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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1340 - ver ahora
Transcripción completa

Para que ella pueda perdonarme, me ha hecho... firmar un contrato.

¿Estás dispuesto a firmar esto? -A la fuerza ahorcan.

Lamentablemente, a Miguel le sobraba la pasión que a mí me faltaba.

Poco tenían que hacer juntos entonces.

La fiesta de la embajada me ha hecho ver que es ese gran mundo

al que yo pertenezco, y pretendo volver.

Antes de irme, me gustaría prevenirle sobre Aurelio.

Me consta que sabe usted con quién se juega los cuartos,

pero quiero que sepa que ese tipo ronda a su hija.

...y ya entonces estabas enamorada de mi hermano.

No quiero remover ciertos recuerdos.

Dime la verdad. ¿Sigues enamorada de él?

Nos puede denunciar por incumplimiento de contrato

si no aceptamos esta última oferta.

Que me denuncie si quiere,

en mi pasado no escarba ningún plumilla.

Piénsalo bien, que es mucho dinero,

todo el que no vamos a cobrar

y otro tanto que tendremos que pagar como indemnización.

Ha llegado el momento de que usted invierta en mi empresa.

¿Qué me dice?

No.

¿No?

¿Se lo ha pensado usted bien?

Le estoy proponiendo un negocio y beneficios

sin apenas riesgo y en muy corto plazo.

¿Cree que es el único que ha pensado

en sacar renta de la guerra?

Habrá hueco para todos.

Lo que no sé es si habrá guerra para todos.

La mayoría de los diplomáticos con los que conversé

estimaban que la guerra sería corta.

Quizá.

En todo caso, los países beligerantes...

tendrán que estar preparados para todo,

y entrarán al mercado con dinero contante y sonante.

¿De veras? Sí.

Pues hágalo.

Compre materias primas.

Yo le he dicho que yo no lo haría, pero usted puede hacerlo.

Somos socios.

No para cualquier locura.

No es ninguna locura.

Lo tengo muy estudiado.

Mire, en esta carpeta tengo todos los números.

Podríamos obtener unos réditos...

de más del cien por cien.

He calculado las tasas de beneficio

en función de los distintos escenarios,

y en todos ellos, se garantiza la rentabilidad.

Sea más corta o más larga la guerra.

No se rinde usted fácilmente, ¿no?

Es una de las virtudes que mis socios valoran más.

De acuerdo, echaré un vistazo a esos documentos

que tanto trabajo le han costado.

¿Cuándo tendré respuesta?

Lo antes posible. Le aconsejo que no tarde mucho.

Es un negocio de oportunidad, de aquí te pillo aquí te mato,

y no voy a demorarme por usted.

Todavía no me conoce bien,

no soporto que me presionen.

Tendrá una respuesta...

cuando yo quiera.

Si me disculpa, tengo muchas cosas que hacer.

Buenas noches.

Buenas noches.

(Sintonía de "Acacias 38")

(Suenan las campanas)

Como te comentaba, son las personas...

Don Antoñito, don Antoñito, espere.

Mi más sincera enhorabuena, señor diputao.

Gracias. Supongo que te refieres a la mejoría de mi esposa.

¿Mejoría? Dicen que está más sana que las manzanas antes del pedrisco,

el granizo, como dicen ustedes.

Está mejor, sí, pero sigue en tratamiento.

No es bueno alardear de salud con el de arriba.

Entre uste y yo,

el de arriba no tiene que ver con la curación de Lolita.

¿Lo dices por lo de la reliquia?

Yo solo quería poner mi granito de arena pa su recuperación.

Se agradece, Jacinto, no ha servido para nada, pero se agradece.

Más me hubiera valido gastarme los dineros en agasajar a los doctores.

¿A don Santiago?

¿Don Santiago?

Ah, que son tres: Santiago, Ramón y Cajal.

Por eso se ha recuperado tan bien.

Ha quedado demostrado que todo el barrio estaba pendiente de ella

y eso es lo importante. -Lolita, o sea, su mujer,

bien que se lo merece. -En fin.

-Hombre.

Ya tenía ganas de echármelo a la cara, señor diputado.

Antoñito,...

no sabes cuánto hemos rezado y pedido por Lolita.

Con buenos resultados, como es sabido.

Gracias.

-"Fidelidad absoluta, ni siquiera mirar a otra mujer".

Prácticamente, ha sido un milagro.

Un milagro, sí.

Antoñito, qué poco entusiasmado te veo

por la magnífica recuperación de Lolita.

Es que me tengo que ir. Me están esperando en el Congreso,

así que...

así que me voy.

-¡Uh!

Como muestre este porte en la tribuna le van a abuchear.

Qué poco cuajo.

Lo que no tiene es educación ni saber estar.

Pues conmigo ha estao muy simpático.

Porque es un populista.

