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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1353 - ver ahora
Transcripción completa

¿Les comentaste la posibilidad

de contarle a Miguel la verdad sobre ellos?

-Los dos están de acuerdo en que deben ser ellos

los que le cuenten todo cuando salgan libres y regresen.

Hemos encontrado una casa más amplia.

-¿Se mudan, entonces?

-Nos mudamos hoy mismo al 38.

Quiero pedirle un favor, una nota para Anabel.

¿Querrá hacerme ese favor? -Por supuesto.

Fuimos nosotros los que le enviamos el sombrero.

-¡Sois unos miserables!

¡Los dos!

Jamás les pedí que matasen a Carlos.

-No hizo falta, su padre se hizo cargo del asunto.

-Y usted lo ejecutó como un asesino.

¿Te imaginas las ganas que tengo de quitarme esta losa?

En eso estamos de acuerdo.

Te espero mañana en mi casa a las 11.

¡Si ese matrimonio no se celebró, fue solo por culpa suya!

¡Don Salustiano y yo se lo pusimos en bandeja

y usted la dejó escapar!

¡Eso no es dudar de su hombría, es negarla!

No me amenace.

Sabe perfectamente de lo que le acuso.

-De ser poco hombre.

-De no haber sabido retener a una mujer como mi hija.

Ni siquiera tras la muerte del que era su prometido.

Me parece que eso no es lo que se espera

de un hombre.

-No vuelva a repetir esas palabras.

-Las digo una y mil veces.

-¡Nadie me llama lo que me acaba de llamar

y se va de mi casa sin pedirme perdón y clemencia!

-No soy un hombre que se arrepienta de sus palabras.

-No, lo que es usted es un vulgar asesino.

Y de los de la peor clase.

De los que matan simplemente por dinero, no por honor.

-A mí me gustaría matarlo a usted por diversión.

-No haga promesas que no es capaz de cumplir.

Es usted un canalla y su hija lo va a acabar sabiendo.

-Vamos a acabar de una vez con esta discusión.

-Atrévase.

No me tiente.

Ganas no me faltan.

-Pero no va a hacerlo.

No va a hacerlo porque sabe que si me mata,

su vida tiene los días contados.

Y no solo la suya, sino la de su hija.

-¿La venganza de don Salustiano?

-¿Le sorprende? -No.

Sé que sus tentáculos alcanzan cualquier lugar del mundo.

-Y no habrá agujero en el que pueda esconderse.

-Su padre no me da ningún miedo.

Pero no.

No voy a matarle. De momento.

Trate de no darme más motivos para hacerlo.

-Puede que esta haya sido su última oportunidad.

Mi padre me enseñó una cosa desde bien pequeño.

No se desenfunda un arma sin dispararla

y no se empuña un cuchillo sin que pruebe la sangre.

Pueden volverse contra uno.

-No vuelva a acercarse a mi hija.

Ni cuando se crucen por la calle.

No lo haré.

De momento.

Abuelo, ahora que tiene un momento,

me gustaría hablar con usted. -Ahora me pillas muy mal.

Estoy pensando que si colocamos bien las mesas,

podemos meter una más ahí.

-¿Y para qué quiere otra mesa?

-Una mesa más son dos o tres comensales más en cada turno.

O sea, más dinero en la caja.

¡Ay, Miguel!

Qué bien has hecho en meterte a abogado.

No sirves para los negocios.

-Ni sirvo ni me han interesado nunca.

-Ni a mí, pero ya ves. A la vejez, viruela.

Tu abuela y yo tenemos que sacar adelante el restaurante.

-Bueno, abuelo, siéntese, por favor.

-Al final, voy a pensar que algo malo ha ocurrido en mi ausencia.

Algo peor que tu ruptura con Anabel.

-No.

Nada peor que eso.

Lo que quiero saber es por qué ha tardado tanto en un viaje

que no le tendría que haber llevado más de dos o tres días.

-Ya veo que no te fías de mí.

-No me haga sentir mal.

Bastantes motivos tengo para no fiarme de usted.

-Te lo contaré, pero de esto, ni una palabra a tu abuela.

-Pensé que no tenían secretos.

-Para que un matrimonio funcione,

tiene que haber cosas que no se cuenten.

La causa de mi prolongada ausencia se llama Teresa.

-¿Una mujer, tiene usted una amante?

-No, no, claro que no tengo una amante.

Imagínate tú, a mi edad.

Yo siempre he sido y seré fiel a mi esposa.

-¿Entonces?

(SUSPIRA)

Teresa fue mi novia en la juventud.

Ni siquiera en la juventud, en la infancia.

Cosas de niños.

Mucho antes de conocer a tu abuela.

-No entiendo.

(SUSPIRA)

Me llegó una carta de su hijo.

Teresa estaba moribunda y le había pedido algo especial.

Volver a verme.

-¿Y no se lo contó a la abuela?

-Pensé que sería ir, verla y volver.

Prefería no tener que dar explicaciones, pero no fue así.

-Bueno, ¿y qué ocurrió?

-Cuando Teresa me vio, tuvo una mejoría inmediata.

