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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1320 (Parte 2) - ver ahora
Transcripción completa

Los médicos no nos están dando muchas esperanzas.

Yo diría que nos van preparando para lo que pudiera venir.

He decidido abandonar mi lucha contra Genoveva.

Sí que es una buena noticia.

He pensado en Laura al tomar esta decisión.

¿En Laura? ¿A qué se refiere? Temo por su seguridad.

Genoveva es muy manipuladora.

Podría darle la vuelta a la situación

y hacerle pagar a Laura por la muerte de Javier Velasco.

Señor arcipreste, la nulidad es un proceso muy largo.

Quiero decir, que ese documento podría estar extraviarse.

Gracias.

Si Antoñito y Lolita tienen problemas,

que los resuelvan ellos mismos.

El resto, que se meta en sus propios asuntos.

¿Quiere oír o no quiere oír mi propuesta?

Al parecer, hay quien piensa, Indalecia incluida,

que entre nosotros dos se ha encendido

la llama de la pasión.

Y nada está más lejos de la verdad. Ah, ¿no?

La ceremonia va a empezar.

No te retrases.

(RAMÓN) Por favor, abre los ojos, despierta.

¡Un médico, un médico, pronto!

(CASILDA) ¿Ha desayunao usted?

-Bueno, he tomado un café.

Por lo menos me ha asentado un poco el estómago.

-Si llego a saber que ha pasao toda la noche aquí

sin echarse nada el buche,

le hubiera traído unos mantecaos de los que preparo.

-Gracias, Casilda. Pero no creo que hubiese podido comerlos.

Y gracias... Gracias también por quedarte con Lola

en lo que yo bajaba.

-No tiene que darme las gracias.

Para mí, quedarme con su ex...

Para mí, quedarme con la Lola...

no es una obligación que requiera solicitud.

Somos buenas amigas.

-Sí, lo sé. Ya.

-Pobrecilla.

Siempre ha sabido de ande venía.

Y nunca lo ha olvidao.

Otra, al convertirse en diputá, se hubiera dado ínfulas.

Pero ya no.

Siempre ha sido una mujer sencilla.

-Sí.

Por esa y otras cuántas virtudes la quiero tanto.

-Obras son amores.

-¿Cómo?

-No he dicho na.

-Bueno, Casilda, insisto.

Gracias. Gracias por todo. Ya puedes marcharte.

-No...

Tendría que habérselo dicho antes.

La Lola me pidió que no la dejase con usted a solas.

-Casilda, te estás excediendo.

-Lo sé.

Y ya me gustaría poder cerrar la boca.

Pero no puedo.

Tengo la excusa de que estoy cumpliendo

la voluntad de mi amiga.

-Bueno, pues, cuando todo esto se solucione,

yo se lo cuento a Lolita, y ella seguro que agradece tu lealtad.

Mientras tanto, ¿te importaría dejarme a solas con mi esposa?

-No puedo.

¿Y si se despierta?

¿Y si se cabrea?

Eso no sería bueno para sus achaques.

-Casilda, estoy empezando a perder la paciencia.

-Pues piense.

Dele vueltas al majín.

¿No dice que la quiere?

Entonces, querrá lo mejor para ella.

¿No?

-Sí.

Puede que tengas razón.

-¿Lo ve?

¿Ve como rumiar un poquico ayuda?

Ella lo dice siempre.

Que hay que pensar...

y repensar... las cosas.

-Casilda, yo lo que quiero es cuidar de mi mujer.

No estoy diciendo que lo vaya a hacer mejor que tú ni que nadie.

Pero necesito sentirme útil.

Sentir que soy parte de su sanación, ¿lo entiendes o no lo entiendes?

-Visto así, parece hasta justo.

-No es justicia, es... consuelo lo que busco.

Consuelo para mí.

-Aun así,

si se despierta,

creo que preferiría ver a su padre.

O la seña Carmen.

No digo que no quiera que usted esté aquí,

digo que preferiría que la estuviera esperando en el pasillo.

-Casilda, vete.

-Está bien.

Voy a desayunar.

Pero volveré en un suspiro.

Antes de que se despierte.

(MARCOS) "¿Soledad?".

-¿Sí, señor?

¿Ha salido ya su hija? -Sí, ahora mismo.

-Muy bien, recojo entonces.

-¿Estaba todo a su gusto? -Sí, gracias.

Me han contado que ayer tuvo usted, de nuevo,

sus más y sus menos con doña Susana?

-Lo siento muchísimo, señor.

Sabe que no es mi intención indisponerles a ustedes con ella.

-Poco me importa a mí esa chalada.