Señor Huertas.

Ya me lo han dicho, vengo de la editorial.

Pase, pase.

Siéntese, por favor.

No me puedo cebar con ellos porque, al fin y al cabo,

han doblado la oferta, pero han estado más secos que la mojama.

Le han amenazado con los tribunales, ¿verdad?

Si mi mujer no cuenta lo que ellos quieren.

Que no es otra cosa que regodearse en los pasajes más escabrosos

de su vida.

(ASIENTE)

Lo que la gente normal no saca a relucir en sus conversaciones.

Son carroñeros.

(SONRÍE)

¿Qué?

¿Cómo que qué?

Que me mira como si se riera de mí.

Es que les ha llamado carroñeros, y usted está aquí para picotear

como cualquiera de los demás buitres.

Yo soy una pluma a sueldo, un mandao, como se dice.

Escribo lo que me ordenan, incluso cuando no estoy de acuerdo.

Que sí, que sí, que lo entiendo.

Hay que ganarse las habichuelas.

Pero después de algunos años,

conozco a los editores como si les hubiera parido.

El afán de vender libros les nubla la razón y la humanidad.

A ver cómo acaba todo esto,

como el rosario de la aurora lo más probable.

Yo... podría indicarle un camino

para que su esposa tuviera...

algo a lo que agarrarse.

¿Y a qué está esperando, mi arma?

Lo mejor sería que negociara con la editorial

una cláusula de decisión final en el contrato.

Lo de "decisión final" suena muy tajante, ¿no?

Da como canguelo. -Es sencillo,

es una cláusula por la que su esposa se reserva

la decisión de publicación, hasta que haya leído el texto final.

Si le gusta, lo publican,

que no, pues se redacta otra vez.

No será fácil la negociación, pero puede intentarlo.

Delo por hecho.

Pero de todos modos, el texto final será el que usted escriba.

Yo me comprometo a ser lo más delicado posible

y a tratar el material con respeto y sin hacer sangre,

pero, pero...

compréndalo,...

si me piden que pellizque...

Usted pellizca, ya lo sé, ya, ya.

A ver cómo se lo toma.

¿Eh?

Si las mujeres son impredecibles, la mía, como faraona que es,

es menos predecible que el tiempo.

Cuénteselo y acabemos.

¿Has echado el comino? -Sí, señora, ya le he echado todo.

Cariño, ven un momentito de na.

¿Ya se ha ido el plumilla metomentodo?

Es un mandao, mujer.

Ven un momento y hablamos con él.

Siéntate.

El señor Huertas nos ha dado una idea que puede funcionar.

Funcionar, funciona, otra cosa es que la editorial la acepte.

Se trata de que tú tengas la última palabra.

Como siempre, vamos.

No suena mal.

El señor Huertas, te enseña todo lo que haya escrito

y, si te gusta, se publica, y si no, se retoca

hasta que quede niquelado. -Niquelado.

No sé.

(DON JOSE CARRASPEA)

¿Lo ve? Impredecible.

Yo quedaría muy decepcionado

si al final su biografía no saliera a la luz,

doña Bella.

Y no por mí, que ya ve usted lo que importo yo,...

sino porque las generaciones futuras...

se quedarían sin las enseñanzas que usted podría legarles.

Di que sí, reina mía.

Pa no publicar siempre estás a tiempo.

Si aceptas, salgo ahora mismo a negociar la cláusula

con la editorial.

Quieto parao.

Esto merece una reflexión y de las largas.

De las larguísimas.

(RESOPLA)

"Tienes ciertas necesidades que atender, como todos,

pero yo puedo ayudarte.

No, no, Indalencia, que si se entera Marcelina, me escogorcia.

Yo no se lo voy a decir,... y tú tampoco.

¡Eh!

¡Menuda cochiná! ¿Qué cochinada?

Que me he acordao de que si no se barre bien por las esquinas,

pues las pelusas corren que da gusto verlas por el portal.

¿Es una cochiná o no?

Ah, ya.

¿No tiene nada mejor que hacer que ver cómo escobeo?

La verdad...

¿Quieres limoná, primo?

Atiza, menudos limones.

¿Qué? -Que...

Que yo sí quiero. ¿Qué miras?

Que sí, que yo también, que quiero limoná.

Ahora mismo los estrujo y les saco el juguillo.

Vamos a ver, es que no me lo puedo creer.

¿No te estará haciendo tilín la Indalecia?

¿A mí? (RÍE)

¡Uste desbarra, Servando!

Yo...

Pensaba en los limones, en la limoná.

En los limones.

¡Váyase uste de aquí, que esto es pa los vecinos, hombre!

Los limones. Fuera de aquí.

¿Van a abrir todos los días?

Sí, todos los días a partir de hoy.

Los horarios son lo que quizá no podamos cumplir como quisiéramos.