De no poder ni levantarse de la cama

a dar largos paseos hasta la ermita a la que íbamos de niños.

De no poder ni tragar un caldo claro

a comer normal.

-Pero ¿cómo es eso posible?

-Ni los médicos lo entendían.

Pero el doctor me pidió que me quedara algún día más,

que al parecer, yo era su mejor medicamento.

-Bueno, ¿y se curó?

-No, murió. Por eso pude volver.

Pero murió siendo feliz.

Me siento muy orgulloso de haberlo conseguido.

-Mi abuela debería conocer la historia.

-No, no, ese es un asunto entre Teresa y yo.

Te ruego que me guardes el secreto.

Y te recomiendo una cosa.

Cuando tengas una pareja, mantén algo de intimidad para ti,

algo que solo tú sepas.

-Abuelo, creo que la sinceridad es lo más importante.

-No, la sinceridad está sobrevalorada.

Te lo digo como tu abuelo que soy. He vivido más que tú.

Y lo sé.

Bueno, y ahora, si me dejas, voy a seguir viendo

cómo colocar las mesas.

(SUSPIRA)

¿No estabas con las cotizaciones de Bolsa?

-Si es que no me concentro, Rosina.

Y te voy a ser muy sincero, no sé qué hago con esto.

No me concentro ni para leer una novela.

-Yo solo leo las de mi hija y porque son de ella.

Si no, ni eso.

-¿Sabes lo que pasa? (ROSINA SUSPIRA)

-Que pienso mucho en mi tía y eso me impide concentrarme.

Estoy preocupado por ella.

-Y yo. Pobre, menudo berrinche se ha llevado hoy.

-Se ha llevado dos.

El primero, cuando le hemos dicho que el sombrero

no se lo envió su marido. Y el segundo,

cuando vino a pedirnos disculpas por su reacción desmedida.

-Pues conociéndola, yo creo que lo que más le ha dolido

es tener que pedirnos perdón. -Seguro.

Mi tía es una mujer muy orgullosa.

Y eso de tener que llamarse vieja patética a sí misma

no es muy propio de ella.

-Pobre, esperemos que no le dure mucho.

-Viene a cenar, ¿no?

-Le he dicho a Casilda que prepare algo que le guste.

-A ver si vuelve a ser la mujer insoportable de siempre.

-¡No llames así a tu tía, que es mi amiga!

¿No dirás esas cosas de mí?

-¿De ti?

Digo que eres insoportable, intransigente y un poco bruja.

Porque me tienes hechizado.

-Luego hablaremos de hechizo tú y yo.

(CARRASPEA)

Eh...

Perdón, señores. -¿Qué quieres, Casilda?

-Ha llegado un muchacho con un recado de doña Susana.

-¿Qué dice?

-Que no viene a cenar. Que se va a quedar en su casa.

Y yo le había preparado higaditos de pollo al vino,

con lo que le gustan. -¡Pero a ver!

¿Te ha dado alguna explicación, te ha dicho algo?

-No, no, solamente, que no viene a cenar.

¿Es que le pasa algo?

-Déjanos solos, cenaremos en media hora.

Luego te llevas el servicio de Susana.

Sí que se ha quedado afectada, ¿verdad?

-Pues tú eres su amiga, cariño.

A ver si le animas un poco. -¿Yo?

(RESOPLA)

(SILBA)

¡Ay! ¿Qué hace aquí?

-¿Qué pasa, Alodia? Acabo de llegar,

tenía un poquillo de hambre.

-Va a despertar a sus tíos. ¿Que acaba de llegar?

¿A esta hora? -Pero ¿qué hora es?

-Si no han cantado los gallos, están a puntito.

-¿Tan tarde?

-O tan temprano, según se mire.

-Para que veas lo que es el estudio, que no tenemos vida.

-Desde luego..

Las noches son para dormir, no para andar de picos pardos.

-¿De picos pardos?

De casa de un compañero vengo, de estudiar.

-Si huele a vino que tira de espaldas.

-Será a alcohol. Es uno de los mejores desinfectantes.

-Pero ese alcohol no huele.

-El vino también es alcohol.

Que tú lo sepas. Hemos hecho un experimento

para utilizar el vino como desinfectante.

¿Tú te imaginas lo que sería eso para la guerra en Europa?

-No.

-España se convertiría en una potencia mundial.

Todos los sobrantes de La Rioja, de Valdepeñas, de Montilla,

se inflarían a salvar vidas en las trincheras.

-¿Y no sería mejor que mandasen esos vinos

para que se los bebiesen?

-Eso, también, Alodia, muy bien.

Lo que no me has dicho es qué haces despierta desde tan temprano.

-Porque soy criada.

-¿Qué tiene que ver?

-Pues que aunque me traten como a una más de la familia,

tengo que cumplir con mis obligaciones.

Una de ellas, hacer un bizcocho para el desayuno.

Y ahora, hornear galletas.

-Quedan un montón. Están buenísimas, por cierto.

Es que estudiar da mucha hambre, Alodia.

Y sueño, voy a dormir.

-Mejor váyase a dormir.

-Escúchame, Alodia.

No le digas nada a mis tíos.

