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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1333 - ver ahora
Transcripción completa

"Espero que estés bien". "Siempre te llevaré conmigo".

Parece algo premonitorio,

como si quisiera prevenirle de algo terrible.

¿Cómo era su madre? -Mi madre era una mujer excepcional.

Mi padre no ha tenido mucha suerte en los asuntos del corazón.

¿Recuerda que le hablé de un medicamento en fase experimental?

No tenemos nada que perder.

Pero necesito que sea ella quien dé la autorización.

¿Te preguntó por tu madre?

No me parece una pregunta pertinente para una criada.

Nos hemos precipitado con el disco. -¿Y eso a qué viene?

Viene a que no me da tiempo a buscar las canciones,

y mucho menos de ensayarlas antes de la grabación.

Tenemos que aclarar los términos de nuestra relación,

y tenemos que hacerlo ya. -De acuerdo.

¿Qué? ¿Aceptas el tratamiento?

Dadme lo que queráis.

No entiendo como una mujer como usted

puede gastar un segundo de su tiempo con un impresentable como Felipe.

Ese impresentable

es todavía mi esposo,

y todo lo que le pase será mi problema y de nadie más.

No sé qué es lo que le preocupa. ¿He hecho algo mal?

Si es por la conversación que escuché con Aurelio,

ya le dije que lo siento.

No,...

no se trata de eso.

Entonces, dígame. Si está en mi mano,...

haré lo que sea.

No me gusta que te muestres tan cercana con Anabel.

Perdone, pero eso es injusto,

usted me pidió que me acercara a ella

y le preguntara por sus cosas, me ganara su confianza.

Y tú no le estás preguntando por sus cosas,

le has preguntado por las nuestras.

¿A qué viene eso de pedirle que te hable de su madre?

¿Qué quieres saber de nuestra estancia en México?

Yo solo quiero ayudarla.

No veo que esa sea la manera.

Su hija es muy joven, no está formada,

tiene que recordar, que aprenda de los errores

y que acepte sus virtudes, ¿no?

Entonces,... ¿no buscas nada?

¿Qué voy a buscar?

¿Es que no recuerda que he defendido a esta familia

delante de criados y de vecinos?

¿Se ha olvidado de cómo me opuse a la campaña

contra los extranjeros que inició doña Susana?

No, no lo olvido.

Creo que le he dado suficientes muestras

de ser una criada fiel y abnegada.

Eh...

Y una amante...

todavía más abnegada.

Me duele mucho que dude de mí

después de todo lo que he hecho por usted, de verdad.

Eh...

Es que...

Me da miedo pensar que...

lo que ha ocurrido entre nosotros cambie las cosas en la casa.

Yo no le he pedido nada.

Ni se lo he pedido ni se lo voy a pedir.

No sé qué más tengo que hacer.

Lo sé.

Lo sé, pero, Soledad,

todo esto tiene que ser un secreto

para los demás criados,

para los vecinos, para mi hija.

¿Me juras que lo mantendrás? Júramelo.

Eso depende.

(Sintonía de "Acacias 38")

¿Qué es lo que quieres?

¿Dinero?

No me insulte.

No sé cómo me puede decir eso.

¿Entonces?

Yo quiero respeto.

No me he acostado con usted por que sea mi señor,

ni yo una simple criada, ni porque usted sea millonario.

Lo he hecho porque soy una mujer y usted es un hombre muy atractivo.

Tú también eres muy atractiva, Soledad.

Yo no soy una vulgar barragana.

Ni un trapo que se usa y se tira.

No pretendía insultarte.

Pues lo ha hecho.

Si lo vuelve a hacer, me voy, sin mirar atrás.

Y usted me perderá como criada y como amante.

No volverá a ocurrir.

Para las cosas de la casa y delante de la gente

usted es mi señor y yo soy su criada.

Pero en la intimidad, somos iguales.

¿Está de acuerdo?

Por completo.

(Suenan las campanas en Acacias)

Pase, doctor.

Voy a ir preparando el instrumental.

Puede despertar a la paciente, por favor.

¿No es mejor aprovechar su sueño?

No, no, no,

es fundamental que la enferma sepa lo que le vamos a hacer,

así sentirá más confianza.

Como usted diga.

Cariño.

Despierta.

¿Qué ocurre?

Está aquí don Santiago.

¿Don Santiago? -El médico.

Don Santiago Ramón y Cajal.

¿Me permite?

Bueno...

¿Qué tal está hoy?

¿Cómo se encuentra?

No es mi mejor día.

La primera vez que oí hablar de usted,

pensé que eran dos hombres,

don Ramón y el doctor Cajal.

Y ahora, resulta que son tres:

don Santiago, don Ramón y don Cajal.

Veo que conserva usted el sentido del humor.

Y eso es lo mejor que nos podría pasar.

La medicina hace mucho, pero el estado de ánimo del paciente,

hace todavía más.

Es lo único que me queda.

Eso y las ganas de vivir, espero.

Muchas.

