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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1355 - ver ahora
Transcripción completa

Estoy recopilando información sobre la muerte de doña Felicia.

-Pregúnteme lo que necesite.

Me voy a buscar a Armando. -¿Cómo ha dicho?

-Armando me debe una explicación

y no voy a parar hasta que me la dé.

Si no me deja salir, me escaparé.

¡Ya está bien! ¡Mi paciencia se está agotado!

-Pero ¿qué haces? (RÍE) ¡Has emborrachao toda la anotomía!

Tranquilo, no lo abro nunca.

Pero si esto huele a licor... y a perfume barato.

Le debía un favor.

Nuestro plan para seducir a Felipe está en marcha.

-Quiero enviarle una carta a Aurelio.

¿Podría llevársela?

Deséame suerte y buen viaje.

-"¿Sospechan que Natalia pudo estar involucrada

en la muerte de la señora?". -Según la autopsia,

Felicia murió envenenada.

-Reconozco que en las distancias cortas

es usted más apuesto de lo que me esperaba.

Se rumorea que es un amante admirable.

-Como últimamente me hacías menos caso que al pito del sereno,

me he buscado una ocupación.

Voy a trabajar como peluquera a domicilio.

Buenas tardes.

Váyase a casa, señorita.

El que calla otorga.

No he respondido a su pregunta; simplemente me niego a su juego.

Un hombre misterioso.

Y un caballero. ¿Es esa la impresión que quiere dar,

la que derrite a las mujeres que le rondan?

Eso no es de su incumbencia.

¡Oh, vamos, no se enfade usted!

Vivimos en un barrio en el que nadie puede guardar secretos.

Cierto.

Por eso sé perfectamente la fama que la adorna a usted.

Yo llevo aquí mucho menos tiempo,

apenas he cometido algún pecadillo venial.

No es de la misma opinión don Ramón Palacios, íntimo amigo.

Eso son solo embustes.

Cierto, puede que la gente exagere

y que usted no llegara a seducir al diputado Palacios.

¡Naturalmente que no! Pero sí lo intentó.

Y no es solo eso lo que le reprocho.

Su mujer estaba enferma y sus coqueteos agravaron su mal.

A esa mujer la tengo en muy alta estima.

No creo que usted y yo podamos tratarnos con normalidad.

Parece usted un hombre honesto, una rareza en estos tiempos.

Eso acrecienta mi interés.

A mí, sin embargo, las señoritas descaradas

no me atraen en absoluto.

Por muy hermosas que sean.

Al menos me considera usted hermosa.

También las rosas y tienen espinas. Yo no.

Me temo que sí.

Por lo que sé, usted suele acompañar a Genoveva,

y esa mujer es ponzoña.

No quiero tener nada que ver con ella ni con sus compinches.

Me trato con ella como cualquier otra señora del barrio.

Créame, conozco a Genoveva.

Por desgracia, continúa siendo mi esposa

y su maldad y su odio contamina a todos aquellos que la rodean.

Usted no es la excepción.

Si quiere un consejo,

aléjese de ella.

(Sintonía de "Acacias 38")

No saben cuánto les he echado de menos.

También nosotros le hemos echado de menos.

Créame, no nos lo podíamos quitar de la cabeza.

A veces era como si lo viéramos.

¿De veras?

De una forma muy vivida,

como si lo viéramos en una fotografía.

Temíamos mucho por usted

al imaginarlo mediando entre las potencias en conflicto.

Ya sabe, en tiempos agitados, no solo hieren las balas.

¿Ah, no? ¿Y a qué otras amenazas se refiere usted?

Ya sabe, los ambientes diplomáticos en los que usted se mueve,

pues dicen que abundan los espías

y las traiciones.

Cierto.

Y las mujeres. También abundan las mujeres.

¿Y dónde no, mi querida Rosina?

Me refiero a las malas mujeres,

querido Armando, malas mujeres...

que hacen con los hombres lo que se les antoja.

Repito: ¿y dónde no, señora?

¡Siéntese,

Armando, siéntese!

Quizá no pueda permitirme gozar de su compañía esta tarde.

Antes debo encontrar a Susana.

He ido a casa y no estaba.

¿Me pueden dar ustedes noticias de su paradero?

Que si conocemos su paradero dice.

Es usted un sinvergüenza, Armando.

¿Cómo se presenta aquí como un buen marido que regresa del trabajo?

-Es que regreso del trabajo.

¡Se merece una bofetada y vernos mañana en el campo del honor!

¡No, que seguro que se maneja mejor que tú!

¡Suficiente! Están logrando terminar con mi paciencia.

Vengo a preguntar por mi esposa.

Díganme dónde encontrarla y no tendrán que verme más.

¿Cuál de ellas, canalla?

Señora, mi paciencia tiene un límite.

Y la mía también. Conteste ahora mismo a la señora.

¿A quién se refiere, a mi tía o la princesa de Holbein-Tiessen?

-¡Bígamo miserable!

-¡Cielo santo! No tengo tiempo para explicaciones.

Les aseguro que solo tengo una esposa,

su señora tía, sí, Susana.