El experimento del vino es una cosa entre tú y yo.

-Entre usted y yo. -Eso es.

Entre tú y yo.

Buenas noches. -Buenas noches.

¡Don Felipe! Comisario.

Le hacía por los campos de batalla europeos.

Por Europa he andado, aunque he huido

de todo lo que tuviera que ver con la guerra.

¿Y usted? Pensé que le habían destinado a otra ciudad.

Lo habían hecho, a Huesca.

Pero tomé la decisión de abandonar la Policía.

No me lo puedo creer. Ya ve.

Estaba harto de que los malos ganaran.

O la mala. Ya sabe de quién le hablo.

Bien lo sé, Genoveva.

Y si no ha estado persiguiendo a los malos, ¿qué ha hecho?

¿No me dirá que ha decidido convertirse en uno de ellos?

No, yo no sirvo para eso.

sigo al lado de la ley. Me he hecho detective privado.

Como en las novelas americanas. Parecido.

Pero a la española, aquí no hay tantas esposas infieles.

No estaría tan seguro. Se esconden mejor.

Y si no investiga eso, ¿qué es lo que está haciendo?

Se lo digo de manera confidencial. Que no salga de aquí.

Ya sabe que como abogado soy capaz de guardar cualquier secreto.

Parece ser que la muerte de doña Felicia no fue tan natural.

¿Cómo?

La mujer de don Marcos pudo ser envenenada.

Es lo que dice el informe forense.

¿Su esposo? No, no, él no es sospechoso.

Ha contactado él conmigo para que lo investigue.

No quiere que se archive y quede impune.

¿Entonces, de quién sospecha?

Todavía, de nadie en firme.

Alguien del barrio, seguro.

Eso no se lo puedo decir, Felipe.

Está bien, comisario, le entiendo perfectamente.

Aunque espero que tenga más suerte que con el asesinato de Marcia.

Entonces hice bien mi trabajo.

Llevé a la culpable ante el juez.

Lo que ocurrió después nada tiene que ver con mis competencias.

Están mucho más arriba. Bien lo sé.

Genoveva es capaz de moverse en esferas que ni imaginamos.

Quizá nuestra amistad nos jugó una mala pasada

y el juez pensó que un comisario

amigo del esposo de la rea no era neutral.

Quizá. Solo espero que sigamos siendo amigos.

Y que no tengamos que mezclar trabajo y amistad.

Y así será.

Y bueno, bienvenido de vuelta al barrio.

Y nos tomamos un café. O dos.

Con Dios. Con Dios.

(Pasos)

No ha probado el bizcocho. -Lléveselo.

-Le aviso que ha quedado muy rico.

Me ha dado un truco nuevo la señora Fabiana.

-Ya le he dicho que se lo lleve.

-¿De puede saber por qué me trata así?

-¿Que no lo sabe? Porque es una traidora.

-Se equivoca.

-Y una carcelera a las órdenes de mi padre.

Nada de lo que me dijo para ganarse mi amistad era cierto.

-Le iría mejor si confiara en mí.

Se lo voy a demostrar.

Tenga.

-¿De quién es esto?

-Ábralo.

Qué terca es usted, señorita.

Está bien, se lo diré.

Es de don Aurelio Quesada.

-¿Qué hace?

-Quiero la seguridad de que si se lo entrego,

no le dirá a nadie que se lo he dado.

No quiero problemas.

-Démelo.

¿Puede dejarme a solas para leer la carta?

-Por supuesto.

"Querida Anabel. Siento tener que hacerte llegar estas líneas

por persona interpuesta cuando desearía entregártela en mano.

Ver tus ojos, escuchar tus risas,

oler tu cabello.

He hecho un dibujo de Afrodita para que la tengas presente.

Pero también, de tu rostro, que es lo que me inspira cada día.

No puedo seguir sin verte.

Cada minuto que paso sin ti

es una flecha que se clava en mi corazón.

Espero que pronto podamos estar juntos.

Con amor, Aurelio".

No me hizo ni caso, Lolita, ni caso.

Claro, como estaba escribiéndole una carta

a su hija...

-Carmen, yo creo que es normal.

Mi suegro está preocupado por sus hijas, están en París.

Y Francia está en guerra con los alemanes,

que no hay quien los pare.

-Ya, Lolita, pero tiene todo el día para escribirle a su hija.

Pero como la boba de Carmen siempre puede esperar

y siempre está ahí...

-No diga eso, mi suegro no piensa así.

-¿Que no?

Pero si soy el último mono, Lolita, de esa casa.

(SUSPIRA)

Ramón solo piensa en sus hijos, en sus nietos.

Pero ¿qué quiero? Soy su tercera esposa.

-Yo no creo que la quiera menos por ser la tercera esposa.

Al revés, yo creo que la quiere más.

-¿Más que a Trini?

Ya te digo yo que no. Yo solo soy la que ha venido

a ocupar el lugar de la pobre Trini, que en gloria esté.

-Carmen, Trini era una mujer maravillosa.

Solo con decir que era de Cabrahígo basta.

Pero usted no es peor que ella.

Y todo el barrio la quiere tanto como la querían a ella.

