amor es quebradizo.

-Eso lo sabes tú bien. Que te has casado con un muchachito.

¡Ay!

Me voy a lavar las manos, que ya queda poco para la comida.

Lento, lento, que vas muy deprisa, y eso es malo.

¡Venga, venga! ¡La siembra también por aquí!

¿Es que no hay otro sitio por dónde pasar?

Servando, qué poco arte se da usted con la escoba.

Es que no he nacido para tener en la mano un palo de escoba,

sino un bastón de mando de general, para gloria de España.

Quien puede lo mucho, puede lo poco. Ah.

Anda, bonita, enséñame cómo se barre.

Toma, bonita.

¿Usted qué se cree, que he nacido ayer?

Claro, con la excusa de enseñarle a barrer, yo le barro toda la acera.

Yo no entiendo cómo puedes dormir tan tranquilamente

con tanta maldad ahí dentro, de verdad.

Tan ricamente duermo. A estas alturas de la vida,

sé barrer, cocinar, planchar

y detectar a los que me quieren hacer de menos.

¿Eso no lo dirás por mí?

Más bien, por mi señora. Si por ella fuera,

en mis ratos libres me tendría plantando un huerto.

No como los Quesada, que han contratado una cocinera.

O sea, vamos a ver.

¿Que tienen mayordomo, criada y cocinera?

¿Estos qué se han creído, que son los reyes de España?

O los de México.

La cocinera se llama Luzdivina.

Ah. Qué bonito nombre... para aguantar a ese mayordomo.

Sí, es un sieso.

Aunque ella dice que es agradable y educado.

Ahora, peor que aguantar a doña Genoveva no va a ser.

A ver, digo yo.

-¡Servando! ¿Qué?

¿No has acabado de barrer la acera, hombre?

Que sí, hombre. Estaba aquí con Casilda,

hablando de las actualidades del barrio.

¿Sabes que han contratado los Quesada a una cocinera?

Pues mira, eso es lo que les hacía falta

a don Ramón y a don Felipe.

Ayer quemaron la cena. -Y no la quemaron poco.

El patio olía como si estuvieran quemando cadáveres.

Y eso que no se trataba na más que de una tortilla.

Ni siquiera eran filetes.

-Les hacía falta alguna persona que les cocinara,

les hiciera la colada, les adecentara la casa.

Sí, sí, es que últimamente están insoportables.

Se han vuelto de un tiquismiquis...

No hay quien les aguante. -Eso es lo peor.

-Y tanto.

Ayer, Lolita consiguió a una criada.

Y, cuando supo de que era para ellos dos,

dijo que no, que prefería pedir en la iglesia.

Pues igual alguna de aquellas

prefieren seguir a un par de señores que estar ahí,

en la puerta de la iglesia.

¿Qué?

¿Trabajando en algo?

Hace tiempo que no trabajo en nada.

Es el discurso de inauguración de la plaza.

Oh, era eso.

Pues no sé qué vamos a comer hoy.

Algo que no se tenga que cocinar.

No quiero más incendios.

(Puerta)

Ojalá sea Lolita, y traiga un buen cocido.

No quiero que venga a traernos comida todos los días.

Voy a abrir.

Estimados vecinos y amigos:...

Don Felipe, ¿cómo se encuentra hoy?

Jacinto, ¿en qué puedo ayudarte?

No, no, en nada. Soy yo el que viene a ayudar.

He estado cocinando, y les he preparado mi especialidad.

En el campo, cuando lo hacía con las ovejas,

todos los pastores acudían al olor, a ver si les invitaba.

-(IRÓNICO) Qué bien. -Sí, miren.

Judías.

Judías pitas, con su chorizo y su oreja.

Qué bien. -Judías.

-¿No le gustan?

Sí, sí, sí. Mucho, mucho.

Ah, ya entiendo, ya.

Son los gases, ¿no?

Ya, pues mire, les voy a decir una cosa:

no deberían tener ningún pudor en expulsarlos.

Es una cosa natural del cuerpo humano.

Pero es que aquí son muy señoritingos con estas cosas.

Pero, en el campo, los pastores hacíamos concursos.

-¿Concursos?

-Sí, sí. El Benito, el marido de la Encarni,

era capaz de tocar coplas con las ventosidades.

¡Porrrom, pom, pom! ¡Porrrom, pom, pom! ¡Pim!

Qué lástima habérmelo perdido.

-Si alguna vez viene por la ciudad ese tal Benito,

el marido de la Encarni, pues lo por aquí, por el barrio,

para conocerlo; sería una lástima perderse tal habilidad.