Depende de cómo vayan las cosas.

Pero, si no estamos, déjenos su pedido por debajo de la puerta,

que ya se lo llevaremos.

Muchas gracias. -Con Dios.

Con Dios.

¿Ves cómo no?

Hola. -Buenas, Carmen.

Rosina venía diciendo que si no abrías la mantequería

es porque Lolita había tenido una recaída.

¡Válgame el cielo!

No te hagas cruces, que no era un presentimiento.

Lolita sigue mejorando, gracias a Dios, y ya ven que sí,

que hemos abierto la tienda. -Menudas horas.

Bueno, ya nos iremos normalizando.

No pensábamos que Lolita había recaído por estar cerrada

o abierta la tienda,

sino porque hemos visto a Antoñito muy raro.

De raro nada, lo que estaba era descortés y malcriado.

¿Y eso?

No se ha dignado ni a mirarnos a la cara.

Como si nuestros maridos no le votaran.

Bueno, el tuyo no le vota,

te recuerdo que es del Partido Liberal.

Soberbia parlamentaria.

Aquí le dan un cargo a uno y empieza a levantar la barbilla

como si le afeitaran el gaznate. -Un momento, a ver,

¿cuál ha sido la afrenta? -¿No te lo estamos diciendo?

No se ha dignado a cruzar su mirada con la nuestra.

Ah. (RÍE)

Bueno, Carmen,

No me parece que la falta de educación de un servidor público

a la par que vecino, sea motivo de chanza.

Que no me estoy guaseando, doña Susana,

que es que todo tiene una explicación.

Pues la esperamos ansiosas.

Resulta que...

Lolita le ha hecho firmar una serie de condiciones

para perdonarle su desliz con Natalia.

¿Qué condiciones, volverse hosco y huraño?

Por ahí van los tiros.

Es un poco exagerado,

pero le ha prohibido que mire a otra mujer.

No me acuerdo si tampoco puede saludarlas.

¡Jamás creí que dijera esto, pero un hurra por Lolita!

Eso me suena a sufragismo. (RÍE)

No, Rosina, sufragismo es querer que las mujeres voten.

Yo apoyo la iniciativa de Lolita, porque a los hombres

a los maridos hay que atarlos muy cortos.

Que voten ellos,

pero del colegio electoral a casa, sin pasar por la taberna.

Perdona que te lleve la contraria,

pero no es justo obligarle a tu marido

a comportarse como un animal con las vecinas.

Ya se le pasará y terminará abriendo la manga, ya conocen a Lolita.

Pero hasta entonces,

supongo que ha exagerado para hacerle doblar el espinazo

a Antoñito.

Todo volverá a su cauce.

-¿Y dices que...

eso de no saludar a las féminas es una condición entre otras muchas?

Uf, pues ya le digo, sí. Toda una lista.

¿En qué consiste la lista?

Hombre, doña Rosina, no querrá usted...

¿Quieres que pensemos que Antoñito es un maleducado?

No, no, no, por Dios, pero no me parece a mí...

Carmen, cuéntanoslo, que estamos en confianza, mujer.

Agradecida por acompañarme a conocer a mi hermano, caballero.

Un placer.

Puede contar conmigo para lo que necesite de la embajada de México.

Con Dios. -Con Dios.

Muy lista, hermanita.

Lo he hecho para quitármelo de encima,

se estaba poniendo un poco pesado. -A mí no me engañas.

Has querido presentármelo porque, te guste o no,

sigues siendo una Quesada y trabajas para la familia.

¿Tan importante es su contacto? -Podría llegar a serlo.

En estos tiempos, la amistad de un diplomático,

puede valer su peso en oro.

Ya, pero no es tu amigo. -Todavía.

Quedaremos un par de veces y la amistad vendrá rodada.

Lo que sí te aseguro es que haré todo lo posible

para conocer las necesidades de abastecimiento de su país.

Pues ten cuidado,

en estos ambientes no eres el único con capacidad de intriga.

No soy el único, pero soy el mejor.

Caerá como fruta madura.

¿Para tus negocios con Bacigalupe? -Para mis negocios con Bacigalupe.

No sé si a favor o en contra, pero para mis negocios con Bacigalupe.

Supongo que ya has pensado que don Marcos

podría romper vuestra sociedad si continúas importunando a Anabel.

¿Por qué sabes que la importuno?

Déjate de bobadas.

Ha roto su relación con Miguel Olmedo.

Bueno, eso no era difícil de predecir.

Y tú eres el culpable de esa ruptura.

¿Te lo ha dicho Anabel así? -No, así no.

Eso sería admitir que sigue loca por ti.

Pero la conozco y sé que es así.

Una mujer de tu edad solo mira por la ventana cuando está triste.

Estoy bien, padre.

Las jóvenes no miran la calle, salen a la calle.

