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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1338 - ver ahora
Transcripción completa

Yo no sabía la verdad de la muerte de Carlos Armijo.

No podía traicionar a mi padre.

La recuperación de su mujer es tan increíble,

que me lleva a creer en los milagros.

¿No te llegó la invitación de la embajada?

No he recibido ninguna carta.

Genoveva Salmerón vendrá conmigo.

Puedes aprender mucho de esa mujer.

Teniendo en cuenta la profesión de Armando,

puede que esté en una misión secreta.

Puede que esté adoptando una identidad falsa

para vaya usted a saber qué propósito.

¿De verdad creéis que Armando no me ha engañado?

¡Por supuesto! -¡Por supuesto!

¿Cuándo pasaremos a la acción con Marcos Bacigalupe?

Trabaja para nosotros, y lo que escriba será por tu bien.

¡Que no, José, que no le voy a servir en bandeja mis miserias

pa que las ponga en un libro y las lean todos!

He estado pensando.

Hasta que mejore, deberíamos dormir en camas separadas.

Como quieras.

Ayer por la tarde te vi con Aurelio Quesada.

Miguel, por favor...

Pararé cuando me digas lo que has descubierto de él.

Estoy esperando una respuesta.

No sé por qué te tengo que dar ningún tipo de explicación.

¿Nos hemos casado sin que yo me enterara?

Creo que tengo derecho a saber qué te traes con ese infame.

No sé por qué le llamas así.

Todavía le defiendes.

¿Después de todos sus intentos por separarnos?

No sé de qué hablas.

Para separarnos te bastas tú solo.

Solo puede haber una explicación,

que ya te haya seducido.

¿Esa es la confianza que tienes en mí?

¿Sabes lo que pasa?

Que la confianza que tenía en ti la he perdido.

Pensaba que nos íbamos a casar,

formar una familia

y que íbamos a pasar el resto de nuestra vida juntos.

Con tanta desconfianza, no parece un plan apetecible.

¡Pues explícame lo que te traes entre manos con él!

Lo mejor es poner fin a esta conversación.

Lo haremos cuando me cuentes lo que has descubierto sobre él.

A esta conversación y a todas las que podamos tener.

Quiero que rompamos nuestra relación.

Pero...

Desde ahora, cada uno por su lado.

Anabel, ten sensatez...

No quiero que volvamos a estar juntos.

Así se acabarán las discusiones y las decepciones.

¿Vas a iniciar una relación con él?

¿Te vas a echar en sus brazos?

A partir de ahora, eso no es asunto tuyo.

Haré lo que considere oportuno.

Y espero que seas respetuoso y no te metas más en mi vida.

Adiós.

(Sintonía de "Acacias 38")

¿Trabajando?

Sí, estoy propuestas de leyes del Congreso,

que desde que empezó todo lo de Lolita

he tenido el trabajo algo abandonado.

Ahora podrás dedicarle tiempo.

Lolita es una fuerza de la naturaleza y se va a recuperar.

Y, además, te ha perdonado, ¿no?

Bueno, perdonarme, perdonarme...

Mire.

¿Y eso?

Lolita me ha permitido volver a casa,

pero no volver a la habitación.

Y no sé si lo hará en algún momento, la verdad.

Pues no sé qué decirte, Antoñito.

Que paciencia.

Mucha paciencia.

Pero ¿qué haces levantada?

No aguantaba ni un minuto más en la cama.

Lola, por favor,

ya escuchaste al médico, tienes que guardar reposo

y no hacer esfuerzos innecesarios.

Doce pasos del dormitorio hasta aquí,

no es esfuerzo, no se me van a salir las tripas.

No soporto ya esas cuatro paredes.

En ese caso, voy a ventilar y adecentar la habitación,

pero no te levantes.

Gracias, Carmen.

Tienes que hacer caso al médico, Lola,

a ver si vas a empeorar por una tontería.

Le has dicho a Carmen que no te he perdonado.

Bueno, le he dicho la verdad,

que me permites volver a casa pero no a la habitación.

Te he perdonado,

lo que no he hecho es olvidar lo que pasó.

Cuando salga a la calle, volveré a encontrarme con Natalia,

y eso, me traerá recuerdos.

Sabes perfectamente que esa mujer no significa nada para mí, Lola.

Moncho y tú sois lo único que importa en esta vida.

Eso me lo tienes que demostrar.

Bueno, muy bien, ¿cómo te lo demuestro?

Lola, sabes que te amo con locura.

Eso son palabras. Y las palabras se las lleva el viento.

Yo necesito

que me lo demuestres con hechos.

Y eso lleva un tiempo.

Bueno, tenemos toda la vida por delante, ¿no?

¿Le apetece croquetas para la cena?

A mí sí, pero que lo decida la señora.

¿Se cree que no le he preguntado ya?

-¿Y?