-El barrio, puede. Mi esposo, no.

-Ande, pruebe un chorizo que me han traído nuevo.

Hay que dárselo a probar a las clientas. Es de jabalí.

-De Cabrahígo. -Pues claro.

-No, no me apetece nada de ese pueblo.

Dáselo a mi marido, que a lo mejor le recuerda a Trini.

-Carmen, no me haga el feo.

-Que no quiero nada de tu pueblo.

-Los jabalíes no son de ningún pueblo, están por el monte.

Además, tenemos que saber a qué sabe.

-Anda, trae.

Ya me he enterado de que su esposo ha vuelto del pueblo.

-Menos mal, ya pensaba que me lo habían secuestrado.

-Si es que cuando uno va a su tierra...

Hace mucho tiempo que no vamos por Huelva.

-Bueno, ahora es más fácil viajar que antiguamente.

En un día te plantas allí. Antes necesitabas tres o cuatro.

-Digo. Con suerte, en un día.

Que es casi más fácil ir a América que moverse por España.

-Ay, no tengo la suerte de conocer ese continente.

-Mi marido y yo estamos acostumbrados.

Hemos atravesado el Atlántico tantas veces para ir a Argentina.

Que si mi gira, que si mi hija, que si mi nieta.

-He leído que se va a poder viajar hasta allí en avión.

-Me lo contó mi esposo, que algo leyó.

Conmigo, que no cuenten. -Pues a mí me encantaría.

-Yo me pasaría el tiempo pensando que el avión se va a caer.

-Verá como se atreve.

Iremos en avión de un lado a otro.

-No le digo yo que no sea posible.

Los tiempos adelantan una barbaridad.

Continúo con mi paseo. La veo luego.

-Venga. -Ah, me olvidaba.

Si viene mi sobrino Ignacio,

me apunta lo que consuma, que le pago después.

-Ya sabe que aquí, los Domínguez del Campo tienen crédito infinito.

-Muchas gracias. Con Dios. -Con Dios.

-Con Dios, bonita. -Adiós.

Tan famosa y qué normal parece.

Era la cantante favorita de mi abuela.

-Que no te oiga decir eso, que empieza con la cantinela

de que está mayor y pasada de moda.

-Un poco así es, que ya no tiene 20 años.

Eso sí, tanto ella como su marido tienen una planta inmejorable.

-Hombre, es que él era torero.

Y ya sabes que los toreros,

planta y porte, para dar y regalar.

No como mi marido y yo.

Ya nos pesan los años. -No estoy de acuerdo.

Ya firmaba yo llegar a su edad con tan buena imagen.

Por cierto, me sorprendió don Roberto, lo esperaba mayor.

-Sí, Roberto está muy bien.

Ya se sabe que quien tuvo retuvo.

-¿Era muy guapo de joven?

-Un figurín. Las mujeres se daban la vuelta para verle.

-Ya me lo imagino, guapo y con labia.

Debía de ser una buena pieza. -No lo sabes bien.

Pero lo que realmente me enamoró fue su gran corazón.

-Es lo más importante.

¿Sabe a quién me recuerda? -¿A quién?

-A mi abuelo napolitano. -Tienes que hablarme de él.

Esto es para la 6.

Voy a ver cómo van las cosas en la cocina.

Me recuerda a mi abuelo napolitano.

Pero no era un sinvergüenza y un ladrón.

La verdad es que la Carmen tiene razón.

Esto sabe a chorizo de cerdo de toda la vida.

¡Ay! -Buenas.

-Suegro, pruebe esto.

¿A qué le sabe?

-A chorizo.

-¿No nota un regustillo especial?

-No. ¿Debería?

-Pues sí, debería, pero yo tampoco lo noto.

Saco esta partida y no lo vuelvo a pedir.

-¿Y mi esposa?

-Pues su esposa se ha ido hace nada.

Y ya se lo dije, va brava, así que lleve cuidado.

-Pero si hasta le traía un regalo.

-Espero que no sea tarde. Espabile, suegro, espabile.

(Campana)

Espere, señora Fabiana, que voy a encender una vela.

-No es muy habitual verte a ti en misa entre semana.

Tú eres más bien de venir los domingos.

Ni tampoco te había visto nunca encender una vela.

¿No será que tienes que pedir perdón por algo?

-No, solo le he pedido una cosa a la Virgen.

-¿Y esa cosa tiene que ver con un joven atractivo?

-No, qué va, si yo no pienso en los hombres.

-Tate, tate, tate.

A otro perro con ese hueso, que una ya peina canas

y no me voy a dejar engañar por una chiquilla como tú.

-Le digo la verdad.

-Y yo también te digo de verdad

que cada día te veo más arreglada y más pizpireta.

Y sabría decirte el nombre del caballero.

Es el sobrino de doña Bellita.

-Le digo que se equivoca, señora Fabiana.

-El señorito es familia de los señores y eres una criada.

Más te vale no salir trasquilada.

-¡Pero qué dice! Que no, que no.

-Está bien, lo que tú quieras.

Pero prométeme que no te vas a meter en líos, Alodia.