Díganme dónde encontrarla y no me verán más.

Se ha marchado a buscarle.

¿Adónde? Si no sabe cómo encontrarme.

Esa es una de las razones para buscarle,

porque no sabe dónde está. ¡Se ha ido a Viena!

¿A Viena? ¿Se ha vuelto loca?

¡Tengo que dar con ella antes de que cruce los Pirineos!

¿En qué medio se ha marchado? -En tren hasta Barcelona.

Allí enlazará con cualquier otro medio.

Debo alcanzarla. La traeré de vuelta.

¡Y tendrán ustedes cumplidas explicaciones a mi regreso!

(ROSINA RESOPLA)

¿Qué te parece?

¿Qué, le gustan los espaguetis?

Deliciosos.

Ni en la propia Italia es fácil encontrar unos espaguetis

en su punto de cocción justo.

Al dente.

¿Qué?

El punto de cocción que se prefiere en Italia se llama "al dente".

Ah, sí, sí, lo sabía, es solo que no te había entendido.

Lo dicho: en Italia se encuentran al dente, claro,

pero no en todos los restaurantes ni mucho menos.

Y te lo digo yo,

que he recorrido la península itálica de punta a punta.

Hay que buscarlos mejor en las cocinas caseras.

La pasta de la "mamma".

Sí, eso es lo que quería decir.

Los tuyos tienen ese aroma a hogar que no es fácil de conseguir.

Le han gustando entonces. -Mucho.

Sin que te vengas arriba,

considero un acierto tu contratación.

Muchas gracias, don Roberto.

Mi abuela quedaría satisfecha si le escucharan alabar sus recetas.

Todo lo que sé lo aprendí de ella.

Pues felicítala de mi parte si puedes.

¿Y dice usted que ha recorrido Italia de punta a punta,

de los Alpes a la Puglia? -Y más.

Hasta Sicilia pasando por la costa amalfitana.

Tendrá usted muchas vivencias que contar.

Muchas.

Y con muchas enseñanzas a extraer.

Soy toda oídos.

Verás, en una ocasión que estuvimos Sabina y yo en...

Veo que ya has terminado de comer.

¿Qué te han parecido los espaguetis all'amatriciana?

Excelentes, se lo estaba diciendo a Daniela.

Una joya de muchacha.

Y seguro que el punto de picante estaba ajustadísimo.

Desde luego.

Roberto, acompáñame a la bodega,

quiero enseñarte cómo hemos colocado el último envío de vino.

-Sí.

Buenísimos, Daniela, buenísimos.

Tú dirás lo que quieras, pero me lo ha contao mi primo.

Pero si Jacinto duerme como un muerto.

Pues más a mi favor,

que si durmiendo como un difunto,

tu señorito le despierta, es porque llega montando bronca de la buena.

-O séase,

que el caballerito don Ignacio vuelve a casa bien cocío

una noche sí y otra también.

Vaya, vaya, vaya.

No haga caso, seña Fabiana,

que son exageraciones de esta y el entrometío de su primo.

-¿Entrometío mi primo?

Más quisiera él no entrometerse,

pero es tu señorito quien lo despierta sus romanzas.

¿Entra al portal cantando?

Y hasta zapatea en los escalones.

Menuda figura que está hecho tu señorito.

Eso es porque le invitan sus amigos de la tuna.

Vaya, hombre, con la tuna hemos topao.

Le invitan porque les da cosa verlo entre libros

sin levantar cabeza.

Ah, claro,

que le tienen que rogar pa que salga con ellos de ronda, ¿no?

No son buena compañía los tunos, no,

que en la estudiantina se juntan los más golfos entre los golfos.

Y de mano larga con las mujeres.

¿Qué sabrás tú de estudiantes y de rondallas?,

si no has pisado una facultad.

¿Y tú sí, licenciá?

Tampoco, pero sé cómo es el señorito de bueno y de noble.

¡Y nada de mano larga!

Caballero y estudiante, eso es lo que es.

-Mira, Alodia,

yo no me voy a meter en lo que tu señorito es o deja de ser,

yo solo te digo que te andes con cuidao y que no te prendes.

Pero ¿qué dice usted?

¡Qué prederme ni qué nada!

Ándate con ojo.

Por caballero y atento que parezca, terminará haciéndote sufrir.

Escúchame,

esto te lo digo porque yo lo he pasao.

Además, sufrirás en vano,

¿sabes? To pa na.

Seña Fabiana, yo la respeto mucho,

pero no necesito advertencias ni consejas,

que no soy tonta. Con Dios.

Eres una verdadera joya, Daniela.

Cierto, todavía no la he visto estar de brazos cruzados.

Ni la verás.

No veas cómo trabaja para lo joven que es.

Ve a que te dé un poco el aire.

Gracias por los halagos, señores, pero no es necesario,

ya pasearé cuando termine mi turno.

No, no, no. Deja ahora mismo eso y tómate una hora libre.

De verdad que no, estoy bien.

Pero ¿no has oído al señor?

Descansa un poco, que te necesitamos fresca para las cenas.