-Pues claro, no lo dude. Así lo haré.

Y ahora les dejo, que debo repartir el correo.

Le dejo aquí las alubias.

Gracias, Jacinto. Con Dios.

(SUSPIRA)

Alubias... otra vez.

Parece que no se cocina otra cosa en todo el barrio.

Deberíamos contratar a una criada para tener más variedad.

Don Ramón, le advierto que no es fácil conseguirla.

Una mujer habrá que lo necesite.

Ninguna quiere trabajar para mí.

No me extraña.

Voy a llevar esto a la cocina.

¿Alguna de esas mujeres?

Si no tienen referencia.

-Pero ha habido en el altillo muchísimas muchachas

que venían sin referencias.

¿No se acuerda uste?

Yo misma, don Maximiliano me contrató en la puerta de la iglesia.

Es cierto. Hace tantos años de eso...

Pues yo entoavía me acuerdo.

Luego usted, señor Fabiana,

me enseñó todo lo que tenía que saber.

-No, sé Casilda, no sé. No estoy muy segura.

Venga, Fabiana, por Dios.

Que, seguramente,

alguna de esas muchachas vale la pena.

Dales una oportunidad.

Ya, pero es para trabajar

en casa de unos hombres de mal carácter

que ni conocen las obligaciones de las criadas.

¿Quién nos dice a nosotros que no le van a dar una mala vida

a la pobre mujer?

-Bueno, peor que como están,

pidiendo a la puerta de la iglesia, no van a estar.

-¿Ves a aquella de allí?

¿La del...? ¿La del mantoncito marrón?

El marrón claro, sí.

Ayer estuve hablando un momento con ella,

y a mí me pareció una buena mujer, la verdad.

-Seña Fabiana, vaya a hablar con ella.

Lo mismo, esta es su buena labor del día.

-Es verdad, Casilda.

Voy a hablar con Lolita, a ver qué dice.

(BELLITA) Le agradezco que haya cedido a darle clases

a la esposa de mi sobrino.

-Estoy encantada. Ya sabe que adoro la música.

-Digo yo, pero no se me ocurriría trata de enseñarle nada a Alodia.

Aquí, entre nosotras,

creo que tiene un oído enfrente del otro.

-Seguro que exagera.

Todo el mundo acaba conquistado por la música.

-Ya verá, ya.

-Pondré todo mi empeño.

Así me entretengo.

-¿Entretenerse?

No tienen ni usted ni su esposo aspecto de aburridos.

Se ve que se adoran.

-Ya sabe lo largos que son los días.

-Lleva razón. Y, cuanto mayor se hace una, más largos.

-Buenos tardes, Valeria.

Ya he comprado los cuadernillos de los "pentagramos".

-"Pentagramas", Alodia.

-Ah, que nunca se me viene ese nombre.

Los de las rayitas finas.

-Eso está muy bien.

Pero antes de los pentagramas, debemos empezar por las notas.

-¿Y eso para qué sirve?

-Empezaremos desde el principio.

-Bueno, entonces, el piano, ¿cuándo me lo compro?

-Todavía podemos esperar unos días.

Tenemos mucho trabajo antes de darle a las teclas.

-Ea, pues lo mejor es que yo la deje tranquila.

-No, no, no. Eh...

Quédese, por favor, es la primera clase.

Y, con la experiencia que tiene, podrá aportar algo.

-Sí, mejor quédese.

Y dígale a la Maruja que prepare un té con pastas.

Estoy agotada con tanta nota.

-¿Agotada, chiquilla?

Está bien, le diré a Maruxiña que sirva el té y vuelvo.

-No tarde, si tarda, a lo mejor ya me lo he aprendío to.

¿Eh?

Venga.

Madre, debería decirle la verdad a su hermana.

-Cállate, que te van a escuchar.

-No podemos seguir aquí mintiendo.

Ni Rosina ni Liberto lo merecen. -¿Quién está mintiendo?

Hemos venido a pasar unos días,

y eso es lo que estamos haciendo. -Que se eternizan y eternizan.

-Eso lo que hay que hacer, y ya está.

Rosina es mi hermana, sé lo que le debo decir y lo que no.

Pero, y si... -¡Ni pero ni pera!

Calla.

-Muy bien, lo que usted mande.

Pero quiero volver a Burgos. Allí está mi novio,

-Ah, tu novio, tu novio...

Anda que no hay hombres en el mundo. (RÍE)

Mira tu tía, que se ha casado con un muchachito.