¿Por qué lo hizo?

Insultaba a los mexicanos.

A usted ni le iba ni le venía.

-Señor, siempre es injusto calumniar a todo un pueblo

por el comportamiento de unos cuantos.

-Pero Anabel dice que intervino usted

para defendernos a nosotros, a los Bacigalupe.

-Es verdad, señor.

Me hirvió la sangre al ver que les mencionaba ustedes.

-Eso es más que lealtad.

Eso...

es aprecio.

-Claro que sí, señor. ¿Cómo no les voy a apreciar?

Es mucho el trato, y siempre me han tratado con cariño.

-Y quizás sea... el cariño que usted siempre se ha merecido.

-Señor...

No... -Disculpe.

Creía que yo... -Señor, es usted muy apuesto.

Pero creo que le debemos respeto a la memoria de su señora.

-Claro.

-Permiso.

Permiso.

# Soy pastora, subo al monte.

# Ay, con el sol de la mañana,

# voy cantando mis coplillas.

# Mi rebaño me acompaña bien. -¡Olé!

Muy bien, ya está. -Qué arte tiene.

# -Con la luna y las estrellas me vuelvo de noche a casa.

# ¡Ah!... #

-¡Señora, señora, chis!

Que ya vuelve usted a dar el cante.

Al final nos pillan y se nos cae todo el sombrajo.

-Si es que es mucho tiempo callando todo el arte que llevo dentro.

A ver, escuchen estos aires.

Estos aires serranos. -¡Que no!

Templa, reina mora.

Yo sé que ese arte te rompe el pecho si te lo guardas mucho.

Pero Alodia tiene razón,

no se sabe quién puede estar escuchando por ahí.

-La nación entera.

-Qué temperamento. -Ay, pero dele un poquito.

Aunque sea en sordina.

-¡No, mi señora, no!

Ni con sordina ni con na.

Por Dios.

Ya demasiados riesgos estamos corriendo con sus visitas.

-No, si al final la culpa será nuestra.

-Culpa la que voy a sentir yo luego,

cuando me acuerde de este jamoncito entreverado.

¿Puedo? -¡Claro que sí, mi arma!

(Puerta)

-¡Ay, mira agua!

¡Agua! A la habitación.

Y no salgas hasta que yo te dé la venia.

Venga.

Vamos, Alodia. -Voy, voy, voy. ¡Ah!

-Vamos, Alodia, va. -Voy, voy, voy.

Venga.

-¿Quién es? -Soy Liberto.

-Es don Liberto. ¿Le abro? -Claro. Venga.

-Buenos días, don Liberto. Pase.

-¿Qué está pasando aquí?

-Qué alegría, don Liberto.

-¿Me puede alguien explicar el motivo de esta reunión?

-Estamos haciendo compañía a don Jose.

Echa mucho a faltar a su difunta esposa.

-Claro, eso es. Como tú nunca te has quedado viudo,

pues no lo puedes entender.

-(JOSE CARRASPEA)

Si no fuera por estas caritativas damas,

la viudedad sirve para que tú sepas

los amigos de verdad que tienes.

Se lo digo yo. Usted no enviude nunca.

-Hombre, espero que no.

-(RÍE) Perdón.

Es una manera de hablar.

Es que es una pena muy grande.

(CARRASPEA)

¿Un cafelito?

Perdóname, maritornes.

Perdona mis desplantes...

Mi obsesión con el trabajo...

Perdóname mi maldita pedantería y...

cualquier cosa que haya podido ofenderte, mi amor.

Parece que te esté escuchando.

Si pudieras hablar, me dirías:

"Algo ha pecao... y en tanto perdón pide".

Daría lo que fuera, Lola, lo que fuera...

Aceptaría todos tus reproches,

cargaría con las culpas,

incluso con tradiciones de Cabrahígo...

con tal de que abrieses esos ojos.

Esos preciosos ojos que tienes.

(SUSPIRA)

Mi amor...

Mi amor, vive, vive, por favor.

Vive para que dentro de unos años nos podamos acordar de esto

y nos riamos.

Nos riamos juntos.

Y, si te parece poca cosa...,

si no crees suficiente vivir por mí,

cosa que entendería perfectamente...,

vive por Moncho, mi amor, por nuestro niño.

Amor mío... Y por los que vengan después.

Tienes razón, Casilda.

No creo que sea buena idea que me vea cuando se despierte.

Cuídala, por favor, y no la dejes sola.

-Descuide.

Estabas despierta.

Vamos, no me trago que te acabes de despertar ahora

que se ha marchao tu marido.