Bueno, de acuerdo.

Muchas gracias.

Y tampoco te apresures.

Con Dios.

Adiós, Daniela.

Con Dios, Daniela.

¿Qué te ha parecido? ¿Cómo ha quedado?

Bueno, si hablamos de eficacia, no ha quedado mal.

El mueble oculta bien el cemento que tapa el butrón.

¿Pero?

Me revuelve las tripas ver que hemos tirado por la borda

un trabajo bien hecho.

No te hagas mala sangre, Roberto.

Hemos dejado esa vida

y no tiene vuelta atrás.

Atrás la hemos dejado,

lo que no quiere decir que haya sido una buena decisión.

Resultaba mucho más provechosa que la vida de taberneros.

Fue bonito mientras duró,

nos debemos a nuestra familia y a este restaurante.

Sí, será diferente,

pero cuando nuestro hijo y su mujer salgan de presidio

podremos ofrecerles un lugar donde asentarse.

Sí. Siempre y cuando quieran asentarse.

Querrán, Roberto. Querrán, ya lo verás.

Verán a su hijo, nuestro nieto,

convertido un hombre de provecho

y renegarán de nuevas correrías.

Tienes que hacerte a la idea y poner tus energías en el restaurante

y en encauzar a Miguel.

Que sí, que no me lo tienes que decir más veces.

Y en ese sentido, la contratación de Daniela ha sido todo un acierto.

Sí, un acierto en los dos sentidos, ¿no es eso?

¿De qué me hablas?

No das puntada sin hilo, Sabina.

Me da a mí que Daniela ha conseguido su puesto por sus recetas

y por sus gracia y porte, ¿no?

Debería haber sabido que te darías cuenta.

Sí.

Miguel necesitaba una ayudita para olvidar a la Bacigalupe

y enamorarse de nuevo.

¿Y quién mejor que su abuela para buscarle nueva novia?

Bueno, para eso estamos las abuelas, ¿no?

Y esta abuela en concreto, para hacernos felices a todos.

(Beso)

(SUSPIRA)

(AURELIO SILBA)

Pues ya está.

¿Te gusta?

Sí, no está mal.

Te has puesto muy guapa.

Gracias. -¿Otra cita con el gabacho?

¿Con Pierre? No.

¿Otro?

En todo caso, sin suerte.

Pobrecita.

¿En qué andas?

No tiene nada que ver contigo.

Todo lo tuyo tiene que ver conmigo. Y con nuestro apellido.

Es un asunto personal de doña Genoveva,

le estoy ayudando.

¿Genoveva? ¿Personal?

Me inquieta.

Pues lo siento,

si quieres vivir más tranquilo,

deberías ser más claro en tus instrucciones.

Un día me ordenas camelarme a tu socia Genoveva

y otro te inquieta que le dé gusto en sus demandas.

Aclárate.

Natalia, no seas simplona.

Claro que tienes que estar a partir un piñón con Genoveva,

pero no dejarte manipular.

Si haces lo que ella te dice,

quizá pueda ponerte en contra de tu familia.

No soy tan estúpida, pero en todo caso, aplícate el cuento.

No te pases de lista.

Es Genoveva quien está comiendo de mi mano.

Si hace algo, me daré cuenta.

(Puerta)

Yo abro.

Soledad.

Traigo esto para su hermano.

Pase.

Don Aurelio...

¿Sí? -Una carta de la señorita Anabel.

Que era él,

que subió escopetao y llamó a la puerta de doña Rosina.

¿Le viste de frente o de espaldas? De las dos.

De frente cuando venía y de espaldas cuando subía.

¿Llevaba un frac y toa la pechera tapizá de medallas

y conmemoraciones? Porque si lleva las conmemoraciones,

es que era él. Condecoraciones.

Es lo mismo. No es lo mismo.

¿Se cree que esa gente siempre viste de gala?

Vista como vista, lo que hace falta es saber si era don Armando o no.

Que sí que era él.

A las buenas. -Mira qué a tiempo.

¿Ha llegao don Armando a casa de tus señores?

Pues no, pero tendría gracia.

Yo no se la veo.

Un hombre, por muy diplomático que sea,

no puede andar con mujeres, y menos, si está casao con las dos.

A menos que sea bígamo.

En ese caso, no estará bien visto, pero poder puede.

¿A que era don Armando?

Que no lo sé, Jacinto.

Pues si era, menudo chasco se va a llevar,

porque doña Susana se ha marchao con viento fresco.

¿Ande se ha marchao?

A Viena, eso he escuchao.

De verdad, no sabéis nada de geopolítica internacional,

no se ha podido largar a Viena

porque tendría que atravesar toda la zona en conflicto.

Pues se habrá puesto el mundo por montera,

y se ha largao con guerra y to.

Esto va a tener que ver con el retrato que salió en los diarios,

el de la princesa. -¿No le he dicho yo que es bígamo?

Si yo estuviera casá con un hombre que se ha marchao

y, que encima, se ha casao con la otra que se ha marchao,

yo no iba a buscarlo. que le jeringuen.