Bueno, no está de más pensar un poco y callejear menos.

Por supuesto.

Pero... tendrás que dejar tus reflexiones para otro día.

Quiero hacerte un encargo, siéntate.

(TOSE)

Quiero que vayas a la parroquia.

¿A la parroquia? Estoy pensativa, no gazmoña.

Tranquila.

No te voy a pedir que te bañes en agua bendita,

solo quiero que esta tarde lleves las prendas y objetos de Felicia.

Soledad ya las ha recogido

y vamos a hacer un donativo.

Puede llevarlas la propia Soledad y termina la faena.

Soledad es una criada.

Las relaciones con la parroquia y el párroco

son obligaciones de la señora de la casa, y tú eres ahora esa señora.

Tiene que quedar claro que el donativo es una gracia

de la familia Bacigalupe.

Naturalmente.

Puedes tomártelo a broma aquí, entre nosotros,

pero... de cara al barrio,

la opinión del cura es como un certificado de buena conducta.

Hay que estar a bien con la Iglesia.

Lo que usted diga, padre.

Eso sí, déjale claro al cura que tenemos un inventario

de todas las prendas y los objetos que vamos a donar.

Mejor,

haz el inventario con él y que se entere de que le pediremos cuentas

de a quién y cómo va a repartirlo todo.

¿No se fía del curilla?

Ni un pelo.

Padre, por favor, me va a llevar mucho tiempo.

¿Tienes algo más que hacer?

¿Tantas cosas te pido para que reniegues, hija?

Muy bien, lo que usted diga. -Gracias.

¿Qué le ha dicho a su hija?, lleva una cara...

Le he pedido que acerque a la parroquia las cosas de Felicia.

¿No me dijo que lo hiciera yo?

Para ti y para mí tengo otros planes.

La chica, ¿cómo se llama?

No viene mucho por la iglesia.

Anabel, Anabel Bacigalupe, padre.

Ella misma.

Tengo entendido que va a donar el ajuar

que fuera su madrastra a una parroquia de la ciudad.

Ese ajuar debería habérselo quedado la hija de la difunta, Camino,

pero átele usted un hilo a la pata a esa niña.

Por los parises anda, creo.

En cualquier caso, con ese gesto,

testifican que tienen interés en estar a bien con la iglesia.

Los Quesada también hicieron donativo.

De algo ha servido mi murga entonces.

Con eso, me doy por satisfecha.

Sin acritud, hija.

Todo sea por el bien de la Iglesia.

Por ella y para ella vivimos y sufrimos.

Eh...

No es plato de gusto, pero tengo que preguntarle

por unos rumores que me estremecen.

Cuente, ya sabe que soy la mejor informada por estos lares.

No hay nada que contar, es sobre su marido de usted.

¿Qué hay de cierto en esa locura de la bigamia?

Parece mentira, padre, que usted dé pábulo

a cualquier rumor maledicente que corre por el barrio.

Haga como yo,

que solo hablo de lo probado y bien probado.

Dicen que el retrato no deja lugar a dudas.

¿Quién lo dice?

¿Los cegatos que no tienen dinero para anteojos?

Pura maledicencia, padre.

Tiene que asegurarse de que el novio del retrato no es don Armando.

De otro modo, sería un pecado gravísimo, mortal, vamos.

Y no solo del bígamo, también usted estaría en deuda con el Señor.

Le aseguro que mi Armando está... en Francia...

dejándose la piel por la paz de Europa.

Y la paz es sagrada, padre.

Descuide, que el Señor mira a mi Armando con muy buenos ojos.

¿Tiene usted prueba fehaciente de ello?

¿No le digo que no hablo por hablar?

Mi hijo Leandro,

fruto de mi primer matrimonio, vive en París y me ha escrito.

Él contacta a veces con Armando.

En fin, mi marido está donde le digo que está y no en otro lugar.

La mentira también va contra los mandamientos: "no mentirás".

Me sé los diez, padre.

¡Bellita!

Acérquese, haga el favor,

que hoy nuestro párroco está repartiendo bendiciones.

Perdonen, no les había visto. Iba a mis cosas.

Parece preocupada. Puedo recibirla en confesión.

No será necesario, padre.

Bueno, pero cuéntelo aquí, aunque sea sin confesión.

Si no es nada,

me preocupa...

la situación del mundo, la guerra, esas cosas.

¿De verdad?

Parece que tiene usted las ideas muy asentadas

sobre la situación del mundo, me gustaría escucharlas.

¿Servando?

Servando, ¿estás aquí?

Servando.

-Cuando Servando quiere esconderse no le encuentra ni Dios,

cuanto menos un diputado. Y ahora quiere esconderse

porque tiene que pegar unos azulejos en el baño.

Don Antoñito, ¿qué se lo ofrece?

Se lo sirvo en un periquete.

No. -Pero ¿cómo que no?