Tú has vivido muy poco y no conoces los azares de la vida.

-Para lo único que pienso en el señorito

es para atenderle bien.

Le tengo que coser el forro de una chaqueta. ¿Usted sabe?

-Pues claro que sé.

Pero para cosas de costura pregúntale a doña Susana.

Ha sido sastra toda la vida.

-¿Doña Susana? No le tengo mucha confianza, la verdad.

-Tratándose de coser, de apañar y todo lo que sea de ropa

no te va a poner ninguna pega.

Por cierto, no la he visto y suele venir a misa de esta hora.

Mira, por allí van Liberto y doña Rosina.

Vamos a preguntarles.

¿Quieres un café?

No, no quiero nada.

Solo quiero tratar el tema que tenemos que tratar y largarme.

No vas a ponerlo nada fácil.

No pienso colaborar en nada que haga tu vida más placentera.

¿Nos sentamos o eso tampoco vas a hacerlo?

Del único tema del que tenemos que tratar

es de la nulidad matrimonial.

Los papeles ya están en marcha.

Hay que hacer ciertas gestiones para agilizarlos.

¿Sobornos?

Sí, ayudan bastante.

Si lo necesitas, puedo prestarte el dinero.

No, no quiero tu dinero.

Cuando la nulidad llegue, llegará.

Yo quiero que se agilice.

Yo no, me da igual lo que tarde.

Cuando la Iglesia lo dicte, estará bien.

(RÍE)

¿Va a ser siempre así?

¿Vas a hacer siempre lo contrario a lo que yo quiera?

Me alegra que lo hayas entendido a la primera.

Está bien. ¿Puedo esperar, al menos,

que cuando nos crucemos por el barrio

me trates con un poco más de educación y cordialidad?

Espero no tener que verte mucho.

Eso va a ser difícil si sigues visitando estas calles.

Mira, antes de que tú supieras que la calle Acacias existía,

yo ya vivía aquí.

Así que si te molesta, vete a otro barrio o a otra ciudad.

O mejor, al infierno.

Al final, terminarás allí.

Solo es cuestión de adelantar el viaje.

No voy ni a contestarte.

Sí que lo harás, la maldad está en tu naturaleza.

Y procurarás vengarte, pero te digo algo.

Te estaré esperando.

No lo necesitaré.

Tu vanidad y tu afición a los malos hábitos acabarán contigo antes.

(RÍE)

Me voy.

Espero no tener que hablar contigo nunca más.

No hace falta que me acompañes.

(Portazo)

Migrañas, Susana tiene unas migrañas horrorosas.

-Vaya, lo siento.

No sabía que tuviera migrañas.

-Sí, fortísimas, de toda la vida.

No quiere que se sepa. Ya sabéis lo coqueta que es.

-Pobre mujer, con lo que tiene que doler eso.

-Sí, pero lo bueno de esto es que le dura poco.

A lo mejor en media hora la ven paseando por la calle.

-Ojalá, con lo feliz que estaba

con el sombrero que le había mandado su esposo.

-Y lo bonito que es. -Es muy bonito, sí.

-En fin, no les molestamos más. Tengo que irme.

-Yo también. -Por cierto.

Si la ven, díganle que queremos hacerle una consulta.

Y que se le pasen muy pronto esas migrañas tan malas.

-De su parte, Fabiana, muchas gracias.

-A más ver. -Con Dios.

-Entrometidas.

Una consulta, una consulta.

¿Para qué querrán saber si Susana va a venir a la iglesia?

A lo mejor no ha podido o ha dejado de creer en Dios.

¿Qué les importa?

-¿Crees que van a ser las únicas que nos van a preguntar?

Va a venir todos los vecinos. -Ya, ya lo sé.

-Espero que mi tía se recupere y retome si vida social.

¿Sabes lo que te digo? Vamos a volver a casa.

Así no damos explicaciones.

(RESOPLA)

Lo que te decía, prima.

¿Y si es verdad lo del Remigio y la Marcelina?

¿En qué lugar quedo yo?

-Eres muy pesado, Jacinto.

¿En qué lugar vas a quedar? En el mismo.

Ya te lo dije yo, todo eso no son más que embustes.

-Tú eres juez y parte, aprecias a la Marcelina.

La Indalecia dijo que erra verdad.

-Es verdad, imagínate que es verdad.

¿Qué pasa? -¿Cómo que qué pasa?

¿Cómo que qué pasa, prima?

Que es mi esposa, solo debe tener ojos para su esposo.

-Ya, pero de ser cierto que estuvo enamoriscada del Remigio,

habría sido cuando era una moza, antes de conocerte.

Lo que cuenta es lo de después.

-Eso es verdad.

-Y tú, Jacinto, cuando eras un mozo,

en el pueblo, ¿no andabas enamoriscado de alguna?

-Pues sí, de la Maruja. La molinera.

Hasta le escribí un poema y todo.

-¿Un poema? -Sí.

Me da vergüenza.

-Venga, cuéntamelo. -Que no.

Además, la Maruja se fugó con el alcalde a las Américas.

Y se llevó los cuartos del ayuntamiento.