Lolita, ¿estás bien?

-Estoy contenta, Casilda.

-¿Y eso?

-Tenías que haberle escuchado.

Era poesía, Casilda.

-(SUSPIRA)

Entonces...

¿Vas a perdonarlo?

-Perdonarlo no puedo.

Todavía no.

¿Roberto?

-Creía que te había pasado algo, Sabina.

No, me he pasado por el hospital.

Lolita ha despertado.

Parece que está bien pero muy débil.

Y, de las pruebas..., no se sabe nada de nada todavía.

-Bueno, espero que se mejore. ¿Y lo otro?

-Don Marco Antonio y doña Cleopatra.

Dispuestos para embarcar.

Saldremos de Barcelona dos días después del golpe.

-Si todo va bien.

-Irá bien, tranquilo.

Ya lo sabes, son los nervios, pasa siempre.

-Pero esta vez es diferente, está Miguel por medio

-(SUSPIRA) Angelico...

No, si no es su culpa. Es lógico que esté escamado,

pero se comporta como un entrometido.

Con cariño, eso sí, pero entrometido.

-Puede que tengas razón.

Sí.

Sin quererlo, puede que nos agüe la fiesta.

-Es demasiado avispado para dársela con queso.

-Es que ha visto muchas cosas raras desde su infancia.

Desde cambios de domicilio... hasta de país.

Puede que haya atado cabos.

Aunque siempre hemos intentado mantenerle al margen de todo,

ya te digo yo que es muy astuto y perspicaz.

-Ya. ¿Crees que, llegado el caso, sería capaz de irse de la boca?

-¿Delatarnos? Pero ¿cómo se te ocurre?

-No sé, es un hombre demasiado honesto.

Y, para colmo, abogado.

-Bueno... Podría sospechar, sí.

Pero ¿ir con el cuento? ¡Jamás!

Pero si nos adora...

-Reconozco que no me lo imagino denunciándonos,

y eso me hace sentir mal,

porque no hemos pensado en él lo suficiente.

-Ya. -Sabina...

Debemos cubrirle las espaldas para que nadie sospeche de él luego.

-Tenemos que montarle una cuartada.

-Tiene que quedar meridianamente claro

que ha estado al margen del golpe.

-(SUSPIRA) -De otro modo,

cualquier polizonte o cualquier juez le puede buscar las cosquillas.

-¿Tienes alguna idea? -Todavía no.

Pero daré con una cuarta de indestructible.

-Piensa, Roberto. Piensa.

-Buenas.

-¡Don Marcos, pase!

Pase, adelante.

-Doña Sabina...

-Eh, amigo Roberto, ¿tomamos un cafetito

y pegamos la hebra como el otro día?

Tiene un marido con una charla de lo más interesante.

-Ya, ya. Sí.

Pero, nada, siéntese.

Siéntese.

Tenemos esto un poco manga por hombro.

Ya sabe, las obras, pero, bueno, siéntese.

¿Un cafetito? ¿Sí? -Por favor.

-Muy bien.

Pues un café.

Entonces, ¿no le dijo nada más la Casildilla?

-Ya sabe el miedo que le tiene a la señora Rosina.

Se fue a faenar echando mixtos.

Lo único que dejó caer es que Lolita sigue esperando las pruebas.

-¿Qué sabe usted de doña Genoveva?

-No la he visto el pelo en todo el día.

-Me tiene preocupá.

-¿Y eso? Salió de misa más orgullosa que un pavo.

-Puede que don Felipe le haya mojado las plumas.

Si eso es así, esa mujer va a padecer toa su vida.

El mal, con mal se paga.

La pena es que, para vengarse, o lo que sea,

don Felipe se está dejando la vida en el empeño.

-En fin, que el parné no da la felicidad.

Ni la quita, ¿eh?

Que no se apure, doña Fabiana, eso son cosas de señores.

Bueno, pues yo marcho, Jacinto.

Que Servando es capaz de haberse ido a pasear con la tía Benigna

y dejarme la pensión desatendida.

-No se apure, que ya no van a pasear más esos dos.

Es más, es posible que me toque a mí sacarla a pasear.

Con todo lo que he faenao para ese don Juan de pacotilla.

-¿Cómo, cómo, cómo?

Le pedí a Servando que conquistara a la Benigna, ¿sabe?

Para quitármela de encima.

Hum... Por eso se ha dejado usted el lomo en el trastero.

Lo cierto es que puede que ese cataplasma

la haya conquistado de verdad.

-¡Quía! ¡Qué va! Eso es lo que él pensaba.

Pero la tía Benigna dijo que no se la había camelado.