No hay que ser tan cascarrabias y extrema,

que a veces, un hombre tiene sus empujes.

¡Aunque luego no pase na!

(CHISTA) Usté cállese, cállese,

que sé por dónde respira.

En bastantes líos te has metío ya por tus empujes.

¡Me voy, que aun te llevas una colleja!

Con Dios.

¿Y a estas, qué les pasa contigo?

Siguen amoscás porque que confié en Indalecia antes que en mi esposa.

Eso es el sino del hombre casado,

no todo el mundo puede ser libre y soltero como yo.

Usté vendería a su madre por estar casao.

Todos los casados han vendido a su madre.

¿Quién me manda a mí dudar de ella? Con lo que yo la quiero.

Da igual si la quieres o no,

lo importante es que ella crea que la quieres.

Y que se lo crean los demás.

Eso es lo que quiero, convencerla de que la quiero,

pero estando en Barcelona, no sé cómo hacerlo.

Tú déjame que yo le dé vueltas a eso, que...

eso te lo arreglo yo.

¡Alodia!

¡Ay, señorito, qué susto me ha dado!

No era esa mi intención, chiquilla.

Quería darte una sorpresa.

¿Qué hace en la calle? Le hacía a usted estudiando.

Y en ello estaba. Anatomía.

Los músculos del ser humano.

El músculo esternocleidomastoideo.

El esternocleidomastoideo... -¡Ay, calle, calle,

que parece mentira que los humanos tengamos esas cosas.

¿Has visto cómo estoy hincando los codos?

No, si lo veo.

Solo para aprender ese músculo me habría dejado la infancia.

Por eso necesitaba un descanso. Tómate un cafelito conmigo.

Por favor.

¿Cómo me voy a tomar un café con usté?

No sería decente.

¿Ni aunque te lo ruegue?

No quiero dar que hablar,

que luego, las compañeras hacen lenguas.

Ya empezamos con el qué dirán.

Es mejor así, hágame caso.

Bueno, que tengo que ir a preparar la cena.

Si es por eso... Adiós. Anda, adiós.

-Con Dios.

¿Qué va a tomar el señor?

Si lo traes con esas manos, todo me va a saber a gloria.

Y más con esa sonrisa. Qué guapa eres.

-¿No se cansa usted nunca?

No, si se trata de tanta belleza.

¿Qué le parece un expreso doble especial para estudiantes embotados?

Ni mi médico de cabecera atina tanto.

Venga ese expreso, hermosura.

Que eres una hermosura.

¿Cree usted que todas las mujeres se mueren por oír

sus agudezas galantes?

No creo que se mueran, si no ya habría parado antes.

Qué gracioso.

Le recomiendo una cosa, deje de molestar a mis empleadas.

Usted perdone, pero no he molestado a nadie.

Empleada suya o no, la señorita tiene una belleza digna de alabanza.

Es lo que yo hago con mis piropos, alabar al Señor

por haber traído tanta belleza a este valle de lágrimas.

No sé cuánto sabrá usted de lágrimas,

aunque me gustaría averiguarlo por mí mismo.

Le recomiendo que se tome su café en silencio,

y hala, se vaya a alabar la belleza a un museo.

No se lo tome usted a mal. Don Roberto es una buena persona.

Algo estirado, diría yo. Qué carácter tiene.

No, aunque lo parece.

Pero nunca se sabe cuándo habla en serio y cuando no.

Perdónele. -Cómo no, si me lo pide un ángel.

¿Ves como tenía yo razón?

No vuelva usted a las andadas.

Digo lo que pienso. Eres lo más bonito que hay.

Debería usted pensar un poco más en las consecuencias de sus actos,

sobre todo de sus zalamerías.

¿Qué tienen de malo mis zalamerías?

No a todas las mujeres les da igual como a mí.

No haga sufrir a nadie.

¿Tú sufres por mí o...?

Sabe bien a quién me refiero.

La que me está cayendo.

(Puerta)

¿Cómo la ha recibido?

Con emoción. Por más que pretendiera ocultarlo,

le temblaban las manos mientras abría el sobre.

¿Usted cree que es sincero?

Don Aurelio tendrá sus defectos, no lo niego,

y quizá sea retorcido cuando lo tiene que ser.

Ya se sabe que en los negocios... -Como mi padre.

Ahí quería yo llegar.

En los negocios todo está permitido,

pero, en mi opinión, con respecto a usted,

es sincero.

La quiere de verdad. No hay más que verle.

Yo también creo que me ama.

Le he odiado durante mucho tiempo

y nunca pensé que lo diría así, pero me quiere.

Lo pasado, pasado está.

Sobre todo, cuando lo que me contaron de él era mentira.

Siempre le he querido, siempre, desde niña.

Y ahora, de verdad me siento correspondida.

Cuente conmigo para lo que necesite.

¿Incluso al margen de mi padre?

Como usted prefiera.

¿Y ese cambio?

Le tengo que decir que...

me he dado cuenta que Aurelio es el hombre adecuado para usted.