-Pues lo del Remigio con la Marcelina

es igual que lo tuyo con la Maruja.

-¿Cómo va a ser igual, prima? Yo soy un hombre, es normal.

Ella tendría que haberse reservado para el matrimonio.

-¡Un burro, Jacinto! Lo que tú eres es un burro.

El hombre y la mujer, tanto monta, monta tanto.

-¿Cómo?

-Olvídalo.

Lo que tienes que hacer es llamar a la Marcelina

y decirle lo mucho que la quieres.

Y a otra cosa, mariposa.

Y yo voy a subir a casa de mis señores,

que la que han liado con doña Susana.

Jacinto, ¿no tuviste suficiente

con la que se lio con la carta de don Liberto?

-Uy, es para mí.

Es de Indalecia.

Que dice que está enamorada de mí.

-Jacinto, ¿qué les das? No lo entiendo.

-Espera, espera.

Que dice que lo del Remigio era mentira.

Que mi Marcelina nunca estuvo triscando con él en los campos.

-¿Lo ves, alma de cántaro? Eres un desconfiado.

-¡Ay! Tiene que estar que trina

con los desplantes que le he hecho.

-Vas a tener que pedirle perdón.

-¿Tú crees que me perdonará?

-No sé, no conozco una mujer más tozuda que la Marcelina.

-Eso es verdad, sí. -Tendrás que contarle

que Indalecia te contó una mentira y te la creíste.

-Y a pies juntillas.

-Y explicarle por qué estos días no le has querido hablar.

Pensabas que había estado enamoriscada de un sacristán.

-Dicho así suena peor de lo que es.

-Tira para la pensión y no demores la llamada.

Cuanto antes le pidas perdón y aclares todo esto,

antes se termina esta historia.

-Me voy a poner una conferencia a Barcelona.

¡Ay, cordera mía!

Buenos días.

-Buenos días.

Aunque los señores han tomado hasta el aperitivo.

-¿Y han preguntado por mí?

-La señora, pero le he dicho que estuvo estudiando hasta tarde.

-El vino del experimento me ha sentado muy malamente.

-Ni que se lo hubiese bebido.

-A los que no nos gusta el vino es olerlo y ya...

-Tenga cuidado, no vaya a ser que don José le vea.

-Ni que tuviera yo resaca.

-No, no, si ya sé que no.

-¡Ignacio, hijo, no has venido a tomar el aperitivo!

Nos hemos comido un salchichón que no podía estar más rico.

-Mejor, así tu tía y yo hemos tocado a más.

-Discúlpeme, tita, me he pegado toda la noche estudiando.

-A ver si vas a perder la salud de tanto estudiar, mi alma.

-De hecho, te veo mala cara. -Es verdad.

¿Te encuentras mal -Tengo jaqueca de los libros.

(RIENDO) De los libros.

Esa jaqueca se cura bebiendo mucha agua y unas almendras.

Aunque no he estudiado una carrera,

tenía jaquecas como esa.

Me daban después de una noche de ronda.

-Eso no lo sé, lo mío es del estudio.

-A lo mejor hay que ir a la botica.

-Muchas gracias, pero no...

-Hágale caso al señorito.

Con un caldo seguro que se le pasa.

-Eso, venga.

Vamos a comer y así te entonas.

Chiquillo, deja eso ya.

(JOSÉ SUSPIRA)

Muchas gracias.

¿Y bien, en qué puedo ayudarla?

Últimamente, nuestra relación no es

todo lo fluida que a mí me gustaría.

Y pensé en hacerle una visita para acercar posturas.

Le agradezco que haya venido.

Y lo valoro, sé que esta casa le trae muchos recuerdos.

Y tal vez no todos sean buenos.

Es de Felipe, pero yo no viví aquí.

Además, de nada sirve amargarnos por los malos recuerdos.

Las casas son simples casas. Las joyas, simples joyas.

Lo importante es lo que vivimos.

Tiene usted toda la razón.

(Pasos)

-Aquí tiene su café.

¿Azúcar?

No, muchas gracias.

-Gracias, Soledad, puede retirarse.

Llegará un momento en que hablemos de negocios muy seriamente.

No lo dudo. Dicen que es una de las personas

con más capacidad económica del barrio.

Y planeo seguir siéndolo.

Por eso me ando con pies de plomo.

Pero hoy mi visita es personal, no profesional.

Sentí mucho el fallecimiento de su esposa.

Sí.

Felicia era una gran mujer.

Lo era.

Es una pena que le haya dejado solo.

Somos pocos los viudos que quedan en el barrio.

¿Somos?

Yo he enviudado dos veces.

Y Felipe trata de conseguir la nulidad matrimonial.

Cosa que me parece perfecta. No voy a impedírselo.

Para mí es como si estuviera muerto.

Mi tercera viudedad.

Viéndolo así, sí. Formamos parte de la misma cuadrilla,

por decirlo de alguna manera.

Me gusta eso de la misma cuadrilla.

Un grupo de almas solitarias que se prestan consuelo.

Nada me gustaría más que proporcionárselo.

Quién sabe. Yo no lo descarto.

Quizá algún día no muy lejano podamos brindarnos consuelo mutuo.