Me ha echado a gritos de su cuarto.

Igual que a mediodía, vamos.

¿Todavía está así, no?

Esta vez está más brava que los novillos que usted toreaba.

Novillos no, toros. Como locomotoras de grandes

y con unos cuernos que parecían lanzas.

Bueno, pues como los toros esos.

(Puerta)

Ve a abrir.

Yo voy a pensar a ver qué le cuento pa que se le pase el disgusto.

Ojalá se le ocurra algo pronto, don José,

que esta casa ha perdido la alegría que tenía.

Señor Huertas, no le esperábamos aquí.

Me dieron recado en la editorial de que don José quería verme.

Pero ¿qué hace aquí, hombre de Dios?

¿Quiere que Bellita acabe con nosotros?

Pensaba que tenía algo de decirme.

Pero no en esta casa.

Tire pa la cocina, a la izquierda. Pero sin hacer ruido.

Alodia, por lo que más quieras, que la señora no entre en la cocina.

Como si fuera capaz de pararla si ella quiere.

Me pasa por encima si hace falta. -Haz un poder.

A ver si entre todos arreglamos este entuerto.

Hola.

No me ponga sitio en la mesa, no voy a cenar.

¿Y esa cara?

¿Problemas amorosos?

¿Por qué piensa que es eso? -Porque he tenido su edad, señorita.

Son los únicos problemas que importan de verdad.

¿Ha discutido con Miguel? -Ahora no me apetece hablar de eso.

Me voy a mi cuarto.

Si quiere le puedo llevar algo de comer allí.

No, no quiero nada.

¿Ceno solo?

La señorita me ha dicho que no va a cenar.

¿Le pasa algo?

No me ha querido contar nada, pero mucho me temo que mal de amores.

¿Qué hago?

¿Voy a hablar con ella? -No, no.

Déjela tranquila, ya hablará.

Es una pena que no acaben de ir bien las cosas

entre Anabel y Miguel.

A esas edades, ya se sabe, nada es definitivo, ni los amores

ni los enfados.

A ver si se les pasa pronto.

Es cuestión de tiempo.

Le he dejado encima de la mesa la correspondencia.

-Carta de Camino, la hija de Felicia.

Quiere saber cómo van las gestiones para la herencia de su marido.

Le contestaré mañana.

He estado recogiendo las cosas de su mujer:

libros, cartas y algunos recuerdos personales,

no me parecía bien tirarlos.

Debería ser su hija quien lo decidiera.

Yo le pregunto.

Respecto a la ropa, se la daré a la caridad,

si a usted le parece bien.

No me gustaría ver a ninguna menesterosa con la ropa de Felicia.

Tirarla es una pena, hay gente muy necesitada.

Está bien, pero que sea en un parroquia lejos de Acacias.

Y vuelve a poner el segundo plato en la mesa.

Esta noche cenas conmigo.

"Le aseguro que yo no tenía la menor intención de ofender a su esposa".

Si no era su intención, se ha columpiado de lado a lado.

Ya me doy cuenta, ya.

El caso es que ahora no sé cómo solucionarlo.

Le adelanto que no es fácil, hasta a mí me cuesta.

Pero dígame, ¿qué le preguntó para que se pusiera como se ha puesto?

Solo hacía mi trabajo.

Me pidieron que escribiera una biografía que se vendiera bien.

Eso no se consigue si todo son nubes de algodón.

Hay que bajar al barro.

La gente quiere sangre.

Mi esposa viene de muy abajo,

antes de ser una artista reconocida en todo el mundo fue pescadera,

como su madre y como su abuela. -Sí, eso me lo contó sin problemas.

Entonces, ¿qué fue lo que no le contó?

No lo sé, precisamente por eso, porque no me lo contó.

Pero yo le pido disculpas don José,

admiro mucho a doña Bella

y estoy consternado por la situación.

Eso le honra.

Y, si me lo permite, le pediré disculpas a ella.

Es más, voy a pedirle disculpas de rodillas.

No exagere, no exagere.

Será mejor que deje pasar el tiempo o puede ganarse un mordisco.

Saber que está enfadada, ya es un mordisco para mí

y para mi espíritu. -Pues dos,

el que ya tiene y otro menos figurado.

Mi mujer tiene una magnífica dentadura.

Entonces, dejaré pasar unos días. -Es lo mejor.

Y márchese, que si a doña Bella del Campo se le antoja jamón,

no hay sirvienta suficiente pa impedirle el paso.

No, no, no, por ahí no, por la puerta de servicio, alma de cántaro.

A la fiesta van a ir juntas Genoveva y Natalia.

En el Ateneo se ha hablado mucho de esa fiesta en la embajada,

dicen que va la gente más importante del país.

¿Y por qué no vamos nosotros?

Porque no somos importantes.

A saber cómo hacen esas listas.