Perdóneme si le molesta,

pero el señorito Miguel no estaba a su altura, señorita.

Miguel es un buen partido, pero no para mí.

En todo caso, poco importa ya.

Mi deseo, mi pasión por Aurelio no deja lugar a otras alternativas.

La entiendo. Y más cuando el deseo es mutuo.

No puedo dejar de pensar en él. A todas horas, en cualquier lugar.

Soledad, ¿de verdad cuento con usted?

(ASIENTE)

Entonces tiene que ayudarme para que mi padre me deje salir de casa.

Habrá que esperar el momento adecuado.

Su padre no es fácil.

Tenga usted paciencia. -Eso es mucho pedir.

La casa se me cae encima,

y más, sabiendo que Aurelio también desea verme.

Haré todo lo que esté en mi mano.

Pero tenga paciencia.

Está bien.

No, no creo que ni siquiera dudara.

Ni un momento.

No vi en sus ojos deseo, solo desprecio.

¿Está segura?

Es una joven preciosa y Felipe no es inmune a la belleza femenina.

Que digo inmune, es un entregado a la galantería.

Bien lo sé yo.

Habrá cambiado.

A mí no me dio ni una oportunidad.

Y dejé bien claras mis ansias por intimar.

No, le estaba probando.

Sé que Felipe, por mujeriego que sea, no va a caer tan fácilmente.

Está muy bregado. Debe ser más sutil.

Pero no somos de las que nos rendimos en la primera liza,

¿verdad?

Me encantaría terminar seduciéndole,

doblegándole.

Y lo hará, si sigue mis consejos.

Felipe es una persona compleja.

No tiene escrúpulos, se lo garantizo,

pero le gusta verse a sí mismo como un romántico.

Ahora que lo dice, fingí dolerme en el tobillo.

Y acudió en su ayuda.

Así es.

Por un instante pensé que lo tenía,

pero esa sensación pasó rápido y enseguida me rechazó.

Porque debió presentarse frívola y disponible.

Creí que se encelaría rápido como un garañón.

Lo es, se lo garantizo.

Pero a Felipe, con las mujeres, más que la ligereza

le excita la vulnerabilidad, la inocencia...

Debe fingirse cándida, ingenua.

No sé si me creerá.

Insistió mucho en mi relación con usted

y en que usted emponzoña a las personas que la rodean.

Mejor. Así la verá como a una joven frágil

que se ha dejado manipular por una arpía como yo.

Créame,

su odio hacia mí le hará perder la perspectiva con usted.

Y cederá. Perdone, pero quiero asegurarme.

¿Dice usted que me presente como una víctima suya?

Así es, una víctima de su malvada esposa.

Querrá acogerla, consolarla, protegerla de mí.

Eso sí que se lo tragará.

Caerá en sus brazos solo para aliviar su culpa

por no haber terminado conmigo.

Entonces, ¿cuándo debo volver a verle?

Eso depende de usted.

A partir de ahora, solo nos veremos cuando sea estrictamente necesario

y en el más absoluto de los secretos.

¿De acuerdo?

De acuerdo.

¿Es cierto? Sí.

Fue sido un ofrecimiento en toda regla.

¿En el callejón, dice?

Fingió hacerse daño en un tobillo.

Lo de Antoñito no fue un error ni un arrebato.

La señorita Quesada es toda una casquivana.

La he tratado con dureza, casi con desprecio.

Se lo merecía.

Yo no merezco que me enrede.

Por suerte o por desgracia, prefiero prevenir que curar.

No le dé más vueltas,

ha hecho usted lo correcto.

Quizá la muchacha no esté atendiendo a su naturaleza,

sino a otra voluntad. Probablemente a Genoveva.

Estoy seguro, amigo.

Una buena tarde para conciliábulos.

Más que intrigas es un intercambio de confidencias entre viejos amigos.

Me marcho entonces, que no quiero interrumpir.

Don Felipe, quería informarle

de que he cambiado las cerraduras de su piso.

¿Por qué? ¿Han intentado forzarlas?

No, no, descuide.

¿Entonces?

Voy a contarles la verdad.

Lo prefiero antes de que piensen cualquier otra cosa.

Mi hija está cada día más rebelde y no se resigna a los castigos.

La ha encerrado.

Por unos días.

De alguna manera, tengo que bajarle los humos.

Puede parecer cruel, pero trato de evitar males mayores.

Las jovencitas necesitan de alguien que les lleve por el buen camino.

De algo parecido estábamos hablando.

Mi casa es ahora suya, don Marcos,

puede hacer y deshacer a su antojo.

No tiene por qué informarme de cerraduras o de otros cambios.

No, no, me quedo más tranquilo teniéndole a usted al día.

Es más, prefiero que tenga una copia de las llaves,

por lo que pudiera pasar. Soledad tiene un juego.

No es necesario, insisto.

Y yo insisto en que me quedaría más tranquilo.

Está bien,

está bien.

Pasaré a ver a Soledad.

Con Dios, señores.

Con Dios. Con Dios, don Marcos.

¡Hala! (RÍE) Ese ha sido rotundo.