Ande, tómese algo, la casa invita para celebrar la sanación de Lolita.

No, gracias.

¿Y eso?

Esto es un desplante, ¿eh?

No quisiera yo ser maleducado, Fabiana. Me voy.

Don Antoñito, dichosos los ojos.

Pues servidora todavía no se los ha visto a él.

Ha perdío algo, porque antes estaba igual,

mirando al suelo.

¿Cómo está la Lolita?

Bien.

-Sí que ha perdío algo, sí.

Un gemelo, ¿puede ser?

Pues nones, un gemelo no es.

Ah, ya sé lo que quiere.

Quiere que le preguntemos qué ha perdido y uste dice sí o no.

Es como el "Veo Veo" pero con cosas perdías.

No estoy yo para juegos. Me voy.

Jacinto.

También puede ser tortícolis, o una mala postura.

O una promesa que ha hecho al cielo pa que Lola mejorara.

No, él es más de médicos que de cielos.

Buenas.

Muy buenas, don Ramón.

¿No ha visto uste a su hijo? Acaba de salir ahora mismo.

Ha debido de doblar la esquina

porque yo vengo de casa y no me lo he cruzado.

Pues ha perdío algo. Un gemelo no, pero algo.

No ha levantao la cabeza ni para dar los buenos días, fíjese.

Contadme, que creo que sé por dónde van los tiros.

No lo entiendo, de verdad, señora.

Los aliados, como usted los llama, liderados por la pérfida Albión...

¿"La pérfida Albión"?

Es como llamamos los españoles a Inglaterra.

Ah. -Sí,

Inglaterra.

Como ellos mismos se hacen llamar, protestantes,

ateos, ateos, librepensadores,

y muchos de ellos, desviados.

No se lo tome usted tan a pecho, don Hilario.

Doña Bellita es una artista,

y para los artistas, esas cosas no tienen tanta importancia.

-Artistas los hay de todos los palos.

El señor cura me ha pedido mi opinión sobre la guerra,

y yo se la he dado. Lo que una escucha, claro,

que de política no entiendo.

No entiende, pero le gustan los desviados.

Yo soy germanófila, padre.

Los germanófilos somos fervientes defensores del orden

y de la civilización cristiana, ¿a que sí?

Como Dios manda.

Y lo más importante, no admitimos desviados en nuestras filas.

Bueno, me marcho,

que yo no estoy para tanta puntillita.

Queden con Dios.

¿Lo ve? No admiten críticas.

Espero que confiese su arrebato lo antes posible.

La soberbia es...

Otro pecado, padre, otro pecado.

Sí. Volviendo al tema que nos ocupaba,...

su marido... -Yo también me tengo que ir.

Mi sobrino

y su esposa Rosina, casada en segundas nupcias,

me han invitado a comer. Con Dios.

-"Es posible,"

bueno, más que posible, probable...

que sea incómodo para los demás,

pero también demuestra lo mucho que mi hijo quiere a su esposa.

Entonces, que yo me entere bien,

¿don Antoñito no puede mirar a otra hembra que no sea la Lola?

Ni siquiera mirar a otra mujer,

si quiere que le perdone el desliz que cometió.

¡Ay, qué redaños tiene la Lola, oigan!

Bueno, y lo de mirar a otras mujeres,

es solo una de las exigencias que le ha impuesto Lolita a mi hijo.

Antoñito se ha comprometido a salir periódicamente con ella,

a trabajar en casa,

a colaborar con los cuidados de Moncho...

Tiene bemoles la cosa.

Hasta...

ejercer el débito conyugal siempre que Lolita lo demande.

-Ah.

¡Esta Lola es mucha Lola!

Eso mismo le voy a pedir yo a Marcelina en cuanto regrese.

Así que, hasta que acabe el correctivo,

os pido que seáis indulgentes con mi muchacho.

Ay. Descuide usted, don Ramón.

Arrea, quién fuera de Cabrahígo

pa tener los entresijos tan bien puestos como la Lola.

(RÍEN)

¿Qué os pasa hoy? Coméis menos que un maestro escuela.

Los maestros comen poco por el sueldo, lo de mi tía es otra cosa.

¿No nos lo va a contar?

Es por don Hilario.

¿Te ha puesto en ayunas como penitencia?

Todavía no.

Pero como me ponga penitencia, no será tan leve.

Me parece muy bien que siga los consejos del cura,

pero no que la Iglesia se inmiscuya en la dieta de los creyentes.

La Iglesia se inmiscuye en lo que le da la gana, que para eso está.

A ver, ¿tantos pecados tienes?

Uno, pero gordo.

¿Mortal?

¡No digas eso!

Os secuestran las conciencias y así nos va.

Ay, Liberto. Bueno, confiésanos, ¿por qué has pecado?

Lo de Armando.

