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No recomendado para menores de 7 años  Acacias 38 - Capítulo 1343 - ver ahora
Transcripción completa

Envenenada...

¿Algún problema? -Nada importante,

son los resultados sobre... unas cefaleas que me aquejaban

y que afortunadamente han desaparecido.

Tenía que haberles anunciado mi visita antes de presentarme.

Así nos habríamos ahorrado el desmayo de tu tía.

He oído hablar tanto de usted,

que no veía el momento de conocerla.

Qué raro que no nos hayamos conocido antes.

No es tan fácil, siendo ustedes tan viajeros...

Francia está muy preocupada por sus colonias en África.

Temen que la guerra afecte a sus territorios de la zona,

y por eso,

han acordado un encuentro diplomático

en el protectorado marroquí.

Tienes razones de peso para no ir.

Es un gran honor que me hayan elegido para ir.

Si lo rechazo, sería como tirar por la borda

todos los esfuerzos que he hecho

para ganarme la confianza del partido.

Le he propuesto a Marcos Bacigalupe invertir en su sociedad.

No me dijo ni que sí ni que no, que se lo pensaría.

Ahora debemos esperar y actuar con cautela.

No debe notar nuestro interés, por eso lo mejor es no insistir.

No quiero que sospeche que estamos juntos en esto.

Como quiera.

Quería comentarte algo en relación con Genoveva.

Tal vez ignores que la hermana de tu socio la visita con frecuencia.

¿Natalia Quesada... se ve con Genoveva?

Quizá está jugando con los Quesada.

Juro que jamás quise hacerle daño.

Cuando estaba convaleciente, lo que le dije,

se lo dije de verdad, de corazón,...

y ahora,

le digo que se meta en esa cabecita

que Antonio Palacios es mi marido, la quiero bien lejos de él.

Jacques me comenta que pensaba

que don Armando había regresado a España.

Llevaba semanas sin saber de él y, viendo sus compras,

pensó que había regresado con su esposa.

¿Hay algo más? ¿Qué me ocultas, Liberto?

Creo que esos regalos no eran para mi tía,

sino para la princesa de Holventiesen.

¿A qué vienen tantas preguntas de mi amistad con los Quesada?

No pretendía incomodarla. Es simple curiosidad.

Sepa que tengo otras opciones de negocio.

Si usted no está a gusto conmigo, invierto en otros lugares.

Le reitero mis disculpas,

pero...

en este momento... desconfío hasta de mi sombra.

Alodia, ¿qué te ha parecido Ignacio, el sobrino de la señora?

Muy apuesto y con muy buena planta.

¿A qué habrá venido?

El Ministerio de Guerra me ha pedido que vaya a Marruecos.

Han creído oportuno que vaya yo para esa misión diplomática.

Que no, no vas a ningún lado.

-Pero lo dices como si fuera un viaje de placer.

Ni aunque dependiera de ti la paz mundial.

Yo venía a estudiar Medicina.

Mira, ahora mismo te traes las maletas de la pensión

y vas al cuarto de invitados.

¿Qué hace?

¡Robó la carta del 38 que envió Felipe!

Va a arrepentirse de acusarme en público

y de haberme hablado como lo ha hecho.

O me dice qué estaba haciendo,

o hablaré con mi padre, aténgase a las consecuencias.

¿No tiene nada que decir? -Nada.

señorita, yo tengo que limpiar por todas partes.

¿No estará usted sospechando de mí?

Durante toda la vida he visto a criadas en casa.

Las he visto decentes y descaradas.

He visto a algunas que eran ladronas.

Yo no estoy robando nada, no soy una ladrona.

Hacía algo malo y a escondidas

y no me quiere decir lo que era,

Así que puedo sospechar cualquier cosa, hasta que pretendía robar.

Muy bien, como usted quiera,

informaré a mi padre de lo que he visto.

Espere.

No tenemos nada de qué hablar.

Está bien.

Intentaba abrir el cajón para registrar las cosas de su padre.

¿Por qué?

Tengo mis motivos, se lo aseguro,

pero no los puedo desvelar.

Si no me lo desvela ahora,

lo hará delante de mi padre. -No se vaya.

Está bien, se lo contaré todo.

(Sintonía de "Acacias 38")

Sé que es difícil de creer, pero...

lo he hecho para protegerles, para proteger a su familia.

¿A mi familia? -A su padre y a usted.

Les debo mucho.

Si no fuera por ustedes, no sé lo que haría.

Por eso mismo, debía ser discreta y fiel.

Eso es lo que intento. -¿Espiando?

¿Registrando los documentos de mi padre?

Señorita,

usted y yo hablamos el otro día de los negocios de don Aurelio,

de su empeño en sacar dinero de las desgracias de la guerra.

Sí, lo recuerdo.

Y llegamos a una conclusión,

don Marcos debía mantenerse alejado de ellos.

Que podrían ser rentables ahora, pero no a la larga.

Sí.

Pero ¿qué tiene que ver eso con que registre sus cosas?

Su padre ha recibido las visitas de don Aurelio y doña Genoveva.

Y una escucha cosas sin querer. -No creo que sea sin querer.

Estoy muy preocupada.

Me da miedo lo que le pueda ocurrir a esta familia,

por eso, creo que si usted habla con su padre,

hágale ver que esos negocios se basan en el sufrimiento de la gente.