¡Uy, aún le queda mucho por aprender!

Yo diría que esa lección ya la tiene aprobada.

No, si quiere que en Cabrahígo le consideren uno de los suyos

y no un pisaverde de ciudad.

¿En Cabrahígo se hacen exámenes de eructos?

Como si los hicieran.

En esa asignatura, la matrícula de honor la tenía mi tío el Tripas,

tu tío abuelo, cariño.

Echaba unos regüeldos como el himno nacional, nota por nota.

Qué lástima.

Se murió de un sofocón intentando regüeldar una sinfonía de Beethoven.

-Ay. ¿La quinta?

-(MONCHO BALBUCEA)

-No sé.

La última. -Ah.

Voy a ir preparando la cena. -Carmen, siéntese.

Quiero hablarle de mi suegro.

¿Vio usté la cara que se le quedó cuando le dijo

que trabajaba de peluquera por las casas?

-A domicilio. Se dice "a domicilio".

-Tanto da. Se quedó de piedra el hombre.

Puede que esté usté tirando de la cuerda demasiado.

No.

Es él quien se empecina en tensarla.

Quiso hacer las paces en cuanto se dio cuenta.

Sí, como siempre.

Se cree que regalándome lo primero que ve en un escaparate

ya tiene bula para unos meses, pues no, Lolita.

Ya no. -La quiere, eso no lo puede negar.

Me tiene, que es diferente.

Puede que hasta me necesite,

pero de ahí a quererme de verdad, al amor de verdad hay un tramo.

Si me quisiera de verdad, Lolita,

me respetaría como soy, me aceptaría tal y como soy.

Para un señor... es muy difícil que su señora

trabaje de peluquera a... domicilio.

Pa ellos, ganarse el pan sudando el sobaco es un desdoro pa ellos.

¿No te lo estoy diciendo?

Tiene que respetarme, sea lo que sea:

señora, criada, peluquera,

lo que sea. -¿Qué más le da ceder un poquito?

¿Está mal en esta casa? -No.

Pero me gusta contribuir en la economía familiar como hace él.

O tú, sin ir más lejos.

Si ya me ayuda usté en la mantequería.

Sin usté no hubiera salido adelante.

Ya. Me gusta que me lo digas,

pero ya estás recuperada

y que Moncho va creciendo, yo seré menos necesaria cada vez.

¿Por qué no volver a trabajar?

Ya lo he hecho y no se me han caído los anillos.

A mí no me tiene que convencer, que no soy un señor como don Ramón.

Lolita,

una esposa no siempre tiene que ser una mantenida

a la que se le contenta con cualquier fruslería

o como mucho, una conversación en los desayunos

entre periódico y periódico.

Una esposa es alguien a quien se le dedica atención,

tiempo y cariño.

Y sin tener que mendigarlo.

¿Sabe qué le digo?

Que me encanta oírla hablar así.

Que tiene más razón que un santo.

Cariño, ya veremos cómo sale tu abuelo de esta.

Ya verás.

Yo no pienso que la alcance. -No se lo perdonaré en la vida.

No solo ha humillado públicamente a mi tía,

sino que la pone en peligro obligándole a viajar.

Por no hablar del pecado y la postura de la Iglesia.

A ella no se le puede echar en cara nada.

No ha sido su culpa que ese depravado se casara dos veces.

Pero don Hilario opina que Susana debería haber acompañado a su marido

por encima de todo,

en la pobreza y la riqueza,

en la salud y la enfermedad, en España y en el extranjero.

El cura debería saber que no todos los oficios son iguales

y que la diplomacia tiene sus eximentes.

Ya. -¿O no?

A las buenas. -Muy buenas.

¿Ya vuelve usted del Ateneo?

No se cocía gran cosa hoy.

Aunque no se lo crea, me encantaría aburrirme con usted

en una tertulia desangelada.

¿Doña Susana?

¡Qué tino!

¿Hay noticias? -De ella no.

Pero del bígamo sí.

¿Se sabe ya dónde para don Armando?

Donde para no, pero pasó por aquí como un suspiro de princesa.

Rosina, por favor, no estamos para chistes.

Perdón, ha sido sin pensar.

Don Armando se ha presentado en casa.

¿Qué quería?

Buscaba a su esposa, bueno, a la primera. Perdón.

Por fin doña Susana tendrá la explicación que merece.

Me temo que no.

Mi tía ha tomado un tren con destino a Viena.

Está arriesgando su vida para...

No estaría yo tan seguro porque por ahí viene.

¡Tía!

Tía, ¿se puede saber de dónde viene?

Sobrino, en la estación de Zaragoza me estaba esperando un telegrama

de mi Armando.

Está aquí y arde en deseos de estrecharme en sus fornidos brazos.

¿Le habéis visto? -A ver, verlo sí.

Es que él vino, pero...

Sí.

Él vino, pero le dijimos que se había marchado

y salió para alcanzarla antes de que cruzase la frontera.

¿Qué? ¡No puede ser! -Pues así es.

¡Tengo que alcanzarle!