Vamos, tenías prisa.

Corre.

-Señorita. -Disculpe, que llevo prisa.

-A las buenas.

¿Qué? ¿Cómo va el local?

-Pues aquí, dando los últimos toques.

Mañana reinauguramos.

-¿Tan pronto? -Más vale.

Esto debe empezar a dar dinero.

-Pues, si necesitan ayuda, pueden contar conmigo.

-Tranquila, bastante ocupada debes de estar en esa casa,

con doña Hortensia y su hija,

la señorita... -Azucena.

-Azucena, eso es. -Y no se equivoca en na.

Doña Hortensia da más guerra que Napoleón.

-¿Y su hija, tiene el mismo genio?

-No, ella es un ángel caído del cielo.

Lo que parece mentira

es que haya salido un ser tan lindo de una madre como esa.

-Con tantas virtudes, seguro que está prometida ya.

-No lo sé.

La verdad es que no lo sé.

Aunque no lo creo, la madre no le deja mucha libertad.

Y la que tampoco tiene mucha libertad es servidora.

Me voy a por harina para hacer croquetas.

A más ver. -Con Dios.

Do.

Re.

"Fu".

Fa.

"Tri".

"Ka". "Sum".

-"Tri", "ka", "sum".

¿Y eso qué es? -Las notas, ¿no?

-No.

Las notas son: do, re, mi, fa, sol, la, si.

-Bueno, pero se parecen.

-Pero no es.

-¿Usted se las sabe?

-Pues claro, hija, que me las sé. Mira...

# Do, re, mi, fa,

# sol, la, si. #

-Claro, cantando también me las sé yo.

Muy bien, dígalo cantando.

(DESAFINANDO) # Do, re, mi, fa, sol

# la, si. #

Ahora lo he bordado, ¿no?

-Mucho mejor.

Mucho mejor.

Necesitamos mucho trabajo todavía.

-Normal. Roma no se hizo en una hora.

¿Era Roma o era París?

-No sé, da igual.

-¿Y cuándo vamos a empezar con el piano?

-Pronto, muy pronto.

-Muy buenas tardes.

¿Cómo van esas clases?

¿Ya tenemos por aquí a una moza?

-Una moza, sí, una buena moza.

-Ignacio, la música me encanta. Dice que he mejorado un montón.

-Muy bien, mi vida.

Cuando termines, vemos los muebles del salón.

-Bueno, vámonos ya, que estoy un poco cansada.

Muchas gracias por las clases, Valeria.

-De nada. -Muchas gracias, Valeria.

-De nada.

-Paciencia.

-Creo que no va a dar resultado.

-Esperemos que se canse pronto y le dé por las clases de pintura.

Pues ni el menor caso que le han hecho a mis alubias.

A ver, si hubieran sido castañas de Naveros del Río...

Oiga, que mis alubias son famosas por aquellos montes.

¿Les he hablado de los concursos de gases?

-Cien veces, Jacinto, cien veces.

A ver, el problema no son ni las alubias ni las castañas

ni un cochinillo asado que les hubiéramos llevado.

El problema son ellos dos.

-Eso es verdad.

Tienen el juicio nublado.

O se termina pronto esto o se dejan morir.

Parece mentira que personas que han sido

y han tenido tanto lustre,

acaben de esa manera.

Menos mal que mi santa esposa ha metido cartas en el asunto.

¿Qué ha hecho usted, Fabiana?

-Creo que les he encontrado una criada.

-Pobre mujer, no sabe la que se le viene encima.

A ver si Lolita los convence para que le acepten

y dejen que lleve la casa.

-Fabiana, vecinos, vengan.

Quiero que sean los primeros en conocer nuestra nueva arrocería.

¿Y hay cata de platos?

Hoy no, eso mañana. Hoy solo mirar.

Pero pasen, pasen, por favor, ilustres vecinos.

Ay, qué ilusión.

-Buenas. ¡Muy buenas!

Bueno, bueno... -¡Oh, oh!

(FABIANA) Ay, ay, ay...

Mira, ay, ay...

Mira, Servando, qué tal. Mira qué preciosidad.

Ay, con flores y todo.

¡Menudo sitio de postín!

-Oigan, digno de un rey.

Y con lo que me gustan a mí los arroces.

-Bueno, pues no me quedan mal.

-No sea usted humilde.

Mi abuela hace los mejores arroces de España.

-Esto va a ser un éxito.

Se lo digo yo, que conozco muy bien este barrio.