Mi familia lleva generaciones en lo más alto.

Hasta un hermano de mi bisabuelo fue alcalde, de un pueblo pequeño,

pero alcalde.

Entonces será un problema de mi familia, que somos unos don nadie.

Pero los Quesada deben ser muy importantes si están invitados.

Ya.

Tienen una finca en México que es casi la mitad de España entera.

Y nosotros tenemos la tierra que cabe en dos tiestos.

¿Falta algo? -¿Ves? Por eso no nos invitan.

La gente de bien no tiene una criada que pregunta si falta algo,

tienen una que pregunta: "¿desean algo más los señores?".

Perdone usté.

Siempre se me olvida que tengo que decirlo así.

(CARRASPEA)

¿Desean algo más los señores?

No, Casilda. La cena estaba muy rica.

Me alegro, porque quería pedirles una cosa.

Qué raro que tú pidas. ¿Te ha hecho la boca un fraile?

Es que, como Lolita se ha despertao, quiero ir a visitarla.

Y la mejor hora a la que puedo ir

es a la hora de la comida de ustedes.

Por mí no hay problema. -Por mí sí.

No puedes ir a ver a Lolita porque acaba de salir del desmayo

y no se la puede molestar.

Tenemos que ir a verla primero las señoras, no las criadas,

es lógico.

Y si vas a la hora de comer, ¿quién nos sirve?

Señora, que es solo un día.

Ni uno, ni medio.

Anda, ve a abrir.

¿Qué?

Casilda, haz el favor, prepárame una tila.

Ay.

Qué bochorno, qué bochorno.

He estado pensando

que si mi marido se ha casado con una princesa,

es bígamo. ¿O no?

Sí, si lo hubiera hecho, lo sería. -Y eso, ¿en qué lugar me deja a mí?

¿Hace falta que digamos esa palabra? -Por favor, Rosina,

no es necesario.

Si hay cuernos, hay cuernos, que estamos hoy muy exquisitos.

¡Serás vulgar!

No me refiero a eso, me refiero...

a que la bigamia de mi esposo me deja a mí en pecado.

-¿Por qué?

Si usted me miente a mí, el pecado es suyo, no mío.

No creo que sea tan fácil como dices.

Es un pecado del matrimonio, y es mortal.

Tengo que consultarlo antes con don Hilario.

Te va a decir lo mismo que tu sobrino.

Lo que tiene que hacer es no comentar lo de la foto con nadie.

Mejor que no corran los comentarios, ¿estamos?

Ahora, no lo sabe casi nadie.

Hay gente que ha visto la fotografía en el periódico.

Diremos que ese hombre se parece mucho a don Armando,

pero que no es.

Si nos mantenemos en esa explicación,

la gente se olvidará del asunto, ¿de acuerdo?

Gracias.

Aquí tiene la tila, doña Susana. Cuánto lo siento por usted.

Si yo estuviera casá con un marido casao con una princesa prusiana,

es que no sé lo que haría.

Hay que ver, al final solo tenía de caballero el apellido.

¡Casilda!

¿Desean algo más los señores?

Marcelina,... te echo mucho de menos.

Que llevo meses sin verte,...

meses sin catar hembra.

Que tú sabes que soy muy levantisco,

que me tienes mal acostumbrao.

Ahora ando soliviantao, Marcelina.

Vuelve pronto, o al ritmo que voy, yo cometo una locura.

¿Estás hablando solo?

No, no, no, no.

¿Qué te crees, que no sé que hablas con el retrato de mi prima

como si estuviera aquí?

Estás pa que te vea un doctor de los de la cabeza por dentro.

Mira qué mancha me he hecho,

culpa de beber un chocolate donde Fabiana y Servando.

Acércame una blusa de ese cajón.

Cómo me he puesto.

¡Hala!

¿Qué ha pasao? ¿Te ha dao un pasmo?

Vaya, esta no combina con la falda.

Ahí tiene que haber otra falda, tráela.

¿Te pasa algo o no te pasa algo?

¿A qué esperas pa darme la falda? Que voy a coger frío.

-Si doña Rosina no me deja venir a la hora de comer,

pues vengo a otra hora y sanseacabó.

A ver si se va a enfadar.

Pues dos trabajos tiene, enfadarse y desenfadarse.

¡Hola!

Vaya enferma más guapa, así da gusto.

Ay, qué alegría verte así, hija.

Casilda, ayúdame a sentarla,

que lo quiere hacer todo sola y no está todavía para estos trotes.

Así.

¿Y qué? ¿Cómo estás?

Perfectamente.

Si por mi fuera, bajaba a la tienda a atender a las parroquianas,

que las echo mucho de menos.

No digas barbaridades, Lolita.

Déjate cuidar, mujer,

ya tendrás tiempo de matarte a faenar.

Eso le digo yo,

que está de vacaciones, como la reina cuando se va a La Granja.