¡Todavía llego a tiempo de coger el tren de vuelta!

¡Tía! -Mujer.

Esto no es normal. ¡Susana!

Come bien de boquerones,

que tienen mucho, mucho...

¿Qué tienen las cerillas?

¿Las cerillas?

Cabeza y palo.

-¡Que no, hombre,

lo otro, lo de dentro!

Fósforo. -¡Eso, fósforo!

¿Ves que bien viene tener un médico en casa?

Alodia,

tráele más boquerones al doctor, que no sea por falta de...

De fósforo. -"Fósforo", sí, señor.

¡Qué bien lo dice! "Fósforo". -Sí, señora.

Trae también un jerez seco,

pa que me ayude a pasar tanta dulzura que hay aquí.

Tita, ¿le han aceptado las canciones en la editorial?

Ni una palabra, hijo.

No quiero pensar que no les haya gustado mi selección.

No seas agonías. Les gustará.

Y si no les gusta,

allí que me planto y les hago entrar en razón.

Serán unos orates si no aceptan su lista.

¿Quién conoce mejor que usted los gustos de España?

De la España que cuenta, del pueblo llano.

Ole.

Se quedó corta usted con lo de Bellita del Campo,

usted es Bellita de España. Yo diría que del mundo entero, tito.

Hija, qué seca estás hoy.

¿Estás molesta con algo o con alguien?

¿Por qué tendría que estar molesta con algo?

Buenas. Muy buenas.

Adelante, por favor. Gracias.

Ahora mismo se las doy. Permiso.

Estaban aquí.

No te preocupes. Ya me las darás.

Cuando el señor me dijo que vendría usted a buscarlas,

las dejé en este cajón. No te agobies.

Pasaré en otro momento.

Voy a...

Lo siento muchísimo.

Don Marcos quiere que las tenga usted.

Ya me las darás cuando aparezcan.

Sí, no se preocupe. De verdad que lo siento mucho.

En cuanto aparezcan, yo se las llevo.

Le daría las mías, pero me quedo sin...

Tranquila.

Le acompaño entonces.

Con Dios.

Con Dios. Disculpe.

¿Señorita?

¡Señorita!

¡Que sí, hombre, que siempre estás escamao con el muchacho!

Al lío, tito, como a usté le gusta.

¿Lo ves?

Tu tío, que se creía que no ibas a estudiar.

¿Cómo iba a saber tanto si no estudiara?

Desconfiao. -Lo del fósforo lo sabe cualquiera.

"Lo sabe cualquiera, lo sabe cualquiera".

Dile a tu tito lo del músculo ese. -Esternocleidomastoideo.

¿Oído, ignorante?

Anda, vámonos a que nos dé el aire.

Ea. Con Dios.

Con Dios.

(Se cierra la puerta)

Si no molesto, voy a recoger el aperitivo.

¿Te pasa algo conmigo?

Si lo he hecho, ha sido sin intención.

¿Es verdad que los tunos son unos calaveras y unos aprovechados?

¿Quién te ha dicho eso? Algún falso.

Son estudiantes como yo.

¿Me lo jura usted?

No me gustaría que me tomara por tonta.

¿Es verdad que tienen la mano larga con las mujeres?

Que no.

Son de lo más respetuosos, como yo.

A usted se le van los ojos detrás de las mujeres,

que ya he visto cómo trataba a Daniela, la del restaurante.

¿Y eso que tiene de malo?

Le he echado un par de piropos para alegrarle el día a ella, no a mí.

En mi tierra es costumbre.

No hay malicia, tranquila.

¿De verdad?

Que sí, Alodia.

Tú eres más guapa que ella.

Mucho más guapa.

Yo no quiero que estés mal.

¿Quieres que te invite a un barquillo mañana?

¿Un barquillo? -En el parque?

Tú y yo.

Está bien.

Venga.

¿Ves como tu tía nunca piensa en los demás?

Bueno, sí piensa, pero mal.

Debería habernos llamado desde la estación diciendo si tenía billete.

Con suerte, se ha encontrado allí con Armando.

No sé si llamar suerte a cargar con ese bígamo.

No sabemos si ha vuelto para quedarse.

No va a volver para pasarle por los morros su bigamia.

Un bígamo es capaz de todo.

Esperemos que no y que tenga una explicación convincente.

De todos modos, voy a llamar a París,

a Leandro, para decirle que su madre llegará mañana o pasado.

(Puerta)

¿Quién será?

Señorita, quería una conferencia con París, por favor.

Sí, el número es 4-5-2.

Pero ¿qué hace aquí? -¿Ha vuelto? Dígame que ha vuelto.

No ha vuelto.

Pero ¿cómo que no? -¿De dónde sale usted ahora?

De Zaragoza.

Un telegrama decía que estaba aquí. Y me he vuelto, claro.

¡Con usted nada está claro!

Dios mí, pero ¿dónde está Susana?

¿Dónde estás? -Siéntese.

Leandro.

-Bienvenidos al Nuevo Siglo XX. Siéntense, por favor.

-Gracias.