Que había sido un malentendido.

Al parecer, la señora tiene un hermano

muy parecido al Servando.

-O sea, que en el mundo hay más como él.

¡Quién lo hubiera dicho!

¿Ya te has comido todo el tocino

que tenía escondido debajo de la barra de la pensión?

A ver, escondido escondido...

-El que no se ha comido una paraguaya es usted.

Ya le has ido con el cuento.

-Sí. -Uy, ¿qué pasa?

¿No quiere don Juan que se conozcan sus hazañas y seducciones?

Oiga, señora mía, yo soy un caballero español.

Y un aprovechao. No, de aprovechao nada.

En todo caso, conquistador.

Además, a la tía Benigna le mejoré mucho el humor

mientras estaba bajo mis hechizos.

¿Se ha destemplado? No es cosa mía.

Yo he cumplido: soy un caballero y un conquistador.

Sí, sí, mire, mire el palillo. Mire, mire.

(IMITANDO) Seña Benigna, soy un seductor de primera.

-Es verdad. Es verdad. Es verdad.

(IMITANDO) ¡Uy, quite, quite, quite, oh!

¡Me recuerda usted a mi hermano!

¡Igual de feo! -¡Oiga, oiga, oiga!

¿Saben lo que les digo?

Que se vayan ustedes... ¡a hacer puñetas!

¡Me voy donde más me quedan!

¡Ay, a más ver!

-(SUSPIRA)

Me voy detrás, que no me fío.

Es algo muy habitual en los tiempos que corren.

Meterse con el extranjero es el deporte nacional.

El recién llegado es como uno de esos judas de trapo

que sacan en las fiestas de algunos pueblos

para que los vecinos le peguen.

Eh...

¿Qué le ocurre?

Le noto un poco ajeno.

Sí, estoy de acuerdo con usted.

Pero tengo un dilema.

A ver...

¿Qué haría usted si su modo de ganarse la vida

fuera perjudicial para uno de sus seres queridos?

-Hombre, si es la forma que tiene la familia

de llevar la comida a la mesa,

hablaría con ese ser querido y le explicaría la situación.

-Ya.

¿Y si el ser querido odia ese modo de vida?

-Intentaría convencerle.

Un hombre como usted, don Roberto, con tanto mundo y tan dicharachero,

sería capaz de venderle hielo a un esquimal. (RÍE)

-Pero el ser querido al que me refiero

no creerá una palabra de lo que le diga.

-No, eso es imposible, amigo Roberto.

No hay más que conocerle un poco para saber que sus palabras

valen tanto como las de un rey o un magistrado.

-Magistrado...

Ha dicho usted magistrado.

Gracias a Dios por encontrarla despierta.

Despierta.

Pero con menos fuerzas que un burro.

El tacaño, cuando se acostumbró a no comer,

se murió.

-No digas eso, mujer.

Eres joven y fuerte, te curarás en días.

Te dejo aquí las flores.

Cuando venga una enfermera, le pediré que traiga otro jarrón.

-Son muy bonitas.

No tendría que haberse molestado.

No...

Doy pena, ¿verdad?

-No digas eso.

La enfermedad golpea a cualquiera.

-No lo digo por la enfermedad.

Lo digo por mi matrimonio.

Dejé de preocuparse por lo que digan los demás.

Las únicas personas que pueden juzgar

son quienes hayan estado en sus zapatos.

-No te digo que no murmuren.

Pero para eso estamos nosotras ahí, para defenderte.

Ahora, eso sí, nos tienes que echar una mano.

Lolita, el matrimonio es sagrado.

Y tienes que hacer lo que esté en tu mano...

para intentar recuperarlo.

-¿Y si no quiero?

-Hazlo por tu hijo.

Lolita, sé que tiene que estar furiosa,

yo pasé por algo similar, y no se encuentra consuelo.

He pensado mucho en usted.

Ahora la entiendo bien.

Cuando te ponen la cornamenta...

sale lo peor de una.

-Resignación.

Hija, resignación cristiana.

Las mujeres hemos venido al mundo para sufrir.

-Yo ya no quiero sufrir más.

Ni por mujer ni por nada.

A veces...

se me ha pasado por la cabeza rendirme...

y que la enfermedad me lleve.

-No digas disparates, Lolita.

Tú deber como católica es sobreponerte,

luchar contra esa enfermedad...

y perdonar a tu marido.

-La enfermedad va a ratos...

Pero a mi Antonio...,

no le perdono, ni jarta de vino.

Le quiere, Lolita.

No puede negarlo.

El amor siempre termina imponiéndose.