Quizá.

(RÍE)

Su sombrero, señor.

Hola, Miguel. -Buenas, abuelo.

¿Y la abuela?

-Se ha ido con Daniela a la mantequería,

a ver si encuentra mozzarella.

-¿Mozzarella, qué es eso?

-Es un queso de leche de búfala que comen en Italia.

-No sabía ni que se podía hacer queso de búfala.

-Daniela quiere enseñarle una nueva receta a tu abuela.

Han ido a ver si Lolita les consigue ese queso.

Pobre Lolita, la van a volver loca.

-Eso, si no salta con que en Cabrahígo

llevan siglos haciendo queso de búfala.

Y que lo llevaron a Italia. -Desde luego.

-Si es receta de Daniela, estará buenísima.

-Sí, guapa y buena cocinera.

Igual que tu abuela de joven. A mí no se me escapó.

A ver si tú te aplicas. -Abuelo.

¿Cómo van las cuentas?

-Bueno, la columna de los números en negro suma más

que la de los números en rojo.

Es decir, bien.

Poco a poco, pero bien.

-Así son los negocios honrados.

Se levantan poco a poco con esfuerzo.

-Qué aburrida es la honradez.

-Se ha comprometido a cambiar de vida.

-Yo me he comprometido a ser honrado y a no cometer delitos,

pero no quiere decir que no eche de menos otros tiempos.

No sabes lo que se siente cuando abres una caja fuerte.

-Pues no, no lo sé.

-Deberías hacerlo, por lo menos una vez.

La emoción es indescriptible, el corazón te late más deprisa.

-Pues usted tiene edad de que le lata con más calma.

-Ya, pero tú no.

Tienes que enamorarte, Miguel.

Olvidarte de Anabel.

Divertirte, equivocarte.

Salir una noche hasta que amanezca.

-Quiere que sea un crápula.

-Y tu quieres que me convierta en un ciudadano ejemplar.

-Es su compromiso.

(SUSPIRA)

Está bien, yo cumplo mi compromiso.

Pero tú hazme caso también.

Aunque sea solo un poco.

-Bueno, me marcho, que he quedado.

Con Dios. -Con Dios, Miguel.

Doña Rosina, no me esperaba encontrar

a doña Susana tan afectada.

-No abrirnos la puerta, no dejarnos entrar.

Lo veo exagerado.

-Yo sí que no me lo esperaba.

No cometo ninguna indiscreción al decirle

que es mi feligresa favorita.

-La más creyente del barrio. Sea sincero, don Hilario.

¿Cree que es capaz de cometer alguna locura?

-¡No diga eso!

Que ni se le cruce por la cabeza.

-No he dicho nada. ¿Y qué podemos hacer?

-Rezar mucho por ella.

-Algo más prosaico. Llamar al médico.

-Sus problemas no tienen que ver con el cuerpo,

tienen que ver con el alma y yo me ocupo de las almas.

-Pero no le abre la puerta.

-Me tiene que abrir su corazón.

Y para eso tengo que rezar. Me voy a la iglesia.

La paz sea contigo. -Con tu espíritu.

-¿Cómo ha ido con el cura?

-Tampoco le ha abierto la puerta. ¿Qué llevas ahí?

¿El sombrero de tu tía, te lo ha dado ella?

Lo tenía un mendigo en los Jardines del Príncipe.

He tenido que comprárselo. -¿Ha robado a tu tía?

-Se lo encontró en la basura, mi tía lo tiró.

Espero que nadie le haya visto.

-Ay, Dios mío. -Eso digo yo.

Maldito Armando.

Espero que tenga una explicación para su boda.

Si no, no sé qué va a ser de mi tía.

Venga, vámonos a casa.

Por favor.

-¿Ya no te gusta que te abrace?

-Me ha asustado.

-¿Por qué, qué te ocurre?

-Anabel está en casa, tenemos que tener cuidado.

-Encerrada en su cuarto.

-Ya, pero es mejor evitar la ocasión.

Puede salir en cualquier momento.

-Está bien.

Tendré que comportarme como el señor de la casa.

-Me preocupa Anabel.

-Anabel es una niña mal criada a la que le viene bien una lección.

-Sí, pero la aprecio y estoy preocupada por si sufre.

-No te fíes de sus falsas lágrimas.

Ha salido a su madre en eso.

-No se habla nunca de ella.

-Y seguirá sin hacerse.

Lo que te digo es que conozco a las mujeres como Anabel.

Manipulan con su falso sufrimiento. -Muy bien.

Pero para ella no creo que sea un buen trago

vernos en una actitud indecorosa.

-¿Tantos escrúpulos tienen que ver

con alguien de fuera de esta casa?

-¿Con alguien de fuera? No te entiendo.

-Olvídalo.

Otra cosa, Soledad.

Te dije que un detective privado te iba a preguntar

sobre la muerte de Felicia.

-Sí.

-Lo hará mañana, se llama Méndez.

-¿El comisario?

-Sí, ¿hay algún problema?

-No, pensé que sería un detective, no el comisario.

-Ahora es detective privado.

Trabaja para mí en este caso.