Pero poca esperanza.

Vamos a ver si la aumentamos.

Mire,...

le voy a inyectar un medicamento

que está en fase experimental.

Ya me han contao. -Bien.

Eso quiere decir que creemos que es bueno para su dolencia,

pero que no lo tenemos comprobado científicamente.

Puede que la curemos,

puede que le produzca un efecto inesperado...

¿Como que me salgan plumas?

Plumas no le van a salir, pero si funciona,

será de gran ayuda para otros enfermos que tengan su dolencia.

¿Y si no funciona?

También será de gran ayuda, no le voy a mentir.

Sabríamos qué es lo que no debemos hacer.

Qué remedio me queda,

a mí, mientras no me salgan plumas...

Es usted una mujer...

muy especial

y muy valiente.

Mire,...

le voy a inyectar este medicamento...

en el brazo.

Y mientras tanto,...

vaya usted pensando... en cosas agradables.

Cosas bonitas.

¿En mi pueblo?

En su pueblo o en su hijo,

o en quien usted quiera.

El caso es que reciba la cura... -¿Me permite?

Sí.

-...sintiéndose feliz

y con ganas de vivir.

Voy a pensar en mi Moncho...

y en mi esposo.

Pues vamos allá. Muy bien.

Muy bien.

Luego me tiene usted que contar muchas cosas de su pueblo.

Moncho,...

Antonio,...

os quiero mucho.

Entonces, dime lo que te contó el maestro Benavides.

Ya te lo dije ayer. -Pues me lo dices otra vez,

que estás muy desaborío.

Las cosas buenas se cuentan las veces que haga falta.

Bueno, te lo cuento otra vez.

Al principio, pensé que no me abría la puerta.

Porque, claro, el maestro está mayor y sordo de un oído.

(ASIENTE) Mal asunto para un compositor.

Por el otro escucha el vuelo de una mosca a una legua de distancia.

O eso fue lo que me dijo.

Pero el timbre de la puerta tardó en escucharlo.

Beethoven era sordo, o eso decían y componía como los ángeles.

Pero, dime, ¿el maestro Benavides se acordaba de mí?

¿No se iba a acordar?

"La mejor cantante de canción española de la historia".

Bueno, calla, hasta ha escuchado el último disco, el Iepa-ia.

Qué vergüenza,

con las canciones que he grabado y que se vaya a acordar de esa.

Bueno, hasta la tarareó.

Muy desafinado, si quieres que te diga la verdad.

Estaba orgulloso de que te acordaras de él

y quisieras grabar sus canciones. -¿Tiene material nuevo?

Lleva un año trabajando.

Quería darle las canciones a otra artista,

pero en cuanto le dije que tú querías grabar, cambió de opinión.

Hoy mismo nos envía las partituras.

Ay, qué emoción.

El momento de recibir las partituras me hace la misma ilusión,

que a los niños recibir a los Reyes Magos.

Ea, pues hoy vienen los camellos cargados de regalos pa mi reina.

Ole. (RÍE)

¿Quieren más café?

No, zumo de limón y miel para aclarar la voz,

que tengo que ensayar las canciones del maestro Benavides.

No sabe la alegría que me da. ¿Es bueno ese maestro?

Sí, el mejor.

-El mejor compositor

y la mejor cantante.

Los teatros se van a caer con tanto aplauso.

(Puerta)

Corre, Alodia, corre a abrir, que son las canciones del maestro.

Escucha, y dale dos reales de propina al mensajero,

que viene con buenas nuevas.

Ay.

Carmen, ¿sabes algo nuevo de Lolita?

Nada, doña Susana.

Yo me acabo de escapar un momento de casa

para venir a rezar,

a ver si el tratamiento experimental hace algo, cualquier ayuda es poca.

Tenga fe, con la ayuda de Dios todo se consigue.

No quiero ser irreverente, pero creo que,...

ahora mismo, la vida de mi nuera depende más de la ciencia

que de Dios.

Lo que no quita que yo rece.

No diga eso, mujer,

Dios está por encima de todo, hasta de la ciencia.

Doña Carmen, perdone que la moleste,

solo quiero saber cómo está Lolita.

Mal, cada día peor, y nos quedan pocas esperanzas.

No sabemos si salvará su vida.

Lamento mucho oír eso,

rezaré por ella y pondré una vela a la Virgen de Guadalupe,

que es a la que más devoción tenemos en México, para que la ayude.

¿Se puede ser más falsa e hipócrita?

Sí, no me mire con esa cara de mosquita muerta, hablo de usted.

Viene con cara de dolor por el estado de Lolita,

cuando todas sabemos que desea su muerte

y que fue la causa de su dolencia.

Mire, ¡eso no se lo consiento! -Por favor,

no demos un espectáculo en público.

Lo único importante es que Lolita se cure.

¿Cuándo va a dejar de acusarme injustamente?

A mí no me engaña.

La tengo calada y sé quién es usted.