Su padre es muy buena persona, seguro que recapacitaría.

Sé que...

me he equivocado y lo siento,

pero lo he hecho para protegernos.

No quiero servir en otra familia. Me quiero quedar con ustedes.

No lo vuelva a hacer.

No se preocupe, no volverá a pasar.

Aunque no lo crea, mi padre puede ser un hombre muy violento.

No provoque que saque ese lado a la luz, se arrepentiría.

Gracias.

¿No se ha despertado Moncho? -No trates de distraerme.

¿Qué es eso del viaje a Marruecos?

Mi trabajo, Lolita.

Una extraordinaria oportunidad de prosperar y hacer algo por mi país.

Por quien tienes que hacer algo es por tu mujer y por tu hijo,

no te puedes ir ahora a Marruecos.

Si pretendo hacer ese viaje es por mi hijo, Lola.

Vas a poner en riesgo tu vida en Marruecos por tu hijo.

No voy a poner en riesgo vidas. Y sí, lo hago por mi hijo y por ti.

¿Por mí? Vaya. -Pues sí.

Para que viváis en un país mejor.

Y para que Moncho se sienta orgulloso de mí.

¿Y el contrato? ¿Ya se te ha olvidado?

Respetaré el contrato, Lola, los artículos que puede respetar,

obviamente. -De eso nada.

O lo respetas entero o no hay acuerdo.

Lola, no me puedes decir lo que tengo que hacer,

ni con contrato ni sin él.

Yo no te obligué a firmarlo.

Mírame,...

¿qué, ya no quieres salvar tu matrimonio?

Claro que quiero, pero te recuerdo que tengo un trabajo

y una familia que mantener.

Por no hablar de la libertad para tomar mis decisiones.

No.

Si tienes que dejar tu trabajo como diputado, lo haces y ya está.

Lo siento, pero no, no pienso ser tu esclavo.

¿Eso crees?

Eso es en lo que tú quieres convertirme.

Te recuerdo que he luchado con el alma para poder salvarte,

he movido Roma con Santiago para conseguir una cura.

Y le hice una promesa al Señor, que si lo hacía,

cumpliría una penitencia, sí.

Ese viaje a Marruecos puede ser mi penitencia.

¿Te crees que soy tonta?

¿Una penitencia es algo que estás deseando hacer?

Te lo prohíbo,

te lo prohíbo, ¿me oyes?

Si te vas, no esperes encontrarnos a Moncho y a mí.

Piénsatelo.

(Motor de coche)

¿Le parecen bien estas sábanas para la habitación de su sobrino?

¿Las de hilo de Escocia?

El muchacho tiene que estar a gusto, que va a estudiar mucho.

No cualquier sábanas, se merece lo mejor de lo mejor.

Dale, tienes razón, ponle esas.

He puesto en su alcoba el escritorio de Cinta pa estudiar.

Como se nota que no vivías aquí, dirás en el que no estudiaba,

que mi hija no abría un libro ni amenazándola.

Por eso, lo he puesto allí, que está casi nuevo.

Que alguien le saque provecho. Imagínate, un futuro médico.

Y me gustaría que le preguntara qué le gusta de comer.

Lo que a todo el mundo, supongo.

No creo que le vaya a hacer ascos a unos langostinos de Huelva,

un bienmesabe,

un plato de jamón de mi tierra.

Lo digo por prepararle algo especial de cena de bienvenida.

Había pensado en cocochas, con la receta de Arantxa.

Hazle las cocochas,

que si no le gustan, ya daremos cuenta de ellas.

O marmitako. -No, no, cocochas.

Sí, señora.

Estábamos hablando que pa darle la bienvenida a Ignacio,

Alodia va a preparar cocochas.

Vaya,

que yo las pido y nunca se hacen, y ahora son para dar la bienvenida

a tu sobrino.

Verá lo ricas que me quedan, don Jose, receta de Arantxa.

Se va a chupar los dedos. -Ah, qué bien,

por lo menos me dejáis probarlas.

Algo es algo.

¿Te has enterado de lo que ha pasado entre Liberto y Genoveva?

Han discutido casi a gritos.

No, ¿qué ha pasado? -No lo sé, por eso preguntaba.

Yo les puedo contar lo que se dice en el altillo.

Miren, que don Liberto acusa a doña Genoveva

de haber robado una carta que le mandó don Felipe.

¿Y por qué iba doña Genoveva a hacer eso?

Me río de la guerra de los alemanes y los aliados,

al lado de la que tienen montada don Felipe y su esposa.

Bueno, si me permiten, me voy a la compra,

que mañana llega su sobrino.

Vete. Y no olvides preparar algún postre.

Descuide, ya había pensado en eso.

¿Mañana viene tu sobrino?

Tiene que estar todo preparado para recibirlo.

Menos mal que Alodia está pendiente de todo.

Demasiado pendiente diría yo.

Por muy emocionada que estés por la visita de tu sobrino,

mañana has quedado con el escritor, con don Jaime Huertas.

Lo sé, bien que lo sé.

Maldito el día en que dije sí a esa biografía.

Me reuniré con él por la mañana

para tener la tarde libre y recibir a Ignacio.

Ay, ¿no es como un ángel llegado del cielo?

¿Un ángel?

No sé yo, ¿eh?

¿"Monigote"?