Puede que yo no hubiese tenido tantas contemplaciones

y le hubiera mandado a volar con viento fresco.

Ni siquiera hace falta.

A tipos como el tal Ignacio, basta con hacerles ver

que no te vas a dejar camelar, con una sonrisa eso sí.

Ya, ya, pero yo no creo que hubiese tenido tanta paciencia.

Ya me ha contado Daniela que has puesto en su sitio

al chuleta de los Domínguez.

Exacto.

Un fatuo jactancioso es lo que es,

y ya sabes cómo me ponen a mí los fatuos jactanciosos.

Menos mal que Daniela no es una muchachita apocada como otras.

Menos mal, sí, porque de otro modo, si hubiera visto

que Daniela se cohibía o se sentía agobiada,

el pisaverde se habría ganado un soplamocos.

No había para tanto. -Por eso no le he partido la cara.

No es mal muchacho, un pisaverde, como usted dice,

un picaflor al que le gusta tener alrededor a las muchachas.

Con las muchachas puede hacer lo que le venga en gana,

pero contigo no.

Bueno, disculpe,

pero eso debería decidirlo yo, ¿no cree?

Solo faltaba que estuvieras molesta conmigo.

¡Déjala hablar!

No estoy molesta. Es usted un caballero,

y eso no es reprochable.

Pero debería graduar.

Hoy en día, las mujeres sabemos defendernos por nosotras mismas.

O lo intentamos.

Tiene toda la razón, Roberto. Estás chapado a la antigua.

Le estoy muy agradecida, de verdad,

pero es cuestión de dignidad.

¡Que sí, que lo he pillado a la primera!

Estaré anticuado, pero no sordo.

(RÍEN)

Tranquila.

Desde el principio reconoció a su dueña.

Como yo.

¿Por qué has venido desafiando a tu padre?

Para ver a mi yegua.

¿Has aceptado mi regalo?

Sí. Aunque tendremos que llevarlo en secreto.

Si supiera que me haces regalos

y que te veo a solas,

no dudaría en mandarme a México o a un convento.

Mi padre tampoco vería con buenos ojos una relación entre nosotros.

Hemos pasado de ser los novios que unirían a nuestras familias,

a ser prácticamente unos proscritos.

No es justo.

No.

No lo es.

¿Qué hacéis?

(RÍEN) -Dejadme.

Os estáis metiendo en un lío. -No me toques.

No me toques.

Dejadme. ¡Que me dejéis!

Soltadme. ¡Que me dejéis!

Debo regresar antes de que mi padre se dé cuenta de mi fuga.

¿Tanto temes su cólera? -Sí.

Pero te aseguro que no me rendiré fácilmente,

pronto seré tuya.

¿Ha enviado más telegramas avisando a mi tía?

Sí, lo que no sé es si mi esposa ha podido leerlos.

Se lo podemos preguntar a ella directamente, ¡miren!

¡Susana!

Ojalá Felicia siguiera con nosotros.

Siempre sabía cómo conciliarnos.

No quiero sustituir a tu mujer, ni lo pretendo.

Pero creo que puedo ayudarte.

¿Hasta dónde llegaría para convencer a don Marcos que le venda acciones?

Estoy dispuesta a llegar hasta donde sea preciso.

No lo dude.

Quiero demostrarte que soy una buena persona, y no un golfo.

Este no tiene que demostrarme nada. -Sí.

Sí que tengo, Alodia, y por una simple razón,

porque me importa lo que piensas.

Tiene que hacer algo más por mí. -¿Algo más?

¿Puedo contar una vez más con su discreción?

Claro. -"¿Dónde está mi sobrino?".

En la facultad, tenía clase.

Pasará la tarde estudiando en la biblioteca.

Qué aplicao es este muchacho.

Y qué despistao también, ¿no?

¿Cómo va a estudiar si se ha dejao los libros en casa?

¡Soltadme! -¡¿Qué está pasando aquí?!

Váyase de aquí, viejo.

Soltad a la muchacha.

Paquete para usté.

Gracias.

¿Queda café?

-"Fausto Salazar".

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Acacias 38 - Capítulo 1355

27 oct 2020

Natalia fracasa en su intento de conquistar a Felipe. Genoveva le sugiere que cambie de táctica… Y Felipe terminará cayendo en sus brazos.
Armando llega justo cuando Susana se ha marchado a buscarlo a Viena, y sin perder ni un segundo va en busca de su esposa… Que regresa a Acacias tras recibir un telegrama de Armando, y vuelve a irse tras Armando.
Fabiana y Casilda advierten a Alodia de que se está ilusionando con el señorito Ignacio y ella es una criada. Ella empieza a mostrarse más distante con el joven… Pero acaba cediendo ante sus atenciones.
Soledad anima a Anabel a que siga con su romance con Aurelio tras verla tan emocionada. La joven le toma la palabra y roba las llaves para escaparse de la casa y encontrarse con Aurelio.
Carmen se sincera con Lolita, la actitud de Ramón no le gusta… Pero no todo está perdido.
Daniela es atacada en mitad de la noche por un grupo de borrachos.

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