Ya he tenío vacaciones pa to lo que me queda de vida.

A mí lo que me gusta es estar detrás de mi mostrador.

Reponer fuerzas es lo que tienes que hacer pa no recaer.

Que si la enfermedad es mala, la recaída es peor.

¿LO ves? Eso también le digo yo.

¿Un café?

Yo te veo mucho mejor.

Además, ya te has amistao con Antonio.

No del todo.

¿Ah, no?

Si ya dejó la pensión pa dormir en casa.

Yo pensé que eso era que todo estaba olvidao.

En casa, sí, pero no en mi cama.

Mujer, ¿y a qué esperas?

A estar segura, Casilda.

Has de saber, Lolita,

que Antoñito ha sufrido de lo lindo con tu enfermedad.

-Lo sé.

Pero hay cosas que no se limpian con una bayeta húmeda, Fabiana.

-Hablando de Antoñito, supongo.

Pa chasco que sí.

Que las mujeres de Cabrahígo son cabezotas, eso ya lo sabíamos.

Lo que hay que tener es paciencia.

¿Quién quiere bizcocho? -¡Yo!

A ver, Casilda, ¿tú no tenías que volver a casa

antes de que Rosina se enterara de que has salido?

¿Y qué es lo peor que puede pasar? Perro ladrador, poco mordedor.

Hasta que muerden, Casilda.

Vamos a ver, esto hay que hacerlo con mimo, que no es un establo,

es un restaurante de postín.

Si queda bien, merienda especial esta tarde,

con morcilla de Burgos.

¡Vamos, a trabajar, vamos!

Doña Sabina, ¿no?

Don Hilario.

No he tenido ocasión de ir a saludarle a la parroquia.

Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña.

Y permítame usar este símil mahometano

tan poco adecuado para mi profesión.

Mahometano o no, se entiende.

Veo que están de obras de reforma.

Sí. A los negocios hay que lavarles la cara de vez en cuando,

adecentarlos un poco, para que la gente no se harte de ellos.

Como a los fieles, que hay que perdonarles los pecados.

Bien traído.

Una mano de pintura y de cabeza al cielo.

Salvando las distancias, así es.

Todo el mundo habla maravillas de su restaurante.

En cuanto abramos, está usted invitado.

Le aseguro que cocino muy bien.

Estaré encantado de comprobarlo.

Pero no sería justo que yo viniera a su casa

y usted no viniera a la mía. ¿Qué la retiene?

Bueno, un restaurante es muy esclavo.

¿Un restaurante cerrado?

Me ha pillado, no he ido,

pero tenía pensado ir.

Me gustaría verla por allí, me cae usted muy simpática.

Lo mismo digo.

Pues ya sabe, la espero allí.

Con Dios. -Con Dios.

(RESOPLA)

Madre mía.

Miguel.

¿Qué ha pasado?

Un desastre, abuela,

un desastre.

-Yo confiaba mucho en don Santiago Ramón y Cajal.

Como para no confiar,

es el mejor médico de este país, incluso en el extranjero.

Y no sabe usted lo humilde que es.

Desde el primer momento, nos dijo que él quería haber sido médico

y curar a los vecinos de su pueblo. -¿De dónde es?

De Petilla de Aragón, un pueblo entre Zaragoza y Navarra.

Qué grandes hombres dan algunos pueblos de España.

Y que lo diga.

Don Santiago, desde el primer momento,

nos dijo que tenía esperanzas en el tratamiento,

pero que no había nada seguro.

Con bien que está Lolita, no quiero lanzar las campanas al vuelo.

Es normal.

Ya sabe lo que dicen, hombre precavido, vale por dos.

Pero creo que la enfermedad de Lolita es solo un recuerdo.

Y que usted lo vea, Liberto.

Y cambiando de tema, ¿cómo van las cosas en su familia?

No se habla de otra cosa que del retrato en el periódico

del marido de doña Susana. -Así es.

Yo intento disimular,

pero estoy completamente seguro de que se trata de don Armando.

Y casándose con una princesa un hombre casado ya.

Tiene que haber alguna explicación.

Sí, tiene que haberla, pero me temo que no la sabremos

hasta que no regrese, si es que lo hace.

Lo mismo es una estratagema

que forma parte de la misión que le encargaron.

¿Casarse?

Yo también lo he pensado, no se crea, pero...

Les he dicho a Rosina y a mi tía que lo nieguen hasta el final.

Es bueno tener una salida por si al final hay una explicación.

Y calar las habladurías es un buen consejo.

Yo, por mi parte, les ayudaré en lo que pueda.

Señores, aquí tienen sus cafés.

Ha tardado tanto, que olvidé que los habíamos pedido.

Sí, es que tengo mucha tarea. ¿Mucha tarea?

Servando, si somos los únicos clientes.