Eso le llamó doña Genoveva al marido de doña Rosina, don Liberto.

Pocas definiciones mejores se pueden hacer sobre ese hombre.

Y de la mitad de los vecinos de Acacias, tan empingorotados,

tan mírame y no me toques.

Se creen aristócratas cuando son lacayos mejor vestidos.

No todos.

Don Ramón, aunque yo no esté de acuerdo con él en muchas cosas,

es un señor. -Y doña Genoveva una señora,

pero son los únicos.

Has hecho muy bien en congraciarte con ella.

Tengo mucho que aprender de ella.

En la fiesta de la embajada no dejé de fijarme en cómo se comportaba.

¿Sacaste algo de provecho? -Sí.

He quedado mañana con unos diplomáticos que ella me presentó.

Iremos a dar un paseo en bote.

No te lo tomes como un simple paseo.

Todo son negocios de los que quizá un día se pueda sacar provecho.

¿Quiénes son esos diplomáticos?

Un francés, Pierre Caron, y unos compañeros suyos.

He invitado a Anabel a venir conmigo.

¿A Anabel?

Sí. Es muy divertida.

Y ahora que ha roto con Miguel,

tendrá que conocer a otros jóvenes, ¿no?

¿Estás intentando sonsacarme algo?

¿Tienes algo que contar sobre ella?

No. Nada en absoluto.

No te creo,

me da la impresión que donde hubo llamas,

quedan rescoldos.

Pues ten cuidado,

no metas la mano, porque los rescoldos queman.

No seas enigmático conmigo y dime la verdad.

¿Qué sientes por Anabel?

Anabel es una pieza importante para conseguir nuestros objetivos.

La primera fidelidad debe ser hacia la familia.

¿Lo tienes claro?

Nunca lo pierdo de vista. -Sigue así.

¿No le ha gustao la crema?

No tengo apetito.

Ah. Si no le ha gustao, le puedo hacer otra cosa,

una tortilla francesa si quiere.

No, no quiero nada.

¿Y un emparedao?

Los ingleses cenan emparedaos.

Los llaman "sanvich".

He dicho que no, no quiero ni tortilla, ni emparedado,

ya te lo he dicho.

Pues tómese un vaso de leche,

pa no irse a la cama con el estómago rugiendo.

¡Que te he dicho que no!

¡¿Es que en esta casa nadie me escucha?!

Lo siento, yo solo quería ayudar.

Si quieres ayudar, ¡cállate, cállate!

Si quieres gritarme a mí, ¿por qué le gritas a Casilda?

No se preocupe, señor,

una está ya acostumbrá.

Vete a la cocina, Casilda.

Sí.

Vamos, di lo que sea, que lo estás deseando.

¿Cómo se te ocurre discutir con Genoveva?

¿Te has vuelto loco? -Me robó una carta.

¡Y en la calle, delante de todo el mundo!

Genoveva no puede hacer lo que le venga en gana,

alguien tiene que pararle los pies. -¡La carta pudo perderla Jacinto!

¡No sería la primera vez!

Lo que faltaba, que eches la culpa al portero.

¿También es culpable Jacinto del asesinato de Marcia y Úrsula?

No, fue esa mujer arpía. -Y dale.

Los jueces la han absuelto, te lo recuerdo.

Para que veas la justicia que hay en España.

¡No tienes pruebas!

¡Ni de que sea una asesina ni de que haya robado la carta!

Estoy seguro de que es así y me basta.

He hecho el esfuerzo por el bien de todos de llevarme bien con ella.

-No es trigo limpio.

Podía no haberlo hecho.

Hasta casi me separo cuando...

cuando tuviste un encuentro amoroso con ella.

"Me has engañado con Genoveva, ¿cómo has podido ser capaz?".

¡Eres una rata asquerosa, los dos lo sois!

-No grites, nos van a oír.

¡Que nos oigan! ¡Eres un adúltero!

¡Un sinvergüenza, un mentiroso!

Madre mía. -Liberto.

¡Que un rayo te parta! ¡Ojalá no te hubiera conocido!

Mírame a los ojos, dime que todos mienten.

Dime que Casilda no entró y te vio besándote con esa señora.

-¡Eres un libidinoso! -Es cierto.

Es cierto.

Pero la cosa no llegó a mayores.

Ay, Dios mío.

Que se nos cae. -¡Doña Susana!

Venga, venga. -¡Adúltero!

-Qué vergüenza.

Sabes que fue una encerrona.

Me voy a la cama.

Te ruego que duermas en el cuarto de invitados.

La número 10, ¿verdad?

Aquí tiene, don Julio. Que pase buena noche.

Muchas gracias.

Mal asunto que los señores se peleen en público,

como si fueran carreteros.

Mal asunto pa ellos, que a mí, ni me va ni me viene.

No seas inocente, Indalecia.

Cuando los señores se pelean, las patadas van pa los pobres.

Y le ha tocado a Jacinto.

No fue él quien hizo desaparecer la carta.

Don Liberto sabe que eso es falso. Pero le convencerán

para que se crea lo contrario,

y don Liberto, para no discutir con su esposa, tía y vecinos,

la patada irá a las posaderas de Jacinto.

A las buenas.

O no.

Doña Genoveva va a acabar conmigo. Se me va a merendar de un bocado.

De eso hablábamos.

¿Cree que tengo esperanzas? Ninguna.