-Ay, Fabiana, ojalá.

Ojalá.

(SUSPIRA)

-"Me voy a lavar las manos". ¡Lávate la boca!

De pequeña era igual, sin dar explicaciones.

-¿Qué tal, amor?

¿Y tu hermana, no está?

-Está en su cuarto.

-No es su cuarto, es el cuarto de invitados.

¿Sabes cuándo se van? -No.

Se lo he preguntado, pero no me ha dicho nada.

-O se lo sacas tú o lo haré yo. -No, por favor, que no quiero peleas.

Ya veré cómo lo hago. -Hazlo como tú quieras, cariño,

pero no lo dejes, por favor. -Ya te he oído.

Oye, ¿qué sabes de don Felipe y de don Ramón?

-Pues nada. Están como siempre, pero un poco peor.

Es como si fueran por una ladera cuesta abajo

y no supieran frenar.

-¿Y qué hay abajo? -El precipicio, supongo.

No sé para qué hay criada en esta casa.

Quería ponerme una blusa, y no está para plancharla.

-Mañana, mañana te la plancha.

-Me alegro mucho de que esté aquí, Hortensia.

Me gustaría hablar con las dos.

He estado pensando en hacer una pequeña excursión a Ávila,

para ver las murallas.

-¿Ávila? Ay, me encantaría.

-Pero ahora no hace muy buen tiempo para una excursión así, ¿no?

Creo que va a llover.

-En eso tienes razón, cariño.

Igual es mejor esperar unas cuantas semanas.

Aunque quizá usted, Hortensia, y su hija ya no estén aquí, claro.

-No, por nosotras no hay ningún problema,

no tenemos ninguna prisa.

Podríamos ir en la primavera.

Felipe, hay unas normas básicas de convivencia.

No se puede usted estar quejando siempre de todo:

de los ruidos, de la luz, de todo.

Don Ramón, ¿no se ha enterado? No quiero normas.

Entonces, viviríamos como salvajes.

Hay que airear la casa,

comer a unas horas, dormir a otras...

¿Para qué? Lo único que quiero es dormir 23 horas al día.

Así no pienso.

(Puerta)

Pero ¿es que no va a dejar de venir gente a esta casa?

-Les presento a Fátima, su nueva criada.

-No necesitamos que nadie nos encuentre una criada.

Somos perfectamente capaces de hacerlo solos.

La hemos encontrado Fabiana y yo, y se va a quedar.

Lolita, no tienes ningún derecho a tratarme con un niño.

Cuando se comportan como adultos, los trataré como tal.

Y usted, don Ramón, vaya a casa,

ahí es donde tiene que estar. ¡He dicho que no!

Esta es mi casa...

y yo decido.

Acompáñame, don Ramón.

Apártese.

No te preocupes, en el fondo, es buena persona.

Tú te quedas.

-Si usted lo dice.

-Disculpe el retraso. -Se supone que es usted

quien debe esperarme a mí, y no al contrario.

-Lo siento. He tenido que recoger a Valeria tras sus clases de música.

-Tal vez se está excediendo en su adaptación al barrio.

-Creo que es necesario, don Aurelio,

es una forma de tenerla entretenida.

La ausencia de su esposo le pesa.

He intentado convencerla

de que se encuentra en un lugar seguro.

pero cada día está más ansiosa.

-Quizá haya que visitar al grafólogo

para que falsifique la letra de Rodrigo

y hacerle llegar una nueva carta.

-¿Es así como la convenció?

-Fue su propio marido quien le pidió que se pusiese en mis manos.

Figúrese, dar con ese grafólogo, fue una bendición.

-Ninguna nueva carta podría mitigar su ansiedad.

-Corremos el riesgo de que se dé cuenta del embuste.

Únicamente utilizaremos el ardid

cuando sea un caso de absoluta necesidad.

-Lo que usted diga, don Aurelio.

Una cosa más.

¿Sabe hasta cuándo tendré que hacerme pasar por su esposo?

-No me diga que no está disfrutando

de tener una mujer tan bella a su lado.

-Estoy un poco cansado de ser su niñero, nada más.

-¿Tiene algún problema con el encargo que le he hecho?

-No voy a cuestionar sus decisiones. Sabe que estoy a sus órdenes.

-Entonces ¿a santo de qué vienen tantas prisas?

-Tengo algunos asuntos en marcha que me gustaría retomar, nada más.

-¿Usted cree que a mí eso me importa un comino?

Usted permanecerá aquí mientras yo precise sus servicios.