Supere la enfermedad.

Esfuércese.

Después ya habrá tiempo de pensar en todo lo demás.

No se me quita de la cabeza que el tarambana de mi hijo

es el responsable de lo que le está pasando a Lolita.

-No sea tan duro, don Ramón.

Entiendo que lo piense, pero no que lo crea.

Tampoco sabemos el mal que tiene su nuera.

-Ella es la alegría de la casa.

Representaba mejor que nadie el espíritu de los Palacios.

Siempre dispuesta a echar una mano, ayudar a los demás.

No sé qué sería de nosotros si ella nos faltara.

-Vamos, hombre, no sea tan derrotista.

Nadie ha dicho que el mal sea grave.

-Es un presentimiento que solo terminará

cuando sepamos el resultado de los análisis

o de lo que sea que le estén haciendo.

Don Ramón...

Felipe.

Esperemos a saber algo más.

Pero no quiero agobiarle con mis preocupaciones,

que bastante tiene usted.

Verán...

He estado dándole vueltas a sus consejos.

Creo que tienen razón.

La venganza no se merece que le dedique mi vida entera.

-Eso es, don Felipe, muy bien dicho.

Debe olvidarse de Genoveva.

De momento, me alejaré de ella.

El olvido espero que venga con el tiempo.

Me marcho de aquí.

Me voy de Acacias.

(Llanto de bebé)

Calla ya, por favor, que no sé dónde está el chupete.

Moncho, cariño, por favor.

(Continúa el llanto)

¿Aurelio Quesada... citando a mi mujer?

(Continúa el llanto)

Ya que está tan contento, podría hacerme a mí también dichoso.

-¿Qué puedo hacer por ti, Miguel?

-Podría empezar por contarme qué está pasando aquí.

(FABIANA) "¿Qué pone en esa carta"

que lee usted con tamaño interés?

-Es una carta de Aurelio Quesada.

La misiva no va dirigida a mí, sino a Lolita.

-"¿Y esta carta?". -Dentro está la salvación de Miguel.

He dado con la solución para exonerarle de toda culpa.

A mí no va a engañarme

Sé perfectamente qué clase de hombre es usted: un canalla.

-No he visto esta carta en mi vida. -Eso es mentira. ¡Ah!

¡Ah!

(COMISARIO) "¿Despedirse?".

Me marcho un tiempo.

Abandono mi venganza contra Genoveva.

Quiero dejar de comprometer a mis amigos.

Felipe...

"Usted nunca me obligó a hacer nada".

"Actúe según me dictaba mi conciencia".

"Lo sé, comisario".

"Y no quiero perjudicarle por más tiempo".

-"Necesito que me ayudes, Anabel".

Tienes que hacerle llegar mi mensaje.

-No quiero que me metas en un asunto tan feo.

-Te lo ruego, Anabel, por lo que más quieras.

-Menos mal que me dio a leer los contratos.

-¿Qué inconveniente has encontrado? -No, no.

No hay ningún inconveniente, esos contratos son perfectos.

-A tenor de los resultados de las pruebas,

los médicos están convencidos de que Lolita...

padece una gravísima enfermedad desde hace años.

-No puede ser.

(JOSE) "Esta situación no va a durar mucho ya".

Ha llegado de la Argentina que la policía no ha localizado

al desquiciado admirador de mi esposa.

-Ya me dirá usted qué tiene eso de bueno.

Descartan que haya viajado a España,

como creían en un principio.

-Sé que estás cerca, mi amor.

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Acacias 38 - Capítulo 1320 (Parte 2)

02 sep 2020

Tras el funeral por Marcia, Felipe se comporta amable con Genoveva y esta se hace ilusiones de una posible reconciliación. Pero el abogado le deja bien claro que lo suyo ha terminado.
Liberto empieza a sospechar que Jose oculta algo, algo que conoce Rosina, y empieza a investigar de qué se puede tratar.
Miguel no cesa de molestar a sus abuelos con preguntas impertinentes. Sabina y Roberto lo esquivan lo mejor que pueden y se plantean un dilema ¿cómo exculpar a su nieto del robo?
La salud de Lolita no solo no mejora, sino que empeora. Antoñito va a visitarla al hospital y le declara su amor pensando que la mujer estaba dormida.
Los embates de Susana contra los criollos se acrecientan y Soledad no duda en salir en defensa de su señor. Y este se lo agradece.
Antoñito encuentra entre las pertenencias de Lolita una nota que le dejó Aurelio y el joven diputado sospecha que tiene relación con la trampa de las fotografías y con la seducción de Natalia.

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