Eres inocente, tú no perdiste la carta.

Si hay que luchar, se lucha.

Todos juntos podremos contra la mentira.

Déjalo, mejor me vuelvo a los montes a cuidar de mis ovejas.

Cuando cuidaba el rebaño me daban miedo los lobos,

pero aquí hay lobos más grandes.

El hombre es un lobo pal hombre.

Buah, y doña Genoveva es como los leones de la Casa de las Fieras.

Venga, anímate.

Me voy pa casa y te voy a hacer la cena.

Sopa de picadillo pa mi mocetón preferido.

Y no tardes,

que me siento muy sola.

Lo ha visto, ¿no? ¿Lo ha visto?

¿Y ahora yo qué hago?

Nada, ha llegado el momento de la verdad.

Tienes que hacerte la infusión de de castaños de Naveros

para que te aplaque ese deseo. No voy a tomarla más.

¿Por qué? ¡Insensato! Es que me da sueño

y no quiero dormirme en la portería.

que me pueden despedir. Vamos a ver,

¿te vas a quedar sin cenar, no puedes ver a Indalecia

y te vas a quedar sin trabajo?

Es que va a hacer sopa de picadillo, que es mi favorita.

No sé si me voy a poder resistir.

Yo creo que por salvar un matrimonio,

bien vale sacrificar una sopa de picadillo.

(Suenan las campanas)

(Suena el agua de la fuente)

¿Sabes algo de Antoñito y Lolita?

Que no se hablan desde ayer.

Los vi por la noche y la tensión se podía cortar con un cuchillo.

No sé cómo va a acabar esto.

Y yo que pensé que con lo del contrato se acabarían los problemas.

Fuimos muy optimistas. -Sí.

Y muy inconscientes,

estaba claro que Antoñito no iba a aguantar tanto tiempo

las condiciones leoninas que le impuso Lolita.

Eso es cierto. Tienes toda la razón.

¿Sabes si por lo menos han dormido juntos?

Que a veces, las parejas se arreglan compartiendo almohada.

¿Qué voy a saber? No, no lo sé.

Muy buenas.

Buenas.

Siéntate a desayunar, nos tienes en vilo.

Más o menos saben lo que ha pasado, padre.

Le conté a Lolita lo del viaje a Marruecos,

se lo tomó como ya sabíamos

y me ha dicho que si lo hago, me olvide de ellos,

así que... -Ah. ¿Y estás así, tan tranquilo?

¿Cómo quiere que esté?

-Preocupado, tratando de convencerla.

-No.

He tomado una decisión, no haré ese viaje.

¿Cómo?

¿Renuncias al viaje a Marruecos?

Al viaje a Marruecos,

a mi escaño, a mi carrera política, a todo.

Pero eso es muy injusto, Antoñito. -Ya,

pero a Lolita no se lo parece, es lo que ella quiere y lo que va a tener.

Pues mal asunto ese,

en un matrimonio deben contar las dos voces.

Bueno, voy a por más café.

Hijo, ¿estás seguro de lo que vas a hacer?

Completamente, padre, creo que es lo mejor.

Quizá en el futuro no pienses lo mismo.

No fui sincero del todo con este asunto.

El viaje es bastante más peligroso de lo que les dije.

Quién sabe, a lo mejor, Lolita me está salvando la vida al no hacerlo.

No te lo crees ni tú.

Me casé con una mujer de Cabrahígo, y eso no tiene vuelta atrás.

No estoy dispuesto a perderla a ella ni a mi hijo, así que...

es lo que hay y debo conformarme.

Buenos días.

Buenos días.

Vaya aspecto de señores importantes tienen esos dos.

Dos posibles clientes.

¡Qué bien! -Posibles, nada más.

No sé si finalmente me ocuparé de sus asuntos jurídicos.

Seguro que sí.

Acabarás siendo uno de los abogados más reputados de este país.

No estoy tan convencido de eso. -Hazme caso.

Todo te va bien.

Me han dicho que la reapertura del restaurante fue todo un éxito.

Menos mal, ahora hay que recuperar a la clientela de siempre.

A tus abuelos, eso no les va a costar,

ella es una maravillosa cocinera y él un hombre de gran simpatía,

el perfecto para tratar al público.

Sí. -Espera, Miguel.

Cualquiera diría que no quieres hablar conmigo.

¿He dicho algo inapropiado? -No,

no, no, no, todo ha sido tan apropiado como frío.

Está bien, hemos roto nuestra relación,

pero podamos ser amigos. -No, Anabel,

no hemos roto nuestra relación, tú has roto nuestra relación.

Pero siempre nos entendimos bien.

Tenemos muchas cosas en común, nos gusta charlar,

intercambiar impresiones. -Hasta el momento

en que decidiste acabar tu relación conmigo,

en ese momento, dejamos de entendernos como lo hacíamos.

Entonces, ¿no podemos ser amigos?

Por educación y por no crear situaciones incómodas

seré un vecino correcto, pero nada más.

No esperes de mí un gesto de amistad o cariño.

Y ahora, si me perdonas.

Casilda, muchas gracias por ayudarme,

lo último que pensé de tener una pensión

es que tuviera que doblar tantas sábanas, manteles, en fin...

Pierda cuidao, Fabiana, que lo hago de mil amores.