Soy el primer interesado

en que se aclare la muerte de Felicia.

-Hablaré con él cuando haga falta. Permiso.

¿Qué le parece?

Precioso.

Además, seguro que le queda perfecto, doña Genoveva.

¿Es para una fiesta?

Espero que sí.

Llevo tiempo encerrada y me apetece salir.

Procuraré estrenarlo en la ópera.

Yo nunca he ido a la ópera.

Entonces será mi invitada de honor.

Tengo un palco y apenas lo uso.

Estaré encantada.

Tendré que hacerme un vestido precioso.

Ni se le ocurra ir más guapa que yo.

No, no, no.

(RÍE)

Es una broma, Natalia.

(RÍE)

A su edad, si algo sobra es la belleza.

Seguro que todos me miran

preguntándose quién es esa señora mayor

que va al lado de la dama más bella de la noche.

Por favor, usted no es mayor, no diga eso.

Y a belleza y elegancia nadie le gana.

Iremos las dos con nuestras mejores galas.

Y veremos quién acapara más miradas.

Será divertido.

Claro que sí. Sentémonos.

Hay algo que quiero hablar con usted.

Sabe que mi marido ha regresado.

Los trámites de la nulidad ya están en marcha.

Pero es mi marido.

Y me gustaría saber qué opinión tiene sobre él.

No le conozco.

Pero usted sabe que estoy de su lado.

Lo sé, somos amigas.

Usted me apoya a mí y yo le apoyo a usted.

Pero me gustaría saber qué opina de Felipe como hombre.

Eh...

Como hombre... Es muy atractivo.

No me extraña que hubiera otro tiempo

en el que usted se fijara en él.

Sí que lo es. Y me alegra que piense eso

porque tengo que pedirle un favor muy importante.

Sea lo que sea.

Es algo para lo que confío plenamente en usted.

Y que no le puedo pedir a cualquiera.

Pídalo sin miedo, haré lo que me pida.

Quiero que le seduzca.

¿A Felipe?

Sí, a Felipe.

Quiero que haga que se enamore perdidamente de usted.

Me voy a buscar a Armando.

-¿Cómo ha dicho?

-Armando me debe una explicación y no pararé hasta que me la dé.

Estoy recopilando información sobre la muerte de doña Felicia.

Preciso saber cómo fueron sus últimos días.

-Puede preguntarme lo que necesite.

-¿Las bebidas siempre las preparaba usted?

-Sí, claro, ¿quién, si no?

¿No pensará que yo le pude hacer algo malo?

El mundo es así, qué se le va a hacer.

-Pues intentar cambiarlo. Por eso pienso colaborar

con alguna organización que ayude a los trabajadores.

-Haga lo que crea oportuno.

Es un sádico, disfruta haciéndome daño.

-Piensa lo que quieras de mí. Me es indiferente.

-Si no me deja salir, me escaparé.

Me tiraré por el balcón. -¡Ya está bien!

¡Mi paciencia se está agotando!

¡Y no me va a temblar la mano si tengo que darte tu merecido!

He estado fuera del barrio y punto redondo.

-¿Se puede saber qué has estado haciendo?

-Cosas.

-¿Cosas, qué cosas?

-Mis cosas.

Quiero enviarle una carta a Aurelio. ¿Podría llevársela?

¿Todavía está en la cama?

-Es que anoche se acostó cuando estaba clareando.

Se tiró la noche estudiando.

¡Pero qué haces!

-Has emborrachado la Anatomía.

-No te preocupes, ese no lo abro nunca.

¿Puedo contar con usted para un asunto tan delicado?

Le debía un favor.

Nuestro plan para seducir a Felipe está en marcha.

Rosina, ¿qué harías tú si peligrara tu matrimonio?

¿No lucharías con todas tus fuerzas?

Deséame suerte y buen viaje.

Es usted el señor Álvarez Hermoso, ¿no es cierto?

Así es. Nos vimos el otro día.

¿No lo recuerda? En las distancias cortas

es usted más apuesto de lo que me esperaba.

También se rumorea que es un amante admirable.

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Acacias 38 - Capítulo 1353

23 oct 2020

Marcos encara a Aurelio por haberle revelado a Anabel que él mató a Carlos Arnijo y no duda en sacar el revólver para amenazarlo.

Daniela se muestra muy interesada en Roberto tras su regreso de Suiza. El matrimonio Olmedo, ajeno a este interés, aplaude la labor de la muchacha.

Ignacio regresa de madrugada de "estudiar" con sus amigos. Entre Alodia y Bellita tapan que el muchacho sufre de resaca.

Lolita consigue calmar a Carmen, cada vez más convencida de que Ramón la ignora. El Palacios le lleva un regalo a su mujer... Pero no logra encontrarla en la casa.

A pesar del castigo que impide salir de su casa a Anabel, Aurelio se deshace en atenciones a través de las notas que le facilita Soledad.

Genoveva y Felipe están de acuerdo en que ambos desean la nulidad matrimonial cuanto antes. Pero la mujer, sibilina, no quiere dejar tranquilo a su marido y pide a Natalia que lo seduzca.

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