Que sepa que aunque no reparta octavillas,

pienso que hay que echarla del barrio,

de la ciudad y del país.

La mandaría al infierno.

Entonces no me va a perder de vista, allí nos encontraríamos.

¡Bruja! -¡Descarada! ¡Habrase visto!

Bruja, que es usted peor que las alimañas.

Ahí se pudra.

Pero...

¿Ha oído lo que me ha dicho?

¡Que Dios nos dé fuerzas para soportar a esta gente!

En nuestro propio país.

Ay.

Ahí va a haber un triunfo. -O varios, que el sobre es gordito.

Ay, qué emoción. Más que el día de nuestra boda.

Aquel día yo estaba más contento que un calamar,

así que, de nervios nada. -Ay, ay.

¡Dios mío!

¿Tan bueno es que se ha quedado sin palabras?

Pero habla, que nos tienes en ascuas.

Que el maestro Benavides ¡se ha quedado sordo de los dos oídos!

Chiquillo, esto es un disparate.

Pero esto...

Parecen cantos gregorianos.

¡Que no sacamos disco, José, que aquí se ha acabado todo!

Pues yo solo veo papeles llenos de rayas, lo mismo de siempre.

¡¿Qué voy a hacer, qué voy a hacer?!

¡El maestro Benavides está gagá!

(LLORA)

Buenas. ¿Ya se marcha, eminencia?

Doctor.

Y sí, he de marcharme.

¿Y no se tomaría un café? Sería todo un honor.

Lamento no poder aceptar ese café.

Tengo la agenda más ocupada que un ministro.

Me he escapado porque me interesa mucho el caso de Lolita,

pero ahora debo marcharme.

Avisa a Antoñito, querrá despedirse del doctor.

Sí, además, debo darle algunas instrucciones.

Sí, por supuesto, enseguida.

Don Santiago, entre usted y yo,

¿hay esperanzas?

Pocas, pero mientras quede una, hay que aferrarse a ella.

Los estudios de los médicos extranjeros

sobre el tratamiento... son muy prometedores,

pero ahora se verán interrumpidos por la locura de la guerra.

Quizá dure tan solo unas semanas.

No lo creo, será recordará como la primera guerra moderna,

una guerra de horror y destrucción.

Pero nosotros tenemos que seguir librando nuestras pequeñas batallas,

en este caso, que Lolita no se vaya de este mundo antes de tiempo.

Dicen que en tiempos de guerra, la medicina avanza.

Y es verdad, pero ¿a cambio de qué?

Más nos valdría seguir el ritmo lento

meticuloso, minucioso de los tiempos de paz.

Don Santiago, perdone que le haya hecho esperar tanto,

pero no podía dejar de mirar el sueño de mi esposa.

Tendrá tiempo más que de sobra para hacerlo.

En los próximos días, estará muy aletargada.

Pero si hay episodios de lucidez,

aprovechen para darle buenos caldos.

Tendrá los mejores caldos.

No lo dudo,

se ve que son ustedes una familia donde reina el afecto.

Ya saben, en caso de necesidad, llamen al hospital.

Si yo no puedo venir, lo hará algún colega.

Gracias. -Ahora he de marcharme,

me esperan en el laboratorio.

Espero recibir pronto buenas noticias.

Don Santiago, quiero que sepa que esta es su casa

siempre que lo desee.

Ha supuesto una gran esperanza para nosotros.

Les quedo muy agradecido.

Con permiso.

Oh, qué bien se está aquí al sol.

Mejor que dentro, desde luego.

Bajo a la bodega y siento una pena...

No pienses más en eso, Roberto.

Es que era un túnel tan bien hecho...

Los túneles que están haciendo para el tren subterráneo

que quieren construir, no tienen tan buenos fundamentos como el nuestro.

No exageres.

Bueno, nosotros vamos a centrarnos en esta vida honrada

que le hemos prometido a nuestro nieto.

Maldita sea la hora en la que nos descubrió.

Y tengo que ir al banco a anular la ampliación del crédito.

Me irrita entrar como cliente

en un banco en el que podía haber entrado como ladrón.

Para ya, Roberto Olmedo.

Acostúmbrate a que eres un próspero comerciante,

y déjate de robos.

Y sonríe, que ahí viene don Liberto.

Buenos días, ilustres vecinos.

Buenos días.

Humildes, unos pobres restauradores.

Bueno...

¿Cómo está usted? -Preguntándome si abrirán pronto.

Echo de menos sus platos.

Muy pronto, de hecho, de eso hablaba con mi esposo,

nos morimos de ganas por volver a recibir a los vecinos.

No será tan pronto.

Uy, ¿en qué quedamos?

Parece que doña Sabina tiene más ganas que usted.

(RÍE) -La semana que viene.

A mí se me hará corto,

pero a él le parecerá una eternidad.

Yo estoy de acuerdo con don Roberto,

a mí también se me va a hacer largo. Deseo sentarme aquí.

No soporto más el café aguado y mezclado con achicoria de Servando.