¿Ya es de dominio público que es él? -No es él.

Entonces, ¿por qué has pecado?

A lo mejor no.

Pero, es también porque...

me ha parecido que en misa, las feligresas me miraban mal.

Menos mal que me habéis invitado a comer y se me va de la cabeza.

Pues cualquiera lo diría.

Voy a ver si hay algo dulce.

Ay, muchas gracias. Casilda me va a oír.

Es impresentable que los invitados tengan que servir el postre.

Resignación. -Cristiana.

Que sea la última vez que invitas a alguien a comer y no me lo dices.

Yo no la he invitado, pensé que fuiste tú.

¿Yo? De verdad, pecadora o virtuosa,

tiene más cara que espalda.

Deja en paz a la mujer, bastante tiene con lo que tiene.

¿Has investigado lo de Armando?

En la embajada de España en París no sueltan prenda.

Lo seguiré intentando.

Armando es un funcionario con una misión secreta,

pero por secreta que sea,

tienen que informar de su paradero a los familiares.

Ay, sí.

Eres un sol de marido y un sol de sobrino.

Ahora, te veo yo en el periódico casándote con otra

y la pobre llega viuda a la noche de bodas.

Na, mujer, ¿qué va a pasar?

Eh... Bueno, sí, sí.

Un poco lerdo, sí, pero te echo de menos.

No, eso no es así.

Lo bien que cuentas las perras y lo mal que se te dan las fechas.

No llevas cuatro días, que ya va pa semanas.

Que no, que no es...

por el triquitra.

No es solo eso, también te echo a faltar por la conversación.

¿La Indalecia?

Casi ni la veo.

¿A qué viene tanta pregunta de tu prima Indalencia?

Ah, vamos, que ni come ni se muere.

No, no he querido decir eso, no.

Si tu tío ha recaído, pues le cuidas, que es de ley.

Sí, Marcelina.

Marcelina.

Mar, mar...

Que me ha colgao.

¿Qué te ha dicho?

Na, se cortaba.

¿No vuelve?

Ay, Jacinto,

no se apure usted, que así lo cogen con más gusto.

O no.

¿Qué haces tan mustio, Jacinto?

Anda, cuídale, que tiene que guardar bien la ausencia.

Ya le cuido, ¿qué se cree uste?

Era un decir, mujer.

Por si hay alguna duda,

le voy a pegar unas friegas aquí mismo,

que lo van a dejar más blando que una babosa y bien reposao.

Que está duro como el tricornio de un guardia civil.

¡Quita pa allá!

A callar y a estar sentao,

que te arreglo yo la tirantez antes de que te des cuenta.

A ver... -Ah.

Ah... -Vaya, parece que funciona, sí.

Mano de santo pa las tiranteces.

Si solo fuera la espalda. -¿Cómo?

Na, que es en la espalda. Pero ¿quién te ha dicho que pares?

Sigue, sigue.

En fin, les dejo,

que tengo que terminar de arreglar las habitaciones.

¡Oh!

Perdón, perdón, andaba despistado.

No, perdóneme usted a mí, ha sido mi culpa.

¿Está usted bien?

Sí, ¿por qué?

Por que no levanta la cabeza.

¿Hay mujeres con usted?

No. -¿Seguro?

Sí. ¿Se puede saber qué le pasa, Antoñito?

Que he tenido que firmar un contrato leonino.

¿Un contrato leonino? -Sí,

Lolita me ha hecho firmar un contrato...

Entre las clausulas,

una de ellas dice que no puedo mirar a ninguna mujer a la cara.

Si quiere, podemos denunciar ese contrato por abusivo.

No, no, deje, deje.

Es incómodo, sí, y mucho, pero si quiero volver a la alcoba

con Lolita, es lo que tengo que hacer.

El que algo quiere, algo le cuesta.

En cierto modo, le envidio.

En mi caso, son las mujeres las que no me miran a mí.

Ya veo que anda como alma en pena.

¿Se ha rendido?

A la fuerza ahorcan.

Debería haberlo adivinado antes. Nuestra relación nunca fue normal.

¿No? Yo les veía siempre muy acaramelados.

Bueno, cada relación es un mundo.

Acaramelados sí, en ocasiones,

pero también discutíamos mucho.

No había futuro, así que, tendré que pasar página.

¿Y cómo piensa hacerlo? ¿Siguiéndola, como hacía antes?

Madre mía, debo parecer un imbécil.

El que no haya sido imbécil por una mujer,

que tire la primera piedra.

Además, haberse quedado sin trabajo no ayuda, claro.

Eso es distinto, he dimitido por iniciativa propia.

La causa es lo de menos, pero está sin trabajo.

Le da más tiempo para pensar en ella y eso no es bueno.

Preguntaré entre mis colegas por si alguno necesita un abogado.