Pero yo estoy más atareao

que un diplomático hablando con otros diplomáticos

de cosas de diplomáticos. Y hablando de diplomáticos,

¿qué opina usted...?

¿Qué dice su tía sobre las segundas nupcias que ha tenido don Armando?

Menudo disparate, Servando.

¿Cómo va a ser ese don Armando?

Un hombre casado volviéndose a casar... Eso es imposible.

Pues a mí, cuanto más miro el retrato,

más se me parece.

¿Está seguro, Servando?

Míralo bien. ¿Seguro?

¿Sabes que mi tía puede demandarte por decir que su esposo es bígamo?

-Prisión correccional

y 5000 pesetas por calumnias.

Yo que tú, me cuidaba mucho de ir diciéndolo por ahí.

Pues parece que ahora, ahora que me fijo bien,

no se le parece tanto, que no...

Ni siquiera sé por qué lo he dicho.

¿Qué? -Lo que oye.

Me ha pedido que cada uno sigamos por nuestro lado.

Pero ¿quién se ha creído que es?

No diga eso.

Anabel tiene derecho a hacer lo que crea conveniente.

Esa muchacha no te llega ni a la suela de los zapatos,

debía besar por donde pisas.

Pero si tú vales tu peso en oro.

Para ella no soy ni estiércol de vaca.

¿Sabes lo que te digo? Que mejor para ti.

El mundo no se acaba en esa moza.

Seguro que vas a encontrar a otra mil veces mejor que ella.

De momento, no quiero conocer a ninguna otra mujer.

Pero... ¿el que sale en el periódico es don Armando o no?

Sí, sí que lo es.

Pero han quedao en que van a decir que no,

para evitar habladurías.

Como si fuera tan fácil.

Las habladurías son como el agua, que se mete por las rendijas.

Pa chasco que sí.

A ver, si don Armando se ha casado con una princesa

pero ya estaba casado con doña Susana...

Bígaro.

O bígamo.

Una palabra así, no la recuerdo bien.

El caso es, que lo que ha hecho no es que sea un pecao,

es que por eso, puede ir a la cárcel.

Virgen santa.

¿Y doña Susana qué dice?

(Timbre)

¿Qué va a decir? La pobre está que no vive.

En fin, Lolita,

voy a marcharme,

que doña Rosina no sabe que venía aquí,

y piensa que estoy en el mercao.

Pues vete, que no quiero que tengas problemas por mi culpa.

Y vuelve cuando quieras, que me divierto mucho contigo.

(DOÑA ROSINA CARRASPEA) ¿Tú qué haces aquí?

Pues...

resulta que he terminado antes de tiempo de hacer los recados,

y he pensado que era una buena idea

venir a visitar a la Lola.

Vete a casa, luego hablaremos.

Sí. Con su permiso.

Mujer, no sea tan dura ella,

que está haciendo una buena obra viniendo a visitar a Lolita.

Una buena obra es hacer su trabajo y obedecer.

¿Obedecer?

No creo que quede en España ninguna criada que obedezca.

No vamos a andar hablando del servicio,

que hemos venido a ver a Lolita. -Tiene razón, Bellita,

que los trapos sucios se lavan en casa.

Hola, Lolita.

A las buenas. Siéntense.

Y yo también le pido perdón en nombre de Casilda, doña Rosina.

Ha sido un na pa venir a verme y he sido yo quien la he entretenido.

Ya hablaré con ella. ¿Cómo te encuentras?

Mejor, mucho mejor.

Gracias a Dios.

Señoras, si me disculpan, voy a retirar esto,

y les voy a traer unas infusiones para acompañar la conversación.

¿Y unas pastitas no tendrás? ¿A ver?

¡Oh, qué bizcocho tan rico!

Sería un buen acompañamiento para cualquier tertulia.

Claro, Rosina, ahora mismo le pongo.

-Gracias, Carmen.

¿Antoñito está en casa?

¿Es que todavía no habéis hecho las paces?

Las hemos hecho.

Pero eso es, como lo suyo con Casilda,

cosas de esta casa,

trapos sucios de esta casa, ya sabe.

-Digo. Más razón que un santo.

En todas las casas tenemos lo nuestro.

Yo he tenido la visita de un periodista impertinente

metiéndose en mi vida,

Lolita tiene lo de su esposo, Susana lo del suyo.

¿Lo del mío?

No sé a qué se refiere.

Pues, ¿a qué se va a referir? Al matrimonio.

El matrimonio siempre es un lío de tomo y lomo.

El matrimonio es un contrato firmado ante Dios,

no sé por qué dices que es un lío.

-Es un contrato entre dos adultos que se quieren.

-Sí, pero un contrato al fin y al cabo.

Y para toda la vida, otra cosa es que alguien quiera incumplir

lo que ha jurado ante Dios. -Un contrato.