Cómo es ese hombre.

Que la avaricia rompe el saco.

No les voy a decir más,

ahí donde le ven, si Servando pudiera,

robaría un banco antes de vivir honestamente.

Qué desvergüenza.

En fin, les dejo, tengo que hacer unos recados

antes de ir a la rogativa por la salud de Lolita.

Vaya, vaya tranquilo, luego nos vemos en la iglesia.

Con Dios. -Con Dios.

Estoy por decirle a Servando que hay un túnel.

A lo mejor, él tiene la posibilidad de robar el banco.

Roberto, déjalo. Vamos para dentro.

Y deja de pensar en el banco,

que entras en bucle cada vez que alguien lo menciona.

¡Tira!

-¡Es una insolente!

¿Sabe cómo me ha llamado? Bruja. Bruja y alimaña.

En caliente se dicen muchas cosas, doña Susana.

Todos sabemos que no es usted ninguna de las dos,

así que no le dé importancia.

Vienen a mi país, a mi casa a insultarme.

¿De qué le sirve a una nacer en un país decente como España

si puede venir cualquiera de fuera a insultarle?

Mira usted mucho el teléfono, ¿espera una llamada?

Negocios.

Cuando se inicia un negocio, y no se sabe si dará pérdidas

o beneficios, los nervios se alteran.

Hace tantos años que abandoné esas preocupaciones...

Cuando dejé la sastrería.

A lo mejor debería usted pensar en invertir,

así estaría entretenida.

(Teléfono)

Ahí lo tiene, la llamada que esperaba.

Espero que sea positiva.

(Teléfono)

¿Dígame?

Señor arcipreste.

Sí, le haré llegar el dinero.

Perdone, pero no tengo tiempo,

estoy esperando una llamada muy importante.

Gracias. Con Dios.

Si la Iglesia hubiese puesto el mismo empeño

en salvar mi alma que en sacarme el dinero,

tendría un puesto en el cielo, a la derecha del Padre.

¡Genoveva!

Perdóneme, doña Susana, es que a veces me sacan de quicio.

Se supone que la Iglesia debería ser pobre,

pero solo piensan en la riqueza.

Es por el bien del Señor. Para difundir su palabra.

Y para mantener sus palacios.

Deben de pensar que yo soy un banco.

Genoveva, no sea sacrílega,

piense en lo bueno que hace la Iglesia.

No sé qué está pasando en España que se está perdiendo la fe.

Antes, Carmen me decía que por encima de Dios, estaba la ciencia.

Le ruego que me disculpe, pero no tengo ánimos para atenderla.

Entre los negocios y mi preocupación

por Felipe, que está en Viena,

justo cuando el Imperio austrohúngaro entra en guerra...

Esperemos que regrese pronto.

Yo comparto su preocupación,

que Armando, mi esposo, está en París.

Qué locura de guerra.

Tiene usted razón.

No se preocupe, me voy.

Solo le pido una cosa,

que advierta a Natalia,

su comportamiento está pasando de castaño a oscuro.

Tenga paciencia, doña Susana, es joven.

Perdone que no la acompañe a la puerta.

Nos vemos en misa por la recuperación de Lolita.

De acuerdo. Con Dios.

Con Dios.

(Se cierra la puerta)

Maldito seas, Felipe,

por irte a un sitio tan peligroso.

Pero si has de morir, seré yo quien te quite la vida.

A las buenas. ¿Qué haces aquí, Alodia?

Nada, que mi casa hoy es una locura,

necesitaba diez minutos de paz y tranquilidad.

¿Y eso?

Doña Bellita y su nuevo disco, que no le gustan las canciones.

Como la del Iepa-ia no va a tener ninguna.

Empiezo a pensar que no.

Alodia, si yo te pidiera un favor

muy importante, ¿tú lo harías?

Si es importante y está en mi mano, sí.

Necesito que te quedes un rato pendiente de la portería.

Solo por si llega el cartero.

¿Ahora? -Sí.

Doña Bellita me va a llamar en cualquier momento.

Y como está hoy la señora...

Es un asunto de vital importancia,

casi de vida o muerte.

Además, los señores van a ir a la misa por Lolita.

¿Usted no va? -No.

Tengo que hacer una labor santa, mucho más santa que ir a misa.

No te puedo decir na.

Si es tan vital pa usté, lo haré,

pero espero que sea verdad y que no me engañe.

Te doy mi palabra.

Venga, me acabo el té y bajo a esperar al cartero.

Gracias, gracias. -No hay de qué.

¿Adónde iba Jacinto tan corriendo?

No sé, me ha dicho que es un asunto de vida o muerte.

Miedo me da, ¿qué andará tramando?

Ya nos enteraremos.

Pobre Lolita, qué desgracia tan grande.

Está lleno, ya quedan pocos bancos libres.

La convocatoria ha sido un éxito.

Tendremos que entrar.

Tranquila, nosotras tenemos reservados los dos primeros bancos,

el resto son para las criadas y las clientas de la mantequería.