Gracias, pero no estoy en condiciones de empezar

con un nuevo cliente y los esfuerzos que requiere.

¿Café?

Que sean dos. -A ver si no está Fabiana.

Venga.

Buenas, Jacinto. -Buenas.

Don Liberto, espere un momento.

Tengo una carta pa uste.

No trae remitente, pero el sello es de Austria.

Será de Felipe. -Eso he pensao yo.

Espere un momento. Eh...

Ahora se la traigo, la tengo ahí.

Qué raro, no está.

La dejé aquí.

¿Has mirado bien? -Sí, sí.

No hace falta,

si la había puesto aquí antes de ponerme a hablar con...

con mi prima Indalecia, bueno, la prima de mi mujer, Marcelina.

Mi esposa, mi santa esposa,

a la que yo quiero más que a nada en este mundo,

que estamos casados por la Iglesia.

Sé quién es Marcelina, una santa por aguantarte. ¿Me das los sobres?

Sí, claro.

Entra, Jacinto. -Quita.

Que ya está caliente y prepará la cataplasma.

Te va a dejar como nuevo. -¡No estoy pa cataplasmas!

¿Has visto el sobre con el sello de Austria?

Estaba con los demás.

Estaba, ya no está.

Esta es una falta grave, la correspondencia es sagrada.

No tengo perdón de Dios.

Encuéntralo, es muy importante. -Así lo haré.

El cataplasma.

Venga. -¡Que no estoy pa cataplasmas!

-"La merienda está servida, señor".

¿Ya se ha ido Anabel a la iglesia?

Hace poco, señor.

Lo que he tardado en preparar la merienda.

Yo no tengo ganas de merendar.

¿No?

¿No quiere comer nada?

Sí.

A mi padre se le ha antojado llevarse bien con la Iglesia.

Quiere que lleve las cosas de Felicia a una parroquia apartada.

Como si no tuviera bastante con aguantar al ensotanado.

A mí siempre me ha parecido que a los curas les huelen los pies.

Es una tontería, pero es así.

Espero que no se descalce. -(RÍEN)

Te recomiendo que hagas una faena de aliño:

dejas las prendas y te largas con viento fresco.

¡Qué más quisiera yo!

Pero tengo que hacer la faena completa,

mi padre quiere que el cura y yo

hagamos inventario de todo lo que donamos.

Una lata.

¿No se fía del muy humilde párroco?

Ni un pelo, según sus propias palabras.

Oye, ¿por qué no me acompañas?

Claro que sí.

Lo siento, Anabel, mi cariño por ti no llega a tanto,

y menos con ese humor de perros que gastas.

¿A eso le llamas tú amistad?

No podría aunque quisiera, que ya te digo que no.

He quedado con Aurelio.

¿Para?

Nada excitante, asuntos administrativos.

Tengo que ir a correos para enviar un paquete a mi padre

con los productos que más le gustan de España:

jamón, judiones de Ávila...

En fin, engrasar las relaciones familiares.

Otra lata.

Y no nos independizaremos hasta que no nos casemos.

Es una tortura.

Anímate, mujer. Lo de Miguel se veía venir.

¿Por qué?

Por lo que me has contado, no querías comprometerte, discutíais...

Algo de razón llevas, pero me duele más de lo que esperaba.

De alguna manera, me había ilusionado.

Es un buen tipo.

Incluso me duele más por él, por el daño que le estoy haciendo.

Y hay algo más, ¿verdad?

¿Más qué? -Más cosas que no me has dicho.

Mi hermano, ¿a que sí?

El mismísimo don Aurelio Quesada.

¿Me lo vas a contar o no?

¿Vas a reconocer, después de tantos años,

lo que sientes por Aurelio?

¿Gazpacho o salmorejo?

Gazpacho, sin duda, qué tontería de pregunta.

Pues aplíquese el cuento.

No se puede dar salmorejo por gazpacho ni viceversa.

Lo que no está bien, no está bien.

¿Qué quieres decir?

Ya me ha escuchado uste, señora.

Buenas tardes.

¡Solucionao!

Tendrás tu cláusula de decisión final.

Su marido lo ha peleado como un Miura.

¿Y quién les ha dado a ustedes permiso?

No te pongas farruca, que es por tu bien y tranquilidad.

Si no le gusta, lo escribiré una y otra vez,

hasta que le agrade el resultado final.

¿Ves?

Y así, todos contentos. Aquí paz y después gloria.

Yo no, yo contenta no.

Os habéis marchado a negociar sin que yo pusiera mis condiciones.

-¿Ves lo que tengo que aguantar?

¿Cuáles son tus condiciones?, que echaremos otro viaje.

No voy a firmar el libro.

No quiero más mentiras. No soy una plumilla.

¿Y quién lo va a firmar?

¿Yo?

O no se publicará.

El libro es suyo y usted se lleva el mérito.