Además, cuanto menos tiempo esté en casa de mis señores, mejor,

a veces no hago na y salgo escaldada.

¿Y eso?

Anoche, doña Rosina la tomó conmigo.

Menos mal que don Liberto salió en mi defensa.

Eso sí, la discusión entre ellos después,

fue para enmarcarla, me quedé escuchando detrás de la puerta.

¿Y por qué fue?

Por la pelea entre mi señor y doña Genoveva.

Mi señora estaba que trinaba.

A ver, a punto estuvieron de tirarse de los pelos.

Ya.

Y al final, a quien le van a echar la culpa de perder la carta

va a ser a Jacinto, como si lo viera.

Ay, hija mía,

la cuerda siempre se rompe por el lao del más débil.

Hay que ver, qué mala suerte haber nacido criado y no señor.

A las buenas.

-Buenas.

¿Qué te pasa en las mejillas, muchacha?

Vienes arrevolá.

Es colorete. ¿Me sienta mal?

No, es que se hace raro.

No estamos acostumbradas a verte así.

Además, el colorete se lo ponen las señoras,

a nosotras se nos encienden las mejillas de tanto laborar.

Bueno, tengo que coser los bajos de las cortinas

de la habitación de invitados.

Al parecer, a partir de hoy, se va a ocupar por una temporada.

¿Y quién viene?

El sobrino de doña Bellita. Va a estudiar aquí, va a ser médico.

Pues entonces viene pa tiempo. -Eso parece.

Más trabajo pa ti.

No creo, a don Ignacio se le ve tan ordenao...

Fíjense, un futuro doctor.

Bueno, eso siempre viene bien pal barrio.

-Y usted que lo diga.

No hemos tenido matasanos desde que don Germán las espichó.

Peor pa Alodia, que tendrá más faena,

no es lo mismo fregar lo de dos personas que lo de tres.

Eso sí es verdad, que las visitas son como el pescao,

acaban oliendo mal con el paso de los días.

-Doña Bellita está encantada.

(SUSPIRA) Es tan...

correcto y tan fino.

Pa mí que doña Bellita no es la única encantá.

Creo que el médico ha llegado conquistando corazones.

Genoveva es una señora.

No puedes pelearte con ella como una verdulera.

En ese caso, lo seríamos los dos.

Tú, que fuiste el que le acusó de robar la carta.

Si es que es la verdad. -No tienes pruebas.

Mire, tía,

no me arrepiento de haberle dicho lo que pienso de ella.

Y ya está bien, no voy a escucharlas a usted y a mi esposa

haciéndome reproches.

Lo hacemos por tu bien, Liberto.

Además, Genoveva no es buena enemiga.

Hablaré con ella para disculparme en tu nombre.

Ni se le ocurra, ¿me oye? Ni se le ocurra.

No se meta, que bastante tiene con lo que tiene.

¿Lo que tengo?

¿Sabes algo de Armando?

¿Qué voy a saber?, pues lo que sabe todo el mundo.

Que... está en algún lugar de Europa,

que Europa está en guerra, que no contactamos con él.

Pronto, pronto sabremos dónde está y volverá a mi lado.

Ojalá sea así.

Tía, se lo ruego,

no hable con doña Genoveva,

esto es cosa mía.

Me voy al Ateneo. Después la veo.

Con Dios. -Con Dios.

Don Liberto.

Quería pedirle disculpas por lo de la carta.

Que las pida Genoveva, que la robó.

Pero si yo las hubiera tenido bajo control, no las habría cogido.

Ya lo sabes para la próxima.

Ya, pero le he visto discutir con su tía,

y seguro que también ha discutido con doña Rosina.

-Tenga paciencia, don Liberto.

No haga nada de lo que se pueda arrepentir.

No es bueno que un hombre esté solo.

Fíjese en mí.

Una semana sin mi Marcelina y a veces estoy a punto

de caer en la tentación. -¿Quién? ¿Tú?

¿Con alguna vecina o qué? -¡No, no, no!

Las vecinas son sagradas. Es más, la mujer del prójimo es sagrada.

-Más te vale. Y por la carta no te preocupes.

-Ya. No sé si doña Genoveva permitirá que me olvide de ello.

Hará lo posible para que me despidan.

-Escúchame bien, Jacinto. Si Genoveva te culpa

o te dice cualquier cosa, vienes a hablar conmigo.

No pienso consentir que esa arpía se salga con la suya.

Ella es la culpable. -Muchas gracias, señor.

Sí, don Rafael, lo mejor es que nos veamos en persona.

No se preocupe, estoy seguro de que solucionaremos esos detalles

de la forma más beneficiosa para ambos.

¿Esta tarde?

Si quiere venir por mi casa...

No, si no puede, no se preocupe, yo iré a su hotel.

Nada, nada, no es ninguna molestia.

Nos vemos en su hotel esta tarde.

Sí, claro, don Rafael.

Lo que usted quiera.

Con Dios.

¿Están ya todas las mesas preparadas?

-Todas menos aquella, que está su nieto sentado.

Parece tan concentrado, que no he querido molestarle.

-Bueno, dile que te deje, que tenemos que terminar

de prepararlo todo. Si te dice algo, ya voy yo.

Ah, Daniela, acabo de probar el arroz que has preparado.

Riquísimo.

-Es un plato muy típico italiano.

Risotto a la milanesa. -¡Oh!