Lolita era tan querida...

Es, es tan querida, que sigue viva.

Ya veremos hasta cuándo.

¿Cómo va su disco, Bellita?

Mal, es que prefiero ni hablar de eso.

No se figuran ustedes lo difícil que es conseguir buenas canciones.

Yo pensaba que lo difícil era cantarlas.

Buenos días. ¿Hay mucha gente?

Casi lleno.

Hay un banco para la familia y otro para las amigas íntimas.

Bueno, yo vengo sola.

Mi marido está afligido y Antoñito no se separa de Lolita.

Buenas.

A las buenas. -Buenas.

Seña Carmen, ¿cómo está Lolita?

Sin novedades, Casilda.

¿Y la eminencia esa que iba a venir?

Sí, don Santiago Ramón y Cajal.

Estuvo esta mañana y le inyectó el tratamiento.

Nos ha dicho que tardará varios días en dar resultado.

Ay, quiera Dios que lo haga.

-Ay, Fabiana, Dios atiende a oraciones, no a tratamientos.

Mejor vamos entrando, seña Fabiana, no nos quedemos sin sitio.

No se apuren,

os podéis poner en el banco de la familia, estoy yo sola.

Agradecida, Carmen.

Don Hilario, qué sorpresa, usted aquí.

Susana, no habías dicho nada.

Sí, hija, voy a dirigir la homilía,

el párroco no podía venir.

Es un honor para nosotras escuchar sus santas palabras.

Tengo mucho aprecio por Lolita, no podía negarme.

Lo mejor será que vayan entrando.

Claro. Con su permiso.

Doña Genoveva, qué placer verla.

Muchas gracias, don Hilario.

Esmérese en el rezo, que Lolita lo necesita.

Tanto como pueda. ¿Y su esposo?

Todavía recuerdo el día que los casé,

que pareja enamorada hacían.

Está de viaje por el centro Europa.

Toda esta locura de la guerra le ha pillado en Viena,

espero que pueda volver sin contratiempos.

Rezaremos por él. ¿Entramos?

Vaya usted delante,

enseguida entro yo, antes encenderé una vela.

Muy bien.

(Puerta)

¿Le ocurre algo?

No, no, todo va bien.

Parece nerviosa.

Está todo bien, de verdad.

Soledad, no soy una niña.

Ayer escuché desde mi alcoba su conversación con mi padre.

¿Escuchó?

Sí.

Bueno, no entendí lo que decían,

pero parecía que trataban un tema serio.

Asuntos de la casa.

Hay ciertos temas que debo tratar con su padre,

y él quiere que esté todo a su gusto.

Me dio la impresión de que mi padre la reprendía.

¿Reprenderme?

Figuraciones suyas.

Me ha reprendido tantas veces,

que conozco el tono que usa a la perfección.

¿Algo grave?

Está bien, se lo diré.

Simplemente, su padre...

dice que tenemos mucha confianza.

¿Qué? -Eso, que hablamos demasiado

y debo recordar que soy una criada y usted una señorita.

¿Y por qué se tiene que meter él en eso?

Es su padre.

Es mi padre, pero no mi dueño. No pienso hacerle caso.

Señorita, le debe usted obediencia.

Lo que quiera, pero no tiene derecho a manejar mi vida.

Usted y yo seguiremos siendo amigas, ¿de acuerdo?

-Yo creo que empiezas a obsesionarte con ella y ves visiones.

Te digo que estaba, se puso en la última fila.

Yo no la vi, seguro que la confundes con cualquier clienta de Lolita.

No fui a decirle cuatro frescas,

porque estábamos en la casa del Señor

y por no interrumpir a don Hilario. -Por cierto,

qué palabras más bonitas las de don Hilario.

Ha dicho unas cosas tan bonitas de Lolita...

Imagínate cuando muramos nosotras.

Aunque para eso faltan muchos años.

Eso espero, yo no me pienso morir todavía.

Pero ojalá él esté vivo para entonces.

Pocos oradores hay en este país como don Hilario.

Mucho aprecio tienes al cura siendo extranjero.

Don Hilario no es extranjero,

don Hilario es un hombre de Dios.

Pero no cambies de tema, ¿estaba o no estaba Natalia en la iglesia?

Estaba, para ti la perra gorda.

Fui a quejarme de su comportamiento a casa de Genoveva,

como se ha convertido en la defensora de la mexicana...

¿Y? -Ni caso,

pendiente del teléfono todo el tiempo.

Qué pocas damas quedamos, se están perdiendo las buenas formas.

Una señora todo el tiempo pendiente del teléfono,

¿cuándo se ha visto eso?

Es que antes no había teléfonos.

Ella decía que era por un negocio,

pero está claro que esperaba noticias de Felipe.

Yo creo que sigue enamorada de él.

No sé. Con la de problemas que han tenido.

Aunque, quién sabe, los problemas unen mucho.

Y con él en medio de la guerra...