Gazpacho y salmorejo no son lo mismo.

Y lo que no está bien, no está bien, ¿verdad, Alodia?

Pero ¿"habemus" libro?

Siempre estuve enamorada de él,

desde niña.

Yo siempre lo supe.

Y sé que el enfriamiento de vuestros planes

se produjo cuando ingresó en la academia militar.

Tampoco el acuerdo nupcial entre nuestros padres ayudó.

Porque eres una cabezona y te gusta llevar la contraria.

¡No nos consultaron a ninguno de los dos!

Y para arreglarlo, te comprometes con Carlos Armijo.

El compromiso hubiera tenido arreglo,

lo que no lo tuvo fue su asesinato.

Que tú cargaste sobre las espaldas de mi hermano.

Llegué a tenerle miedo.

Un miedo, que ahora se ha transformado en...

No sé, no sé cómo llamar a lo que siento ahora por él.

Espero que mi hermano se comporte como el caballero que dice ser.

Nada me gustaría más que tenerte como cuñada.

Difícil lo veo.

Los Bacigalupe y los Quesada, como familias, se repelen,

somos como agua y aceite.

En fin, me voy a cumplir con el encargo de mi señor padre.

¡Anabel!

¿Quién te has creído que eres, niñata?

No creo tener ningún asunto pendiente con usted.

¿Me estás diciendo que mi nieto no es asunto mío?

Es mayorcito para no necesitar que lo defienda su abuelita.

Nadie lo diría,

¡a juzgar por cómo ha caído en las redes de una farsante como tú!

Te vi venir de lejos, sabía cómo eras

¡y que le destrozarías!

¡Ha sido una ruptura muy hablada, no ha habido ninguna saña!

¿No?

Quizá él no lo sepa todavía, pero a mí no me la das.

Apostaría hasta que le has engañado con otro.

¡Ya basta, vieja loca!

¡¿Cómo dices?! -¡Delira usted,

no ha habido tal engaño!

Pero descuide, ya tiene a su nieto para usted.

¿No es eso lo que quería?

Pues que lo disfrute por muchos años.

-¡Escúchame, joven! -¡Ya es suficiente, ¿no?!

Por cierto,

yo he dejado a su nieto en paz, dígale a él que haga lo mismo,

que no deja de seguirme. -¿Qué ha pasado?

¡Que te lo explique tu abuela!

-Anabel.

Anabel.

¿Ya vuelves de la iglesia?

¿Qué ha ocurrido? -Ni he ido ni voy a ir.

Ya me disculparé con el cura. -Tu padre se enfadará.

Me lo camelaré, como siempre.

¿No me vas a contar nada? -Mañana.

(Besos)

Quítate el uniforme... y ponte el vestido de Felicia.

¿Seguro?

¿Tendrá usted paciencia?

Quiero verte como mi mujer.

(Puerta)

La señorita.

¿Qué...? ¿Qué están haciendo?

Oiga,

¿ha visto a ese muchacho?

Es muy apuesto.

-"No entiendo a qué viene este temor tan repentino, don Marcos".

¿Acaso no tiene usted la liquidez que dice tener?

No sabía que fueras experta y conocieras los gustos de mi padre.

Lo digo por su difunta esposa.

Te conozco, Natalia, ¿me ocultas algo?

¿Se puede?

Lo lamento, pero el restaurante está cerrado.

No vengo a cenar, sino a buscar trabajo.

Andaban buscando camareros.

En su día, me dijo que no sería mal recibida en su sociedad.

Sin duda, ese momento ha llegado.

Estoy segura de que su empresa es un negocio prometedor y de futuro.

Lo tendré en cuenta.

Parece que el señorito Miguel no le quita ojo.

Ni ella a él.

Adiós, Anabel.

Hola, Daniela.

Me gustaría hacer un brindis por la reapertura del restaurante

Nuevo siglo XX.

Por fin han llegado los resultados de la autopsia.

Dios mío, no puede ser.

Yo no le conozco.

Sabía que no me iba a reconocer. No me ve desde que soy un bebé.

Yo soy el hijo de su hermana, de la Candelaria

y del difunto Alonso Quiroga. Su sobrino, vamos.

Estoy descuidando mi trabajo, he perdido una carta de don Felipe.

Pero ¿cómo que...? ¡¿Que has perdido una carta?!

Veamos qué tienes que contarle al botarate de tu amigo Liberto.

Ya que no tienes la consideración de escribirme,

tendré que leer la correspondencia ajena.

(JACINTO) "Ha llegado un telegrama para usted".

(ANTOÑITO) "¿De quién?". -Del Ministerio de Guerra.

Tienes razón Felipe,

esa Genoveva que te amaba ha quedado en el pasado.

No te haces una idea de lo que te espera.

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Acacias 38 - Capítulo 1340

01 oct 2020

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