El toque de azafrán es maravilloso. -Me encanta que le guste.

-Espero que también les guste a nuestros clientes.

Tienes que enseñarme a hacerlo. -Bueno,

con la mano que tiene usted para la cocina,

logrará mejorarlo en un par de tardes.

Por cierto, ¿puede hacerle una pregunta?

-Sí, claro. -¿Qué le pasa a su nieto?

Da la impresión de ser un joven que lo tiene todo,

pero sin embargo, es... -Ya, ya.

Sin embargo, parece atribulado. -A eso me refería.

-Bueno, a su edad como a la tuya, solo puede ser una cosa:

mal de amores.

-Una mujer que no le presta atención.

-Peor. Una mujer con la que inició una relación,

una del barrio. Pronto la conocerás. Anabel.

-¿Una medio mexicana? -Esa misma.

Mi nieto y ella se hicieron novios, pero ella no dejaba de tontear

con otro, otro mexicano. Aurelio. -Ese no sé quién es.

-Ni falta que te hace.

Como comprenderás, la relación se ha roto.

De ahí que mi nieto esté tan decaído.

Espero que le dure poco. -Bueno, ya sabe lo que dicen,

que una mancha de mora con otra verde se quita.

-Y que un clavo saca otro clavo.

-Pronto aparecerá otra moza que le devuelva la sonrisa

a su nieto. -Dios te oiga.

Voy a preparar los segundos. ¿Vienes?

-Deje. Voy a ver si su nieto me deja poner la mesa.

-Muy bien.

Este barrio es un aburrimiento.

Sales a la calle y lo único que puedes hacer

es ir a la iglesia. -Bueno, tampoco te vendrá mal.

Así rezas un poco.

Voy a llevar estos papeles.

-Traigo limonada. ¿Le apetece? -Sí.

Me ha leído el pensamiento.

-La he escuchado llegar y he pensado que estaría sedienta.

Más despacio. Le sentará mal.

-No me diga más veces que Felipe el Hermoso

murió por beber muy deprisa.

Me lo han dicho mil veces y no me lo creo.

-Quería darle las gracias por lo de ayer,

por no contarle nada a su padre. Yo sé que obré mal.

Lo hice con buena intención, pero obré mal.

-Olvídelo.

Hoy me he encontrado con Miguel y no sabe con el desdén

que me ha hablado.

Que ni se me ocurra pretender que seamos amigos.

-Solo está despechado. Ya volverán las aguas a su cauce.

¿Sabe lo que tiene que hacer?

Llame a su amiga Natalia y vayan a dar un paseo esta tarde.

Pueden ir a la noria.

¿Quién sabe si se encuentran a dos jóvenes pretendientes

que les inviten a horchata? -No creo

que dos jóvenes pretendientes sea lo que ninguna busquemos.

Pero lo de la noria parece divertido. La llamaré.

-Señor.

-Padre, ¿qué le parece si esta tarde voy a la noria?

-Me parece estupendo, pero no podré acompañarte.

Tengo una reunión con un empresario.

-Me iré con Natalia Quesada.

-Esta tarde se queda sola. -Ya que no van a estar en casa,

aprovecharé para hacer unos recados.

-Pues nada, nos vamos todos y la casa se queda vacía.

Avise a Jacinto para que esté al tanto

de que no entre ningún extraño. -Permiso.

Miguel, tengo que terminar de vestir las mesas.

-Es verdad, estoy molestando. Perdone.

-No, perdone usted por molestarle.

¿Va a comer aquí? -Supongo que sí.

-¿Puedo pedirle un favor?

-¿De qué se trata?

-He preparado un plato típico italiano,

risotto a la milanesa, y me encantaría que lo probase

y me dijese qué le parece. -Claro que sí.

¿Cómo ha dicho que se llama, "rosino" a la milanesa?

-No, "rosino" no. Risotto. -Ah. ¿En qué estaría yo pensando?

-Rosina es esa señora que siempre anda con Susana.

¡Vaya dos cotillas! ¡Uy!

-No se preocupe.

La verdad es que sí, las dos son muy cotillas.

-Ya voy conociendo a la gente del barrio:

a ellas, al portero,

al dueño de la pensión... -Jacinto y Servando.

-Tienen que ser dos buenas piezas.

Siempre juntos merodeando por ahí...

-No lo sabe usted bien. Cuídese de sus inventos.

Y ahora mismo le dejo la mesa libre.

Y ya le diré qué tal estaba el arroz.

¿"Rosino" a la veneciana ha dicho que se llama?

Buenas tardes. Buenas.

Doña Susana,

¿le podría hacer una preguntita? Uy, si tienes que pedirme permiso,

tú y yo sabemos que no me la debes hacer.

A ver, ¿qué pasa? Me preguntaba si habría hablado ya

con doña Genoveva sobre la carta de don Liberto.

Jacinto está muy preocupado. Claro que está preocupado.

Perder una carta y encima permitir que las sospechas

recaigan sobre una vecina...

Pero no, mi sobrino me ha pedido que no me meta

y no me meto donde no me quieren. Eso sí, que Jacinto tenga cuidado,

porque entre su palabra y la de una vecina como Genoveva,

ya sabes a quién vamos a creer. Por eso está preocupado.

Pues hala, ya lo sabes.

Doña Susana, otra preguntita.