Igual que Armando,

y no hago dramas ni miro melancólica al teléfono.

Mira, ahí está Carmen.

Vamos a preguntarle si ha visto a Natalia, verás cómo tengo razón.

Carmen, hola. Veo que has abierto.

Sí. No puedo dejar que se estropee el género.

Además, así salgo de casa, que allí poco puedo hacer.

El sufrimiento me oprime el pecho.

Quería hacerle una pregunta.

¿Vio a Natalia en la iglesia?

No me fijé, la verdad.

No me parece bien que haya ido a la misa de Lolita

con todo lo que ha hecho.

Si lo que quería era rezar por la curación de Lolita,

bienvenidos sean sus rezos, ¿no cree?

Ya está, vengo del banco.

¿Has podido hablar con el director?

Sí. El señor Enríquez se ha extrañado

de que rechazáramos el crédito concedido,

pero ya he firmado todos los papeles para hacerlo.

¿Qué excusa le has dado?

Que la reforma del local iba a ser menos ambiciosa

que la planificada en un principio.

¿Sabes? Me ha dicho que es la primera vez

en la historia del banco que un cliente rechaza dinero.

Y la primera vez que unos ladrones

renuncian al túnel perfecto para robarlo.

Calla, que por culpa de nuestro nieto,

no he podido llevarme la alegría de ver a Enríquez

con su caja fuerte vacía. -Ay.

En fin.

Mejor lo dejamos estar.

¿Por qué no vas a ver si se ha secado el cemento

con el que hemos tapado el túnel. -Voy.

(RESOPLA)

Ya. ¿Y dice usted que es de santa Hortensia?

La rodilla izquierda. -Ah.

¿Y cómo se usa? -Como se usan todas las reliquias.

Se le reza, se pone la rodilla en un altar y se reza.

¿En un altar de la iglesia? -No, hombre,

un altar que le haga usted.

Con velas, alguna estampilla de la santa...

Ah, claro.

¿Y... funciona?

¿Que si funciona?

Mire, antes yo era ciego, con eso se lo digo todo.

¿Y ahora ve?

Ahora soy un lince.

El dinero. -Sí, claro, claro.

Gracias. Con Dios.

Muy buenas.

Hola, Miguel.

¿Qué hace, abuela? -Pues aquí.

¿Es la nueva carta? A ver, déjeme ver.

No, no, no, no se mira nada hasta que esté acabado.

Si echas un ojo, se pierde la sorpresa.

Me encanta que haya sorpresas en la nueva carta,

solo le pido una cosa,

que siga habiendo croquetas de cocido.

¿Cómo voy a dejar de hacerlas si son tus preferidas?

¿Cómo van las obras?

Bien. Lo primero, que era tapiar el túnel, está hecho.

Tu abuelo está abajo comprobando si se ha secado el cemento

para poder pintar. -¡Pues perfecto!

Los vecinos no dejan de preguntar cuándo se abre.

A nosotros nos preguntan lo mismo.

Hombre, Miguel.

Buenas, abuelo.

¿Se ha secado el cemento? -Sí, prácticamente.

Solo queda un poco de humedad, pero es de mis lágrimas.

Sí, de mis lágrimas,

pensando que hemos tapiado un túnel que costó tanto hacer.

No vuelva a las andadas.

No hagas caso a tu abuelo, solo bromea.

Está deseando dedicarse de lleno a la hostelería.

Uy, sí, no veo el momento.

Bueno, ¿qué, estuvo en el banco? -Sí.

Cuando les dije que no quería el dinero,

el director me miró como a un perro verde, no se lo creía.

Ha hecho usted lo correcto, no lo piense más.

Además, lo importante es que en esta familia

se han terminado los secretos para siempre.

Eh, eh, eh, eh. ¿Adónde vas?

Mire, Servando, en esta caja traigo la solución a todos los problemas.

¿Y qué hay ahí, el bálsamo de fierabrás?

Mejor, mucho mejor, una reliquia. ¿Qué?

Una reliquia, un objeto santo que hace milagros.

Ya sé lo que es una reliquia,

y también sé que la mayoría, si no todas, son falsas.

Esta no. Yo quería el dedo de san Eleuterio,

pero no ha sido posible.

Aquí traigo la rodilla de santa Hortensia.

¿De dónde has sacado eso?

Ha sido difícil.

No me extraña, porque san Eleuterio tenía 20 dedos

y santa Hortensia dos rodillas.

Lo importante es que cure a Lolita.

Claro. O sea, ¿crees que lo que no consiguen los médicos,

lo va a conseguir una rodilla de santa Hortensia?

Hay que tener fe, Servando.

La santa habrá caminado apoyándose en una rodilla,

pues algún poder tendrá. Además, que...

yo conozco a un invidente que le curó la vista.

¡Paparruchas! ¿Cómo sabes que eso es la rodilla de una santa

y no la rodilla de cualquiera otro?

De una vaca, por ejemplo.

Porque me lo ha dicho el vendedor.

¿Eh?