Después puede hacer lo que le venga en gana.

-Sé perfectamente cuál es mi lugar. -Pues no lo olvide.

-No lo olvidaré.

Sabe que puede contar con mi lealtad.

La búsqueda de Rodrigo hasta la fecha no ha dado resultado,

así que deberá continuar vigilando a Valeria.

Seguiremos fingiendo que somos un matrimonio feliz.

En el barrio, todo el mundo lo cree. -No esperaba menos de usted.

Continúe con el embuste

hasta que Rodrigo aparezca por Acacias,

-¿Cree que vendrá a buscar a su esposa?

-No me cabe ninguna duda.

-Por eso no puede dejar de vigilarla.

-Seguiré con la comedia hasta que me lo diga.

-Es usted un poquito... duro de mollera.

Le ha costado darse cuenta de cuál es su papel en todo esto.

-No, el señor me ha entendido mal.

Simplemente me interesaba por un posible final de su encargo.

-Pues ya me ha oído, de nada le va a servir presionarme.

-Nunca lo haría.

-Pues grábeselo a fuego en la mente.

No podemos permitirnos ningún fallo.

-Descuide.

No le fallaré.

No entiendo por qué no entra nadie.

-Un poco raro sí que es.

Y eso que la paella tiene una pinta de suculenta.

-Me niego a ir a sitio tan vulgar

y tan poco acorde con el nivel que hay en el barrio.

Soy esposo es médico,

no podemos dejarnos ver en esos sitios.

Parece buena mujer,

pero aguantar a Felipe es harina de otro costal.

-Tú no te preocupes, voy a convertir a esa muchacha

en una criada de las de marca mayor. Ya verás.

Madre, ¿me daría unas pesetas para comprar un libro de poesía?

-Ya tienes muchos libros. Puedes leerlos otra vez.

-Ya me los sé de memoria.

-Pues ve a una biblioteca y pide uno prestado.

Tengo una sorpresa que espero que sea de tu agrado.

-No sé qué puede ser.

Nuestros gustos son completamente opuestos.

-Son dos entradas para la ópera.

-Tu hermana es de la cofradía del Puño Cerrado;

no se invita a nada: ni a un café ni a unas flores para la casa.

-Es muy despistada, quizá no ha caído en convidarnos.

-Creo que hay algo más.

-No tengo la menor duda de que es todo un caballero.

Y, por eso, me gustaría hacerle una pregunta.

-El arreglo de Fátima no tiene pinta de funcionar

por los gritos que le mete.

-Claro que va a funcionar, mujer. No seas agorera.

¡Endriago, maldita seas!

¡Vas a pagar todo lo que rompas con esas pezuñas...!

Con la ayuda de Dios.

Puedo figurarme lo que sentiste al perder a seres tan queridos.

-Valeria, estás felizmente casada. no sé si sabes lo que es esto.

Si has venido aquí a decirme cómo debo comportarme,

será mejor que te marches con aire fresco.

No soy un niño al que debes regañar.

Ya no puedo aguantar más. Con el cambio de imagen,

me he gastado todo lo que teníamos de reserva.

Si esto no arranca pronto, vamos a tener que cerrar.

¿Qué haces?

Yo no te he pedido un café.

-Me gustaría que usted y yo habláramos sosegadamente.

-"Recuerdo una cosa que ya le dije":

Valeria es su esposa...

solo en esta pantomima que hemos montado.

No se sobrepase ni un milímetro.

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Acacias 38 - Capítulo 1410

19 ene 2021

Aurelio Quesada se inquieta por la cercanía que David y Valeria parecen mostrar de forma natural, sin fingimientos.
Mientras tanto, Ramón y Felipe vuelven a enfrentarse por culpa de la cena, pero Lolita llega justo a tiempo antes de que la discusión pase a mayores. La situación entre los dos amigos es insostenible.
Por otra parte, Alodia comienza sus clases de piano con Valeria, y resultan ser todo un desastre. La antigua criada no tiene talento musical.
Inma y Guillermo terminan los arreglos en el Nuevo Siglo XX y lo convierten un restaurante de postín, a la vez que Rosina intenta averiguar el tiempo que Hortensia planea quedarse en su casa.

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  1. juan pardo

    hola ,me disculpan , la Alodia me tiene hasta las narices , tendra su merecido si no fallece volvera hacer la criada de siempre ah sido.. don ramon y felipe son tom y jerry buenos actores insisto que felipe hara pareja con lolita y rosina en su burbuja liberto el paciente ingles

    21 ene 2021