¿Sabe usted algo de don Armando? ¡Pero ¿te vas a meter en la vida

de todo el mundo?! ¡Lo que sepa o no es asunto mío, por Dios!

Dios, qué carácter más agrio.

(CARRASPEA)

Jacinto no está. Ha subido al altillo

a arreglar no sé qué. No, si no venía buscando a Jacinto.

A quien quería ver es a ti. ¿A mí? Pues aquí me tiene.

Ya. ¿No notas últimamente que Jacinto está muy raro?

¿Jacinto raro? Sí, pero no últimamente.

Jacinto no ha tenido un día normal en toda su vida.

Ya... No, pero me refiero más raro de lo habitual.

No sé, es como decirte... Cuando te ve, que se enciende.

¿Que se enciende? Sí.

Es que ni sé de qué me habla. No sé, cuando te insinúas

con tus formas sinuosas y... ¿Que yo hago qué?

¿Me está llamando buscona? ¡No, no!

No se lo consiento, ¿eh? Vamos a ver, que no digo

que lo hagas a posta, que lo haces sin querer,

lo que pasa que le tienes como embrujado.

¿Las cortinas están colgadas? -Sí.

-¿Y la sábana? -Lisa y perfecta.

He hecho la cama con escuadra y cartabón, señora.

-Hay de todo para el aperitivo, para la cena...

¿Pastas para el té has comprado? -Sí, también,

aunque usted y el señor no estén acostumbrados a tomarlas,

pero las he comprado.

-Niño, ¿ese es el traje con el que vas a recibir a Ignacio?

Ponte el traje negro, que estás muy pinturero con él.

-Ni que viniera el rey de España. A mí déjame en paz, ¿eh?

Traje ni traje...

Además, ahora que habéis dicho que hay pastas, se me han antojado.

Tráeme...

Oye, ¿y tú? ¿No tienes la cara muy colorada?

¿Qué te has puesto en la cara? -Chiquillo,

que la niña puede afanarse un poquito, ¿no?

Además, no me la agobies, que tiene que trabajar.

(Puerta)

-¡Ay! Señora, que es él. -Chiquilla, pues ve a abrir.

¿A qué esperas?

-Muy buenas, Alodia. -Buenas.

Esperemos que haya estado todo a su gusto

y les volvamos a ver pronto.

-Esos vuelven, ¿eh? Se los ha metido en el bolsillo.

-Es la obligación de una camarera, ¿no?

-Sí, supongo que sí.

¿Cansada? -Agotada.

Se han llenado todas las mesas en dos turnos.

-Entonces habrá vendido toda la "rosina" a la piamontesa.

-"Rosina" a la milanesa, no se confunda.

-Eso. -¿Tiene usted la misma mano

que su abuela para la cocina? -Pues me temo que no.

Si me pone un bote con sal y otro con pimienta,

no sé si sabría diferenciarlos a simple vista.

-Qué exagerado.

-Lo cierto es que siempre me he dedicado

a las leyes y a los estudios. Nunca he entrado en la cocina.

-Pues lo mismo se está perdiendo un chef maravilloso.

-Permítame que lo dude.

¿Se va ya a descansar? -No, no.

Aún queda recoger todas las mesas y prepararlas

para el turno de cenas. -¿También se ocupa usted de eso?

-Por lo menos hasta que llegue don Roberto.

Muchos clientes me preguntan por él,

pero no sé qué responderles.

Por lo que cuentan, debe ser un hombre muy peculiar.

-Sí, esa es la palabra, peculiar.

Ha vivido mucho y, bueno, digamos que tiene su propia forma

de hacer las cosas.

Ya le conocerá cuando regrese de su viaje.

-Como sea la mitad de encantador y cariñoso que su abuela,

será maravilloso trabajar aquí.

Bueno, y ahora, si me permite, voy a terminar de recogerlo todo.

-Claro, claro. Disculpe. Usted a lo suyo.

José, a Ignacio le ha encantado el cuarto que le hemos preparado.

-No me extraña.

-No tendrían que haberse preocupado.

Me podría haber quedado en la pensión.

Lo último que quiero es molestar.

-Chiquillo, que tú no molestas. La familia nunca molesta.

¿Qué te apetece pa merendar?

-Hay unas pastas riquísimas. -Yo, si me perdonan,

he comprado unas yemas en un convento cerca de la pensión,

que las he dejado en la habitación. -Voy yo a por ellas. Sí.

-Siéntate.

-¿Le gustan las yemas, don José?

-Yo soy más de un buen jamón bien cortadito.

El dulce no es lo que más me priva. -Pues se lo traeré también

en cuanto sepa dónde está el mejor jamón de la ciudad.

-Por eso no te preocupes, ¿eh? Que yo esos lugares

me los conozco todos. -Bueno, ¿y a ti qué es

lo que más te gusta? -Pues yo, tita, yo como de todo.

-Pues muy bien. Esta noche cenaremos cocochas,

con la receta de una criada vasca que tuvimos

y que las hacía a las mil maravillas.

Pero Alodia no se queda detrás.

-Pues que sepa usted que me apasionan.

-Aquí traigo las yemas. Huelen que alimentan.

Sí. -Bueno, pues venga, tita.

Pues hagamos los honores. -Muy bien.

-¿Y usted, Alodia?

Coja una.

-¿Yo? -Sí.