Y por el precio que tiene, podía ser la rodilla de un apóstol.

Ya. Y entre usté y yo,

el invidente que le decía, era él.

Tú eres un mentecato.

Oiga, ¿y por qué me insulta?

Has pagado por un hueso que no vale ni para hacer caldo.

Hacer caldo con un hueso de una santa,

¡no sea usted salvaje!

A las buenas. Hola, Indalencia.

Pregúntale al marido de tu prima qué ha comprao.

¿Qué es?

La rodilla de santa Hortensia.

He estado en tiendas de objetos religiosos

buscando una reliquia, y cuando iba a desistir,

apareció un hombre y me la ofreció.

Con esto voy a curar a la Lolita.

¿Y cómo sabes que es verdadera? ¿Eh?

Ya estás como Servando. Porque me lo ha dicho el vendedor,

que era ciego y ahora ya ve.

Y no era un cualquiera,

era el sacristán de la iglesia de santa Hortensia.

Claro, un estafador que se creía que era el Día de los Inocentes.

Te han engañao, primo. Te la han dao con queso.

Que no, que el vendedor era el sacristán.

Y tú un necio.

Un necio que se ha gastado un montón de reales

comprando los restos de un chuletón.

Y encima le dan el hueso, que la chicha se la habrá zampao el otro.

Qué disparate. -¿Qué ocurre?

La guerra, Rosina.

Pensaba que era algo importante. Eso nos queda lejos.

No te lo tomes tan a la ligera.

Nos queda lejos hasta que lo tengamos aquí.

Don Alfonso ha dicho que no está con ninguno de los dos bandos.

¿Crees que no nos van a obligar a tomar partido?

Por cierto, ¿qué sabes de Ramón y Cajal?

Que es una eminencia.

Es el único que puede hablar de ciencia con cualquier extranjero

sin sentirse acomplejado.

Entonces, ¿crees que salvará a Lolita?

Es el único que puede hacerlo,

pero se trata de un tratamiento experimental,

puede salir bien o mal.

Pues vaya eminencia.

Es el único que ha dado un atisbo de esperanza.

Ya solo por ello, es una buena noticia para los Palacios.

(SUSPIRA)

(Puerta)

¿Qué te apuestas a que es tu tía?

Pues seguro.

Dirá que se ha encontrado con Natalia.

Le tiene una ojeriza...

Pensé que estabas de acuerdo con ella.

Eh... Por no oír sus quejas.

No encuentro a Armando.

Liberto.

No encuentro a Armando. -¿No está en París?

En el hotel Orly,

pero con esto de la guerra, decidí poner una conferencia,

para ver cómo estaba.

"No se aloja allí", me han dicho. -Se habrá cambiado de hotel.

No, me han asegurado que ni se aloja ni nunca lo ha hecho,

que en sus libros de huéspedes no figura ningún Armando Caballero.

Se habrá confundido de hotel.

No soy boba, Liberto. Es lo que yo decía.

Ese tono lúgubre de sus últimos telegramas,

es como si se despidiera de mí o de la vida.

¿Por telegrama, ni siquiera una carta?

Eso no es propio de don Armando.

Tú lo leíste, Liberto.

Decía: "Siempre te llevaré conmigo".

A ver, tampoco seamos tan alarmistas.

Don Armando es un diplomático en una misión especial,

puede estar en otro hotel,

o esté en el hotel Orly pero con un nombre falso.

¿Y si no es diplomático y es un espía?

Todos los diplomáticos son espías.

Qué emoción.

¿Y si le han destinado a una misión suicida?

¿La señora sigue encerrada en su cuarto?

Sí, le he llevado un té y me ha echado.

Prepara unas tortillitas de camarones, a ver si se anima.

Eso no va a ser lo que la anime, sino las canciones.

Anda.

Los camarones y la harina de garbanzos se compran en el mercado,

pero las canciones no sé de dónde sacarlas.

El truco de hacerle algo rico se me está gastando.

Antes le lleve jamón después de la rogativa por Lolita.

¿Jamón de Huelva?

Claro, en esta casa no entra otro.

Hombre, dichosos los ojos.

Estaba yo hablando con Alodia...

de la cena.

¿Te apetece que cenemos unas tortillitas de camarones

y un poco de bienmesabe?

No vais a hacer que me olvide del disgusto dándome comer.

Tampoco se te pasará si cenamos acelgas, ¿no?

No, tampoco.

Voy a decepcionar a mi público con este nuevo disco.

Décadas de carrera para acabar con mi prestigio a estas alturas.

¿Te das cuenta que siempre dices lo mismo

cada vez que sacas un disco?

Pero esta vez es verdad.

Usted no va a decepcionar a nadie,

ni aunque salga hablando en el disco.

Mira, esa es una buena idea:

poesías recitadas por la gran Bella del Campo.

José, hijo, no digas simplezas.

Yo soy cantante, no recitadora.

Y yo fui torero y después guitarrista, ¿y qué?