Me gusta verlo así.

Ahora no se puede decir que es el marido de doña Susana,

porque le acusan a uno de calumnias.

Será otra persona, que hay gente que se parece mucho.

Como las ovejas, son todas diferentes,

pero algunas son clavaditas.

Es el mismo pelo, las misma frente, los mismos ojos, la misma nariz

y la misma boca.

El duque este de Tchaikovski es don Armando Caballero.

Si hay que decir que no, se dice que no, pero vamos...

¿En qué quedamos?

Pues que no es él por imperativo legal.

Lo que usted diga, a mí me da lo mismo.

Hoy estás más alelado que de costumbre, y ya es.

Como sigas así, no vas a acabar el día.

Una pregunta, Servando.

¿Usted cree que la ropa de afuera es igual que la de adentro?

¿A qué viene esa pregunta?, no entiendo.

Pues eso, que usté ve una moza vestida de calle,

y no es lo mismo que si la ve con refajos.

La tela es la tela, ¿no?

Otra cosa sería verla en cueros, como Dios la trajo al mundo.

No, no, eso no.

¿Has visto a una mujer medio desnuda?

Por Dios, Servando, no sé cómo puede decir eso.

Desde que se fue mi Marcelina...

no pienso en nada de eso.

(Música sensual)

(Música sensual)

¡Jacinto! Chist.

¡Jacinto! ¿Qué?

No sé, que te has quedado como alelao.

No, es que... ¡Que na!

A las buenas.

He sabido...

que la seña Fabiana y Casilda han ido a visitar a Lolita.

¿Qué se sabe? Que está mucho mejor,

gracias a Dios. A Dios gracias.

Con su permiso.

Adiós, Jacinto.

¿Qué decías de lo de la tela?

De lo que hablabas antes.

¿Qué le parece, doña Susana?

Divino. Me alegra oírlo.

Es la opinión de una profesional,

y de las buenas. Lo fui en su momento.

Pero ese vestido no está hecho en España.

Sí, pero el modisto es francés.

¿Ese nuevo atelier de la avenida de las Fuentes?

El mismo. Lo he visto en algunas revistas

y he oído elogios sobre él.

Son bien merecidos. Es precioso.

Gracias.

Le quería pedir un favor. Claro.

Necesito un pequeño arreglo y no me atrevo a pedírselo a cualquiera.

Esto se lo arreglo yo con dos puntadas.

Ay, muchas gracias.

Voy a cambiarme. Siéntese usted mientras.

Claro.

Aquí tiene, doña Susana.

Era usted la mejor sastra de esta ciudad.

Seguro que no ha olvidado su oficio.

Ya no tengo las manos que tenía, pero esto se lo hago en un momento.

Ahí tiene la caja de la costura. Ah.

Y dígame,

hábleme de esa fiesta,

he oído que es un evento muy cotizado,

al que se muere por ir lo más granado de esta ciudad.

Dicen que va a ir hasta una representación de la casa real.

A lo mejor, don Alfonso o doña Victoria Eugenia en persona.

Qué maravilla. Sí.

Si tiene ocasión y los ve,

dígales que rezo por ellos todos los días.

No creo que hablen conmigo, pero si puedo, lo haré.

Aunque también le digo que...

estando Europa como está, hacer una fiesta...

Si se juntan franceses, ingleses y alemanes, quizá firmen la paz.

Y en nuestra ciudad, sería maravilloso.

Nunca hay que perder la esperanza.

Me da miedo equivocarme con la alianza de los países,

estarán todos los embajadores de Europa.

Me he tenido que estudiar la situación actual.

Yo soy neutral, como nos ha indicado su majestad el rey.

Pero debo reconocer que simpatizo por Alemania.

Los ingleses y los franceses son unos libertinos.

Yo no siento mucha simpatía por el káiser,

pero tampoco por el rey de Inglaterra.

Me vendría bien hablar con don Armando, él sabría aconsejarme.

Doña Susana, disculpe, no...

Quizás no tenía que haber sacado el tema de su esposo.

No veo por qué no, él está en París,

cumpliendo con su obligación como diplomático.

Entonces, la fotografía del periódico...

Se parece, pero no es él.

Imagine qué disparate,

mi esposo casándose con una princesa extranjera.

Claro que sí, todo un disparate.

Si está en París, preguntaré por él al embajador francés,

quizá tenga noticias recientes.

Ay, sí, por favor.

Con la guerra, no es fácil contactar con él.

Claro que sí.

Ya está. Muchas gracias.

Arrea, ¡qué preciosura!

No tenía que habérmelo probado.

Era de doña Felicia.

Ah.

No es por desmerecer a una difunta,

pero te queda mejor a ti.

Tenía unas cosas preciosas.

¿Y te las ha regalao don Marcos? -No, no, no.

Lo estoy guardando en cajas.