-¡Um! Riquísimas, don Ignacio.

De verdad, lo mejor que he probado en mi vida.

-Lo celebro.

Venga, don José, anímese, coja una. -Don "Jose", ¿eh?

Dejemos que las sigan degustando las señoras.

-Vale. Pues yo con su permiso, voy a coger una.

-Digo. -Ahí está. Vamos allá.

¿Qué haces? ¿No estarás pensando en ir a la mantequería?

-Pues claro.

-Ay, Lolita, tienes que descansar. No puedes trabajar mañana y tarde.

La mantequería ya la puedo abrir yo.

-Mire, Carmen, estoy harta de descansar.

Y con el mal humor que tengo encima por culpa de Antoñito, mejor me voy

y me distraigo. -Pues quédate con Moncho,

que buena distracción es. -Bajar y hablar con las clientas

es lo mejor para distraer la mente.

-He pasado un momento a ver a Moncho

y estaba tan dormidito... -Es la hora de su siesta.

-Carmen, ¿te importaría dejarnos un momento a solas

a Lolita y a mí? Tengo que hablar con ella.

-Claro.

-Siéntate, por favor. -Suegro,

si me va a hablar de Antoñito, se lo puede ahorrar.

Está todo hablado. -Nunca está todo hablado.

Siéntate.

Entiendo que no quieras que viaje.

-Pues si lo entiende, santas Pascuas.

-Pero también sé que uno tiene que cumplir

con sus obligaciones. -Las obligaciones de Antoñito ahora

son cuidar a su mujer y a su hijo. -Y ejercer el cargo

para el que ha sido elegido por los españoles,

así que en vez de ponerle trabas, deberíamos estar orgulloso de él.

-Mire, suegro, sabe que le tengo mucho respeto,

pero en mi marido y en mi hijo no quiero que nadie se meta.

-Ni yo lo pretendo. -Pues ya le he dicho a Antoñito

lo que va a pasar. Si se va, no vuelve a vernos

ni a Moncho ni a mí. -Pero, hija, eso es injusto.

No puedes reaccionar de esta manera.

-Es lo que hay y ya está.

Me voy a la mantequería.

(LEE) "Causa de la muerte: envenenamiento".

"Envenenamiento por arsénico potásico".

Si quiere dar por zanjada su relación con Anabel,

lo que tiene que hacer es cortar toda la relación que tenga

con don Marcos. -Romper con todo

sería lo más sensato. -Además, que no le faltan

hermosos estímulos para emprender una nueva aventura amorosa.

-Cómo me gustaría demostrar que doña Genoveva

ha sido la ladrona. -Casilda, esa es una difícil tarea.

-¿Y si me ofrezco a limpiarle la casa?

Podría buscar la carta, y si la encuentro,

demostraría que ella es una ladrona.

Lo que ocurrió nos perseguirá allá donde vayamos.

-Eso no tiene por qué ser así. Podemos empezar desde cero.

-¿Me pides que olvide todo?

-Yo te veo fuerte como un roble. Estoy segura que me puedes coger

en volandas como si fuese una pluma.

-No sé, nunca lo he intentado. -Puedes hacerlo cuando gustes.

Miguel, eres un hombre preparado y decidido.

Ha llegado el momento de echar toda la carne en el asador.

¿O te vas a acobardar ahora?

Que el sobrino de doña Bellita te hace tilín y tolón.

Una criada encandilada, un señorito bien plantado...

Es una mezcla más peligrosa que la dinamita.

Es cierto que les he cogido cierto cariño

tanto a Aurelio como a Natalia. Sepa que si toma partido

por los Quesada, nunca contará con mi confianza

y, por supuesto, olvídese de tener negocios conmigo.

-Me molesta tu comportamiento con mi nieto

desde que rompisteis la relación.

Haz el favor de dejarle en paz.

-Es lo que trato de hacer.

-Será mejor que siga su camino y dé por terminada la conversación.

-¿Y quién eres tú para mandarme callar?

Medicina no es una carrera que se saque con la gorra.

-Desde luego. Se precisa mucha dedicación.

-Que veo que tú no le pones.

-(DON MARCOS) "Buenas noches".

"He sabido que está en la ciudad. Quería verle con urgencia".

"Es un asunto de la máxima importancia".

"Necesito absoluta discreción por su parte".

Te juro por Dios, Felicia, que voy a vengar tu muerte.

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Acacias 38 - Capítulo 1343

06 oct 2020

Soledad es descubierta por Anabel cuando revolvía entre los papeles de Marcos. La criada se excusa y apela a su confianza para que Anabel guarde silencio.
A pesar de las súplicas de Antoñito y las razones de Ramón Lolita se opone a la marcha de Antoñito a Marruecos… Sin sospechar que se trata de una misión de vital importancia para el país.
Jose se muestra reticente con el joven Ignacio ¿no es fortuita su llegada a casa de una tía a la que ni conoce? En cambio, en el altillo se bromea con lo bien que se ha tomado Alodia la llegada del muchacho a su casa.
Miguel, todavía dolido por la ruptura con Anabel, la rechaza cuando ella sugiere que sean amigos. Es Daniela, la camarera italiana, la que consuela al abogado.
Soledad rompe su promesa de no inmiscuirse en los asuntos de Marcos y, revolviendo entre sus papeles, descubre el informe con la autopsia de Felicia.

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