Muy malo. -Tampoco tocaba tan mal.

Que sí, regular, José.

Pero no es momento de hablar de eso, sino de mi nuevo disco.

¿Se te ha ocurrido algo? ¿Una canción?

No se me ha ocurrido na. Tú me tienes que sacar del embrollo.

¿Yo?

Ya quisiera yo componer,

digo, te escribiría las canciones más bonitas.

Has sido tú quien dijo que el disco saldría en dos meses.

Tú debes buscar la solución.

Habla con quién sea, busca canciones debajo de las piedras,

pero José, por Dios, ¡haz algo!

Digo. "Algo".

Oye, pero...

Oye.

Cada día más bella. Da gusto cruzarse contigo.

Eres un exagerado.

Cuando te viniste de México a España,

España ganó en belleza y México la perdió,

por eso me vine yo.

Si no fuera porque te conozco, me halagaría.

Deberías halagarte igualmente.

Las verdades son verdades, da igual quien las diga.

Eres único encandilando a las mujeres con tu labia.

Ya sabes que yo solo quiero encandilar a una.

¿Te puedo acompañar en tu paseo?

No creo que sea bueno para mí parar a hablar contigo en la calle.

Ni que yo fuera un apestado.

En este barrio las noticias vuelan,

y todo llega a oídos de quien menos debe escucharlo.

¿Y qué hay de malo en que quiera tenerte como amiga...

o algo más?

¿No te agotas?

Es que veo esos ojos y se renuevan mis fuerzas.

Mira, Aurelio,

una cosa es que no seamos enemigos por la sociedad con mi padre,

pero nada más.

¿Y nuestro pasado?

Eso, el pasado es el pasado.

(Puerta)

Doña Genoveva, telegrama para usted.

Gracias.

Si me permite una pregunta...

¿Sí?

¿Usted cree en las reliquias?

No.

¿No?

¿Ni siquiera en una rodilla de santa Hortensia?

¿No cree que puede curar a Lolita?

Claro que no, Jacinto. ¿Qué tiene que hacer, comérsela?

No, solo rezar.

He comprado una por unos buenos reales,

y no sé si me han timado.

Pues siento decirte que sí, que te han timado.

Si me permites, tengo que leer el telegrama.

Sí, sí, disculpe. Con Dios. Con Dios.

Gracias.

(LEE) "Felipe y Tano siguen en Viena".

"Saldrán huyendo de la ciudad para escapar de la guerra".

"Es el momento perfecto para que desaparezcan".

"Espero instrucciones".

"Firmado Cuevas".

Debo acabar con ellos.

No debo permitir que mi esposo y mi hijastro sigan con vida.

Lo he pensado mejor y no voy a sacar ninguna canción.

Pensaba que iba para adelante. -Y yo.

Pero la cosa se ha torcido.

La medicina esa que la han inyectado la deja como aletargada.

Prácticamente, ni se mueve.

No deja de sorprenderme que no haya mejorado ni una pizca,

ya lleva un tiempo.

Es imposible saber si el medicamento sirve.

¿Y si nos hemos equivocado?

-"La veo desasosegada".

¿Lo que tiene que hacer no es plato de buen gusto para usted?

Es un asunto que tiene que ver con mi marido.

Últimamente, todo lo relacionado con él me resulta complicado.

¿Qué te ocurre?

¿Qué haces plantao como un pasmarote?

Vamos, que no quiero que nos caiga la noche mientras paseamos.

Espera.

Se me acaba de ocurrir una idea digna de los sabios esos de Grecia.

¿Anabel se encuentra en casa?

Está dando su paseo como de costumbre a estas horas.

Me gustaría saber por dónde pasea la hija de mi socio.

¿Le importaría decírmelo?

Que va a venir...

un experto y un perito que nos va a dar su opinión.

No hacía falta.

¿Quién se cree que soy yo, un gañán al que le pueden timar?

Yo no sabré mucho de anatomía, pero eso no es de una persona humana.

Nos urge una convocatoria de la junta

para abordar cuál va a ser la nueva política comercial

ante el estallido de la guerra.

Usted y yo somos los únicos socios, podemos tratar el asunto ahora.

Pero me gustaría que la convocatoria fuera formal.

Y que Miguel Olmedo

pudiese estar presente como abogado de la empresa que es.

¿Por qué tiene interés en que esté?

-"No la creo".

Y menos ahora, que pretende convencernos de que es una santa,

con el único fin

de ganarse el respeto y el cariño de los vecinos.

¿Su esposa sigue igual?

Se está apagando poco a poco.

Le avisaron de que ese medicamento tardaría en hacer efecto.

Sí, pero temo que no esté siendo efectivo en ella.

Creo que lo que está haciendo es acelerar su enfermedad.

Se le acaba el tiempo.

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Acacias 38 - Capítulo 1333

22 sep 2020

Ramón y Cajal suministra la medicina experimental a Lolita. Pero solo el tiempo dirá si el específico es capaz de salvar su vida.
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