Esta es para tirar y esta para a donar a la parroquia.

¿Y te vas a quedar ese conjunto que te has probado?

-No. Este es para donar a la parroquia.

Don Marcos me ha pedido que los lleve a una iglesia lejana,

no quiere ver a la gente con ropa de su mujer.

Hombre, se referirá a que no quiere ver sus ropas

llevándolas cualquier menesterosa.

Si te lo pones tú, es distinto.

¿Distinto, por qué?

No sé, es como aprovechar algo que se iba a tirar a la basura.

A los señores les da igual, ellos tienen de todo.

Como es la vida,

cuando estamos vivos, acumulamos cosas que son tesoros,

y cuando las espichamos, pa los demás son basura.

Así es.

¿Sabes?

Estoy pensando que es una lástima que no te quedes ese conjunto,

parece que esté hecho pa ti.

No.

¿Adónde voy yo con este vestido?

Dime, ¿a cuántas fiestas nos invitan a las criadas?

Algún día, en la verbena.

Ay, Soledad, me hace soñar con aventuras.

En fin, marcho,

que mi señora está que echa chispas conmigo.

Le dije que iba al mercao y me fui a ver a Lolita.

¿Y te pilló? -Pa chasco que sí,

con las manos en la masa, como se suele decir.

En fin, le voy a preparar pa la noche una crema de puerros,

le pirra, a ver si se le pasa el enfado.

Ya me darás la receta.

¿Y qué tal Lolita?

Mejor, parece ser que se ha salvao de esta.

Marcho.

Y quédate ese vestido, no seas tonta.

Se nos ha olvidado ir a la tienda de guantes del paseo del Roble.

Yo no puedo cargar más, doña Bellita.

Tengo que subir estas cajas a la casa ya.

Unos guantes no pesan. -Pero no tengo manos pa llevarlos.

Además, no es asunto mío, pero ya se ha gastado una fortuna.

En eso tienes razón,

pero cuando me enfado, me da por comprar cosas.

Quién pudiera.

Cada una según sus posibles y su presupuesto.

El mío es muy limitado.

Tampoco tienes tú a un periodista queriendo saber de tu vida.

No sé qué motivos puedes tener tú para estar enfadá.

Bellita. ¿De compras?

Sí, cuatro fruslerías. De hecho, ya nos íbamos pa casa.

¿Cómo va la escritura de su biografía?

Un poco parada.

Si estuviera aquí mi Leonor, le daría consejos,

es una escritora famosa.

Lo sé, lo sé, y muy querida en el barrio.

Heredó su talento de mí.

Yo también podría haber sido una gran escritora,

pero en nuestros años no se llevaba.

Pero bueno, a lo mejor ahora.

Quite, quite. Una madre no le puede hacer sombra a su hija.

Imagínese que mi Leonor se queda sin lectores

porque se vienen conmigo.

-No me extraña.

Bueno, lo que no haga una madre por una hija...

Me voy, que he quedado con Susana para ir a la Iglesia.

Después, iremos a ver a Genoveva, antes de que se vaya a la fiesta.

¿Se apunta?

No, no, voy a ver si recupero la inspiración y escribo.

Que le visiten las musas.

Y si necesita consejo, yo puedo leer lo que lleve escrito.

Le tomaré la palabra cuando vaya más avanzado.

Con Dios. -Con Dios.

¿Va a decirle a la gente que el libro lo ha escrito usted?

Esa era la idea.

Pero ¿no iba a escribirlo periodista?

Ya. -Eso no está bien.

¿Ahora me vas a decir lo que está bien y lo que está mal?

Además, da lo mismo,

ese libro no lo va a escribir nadie, ni el periodista ni yo.

Mira que eres guapo, hijo.

Y pensar que casi no vuelvo a verte.

Sí, cariño, sí, a punto he estao de irme al otro barrio.

Si no llega a ser por el médico ese,

don Santiago Ramón y Cajal, vamos, que no lo cuento.

Si lo sé, te llamo Santiago,

aunque te llamas Moncho, que es su apellido.

¿Qué, tú también quieres ser doctor?

¿Te imaginas...

si llego a Cabrahígo de tu brazo?

Y todo el pueblo esperando en la plaza:

ahí va don Moncho Palacios, doctor.

(Puerta)

Hasta pondrían una plaza con tu nombre.

O a lo mejor, le cambian el nombre a la fuente.

¿Hablas sola?

No, hablo con Moncho.

Va a ser doctor.

Ah, no lo sabía. ¿Te lo ha dicho él?

Bueno,...

no me lo ha dicho con palabras,

pero me lo ha dicho.

Tenemos nuestra forma de comunicarnos.

-Ya.

¿Qué son, teorías de Cabrahígo?

No, son de todo el mundo.

Todo el mundo sabe que...

quien mejor entiende a su hijo es su madre.

Desde luego, tú vas a ser la mejor madre que este niño podrá tener.

Tengo algo para ti.

Está escrito por mí, no eches en cuenta las faltas.

¿Un contrato?

Sí, un contrato.

El matrimonio es un contrato,

y el nuestro ya no valía después de lo que pasó.

Así que, he hecho otro.

Léelo,... y si estás de acuerdo,

lo firmamos de nuevo.

Es una broma, ¿no?

No. No es una broma.

Hasta que no lo firmes, no vuelves a la cama.

Supongo que podré discutir algunas de las cláusulas.

No se discute ni se negocia.

Lo tomas o lo dejas.

¿Renuncia irrevocable?

Así es.

Te propongo que nos tomemos un tiempo.

Lo he pensado muy bien.

Ya lo hablamos,

es un error que renuncies al puesto de abogado de la empresa.

Me convenció un vez, pero no lo va a hacer ahora.

Está bien,

olvidemos nuestra relación profesional

y hablemos, eso no me lo vas a negar, ¿verdad?

No, claro.

Dime la causa de tu renuncia.

¿Las actividades de la empresa...

o tu relación con mi hija?

Sé diferenciar la vida profesional de la personal.

No quiero tener nada que ver con alguien tan execrable

como Aurelio Quesada.

Europa está en guerra.

A nadie le gusta lucrarse con el sufrimiento ajeno,

pero es lo que imponen los tiempos.

Cuando habla de que a nadie le gusta lucrarse con el sufrimiento,

no debería incluir a su socio.

Él es insensible a cualquier tipo de sufrimiento.

¿Crees que en otra empresa no tendrás que enfrentarte

a esos negocios? -No sé,

pero mis días trabajando para Aurelio han terminado.

También trabajas para mí.

Y lamento dejar de hacerlo.

¿Hay algo que pueda hacer para que cambies de opinión?

No.

Ninguna.

Ya se lo he dicho al principio, mi renuncia irrevocable.

Con su permiso.

Ha sido un placer trabajar para usted.

No puedo decir lo mismo de su socio.

Con su permiso.

Qué vestido, hecho por un modisto francés.

Pues siendo ella una mujer importante

y yendo a la embajada italiana, debería llevar algo español.

En otras cosas no te digo que no,

pero en esto de la moda, los franceses tienen algo especial.

Genoveva va a brillar, te lo digo yo.

Ay, ahí viene el coche.

(Motor de coche)

Fabiana, mire qué pedazo de automóvil.

Para llevar a doña Genoveva a la fiesta de la embajada, qué menos.

Ya me gustaría a mí tener uno de esos.

Confórmese con tener unos zapatos que le lleven de un lao pa otro.

Yo no quiero que Liberto compre un coche, ¿para qué?

Para ir al mar.

Yo no tengo ganas de ir al mar, de hecho, me da miedo.

Como en Acacias, en ningún sitio.

Voy a hablar con el conductor, a ver si me deja conducir.

Lo dudo.

Doña Susana, que ya me ha dicho Servando

que el del retrato del periódico no es don Armando.

Claro que no.

El caso es que se le parece.

-Ya le he dicho que no es. ¡Por ahí viene Genoveva!

La verdad es que va espectacular.

-Ajá. -Sí. Y Natalia también, la verdad.

Para que ella pueda perdonarme me ha hecho... firmar un contrato.

¿Y tú estás dispuesto a firmar esto?

Sé que mi padre anda muy interesado

en las noticias que vienen del resto de Europa.

¿Sabes si esos asuntos tienen que ver con la guerra?

Las preguntas no son indiscretas,

de serlo, lo son las respuestas.

¿Qué me dices?

¿Puede venir o no puede venir ese hombre?

No se engañe, doña Susana,

Alfredo pertenecía al gran mundo,

allí donde se toman las decisiones y se manejan los hilos.

Sí.

Pero eso le queda a usted muy lejos.

No se crea,

la fiesta en la embajada me ha hecho darme cuenta

de que es a ese gran mundo al que yo pertenezco,

y pretendo volver.

Yo no se lo voy a decir.

Y tú tampoco.

No es tan sencillo.

Me ha amenazado con denunciarme por incumplimiento de contrato

si no aceptamos.

Pues que me denuncie si quiere.

En mi pasado no va a excavar un plumilla de mala muerte.

No he podido resistirme a lucir ante usted así vestida.

Se me ocurre porque te conozco muy bien, desde que teníamos siete años.

Ya entonces estabas enamorada de mi hermano.

No quiero remover ciertos recuerdos.

Dime la verdad,

¿sigues enamorada de él?

Me gustaría prevenirle sobre Aurelio.

Me consta que sabe usted con quién se juega los cuartos,

pero quiero que sepa que ese tipo anda rondando a su hija.

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Acacias 38 - Capítulo 1338

29 sep 2020

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